6 - La sombra de ender

-Normalmente sus informes sobre un grupo de lanzamiento son breves. Unos cuantos pendencieros, el informe de un incidente o lo mejor de todo, nada.
-Puede usted descartar lo que quiera de mi informe, señor,
-¿Señor? Vaya, hoy estamos quisquillosos.
-¿Qué parte de mi informe considera excesiva?
-Creo que este informe es una canción de amor.
-Me doy cuenta de que parece que esté haciendo la pelota, al usar con cada lanzamiento la técnica que se empleó con Ender Wiggin... Ahora me doy cuenta de ello.
-¿La usa con cada lanzamiento?
-Como usted mismo señaló, señor, tiene resultados interesantes. La clasificación que nos brinda es inmediata.
-Una clasificación en categorías que de otro modo tal vez no existieran. Sin embargo, acepto el cumplido implícito en su acción. Pero siete páginas sobre Bean... de verdad, ¿tanto aprendió de una respuesta que fue principalmente aceptar lo dicho en silencio?
-Ese es mi argumento, señor. No fue sólo eso. Fue... yo llevaba a cabo el experimento, pero parecía que el ojo que asomaba al microscopio era el suyo, y yo el espécimen en la bandeja.
-Entonces le puso nervioso.
-Podría poner nervioso a cualquiera. Es frío, señor. Y sin embargo...
-Y sin embargo apasionado. Sí, leí su informe. Hasta la última nota.
-Sí, señor.
-Creo que ya sabe que no debemos hacernos ilusiones con nuestros estudiantes.
-¿Señor?
-En este caso, sin embargo, me alegra que esté tan interesado en Bean. Porque, verá, yo no lo estoy. Ya tengo al niño de que, en mi opinión, podremos sacar el máximo partido. No obstante, los resultados engañosos que ha obtenido Bean nos inducen a prestarle una atención especial. Muy bien, la tendrá. Y usted se la prestará.
-Pero señor...
-Quizás sea usted incapaz de distinguir una orden de una invitación.
-Sólo me preocupa que... creo que ya tiene una pobre opinión de mí.
-Bien. Entonces le subestimará. A menos que piense que esa pobre opinión pueda ser correcta.
-Comparados con él, señor, todos podríamos ser unos mierdosos.
-Prestarle atención de cerca es su misión. Trate de no adorarlo.
Lo único que Bean tenía en mente aquel primer día en la Escuela de Batalla era

sobrevivir. Nadie lo ayudaría: eso quedó claro en la pequeña charada que Dimak pronunció en la lanzadera. Le estaban preparando una encerrona para acorralarle... ¿qué? Rivales en el mejor de los casos, enemigos en el peor. De modo que era otra vez la calle. Bueno, mejor. Bean había sobrevivido en las calles. Y habría seguido sobreviviendo, aunque sor Carlotta no lo hubiera encontrado. Incluso Pablo... Bean lo habría conseguido aunque Pablo, el conserje, no lo hubiera encontrado en el lavabo del sitio limpio.
Así que vigiló. Escuchó. Tenía que aprender todo lo que los otros aprendieran, incluso mejor que ellos. Y además, tenía que aprender lo que los otros ignoraran: los trabajos del grupo, los sistemas de la Escuela de Batalla. Cómo se llevaban los maestros entre sí. En quién recaía el poder. Quién temía a quién. Cada grupo tenía sus jefes, sus pardillos, sus rebeldes, sus pelotas. Cada grupo tenía sus lazos fuertes y los débiles, amistades e hipocresías. Mentiras dentro de un círculo de mentiras, y éstas, a su vez, dentro de otro. Y Bean tenía que encontrarlas todas, tan pronto como le fuera posible, para averiguar cuáles eran los espacios en los que podría sobrevivir.
Los llevaron a los barracones, y les dieron camas, taquillas, pequeñas consolas portátiles que no eran más sofisticadas que la que había utilizado cuando estudiaba con sor Carlotta. Algunos de los niños empezaron a jugar inmediatamente con ellas, tratando de programarlas o de explorar los juegos que tenían dentro, pero Bean no mostró ningún interés. El sistema informático de la Escuela de Batalla no era una persona; dominarlo sería útil a la larga, pero en ese momento era irrelevante. Lo que Bean tenía que descubrir era todo lo que había fuera de los barracones de los novatos.
El lugar al que pronto fueron. Llegaron por la «mañana», según el horario espacial, cosa que, para malestar de muchos europeos y asiáticos, significaba la hora de Florida, ya que las primeras estaciones habían sido controladas desde allí. Para los chavales, que habían sido lanzados desde Europa, era por la tarde, y eso significaba que tendrían un serio problema de desorientación horaria. Dimak explicó que la cura para eso era realizar duros ejercicios físicos y luego echar una siestecita (no más de tres horas) a primeras horas de la tarde; después tendrían otra tanda de ejercicios físicos, más que suficientes para que esa noche cayeran en la cama agotados a la hora que se acostaban los otros estudiantes.
Formaron una fila en el pasillo.
-Verde marrón verde -dijo Dimak, y les mostró cómo aquellas líneas en las paredes del pasillo siempre los conducirían de regreso a los barracones. A Bean lo expulsaron varias veces de la fila, y acabó el último. No le importó; los empujones no hacían sangre ni dejaban magulladuras, y ser el último en la fila significaba que tenía el mejor lugar para observar.
Otros niños desfilaron por el pasillo, a veces solos, otras en parejas o tríos, la mayoría con uniformes de colores brillantes y de una gran variedad de diseños. Una vez pasaron ante un grupo entero vestido igual, y con cascos y extravagantes armas al cinto, corriendo a una velocidad que a Bean le pareció sospechosa. Son una banda, pensó. Y se dirigen a una pelea.
Resultaba imposible no advertir a los niños nuevos que recorrían el pasillo y los miraban asombrados. De inmediato, hubo burlas.
-¡Novatos!
-¡Carne fresca!
-¿Quién se ha hecho caca en el pasillo y no la ha limpiado?
-¡Incluso huelen a estúpido!
Pero eran puyas inofensivas, niños mayores que aseguraban su supremacía. No era

