4 - Recuerdos

-Me equivoqué con el primero, los resultados que ha obtenido en las pruebas son satisfactorios, pero su carácter no acaba de encajar en la Escuela de Batalla.
-No entiendo cómo ha llegado a esta conclusión a partir de las pruebas que me ha mostrado.
-Es muy agudo. Da las respuestas correctas, pero no son verdad.
-¬ŅY qu√© prueba realiz√≥ usted para determinar eso?
-Cometió un asesinato.
-S√≠, eso es un contratiempo. ¬ŅY el otro? ¬ŅQu√© se supone que voy a hacer con un ni√Īo tan peque√Īo? A un pez tan chico normalmente se le vuelve a arrojar a la corriente.
-Ens√©√Īenle. Denle de comer. Crecer√°.
-Ni siquiera tiene nombre.
-Sí que lo tiene.
-¬ŅBean? ¬ŅHabichuela? Eso no es un nombre, es una broma.
-No lo ser√° cuando termine con eso.
-Cons√©rvelo hasta que tenga cinco a√Īos. Haga con √©l lo que pueda y mu√©streme los resultados entonces.
-Tengo que encontrar a otros.
-No, sor Carlotta, no. En todos sus a√Īos de b√ļsqueda, √©ste es el mejor que ha encontrado. Y no hay tiempo para encontrar otro. Eduque a √©ste, y toda su obra merecer√° la pena, por lo que respecta a la F.l.
-Me asusta cuando dice que no hay tiempo.
-No veo por qué. Los cristianos llevan milenios esperando el final inminente del mundo.
-Pero todavía no ha llegado este final.
-Hasta ahora.
Al principio, lo √ļnico que le importaba a Bean era la comida. Hab√≠a suficiente. Com√≠a todo lo que ca√≠a en sus manos. Com√≠a hasta que se quedaba repleto: √©sa era la palabra m√°s milagrosa de todas, que hasta ese momento no hab√≠a tenido ning√ļn significado para √©l. Com√≠a hasta saciarse. Com√≠a hasta reventar. Com√≠a con tanta frecuencia que descargaba las tripas todos los d√≠as, a veces dos veces al d√≠a. Se re√≠a de eso y se lo contaba a sor Carlotta.
-¬°Todo lo que hago es comer y cagar!
-Como una bestia del bosque -decía la monja-. Es hora de que empieces a ganarte esa comida.
Naturalmente, ella cada d√≠a le daba clases de lectura y aritm√©tica, para que llegara al ¬ęnivel¬Ľ adecuado, aunque nunca especificaba qu√© nivel ten√≠a en mente. Tambi√©n le daba tiempo para dibujar, y hab√≠a sesiones que consist√≠an en sentarse y tratar de evocar todos los

detalles sobre sus primeros recuerdos. El sitio limpio le resultaba particularmente fascinante. Pero la memoria ten√≠a sus l√≠mites. Entonces √©l era muy peque√Īo, y su lenguaje no era muy rico. Para √©l, todo era un misterio. Recordaba haber subido por la barandilla de su cama y haber ca√≠do al suelo. No caminaba bien entonces. Gatear era m√°s f√°cil, pero le gustaba andar porque eso era lo que hac√≠an los mayores. Se agarraba a los objetos y a las paredes, y progresaba tanto con sus pies que gateaba solamente cuando ten√≠a que cruzar un espacio despejado.
-Deb√≠as de tener ocho o nueve meses -dijo sor Carlotta-. La mayor√≠a de la gente no conserva ning√ļn recuerdo de esa edad.
-Recuerdo que todo el mundo estaba inquieto. Por eso escap√© de la cama. Todos los ni√Īos ten√≠an problemas.
-¬ŅTodos los ni√Īos?
-Los peque√Īos como yo. Y los m√°s grandes. Algunos adultos entraban y nos miraban y lloraban.
-¬ŅPorqu√©?
-Cosas malas, eso es todo. Yo sab√≠a que iba a pasar algo malo y que les ocurrir√≠a a todos los que est√°bamos en las camas. As√≠ que me escap√©. No fui el primero. No s√© qu√© les pas√≥ a los dem√°s. O√≠ que los adultos gritaban y se enfadaban cuando descubrieron las camas vac√≠as. Me escond√≠, y no me encontraron. Tal vez encontraron a los otros, tal vez no. Todo lo que s√© es que cuando sal√≠ todas las camas estaban vac√≠as y la habitaci√≥n estaba muy oscura, excepto un cartel luminoso que dec√≠a ¬ęsalida¬Ľ.
-¬ŅSab√≠as leer entonces? -pregunt√≥ ella. Parec√≠a esc√©ptica.
