32 - Arya

Cazar gatos era difícil. Tenía las manos llenas de arañazos a medio curar, y las dos rodillas cubiertas de costras en los puntos donde se las había dejado en carne viva en diferentes caídas. Al principio hasta el gato gordo del cocinero había conseguido eludirla, pero Syrio la obligó a insistir, día y noche. Cuando Arya corrió a él con las manos ensangrentadas, su respuesta fue:
—¿Tan lenta eres? Tendrás que moverte más deprisa, chica. Tus enemigos no se limitarán a arañarte. —Le había untado las manos con fuego myriano, que escocía tanto que tuvo que morderse el labio para no gritar. Y a continuación el hombre la envió a cazar más gatos.
La Fortaleza Roja estaba llena de gatos: gatos viejos y perezosos que sesteaban al sol, cazarratones de ojos fríos y colas erizadas, cachorrillos rápidos con garras afiladas como agujas, gatas repeinadas y confiadas, sombras escuálidas que rondaban los vertederos de basura... Arya los había cazado a todos, uno por uno, para presentárselos con orgullo a Syrio Forel. Sólo le faltaba aquél, el demoníaco gato negro de una sola oreja.
—Es el verdadero rey del castillo —le había dicho uno de los hombres de capa dorada—. Viejo como el pecado y el doble de malo. Una vez, el rey había organizado un festín en honor del padre de la reina, y ese cabrón negro saltó a la mesa y le quitó de las mismísimas manos a Lord Tywin su codorniz asada. Robert se rió tanto que estuvo a punto de darle un ataque. Ni se te ocurra acercarte a ése, niña.
La había hecho correr por medio castillo, dos veces en torno a la Torre de la Mano, a través del patio interior, por los establos, escaleras de caracol abajo, más allá de la pequeña cocina, las pocilgas y los barracones de los capas doradas, junto al pie del muro que daba al río, y escaleras arriba hasta el Paseo del Traidor; luego otra vez abajo, cruzando una puerta y en torno a un pozo, saliendo y entrando en edificios desconocidos, hasta que Arya estuvo desorientada por completo.
Y por fin, ya lo tenía. Había muros altos a ambos lados, y delante una pared de piedra sin ventanas. «Silenciosa como una sombra —se repitió mientras se deslizaba hacia adelante—, ligera como una pluma.»
Cuando estaba a tres pasos de él, el gato trató de escapar. Primero a la izquierda, luego a la derecha, y de derecha a izquierda corrió también Arya para cortarle el camino. Bufó de nuevo y trató de pasar entre sus piernas. «Rápida como una serpiente», pensó ella. Agarró al gato con ambas manos. Lo estrechó contra su pecho, riendo y bailoteando mientras las zarpas del animal le arañaban la pechera del chaleco de cuero. Siempre rápida, besó al animal entre los ojos, y retiró el rostro antes de que se lo arañara. El gato bufó y se retorció.
—¿Qué hace ese chico con el gato?
Arya se sobresaltó, soltó al animal y se giró hacia el lugar de donde venía la voz.
El gato desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Al final del pasadizo había una niña de rizos dorados, con un vestido de seda azul hermoso como el de una muñeca. A su lado había un niño rubio y gordito, que llevaba un venado rampante bordado en perlas en el jubón y una espada en miniatura a la cintura. «La princesa Myrcella y el príncipe Tommen», pensó Arya. Tras ellos se alzaba una septa de una corpulencia increíble, seguida por dos hombres que lucían la capa escarlata de la guardia de los Lannister.
—¿Qué le estabas haciendo al gato, chico? —insistió Myrcella. Se volvió a su hermano—. Qué chico tan zarrapastroso, ¿verdad? —dijo con una risita.
—Zarrapastroso y maloliente —asintió Tommen.
Arya se dio cuenta de que no la habían reconocido. ¡Ni siquiera se percataban de que era una chica! Tampoco resultaba extraño: iba descalza y sucia, la larga persecución por el castillo le había enredado el pelo, vestía un chaleco de cuero roto por los zarpazos de los gatos, y unos pantalones marrones de tela basta, doblados justo por encima de sus rodillas llenas de costras. Nadie se pone faldas de seda para cazar gatos. A toda prisa, inclinó la cabeza y clavó una rodilla en el suelo. Quizá no la reconocieran. De lo contrario, sería espantoso. La septa Mordane lo consideraría un insulto personal y Sansa no volvería a dirigirle la palabra.
