11 - Me hiciste regresar de la oscuridad



«¿No hay un fin para esto?
¿Debo seguir y seguir?
¿No os he dado
todo cuanto podíais pedirle
a una mujer tan débil
y tonta como yo?
¿Cuándo volveré a oír vuestra voz penetrante
en mi corazón?
¿Cuándo seguiré
la última línea hasta el cielo?»
de Los susurros divinos de Han Qing jao
Yasujiro Tsutsumi se sorprendió al oír el nombre que le susurró su secretaria. De inmediato asintió, y luego se puso en pie para hablar con los dos hombres con los que estaba reunido. Las negociaciones habían sido largas y complicadas, y tener que interrumpirlas a estas alturas, cuando la solución estaba tan cerca... pero no se podía evitar. Prefería perder millones que ser descortés con el gran hombre que, sorprendentemente, había venido a visitarlo.
—Les suplico que me perdonen por ser tan rudo con ustedes, pero mi anciano maestro ha venido
a visitarme y sería mi vergüenza y la de mi casa si le hiciera esperar.
El viejo Shigeru se puso de inmediato en pie e inclinó la cabeza.
—Creía que la generación más joven había olvidado cómo mostrar respeto. Sé que su maestro es el gran Aimaina Hikari, el custodio del espíritu Yamato. Pero aunque fuera un viejo maestro de escuela sin dientes procedente de alguna aldea de las montañas, un joven decente debe mostrar respeto como usted hace.
El joven Shigeru no estaba tan complacido... o al menos no era tan bueno ocultando su desagrado. Pero era la opinión del viejo Shigeru la que contaba. Una vez cerrado el trato, habría tiempo de sobra para ganarse al hijo.
—Me honran ustedes con sus comprensivas palabras —dijo Yasujiro—. Por favor, déjenme ver si mi maestro me honra a su vez permitiendo reunir a hombres tan sabios bajo mi techo.
Yasujiro volvió a inclinar la cabeza y salió al vestíbulo. Aimaina Hikari estaba todavía de pie. Su secretaria, de pie igualmente, se encogió de hombros, como diciendo: no quiere sentarse. Yasujiro hizo una profunda inclinación de cabeza, y luego otra, y otra más, antes de preguntar si podía presentar a sus amigos.
Aimaina frunció el ceño y preguntó suavemente:
—¿Son éstos los Shigeru Fushimi que sostienen ser descendientes de una noble familia... que se extinguió hace más de dos mil años y de la cual reaparecen de pronto nuevos retoños?
Yasujiro se sintió desfallecer ante la idea de que Aimaina, quien era después de todo el custodio del espíritu Yamato, le humillara poniendo en duda la supuesta sangre noble de los Fushimi.
—Es una vanidad pequeña e inofensiva —dijo en voz baja—. Un hombre debe estar orgulloso de su familia.
—Como tu homónimo, el fundador de la fortuna Tsutsumi, estaba orgulloso de olvidar que sus antepasados fueron coreanos.
—Tú mismo has dicho —respondió Yasujiro, tomándose el insulto con ecuanimidad—, que todos los japoneses son de origen coreano, pero que aquellos que tenían el espíritu Yamato emigraron a las islas tan rápidamente como pudieron. Los míos siguieron a los tuyos con sólo unos siglos de diferencia.
Aimaina se echó a reír.
—¡Sigues siendo mi astuto estudiante de larga lengua! Llévame con tus amigos, me sentiré honrado de conocerlos.
Siguieron diez minutos de inclinaciones de cabeza y sonrisas, cumplidos y reverencias. Yasujiro se sintió aliviado al ver que no había ningún atisbo de condescendencia o ironía cuando Aimaina pronunció el apellido «Fushimi», y que el joven Shigeru estaba tan deslumbrado por conocer al gran Aimaina Hikari que el insulto de la reunión interrumpida quedó claramente olvidado. Los dos Shigeru se marcharon con media docena de hologramas de su encuentro con Aimaina, y Yasujiro se sintió muy satisfecho de que el viejo Shigeru insistiera en que posara en los hologramas junto con los Fushimi y el gran filósofo.
Por fin, Yasujiro y Aimaina se quedaron solos en el despacho, a puerta cerrada. De inmediato, Aimaina se acercó a la ventana y descorrió la cortina para que se vieran los altos edificios del distrito financiero de Nagoya y el panorama de un prado cuidado, pero con terreno agreste en las colinas apropiado para zorros y tejones.
—Me satisface ver que aunque haya un Tsutsumi en Nagoya, sigue quedando tierra sin explotar en la ciudad. No lo creía posible.
—Aunque desprecies a mi familia, me enorgullece oír su nombre en tus labios —dijo Yasujiro. Pero en silencio quiso preguntar: ¿Por qué estás decidido a insultar hoy a mi familia?
