6 - La vida es una misiÓn suicida



«¿Hablan entre sí
los dioses de diferentes naciones?
¿Hablan los dioses de las ciudades chinas
con los antepasados de los japoneses?
¿Con los señores de Xibalba?
¿Con Alá? ¿Yahvé? ¿Visnú?
¿Hay alguna reunión anual
donde comparan a sus adoradores mutuos?
Los míos inclinan la cara sobre el suelo
y siguen por mí las vetas de la madera, dice uno.
Los míos sacrifican animales, dice otro.
Los míos matan a cualquiera que me insulte, dice
un tercero.
Ésta es la pregunta que más a menudo me planteo:
¿Hay alguno que honradamente pueda alardear
de que sus adoradores obedezcan sus buenas leyes,
y se traten unos a otros amablemente,
y vivan vida generosa y sencilla?»

de Los susurros divinos de Han Qing jao
Pacífica era un mundo tan diverso como cualquiera, con sus zonas templadas, casquetes polares congelados, junglas tropicales, desiertos y sabanas, estepas y montañas, lagos y mares, bosques y playas. No era un mundo joven. Después de más de dos mil años de presencia humana, todos los nichos que los hombres podían ocupar estaban llenos. Había grandes ciudades y vastas cordilleras, aldeas entre zonas de granjas y estaciones de investigación en los emplazamientos más remotos, arriba y abajo, al norte y al sur.
Pero el corazón de Pacífica había estado formado siempre, y seguía estándolo, por las islas tropicales del océano que llamaban Pacífico en honor del mar más grande de la Tierra. Los habitantes de estas islas vivían, no exactamente a la antigua usanza, sino con el recuerdo de las antiguas costumbres que todavía componían el fondo de todos los sonidos y el contorno de todas las vistas. Aquí todavía se bebía el sagrado kava en las antiguas ceremonias. Aquí los recuerdos de los antiguos héroes se conservaban vivos. Aquí los dioses todavía hablaban al oído de hombres y mujeres sabios. Y si sus cabañas de hierba tenían frigorífico y ordenador conectado a la red, ¿qué más daba? Los dioses no otorgan dones extraños. El truco era encontrar un modo de dejar que las cosas nuevas entraran en la vida de uno sin destrozarla.
Había muchos en los continentes, en las grandes ciudades, en las granjas, en las estaciones de investigación... había muchos que tenían poca paciencia con los interminables dramas (o comedias, dependiendo del punto de vista) que tenían lugar en esas islas. Y desde luego los habitantes de Pacífica no eran solamente los polinesios. Había allí todo tipo de razas, todo tipo de culturas; se hablaban todas las lenguas, o eso parecía. Sin embargo, incluso los detractores buscaban en las islas el alma del mundo. Incluso los amantes del frío y la nieve peregrinaban (probablemente lo llamaban pasar las vacaciones), a las costas tropicales. Arrancaban la fruta de los árboles, surcaban los mares en canoas primitivas, sus mujeres iban con los pechos desnudos y todos metían los dedos en el pudín de taro y con los dedos pringosos arrancaban la carne a los peces. Los más blancos, los más delgados, los más elegantes se llamaban a sí mismos pacificanos y hablaban en ocasiones como si la antigua música del lugar resonara en sus oídos, como si las viejas historias hablaran de su propio pasado. Hijos adoptivos, eso eran; y los verdaderos samoanos, tahitianos, hawaianos, tonganos, maorís y fijianos sonreían y los dejaban sentirse bienvenidos, aunque esta gente que siempre iba con prisas, haciendo reservas y mirando el reloj, no sabía nada de la auténtica vida a la sombra del volcán, al socaire de la barrera de coral, bajo el cielo moteado de loros, dentro de la música de las olas contra el arrecife.
