14 - La forma en que se comunican con los animales

ANIMALES»


«Si fuéramos mejores o más sabios
tal vez los dioses nos explicarían
las cosas descabelladas e insoportables que hacen.»

de Los susurros divinos de Han Qing jao
En el momento en que el almirante Bobby Lands recibió la noticia de que las conexiones ansible con el Congreso Estelar habían sido restauradas dio la orden para que toda la Flota Lusitania desacelerase y pasara a una velocidad justo por debajo del umbral de invisibilidad.
La orden fue obedecida de inmediato y supo que, al cabo de una hora, cualquiera que observara el espacio con un telescopio desde Lusitania vería la flota entera aparecer de la nada. Se lanzarían hacia un punto cercano a Lusitania a velocidad sorprendente, sus enormes escudos de proa todavía emplazados para protegerlos de los devastadores daños producidos por las colisiones con partículas interestelares tan pequeñas como motas de polvo.
La estrategia del almirante Lands era sencilla. Se acercaría a Lusitania a la velocidad más alta posible sin que causara efectos relativistas; lanzaría el Pequeño Doctor durante el período de acercamiento máximo, un lapso de no más de un par de horas; y luego llevaría a toda su flota a velocidades relativistas tan rápidamente que cuando el Artefacto D.M. estallara no pillara a ninguna de sus naves dentro de su campo destructor.
Era una buena estrategia, sencilla, basada en la suposición de que Lusitania no tenía defensas. Pero para Lands esa suposición era un tanto dudosa. De algún modo, los rebeldes lusitanos habían adquirido recursos suficientes durante un período de tiempo cercano al final del viaje, que pudieron cortar todas las comunicaciones entre la flota y el resto de la humanidad. No importaba que el problema hubiera sido achacado a un programa informático saboteador particularmente listo y persuavivo; no importaba que sus superiores le aseguraran que ese programa había sido destruido mediante una acción radical cronometrada para eliminar la amenaza justo antes de la llegada de la flota a su destino. Lands no tenía intención de dejarse engañar por una supuesta falta de defensas. El enemigo había demostrado contar con fuerzas desconocidas, y Lands tenía que estar preparado para cualquier eventualidad. Era la guerra, la guerra total, y no iba a permitir que su misión quedara comprometida por un descuido o un exceso de confianza.
Desde el momento en que le encomendaron su misión, fue plenamente consciente de que pasaría a la historia humana como el Segundo Xenocida. No era fácil contemplar la destrucción de una raza alienígena, sobre todo cuando los cerdis de Lusitania eran, según todos los informes, tan primitivos que por sí solos no representaban ninguna amenaza para la humanidad. Incluso cuando alienígenas enemigos fueron en efecto una amenaza, como sucedió con los insectores en la época del Primer Xenocida, algún corazón compasivo que se llamaba a sí mismo el Portavoz de los Muertos había conseguido pintar un brillante retrato de aquellos monstruos asesinos a los que había descrito como una especie de utópica comunidad gregaria que realmente no pretendía causar ningún daño. ¿Cómo podía saber el autor de esta obra lo que pretendían los insectores? Era monstruoso escribir aquello, pues ensuciaba por completo el nombre del niño-héroe que tan brillantemente había defendido a los insectores y salvado a la humanidad.
Lands no había vacilado en aceptar el mando de la Flota Lusitania, pero desde el principio del viaje había pasado una considerable cantidad de tiempo estudiando cada día la escasa información disponible sobre Ender el Xenocida. El niño no sabía, por supuesto, que estaba comandando la flota humana real a través del ansible; se creía sumergido en un riguroso y brutal plan de simulaciones de entrenamiento. No obstante, había tomado la decisión correcta en el momento de crisis: eligió usar elarma cuyo uso contra los planetas estaba prohibido, y así destruyó el último mundo insector. Ése fue el final de la amenaza a la humanidad. Fue la acción correcta, fue lo que requería el arte de la guerra y, en su momento, el niño fue merecidamente saludado como un héroe.
Sin embargo, décadas después, hubo un cambio en la opinión pública por culpa de aquel pernicioso libro llamado La Reina Colmena, y Ender Wiggin, prácticamente en el exilio como gobernador de un nuevo planeta colonial, fue borrado por completo de la historia y su nombre convertido en sinónimo de la aniquilación de una especie amable, bienintencionada, incomprendida.
