24 - Vuelta a casa

-Creí que querría saberlo. Malas noticias.
-Esas no escasean, ni siquiera en medio de la victoria.
-Cuando quedó claro que el LIS tenía el control de la Escuela de Batalla y enviaba a los niños a casa bajo la protección de la F.I., el Nuevo Pacto de Varsovia al parecer realizó una pequeña investigación y descubrió que había un estudiante de la Escuela de Batalla que no estaba bajo nuestro control. Aquiles.
-Pero estuvo allí sólo un par de días.
-Pasó nuestras pruebas. Entró. Fue el único que pudieron conseguir.
-¿Lo consiguieron?
-Toda la seguridad estaba diseñada para mantener a los reclusos dentro. Tres guardias muertos, todos los reclusos liberados entre la población general. Todos han sido recuperados, excepto uno.
-Así que está suelto.
-Yo no diría suelto exactamente. Pretenden utilizarlo.
-¿Saben lo que es?
-No. Sus archivos estaban sellados. Un delincuente juvenil, ya ve. No encontraron su dossier.
-Lo encontrarán. En Moscú tampoco aprecian a los asesinos en serie.
-Es difícil de detectar. ¿Cuántos murieron antes de que ninguno de nosotros sospechara de él?
-La guerra ha terminado por ahora.
-Y la lucha por tomar ventaja para la próxima ha empezado.
-Con suerte, coronel Graff, estaré muerta entonces.
-Ya no soy coronel, sor Carlotta.
-¿Van a seguir adelante con esa corte marcial?
-Una investigación, eso es todo. Procedimientos.
-No comprendo por qué tienen que buscar un chivo expiatorio para la victoria.
-Estaré bien. El sol sigue brillando en el planeta Tierra.
-Pero nunca más en el trágico mundo de los insectores.
-¿Su Dios es también el Dios de ellos, sor Carlotta? ¿Se los llevó al cielo?
-No es mi Dios, señor Graff. Pero soy su hija, como usted. No sé si mira a los fórmicos y los ve también como a sus niños.
-Niños, Sor Carlotta, las cosas que les hice a esos niños.
-Les dio un mundo al que regresar.
-A todos menos a uno.
Los hombres del Polemarch tardaron varios días en ser sometidos, pero por fin FlotCom quedó completamente bajo el poder del Estrategos, y no se lanzó ni una sola nave bajo el mando rebelde. Un triunfo. El Hegemón dimitió como parte del tratado, pero eso sólo formalizó lo que ya era la realidad.
Bean permaneció junto a Graff durante toda la lucha, mientras leían todos los despachos y escuchaban todos los informes sobre lo que sucedía en otras partes de la flota y en la Tierra. Hablaban sobre los acontecimientos, trataban de leer entre líneas, interpretaban lo que sucedía como mejor podían. Para Bean, la guerra con los insectores había quedado atrás. Ahora todo lo que importaba era cómo iban las cosas en la Tierra. Cuando se firmó un tratado, por así llamarlo, para poner fin provisional a la lucha, Bean supo que no duraría. Y que él sería necesario. Una vez llegara a la Tierra, podría prepararse para desempeñar su papel. La guerra de Ender ha terminado, pensó. La siguiente será la mía.
Mientras Bean seguía ávidamente las noticias, los otros niños quedaron confinados en sus habitaciones, bajo vigilancia, y durante los fallos de energía en Eros permanecieron escondidos en la oscuridad. Dos veces atacaron aquella sección del túnel, pero nadie podía saber con seguridad si los rusos trataban de alcanzar a los niños o si simplemente sondeaban esa zona, buscando puntos débiles.
Ender estaba mucho más vigilado, pero no lo sabía. Completamente exhausto, y quizás reacio o incapaz de soportar la magnitud de lo que había hecho, permaneció inconsciente durante días.
Hasta que la lucha cesó no recuperó la conciencia.
Entonces dejaron que los niños se reunieran, terminando su confinamiento por ahora. Juntos hicieron la peregrinación a la habitación donde Ender había recibido protección y cuidados médicos. Lo encontraron aparentemente alegre, capaz de bromear. Pero Bean pudo ver un profundo cansancio, una tristeza en sus ojos que era imposible no notar. La victoria le había costado mucho, más que a ningún otro.
Más que a mí, pensó Bean, aunque yo sabía lo que estaba haciendo, y él era inocente de ninguna mala intención. Se tortura a sí mismo, y yo continúo como si tal cosa. Tal vez porque para mí la muerte de Poke fue más importante que la muerte de una especie entera a la que jamás he visto. La conocía a ella... y ha permanecido conmigo en mi corazón. Nunca conocí a los insectores. ¿Cómo puedo sufrir por ellos?