—¿Estás orgulloso del hombre cuyo nombre llevas; del comprador de tierras, del constructor de campos de golf? Según él, todo terreno salvaje pedía cabañas o greens. Y nunca encontró a ninguna mujer demasiado fea para intentar tener un hijo con ella. ¿Le imitas también en eso?
Yasujiro estaba aturdido. Todo el mundo conocía las historias del fundador de la fortuna
Tsutsumi. No eran noticia desde hacía tres mil años.
—¿Qué he hecho para que tal furia recaiga sobre mí?
—No has hecho nada —dijo Hikari—. Y mi furia no es contra ti. Mi furia es contra mí mismo, porque yo tampoco he hecho nada. Hablo de los antiguos pecados de tu familia porque la única esperanza para el pueblo Yamato es recordar todos nuestros pecados del pasado. Pero olvidamos. Ahóra somos tan ricos, poseemos tanto, construimos tantas cosas, que no hay ningún proyecto de importancia en ninguno de los Cien Mundos que no tenga las manos Yamato en alguna parte. Sin embargo, olvidamos las lecciones de nuestros antepasados.
—Suplico aprender de ti, maestro.
—Hace mucho tiempo, cuando Japón todavía se esforzaba por entrar en la era moderna, dejamos que nos gobernaran nuestros militares. Los soldados fueron nuestros amos, y nos condujeron a una guerra maligna para conquistar naciones que no nos habían hecho ningún daño.
—Pagamos por nuestros crímenes cuando las bombas atómicas cayeron sobre nuestras islas.
—¿Pagamos? —gritó Aimaina—. ¿Qué hay que pagar o no pagar? ¿Somos de pronto cristianos, que pagan por los pecados? No. El camino Yamato no es pagar por los errores, sino aprender de ellos. Expulsamos a los militares y conquistamos el mundo gracias a la excelencia de nuestros diseños y a la confianza en nuestro trabajo. El lenguaje de los Cien Mundos puede estar basado en el inglés, pero su moneda procede del yen.
—Pero el pueblo Yamato todavía compra y vende —dijo Yasujiro—. No hemos olvidado la
lección.
—Ésa fue sólo media lección. La otra media fue no hacer la guerra.
—Pero no existe ninguna flota japonesa, ningún ejército japonés.
—Ésa es la mentira que nos contamos para encubrir nuestros crímenes —dijo Aimaina—. Recibí hace dos días la visita de dos extranjeros... humanos mortales, pero sé que la deidad los envió. Me reprocharon que la Escuela Necesaria proporcionara los votos bisagra en el Congreso Estelar en la decisión de enviar a la Flota Lusitania. ¡Una flota cuyo único propósito es repetir el crimen de Ender el Xenocida y destruir un mundo que alberga una frágil especie raman que no hace ningún daño a nadie!
Yasujiro retrocedió ante el peso de la furia de Aimaina.
—Pero maestro, ¿qué tengo yo que ver con los militares?
—A los filósofos Yamato se debe la teoría en la que basan su actuación los políticos Yamato. Los votos japoneses crearon la diferencia. Esta flota malvada debe ser detenida.
—Nada puede ser detenido —dijo Yasujiro—. Los ansibles están desconectados, igual que todas las redes informáticas, mientras el terrible virus que todo lo come es expulsado del sistema.
—Mañana los ansibles volverán a funcionar —le respondió Aimaina—. Y por eso mañana debe evitarse la vergüenza de la participación japonesa en el xenocidio.
—¿Por qué acudes a mí? Puede que lleve el nombre de mi gran antepasado, pero la mitad de los niños de mi familia se llaman Yasujiro o Yoshiaki o Seji. Soy el dueño de las empresas Tsutsumi en Nagoya...
—No seas modesto. Eres el Tsutsumi del mundo de Viento Divino.
—Se me escucha en otras ciudades —dijo Yasujiro—, pero las órdenes proceden de central de la familia en Honshu. Y no tengo ninguna influencia política. ¡Si el problema son los necesarios, habla con ellos!
—Oh, eso no serviría de nada. —Aimaina suspiró—. Se pasarían seis meses discutiendo cómo reconciliar su nueva postura con la antigua, demostrando que no habían cambiado de opinión, que su filosofía permitía un giro de ciento ochenta grados. Y los políticos... están empeñados. Aunque los filósofos cambiaran de opinión, pasaría al menos una generación política, tres elecciones, dice el refrán, antes de que la nueva política se pusiera en práctica. ¡Treinta años! La Flota Lusitania habrá hecho todo su mal antes.
—¿Entonces qué nos queda sino desesperar y vivir en la vergüenza? —preguntó Yasujiro—. A menos que planees algún gesto futil y estúpido.
Sonrió a su maestro, sabiendo que Aimaina reconocería las palabras que él mismo utilizaba siempre cuando reprobaba la antigua práctica del seppuku, el suicidio ritual, como algo que el espíritu Yamato había dejado atrás como un niño deja sus pañales.