Si pudieron volverse contra alguien tan inocente como el niño Ender Wiggin, ¿qué harán conmigo?, se decía Lands una y otra vez. Los insectores eran asesinos brutales y sin alma, con flotas de naves armadas con un poder devastador, mientras que yo destruiré a los cerdis, que han matado, pero sólo a pequeña escala, a un par de científicos que tal vez violaran algún tabú. Desde luego, los cerdis no tienen ningún medio ahora o en un futuro cercano de abandonar la superficie de su planeta y desafiar el dominio de los humanos en el espacio.
Sin embargo, Lusitania era tan peligrosa como los insectores... quizás aún más. Pues había un virus suelto en aquel planeta, un virus que mataba a todo humano que infectaba, a no ser que la víctima tomara continuas dosis de un antídoto cada vez menos efectivo a intervalos regulares durante el resto de su vida. Aún más, se sabía que el virus era capaz de adaptarse rápidamente.
Mientras ese virus estuvo retenido en Lusitania, el peligro no era grave. Pero dos arrogantes científicos del planeta (el archivo oficial los identificaba como los xenólogos Marcos Miro Vladimir Ribeira von Hesse y Ouanda Quenhatta Figueira Mucumbi) violaron los términos del asentamiento humano «volviéndose nativos» y proporcionando tecnología ilegal y bioformas a los cerdis. El Congreso Estelar reaccionó adecuadamente ordenando enviar a los transgresores para ser juzgados en otro planeta... donde sin duda los habrían mantenido en cuarentena. Pero la lección tenía que ser rápida y severa para que ningún lusitano más tuviera la tentación de violar las sabias leyes que protegían a la humanidad de la expansión del virus de la descolada. ¿Quién habría imaginado que una diminuta colonia como aquélla se atrevería a desafiar al Congreso Estelar negándose a arrestar a los criminales? Desde ese momento, no hubo más remedio que enviar esta flota y destruir Lusitania.
Pues con el planeta en rebeldía, el riesgo de que naves estelares escaparan de él y esparcieran la plaga al resto de la humanidad era demasiado grande.
Todo estaba muy claro. Sin embargo Lands sabía que en el momento en que el peligro hubiera pasado, en el momento en que el virus de la descolada ya no supusiera un peligro para nadie, la gente olvidaría lo grande que había sido ese peligro y empezaría a ponerse sentimental respecto a los cerdis perdidos, aquella pobre raza víctima del implacable almirante Bobby Lands, el Segundo Xenocida.
Lands no era un hombre insensible. Saber que sería odiado le tenía en vela por las noches. Tampoco le gustaba el deber que tenía que cumplir: no era un hombre violento, y la idea de destruir no sólo a los cerdis, sino a la población humana de Lusitania, le ponía enfermo. Nadie en su flota ponía en duda su reticencia a hacer lo que tenía que hacerse; pero tampoco nadie dudaba de su sombría determinación a hacerlo.
Si pudiera encontrarse algún medio..., pensaba una y otra vez. Si cuando pase a tiempo real el Congreso nos enviara la noticia de que se ha encontrado un antídoto eficaz o una vacuna útil para detener la descolada... Cualquier cosa que demostrara que ya no había peligro. Cualquier cosa que pudiera mantener al Pequeño Doctor, desarmado, en su sitio, en la nave insignia.
Esos deseos, sin embargo, apenas podían ser considerados esperanzas. No había ninguna posibilidad. Aunque se hubiera encontrado una cura en la superficie de Lusitania, ¿cómo se sabría? No, Lands tendría que hacer conscientemente lo que Ender Wiggin hizo con toda su inocencia.
Y lo haría. Soportaría las consecuencias.
Bajaría la cabeza ante quienes lo vilipendiaran. Pues sabría que hizo lo que era necesario para el bien de la humanidad; y comparado con eso, ¿qué importaba que un individuo fuera honrado o injustamente odiado?
En el momento en que la red ansible se restauró, Yasujiro Tsu-tsumi envió sus mensajes; luego se acomodó en la instalación ansible de la novena planta de su edificio y esperó con impaciencia. Si la familia decidía que su idea tenía mérito suficiente para que valiera la pena discutirla, sus miembros querrían una conferencia en tiempo real, y estaba decidido a no ser él quien los hiciera esperar. Y si le respondían con una negativa, quería ser el primero en leerla, para que sus ayudantes y colegas de Viento Divino la oyeran de sus labios y no como un rumor a sus espaldas.
¿Comprendía Aimaina Hikari lo que le había pedido que hiciera? Yasujiro estaba en la cima de su carrera. Si lo hacía bien, empezaría a moverse de mundo en mundo, formaría parte de la elite cuyos miembros, liberados del tiempo, eran enviados al futuro a través del efecto de dilatación temporal del viaje interestelar. Pero si le consideraban un segundón, sería trasladado o degradado en la organización de Viento Divino. Nunca saldría de aquí, y se enfrentaría siempre a la piedad de aquellos que sabían que fue uno que no tuvo lo que hacía falta para pasar de una vida pequeña a la libre eternidad flotante de la dirección superior.
