10 - Éste ha sido siempre tu cuerpo



«¡Oh, padre! ¿Porqué te vuelves?
En la hora en que yo triunfo sobre el mal,
¿por qué te apartas de mí?»

de Los susurros divinos de Han Qing jao
Malu estaba sentado con Peter, Wang-mu y Grace junto a una hoguera, cerca de la playa. El dosel había desaparecido, igual que gran parte de la solemnidad.
Tomaron kava, pero a pesar del ceremonial, en opinión de Wang-mu bebieron tanto por el placer de saborearlo como por lo que tenía de sagrado o lo que simbolizaba.
En un momento dado Malu se rió en voz alta y de buena gana, y Grace, que también se reía, tardó un poco en traducir.
—Dice que no puede decidir si el hecho de que la deidad estuviera dentro de ti, Peter, te hace santo, o si el hecho de que te dejara demuestra que no lo eres.
Peter se echó a reír (por cortesía, entendió Wang-mu); ella misma no se rió en absoluto.
—Oh, lástima —dijo Grace—. Esperaba que los dos tuviérais sentido del humor.
—Lo tenemos —contestó Peter—. Lo que pasa es que no tenemos sentido del humor samoano.
—Malu dice que la deidad no puede quedarse eternamente donde está. Ha encontrado un nuevo
hogar, pero pertenece a otros, y su generosidad no durará para siempre. Ya sentiste lo fuerte que es
Jane, Peter...
—Sí —dijo Peter en voz baja.
—Bien, los anfitriones que la han aceptado... Malu lo llama el bosque red, como si fuera una red de pesca para coger árboles, ¿pero qué es eso? En cualquier caso, dice que son tan débiles comparados con Jane que, lo quiera ella o no, con el tiempo todos sus cuerpos le pertenecerán a menos que encuentre a alguien que sea su hogar permanente.
Peter asintió.
—Sé lo que quiere decir. Hasta el momento en que ella me invadió, yo habría accedido, habría renunciado alegremente a este cuerpo y a esta vida, que creía odiar. Pero descubrí, mientras me perseguía, que Malu tenía razón. No odio mi vida, tengo muchas ganas de vivir. Claro que no soy yo quien quiere sino Ender, en definitiva, pero como al fin y al cabo él soy yo... supongo que es un sofisma.
—Ender tiene tres cuerpos —dijo Wang-mu—. ¿Significa eso que va a renunciar a uno de los otros?
—No creo que vaya a renunciar a nada —respondió Peter—. Mejor dicho, no creo que yo vaya a renunciar a nada. No es una elección consciente. Ender se aferra a la vida con furia y con fuerza. Y supuestamente estuvo en su lecho de muerte durante un día al menos antes de que Jane fuera desconectada.
—Asesinada —dijo Grace.
—Deportada, tal vez —insistió Peter tozudamente—. Es una dríade ahora, en vez de un dios. Una sílfide. —Le hizo un guiño a Wang-mu, que no tenía ni idea de lo que estaba diciendo—. Aunque él renuncie a su propia vida, no lo permitirá.
—Tiene dos cuerpos más de los que necesita —repuso Wang-mu—, y a Jane le hace falta uno. Si se aplican las leyes del comercio, habiendo el doble del material necesario... los precios deberían ser baratos.
Cuando Grace le tradujo a Malu todo esto, volvió a echarse a reír.
—Se ríe por lo de «barato» —dijo Grace—. Dice que la única forma de que Ender renuncie a alguno de sus cuerpos es muriendo. Peter asintió.
—Lo sé.
—Pero Ender no es Jane —dijo Wang-mu—. No ha vivido como un... un aiúa desnudo a lolargo de la red ansible. Él es una persona. Cuando los aiúas de las personas dejan sus cuerpos, no se ponen a perseguir a nadie.
—Y sin embargo su... mi aiúa estaba dentro de mí —dijo Peter—. Conoce el camino. Ender podría morir y sin embargo dejarme vivir.
—O los tres podríais morir.
—Esto es lo que sé —les dijo Grace en nombre de Malu—. Si ha de darse a la deidad una vida propia, si hay que devolverle su poder, Ender Wiggin tiene que morir y darle un cuerpo. No hay otro modo.
—¿Restaurar su poder? —preguntó Wang-mu—. ¿Es posible? Creía que el fin de la desconexión de los ordenadores era expulsarla para siempre de las redes informáticas.
Malu volvió a echarse a reír, y se golpeó el pecho desnudo y los muslos mientras hablaba en samoano.
Grace tradujo.
—¿Cuántos cientos de ordenadores tenemos aquí, en Samoa? Durante meses, desde que ella se me reveló, la hemos estado copiando, copiando y copiando. Toda la memoria que quería que salváramos, la tenemos, lista para ser restaurada. Tal vez sea sólo una pequeña parte de lo que solía ser, pero es la más importante. Si puede regresar a la red ansible, tendrá lo que necesita para volver también a las redes informáticas.
—Pero no hay enlaces entre las redes y los ansibles —le dijo Wang-mu.
—Esa es la orden que envió el Congreso —respondió Grace—. Pero no todas las órdenes se obedecen.
—¿Entonces por qué nos trajo Jane aquí? —se quejó Peter—. Si Malu y tú negáis tener influencia sobre Aimaina, y si Jane ya ha estado en contacto con vosotros y habéis iniciado una revuelta efectiva contra el Congreso...
—No, no, nada de eso —le tranquilizó Grace—. Hemos hecho lo que Malu nos pidió. Pero nunca habló de una entidad informática, habló de una diosa, y le obedecimos porque confiamos en su sabiduría y sabemos que ve cosas que nosotros no vemos. Vuestra venida nos dijo quién era Jane.
Cuando Malu se enteró a su vez de lo que se hablaba, señaló a Peter.
—¡Tú! ¡Tú viniste aquí a traer a la deidad! Luego señaló a Wang-mu.
—Y tú viniste a traer al hombre.
—Lo que quiera que eso signifique —dijo Peter.