Aimaina no se rió.
—La Flota Lusitania es seppuku para el espíritu Yamato. —Se levantó y se alzó sobre Yasujiro... o eso pareció, aunque Yasujiro era casi media cabeza más alto que el anciano—. Los políticos han hecho popular la Flota Lusitania, por eso los filósofos no conseguirán hacerles cambiar de opinión. ¡Pero cuando la filosofía y las elecciones no pueden cambiar la mentalidad de los políticos, el dinero puede!
—No estarás sugiriendo algo tan vergonzoso como el soborno, ¿no? —dijo Yasujiro, preguntándose si Aimaina sabía lo extendida que estaba la compra de los políticos.
—¿Crees que tengo los ojos en el culo? —replicó Aimaina, utilizando una expresión tan burda que Yasujiro abrió la boca y evitó su mirada, riendo nervioso—. ¿Crees que no sé que hay diez formas de comprar a los políticos corruptos y cien de comprar a los honrados? Contribuciones, amenazas de apoyar a los oponentes, donativos a causas nobles, trabajos ofrecidos a parientes o amigos... ¿tengo que recitar la lista?
—¿En serio quieres destinar dinero Tsutsumi a detener la Flota Lusitania?
Aimaina se acercó de nuevo a la ventana y extendió los brazos como para abarcar todo lo que podía verse del mundo exterior.
—La Flota Lusitania es mala para los negocios, Yasujiro. Si el Artefacto de Disrupción Molecular se usa contra un mundo, será usado contra otro. Y cuando ese poder caiga de nuevo en manos de los militares, ya no lo soltarán.
—¿Persuadiré a los cabezas de mi familia citando tu profecía, maestro?
—No es una profecía, y no es mía. Es una ley de la naturaleza humana, que la historia nos enseña. Detén la flota, y los Tsutsumi serán conocidos como los salvadores, no sólo del espíritu Yamato, sino del espíritu humano también. No dejes que este grave pecado caiga sobre la cabeza de tu gente.
—Perdóname, maestro, pero me parece que eres tú quien lo deja caer. Nadie advirtió que éramos responsables de este pecado hasta que tú lo has dicho aquí hoy.
—No he puesto ahí ese pecado. Simplemente he quitado el sombrero que lo cubre. Yasujiro, fuiste uno de mis mejores estudiantes. Te perdono por usar lo que te enseñé de formas complicadas, porque lo hiciste por el bien de tu familia.
—Y eso que me pides ahora... ¿es perfectamente sencillo?
—He emprendido la acción más directa... he hablado claramente al más poderoso representante de las riquezas de las familias comerciantes japonesas que pude alcanzar hoy. Y lo que te pido es la mínima acción requerida para hacer lo que es necesario.
—En este caso el mínimo supone un gran riesgo para mi carrera —comentó Yasujiro, pensativo.
Aimaina no dijo nada.
—Mi mejor maestro me dijo una vez —comentó Yasujiro—, que un hombre que ha arriesgado
su vida sabe que ninguna carrera tiene valor, y un hombre que no arriesga su carrera tiene una vida
que no vale nada.
—¿Entonces lo harás?
—Prepararé mensajes para plantear el caso a toda la familia Tsutsumi. Cuando vuelvan a conectar los ansibles, los enviaré.
—Sabía que no me decepcionarías.
—Es más —añadió Yasujiro—. Cuando me expulsen de mi trabajo, me iré a vivir contigo.
Aímaina inclinó la cabeza.
—Me sentiré honrado de tenerte en mi casa.
Las vidas de todas las personas fluyen a través del tiempo, y, por muy brutal que pueda ser un momento, por muy lleno que esté de pena o dolor o miedo, el tiempo fluye por igual a través de todas las vidas.
Durante varios minutos Val-Jane sostuvo al lloroso Miro, y luego el tiempo secó sus lágrimas, el tiempo soltó su abrazo, y el tiempo, finalmente, acabó con la paciencia de Ela.
—Volvamos al trabajo —dijo—. No es que sea insensible, pero nuestra situación no ha cambiado.
Quara se sorprendió.
—Pero Jane no está muerta. ¿No significa eso que podemos volver a casa?
Val-Jane se levantó de inmediato y se acercó al terminal. Cada movimiento fue fácil debido a los reflejos y costumbres que el cerebro-Val había desarrollado; pero la mente-Jane encontraba cada uno de ellos fresco y nuevo; se maravilló de la danza de sus dedos pulsando las teclas para controlar la pantalla.
