14 - Hermanos

-¿Tiene resultados que ofrecerme?
-Sí, y muy interesantes. Volescu mintió. De algún modo.
-Espero que sea más preciso.
-La alteración genética de Bean no se basó en un clon de Volescu. Pero están emparentados. Así pues, no hay duda de que Volescu no es el padre de Bean. Ahora bien, casi seguro que es un medio tío o un primo segundo de él, porque alguien así es el único padre posible del óvulo fertilizado que Volescu alteró.
-Tendrá una lista de los parientes de Volescu, supongo.
-No nos hizo falta ninguna familia en el juicio. Y la madre de Volescu no estaba casada. El emplea su apellido.
-Entonces el padre de Volescu tuvo otro hijo en alguna parte, pero usted no sabe ni siquiera su nombre. Creía que lo sabían todo.
-Sabemos que todo lo que sabíamos merecía la pena. Es una distinción crucial. Simplemente, no hemos buscado al padre de Volescu. No es culpable de nada importante. No podemos investigar a todo el mundo,
-Otra cuestión. Ya que saben todo lo que saben que merece la pena saber, quizás pueda decirme por qué cierto niño lisiado ha sido retirado de la escuela donde yo lo coloqué.

-Oh. Él. Cuando de repente dejó usted de atenderlo, nos volvimos recelosos. Así que lo comprobamos. Le hicimos unas pruebas. No es ningún Bean, pero definitivamente pertenece a este sitio.
-¿Y nunca se les ha ocurrido que yo tuviera buenos motivos para mantenerlo al margen de la Escuela de Batalla?
-Asumimos que usted pensó que elegiríamos a Aquiles en lugar de Bean, quien, después de todo, era demasiado joven. Así que nos ofreció solamente a su favorito.
-Asumieron. Yo a ustedes les he tratado como si fueran inteligentes, y en cambio ustedes me han tratado a mí como si fuera idiota. Ahora veo que tendría que haber sido a contrario.
-No sabía que los cristianos se enfadaran tanto.
-¿Está Aquiles ya en la Escuela de Batalla?
-Todavía se está recuperando de su cuarta operación. Tuvimos que arreglarle la pierna en la Tierra.
-Déjenme darles un consejo. No lo lleven a la Escuela de Batalla mientras Bean siga allí.
-Bean sólo tiene seis años. Todavía es demasiado joven para ingresar en la Escuela de Batalla, y no digamos para graduarse.
-Si meten a Aquiles, saquen a Bean. Punto.
-¿Por qué?

-Si son demasiado estúpidos para creerme después de tener razón en todo, ¿por qué debo darles a munición para que me dejen en ridículo? Digamos que ponerlos juntos en a escuela es, con toda probabilidad, una sentencia de muerte para uno de los dos.
-¿Cuál?
-Eso depende de quién vea primero al otro.
-Aquiles dice que se lo debe todo a Bean. Ama a Bean.
-Entonces créanlo a él y no a mí. Pero no me envíen el cadáver del perdedor. Entierren ustedes sus propios errores.
-Eso parece bastante poco piadoso.
-No voy a llorar junto a la tumba de ninguno de los dos niños. Traté de salvarles la vida a ambos. Al parecer están ustedes decididos a dejar que averigüen cuál es más fuerte en la mejor tradición darwiniana.
-Cálmese, sor Carlotta. Consideraremos todo lo que nos ha dicho. No seremos estúpidos.
-Ya han sido estúpidos. No espero gran cosa de ustedes.
A medida que los días se convirtieron en semanas, la forma de la escuadra de Wiggin empezó a desplegarse, y Bean se llenó a la vez de esperanza y desesperación. Esperanza, porque Wiggin estaba creando una escuadra que podía adaptarse a todo tipo de situaciones. Desesperación, porque lo hacía sin necesitar a Bean.
Después de sólo unas cuantas prácticas, Wiggin escogió a sus jefes de batallón: todos ellos veteranos de las listas de traslado. De hecho, los veteranos eran jefes de pelotón o segundos. No sólo eso, sino que la organización normal (cuatro batallones de diez soldados en cada uno) creó cinco batallones de ocho, y luego los hizo practicar en semibatallones de cuatro hombres, uno comandando por el jefe del pelotón, el otro por el segundo.
