31 - Tyrion

Él sí que parecía una sombra, flaco como un esqueleto, con ojos negros, pelo negro y barba de varios días.
—Puede que algunos sí —replicó Tyrion—. No me gusta la carne de caballo. Y menos la del mío.
—La carne es carne —replicó Bronn mientras se encogía de hombros—. A los dothrakis les gusta el caballo más que la ternera o el cerdo.
—¿Tengo pinta de dothraki? —preguntó Tyrion con amargura.
Era cierto, los dothrakis comían carne de caballo; también abandonaban a los bebés deformes para que los devorasen los perros salvajes que corrían tras sus khalasars. Las costumbres de los dothrakis no le parecían un modelo aceptable.
—¿Quieres probar, enano? —preguntó Chiggen mientras cortaba una tira fina de carne sanguinolenta y la examinaba.
—Ese caballo me lo regaló mi hermano Jaime en mi vigesimotercer día del nombre —señaló Tyrion con voz átona.
—Pues dale las gracias de nuestra parte. Si vuelves a verlo. —Chiggen sonrió, mostró los dientes amarillentos y se comió la carne cruda de dos bocados—. Parece de buena raza.
—Está mejor frito con cebollas —señaló Bronn.
Tyrion no respondió, sino que se alejó cojeando. El frío se le había clavado en los huesos, y tenía las piernas tan doloridas que apenas podía caminar. Quizá su yegua había tenido suerte. A él le quedaban por delante más horas de cabalgar, seguidas por unos pocos bocados de comida y breves ratos de sueño sobre el suelo frío y duro. Y después otra noche igual, y otra, y otra, y sólo los dioses sabían cuándo terminaría aquello.
—Maldita mujer —murmuró mientras caminaba trabajosamente para reunirse con sus captores—. Maldita sea ella, malditos sean todos los Stark.
Los recuerdos aún le resultaban amargos. En un momento dado estaba pidiendo la cena, y al siguiente se enfrentaba a una habitación repleta de hombres armados, mientras Jyck desenfundaba su espada y la tabernera gritaba:
—¡Nada de espadas, nada de espadas aquí, os lo ruego, señores!
Tyrion se apresuró a agarrar el brazo de Jyck para que lo bajara, antes de que ambos acabaran despedazados.
—No seas descortés, Jyck —dijo—. Nuestra anfitriona ha dicho que nada de espadas. Haz lo que te ha pedido. —Se obligó a esbozar una sonrisa, aunque sabía que le estaba saliendo tan débil como se sentía él—. Estáis equivocada, Lady Stark, no tengo nada que ver con ningún ataque que haya sufrido vuestro hijo. Por mi honor...
—Honor de Lannister —replicó ella. Alzó las manos para que las vieran todos los presentes—. Fue su daga la que me dejó estas cicatrices. El cuchillo con el que quería cortarle la garganta a mi hijo.
Tyrion sintió crecer a su alrededor la rabia, una rabia espesa alimentada por los cortes en las manos de la Stark.
—Matadlo —siseó desde el fondo una borracha sucia. Otras voces la secundaron, más deprisa de lo que parecía imaginable. Eran desconocidos que hasta hacía un instante se habían mostrado amistosos y ahora pedían a gritos su cabeza.
—Si Lady Stark cree que debo responder de algún crimen —dijo Tyrion alzando la voz y procurando que no le temblara—, la acompañaré de buena gana.
Era la única salida posible. Tratar de abrirse camino por la fuerza era un suicidio seguro. Más de una docena de espadas se habían desenfundado como respuesta a la petición de ayuda de la Stark: el hombre de los Harrenhal, los tres Bracken, un par de mercenarios desabridos que, por su aspecto, lo matarían en cuanto hiciera algo, aunque fuera escupir, y unos cuantos campesinos idiotas que, obviamente, no tenían ni idea de qué hacían. ¿Y qué tenía Tyrion a su favor? Una daga colgada del cinturón y dos hombres. Jyck manejaba bien la espada, pero Morrec ni contaba, era parte mayordomo, parte cocinero y parte ayuda de cámara, no soldado. En cuanto a Yoren, fueran cuales fueran sus sentimientos, no haría nada: los hermanos negros juraban no tomar partido en las disputas del reino.
Y así fue, el hermano negro se apartó a un lado con discreción cuando intervino el anciano caballero que acompañaba a Lady Catelyn Stark.
