12 - Lista



-Sí, Wiggin es el que necesitamos, llevemos o no Eros.
-Todavía no está preparado para la Escuela de Mando. Es prematuro.
-Entonces tenemos que continuar con una de las alternativas.
-Esa es su decisión.
-¡Nuestra decisión! ¿Qué tenemos que seguir haciendo sino lo que usted nos dice?
-Les he hablado de los otros niños también. Tienen los mismos datos que yo.
-¿Lo tenemos todo?
-¿Lo quieren todo?
-¿Tenemos los datos de todos los niños con puntuaciones y evaluaciones de tan alto nivel?
-No.
-¿Por qué no?
-Algunos de ellos están descartados por varios motivos.
-¿Descartados por quién?
-Por mí.
-¿Según qué criterios?
-Uno de ellos bordea la locura, por ejemplo. Tratamos de encontrar alguna estructura donde sus habilidades sean útiles. Pero no podría soportar el peso del mando completo.
-Es uno nada más.
Otro debe someterse a una intervención quirúrgica que le corregirá un defecto físico.
-¿Es un defecto que limita su habilidad para el mando?
-Limita su habilidad para ser entrenado para el mando.
-Por eso debe someterse a esa operación.
-Va a ser operado por tercera vez. Si sale bien, podría contar para algo. Pero, como usted dice; no habrá tiempo.
-¿Cuántos niños más nos ha ocultado?
-No he ocultado a ninguno. Si quiere decir cuántos no les he enviado como posibles comandantes, la respuesta es ninguno. Excepto aquellos cuyos nombres ya tiene.
-Déjeme adivinar. Oímos rumores sobre uno muy joven.
-Todos son jóvenes.
-Oímos rumores sobre un niño que hace que el chico Wiggin parezca lento.
-Todos tienen fuerzas diferentes.
-Hay quienes quieren que lo releve del mando.
-Si no se me permite seleccionar y entrenar a estos chicos de la forma adecuada, preferiría ser relevado, señor. Considérelo una petición.

-Y una amenaza estúpida. Promociónelos a todos tan rápidamente como pueda. Pero recuerde que también necesitarán estar cierto tiempo en la Escuela de Mando. No nos sirve de nada todo su entrenamiento si no tienen tiempo para recibir el nuestro.
Dimak se reunió con Graff en el centro de control de la sala de batalla. Graff celebraba allí sus reuniones secretas, hasta que pudiera asegurarse de que Bean había crecido lo suficiente para no poder colarse por los conductos. Las salas de batalla contaban con sistemas de ventilación separados.
Graff tenía la consola encendida, y la pantalla mostraba un ensayo.
-¿Ha leído esto? «Problemas de campaña entre sistemas solares separados por años luz.»
-Ha estado circulando bastante por la facultad.
-Pero no está firmado -dijo Graff-. No sabrá quién lo ha escrito, ¿verdad?
-No, señor. ¿Lo escribió usted?
-No soy ningún erudito, Dimak, lo sabe bien. De hecho, lo ha escrito un estudiante.
-¿De la Escuela de Mando?
-Un estudiante de aquí.
En ese momento Dimak comprendió por qué lo habían llamado.
-Bean.
-Seis años. ¡Parece como si fuera obra de un erudito!
-Tendría que haberlo imaginado. Imita la voz de los estrategas que está leyendo. O de sus traductores. Aunque no sé qué sucederá ahora que está leyendo a Frederick y Bulow en el original... francés y alemán. Absorbe los lenguajes y luego los transmite.
-¿Qué le parece este ensayo?
-No sé cómo se las apaña, pero este niño consigue toda la información que quiere. Si puede escribir así con lo que sabe, ¿qué pasaría si se lo contáramos todo? Coronel Graff, ¿por qué no podemos licenciarlo ahora mismo en la Escuela de Batalla, soltarlo como teórico, y luego ver qué escupe?
-Nuestro trabajo no es encontrar teóricos. Ya es demasiado tarde para teorías.
-Pienso... mire, un niño tan pequeño, ¿quién lo seguiría? Aquí no sacamos el máximo partido de él. Pero cuando escribe, nadie sabe lo pequeño que es. Nadie sabe la edad que tiene.
-Entiendo su argumento, pero no vamos a pasar por alto la seguridad, punto.
-¿Acaso él no supone un grave peligro para la seguridad?
-¿Este ratón que corretea entre los conductos?
