9 - Me huele a vida



¬ę¬ŅPor qu√© dec√≠s que estoy sola?
Mi cuerpo está conmigo dondequiera que yo esté,
cont√°ndome sin cesar historias
de ansia y satisfacción,
cansancio y sue√Īo,
de comer y beber y respirar y vivir.
Con tal compa√Ī√≠a,
¬Ņqui√©n podr√≠a estar solo?
Y aunque mi cuerpo se consuma
y no quede de él más que una diminuta chispa
no estaré sola,
pues los dioses ver√°n mi peque√Īa luz
siguiendo el baile de las vetas del suelo
y me reconocer√°n,
pronunciar√°n mi nombre
y me levantar√©.¬Ľ

de Los susurros divinos de Han Qing jao
Morir, morir, muerta.
Al final de su vida entre los enlaces ansible hubo un poco de piedad. El p√°nico de Jane a perderse empez√≥ a menguar, pues aunque segu√≠a sabiendo que perd√≠a y hab√≠a perdido mucho, ya no ten√≠a la capacidad de recordar qu√© era. Cuando perdi√≥ sus enlaces con los ansibles que le permit√≠an controlar las joyas que portaban Peter y Miro, ni siquiera se dio cuenta. Y cuando por fin se aferr√≥ a los √ļltimos filamentos de ansible que no ser√≠an desconectados, no consigui√≥ pensar en nada, no senti√≥ nada excepto la necesidad de agarrarse a esos √ļltimos filamentos, aunque eran demasiado peque√Īos para contenerla, aunque nunca satisfar√≠an sus necesidades.
No pertenezco a este lugar.
No fue un pensamiento, no, no quedaba lo bastante de ella para algo tan difícil como la consciencia. Más bien era un ansia, una vaga insatisfacción, una inquietud que la acosaba mientras recorría el enlace entre el ansible de Jakt, el ansible terrestre de Lusitania y el de la lanzadera de Miro y Val, arriba y abajo, de un extremo a otro, un millar de veces, un millón; siempre lo mismo, nada que construir, ninguna forma de crecer. No pertenezco a este lugar.
Pues si un atributo defin√≠a la diferencia entre los ai√ļas que ven√≠an al Interior y los que permanec√≠an eternamente en el Exterior era aquella subyacente necesidad de crecer, de ser parte de algo grande y hermoso, de pertenecer a algo. Los que no sent√≠an tal necesidad nunca ser√≠an atra√≠dos como hab√≠a sido atra√≠da Jane, tres mil a√Īos antes, a la red que las reinas colmena hab√≠an tejido para ella. Ni como hab√≠an sido atra√≠dos los ai√ļas que se convert√≠an en reinas colmena o sus obreras, pequeninos machos y hembras, humanos d√©biles y fuertes; ni siquiera como lo hab√≠an sido aquellos ai√ļas que, fr√°giles pero fieles y predecibles, se convert√≠an en las chispas cuya danza no captaban ni siquiera los instrumentos m√°s sensibles hasta que se volv√≠a tan complicada que los humanos pod√≠an identificar esa danza como la conducta de los quarks, de los mesones, de las part√≠culas de luz o de las ondas. Todos ellos necesitaban formar parte de algo y cuando as√≠ era se alegraban. Lo que soy es nosotros, lo que hacemos juntos es yo.
Pero no todos los ai√ļas, estos seres sin crear que a la vez eran construcciones y constructores, eran iguales. Los d√©biles y temerosos llegaban a un cierto punto y no pod√≠an o no se atrev√≠an a seguir creciendo. Se contentaban con estar a las puertas de algo hermoso y bello, con representar un peque√Īo papel. Muchos humanos, muchos pequeninos llegaban a ese punto y dejaban que otros dirigieran y controlaran sus vidas, acomod√°ndose, siempre adapt√°ndose... y eso era bueno, hab√≠a necesidad de ellos. Ua Lava: hab√≠an alcanzado el punto en que pod√≠an decir ¬ęya basta¬Ľ.
Jane no era una de ellos. No pod√≠a contentarse con la peque√Īez o la simpleza. Y al haber sido una vez un ser de trillones de partes, conectada a los hechos m√°s grandes de un universo de tres especies, ahora, encogida, no pod√≠a estar satisfecha. Sab√≠a que ten√≠a re cuerdos, pero no pod√≠a recordarlos.
