30 - Eddard

—Hugh fue escudero de Jon Arryn durante cuatro años —siguió Selmy—. En su memoria, el rey lo nombró caballero antes de emprender el viaje hacia el norte. El chico lo deseaba con todo su corazón. No estaba preparado.
—Nadie lo está. —Ned había dormido poco y mal, y se sentía tan cansado como si tuviera mil años.
—¿Para que lo nombren caballero?
—Para que lo maten. —Ned lo cubrió con la capa, una tela azul manchada de sangre, bordeada de lunas. Cuando la madre preguntara por qué había muerto su hijo, le dirían que había luchado para honrar a la Mano del Rey, Eddard Stark, reflexionó con amargura—. Esto era innecesario. La guerra no es ningún juego. —Se volvió hacia la mujer que estaba junto al carro. Vestía de gris, y tenía el rostro oculto, sólo se le veían los ojos. Las hermanas silenciosas preparaban a los hombres para la tumba, y mirar el rostro de la muerte era un mal presagio—. Enviad su armadura al Valle. A la madre le gustará conservarla.
—Vale al menos una pieza de plata —señaló Ser Barristan—. El chico se la hizo forjar especialmente para el torneo. Un trabajo sencillo, pero de calidad. No sé si habrá terminado de pagar al herrero.
—La pagó ayer, mi señor, y a un precio muy alto —replicó Ned. Se volvió de nuevo hacia la hermana silenciosa—. Enviadle la armadura a su madre. Yo trataré con el herrero.
La mujer hizo un gesto de asentimiento.
Más tarde, Ser Barristan acompañó a Ned a la tienda del rey. El campamento empezaba a despertar. Las salchichas chisporroteaban sobre las hogueras e impregnaban el ambiente de su olor a ajo y a pimienta. Los jóvenes escuderos corrían de un lado a otro cumpliendo los encargos de sus señores, mientras bostezaban y se desperezaban. Un criado que llevaba un ganso bajo el brazo clavó la rodilla en el suelo al verlos.
—Mis señores —murmuró mientras el ganso graznaba y le lanzaba picotazos a los dedos.
Los escudos situados ante cada tienda identificaban a sus ocupantes: el águila plateada de Varamar, el campo de ruiseñores de Bryce Caron, el racimo de uvas de los Redwyne, el jabalí pinto, el buey rojo, el árbol en llamas, el carnero blanco, la espiral triple, el unicornio púrpura, la doncella bailarina, la víbora, las torres gemelas, el búho con cuernos, y por último los blasones níveos de la Guardia Real, que brillaban como el amanecer.
—El rey tiene intención de pelear hoy en el combate cuerpo a cuerpo —dijo Ser Barristan mientras pasaban junto al escudo de Ser Meryn, que tenía la pintura saltada y un corte profundo allí donde la lanza de Loras Tyrell había chocado contra la madera al descabalgarlo.
—Sí —asintió Ned, sombrío. Jory lo había despertado la noche anterior para llevarle aquella noticia. No era de extrañar que hubiera dormido tan mal.
—Se dice que las bellezas de la noche se diluyen en el amanecer, y que la luz de la mañana repudia a los hijos del vino. —Ser Barristan también parecía preocupado.
—Eso se dice —asintió Ned—, pero no se aplica a Robert. Cualquier otro reconsideraría lo que dijo en una bravata de borracho, pero Robert Baratheon lo recordará, y si lo recuerda no se echará atrás.
La tienda del rey estaba cerca del agua y la niebla matutina del río la envolvía en jirones grises. Era la estructura más grande y opulenta del campamento, toda de seda dorada. Junto a la entrada estaba la maza de Robert junto a su inmenso escudo de hierro, en el que se veía el venado coronado de la Casa Baratheon.
Ned había albergado la esperanza de encontrar al rey todavía en la cama, inmerso en el sueño del vino, pero la suerte no lo acompañó. Cuando llegaron, Robert bebía cerveza de un cuerno pulido y rugía órdenes a los dos jóvenes escuderos que intentaban sin éxito ponerle la armadura.
—Alteza —decía uno al borde de las lágrimas—, se os ha quedado pequeña, no os cabe. —Siguió intentando ajustarle el gorjal, pero se le cayó al suelo.
—¡Por los siete infiernos! —maldijo Robert—. ¿Es que lo tengo que hacer todo yo? ¡Malditos mequetrefes! ¡Recoge eso! ¡No te quedes ahí mirando, Lancel, recógelo! —El chico se precipitó a obedecer, y sólo en ese momento se dio cuenta el rey de su presencia—. Mira qué par de alcornoques, Ned. Mi esposa insistió en que estos dos me sirvieran de escuderos, y son peor que inútiles. Ni siquiera saben ponerme la armadura. Escuderos, ¡ja! No son más que porqueros vestidos de seda.
—No es culpa de los chicos —dijo Ned al rey. Sólo necesitó echar un vistazo para comprender el problema—. Estás demasiado gordo para tu armadura, Robert.
Robert Baratheon bebió un largo trago de cerveza, tiró el cuerno vacío a un lado, junto a las pieles con que se abrigaba por la noche, y se secó la boca con el dorso de la mano.
—¿Gordo? Gordo, ¿eh? —dijo con voz sombría—. ¿Te parece ésa manera de hablar a tu rey? —Dejó escapar una de sus carcajadas, repentina como una tormenta—. Ay, Ned, maldito seas, ¿por qué tienes razón siempre? —Los escuderos sonrieron nerviosos hasta que el rey se volvió hacia ellos—. Vosotros. Sí, los dos. Ya habéis oído a la Mano. El rey está demasiado gordo para esta armadura. Id a buscar a Ser Aron Santagar, decidle que necesito que me la arreglen. ¡Venga! ¿A qué esperáis?