-No. Creo que ya ha crecido demasiado para eso. Ya no puede hacer esas flexiones laterales. Pensaba que era una amenaza para la seguridad porque dedujo que una flota ofensiva había sido lanzada hacía generaciones, y se preguntaba por qué seguimos entrenando a niños para el mando.
-A partir del análisis de sus trabajos, por las actividades que realiza cuando conecta haciéndose pasar por profesor, creemos que tiene una teoría y que es absolutamente errónea. Pero él cree esta teoría falsa solamente porque no sabe que el ansible existe. ¿Comprende? Porque eso es lo principal que tendríamos que decirle, ¿no?
-Por supuesto.
-Así que ya ve, eso es lo único que no podemos decirle.

-¿Cuál es su teoría? -Que aquí estamos reuniendo niños para prepararlos para una Guerra entre naciones,

o entre naciones y la Flota Internacional. Una guerra por tierra, en nuestro planeta. -¿Por qué querríamos llevar a los niños al espacio y prepararlos Para una guerra en la Tierra?
-Piénselo un momento y lo sabrá.
-Porque... porque cuando hayamos eliminado a los fórmicos, probablemente habrá un conflicto en tierra. Y, en cuanto a todos los comandantes con talento... la F.I. ya los tendría.
-¿Ve? No podemos permitir que este niño publique nada, ni siquiera dentro de la F.I. No todo el mundo ha renunciado a su lealtad a los grupos de la Tierra.
-Entonces, ¿para qué me ha llamado?
-Porque quiero utilizar a ese niño. Aquí no estamos dirigiendo la guerra, sino una escuela. ¿Leyó su estudio sobre lo poco eficaz que es emplear a oficiales como profesores?
-Sí. Me sentí humillado.
-Esta vez está equivocado, porque no tiene forma de saber lo poco tradicionales que hemos sido siempre con el reclutamiento. Pero tal vez tenga algo de razón. Porque nuestro sistema para determinar la capacidad de los oficiales fue diseñado para producir unos candidatos concretos, conformes a las tendencias válidas para los oficiales mejor considerados durante la Segunda Invasión.
-Ajá.
-¿Ve? Algunos de los mejor considerados eran oficiales que salieron airosos del combate, pero la guerra fue demasiado breve para despejar la maleza. Los oficiales que probaron fueron criticados por Bean en su estudio. Así que...
-Así que tuvo la razón equivocada, pero el resultado acertado.
-Exactamente. Eso nos proporciona pequeños gilipollas como Bonzo Madrid. Ha conocido a oficiales como él, ¿verdad? Entonces, ¿por qué se sorprende de que nuestras pruebas le den el mando de una escuadra aunque no tenga ni idea de qué hacer con él? Toda la vanidad y toda la estupidez de Custer o Hooker o... demonios, elija el incompetente vanidoso que quiera, es la tendencia más común entre los generales.
-¿Puedo citar eso que dice?
-Lo negaré todo. El tema es que Bean ha estado estudiando los dossieres de todos los demás estudiantes. Creemos que los ha estado evaluando según la lealtad hacia su grupo de identidad nativa, y también por su excelencia como comandantes.
-Según sus propios criterios de excelencia.
-Necesitamos que Ender consiga el mando de una escuadra. Estamos muy presionados para que nuestros candidatos entren en la Escuela de Mando. Pero si quitamos a uno de los actuales comandantes para hacerle un hueco a Ender, causará demasiado resentimiento.
-Entonces tendrá que darle una nueva escuadra.
-Dragón.
-Aún hay chicos que recuerdan la última Escuadra Dragón.
-Cierto. Me gusta eso. El mal de ojo.
-Comprendo. Quiere darle a Ender un poco de ventaja.
-Con eso sólo logramos empeorar la situación.
-Eso pensaba.
-Tampoco vamos a darle a ningún soldado que no esté ya en la lista de traslados de
los otros comandantes.

-¿La escoria? ¿Qué le va a hacer a ese chico?
-Si los escogimos por nuestros criterios, sí, la escoria. Pero nosotros no vamos a escoger a la escuadra de Ender.
-¿Bean?
-Nuestras pruebas carecen de valor, ¿no? Algunos de esos pardillos son los mejores estudiantes, según Bean. Y ha estado estudiando a los novatos. Así que déle una misión. Dígale que resuelva un problema hipotético. Que forme una escuadra sólo con novatos. Tal vez con los soldados de las listas de traslado, también.