Ender podía.
Después de que le informaran de lo que había sucedido mientras dormía, Petra le acarició el pelo.
-¿Estás bien? -preguntó-. Nos asustaste. Dijeron que estabas loco, y nosotros dijimos que los locos eran ellos.
-Estoy loco -declaró Ender-. Pero creo que estoy bien.
Hubo más risas, pero entonces las emociones de Ender se desbordaron y por primera vez que ninguno pudiera recordar, lo vieron llorar. Bean estaba casualmente junto a él, y cuando Ender extendió las manos, fue a Bean y a Petra a quienes abrazó. El contacto de su mano, su abrazo, fueron más de lo que Bean pudo soportar. Lloró también.
-Os eché de menos -dijo Ender-. Tenía muchas ganas de veros.
-Nos viste en mal momento -dijo Petra. No estaba llorando. Besó su mejilla.
-Os vi magníficos -contestó Ender-. Los que más necesitaba, os consumí demasiado pronto. Mala planificación por mi parte.
-Ahora todo el mundo está bien -aseguró Dink-. No nos pasó nada que no pudiera curarse en esos cinco días de estar escondidos en habitaciones a oscuras en mitad de una guerra.
-Ya no tengo que ser vuestro comandante, ¿no? -preguntó Ender-. No quiero volver a dar órdenes a nadie.
Bean lo creyó. Y también creyó que Ender nunca más volvería a dar órdenes en una batalla. Todavía poseía las aptitudes que le hicieron llegar a eso. Pero las más importantes no tenían que ser utilizadas para la violencia. Si el universo tenía algo de lógica, o de simple justicia, Ender nunca segaría otra vida. Sin duda, había llenado su cupo.
-No tienes que dar órdenes a nadie -dijo Dink-, pero siempre serás nuestro comandante.
Bean sintió la verdad de todo aquello. No había ninguno que no llevara a Ender dentro del corazón, dondequiera que fuesen, no importaba lo que fueran a hacer.
Lo que Bean no tuvo valor de decirle fue que en la Tierra ambos bandos habían insistido en quedarse con la custodia del héroe de la guerra, el joven Ender Wiggin, cuya gran victoria había capturado la imaginación popular. Quien se quedara con él no sólo tendría el uso de su brillante mente militar, pensaban, sino también el beneficio de toda la publicidad y adulación pública que lo rodeaban, que llenaban cada mención de su nombre.
Así pues, mientras los líderes políticos firmaban el acuerdo, llegaron a un compromiso sencillo y obvio. Todos los niños de la Escuela de Batalla serían repatriados. Excepto Ender Wiggin.
Ender Wiggin no regresaría a casa. Ningún bando de la Tierra podría utilizarlo. Ese fue el compromiso.
Y había sido propuesto por Locke. Por el propio hermano de Ender.
Cuando se enteró de aquello, Bean se rebulló por dentro, como había hecho cuando creyó que Petra había traicionado a Ender. Era un error. No podía tolerarse.
Tal vez Peter Wiggin lo hizo para impedir que Ender se convirtiera en un peón. Para mantenerlo libre. O tal vez lo hizo para que Ender no utilizara su celebridad para conseguir poder político. ¿Acaso Peter Wiggin trataba de salvar a su hermano, o de eliminar a un rival por el poder?
Algún día lo conoceré y lo averiguaré, pensó Bean. Y si traicionó a su hermano, lo destruiré.
Cuando Bean lloró en la habitación de Ender, lloraba por una causa que los otros no conocían. Lloraba porque, igual que los soldados que habían muerto en aquellas naves de combate, Ender no regresaría a casa tras la guerra.
-Bien -dijo Alai, rompiendo el silencio-. ¿Qué hacemos ahora? La guerra con los insectores ha terminado, y también la guerra en la Tierra, e incluso la guerra aquí. ¿Qué hacemos ahora?
-Somos niños -dijo Petra-. Probablemente nos harán ir al colegio. Es la ley. Tienes que ir al colegio hasta los diecisiete años.
Todos se rieron hasta que volvieron a echarse a llorar.
Se vieron algunas veces, durante los días siguientes. Entonces subieron a bordo de diferentes cruceros y destructores para el viaje de regreso a la Tierra. Bean sabía bien por qué viajaban en naves separadas.
