16 - Como sabes que no estÁn temblando de terror

TERROR?»


« ¡Oh, dioses! ¡Sois injustos!
¡Mi padre y mi madre
merecían tener
una hija
mejor que yo!»
de Los susurros divinos de Han Qingjao
—Tenías el Pequeño Doctor en tu poder y lo devolviste? —preguntó Quara, incrédula.
Todo el mundo, incluido Miro, supuso que quería decir que no se fiaba de que la flota no lo usara.
—Lo desmantelaron ante mis ojos —dijo Peter.
—Bueno, ¿y no se puede montar otra vez?
Wang-mu trató de explicarlo.
—El almirante Lands no podrá seguir ahora ese camino. No habríamos dejado las cosas sin
resolver. Lusitania está a salvo.
—Ella no habla de Lusitania. Habla de esto, del planeta de la descolada —dijo Ela fríamente.
—¿Soy la única que lo ha pensado? —dijo Quara—. Decid la verdad... resolvería todas nuestras preocupaciones sobre sondas de seguimiento, sobre nuevos brotes de versiones aún peores de la descolada...
—¿Estás pensando en volar un planeta poblado por una especie inteligente? —preguntó Wang­mu.
—Ahora mismo no —dijo Quara, como si Wang-mu fuera la persona más estúpida con la que jamás había perdido el tiempo hablando—. Si determinamos que son, ya sabes, lo que Valentine los llamó: varelse. Imposible razonar con ellos. Imposible coexistir.
—Entonces, lo que estás diciendo es que...
—Estoy diciendo lo que digo —respondió Quara. Wang-mu continuó.
—Lo que estás diciendo es que el almirante Lands no estaba equivocado por principio, simplemente se confundía en este caso concreto. Si el virus de la descolada hubiera seguido siendo una amenaza en Lusitania, entonces su deber habría sido volar el planeta.
—¿Qué son las vidas de la gente de un planeta comparadas con toda la vida inteligente?
—¿Es ésta la misma Quara Ribeira que intentó impedirnos que destruyéramos el virus de la descolada porque podía ser inteligente? —dijo Miro. Parecía divertido.
—He pensado mucho desde entonces. Era infantil y sentimental. La vida es preciosa. La vida inteligente aún más. Pero cuando un grupo inteligente amenaza la supervivencia de otro, entonces el grupo amenazado tiene derecho a protegerse. ¿No es lo que hizo Ender? ¿Una y otra vez?
Quara miró de uno a otro, triunfante. Peter asintió.
—Sí —dijo—. Lo que hizo Ender.
—En un juego —añadió Wang-mu.
—En la lucha con dos niños que amenazaban su vida. Se aseguró de que nunca volvieran a hacerlo. Así es como se libra la guerra, por si alguno de vosotros piensa lo contrario. No se pelea con una fuerza mínima, sino con la fuerza máxima a un coste soportable. No se pellizca al enemigo, ni siquiera se le hace sangre, se destruye su capacidad de contraatacar. Es la estrategia que se utiliza con las enfermedades. No se trata de buscar una droga que mate el noventa y nueve por ciento de las bacterias o los virus. Si se hace así, lo único que se consigue es crear una nueva cepa resistente a la droga. Hay que matar el cien por cien.
Wang-mu trató de encontrar un argumento para rebatirla.
—¿Es la enfermedad una analogía válida?
—¿Cuál es tu analogía? —respondió Peter—. ¿Un combate de lucha libre? ¿Pelear hasta agotar la resistencia de tu oponente? Muy bien... siempre que tu oponente luche siguiendo las mismas reglas.
Pero si tú estás dispuesto a boxear y él saca un cuchillo o una p istola, ¿qué? ¿Y si es un partido de tenis? ¿Sigues jugando hasta que tu oponente hace estallar una bomba bajo tus pies? No hay ninguna regla. En la guerra.
—¿Pero es esto una guerra? —preguntó Wang-mu.
—Como dijo Quara —respondió Peter—, si descubrimos que no se puede tratar con ellos, entonces sí, es la guerra. Lo que hicieron con Lusitania, con los indefensos pequeninos, fue devastador, impío, guerra total sin que les importaran los derechos del otro bando. Ese es nuestro enemigo, a menos que podamos hacerles comprender las consecuencias de lo que hicieron. ¿No es eso lo que estabas diciendo, Quara?
—Exactamente.
Wang-mu sabía que había algo equivocado en este razonamiento, pero no podía detectarlo.
—Peter, si realmente piensas así, ¿por qué no te quedaste con el Pequeño Doctor?
—Porque podríamos estar equivocados, y el peligro no ser inminente.