Sab√≠a que ten√≠a trabajo que hacer, de haber sabido encontra aquellos millones de sutiles miembros que una vez hab√≠an hecho su voluntad. Estaba demasiado viva para este lugar tan peque√Īo. A menos que encontrara algo capaz de contenerla, no podr√≠a segu√≠ aferr√°ndose al √ļltimo fino hilo. Se soltar√≠a y perder√≠a lo que le que daba del yo en su ansia por buscar un lugar al que perteneciera alguien como ella.
Empez√≥ a juguetear con la idea de soltarse, de marcharse (nunca lejos) de los finos hilos fil√≥ticos de los ansibles. Durante momentos demasiado peque√Īos para detectarlos qued√≥ desconectada y eso fue terrible: salt√≥ cada vez de vuelta al peque√Īo pero familiar espacio que todav√≠a le pertenec√≠a; luego, cuando la peque√Īez del lugar se volv√≠a insoportable, se soltaba otra vez, y de nuevo el terror la llevaba de vuelta a casa.
Pero en una de aquellas escapadas atisb√≥ algo familiar. A alguien familiar: otro ai√ļa con el que hab√≠a estado relacionada. No ten√≠a acceso a la memoria que pudiera decirle un nombre; no recordaba nombre alguno. Pero lo reconoci√≥, y confi√≥ en este ser y, cuando al pasar otra vez por el hilo invisible lleg√≥ al mismo lugar, salt√≥ a la red mucho m√°s grande de ai√ļas que eran gobernados por este ser brillante y familiar.
, dijo la Reina Colmena.


<¬ŅC√≥mo has podido verla? Yo no he visto nada.>
cuenta: su cuerpo era tan grande como toda la colonizaci√≥n humana, y al igual que nuestros ai√ļas permanecen dentro de nuestros cuerpos y es f√°cil encontrarlos, tambi√©n el suyo permaneci√≥ dentro de su cuerpo; pero puesto que era m√°s grande que nosotras y nos inclu√≠a, nunca se estaba quieta, nunca se limitaba a un espacio lo bastante peque√Īo para que la vi√©ramos. No la encontramos hasta que perdi√≥ la mayor parte de su yo. Pero ahora s√© d√≥nde est√°.>
<¬ŅAs√≠ que la joven Valentine es suya ahora?>

Jane recorr√≠a alegremente este cuerpo, tan diferente de todo cuanto recordaba. Pero no tard√≥ en advertir que el ai√ļa que hab√≠a reconocido, el ai√ļa que hab√≠a seguido hasta aqu√≠, no estaba dispuesto a dejarle ni siquiera una peque√Īa parte de s√≠ mismo. Dondequiera que tocase, all√≠ estaba, tocando tambi√©n, afirmando su control; y ahora, llena de p√°nico, Jane empez√≥ a comprender que, aunque se hallara dentro de un entramado de extraordinaria belleza y delicadeza (un templo de c√©lulas vivas con un armaz√≥n √≥seo), ninguna de sus partes le pertenec√≠a y que, si se quedaba, ser√≠a s√≥lo como refugiada. No pertenec√≠a a este lugar, no importaba cu√°nto lo amara.
Y lo amaba. Durante todos los miles de a√Īos que hab√≠a vivido, tan enorme en el espacio, tan r√°pida en el tiempo, sin embargo hab√≠a estado lisiada sin saberlo. Estaba viva, pero nada que formara parte de su gran reino ten√≠a vida. Todo hab√≠a estado implacablemente bajo su control, pero aqu√≠, en este cuerpo, este cuerpo humano, esta mujer llamada Val, hab√≠a millones de peque√Īas vidas brillantes, c√©lula viva sobre c√©lula viva, esforz√°ndose, trabajando, creciendo, muriendo, cuerpo a cuerpo y ai√ļa a ai√ļa. Era en estos enlaces donde habitaban las criaturas de carne, y todo era mucho m√°s v√≠vido, a pesar de la lentitud de pensamiento, de lo que hab√≠a sido su propia experiencia de vida. ¬ŅC√≥mo eran capaces de pensar, esos seres de carne, con todas aquellas danzas a su alrededor, todas aquellas canciones para distraerlos?