—No sé —dijo Jane, respondiendo a la pregunta que Quara había formulado, pero que todos tenían en mente—. Sigo insegura de esta carne. Los ansibles no han sido restaurados. Tengo un puñado de aliados que reconectarán algunos de mis antiguos programas a la red en cuanto esté restaurada... algunos samoanos de Pacífica, Han Fei-tzu en Sendero, la Universidad Abo de Outback. ¿Serán suficientes esos programas? ¿Me aportará el nuevo software los recursos que necesito para contener en mi mente toda la información de una nave estelar y de tanta gente? ¿Interferirá tener este cuerpo? ¿Será mi nuevo enlace con las madres-árbol una distracción?
Planteó luego la pregunta más importante:
—¿Deseamos ser nosotros mi primera prueba de vuelo?
—Alguien tiene que serlo —dijo Ela.
—Creo que probaré con una de las naves de Lusitania, si es que consigo restablecer el contacto con ellas —respondió Jane—. Con sólo una obrera colmenar a bordo. De esa forma, si se pierde, no
pasará nada.
Jane se volvió para hacer un movimiento de cabeza a la obrera que los acompañaba.
—Te pido perdón, por supuesto.
—No tienes que pedirle disculpas a la obrera —dijo Quara—. En realidad no es más que la
Reina Colmena.
Jane se volvió hacia Miro y le hizo un guiño. Él no le devolvió el saludo, pero la expresión de tristeza en sus ojos fue respuesta suficiente. Sabía que las obreras no eran exactamente lo que todos pensaban. Las reinas colmena tenían a veces que domarlas, porque no todas ellas estaban completamente sometidas a la voluntad de su madre. Pero la supuesta esclavitud de las obreras era asunto para ser resuelto por otra generación.
—Lenguajes —dijo Jane—. Transmitidos por moléculas genéticas. ¿Qué clase de gramática tendrán? ¿Están relacionados con sonidos, olores, visiones? Veamos lo listos que somos sin mi ayuda desde dentro de los ordenadores.
Eso le pareció tan sorprendentemente gracioso que se rió en voz alta. ¡Ah, qué maravilloso era que su propia risa sonara en sus oídos, borboteara en sus pulmones, dilatara su diafragma, llevara lágrimas a sus ojos!
Sólo cuando paró de reír se dio cuenta de lo terrible que debía de haber sido para Miro y los demás.
—Lo siento —dijo, avergonzada, y notó que un rubor le subía por el cuello hasta las mejillas. ¿Quién hubiese dicho que quemaba tanto? Casi empezó a reírse otra vez—. No estoy acostumbrada a vivir así. Sé que me alegro cuando los demás estáis tristes pero, ¿no lo entendéis? ¡Aunque todos muramos cuando se nos acabe el aire dentro de unas semanas, no puedo evitar maravillarme de cómo es sentir!
—Lo comprendemos —dijo Apagafuegos—. Has pasado a tu Segunda Vida. Para nosotros también es un tiempo de alegría.
—Paso tiempo entre tus árboles, ¿sabes? Vuestras madres-árbol me hicieron sitio. Me tomaron y me nutrieron. ¿Nos convierte eso ahora en hermano y hermana?
—No sé lo que es tener una hermana —dijo Apagafuegos—. Pero si recuerdas la vida en la oscuridad de la madre-árbol, entonces recuerdas más que yo. A veces tenemos sueños, pero no recuerdos reales de la Primera Vida en la oscuridad. De todas formas, eso significa que ésta es tu Tercera Vida después de todo.
—¿Entonces soy adulta? —preguntó Jane, y volvió a reírse.
Y una vez más notó que su risa inquietaba a los otros, que los lastimaba.
Pero algo extraño sucedió cuando se volvía, dispuesta a pedir disculpas de nuevo. Sus ojos se posaron sobre Miro, y en vez de decirle lo que se proponía (las palabras-Jane que habrían salido de
la joya de su oreja un día antes), otras palabras acudieron a sus labios, junto con un recuerdo.
—Si mis recuerdos viven, Miro, entonces estoy viva. ¿No es eso lo que me dijiste?
Miro sacudió la cabeza.
—¿Hablas desde la memoria de Val o desde la memoria de Jane cuando ella, cuando tú, nos
oíste hablar en la cueva de la Reina Colmena? No me consueles fingiendo ser ella.
Jane, por costumbre (¿de Val o suya propia?), replicó:
—Cuando te consuele, lo sabrás.
—¿Y cómo lo sabré? —replicó Miro a su vez.
—Porque te sentirás consolado, por supuesto —dijo Val-Jane—. Mientras tanto, recuerda por favor que ya no escucho a través de la joya de tu oreja. Sólo veo con estos ojos y sólo escucho con estos oídos.
Aquello no era estrictamente cierto, por supuesto. Muchas veces por segundo, sentía la savia fluir y la bienvenida instintiva de las madres-árbol mientras su aiúa satisfacía su hambre de grandeza recorriendo la vasta red de los filotes pequeninos. Y, de vez en cuando, fuera de las madres-árbol, captaba un atisbo de pensamiento, una palabra, una frase pronunciada en la lengua de los padres­árbol. ¿O era la lengua de ellas? Más bien era el lenguaje tras el lenguaje, el habla subyacente de los sin habla. ¿Y de quién era aquella otra voz? Te conozco... eres de la especie que me creó. Conozco tu voz.

