20 - Prueba y error

-¡Que le han dado la patada! Vaya forma de expresarlo. Tendrían que haberlo fusilado.
-Si las Hermanas de San Nicolás tuvieran conventos, su abadesa la obligaría a hacer una seria penitencia por ese pensamiento tan poco cristiano.
-Lo sacó usted del hospital en El Cairo y lo envió derecho al espacio. Aunque se lo advertí.
-¬ŅNo se ha dado cuenta de que ha telefoneado directamente? Estoy en la Tierra. Ya no dirijo la Escuela de Batalla.
-Es un asesino en serie, y usted lo sabe. No s√≥lo mat√≥ a la ni√Īa de Rotterdam. Hab√≠a un ni√Īo all√≠ tambi√©n, √©se al que Helga llamaba Ulises. Encontraron su cad√°ver hace unas semanas.
-Aquiles ha estado todo el a√Īo en manos de m√©dicos.
-El forense calcula que el asesinato tuvo lugar hace al menos un a√Īo. El cuerpo estaba oculto detr√°s de unos contenedores en la lonja de pescado. Cubri√≥ el olor. Y eso no es todo. Un maestro del colegio donde lo ingres√©.
-Ah. Es verdad. Usted lo ingresó en un colegio mucho antes de que yo lo hiciera.
-El maestro se cayó desde un piso superior y murió.
-No hay testigos. No hay pruebas.
-Exactamente.
-¬ŅVe una tendencia?
-Ese es mi argumento. Aquiles no mata de un modo negligente. Ni elige a sus v√≠ctimas a azar. Todo aquel que lo haya visto indefenso, lisiado, derrotado... no puede soportar la verg√ľenza. Tiene que expurgarla mediante la dominaci√≥n absoluta de la persona que se atrevi√≥ a humillarlo.
-¬ŅAhora es usted psic√≥logo?
-Planteé los hechos a un experto.
-Los supuestos hechos.
-No estoy en un juicio, coronel. Estoy hablando con el hombre que ha metido a ese asesino en la escuela con el ni√Īo que elabor√≥ el plan original para humillarlo. El ni√Īo que pidi√≥ su muerte. Mi experto me asegura que la posibilidad de que Aquiles no se vuelva contra Bean es cero.
-No es tan f√°cil como piensa, en el espacio. No hay muelles, para empezar.
-¬ŅSabe como supe que se lo hab√≠an llevado al espacio?
-Estoy seguro de que tiene sus fuentes, mortales y celestiales.
-Mi querida amiga, la doctora Vivian Delamar, fue la cirujano que reconstruyó la pierna de Aquiles.
-Que yo recuerde, la recomendó usted.
-Antes de saber lo que era realmente Aquiles. Cuando lo descubrí, la llamé. La advertí de que tuviera cuidado. Porque mi experto dijo que también ella corría

peligro.
-¬ŅLa persona que restaur√≥ su pierna? ¬ŅPor qu√©?
-Nadie lo ha visto m√°s indefenso que la cirujano que lo oper√≥ mientras yac√≠a drogado hasta las trancas. Desde un punto de vista racional, estoy segura de que sab√≠a que era malo da√Īar a esta mujer que le hizo tanto bien. Pero claro, lo mismo pod√≠a decirse de Poke, la primera vez que mat√≥. Si es que √©sa fue la primera vez.
-Entonces... la doctora Viv√≠an Delamar. Usted la alert√≥. ¬ŅY que vi√≥? ¬ŅMurmur√≥ √©l una confesi√≥n bajo los efectos de la anestesia?
-Nunca lo sabremos. La mató.
-Est√° usted bromeando.
-Estoy en El Cairo. Ma√Īana ser√° el funeral. Dijeron que se trataba de un infarto hasta que los inst√© a buscar la marca de una hipod√©rmica. Encontraron una, y ahora se considera asesinato. Aquiles sabe leer. Descubri√≥ qu√© drogas necesitaba. Lo que no s√© es c√≥mo consigui√≥ que ella se quedara quieta.