Nadie había fragmentado una escuadra así antes. Y no era sólo una ilusión sin fundamento. Wiggin se esforzaba para dejar claro que los jefes de batallón y los segundos tenían suficiente capacidad de maniobra. Les decía cuál era el objetivo y dejaba que decidieran el modo de conseguirlo. O agrupaba tres batallones juntos bajo el mando operativo de uno de los jefes, mientras que el propio Wiggin comandaba la fuerza restante, más pequeña. Sin duda, delegaba mucha responsabilidad.
Algunos de los soldados lo criticaron al principio. Mientras esperaban cerca de la entrada de los barracones, los veteranos hablaban de corno harían las prácticas ese día: en diez grupos de cuatro.
-Todo el mundo sabe que dividir tu escuadra es una estrategia propia de perdedores dijo Fly Molo, que comandaba el batallón A.
A Bean le disgustó un poco que el soldado con más alta graduación después de Wiggin dijera algo tan despectivo hacia la estrategia de su comandante. Cierto, también Fly estaba aprendiendo. Pero aquello se asemejaba más a una insubordinación.
-No ha dividido la escuadra -replicó Bean-. Tan sólo la ha organizado. Y no hay ninguna regla estratégica que no puedas romper. La idea es tener tu ejército concentrado en el punto decisivo, no mantenerlo junto todo el tiempo.
Fly miró a Bean malhumorado.
-El hecho que los pequeñajos podáis oírnos no significa que comprendáis de qué hablamos.

-Si no quieres creerme, piensa lo que quieras. El que hable o no, no va a hacerte más estúpido de lo que ya eres.
Fly se abalanzó hacia él, lo agarró por el brazo y lo arrastró hasta el borde de su camastro.
De inmediato, Nikolai saltó desde el camastro de enfrente, aterrizó en la espalda de Fly y se golpeó la cabeza contra la cama de Bean. En unos instantes, los otros jefes de batallón separaron a Fly y Nikolai: era una lucha ridícula de todas formas, ya que Nikolai no era mucho más alto que Bean.
-Olvídalo, Fly -dijo Hot Soup- Han Tzu, jefe del batallón D-. Nikolai cree que Bean es su hermano mayor.
-¿Quién se cree que es este niño para reprender a un jefe de batallón?-exclamó Fly.
-Te estabas insubordinando contra tu comandante –dijo Bean-. Y, además, estás completamente equivocado. Según tu punto de vista, Lee y Jackson fueron unos idiotas en Chancellorsville.
-¡Sigue haciéndolo!
-¿Eres tan estúpido que no puedes reconocer la verdad porque la persona que te la suelta es pequeña?
Toda la frustración de Bean por no ser uno de los oficiales estaba desparramándose. Lo sabía, pero no le apetecía controlarla. Ellos tenían que escuchar la verdad. Y Wiggin necesitaba tener apoyo cuando lo estaban poniendo verde a sus espaldas.
Nikolai estaba de pie en el camastro inferior, tan cerca de Bean como era posible, reafirmando el lazo entre los dos.
-Vamos, Fly -dijo Nikolai-. Éste es Bean, ¿recuerdas?
Y, para sorpresa de Bean, eso hizo callar a Fly. Hasta este momento, Bean no había advertido el poder que tenía su reputación. Podía ser tan sólo soldado raso en la Escuadra Dragón, pero seguía siendo el mejor estudiante de historia militar y estrategia de la escuela, y al parecer todo el mundo (o al menos todo el mundo menos Wiggin) lo sabía.
-Tendría que haber hablado con más respeto -dijo Bean.
-Ciertamente -contestó Fly.
-Pero tú también.
Fly se debatió contra los chicos que lo sujetaban.
-Al hablar de Wiggin -dijo Bean-. Hablaste sin respeto. «Todo el mundo sabe que dividir tu escuadra es una estrategia propia de perdedores.»
Imitó el tono que había usado Fly casi a la perfección. Varios niños se echaron a reír. Y, a regañadientes, también se rió Fly.