—¿Qué haces aquí, chico? —preguntó la gruesa septa adelantándose un paso—. En esta parte del castillo no se puede entrar.
—A estos mocosos no hay quien se lo impida —dijo uno de los hombres de capa roja—. Es como intentar mantener a raya a las ratas.
—¿Quiénes son tus padres, chico? —insistió la septa—. Responde. ¿Qué te pasa, eres mudo?
Arya no podía decir palabra. Si hablaba, Tommen y Myrcella la reconocerían de inmediato.
—Tráelo aquí, Godwyn —ordenó la septa.
El guardia más alto echó a andar hacia ella. Arya sintió que el pánico le aferraba la garganta como la mano de un gigante. «Tranquila como las aguas en calma», se dijo para sus adentros.
Godwyn fue a agarrarla, y entonces Arya se movió. «Rápida como una serpiente.» Se inclinó hacia la izquierda, permitiendo que los dedos del hombre apenas le rozaran el brazo, y giró a su alrededor. «Suave como la seda de verano.» Cuando él se dio la vuelta. Arya ya corría por el pasadizo. «Veloz como un ciervo.» La septa le gritaba algo. Ella se deslizó entre sus piernas, gruesas y blancas como columnas de mármol, rodó hacia el príncipe Tommen y saltó sobre él. El niño cayó sentado, con un sonoro uf. Esquivó al segundo guardia y escapó a toda velocidad.
Oyó a su espalda gritos y pasos apresurados que se acercaban más y más. Se dejó caer y rodó por el suelo. El capa roja pasó alocadamente junto a ella. Arya se puso en pie de un salto. Vio una ventana en el muro, alta y estrecha, poco más que una tronera. Saltó, se agarró al alféizar y se izó. Contuvo la respiración y se retorció para atravesarla. «Resbaladiza como una anguila.» Cayó al otro lado ante una sobresaltada fregona, se levantó, se sacudió la ropa y echó a correr de nuevo. Salió por la puerta a un pasillo largo, bajó por unas escaleras, cruzó un patio oculto, dobló una esquina, saltó un muro y se coló por una ventana baja y estrecha que daba a un sótano oscuro. Los sonidos quedaron a su espalda, cada vez más amortiguados.
Arya estaba sin aliento y completamente extraviada. Si la habían reconocido iba a tener problemas, pero creía que no había sido así. Se había movido muy deprisa. «Veloz como un ciervo.»
Se acuclilló en la oscuridad contra una pared de piedra húmeda, y prestó atención por si oía sonidos de sus perseguidores. Pero lo único que le llegó a los oídos fueron los latidos de su corazón y el goteo distante del agua. «Silenciosa como una sombra», se dijo. ¿Dónde se encontraba? Los primeros días después de llegar a Desembarco del Rey tenía pesadillas en las que se veía perdida en el castillo. Su padre decía que la Fortaleza Roja era más pequeña que Invernalia, pero en sus sueños le parecía inmensa, un laberinto interminable de piedras que parecían moverse y cambiar a su espalda. Siempre se encontraba vagando por salas sombrías, pasando junto a tapices descoloridos; bajaba por escaleras de caracol interminables, atravesaba patios y puentes, y sólo el eco respondía a sus gritos. En algunas estancias, la piedra roja de los muros parecía rezumar sangre, y nunca había ventanas. En ocasiones oía la voz de su padre, pero siempre muy lejos, y se iba alejando por mucho que ella tratara de correr en su dirección, hasta que se desvanecía por completo y Arya quedaba a solas en la oscuridad.
Se dio cuenta de que todo estaba muy oscuro en aquel momento. Se abrazó las rodillas desnudas contra el pecho, y se estremeció. Decidió quedarse sentada allí, muy callada, y contar hasta diez mil. Para entonces ya podría salir y buscar el camino de regreso.