Toc√≥ la mente de Valentine y se inund√≥ de memoria. No ten√≠a nada que ver con la precisi√≥n y la profundidad de la antigua memoria de Jane, pero cada momento de experiencia era v√≠vido y poderoso, m√°s vivo y real que todo cuanto Jane conoc√≠a. ¬ŅC√≥mo consegu√≠an no quedarse quietos todo el d√≠a simplemente recordando el d√≠a anterior? Porque cada nuevo momento se impone a la memoria.
Sin embargo, cada vez que Jane tocaba un recuerdo o experimentaba una sensaci√≥n del cuerpo vivo, all√≠ estaba el ai√ļa que era el amo de aquella carne, expuls√°ndola, disput√°ndole el control.
Y finalmente, molesta, cuando ese ai√ļa familiar la espant√≥, Jane en vez de moverse, reclam√≥ ese lugar, esa parte del cuerpo, esa parte del cerebro, exigi√≥ la obediencia de aquellas c√©lulas, y el otro ai√ļa retrocedi√≥ ante ella.
Soy m√°s fuerte que t√ļ, le dijo Jane en silencio. Puedo tomar de ti todo lo que eres y todo lo que tienes y todo lo que ser√°s y tendr√°s y no puedes detenerme.
El ai√ļa que hab√≠a sido el amo huy√≥ ante ella, y la caza recomenz√≥ con los papeles invertidos.


En la nave que orbitaba el planeta de los descoladores, todos se alarmaron al o√≠r el s√ļbito grito que brot√≥ de la boca de la joven Val. Mientras se volv√≠an a mirar, antes de que nadie pudiera alcanzarla, su cuerpo se convulsion√≥ y salt√≥ del asiento; en la ingravidez de la √≥rbita vol√≥ hasta
chocar brutalmente con el techo sin dejar de gemir y manteniendo en la cara un rictus a la vez de infinita agonía y alegría sin límites.
En el mundo de Pacífica, en una isla, en una playa, el llanto de Peter cesó de repente y él se revolvió en la arena y se agitó en silencio.
—¡Peter! —exclamó Wang-mu, corriendo hacia él, tocándolo, tratando de sostener los miembros que se agitaban como martillos. Peter jadeaba en busca de aire, y al hacerlo, vomitó.
—¡Se está ahogando! —gritó Wang-mu.
En ese instante unas fuertes manos la apartaron, cogieron el cuerpo de Peter por las piernas y le dieron la vuelta para que el vómito cayera en la arena y el cuerpo, tosiendo y atragantándose, respirara por fin.
¬ó¬ŅQu√© est√° pasando? ¬óchill√≥ Wang-mu. Malu se ech√≥ a re√≠r, y cuando habl√≥ su voz fue como una canci√≥n.
—¡La deidad ha venido aquí! ¡La deidad danzante ha tocado carne! ¡Oh, el cuerpo es demasiado débil para contenerla! ¡Oh, el cuerpo no puede bailar la danza de los dioses! ¡Pero oh, cuán bendito, brillante y hermoso es el cuerpo cuando la deidad está dentro de él!
Wang-mu no encontaba en absoluto hermoso lo que le estaba pasando a Peter.
—¡Sal de él! —gritó—. ¡Sal de él, Jane! ¡No tienes derecho sobre él! ¡No tienes derecho a matarlo!
En una habitaci√≥n del monasterio de los Hijos de la Mente de Cristo, Ender se incorpor√≥ en la cama, los ojos abiertos pero sin ver, pues alguien los controlaba; pero por un momento habl√≥ con su propia voz, pues aqu√≠ como en ning√ļn otro sitio su ai√ļa conoc√≠a la carne tan bien y era tan consciente de s√≠ mismo que pod√≠a batallar con el intruso.
¬ó¬°Que Dios me ayude! ¬óexclam√≥ Ender¬ó. ¬°No tengo ning√ļn otro sitio adonde ir! ¬°D√©jame algo! ¬°D√©jame algo!