nada más que eso. En realidad, no evidenciaban ninguna actitud hostil, sino más bien afectuosa. Recordaban cuando ellos fueron también novatos.
Algunos de los novatos que iban en fila delante de Bean se sintieron ofendidos y respondieron con algunos insultos patéticos y vagos, lo cual sólo causó más abucheos y burlas por parte de los otros niños. Bean había visto a chavales más grandes y mayores que odiaban a los más jóvenes porque les hacían la competencia a la hora de buscar comida, y los expulsaban, sin importarles que eso pudiera provocar la muerte de los pequeños. A él le habían propinado golpes de verdad, con el único objeto de hacerle daño. Había visto crueldad, explotación, saña, asesinato. Estos otros niños no reconocían el amor cuando lo veían.
Lo que Bean quería saber era cómo estaba organizada esa banda, quién la dirigía, cómo lo elegían, para qué servía la banda. El hecho de que tuvieran su propio uniforme significaba que ostentaban un estatus oficial. Así que eso implicaba que los adultos estaban al mando: era justo lo contrario de la forma en que se organizaban las bandas en Rotterdam, donde los adultos trataban de disolverlas, donde los periódicos las calificaban de conspiraciones criminales en vez de patéticas ligas por la supervivencia.
Eso era, realmente, la clave. Todo lo que los niños hacían aquí estaba conformado por los adultos. En Rotterdam, los adultos eran hostiles, despreocupados o, como Helga con su comedor de caridad, en el fondo carecían de poder. Así que los niños podían moldear su propia sociedad sin interferencias. Todo se basaba en la supervivencia, en conseguir suficiente comida sin que te matasen, te lastimaran o acabaras enfermando. Aquí había cocineros y doctores, ropas y camas. El poder no radicaba en tener acceso a la comida, sino en lograr la aprobación de los adultos.
Eso era lo que significaban aquellos uniformes. Los adultos los elegían, y los niños los llevaban porque los adultos hacían que, de algún modo, mereciera la pena.
Por tanto, la clave de todo estaba en comprender a los maestros.
Todo esto pasó por la mente de Bean, no a modo de discurso, sino como una comprensión clara y casi inmediata de que aquel grupo no poseía autoridad alguna, comparado con el poder de los profesores, antes de que los niños de uniforme lo alcanzaran. Cuando vieron a Bean, tan diminuto comparado con los demás, se echaron a reír, abuchearon, silbaron.
-¡Ese no vale ni para mojón!
-¡Es increíble! ¡Si anda y todo!
-¿Dónde está el nene de su mamá?
-Pero ¿es humano?
Bean no les hizo ningún caso. Pero pudo sentir cómo disfrutaban los otros niños de la fila. Habían sido humillados en la lanzadera; ahora le tocaba a Bean sufrir las burlas. Les encantó. Y también a Bean, porque eso significaba que no lo veían como un rival. Al burlarse de él, los soldados que pasaban lo ponían un poco más a salvo de...
¿De qué? ¿Cuál era el peligro aquí?
Pues habría peligro. Eso lo sabía. Siempre había peligro. Y como los profesores concentraban todo el poder, el peligro vendría de ellos. Pero Dimak había empezado por volver a los otros niños contra él. Así que los propios niños eran las armas elegidas. Bean tenía que llegar a conocer a los otros niños, no porque ellos fueran a ser un problema, sino porque sus debilidades y sus deseos podían ser utilizados por los profesores contra él. Y, para protegerse, Bean tendría que trabajar para minar el dominio que ejercían sobre los otros niños. La clave estaba en subvertir la influencia de los maestros. Y, sin embargo, ése

era el mayor peligro... que lo pillaran haciéndolo.
Subieron por los asideros acolchados de una pared, luego se deslizaron por un poste abajo; era la primera vez que Bean lo hacía con un palo liso. En Rotterdam, siempre se deslizaba por cañerías, postes de tráfico y semáforos. Acabaron en una sección de la Escuela de Batalla con mayor gravedad. Bean no se dio cuenta de lo livianos que debían estar en el nivel de los barracones hasta que notó lo pesado que se sentía en el gimnasio.
-Aquí la gravedad es algo superior que la de la Tierra -informó Dimak-. Tenéis que pasar al menos media hora al día aquí, o vuestros huesos empezarán a disolverse. Y tenéis que pasar el tiempo ejercitándolos, para manteneros en forma. Y ésa es la clave: poder soportar el ejercicio, no ganar masa. Sois demasiado pequeños para que vuestros cuerpos soporten ese tipo de entrenamiento, y aquí se nota. Energía, eso es lo que queremos.
Para los niños, las palabras estaban casi desprovistas de significado, pero el entrenador se apresuró a aclararlo. Corrieron sobre cintas sin fin, pedalearon en bicicleta, subieron escaleras, hicieron abdominales, flexiones, dorsales, pero nada de pesas. El equipo de pesas que había era para uso exclusivo de los profesores.
-En esta escuela se os controlan las pulsaciones -dijo el entrenador- Si no hacéis que vuestras pulsaciones aumenten a los cinco minutos de llegada y no mantenéis ese mismo ritmo durante los siguientes veinticinco minutos, se anotará en vuestro historial y yo lo veré en mi cuadro de control.
-Yo también recibiré un informe -comunicó Dimak-. Y os pondrán en la lista negra para que todo el mundo vea que habéis sido perezosos.
Lista negra. Así que ésa era la herramienta que utilizaban: avergonzarlos delante de los demás. Qué estupidez. Como si a Bean le importara.
Lo que le interesaba era el monitor de control. ¿Cómo podían controlar los latidos de sus corazones y saber lo que estaban haciendo, de forma automática desde el momento en que llegaban? Casi había formulado la pregunta cuando advirtió la única respuesta posible: el uniforme. Dentro de las ropas. Seguro que había algún sistema de sensores. Probablemente les proporcionaba muchos más datos que el ritmo cardíaco. Para empezar, sin duda localizarían a cada niño dondequiera que estuviesen en la estación, todo el tiempo. Debía de haber cientos y cientos de niños aquí, y habría también ordenadores que informaban de sus paraderos, sus pulsaciones y quién sabía qué otra información. ¿Puede que, en alguna parte, hubiese una habitación donde los profesores observaban cada paso que daban?
O tal vez no estaba en la ropa. Después de todo, habían tenido que pulsar con la palma antes de entrar aquí, supuestamente para identificarse. Así que tal vez esa sala disponía de unos sensores especiales.
Era hora de averiguarlo. Bean levantó la mano.
-Señor-dijo.
-¿Sí? -El entrenador hizo como que se sorprendía al ver el tamaño de Bean, y una sonrisa asomó a la comisura de sus labios. Miró a Dimak. El capitán no sonrió ni mostró ninguna indicación de que comprendía lo que pensaba el entrenador.
-¿El monitor de nuestros corazones está en la ropa que llevábamos? Si nos quitamos alguna parte del uniforme mientras nos ejercitamos, ¿se...?
-No estáis autorizados a quitaros el uniforme en el gimnasio -dijo el entrenador-. La habitación se mantiene fría para que no necesitéis quitaros la ropa. Se os vigilará en todo momento.
No era realmente una respuesta, pero le dijo lo que necesitaba saber. El control