-Cuando supe leer, record√© que √©sas eran las letras del cartel -dijo Bean-. Eran las √ļnicas letras que vi entonces. Por eso las record√©.
-Así que te quedaste solo y las camas estaban vacías y la habitación a oscuras.
-Ellos volvieron. Los oí hablar. No entendí la mayoría de las palabras. Me escondí otra vez. Y esta vez, cuando salí, incluso las camas habían desaparecido. En cambio, había mesas y archivadores. Una oficina. Y no, no sabía entonces qué era una oficina, pero ahora sé lo que es y recuerdo que en eso se convirtió la habitación. Oficinas. La gente entraba durante el día y trabajaba allí, sólo unos pocos al principio, pero mi escondite resultó no ser demasiado bueno, cuando la gente trabajaba allí. Y tenía hambre.
-¬ŅD√≥nde te escondiste?
-Venga, usted lo sabe. ¬ŅNo?
-Si lo supiera, no te Jo preguntaría.
-Vio la forma en que actu√© cuando me ense√Ī√≥ la taza del lavabo.
-¬ŅTe escondiste dentro de la taza?
-En el dep√≥sito de detr√°s. Era dif√≠cil levantar la tapa. Y all√≠ dentro no se estaba c√≥modo. No sab√≠a para qu√© serv√≠a. Pero la gente empez√≥ a utilizarlo, y el agua sub√≠a y bajaba y las piezas se mov√≠an y me daban miedo. Y, como dec√≠a, ten√≠a miedo. S√≠, sed no pas√©, pero me meaba, all√≠ dentro. Mi pa√Īal estaba tan empapado que se me cay√≥ del culo. Estaba desnudo.
-Bean, ¬Ņentiendes lo que me est√°s diciendo? ¬ŅQue estabas haciendo todo eso antes de cumplir un a√Īo?
-Es usted quien dijo qué edad tenía -replicó Bean-. Yo no sabía nada de edades, entonces. Me dijo usted que recordara. Cuanto más le cuento, más cosas vuelven a mí. Pero si no me cree...
-Es que... claro que te creo. Pero ¬Ņqui√©nes eran los otros ni√Īos? ¬ŅQu√© era ese lugar

donde viv√≠as, ese sitio limpio? ¬ŅQui√©nes eran esos adultos? ¬ŅPor qu√© se llevaron a los otros
ni√Īos? Se trataba de algo ilegal, sin duda.
-Sí, puede que sí. Da igual -dijo Bean-. Me alegré de salir del lavabo.
-Pero has dicho que estabas desnudo. ¬ŅY saliste de all√≠?
-No, me encontraron. Salí del lavabo y un adulto me encontró.
-¬ŅY qu√© ocurri√≥ luego?
-Me llevó a casa. Así encontré ropas. Las llamé ropas entonces.
-Ya hablabas.
-Un poco.
-Y ese adulto te llevó a casa y te dio ropas.
-Creo que era un conserje. Ahora sé más sobre los trabajos y creo que eso es lo que era. Trabajaba de noche, y no llevaba un uniforme como los guardias.
-¬ŅQu√© pas√≥?
-Entonces descubr√≠ por primera vez lo que era legal e ilegal. No era legal que √©l tuviera un ni√Īo. O√≠ que hablaba de m√≠ a su mujer, a voces, pero no logr√© entender nada. De todos modos, al final supe que hab√≠a perdido y ella hab√≠a ganado, y √©l empez√≥ a decirme que ten√≠a que marcharme, y por eso me fui.
-¬ŅTe dej√≥ suelto en las calles?
-No, me marché. Creo que él iba a entregarme a otra persona, y me dio miedo, así que me marché antes de que pudiera hacerlo. Pero ya no estaba desnudo ni tenía hambre. Era un hombre amable. Apuesto a que en cuanto me marché no tuvo más problemas.
-Y entonces empezaste a vivir en las calles.
-M√°s o menos. Encontr√© un par de sitios, y all√≠ me dieron de comer. Pero siempre, otros ni√Īos, m√°s grandes, ve√≠an que me alimentaban y acud√≠an a m√≠ gritando y mendigando, y la gente dejaba de darme comida o bien los ni√Īos m√°s grandes me apartaban y me quitaban el alimento de las manos. Me sent√≠a asustado. Una vez un ni√Īo mayor se enfad√≥ tanto porque yo com√≠a que me meti√≥ un palo por la garganta y me hizo vomitar lo que acababa de comer, all√≠ en el suelo. Incluso trat√≥ de com√©rselo, pero no pudo: tambi√©n le hizo vomitar. √Čsa fue la vez que pas√© m√°s miedo. Me escond√≠ despu√©s de eso. Me escond√≠. Todo el tiempo.
-Y pasaste hambre.
-Y me mantuve alerta, observando -dijo Bean-. Comía algo. De vez en cuando. No me morí.