Wang-mu y Peter llegaron a una parte moderna, civilizada y occidentalizada de Pacífica, y una vez más, preparadas ya por Jane, encontraron nuevas identidades esperándolos. Eran funcionarios de carrera del Gobierno entrenados en su planeta natal, Moskva, que pasaban un par de semanas de vacaciones antes de comenzar su trabajo como burócratas en alguna oficina del Congreso en Pacífica. Necesitaban saber poco de su supuesto planeta natal. Sólo tenían que mostrar sus papeles para conseguir un avión que los sacara de la ciudad donde supuestamente habían sido transportados desde una lanzadera recién llegada de Moskva. El vuelo los llevó a una de las islas más grandes del Pacífico, y no tardaron en mostrar de nuevo sus papeles para conseguir alojamiento en un hotel turístico de una sofocante costa tropical. No hicieron falta papeles para coger un barco que los llevara a la isla donde Jane les dijo que debían ir. Nadie les pidió su identificación. Pero nadie estaba tampoco dispuesto a aceptarlos como pasajeros.
—¿Por qué van allí? —preguntó un voluminoso barquero samoano—. ¿Qué asunto les trae?
—Queremos hablar con Malu en Atatua.
—No lo conozco —dijo el barquero—. No sé nada de él. Deberían intentar ir con alguien que sepa en qué isla está.
—Ya se lo hemos dicho —respondió Peter—. En Atatua. Según el atlas no está lejos de aquí.
—He oído hablar de ella, pero nunca he ido allí. Vayan a preguntarle a otro.
Lo mismo les sucedió una y otra vez.
—¿Te das cuenta de que no quieren visitantes papalagi allí? —le dijo Peter a Wang-mu en la puerta de su habitación—. Estos tipos son tan primitivos que no sólo rechazan a ramen, framlings y utlannings. Apuesto a que ni siquiera un tongano o un hawaiano pueden ir a Atatua.
—No creo que sea un problema racial, sino religioso. Creo que están protegiendo un lugar sagrado.
—¿Qué prueba tienes de eso? —preguntó Peter.
—Porque no nos odian ni nos temen. No hay ira velada contra nosotros, sólo alegre ignorancia.
No les importa nuestra presencia, simplemente consideran que no pertenecemos a un lugar santo. Sabes que nos llevarían a cualquier otro sitio.
—Tal vez —dijo Peter—. Pero no pueden ser tan xenófobos, o Aimaina no se habría hecho tan buen amigo de Malu ni le habría enviado un mensaje.
Peter ladeó un poco la cabeza para escuchar a Jane.
—Oh —comunicó—. Jane nos ahorraba un paso. Aimaina no envió un mensaje a Malu, sino a una mujer llamada Grace. Pero Grace fue a Malu y por eso Jane supuso que bien podríamos ir directamente a la fuente. Gracias, Jane. Me encanta tu intuición.
—No seas desagradable con ella —dijo Wang-mu—. Se enfrenta a un plazo límite. La orden de desconexión podría llegar en cualquier momento. Naturalmente, quiere darse prisa.
—Creo que debería abortar esa orden antes de que nadie la reciba y apoderarse de todos los malditos ordenadores del universo —dijo Peter—. Meter la nariz en ellos.
—Eso no los detendría. Sólo los aterraría aún más.
—Mientras tanto, no vamos a contactar con Malu subiendo a un barco.
—Entonces encontremos a esa Grace —dijo Wang-mu—. Si ella puede hacerlo, entonces es
posible que un extranjero tenga acceso a Malu.
—Ella no es extranjera, sino samoana. También tiene un nombre samoano, Teu 'Ona, pero ha trabajado en el ámbito académico y es más fácil tener un nombre cristiano, como ellos lo llaman. Un nombre occidental. Grace es el nombre que esperará que usemos, según dice Jane.
—Si recibió un mensaje de Aimaina, sabrá de inmediato quiénes somos.
—No lo creo —dijo Peter—. Aunque Aimaina nos mencionara, ¿cómo iba ella a creer que la misma gente pueda estar en su mundo ayer y en este mundo hoy?
—Peter, eres un positivista consumado. Tu confianza en la razón te vuelve irracional. Claro que creerá que somos la misma gente. Aimaina también estará seguro. El hecho de que viajáramos de un mundo a otro en un solo día simplemente les confirmará lo que ya creen: que nos han enviado los dioses.