-¬ŅC√≥mo puedo creer esto, sor Carlotta? El ni√Īo es generoso, simp√°tico, la gente se siente atra√≠da hacia √©l, es un l√≠der nato. La gente de este tipo no mata.
-¬ŅQui√©nes son los muertos? El maestro que se burl√≥ de √©l por su ignorancia cuando lleg√≥ por primera vez a la escuela y lo puso en evidencia delante de la clase. La doctora que lo vio bajo los efectos de la anestesia. La ni√Īa de la calle de cuya banda se encarg√≥. El ni√Īo de la calle que jur√≥ que iba a matarlo y lo oblig√≥ a esconderse. Tal vez ese argumento convencer√≠a a un jurado, pero no a usted.
-S√≠, me ha convencido de que, en efecto, podr√≠a existir ese peligro. Pero ya alert√© a los profesores de la Escuela de Batalla de que podr√≠a haber alg√ļn riesgo. Y ahora ya no estoy al mando de la Escuela de Batalla.
-Siga en contacto. Si les da una advertencia m√°s urgente, tomar√°n medidas.
-Les daré la advertencia adecuada.
-Me est√° mintiendo.
-¬ŅPuede decir eso por tel√©fono?
-¬°Quiere exponer a Bean al peligro!
-Hermana... si, eso quiero. Lo que pueda hacer, lo haré.
-Si permite que a Bean le ocurra algo, Dios se lo har√° pagar.
-Tendr√° que ponerse en cola, sor Carlotta. La corte marcial de la F.l. tiene preferencia.
Bean contempl√≥ el respiradero de su habitaci√≥n y se maravill√≥ de haber podido caber alguna vez ah√≠ dentro. ¬ŅC√≥mo deb√≠a de ser entonces, tan peque√Īo como una rata?
Por fortuna, con una habitaci√≥n propia ahora, no estaba limitado a los conductos de salida de aire. Coloc√≥ la silla en lo alto de la mesa y se encaram√≥ a las largas y finas exclusas que corr√≠an por la pared que daba al pasillo. El respiradero constaba de varias secciones largas. El panelado estaba separado de la pared. Y tambi√©n se desprendi√≥ con facilidad. Ahora hab√≠a espacio suficiente para que casi cualquier ni√Īo de la Escuela de Batalla pudiera arrastrarse por el techo del pasillo.
Bean se despojó de sus ropas de inmediato y se introdujo una vez más en el sistema de ventilación.

Pero le resultó mucho más difícil esa vez; era asombroso lo mucho que había llegado a crecer. Se abrió paso rápidamente hasta la zona de mantenimiento cerca de los hornos. Descubrió cómo funcionaban los sistemas de luces, y con cuidado se dispuso a quitar bombillas y lámparas en las zonas que necesitaría. Pronto apareció un amplio pozo vertical que quedaba completamente oscuro cuando se cerraba la puerta, con profundas sombras incluso cuando estaba abierta. Con cuidado, trazó su plan.
Aquiles nunca dejaba de sorprenderse por el modo en que el universo se doblegaba a su voluntad. Todo lo que deseaba parec√≠a cumplirse. Poke y su banda, al elegirlo a √©l entre los otros matones. Sor Carlotta, al llevarle al colegio de curas en Bruselas. La doctora Delamar al estirarle la pierna para que pudiera correr y as√≠ no ser distinto de los otros ni√Īos de su edad. Y ahora se encontraba all√≠, en la Escuela de Batalla, y qui√©n era su primer comandante sino el peque√Īo Bean dispuesto a tomarlo a su cargo, a ayudarle a ascender dentro de esta escuela. Como si el universo hubiera sido creado para servirlo, con toda la gente sintonizada con sus deseos.
La sala de batalla era incre√≠ble. La guerra en una caja. Apuntabas con el arma, y el traje del otro ni√Īo se congelaba. Naturalmente, Ambul hab√≠a cometido el error de demostrarlo congelando a Aquiles y luego ri√©ndose de su consternaci√≥n mientras flotaba all√≠ en el aire, incapaz de moverse, incapaz de cambiar la direcci√≥n de su deriva. La gente no deber√≠a hacer eso. Estaba mal, y a Aquiles siempre le molestaba, hasta que pod√≠a enmendar las cosas. Tendr√≠a que haber m√°s amabilidad y respeto en el mundo.