-Muy bien, vale -admitió Fly-. Me pasé.
Se volvió hacia Nikolai.
-Pero sigo siendo un oficial.
-No cuando atacas así a un niño más pequeño -dijo Nikolai- Entonces eres un matón.
Fly parpadeó. Sabiamente, nadie dijo nada hasta que Fly decidió cómo iba a responder.
-Hiciste bien, Nikolai, en defender a tu amigo de un matón -confesó Fly, mirando a Nikolai y luego a Bean-. Pusha, los dos hasta parecéis hermanos.
Pasó ante ellos, en dirección a su camastro. Los otros jefes de batallón lo siguieron. La crisis había terminado.
Nikolai miró entonces a Bean.
-Nunca he sido tan flacucho y feo como tú -dijo.

-Y si voy a crecer para parecerme a ti, mejor me mato ahora mismo -respondió Bean.
-Tienes que hablarle de ese modo a los niños más grandes?
-No esperaba que lo atacaras como si fueras un enjambre de abejas de un solo hombre.
-Supongo que quería saltar sobre alguien.
-¿Tú? ¿Don Amable?
-No me siento tan amable últimamente -dijo, y se subió al camastro junto a Bean, para poder hablar con más intimidad-. Aquí estoy fuera de pie, Bean. No pertenezco a esta escuadra.
-¿Qué quieres decir?
-No estaba preparado para ser ascendido. Sólo soy uno del montón. Tal vez ni siquiera eso. Y aunque esta escuadra no cuenta con héroes, estos tipos son buenos. Todos aprenden más rápido que yo. Todo el mundo pilla las cosas y yo sigo allí de pie, pensando en ello.
-Entonces trabaja más duro.
-Ya estoy trabajando más duro. Vosotros... Vosotros lo captáis todo al momento, lo veis todo. Y no es que sea estúpido. Siempre lo pillo, también. Sólo que... voy un paso por detrás.
-Lo siento -dijo Bean.
-¿Qué tienes que sentir? No es culpa tuya.
Sí que lo es, Nikolai.
-Venga ya, ¿me estás diciendo que desearías no formar parte de la escuadra de Wiggin?
Nikolai soltó una risita.
-Es todo un punto, ¿eh?
-Harás tu parte. Eres un buen soldado. Ya verás. Cuando lleguemos a las batallas, lo harás tan bien como cualquiera.
-Eh, probablemente. Siempre pueden congelarme y lanzarme por ahí. Ya sabéis, soy un gran proyectil gordo.
-No estás tan gordo.
-Todo el mundo está gordo comparado contigo. Te he observado: das la mitad de tu comida.
-Me dan demasiada.
-Tengo que estudiar.
Nikolai saltó a su camastro.
Bean sentía haber metido a Nikolai en esa situación tan comprometida. Pero cuando empezaran a ganar, un montón de niños que no pertenecían a la Escuadra Dragón desearían ocupar su lugar. De hecho, era sorprendente que Nikolai advirtiera que no estaba tan cualificado como los demás. Después de todo, las diferencias no eran tan acusadas Probablemente había un montón de niños que se sentían igual que Nikolai. Pero Bean no lo había tranquilizado. Probablemente sólo había reafirmado el sentimiento de inferioridad de Nikolai.
Qué amigo tan sensible soy.
No tenía sentido volver a entrevistarse con Volescu, no después de haberle contado tantas mentiras la primera vez. Toda aquella charla de las copias, y de que él era el

original... ahora no había ningún atenuante. Era un asesino, un servidor del Padre de las Mentiras. No haría nada para ayudar a sor Carlotta. Y la necesidad de averiguar qué podía esperarse del único niño que escapó al pequeño holocausto de Volescu era demasiado grande para volver a fiarse de la palabra de un hombre semejante.
Además, Volescu había entablado contacto con su medio hermano o su primo segundo: ¿cómo si no podría haber obtenido un cigoto que contuviera su ADN? Así que sor Carlotta tendría que seguir la pista de Volescu o duplicar su investigación.