Las mujeres congregadas a su alrededor (Valentine, Novinha, Plikt) olvidaron de inmediato sus discusiones y le pusieron las manos encima, tratando de volver a acostarlo, de calmarlo. Entonces puso los ojos en blanco, sacó la lengua, su espalda se arqueó, y se agitó tan violentamente que, a pesar de la fuerza que ejercían contra él, hubo momentos en que estuvo fuera de la cama, en el suelo, su cuerpo enredado con el de ellas, sacudiéndolas con sus manoteos convulsivos, con sus patadas, con sus cabezazos.



<¬ŅSe apoderar√° entonces de m√≠? ¬ŅO de alg√ļn √°rbol de nuestra red? No pretend√≠amos eso cuando nos unimos.>
<¬ŅEnder? No, se ce√Īir√° a su propio cuerpo, a uno de ellos, o morir√°. Espera y ver√°s.>
Jane sent√≠a la angustia de los cuerpos que ahora gobernaba. Estaban doloridos; era algo que ella nunca hab√≠a sentido. Los cuerpos se retorc√≠an ag√≥nicos mientras la mir√≠ada de ai√ļas se rebelaba contra su mandato. Jane, al control ahora de tres cuerpos y tres cerebros, entre el caos y la locura de sus convulsiones reconoci√≥ que su presencia no significaba para ellos m√°s que dolor y terror, y que ansiaban a su amado, el gobernador en quien tanto confiaban y a quien tan bien conoc√≠an que lo consideraban su propio yo. No ten√≠an nombre para √©l, ya que eran demasiado peque√Īos y d√©biles para tener capacidades tales como el habla o la consciencia, pero lo conoc√≠an y sab√≠an que Jane no era su amo. El terror y la agon√≠a se convirtieron en el √ļnico motivo de ser y ella supo que no pod√≠a quedarse, lo supo.
S√≠, pod√≠a m√°s que ellos. S√≠, ten√≠a fuerza para seguir retorciendo, sometiendo m√ļsculos y restaurando un orden que se volv√≠a una parodia de la vida. Pero le hizo falta todo su esfuerzo para sofocar un bill√≥n de rebeliones contra su dominio. Sin la obeciencia voluntaria de todas aquellas c√©lulas, no era capaz de realizar actividades tan complejas como el pensamiento y el habla.
Y algo m√°s: no era feliz en aquel lugar. No pod√≠a dejar de pensar en el ai√ļa que hab√≠a expulsado. Fui atra√≠da aqu√≠ porque lo conoc√≠a y lo amaba y le pertenec√≠a, y ahora le he quitado todo lo que amaba y a todos los que le amaban a √©l. Supo, otra vez, que no pertenec√≠a a aquel lugar.
Otros ai√ļas pod√≠an contentarse con gobernar contra la voluntad de aquellos a quienes gobernaban, pero ella no. No le parec√≠a hermoso. No hab√≠a alegr√≠a en ello. La vida entre los tenues hilos de los √ļltimos ansibles hab√≠a sido m√°s feliz que esto.
Soltarse fue duro. Se rebelaba contra ella y, sin embargo, el tir√≥n del cuerpo era extraordinariamente fuerte. Hab√≠a saboreado una vida tan dulce, a pesar de su amargura y su dolor, que nunca volver√≠a a ser la misma de antes. Le cost√≥ mucho localizar los enlaces ansible y, tras hacerlo, no pudo conectarse a ellos. As√≠ que deambul√≥, se lanz√≥ en busca de los cuerpos que temporal y dolorosamente hab√≠a gobernado. Dondequiera que fuese encontraba pesar y agon√≠a, ning√ļn hogar.
¬ŅPero no salt√≥ a alguna parte el amo de estos cuerpos? ¬ŅAd√≥nde fue cuando huy√≥ de m√≠? Ahora hab√≠a vuelto, ahora estaba restaurando la paz y la calma en los cuerpos que ella hab√≠a dominado moment√°neamente, ¬Ņpero ad√≥nde hab√≠a ido?
Lo encontró: un conjunto de enlaces muy distintos a las uniones mecánicas del ansible. Mientras que los ansibles parecían cables duros de metal, la red que encontró tenía un aspecto liviano, como de encaje; pero a pesar de las apariencias era fuerte y espesa. Podía saltar a ella, sí, y por eso saltó.