-No, no lo hiciste.
-Vi muchos ni√Īos que mor√≠an. Montones de ni√Īos muertos. Grandes y peque√Īos. Me preguntaba cu√°ntos de ellos proced√≠an del sitio limpio.
-¬ŅReconociste a alguno?
-No. No parecía que ninguno hubiera vivido en el sitio limpio. Todos parecían hambrientos.
-Bean, gracias por contarme todo esto.
-Usted me lo pidió.
-¬ŅTe das cuenta de que es imposible que pudieras haber sobrevivido tres a√Īos siendo tan peque√Īo?
-Supongo que eso significa que estoy muerto.
-Es sólo... estoy diciendo que Dios debe de haber cuidado de ti.
-S√≠. Bueno, seguro. ¬ŅEntonces por qu√© no cuid√≥ de todos esos ni√Īos muertos?
-Los tomó en su corazón y los amó.

-¬ŅEntonces no me am√≥ a m√≠?
-No, te amó también, es que...
-Porque si me observaba con tanta atención, podría haberme dado algo de comer de vez en cuando.
-Te trajo a m√≠. Tiene alg√ļn gran prop√≥sito en mente para ti, Bean. Puede que no sepas qu√© es, pero Dios no te mantuvo con vida en esa situaci√≥n extrema sin motivo.
Bean estaba cansado de hablar sobre eso. Ella parec√≠a muy feliz cuando hablaba de Dios, pero √©l no hab√≠a descubierto todav√≠a ni siquiera lo que era Dios. Era como si ella quisiera darle a Dios cr√©dito por todas las cosas buenas, pero cuando eran malas, entonces no mencionaba a Dios o se las apa√Īaba de alguna forma para que al final todo fuera bueno. Por lo que Bean pod√≠a ver, los ni√Īos muertos habr√≠an preferido vivir, pero con m√°s comida. Si Dios los amaba tanto, y pod√≠a hacer lo que quisiera, ¬Ņpor qu√© no hab√≠a m√°s comida para esos ni√Īos? Y si Dios quer√≠a que se muriesen, ¬Ņpor qu√© no dej√≥ que se murieran antes, o que no hubieran nacido, para no tener que sufrir tanto y esforzarse en tratar de seguir con vida, cuando √©l se los iba a llevar de todas maneras? Nada de todo eso ten√≠a sentido para Bean, y cuanto m√°s hablaba sor Carlotta, menos entend√≠a √©l. Porque si hab√≠a alguien a cargo de este mundo, entonces deber√≠a ser justo, y si no era justo, entonces, ¬Ņpor qu√© deber√≠a estar sor Carlotta tan feliz de que estuviera a cargo?
Pero cuando trataba de exponerle sus razonamientos, ella se molestaba mucho y seguía hablando sobre Dios y empleaba palabras que él no conocía, en cuyo caso era mejor dejarla decir lo que quisiera y no discutir.
Eran las lecturas lo que le fascinaban. Y los n√ļmeros. Le encantaba eso. Tener papel y l√°piz para poder escribir cosas de verdad, eso s√≠ que era √ļtil.
Y los mapas. Ella no le ense√Ī√≥ los mapas al principio, pero hab√≠a algunos en las paredes, y las formas que ten√≠an lo llenaban de fascinaci√≥n. Se acercaba a ellos y le√≠a las palabritas escritas, y un d√≠a vio el nombre de un r√≠o y se dio cuenta de que el azul eran los r√≠os y las zonas azules a√ļn m√°s grandes eran lugares que conten√≠an todav√≠a m√°s agua que el r√≠o. Entonces advirti√≥ que algunas de las otras palabras eran los mismos nombres que hab√≠a escritos en los carteles de las calles, y cuando supuso que de alg√ļn modo esto era una imagen de Rotterdam, todo cobr√≥ sentido. Rotterdam tal como lo ver√≠a un p√°jaro, si los edificios fueran todos invisibles y las calles estuvieran todas vac√≠as. Encontr√≥ d√≥nde estaba el nido, y d√≥nde hab√≠a muerto Poke, y todo tipo de otros lugares.
Cuando sor Carlotta descubri√≥ que comprend√≠a el mapa, se puso muy nerviosa. Le mostr√≥ mapas donde Rotterdam era s√≥lo un montoncito de l√≠neas, y uno d√≥nde s√≥lo era un punto, y uno donde era demasiado peque√Īo para verse siquiera, pero ella sab√≠a d√≥nde deber√≠a estar. Bean nunca hab√≠a advertido que el mundo era tan grande. O que viviera tanta gente en √©l.