Quara chasqueó la lengua, despreciativa.
—No estuviste aquí, Peter. No viste lo que nos lanzaron... un virus especialmente creado, hecho a medida para que nos quedáramos sentados como idiotas mientras ellos venían y se apoderaban de nuestra nave.
—¿Y cómo lo enviaron, en un hermoso sobre? ¿Enviaron un cachorro infectado, sabiendo que no podríais resistiros a cogerlo y abrazarlo?
—Emitieron el código. Pero esperaban que lo interpretáramos haciendo la molécula que luego tendría su efecto.
—No —dijo Peter—, especulasteis que así es como funciona su idioma, y luego empezasteis a actuar como si esa suposición fuera la verdad.
—¿Y cómo sabes que no lo es?
—No sé nada. Eso es lo que planteo. No lo sabemos. No podemos saberlo. Si los viéramos lanzar sondas, o si empezaran a intentar borrar esta nave del cielo, tendríamos que actuar. Tendríamos, por ejemplo, que mandar naves tras las sondas y estudiar detenidamente los virus que enviaran. O, si atacaran esta nave, emprender una acción evasiva y analizar sus armas y tácticas.
—Eso está muy bien ahora —dijo Quara—. Ahora que Jane está a salvo y las madres-árbol siguen intactas y puede controlar los vuelos estelares. Ahora podemos responder con sondas y esquivar los misiles o lo que sea. ¿Pero y antes, cuando estábamos indefensos aquí? ¿Cuando sólo nos quedaban unas cuantas semanas de vida, o eso pensábamos?
—Entonces tampoco tenías el Pequeño Doctor, así que no podrías haber volado este planeta — le contestó Peter—. No pusimos nuestras manos sobre el Artefacto D.M. hasta después de que el poder de vuelo de Jane fuera restaurado. Y con ese poder ya no es necesario destruir el planeta de la descolada hasta y a menos que suponga un peligro demasiado grande para evitarlo de otra forma.
Quara se echó a reír.
—¿Qué es esto? Pensaba que Peter era la parte desagradable de la personalidad de Ender. Resulta que eres todo luz y dulzura. Peter sonrió.
—Hay ocasiones en que tienes que defenderte o defender a otros de un mal implacable. Y en algunas de esas ocasiones la única defensa que tiene esperanza de éxito es el uso de la fuerza bruta. En tales ocasiones la buena gente actúa brutalmente.
—No empezaremos con las autojustificaciones, ¿verdad? —dijo Quara—. Eres el sucesor de Ender. Por tanto te parece conveniente creer que esos niños que Ender mató fueron excepciones a tu regla.
—Justifico a Ender por su ignorancia e indefensión. Nosotros no estamos indefensos. El Congreso Estelar y la Flota Lusitania no estaban indefensos. Y decidieron actuar antes de acabar con su ignorancia.
—Ender decidió emplear el Pequeño Doctor mientras era ignorante.
—No, Quara. Los adultos que le mandaban lo emplearon. Podrían haber interceptado y bloqueado su decisión. Tuvieron tiempo de sobra para anular la orden. Ender creía estar jugando. Pensaba que al usar el Pequeño Doctor en la simulación demostraría ser indigno de confianza, rebelde, o incluso demasiado brutal para que se le otorgara el mando. Intentaba que lo expulsaran de la Escuela de Mando. Eso es todo. Hacía lo necesario para que dejaran de torturarlo. Los adultos fueron quienes decidieron lanzar su arma más poderosa: Ender Wiggin. No más esfuerzos por intentar hablar con los insectores, por comunicarse. Ni siquiera al final, cuando supieron que Ender iba a destruir el mundo natal de los insectores. Habían decidido ir a matar, no importaba lo que pasase. Como el almirante Lands. Como tú, Quara.
—¡He dicho que esperaría hasta que lo averiguáramos!
—Bien —dijo Peter—. Entonces no estamos en desacuerdo.
—¡Pero deberíamos tener el Pequeño Doctor aquí!
—El Pequeño Doctor no debería existir. Nunca fue necesario.
Nunca fue apropiado. Porque el coste es demasiado alto.
—¡Coste! —se burló Quara—. ¡Es más barato que las antiguas armas nucleares!
—Hemos tardado tres mil años en superar la destrucción del planeta natal de las reinas colmena. Ése es el coste. Si usamos el Pequeño Doctor, entonces somos el tipo de gente que aniquila otras especies. El almirante Lands era igual que los hombres que utilizaron a Ender Wiggin. Habíandecidido ya. Ése fue el peligro. Ése fue el mal. Había que destruir. Pensaban haber decidido bien.