Probablemente Aimaina sabía todo esto. Pero aunque no supiera lo frágil que era la posición de Yasujiro, descubrirlo no lo habría detenido. Salvar otra especie de una aniquilación innecesaria... eso merecía unas cuantas carreras. ¿Podía evitar Aimaina que su propia carrera quedara arruinada? Era un honor que hubiera escogido a Yasujiro, que le hubiera considerado lo bastante sabio para reconocer el peligro moral que corría el pueblo de Yamato y lo suficientemente valiente para actuar según ese conocimiento sin importarle el coste personal.
Un honor semejante... Yasujiro esperaba que fuera suficiente para hacerle feliz si todo lo demás fallaba. Pues pensaba dejar la compañía Tsutsumi si era rechazado. Si no actuaban para impedir el peligro, no podría quedarse. Ni podría tampoco permanecer en silencio. Hablaría e incluiría a los Tsutsumi en su condena. No amenazaría con hacerlo, pues la familia desdeñaba cualquier amenaza.
Simplemente hablaría. Entonces, por su deslealtad, ellos actuarían para destruirlo. Ninguna compañía lo contrataría. Ningún cargo público permanecería mucho tiempo en sus manos. No bromeaba cuando le dijo a Aimaina que se iría a vivir con él. Cuando la familia Tsutsumi decidía castigar, el descreído no tenía más remedio que acudir a la piedad de sus amigos... si tenía algún amigo que no se sintiera aterrado por la ira Tsutsumi.
Todas estas sombrías perspectivas tenía en mente Yasujiro mientras esperaba y esperaba, hora tras hora. Sin duda no habrían ignorado su mensaje. Debían de estar leyéndolo y discutiéndolo.
Finalmente, se quedó dormido. La operadora ansible, una mujer que no estaba de servicio antes, lo despertó.
—¿Es usted por casualidad el honorable Yasujiro Tsutsumi?
La conferencia estaba ya en curso; a pesar de sus mejores intenciones, fue el último en llegar. El coste de una reunión semejante en tiempo real era impresionante, por no mencionar la molestia. Con el nuevo sistema informático cada participante en una conferencia tenía que estar presente ante el ansible, ya que ninguna reunión era posible con la espera que implicaba el desfase temporal insertado entre cada comentario y su respuesta.
Cuando Yasujiro vio los rótulos identificativos bajo los rostros que aparecían en el terminal se sintió a la vez excitado y horrorizado. Este asunto no había sido delegado a burócratas de segunda de la oficina principal de Honshu. El propio Yoshiaki-Seiji Tsutsumi, el anciano que había dirigido la Tsutsumi durante toda la vida de Yasujiro, estaba allí. Esto debía de ser una buena señal. Yoshiaki-Seiji (o «Sí Señor», como le llamaban, aunque no a la cara, por supuesto) nunca perdería el tiempo colocándose frente a un ansible simplemente para rechazar una propuesta sorprendente.
Sí Señor no habló, desde luego. Fue el viejo Eiichi quien tomó la palabra. Eiichi era la voz de la conciencia de los Tsutsumi... lo que, a decir de muchos cínicos, implicaba que debía de ser sordomudo.
—Nuestro joven hermano ha sido atrevido, pero fue sabio al transmitirnos los pensamientos y sentimientos de nuestro honrado maestro Aimaina Hikari. Aunque ninguno de nosotros en Honshu ha tenido el privilegio de conocer personalmente al Custodio del Yamato, hemos sido todos conscientes de sus palabras. No estábamos preparados para pensar que los japoneses fueran responsables, como pueblo, de la Flota Lusitania; ni para pensar que los Tsutsumi tuvieran ninguna responsabilidad especial en una situación política sin conexión evidente con las finanzas o la economía en general.