Peter suspiró.
—Bueno, mientras no intenten sacrificarnos a un volcán o algo así, supongo que no es malo ser dioses.
—No juegues con esto, Peter. La religión está unida a los sentimientos más profundos de la gente. El amor que surge de esa olla hirviente es el más dulce y el más fuerte, pero el odio es el más caliente, y la furia la más violenta. Mientras los extranjeros se mantengan apartados de sus lugares sagrados, los polinesios son pacíficos; pero si penetras la luz del fuego sagrado, ten cuidado, porque no hay ningún enemigo más implacable ni brutal.
—¿Has estado contemplando vids otra vez? —preguntó Peter.
—Leyendo —dijo Wang-mu—. De hecho, he leído algunos artículos escritos por Grace Drinker.
—Ah. Ya la conocías.
—No sabía que fuera samoana. No habla de sí misma. Si quieres saber de Malu y su lugar en la cultura samoana de Pacífica (tal vez deberíamos llamarlo Lumana'i, como ellos), tienes que leer algo escrito por Grace Drinker, o a alguien que la cite, o a alguien que la rebata. Tenía un artículo sobre Atatua, y por eso me topé con su obra. Y ha escrito sobre el impacto de la filosofía del Ua Lava sobre el pueblo samoano. Imagino que la primera vez que Aimaina estudió el Ua Lava leyó algunas obras de Grace Drinker, y que luego le escribió para hacerle preguntas y así empezó la amistad. Pero
su conexión con Malu no tiene nada que ver con el Ua Lava. Él representa algo más antiguo, de antes del Ua Lava, pero el Ua Lava aún depende de ello, al menos en su tierra natal.
Peter la miró fijamente unos instantes. Ella notó que la reevaluaba y decidía que era inteligente después de todo, que podría de algún modo ser útil. Bueno, bien por ti, Peter, pensó Wang-mu. Qué listo eres que al final te das cuenta de que tengo una mente analítica además de la intuitiva, gnómica y mántica que decidiste era lo único para lo que servía.
Peter se levantó de su asiento.
—Vamos a verla. Y a citarla. Y a discutir con ella.
La Reina Colmena permanecía inmóvil. Había acabado de poner huevos por ese día. Sus obreras dormían en la oscuridad de la noche, aunque no era la oscuridad lo que las detenía en las profundidades de la cueva que era su hogar. Más bien era su necesidad de estar a solas con su mente, de descartar los miles de distracciones de los ojos y los oídos, los brazos y las piernas de sus obreras. Todas ellas requerían su atención para funcionar, al menos de vez en cuando; pero también le hacían falta todos sus pensamientos para escrutar su mente y recorrer todas las redes que los humanos le habían enseñado a considerar como . El padre-árbol pequenino llamado Humano le había explicado que, en uno de los idiomas de los hombres, tenían que ver con el amor. Las conexiones del amor. Pero la Reina Colmena sabía algo más. El amor era el salvaje acoplamiento de los zánganos. El amor eran los genes de todas las criaturas pidiendo ser copiados, copiados, copiados. El enlace filótico era otra cosa. Había en él un componente voluntario; si la criatura era verdaderamente inteligente podía ser leal a lo que quisiera. Esto era algo más grande que el amor, porque creaba algo más que descendencia aleatoria. Allí donde la lealtad unía a las criaturas, éstas se convertían en algo más grande, algo nuevo, entero e inexplicable.
, le dijo a Humano, para iniciar su conversación de hoy. Hablaban así todas las noches, de mente a mente, aunque nunca habían llegado a verse. ¿Cómo podrían hacerlo, ella siempre en la oscuridad de su hogar, él siempre enraizado junto a la verja de Milagro? Pero la comunicación mental era más fiel que ningún lenguaje, y se conocían mejor de lo que se habrían conocido usando la vista y el tacto.
, dijo Humano.