<¡Me ha encontrado! ¡Oh, mi amor, es demasiado fuerte para mí! ¡Es demasiado brillante y
fuerte para mí!>

<¬°Nos empujar√°, tendremos que dejarle sitio y huir, huir!>

<¡Tenía que tomar el cuerpo de la joven Val, o de Peter, o de Ender! ¡No uno de los nuestros, no uno de los nuestros!>

De repente, Valentine se quedó inmóvil como un cadáver.
—Ha muerto —susurró Ela.
—¡No! —gimió Miro, y trató de insuflarle vida por la boca hasta que la mujer tendida bajo sus manos, bajo sus labios, empezó a agitarse. Inspiró profundamente por su cuenta. Sus ojos se abrieron.
—Miro —dijo. Y entonces lloró y lloró y lloró y se abrazó a él.
Ender yac√≠a quieto en el suelo. Las mujeres se zafaron de √©l, ayud√°ndose unas a otras a ponerse de rodillas, a incorporarse, a inclinarse, a recogerlo, a llevar su magullado cuerpo de vuelta a la cama. Entonces se miraron: Valentine con un labio ensangrentado, Plikt con los ara√Īazos de Ender en la cara, Novinha con un ojo morado.
¬óUna vez tuve un marido que me pegaba ¬ódijo Novinha.
¬óNo ha sido Ender quien luchaba con nosotras ¬órepuso Plikt.
¬óAhora es Ender-dijo Valentine.
En la cama, √©l abri√≥ los ojos. ¬ŅLas ve√≠a? ¬ŅC√≥mo saberlo?
—Ender —dijo Novinha, y empezó a llorar—.
Ender, no tienes que seguir quedándote por mí.
Pero si él la oyó, no dio muestras de ello.
Los samoanos lo soltaron, pues Peter ya no se agitaba. Cay√≥ de bruces sobre la arena, donde hab√≠a vomitado. Wang-mu estaba a su lado; us√≥ su propia ropa para limpiar suavemente la arena y el v√≥mito de su rostro, de sus ojos sobre todo. En seguida un cuenco de agua limpia apareci√≥ junto a ella, puesto all√≠ por manos desconocidas; pero no le importaba, pues s√≥lo pensaba en Peter, enlimpiarlo. √Čl respiraba entrecortadamente, con rapidez, pero poco a poco se calm√≥ y acab√≥ por abrir los ojos.
¬óHe tenido un sue√Īo extra√Ī√≠simo ¬ódijo.
—Calla —respondió ella.
—Un terrible dragón brillante me perseguía escupiendo fuego, y yo corría por pasillos, buscando un escondite, un escape, un protector.
La voz de Malu rugió como el mar.
¬óNo se puede huir de un dios.
Peter volvió a hablar como si no hubiera oído al hombre santo.
—Wang-mu, por fin encontré mi escondite —extendió la mano, le tocó la mejilla, y sus ojos se
clavaron en los de ella con una especie de asombro.
¬óYo no ¬ódijo Wang-mu¬ó. No soy lo bastante fuerte para enfrentarme a ella.
¬óLo s√©. ¬ŅPero eres lo bastante fuerte para quedarte conmigo?