dependía de las ropas. Tal vez había un identificador en el tejido y al mostrar la palma, avisaban a los sensores del gimnasio qué chico llevaba la ropa. Tenía sentido.
Así pues, lo más probable es que las ropas fueran anónimas desde que te ponías un conjunto limpio hasta que empleabas la palma de la mano en alguna parte. Entonces, tal vez fuera posible pasar inadvertido sin tener que estar desnudo, lo cual era una deducción importante. Bean supuso que ir desnudo resultaría sospechoso por aquí.
Todos se ejercitaron y el entrenador les dijo cuáles no alcanzaban el promedio adecuado, y cuáles se esforzaban demasiado y se fatigarían demasiado pronto. Bean rápidamente supo qué ritmo tenía que llevar, y luego se olvidó. Ahora que lo sabía, se acordaría por reflejo.
Luego llegó la hora de comer. Estaban solos en el comedor: como eran novatos ese día seguían otro horario. La comida era buena y abundante. Bean se sorprendió cuando algunos de los niños miraron sus platos y se quejaron de lo frugales que eran. ¡Pero si era un banquete! Bean no pudo terminar su plato. A quienes se quejaban se les informó que las cantidades variaban en función de las necesidades alimenticias de cada uno; cuando un niño empujaba con la palma la placa del comedor, la ración que le correspondía aparecía en un ordenador.
Así que no comes sin poner la palma. Era importante saberlo.
Bean pronto descubrió que su tamaño iba a recibir atención oficial. Cuando llevó su bandeja a medio terminar a la unidad de eliminación, un nítido electrónico hizo que el nutricionista de guardia se le acercara.
-Es tu primer día, así que no vamos a ser rígidos al respecto. Pero tus porciones están científicamente calibradas para cubrir tus necesidades alimenticias, y en el futuro terminarás hasta la última migaja que se sirva.
Bean lo miró sin decir nada. Ya había tomado su decisión. Si su programa de ejercicios hacía que sintiera más hambre, entonces comería más. Pero si esperaban que se atiborrara, lo tenían claro. Sería sencillo tirar la comida sobrante en las bandejas de los que se quejaban. Ellos se alegrarían, y Bean comería sólo lo que su cuerpo quisiera. Recordaba muy bien el hambre, pero había vivido muchos meses con sor Carlotta, y sabía confiar en su propio apetito. Durante un tiempo, dejó que ella le diera de comer más de lo que necesitaba. El resultado había sido una sensación de hastío, malestar cuando trataba de dormir y dificultades para permanecer despierto. Volvió a comer sólo lo que su cuerpo quería, dejando que su hambre lo guiara, lo cual le mantuvo alerta y despierto. Era el único nutricionista en que confiaba. Que los que se quejaban se volvieran torpes.
Dimak se levantó en cuanto varios niños hubieron terminado de comer.
-Cuando acabéis, volved a los barracones. Si pensáis que podéis encontrarlos. Si tenéis alguna duda, esperadme y yo llevaré de regreso al último grupo.
Los pasillos estaban vacíos cuando Bean salió. Los otros niños tocaron la pared y su franja verde marrón verde se iluminó. Bean los vio marchar. Uno de ellos se volvió:
-¿No vas a venir?
Bean no dijo nada. No había nada que decir. Obviamente, iba a quedarse quieto. Era una pregunta estúpida. El niño se dio la vuelta y se perdió corriendo pasillo abajo, hacia los barracones.
Bean tiró por el camino opuesto. No había franjas en la pared. Sabía que ése era el mejor momento para explorar. Si lo pillaban fuera de la zona donde tenía que estar, creerían que se había perdido.
El corredor se elevaba por delante y por detrás de él. Le parecía que siempre iba

cuesta arriba, y cuando miró atrás, había que volver cuesta arriba por el camino que había seguido. Qué extraño. Pero Dimak ya había explicado que la estación era una enorme rueda, la cual giraba en el espacio de tal modo que la fuerza centrífuga sustituía la grave-
dad. Eso significaba que el pasillo principal de cada nivel era un gran círculo, por lo que siempre volvías a donde empezabas, y «abajo» era siempre hacia fuera del círculo. Bean trató de imaginárselo. Al principio lo mareó pensar que se encontraba de lado mientras caminaba, pero luego cambió mentalmente la orientación, de forma que concibió la estación como la rueda de un carro, con él en el fondo, no importaba cómo girara. Eso ponía boca abajo a la gente que estaba por encima de él, pero no le importaba. Dondequiera que estuviese, era abajo, y de ese modo abajo permanecía abajo y arriba permanecía arriba.
Los novatos estaban en el nivel del comedor, pero los niños mayores no, porque después de los comedores y las cocinas, sólo había aulas y puertas sin rótulos con placas para las palmas muy altas, por lo que, sin lugar a dudas, no habían sido diseñadas para los niños. Era probable que otros chicos las alcanzaran, pero ni siquiera saltando podría Bean tocar una. No importaba. Con saltar sólo conseguiría atraer la atención de algún adulto, que no dejaría de interrogarle hasta que averiguase por qué quería entrar en una sala a la que estaba denegado el acceso.
Por la fuerza de la costumbre (¿o por instinto quizás?) Bean consideró esas barreras solamente como obstáculos temporales. Sabía cómo escalar paredes en Rotterdam, cómo subirse a los tejados. Por bajito que fuera, siempre encontraba medios de llegar a donde quería. Esas puertas no le detendrían si decidía que necesitaba franquearlas. No tenía idea ahora mismo de cómo lo haría, pero estaba seguro de que encontraría un medio. Así que no se molestó. Se limitó a almacenar la información, y esperar que llegara el día en que se le ocurriera alguna forma de usarla.
Cada pocos metros había un poste para bajar a otro pasillo o una escalerilla para subir. Para bajar el poste del gimnasio, tuvo que tocar una placa. Pero no parecía haber placa ninguna en éstos, lo que tenía sentido. La mayoría de los postes y escalerillas simplemente te permitían pasar de una planta a otra... no, las llamaban cubiertas. Esto era la Flota Internacional, donde todo pretendía ser como en una nave. Solamente un poste conducía al gimnasio, porque precisaban controlar el acceso para que no se abarrotara de gente de improviso. En cuanto lo comprendió, Bean no tuvo que volver a pensar en ello. Subió por una escalerilla.
El piso superior tenía que ser el nivel de los barracones de los niños mayores. Las puertas estaban más espaciadas, y en cada una de ellas se leía una insignia. Había también dibujada la silueta de algún animal, con los colores de los uniformes (concretamente, eran los colores de sus franjas, aunque dudaba que los niños mayores tuvieran que palmear la pared para hallar el camino). No reconoció a algunos de ellos, pero sí a un par de aves, algunos gatos, un perro, un león. Los que solían usarse como símbolos en Rotterdam. No había palomas. Ni moscas. Sólo animales nobles, o animales famosos por su valor. Advirtió la silueta de un perro, pero más bien parecía una especie de animal de caza, con caderas muy delgadas. No era un chucho.
Así que allí era donde se reunían las bandas, y tenían símbolos de anímales, lo que significaba que probablemente se ponían nombres de animales para ser reconocidos. Banda Gato. O tal vez banda León. Y, con toda probabilidad, no se llamaban bandas. Bean descubriría pronto cómo se llamaban. Cerró los ojos y trató de recordar los colores e insignias del grupo que vio antes en el pasillo y se burló de él. Pudo ver la forma en su mente, pero no la encontró en ninguna de las puertas. No importaba: no merecía la pena