Los chicos tropezaron el uno con el otro en su afán por salir de la tienda. Robert consiguió mantener una expresión severa hasta que se perdieron de vista. Luego se dejó caer en una silla, muerto de risa.
Ser Barristan Selmy también se echó a reír. Hasta a Eddard Stark se le escapó una sonrisa. Pero los pensamientos sombríos volvieron a imponerse. Se había fijado en los dos escuderos: dos chicos atractivos, rubios y esbeltos. Uno era de la edad de Sansa y tenía largos rizos dorados; el otro tendría unos quince años, cabello color arena, la sombra de un bigote incipiente, y los ojos verde esmeralda de la reina.
—Ay, daría cualquier cosa por ver la cara de Santagar —dijo Robert—. Supongo que tendrá suficiente sentido común como para mandarlos a buscar a otro. ¡Deberíamos tenerlos corriendo todo el día!
—Esos chicos... —inquirió Ned—, ¿son de la familia Lannister?
Robert asintió al tiempo que se secaba los ojos.
—Primos. Hijos del hermano de Lord Tywin. Uno de los muertos. O a lo mejor del que sigue vivo, ahora que lo dices. No me acuerdo. La familia de mi esposa es muy amplia, Ned.
«Y muy ambiciosa», pensó Ned. No tenía nada en contra de los dos escuderos, pero le preocupaba que Robert estuviera rodeado por los parientes de la reina de la mañana a la noche. Por lo visto, el hambre de títulos, cargos y honores de los Lannister no conocía límites.
—Se dice que anoche tuviste un pequeño altercado con la reina.
—Quería prohibirme que participara en el combate cuerpo a cuerpo. —Del rostro de Robert había desaparecido todo asomo de alegría—. Ahora la condenada debe de estar de morros en el castillo. Tu hermana jamás me habría avergonzado de esa manera.
—No conociste a Lyanna como yo, Robert —replicó Ned—. Viste la belleza de la superficie, no el hierro que había debajo. Ella te habría dicho que no debías tomar parte.
—¿Tú también? —preguntó el rey con el ceño fruncido—. Estás amargado, Stark. Has vivido demasiado tiempo en el norte, la sangre se te ha helado. Pero a mí todavía me corre por las venas. —Se dio unos palmetazos en el pecho para demostrarlo.
—Eres el rey —le recordó Ned.
—Me siento en ese condenado trono de hierro cuando hace falta. ¿Significa eso que no tengo las mismas necesidades que el resto de los hombres? Un poco de vino de vez en cuando, una chica que grite en la cama, sentir un caballo entre las piernas. Por los siete infiernos, Ned, quiero golpear a alguien.
—Alteza —intervino Ser Barristan Selmy—, no está bien que el rey participe en el torneo. No sería una competición justa. ¿Quién osaría golpearos?
—Pues... —Robert pareció sinceramente desconcertado—. Cualquiera, claro. Si puede. Y el último que quede en pie...
—... serás tú —terminó Ned. Enseguida se dio cuenta de que Selmy había dado en el clavo. Los riesgos del combate cuerpo a cuerpo eran un aliciente más para Robert, pero aquello lo hería en su orgullo—. Ser Barristan tiene razón. No hay un solo hombre en los Siete Reinos que se atreva a incurrir en tu ira haciéndote daño.
—¿Insinúas que esos cobardes me dejarían ganar? —El rey se puso en pie. Tenía el rostro congestionado.
—No te quepa la menor duda —dijo Ned, al tiempo que Ser Barristan Selmy asentía en acuerdo silencioso.
Durante un instante Robert fue incapaz de formular palabra, tal era la ira que lo invadía. Cruzó la tienda a zancadas, se dio media vuelta, la cruzó de nuevo, con el rostro atormentado. Cogió la coraza del suelo y se la tiró a Barristan Selmy en un ataque de rabia muda. Selmy la esquivó.
—Vete de aquí —dijo al final el rey con voz gélida—. Vete de aquí antes de que te mate. —Ser Barristan se marchó rápidamente. Ned estaba a punto de seguirlo cuando el rey lo llamó—. No, Ned, tú quédate. —Ned se volvió. Robert cogió el cuerno de nuevo, lo llenó de cerveza del barril que tenía en un rincón, y se lo tendió—. Bebe — añadió con tono brusco.
—No tengo sed...
—Bebe. Tu rey te lo ordena. —Ned cogió el cuerno y bebió. La cerveza era negra y espesa, tan fuerte que escocía en los ojos. Robert se sentó de nuevo—. Maldito seas, Ned Stark. Malditos seáis Jon Arryn y tú. Yo os quería a los dos. ¿Por qué me hicisteis esto? Tú deberías haber sido el rey. O Jon.
—Tú tenías más derechos, Alteza.
—Te he dicho que bebas, no que discutas. Tú me hiciste rey, así que al menos ten la cortesía de escucharme cuando hablo. Mírame bien, Ned. Mira en qué me ha convertido la realeza. Dioses, estoy tan gordo que no quepo en la armadura, ¿cómo he acabado así?
—Robert...
—Bebe y calla, el rey está hablando. Te lo juro, jamás estuve tan vivo como cuando peleaba por este trono, ni tan muerto como ahora que lo tengo. Y en cuanto a Cersei... eso se lo debo a Jon Arryn. Después de que me arrebataran a Lyanna yo no quería casarme, pero Jon dijo que el reino necesitaba un heredero. Me dijo que Cersei Lannister sería un partido excelente, que fraguaría una alianza con Lord Tywin si Viserys Targaryen intentaba recuperar el trono de su padre. —El rey sacudió la cabeza—. Yo adoraba a ese anciano, te lo juro, pero ahora creo que era más idiota que el Chico Luna. Sí, Cersei es hermosa, sin duda, pero tan fría... por la manera en que se guarda el coño se diría que tiene entre las piernas todo el oro de Roca Casterly. Oye, si no te vas a beber esa cerveza, dámela. —Tomó el cuerno, lo vació de un trago, eructó y se limpió la boca con el dorso de la mano—. Siento mucho lo de tu hija, Ned, de verdad. Lo del lobo. Mi hijo mintió, apostaría lo que fuera. Mi hijo... tú a tus hijos los quieres, ¿verdad?