-No creo que podamos hacerlo sin decirle que sabemos que ha entrado en los archivos como profesor falso.
-Entonces dígaselo.
-No creerá en nada de lo que descubrió mientras investigaba.
-No encontró nada -dijo Graff-. No tuvimos que plantar nada falso para que lo hallara, porque tenía una teoría falsa, ¿ve? Así que, tanto si piensa que plantamos material o no, continuará engañado y nosotros seguros.
-Parece contar con que comprende su psicología.
-Sor Carlotta asegura que difiere del ADN humano corriente sólo en una zona muy pequeña.
-¿Así que ahora es humano de nuevo?
-¡Tengo que tomar decisiones basándome en algo, Dimak!
-¿Entonces el jurado está todavía deliberando su humanidad?
-Déme una lista de la escuadra hipotética que Bean escogería, para que podamos dársela a Ender.
-Se incluirá también él, lo sabe.
-Será mejor que no, o no es tan listo como creemos.
-¿Y Ender? ¿Está preparado?
-Anderson cree que sí -Graff suspiró-. Para Bean, no es más que un juego, porque sobre él no ha recaído todavía ningún peso. Pero Ender... creo que sabe, en el fondo, adonde lleva esto. Creo que ya lo siente.
-Señor, el hecho de que usted sienta ese peso no significa que él también lo sienta.
Graff se echó a reír.
-Va directo al grano, ¿no?
-Bean está ansioso, señor. Si Ender no lo está, ¿por qué no poner la carga donde se desea?
-Si Bean está ansioso, eso demuestra que todavía es demasiado joven. Además, los ansiosos siempre tienen algo que demostrar. Mire a Napoleón. Mire a Hitler. Osados al principio, sí, pero todavía más osados después, cuando tendrían que haber sido cautelosos, retirarse. Patton. César. Alejandro. Siempre extendiéndose, nunca poniendo el punto final. No, es Ender, no Bean. Ender no quiere hacerlo, así que no tendrá nada que demostrar.
-¿Está seguro de que no está eligiendo simplemente al tipo de comandante bajo cuyas órdenes habría querido servir?
-Eso es precisamente lo que estoy haciendo -afirmó Graff-, ¿Se le ocurre un criterio mejor?
-El caso es que no puede dejarlo correr, ¿no? No puede decir cómo fueron las pruebas, sólo que las siguió. Las puntuaciones. Lo que sea.
-No puedo dirigir esto como una máquina.
-Por eso no quiere a Bean, ¿verdad? Porque lo fabricaron, como a una máquina.

-No me analizo a mí mismo. Los analizo a ellos.
-Entonces, si ganamos, ¿quién gana realmente la guerra? ¿El comandante que ha elegido? ¿O usted, por elegirlo?
-El Triunvirato, por confiar en mí. A su modo. Pero si perdemos...
-Bueno, entonces será claramente usted.
-Todos estaremos muertos entonces. ¿Qué harán? ¿Matarme primero? ¿O dejarme el último para que pueda contemplar las consecuencias de mi error?
-Pero Ender... Quiero decir, si es él. No dirá que es usted. Lo aceptará todo sobre sus hombros. No el crédito de la victoria, sino la vergüenza del fracaso.
-Ganemos o perdamos, el chico lo va a pasar fatal.
Bean recibió la orden durante el almuerzo. Se presentó de inmediato en la habitación de Dimak.
Encontró a su profesor sentado ante su consola, leyendo algo. La luz estaba colocada de forma que Bean no podía leerlo por el resplandor.
-Siéntate.
Bean dio un salto y se sentó en la cama de Dimak, las piernas colgando.
-Déjame que te lea algo -dijo Dimak-. «No hay fortificaciones, ni santabárbaras, ni puntos fuertes... En el sistema solar enemigo, no se podrá vivir de la Tierra, puesto que sólo será posible acceder a los planetas habitables después de una victoria absoluta... Las líneas de suministro no son un problema, ya que no hay ninguna que proteger, pero el coste de eso es que todos los suministros y pertrechos deben ser llevados por la flota invasora... En efecto, todas las flotas de invasión interestelar son ataques suicidas, porque la dilación temporal significa que aunque una flota regrese intacta, casi nadie que conozcan seguirá convida. No pueden regresar nunca, y por eso deben asegurarse de que su flota es suficiente para resultar decisiva y, en consecuencia, el sacrificio merezca la pena... Las fuerzas de sexo mixto permiten que el ejército se convierta en una colonia permanente, una fuerza de ocupación en el planeta enemigo capturado, o ambas cosas.»