Como Bean. Pareci√≥ prometedor al principio, pero entonces Bean empez√≥ a denigrarlo. Se asegur√≥ de que los dem√°s vieran que Aquiles fue el pap√° de Bean, pero ahora no era m√°s que un soldado en su escuadra. No hab√≠a ninguna necesidad de ello. No se pod√≠a denigrar a la gente. Bean hab√≠a cambiado. Cuando Poke derrib√≥ a Aquiles al suelo y lo avergonz√≥ delante de todos aquellos ni√Īos peque√Īos, fue Bean quien le mostr√≥ respeto. ¬ęM√°talo¬Ľ, dijo. Sab√≠a, entonces, aquel ni√Īo diminuto, sab√≠a que incluso en el suelo, Aquiles era peligroso. Pero ahora parec√≠a haberlo olvidado. De hecho, Aquiles estaba seguro de que Bean deb√≠a de haberle dicho a Ambul que congelara su traje refulgente y lo humillara en la sala de pr√°cticas, para que los dem√°s se rieran de √©l.
Fui tu amigo y protector, Bean, porque mostraste respeto por m√≠. Pero ahora tengo que sopesar eso con tu conducta aqu√≠ en la Escuela de Batalla. No me tienes ning√ļn respeto.
El problema era que los estudiantes de la Escuela de Batalla no tenían nada que pudiera ser utilizado como arma, y todo era completamente seguro. Nadie estaba nunca a solas, tampoco. Excepto los comandantes. Solos en sus habitaciones. Eso era prometedor. Pero Aquiles sospechaba que los profesores tenían un modo de localizar dónde estaban los estudiantes en todo momento. Tendría que aprender el sistema, aprender a evadirlo, antes de empezar a enmendar las cosas.
Pero s√≠ sab√≠a que aprender√≠a lo que fuera necesario. Ya se presentar√≠an las oportunidades. Y √©l, al ser Aquiles, ver√≠a esas oportunidades y las aprovechar√≠a. Nada podr√≠a interrumpir su ascenso hasta que hubiera acumulado en sus manos todo el poder posible. Entonces reinar√≠a la justicia en el mundo, no este miserable sistema que dejaba a tantos ni√Īos hambrientos, ignorantes y lisiados en las calles mientras los dem√°s gozaban de todos los privilegios, la seguridad y la salud. Todos aquellos adultos que hab√≠an dirigido el mundo durante miles de a√Īos eran unos idiotas o unos fracasados. Pero el universo obedecer√≠a a Aquiles. El y s√≥lo √©l podr√≠a corregir los abusos.

Al tercer d√≠a en la Escuela de Batalla, la Escuadra Conejo libr√≥ su primera batalla con Bean como comandante. Perdieron. No habr√≠an perdido si Aquiles hubiera sido comandante. Bean estaba comport√°ndose como un est√ļpido sensiblero, dejando que los jefes de batall√≥n tomaran las riendas. Pero estaba claro que el predecesor de Bean hab√≠a elegido mal a sus jefes. Si Bean quer√≠a ganar, necesitaba un control m√°s f√©rreo. Cuando trat√≥ de suger√≠rselo a Bean, el ni√Īo s√≥lo sonri√≥ confiadamente (una sonrisa alocada que tan s√≥lo mostraba una falsa superioridad), y le dijo que la clave para la victoria era que cada jefe de batall√≥n y, con el tiempo, cada soldado viera toda la situaci√≥n y actuara con independencia para conseguir la victoria. Aquiles quiso abofetearle, por lo est√ļpido y testarudo que era. √Čl que sab√≠a c√≥mo manejar la situaci√≥n, no dejaba que los dem√°s metieran la pata por ah√≠. √Čl tomaba las riendas y tiraba, con fuerza. Golpeaba a sus hombres para que le obedecieran. Como dijo Federico el Grande: el soldado debe temer a sus propios oficiales m√°s que a las balas del enemigo. No se puede gobernar sin hacer ejercicio de poder. Los seguidores deben inclinar la cabeza ante el l√≠der. Deben rendir sus cabezas, usando solo la mente y la voluntad del l√≠der para que los gobierne. Nadie m√°s que Aquiles parec√≠a comprender que √©sa era la gran fuerza de los insectores. No ten√≠an mentes individuales, s√≥lo la mente de la colina. Se somet√≠an de lleno a la reina. No podr√≠an derrotar a los insectores hasta que aprendieran de ellos, hasta que se volvieran como ellos.