No tardó en descubrir que Volescu era hijo ilegítimo de una rumana que vivía en Budapest. Con un poco de investigación (y también con un uso juicioso de su permiso de seguridad), consiguió el nombre del padre, un oficial griego de la liga que recientemente había sido ascendido al servicio del personal del Hegemón. Eso podría haber sido otro callejón sin salida, pero sor Carlotta no necesitaba hablar con el abuelo. Sólo necesitaba saber quién era para averiguar los nombres de sus tres hijos ilegítimos. La hija quedó eliminada porque el progenitor compartido era varón. Y al investigar la situación de los dos hijos, decidió visitar primero al que estaba casado.
Vivían en la isla de Creta, donde Julian dirigía una compañía de software cuyo único cliente era la Liga de Defensa Internacional. Obviamente, no se trataba de una coincidencia, pero el nepotismo era siempre honorable comparado con algunos de los tratos de favor que eran endémicos dentro de la liga. A la larga, ese tipo de corrupción era básicamente inofensiva, ya que la Flota Internacional se había hecho con el control de su propio presupuesto desde el principio y nunca dejó que la liga volviera a tocarlo. Así pues, el Polermarch y el Estrategos tenían a su disposición mucho más dinero que el Hegemón, lo cual lo convertía, aunque fuera el primero en títulos, en el más débil en relación con el poder y la independencia títulos y movimientos.
El hecho de que Julian Delphiki le debiera su carrera a las amistades políticas de su padre no tenía por qué significar que los productos de su compañía no fueran adecuados y que él mismo no fuera un hombre honrado. Según los baremos de honestidad que prevalecían en el mundo de los negocios, al menos.
Sor Carlotta descubrió que no necesitaba su permiso de seguridad para conseguir una entrevista con Julian y su esposa, Elena. Llamó y dijo que le gustaría verlos por un asunto referido a la F.I., y ellos de inmediato se pusieron a su disposición. Llegó a Knossos y se dirigió al punto a su casa, ubicada en un acantilado que se asomaba al Egeo. Ellos parecían nerviosos; de hecho, Elena estaba casi frenética, y retorcía un pañuelo.
-Por favor -dijo, después de aceptar su invitación a fruta y queso- por favor, díganme por qué están tan trastornados. Mi visita no debe alarmarlos.
Los dos se miraron, y Elena se agitó.
-Entonces, ¿no pasa nada malo con nuestro hijo?
Por un instante sor Carlotta se preguntó si ya conocían la existencia de Bean. Pero ¿cómo era posible?
-¿Su hijo?
-¡Entonces está bien! -exclamó Elena, aliviada, y se echó a llorar. Su marido se arrodilló a su lado, y ella lo abrazó y sollozó.
-Verá, fue muy difícil para nosotros dejarlo ir al servicio -dijo Julian-. Por eso, cuando una religiosa nos dice que necesita vernos por un asunto referido a la F.I., pensamos... llegamos a la conclusión...
-Oh, lo siento. No sabía que tenían un hijo en el ejército, o habría cuidado de tranquilizarlos desde el principio... pero ahora me temo que he venido bajo falsas

expectativas. El asunto del que necesito hablarles es personal, tan personal que pueden sentirse reacios a responder. Sin embargo, sí que es de vital importancia para la EL Les prometo que declarar la verdad no los expondrá a ninguna clase de peligro.
Elena logró controlarse. Julian volvió a sentarse, y ahora miraron a sor Carlotta casi con alegría.
-Oh, pregunte lo que quiera -dijo Julian-. Le ayudaremos en todo lo que podamos.
-Responderemos siempre que podamos -accedió Elena.
-Dicen ustedes que tienen un hijo. Esto aumenta las posibilidades de que... hay un motivo para preguntarse si en algún punto podrían ustedes... ¿fue su hijo concebido bajo unas circunstancias en Ia que habría sido posible clonar su óvulo fertilizado?
