11 - PapaÍto



-Señor, solicité una entrevista en privado.
-Dimak está aquí porque el Fallo de seguridad afecta a su trabajo.
-¡El fallo de seguridad! ¿Por eso va a ordenar mi traslado?
-Hay un niño que utilizó su clave para entrar en el sistema maestro de los profesores. Encontró los archivos y los escribió de nuevo para proporcionarse una identidad.
-Señor, he observado fielmente todas las normas. Nunca me conecto delante de los estudiantes.
-Es lo que dice todo el mundo, pero luego resulta que no es así.
-Discúlpeme, señor, pero Uphanad no lo hace. Siempre se lo reprocha a los demás cuando sucede. De hecho, es obsesivo a respecto. Los vuelve locos.
-Puede usted comprobar mis registros de conexión. Nunca lo hago durante las horas de clase. En realidad, nunca me conecto fuera de mi habitación.
-Entonces, ¿cómo es posible que este niño esté utilizando sus claves?
-Tengo la consola sobre la mesa. Si puedo usar la suya para demostrar cómo
o hago... -Por supuesto. -Me siento de esta forma. Siempre le doy la espalda a la mesa para que nadie pueda verme siquiera. Nunca me conecto en ninguna otra posición.
-¡Entonces no hay ninguna ventana a la que pueda asomarse!
-Sí que la hay, señor.
-¿Dimak?
-Hay una ventana, señor, mire. El respiradero.
-¿Me está sugiriendo en serio que podría...?
-Ese niño más pequeño que jamás...
-¿Es el pequeño Bean quien consiguió mi clave?
-Excelente, Dimak, ha conseguido soltar el nombre, ¿no?
-Lo siento, señor.
-Ah. Otro fallo de seguridad. ¿Enviará a Dimak a casa conmigo?
-No voy a enviar a nadie a casa.
-Señor, debo señalar que la intrusión de Bean en el sistema maestro de los profesores es una oportunidad excelente.
-¿Para tener a un estudiante suelto por los archivos de sus compañeros?
-Para estudiar a Bean. No hemos conseguido que use el juego de fantasía, pero ahora tenemos el juego que él ha decidido jugar. Vigilaremos adonde va dentro del sistema, qué hace con este poder que se ha otorgado a sí mismo.
-Pero el daño que puede causar es...
-No causará ningún daño, señor. No hará nada para descubrirse. Este niño
está demasiado picardeado por su vida en la calle. Lo que quiere es información.

Mirará, no tocará.
-Así que ya lo ha analizado, ¿no es eso? ¿Sabe lo que está haciendo en todo momento?
-Sé que si hay una historia que realmente quiera creer, tiene que descubrirla él solo, Tiene que robárnosla. Así que pienso que este pequeño fallo de seguridad es el modo perfecto de sanar otro mucho más importante.
-Me pregunto qué más habrá oído, al colarse por los conductos.
-Si cerramos el sistema de conducción, sabrá que lo hemos pillado, y entonces no confiará en lo que le preparemos.
-Así que tengo que permitir que un niño se arrastre por los conductos y...
-No podrá hacerlo mucho más tiempo. Pronto los conductos le resultarán demasiado estrechos.
-Eso no es un gran consuelo. Y, por desgracia, sigo pensando que tenemos que matar a Uphanad por saber demasiado.
-Por favor, dígame que no habla en serio.
-No, no hablo en serio. Lo tendrá de estudiante muy pronto, capitán Uphanad. Vigílelo con mucha atención. Hable de él solo conmigo. Es impredecible y peligroso.
-Peligroso. El pequeño Bean.
-Le ha tomado el pelo, ¿no?
-Y a usted también, señor, si me permite recordárselo.
Bean pasó revista a todos los estudiantes de la Escuela de Batalla, leyendo los archivos de media docena de ellos cada día. Descubrió que las primeras puntuaciones que obtuvieron eran lo menos interesante. Todos habían sacado unas notas tan altas en las pruebas que habían realizado en la Tierra que las diferencias eran casi triviales. Las puntuaciones de Bean eran las más altas, y la diferencia que había con el siguiente, Ender Wiggin, era notable... tanto como la diferencia entre Ender y el niño que lo seguía. Pero todo era relativo. La diferencia entre Ender y Bean era de medio punto porcentual; la mayoría de los niños se encontraban entre el 97 y el 98 por ciento.
Por supuesto, Bean sabía lo que ellos desconocían: que le había resultado muy fácil sacar la máxima nota posible. Podría haber sacado más, podría haberlo hecho mejor, pero había llegado al límite de lo que la prueba podía descubrir. La diferencia entre Ender y él era mucho más grande de lo que suponían.
Sin embargo... al leer los archivos, Bean se dio cuenta de que las notas eran solamente una guía de la capacidad de cada niño. Los profesores hablaban principalmente de factores como la inteligencia, la capacidad de reflexión, la intuición; la habilidad para desarrollar relaciones, de ser más listo que un oponente; el coraje para actuar con valentía; la precaución para asegurarse antes de comprometerse, la sabiduría para saber qué curso de acción era el adecuado. Y al considerar todo esto, Bean se dio cuenta de que no era necesariamente mejor que los otros estudiantes en estos parámetros concretos.