Apenas iba por ochenta y siete cuando la habitación pareció iluminarse un poco, a medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad. Poco a poco los objetos que la rodeaban empezaron a tomar forma. Enormes ojos vacíos la miraban hambrientos desde la penumbra, y entrevió las sombras puntiagudas de unos dientes enormes. Había perdido la cuenta. Cerró los ojos, se mordió el labio y apartó el miedo de ella. Cuando alzara la vista de nuevo los monstruos habrían desaparecido. Nunca habrían estado allí. Se intentó convencer de que Syrio se encontraba junto a ella, en la oscuridad, y le susurraba al oído. «Tranquila como las aguas en calma —se dijo—. Fuerte como un oso. Fiera como un carcayú.» Abrió los ojos de nuevo.
Los monstruos seguían allí. El miedo, no.
Arya se puso en pie y avanzó con cautela. Las cabezas la rodeaban por doquier. Tocó una con curiosidad, y se preguntó si sería auténtica. Rozó una mandíbula gigantesca con los dedos. El tacto era, desde luego, muy auténtico. El hueso era suave, frío y duro. Pasó los dedos por un diente, negro y afilado, una daga de oscuridad. Le dio escalofríos.
—Está muerto —dijo en voz alta—. No es más que un cráneo, no me puede hacer daño.
Pero, por extraño que pareciera, daba la sensación de que el monstruo detectaba su presencia. Arya sentía como si los ojos vacíos la observaran en la penumbra, sentía que en aquella sala oscura y cavernosa había algo que no le deseaba nada bueno. Se apartó del cráneo y chocó de espaldas contra otro, todavía más grande. Por un momento fue como si los dientes se le clavaran en el hombro, como si intentara arrancarle un bocado de carne. Arya giró sobre los pies, y uno de los largos colmillos desgarró el cuero de su chaleco cuando echó a correr. Otro cráneo apareció ante ella, era el monstruo más grande de todos, pero la niña ni siquiera aminoró el paso. Saltó una barrera de dientes negros altos como espadas, pasó como una centella entre mandíbulas hambrientas y se lanzó contra la puerta.
Dio con un pesado anillo de hierro incrustado en la madera y tiró de él. La puerta ofreció resistencia un segundo antes de empezar a moverse hacia el interior, con un crujido tan estrepitoso que a Arya le pareció que debía de oírse en toda la ciudad. Abrió la puerta lo justo para pasar y se encontró en un pasillo.
La sala de los monstruos era oscura, pero aquel pasillo era el pozo más negro de los siete infiernos. «Tranquila como las aguas en calma», se dijo Arya. Pero incluso después de permitirse unos instantes para que los ojos se le acostumbraran a la oscuridad, allí no había nada que ver, aparte del perfil vago y grisáceo de la puerta por la que había llegado. Movió los dedos ante el rostro. Sintió el desplazamiento del aire, pero no vio nada. Estaba a ciegas. «Un danzarín del agua ve con todos los sentidos», recordó. Cerró los ojos, acompasó la respiración, bebió del silencio y extendió las manos.
Rozó la piedra basta a la izquierda con los dedos. Siguió la pared sin apartar la mano, con pasos cortos y deslizantes. «Todos los pasillos llevan a alguna parte. Si hay una entrada, hay una salida. El miedo hiere más que las espadas.» Arya no iba a tener miedo. Cuando por fin la pared terminó de repente, le pareció que había caminado largo rato. Una ráfaga de aire fresco le acarició la mejilla. Los mechones de pelo suelto le rozaron la piel.
Le llegaron ruidos procedentes de abajo, el roce de unas botas, el sonido lejano de las voces. Un atisbo de luz rozaba apenas la pared, y Arya descubrió que estaba junto a un gran pozo negro, con una boca de ocho metros de diámetro, que se hundía en las profundidades de la tierra. De las paredes sobresalían piedras enormes a modo de peldaños, que formaban una escalera circular hacia abajo, muy abajo, oscura como la escalera al infierno de la que les solía hablar la Vieja Tata. Y de la oscuridad, de las entrañas de la tierra, surgía algo...
Arya se asomó por el borde y sintió en el rostro el aliento negro y frío. Divisó muy a lo lejos la luz de una antorcha solitaria, una llama diminuta como la de una vela. Alcanzó a distinguir las figuras de dos hombres que subían. Sus sombras se proyectaban en las paredes del pozo, altas como las de gigantes. Le llegaba el eco de las voces subiendo por el pozo.
—... ha encontrado a uno de los bastardos —decía uno—. El resto no tardarán en llegar. Un día, dos, un par de semanas...
—Y cuando lo descubra, ¿qué hará? —preguntó una segunda voz, con el acento suave de las Ciudades Libres.