De esa forma, nadie podría preguntar por qué Ender no iba a bordo. Si Ender sabía, antes de que se marcharan, que no iba a regresar a la Tierra, no dijo nada al respecto.
Elena apenas pudo contener la alegría cuando sor Carlotta llamó, preguntando si su esposo y ella estarían en casa dentro de una hora.
-Les traigo a su hijo -dijo.
Nikolai, Nikolai, Nikolai. Elena canturreó el nombre una y otra vez con su mente, con sus labios. También Julian, su marido, bailoteaba por la casa, mientras ultimaba los preparativos. Nikolai era tan pequeño cuando se marchó. Ahora sería mucho mayor. Apenas lo conocerían. No comprenderían lo que había vivido. Pero no importaba. Lo amaban. Descubrirían quién era otra vez. No dejarían que los años perdidos se interpusieran en los años por venir.
-¡Veo el coche! -exclamó Julian.
Elena retiró rápidamente las tapas de los platos, para que Nikolai pudiera entrar en una cocina llena de los más frescos y puros olores de la comida de su infancia. Seguro que lo que comían en el espacio no estaba tan bueno como esto.
Entonces corrió hacia la puerta y permaneció junto a su marido, veía cómo sor Carlotta bajaba del asiento delantero.
¿Por qué no viajaba detrás con Nikolai?
No importaba. La puerta trasera salió, y Nikolai emergió, desplegando su cuerpo joven y grácil. ¡Qué alto estaba! Sin embargo, seguía siendo un niño. Todavía le quedaba un poco de infancia por vivir.
¡Ven corriendo a mis brazos, hijo mío!
Pero él no corrió. Le dio la espalda a sus padres.
Ah. Buscaba algo en el asiento de atrás. ¿Un regalo, tal vez?
No. Otro niño.
Un niño más pequeño, pero con la misma cara que Nikolai. Quizás demasiado cauteloso para tratarse de un niño tan pequeño, pero con la misma bondad descubierta que Nikolai había tenido siempre. Nikolai sonreía de oreja a oreja, henchido de felicidad. Pero el pequeño no sonreía. Parecía inseguro. Vacilante.
-Julian -dijo su marido.
¿Por qué pronunciaba su propio nombre?
-Nuestro segundo hijo -dijo él-. No murieron todos, Elena. Vivió uno.
Toda esperanza por aquellos pequeños se había enterrado en su corazón. Casi le dolió abrir aquel lugar oculto. Se quedó boquiabierta, abrumada por la intensidad del momento.
-Nikolai lo conoció en la Escuela de Batalla-continuó él-. Le dije a sor Carlotta que, si teníamos otro hijo, querías llamarlo Julian.
-Lo sabías -dijo Elena.
-Perdóname, mi amor. Pero sor Carlotta no estaba segura entonces de que fuera nuestro. O de que pudiera regresar a casa alguna vez. Y yo no podría soportar hablarte de esperanza, sólo para romperte el corazón más tarde.
-Tengo dos hijos -dijo ella.
-Si lo quieres -dijo Julian-. Su vida ha sido dura. Pero aquí es un extranjero. No habla griego. Le han dicho que viene sólo de visita. Que legalmente no es nuestro hijo, sino más bien está a custodia del estado. No tenemos que aceptarlo, si tú no quieres, Elena.
-Calla, bobo -dijo ella. Entonces, en voz alta, llamó a los dos niños que se acercaban-. ¡Aquí están mis dos hijos, de vuelta a casa tras la guerra! ¡Venid con vuestra madre! ¡Os he echado tanto de menos, y durante tantos años!
Ellos corrieron a su encuentro, y ella los abrazó. Sus lágrimas los salpicaron a ambos, y las manos de su marido se apoyaron en las cabezas de ambos niños.
Su marido habló. Elena reconoció sus palabras de inmediato, del evangelio de san Lucas. Pero como sólo había memorizado el pasaje en griego, el pequeño no lo entendió. No importaba. Nikolai empezó a traducirlo al Común, el idioma de la flota, y casi de inmediato el pequeño reconoció las palabras, y las dijo correctamente, de memoria, tal como sor Carlotta se las había leído años atrás.
-Comamos, y regocijémonos: pues mi hijo estaba muerto, y vuelve a estar vivo; estaba perdido, y ha sido encontrado.
Entonces el pequeño se echó a llorar y se abrazó a su madre y besó la mano de su padre.
-Bienvenido a casa, hermanito -dijo Nikolai-. Te dije que eran buena gente.