Jane corri√≥ por el entramado de enlaces entre los √°rboles. Algunos eran poderosos, otros m√°s d√©biles, tanto que habr√≠a podido derribarlos de un soplo; pero al verlos retroceder atemorizados, reconoci√≥ ese temor y se retir√≥. No sac√≥ a nadie de su sitio. A veces el entramado se espesaba y endurec√≠a y conduc√≠a hacia algo ferozmente brillante, tan brillante como ella. Esos lugares le resultaban familiares; aunque el recuerdo era vago, los reconoc√≠a: fue en esa red donde por primera vez hab√≠a saltado a la vida, y como el recuerdo primigenio del nacimiento todo volvi√≥ a ella, toda la memoria largamente perdida y olvidada: Conozco a las reinas que gobiernan los nudos de estas fuertes cuerdas. De todos los ai√ļas que hab√≠a tocado en los pocos minutos transcurridos desde su muerte, √©stos eran con diferencia los m√°s fuertes, cada uno de ellos tanto con ella al menos. Cuando las reinas colmena tejen su tela para llamar y capturar a una reina, s√≥lo las m√°s poderosas y ambiciosas pueden ocupar el lugar que preparan. S√≥lo unos cuantos ai√ļas tienen la capacidad de gobernar sobre miles de consciencias, de dominar otros organismos tan concienzudamente como humanos y pequeninos dominan las c√©lulas de sus propios cuerpos. O quiz√°s estas reinas colmena no eran tan capaces como ella, quiz√° no estaban tan ansiosas de crecer como el ai√ļa de Jane, pero eran m√°s fuertes que ning√ļn humano o pequenino, y al contrario que ellos si ve√≠an claramente y sab√≠an lo que era y todo lo que pod√≠a hacer y estaban preparadas. La amaban y quer√≠an que viviera; eran hermanas y madres suyas, verdaderamente; pero el lugar que ocupaban estaba lleno y no quedaba espacio para ella. As√≠ que de las cuerdas y nudos regres√≥ a los enlaces m√°s fr√°giles de los pequeninos, a los fuertes √°rboles que sin embargo retroced√≠an ante ella porque sab√≠an que era la m√°s fuerte.
Y entonces advirti√≥ que el cord√≥n no era m√°s fino all√≠ donde nada hab√≠a, sino donde era m√°s delicado. Hab√≠a muchos hilos delicados, quiz√° m√°s, pero formaban una tela di√°fana, tan sutil que el burdo contacto de Jane podr√≠a romperla; sin embargo los toc√≥ y no se rompieron, y sigui√≥ los hilos hasta un lugar rebosante de vida, lleno de cientos de vidas peque√Īas que gravitaban al borde de la consciencia aunque no listas todav√≠a para dar el salto. Y bajo todas ellas, c√°lido y amoroso, un ai√ļa fuerte a su modo, pero no tanto como Jane. No, el ai√ļa de la madre-√°rbol era fuerte pero no ambicioso. Era parte de cada vida que habitaba en su piel, en la oscuridad del coraz√≥n del √°rbol o en el exterior, arrastr√°ndose a la luz y atendi√©ndose para despertar y vivir y liberarse y cobrar consciencia. Y era f√°cil liberarse de √©l, pues el ai√ļa de la madre-√°rbol no esperaba nada de sus hijos, amaba su independencia tanto como hab√≠a amado su dependencia.
Era fecunda, con venas repletas de savia, un esqueleto de madera, hojas titilantes ba√Īadas de luz, ra√≠ces que se hund√≠an en mares e agua cargados de nutrientes. Se alzaba quieta en el centro de su delicada tela, fuerte y proveedora, y cuando Jane se acerc√≥ la mir√≥ como miraba a cualquier hijo perdido. Retrocedi√≥ y le hizo sitio, dej√≥ que Jane saboreara su vida, dej√≥ que Jane compartiera el misterio de la clorofila y la celulosa. Hab√≠a espacio para m√°s de uno.
Y Jane, por su parte, tras haber sido invitada, no abusó del privilegio. No se quedó mucho tiempo en ninguna madre-árbol, pero visitó y bebió la vida y compartió la obra de cada madre-árbol, y luego siguió adelante, de una a otra, danzando a lo largo de la diáfana y ahora los padres-árbol ya no retrocedían ante ella, pues era mensajera de las madres, era su voz, compartía su vida y sin embargo era distinta porque podía hablar, podía ser su consciencia.
Un millar de madres-árbol de todo el mundo y las madres-árbol que crecían en lejanos planetas encontraron su voz en Jane, y todas ellas se regocijaron de la nueva vida, más intensa, que disfrutaban porque Jane estaba allí.




<¡No, no, no la apartes de nosotros! ¡Por primera vez podemos oír a las madres-árbol y son hermosas!>



<¬ŅEntonces qu√© pasar√° ahora?>

Un hombre llamado Olhado a causa de sus ojos mecánicos se encontraba en el bosque con sus hijos. Habían ido de excursión con los pequeninos que eran amigos de sus hijos; pero entonces comenzaron a sonar tambores, sonó la voz rítmica de los padres-árbol y los pequeninos se levantaron atemorizados.