—Desarmadlos —dijo; el mercenario llamado Bronn se adelantó para cogerle la espada de la mano a Jyck y quitarles las dagas—. Bien —asintió el anciano. La tensión en la sala común había cedido de manera palpable—. Excelente.
Tyrion reconoció entonces la voz gruñona del maestro de armas de Invernalia, sólo que sin bigotes.
—¡No lo matéis aquí! —suplicó a Catelyn la posadera con una lluvia de salivillas teñidas de escarlata.
—No lo mates en ninguna parte —puntualizó Tyrion.
—Lleváoslo a otro sitio, mi señora, nada de sangre aquí, por favor, nada de peleas de grandes señores.
—Nos lo llevamos a Invernalia —dijo ella.
«Bueno, tal vez...», pensó Tyrion. Para entonces ya había tenido ocasión de echar un vistazo detenido a la estancia y valorar así su situación. Lo que vio no le resultó del todo desalentador. Sí, la Stark había sido lista, sin duda. Los había obligado a recordar en público los juramentos que sus respectivos señores habían prestado a su padre, y luego les pidió socorro, claro, porque era mujer. Sí, muy inteligente. Pero no había tenido tanto éxito como creía. En la sala común había casi cincuenta personas, y la súplica de Catelyn Stark apenas había puesto en pie a una docena. Los demás parecían confusos, o asustados, algunos hasta hoscos. Tyrion advirtió que sólo dos de los Frey se habían movido, y eso para volver a sentarse enseguida cuando vieron que su capitán no se levantaba. Si se hubiera atrevido habría esbozado una sonrisa.
—De acuerdo, vayamos a Invernalia —dijo. El camino era largo, lo sabía bien porque llegaba de allí. Y en un camino largo podían suceder muchas cosas—. Mi padre querrá saber qué me ha pasado —siguió al tiempo que establecía contacto visual con el hombre que se había ofrecido a cederle su habitación—. Pagará una cantidad muy generosa a quien le lleve la noticia de lo que ha pasado esta noche. —No era cierto, desde luego, pero Tyrion compensaría al mensajero cuando recuperase la libertad.
—También nos llevaremos a sus hombres —anunció Ser Rodrik mirando a su señora. Parecía preocupado, y tenía motivos—. Y os estaremos agradecidos a los demás si guardáis silencio acerca de lo que habéis visto.
Tyrion tuvo que contenerse para que no se le escapara una carcajada. ¿Silencio? Viejo idiota... A menos que se llevaran a todos los presentes, la noticia empezaría a correr en cuanto salieran por la puerta. El jinete que llevaba la moneda de oro en el bolsillo volaría como una flecha a Roca Casterly. Y si no, otro lo haría. Yoren contaría la historia en el sur. Aquel juglar idiota también le sacaría partido. Los Frey informarían a su señor, y sólo los dioses sabían qué haría él. Lord Walder Frey era banderizo de Aguasdulces, sí, pero también era un hombre cauteloso que había llegado a su avanzada edad porque siempre se aseguraba de estar en el bando del vencedor. Como mínimo enviaría un pájaro mensajero a Desembarco del Rey, y quizá llegara incluso más lejos.
—Tenemos que ponernos en marcha de inmediato. —Catelyn Stark no era mujer que perdiera el tiempo—. Necesitamos caballos descansados, y provisiones para el camino. Vosotros, sabed que contáis con la gratitud eterna de la Casa Stark. Si alguno quiere acompañarnos para vigilar a nuestros cautivos hasta Invernalia, será bien recompensado, lo garantizo.
No hizo falta más. Los muy idiotas se abalanzaron sobre la oportunidad. Tyrion examinó sus rostros, y se prometió a sí mismo que serían bien recompensados, aunque no de la manera que imaginaban.
Pero, mientras lo sacaban en vilo al exterior, ensillaban los caballos bajo la lluvia y le ataban las manos con soga basta, Tyrion Lannister no sentía verdadero temor. Antes de que acabara el día los jinetes saldrían en pos de ellos, los pájaros surcarían el cielo, y sin duda alguno de los señores que vivían cerca del río tendría tantas ganas de ganarse el favor de su padre como para echarle una mano. Todavía se estaba congratulando por su astucia cuando alguien le echó una capucha sobre los ojos y lo alzó a la silla del caballo.