Luego le contó todo lo que había pasado ese día entre ella y la Joven Val y Miro.
, dijo Humano.

<¿Entonces puedes hacerlo?>
¿Cómo van a crear una buena red para coger un aiúa? Sobre todo uno que ya tiene casa. ¿Y dónde
está esa casa? ¿Dónde está ese puente que hicieron mis madres? ¿Dónde está esa Jane?>
, dijo Humano.
La Reina Colmena entendió que estaba respondiendo a su pregunta.
<¿Cuál? Siempre he pensado que era el que más se nos parecía. Así que no es ninguna sorpresa que sea el primer humano capaz como nosotros de controlar más de un cuerpo.>
Val, eso ha cambiado ahora.>
<¿Puedes verlo?>



La Reina Colmena ya había hecho la conexión que Humano pretendía.





<¿Por eso has enviado a todas esas hijas mundo tras mundo? ¿Porque la muerte no significa nada
para vosotras?>

plantar.>
, dijo la Reina Colmena.
de vivir. Este cuerpo se muere porque ya no le interesa la vida que lleva. Pero sigue queriendo vivir
la vida de Peter. Y la vida de Valentine.>
<¿Eso dice?>




poner en duda lo que dicen sus sentidos.>

<¿Entonces quieres intentar capturar a Ender cuando muera?>

<¿Y si fracasamos?>
del curso que tome cualquier otra vida?>
, dijo Humano.
<¿Trataréis de ensamblar la red? ¿Tú y Raíz y los otros padres-árbol?>

intentaré hacerte comprender lo que estoy haciendo y adónde conduce.>
<¿No deberíamos encontrar primero a Ender? ¿Por si se escapa?>
saber cómo encontrarle si está inconsciente.>
<¿Por qué no? Una vez le disteis sueños... entonces dormía.>