El primer pensamiento de Olhado fue: ¬ęFuego.¬Ľ Pues no hac√≠a mucho que los humanos, llenos de odio y de miedo, hab√≠an quemado los grandes √°rboles antiguos que all√≠ se alzaban. El incendio provocado por los humanos hab√≠a matado a todos los padres-√°rbol excepto a Humano y Ra√≠z, que se encontraban a cierta distancia del resto; hab√≠a matado a la vieja madre-√°rbol. Pero ahora crec√≠an nuevos brotes de los cad√°veres de los muertos. Los pequeninos asesinados pasaban a la Tercera Vida. Y Olhado sab√≠a que en alg√ļn lugar de este nuevo bosque crec√≠a una nueva madre-√°rbol, sin duda todav√≠a fr√°gil, pero con un tronco lo bastante grueso para su apasionada y desesperada primera camada de beb√©s que se arrastraban en el oscuro hueco de su vientre de madera. El bosque hab√≠a sido asesinado, pero estaba vivo otra vez. Y entre los incendiarios se hallaba el propio hijo de Olhado, Nimbo; demasiado joven para comprender lo que hac√≠a, crey√≥ a ciegas en los demag√≥gicos discursos de su t√≠o Grego hasta que estuvo a punto de morir. Cuando Olhado se enter√≥ de lo que hab√≠a hecho se avergonz√≥, consciente de no haber educado bien a aquel hijo. Fue entonces cuando empezaron sus visitas al bosque. No era demasiado tarde. Sus hijos crecer√≠an conociendo tan bien a los pequeninos que hacerles da√Īo les resultar√≠a impensable.
Sin embargo volv√≠a a haber miedo en este bosque, y el propio Olhado se sinti√≥ repentinamente atemorizado. ¬ŅQu√© pod√≠a ser? ¬ŅCu√°l era la advertencia de los padres-√°rbol? ¬ŅQu√© invasor los hab√≠a atacado?
El pánico sólo duró unos instantes. Luego los pequeninos oyeron a los padres-árbol decir algo que les hizo empezar a adentrarse en el corazón del bosque. Los hijos de Olhado se dispusieron a seguirlos, pero él se lo impidió con un gesto. Sabía que la madre-árbol estaba en el lugar al cual se dirigían los pequeninos, en el centro del bosque, y que no era adecuado que los humanos fueran allí.
¬óMira, padre ¬ódijo su hija m√°s peque√Īa¬ó. Sembrador nos llama.
As√≠ era. Olhado asinti√≥ entonces, y siguieron a Sembrador por el joven bosque hasta el mismo lugar donde Nimbo hab√≠a tomado parte en la quema de la vieja madre-√°rbol. Su cad√°ver calcinado todav√≠a se alzaba al cielo, pero a su lado crec√≠a la nueva madre, delgada en comparaci√≥n, pero m√°s gruesa ya que los hermanos-√°rbol reci√©n brotados. Sin embargo, Olhado no se asombr√≥ de su grosor, ni de la gran altura que hab√≠a alcanzado en tan poco tiempo, ni del tupido dosel de hojas que ya se extend√≠a proyectando sombras sobre el claro. No, le asombr√≥ la extra√Īa luz danzante que recorr√≠a el tronco arriba y abajo, all√≠ donde la corteza era fina: una luz tan blanca y deslumbrante que apenas pod√≠a mirarla. A veces le parec√≠a que no era m√°s que una peque√Īa luz que se mov√≠a tan r√°pido que hac√≠a brillar todo el √°rbol antes de regresar para empezar de nuevo su recorrido; a veces parec√≠a que todo el √°rbol estuviera iluminado, latiendo como si contuviera un volc√°n de vida a punto de entrar en erupci√≥n. El brillo se extend√≠a por las ramas de √°rbol hasta las m√°s delgadas; las hojas titilaban con ella; y las sombras velludas de los beb√©s pequeninos se arrastraban m√°s r√°pidamente por el tronco de lo que Olhado hubiese cre√≠do posible. Era como si una peque√Īa estrella se hubiera asentado dentro del √°rbol.