—Con toda mi alma —dijo Ned.
—Pues te voy a contar un secreto, Ned. Más de una vez he soñado con renunciar a la corona. Tomaría un barco que fuera a las Ciudades Libres, me llevaría sólo la maza y el caballo, y me pasaría el tiempo entre trifulcas y putas, para eso nací. El Rey Mercenario, ¡los juglares me adorarían! ¿Sabes por qué no lo hago? Porque me imagino a Joffrey sentado en el trono y a Cersei a su lado, susurrándole al oído. Mi hijo. ¿Cómo he podido engendrar un hijo así, Ned?
—No es más que un niño —dijo Ned con torpeza. No le gustaba el príncipe Joffrey, pero sentía el dolor en la voz de Robert—. ¿Ya te has olvidado de lo indómito que eras tú a su edad?
—Si el chico fuera indómito no me preocuparía, Ned. Tú no lo conoces como yo. —Suspiró y sacudió la cabeza—. Bah, quizá tengas razón. Jon a veces se desesperaba conmigo, pero acabé por ser un buen rey. —Robert miró a Ned, y frunció el ceño al ver que seguía callado—. Tienes mi permiso para hablar y darme la razón.
—Alteza... —empezó Ned con cautela.
—Venga, di que soy mejor rey que Aerys y asunto concluido —dijo Robert dándole una palmada en la espalda—. Eres incapaz de mentir, ni por amor ni por honor, Ned Stark. Todavía soy joven, y ahora que estás conmigo las cosas van a cambiar. Haremos que este reino sea tema de canciones, y a los siete infiernos con los Lannister. Huele a panceta. ¿Quién crees que será el campeón? ¿Te has fijado en el hijo de Mace Tyrell? El Caballero de las Flores. De un hijo así cualquiera estaría orgulloso. En el último torneo hizo caer al Matarreyes sobre su dorado culo, tendrías que haber visto la cara que puso Cersei. Me reí hasta que me dolió todo. Renly dice que tiene una hermana, una doncella de catorce años, bella como un amanecer...
Desayunaron pan de centeno, huevos de ganso hervidos y pescado frito con cebollas y panceta, todo en una mesa montada sobre caballetes junto al río. La melancolía del rey se esfumó con las nieblas de la mañana, y no pasó mucho tiempo antes de que, comiendo una naranja, empezara a rememorar una mañana en el Nido de Águilas, cuando ambos eran niños.
—Había dado a Jon un barril de naranjas, ¿te acuerdas? Sólo que estaban podridas, y la mía se la tiré a Dacks, y le dio en la nariz. ¿Te acuerdas de él, el escudero de Redfort, el que tenía la cara picada? Él me lanzó otra, y antes de que Jon tuviera tiempo ni siquiera de tirarse un pedo las naranjas volaban por toda la Sala Principal. — Dejó escapar una carcajada estrepitosa, e incluso Ned sonrió, recordando la escena.
Pensó que aquél era el muchacho con el que había crecido. Aquél era el Robert Baratheon al que conocía, al que quería. Si conseguía demostrar que los Lannister eran los responsables del ataque a Bran, que habían asesinado a Jon Arryn, aquel hombre atendería a razones. Sería el fin de Cersei, y también del Matarreyes, y si Lord Tywin osaba alzarse en occidente, Robert lo aplastaría como había aplastado a Rhaegar Targaryen en el Tridente. Lo veía todo muy claro.
Aquel desayuno le supo mejor que nada de lo que había comido en mucho tiempo, y después la sonrisa le afloró más a menudo y más fácilmente, hasta que llegó el momento de que se reanudara el torneo.
Ned se dirigió a la liza con el rey. Había prometido a Sansa que vería los últimos enfrentamientos con ella. La septa Mordane se encontraba enferma, y su hija no quería perderse el final de las justas. Antes acompañó a Robert a su lugar, y se dio cuenta de que Cersei Lannister había optado por no asistir. Aquello también le infundió esperanzas.
Se abrió camino entre el gentío hasta donde estaba su hija, y la encontró justo cuando los cuernos sonaban anunciando la primera justa. Sansa estaba tan absorta que apenas si advirtió su llegada.
El primer jinete en presentarse fue Sandor Clegane. Llevaba una capa verde oliva sobre la armadura color gris ceniza. Era, junto con el yelmo en forma de cabeza de perro, su única concesión al adorno.
—Cien dragones de oro por el Matarreyes —anunció en voz alta Meñique al ver entrar a Jaime Lannister, a lomos de un elegante corcel bayo.
El caballo llevaba una manta de malla dorada, y Jaime brillaba de la cabeza a los pies. Hasta su lanza era de madera dorada procedente de las Islas del Verano.
—Acepto —gritó Lord Renly—. Parece que esta mañana el Perro tiene hambre.
—Hasta los perros hambrientos saben que no deben morder la mano que los alimenta —replicó Meñique con tono seco.
Sandor Clegane se bajó el visor con un clang audible, y ocupó su lugar. Ser Jaime lanzó un beso a alguna mujer que ocupaba un puesto entre el pueblo, se bajó el visor con suavidad y se encaminó hacia la otra punta de la liza. Ambos aprestaron sus lanzas.
Ned Stark habría dado cualquier cosa por verlos perder a los dos, pero Sansa observaba la escena ansiosa, con los ojos húmedos. La tribuna, erigida a toda velocidad, se estremeció cuando los caballos emprendieron el galope. El Perro se inclinó hacia adelante con la lanza firme, pero Jaime se inclinó a un lado con destreza un instante antes del impacto. La punta del arma de Clegane chocó inofensiva contra el escudo dorado con el emblema del león, mientras que la del Matarreyes acertaba en perpendicular. La madera se astilló y el Perro tuvo que luchar para no caerse. Sansa contuvo el aliento. La multitud gritó.