Pero Wang-mu creyó comprenderlo. Habían sobrevivido a una crisis, pero esta hora de calma era sólo un engaño. La batalla volvería a librarse, y esta vez el resultado sería distinto. Si Jane iba a vivir, si iba a haber alguna esperanza de restaurar el vuelo estelar instantáneo, Ender tenía que darle al menos uno de sus cuerpos. Si Malu tenía razón, entonces Ender debía morir. Había una posibilidad remota de que el aiúa pudiera conservar uno de los tres cuerpos, y seguir viviendo. Estoy aquí, se dijo Wang-mu, para asegurarme de que sea Peter quien sobreviva: no como deidad, sino como hombre.
Todo depende, advirtió, de si Ender-como-Peter me ama más que Ender-como-Valentine ama a Miro o Ender-como-Ender ama a Novinha.
Al pensarlo, casi se dejó llevar por la desesperación. ¿Quién era ella? Miro había sido amigo de Ender durante años. Novinha era su esposa. Pero Wang-mu... Ender sólo había sabido de su existencia hacía apenas unos días, algunas semanas. ¿Qué era ella para él?
Pero luego tuvo otro pensamiento, más reconfortante, y sin embargo perturbador. ¿Qué es más importante: a quién ama Ender o qué faceta de Ender es la que ama? Valentine es la altruista perfecta... podría amar a Miro más que a nada en el mundo y sin embargo renunciar a él por devolvernos a todos el vuelo estelar. Y Ender... ya ha perdido el interés por su antigua vida. Es el cansado, el agotado. Mientras que Peter... tiene ambición, ansía crecer y crear. No es que me ame a mí, sino que el centro es él; quiere vivir y una parte de él soy yo, esta mujer que le ama a pesar de su supuesta maldad. Ender-como-Peter es la parte de él que más necesita ser amada porque lo merece menos... así que es mi amor lo que le será más precioso, porque va dirigido a Peter.
Si alguien gana, ganaré yo, ganará Peter, no por la gloriosa pureza de nuestro amor, sino por el ansia desesperada de los amantes.
Bueno, la historia de nuestras vidas no será tan noble ni tan bonita, pero tendremos una vida, y con eso es suficiente.
Hundió los pies en la arena, sintiendo el delicioso y diminuto dolor de la fricción de las pequeñas aristas de silicio contra la delicada piel de sus dedos. Así es la vida. Duele, es sucia, y sabe muy, muy bien.
A través del ansible, Olhado les contó a sus hermanos que estaban a bordo de la nave lo que había sucedido con Jane y las madres-árbol.
—La Reina Colmena dice que no durará mucho así —dijo—. Las madres-árbol no son tan fuertes, perderán el control. Muy pronto Jane será un bosque, definitivamente; y no un bosque parlante: sólo árboles muy bonitos, de color muy vivo, muy nutritivos. Ha sido muy bonito, os lo prometo; pero tal como lo expresa la Reina Colmena, sigue sonando a muerte.
—Gracias, Olhado —respondió Miro—. Para nosotros no significa gran cosa. Estamos atrapados aquí, y por eso vamos a ponernos a trabajar, ahora que Val ha dejado de rebotar por las paredes. Los descoladores no nos han encontrado todavía (Jane nos puso en una órbita superior esta vez) pero en cuanto tengamos una traducción fidedigna de su idioma les saludaremos y les haremos saber que estamos aquí.
—Seguid adelante —dijo Olhado—. Pero no renunciéis tampoco a la idea de volver a casa.
—La lanzadera no sirve para un vuelo de doscientos años —contestó Miro—. A esa distancia estamos, y este pequeño vehículo no alcanza ni de lejos la velocidad necesaria para realizar un vuelo relativista. Tendríamos que hacer solitarios durante doscientos años enteros. Las cartas se gastarían mucho antes de que volviéramos a casa.
Olhado se echó a reír (demasiado ligera y sinceramente, pensó Miro).
—La Reina Colmena dice que cuando Jane salga de los árboles, y cuando el Congreso ponga en marcha su nuevo sistema, podrá volver a saltar, al menos lo suficiente para entrar en el tráfico ansible. Y si lo hace, entonces tal vez vuelva a dedicarse a los vuelos estelares. No es imposible.
Val reaccionó.
—¿Es algo que la Reina Colmena supone, o lo sabe?
—Predice el futuro —dijo Olhado—. Nadie conoce el futuro. Ni siquiera esas abejas reina tan inteligentes que arrancan la cabeza de sus esposos cuando se aparean.
No tenía ninguna respuesta que dar a lo que dijo, ni a su tono jocoso.
—Bueno, si no os importa, a trabajar todos —dijo Olhado—. Dejaremos la conexión abierta y
grabando por triplicado cualquier informe vuestro.
La cara de Olhado desapareció del terminal.
Miro giró en su silla y se volvió hacia los otros: Ela, Quara, Val, el pequenino Apagafuegos y la obrera sin nombre que los observaba en perpetuo silencio, capaz sólo de hablar tecleando en el terminal. Sin embargo, Miro sabía que a través de ella la Reina Colmena observaba todo cuanto hacían, escuchaba todo lo que decían. Esperaba. Sabía que orquestaba aquello. Pasara lo que pasase con Jane, la Reina Colmena sería la catalizadora cuando todo diera comienzo. Sin embargo, esas cosas se las había dicho a Olhado a través de alguna otra obrera de Milagro; ésta no tecleaba más que ideas referidas a la traducción del lenguaje de los descoladores.
No dice nada, advirtió Miro, porque no quiere que la vean presionar. ¿Presionar sobre qué? ¿A quién?
A Val. No la veían presionar a Val porque... porque el único modo de que Jane tuviera uno de los cuerpos de Ender era que él se lo ofreciera voluntariamente. Y tenía que ser verdaderamente libre (nada de presión, nada de culpa, nada de persuasión), porque no era una decisión que se tomara conscientemente. Ender había decidido que quería compartir la vida de su madre en el monasterio, pero su mente inconsciente estaba mucho más interesada en el proyecto de traducción y en lo que Peter estuviera haciendo. Su opción inconsciente reflejaba su auténtica voluntad. Si Ender renuncia a Val, tiene que ser por su propio deseo profundo de hacerlo, no por una decisión basada en el deber, como su decisión de quedarse con Madre. Una decisión que responda a lo que realmente quiere.