—Sólo los dioses lo saben —replicó la primera voz. Arya alcanzó a divisar un jirón de humo gris, procedente de la antorcha, que se retorcía como una serpiente en su ascenso—. Los muy imbéciles intentaron matar a su hijo, y lo que es peor, fueron unos chapuceros. No es el tipo de hombre que olvida esas cosas. Te lo aseguro, tanto si nos gusta como si no, el lobo y el león se van a enfrentar muy pronto.
—Demasiado pronto, demasiado pronto —se quejó la voz con acento—. ¿De qué nos sirve una guerra ahora? No estamos preparados. Retrásalo.
—Es como si me pidieras que detuviera el tiempo. ¿Me has tomado por un mago?
—Ni más ni menos —contestó el otro dejando escapar una risita.
Las llamas lamieron el aire frío. Las sombras altas estaban casi a su nivel. Un instante más tarde, pudo ver al hombre que llevaba la antorcha, seguido por su acompañante. Arya se alejó silenciosamente del pozo, se dejó caer de bruces y se pegó todo lo posible a la pared. Contuvo la respiración.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó el que llevaba la antorcha, un hombre gordo que vestía una capa corta de cuero.
Incluso con las pesadas botas, parecía que se deslizaba por el suelo sin hacer el menor ruido. Bajo el casco de acero se divisaba un rostro redondo con cicatrices y la sombra de una barba negra, llevaba una cota de mallas sobre las ropas de cuero, y del cinturón le colgaban una daga y una espada corta. A Arya le resultaba extrañamente familiar.
—Si una Mano puede morir, ¿por qué no otra? —replicó el hombre que hablaba con acento; lucía una barbita amarilla de dos puntas—. Ese baile ya lo has bailado, amigo mío.
Arya no lo había visto jamás, de eso estaba convencida. Era obeso hasta límites repugnantes, pero caminaba con paso ligero y apoyaba su peso en las puntas de los pies, como haría un danzarín del agua. Los anillos que lucía brillaban a la luz de la antorcha, eran de oro rojo y plata blanca, con incrustaciones de rubíes, zafiros y ojos de tigre. Tenía al menos un anillo en cada dedo, en algunos dos.
—Aquello fue entonces, y esto es ahora. Y esta Mano no es igual que la otra — dijo el hombre de la cara marcada mientras se dirigían hacia el pasillo.
«Inmóvil como una piedra —se dijo Arya—, silenciosa como una sombra.» Los hombres, deslumbrados por el resplandor de su antorcha, no la vieron pese a la escasa distancia.
—Es posible —dijo el de la barba de dos puntas, que se había detenido para recuperar el aliento tras el largo ascenso—. Pero, sea como sea, necesitamos tiempo. La princesa está preñada. El khal no hará nada antes de que nazca su hijo. Ya sabes cómo son estos salvajes.
El hombre de la antorcha empujó algo. Arya oyó una especie de retumbar. Desde el techo se deslizó una enorme losa de roca que a la luz de la antorcha parecía de color rojo. El estrépito estuvo a punto de hacerla gritar. Donde antes había estado la boca del pozo, sólo se veía piedra maciza.
—Pues si no hace algo pronto, será demasiado tarde —replicó el hombre gordo del casco de acero—. Esto ya no es un juego para dos jugadores, si es que lo fue alguna vez. Stannis Baratheon y Lysa Arryn han escapado de mi alcance, y los rumores dicen que están reuniendo ejércitos. El Caballero de las Flores ha escrito a Altojardín para apremiar a su padre para que envíe a la corte a su hermana. La niña es una doncella de catorce años, dulce, hermosa y manipulable. Lord Renly y Ser Loras quieren que Robert se acueste con ella, la despose y la nombre reina. En cuanto a Meñique... las intenciones de Meñique sólo las conocen los dioses. Pero el que me quita el sueño es Lord Stark. Ya tiene al bastardo, ya tiene el libro, dentro de poco tendrá la verdad en sus manos. Y ahora, gracias a la intromisión de Meñique, su esposa ha secuestrado a Tyrion Lannister. Lord Tywin lo considerará un insulto, y Jaime siente un extraño afecto por el Gnomo. Si los Lannister van al norte, los Tully harán lo mismo. Tú dices que debemos demorarlo todo. Yo digo que todo lo contrario. Ni el mejor malabarista puede mantener en el aire cien pelotas a la vez durante mucho tiempo.