Ender Wiggin sí sabía cosas que Bean no sabía. Bean podría haber pensado en hacer lo que hacía Wiggin, conseguir prácticas extra para compensar que ningún comandante quisiera entrenarlo. Bean incluso podría haber intentado conseguir que unos cuantos estudiantes entrenaran con él, ya que muchos ejercicios no se podían realizar a solas. Pero Wiggin había aceptado a todos los que se le acercaban, no importaba lo difícil que pudiera

ser practicar con tanta gente en la sala de batalla, y según las anotaciones de los profesores, pasaba más tiempo ahora entrenando a los demás que mejorando su propia técnica. Naturalmente, eso se debía en parte a que ya no estaba en la escuadra de Bonzo Madrid y no tomaba parte en las prácticas estándar. Pero seguía Abajando con los otros niños, sobre todo con los novatos ansiosos que querían tener alguna ventaja antes de que los ascendieran a una escuadra regular. ¿Por qué?
¿Está haciendo lo que hago yo, estudiar a los otros alumnos para prepararse para una guerra posterior en la Tierra? ¿Está construyendo alguna especie de red que se extienda por todas las escuadras? ¿Los está entrenando mal de algún modo, para aprovecharse de sus errores más tarde?
Por lo que Bean había oído sobre Wiggin de los niños de su grupo de novatos que acudían a las prácticas, se dio cuenta de que no era así Wiggin parecía preocuparse realmente de que los otros niños lo hicieran lo mejor posible. ¿Tanto necesitaba que lo apreciaran? Porque si eso era lo que pretendía, estaba funcionando. Lo adoraban.
Aun así, tenía que haber algo más que ansia de amor. Bean no podía comprenderlo.
Descubrió que las observaciones de los profesores, aunque eran valiosas, no le eran de utilidad para entender lo que pasaba por la cabeza de Wiggin. Para empezar, guardaban las observaciones psicológicas del juego mental en alguna otra parte a la que Bean no tenía acceso. Además, los profesores nunca serían capaces de penetrar en la cabeza de Wiggin porque simplemente no pensaban a su nivel.
Bean sí.
Pero el proyecto de Bean no era analizar a Wiggin por simple curiosidad científica, ni para competir con él, ni siquiera para comprenderlo. Era para convertirse él mismo en el tipo de niño en quien los profesores confiaran, de quien pudieran fiarse. Un niño a quien consideraran completamente humano. Para ese proyecto, Wiggin era su profesor porque ya había hecho lo que Bean necesitaba hacer.
Wiggin lo había hecho sin ser perfecto. Sin estar, por lo que podía decir Bean, cuerdo por completo. No es que nadie lo estuviera. Pero la disposición de Wiggin a dedicar horas cada día a entrenar a niños que no podían hacer nada por él... cuanto más pensaba Bean en ello, menos sentido tenía. Wiggin no estaba construyendo una red de seguidores. Al contrario que Bean, no tenía una memoria perfecta, así que Bean estaba seguro de que Wiggin no llevaba un dossier mental de todos los otros niños de la Escuela de Batalla. Los niños con los que trabajaba no eran los mejores, y a menudo eran los más temerosos y dependientes de entre los novatos y los perdedores de las escuadras normales. Acudían a él porque pensaban que estar en la misma habitación con el soldado que lideraba las puntuaciones podría traerles algo de suerte. Pero ¿por qué seguía Wiggin dedicándoles su tiempo?
¿Por qué murió Poke por mí?
Era la misma pregunta. Bean lo sabía. Encontró en la biblioteca vanos libros sobre ética y los recuperó en su consola para leerlos. Pronto descubrió que las únicas teorías que explicaban el altruismo eran falsas. La más estúpida era la vieja explicación sociobiológica de que los tíos morian por los sobrinos: ahora no había lazos de sangre en los ejércitos y la gente a menudo moría por desconocidos. La teoría de la comunidad no estaba mal, explicaba por qué todas las comunidades honraban en sus historias y rituales a los héroes que se sacrificaban, pero seguía sin explicar la personalidad de los propios héroes.
Pues eso era lo que Bean veía en Wiggin. Un héroe en sus raíces.
Wiggin, en realidad, no se preocupa tanto por sí mismo como por los otros niños, que

no merecen ni cinco minutos de su tiempo.
Sin embargo era esta misma tendencia lo que hacía que todo el mundo se fijara en él. Tal vez por eso en todas las historias que sor Carlotta le contó, Jesús siempre estaba rodeado por una multitud.
Tal vez por eso tengo tanto miedo de Wiggin. Porque él es el extraño, no yo. Él es el ininteligible, el impredecible. Él es el que no hace las cosas por motivos sensatos y predecibles. Yo voy a sobrevivir, y una vez que sepas eso, no hay nada más que saber sobre mí. Pero él... él era capaz de todo.
Cuanto más estudiaba a Wiggin, más misterios destapaba Bean. Más se decidía a actuar como Wiggin hasta que, en algún momento, llegara a ver el mundo como lo veía Wiggin.
Pero incluso mientras seguía la pista de Ender (siempre a lo lejos) lo que Bean no podía hacer era lo que hacían los niños más pequeños, lo que hacían los discípulos de Wiggin. No podía llamarlo Ender. Llamarlo por su apellido lo mantenía a distancia. A una distancia microscópica, de todas formas.