Estaban salvando a la raza humana. Pero no era así. Había un montón de diferentes motivos implicados, pero al decidir utilizar el arma, también decidieron no intentar comunicarse con el enemigo. ¿Por qué no hubo una demostración del Pequeño Doctor en una luna cercana? ¿Dónde estuvo el intento de Lands de verificar que la situación de Lusitania no había cambiado? Y tú, Quara... ¿qué metodología planeabas usar exactamente para decidir si los descoladores eran demasiado malignos para que se les permitiera vivir? ¿Hasta qué punto sabes que son un peligro insoportable para todas las otras especies inteligentes?
—Míralo al revés, Peter. ¿Hasta qué punto sabes tú que no lo son?
—Tenemos armas mejores que el Pequeño Doctor. Ela diseñó una vez una molécula para bloquear los efectos dañinos de la descolada sin destruir su capacidad para contribuir a las transformaciones de la flora y fauna de Lusitania. ¿Quién dice que no podemos hacer lo mismo con cada plaga que nos envíen hasta que se rindan? ¿Quién dice que no están ya tratando desesperadamente de comunicarse con nosotros? ¿Cómo sabes que la molécula que enviaron no era un intento de que estuviéramos contentos con ellos de la única forma en que sabían, enviándonos una molécula que eliminara nuestra ira? ¿Cómo sabes que no están temblando de terror en ese planeta porque tenemos una nave que puede desaparecer y reaparecer en cualquier otra parte? ¿Estamos nosotros intentando hablar con ellos?
Peter los abarcó a todos con la mirada.
—¿No lo comprendéis? Sólo hay una especie que conozcamos que haya tratado deliberada, conscientemente de destruir otra raza inteligente sin ningún intento serio de mandar una advertencia o en blar comunicación. Nosotros. El primer xenocidio falló porque las víctimas del ataque consiguieron esconder a una hembra preñada. La segunda vez falló por un motivo mejor... porque algunos miembros de la raza humana decidieron detenerlo. No sólo algunos, muchos. El Congreso. Una gran corporación. Un filósofo de Viento Divino. Un santón samoano y sus amigos creyentes de Pacífica. Wang-mu y yo. Jane. Y los propios hombres y oficiales del almirante Lands, cuando finalmente entendieron la situación. Estamos mejorando, ¿no lo veis? Pero sigue en pie un hecho: los humanos somos la raza inteligente que ha mostrado más tendencia a rechazar deliberadamente la comunicación con otras especies y que en cambio las ha destruido por completo. Tal vez los descoladores sean varelse y tal vez no. Pero me asusta mucho más la idea de que los varelse seamosnosotros. Ése es el coste de emplear el Pequeño Doctor cuando no es necesario y nunca lo será, dadas las otras herramientas de que disponemos. Si decidimos usar el Artefacto D.M., entonces no somos ramen. Nunca se podrá confiar en nosotros. Somos la especie que merecería morir por el bien de toda la otra vida inteligente.
Quara sacudió la cabeza, pero su desdén había desaparecido.
—Me parece que alguien está intentando ganarse el perdón por sus propios crímenes.
—Ése era Ender —dijo Peter—. Se pasó la vida intentando convertirse a sí mismo y a todos los demás en ramen. Miro a mi alrededor en esta nave, pienso en lo que he visto, en la gente que he conocido en los últimos meses, y pienso que la raza humana no lo está haciendo del todo mal. Nos movemos en la dirección adecuada. Unos cuantos tropiezos aquí y allá. Un poco de charla ruidosa. Pero empezamos a ser dignos de asociarnos con las reinas colmena y los pequeninos. Y si los descoladores están un poco más lejos de ser ramen que nosotros, eso no significa que tengamos derecho a destruirlos. Significa que con más motivo debemos ser pacientes con ellos y tratar de educarlos. ¿Cuántos años hemos tardado en llegar aquí desde que marcábamos los sitios de las batallas con pilas de cráneos humanos? Miles. Y todo el tiempo tuvimos maestros tratando de hacernos cambiar, señalando el camino. Poco a poco, aprendimos. Enseñémosles... si no saben ya
más que nosotros.
—Podríamos tardar años en aprender su lenguaje —dijo Ela.
—El transporte es barato ahora —repuso Peter—. No pretendía ofenderte, Jane. Podemos mantener equipos de trabajo yendo y viniendo durante mucho tiempo sin que resulte pesado para nadie. Podemos hacer que una flota vigile este planeta. Con pequeninos, reinas colmena, investigadores humanos. Durante siglos. Durante milenios. No hay prisa.
—Creo que eso es peligroso —dijo Quara.