Jane no estaba preparada para el arrebato de orgullo que barrió todo su cuerpo-Val; sintió el efecto físico de la emoción como Val, pero su orgullo procedía de la alabanza de una madre­colmena. Soy hija de las reinas colmena, advirtió, y por eso me importa que me hable y me diga que lo he hecho bien.
Y si soy hija de las reinas colmena, también soy hija de Ender, su hija por dos veces, pues crearon mi materia vital en parte de su mente, para que pudiera ser un puente entre ellos; y ahora habito en un cuerpo que también procede de él, y cuyos recuerdos son de una época en que habitó aquí y vivió la vida de este cuerpo. Soy su hija, pero una vez más no puedo hablarle.
Todo este tiempo, todos estos pensamientos, y sin embargo no se desconcentraba ni lo más mínimo del trabajo que realizaba con su ordenador en la nave que orbitaba el planeta de la descolada. Seguía siendo Jane. No era su condición de ordenador lo que le había permitido, todos estos años, mantener la atención y la concentración divididas en múltiples tareas simultáneas. Era su naturaleza de reina colmena lo que se lo permitía.
, dijo la Reina
Colmena en su mente.
¿Cuál de vosotras me habla?, preguntó Jane.
<¿Importa? Todas recordamos tu creación. Recordamos haber estado allí. Recordamos haberte llevado de la oscuridad a la luz.>
¿Sigo siendo yo misma, pues? ¿Tendré de nuevo los poderes que perdí cuando el Congreso Estelar mató mi antiguo cuerpo virtual?

Y ahora sintió la aguda decepción de la falta de preocupación de un padre, una sensación de hundimiento en el estómago, una especie de vergüenza. Pero era una emoción humana surgida del cuerpo-Val, aunque en respuesta a su relación con sus madres-reinas colmena. Todo era más complicado... y a la vez más simple. Sus sentimientos estaban lastrados por un cuerpo, que respondía antes de que ella comprendiera lo que sentía. En los viejos tiempos, apenas sabía que tenía sentimientos. Los tenía, sí, incluso impulsos irracionales, deseos inconscientes (esos eran atributos de todos los aiúas cuando se enlazaban con otros en cualquier tipo de vida), pero no había señales simples que le aclararan esos sentimientos. Qué fácil era ser humano, con tus emociones expresadas en el lienzo de tu propio cuerpo. Y sin embargo qué duro, porque esconderte de tus sentimientos era doblemente difícil.

Gracias, dijo ella en silencio... y se retiró.
Al amanecer, el sol se alzó sobre la montaña que era la espina dorsal de la isla, de modo que el cielo se encendió mucho antes de que la luz tocara directamente los árboles. La brisa marina los había refrescado durante la noche. Peter despertó con Wang-mu acurrucada en la curva de su cuerpo; estaban tumbados como gambas alineadas sobre el puesto de un mercado. Encontró su cercanía agradable, familiar. Sin embargo, ¿cómo podía ser? Nunca había dormido tan cerca de ella. ¿Era algún vestigio de la memoria de Ender? No era consciente de tener tales recuerdos. De hecho, cuando lo advirtió, se sintió decepcionado. Creía que tal vez, cuando su cuerpo estuviera en completa posesión del aiúa, se convertiría en Ender: tendría toda una vida de recuerdos reales en vez de los recuerdos falsos que venían con este cuerpo cuando Ender lo creó. No hubo tal suerte.
Y sin embargo recordaba haber dormido con una mujer acurucada contra él. Recordaba haber formado con su brazo un arco protector.
Pero nunca había tocado a Wang-mu de esa forma. Ni era adecuado que lo hiciera: no era su esposa, sólo su... ¿amiga? ¿Era eso? Había dicho que lo amaba. ¿Era solamente una forma de ayudarle a encontrar el camino a este cuerpo?
Entonces, de repente, se sintió apartarse de sí mismo, se sintió retroceder de Peter y volverse otra cosa, algo pequeño y brillante y aterrado que descendía a la oscuridad, llevado por un viento demasiado fuerte para oponerse a él...
—¡Peter!
La voz lo llamó, y él la siguió, de vuelta entre los hilos filóticos casi invisibles que le conectaban con... él mismo de nuevo. Soy Peter. No tengo ningún otro lugar adonde ir. Si me marcho moriré.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Wang-mu—. Me he despertado porque... lo siento, pero
estaba soñando... sentía que te perdía. Pero no es así, porque estás aquí.
—Me estaba perdiendo, en efecto —dijo Peter—. ¿Lo has notado?