Pero sor Carlotta volv√≠a una y otra vez al mapa de Rotterdam, para que recordara y situara sus primeras experiencias. Sin embargo, nada parec√≠a igual en el mapa, as√≠ que no era f√°cil, y √©l tard√≥ mucho tiempo en localizar algunos sitios donde la gente le hab√≠a dado de comer. Se los mostr√≥ a sor Carlotta, y ella hizo una se√Īal en el mapa, indicando cada sitio. Despu√©s de alg√ļn tiempo √©l comprendi√≥ que todos aquellos lugares estaban agrupados en una zona, pero concatenada, como si indicaran un camino desde donde encontr√≥ a Poke y retroceder en el tiempo hasta...
El sitio limpio.
Sólo que era demasiado difícil. Al escapar del sitio limpio con el conserje, Bean había pasado mucho miedo. No sabía dónde estaba. Y la verdad era que, como la propia sor

Carlotta dec√≠a, el conserje pod√≠a haber vivido en cualquier lugar. As√≠ que todo lo que iba a descubrir siguiendo el camino de Bean en sentido inverso era quiz√°s el apartamento del conserje, o al menos donde viv√≠a hac√≠a tres a√Īos. E incluso as√≠, ¬Ņqu√© sabr√≠a el conserje?
Sabría dónde estaba el sitio limpio, eso sabría. Y ahora Bean lo comprendió todo: para sor Carlotta era muy importante descubrir de dónde venía él.
Descubrir quién era realmente.
Sólo que... ya sabía quién era. Trató de decírselo a ella.
-Estoy aquí mismo. Esto es lo que soy realmente. No estoy fingiendo.
-Lo s√© -dijo ella, riendo, y lo abraz√≥, lo cual le pareci√≥ agradable. Al principio, cuando ella empez√≥ a hacerlo, Bean no sab√≠a qu√© hacer con las manos. Tuvo que ense√Īarle a devolverle el abrazo. Hab√≠a visto a algunos ni√Īos peque√Īos (los que ten√≠an padres o madres) haciendo eso, pero √©l siempre hab√≠a cre√≠do que se agarraban fuerte para no caerse a la calle y perderse. No sab√≠a que se hac√≠a s√≥lo porque era agradable. El cuerpo de sor Carlotta ten√≠a lugares duros y lugares blandos, y le resultaba muy extra√Īo abrazarla, Record√≥ el momento en que Poke y Aquiles se abrazaron y se besaron, pero no deseaba besar a sor Carlotta y en cuanto se familiariz√≥ con todo lo que significaba abrazarse, tampoco dese√≥ hacerlo. Dejaba que ella lo abrazara. Pero ni siquiera pensaba en abrazarla. Ni se lo planteaba.
Sabía que a veces ella lo abrazaba en vez de explicarle cosas, y eso no le gustaba. No quería confesarle por qué era tan importante descubrir el sitio limpio, así que lo abrazaba y decía:
-Oh, querido, oh, pobrecito.
Pero eso s√≥lo significaba que era a√ļn m√°s importante de lo que dec√≠a, y que pensaba que era demasiado est√ļpido o ignorante para comprender s√≠ ella trataba de explic√°rselo.
Bean segu√≠a tratando de recordar m√°s y m√°s, si pod√≠a, s√≥lo que ahora no se lo contaba todo a ella porque no quer√≠a cont√°rselo todo, y san-seacab√≥. Encontrar√≠a la habitaci√≥n limpia √©l solo. Sin ella. Y luego se lo dir√≠a si decid√≠a que era bueno para √©l que ella lo supiera. Porque ¬Ņy s√≠ daba con la respuesta equivocada? ¬ŅLo mandar√≠a de regreso a la calle? ¬ŅLe impedir√≠a ir al colegio del cielo? Porque eso era lo que le prometi√≥ al principio, s√≥lo que despu√©s de las pruebas le coment√≥ que lo hizo muy bien, pero que no ir√≠a al cielo hasta que cumpliera cinco a√Īos y tal vez ni siquiera entonces, porque esta decisi√≥n no depend√≠a s√≥lo de ella y fue entonces cuando √©l supo que sor Carlotta no ten√≠a poder para cumplir sus propias promesas. As√≠ que si descubr√≠a algo malo sobre √©l, tal vez no podr√≠a cumplir ninguna de sus promesas. Ni siquiera la de mantenerlo a salvo de Aquiles. Por eso ten√≠a que averiguarlo √©l por su cuenta.
Estudió el mapa. Trató de formarse una imagen mental de los hechos. Hablaba consigo mismo mientras se quedaba dormido, hablaba, pensaba y recordaba, intentando visualizar el rostro del conserje, y la habitación en la que vivía, y las escaleras donde la mujer peleona se ponía a gritarle.