Miró a Val, a la belleza que procedía más de la profunda bondad que de sus rasgos regulares. La amaba, ¿pero era su perfección lo que amaba? Esa perfecta virtud quizá fuese lo único que le permitiera (que permitiera a Ender en su faceta de Valentine) marcharse voluntariamente e invitar a Jane a entrar. Y sin embargo, cuando Jane llegara, la perfecta virtud desaparecería, ¿no? Jane era poderosa y, según creía Miro, buena. Desde luego, había sido buena con él, una auténtica amiga. Pero ni siquiera en sus más descabelladas fantasías la concebía como perfectamente virtuosa. Si ella empezara a llevar a Val, ¿seguiría siendo Val? Los recuerdos permanecerían, pero la voluntad tras el rostro sería más complicada que el sencillo guión que Ender había creado para ella. ¿La amaré todavía cuando sea Jane?
¿Por qué no? Amo también a Jane, ¿no?
¿Pero amaré a Jane cuando sea de carne y hueso, y no sólo una voz en mi oído? ¿Miraré esos ojos y lloraré por la pérdida de esta Valentine?
¿Por qué no tuve estas dudas antes? Traté de conseguirlo cuando apenas comprendía lo difícil que era todo esto. Y sin embargo ahora, cuando es sólo una esperanza muy remota, me encuentro... ¿qué?, ¿deseando que no suceda? En absoluto. No quiero morir aquí. Quiero a Jane restaurada, aunque sólo sea para recuperar el vuelo espacial... ¡eso sí que es un motivo altruista! Quiero a Jane restaurada, pero también a Val intacta.
Quiero que todas las cosas malas desaparezcan y todo el mundo sea feliz. Quiero a mi mamá.
¿En qué clase de llorón infantil me he convertido?
Advirtió de repente que Val lo miraba.
—Hola —dijo. Los demás también lo miraban.
—¿Qué estáis votando, si debo dejarme crecer la barba?
—No votamos nada —dijo Quara—. Simplemente, estoy deprimida. Quiero decir que sabía lo que hacía cuando subí a esta nave, pero maldita sea, es difícil entusiasmarse en el trabajo sobre el idioma de esa gente cuando puedo calcular la vida que me queda por el nivel de los tanques de oxígeno.
—Ya veo que llamas a los descoladores «gente» —dijo Ela secamente.
—¿No debería hacerlo? ¿Sabemos acaso qué aspecto tienen? —Quara parecía confusa—. Tienen un lenguaje, deberían...
—Eso es lo que hemos venido a decidir, ¿no? —dijo Apagafuegos—. Si los descoladores son raman o varelse. El problema de traducción es sólo un pequeño paso en el camino.
Un paso —corrigió Ela—. Y no tenemos tiempo suficiente para darlo.
—Ya que no sabemos cuánto va a tardar —dijo Quara—. No veo cómo puedes estar segura de
eso.
—Puedo estar completamente segura —contestó Ela—. Porque lo único que hacemos es estar sentados charlando y viendo cómo Miro y Val se miran con cara de cordero. No hace falta ser un genio para darse cuenta de que, a este ritmo, cuando se nos acabe el oxígeno no habremos progresado ni un ápice.
—En otras palabras —dijo Quara—, deberíamos dejar de perder el tiempo.
Se volvió hacia las notas y papeles en los que estaba trabajando.
—Pero si no estamos perdiendo el tiempo —dijo Val suavemente.
—¿No? —preguntó Ela.
—Estoy esperando a que Miro me diga lo fácilmente que Jane podría volver a entrar en comunicación con el mundo real. Un cuerpo esperando recibirla. El vuelo espacial restaurado. Su
vieja y leal amiga, de repente una chica real. Estoy esperando eso.
Miro sacudió la cabeza.
—No quiero perderte.
—Eso no sirve de ayuda —dijo Val.
—Pero es la verdad —contestó Miro—. La teoría era fácil. Lo era pensar en cosas profundas
mientras viajábamos en hovercar, allá en Lusitania. Cierto, podía especular que Jane en Val sería
Jane y Val. Pero cuando te enfrentas a ello, no puedo decir que...
—Cállate —le ordenó Val.
No era propio de ella hablar en aquel tono. Miro se calló.
—No quiero oír más palabras como ésas —dijo—. Lo que necesito de ti son palabras que me hagan renunciar a este cuerpo. Miro negó con la cabeza.
—Paga y calla —dijo ella—. Recorre el camino. Di lo que hay que decir. Afróntalo o cierra el pico. Sé pez o cebo.
Miro sabía lo que ella quería. Sabía que decía que lo único que la retenía a este cuerpo, a esta vida, era él. Era su amor por él. Su amistad y compañerismo. Había otras personas aquí para hacer el trabajo de traducción... Miro comprendía que éste había sido el plan, todo el tiempo: traer a Ela y Quara para que Val no se creyera indispensable. Pero no podía renunciar a Miro tan fácilmente. Y tenía que hacerlo, tenía que dejarlo.
—Sea cual fuere el aiúa que esté en ese cuerpo —dijo Miro—, recordarás todo lo que diga.
—Y tendrás que decirlo en serio —respondió Val—. Tiene que ser la verdad.
—Bien, pues no puede ser. Porque la verdad es que yo...
—¡Calla! —demandó Val—. No lo digas otra vez. ¡Es mentira!
—No es mentira.
—¡Te engañas por completo, Miro, y tienes que despertar y aceptar la verdad! Ya has elegido entre Jane y yo. Te echas atrás porque no te gusta ser el tipo de hombre que toma decisiones despiadadas como ésa. Pero nunca me amaste, Miro. Nunca. Amaste la compañía, sí... de la única mujer que tenías cerca, claro; un imperativo biológico jugando con un joven desesperadamente solitario. ¿Pero yo? Creo que lo que amabas de mí era el recuerdo de tu amistad con la Valentine real que volvió contigo del espacio. Y te encantaba lo noble que parecías al declararme tu amor en un esfuerzo por salvarme la vida cuando Ender me ignoraba. Pero todo era cosa tuya, no mía. Nunca me conociste, nunca me amaste. Era a Jane a quien amabas, y a Valentine, y al propio Ender; al Ender de verdad, no a este contenedor que creó para dividir en compartimientos todas las virtudes que desearía tener en más cantidad.