recorrer todo el pasillo para buscarla, puesto que se arriesgaba demasiado a que lo pillaran.
Otra vez arriba. Más barracones, más aulas. ¿Cuántos niños se alojaban en cada barracón? Este lugar era más grande de lo que pensaba.
Sonó un suave timbre. Inmediatamente, varias puertas se abrieron y empezaron a salir niños al pasillo. Hora de cambiar de turno.
Al principio Bean se sintió más seguro entre los niños grandes, porque le parecía que podría perderse entre la multitud, como hacía siempre en Rotterdam. Pero esa costumbre no servía de nada aquí. No era un grupo de gente que paseaba al azar. Podían ser niños, pero también eran militares. Sabían dónde se suponía que debía estar cada uno, y Bean, con su uniforme de novato, estaba fuera de sitio. Una pareja de niños mayores lo detuvo casi al instante.
-No perteneces a esta cubierta -dijo uno. Justo en ese momento, unos cuantos más se detuvieron a mirar a Bean, como si fuera un objeto que una tormenta hubiese arrojado a la calle.
-Mira la altura de éste.
-El pobre tiene que oler el culo de todo el mundo, ¿eh?
-¡Sí!
-Estás fuera de tu zona, novatito.
Bean no abrió la boca; sólo los miraba mientras le hablaban. Eran niños y niñas.
-¿Cuáles son tus colores? -preguntó una chica.
Bean permaneció callado. La mejor excusa sería decir que no lo recordaba, así que no podría nombrarlos ahora.
-Es tan pequeño que podría pasar entre mis piernas sin rozar siquiera mis..
-Oh, cierra esa boca, Dink, es lo que dijiste cuando Ender...
-Sí, Ender, claro.
-¿No será éste el niño que...
-¿Era Ender tan pequeño cuando llegó?
-... según se dice, es otro Ender.
-Sí, como si éste fuera a reventar las estadísticas.
-No fue culpa de Ender que Bonzo no le dejara disparar su arma.
-Pero es un farol, eso es todo lo que digo.
-¿Este es ese del que hablaban? ¿Uno como Ender? ¿Con puntuaciones máximas?
-Llevadlo al nivel de los novatos.
-Ven conmigo -ordenó la niña, tomándolo firmemente de la mano.
Bean la siguió sin ofrecer resistencia.
-Me llamo Petra Arkanian -dijo.
Bean no dijo nada.
-Vamos, puede que parezcas pequeño y asustado, pero no te dejan entrar aquí si eres sordo o estúpido.
Bean se encogió de hombros.
-Dime tu nombre antes de que te rompa los deditos.
-Bean.
-Eso no es un nombre, es una comida asquerosa.
Él no dijo nada.
-Oye, que yo no me chupo el dedo -dijo ella-. Eso de la mudez es una tapadera. Subiste aquí arriba a propósito.

Él permaneció en silencio, pero le reconcomió que la niña le hubiera descubierto con

tanta facilidad.
-En esta escuela se valora mucho la inteligencia y la iniciativa. Es natural que quisieras explorar. Es lo que ellos esperan. Lo más probable es que sepan que lo estás haciendo. Por tanto, no tiene sentido ocultarlo. ¿Qué van a hacer, ponerte puntos en la lista negra?
Así que eso era lo que los niños mayores pensaban de la lista negra.
-Ese silencio testarudo tan sólo molestará a la gente. Yo de ti, lo olvidaría. Tal vez funcionara con mamá y papá, pero aquí sólo hace que parezcas ridículo y cabezota porque si se trata de algo importante vas a hablar de todas formas, así que ¿por qué no hablar?
-Muy bien-accedió Bean.
Ahora que él dio marcha atrás, ella no se ensañó con el tema. La charla había servido, así que se había acabado.
-¿Colores? -preguntó.
-Verde marrón verde.
-Esos colores de los novatos parece que los hayan sacado de un lavabo sucio, ¿no crees?
Desde luego, no era más que otra niña estúpida a quien le parecía divertido burlarse de los novatos.
-Es como si los diseñaran para que los niños mayores se rían de los más pequeños.
O tal vez no lo era. Tal vez estaba hablando nada más. Era una charlatana. No había muchos charlatanes en las calles. No entre los niños, al menos. Pero sí muchos entre los borrachos.
-El sistema es una lata. Parece que quieran que actuemos como niños pequeños. No es que eso vaya a molestarte. Demonios, ya estás haciendo el numerito del niñito tonto y perdido.
-Ahora no -dijo él.
-Recuerda esto. No importa lo que hagas, los maestros lo saben y ya tienen alguna teoría estúpida sobre lo que eso significa para tu personalidad o lo que sea. Siempre encuentran un medio de usarlo contra ti, si quieren, así que será mejor que no lo intentes. Sin duda ya aparece en tu informe que te diste un paseíto cuando tenías que estar en la cama, y eso probablemente les dice que «cuando te sientes inseguro, buscas estar solo y exploras los límites de tu nuevo entorno»...
Puso una voz curiosa en la última parte.
Y tal vez tenía muchas más voces con las que alardear, pero Bean no iba a quedarse a comprobarlo. Al parecer, era de esas personas que se hacen cargo de otras y no tenía a nadie a quien dedicarse hasta que él apareció.
Estaba bien ser el protegido de sor Carlotta, ya que ella podía sacarle de las calles y meterlo en la Escuela de Batalla. Pero ¿qué tenía que ofrecerle esta Petra Arkanian?
Bean se deslizó por un poste, se detuvo ante la primera abertura, se internó en el pasillo, corrió hasta la siguiente escalera, y subió dos cubiertas antes de salir a otro pasillo y echar a correr. Puede que ella tuviera razón en lo que decía, pero algo estaba claro: no iba a permitir que lo llevara de la manita hasta la franja verde marrón verde. Lo último que le faltaba si iba a plantar cara en este sitio, era que una niña mayor le llevara de la mano.
Bean estaba cuatro cubiertas por encima del nivel de los comedores donde tendría que encontrarse. Había niños moviéndose, pero no tan cerca corno en la cubierta de abajo.
La mayoría de las puertas carecían de marcas, pero unas cuantas estaban abiertas, y también un gran arco que desembocaba en una sala de juegos.