-Oh, sí -admitió Elena-. Eso no es ningún secreto. Un defecto de una trompa de Falopio y un embarazo ectópico en el otro me imposibilitaron concebir en el útero. Queríamos tener un hijo, así que tomaron varios óvulos míos, los fertilizaron con el esperma de mi esposo, y luego eligieron los que les pedimos. Clonamos cuatro, seis copias de cada uno. Dos niñas y dos niños. Hasta ahora, sólo hemos implantado uno. Era un chico tan especial, que quisimos disfrutarlo al máximo. Sin embargo, ahora que su educación está fuera de nuestras manos, hemos estado pensando en tener una de las niñas. Es la hora. -
Extendió la mano y tomó la de Julian y sonrió. Él le devolvió la sonrisa.
Eran tan distintos de Volescu... Resultaba difícil creer que compartieran cierto material genético.
-Dice que hicieron seis copias de cada uno de los cuatro óvulos fertilizados -resumió sor Carlotta.
-Seis incluyendo el original -contestó Julian-. Así tenemos más posibilidades de implantar cada uno de los cuatro y llevar a cabo un embarazo completo.
-Un total de veinticuatro óvulos fertilizados. ¿Y sólo se implantó uno de ellos?
-Sí, tuvimos mucha suerte, el primero funcionó a la perfección.
-Dejando a veintitrés.
-Sí. Exactamente.
-Señor Delphiki, ¿los veintitrés óvulos fertilizados permanecen almacenados, a la espera de que sean implantados?
-Por supuesto.
Sor Carlotta se quedó pensativa unos instantes.
-¿Cuándo lo comprobaron por última vez?
-La semana pasada -dijo Julian-. Cuando empezamos a hablar de tener otro hijo. El doctor nos aseguró que los cigotos se encontraban en perfecto estado y que podían ser implantados en unas pocas horas.
-Pero ¿cómo lo comprobó el doctor?
-No lo sé.
Elena empezó a tensarse un poco.
-¿Qué ha oído usted? -preguntó.
-Nada -respondió sor Carlotta-. Lo que estoy buscando es la fuente del material genético de un niño concreto. Simplemente necesito asegurarme de que sus óvulos fertilizados no fueron esa fuente.
-Por supuesto que no. Excepto para vuestro hijo.
-Por favor, no se alarmen. Pero me gustaría saber el nombre de su hijo y las instalaciones donde están almacenados esos cigotos. Y desearía que llamaran a su médico, que le hicieran ir, en persona, a esas instalaciones y que insistieran en que viera esos

cigotos él mismo.
-No se pueden ver sin un microscopio -aclaró Julian.
-Debe ir sólo para asegurarse de que no les ha ocurrido nada-explícito sor Carlotta.
Los dos se pusieron de nuevo en estado de máxima alerta, sobre todo porque no tenían ni idea de qué iba todo eso... ni se les podía decir nada. En cuanto Julian le facilitó el nombre del médico y el hospital, sor Carlotta salió al porche y, mientras contemplaba el Egeo preñado de velas, usó su global y se puso en contacto con el cuartel general de la El. en Atenas.
Pasarían varias horas, tal vez, para que su llamada o la de Julian obtuviera una respuesta, así que ella y Julian y Elena hicieron un heroico esfuerzo por no parecer preocupados. La llevaron a pasear por el barrio, que ofrecía vistas antiguas y modernas, y una naturaleza verde, desértica y marina. El aire seco era refrescante siempre que no soplara del mar, y a sor Carlotta le gustó oír a Julian hablar sobre su compañía y a Elena sobre su trabajo como maestra. Toda idea de que se hubieran abierto paso en el mundo mediante la corrupción gubernamental desapareció cuando ella advirtió que, independientemente de cómo hubiera conseguido su contacto, Julian era un serio y dedicado creador de software, mientras que Elena era una maestra ferviente que consideraba su profesión una auténtica cruzada.
-Enseguida supe la gran capacidad que tenía nuestro hijo -le confesó Elena-. Pero no fue hasta las primeras pruebas que realizó para asignarle escuela cuando nos enteramos que sus dones eran particularmente adecuados para la F.I.
Las alarmas se dispararon entonces. Sor Carlotta había asumido que su hijo era ya adulto. Después de todo, no eran una pareja joven.
-¿Qué edad tiene su hijo?