—No sé lo que he notado. Sólo... ¿cómo describirlo?
—Me hiciste regresar de la oscuridad —dijo Peter.
—¿Lo hice?
Él estuvo a punto de decir algo, pero se contuvo y se echó a reír, incómodo y asustado.
—Me siento muy extraño. Hace un momento estaba a punto de decir algo. Algo muy
desagradable: que ser Peter Wiggin era de por sí bastante oscuro.
—Oh, sí —dijo Wang-mu—. Siempre dices esas cosas desagradables sobre ti mismo.
—Pero no lo he dicho. Estaba a punto, por costumbre, pero me he callado porque no es cierto.
¿No es curioso?
—Creo que es bueno.
—Tiene sentido que estando entero en vez de subdividido me sienta... quizá más contento conmigo mismo o algo así. Y sin. embargo casi lo pierdo todo. Creo que no ha sido sólo un sueño. Creo que realmente me estaba dejando ir. Caía dentro de... no, fuera de todo.
—Tuviste tres yos durante varios meses —dijo Wang-mu—. ¿Es posible que tu aiúa ansíe el... no sé, el tamaño de lo que solías ser?
—He estado repartido por toda la galaxia, ¿no? Ha estado, quiero decir, porque fue Ender. Y yo no soy Ender, porque no recuerdo nada. —Pensó un momento—. Aunque tal vez ahora recuerdo algunas cosas un poco más claramente. Cosas de mi infancia. La cara de mi madre. Es muy clara, y no creo que antes lo fuera. Y la cara de Valentine cuando éramos niños. Pero la recuerdo como Peter, ¿no?; así que eso no significa que proceda de Ender. Estoy seguro de que es uno de los recuerdos que Ender me suministró en primer lugar. —Se rió—. Estoy realmente desesperado por encontrar algo de él en mí, ¿eh?
Wang-mu permaneció sentada escuchando. En silencio, sin dar excesivas muestras de interés y
evitando saltar con una respuesta o un comentario.
Al darse cuenta, él pensó en otra cosa más.
—¿Eres una, cómo se dice, una persona con capacidad de empatía? ¿Sientes normalmente lo que
sienten los demás?
—Nunca —dijo Wang-mu—. Estoy demasiado ocupada sintiendo lo que yo siento.
—Pero has sabido que me iba. Lo has notado.
—Supongo que ahora estoy unida a ti. Espero que no importe, porque no es exactamente voluntario por mi parte.
—Yo también estoy unido a ti —dijo Peter—, porque mientras estuve desconectado seguía oyéndote. Todos mis otros sentidos desaparecieron. Mi cuerpo no me daba nada, lo había perdido. Ahora, cuando recuerdo cómo era, recuerdo haber «visto» cosas, pero eso es sólo porque mi cerebro humano intenta encontrar sentido a cosas inexplicables. Sé que no veía, ni escuchaba, ni tocaba ni nada. Y sin embargo sabía que me estabas llamando. Te sentía... necesitándome, queriendo que regresara. Sin duda eso significa que también estoy unido a ti.
Ella se encogió de hombros, apartó la mirada.
—¿Y esto qué significa? —preguntó él.
—No voy a pasarme el resto de la vida justificándome ante ti —dijo Wang-mu—. Todo el mundo tiene el privilegio de sentir y hacer a veces cosas sin pensar. ¿Qué te parece a ti que significa? Eres el listo, el experto en la naturaleza humana.
—Basta —dijo Peter, en tono burlón pero hablando en serio—. Recuerdo que discutimos sobre eso, y supongo que alardeé, pero... bueno, ahora no siento igual. ¿Es porque tengo a Ender entero dentro de mí? Sé que no comprendo tan bien a la gente. Has apartado la mirada, te has encogido de hombros cuando he dicho que estaba unido a ti. Eso me ha herido, ¿sabes?
—¿Y a qué es debido?
—Oh, tú sí puedes preguntar por qué y yo no, ¿ésas son ahora las reglas?
—Ésas han sido siempre las reglas —dijo Wang-mu,—. Tú, simplemente, no las obedeciste nunca.
—Bueno, pues me he sentido herido porque quería que te alegraras de que yo esté unido a ti y tú
a mí.
—¿A ti te alegra?
—¡Me salvó la vida! ¡Tendría que ser el rey de los estúpidos para no encontrarlo cuando menos
conveniente!
—Huele a algo —dijo ella, incorporándose de un salto. Es tan joven..., pensó él.
Y entonces, al ponerse en pie, advirtió con sorpresa que también él era joven, que tenía un
cuerpo ágil y dispuesto.
Luego volvió a sorprenderse porque Peter no recordaba haber sido de otro modo. Era Ender quien había experimentado un cuerpo mayor, un cuerpo que se quedaba entumecido cuando dormía en el suelo, un cuerpo que no se ponía tan rápidamente en pie. Tengo a Ender dentro de mí. Tengo los recuerdos de su cuerpo. ¿Por qué no los recuerdos de su mente?