—¡Ya estoy haciendo planes para gastar tu dinero! —gritó Meñique a Lord Renly.
El Perro consiguió mantenerse sobre la silla a duras penas. Tiró de las riendas del caballo, lo obligó a dar media vuelta y se dirigió hacia su punto de arranque para el segundo pase. Jaime Lannister tiró la lanza rota y cogió una nueva mientras bromeaba con su escudero. El Perro emprendió de nuevo el galope. Lannister hizo lo propio. En esta ocasión, cuando Jaime se inclinó en la silla, Sandor Clegane se inclinó también. Las dos lanzas saltaron en mil pedazos, y cuando las astillas cayeron al suelo había un caballo bayo sin jinete, y Ser Jaime Lannister, dorado y magullado, rodaba por tierra.
—Sabía que el Perro iba a ganar —dijo Sansa.
—Si sabes quién va a vencer en el segundo enfrentamiento—le gritó Meñique que la había oído—, dímelo pronto o Lord Renly me desplumará. —Ned sonrió.
—Lástima que el Gnomo no esté con nosotros —añadió Lord Renly—. Yo habría ganado el doble.
Jaime Lannister volvía a estar de pie, pero el recargado casco de león se le había abollado en la caída y no se lo podía quitar. El pueblo lo abucheaba y lo señalaba, las damas y los caballeros intentaban disimular las risitas sin conseguirlo, y por encima de cualquier otro ruido Ned oía las carcajadas del rey Robert. Por último tuvieron que llevarse al León de Lannister a la forja de un herrero, ciego y dando tumbos.
Para entonces Ser Gregor Clegane ya había ocupado su puesto en la liza. Era enorme, Eddard Stark no había visto en su vida a nadie tan gigantesco. Robert Baratheon y sus hermanos eran hombres corpulentos, al igual que el Perro, y en Invernalia el mozo de cuadras retrasado, Hodor, los dejaba pequeños a todos. Pero el caballero al que apodaban la Montaña que Cabalga era aún más grande que Hodor. Apenas le faltaba un palmo para medir dos metros y medio, tenía hombros gigantescos y brazos gruesos como troncos de árboles. Su corcel apenas si parecía un poni entre las enormes piernas embutidas en la armadura, y la lanza que llevaba era, en sus manos, apenas el palo de una escoba.
A diferencia de su hermano, Ser Gregor no vivía en la corte. Era un hombre solitario que rara vez salía de sus tierras, a no ser para una guerra o para un torneo. Había estado al lado de Lord Tywin cuando cayó Desembarco del Rey. Entonces era un caballero recién nombrado, apenas tenía diecisiete años, pero ya resultaba inconfundible por su tamaño y por su ferocidad implacable. Según se rumoreaba, había sido el propio Gregor el que estampó contra una pared el cráneo del príncipe bebé Aegon Targaryen y después había violado a la madre, la princesa dorniana Elia, antes de pasarla por la espada. Eran cosas que no se decían en presencia de Gregor.
Ned no recordaba haber cambiado dos palabras con él: aunque Gregor había estado en su bando durante la rebelión de Balon Greyjoy, no era más que un caballero entre miles. Lo observó con cierta inquietud. Ned no prestaba atención a las habladurías, pero lo que se comentaba acerca de Ser Gregor era abominable. Estaba a punto de contraer matrimonio por tercera vez, y se decían cosas terribles acerca del destino de sus dos primeras esposas. Según los rumores, su fortaleza era un lugar sombrío donde los criados desaparecían sin dejar rastro, y ni los perros osaban entrar en las salas. Y había habido una hermana que murió joven en extrañas circunstancias, y el fuego había desfigurado a su hermano, y su padre había muerto en un accidente de caza. Gregor había heredado la fortaleza, el oro y las propiedades de la familia. Su hermano pequeño Sandor salió de allí el mismo día en que entró en posesión de todo, y puso su espada al servicio de los Lannister. Se decía que no había regresado a su hogar ni siquiera de visita.
Cuando hizo su aparición el Caballero de las Flores, un murmullo recorrió la multitud, y Ned oyó el susurro fervoroso de Sansa: «Es tan guapo...». Ser Loras Tyrell era esbelto como un junco, vestía una armadura de plata increíble, tan pulida que su brillo cegaba, con filigranas de enredaderas negras y diminutos nomeolvides azules. El pueblo se dio cuenta al mismo tiempo que Ned de que el azul de las flores provenía de cientos de zafiros. Una exclamación de asombro escapó de miles de gargantas. El muchacho llevaba a los hombros una capa muy pesada, tejida de verdaderos nomeolvides, miles de ellos, cosidos a una capa de lana.
Su montura era una preciosa yegua gris, tan esbelta como el jinete, la imagen viva de la velocidad. El gigantesco semental de Ser Gregor relinchó en cuanto le llegó su olor. El muchacho de Altojardín hizo un movimiento con las piernas y su yegua empezó a caminar de lado, ágil como una bailarina. Sansa se le agarró del brazo.
—Padre, no permitas que Ser Gregor le haga daño —dijo.
Ned se fijó en que Sansa llevaba la rosa que Ser Loras le había entregado el día anterior. Jory también le había contado aquello.
—Lo que llevan son lanzas de torneo —tranquilizó a su hija—. Las fabrican para que se rompan en cuanto chocan, así nadie resulta herido. —Pero recordó al muchachito muerto en el carro, con su capa ribeteada de lunas, y las palabras se le marchitaron en la garganta.