Emprendieron el galope bajo la lluvia, y antes de que pasara mucho tiempo Tyrion tenía calambres en los muslos y las nalgas le palpitaban de dolor. Incluso cuando estuvieron a buena distancia de la posada, y Catelyn Stark les permitió avanzar al trote, el viaje era duro, por terreno escabroso, y todo lo empeoraba la imposibilidad de ver. La capucha amortiguaba también los ruidos, así que no alcanzaba a entender lo que se decía a su alrededor; la lluvia empapaba la tela y hacía que se le pegara a la cara, hasta el punto de que le costaba trabajo respirar. La soga le estaba dejando las muñecas en carne viva, y sentía como si le apretara más y más a medida que pasaba la noche. «Estaba a punto de sentarme ante un fuego y una gallina asada y ese condenado bardo fue y abrió la boca», pensó con disgusto. El condenado bardo los acompañaba en el viaje. «De esto va a salir una gran canción, y yo seré el que la componga», había dicho a Catelyn Stark, al tiempo que anunciaba su intención de cabalgar con ellos para ver cómo terminaba aquella aventura fascinante. Tyrion sospechaba que al muchacho no le iba a parecer nada fascinante la aventura cuando los alcanzaran los jinetes Lannister.
La lluvia había cesado por fin, y la luz del amanecer se filtraba a través de la tela húmeda que le cubría los ojos cuando Catelyn Stark dio por fin orden de desmontar. Unas manos bruscas lo apearon del caballo, le desataron las muñecas y le arrancaron la capucha de la cabeza. Cuando vio el estrecho sendero pedregoso, las colinas escarpadas a su alrededor y los picos nevados a lo lejos en el horizonte, sus esperanzas se desvanecieron de inmediato.
—Esto es el camino alto —farfulló al tiempo que miraba a Lady Stark con ojos acusadores—. Es el camino hacia oriente. ¡Dijisteis que iríamos a Invernalia!
—Lo dije, sí, varias veces, y muy alto —asintió Catelyn Stark dedicándole la más leve de las sonrisas—. No me cabe duda de que vuestros amigos irán en esa dirección cuando empiecen a perseguirnos. Les deseo un buen viaje.
Incluso días después, el recuerdo de aquel momento le haría sentir una rabia amarga. Tyrion se había enorgullecido toda la vida de su astucia, era el único don que le habían dado los dioses, pero aquella loba siete veces maldita de Catelyn Stark había sido más lista que él. Aquello le dolía más que el hecho del secuestro.
Se detuvieron el tiempo justo para alimentar y abrevar a los caballos, y emprendieron la marcha de nuevo. No volvieron a ponerle la capucha a Tyrion. Después de la segunda noche tampoco se molestaron en atarle las manos, y una vez ganaron altura apenas si lo vigilaban. Por lo visto no temían que escapara. ¿Y por qué iba a ser de otra manera? Allí el terreno era abrupto y escarpado, el camino alto se convertía en un sendero pedregoso. Si escapaba, ¿hasta dónde podría llegar, solo y sin provisiones? Los gatosombras lo devorarían, y los clanes que habitaban en los refugios de la montaña eran simples grupos de bandoleros y asesinos que no acataban más ley que la de la espada.
Pero aun así la Stark los hacía avanzar sin reposo. Tyrion sabía hacia dónde se dirigían. Lo había sabido desde el momento en que le quitaron la capucha. Aquellas montañas eran los dominios de la Casa Arryn, y la viuda de la antigua Mano era una Tully, la hermana de Catelyn Stark... y poco amiga de los Lannister. Tyrion apenas había tratado a Lady Lysa durante los años que pasara en Desembarco del Rey, y no sentía las menores ganas de retomar la relación.
Sus secuestradores estaban agrupados en torno a un riachuelo, poco más abajo del camino alto. Los caballos habían bebido a placer de las aguas gélidas, y en aquel momento pastaban la hierba parda que crecía en las grietas de las rocas. Jyck y Morrec estaban sentados muy juntos, hoscos y deprimidos. Mohor estaba de pie junto a ellos, se apoyaba sobre la lanza y lucía en la cabeza un casco de hierro redondo que más bien parecía un cuenco. Cerca de allí Marillion, el bardo, engrasaba su lira y se quejaba de que la humedad estaba dañando las cuerdas.
—Tenemos que descansar un poco, mi señora —le estaba diciendo a Catelyn Stark Ser Willis Wode cuando Tyrion se aproximó a ellos. Era uno de los hombres de Lady Whent, un caballero rígido e impasible que había sido el primero en levantarse en apoyo de Catelyn Stark en la posada.
—Ser Willis está en lo cierto, mi señora —intervino Ser Rodrik—. Ya hemos perdido tres caballos...