-Ahora tiene ocho años -dijo Julian-. Nos enviaron una foto. Un hombrecito de uniforme. No dejan que lleguen muchas cartas.
Su hijo estaba en la Escuela de Batalla. Ellos parecían tener unos cuarenta años, pero tal vez no hubieran empezado a fundar una familia hasta tarde, y luego lo habrían intentado en vano durante un tiempo empeñándose en la fecundación in vitro antes de descubrir que Elena ya no podía concebir. Su hijo sólo era un par de años mayor Bean.
Lo que significaba que Graff podía comparar el código genético de Bean con el del hijo de los Delphiki y averiguar si habían nacido d mismo gameto clonado. Habría un control, para comparar cómo era Bean con las aplicaciones descubiertas por Antón, respecto al otro cuyos genes no habían sido alterados.
En ese momento, se dio cuenta de que era obvio que cualquier hermano de Bean tuviese las habilidades exactas que requería la F.I. La clave de Antón convertía a un niño en sabio por regla general; la mezcla particular de habilidades que buscaba la F.I. no quedaba alterada Bean habría tenido todas aquellas habilidades, de todas formas; la alteración simplemente le permitía contar con una inteligencia mucho más aguda para utilizar las habilidades que ya poseía.
Si Bean era en efecto su hijo, claro estaba. No obstante, dada la coincidencia de veintitrés óvulos fertilizados y los veintitrés niños que Volescu había producido en el «sitio limpio», ¿a qué otra conclusión podía llegar?
La respuesta no se hizo esperar; primero la supo sor Carlotta, y ésta la comunicó de inmediato a los Delphiki. Los investigadores de la F.I. habían ido a la clínica con el doctor y habían descubierto juntos que los gametos habían desaparecido.
Fue una noticia dura para los Delphiki, y sor Carlotta esperó discretamente fuera

mientras Elena y Julian pasaban juntos un rato a solas. Pero pronto la invitaron a entrar.
-¿Cuánto puede contarnos? -preguntó Julian-. Vino aquí porque sospechaba que podían haber robado a nuestros bebés. Dígame, ¿nacieron?
Sor Carlotta quiso esconderse bajo el velo del secreto militar, pero en realidad no había ningún secreto militar implicado: el crimen de Volescu era una cuestión de archivos públicos. Y sin embargo... ¿no seria mejor que no lo supieran?
-Julian, Elena, en los laboratorios suceden accidentes. Podrían haber muerto de todas formas. Nada es seguro. ¿No es mejor considerar todo esto un terrible accidente? ¿Por qué añadir la carga de su perdida a la que ya tienen?
Elena la miró con fiereza.
-¡Dígamelo, sor Carlotta, si ama al Dios de la verdad!
-Los gametos fueron robados por un delincuente que... ilegalmente los hizo nacer por medio de gestación. Cuando su delito estaba a punto de ser descubierto, les suministró una muerte sin dolor por medio de sedantes. No sufrieron.
-Y este hombre será llevado a juicio?
-Ya ha sido juzgado y se le sentenció a cadena perpetua -declaró sor Carlotta.
-¿Ya? -preguntó Julian-. ¿Cuándo robaron a nuestros bebés?
-Hace más de siete años.
-¡Oh! -gimió Elena-. Entonces nuestros hijos... cuando murieron...
-Eran bebés. No tenían aún un año.
-Pero ¿por qué nuestros bebés? ¿Por qué quiso robarlos? ¿Iba a venderlos en adopción? ¿Iba a...?
-¿Y qué importa? Ninguno de sus planes dio resultado-dijo sor Carlotta. La naturaleza de los experimentos de Volescu sí era un secreto.
-¿Cómo se llama el asesino? -preguntó Julian. Al ver que vacilaba, insistió-Su nombre aparece en los archivos públicos, ¿no?
-En el tribunal de lo penal de Rotterdam -dijo sor Carlotta-. Volescu.
Julian reaccionó como si lo hubieran abofeteado... pero se controló inmediatamente. Elena no se percató.