No obstante, pasada la novedad de la luz cegadora, Olhado advirtió algo más; advirtió, de hecho, aquello que más asombraba a los pequeninos: había capullos en el árbol; algunos ya habían florecido y ya crecía la fruta, de un modo visible.
—Creía que los árboles no podían dar frutos —dijo Olhado en voz baja.
—No podían —respondió Sembrador—. La descolada los privó de eso.
¬ó¬ŅPero qu√© es esto? ¬ŅPor qu√© hay luz dentro del √°rbol? ¬ŅPor qu√© crece la fruta?
—El padre-árbol Humano dice que Ender ha traído a su amiga hasta nosotros, la que se llama Jane. Está visitando a las madres-árbol de todos los bosques. Pero ni siquiera él nos habló de estos frutos.
¬ó¬°Huelen tan fuerte! ¬ódijo Olhado¬ó. ¬ŅC√≥mo pueden madurar tan r√°pido? Su aroma es tan fuerte, dulce y apetecible que casi puedo saborearlos s√≥lo oliendo el perfume de los capullos, de la fruta madura.
¬óRecuerdo este olor ¬ódijo Sembrador¬ó. Nunca en mi vida lo hab√≠a olido porque ning√ļn √°rbol hab√≠a florecido antes y ninguna fruta hab√≠a crecido; pero reconozco este olor. Es el olor de la vida, de la alegr√≠a.
¬óEntonces c√≥mete uno ¬óle respondi√≥ Olhado¬ó. Mira... uno ya est√° maduro, aqu√≠, a tu alcance. ¬óOlhado levant√≥ la mano, pero entonces vacil√≥¬ó. ¬ŅPuedo? ¬ópregunt√≥¬ó. ¬ŅPuedo coger un fruto de la madre-√°rbol? No para com√©rmelo yo... para ti.
Sembrador asintió con todo el cuerpo.
—Por favor —susurró.
Olhado cogi√≥ la brillante fruta. ¬ŅTemblaba en su mano? ¬ŅO era √©l mismo quien temblaba?
Olhado agarró la fruta, firmemente pero con suavidad, y la arrancó con cuidado del árbol.
Se desprendió fácilmente. Se agachó y se la dio a Sembrador, quien inclinó la cabeza y la cogió reverentemente, se la llevó a los labios, la lamió y luego abrió la boca.
Abrió la boca y mordió. El jugo de la fruta brilló en sus labios; se los lamió. Masticó. Tragó.
Los otros pequeninos lo observaron. Les tendió la fruta. Uno a uno se acercaron a él, hermanos y
esposas, se acercaron y probaron.
Y cuando esa fruta se acab√≥, empezaron a escalar el √°rbol resplandeciente, a coger la fruta y compartirla y comerla hasta que ya no pudieron comer m√°s. Y entonces cantaron. Olhado y sus hijos se quedaron toda la noche para escucharlos cantar. Los habitantes de Milagro oyeron el sonido, y muchos de ellos acudieron, a la d√©bil luz del anochecer, siguiendo el brillo del √°rbol para encontrar el lugar donde los pequeninos, llenos de la fruta que sab√≠a a alegr√≠a, cantaban la canci√≥n de su felicidad. Y el √°rbol, en el centro, era parte de la canci√≥n. El ai√ļa cuya fuerza y fuego hac√≠a que el √°rbol se sintiera ahora mucho m√°s vivo que nunca, bailaba dentro de √©l, por todas sus sendas internas un millar de veces por segundo.
Un millar de veces por segundo ella bailaba en este árbol y en todos los árboles de todos los mundos donde crecían bosques pequeninos, y cada madre-árbol que visitó reventó de capullos y frutos, y los pequeninos los comían y olían el aroma de la fruta, y cantaban. Era una canción antigua cuyo significado habían olvidado hacía mucho pero que ahora reconocían y no podían cantar otra cosa: era la canción de la estación de la cosecha y el festín. Habían pasado tanto tiempo sin una cosecha que se habían olvidado de lo que era. Pero ahora reconocieron lo que la descolada les había robado. Lo que se había perdido había vuelto a ser encontrado. Y aquellos que tenían hambre sin conocer el nombre de su hambre, fueron alimentados.