Y un d√≠a, cuando le parec√≠a que ya hab√≠a recordado suficiente, Bean se dirigi√≥ al cuarto de ba√Īo (le gustaban las cisternas, le gustaba tirar de ellas aunque le daba miedo ver las cosas desaparecer sin m√°s), y en vez de volver al sitio donde sor Carlotta le ense√Īaba, se fue pasillo abajo en la otra direcci√≥n y sali√≥ a la calle. Nadie trat√≥ de detenerlo.
Entonces fue cuando se dio cuenta de su error. Se había enfrascado tanto en tratar de recordar dónde se encontraba la casa del conserje que nunca se le había ocurrido que no tenía ni idea de dónde se ubicaba este lugar en el mapa. Y no era en una parte de la ciudad que conociera. De hecho, casi no parecía el mismo mundo. No se hallaba en esa calle

bulliciosa que √©l conoc√≠a, en la que la gente caminaba ajetreada, empujaba carritos, y montaba en bicicleta o patinaba para llegar de un sitio a otro, sino en unas calles casi vac√≠as, aunque hab√≠a coches aparcados por todas partes. No hab√≠a tampoco ni una sola tienda. Todo eran casas y oficinas, o casas convertidas en oficinas con cartelitos delante. El √ļnico edificio que era diferente era el mismo del que acababa de salir. Era macizo y cuadrado, m√°s grande que los otros, pero no colgaba ning√ļn cartel en la fachada.
Sabía adonde iba, pero no sabía cómo llegar desde allí. Y sor Carlotta empezaría a buscarlo pronto.
Su primer pensamiento fue esconderse, pero entonces recordó que ella conocía toda su historia del escondite en el sitio limpio, así que también pensaría en los escondites y lo buscaría cerca del gran edificio.
Decidió echarse a correr. Le sorprendió lo fuerte que se sentía. Tenía la impresión de que podía correr tan rápido como volaban los pájaros, y no se cansaba, podía correr eternamente. Hasta la esquina y más allá, en la otra calle.
Si consegu√≠a llegar hasta esa otra manzana, con toda probabilidad ya se habr√≠a perdido... Lo malo es que ya andaba perdido desde el punto de partida, y cuando empiezas completamente perdido, es dif√≠cil perderse a√ļn m√°s. Mientras caminaba y trotaba y corr√≠a por calles y callejones, se dio cuenta de que todo lo que ten√≠a que hacer era encontrar un canal o un arroyo que le conducir√≠a al r√≠o o a un lugar que reconociera. As√≠ que cuando se encontrara el primer puente sobre el agua, ver√≠a en qu√© direcci√≥n flu√≠a la corriente y escoger√≠a las calles que lo acercar√≠an al lugar. No pod√≠a decir que supiera todav√≠a d√≥nde estaba, pero al menos dispon√≠a de un plan.
Funcionó. Llegó al río y lo recorrió hasta que reconoció, en la distancia y parcialmente tras un recodo, el Maasboulevard, que conducía al lugar donde Poke fue asesinada.
El meandro del r√≠o... Lo conoci√≥ por el mapa. Sab√≠a donde hab√≠a dibujado las se√Īales sor Carlotta. Sab√≠a que ten√≠a que atravesar las calles donde hab√≠a vivido para acercarse a la zona donde tal vez viviera el conserje. Y eso no ser√≠a tarea f√°cil, porque all√≠ lo conocer√≠an, y era posible que sor Carlotta incluso acudiera a la polic√≠a para que lo buscaran, y ellos mirar√≠an all√≠ porque all√≠ estaban todos los pilludos callejeros y esperar√≠an a que volviera a convertirse en uno de ellos.
Lo que olvidaban era que Bean ya no tenía hambre. Y como no tenía hambre, tampoco tenía prisa.
Decidió dar un rodeo. Lejos del río, lejos de la parte de la ciudad por donde deambulaban los pilludos. Cada vez que las calles se empezaban a llenar de gente, ensanchaba su círculo y se apartaba de los lugares ocupados. Invirtió el resto de ese día y la mayor parte del siguiente en explorar la ciudad, trazando un círculo tan amplio que durante un rato ya ni siquiera merodeaba por Rotterdam, y tuvo un primer contacto con el campo, era igual que en las fotos: granjas y carreteras construidas por encima de la tierra que las rodeaba. Sor Carlotta le había explicado que antiguamente la mayor parte de las tierras de labranza estaban por debajo del nivel del mar, y que se habían tenido que erigir unos grandes diques para impedir que el mar arrasara la tierra y la cubriera. Pero Bean sabía que nunca llegaría a acercarse a ninguno de los grandes diques. Caminando no, al menos.