—Tú eres mucho más que un malabarista, amigo mío. Eres un verdadero mago. Sólo te pido que sigas ejerciendo tu magia un poco más de tiempo. —Echaron a andar por el pasillo por el que había llegado Arya, hacia la habitación de los monstruos.
—Haré lo que pueda —dijo en voz baja el que llevaba la antorcha—. Necesito oro y otros cincuenta pájaros.
La niña dejó que se adelantaran, y caminó a hurtadillas tras ellos. «Silenciosa como una sombra.»
—¿Tantos? —Las voces eran más tenues a medida que la luz se alejaba de ella—. Los que quieres tú no son tan fáciles de encontrar... Demasiado jóvenes para saber las palabras... quizá un poco mayores... no se morirían tan a menudo...
—No... más jóvenes son más seguros... trátalos bien...
—... si conservan las lenguas...
—... es un riesgo...
Mucho después de que las voces se perdieran a lo lejos, Arya alcanzaba todavía a divisar la luz de la antorcha, como una estrella humeante que le marcaba el camino. Dos veces le pareció que desaparecía, pero ella siguió adelante, y en ambas ocasiones se encontró en la cima de las escaleras, empinadas y estrechas, mientras la luz brillaba mucho más abajo. En un momento dado tropezó con una roca y cayó contra la pared, y palpó con las manos tierra sostenida por vigas de madera, mientras que antes el túnel era de piedra.
Caminó sigilosa tras ellos durante kilómetros y kilómetros. Por último los perdió, pero no era posible que se hubieran desviado, sólo podían haber seguido adelante. Tanteó de nuevo la pared y siguió caminando, ciega y extraviada. Se imaginó que Nymeria caminaba junto a ella en la oscuridad. Al final se encontró metida hasta las rodillas en un agua de olor repugnante, y deseó que pudiera danzar sobre aquella sustancia, como sin duda habría hecho Syrio. Se preguntaba si volvería a ver la luz. Ya era de noche cerrada cuando Arya salió al aire libre.
Descubrió que se encontraba en la salida de una alcantarilla, justo en el punto donde desembocaba en el río. Ella misma despedía un hedor tan repugnante que se desnudó allí mismo, dejó la ropa en la orilla y se sumergió en las aguas oscuras y negras. Nadó hasta que se sintió limpia, y salió del río tiritando. Por el camino cercano pasaban algunos jinetes, pero si se fijaron en la niña flaca que lavaba sus harapos a la luz de la luna, no dieron señales de ello.
Se encontraba a varios kilómetros del castillo, pero en cualquier punto de Desembarco del Rey bastaba con alzar la vista para ver la Fortaleza Roja, en lo más alto de la colina de Aegon, así que no había manera de perderse. Ya tenía la ropa casi seca cuando llegó ante la torre de entrada. El rastrillo estaba bajado y las puertas cerradas, así que dio la vuelta para entrar por una poterna trasera. Los capas doradas que estaban de guardia se echaron a reír cuando les dijo que le abrieran.
—Lárgate —le dijo uno—. En la cocina ya no quedan sobras, y no se admiten mendigos después de anochecer.
—No vengo a mendigar —replicó ella—. Vivo aquí.
—He dicho que te largues. ¿O hace falta que te dé una bofetada para que me entiendas?
—Quiero ver a mi padre.
Los guardias se miraron.
—Yo quiero follarme a la reina, y mira de lo que me sirve —dijo el más joven.
—¿Y quién es tu padre, chico? —preguntó el viejo con el ceño fruncido—. ¿El ratonero de la ciudad?
—La Mano del Rey —replicó Arya.
Los dos hombres se echaron a reír, y el mayor le lanzó una bofetada, casi de manera automática, igual que haría con un perro que lo molestara. Arya vio venir el golpe antes de que iniciara el movimiento. Danzó para apartarse del camino y no llegó a tocarla.
—No soy un chico —les espetó—. Soy Arya Stark de Invernalia, y si me ponéis una mano encima mi señor padre hará que pongan vuestras cabezas en la punta de una pica. Si no me creéis, id a buscar a Jory Cassel o a Vayon Poole, en la Torre de la Mano. —Se puso las manos en las caderas—. ¿Me abrís la puerta, o hace falta que os den una bofetada para que me entendáis?