Pero no tenía sentido explicarle esto a Bean. No le escucharía. Por tanto, nunca podría convertir a la Escuadra Conejo en una colmena. Estaba trabajando para crear el caos. Era insoportable.
Insoportable... y sin embargo, justo cuando Aquiles pensaba no podría soportar más aquella situación tan absurda, Bean lo llamó sus habitaciones.
Aquiles se sobresaltó, al entrar, y descubrir que Bean había quitado la tapa del respiradero y parte del panel de la pared, para conseguir acceso al sistema de ventilación. Menuda sorpresa.
-Quítate la ropa -ordenó Bean.
Aquiles creyó que deseaba humillarlo.
Bean se quitó su uniforme.
-Nos localizan por los uniformes -explic√≥-. Si no llevas puesto uno, no saben d√≥nde est√°s, excepto en el gimnasio y la sala de batalla, donde tienen un equipo car√≠simo que detecta el calor corporal. No vamos a ir a ninguno de esos sitios, as√≠ que desn√ļdate.
Bean estaba desnudo. Mientras Bean fuera primero, Aquiles no podría sentirse avergonzado haciendo lo mismo.
-Ender y yo sol√≠amos hacer esto -a√Īadi√≥-. Todo el mundo pensaba que Ender era un comandante brillante, pero la verdad es que sab√≠a todos los planes de los otros comandantes porque sal√≠amos a espiar a trav√©s de los conductos de ventilaci√≥n. Y no s√≥lo a los comandantes. Descubrimos lo que estaban planeando los profesores. Siempre lo sab√≠amos todo de antemano. No es dif√≠cil ganar de esa forma.
Aquiles se echó a reír. Esto era magnífico. Bean podía ser un idiota, pero ese Ender del que tanto había oído hablar sí sabía lo que estaba haciendo.
-Hacen falta dos personas, ¬Ņno?
-Para llegar al sitio donde se puede espiar a los profesores hay que pasar por un pozo ancho, completamente oscuro. No puedo bajar. Necesito que alguien me vaya bajando y me aupe. No sab√≠a en qui√©n con fiar en la Escuadra Conejo, y entonces... apareciste t√ļ. Un amigo de los viejos tiempos.
Estaba volviendo a suceder. El universo se doblegaba a su voluntad. Bean y él

estarían solos. Nadie los localizaría. Nadie sabría lo que había sucedido.
-Voy contigo -resolvió Aquiles. .
-A√ļpame -dijo Bean-. Eres lo bastante alto para auparte solo.
Estaba claro que Bean ya hab√≠a hecho esto muchas veces. Se intern√≥ en el conducto, sus pies y su culo iluminados por la luz que se filtraba desde los pasillos. Aquiles se fij√≥ en d√≥nde pon√≠a manos y pies, pronto fue igual de h√°bil sorteando el camino. Cada vez que utilizaba su pierna, se maravillaba de poder hacerlo. Iba donde quer√≠a que fuese, y ten√≠a la fuerza para sostenerlo. La doctora Delamar podr√≠a ser una cirujana habilidosa, pero incluso ella dijo que nunca hab√≠a visto un cuerpo que respondiera tan bien a la cirug√≠a como el de Aquiles. Su cuerpo sab√≠a c√≥mo ser entero, esperaba ser fuerte. Todo el tiempo anterior, todos aquellos a√Īos en que hab√≠a estado lisiado, hab√≠an sido la forma que ten√≠a el universo de ense√Īarle a Aquiles lo insoportable que resultaba el desorden. Y ahora Aquiles pose√≠a un cuerpo perfecto, dispuesto a actuar para enmendar la situaci√≥n.