Regresó a la ciudad, al distrito de Schiebroek, y por la tarde del segundo día reconoció el nombre de Rindijk Straat y pronto cruzó una calle cuyo nombre conocía, Erasmus Síngel. Le resultó fácil llegar al primer lugar que podía recordar, la parte trasera de un restaurante donde le habían dado de comer cuando era todavía un bebé y no hablaba

bien; vio, en su mente, que los adultos corrían a darle comida y lo ayudaban en vez de apartarlo a patadas.
Se quedó allí, en la oscuridad. Nada había cambiado. Casi podía ver a la mujer con el cuenco de comida, tendiéndoselo y agitando una cuchara en la mano y diciendo algo en un idioma que no comprendía. Ahora podía leer el cartel sobre el restaurante y advirtió que era armenio, y que ése era el idioma que probablemente hablaba la mujer.
¬ŅPor qu√© hab√≠a venido hasta aqu√≠? Hab√≠a olido la comida cuando caminaba... ¬Ņpor aqu√≠? Recorri√≥ la calle arriba y abajo, dando vueltas y m√°s vueltas para reorientarse,
-¬ŅQu√© est√°s haciendo aqu√≠, gordito?
Eran dos ni√Īos, de unos ocho a√Īos. Beligerantes, pero no matones. Probablemente formaban parte de una banda. No, de una familia, ahora que Aquiles lo hab√≠a cambiado todo. Si es que los cambios estaban vigentes en esta parte de la ciudad.
-Tengo que reunirme con mi papá aquí -dijo Bean.
-¬ŅY qui√©n es tu pap√°?
Bean no estaba seguro de que el muchacho hubiera entendido que √©l se hab√≠a referido a su padre o al padre de su ¬ęfamilia¬Ľ. Sin embargo, corri√≥ el riesgo y respondi√≥:
-Aquiles.
Ellos pusieron mala cara.
-Est√° junto al r√≠o, ¬Ņpara qu√© iba a reunirse con un gordito como t√ļ aqu√≠ arriba?
Pero su actitud despectiva no era lo que más importaba, sino el hecho de que la reputación de Aquiles se había extendido hasta esta parte de la ciudad.
-No tengo por qu√© deciros nada sobre sus asuntos -dijo Bean-. Y todos los ni√Īos de la familia de Aquiles son gordos como yo. As√≠ de bien comemos.
-¬ŅY todos son tan bajitos como t√ļ?
-Antes era más alto, pero hacía demasiadas preguntas -replicó Bean, abriéndose paso entre ellos y cruzando Rozenlaan hacía la zona donde había más probabilidades de que se encontrara el apartamento del conserje.
Tuvo suerte de que no le siguieran. Bean prosiguió su camino, volviéndose una y otra vez para comprobar sí reconocía los sitios. Aunque había tomado la dirección que podría haber seguido después de dejar el apartamento del conserje, no le sirvió de nada. Deambuló hasta que oscureció, e incluso entonces no se detuvo.
Hasta que, por casualidad, se encontró al pie de una farola, tratando de leer un cartel, cuando unas iniciales talladas en el mástil le llamaron la atención: P.DVM, decía. No tenía ni idea de lo que significaban; nunca había pensado en ello mientras intentaba recordar. Pero era consciente de que lo había visto antes. Y no sólo una vez. Lo había visto varias veces. El apartamento del conserje estaba muy cerca.
Se dio la vuelta despacio, estudiando la zona, y all√≠ estaba: un peque√Īo edificio de apartamentos con una escalera interior y otra exterior.
El conserje vivía en el piso de arriba. Planta baja, primer piso, segundo piso, tercero. Bean se acercó a los buzones y trató de leer los nombres, pero se encontraban demasiado altos en la pared y los nombres estaban todos gastados. Incluso faltaban algunas de las etiquetas.
Aunque, la verdad fuera dicha, tampoco es que supiera el nombre del conserje. No había motivos para pensar que lo habría reconocido ni aunque hubiera podido leerlo en los buzones.
La escalera exterior no llegaba hasta el piso de arriba. Debía de haber sido construida para la consulta de un médico en la primera planta. Y como estaba oscuro, la puerta en lo

alto de la escalera se encontraba cerrada.
Lo √ļnico que pod√≠a hacer era esperar. Pod√≠a esperar toda la noche y entrar en el edificio por alg√ļn sitio por la ma√Īana, o alguien volver√≠a por la noche y se colar√≠a por alguna puerta detr√°s de √©l.
Se qued√≥ dormido y se despert√≥; luego se durmi√≥ y volvi√≥ a despertarse. Le preocupaba que alg√ļn polic√≠a pudiera verlo y lo echara, as√≠ que cuando despert√≥ por segunda vez abandon√≥ toda pretensi√≥n de estar de guardia. Se escabull√≥ bajo la escalera y se acurruc√≥ all√≠ para pasar la noche.