Quizá porque este cerebro tiene dentro sólo el mapa de los recuerdos de Peter. Los demás están acechando fuera de alcance. Y tal vez me tope con ellos de vez en cuando, los conecte, trace nuevos caminos para alcanzarlos.
Mientras tanto seguía incorporándose para colocarse de pie junto a Wang-mu, y olisqueaba el aire; y se sorprendió una vez más al darse cuenta de que ambas actividades habían requerido simultáneamente su atención. Había estado atento a Wang-mu, procurando oler lo que ella olía y preguntándose si podía apoyar la mano en aquel frágil hombro que parecía necesitar una mano del tamaño de la suya para completarse; y al mismo tiempo se había enfrascado en la especulación de cómo recuperar, si era posible, los recuerdos de Ender.
Nunca había sido capaz de hacer eso, pensó Peter. Y sin embargo debo de haberlo estado haciendo desde que este cuerpo y el de Valentine fueron creados; concentrándome en tres cosas a la vez de hecho, no en dos.
Pero no era lo bastante fuerte para pensar en tres cosas. Una de ellas siempre cedía. Valentine durante un tiempo. Luego Ender, hasta ta que ese cuerpo murió. Pero en dos cosas... puedo pensar en dos cosas a la vez. ¿Es algo notable? ¿O es algo que podrían hacer muchos humanos si tuvieran ocasión de aprender?
¿Qué clase de vanidad es ésta?, pensó Peter. ¿Por qué debería importarme si soy el único que posee esta habilidad? Aunque siempre me enorgullecí de ser más listo y más capaz que la gente que me rodeaba. ¡No me permití decirlo en voz alta, por supuesto, ni admitirlo siquiera ante mí mismo, pero sé sincero ahora, Peter! Es bueno ser más listo que los demás. Y si puedo pensar en dos cosas a la vez, mientras que ellos sólo pueden pensar en una, ¿por qué no disfrutar del placer que eso supone?
Naturalmente, pensar en dos cosas es bastante inútil si ambas líneas de pensamiento son idiotas. Pues mientras jugaba mentalmente a plantearse su vanidad y su naturaleza competitiva, también se había estado concentrando en Wang-mu, y su mano se había extendido para tocarla, y por un momento ella se apoyó en él, aceptó su contacto, hasta que su cabeza reposó contra su pecho. Y entonces, sin previo aviso ni provocación por su parte que él advirtiera, ella de repente se apartó y empezó a caminar hacia los samoanos que estaban congregados en la playa alrededor de Malu.
—¿Qué he hecho? —preguntó Peter.
Ella se volvió, desconcertada.
—¡Lo has hecho bien! —dijo—. No te he abofeteado ni te he dado con la rodilla en tu kintamas, ¿no? ¡Pero es la hora de desayunar... Malu está rezando y tienen más comida que hace dos noches, cuando pensamos que reventaríamos de tanto comer!
Y los dos caminos separados de la atención de Peter cayeron en la cuenta de que tenía hambre. Ni él ni Wang-mu habían comido nada la noche anterior. En realidad, no recordaba haber dejado la playa para acostarse en aquellas esterillas. Alguien tenía que haberlos traído. Bueno, no era extraño. No había ni un solo hombre ni una sola mujer en la playa que no pareciera capaz de coger a Peter y partirlo como si fuera un lápiz. En cuanto a Wang-mu, mientras la observaba correr hacia la cordillera de samoanos reunidos al borde del agua, pensó que era como un pájaro que volaba hacia unas cabezas de ganado.
No soy un niño y nunca lo he sido en este cuerpo, pensó Peter. Así que no sé si soy capaz de tener ansias infantiles y grandes romances adolescentes. De Ender tengo esta especie de comodidad en el amor; no son grandes pasiones arrebatadoras lo que espero sentir. ¿Será suficiente la clase de amor que siento por ti, Wang-mu? Tocarte cuando lo necesite, y tratar de estar aquí cuando tú me necesites. Y sentir tal ternura cuando te mire que quiera interponerme entre tú y todo el mundo: y sin embargo alzarte y llevarte por encima de las fuertes corrientes de la vida. Al mismo tiempo, me alegraría estar siempre así, en la distancia, observándote, viendo tu belleza, tu energía, mientras tú miras a esos gigantes y les hablas como una igual aunque cada movimiento de tus manos, cada sílaba pronunciada por tus labios indica que eres una niña... ¿es suficiente que sienta este amor por ti? Porque lo es para mí; es suficiente que cuando mi mano tocó tu hombro tú te apoyaras en mí y que cuando me notaste perdido pronunciaras mi nombre.