Memoriz√≥ con mucho cuidado la ruta que segu√≠an. Si se presentaba la oportunidad, regresar√≠a solo. No pod√≠a permitirse perderse, o traicionarse. Nadie sabr√≠a que hab√≠a estado en el sistema de ventilaci√≥n. Mientras no les diera ning√ļn motivo, los profesores nunca sospechar√≠an de √©l. Todo lo que sab√≠an era que Bean y √©l eran amigos. Y cuando Aquiles llorara por el otro ni√Īo, sus l√°grimas ser√≠an reales. Siempre lo eran, pues hab√≠a nobleza en aquellas tr√°gicas muertes, esplendor mientras el gran universo cumpl√≠a su voluntad a trav√©s de las diestras manos de Aquiles.
Los hornos rugían cuando llegaron a una sala desde donde era visible el entramado de la estación. El fuego era bueno. Dejaba pocos residuos. La gente moría cuando por accidente caían a las llamas. Sucedía continuamente. Bean, al reptar por allí solo... sería bueno si se acercaran al horno.
En cambio, Bean abrió una puerta que daba a un espacio oscuro. La luz de la abertura mostraba un agujero negro no muy lejos.
-No te acerques al borde -dijo Bean alegremente. Recogi√≥ del suelo un trozo de cable muy fino-. Es una estacha. Forma parte del equipo de seguridad. Impide que los obreros se pierdan a la deriva en el espacio cuando est√°n trabajando en el exterior de la estaci√≥n. Ender y yo lo preparamos... pasa por una viga all√° arriba y me mantiene entrado en el pozo. No se puede agarrar con las manos: es muy f√°cil te corte si te roza la piel. Por eso hay que envolv√©rselo alrededor cuerpo, para que no resbale, ¬Ņves?, y entonces te sujetas. Aqu√≠ no hay mucha gravedad; por tanto, puedo saltar. Lo hemos medido, as√≠ luego me detengo al nivel de los respiraderos que dan a las habitaciones de los profesores.
-¬ŅNo duele cuando te paras?
-Una barbaridad -dijo Bean-. Pero quien algo quiere algo le cuesta, ¬Ņno? Me suelto de la cuerda, la ato a un trozo de metal y se qued√≥ all√≠ hasta que vuelvo. Tirar√© de ella tres veces cuando regrese entonces t√ļ me izas. Cuando llegues al lugar por donde entramos a la viga y sigue hasta tocar la pared. Espera all√≠ hasta que yo pueda controlar la oscilaci√≥n y aterrice en este resquicio. Entonces me suelto y vuelves y recogemos la estacha hasta la pr√≥xima vez. Sencillo, ¬Ņeh?
-Entendido -dijo Aquiles.
En vez de caminar hasta la pared, sería sencillo seguir andando. Dejar a Bean flotando en el aire donde no pudiera asirse a nada. Entonces habría tiempo de sobra para encontrar un modo de cortar la cuerda dentro de aquella sala oscura. Con el rugido de los hornos y los ventiladores, nadie oiría a Bean pedir ayuda. Entonces Aquiles tendría tiempo para explorar, para descubrir cómo podían acceder a los hornos. Traer a Bean de vuelta,

estrangularlo, llevar el cad√°ver al fuego. Dejar caer la cuerda por el pozo abajo. Nadie la encontrar√≠a. Posiblemente nadie encontrar√≠a jam√°s a Bean, o si lo hac√≠an, sus tejidos blancos estar√≠an consumidos. Todo indicio de estrangulaci√≥n habr√≠a desaparecido. Muy limpio. Tendr√≠a que haber algo de improvisaci√≥n, pero suced√≠a siempre. Aquiles pod√≠a encargarse de los peque√Īos problemas a medida que fueran surgiendo.
Aquiles se pasó el cable por encima de la cabeza, y luego lo tensó bajo sus brazos mientras Bean se enrollaba el otro extremo.
-Listo -dijo Aquiles.
-Aseg√ļrate de que est√° tenso, para que no te corte cuando yo llegue al fondo.
-Sí, está tenso.