¿Qué estudiaba Wiggin cuando leía a solas? No los libros de historia militar y estrategia que Bean había leído en un soplo y ahora repasaba de forma metódica, aplicándolo todo al combate espacial y a la guerra moderna en la Tierra. Wiggin leía la parte que le correspondía, también, pero cuando acudía a la biblioteca con la misma frecuencia para visualizar combates en una cinta de vídeo, y lo que más observaba eran las naves insectoras. Y los clips de la fuerza de ataque de Mazer Rackham en la heroica batalla que impidió la Segunda Invasión.
Bean también los visualizó, aunque sólo una vez: en cuanto los había visto, los recordaba a la perfección y podía reproducirlos en su memoria, con suficientes detalles para advertir más tarde escenas que había pasado por alto en un primer momento. ¿Veía Wiggin algo nuevo cada vez que volvía a ver aquellos vids? ¿O estaba buscando algo que no había encontrado todavía?
¿Acaso trataba de comprender cómo pensaban los insectores? ¿Por qué no se daba cuenta de que la biblioteca de allí no disponía de suficientes vids? No había más que propaganda. Quitaban todas las terribles escenas de tipos muertos, de luchas y muertes mano a mano cuando las naves eran abordadas. No tenían vids de derrotas, donde los insectores borraban del cielo a las naves humanas. Todo lo que tenían eran naves que daban vueltas en el espacio, unos cuantos minutos de maniobras antes del combate.
¿Guerra en el espacio? Tan emocionante que era en las historias inventadas, y en cambio tan aburrida en la realidad. De vez en cuando algo se iluminaba, pero la mayoría era sólo oscuridad.
Y, naturalmente, el momento obligatorio de la victoria de Mazer Rackham. ¿Qué podía esperar aprender Wiggin?
Bean aprendía más por las omisiones que por lo que realmente veía. Por ejemplo, no había ni una sola imagen de Mazer Rackham en toda la biblioteca, lo cual resultaba extraño. Los rostros de los triunviros estaban por todas partes, igual que los de otros comandantes y líderes políticos. ¿Por qué no Rackham? ¿Había muerto en el momento de la victoria? ¿O era, quizás, una figura ficticia, una leyenda creada a propósito, para que fuera posible asociar un nombre a la victoria? Pero si ése fuera el caso, habrían creado un rostro para él... era muy fácil hacerlo. ¿Era deforme?
¿Era muy, muy pequeño?
Si crezco y me convierto en el comandante de la flota humana que derrote a los

insectores, ¿esconderán también mi foto, porque alguien tan pequeño no puede ser
considerado un héroe?
¿A quién le importa? No quiero ser ningún héroe.
Eso es cosa de Wiggin.
Nikolai, el niño que dormía frente a él. Era lo suficientemente inteligente para hacer algunas suposiciones que a Bean no se le habían ocurrido. Y lo bastante confiado para no enfadarse cuando pilló a Bean en su consola. Bean estaba lleno de esperanza cuando llegó por fin al archivo de Nikolai.
La evaluación del profesor era negativa. «Un comodón,» Cruel, pero ¿era cierto?
He confiado demasiado en las evaluaciones de los profesores, advirtió Bean. ¿Tengo alguna prueba real de que tengan razón? ¿O creo en sus evaluaciones porque mis notas son tan altas? ¿Acaso he dejado que sus halagos me vuelvan complaciente?
-¿Y si todas las evaluaciones estaban equivocadas?
En las calles de Rotterdam no disponía de ningún archivo de ningún profesor. Conocía a los niños. Poke... hice mi propio juicio sobre ella y casi acerté, sólo unas cuantas sorpresas aquí y allá. Sargento... ninguna sorpresa. Aquiles... sí, lo conocía.
Entonces, ¿por qué me he mantenido aparte de los otros estudiantes? Porque ellos me aislaron primero, y porque decidí que los profesores tenían el poder. Pero ahora veo que sólo tenía parte de razón. Los profesores tienen el poder aquí y ahora, pero algún día no estaré en la Escuela de Batalla, ¿y qué importará entonces lo que los profesores piensen de mí? Puedo aprender toda la teoría e historia militar que quiera, y no me servirá de nada si no me confían el mando. Y nunca me pondrán a cargo de ningún ejército o ninguna flota a menos que tengan razones para creer que los demás hombres me seguirán.
Hoy no son hombres, sino niños, la mayoría; tan sólo hay unas cuantas niñas. No son hombres, pero lo serán. ¿Cómo eligen a sus líderes? ¿Cómo puedo lograr que sigan a alguien que es tan pequeño, tan despreciado?
¿Cómo actuó Wiggin?
Bean le preguntó a Nikolai qué niños de su grupo de novatos entrenaban con Wiggin.
-Sólo unos pocos. Y son unos capullos, ¿no? Los pelotas y los chulitos.
-Pero ¿quiénes son?
-¿Estás intentando hacerte amigo de Wiggin?
-Sólo quiero saber cosas sobre él.
-¿Qué quieres saber?
Ese era el tipo de preguntas que molestaban a Bean. No le gustaba hablar sobre lo que hacía. Pero no vio ninguna malicia en Nikolai. Sólo quería saber.
-Historia. El mejor, ¿no? ¿Cómo lo consiguió? -Bean se preguntó si había conseguido hablar con el lenguaje lacónico de los soldados. No lo empleaba mucho. Todavía faltaba la música.
-Lo descubres y me lo dices -dijo, poniendo los ojos en blanco, burlándose de sí mismo.