La antipatía, la furia era palpable. No era típico de ella. Miro vio que también los demás estaban asombrados. Y sin embargo también comprendía. Era muy propio de ella: se comportaba de forma odiosa y airada para persuadirse a sí misma de renunciar a esta vida. Y lo hacía por bien de los demás. Era perfecto altruismo. Sólo que ella moriría y, a cambio, quizá los demás no lo harían, y volverían a casa cuando su trabajo aquí hubiera terminado. Jane viviría, envuelta en esta nueva carne, heredando sus recuerdos. Val tenía que persuadirse a sí misma y a los demás de que la vida que ahora llevaba era indigna, que el único valor de su vida sería renunciar a ella.
Y quería que Miro la ayudase. Ése era el sacrificio que le pedía. Que la ayudara a marcharse. Que la ayudara a querer marcharse. Que la ayudara a odiar esta vida.
—Muy bien —dijo Miro—. ¿Quieres la verdad? Estás completamente vacía, Val, y siempre lo estuviste. Te quedas ahí sentada lloriqueando cosas preciosas, pero nunca pones pasión en nada. Ender sintió la necesidad de crearte no porque tuviera alguna de las virtudes que supuestamente representas, sino porque no las tiene. Por eso las admira tanto. Así, cuando te creó, no supo qué poner dentro de ti. Un guión vacío. Incluso ahora, sólo estás siguiendo ese guión. Perfecto altruismo, un cuerno. ¿Cómo puede ser un sacrificio renuncia una vida que nunca fue tal?
Ella se debatió un instante, y una lágrima le corrió por la mejilla.
—Me dijiste que me amábas.
—Sentía lástima por ti. Ese día en la cocina de Valentine, ¿no? Pero la verdad es que probablemente estaba mintiendo para impresionar a Valentine. A la otra Valentine. Para demostrarle lo bueno que soy. Ella sí que tiene algunas de esas virtudes... me preocupa mucho lo que piense de
mí. Así que... me sedujo la idea de ser un tipo digno del respeto de Valentine. Eso es lo más cerca de amarte que estuve. Y entonces descubrimos cuál era nuestra misión real y, de repente, ya no te estás muriendo y aquí estoy, atrapado por haber dicho que te amaba; ahora tengo que seguir y seguir manteniendo la ficción aunque cada vez queda más claro que echo de menos a Jane, que la echo de menos tan desesperadamente que me duele, y el único motivo por el que no puedo tenerla es porque tú no cedes...
—Por favor —dijo Val—. Me resulta demasiado doloroso. No creía que tú...
—Miro —dijo Quara—, esto es la cosa más repugnante que he visto hacer a nadie jamás, y he visto a algunos hijos de...
—Cállate, Quara —ordenó Ela.
—Oh, ¿quién te ha nombrado reina de la nave? —replicó Quara.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
—Lo sé, tiene que ver con Miro, el auténtico hijo de puta... Apagafuegos se levantó rápidamente
de su asiento y con su fuerte mano tapó la boca de Quara.
—No es el momento —dijo—. No entiendes nada. Ella liberó el rostro.
—Entiendo lo suficiente para saber que...
Apagafuegos se volvió hacia la obrera de la Reina Colmena. —Ayúdanos —dijo.
La obrera se levantó y, con sorprendente velocidad, sacó a Quara de la cubierta principal de la lanzadera. A Miro ni siquiera le interesó adónde llevaba la Reina Colmena a Quara o dónde la retenía. Quara era demasiado egocéntrica para comprender el pequeño juego que Miro y Val se llevaban entre manos. Pero los demás lo entendían.
Sin embargo, lo que contaba era que Val no lo comprendiera. Val tenía que creer que él hablaba en serio. Casi había funcionado antes de que Quara los interrumpiera. Pero ahora habían perdido el hilo.
—Val —dijo Miro, cansado—, no importa lo que yo diga. Porque tú nunca cederás. Y aunque Ender pueda arrasar planetas enteros para salvar a la raza humana, su propia vida es sagrada. Nunca se rendirá. Ni un rasguño. Y eso te incluye a ti... nunca te dejará ir. Porque eres el último y el más grande de sus engaños. Si renuncia a ti, perderá su última esperanza de convertirse realmente en un buen hombre.
—Eso es una tontería —contestó Val—. La única manera que tiene de llegar a ser realmente un buen hombre es renunciando a mí.
—A eso me refiero: no es realmente un buen hombre, por eso no puede renunciar a ti. Ni siquiera intentar probar su virtud. Porque el lazo del aiúa con el cuerpo no puede falsificarse. Él puede engañar a todo el mundo, pero no a tu cuerpo. No es lo bastante fuerte para dejarte marchar.
—Así que es a Ender a quien odias, no a mí.
—No, Val, no odio a Ender. Es un tipo imperfecto, eso es todo. Como yo, como todo el mundo. Como la auténtica Valentíne, por cierto. Sólo tú tienes la ilusión de la perfección... pero no importa, porque no eres real. Sólo eres Ender disfrazado, haciendo de Valentine. Sales del escenario y no hay nada, todo se desprende como si fuera maquillaje y un disfraz. ¿De veras creíste que estaba enamorado de eso?
Val giró en su silla, volviéndole la espalda.
—Casi creo que lo dices todo en serio.