»Las palabras de nuestro joven hermano fueron sentidas y valientes; de no proceder de alguien que ha sido convenientemente modesto y respetuoso durante todos sus años de trabajo con nosotros, cuidadoso pero atrevido para correr riesgos en el momento adecuado, tal vez no hubiésemos escuchado su mensaje. Pero lo escuchamos; lo estudiamos y descubrimos por nuestras fuentes gubernamentales que la influencia japonesa sobre el Congreso Estelar fue y continúa siendo básica en este tema concreto. Y a nuestro juicio no hay tiempo para tratar de formar coalición con otras compañías o de cambiar la opinión pública. La flota puede llegar en cualquier momento. Nuestra flota, si Aimaina Hikari tiene razón; y aunque no la tenga, es una flota humana, y nosotros somos humanos, y quizás esté en nuestras manos detenerla. Una cuarentena sería más que suficiente para proteger a la especie humana de la aniquilación producida por el virus de la descolada. Por tanto, deseamos que sepas, Yasujiro Tsutsumi, que has demostrado ser digno del nombre que se te impuso al nacer. Dedicaremos todos los recursos de la familia Tsutsumi a la tarea de convencer a un número suficiente de congresistas de que se opongan a la flota... tan vigorosamente que fuercen una votación inmediata para retirarla y prohibir que ataque Lusitania. Puede que tengamos éxito o puede que fracasemos en esta tarea, pero sea como fuere, nuestro joven hermano Yasujiro Tsutsumi nos ha servido bien, no sólo con sus muchos logros en la dirección de la compañía, sino también porque supo escuchar a un extraño, supo cuándo las cuestiones morales debían primar sobre las consideraciones financieras y cuándo arriesgarlo todo para ayudar a los Tsutsumi a hacer y ser lo que es adecuado. Por tanto llamamos a Yasujiro Tsutsumi a Honshu, donde servirá a los Tsutsumi como mi ayudante. —Con esto, Eiichi inclinó la cabeza—. Me honra que un joven tan distinguido vaya a ser entrenado para convertirse en mi sustituto cuando yo me jubile o muera.
Yasujiro inclinó gravemente la cabeza. Se sentía aliviado, sí, de ser llamado directamente a Honshu: nunca habían convocado a nadie tan joven. Pero ser ayudante de Eiichi, ser educado para sustituirlo... ése no era el trabajo con el que soñaba. No había trabajado tan duro y servido tan fielmente para ser un filósofo-portavoz. Quería estar metido en el meollo de la dirección de las empresas familiares.
Pero pasarían años de vuelo estelar antes de que llegara a Honshu. Eiichi podría estar muerto. Sí Señor sin duda lo estaría. En vez de sustituir a Eiichi bien podrían ofrecerle una misión distinta, más acorde con sus habilidades reales. Así que Yasujiro no rechazaría este extraño regalo. Abrazaría su destino y lo seguiría a donde lo condujera.
—Oh, Eiichi, padre mío, me inclino ante ti y ante todos los grandes padres de nuestra compañía, sobre todo ante Yoshiaki-Seiji-san. Me honráis más allá de lo que pudiera merecer. Rezo para no decepcionaros demasiado. Y también doy las gracias de que en este tiempo difícil el espíritu Yamato esté en tan buenas manos protectoras como las vuestras.
Con su acatamiento público de las órdenes, la reunión terminó. Era cara, después de todo, y la familia Tsutsumi no malgastaba nada si podía evitarlo. La conferencia ansible se acabó. Yasujiro se echó hacia atrás en su asiento y cerró los ojos. Estaba temblando.
—Oh, Yasujiro-san —decía el asistente ansible—. Oh, Yasujiro-san.
Oh, Yasujiro-san, pensó Yasujiro. ¿Quién habría pensado que la visita de Aimaina me llevaría a esto? Con la misma facilidad podría haber sido lo contrario. Ahora sería uno de los hombres de Honshu. Fuera cual fuese su papel, estaría entre los líderes supremos de los Tsutsumi. No podía haber resultado más feliz. Quién lo habría imaginado.
Antes de que se levantara de su asiento ante el ansible, los representantes de Tsutsumi hablaron con todos los congresistas japoneses, y con muchos que no lo eran pero que seguían la filosofía necesaria. Y mientras el grupo de políticos que estaban de acuerdo crecía, quedó claro que el apoyo a la flota era débil. Después de todo, no sería tan caro detenerla.
El pequenino que estaba de guardia ante el sistema de seguimiento de los satélites que orbitaban Lusitania oyó sonar la alarma y al principio no entendió qué sucedía. Que él supiera, nunca antes había sonado. Al principio supuso que había detectado algún peligroso cambio climatológico. Pero no era nada de eso. Los telescopios exteriores la habían hecho saltar. Docenas de naves armadas acababan de aparecer; viajaban a velocidades muy altas pero no relativistas, siguiendo una ruta que les permitiría lanzar el Pequeño Doctor al cabo de una hora.