-Te lo diré -aseguró Bean.
-¿Tengo alguna posibilidad de ser el mejor, como Ender? -Nikolai se rió-. Por la forma en que aprendes, tú sí que la tienes.
-Los mocos de Wiggin no saben a miel -dijo Bean.
-¿Y eso qué significa?

-Es humano como cualquiera. Si lo descubro, te lo cuento, ¿vale?
Bean se preguntó por qué Nikolai descartaba ya la posibilidad de ser uno de los mejores. ¿Podría ser que la evaluación negativa de los profesores fuera acertada, después de todo? ¿O habían dejado ver inconscientemente su desdén hacía él, y él los creía?
Gracias a los niños que Nikolai había señalado (los pelotas y los chulitos, que no era una evaluación inadecuada de todas formas), Bean descubrió lo que quería saber. Los nombres de los amigos más íntimos de Wiggin.
Shen. Alai. Petra... ¡ella otra vez! Pero Shen era el más antiguo.
Bean lo encontró estudiando en la biblioteca. El único motivo que tenía para ir allí eran los vids: todos los libros podían leerse desde las consolas. Sin embargo, Shen no visualizaba ninguna cinta. Tenía su consola, y estaba jugando al juego de fantasía.
Bean se sentó a su lado a mirar. Un hombre con cabeza de león y cota de mallas estaba plantado ante un gigante, quien parecía estar ofreciéndole a elegir varias bebidas. El sonido estaba configurado de manera que Bean no podía oírlo desde el lado, aunque Shen parecía estar respondiendo; tecleó unas cuantas palabras. La figura de hombre león bebió una de las sustancias y se murió al momento.
Shen murmuró algo y apañó la consola.
-¿Esa es la Bebida del Gigante? -dijo Bean-. He oído hablar de ella.
-¿Nunca has jugado? -preguntó Shen-. No se le puede ganar. O eso creía.
-Eso me han dicho. No parecía divertido.
-¿Parecer divertido? ¿Ni siquiera lo has intentado? No es que sea difícil de encontrar el juego.
Bean se encogió de hombros, tratando de falsear los manierismos que había visto usar a los otros niños. Shen parecía divertido. ¿Porque Bean se encogió de hombros mal? ¿O porque parecía curioso que alguien tan pequeño lo hiciera?
-Venga ya, ¿no juegas al juego de fantasía?
-Eso que has dicho -le interrumpió Bean-. Creías que nadie ganaba nunca.
-Vi a un tipo en un lugar que nunca había visto. Le pregunté dónde estaba, y dijo: «Al otro lado de la Bebida del Gigante.»
-¿Te dijo cómo se llega allí?
-No se lo pregunté.
-¿Porqué no?
Shen sonrió y apartó la mirada.
-Sería Wiggin, ¿no? -preguntó Bean.
La sonrisa se desvaneció.
-No he dicho eso.
-Sé que eres amigo suyo, por eso he venido a verte.
-¿Qué es esto? ¿Lo estás espiando? ¿Eres de Bonzo?
Aquello no le estaba resultando nada fácil. Bean no había advertido lo protectores que serían los amigos de Wiggin.
-Soy de mí mismo. Mira, nada malo, ¿vale? Yo sólo... mira, sólo quiero saber... lo conoces desde el principio, ¿no? Dicen que eres amigo suyo desde los días de novato.
-¿Y qué?
-Mira, él hizo amigos, ¿no? Como tú. Aunque siempre era el mejor en la clase, siempre el mejor en todo, ¿vale? Pero no lo odian.
-Muchos bichão lo odian.
-Tengo que hacer algunos amigos, tío. -Bean sabía que no debería inspirarle lástima,

sino simplemente un niño triste que intentaba no inspirar lástima. Así que terminó su queja
con una sonrisa. Como si intentara hacer que pareciera una broma.
-Eres muy bajito -le espetó Shen.
-No en el planeta del que vengo.
Por primera vez, Shen dejó que una sonrisa auténtica asomara a su rostro.
-El planeta de los pigmeos.
-Son demasiado grandes para mí.
-Mira, sé lo que estás diciendo. Tuve una charla curiosa. Algunos de los niños se metían conmigo. Ender los detuvo.
-¿Cómo?
-Se metió con ellos.
-Nunca había oído decir que tuviera mala lengua. -No, no dijo nada. Lo hizo en la consola. Envió un mensaje de parte de Dios.
Oh, sí. Bean había oído hablar de eso.
-¿Lo hizo por ti?
-Se estaban burlando de mi culo. Tenía un culo gordo. Antes de las prácticas, ¿sabes? Hace tiempo de eso. Así que él se burló de ellos por mirarme el culo. Pero lo firmó como Dios.
-Así que no supieron que era él.
-Oh, lo supieron. De inmediato. Pero él no dijo nada. En voz alta.
-¿Así es como os hicisteis amigos? ¿Es el protector de los niños pequeños?
Como Aquiles.
-¿Niños pequeños? -dijo Shen-. Él era el más pequeño de nuestro grupo de novatos. No como tú, pero muy pequeño. Era más joven.
-¿Era más joven, pero se convirtió en tu protector?
-No. No fue así. No, impidió que la cosa continuara, nada más. Se dirigió al grupo... era Bernard, que estaba juntando a los niños más grandes, a los más duros...
-A los matones.