Estaba enterado de lo de la amante de su padre, pensó sor Carlotta. Ahora comprendía parte del motivo. Los hijos del hijo legítimo fueron secuestrados por el bastardo, que experimentó con ellos y acabó por matarlos... y el hijo legítimo no se enteró hasta al cabo de siete años. Fueran cuales fuesen las privaciones que Volescu imaginaba que la falta de un padre a su lado le habían causado, se había cobrado su venganza. Y para Julian, eso también significaba que la lujuria de su padre había causado esta pérdida, este dolor para él y su esposa. Los pecados de los padres recaen en los hijos hasta la tercera y cuarta generación...
Pero ¿no decían las escrituras que la tercera y cuarta generación odiaban a Dios? Julian y Elena no odiaban a Dios. Ni sus bebés inocentes.
No tiene más sentido que la matanza de Herodes con los bebés de Belén. El único consuelo era la confianza en que un Dios misericordioso había acogido en su seno a los espíritus de los niños asesinados, y que con el tiempo traería consuelo al corazón de los padres.
-Por favor -dijo sor Carlotta-. No puedo decir que no deberían apenarse por los hijos que nunca tendrán. Pero pueden conservar la alegría por el hijo que todavía tienen.
-¡A más de un millón de kilómetros de distancia! - Elena.
-Supongo que no... no sabrá usted si la Escuela de Batalla deja que los niños vayan a

visitar alguna vez a sus padres -dijo Julian-. Su nombre es Nikolai Delphiki. Sin duda, dadas las circunstancias...
-Lo siento mucho -dijo sor Carlotta. Recordarles al hijo que tenían no había sido una buena idea después de todo, cuando de hecho no lo tenían ya-. Lamento haber venido a traerles una noticia tan terrible.
-Pero ha descubierto lo que quería saber.
-Sí.
Entonces Julian se dio cuenta de algo, aunque no dijo nada delante de su esposa.
-¿Quiere regresar ahora al aeropuerto?
-Sí, el coche está esperando todavía. Los soldados son mucho más pacientes que los taxistas.
-La acompañaré al coche.
-No, Julian-dijo Elena-, no me dejes.
-Sólo será un momento, cariño. Ni siquiera ahora podemos olvidarnos de las buenas formas.
Abrazó a su esposa durante un largo instante, y luego acompañó a sor Carlotta hasta la puerta y la abrió.
Mientras caminaban hacia el coche, Julian habló de lo que había advertido.
-Usted no vino por el delito que cometió. El bastardo de mi padre ya está en la cárcel.
-No.
-Uno de nuestros hijos sigue vivo.
-Voy a decirle algo que no debería, porque no tengo autoridad para ello -dijo sor Carlotta-. Pero mi primer deber es para con Dios, no para con la F.I. Si los veintidós niños que murieron a manos de Volescu eran suyos, entonces el vigésimo tercero puede que esté vivo. Todavía hay que realizar las pruebas genéticas.
-Pero no nos dirán nada.
-Aún no. Y tardarán. Quizás nunca les digan nada. Pero si está en mi mano, llegará un día en que conozcan ustedes a su segundo hijo.
-Es... ¿lo conoce usted?
-Si es su hijo, sí, lo conozco. Su vida ha sido dura, pero su corazón es bueno, y es un niño del que cualquier padre se sentiría orgulloso. Por favor, no me pregunte más. Ya le he dicho demasiado.
-¿Se lo cuento a mi esposa? -preguntó Julian-. ¿Qué será más para ella, saberlo o no saberlo?
-Las mujeres son muy distintas de los hombres. Usted prefirió saberlo.
Julian asintió.
-Sé que usted sólo ha sido la mensajera, no la causa de nuestra pérdida pero no recordaremos su visita con felicidad. Sin embargo, quiero que sepa que comprendo la entereza con la que ha realizado este triste trabajo.
Ella asintió.
-Y ustedes han sido muy serviciales en esta hora difícil.
Julian le abrió la puerta del coche. Ella ocupó su asiento, recogió las piernas. Pero antes de que pudiera cerrar la puerta, se le ocurrió una última pregunta, una pregunta muy importante.
-Julian, sé que planeaban tener una hija a continuación. Pero si hubieran traído otro hijo al mundo, ¿qué nombre le habrían puesto?