creada para encajar demasiado bien con la mía; no puede pasarme desapercibida.>
Plikt se encontraba junto a la cama de Ender porque no podía soportar estar sentada, no podía soportar moverse. Iba a morir sin murmurar otra palabra. Ella le había seguido, había renunciado a su casa y su familia para estar cerca de él, ¿y qué le había contado? Sí, la había dejado ser su sombra en ocasiones; sí, ella escuchó en silencio muchas de sus conversaciones de las semanas y meses anteriores. Pero si intentaba hablarle de cosas más personales, de profundos recuerdos, de lo que pretendía con las cosas que había hecho, él se limitaba a sacudir la cabeza y a decir (amablemente, porque era amable, pero firmemente, porque no deseaba que ella le malinterpretara):
—Plikt, ya no soy maestro.
Sí que lo eres, quería decirle. Tus libros, La Reina Colmena, El Hegemón, siguen enseñando incluso allí donde no has estado nunca. Y La vida de Humano probablemente ocupa ya su lugar junto a ellos. ¿Cómo puedes decir que has dejado de enseñar cuando hay otros libros que escribir, otras muertes por las que hablar? Has sido portavoz de la muerte de asesinos y santos, de alienígenas, y una vez de la muerte de toda una ciudad devastada por un volcán. Pero al contar esas historias de los demás, ¿dónde estaba la tuya, Andrew Wiggin? ¿Cómo podré hablar en tu muerte si nunca me has contado tu historia?
¿O es éste tu último secreto: que nunca supiste más sobre la gente de la que hablaste de lo que yo sé sobre ti hoy? Me obligas a inventar, a suponer, a adivinar, a imaginar... ¿Es eso lo que hacías tú? Descubrir la historia más ampliamente aceptada y luego encontrar una explicación alternativa que tuviera sentido para los demás y significado y poder para transformar, y contarles ese cuento... ¿aunque también fuera una ficción, no más cierta que la historia que todo el mundo creía? ¿Es eso lo que debo decir cuando hable de la muerte del Portavoz de los Muertos? Su don no fue descubrir la verdad, sino inventarla; no desplegaba, desliaba, enderezaba las vidas de los muertos: las creaba. Y así yo creo la suya. Su hermana dice que murió porque intentó por lealtad seguir a su esposa a la vida de paz y reclusión que ella anhelaba; pero la misma paz de esa vida lo mató, pues su aiúa se sentía atraído por las vidas de los extraños hijos que brotaron crecidos de su mente. Así que su antiguo cuerpo, a pesar de todos los años que probablemente le quedaban, fue descartado porque no tenía tiempo para prestarle suficiente atención y mantenerlo con vida.
No quería dejar a su esposa ni que ella lo dejase; así que se aburrió hasta la muerte y la hirió más al quedarse con ella que si la hubiera dejado continuar sin él.
Ya está, ¿es lo bastante brutal, Ender? Eliminó a las reinas colmena de docenas de mundos, dejando sólo a una superviviente de aquel pueblo grande y antiguo. También la devolvió a la vida. ¿Salvar a la última de tus víctimas te redime de haber matado a las demás? No pretendía hacerlo, ésa es su defensa; pero la muerte es la muerte, y cuando la vida es interrumpida en su mejor momento, ¿dice el aiúa: «Ah, pero el niño que me mató creía que sólo jugaba, así que mi muerte cuenta menos, pesa menos»? No, habría dicho el propio Ender; no, la muerte pesa lo mismo, y yo llevo ese peso sobre mis hombros. Nadie tiene las manos más ensangrentadas que yo; así que hablaré con brutal sinceridad de las vidas de aquellos que murieron sin ser inocentes, y demostraré que incluso ésos pueden ser comprendidos. Pero Ender se equivocaba, no se les podía comprender, a ninguno de ellos; hablar por los muertos sólo es efectivo porque los muertos no hablan y no pueden corregir nuestros errores. Ender está muerto y no puede corregir mis errores, así que algunos de vosotros pensaréis que no he cometido ninguno, pensaréis que os cuento la verdad sobre él; pero lo cierto es que nadie comprende jamás a nadie, desde el principio hasta el final de la vida. No hay ninguna verdad que conocer, sólo la historia que creemos cierta, la historia que nos dicen que es cierta, la que realmente consideran su verdadera historia. Y todo son mentiras.
Plikt se levantó y ensayó su discurso desesperadamente, junto al ataúd de Ender, aunque aún no estaba en un ataúd, sino en una cama. Una mascarilla le suministraba aire por la boca y se alimentaba con suero intravenoso. Todavía no estaba muerto, sólo silencioso.
—Una palabra —susurró ella—. Una palabra tuya.
Los labios de Ender se movieron.
Plikt tendría que haber llamado a los demás de inmediato. Novinha, que estaba agotada de llorar, se encontraba en la puerta de la habitación. Y Valentine, su hermana; Ela, Olhado, Grego, Quara, cuatro de sus hijos adoptivos; y muchos otros, entrando y saliendo del recibidor, queriendo una mirada suya, una palabra, tocarle la mano. Si pudieran enviar la noticia a otros mundos, ¡cómo lloraría la gente que recordaba sus alocuciones a lo largo de tres mil años de viajes de mundo en mundo! Si pudieran proclamar su verdadera identidad, el Portavoz de los Muertos, autor de aquellos dos (no, tres) grandes libros y, al mismo tiempo, Ender Wiggin el Xenocida, ambos en la misma frágil carne... oh, qué ondas expansivas se extenderían por el universo humano.
Se extenderían, se ampliarían, se desvanecerían. Como todas las ondas. Como todos los cataclismos. Una nota en los libros de historia. Unas cuantas biografías revisionistas una generaciónmás tarde. Entradas en las enciclopedias. Notas al final de las traducciones de sus libros. Ésa es la quietud en la que caen todas las grandes vidas.