A Ser Gregor le costaba controlar a su caballo. El semental relinchaba, piafaba y sacudía la cabeza. La Montaña lo golpeó cruelmente con la bota de la armadura. El caballo se encabritó y estuvo a punto de derribarlo.
El Caballero de las Flores saludó al rey, cabalgó hasta el extremo más lejano de la liza y aprestó su lanza. Ser Gregor consiguió llevar a su caballo hasta su línea de salida, peleándose con las riendas. Y, de pronto, todo comenzó. El semental de la Montaña emprendió el galope, un galope enloquecido, mientras que la yegua cargaba con la suavidad de la seda. Ser Gregor alzó el escudo y aprestó la lanza sin dejar de pelear con su díscola montura, tratando de que avanzara en línea recta. Y, de pronto, Loras Tyrell estaba encima de él, con la punta de su lanza en el lugar preciso, y al instante siguiente la Montaña caía. Era tan enorme que su caballo cayó también, en una maraña de acero y carne.
Ned oyó aplausos, vítores, silbidos, gritos de asombro, murmullos emocionados, y por encima de todo la risa ronca y áspera del Perro. El Caballero de las Flores tiró de las riendas en el extremo de la liza. Su lanza no estaba ni astillada. Los zafiros brillaron al sol cuando se levantó el visor y sonrió. La multitud estaba loca por él.
En medio del campo, Ser Gregor Clegane consiguió ponerse en pie hecho una furia. Se arrancó el yelmo y lo estrelló contra el suelo. Su rostro era una máscara de rabia y el pelo le caía sobre los ojos.
—¡Mi espada! —gritó al escudero.
El muchacho se la llevó corriendo. El semental ya se había puesto en pie.
Gregor Clegane mató al caballo de un mandoble, tan feroz que casi seccionó el cuello del animal. En menos de un instante las aclamaciones se convirtieron en gritos de horror. El semental cayó de rodillas y trató de relinchar. Para entonces Gregor se dirigía ya hacia la zona de la liza donde estaba Ser Loras Tyrell, con la espada ensangrentada en la mano.
—¡Detenedlo! —gritó Ned. Pero sus palabras se perdieron en el rugido de la multitud. Todos gritaban, y Sansa estaba llorando.
Todo sucedió muy deprisa. El Caballero de las Flores pedía a gritos su espada, Ser Gregor derribó de un golpe a su escudero y agarró las riendas de la yegua. El animal olió la sangre y se encabritó. Loras Tyrell consiguió a duras penas mantenerse sobre la silla. Ser Gregor blandió la espada y asestó un golpe salvaje con ambas manos que acertó al muchacho en el pecho y lo derribó. El corcel huyó, y Ser Loras quedó tendido sobre la tierra. Gregor alzó la espada para asestar el golpe definitivo.
—Déjalo en paz —dijo una voz ronca, al tiempo que una mano de hierro lo apartaba del muchacho.
La Montaña se giró, mudo de rabia, blandiendo la espada larga en un arco mortífero en el que había puesto su asombrosa fuerza, pero el Perro detuvo el golpe y se lo devolvió, y los dos hermanos pelearon durante lo que pareció una eternidad, mientras los criados ponían a salvo al aturdido Loras Tyrell. Por tres veces vio Ned a Ser Gregor lanzar golpes brutales contra el yelmo de cabeza de perro, y en cambio Sandor no dirigió ni un solo ataque contra la cabeza desprotegida de su hermano.
La voz del rey puso fin a aquello. La voz del rey y veinte espadas. Jon Arryn les había dicho que un buen comandante debía tener buena voz en el campo de batalla, y Robert había comprobado en el Tridente cuán cierto era aquello.
—¡Que cese esta locura! —rugió—. ¡Lo ordena vuestro rey!
El Perro se dejó caer sobre una rodilla. La espada de Ser Gregor hendió el aire, pero por fin pareció recuperar el sentido común. Dejó caer la espada y miró a Robert, rodeado por su Guardia Real y por otra docena de caballeros y soldados. Sin decir palabra se dio media vuelta y se alejó a zancadas, apartando de un empujón a Barristan Selmy.
—Dejad que se marche —dijo Robert.
Y, tan deprisa como había comenzado, todo terminó.
—¿Ahora el Perro es el campeón? —preguntó Sansa a Ned.
—No —respondió él—. Tiene que haber una última justa, entre el Perro y el Caballero de las Flores.
Pero Sansa estaba en lo cierto. Momentos más tarde Ser Loras Tyrell volvió a la liza. Vestía un sencillo jubón de lino, y se dirigió hacia Sandor Clegane.
—Os debo la vida. Sois el vencedor, ser.
—No soy ningún «ser» —replicó el Perro.
Pero aceptó la victoria, y la bolsa del campeón, y quizá por primera vez en su vida las aclamaciones del pueblo, que le aplaudió mientras salía de la liza para dirigirse hacia su tienda.
Ned y Sansa se encaminaron hacia el prado de tiro con arco, y Meñique, Lord Renly y algunos hombres más les dieron alcance.
—Tyrell sabía que su yegua estaba en celo —iba diciendo Meñique—. Estoy seguro de que el chico lo tenía todo planeado. Gregor siempre monta sementales grandes y temperamentales, con más ardor que sentido común. —Por lo visto le parecía una idea muy graciosa. No así a Ser Barristan Selmy.
—En los trucos no hay honor —dijo el anciano, rígido.
—No habrá honor, pero sí veinte mil piezas de oro —sonrió Lord Renly.
Aquella tarde un muchacho llamado Anguy, un plebeyo desconocido procedente de las Marcas de Dorne, ganó la competición de tiro con arco a Ser Balon Swann y a Jalabhar Xho, a cien pasos, cuando el resto de los arqueros ya habían quedado eliminados en distancias más cortas. Ned envió a Alyn en su busca para ofrecerle un puesto en la guardia de la Mano, pero el chico estaba ebrio de vino, victoria y riquezas jamás soñadas, y lo rechazó.