—Los caballos no serán lo único que perdamos si los Lannister nos alcanzan —les recordó la mujer. Tenía el rostro demacrado y curtido por el viento, pero no había perdido ni un ápice de su decisión.
—No parece muy probable —señaló Tyrion.
—La señora no te ha pedido tu opinión, enano —le espetó Kurleket, un hombretón gordo de pelo cortado a cepillo y rostro porcino. Estaba al servicio de los Bracken, concretamente de Lord Jonos. Tyrion se había tomado un interés especial en memorizar todos sus nombres, para poder agradecerles más adelante el trato cortés que le habían dado. Un Lannister siempre pagaba sus deudas. Kurleket lo descubriría tarde o temprano, al igual que sus amigos Lharys y Mohor, y el buen Ser Willis, y los mercenarios Bronn y Chiggen. Tenía preparada una lección muy especial para Marillion, el de la lira y la voz dulce de tenor, que tanto se esforzaba en rimar «enano» con «fulano», y «cojo» con «despojo», para preparar el canto sobre su humillación.
—Dejad que hable —ordenó Lady Stark.
Tyrion Lannister se sentó en una roca.
—A estas alturas los soldados de mi familia deben de estar cruzando el Cuello al galope por el camino real, en pos de vuestro bulo... eso si se han puesto en marcha, cosa que no es segura en modo alguno. Oh, no me cabe duda de que mi padre habrá recibido la noticia... pero el amor que siente hacia mí es bien limitado, y no estoy seguro de que se vaya a tomar muchas molestias. —Aquello era mentira sólo a medias; a Lord Tywin Lannister le importaba un bledo su hijo deforme, pero no toleraba el menor insulto contra el honor de su Casa—. Estamos en tierras crueles, Lady Stark. No encontraréis amparo ni auxilio hasta que no lleguéis al Valle. Y lo peor es que os arriesgáis a perderme a mí. Soy pequeño, no muy fuerte, y si muero... ¿de qué habrá servido todo?
Lo que decía era verdad; Tyrion no sabía cuánto tiempo más podría resistir aquel ritmo.
—Podría contestaros que mi deseo es que muráis, Lannister —replicó Catelyn Stark.
—No lo creería —replicó Tyrion—. Si me quisierais ver muerto sólo tendríais que dar la orden, y cualquiera de vuestros incondicionales amigos me proporcionaría de buena gana una gran sonrisa roja. —Miró a Kurleket, pero aquel hombre era demasiado obtuso como para captar el sarcasmo.
—Los Stark no matamos a hombres indefensos.
—Tampoco yo —dijo—. ¿Cuántas veces he de decirlo? No tuve nada que ver en el intento de asesinato de vuestro hijo.
—El asesino iba armado con vuestra daga.
—No era mi daga —insistió Tyrion; sintió que la sangre se le subía a la cabeza—. ¿Queréis que os lo vuelva a jurar? Penséis lo que penséis de mí, Lady Stark, no soy ningún imbécil. Y sólo un idiota entregaría a un patán su arma. —Por un instante, le pareció ver la sombra de una duda en los ojos de la mujer, pero ésta se repuso.
—¿Por qué iba a mentirme Petyr?
—¿Por qué caga un oso en el bosque? —replicó—. Porque está en su naturaleza. A los hombres como Meñique les cuesta menos mentir que respirar. Vos deberíais saberlo mejor que nadie.
—¿Qué queréis decir, Lannister? —La mujer dio un paso hacia él con el rostro tenso.
—Vaya —dijo Tyrion inclinando la cabeza a un lado—, pues que en la corte todo el mundo le ha oído contar cómo le entregasteis vuestra virtud, mi señora.
—¡Mentira! —gritó Catelyn Stark.
—Enano malvado... —dijo Marillion, conmocionado.
—Sólo tenéis que dar la orden, mi señora —dijo Kurleket mientras desenfundaba el puñal, un arma de hierro negro y aspecto sanguinario—, y pondré a vuestros pies esa lengua mentirosa. —Le brillaban los ojillos de cerdo de anticipación ante la perspectiva.
—En el pasado, Petyr Baelish me amaba. —Catelyn Stark miraba a Tyrion. Tenía los ojos más fríos que había visto en la vida—. No era más que un niño. Su pasión fue una tragedia para todos nosotros, pero era sincera y pura, y no algo de lo que se pueda hacer mofa. Quería mi mano. Ésa es la única verdad. Realmente sois un hombre malvado, Lannister.