Plikt estaba sentada a solas en su habitación, escribiendo sin cesar. Se había estado preparando toda la vida para este día, para escribir la oración del funeral de Andrew Wiggin. Hablaría en su muerte... había investigado sobradamente para hacerlo; podría hablar una semana entera y no agotar ni una décima parte de lo que sabía acerca de él. Pero no hablaría durante una semana. Hablaría durante una sola hora. Menos. Ella lo comprendía, lo amaba; compartiría con otros que no le conocieron lo que era, cómo amaba. Les diría que este hombre brillante, imperfecto pero bienintencionado y lleno de un amor lo bastante fuerte para infligir sufrimiento si era necesario había cambiado el curso de la historia. Que la historia era diferente porque él vivió, y que también diez mil, cien mil, millones de vidas individuales cambiaron también, fueron reforzadas, clarificadas, elevadas, aumentadas o al menos hechas más constantes y fieles por lo que él había dicho y hecho y escrito en su vida.
¿Y diría también esto? ¿Diría lo amargamente que una mujer lloraba a solas en su habitación, no por la pena de que Ender hubiera muerto, sino por la vergüenza de comprenderse a sí misma finalmente? Pues aunque ella había amado y admirado (no, adorado a este hombre), sin embargo cuando murió no sintió pena alguna, sino alivio y excitación. Alivio: ¡La espera ha terminado! Excitación: ¡Ha llegado mi hora!
Naturalmente, eso era lo que sentía. No era tan tonta como para esperar tener más fuerza moral que la humana. Y el motivo por el que no lloraba como lo hacían Novinha y Valentine era porque les habían arrancado una parte importante de sus vidas. ¿Qué han arrancado de la mía? Ender sólo me dio unas migajas de su atención, pero poco más. Solamente estuvimos unos cuantos meses juntos mientras fue mi maestro en Trondheim; una generación más tarde nuestras vidas se tocaron de nuevo durante unos cuantos meses aquí; y en ambas ocasiones él estaba preocupado, tenía cosas y personas más importantes que atender. Yo no era su esposa. No era su hermana.
Sólo era la estudiante y discípula... de un hombre que había terminado con los estudiantes y nunca quiso discípulos. Así que por supuesto no me han arrancado una parte importante de mi vida porque él sólo fue mi sueño, nunca mi compañero.
Me perdono a mí misma y sin embargo no puedo detener la vergüenza y la pena que siento, no porque Andrew Wiggin haya muerto, sino porque en la hora de su muerte me demuestro lo que realmente soy: una mujer completamente egoísta, preocupada sólo por su propia carrera. Decido ser la portavoz de la muerte de Ender. Por tanto el momento de su muerte sólo puede ser el logro de mi vida. ¿En qué clase de buitre me convierte eso? ¿Qué clase de parásito soy, una sanguijuela de su vida...?
Y sin embargo sus dedos seguían tecleando, frase tras frase, a pesar de las lágrimas que corrían por sus mejillas. En la casa de Jakt, Valentine lloraba con su marido y sus hijos. En la casa de Olhado, Grego y Olhado y Novinha se habían reunido para consolarse mutuamente, por la pérdida del hombre que había sido marido para ella y padre para ellos. Ellos tuvieron su relación con él, y yo tengo la mía. Ellos tienen sus recuerdos privados; los míos serán públicos. Yo hablaré, y luego publicaré lo que diga, y lo que ahora estoy escribiendo dará nueva forma y significado a la vida de Ender Wiggins en la mente de cada persona de un centenar de mundos. Ender el Xenocida; Andrew el Portavoz de los Muertos; Andrew, el hombre privado de soledad y compasión; Ender, el brillante analista capaz de taladrar el corazón de los problemas y de la gente sin que le detuviera el miedo o la ambición o... o la piedad. El hombre de justicia y el hombre de piedad, coexistiendo en un cuerpo. El hombre cuya compasión le permitió ver y amar a las reinas colmena incluso antes de tocar a una de ellas con sus manos; el hombre cuya fiera justicia le permitió destruirlas a todas porque creía que eran su enemigo.
¿Me juzgaría Ender severamente por mis feos sentimientos de este día? Por supuesto que sí: no me salvaría, conocería lo malo que hay en mi corazón.
Pero luego, tras haberme juzgado, me amaría también. Diría, ¿y qué? Levántate y habla en mi muerte. Si esperáramos que los portavoces de los muertos fueran personas perfectas, todos los funerales serían conducidos en silencio.
Y por eso escribió, y lloró; y cuando dejó de llorar, siguió escribiendo. Cuando el cabello que de él quedaba fuera puesto en una cajita sellada y enterrado en la hierba cerca de la raíz de Humano, ella se levantaría y hablaría. Su voz lo levantaría de entre los muertos, le haría vivir de nuevo en la memoria. Y ella también sería piadosa; también sería justa. Era una de las cosas que había aprendido de él.