Una risotada de borracho lo despertó. Todavía estaba oscuro, y empezaba a lloviznar: no lo suficiente para que la escalera empezara a gotear, así que Bean estaba seco. Asomó la cabeza para ver quién reía. Eran un hombre y una mujer, los dos alegrotes por el alcohol, el hombre la acariciaba y la pellizcaba furtivamente, la mujer lo apartaba con bofetadas medio en serio medio en broma.
-¬ŅNo puedes esperar? -dijo ella.
-No.
-Vas a quedarte dormido sin hacer nada.
-No esta vez -dijo él. Entonces vomitó.
Ella puso cara de asco y continuó sin él. El hombre la siguió, tambaleándose.
-Ahora me siento mejor-afirmó-. Mucho mejor.
-Ha subido el precio -respondió ella fríamente-. Y te cepillarás los dientes primero.
-Claro que me cepillaré los dientes.
Ahora estaban justo delante del edificio. Bean esperaba para poder colarse tras ellos.
Entonces se dio cuenta de que no tenía que esperar. El hombre era el conserje de siempre.
Bean salió de las sombras.
-Gracias por traerlo a casa -le dijo a la mujer.
Los dos lo miraron, sorprendidos.
-¬ŅQui√©n eres t√ļ? -pregunt√≥ el conserje.
Bean miró a la mujer y puso los ojos en blanco.
-No está tan borracho, espero -dijo. Se volvió hacia el conserje-. A mamá no le hará gracia ver que vuelves otra vez en este estado.
-¬°Mam√°! -grit√≥ el conserje-. ¬ŅDe qui√©n demonios est√°s hablando?

La mujer le dio un empuj√≥n al conserje. √Čl se sent√≠a tan d√©bil que choc√≥ contra la pared, y luego se desliz√≥ hasta caer de culo en la acera.
-Tendr√≠a que haberlo sabido -dijo la mujer-. ¬ŅMe llevas a casa con tu esposa?
-No estoy casado. Este ni√Īo no es m√≠o.
-Estoy segura de que dices la verdad -manifestó la mujer-. Pero será mejor que lo ayudes a subir la escalera de todas formas. Mamá espera.
Se volvió para marcharse.
-¬ŅQu√© hay de mis cuarenta pavos? -pregunt√≥ √©l, dudoso, sabiendo la respuesta de antemano.
Ella hizo un gesto obsceno y se perdió en la noche.
-Peque√Īo hijo de puta -espet√≥ el conserje.
-Tenía que hablar con usted a solas.
-¬ŅQui√©n demonios eres? ¬ŅQui√©n es tu madre?
-Eso es lo que vengo a averiguar -explic√≥ Bean-. Soy el beb√© que usted encontr√≥ y trajo a casa. Hace tres a√Īos.

El hombre lo miró, estupefacto.
De repente, se encendió una luz, y luego otra. Bean y el conserje quedaron rodeados por los focos de las linternas. Cuatro policías convergieron hacia ellos.
-No te molestes en correr, chaval -dijo un poli-. Ni usted, don buscafiestas.
Bean reconoció la voz de sor Carlotta:
-No son unos delincuentes -decía-. Necesito hablar con ellos. En su apartamento.
-¬ŅMe ha seguido? -le pregunt√≥ Bean.
-Sabía que lo andabas buscando -respondió ella-. No quería interferir hasta que lo encontraras. Por si te creías más listo que nadie, jovencito, interceptamos a cuatro matones callejeros y dos conocidos pederastas que iban a por ti.
Bean puso los ojos en blanco.
-¬ŅCree que me he olvidado de c√≥mo tratar con ellos?
Sor Carlotta se encogió de hombros.
-No quería que ésta fuera la primera vez que cometes un error en la vida -replicó con cierto tono sarcástico.
-Así que, como le dije, no hay nada que sonsacarle a ese Pablo de Noches. Es un inmigrante que vive para contratar prostitutas. Uno más de todos esos pobres diablos indignos que han venido aquí desde que Holanda se convirtió en territorio internacional.
Sor Carlotta había esperado pacientemente a que el inspector soltara su discursito condescendiente.
Pero cuando habló de la indignidad del hombre, no pudo dejar pasar la observación.
-Recogió a ese bebé -constató-. Y le dio de comer y lo cuidó.
El inspector descartó la explicación.
-¬ŅNecesit√°bamos un pillastre callejero m√°s? Porque eso es lo √ļnico que la gente como √©l producen.
-No es cierto que no descubrieran nada -dijo sor Carlotta-. Descubrieron el lugar donde hall√≥ al ni√Īo.
-Y la gente que alquil√≥ el edificio en esa √©poca es imposible de localizar. Una empresa que nunca existi√≥. No hay ning√ļn hilo del que tirar, ninguna forma de seguirlos.