Bean escuchó complaciente. Lo había dejado en su consola para que ellos lo encontraran, y así había sido, en efecto.
-Escribiste esto, Bean, pero no se lo enviaste a nadie.
-Nunca hubo un trabajo en el que encajara.
-No pareces sorprendido de que lo hayamos encontrado.
-Doy por hecho de que revisan por rutina nuestras consolas.
-¿Igual que tú haces con las nuestras?
Bean sintió que su estómago se retorcía de temor. Lo sabían.
-Muy astuto, llamar «Graff» a tu contacto falso con una careta delante.
Bean permaneció en silencio.
-Has estado examinando los archivos de todos los demás estudiantes. ¿Por qué?
-Quería conocerlos. Sólo me he hecho amigo de unos cuantos.
-E íntimo de ninguno.
-Soy pequeño y más listo que ellos. Nadie se me acerca.
-Así que usas sus archivos para saber más sobre ellos. ¿Por qué sientes la necesidad de comprenderlos?
-Algún día estaré al mando de una de esas escuadras.
-Entonces ya habrá tiempo de sobra para conocer a tus soldados.

-No, señor-dijo Bean-. No habrá tiempo.
-¿Por qué dices eso?
-Por la forma en que he sido ascendido. Y Wiggin. Somos los dos mejores estudiantes de la escuela, y estamos en medio de una carrera. No voy a tener mucho tiempo cuando ingrese en una escuadra.
-Bean, sé realista. Va a pasar mucho tiempo antes de que nadie esté dispuesto a seguirte a la batalla.
Bean no dijo nada. Sabía que eso era falso, aunque Dimak no lo supiera.
-Veamos hasta qué punto es válido tu análisis. Déjame asignarte un trabajo.
-¿Para qué clase?
-Para ninguna clase, Bean. Quiero que crees una escuadra hipotética. Elabora una lista entera sólo con novatos, el complemento de cuarenta y un soldados.
-¿Ningún veterano?
Bean formuló la pregunta con tono neutro, tan sólo para asegurarse de que comprendía las reglas. Pero Dimak pareció tomárselo como una crítica al sistema.
-No, puedes incluir veteranos que estén en la lista de traslados a petición de sus comandantes. De este modo, dispondrás de algunos soldados con experiencia.
Los que rechazaban todos los comandantes. Algunos eran unos verdaderos perdedores, pero otros eran todo lo contrario.
-Bien -accedió Bean.
-¿Cuánto tiempo piensas que te llevará?
Bean ya había elegido a una docena.
-Puedo darle la lista ahora mismo.
-Quiero que lo pienses seriamente.
-Ya lo he hecho. Pero tiene que responderme a un par de preguntas primero. Usted ha dicho cuarenta y un soldados, pero eso incluiría al comandante.
-Muy bien, cuarenta, y deja al comandante en blanco.
-Y la segunda pregunta: ¿puedo comandar la escuadra?
-Puedes escribirlo así, si quieres.
Pero, ante el desinterés de Dimak, Bean supo que el ejército no era para él.
-Esta escuadra es para Wiggin, ¿verdad?
Dimak se lo quedó mirando.
-Es sólo una posibilidad.
-Sí, Wiggin definitivamente -dijo Bean-. No pueden quitarle a nadie el mando y hacerle sitio, así que le van a dar a Wiggin una escuadra nueva. Apuesto a que es la Dragón.
Dimak se sorprendió, aunque trató de ocultarlo.
-No se preocupe -dijo Bean-. Le daré la mejor escuadra que se pueda formar, de acuerdo con esas normas.
-He dicho que sólo era una posibilidad!
-¿Cree que no me daré cuenta cuando me encuentre en la escuadra de Wiggin, junto con todos los que había anotado en mi lista?
-¡Nadie ha dicho que fuéramos a seguir tu lista!
-La seguirán. Porque lo haré bien y usted lo sabe -declaró Bean-. Y puedo prometerle que será una escuadra magnífica. Con Wiggin entrenándonos, daremos leña.
-Haz este trabajo hipotético, y no se lo digas a nadie. Jamás.
Eso era una despedida, pero Bean no quería retirarse todavía. Habían acudido a él.