-Sí, supongo. Sólo que Ender fue y se acercó al número uno de Bernard, su mejor amigo. Alai. Consiguió que Alai fuera su amigo también.
-¿Así que le robó a Bernard su apoyo?
-No, hombre. No, no es así. Se hizo amigo de Alai, y luego hizo que Alai le ayudara a hacerse amigo de Bernard.
-Bernard... Ender le rompió el brazo en la lanzadera.
-Eso es. Y creo, de verdad, que Bernard no lo perdonó nunca, pero vio cómo estaba el patio.
-¿Y cómo estaba?
-Ender es bueno, tío. Es que... no odia a nadie. Si eres una buena persona, te tiene que gustar. Quieres caerle bien. Si él te aprecia, entonces estás bien, ¿entiendes? Pero si eres escoria, él te vuelve loco. Con sólo saber que existe, ¿captas? Así que Ender trata de despertar la parte buena que hay en ti.
-¿Cómo se despiertan las «partes buenas»?
-No lo sé, hombre. ¿Crees que lo sé? Es que... conoces a Ender lo suficiente, y él hace que te sientas orgulloso de ti mismo. Eso hace que parezca... hace que parezca que soy un bebé, ¿no?
Bean sacudió la cabeza. Le parecía más bien devoción. Bean no lo había comprendido. Los amigos eran los amigos, pensaba. Como Sargento y Poke lo eran, antes

de Aquiles. Pero no se trataba de amor. Cuando vino Aquiles, quizá más bien lo adoraron, como si fuera... un dios, les daba pan, y ellos se lo devolvían. Como... bueno, como lo que se llamaba él a sí mismo: papá. ¿Era lo mismo? ¿Era Ender otro Aquiles?
-Eres listo, chico -manifestó Shen-. Yo estuve allí, ¿no? Pero ni una sola vez pensé ¿cómo lo hizo Ender?, ¿cómo puedo hacer lo mismo, ser como él? Allí estaba Ender, es magnífico, pero no es nada que yo pueda hacer. Tal vez debería de haberlo intentado. Sólo quería...
-Porque tú también eres bueno -dijo Bean.
Shen puso los ojos en blanco.
-Supongo que eso es lo que dije, ¿no? Lo di a entender, al menos. Supongo que eso me convierte en un chulito, ¿no?
-Un chulazo -dijo Bean, sonriendo.
-Es que... él te hace querer... moriría por él. Qué heroico, ¿no? Pero es verdad. Moriría por él. Mataría por él.
-Lucharías por él.
Shen lo comprendió de inmediato.
-Eso es. Es un comandante nato.
-¿Alai lucharía por él también?
-Muchos de nosotros lo haríamos.
-Pero algunos no.
-Como dije, los malos lo odian, los vuelve locos.
-Entonces el mundo se divide entre la buena gente que ama a Wiggin y la gente mala que lo odia.
El rostro de Shen volvió a mostrar recelo.
-No sé por qué te cuento toda esta mierda. Eres demasiado listo para creerte nada.
-Creo todo lo que me dices-aseguró Bean-. No te cabrees conmigo.
Había aprendido eso hacía mucho tiempo. Un niño pequeño dice: «No te cabrees conmigo», parecen un poco tontos.
-No estoy cabreado -dijo Shen-. Es que pensaba que te estabas burlando de mí.
-Quería saber cómo hace amigos Wiggin.
-Si lo supiera, si realmente lo comprendiera, tendría más amigos de los que tengo, chico. Pero conseguí a Ender por amigo, y todos sus amigos son mis amigos también, y soy su amigo, así que... es como una familia.
Una familia. Papá. Aquiles otra vez.
El viejo temor regresó. Aquella noche en que murió Poke. Ver su cadáver en el agua. Luego a Aquiles por la mañana. Cómo actuaba. ¿Era así Wiggin? ¿Papá hasta que tuviera su oportunidad?
Aquiles era malo, y Ender era bueno. Sin embargo, los dos crearon una familia. Ambos tenían gente que los amaba, que moriría por ellos. Protector, papá, proveedor, mamá. El único padre de un grupo de hermanos. También en la Escuela de Batalla todos somos niños de la calle. Tal vez no pasemos hambre, pero seguimos deseando tener una familia.
Excepto yo. Es lo último que necesito. Un papá sonriéndome, esperando con un cuchillo.
Es mejor ser el papá que tener uno.
¿Cómo puedo hacer eso, lograr que alguien me ame como Shen ama a Wiggin?
Ni hablar. Soy demasiado pequeño. Demasiado dulce. No tengo nada que ellos

quieran. Lo único que puedo hacer es protegerme, comprender el sistema. Ender tiene mucho que enseñar a aquellos que tienen alguna esperanza de hacer lo que él ha hecho. Pero yo, tengo que aprender por mi cuenta.
Sin embargo, mientras tomaba su decisión, sabía que no había acabado con Wiggin. Fuera lo que fuese lo que Wiggin tenía, lo que Wiggin sabía, Bean lo aprendería.