Cuando Harwin y Tom el Gordo la acompañaron ante él, su padre estaba retirado en una habitación, con una lamparilla de aceite junto al codo. Leía el libro más grande que Arya había visto jamás, era un tomo gigantesco, grueso, con páginas de pergamino amarillo y quebradizo llenas de escritura ilegible, y tapas de cuero descolorido. Lo cerró para escuchar el informe de Harwin, y tenía el rostro tenso cuando dio las gracias a los hombres y ordenó que se retiraran.
—¿Te das cuenta de que la mitad de mi guardia te estaba buscando? —dijo Eddard Stark en cuanto se encontraron a solas—. La septa Mordane está al borde de un ataque. Lleva horas en el sept, rezando por que te encuentres bien. Arya, sabes de sobra que nunca puedes cruzar las puertas del castillo sin mi permiso.
—No crucé las puertas —replicó ella—. Bueno, sí las crucé, pero sin querer. Bajé a las mazmorras, y resultó que había un túnel, estaba todo oscuro y yo no tenía antorcha ni velas, así que tuve que seguir caminando. No podía volver por donde había entrado porque había monstruos. ¡Padre, hablaban de que querían matarte! Los monstruos no, los dos hombres. Ellos no me vieron porque me quedé quieta como una piedra y silenciosa como una sombra, pero yo los oí. ¡Dijeron que tenías un libro y un bastardo, y que si una Mano podía morir otra también! ¿Ése es el libro? ¿Y el bastardo es Jon?
—¿Jon? Arya, ¿se puede saber de qué hablas? ¿Quién dijo eso?
—Aquellos hombres —replicó la niña—. Había uno gordo con anillos y barba amarilla de dos puntas, y otro con cota de mallas y casco de acero, y el gordo dijo que tenían que retrasarlo, pero el otro dijo que no podía seguir haciendo juegos malabares, y que el lobo y el león se iban a enfrentar, y que esto ya no era un juego para dos jugadores. —Intentó recordar el resto. No había comprendido todo lo que había oído, y los conceptos se le mezclaban en la cabeza—. El gordo dijo que la princesa estaba preñada. El del casco de acero, que llevaba la antorcha, dijo que tenían que darse prisa. Me parece que era un mago.
—Un mago —dijo Ned sin sonreír—. ¿Llevaba barba larga y blanca, y sombrero puntiagudo adornado con estrellas?
—¡No! No era como en los cuentos de la Vieja Tata. No parecía un mago, pero el gordo dijo que era un mago.
—Arya, te lo advierto, como te estés inventando todo esto...
—No, ya te lo he dicho, estaba en las mazmorras, y había una pared secreta. Yo estaba cazando gatos, y entonces... —Frunció los labios. Si reconocía que había derribado al príncipe Tommen, su padre se iba a enfadar mucho con ella—. Y me colé por la ventana. Y allí estaban los monstruos.
—Monstruos y magos —dijo su padre—. Menuda aventura, ¿eh? ¿Y dices que hablaban de malabarismos, y de juegos?
—Sí—reconoció Arya—. Pero...
—Seguro que eran artistas ambulantes, Arya —la interrumpió su padre—. Ahora mismo hay más de una docena de compañías en Desembarco del Rey, han venido a sacar beneficio de las multitudes que asistan al torneo. No sé qué harían esos dos en el castillo, quizá el rey les haya pedido que organicen un espectáculo.
—No —dijo la niña sacudiendo la cabeza, obstinada—. No eran...
—Y además, no deberías ir por ahí espiando a la gente, ni siguiendo a nadie. Tampoco me gusta que mi hija se cuele por ventanas y persiga gatos callejeros. ¿Has visto cómo estás, cariño? Tienes los brazos llenos de arañazos. Esto ya ha ido demasiado lejos. Dile a Syrio Forel que quiero hablar con él...
Lo interrumpió un golpe repentino en la puerta.
—Perdonad, Lord Eddard —dijo Desmond al tiempo que abría unos centímetros—, pero ha llegado un hermano negro, y suplica que lo recibáis. Dice que se trata de un asunto de gran urgencia. Pensé que querríais saberlo lo antes posible.
—Mi puerta siempre está abierta para la Guardia de la Noche —respondió su padre.