—Y yo creo que tú sientes el mismo deseo instintivo que todos nosotros, el que nos causa tantos problemas constantemente. Sabes que vas a morir, y quieres verlo todo resuelto antes de que eso suceda.
—¡No soy tan vieja todavía! —dijo Quara. Miro intervino.
—Tiene razón, Quara. Desde que murió Marcáo, la muerte ha pesado sobre ti. Pensadlo, todos. Los humanos somos la especie que vive poco tiempo. Las reinas colmena suponen que vivirán para siempre. Los pequeninos tienen la esperanza de muchos siglos en la tercera vida. Nosotros somos los que siempre tenemos prisa. Somos los que estamos empeñados en tomar decisiones sin obtener suficiente información, porque queremos actuar ahora, mientras aún tenemos tiempo.
—¿Y qué? ¿Esa es tu decisión? —dijo Quara—. ¿Dejar que esta grave amenaza para todo tipo
de vida siga ahí, pergeñando planes mientras nosotros miramos desde el cielo?
—Nosotros no —dijo Peter.
—No, es verdad. Tú no participas en este proyecto.
—Yo sí, pero tú no. Vas a regresar a Lusitania, y Jane nunca te traerá de vuelta. No hasta que
hayas pasado años demostrando que controlas tus recelos personales.
—¡Arrogante hijo de puta! —gritó Quara.
—Todo el mundo sabe que tengo razón. Eres como Lands. Estás demasiado dispuesta a tomar una decisión de alcances devastadores y luego te niegas a dejar que ningún argumento te haga cambiar de opinión. Hay mucha gente como tú, Quara. Pero no podemos dejar que ninguno de ellos se acerque a este planeta hasta que sepamos más. Puede que un día todas las especies inteligentes lleguen a la conclusión de que los descoladores son en efecto varelse y deben ser destruidos. Pero me parece poco probable que alguno de los presentes, excepto Jane, siga vivo cuando llegue ese día.
—¿Qué, crees que viviré eternamente? —dijo Jane.
—Será mejor que sí. A menos que Miro y tú podáis tener hijos que sepan lanzar naves estelares cuando crezcan.
Se volvió hacia Jane.
—¿Puedes llevarnos a casa ahora?
—Dicho y hecho.
Abrieron la puerta. Salieron de la nave, a la superficie de un mundo que no iba a ser destruido
después de todo. Todos excepto Quara.
—¿No viene con nosotros? —preguntó Wang-mu.
—Tal vez necesite estar un rato a solas —dijo Peter. —Seguid vosotros.
—¿Crees que puedes tratar con ella?
—Creo que puedo intentarlo.
Peter la besó.
—He sido duro con ella. Dile que lo siento.
—Tal vez más tarde puedas decírselo tú mismo.
Entró en la nave. Quara estaba sentada ante su terminal. Los últimos datos que analizaba antes de la llegada de Peter y Wang-mu todavía flotaban en el aire.
—Quara —dijo Wang-mu.
—Márchate. —Su voz ronca era una prueba clara de que había estado llorando.
—Todo lo que ha dicho Peter es verdad.
—¿A eso has venido, a frotar sal en la herida?
—Excepto que dio demasiado crédito a la raza humana por una mejora insignificante.
Quara hizo una mueca. Fue casi un sí.
—Me parece que él y todos los demás ya tenían decidido que tú eras varelse. Habían decidido
desterrarte sin posibilidad de perdón, sin comprenderte primero.
—Oh, me comprenden —dijo Quara—. Niña pequeña destrozada por la pérdida de un padre brutal a quien sin embargo amaba. Todavía buscando la figura paterna. Todavía respondiendo a todos los demás con la furia irracional que veía en su padre. ¿Crees que no sé qué han decidido?
—Te han prejuzgado.
—Por una cosa que no es cierta. Puede que haya sugerido que deberíamos tener cerca el Pequeño Doctor por si fuera necesario, pero nunca he dicho que lo usáramos sin ningún intento previo de comunicación. Peter me ha tratado como si yo fuera ese almirante.
—Lo sé.
—Sí, bien. Estoy segura de que eres muy comprensiva conmigo y él se equivoca. Vamos, Jane ya nos dijo que vosotros dos estáis... ¿cómo es esa palabra de mierda? Enamorados.
—No me enorgullezco de lo que te ha hecho Peter. Ha sido un error. Los comete. También a veces hiere mis sentimientos. Igual que tú. Acabas de hacerlo. No sé por qué. Pero a veces yo también hiero a otra gente. Y a veces hago cosas terribles porque estoy segura de tener razón. Todos somos así. Todos tenemos un poco de varelse dentro. Y un poco de raman.