Y así pasaron las semanas, los meses. Bean cumplió con todo su trabajo de clase. Asistió a las clases rutinarias de la sala de batalla con Dimak, que les enseñó cómo debían moverse y disparar, las habilidades básicas. Por su cuenta completó todos los cursos de perfeccionamiento que era posible realizar desde la consola, y destacó en todo. Estudió historia militar, filosofía, estrategia. Leyó sobre ética, religión, biología. Siguió los avances de todos los estudiantes de la escuela, desde los novatos recién llegados hasta los que estaban a punto de graduarse. Cuando los veía por los pasillos, sabía más de ellos de lo que ellos sabían de sí mismos. Sabía su nación de origen. Sabía cuánto echaban de menos a sus familias y lo importante que era para ellos su país nativo, su etnia o su grupo religioso. Sabía lo valiosos que serían en un movimiento de resistencia nacionalista o idealista.
Siguió leyendo todo lo que Wiggin leía, observando todo lo que Wiggin observaba. Oyó hablar de Wiggin a los otros niños. Observo los progresos que hizo Wiggin en las tablas. Conoció a más amigos de Wiggin, los oyó hablar de él. Bean escuchó todas las cosas que decían que Wiggin había dicho y trató de unirlas en una filosofía coherente, una visión del mundo, una actitud, un plan.
Entonces descubrió algo interesante. A pesar del altruismo de Wiggin, a pesar de su disposición al sacrificio, ninguno de sus amigos dijo nunca que Wiggin viniera y les hablara de sus problemas. Todos acudían a él, pero ¿a quién acudía Wiggin? No tenía más amigos de verdad que los que tenía Bean. Wiggin seguía su propio consejo, como Bean.
Pronto Bean ascendió de categoría, pues ya había superado el trabajo sus clases, y lo pusieron a trabajar con grupos cada vez mayores, primero lo miraban con recelo, pero luego, a medida que los adelantaba y pasaba a un nivel superior, se iban mostrando cada vez más asombrados. ¿Había pasado Wiggin de clase en clase a ese ritmo acelerado, sí pero no tan rápido. ¿Era porque Bean era mejor? ¿O porque se le acababa el tiempo?
De hecho, porque la sensación de urgencia de las evaluaciones de los profesores se hacía mayor. Los estudiantes corrientes (si es que en la escuela había algún niño que fuera corriente) recibían cada vez anotaciones más y más breves. No se los dejaba de lado, exactamente, pero a los mejores, en cambio, se los identificaba y promocionaba.
Los que parecían mejores. Pues Bean empezó a darse cuenta de que en las evaluaciones de los profesores a menudo influía la opinión que tuvieran de los estudiantes. Los profesores pretendían ser desapasionados y mostrarse imparciales, pero de hecho se dejaban convencer por los niños más carismáticos, igual que los otros estudiantes. Si un niño era agradable, le concedían mejores comentarios sobre su capacidad de liderazgo, aunque fuera sólo charlatán y atlético y necesitara rodearse de un equipo. Con la misma frecuencia, felicitaban a los estudiantes que serían los comandantes menos eficaces, mientras que no hacían caso a aquellos que, como Bean, mostraban verdaderas promesas. Era frustrante verlos cometer errores tan obvios. Tenían a Wiggin delante de sus propios ojos (Wiggin, que era auténtico) y todavía seguían malinterpretando a todos los demás. Se entusiasmaban con alguno de aquellos niños enérgicos, creídos, ambiciosos aunque su rendimiento no fuera impecable.
Pero ¿la escuela no tenía por misión encontrar y entrenar a los mejores comandantes posibles? La parte terrestre la hacían muy bien: no había ningún zopenco entre los

estudiantes. Pero el sistema había pasado por alto un factor crucial: ¿cómo eran elegidos los profesores?
Todos ellos pertenecían al estamento militar. Oficiales con verdaderas aptitudes. Pero en el ejército no te daban puestos de confianza solamente por tus aptitudes. Tenías también que atraer la atención de tus superiores. Tenías que agradar. Tenías que encajar en el sistema. Tenías que parecer lo que los oficiales por encima de ti pensaban que deberías ser. Tenías que pensar de manera que se sintieran cómodos.
El resultado era que acababas con una estructura de mando que rebosaba de tipos que parecían buenos vestidos de uniforme, que hablaban bien y que se comportaban con suficiente adecuación para no quedar en ridículo. Por el contrario, los que realmente eran buenos hacían todo el trabajo serio y dejaban en evidencia a sus superiores, se llevaban la culpa de todos los errores que ellos habían advertido que iban a cometerse.
Eso era el ejército. Estos profesores eran la clase de gente que vivía en ese entorno. Y seleccionaban a sus estudiantes favoritos siguiendo, precisamente, ese retorcido sentido de las prioridades.
No era extraño que un niño como Dink Meeker se diera cuenta y se negara a seguir la corriente. Era uno de los pocos chicos que poseía talento y, a la vez, era agradable. Su simpatía hizo que intentaran convertirlo en comandante de su propia escuadra; su talento le permitió a Dink comprender lo que estaban haciendo y rechazarlos porque no podía creer en un sistema tan estúpido. Y otros niños, como Petra Arkanian, que tenían una personalidad algo irritante pero podían dirigir estrategias y tácticas mientras dormían, que se mostraban lo suficientemente seguros para liderar a los demás en la guerra, que confiaban en sus propias decisiones y actuaban conforme a ellas... a ésos no les importaba ser uno del montón, así que los vigilaban de cerca, y cada fallo era exagerado, cada acierto infravalorado.