Planeaban que él se encargara de su trabajo. Y él deseaba decir su palabra mientras aún lo escucharan.
-El motivo de que esta escuadra pueda ser tan buena es porque su sistema ha promocionado a un montón de niños equivocados. Casi la mitad de los mejores niños de esta escuela son novatos o se encuentran en las listas de traslado, porque son los que no han sido maltratados por los matones idiotas que ponen al mando de los ejércitos o los pelotones. Esos marginados y los niños pequeños son los que pueden ganar. Wiggin lo descubrirá. Sabrá cómo utilizarnos.
-¡Bean, no eres tan listo en todo como te crees que eres!
-Sí que lo soy, señor -aseveró Bean-. O no me habrían encargado esta misión. ¿Puedo retirarme? ¿O quiere que le dé la lista ahora?
-Puedes retirarte -dijo Dimak.
Probablemente no tendría que haberlo provocado, pensó Bean. Ahora es posible que altere mi lista para demostrar que puede hacerlo. Pero no es de esa clase de hombres. Si no tengo razón en eso, no tengo razón en nada más tampoco.
Además, le sentaba bien decir la verdad delante del poder.
Después de trabajar un rato en la lista, Bean se alegró de que Dimak no hubiera aceptado su alocada oferta de elaborarla en el acto. Porque no era sólo cuestión de nombrar a los cuarenta mejores soldados entre los novatos y los que estaban en lista de traslado.
Wiggin no tardaría mucho en estar al mando, y a los niños mayores les costaría aceptarlo; deberían ponerse a las órdenes de un crío. Así tachó de la lista a todos los que eran mayores que Wiggin.
Eso lo dejó con casi sesenta niños que eran lo bastante buenos para formar parte de la escuadra. Bean los estaba poniendo en orden de valor cuando se dio cuenta de que estaba a punto de cometer otro error Unos pocos de esos niños estaban en los grupos de novatos y soldados que practicaban con Wiggin durante el tiempo libre. Wiggin conocería mejor a esos niños, y naturalmente se encargaría de que fueran los jefes de su batallón. El núcleo de su ejército.
El problema era que, mientras un par de ellos serían buenos soldados, confiar en ese grupo significaría dejar a un lado a otros que estaban excluidos de él. Incluido Bean.
Entonces no me elegirá para que lidere un batallón. No va a elegirme de todas formas, ¿no? Soy demasiado pequeño. No vería a un jefe, al mirarme.
¿Todo esto gira sobre mí, entonces? ¿Acaso estoy corrompiendo el proceso sólo para darme una oportunidad de mostrar lo que puedo hacer?
Y de ser así, ¿qué tiene de malo? Sé lo que puedo hacer, y nadie más se da cuenta. Los profesores piensan que soy un erudito, saben que soy listo, confían en mi juicio, pero no están creando esta escuadra para mí, sino para Wiggin. Por tanto, todavía tengo que demostrarles lo que puedo hacer. Y si realmente soy uno de los mejores, revelarlo lo más rápidamente posible sólo podría beneficiar el programa.
Entonces Bean pensó: ¿Es así como los idiotas racionalizan su estupidez ante sí mismos?
-Hola, Bean -dijo Nikolai.
-Hola -dijo Bean. Pasó una mano sobre su consola, borrando la pantalla-. Cuéntame.
-No hay nada que contar. Parecías cabreado.
-Estaba haciendo un trabajo.

Nikolai se echó a reír.
-Nunca te tomas tan en serio los trabajos de clase. Lees un ratito y luego tecleas otro rato. Como si no fuera nada. Esto no es un trabajo cualquiera.
-Un trabajo extra.
-Es difícil, ¿eh?
-No mucho.
-Lamento interrumpirte. Pensé que algo iba mal. Tal vez una carta de casa.
Los dos se rieron ante eso. No solían recibir muchas cartas, allí. Una cada pocos meses, era lo máximo. Y las cartas estaban vacías cuando llegaban. Algunos nunca recibían correo. Bean era uno de ellos, y Nikolai sabía por qué. No era un secreto, pero Nikolai fue el único que dio cuenta y el único que preguntó en su día.
-¿No tienes familia? -preguntó.
-Con las familias que tienen algunos, tal vez pueda considerarme afortunado respondió Bean, y Nikolai estuvo de acuerdo.
-Pero no la mía. Ojalá tuvieras unos padres como los míos.