—Lo que yo no acabo de creerme es que lo esté diciendo en voz alta. Pero es lo que querías que hiciera, ¿no? Que fuera sincero contigo por una vez, para que así tal vez pudieras ser sincera contigo misma y darte cuenta de que lo que tienes no es una vida, sino sólo una perpetua confesión de la incapacidad de Ender como ser humano. Eres la inocencia infantil que cree haber perdido, pero la verdad es que antes de que se lo arrebataran a sus padres, antes incluso de que fuera a la Escuela de Batalla en el cielo, antes de que hicieran de él una máquina de matar perfecta, ya era el asesino brutal e implacable que siempre temió ser. Es una de las cosas que Ender pretende negar: mató a un niño antes de convertirse en soldado. Le rompió la cabeza a patadas. Lo pateó una y otra vez y el niño nunca despertó. Sus padres nunca volvieron a verlo con vida. El chaval era un cabroncete, pero no semerecía morir. Ender fue un asesino desde el principio. Y no puede vivir con eso. Ése es el motivo por el cual te necesita ese es el motivo por el cual necesita a Peter. Para poder sacar de si mismo el feo asesino sin piedad y ponerlo todo en Peter. Y así puede mirarte a ti, la perfecta, y decir: «¿Ves? Toda esa belleza esta dentro de mí.» Y todos le seguimos la corriente. Pero no eres hermosa, Val. Eres la patética justificación de un hombre cuya vida entera es una mentira.
Val rompió a llorar.
Miro estuvo a punto de compadecerse y callar. Casi le gritó: «No, Val, es a ti a quien amo, a ti a quien quiero. Te he anhelado toda mi vida y Ender es un buen hombre porque toda esta tontería sobre que eres una pretensión es imposible. Ender no te creó conscientemente, como los hipócritas crean sus fachadas. Surgiste de él. Las virtudes estaban allí, están allí, y tú eres su hogar natural. Yo amaba y admiraba ya a Ender, pero hasta que no te conocí no supe lo hermoso que era por dentro.»
Ella le daba la espalda, por lo que no podía ver el tormento que sentía.
—¿Qué pasa, Val? ¿Se supone que debo sentir lástima de ti otra vez? ¿No comprendes que tu único valor para nosotros es que si desapareces Jane tendrá tu cuerpo? No te necesitamos, no te queremos. El aiúa de Ender encaja en el cuerpo de Peter porque es el único que tiene la capacidad de actuar según el auténtico carácter de Ender. Piérdete, Val. Cuando ya no estés, tendremos una posibilidad de vivir. Mientras estés aquí, todo estará perdido. ¿Crees por un segundo que te echaremos de menos? Piénsalo otra vez.
Nunca me perdonaré a mí mismo por decir estas cosas, advirtió Miro. Aunque conozco la necesidad de ayudar a Ender a renunciar a este cuerpo haciendo que sea un lugar insoportable para su presencia, eso no cambia el hecho de que recordaré haberlo dicho, recordaré el aspecto que ella tiene ahora, llorando llena de desesperación y dolor. ¿Cómo puedo vivir con eso? Antes me consideraba deforme. Lo único que entonces tenía era una lesión cerebral. Pero ahora... no le habríadicho ninguna de estas cosas si no las pensara. Ése es el problema. Se me han ocurrido todas estascosas terribles. Ésa es la clase de hombre que soy.
Ender volvió a abrir los ojos, y luego extendió una mano para tocar el rostro de Novinha, sus
magulladuras. Gimió al ver a Valentine y Plikt.
—¿Qué os he hecho?
—No has sido tú —contestó Novinha—. Ha sido ella.
—He sido yo. Quería dejar que se quedara... algo. Quería, pero cuando llegó el momento tuve miedo. No pude. —Apartó la cara, cerró los ojos—. Ella ha intentado matarme. Ha intentado expulsarme.
—Los dos obrabais de un modo inconsciente —dijo Valentine—. Dos aiúas de fuerte voluntad, incapaces de renunciar a la vida. No es tan terrible.
—¿Sí? ¿Y vosotras estabais demasiado cerca?
—Eso es —dijo Valentine.
—Os he hecho daño. Os he hecho daño a las tres.
—No hacemos responsable a la gente de sus convulsiones —dijo Novinha.
Ender sacudió la cabeza.
—Me refería a... antes. Estaba aquí escuchando. No podía moverme, no podía emitir ni un sonido, pero podía oír. Sé lo que os hice. A las tres. Lo siento.
—No lo sientas —dijo Valentine—. Todos escogemos nuestra vida. Sabes que podría haberme quedado en la Tierra. No tenía que seguirte. Lo demostré cuando me quedé con Jakt. No me costaste nada... he tenido una carrera brillante y una vida maravillosa, y gran parte se debe a que estuve contigo. En cuanto a Plikt, bueno, finalmente hemos visto (para gran alivio mío, debo añadir) que no siempre es capaz de controlarse. Con todo, nunca le pediste que te siguiera. Eligió lo que quiso. Si ha malgastado su vida, bueno, lo hizo porque así lo quiso y eso no es asunto tuyo. Y en cuanto a Novinha...
—Novinha es mi esposa. Dije que no la dejaría. Traté de no dejarla.
—No me has dejado —dijo Novinha.
—¿Entonces qué estoy haciendo en esta cama?
—Te estás muriendo.
—A eso me refería exactamente.
—Pero te estabas muriendo antes de venir aquí —dijo ella—. Empezaste a morir desde el momento en que, enfadada, te dejé, y me vine aquí. Fue entonces cuanto te diste cuenta, cuando nos dimos cuenta los dos, de que ya no construíamos nada juntos. Nuestros hijos no son jóvenes. Uno de ellos ha muerto. No habrá más. Nuestro trabajo no coincide en ningún punto.
—Eso no significa que esté bien terminar el...
—Siempre que los dos vivamos —dijo Novinha—. Lo sé, Andrew. Mantienes el matrimonio vivo por tus hijos, y cuando han crecido sigues casado por los hijos de alguien más, para que crezcan en un mundo donde los matrimonios son permanentes. Sé todo eso, Andrew. Permanente... hasta que uno muere. Por eso estás aquí. Porque tienes otras vidas que quieres vivir, y porque a causa de algún recurso milagroso dispones de los cuerpos para vivirlas. Claro que me vas a dejar. Por supuesto.
—Mantengo mi promesa.