Bean había visto juegos de ordenador en algunos de los bares de Rotterdam, pero sólo desde lejos, a través de puertas y entre las piernas de los hombres y las mujeres que entraban y salían en su interminable búsqueda del olvido. Nunca había visto a ningún niño jugando con un ordenador, excepto en los vids de los escaparates. Aquí era real; unos cuantos jugadores echaban una partidita rápida entre clase y clase, de modo que destacaban los sonidos de cada juego. Unos cuantos niños jugaban solos, y otros cuatro jugaban un juego espacial a cuatro bandas con una pantalla holográfica. Bean se mantuvo lo suficientemente apartado para no interferir en su campo de visión y los observó mientras jugaban. Cada uno de ellos controlaba un escuadrón de cuatro naves diminutas, con el objetivo de aniquilar a las otras flotas o capturar (pero no destruir) a las lentas naves nodriza de los otros jugadores. Prestó atención a lo que decían los cuatro niños, y de este modo aprendió las reglas y la terminología.
El juego terminó por desgaste, no por astucia: el último niño simplemente fue menos estúpido en el control de sus naves. Bean observó mientras iniciaban otra partida. Nadie introdujo ninguna moneda. Los juegos eran gratis.
Bean vio otra partida. Fue tan rápida como la primera, ya que cada niño manejaba sus naves con torpeza y cada vez se olvidaban de que uno de ellos no participaba de un modo activo. Era como si para ellos sus fuerzas fuesen una nave en funcionamiento y tres reservas.
Tal vez era lo único que permitían los controles. Bean se acercó. No, era posible fijar el curso de una nave, pasar a controlar otra, y otra, luego regresar a la primera nave para cambiar su curso en cualquier momento.
¿Cómo lograron entrar estos niños en la Escuela de Batalla si no podían pensar en otra cosa? Bean nunca había jugado antes con un ordenador, pero inmediatamente se percató de que cualquier jugador competente podría ganar con suma rapidez en esta competición.
-Eh, enano, ¿quieres jugar?
Uno de ellos había advertido su presencia. Naturalmente, los otros también.
-Sí -respondió Bean.
-Chúpate esa -dijo el que le invitó-. ¿Quién te crees que eres, Ender Wiggin?
Se rieron y los cuatro abandonaron el juego, dirigiéndose a la siguiente clase. La sala se quedó vacía. Hora de clase.
Ender Wiggin. Los niños del pasillo también hablaron de él. Había algo en Bean que les recordaba a Ender Wiggin. Unas veces se mostraban admirados, mientras que otras pensaban en él con resentimiento. Este Ender debía de haber derrotado a los otros niños en algún juego de ordenador o algo así. Y se encontraba en lo alto de las estadísticas, eso era lo que había dicho alguien. ¿En las estadísticas de qué?
Los niños que tenían el mismo uniforme y corrían como una banda, se dirigían a una pelea... ése era el acto más importante de la vida aquí. Había un juego nuclear al que todos jugaban. Vivían en barracones según a qué equipo pertenecieran. Los progresos de cada niño se anotaban, de forma que todos los demás los conocían. Y fuera cual fuese el juego, los adultos lo dirigían.
De modo que así era la vida aquí. Y ese Ender Wiggin, fuera quien fuese, estaba en lo más alto de todo, con las puntuaciones máximas.
Bean se parecía a él.
Eso hizo que se sintiera un tanto orgulloso, sí, pero también le molestó. Era más seguro pasar inadvertido. Pero como este otro niño había actuado con distinción, todo el

mundo que veía a Bean pensaba en Ender, lo cual hacía que Bean fuera memorable. Eso limitaría su libertad de forma considerable. No había manera de desaparecer en la Escuela de Batalla; la situación era muy distinta de la de las calles de Rotterdam, atestadas de gente.
Bueno, ¿a quién le importaba? Ahora no podían hacerle daño, no realmente. No importaba lo que pasara, mientras estuviera aquí en la Escuela de Batalla, nunca pasaría hambre. Siempre tendría donde refugiarse. Había conseguido llegar al cielo. Todo lo que tenía que hacer era el mínimo requerido para que no lo enviaran pronto a casa. ¿A quién le importaba si la gente reparaba en él o no? No había ninguna diferencia. Que se preocuparan por sus puntuaciones. Bean ya había ganado la batalla por la supervivencia, y después de eso, cualquier otra competición estaba de más.
Pero sabía que eso no era cierto; sí que le importaba la competición. No bastaba con sobrevivir. Nunca había bastado. Más allá de su necesidad de comida estaba su necesidad de orden, de descubrir cómo funcionaba el mundo, de comprender cómo era todo lo que lo rodeaba. Cuando se moría de hambre, por supuesto que empleó lo que había aprendido para introducirse en la banda de Poke y conseguir para ellos suficiente comida para que sobrara algo y le dieran una parte. Pero incluso cuando Aquiles los convirtió a todos en una familia y tuvieron comida todos los días, Bean se había mantenido alerta, tratando de comprender los cambios, la dinámica del grupo. Incluso con sor Carlotta había invertido muchos esfuerzos en tratar de comprender por qué y cómo tenía ella el poder para hacer lo que hacía por él, y la razón fundamental por la que lo había escogido. Tenía que saberlo. Tenía que obtener la imagen de toda la información que almacenaba en su mente.
En la Escuela de Batalla también. Podría haber regresado a los barracones y echado una siesta. En cambio, se arriesgó a meterse en problemas para averiguar cosas que, sin duda, habría aprendido en el curso normal de los acontecimientos.
¿Porqué había subido aquí? ¿Qué estaba buscando?
La llave. El mundo estaba lleno de puertas cerradas, y tenía que poner las manos encima de cada llave.
Se quedó quieto y prestó atención. La habitación estaba casi en silencio. Pero había ruido blanco, un rumor y un siseo de fondo que lo componían, de forma que los sonidos no se transmitían por toda la estación.
Con los ojos cerrados, localizó la fuente del leve rumor. Los abrió y se encaminó al lugar donde se hallaba el conducto de ventilación. Una exclusa con aire ligeramente más cálido que emanaba una leve brisa. El sonido sibilante no era el siseo del aire del conducto, sino un sonido mucho más alto, más distante: la maquinaria que bombeaba aire por toda la Escuela de Batalla.
Sor Carlotta le había dicho que en el espacio no había aire, así que donde vivía la gente tenían que mantener sus naves y estaciones cerradas herméticamente, para contener hasta la última gota de aire. Y también tenían que ir cambiándolo, porque el oxígeno, aseguró, se agotaba y tenía que ser sustituido. Para esto servía este sistema. Debía extenderse por toda la nave.
Bean se sentó ante el conducto de ventilación y palpó los bordes. No había tornillos ni clavos visibles que lo sujetaran. Metió las uñas bajo el borde y pasó con cuidado los dedos alrededor, hasta desprenderlo un poquito, luego un poco más. Sus dedos encajaron bajo los bordes. Tiró con fuerza. El conducto se soltó, y Bean cayó de culo.
Sólo por un instante. Apartó la pantalla y trató de asomarse al conducto. Sólo tenía quince centímetros de profundidad hasta la pared. La parte de arriba era sólida, pero el fondo estaba abierto y conducía al interior del sistema.