El combate cuerpo a cuerpo duró tres horas. Tomaron parte casi cuarenta hombres, jinetes libres, caballeros sin tierras, escuderos deseosos de labrarse una reputación... Lucharon con armas embotadas, en un caos de lodo y sangre, formaban pequeños ejércitos que peleaban juntos y luego se dividían a medida que se formaban y rompían alianzas, hasta que sólo quedó un hombre en pie. El vencedor fue el sacerdote rojo Thoros de Myr, un demente que se afeitaba la cabeza y luchaba con una espada llameante. No era la primera vez que vencía esta clase de combate. La espada llameante asustaba a los caballos de los demás jinetes, y a Thoros no lo asustaba nada. El resultado final fueron tres miembros rotos, una clavícula destrozada, una docena de dedos aplastados, dos caballos que hubo que rematar e incontables cortes, esguinces y magulladuras. Ned daba gracias a los dioses porque el rey no hubiera participado.
Aquella noche, durante el festín, Eddard Stark se atrevió a albergar más esperanzas que en mucho tiempo. Robert estaba de un humor inmejorable. Los Lannister se habían esfumado, y hasta sus hijas se comportaban bien. Jory había llevado a Arya para que tomara parte en la celebración, y Sansa habló a su hermana con amabilidad.
—El torneo ha sido magnífico —suspiró—. Deberías haberlo visto. ¿Cómo va tu danza?
—Estoy toda llena de cardenales —informó Arya alegremente al tiempo que le enseñaba con orgullo una enorme magulladura violácea que tenía en la pierna.
—Debes de bailar fatal —señaló Sansa, dubitativa.
Más tarde, cuando Sansa se fue a escuchar a un grupo de trovadores que interpretaban la compleja serie de baladas entrelazadas denominada «Danza de los Dragones», Ned quiso ver él mismo la magulladura.
—Espero que Forel no te presione demasiado.
Arya se mantuvo en equilibrio sobre una pierna. Cada vez se le daba mejor.
—Syrio dice que cada herida es una lección, y que cada lección te lleva un paso más allá.
Ned frunció el ceño. La reputación de Syrio Forel era excelente, y su extravagante estilo bravoosiano era perfecto para la estilizada espada de Arya, pero aun así... hacía pocos días, la niña había vagado por el torreón con los ojos vendados por una tira de seda negra. Le explicó que Syrio le estaba enseñando a ver con los oídos, con la nariz y con la piel. Y antes de eso la había tenido haciendo volteretas adelante y atrás.
—¿Seguro que quieres seguir con esto, Arya?
—Mañana vamos a cazar gatos —contestó ella después de asentir.
—Gatos —suspiró Ned—. Creo que cometí un error al contratar al bravoosi. Si quieres le diré a Jory que se encargue de enseñarte. O también puedo hablar con Ser Barristan. De joven era el mejor espadachín de los Siete Reinos.
—No —replicó Arya—. Quiero aprender con Syrio.
Ned le acarició el pelo. Cualquier maestro de armas pasable podría enseñar a Arya a lanzar y detener estocadas sin tanta tontería con vendas, volteretas laterales y saltos sobre una pierna, pero conocía demasiado bien a su hija pequeña, sabía que no valía la pena discutir cuando proyectaba hacia afuera aquella mandíbula testaruda.
—Como quieras —dijo. Sin duda no tardaría en cansarse de aquello—. Pero ten cuidado, ¿eh?
—Te lo prometo —le aseguró la niña con solemnidad al tiempo que saltaba de la pierna derecha a la izquierda con un movimiento fluido.
Mucho más tarde, una vez hubo llevado a sus hijas de vuelta a la ciudad y las hubo dejado en sus respectivos dormitorios, a Sansa con sus sueños y a Arya con sus magulladuras, Ned subió por las escaleras que llevaban a sus habitaciones, en la cima de la Torre de la Mano. Aquel día había hecho calor, y el ambiente de la estancia era denso y olía a cerrado. Ned se dirigió hacia la ventana y abrió los pesados postigos para que entrara el aire fresco de la noche. Echó un vistazo al otro lado del patio, y advirtió la luz tililante de una vela en la ventana de Meñique. La medianoche había quedado ya muy atrás. Abajo, junto al río, la jarana apenas empezaba a decaer.
Sacó la daga y la examinó. El arma de Meñique, que Tyrion Lannister había ganado en una apuesta de torneo, enviada para asesinar a Bran mientras estaba inconsciente. ¿Por qué? ¿Para qué querría el enano matar a Bran? ¿Para qué querría nadie matar a Bran?
La daga, la caída de Bran... todo tenía alguna relación con la muerte de Jon Arryn, lo presentía, pero las circunstancias de la muerte de Jon seguían siendo tan oscuras como al principio. Lord Stannis no había regresado a Desembarco del Rey para el torneo. Lysa Arryn protegía su silencio tras los altos muros del Nido de Águilas. El escudero había muerto, y Jory seguía investigando por los prostíbulos. No tenía nada, sólo al bastardo de Robert.
Porque a Ned no le cabía duda de que el hosco aprendiz del armero era el bastardo del rey. Llevaba los rasgos de los Baratheon grabados en el rostro, en la mandíbula, en los ojos, en aquella mata de cabello negro. Renly era demasiado joven para haber engendrado a un chico de su edad, y Stannis demasiado frío y orgulloso. Gendry era hijo de Robert.
Pero, aun sabiendo aquello, ¿qué había descubierto? El rey tenía más hijos bastardos repartidos por los Siete Reinos. Había reconocido abiertamente a uno, un niño de la edad de Bran cuya madre era de alta cuna. El chico estaba como pupilo en Bastión de Tormentas, al cargo del gobernador de la fortaleza de Lord Renly.