—Y vos sois una mujer estúpida, Lady Stark. Meñique nunca ha amado a nadie que no fuera Meñique. Y os aseguro que de lo que alardea no es de vuestra mano, sino de esos pechos redondos, de esa boca dulce y del calor que hay entre vuestras piernas.
Kurleket lo agarró por el pelo y le tiró de la cabeza hacia atrás hasta dejarle la garganta al descubierto. Tyrion sintió el beso frío del acero bajo la barbilla.
—¿Lo rajo, mi señora?
—Si me matas, la verdad muere conmigo —jadeó Tyrion.
—Dejad que hable —ordenó Catelyn Stark.
Kurleket soltó el pelo de Tyrion de mala gana. Éste inhaló una bocanada de aire fresco.
—¿Cómo os dijo Meñique que llegó a mi poder esa daga? Decídmelo.
—Dijo que se la habíais ganado en una apuesta, durante el torneo del día del nombre del príncipe Joffrey.
—Cuando el Caballero de las Flores derribó a mi hermano Jaime. ¿Fue eso lo que os contó?
—Sí —admitió ella, con el ceño fruncido.
—¡Jinetes!
El grito les llegó desde un risco azotado por el viento, por encima de ellos. Ser Rodrik había enviado a Lharys a aquella roca para que vigilara el camino mientras ellos descansaban.
Durante un largo segundo, nadie se movió. Catelyn Stark fue la primera en reaccionar.
—Ser Rodrik, Ser Willis, a los caballos —ordenó—. Poned las otras monturas detrás de nosotros. Mohor, vigila a los prisioneros...
—¡Dadnos armas! —Tyrion se puso en pie de un salto y la agarró por el brazo—. Van a hacer falta todas las espadas.
Ella sabía que tenía razón, Tyrion se daba cuenta. A los clanes de la montaña no les importaban las enemistades entre las grandes Casas. Matarían con igual entusiasmo a un Stark que a un Lannister, de la misma manera que se mataban entre ellos. Quizá le perdonaran la vida a Catelyn Stark, todavía era joven y podía tener hijos. Pese a todo, la mujer titubeaba.
—¡Los oigo acercarse! —gritó Ser Rodrik.
Tyrion giró la cabeza para escuchar, y él también lo oyó: cascos de al menos una docena de monturas, cada vez más cerca. De repente todos corrían, buscaban las armas y montaban a caballo.
Una lluvia de guijarros cayó sobre ellos cuando Lharys bajó del risco, mitad corriendo y mitad deslizándose. Fue a caer jadeante ante Catelyn Stark. Era un hombre de aspecto desgarbado, de debajo de su casco cónico de acero salían mechones de pelo color herrumbre.
—Son veinte hombres, puede que veinticinco —dijo, sin aliento—. Hermanos de la Luna o Serpientes de Leche, no sé. Deben de tener vigías, mi señora... nos han visto, saben dónde estamos.
Ser Rodrik Cassel estaba ya a caballo, con la espada en la mano. Mohor estaba acuclillado tras un peñasco, sujetaba la lanza de punta de hierro con ambas manos y tenía la daga entre los dientes.
—Eh, tú, bardo —llamó Ser Willis Wode—. Ayúdame a ponerme la coraza.
Marillion siguió paralizado en el sitio, aferrado a la lira y pálido como la leche, pero el criado de Tyrion, Morrec, se puso en pie rápidamente y fue a ayudar al caballero con su armadura.
—No tenéis elección —le dijo Tyrion a Catelyn Stark; todavía no la había soltado—. Nosotros tres, y otro hombre desperdiciado para vigilarnos... Aquí arriba cuatro hombres pueden suponer la diferencia entre la vida y la muerte.
—Dadme vuestra palabra de que dejaréis las armas en cuanto acabe la lucha.
—¿Mi palabra? —Los cascos de los caballos resonaban cada vez más cerca. Tyrion esbozó una sonrisa cargada de intención—. Oh, claro mi señora. Tenéis mi palabra... por mi honor de Lannister.
—Dadles armas —dijo ella al final; durante un momento había pensado que le escupiría.
Y se alejó al instante. Ser Rodrik lanzó a Jyck su espada con la vaina y se dio media vuelta para enfrentarse al primer enemigo. Morrec cogió un arco y un carcaj, y clavó una rodilla en tierra junto al camino. Era mejor arquero que espadachín. Y Bronn cabalgó hasta Tyrion para ofrecerle un hacha de doble filo.