Bean se encaramó a la abertura como había hecho, años antes, en el asiento de un inodoro para estudiar el interior del tanque de agua, decidiendo si iba a caber o no. Y la conclusión fue la misma: habría poco espacio, sería doloroso, pero podría hacerlo.
Metió un brazo. No pudo palpar el fondo. Pero con unos brazos tan cortos como los suyos, eso no significaba mucho. Era imposible saber si el conducto llegaba hasta el nivel del suelo. Bean podía imaginar que circulaba por debajo, pero le parecía extraño. Sor Carlotta le había dicho que todo el material empleado para construir la estación tenía que ser traído de la Tierra o de las fábricas de la Luna. No habría grandes aberturas entre las cubiertas y los techos de abajo, porque eso sería malgastar espacio donde habría que bombear un aire precioso que no respiraría nadie. No, los conductos estarían ubicados en las paredes externas. De todos modos, probablemente no tendría más de quince centímetros de profundidad.
Cerró los ojos e imaginó un sistema de aire. Máquinas que hacían correr un viento caliente por estrechos conductos, el aire fresco y respirable que llegaba a todas partes, a cada sala.
No, no podía ser. Tenía que haber un sitio donde el aire fuera absorbido y expulsado. Y si el aire salía por las paredes externas, tenía que entrar por... los pasillos.
Bean se levantó y corrió hasta la puerta de la sala de juegos. Naturalmente, el techo del pasillo era unos veinte centímetros más bajo que el techo del interior de la sala. Pero no había conductos de ventilación. Sólo apliques de luz.
Volvió a entrar en la sala y miró hacía arriba. Un estrecho conducto recorría toda la parte superior de la pared que bordeaba el pasillo; de hecho, parecía más decorativo que práctico. La abertura era de unos tres centímetros. Ni siquiera Bean cabría allí.
Corrió de vuelta al conducto abierto y se quitó los zapatos. No había motivos para quedarse atascado porque sus pies fueran más grandes de lo necesario.
Se colocó ante el conducto y metió los pies en la abertura. Entonces se rebulló hasta que sus piernas quedaron por completo dentro del agujero y su culo descansó en el borde de la ventana. Sus pies aún no habían encontrado el fondo. No era una buena señal. ¿Y si el conducto llevaba directamente a la maquinaria?
Volvió a salir, y entró al revés. Era más difícil y más doloroso, pero ahora podía utilizar mejor los brazos, lo que le permitía agarrarse al suelo mientras se deslizaba al interior del agujero.
Sus pies tocaron el fondo.
Usando los dedos de los pies, sondeó. Sí, el entramado corría a izquierda y derecha, a lo largo de la pared externa de la sala. Y la abertura era bastante alta para que pudiera caber, y luego pasar arrastrándose (siempre de lado) de una sala a otra.
Era todo lo que necesitaba saber de momento. Dio un saltito para que sus brazos lograran tocar el suelo, pues pretendía usar la fricción para auparse. En cambio, tan sólo se deslizó más abajo del conducto.
Oh, excelente. Alguien vendría a buscarlo, tarde o temprano, o lo encontraría el siguiente grupo de niños que viniera a jugar una partida, pero no quería que lo hallaran así. Además, si podía salir por las aberturas, los conductos sólo le ofrecían una ruta alternativa. Imaginó que alguien abría una exclusa y veía su cráneo mirándolo, su cuerpo inerte completamente seco por el aire caliente de los conductos de aire, donde se había muerto de hambre o sed al intentar salir.
Pero mientras estuviera aquí, bien podría averiguar si podía cubrir la exclusa desde dentro.