El oficial de guardia transmitió el urgente mensaje a sus colegas, y muy rápidamente se notificó al alcalde de Milagro y empezó a extenderse el rumor por lo que quedaba de la aldea. Todo aquel que no se marche antes de una hora será destruido, ése era el mensaje y, en cuestión de minutos, cientos de familias humanas se congregaron en torno a las naves estelares, esperando ansiosamente subir a ellas. Curiosamente, fueron sólo los humanos los que insistieron en estos viajes de último minuto. Enfrentados a la inevitable muerte de sus bosques de padres, madres y hermanos-árbol, los pequeninos no sentían ninguna urgencia por salvar sus propias vidas. ¿Qué serían sin sus bosques? Mejor morir entre los seres amados que hacerlo como perpetuos desconocidos en un bosque lejano que no era y nunca podría ser suyo.
En cuanto a la Reina Colmena, ya había enviado a su última hija-reina y no tenía ningún interés concreto en tratar de marcharse. Era la última de las reinas colmena que vivió antes de que Ender destruyera su planeta natal. Le parecía adecuado sucumbir también ella a la misma muerte de tres mil años antes. Además, se dijo, ¿cómo soportaría vivir lejos cuando su gran amigo, Humano, estaba enraizado en Lusitania y no podía abandonar el planeta? No era un pensamiento muy regio, pero hasta entonces ninguna reina colmena había tenido ningún amigo. Era una cosa nueva tener a alguien con quien hablar que no fuera substancialmente ella misma. Sería demasiado doloroso vivir sin Humano. Y puesto que su supervivencia no era ya crucial para la perpetuación de su especie, haría lo más grandioso, valiente, trágico, romántico y menos complicado: se quedaría. Le agradaba la idea de ser noble en términos humanos; y eso demostraba, para su propia sorpresa, que no había quedado completamente intacta tras su relación con humanos y pequeninos. La habían transformado a pesar de sus expectativas. No había habido ninguna Reina Colmena como ella en toda la historia de su pueblo.

Pero por una vez ella no le contestó.
Jane fue inflexible. El equipo que trabajaba en el idioma de los descoladores tenía que dejar Lusitania y volver a la órbita del planeta de la descolada. Naturalmente, eso la incluía a ella misma; pero nadie era lo bastante idiota para poner en duda la necesidad de que sobreviviera la persona que hacía que todas las naves viajaran, ni de que lo hiciera el equipo que tal vez salvara a toda la humanidad de los descoladores. Sin embargo, Jane pisó un terreno moral más inestable cuando insistió también en que Novinha, Grego y Olhado y su familia fueran llevados a lugar seguro. Se le comunicó a Valentine que, si no iba con su marido y sus hijos y su tripulación a la nave de Jakt, Jane se vería obligada a gastar preciosos recursos mentales para transportarlos contra su voluntad, sin nave si era necesario.
—¿Por qué nosotros? —preguntó Valentine—. No hemos pedido ningún trato especial.
—No me importa —dijo Jane—. Eres la hermana de Ender. Novinha es su viuda, y adoptó a sus hijos. No me quedaré cruzada de brazos dejándoos morir cuando tengo el poder de salvar a la familia de mi amigo. Si eso te parece injusto o un favoritismo, quéjate más tarde, pero ahora meteos en la nave de Jakt para que pueda sacaros de este mundo. Y salvarás más vidas si no me haces perder otro momento de atención con discusiones inútiles.
Sintiéndose avergonzados por tener privilegios especiales, pero agradecidos de que ellos y sus seres amados pudieran sobrevivir las siguientes horas, los miembros del equipo de descoladores se reunieron en la lanzadera convertida en astronave que Jane había situado lejos de la abarrotada zona de aterrizaje; los demás corrieron hacia la nave de Jakt, que también había trasladado a un punto alejado.
En cierto modo, para muchos de ellos al menos, la aparición de la flota era casi un alivio. Habían vivido tanto tiempo bajo su sombra que tenerla aquí por fin les proporcionaba un respiro a su interminable ansiedad. Dentro de una hora o dos, el asunto quedaría zanjado.
En la lanzadera que orbitaba el planeta de los descoladores, Miro contemplaba aturdido su terminal.
—No puedo trabajar —dijo por fin—. No puedo concentrarme en el lenguaje cuando mi pueblo y mi hogar están al borde de la destrucción.
Sabía que Jane, atada a la cama, estaba totalmente concentrada en trasladar nave tras nave de Lusitania a otros mundos coloniales, mal preparados para recibirlos. Mientras, él sólo podía tratar de descifrar mensajes moleculares de alienígenas inescrutables.
—Pues yo sí —respondió Quara—. Después de todo, estos descoladores son una amenaza igual
de grande, y para toda la humanidad, no sólo para un mundo pequeño.
—Qué inteligente por tu parte ver las cosas con perspectiva —dijo Ela secamente.
—Mirad estas emisiones que recibimos de los descoladores. A ver si reconocéis lo que estoy viendo.