Pero Bean tenía que comprobarlo. Pasó un dedo bajo el cable.
-M√°s tenso -dijo.
Aquiles lo tensó más.
-Bien -dijo Bean-. Ya est√°. Hazlo.
¬ŅHazlo? Era Bean quien se supon√≠a que ten√≠a que hacerlo.
Entonces la estacha se tensó y Aquiles fue izado en el aire. Con unos cuantos tirones más, quedó colgando en el oscuro pozo. El cable se clavó en su piel.
Cuando Bean pronunci√≥ la orden ¬ęhazlo¬Ľ, hablaba a otra persona. Alguien que ya estaba all√≠, esperando. Un traidor hijo de puta.
Sin embargo, Aquiles no dijo nada. Extendió la mano para ver si podía tocar la viga que había sobre él, pero no la alcanzó. Tampoco podía trepar por el cable, no con las manos desnudas, no con el cable tensado por el peso de su propio cuerpo.
Se rebull√≥, empezando a balancearse. Pero no importaba hasta d√≥nde llegara en cualquier direcci√≥n, no tocaba nada. No hab√≠a pared, ning√ļn sitio donde aferrarse.
Era hora de hablar.
-¬ŅDe qu√© va esto, Bean?
-Es sobre Poke.
-Est√° muerta, Bean.
-La besaste. La mataste. La tiraste al río.
Aquiles sinti√≥ que la sangre se agolpaba en su rostro. Nadie lo hab√≠a visto. S√≥lo estaba haciendo suposiciones. Pero entonces... ¬Ņc√≥mo sab√≠a que Aquiles la hab√≠a besado primero, a menos que lo hubiera visto?
-Te equivocas -replicó.
-Vaya, qué triste. Entonces el hombre equivocado morirá por el crimen.
-¬ŅMorir? Seamos serios, Bean. No eres un asesino.
-Pero el aire caliente y seco del pozo lo har√° por m√≠. Te deshidratar√°s en menos de un d√≠a. Ya tienes la boca un poco seca, ¬Ņverdad? Y seguir√°s ah√≠ colgado, momific√°ndote. √Čste es el sistema de entrada, as√≠ que el aire se filtra y se purifica. Aunque tu cuerpo apeste durante alg√ļn tiempo, nadie lo oler√°. Nadie te ver√°: est√°s por encima de las luces que entran por la puerta. Y nadie entra aqu√≠ de todas formas. No, la desaparici√≥n de Aquiles ser√° el misterio de la Escuela de Batalla. Contar√°n historias de fantasmas sobre ti para asustar a los novatos.
-Bean, no lo hice.
-Te vi, Aquiles, pobre idiota. No me importa lo que digas, te vi. Nunca cre√≠ que tendr√≠a la oportunidad de vengarme de ti. Poke no te hizo nada malo. Le dije que te matara, pero tuvo piedad. Te convirti√≥ en el rey de las calles. ¬ŅY por eso la mataste?
-Yo no la maté.

-D√©jame que te lo aclare, Aquiles, ya que eres demasiado est√ļpido para ver d√≥nde est√°s. Lo primero es que te olvidaste de d√≥nde estabas. All√° en la Tierra, te acostumbraste a ser mucho m√°s listo que todos los que te rodeaban. Pero aqu√≠ en la Escuela de Batalla, todo el mundo es tan listo como t√ļ, y la mayor√≠a somos m√°s listos. ¬ŅCrees que Ambul no advirti√≥ el modo en que lo miraste? ¬ŅCrees que no supo que estaba condenado a muerte por haberse re√≠do de t√≠? ¬ŅCrees que los otros soldados de la Escuadra Conejo dudaron de m√≠ cuando les habl√© se ti? Ya hab√≠an visto que pasaba algo raro contigo. Los adultos tal vez lo hayan pasado por alto, pueden haberse tragado todos tus rollos, pero nosotros no. Y como acabamos de tener un caso de un ni√Īo trat√≥ de matar a otro, nadie est√° dispuesto a tolerarlo otra vez. Nadie iba a esperar a que atacaras. Porque hay algo que tenemos muy claro: nos importa una mierda la justicia. Somos soldados. Los soldados no dan una oportunidad a su enemigo por puro deporte. Los soldados disparan por la espalda, ponen trampas y emboscadas, mienten al enemigo y aplastan al otro hijo de puta a la menor oportunidad que tienen. La clase de asesino que eres s√≥lo funciona entre civiles. Y fuiste demasiado fanfarr√≥n, demasiado est√ļpido, demasiado necio para darte cuenta de eso.