Así que Bean empezó a construir su propio antiejército. A reclutar niños que no eran elegidos por los profesores, pero que eran los auténticos talentos, los que estaban dotados de corazón y mente, no sólo de fachada y cháchara. Empezó a imaginar quiénes de entre ellos serían oficiales, y liderarían sus batallones bajo el mando de...
De Ender Wiggin, naturalmente. Bean no podía imaginar a nadie más en ese puesto. Wiggin sabría cómo utilizarlos.
Y Bean sabía dónde debería estar él. Cerca de Wiggin. Un jefe de batallón, pero el más fiable de todos. La mano derecha de Wiggin. De forma que cuando Wiggin fuera a cometer un error, Bean pudiera advertirlo a tiempo. Y así Bean podría estar lo bastante cerca para comprender tal vez por qué Wiggin era humano y él no.
Sor Carlotta utilizó su nuevo permiso de seguridad como un escalpelo la mayor parte de las veces, abriéndose paso entre el estamento de información, escogiendo respuestas aquí y nuevas preguntas allá, hablando con gente que nunca imaginaba cuál era su proyecto, confesándoles por qué sabía tanto sobre el trabajo secreto que desempeñaban y almacenándolo todo en silencio en su propia mente, y en memorándums para el coronel Graff.
Pero a veces empuñaba su permiso de seguridad como si fuera un hacha de carnicero, usándolo para abrirse paso entre carceleros y oficiales, quienes veían su insaciable necesidad de saber. Entonces, cuando comprobaban que sus documentos no eran una estudiada falsificación, tenían que oír los gritos de los oficiales de alto rango que hacían

que trataran a sor Carlotta como si fuera Dios.
Fue así como, por fin, se encontró cara a cara con el padre de Bean. O al menos lo más parecido a un padre que había tenido jamás.
-Quiero hablar sobre sus instalaciones en Rotterdam.
Él la miró con acritud.
-Ya he informado de todo. Por eso no estoy muerto, aunque me pregunto si tomé la decisión acertada.
-Me dijeron que fue usted bastante llorica - soltó sor Carlotta, sin compasión alguna - No esperaba que saliera a la superficie con tanta rapidez.
-Váyase al infierno- le espetó y le dio la espalda. Como si eso significara algo.
-Doctor Volescu, los archivos muestran que había veintitrés bebés en su granja de órganos de Rotterdam,
Él no dijo nada.
-Pero naturalmente eso es mentira. Silencio.
-Y, extrañamente, sé que la mentira no fue idea suya. Porque sé que su instalación no era una granja de órganos, y el motivo por el que no está muerto es porque accedió a declararse culpable de dirigir una granja de órganos a cambio de no discutir jamás qué estaba haciendo allí realmente.
Él se dio la vuelta lentamente. Ya era suficiente con poder alzar la mirada y verla de reojo.
-Déjeme ver ese permiso que trató de enseñarme antes.
Ella se lo volvió a mostrar. Él lo estudió.
-¿Qué sabe usted? - preguntó.
-Sé que su verdadero delito fue continuar un proyecto de investigación después de que fuera clausurado. Porque tenía aquellos óvulos fertilizados que habían sido meticulosamente alterados. Había girado la llave de Antón. Quería que nacieran. Quería ver en qué se convertirían.
-Si sabe todo eso, ¿por qué ha venido a verme? Todo lo que sé está en los documentos que debe de haber leído.
-No todo - replicó sor Carlotta -. No me importan las confesiones. No me importa la logística. Deseo información sobre los bebés.
-Están todos muertos. Los matamos cuando supimos que estábamos a punto de ser descubiertos -confesó, mirándola con amargo desafío-. Sí, infanticidio. Veintitrés asesinatos. Pero como el gobierno no quiso admitir que esos niños habían existido siquiera, nunca fui acusado de ese delito. Pero Dios me juzgará. Dios presentará los cargos. ¿Por eso está usted aquí? ¿Por eso tiene ese permiso?
¿Se podía bromear sobre aquel asunto?
-Lo único que quiero saber es lo que descubrió usted sobre ellos.
-No descubrí nada, no hubo tiempo, no eran más que bebés.
-Los tuvo durante casi un año. Se desarrollaron. Todo el trabajo que realizó desde que Antón encontró su clave fue teórico. Usted vio crecer a los bebés.
Una sonrisa asomó poco a poco al rostro del hombre.
-Esto es como esos delitos médicos de los nazis. Usted deplora lo que hice, pero sigue queriendo conocer los resultados de mi investigación.
-Usted controló su crecimiento. Su salud. Su desarrollo intelectual.
-Estábamos a punto de empezar a seguir el desarrollo intelectual. El proyecto no estaba subvencionado, naturalmente, así que no pudimos proporcionarles más que una

habitación cálida y limpia, y satisfacer sus necesidades corporales básicas.
-Sus cuerpos, entonces. Sus habilidades motoras.
-Pequeños -dijo él-. Nacen pequeños, crecen despacio. Con poca altura y peso, todos ellos.
-Pero ¿muy inteligentes?
-Gateaban desde muy jóvenes. Balbuceaban mucho antes de lo normal. Es todo lo que supimos. No los vi muy a menudo. No podía correr el riesgo de que me descubrieran.
-Entonces, ¿cuál fue su diagnóstico?
-¿Diagnóstico?
-¿Cómo veía su futuro?

-Muertos. Ése es el futuro de todo el mundo. ¿De qué está hablando?