Entonces le contó que era hijo único, pero que sus padres habían pasado lo suyo para tenerlo.
-Lo hicieron por medio de cirugía, fertilizaron cinco o seis óvulos luego duplicaron los más sanos unas cuantas veces más, y final mente me escogieron. Crecí como sí fuera a ser rey o el Dalai Lama o algo así. Y entonces un día la F.I. va y les dice: le necesitamos. Lo más duro que mis padres han hecho jamás fue acceder a su petición. Pero yo les dije ¿y sí soy el próximo Mazer Rackham? Y me dejaron ir.
Eso se lo había confesado hacía unos meses, y todavía no se lo había dicho a nadie más. Los niños no hablaban mucho sobre casa. Nikolai no contaba cosas de su familia a nadie más, sólo a Bean. Y a cambio, Bean le hablaba de la vida en las calles. No le daba muchos detalles, porque entonces parecería que buscaba su compasión o que trataba de hacerse el duro. Pero mencionó cómo se organizaron en una familia. Habló de cómo era la banda de Poke, que luego se convirtió en la familia de Aquiles, y de cómo lograron entrar en un comedor de caridad. Entonces Bean esperó a ver cuánto de su historia empezaba a circular por ahí.
No círculo nada. Nikolai nunca le contó ni una palabra a nadie. Fue entonces cuando Bean estuvo seguro de que merecía la pena tener a Nikolai por amigo. Se guardaba las cosas para sí aunque uno no se lo pidiera.
Mientras tanto, Bean no descuidaba la lista de esa gran escuadra, y Nikolai no dejaba de preguntarle qué hacía. Dimak le había dicho que no se lo contara a nadie, pero Nikolai sabía guardar un secreto. ¿Qué daño podía hacer?
Sin embargo, Bean cayó en la cuenta que saberlo no ayudaría en nada a Nikolai. Estuviera en la Escuadra Dragón o no. Si no estaba, sabría que Bean no lo había incluido allí. Si estaba, sería peor, porque se preguntaría si Bean lo había anotado en la lista por amistad en vez de por sus cualidades.
Además, Nikolai no debería estar en la Escuadra Dragón. Bean lo apreciaba y confiaba en él, pero Nikolai no se contaba entre los mejores novatos. Era listo, era rápido, era bueno... pero no destacaba de un modo especial.
Aunque para Bean sí era especial.
-Era una carta de tus padres -dijo Bean-. Han dejado de escribirte, les gusto yo más.
-Sí, y el Vaticano va a trasladarse a La Meca.
-Y yo voy a ser nombrado Polemarca.

-No jeito -dijo Nikolai-. Eres demasiado alto, bicho -añadió recogiendo su consola-. No puedo ayudarte con tu tarea esta noche Bean, así que por favor no me lo pidas.
Se tumbó en su cama y empezó a jugar al juego de fantasía.
Bean se acostó también. Recuperó la pantalla y empezó a discurrir de nuevo sobre la elección de los nombres. Si eliminaba a todos los niños que habían estado haciendo prácticas con Wiggin, ¿cuántos de los buenos quedarían? Quince veteranos de las listas de traslado. Veintidós novatos, incluyendo a Bean.
¿Por qué no habían tomado parte esos novatos en las prácticas de tiempo libre de Wiggin? Los veteranos ya tenían problemas con sus comandantes, no estaban dispuestos a enfrentarse más a ellos, así que tenía sentido que no hubieran intervenido. Pero estos novatos, ¿acaso no eran ambiciosos? ¿O seguían las normas, y trataban de entregarse al máximo en clase en vez de comprender que la sala de batalla lo era todo? Bean no podía reprochárselo: también él había tardado en comprenderlo. ¿Tanto confiaban en sus propias habilidades que no necesitaban la preparación extra? ¿O eran tan arrogantes que no querían que nadie pensara que debían su éxito a Ender Wiggin? ¿O tan tímidos que...?
No. No podría dilucidar sus motivos. De todas formas, eran demasiado complejos. Eran listos, con buenas evaluaciones... buenos según la valoración de Bean, no necesariamente la de los profesores. Eso era todo lo que necesitaba saber. Si le daba a Wiggin una escuadra sin un solo niño con los que hubiera trabajado en las prácticas, entonces todos los miembros de la escuadra serían iguales a sus ojos. Lo que significaba que Bean tendría la misma posibilidad que cualquiera de llamar la atención de Wiggin y tal vez el mando de un batallón. Si no podían competir con Bean por ese puesto, entonces peor para ellos.