—Hasta la muerte. No más que eso. ¿Crees que no te echaré de menos cuando no estés? Claro que sí. Te echaré de menos como cualquier viuda añora a su amado esposo. Te echaré de menos cada vez que cuente historias sobre ti a nuestros nietos. Es bueno que una viuda añore a su marido. Eso da forma a su vida.. Pero tú... la forma de tu vida procede de ellos. De tus otros yos. No de mí. Ya no. No te lo reprocho, Andrew.
—Tengo miedo —dijo Ender—. Cuando Jane me expulsó, sentí más miedo que nunca. No quiero morir.
—Entonces no te quedes aquí, porque quedarte en este viejo cuerpo y con este viejo matrimonio, Andrew, eso sería la verdadera muerte. Y en cuanto a mí, verte, saber que realmente no quieres estar aquí, sería una especie de muerte para mí.
—Novinha, te amo, y no lo digo por decir. Todos los años de felicidad que pasamos juntos, eso
fue real... como Jakt y Valentine son reales. Díselo, Valentine.
—Andrew —dijo Valentine—, por favor, recuerda. Ella te dejó.
Ender miró a Valentine. Luego a Novinha, larga y duramente.
—Es cierto. Me dejaste. Te obligué a aceptarme. Novinha asintió.
—Pero pensé... pensé que me necesitabas. Todavía.
Novinha se encogió de hombros.
—Andrew, ése ha sido siempre el problema. Te necesito, pero no por deber. No te necesito
porque tengas que cumplir la palabra que me diste. Poco a poco, al verte cada día, sabiendo que es el
deber el que te conserva, ¿cómo crees que me ayudará eso?
—¿Quieres que muera?
—Quiero que vivas —dijo Novinha—. Que vivas. Como Peter. Es un joven con una larga vida por delante. Le deseo lo mejor. Sé él ahora, Andrew. Deja atrás a esta vieja viuda. Has cumplido tu deber para conmigo. Y sé que me amas, como yo todavía te amo. La muerte no borra eso.
Ender la miró, creyéndola, preguntándose si no se equivocaba al creerla. Habla en serio; dice lo que piensa que quiero que diga, pero lo que dice es verdad. Adelante y atrás, dando vueltas y más vueltas, las preguntas se repetían en su mente.
Pero en algún momento las preguntas dejaron de interesarle y se quedó dormido.
Eso le apetecía ahora: quedarse dormido.
Las tres mujeres que estaban alrededor de su cama lo vieron cerrar los ojos. Novinha incluso suspiró, pensando que había fracasado. Incluso empezó a darse la vuelta. Pero entonces Plikt gimió. Novinha se giró. A Ender se le había caído el cabello. Ella extendió la mano, queriendo tocarlo, hacer que todo volviera a ser como antes, pero sabiendo que lo mejor era no tocarlo, no despertarlo, dejarlo ir.
—No miréis —murmuró Valentine. Pero ninguna de las tres hizo un movimiento por marcharse. Observaron, sin tocar, sin volver a hablar, mientras a Ender la piel se le pegaba a los huesos, se secaba y desmoronaba, mientras se volvía polvo bajo las sábanas, sobre la almohada; luego el polvo mismo se redujo hasta que no quedó nada que ver. Nada. No había nadie allí, excepto el cabello muerto que se le había caído con anterioridad.
Valentine extendió la mano y empezó a recoger el cabello muerto. Por un momento Novinha se molestó. Luego comprendió. Tenía que enterrar algo. Había que celebrar un funeral y entregar a la tierra lo que quedara de Andrew Wiggin. Novinha la ayudó. Y cuando Plikt recogió también unos cuantos cabellos dispersos, Novinha no se lo impidió, sino que tomó los que le entregaba como tomaba los que Valentine había reunido. Ender era libre. Novinha lo había liberado. Había dicho las cosas que tenía que decir para dejarlo marchar.
¿Tenía razón Valentine? ¿Sería distinto, a la larga, de los otros que había amado y perdido? Más adelante lo sabría. Pero ahora, hoy, en este momento, lo único que Novinha sentía era el peso de la pena en su interior. No, quiso lamentarse. No, Ender, no era verdad. Todavía te necesito, todavía te quiero conmigo, ya sea por deber o por cumplimiento de un juramento; nadie me amó como tú me amaste y necesito eso, te necesito a ti, ¿dónde estás ahora, dónde estás cuando te amo tanto?
, dijo la Reina Colmena.
<¿Pero puede encontrar el camino a otro cuerpo? —preguntó Humano—. ¡No dejes que se pierda!

<¿Lo sabe ella?>
Sí, y allá va.>

Saltó de la red que tan amablemente la había contenido; se aferró a ella. Volveré, pensó, volveré a ti pero no para quedarme tanto tiempo; duele cuando me quedo tanto.
Saltó y se encontró de nuevo con aquel aiúa familiar con el que había estado mezclada durante tres mil años. Parecía perdido, confuso. Faltaba uno de los cuerpos, eso era. El anciano. La vieja forma familiar. Apenas se aferraba a los otros dos. No tenía raíz ni ancla. No sentía que perteneciera a ninguno de ellos. Era un extraño en su propia carne.
Se acercó a él. Esta vez sabía mejor que antes lo que hacía, cómo controlarse. Esta vez se contuvo, no tomó nada que fuera de él. No le disputó su posesión. Solamente se acercó.
A él, desorientado, le resultó familiar. Desarraigado de su hogar más antiguo notó que sí, la conocía, la conocía desde hacía mucho tiempo. Se acercó, sin temerla. Sí, más cerca, más cerca.
Sígueme.
Saltó al cuerpo de Valentine. Él la siguió. Ella lo atravesó sin tocar, sin saborear la vida: era élquien tenía que tocarla, él quien tenía que saborearla. Él se notó los miembros, los labios y la lengua; abrió los ojos y miró; pensó sus pensamientos; oyó sus recuerdos.
Lágrimas en los ojos, mejilla abajo. Profunda pena en el corazón. No puedo soportar estar aquí, pensó. No pertenezco a este lugar. Nadie me quiere aquí. Todos quieren que salga y me vaya.