—Nunca he peleado con hacha. —No estaba cómodo con aquella arma extraña en las manos. Tenía el mango corto, la cabeza pesada y una púa amenazadora en la punta.
—Haz como si estuvieras cortando leña —replicó Bronn al tiempo que desenvainaba la espada larga que llevaba cruzada a la espalda.
Escupió y emprendió el trote hacia donde estaban Chiggen y Ser Rodrik. Ser Willis montó y fue a reunirse con ellos mientras se ponía como podía el casco, un jarro de metal con una pequeña hendidura para ver y una pluma larga de seda negra.
—La leña no sangra —dijo Tyrion sin dirigirse a nadie en concreto. Sin armadura, se sentía desnudo. Buscó una roca en los alrededores, corrió hacia donde se escondía Marillion y le gritó—: Échate a un lado.
—¡Lárgate! —le chilló el muchacho—. ¡Soy bardo, no quiero tomar parte en esta lucha!
—¿Qué pasa, ya no tienes ganas de aventura? —Tyrion dio unas cuantas patadas al chico hasta que se apartó un poco. Justo a tiempo, porque al momento siguiente los jinetes cayeron sobre ellos.
No hubo heraldos, ni estandartes, ni cuernos ni tambores, sólo el sonido vibrante de las cuerdas de los arcos cuando Morrec y Lharys empezaron a disparar. De repente los hombres del clan surgieron como un trueno en el amanecer; eran morenos, enjutos, llevaban corazas y armaduras de distintas procedencias, y ocultaban sus rostros tras medios yelmos con rejilla. En las manos enguantadas llevaban todo tipo de armas: espadas, lanzas, guadañas afiladas, garrotes con púas, dagas, pesadas mazas de hierro... A la cabeza del grupo cabalgaba un hombre corpulento, con una capa de piel rayada de gatosombra, armado con un enorme espadón que blandía con las dos manos.
—¡Invernalia! —gritó Ser Rodrik, y se precipitó a su encuentro seguido por Bronn y Chiggen, que lanzaban gritos inconexos de batalla.
—¡Harrenhal! ¡Harrenhal! —exclamó Ser Willis Wode tras ellos, haciendo girar una maza con púas sobre la cabeza.
De repente a Tyrion le entraron unas ganas inmensas de ponerse en pie de un salto, blandir el hacha y gritar «¡Roca Casterly!». Por suerte el ataque de locura apenas duró un segundo, y se encogió todavía más en su escondrijo.
Oyó los relinchos de los caballos asustados y el choque del metal contra el metal. La espada de Chiggen destrozó el rostro descubierto de un jinete que vestía cota de mallas, y Bronn cayó entre sus enemigos como un huracán, repartiendo golpes a diestro y siniestro. Ser Rodrik se enfrentó al hombretón de la capa de gatosombra, los caballos giraban el uno en torno al otro mientras ellos cambiaban golpe por golpe. Jyck montó a un caballo y se lanzó al galope al centro de la refriega. De repente, Tyrion vio que el hombre de la capa de gatosombra tenía una flecha en la garganta. Cuando abrió la boca para gritar, lo único que salió fue sangre. Cuando su cadáver llegó al suelo Ser Rodrik ya estaba peleando con otro hombre.
De pronto, Marillion dejó escapar un grito y se cubrió la cabeza con la lira. Un caballo salvó de un salto la roca tras la que se ocultaban. Mientras el jinete daba la vuelta para enfrentarse a ellos, haciendo girar una maza con púas, Tyrion consiguió ponerse en pie y blandir el hacha con ambas manos. La hoja se clavó en la garganta del caballo cuando éste cargó contra ellos, y el mango estuvo a punto de escapársele de las manos mientras el animal relinchaba y se derrumbaba. Consiguió recuperar el arma y apartarse del camino justo a tiempo. Marillion no tuvo tanta suerte: el caballo y su jinete cayeron justo encima del bardo. Tyrion retrocedió un paso aprovechando que la pierna del bandolero había quedado atrapada bajo la montura, y enterró el hacha en el cuello del hombre, por encima de los omoplatos.
Oyó los gemidos de Marillion bajo los cadáveres mientras trataba de sacar el hacha.
—¡Que alguien me ayude! ¡Los dioses tengan piedad de mí, estoy sangrando!