Recordó la primera vez que Robert había sido padre, cuando él mismo era casi un chiquillo, en el Valle. Tuvo una hija, una niña preciosa, y el joven señor de Bastión de Tormentas se encargó de su manutención. La visitaba a diario incluso mucho después de perder todo interés por la madre. A menudo arrastraba a Ned con él, tanto si quería como si no. Aquella niña tendría ya diecisiete o dieciocho años, sería mayor que Robert cuando la engendró. El concepto se le hizo muy extraño.
A Cersei no le debían de hacer gracia los vaivenes de su señor esposo, pero al fin y al cabo no tenía importancia si el rey engendraba a un bastardo o a un centenar. La ley y el uso reconocían pocos derechos a los hijos ilegítimos. Gendry, la chica del Valle, el muchachito de Bastión de Tormentas... ninguno de ellos representaba una amenaza para los hijos legítimos de Robert...
Unos golpecitos en la puerta interrumpieron sus cavilaciones.
—Aquí hay un hombre que quiere veros, mi señor —dijo la voz de Harwin—. Se niega a dar su nombre.
—Que pase —dijo Ned, intrigado.
El visitante era un hombre recio, con botas agrietadas llenas de barro, una pesada túnica marrón de tejido basto, una capucha que le ocultaba el rostro y las manos ocultas en las mangas amplias.
—¿Quién eres? —quiso saber Ned.
—Un amigo —replicó el encapuchado en voz baja, extraña—. Tenemos que hablar a solas, Lord Stark.
—Puedes marcharte, Harwin —dijo Ned. La curiosidad pudo más que la cautela.
Cuando estuvieron a solas en la habitación, con todas las puertas cerradas, el visitante se bajó la capucha.
—¡Lord Varys! —exclamó Ned, atónito.
—Lord Stark —respondió Varys con toda cortesía al tiempo que se sentaba—. ¿Puedo pediros algo de beber?
Ned llenó dos copas con vino veraniego y tendió una a Varys.
—Aunque hubiera pasado a medio metro de vos no os habría reconocido —dijo, incrédulo. Jamás había visto al eunuco vestir otra cosa que no fueran sedas, terciopelos y los más ricos damascos; y aquel hombre no olía a lilas, sino a sudor.
—Es lo que deseaba con toda mi alma —replicó Varys—. No nos ayudaría en absoluto que ciertas personas supieran que hemos tenido esta conversación en privado. La reina os vigila de cerca. Este vino es excelente, muchas gracias.
—¿Cómo habéis pasado desapercibido para el resto de mis guardias? —preguntó Ned. Porther y Cayn estaban apostados en el exterior de la torre, y Alyn en las escaleras.
—La Fortaleza Roja tiene caminos que sólo conocen los fantasmas y las arañas. —Varys sonrió en gesto de disculpa—. No os entretendré mucho tiempo, mi señor. Hay algunas cosas de las que debéis estar informado. Sois la Mano del Rey, y el rey es un idiota. —El tono empalagoso del eunuco se había esfumado, su voz era en aquel momento afilada como un látigo—. Sí, es vuestro amigo, lo sé, pero sigue siendo un idiota. Y un idiota muerto, a menos que vos lo salvéis. Hoy ha faltado poco. Querían matarlo durante el combate cuerpo a cuerpo.
—¿Quién? —consiguió preguntar Ned, que durante un momento se había quedado mudo de la sorpresa.
—Si de verdad necesitáis respuesta a esa pregunta, sois tan idiota como Robert y yo estoy en el bando que no debo. —Varys bebió un sorbo de vino.
—Los Lannister —dijo Ned—. La reina... no, no me lo puedo creer, ni siquiera de Cersei. ¡Le pidió que no luchara!
—Le prohibió que luchara, y eso delante de su hermano, sus caballeros y la mitad de la corte. Decidme con sinceridad, ¿se os ocurre mejor manera de obligar al rey Robert a participar en el torneo?
Ned sintió náuseas. El eunuco tenía razón: si uno quería que Robert Baratheon hiciera algo, bastaba con decirle que no podía, que no debía.
—Pero, aunque hubiera participado, ¿quién se habría atrevido a matar al rey?
—Había cuarenta jinetes —contestó Varys encogiéndose de hombros—. Los Lannister tienen muchos amigos. En medio del caos, con los caballos relinchando, tantos huesos rotos, Thoros de Myr con esa espada absurda que lleva siempre, ¿quién podría decir que el golpe que mató a Su Alteza fue intencionado? —Se volvió a llenar la copa—. Cuando todo terminara, el asesino estaría transido de dolor. Casi me parece oír sus sollozos. Qué tristeza. Pero no me cabe duda de que la compasiva viuda se apiadaría del pobre desdichado, lo ayudaría a ponerse en pie y besaría su frente en gesto de perdón. El buen rey Joffrey no tendría más remedio que indultarlo. —El eunuco se pasó un dedo por la mejilla—. O quizá Cersei permitiría que Ser Ilyn le cortara la cabeza. Un riesgo menos para los Lannister, aunque sería una sorpresa muy poco grata para su amiguito.
—Conocíais todo este plan y no hicisteis nada. —Ned estaba airado.
—Yo controlo rumores, no guerreros.
—Podríais haber acudido antes a mí.
—Ah, sí, desde luego. Y vos habríais ido a hablar con el rey, ¿verdad? Y cuando Robert supiera del peligro que corría, ¿qué creéis que habría hecho?
—Los habría enviado a todos al Infierno y habría participado para demostrar que no tenía miedo —dijo Ned después de meditar un instante.
Varys extendió las manos.
—Tengo que confesaros algo más, Lord Eddard. Sentía curiosidad por saber qué ibais a hacer vos. «¿Por qué no acudisteis a mí?», me preguntáis. Y os diré la verdad, porque no confiaba en vos, mi señor.