Se estiró y, con dificultad, metió un dedo en la pantalla y pudo atraerla hacia sí. Una vez que pudo sujetarla con una mano, no le resultó difícil acercarla a la abertura. Incluso pudo encajarla, de manera que probablemente no parecería distinto desde el otro lado. Sin embargo, con la ventana cerrada, tuvo que mantener la cabeza vuelta hacia un lado. No había espacio suficiente para volverse. Así que cuando entrara en el sistema de conducción de aire, tendría que tener la cabeza girada a izquierda o derecha. Magnífico.
Empujó de nuevo la ventana, pero con cuidado, para que no cayera al suelo. Ahora era el momento de salir de una vez.
Después de un par de fracasos más, se dio cuenta por fin de que la pantalla era exactamente la herramienta que necesitaba. Tras colocarla en el suelo delante de la abertura, enganchó los dedos en un extremo. Tirar de la pantalla le proporcionó la palanca que necesitaba para aupar su cuerpo, hasta que pudo apoyar el pecho sobre el borde de la abertura. Le dolió tener todo el cuerpo colgando de un borde tan afilado, pero ahora pudo apoyar los codos y luego las manos, hasta que regresó a la sala.
Pensó con cuidado en la secuencia de músculos que había empleado y luego en el equipo del gimnasio. Sí, podría reforzar esos músculos.
Volvió a poner la ventana del conducto en su sitio. Luego se subió la camisa y miró las marcas rojas que el borde de la abertura había dejado en su piel, arañándolo sin piedad. Había un poco de sangre. Interesante. ¿Qué explicación daría, si le preguntaba alguien? Tendría que ver sí podía lastimarse el mismo punto al subirse al camastro más tarde.
Salió corriendo de la sala de juegos y bajó por el pasillo hasta el poste más cercano, y bajó al nivel de los comedores. Por todo el camino, se preguntó por qué había sentido aquella imperiosa necesidad de meterse en los conductos. Cada vez que le ocurría algo así y ejecutaba alguna acción sin saber por qué, resultaba que presentía algún peligro que no había llegado aún a su mente consciente. ¿De qué se trataba, ahora?
Entonces se dio cuenta de que en Rotterdam, en las calles, siempre se había asegurado de poder contar con una salida, un camino alternativo de un sitio a otro. Si huía de alguien, nunca se metía en un callejón a menos que conociera una salida. En verdad, nunca había llegado a esconderse: evitaba que lo persiguieran manteniéndose siempre en movimiento. No importaba la amenaza que pudiera representar ese alguien, no podía quedarse quieto. Era terrible estar acorralado. Dolía.
Dolía, y se sentía mojado y frío y hambriento, y no había aire suficiente para respirar, y la gente pasaba de largo y si alzaban la tapa lo encontrarían y si hacían eso no tendría más remedio que echar a correr; tendría que quedarse allí sentado esperando a que pasaran sin advertirlo. Si usaban el retrete y tiraban de la cisterna, el equipo no funcionaría bien porque todo el peso de su cuerpo apretujaba el flotador. Un montón de agua había escapado del depósito cuando se metió dentro. Advertirían que pasaba algo raro y lo encontrarían.
Fue la peor experiencia de su vida, y no podía soportar la idea de tener que volver a esconderse así otra vez. No era el poco espacio lo que le molestaba, ni la humedad, ni estar hambriento o solo. Era el hecho de que la única salida posible sería en brazos de sus perseguidores.
Ahora que comprendía eso sobre sí mismo, podía relajarse. No había encontrado los conductos porque sintiera algún peligro que todavía no hubiera detectado su mente consciente. Los encontró porque recordó lo mal que se sintió escondido en el depósito de agua cuando era un bebé. Así pues, fuera cual fuese el peligro, no lo había sentido todavía. Era sólo un recuerdo de la infancia que había salido a la superficie. Sor Carlotta le había dicho que gran parte del comportamiento humano es sólo nuestra forma de responder a

peligros del pasado. En aquel momento, a Bean no le pareció un argumento sensato, pero no discutió, y ahora pudo ver que ella tenía razón.
¿Y cómo podría saber él que no llegaría un momento en que aquel camino estrecho y peligroso entre los conductos no fuera exactamente la ruta necesaria para salvar la vida?
No llegó a tocar con la palma las paredes para que se encendieran verde marrón verde. Sabía exactamente dónde se encontraban los barracones. ¿Cómo no iba a saberlo? Había estado allí antes, y sabía cada paso que había entre los barracones y todos los demás lugares de la estación que había visitado.
Cuando llegó, Dimak no había vuelto todavía con los rezagados a la hora de comer. Su exploración, en conjunto, no había durado más de veinte minutos, incluyendo la conversación con Petra y los dos rápidos juegos de ordenador durante el recreo de las clases.
Se aupó torpemente en el camastro más bajo, y quedó colgando durante un rato en el borde del segundo, por el pecho. Lo suficiente para lastimarse exactamente en el mismo sitio que se había herido al salir del conducto.
-¿Qué estás haciendo? -le preguntó uno de los novatos.
Como no comprendería la verdad, respondió con sinceridad.
-Me lastimo el pecho.
-Trato de dormir -dijo el otro niño-. Tú también deberías dormir.
-La hora de la siesta -protestó otro niño-. Me siento como si fuera un estúpido de cuatro años.
Bean se preguntó vagamente cómo había sido la vida de estos niños, cuando echarse una siesta les hacía pensar que tenían cuatro años.
Sor Carlotta, junto a Pablo de Noches, observaba el depósito de agua del lavabo.
-Es de los antiguos -comentó Pablo-. Norteamericano. Muy popular en la época en que Holanda se volvió internacional.
Ella alzó la tapa del depósito. Muy liviana. Plástico.
Cuando salían del lavabo, la encargada que les había estado mostrando las instalaciones la miró con curiosidad.
-No supone ningún peligro usar los lavabos, ¿verdad? -preguntó.
-No -respondió sor Carlotta-. Tenía que comprobarlo, eso es todo. Cosa de la flota. Agradecería que no hablara con nadie de nuestra visita a este lugar.
Naturalmente, eso casi garantizaba que no hablaría de otro tema. Pero sor Carlotta contaba con que no pareciera más que un extraño chismorreo.
Quienquiera que hubiese dirigido una granja de órganos en este edificio no querría ser descubierto, y había mucho dinero de por medio en esos diabólicos negocios.
Así era como el diablo recompensaba a sus amigos: montones de dinero, hasta el momento en que los traicionaba y dejaba que se enfrentaran solos a la agonía del infierno.
Fuera del edificio, volvió a hablarle a Pablo.
-¿Se escondió de verdad ahí dentro?
-Era muy pequeñito -respondió Pablo de Noches-. Andaba a gatas cuando lo encontré, pero tenía todo el pecho empapado, y un hombro. Pensé que se había meado encima, pero dijo que no. Entonces me enseñó el lavabo. Y estaba rojo aquí, y aquí, donde el mecanismo lo apretó.
-Ya hablaba.