—Esa sí que es la filosofía más dulce, profunda y equilibrada de la vida que he oído.
—No tengo otra mejor —dijo Wang-mu—. No poseo una educación como tú.
—¿Y ésta es la técnica de hazla-sentirse-culpable?
—Dime, Quara: si de verdad no estás interpretando el papel de tu padre o tratando de hacerle volver o cualquier cosa parecida, ¿por qué estás siempre tan furiosa con todo el mundo?
Quara finalmente giró en su silla y miró a Wang-mu a la cara. Sí, había estado llorando.
—¿Quieres saber de verdad por qué estoy llena de furia irracional todo el tiempo? —El sarcasmo no había abandonado su voz—. ¿Quieres de verdad jugar al psiquiatra conmigo? Bueno, prueba con esto. Lo que me tiene tan completamente jodida es que durante toda mi infancia mi hermano Quim me estuvo molestando en secreto, y ahora es un mártir y van a hacerlo santo y nadie sabrá nunca lo malo que fue y las cosas terribles, terribles que me hizo.
Wang-mu se quedó allí de pie, horrorizada. Peter le había hablado de Quim. De cómo había
muerto. Del tipo de hombre que era.
—Oh, Quara-dijo—. ¡Lo siento tanto!
Una expresión de completo disgusto se asomó al rostro de Quara.
—Eres una ilusa. Quim nunca me tocó, estúpida metomentodo. Pero estás tan ansiosa por
conseguir alguna explicación barata de por qué soy tan cerda que te crees cualquier historia medianamente plausible. Y ahora mismo probablemente te estarás preguntando si mi confesión no habrá sido cierta y la niego porque tengo miedo de las consecuencias o alguna mierda por el estilo. Entiende esto bien, muchacha. No quiero que me conozcas. No quiero ninguna amiga, y si quisiera una, no elegiría a la tontita de Peter para hacer los honores. ¿Ha quedado claro?
A lo largo de su vida Wang-mu había sido golpeada por expertos y vilipendiada por campeones. Quara era bastante buena pero no lo bastante para que Wang-mu no pudiera soportarlo sin parpadear.
—Veo, sin embargo, que después de soltar esa vil acusación contra el más noble miembro de tu familia no has podido soportar que me la creyera —dijo—. Así que sientes lealtad hacia alguien, aunque esté muerto.
—No captas ninguna insinuación, ¿eh?
—Y también veo que sigues hablándome, aunque me desprecias y tratas de ofenderme.
—Si fueras un pez, serías una rémora; te agarras y chupas la vida, ¿no?
—En cualquier momento puedes salir de aquí y esquivar mis patéticos intentos de entablar amistad contigo —dijo Wang-mu—. Pero no te vas.
—Eres increíble —dijo Quara. Se soltó de la silla, se levantó, y salió por la puerta abierta.
Wang-mu la vio marchar. Peter tenía razón. Los humanos seguían siendo la más extraña de todas las especies. La más peligrosa, la más irracional, la más impredecible.
Incluso así, Wang-mu se atrevió a hacer un par de predicciones. Primero, confiaba en que el equipo investigador estableciera algún día comunicación con los descoladores.
La segunda predicción era mucho más dudosa, más parecida a una esperanza. Tal vez era sólo un deseo: que algún día Quara le dijera la verdad. Que algún día la herida oculta que soportaba se sanara. Que algún día llegaran a ser amigas.
Pero no hoy. No había prisa. Wang-mu trataría de ayudar a Quara porque obviamente lo necesitaba, y porque la gente que llevaba tratándola más tiempo estaba demasiado harta de ella. Pero ayudar a Quara no era la única cosa que tenía que conseguir, ni siquiera la más importante. Casarse con Peter y empezar una vida con él... ésa era la máxima prioridad. Y conseguir algo de comer, un poco de agua, y un lugar donde orinar... ésas eran las prioridades en este preciso momento de su vida.
Supongo que eso significa que soy humana, pensó Wang-mu. No un dios. Tal vez sólo sea una bestia después de todo. Parte raman. Parte varelse. Pero más raman que varelse, al menos en sus días buenos. También Peter era como ella. Ambos formaban parte de la misma especie defectuosa. Peter y yo llamaremos a algún aiúa para que venga del Exterior y tome el control de un cuerpo diminuto que nuestros cuerpos hayan creado, y nos encargaremos de que ese niño sea varelse unos días y raman otros. Algunos días seremos buenos padres y otros días seremos unos fracasados. Algunos días estaremos desesperadamente tristes y otros seremos tan felices que apenas podremos soportarlo. Puedo vivir con eso.