Ela hizo aparecer la imagen de Quara en su propio terminal; lo mismo hizo Miro. Por muy molesta que pudiera ser Qúara, era buena en lo que hacía.
—¿Veis esto? Haga lo que haga esta molécula, está diseñada para trabajar exactamente en la misma zona del cerebro que la molécula de la heroína.
No se podía negar que encajaban perfectamente. A Ela, sin embargo, le costó trabajo creerlo.
—Sólo han podido hacer esto —dijo—, tomando la información histórica contenida en las descripciones de la descolada que les enviamos y usando esa información para construir un cuerpo humano, estudiarlo y encontrar un producto químico que nos inmovilice y nos atonte de placer mientras ellos nos hacen lo que quieren. No hay forma de que tuvieran tiempo de crear un humano desde que les enviamos esa información.
—Tal vez no tuvieron que construir todo el cuerpo humano —dijo Miro—. A lo mejor son tan diestros leyendo información genética que pueden extrapolar todo lo que necesitan saber sobre anatomía y fisiología humanas a partir de nuestra información genética solamente.
—Pero ni siquiera tienen nuestro ADN —dijo Ela.
—Tal vez puedan comprimir la información de nuestro primitivo y natural ADN —respondió Miro—. Obviamente consiguieron la información de algún modo, y también averiguaron qué nos dejaría inmóviles y sonriendo atontados.
—A mí me parece ahora todavía más obvio —dijo Quara que pretenden que leamos esta molécula biológicamente. Pretendían que tomáramos esta droga instantáneamente. Por lo que a mí respecta, en este momento estamos aquí sentados esperando a que vengan por nosotros.
Miro cambió al momento la imagen de su terminal.
—Maldición, Quara, tienes razón. Mirad... ya hay tres naves dirigiéndose hacia aquí.
—Nunca se nos habían acercado hasta ahora-dijo Ela.
—Ni lo harán —respondió Miro—. Tenemos que hacerles una demostración de que no hemos picado con su caballo de Troya.
Se levantó de su asiento y casi voló pasillo abajo hacia el lugar donde Jane estaba durmiendo.
—Jane! —gritó, antes incluso de llegar—. ¡Jane! Apenas un instante, y ella abrió los ojos.
—Jane. Trasládanos unos ciento cincuenta kilómetros y déjanos en una órbita más cercana.
Ella lo miró intrigada, pero decidió seguramente confiar en él porque no preguntó nada. Volvió a cerrar los ojos mientras Apagafuegos gritaba desde la sala de control:
—¡Lo ha conseguido! ¡Nos hemos movido! Miro volvió con los demás.
—Ahora sabremos que ellos no pueden hacer eso —dijo.
En efecto, su pantalla le informó ahora de que las naves alienígenas ya no se acercaban sino que estaban a unos quince kilómetros, situadas en tres (no, ahora cuatro) puntos diferentes.
—Nos tienen cercados en un tetraedro.
—Bueno, ahora saben que no sucumbimos a su droga feliz —dijo Quara.
—Pero no estamos más cerca de comprenderlos que antes.
—Eso es porque somos unos estúpidos —dijo Miro.
—Los autoreproches no nos ayudarán en nada, aunque en tu caso sea verdad.
—Quara —dijo Ela bruscamente.
—¡Era una broma, maldición! ¿Es que una chica no puede burlarse de su hermano mayor?
—Oh, sí —dijo Miro con sequedad—. Eres muy graciosa.
—¿A qué te referías con eso de que somos estúpidos? —preguntó Apagafuegos.
—Nunca descifraremos su lenguaje porque no es un lenguaje —dijo Miro—. Es un conjunto de órdenes biológicas. Ellos no hablan. No abstraen. Sólo crean moléculas que hacen cosas. Es como si el vocabulario humano consistiera en ladrillos y bocadillos. Lanza un ladrillo o da un bocadillo: castigo o recompensa. Si tienen pensamiento abstracto, no vamos a entrar en él leyendo estas moléculas.
—Me cuesta creer que una especie inteligente sin lenguaje abstracto sea capaz de crear naves espaciales como ésas de ahí fuera —se burló Quara—. Y emiten estas moléculas como nosotros emitimos vids y voces.
—¿Y si tienen órganos dentro de sus cuerpos que traducen directamente los mensajes moleculares en estructuras químicas o físicas? Entonces podrían...
—No comprendes mi razonamiento —insistió Quara—. No se construye un lenguaje común lanzando ladrillos y compartiendo bocadillos. Necesitan un lenguaje para almacenar información fuera de sus cuerpos para poder pasar el conocimiento de una persona a otra, generación tras generación. No sales al espacio ni haces emisiones usando el espectro electromagnético sobre la base de lo que se puede obligar a hacer a una persona con un ladrillo.