—Creo que es sangre de caballo —replicó Tyrion. La mano del bardo salió de debajo del animal muerto, se clavaba en el polvo del suelo como una araña de cinco patas. Tyrion clavó el talón en los dedos engarfiados. El crujido que oyó le resultó de lo más satisfactorio—. Cierra los ojos y hazte el muerto —le aconsejó al tiempo que alzaba el hacha y se daba media vuelta.
Los acontecimientos se precipitaron. El amanecer se llenó de gritos y alaridos, y se impregnó del olor a sangre; y el mundo se sumergió en el caos. Las flechas silbaban junto a sus oídos e iban a estrellarse contra las rocas. Vio a Bronn, que luchaba descabalgado, con una espada en cada mano. Tyrion se mantuvo en los límites de la refriega, se deslizaba de una roca a otra y salía de entre las sombras para lanzar hachazos a las patas de los caballos que pasaban junto a él. Encontró a un enemigo herido, lo remató y se quedó con su yelmo. Le quedaba enorme, pero en aquel momento Tyrion agradecía cualquier tipo de protección. Jyck había recibido un tajo en la espalda al mismo tiempo que mataba al hombre que tenía delante, y más tarde Tyrion se encontró con el cadáver de Kurleket. Una maza había destrozado el rostro porcino, pero reconoció la daga que pudo recuperar de entre los dedos muertos. Se la estaba colgando del cinturón cuando oyó el grito de una mujer.
Catelyn Stark estaba atrapada contra la pared rocosa de la montaña y la rodeaban tres hombres, uno a caballo y dos a pie. Sujetaba como podía la daga en las manos heridas, pero estaba acorralada y sin posibilidad de escapar. «Que se carguen a la muy zorra —pensó Tyrion—, y que les aproveche», pero se encontró avanzando hacia ellos. Hirió al primer hombre en la parte trasera de la rodilla antes de que se dieran cuenta de su presencia, la pesada cabeza del hacha cortó la carne y el hueso como si se tratara de madera podrida. «Leña que sangra», pensó como un idiota mientras el segundo hombre se lanzaba contra él. Se agachó para esquivar el tajo de la espada, blandió el hacha, el hombre retrocedió... y Catelyn Stark lo agarró por detrás y le cortó la garganta. El jinete recordó de repente una cita inaplazable y se alejó al galope.
Tyrion miró a su alrededor. Todos los enemigos estaban muertos o habían desaparecido. Sin saber cómo, mientras no miraba, la pelea había terminado. Por doquier había caballos moribundos y hombres heridos que gemían y gritaban. Para su inmensa sorpresa, él no era uno de ellos. Abrió los dedos y dejó caer el hacha al suelo. Tenía las manos pegajosas de sangre. Habría jurado que la lucha había durado medio día, pero el sol apenas se había desplazado.
—¿Ha sido tu primera batalla? —le preguntó Bronn más tarde, mientras le quitaba las botas a Jyck. Eran unas botas de buena calidad, como correspondía a un sirviente de Lord Tywin: de cuero grueso, flexible y bien engrasado, mucho mejores que las de Bronn. Tyrion asintió.
—¡Qué orgulloso se va a sentir mi padre! —dijo. Las piernas le dolían tanto que apenas si se tenía en pie. Lo raro era que durante la lucha no había sentido el dolor.
—Ahora lo que te hace falta es una mujer —dijo Bronn con un brillo poco habitual en los ojos oscuros. Guardó las botas en su silla de montar—. Cuando un hombre ha recibido su bautizo de sangre, no hay nada como una mujer, te lo digo yo.
Chiggen interrumpió el concienzudo saqueo de los cadáveres de los bandoleros el tiempo justo para soltar un bufido y lamerse los labios.
—Si ella quiere, por mí encantado —dijo Tyrion lanzando una mirada hacia el lugar donde Lady Stark vendaba las heridas de Ser Rodrik. Los mercenarios soltaron la carcajada, y Tyrion sonrió. «Es un buen comienzo», pensó.
Poco más tarde se arrodilló junto al arroyo, y se lavó la sangre de la cara con agua fría como el hielo. Volvió cojeando junto a los demás, y echó un vistazo a los cadáveres. Los bandidos muertos eran hombres flacos y desastrados, con caballos pequeños y huesudos a los que se les contaban las costillas. Las armas que Bronn y Chiggen les habían dejado tampoco eran gran cosa: mazas, garrotes... hasta una guadaña. Recordó al hombretón de la capa de gatosombra y el espadón, el que había peleado con Ser Rodrik, pero cuando encontró el cadáver en el suelo pedregoso resultó que al fin y al cabo no era tan corpulento, le habían quitado la capa, y la hoja de la espada era de acero barato, estaba mellada y oxidada. No era de extrañar que hubieran quedado nueve bandidos muertos en el campo de batalla.