-Pero eso ya es algo -dijo sor Carlotta-. Le digo que esa gente ten√≠a a muchos ni√Īos en ese lugar, y que lo cerraron r√°pidamente, llev√°ndose a todos los ni√Īos menos a uno. Me dice usted que el nombre de la empresa es falso y que no se puede localizar. Por su experiencia, ¬Ņno dice eso mucho sobre lo que suced√≠a en ese edificio?
El inspector se encogió de hombros.
-Por supuesto. Obviamente era una granja de órganos.
Los ojos de sor Carlotta se llenaron de l√°grimas.
-¬ŅY √©sa es la √ļnica posibilidad?
-En las familias ricas nacen un mont√≥n de beb√©s con defectos cong√©nitos -explic√≥ el inspector-. Existe un mercado ilegal de √≥rganos de ni√Īos y beb√©s. Cuando localizamos una granja de √≥rganos, la cerramos de inmediato. Quiz√°s nos est√°bamos acercando a esa granja y se enteraron y borraron el chiringuito del mapa. Pero en el departamento no consta ning√ļn informe de esa √©poca relacionado con las granjas de √≥rganos. As√≠ que tal vez plegaron velas por otro motivo. Nada de nada.
Pacientemente, sor Carlotta pasó por alto su incapacidad para advertir lo valiosa que era esa información.

-¬ŅDe d√≥nde vienen los beb√©s?
El inspector la miró, inexpresivo, como si pensara que ella le estaba pidiendo que le explicara las verdades de la vida.
-La granja de √≥rganos -dijo ella-. ¬ŅDe d√≥nde sacan a los beb√©s?
El inspector se encogió de hombros.
-Abortos tardíos, normalmente. Algunos acuerdos con las clínicas, una donación. Cosas así.
-¬ŅY no existen m√°s fuentes?
-Bueno, no s√©. ¬ŅSecuestros? No creo que pueda ser un factor a considerar, no hay tantos beb√©s que puedan escapar a la seguridad de los hospitales. ¬ŅGente que vende beb√©s? He o√≠do hablar de ello, s√≠. Llegan refugiados pobres con ocho hijos, y unos cuantos a√Īos m√°s tarde tienen s√≥lo seis, y lloran por los que murieron, pero ¬Ņqui√©n puede demostrar nada? No se puede seguir ninguna pista.
-Se lo pregunto -dijo sor Carlotta- porque este ni√Īo no es normal. Nada normal.
-¬ŅTiene tres brazos?
-Es brillante. Precoz. Escap√≥ de este lugar antes de tener un a√Īo. Antes de poder andar.
El inspector reflexionó durante un instante.
-¬ŅSe escap√≥ gateando?
-Se escondió en el depósito de agua de una cisterna.
-¬ŅLevant√≥ la tapa antes de cumplir un a√Īo?
-Dijo que le costó trabajo.
-No, probablemente fuera de plástico barato, no de porcelana. Ya sabe cómo son esos apliques de fontanería institucionales.
-Pero ahora puede comprender por qu√© quiero descubrir a los progenitores de este ni√Īo. Debe de ser una combinaci√≥n de padres milagrosa.
El inspector se encogió de hombros.
-Algunos ni√Īos nacen listos.
-Pero hay un componente hereditario en esto, inspector. Un ni√Īo como √©ste debe de haber tenido... unos padres notables. Padres que habr√°n destacado por la brillantez de sus mentes.
-Tal vez s√≠, tal vez no -observ√≥ el inspector-. Quiero decir que algunos de esos refugiados tal vez sean inteligentes, pero son tiempos de desesperaci√≥n. Para salvar a los otros ni√Īos, tienen que vender a un beb√©. Eso es lo inteligente. No descarte que los padres de este ni√Īo brillante que tiene sean unos refugiados.
-Supongo que eso es posible, sí-reconoció sor Carlotta.
-No obtendr√° m√°s informaci√≥n. Porque este Pablo de Noches no sabe nada. Apenas pudo decirme el nombre de la ciudad de Espa√Īa de donde escap√≥.
-Estaba borracho cuando lo interrogaban.
-Lo interrogaremos de nuevo cuando est√© sobrio -asegur√≥ el inspector-. La mantendremos informada. Por el momento, cont√©ntese con lo que ya le he dicho, porque no disponemos de ning√ļn dato m√°s.
-S√© todo lo que necesito saber por ahora -coment√≥ sor Carlotta-. Basta con tener conocimiento de que este ni√Īo es un aut√©ntico milagro, creado por Dios para un gran prop√≥sito.
-No soy católico -dijo el inspector.
-Dios le ama igualmente -dijo alegremente sor Carlotta.

Segunda parte
NOVATO