—¿Que no confiabais en mí? —El asombro de Ned fue genuino.
—En la Fortaleza Roja hay dos tipos de personas, Lord Eddard —dijo Varys—. Las que son leales al reino y las que no sienten lealtad más que hacia ellas mismas. Hasta esta mañana no tenía manera de saber a qué grupo pertenecíais... así que aguardé... y ahora estoy seguro. —Sonrió con una sonrisa regordeta y tensa a la vez, y por un momento su rostro público y su rostro privado fueron el mismo—. Empiezo a comprender por qué la reina os tiene tanto miedo. Desde luego que sí.
—A vos es al que debería temer.
—No. Yo soy lo que soy. El rey me utiliza, pero se avergüenza de ello. Nuestro Robert es muy resuelto y viril, y a los hombres como él no les gustan las serpientes, las arañas ni los eunucos. Si un día Cersei le susurra al oído: «Mata a ese hombre», Ilyn Payne me cortará la cabeza antes de que tenga tiempo de pestañear, ¿y quién llorará por el pobre Varys? Ni en el norte ni en el sur se componen canciones en honor de las arañas. —Extendió una mano blanda y rozó el hombro de Ned—. En cambio a vos, Lord Stark, creo... no, estoy seguro... de que jamás os mandaría matar, ni siquiera por su reina, y en eso puede residir nuestra salvación.
Aquello era ya demasiado. Por un momento Eddard Stark deseó con todas sus fuerzas volver a Invernalia, a la limpia simplicidad del norte, donde los enemigos eran el invierno y los salvajes de más allá del Muro.
—Pero Robert debe de tener más amigos leales —protestó—. Sus hermanos, su...
—¿... su esposa? —terminó Varys con una sonrisa como una navaja—. Sus hermanos detestan a los Lannister, de eso no cabe duda, pero odiar a la reina y amar al rey son dos cosas muy diferentes, ¿verdad? Ser Barristan ama su honor, el Gran Maestre Pycelle ama su cargo, y Meñique ama a Meñique.
—La Guardia Real...
—Un escudo de papel —replicó el eunuco—. Por lo que más queráis, Lord Stark, intentad no poner esa cara de sorpresa. El propio Jaime Lannister es un Hermano Juramentado de las Espadas Blancas, y ya sabemos todos qué valen sus juramentos. Los días en que la capa blanca la llevaban hombres como Ryam Redwyne y el príncipe Aemon, el Caballero Dragón, sólo perviven en las canciones. De los siete que componen ahora la guardia el único que es de auténtico acero es Ser Barristan Selmy, y no olvidemos que es viejo. Ser Boros y Ser Meryn pertenecen a la reina en cuerpo y alma, y sobre los demás tengo serias sospechas. No, mi señor. Si se desenfundan las espadas, vos seréis el único amigo verdadero de Robert Baratheon.
—Hay que informar a Robert —dijo Ned—. Si lo que decís es verdad, aunque sólo sea en parte, hay que informar a Robert enseguida.
—¿Y qué pruebas le vamos a presentar? ¿Mi palabra contra la de ellos? ¿Mis pajaritos contra la reina y el Matarreyes, contra sus hermanos y su Consejo, contra los Guardianes de Oriente y de Occidente, contra todo el poder de Roca Casterly? Por favor, llamad directamente a Ser Ilyn, así ahorraremos tiempo. Sé adónde lleva ese camino.
—Pero, si estáis en lo cierto, intentarán matarlo de nuevo.
—Desde luego —asintió Varys—. Y me temo que más temprano que tarde. Los estáis poniendo muy nerviosos, Lord Eddard. Pero mis pajaritos estarán atentos, y quizá vos y yo, juntos, podamos anticiparnos a sus golpes. —Se levantó y se echó la capucha sobre la cara—. Gracias por el vino. Volveremos a hablar. La próxima vez que me veáis en el Consejo, intentad tratarme con vuestro desdén habitual. No creo que os cueste demasiado. —Ya estaba junto a la puerta cuando Ned lo llamó.
—Varys. —El eunuco se volvió—. ¿Cómo murió Jon Arryn?
—Me preguntaba cuánto tardaríais en llegar a eso.
—Decídmelo.
—Lo llaman «lágrimas de Lys». Es una sustancia muy rara y costosa, transparente y dulce como el agua, no deja rastro. Mil veces supliqué a Lord Arryn que tuviera un catador, se lo rogué en esta misma estancia, pero no me hizo caso. Me dijo que esa idea nunca se le pasaría por la cabeza a un hombre de verdad. A un hombre completo.
—¿Quién le suministró el veneno? —Ned tenía que saber el resto.
—Algún amigo querido, alguien que a menudo compartía con él el pan y el vino, no me cabe duda. Pero, ¿cuál? Había tantos... Lord Arryn era un hombre bondadoso y confiado. —El eunuco suspiró—. Había un muchacho... le debía a Jon Arryn todo loque tenía, todo lo que era, pero cuando la viuda huyó al Nido de Águilas junto con todo su séquito, él se quedó en Desembarco del Rey y prosperó. Siempre me alegro de ver que los jóvenes prosperan en la vida. —Su voz volvía a ser un látigo, cada palabra un golpe—. Debía de ser una figura galante en el torneo, ¿verdad?, con la armadura nueva, la capa ribeteada de lunas... Lástima que muriera tan joven... y de manera tan inoportuna, antes de que pudierais hablar con él.
—El escudero —dijo Ned. Sentía como si a él también lo hubieran envenado—.
Ser Hugh. —Engranajes dentro de engranajes dentro de engranajes. El corazón le latía a toda velocidad—. Pero, ¿por qué? ¿Por qué en estos momentos? Jon Arryn fue la Mano del Rey durante catorce años, ¿qué hacía ahora para que lo mataran?
—Preguntas —replicó Varys al tiempo que salía por la puerta.