—Probablemente tiene razón —dijo Ela.
—Entonces tal vez partes de los mensajes moleculares que envían son conjuntos de memoria — repuso Miro—. No un lenguaje... estimula el cerebro para que «recuerde» cosas que el emisor experimentó pero el receptor no.
—Escuchad, tengáis razón o no —dijo Apagafuegos—, debemos seguir tratando de descifrar el
mensaje.
—Si yo tengo razón, estamos perdiendo el tiempo.
—Exactamente —dijo Apagafuegos.
—Oh —respondió Miro. Comprendió el razonamiento de Apagafuegos. Si Miro tenía razón, su misión era de todas formas inútil: ya habían fracasado. Así que tenían que continuar actuando como si Miro estuviera equivocado y el lenguaje pudiera ser descodificado porque, si no, no había nada que pudieran hacer.
Y sin embargo...
—Nos hemos olvidado de algo —dijo Miro.
—Yo no —contestó Quara.
Jane. Fue creada porque la Reina Colmena construyó un puente entre especies.
—Entre humanos y reinas colmena, no entre alienígenas desconocidos que esparcen virus y humanos —dijo Quara. Pero a Ela le interesó.
—La forma humana de comunicación, el habla entre iguales... sin duda fue tan extraña para la Reina Colmena como este lenguaje molecular lo es para nosotros. Tal vez Jane pueda encontrar un modo de conectar con ellos filóticamente.
—¿Leyendo la mente? —dijo Quara—. Recuerda que no tenemos un puente.
—Todo depende de cómo nos sirvamos de las conexiones filóticas —contestó Miro—. La Reina Colmena habla constantemente con Humano, ¿no? Porque los padres-árbol y las reinas colmena usan ya enlaces filóticos para comunicarse. Hablan de mente a mente, sin la intervención del lenguaje. Y biológicamente no se parecen más que las reinas colmena y los humanos.
Ela asintió, pensativa.
—Jane no va a intentar una cosa así ahora, no hasta que el asunto de la flota del Congreso Estelar quede resuelto. Pero cuando pueda dedicarnos otra vez su atención, puede intentar, al menos, contactar directamente con esa... gente.
—Si esos alienígenas se comunicaran a través de enlaces filóticos —dijo Quara—, no tendrían que usar moléculas.
—Tal vez esas moléculas son su medio de comunicarse con los animales —respondió Miro.
El almirante Lands no daba crédito a sus oídos. El Primer Portavoz del Congreso Estelar y el Primer Secretario del Almirantazgo de la Flota Estelar habían aparecido en el terminal, y su mensaje era el mismo.
—Cuarentena, exactamente —dijo el Secretario—. No está usted autorizado para emplear el Artefacto de Disrupción Molecular.
—La cuarentena es imposible —dijo Lands—. Vamos demasiado rápido. Conocen ustedes el plan de batalla que envié al principio del viaje. Tardaríamos semanas en reducir la velocidad. ¿Y qué hay de los hombres? Una cosa es hacer un viaje relativista y regresar a sus mundos natales. ¡Sí, sus familiares y amigos han desaparecido, pero al menos no están atrapados en servicio permanente dentro de una nave! Al mantener nuestra flota a velocidades casi relativistas, les ahorro meses de aceleración y desaceleración. ¡Lo que ustedes dicen implica renunciar a años de vida!
—Sin duda no pretenderá usted decir —dijo el Primer Portavoz—, que volemos Lusitania y aniquilemos a los pequeninos y a miles de seres humanos sólo para que su tripulación no se deprima.
—Estoy diciendo que si no quieren que volemos este planeta, bien... pero permitan que volvamos a casa.
—No podemos hacer eso —respondió el Primer Secretario—. La descolada es demasiado peligrosa para dejarla sin supervisión en un planeta rebelde.
—¿Quiere decir que han cancelado el uso del Pequeño Doctor cuando no se ha hecho nada para contener a la descolada?
—Enviaremos un equipo a tierra con las debidas precauciones para calibrar las condiciones exactas sobre el terreno.
—En otras palabras, enviarán a unos hombres a que corran un peligro mortal sin conocimiento de la situación, cuando existe el medio para eliminar el peligro sin que ninguna persona no infectada corra riesgos.
—El Congreso ha tomado una decisión —dijo fríamente el Primer Portavoz—. No cometeremos un xenocidio mientras exista alguna alternativa legítima. ¿Comprendido?
—Sí, señor.
—¿Serán obedecidas las órdenes? —preguntó el Primer Portavoz.