La pena le desgarraba, le empujaba. Era un lugar insoportable para él.
El aiúa que había sido Jane se extendió, tanteando, y tocó un solo punto, una sola célula.
El se alarmó, pero un instante nada más. Esto no es mío, pensó. No pertenezco a esto. Es tuyo.
Puedes tenerlo.
Ella le condujo aquí y allá dentro de aquel cuerpo, siempre tocando, dominándolo; pero esta vez, en lugar de combatirla, él le ofreció repetidamente el control. No me quieren aquí. Tómalo. Disfruta. Es tuyo. Nunca ha sido mío.
Sintió la carne volverse ella misma, más y más. Las células, a centenares, a millares, trasladaban su lealtad del antiguo amo que ya no quería estar allí a la nueva ama que las adoraba. Ella no les dijo, sois mías, como había intentado hacer anteriormente en una ocasión. Su grito de ahora fue soy toda vuestra; y luego, finalmente, sois yo.
Se sorprendió por la totalidad de este cuerpo. Se dio cuenta de que, hasta entonces, nunca había tenido un yo. Lo que había sido durante todos estos siglos era un aparato, no un yo. Había estado en un soporte vital, esperando una vida. Pero ahora, al probarse los brazos como si fueran mangas, descubrió que sí, que sus brazos eran así de largos; sí, esta lengua, estos labios se movían justo donde su lengua y labios debían moverse.
Y luego, brotando en su consciencia, llamando su atención (que antes había estado dividida en diez mil pensamientos simultáneos), llegaron recuerdos para ella desconocidos. Recuerdos de habla con labios y aliento. Recuerdos de cosas vistas, de sonidos oídos. Recuerdos de caminar, de correr.
Y luego recuerdos de personas. Se vio de pie en aquella primera nave estelar, mirando por primera vez... a Andrew Wiggin; la expresión de su rostro, su asombro al verla, su modo de mirar de un lado a otro, de ella a...
Peter.
Ender.
Peter.
Se había olvidado. Estaba tan absorta en este nuevo yo que descubrió que había olvidado el aiúa perdido que se lo había dado. ¿Dónde estaba?
Perdido, perdido. No en el otro, ni en ninguna parte, ¿cómo podía haberlo perdido? ¿Cuántos segundos, minutos, horas había estado ella fuera? ¿Dónde estaba él?
Salió del cuerpo, del yo que se llamaba a sí misma Val, y sondeó, buscó, pero no pudo encontrarlo.
Está muerto. Lo he perdido. Me dio esta vida y no tuvo forma de sujetarse; sin embargo me olvidé de él y ha muerto.
Pero entonces recordó que ya había estado fuera antes. Cuando lo persiguió por los tres cuerposacabó por saltar, y ese salto la condujo al entramado de la red de árboles. Él lo haría de nuevo, por supuesto. Saltaría al único lugar al que ya había saltado.
Lo siguió y allí estaba, pero no donde había estado ella, no entre las madres-árbol, ni siquiera entre los padres-árbol. Ni entre los árboles. No, había seguido hasta donde ella no había querido continuar, a lo largo de las densas y tupidas lianas que conducían a ellas; no, no, a ella: la Reina Colmena. La que había llevado en su seca crisálida durante tres mil años, de un mundo a otro, hasta que por fin le encontró un hogar. Ahora ella le devolvía por fin su regalo. Cuando el aiúa de Jane sondeó entre las lianas que conducían hasta ella, allí estaba él, inseguro, perdido.
La reconoció. Aislado como estaba, resultaba sorprendente que supiera nada; pero la reconoció. Y una vez más la siguió. Esta vez no lo condujo al cuerpo que le había dado: ahora era suyo; no, era ella. Lo condujo a un cuerpo distinto de un lugar diferente.
Pero él reaccionó igual que con el cuerpo que ahora era de ella; parecía encontrarse extraño. Aunque los millones de aiúas del cuerpo lo buscaron, ansiosos de que los sostuviera, él se mantuvo apartado. ¿Tan terrible le había resultado lo visto y sentido en el otro cuerpo? ¿O era que este cuerpo, el de Peter, representaba para él todo lo que más temía de sí mismo? No lo tomaría. Era suyo y no podría, no...
Pero debía hacerlo. Ella lo guió, le entregó cada una de sus partes. Ahora tú eres esto. No importa lo que una vez significara para ti, ahora es diferente... en él puedes ser completo, puedes ser tú mismo.
No la entendió; desconectado de cualquier cuerpo, ¿hasta qué punto era capaz de pensar? Sólo sabía que no quería aquel cuerpo. Había entregado los cuerpos que quería.
Sin embargo, ella tiró de él y él la siguió. Esta célula, este tejido, este órgano, este miembro son tú; mira cómo te ansían, mira cómo te obedecen. Y lo hacían, le obedecían a pesar de su reluctancia. Le obedecieron hasta que por fin él empezó a pensar los pensamientos de la mente y a sentir las sensaciones del cuerpo. Jane esperaba, observando, reteniéndolo, deseando que se quedara lo suficiente para aceptar el cuerpo; pues sabía que sin ella se soltaría, se escaparía. No pertenezco a este lugar, decía su aiúa en silencio. No pertenezco a él, no pertenezco.
Wang-mu acunaba su cabeza en el regazo, lo arrullaba, sollozaba. A su alrededor los samoanos se congregaban para ver su pena. Sabía lo que significaba cuando lo vio desplomarse, cuando se quedó tan flácido, cuando se le cayó el cabello. Ender había muerto en algún lugar lejano y no encontraba su camino hasta aquí.
—Se ha perdido —lloró—. Se ha perdido.
Vagamente, oyó a Malu hablar en samoano. Y luego la traducción de Grace.
—No se ha perdido. Ella le ha guiado hasta aquí. La deidad le ha traído, pero él tiene miedo de quedarse.
¿Cómo podía tener miedo? ¿Peter asustado? ¿Ender asustado? Ridículo en ambos casos. ¿En qué aspecto había sido un cobarde? ¿Qué había temido?