-A nuestro primogénito le pusimos el nombre de mi padre, Nikolai. Pero Elena quería

ponerle mi nombre al segundo.
-Julian Delphiki -dijo sor Carlotta-. Si verdaderamente es su hijo, creo que algún día se sentirá orgulloso de llevar el nombre de su padre.
-¿Qué nombre utiliza ahora? -preguntó Julian.
-Naturalmente, no puedo decirlo.
-Pero... no será Volescu, al menos.
-No. Por lo que a mí respecta, nunca oirá ese nombre. Dios le bendiga, Julian Delphiki. Rezaré por usted y por su esposa.
-Rece también por las almas de nuestros hijos, hermana.
-Ya lo he hecho, lo hago, y lo seguiré haciendo.
El mayor Anderson contempló al niño que estaba sentado frente a él.
-En realidad, no es un asunto tan importante, Nikolai.
-Pensé que tal vez tuviera problemas.
-No, no. Acabamos de darnos cuenta de que parecías ser muy amigo de Bean. No tiene muchos amigos.
-No le ayudó en nada el hecho de que Dimak lo convirtiera en el centro de todas las miradas en la lanzadera. Y ahora Ender va y hace lo mismo. Supongo que Bean puede soportarlo, pero como es tan listo, fastidia un montón a los otros niños.
-Pero ¿a ti no?
-Oh, a mí también me fastidia un montón.
-Y sin embargo te convertiste en amigo suyo.
-Bueno, no fue mi intención. Me dieron el camastro que está frente al suyo en los barracones de los novatos.
-Cambiaste ese camastro.
-¿Eso hice? Oh. Sí.
-Y lo hiciste antes de saber lo listo que era Bean.
-En la lanzadera, Dimak nos explicó que Bean había obtenido las puntuaciones más altas de todo el grupo.
-¿Por eso querías estar cerca de él?
Nikolai se encogió de hombros.
-Fue un acto de amabilidad -dijo el mayor Anderson-. Quizás sólo soy un viejo cínico, pero los actos tan inexplicables como éste me pican la curiosidad.
-Se parece mucho a mis fotos de cuando era chico. ¿No es una tontería? Lo vi y pensé «se parece a Nikolai, aquella monada de bebé». Para mi madre, yo siempre era el pequeño Nikolai. Yo veía esas fotos de cuando era pequeño y nunca creía que fuera yo. Yo era el gran Nikolai. Ése era el pequeño Nikolai. Hacía ver que era mi hermano pequeño y que teníamos por casualidad el mismo nombre. El gran Nikolai y el pequeño Nikolai.
-Veo que estás avergonzado, pero no deberías estarlo. Es natural en los hijos únicos.
-Quería un hermano.
-Muchos que tienen hermanos desearían no tenerlos...
-Pero me llevaba bien, con el hermano que me inventé-dijo Nikolai, y se rió del absurdo de todo aquello.
-Y a Bean lo viste como el hermano que una vez imaginaste.
-Al principio. Ahora sé quién es realmente, y es mejor. Es como... a veces es el hermano pequeño y lo cuido, y a veces es el hermano mayor y me cuida a mí.

-¿Por ejemplo?
-¿Qué?
-Un niño tan pequeño... ¿cómo cuida de ti?
-Me da consejos. Me ayuda con las tareas. Hacemos algunas practicas juntos. Es mejor que yo en casi todo. Sólo que yo soy más grande, y creo que lo aprecio más de lo que él me aprecia a mí.
-Puede que eso sea cierto, Nikolai. Pero por lo que podemos decir, te aprecia más que a nadie. Es que... hasta ahora tal vez no se haya mostrado tan abierto como tú para entablar amistad. Espero que estas preguntas mías no hagan cambiar tus sentimientos y acciones hacia Bean. No asignamos a la gente para que sean amigos, pero espero que sigas siendo amigo de Bean.
-No soy su amigo -dijo Nikolai.
-¿Eh?
-Ya se lo he dicho. Soy su hermano -rectificó Nikolai, sonriendo-. Una vez que tienes un hermano, no renuncias a él fácilmente.