Pero eso le dejaba con treinta y siete nombres en la lista. Tres huecos más que llenar.
Volvió atrás e incluyó a un par más. En el último momento, decidió incluir a Crazy Tom, un veterano que tenía el envidiable récord de ser el soldado más trasladado de la historia al que no habían enviado a casa. Hasta ahora. La cosa era que Crazy Tom era realmente bueno. Era muy perspicaz. Pero no podía soportar que alguien por encima de é1 fuera estúpido e injusto. Y cuando se disgustaba, realmente se dejaba llevar. Gritaba, arrojaba objetos; una vez hasta arrancó las sábanas de todas las camas de su barracón, y en otra ocasión escribió un mensaje diciendo lo idiota que era su comandante y lo envió a todos los estudiantes de la escuela. Unos cuantos lo pillaron antes de que los profesores lo interceptaran, y dijeron que era la barbaridad más fuerte que habían leído en la vida. Crazy Tom. Podía ser un agitador, pero tal vez esperaba al comandante adecuado. Ya estaba anotado.
Luego estaba una chica, Wu. Era brillante en sus estudios, sin duda genial en los videojuegos, pero rechazó la oferta de ser jefe de batallón en cuanto sus comandantes se lo pidieron, solicitó constar en la lista de traslados y se negó a luchar hasta que se salió con la suya. Una chica extraña. Bean no tenía ni idea de por qué actuó de esa forma: los profesores se quedaron también anonadados. No había nada en sus pruebas que indicara por qué. Qué demonios, pensó Bean. Y la apuntó.
Le faltaba sólo un nombre.
Tecleó el nombre de Nikolai.
¿Le estaba haciendo un favor? No era malo, sólo un poco más lento que esos niños, un poco menos agresivo. Sería duro para él. Y si lo dejaban fuera, no le importaría. Lo haría lo mejor que supiera en cualquier escuadra a donde lo mandaran.
Sin embargo... la Escuadra Dragón iba a ser una leyenda. No sólo allí en la Escuela

de Batalla. Esos niños iban a ser líderes en la Flota Internacional. O en alguna parte, al menos. Y contarían historias de cuando estaban en la Escuadra Dragón con el gran Ender Wiggin. Y si incluía a Nikolai, aunque no fuera el mejor de los soldados, aunque de hecho fuera el más lento, seguiría estando ahí, seguiría pudiendo contar esas historias algún día. Y no era malo. No se pondría en ridículo. No le restaría mérito a la escuadra. Lo haría bien. ¿Por qué no?
Y lo quiero conmigo. Es el único con el que he hablado. Sobre cosas personales. El único que conoce el nombre de Poke. Lo quiero. Y sobra un hueco en la lista.
Bean repasó la lista una vez más. Entonces distribuyó los nombres por orden alfabético y se la envió a Dimak.
A la mañana siguiente, Bean, Nikolai y otros tres niños de su grupo de novatos fueron asignados a la Escuadra Dragón. Meses antes de lo debido. Los niños que no habían sido elegidos estaban nerviosos, heridos, furiosos. Sobre todo cuando advirtieron que Bean era uno de los elegidos.
-¿Diseñan uniformes refulgentes de esta talla?
Era una buena pregunta. Y la respuesta era que no. Los colores de la Escuadra Dragón eran gris naranja gris. Como los soldados eran mucho mayores que Bean cuando llegaron, tuvieron que fabricar un traje especial para Bean, y no lo hicieron demasiado bien. Los trajes refulgentes no se fabricaban en el espacio, y nadie tenía las herramientas necesarias para realizar una alteración de primera fila.
Cuando finalmente consiguió que el traje se le adaptara, lo llevó al barracón de la Escuadra Dragón. Como habían tardado tanto en ajustárselo, fue el último en llegar. Wiggin llegó a la puerta justo cuando Bean entraba.
-Adelante -dijo Wiggin.
Era la primera vez que Wiggin le hablaba. Por lo que sabía Bean, era la primera vez que Wiggin reparaba en su existencia. Había ocultado tan a conciencia su fascinación por Wiggin que se había vuelto invisible.
Wiggin lo siguió a la habitación. Bean empezó a recorrer el pasillo entre camastros, en dirección al fondo, donde siempre dormían los soldados más jóvenes. Miró a los otros niños, que lo observaban con una mezcla de horror y diversión. ¿En qué clase de escuadra les habían metido, si ese enano formaba parte de ella?