Y entonces lo recordó: Ender temía a Peter, y Peter siempre había temido a Ender.
—No —dijo. No expresaba su pena sino su frustración, su furia, su necesidad—. ¡No,escúchame, perteneces a este lugar! ¡Éste eres tú, el auténtico tú! ¡No me importa si tienes miedo! Nome importa lo perdido que puedas estar. Te quiero aquí. Éste es tu hogar y siempre lo ha sido. ¡Conmigo! Estamos bien juntos. Nos pertenecemos. ¡Peter! Ender... quienquiera que creas ser... ¿acaso me importa? Siempre has sido tú mismo, el mismo hombre que eres ahora, y éste ha sido siempre tu cuerpo. ¡Vuelve a casa! ¡Regresa!
Y entonces él abrió los ojos, y sus labios esbozaron una sonrisa.
—Eso sí que ha sido una buena actuación —dijo.
Furiosa, ella le rechazó.
—¿Cómo puedes reírte de mí de esta forma?
—Entonces no hablabas en serio. No te gusto, después de todo.
—Nunca he dicho que me gustaras —respondió ella.
—Sé lo que has dicho.
—Bueno —aceptó ella—. Bueno.
—Y era verdad. Lo era y lo es.
—¿Quieres decir que he dicho algo acertado, que me he tropezado con la verdad?
—Has dicho que pertenezco a este lugar —contestó Peter—. Y es cierto.
Extendió la mano para tocarle la mejilla, pero no se detuvo allí. Rodeó su cuello, y la atrajo hacia sí, y la abrazó. A su alrededor, dos docenas de enormes samoanos rieron y rieron.
Eres tú ahora, le dijo Jane. Eres tú entero. Una vez más. Eres el único.
Lo que él había experimentado mientras controló reacio el cuerpo fue suficiente. No hubo más timidez, ni más inseguridad. El aiúa que ella había dirigido a través del cuerpo tomó el control, ansioso como si éste fuera el primer cuerpo que poseía. Y quizá lo era. Al haber sido desconectado, aunque brevemente, ¿recordaría haber sido Ender Wiggin? ¿O había desaparecido la antigua vida? El aiúa era el mismo, brillante, poderoso; ¿pero quedaría alguno de los recuerdos, más allá de los que habían sido cartografiados por la mente de Peter Wiggin?
Ya no es mi problema, pensó ella. Él ya tiene su cuerpo. No morirá, por ahora. Y yo tengo el mío, tengo la diáfana red entre las madres-árbol, y en algún lugar, algún día, tendré de nuevo mis ansibles. No he sabido lo limitada que estaba hasta ahora, lo pequeña y diminuta que era; pero ahora me siento como mi amiga se siente: sorprendida por lo viva que estoy.
De vuelta a su nuevo cuerpo, a su nuevo yo, dejó que los pensamientos y los recuerdos volvieran a fluir, y esta vez no retuvo nada. Su consciencia-aiúa se abrumó en seguida por todo lo que sentía y experimentaba y pensaba y recordaba. Todo volvería a ella, del mismo modo en que la Reina Colmena advertía su propio aiúa y sus conexiones filóticas; volvía incluso ahora, en destellos, como una habilidad infantil en otro tiempo dominada y luego olvidada. Era también vagamente consciente, en el fondo de su mente, de que aún saltaba varias veces por segundo para completar el circuito de los árboles; pero lo hacía tan rápido que no perdía ninguno de los pensamientos que pasaban por su mente como Valentine.
Como Val.
Una Val que lloraba con las terribles palabras pronunciadas por Miro todavía resonando en sus
oídos. Nunca me amó. Quería a Jane. Todos quieren a Jane y no a mí.
Pero yo soy Jane. Y soy yo. Soy Val.
Dejó de llorar. Se movió.
¡Se movió! Los músculos se tensaron y se relajaron, flexión y extensión; células milagrosas trabajando en equipo para mover pesados huesos y bolsas de piel y órganos, para agitarlos y equilibrarlos delicadamente.
La alegría que sentía era enorme. Brotaba de ella en... ¿qué era este espasmo compulsivo de su diafragma? ¿Qué era esta explosión de sonido que surgía de su propia garganta?
Era risa. Cuántas veces había simulado mediante chips informáticos el habla y la risa; pero nunca, nunca supo lo que significaba, cómo se sentía. No quería parar.
—Val —dijo Miro.
¡Oh, escuchar su voz a través de los oídos!
—Val, ¿te encuentras bien?
—Sí —dijo ella. Su lengua se movió, sus labios; respiraba, jadeaba, algo habitual para Val, pero fresco y nuevo y maravilloso para ella—. Y sí, debes seguir llamándome Val. Jane era otra cosa. Otra persona. Antes de ser yo, fui Jane. Pero ahora soy Val.
Le miró y vio (¡con los ojos!) cómo las lágrimas corrían por sus mejillas. Comprendió de inmediato.
—No —dijo—. No tienes que llamarme Val. Porque no soy la Val que conociste, y no me importa lo que sientes por ella. Sé lo que le dijiste. Sé cómo te dolió decirlo; recuerdo cómo a ella le dolió escucharlo. Pero no lo lamentes, por favor. Fue un gran regalo el que me hicisteis, tú y ella. Y fue también un regalo que tú le hiciste a ella. Vi su aiúa pasar a Peter. No está muerta. Y más importante aún, creo... al decir lo que le dijiste, la liberaste para hacer lo que mejor expresaba quién era realmente. La ayudaste a morir por vosotros. Y ahora es una con ella misma, una con él mismo. Siéntelo por ella, pero no lo lamentes. Y siempre puedes llamarme Jane.
Y entonces supo, la parte Val de ella supo, el recuerdo del yo que Val había sido supo lo que tenía que hacer. Se levantó de la silla, flotó hacia donde estaba Miro, lo rodeó con sus brazos (¡lo tocó con aquellas manos!), y dejó que apoyara la cabeza en su hombro y que sus lágrimas, primero calientes, luego frías, empaparan su camisa, su piel. Quemaba. Quemaba.