-No mucho. Unas cuantas palabras. Era muy chiquitito. No podía creer que un niño tan pequeño supiera hablar.
-¿Cuánto tiempo estuvo ahí dentro?
Pablo se encogió de hombros.
-Tenía la piel arrugada como la de una vieja. Por todas partes. Y estaba frío. Pensé que iba a morirse. El agua, no era cálida como la de las piscinas. Estaba helada. Estuvo tiritando toda la noche.
-No comprendo por qué no se murió.
Pablo sonrió.
-No hay nada que Dios no pueda hacer.
-Cierto -respondió ella-. Pero eso no significa que no podamos descubrir cómo Dios obra sus milagros. O por qué.
Pablo se encogió de hombros.
-Dios hace lo que hace. Yo hago mi trabajo y vivo, y me comporto lo mejor que puedo.
Ella le apretó el brazo.
-Recogió usted a un niño perdido y lo salvó de una gente que quería matarlo. Dios vio cómo lo hacía y le ama.
Pablo no dijo nada, pero sor Carlotta pudo imaginar en qué estaba pensando, en cuántos pecados, exactamente, serían perdonados por aquella buena acción, y si sería suficiente para salvarlo del infierno.
-Las buenas acciones no lavan el pecado -añadió sor Carlotta-. Sólo el Redentor puede limpiar su alma.
Pablo se encogió de hombros. La teología no era su fuerte.
-No se hacen buenas acciones para uno mismo -prosiguió sor Carlotta-. Se hacen porque Dios está dentro de ti, y durante esos momentos eres sus manos y sus pies, sus ojos y sus labios.
-Creí que Dios era el bebé. Jesús dijo que lo que hacíamos a los pequeños se lo hacíamos a él.
Sor Carlotta se echó a reír.
-Dios resolverá todas las dudas a su debido tiempo. Ya es suficiente que tratemos de servirlo.
-Era tan pequeñito... -dijo Pablo-. Pero Dios estaba en él.
Ella se despidió cuando él bajó del taxi delante de su bloque de apartamentos.
¿Por qué tuve que ver ese lavabo con mis propios ojos?, se preguntó. Mi trabajo con Bean se ha terminado. Se marchó en la lanzadera ayer. ¿Por qué no puedo dar por terminada esta cuestión?
Porque debería haber muerto, por eso. Y después de pasar hambre en las calles durante todos esos años, aunque viviera, su malnutrición era tan importante que debería de haber sufrido un serio daño mental. Tendría que ser retrasado.
Por eso no podía abandonar esa cuestión. Tenía que averiguar de dónde procedía Bean. Porque estaba dañado. Tal vez es retrasado. Tal vez al principio era tan listo que pudo perder la mitad de su intelecto y seguir siendo el niño milagroso que es.
Pensó en lo que decía san Mateo, que todo lo que Jesús hizo en su infancia lo atesoró su madre en su corazón. Bean no es Jesús, y yo no soy la Santa Madre. Pero él es un niño, y lo he amado como si fuera mi hijo. Lo que hizo no podría haberlo hecho ningún niño de esa edad.

Ningún niño de menos de un año, incapaz de andar aún, podría tener una visión tan clara del peligro para saber hacer las cosas que Bean hacía. Los niños de esa edad a menudo se escapaban de la cuna, pero no se escondían en el depósito de una cisterna durante horas, y luego salían vivos y pedían ayuda. Puedo llamarlo un milagro, sí, pero tengo que comprenderlo. En esas granjas de órganos usaban la escoria de la Tierra. Bean tiene unos dones tan extraordinarios que sólo los pudo heredar de unos padres extraordinarios.
Sin embargo, en las investigaciones que había llevado a cabo durante los meses que Bean vivió con ella no descubrió ni un solo secuestro que pudiera haber sido Bean. Ningún niño secuestrado. Ni siquiera un accidente donde alguien pudiera haberse llevado a un niño superviviente cuyo cuerpo no fuera encontrado después. Eso no era ninguna prueba: no todos los niños que desaparecían dejaban un rastro de su vida en los periódicos, y no todos los periódicos estaban archivados y se encontraban a disposición de la gente para investigarlos en las redes. Pero Bean tenía que ser hijo de unos padres tan brillantes que el mundo habría reparado en ellos, ¿no? ¿Podría una mente como la suya proceder de unos padres corrientes? ¿Era ése el milagro del que fluían todos los demás milagros?
No importaba cuánto intentara creerlo, sor Carlotta no podía hacerlo. Bean no era lo que parecía ser. Había ingresado en la Escuela de Batalla, y tenía muchas posibilidades de convertirse algún día en el comandante de la flota. Pero ¿qué sabía nadie de él? ¿Era posible que no fuera un ser humano natural? ¿Que su extraordinaria inteligencia le hubiera sido concedida no por Dios, sino por alguien o algo diferente?

Ésa era la pregunta: Si no Dios, ¿quién podía entonces crear a un niño así?
Sor Carlotta enterró el rostro en sus manos. ¿De dónde procedían esos pensamientos? Después de todos estos años de búsqueda, ¿por qué tenía que seguir dudando del único gran éxito que había obtenido?
Hemos visto a la bestia de la Revelación, dijo para sí. El insector, el monstruo fórmico que trae la destrucción a la Tierra, tal como se profetizó. Hemos visto a la bestia, y hace mucho tiempo Mazer Rackham y la flota humana, al borde de la derrota, mataron a ese gran dragón. Pero volverá, y San Juan el Revelador dijo que cuando lo hiciera, habría un profeta que vendría con él.
No, no. Bean es bueno, un niño con un buen corazón. No es ningún tipo de diablo, no es servidor de la bestia, sólo es un niño de grandes dones que Dios puede haber creado para bendecir a este mundo en la hora de su mayor peligro. Lo conozco como una madre conoce a su hijo. No estoy equivocada.
Sin embargo, cuando regresó a su habitación, puso su ordenador en marcha, dispuesta a buscar algo nuevo: informes científicos, de al menos hacía cinco años, acerca de proyectos que implicaran alteraciones en el ADN humano.
Mientras el programa de búsqueda seguía repasando todos los interminables índices de las redes y clasificando sus respuestas en categorías útiles, sor Carlotta se dirigió al montoncito de ropas dobladas que esperaban ser lavadas. No las lavaría, después de todo. Las metió en una bolsa de plástico junto con la almohada y las sábanas de Bean, y selló la bolsa. Bean había llevado estas ropas, había dormido en esta cama. Su piel estaba en ellas, pequeños trocitos. Unos cuantos cabellos. Tal vez lo suficiente para hacer un análisis serio de ADN.
Era un milagro, sí, pero ella descubriría cuáles podrían ser las dimensiones de ese milagro. Pues su ministerio no había sido salvar a los niños de las crueles calles de las ciudades del mundo, sino ayudar a salvar a la única especie creada a imagen y semejanza de Dios. Ése era todavía su ministerio. Y si había algo malo en el niño que había acogido en

su corazón como a un hijo amado, lo descubriría, y lanzaría una advertencia.