Tras él, Wiggin iniciaba su primer discurso. Voz segura, lo suficientemente fuerte pero sin gritar, nada de nervios.
-Soy Ender Wiggin. Soy vuestro comandante. Los camastros se distribuirán según la veteranía.
Algunos de los novatos gruñeron.
-Los veteranos al fondo de la habitación, los soldados más nuevos delante.
Los gruñidos cesaron. Era todo lo contrario a lo que estaban acostumbrados. Wiggin ya había empezado a imponer sus leyes. Cada vez que entrara en el barracón, los niños que estarían más cerca de él serían los nuevos. En vez de perderse en el montón, tendrían siempre su atención.
Bean se dio la vuelta y se dirigió a la parte delantera de la sala. Seguía siendo el niño más joven de la Escuela de Batalla, pero cinco de los soldados pertenecían a los grupos de novatos recién llegados, así que ocuparon los puestos más cercanos a la puerta. Bean ocupó un camastro superior justo enfrente de Nikolai, que tenía la misma veteranía, al pertenecer a

su mismo grupo de reclutas.
Bean se encaramó a su cama, molesto con su traje refulgente, y colocó la palma sobre la taquilla. No sucedió nada.
-Los que estáis en una escuadra por primera vez -dijo Wiggin-, abrid la taquilla a mano. No hay cerrojos. No hay intimidad.
Con dificultad, Bean se quitó su traje refulgente para guardarlo en la taquilla.
Wiggin caminó entre los camastros, asegurándose de que respetaban la veteranía. Entonces corrió al frente de la habitación.
-Muy bien, todo el mundo. Poneos los trajes y vamos a hacer prácticas.
Bean lo miró, exasperado por completo. Wiggin lo había estado mirando directamente cuando empezó a quitarse el traje. ¿Por qué no le sugirió que no se quitara el maldito uniforme?
-Estamos en el horario de la mañana -continuó Wiggin-. Derecho a las prácticas después de desayunar. Según el reglamento, tenéis una hora libre entre el desayuno y las prácticas. Veremos qué sucede en cuanto haya averiguado lo buenos que sois.
La verdad era que Bean se sentía como un idiota. Claro que Wiggin se dirigiría a las prácticas de inmediato. No tendría que haberle advertido que no se quitara el traje. Bean tendría que haberlo sabido.
Lanzó al suelo las piezas del traje y se deslizó por el armazón del camastro. Un montón de niños charlaban, tirándose ropas unos a otros, jugando con sus armas, Bean trató de ajustarse el traje, pero no pudo deducir cómo encajaban algunos cierres. Tuvo que quitarse varias piezas y examinarlas para ver cómo encajaban, y finalmente se rindió, se lo quitó todo, y empezó a montarlo en el suelo.
Wiggin, sin preocuparse, miró su reloj. Al parecer disponían de tres minutos.
-¡Muy bien, todo el mundo fuera, ahora! ¡En marcha!
-¡Pero estoy desnudo! -dijo un niño. Anwar, de Ecuador, hijo de emigrantes egipcios. Bean se acordó fugazmente de su dossier.
-Vístete más rápido la próxima vez.
Bean también estaba desnudo. Aún más, Wiggin estaba allí de pie, viéndole batallar con su traje. Podría haberle ayudado. Podría haber esperado. ¿Qué es lo que me espera?
-Tres minutos desde la primera llamada hasta la salida por la puerta… ésa es la norma esta semana -informó Wiggin-. La semana que viene la norma serán dos minutos. ¡Moveos!
En el pasillo, los niños que estaban disfrutando de su tiempo libre o se dirigían a clase se detuvieron a ver pasar el desfile de uniformes desconocidos de la Escuadra Dragón. Y para burlarse de los que aún más raros.
Una cosa estaba clara: Bean iba a tener que practicar para vestirse con su traje si quería evitar correr desnudo por los pasillos. Y si Wiggin no hizo ninguna excepción para él el primer día, cuando acababa de recibir su traje refulgente no reglamentario, desde luego que Bean no iba a pedirle ningún favor especial.

Él había elegido formar parte de esa escuadra, se recordó Bean mientras corría, tratando de impedir que las prendas del uniforme se le escabulleran de las manos.

Cuarta parte
SOLDADO