Desmond hizo pasar a un hombre encorvado y feo, de barba desaliñada y ropas sucias, pero su padre lo recibió con cordialidad y le preguntó su nombre.
—Yoren, señor, a vuestro servicio. Os pido perdón por lo avanzado de la hora. — Hizo una reverencia a Arya—. Y éste debe de ser vuestro hijo. Se os parece mucho.
—Soy una chica —replicó Arya, molesta. Si aquel viejo venía del Muro, sin duda habría pasado por Invernalia—. ¿Conoces a mis hermanos? —preguntó, nerviosa—. Robb y Bran están en Invernalia, y Jon en el Muro. Jon Nieve, él también está en la Guardia de la Noche, seguro que lo conoces, tiene un lobo huargo blanco con los ojos rojos. ¿Lo han nombrado ya explorador? Yo soy Arya Stark. —El viejo de las ropas malolientes le lanzó una mirada extraña, pero ella no podía dejar de hablar—. Cuando vuelvas al Muro, ¿le llevarás una carta mía a Jon? —¡Cuánto echaba de menos a su medio hermano en aquel momento! Él habría creído su historia acerca de las mazmorras, el gordo de la barba amarilla y el mago del casco de acero.
—Mi hija tiende a olvidar sus modales —dijo Eddard Stark, con una sonrisa que suavizaba las palabras—. Te ruego que la perdones, Yoren. ¿Te envía mi hermano Benjen?
—A mí no me envía nadie, mi señor, salvo el viejo Mormont. He venido a buscar hombres para el Muro, y en la audiencia con Robert me hincaré de rodillas y le suplicaré que nos ayude en estos momentos de necesidad; quizá el rey y su Mano tengan algo de basura en las mazmorras y quieran librarse de ella. De todos modos, bien se podría decir que Benjen Stark es el motivo de esta conversación. Por sus venas corre sangre negra, así que lo considero tan hermano mío como vuestro. He venido por él. He cabalgado tanto que mi yegua acabó al borde de la muerte, pero he dejado bien atrás a los demás.
—¿Los demás?
—Mercenarios, jinetes libres, gentuza así —escupió Yoren—. Abarrotaban la posada, y vi que captaban el olor. El olor de la sangre, o el olor del oro, que al final son lo mismo. Pero no todos se dirigían a Desembarco del Rey. Algunos galopaban hacia Roca Casterly, que está más cerca. Podéis estar seguro de que Lord Tywin ya habrá recibido la noticia.
—¿Qué noticia? —Su padre tenía el ceño fruncido.
—Una noticia que sería mejor transmitir en privado, mi señor —contestó Yoren mirando a Arya—. Disculpad mi atrevimiento.
—Como quieras. Desmond, acompaña a mi hija a sus habitaciones. —La besó en la frente—. Mañana terminaremos nuestra charla.
—No le habrá pasado nada malo a Jon, ¿verdad? —preguntó Arya a Yoren sin moverse—. Ni al tío Benjen.
—Bueno, de Stark no tengo noticias, pero el chico, Nieve, se encontraba bien cuando partí del Muro. Ellos no son los que me preocupan.
—Vamos, mi señora —dijo Desmond tomándola de la mano—. Ya habéis oído a vuestro señor padre.
A Arya no le quedó más remedio que ir con él. ¡Ojalá se hubiera tratado de Tom el Gordo! Con Tom no le habría costado nada hacerse la remolona junto a la puerta, con cualquier excusa, para oír lo que dijera Yoren. Pero Desmond era demasiado testarudo.
—¿Cuántos guardias tiene mi padre? —le preguntó mientras bajaba por las escaleras hacia su dormitorio.
—¿Aquí, en Desembarco del Rey? Cincuenta.
—Y no dejaréis que nadie lo mate, ¿verdad?
—Por eso no temáis, joven señora. —Desmond se echó a reír—. Lord Eddard está bien guardado, día y noche. No le sucederá nada malo.
—Los Lannister tienen más de cincuenta hombres —señaló Arya.
—Cierto, pero cada norteño vale por diez espadas sureñas, así que podéis dormir tranquila.
—¿Y si enviaran a un mago para matarlo?
—Bueno... —dijo Desmond mientras desenfundaba la espada—, si le cortáis la cabeza a un mago, muere igual que cualquier otro hombre.