Aquiles supo que Bean tenía razón. Había cometido un tremendo error de cálculo. Se había olvidado de que cuando Bean le dijo a Poke que lo matara, no había mostrado solamente respeto hacia él. También había intentado que lo asesinaran.
Esto no estaba saliendo muy bien.
-As√≠ que s√≥lo tienes dos formas de terminar. Una, sigues colgando ah√≠, nosotros nos turnamos para asegurarnos de que no te escapas, hasta que mueras y luego te dejaremos y seguiremos con nuestras vidas. La otra forma: lo confiesas todo, y quiero decir todo, no s√≥lo lo que piensas que ya sabemos, y sigues confesando. Confiesa ante los profesores. Confiesa ante los psiquiatras que te env√≠en. Confiesa cuando te lleven a un sanatorio mental all√° en la Tierra. No nos importa qu√© elijas. Todo lo que importa es que nunca vuelvas a caminar libremente por los pasillos de la Escuela de Batalla. Ni en ning√ļn otro lugar. As√≠ que... ¬Ņqu√© ser√°? ¬ŅTe quedas seco en la cuerda, o dejas que los profesores sepan lo loco que est√°s?
-Llama a un profesor, confesaré.
-¬ŅAcaso no me he explicado bien? ¬°No somos est√ļpidos! Confiesa ahora. Ante testigos. Con una grabadora. No traeremos a ning√ļn profesor aqu√≠ arriba para que te vea colgando y sienta l√°stima por ti. El profesor que venga sabr√° exactamente qu√© eres, y lo acompa√Īaran seis marines para mantenerte sometido y sedado porque, Aquiles, aqu√≠ no se juega, A la gente no se le da ninguna oportunidad para escapar. Aqu√≠ no tienes derechos. No volver√°s a tener derechos hasta que hayas regresado a la Tierra. Aqu√≠ tienes tu √ļltima oportunidad. Ya es hora que confieses.
Aquiles casi se ech√≥ a re√≠r. Pero era importante que Bean pensara que hab√≠a ganado. Como hab√≠a hecho, por el momento. Aquiles se dio cuenta entonces de que no podr√≠a quedarse en la Escuela de Batalla ning√ļn modo. Pero Bean no era lo bastante listo para matarlo y acabar. No Bean le perdonaba la vida, algo que era completamente innecesario, Y mientras Aquiles estuviera vivo, el tiempo mover√≠a las cosas a su favor. El universo se doblegar√≠a hasta que la puerta se abriera y Aquiles saliera libre. Y eso suceder√≠a m√°s pronto que tarde.
No deber√≠as haber dejado abierta una puerta para m√≠, Bean, pens√≥ Aquiles. Porque te matar√© alg√ļn d√≠a. A ti y a todos los que me han visto aqu√≠ indefenso.
-Muy bien -dijo Aquiles-. Maté a Poke. La estrangulé y la tiré al río.
-Contin√ļa.

-¬ŅQu√© m√°s? ¬ŅQuieres saber c√≥mo se cag√≥ y se me√≥ encima mientras se mor√≠a? ¬ŅQuieres saber c√≥mo se le reventaron los ojos?
-Un asesinato no har√° que te confinen en un psiqui√°trico, Aquiles. Sabes que has matado antes.
-¬ŅQu√© te hace pensar eso?
-Porque no te molestó.
Nunca me molestó, ni siquiera la primera vez. No entiendes lo que es el poder. Si te molesta, entonces no estás capacitado para tener poder.
-Maté a Ulises, naturalmente, pero sólo porque era una molestia.
-¬ŅY?
-No soy un asesino de masas, Bean.
-Vives para matar, Aquiles. Esc√ļpelo todo. Y luego conv√©nceme de que no te has dejado ning√ļn detalle.