-Si no hubieran sido asesinados, doctor Volescu, ¿qué habría sucedido?
-Habrían seguido creciendo, por supuesto.
-¿Y luego?
-No hay ningún luego. Habrían seguido creciendo.
Ella pensó durante un instante, tratando de procesar la información.
-Eso es, hermana. Lo comprende. Crecen despacio, pero nunca paran. Eso es lo que la llave de Antón hace. Descorre los cerrojos de la mente porque el cerebro nunca deja de crecer. Pero tampoco hace nada más El cerebro sigue expandiéndose: nunca está cerrado del todo. Los brazos y las piernas son más y más largos.
-Entonces cuando alcanzan la altura adulta...
-No hay altura adulta. Es sólo la altura de la muerte. No se puede seguir creciendo así eternamente. Hay un motivo por el que la evolución construye un mecanismo de cierre en el control de crecimiento de los cuerpos que viven mucho. No se puede seguir creciendo sin que algún órgano ceda, tarde o temprano. Normalmente es el corazón.
Sor Carlotta se aterrorizó con lo que aquello suponía.
-¿Y a qué ritmo crecen? Los niños, quiero decir, ¿hasta que tienen la altura normal de su edad?
-Creía que la alcanzaban dos veces -manifestó Volescu-. Una justo antes de la pubertad, y luego los niños normales los adelantarían durante algún tiempo, pero al final la lentitud y la constancia ganan la carrera, n'est-ce pas? A los veinte años, serían gigantes. Y luego morirían, con toda seguridad antes de los veinticinco. ¿Imagina lo enormes que serían? Así que matarlos fue, por mí parte... un acto de piedad.
-Dudo que ninguno de ellos hubiera decidido no vivir los míseros veinte años que les quitó.
-No llegaron a saber lo que les sucedió. No soy ningún monstruo. Los drogamos a todos. Murieron mientras dormían y luego sus cuerpos fueron incinerados.
-¿Qué hay de la pubertad? ¿Llegarían a madurar sexualmente?
-Esa es la parte que nunca sabremos, ¿no?
Sor Carlotta se levantó para marcharse.
-Sobrevivió, ¿verdad? -preguntó Volescu.
-¿Quién?
-El que perdimos. Faltaba un cuerpo con los demás. Tan sólo veintidós se echaron a las llamas.
-Cuando se adora a Moloch, doctor Volescu, no se obtienen más respuestas que las que proporciona su dios elegido.
-Dígame cómo es él -exigió, con ojos ansiosos. ¿Sabe que era un niño?

-Todos eran niños. ¿Qué hizo descartar a las niñas?
¿Cómo piensa que obtuve los genes con los que trabajé? Implanté mi propio ADN alterado en cigotos sin núcleo.
-Dios nos ayude, ¿todos eran sus propios gemelos?
-No soy el monstruo que cree que soy -declaró Volescu-. Di vida a los embriones congelados porque tenía que saber en qué se convertirían. Matarlos fue mi pena más grande.
-Y sin embargo lo hizo... para salvarse.
-Tuve miedo. Y pensé: son sólo copias. No es ningún asesinato eliminar las copias.
-Sus almas y sus vidas eran suyas.
-¿Cree que el gobierno los habría dejado vivir? ¿De verdad cree que habrían sobrevivido? ¿Alguno siquiera?
-No se merece tener un hijo -dijo sor Carlotta.
-Pero tengo uno, ¿no? -replico él, riéndose-. Mientras que usted, señorita Carlotta, perpetua esposa del invisible Dios, ¿cuántos tiene?
-Puede que fueran copias, Volescu, pero incluso muertos valen más que el original.
Todavía reía mientras ella ya recorría el pasillo para marcharse. Pero su risa sonaba forzada. Sor Carlotta sabía que su risa era una máscara para la pena. Pero no era la pena de la compasión, ni siquiera del remordimiento. Era la pena de un alma condenada.
Bean. Gracias a Dios que no conoces a tu padre y nunca lo harás, pensó. No eres como él. Eres mucho más humano.
Sin embargo, en el fondo de su mente, tenía una duda acuciante. ¿Estaba segura de que Bean tenía más compasión, más humanidad? ¿O era tan frío de corazón como ese hombre? ¿Tan incapaz de sentir empatía? ¿Era todo mente?
Entonces lo imaginó creciendo y creciendo, pensó cómo aquel cuerpo diminuto crecía hasta convertirse en un gigante cuyo cuerpo ya no podía contener la vida. Ése es el legado que te ha dado tu padre. Esa era la clave de Antón. Pensó en el grito que soltó David, cuando se enteró de la muerte de su hijo. ¡Absalón! ¡Oh, Absalón! ¡Si tu padre pudiera morir por ti, Absalón, hijo mío!
Pero no estaba muerto todavía, ¿no? Volescu podría haber mentido, podría estar equivocado, simplemente. Tal vez hubiera algún modo de impedirlo. Y aunque no lo hubiera, Bean aún tenía muchos años por delante. Y cómo viviera esos años aún importaba.
Dios crea a los niños que necesita, y los convierte en hombres y mujeres, y luego se los lleva de este mundo a voluntad. Para él toda la vida no es más que un momento. Todo lo que importa es para qué se usa ese momento. Y Bean lo usaría bien. Estaba segura.
O al menos lo esperaba con tal fervor que parecía una certeza.