A ellos sólo les había costado tres bajas: dos de los hombres de Lord Bracken, Kurleket y Mohor, y su criado Jyck, que se había lanzado valientemente al combate montando a pelo. «Idiota hasta el final», pensó Tyrion.
—Lady Stark, os ruego que os apresuréis —dijo Ser Willis Wode mientras escudriñaba los riscos a través de la hendidura del yelmo—. Los hemos ahuyentado por ahora, pero no estarán lejos.
—Tenemos que enterrar a nuestros muertos, Ser Willis —replicó ella—. Eran hombres valientes. No permitiré que los devoren los buitres o los gatosombras.
—El suelo es demasiado pedregoso para poder cavar —señaló Ser Willis.
—Entonces recogeremos piedras para amontonarlas sobre los cadáveres.
—Recoged todas las piedras que queráis —le dijo Bronn—, pero no contéis con Chiggen ni conmigo. Tengo mejores cosas que hacer en vez de amontonar rocas encima de cadáveres... como respirar, por ejemplo. —Miró al resto de los supervivientes—. Los que queráis seguir vivos más allá de esta noche, venid con nosotros.
—Me temo que tiene razón, mi señora —dijo Ser Rodrik con voz cansada. El anciano caballero había resultado herido durante la lucha, tenía un corte profundo en el brazo izquierdo, una lanza le había rozado el cuello, y en aquel momento aparentaba toda su edad—. Si nos quedamos aquí volverán a atacarnos, no cabe duda. Y puede que esta vez no tengamos tanta suerte.
Tyrion vio claramente la ira en el rostro de Catelyn, pero la mujer no tenía opción.
—De acuerdo, y que los dioses nos perdonen. Emprenderemos la marcha ahora mismo.
Ya no estaban escasos de caballos. Tyrion trasladó su silla al capón moteado de Jyck, que parecía tener fuerzas para resistir al menos tres o cuatro días más. Estaba a punto de montar cuando Lharys se acercó a él.
—Dame la daga, enano.
—Deja que se la quede —dijo Catelyn, ya a caballo—. Y que le devuelvan también el hacha. Si vuelven a atacarnos, nos hará falta.
—Tenéis mi gratitud, señora —dijo Tyrion mientras montaba.
—Podéis guardárosla —replicó ella, cortante—. Sigo sin confiar en vos.
La mujer se alejó antes de que se le ocurriera una buena respuesta. Se ajustó el yelmo robado y cogió el hacha que Bronn le tendía. Recordó que había iniciado el viaje con las muñecas atadas y una capucha en la cabeza, y llegó a la conclusión de que las cosas habían mejorado mucho. No necesitaba para nada la confianza de Lady Stark: mientras tuviera el hacha, todo iría bien.
Ser Willis Wode abrió la marcha, y Bronn ocupó la retaguardia, mientras Lady Stark iba protegida en el centro, con Ser Rodrik siempre a su lado como una sombra. Marillion no dejaba de lanzar miradas rencorosas a Tyrion. El bardo tenía varias costillas rotas, además del arpa y cuatro dedos de la mano con la que la tocaba, pero no todo habían sido pérdidas para él: se había hecho con una magnífica capa de gatosombra, una piel espesa y negra con franjas blancas. Se arrebujó entre los pliegues, y para variar no abría la boca.
Antes de que hubieran recorrido un kilómetro empezaron a oír los gruñidos roncos de los gatosombras, y no tardaron en llegarles también los gruñidos salvajes de las fieras que se disputaban los cadáveres que habían dejado atrás. Marillion palideció a ojos vista. Tyrion puso el caballo al trote para situarse a su lado.
—¿No se te ocurre ninguna palabra que rime con «gallina»? —le preguntó. Volvió a espolear el caballo, adelantó al bardo y fue a situarse junto a Ser Rodrik y a Catelyn Stark. Ella lo miró con los labios apretados en una línea delgada.
—Como iba diciendo antes de que nos interrumpieran tan groseramente —dijo Tyrion—, el cuento que os contó Meñique tiene un fallo muy grave. Penséis lo que penséis de mí, Lady Stark, de una cosa podéis estar segura: jamás apuesto contra mi familia.