Pero Aquiles sólo estaba jugando. Ya había decidido contarlo todo.
-La m√°s reciente fue la doctora Viv√≠an Delamar -dijo-. Le dije que no me operara con anestesia total. Le dije que me dejara alerta, que pod√≠a soportarlo aunque doliera. Pero ella ten√≠a que tener el control. Bueno, si le gustaba tanto el control, ¬Ņpor qu√© me dio la espalda? ¬ŅY por qu√© fue tan est√ļpida de pensar que yo ten√≠a de verdad una pistola? Al apretarle con fuerza la espalda, consegu√≠ que ni siquiera sintiera la aguja entrar junto al lugar donde le clavaba los depresores linguales. Muri√≥ de un ataque al coraz√≥n en su propia consulta. Nadie supo jam√°s que yo estaba all√≠. ¬ŅQuieres m√°s?
-Lo quiero todo, Aquiles.
Tard√≥ veinte minutos, pero Aquiles les relat√≥ la cr√≥nica entera, las siete veces que hab√≠a enmendado las cosas. De hecho, le gust√≥ contarlo. Nadie hab√≠a tenido nunca hasta ahora la posibilidad de comprender lo poderoso que era. Quer√≠a ver sus caras, eso era lo √ļnico que echaba en falta. Quer√≠a ver el disgusto que revelar√≠a su debilidad, su incapacidad para mirar al poder de frente. Maquiavelo comprend√≠a. Si quieres gobernar, no te arredra matar. Saddam Hussein lo sab√≠a: tienes que estar dispuesto a matar con tus propias manos. Y Stalin lo comprend√≠a tambi√©n: nunca puedes ser leal a nadie, porque eso s√≥lo te debilita. Lenin fue bueno con Stalin, le dio su oportunidad, lo sac√≥ de la nada para convertirlo en el guardi√°n de las puertas del poder. Pero eso no impidi√≥ a Stalin aprisionar a Lenin y luego matarlo. Eso era lo que estos idiotas nunca comprender√≠an. Todos aquellos escritores militares eran solamente fil√≥sofos de sill√≥n. Toda aquella historia militar. La mayor√≠a era in√ļtil. La guerra era √ļnicamente una de las herramientas que los grandes hombres empleaban para conseguir el poder y conservarlo. Y la √ļnica manera de detener a un gran hombre era hacer lo que hizo Bruto.
Bean, t√ļ no eres ning√ļn Bruto.
Enciende la luz. Déjame ver las caras.
Pero la luz no se encendi√≥. Cuando termin√≥, cuando se marcharon, s√≥lo qued√≥ la luz que entraba por la puerta, que recort√≥ sus figuras mientras se iban. Eran cinco. Todos desnudos, pero cargando con el equipo de grabaci√≥n. Incluso lo probaron, para asegurarse de que hab√≠an recogido la confesi√≥n. Aquiles oy√≥ su propia voz, fuerte y segura. Orgulloso de su haza√Īa. Eso demostrar√≠a a los d√©biles que estaba ¬ęloco¬Ľ. Lo mantendr√≠an con vida. Hasta que el universo doblegara las cosas a su voluntad de nuevo, y lo liberara para reinar con sangre y horror sobre la Tierra. Como no le hab√≠an dejado ver sus caras, no tendr√≠a otra opci√≥n. Cuando todo el poder estuviera en sus manos, tendr√≠a que matar a todos los alumnos de la Escuela de Batalla. Eso ser√≠a una buena idea, de todas formas. Como todas

las mentes militares m√°s destacadas de la √©poca se hab√≠an reunido all√≠ en un momento u otro, estaba claro que para gobernar con seguridad, Aquiles tendr√≠a que deshacerse de todos los que hubieran pasado por la Escuela de Batalla. Entonces no habr√≠a ning√ļn rival. Y seguir√≠a probando ni√Īos mientras viviera, encontrando a todos los que tuvieran una m√≠nima chispa de talento militar. Herodes entend√≠a c√≥mo se mantiene uno en el poder.

Sexta parte
VENCEDOR