El Primer Secretario palideció. No se insultaba a un oficial al mando preguntándole si tenía o no
intención de obedecer las órdenes. Sin embargo, el Primer Portavoz no retiró el insulto.
—¿Bien?
—Señor, siempre he vivido y siempre viviré cumpliendo mi juramento.
Dicho eso, Lands cortó la conexión. Inmediatamente se volvió hacia Causo, su primer oficial, la
única persona presente en la oficina de comunicaciones.
—Está usted arrestado, señor —dijo Lands. Causo alzó una ceja.
—¿Entonces no pretende acatar esta orden?
—No me cuente sus sentimientos personales sobre este asunto.
Sé que es usted de linaje portugués como la gente de Lusitania...
—Ellos son brasileños —dijo el oficial.
Lands le ignoró.
—Dejaré constancia de que no se le dio ninguna oportunidad de hablar y de que no es
responsable de ninguna acción que yo pueda emprender.
—¿Qué hay de su juramento, señor? —preguntó Causo tranquilamente.
—Mi juramento es emprender todas las acciones que se me ordenen al servicio de los mejores
intereses de la humanidad. Invocaré la cláusula de crímenes de guerra.
—No le están ordenando que cometa un crimen de guerra, sino que no lo haga.
—Al contrario —dijo Lands—. Dejar de destruir este mundo y el peligro mortal que supone
sería un crimen contra la humanidad mucho peor que volarlo en pedazos. —Lands sacó su arma—.
Está usted arrestado, señor.
El oficial se llevó las manos a la cabeza y se volvió.
—Señor, puede que tenga usted razón y puede que se equivoque. Pero cualquier opción podría ser monstruosa. No sé cómo toma usted solo una decisión semejante.
Lands colocó el parche de docilidad en la nuca de Causo, y mientras la droga empezaba a inyectarse en su sistema, le dijo:
—Me ayudaron a decidir, amigo mío. Me pregunté qué habría hecho Ender Wiggin, el hombre que salvó a la humanidad de los insectores, si en el último minuto, de repente, le hubieran dicho que aquello no era un juego sino que era real. Me pregunté qué habría sucedido si un momento antes de matar a los niños Stilson o Madrid en sus infames Primera y Segunda Muertes algún adulto hubiera intervenido y le hubiera ordenado detenerse. ¿Lo habría hecho, sabiendo que el adulto no tenía poder para protegerle más tarde, cuando su enemigo volviera a atacarle, sabiendo que podía ser entonces o nunca? Si los adultos de la Escuela de Mando le hubieran dicho: «pensamos que tal vez haya una posibilidad de que los insectores no pretendan destruir a la humanidad, así que no los mates a todos», ¿cree que Ender Wiggin habría obedecido? No. Habría hecho, como siempre hacía, exactamente lo necesario para eliminar el peligro y asegurarse de que no sobreviviera para convertirse en unaamenaza futura. Ésa es la persona con la que consulté. Ésa es la persona cuya sabiduría seguiré ahora.
Causo no contestó. Sólo sonrió y asintió, sonrió y asintió.
—Siéntese y no se levante hasta que no le ordene lo contrario. Causo se sentó.
Lands conectó el ansible para establecer comunicación con toda la flota.
—Se ha dado la orden y actuaremos. Voy a lanzar el Artefacto D.M. inmediatemente y regresaremos a velocidades relativistas a continuación. Que Dios tenga piedad de mi alma.
Un momento después, el Artefacto D.M. se separó de la nave del almirante y continuó a velocidad subrelativista hacia Lusitania. Tardaría casi una hora en llegar al punto de aproximación que lo dispararía automáticamente. Si por alguna razón el detector de proximidad no funcionaba, un temporizador lo dispararía momentos antes del tiempo estimado de colisión.
Lands aceleró su nave por encima del umbral que la separaba del marco temporal del resto del
universo. Luego retiró el parche de docilidad del cuello de Causo y lo sustituyó por el antídoto.
—Puede arrestarme ahora, señor, por el motín que ha presenciado.
Causo sacudió la cabeza.
—No, señor —dijo—. No va ir usted a ninguna parte, y la flota estará bajo su mando hasta que lleguemos a casa. A menos que tenga algún estúpido plan para intentar escapar al consejo de guerra que le espera.
—No, señor —le respondió Lands—. Soportaré el castigo que me impongan. Lo que he hecho ha salvado a la humanidad de la destrucción, pero estoy dispuesto a unirme a los humanos y pequeninos de Lusitania como sacrificio necesario para conseguir ese fin.
Causo le saludó, luego se sentó en su silla y lloró.