Los labios de Ender se movieron.
—Peter —susurró.
Volvió a guardar silencio.
¿Qué presagiaba esto? Todavía respiraba, los instrumentos no cambiaron, su corazón seguía latiendo. Pero llamó a Peter. ¿Significaba que ansiaba vivir la vida de su hijo de la mente, el joven Peter? ¿O en su delirio le hablaba a su hermano el Hegemón? O a su hermano de niño. Peter, espérame. Peter, ¿lo hice bien? Peter, no me lastimes. Peter, te odio. Peter, por una de tus sonrisas yo moriría o sería capaz de matar. ¿Cuál era su mensaje? ¿Qué debería decir Plikt sobre esta palabra?
Se apartó de la cama y se acercó a la puerta, la abrió.
—Lo siento —dijo en voz baja hacia una habitación llena de personas que rara vez la habían
oído hablar, o no lo habían hecho nunca—. Ha hablado antes de que pudiera llamar a nadie. Pero tal
vez vuelva a hacerlo.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Novinha, poniéndose en pie.
—Un nombre nada más: «Peter.»
—¡Llama a la abominación que trajo del espacio, y no a mí! —exclamó Novinha. Pero eran las drogas que le habían suministrado los médicos las que hablaban, las que lloraban.
—Creo que llama a nuestro hermano muerto —dijo la Vieja Valentine—. Novinha, ¿quieres entrar?
—¿Por qué? No me ha llamado a mí, le llama a él.
—No está consciente —dijo Plikt.
—¿Ves, Madre? —intervino Ela——. No está llamando a nadie, sólo habla en sueños. Pero eso ya es algo, ¿no es un buen signo?
Con todo, Novinha se negó a entrar en la habitación. Así que fueron Valentine y Plikt y cuatro de los hijos adoptivos de Ender quienes se encontraban alrededor de su cama cuando abrió los ojos.
—Novinha —dijo.
—Está fuera, llorando —informó Valentine—. Drogada hasta las cejas, me temo.
—Muy bien —dijo Ender—. ¿Qué ha pasado? Supongo que estoy enfermo.
—Más o menos —contestó Ela—. «Desatento» es la descripción más exacta de la causa de tu
estado, por lo que sabemos.
—¿Quieres decir que he tenido algún tipo de accidente?
—Quiero decir que al parecer prestas demasiada atención a lo que sucede en un par de planetas y que por eso tu cuerpo está al borde de la autodestrucción. Lo que veo por el microscopio son células que tratan torpemente de tapar las grietas de sus muros. Te estás muriendo a trocitos, todo tu cuerpo lo hace.
—Lamento causar tantos problemas —dijo Ender.
Por un momento pensaron que era el principio de una conversación, el inicio del proceso de curación. Pero tras haber dicho esto, Ender cerró los ojos y se quedó dormido otra vez. Los instrumentos siguieron igual que antes.
Oh, maravilloso, pensó Plikt. Le suplico una palabra, me la da, y ahora sé menos que antes. Nos pasamos sus pocos momentos de consciencia diciéndole lo que pasa en vez de preguntarle las cosas que tal vez nunca tengamos oportunidad de preguntarle ya. ¿Por qué todos nos volvemos más estúpidos cuando nos reunimos cerca de la muerte?
Pero continuó allí, observando, esperando mientras los demás, en grupos de uno o dos, dejaban
la habitación. Valentine fue la última. Le tocó el brazo.
—Plikt, no puedes quedarte aquí eternamente.
—Puedo quedarme tanto como él —dijo.
Valentine la miró a los ojos y algo debió de ver en ellos porque desistió de intentar persuadirla. Se marchó, y Plikt se quedó otra vez sola con el cuerpo del hombre cuya vida era el centro de la suya propia.
Miro no sabía si alegrarse o asustarse del cambio operado en la Joven Val desde que se enteraron del auténtico propósito de su búsqueda de nuevos mundos. Mientras que antes era silenciosa, incluso tímida, ahora apenas podía evitar interrumpir a Miro en cuanto éste abría la boca. En el momento en que parecía que comprendía lo que iba a decir, empezaba a responder... y cuando él señalaba que en realidad iba a decir otra cosa, ella respondía también casi antes de que pudiera terminar su explicación. Miro sabía que probablemente estaba más que sensible: había pasado mucho tiempo con su capacidad de habla lastrada y casi todo el mundo le interrumpía; por eso era tan quisquilloso en este aspecto. Y no es que creyera que ella lo hacía por malicia. Val estaba simplemente más allá. Lo estaba durante cada momento que pasaba despierta... y apenas dormía, al menos Miro nunca la veía hacerlo. Tampoco estaba dispuesta a ir a casa entre planetas.
—Tenemos poco tiempo —decía—. Podrían dar la señal para desconectar las redes ansible en cualquier momento. No tenemos tiempo que perder con descansos innecesarios.
Miro quiso responder: Define «innecesario». Desde luego, necesitaba más descanso del que tenía, pero cuando se lo comentó, ella simplemente lo ignoró y dijo:
—Duerme si quieres, yo continuaré.
Así que él dio una cabezada y al despertar descubrió que Jane y ella habían eliminado ya otros tres planetas. Dos de ellos, sin embargo, mostraban las cicatrices de traumas parecidos a la descolada sufridos en los últimos mil años.
—Nos acercamos —dijo Val, y se lanzó a contarle los interesantes hechos hasta que se interrumpió (era democrática en esto, y se interrumpía a sí misma tan fácilmente como lo interrumpía a él) para analizar los datos de un nuevo planeta.
Al cabo de sólo un día, Miro había dejado prácticamente de hablar. Val estaba tan concentrada en su trabajo que no hablaba de otra cosa, y Miro tenía poco que decir del tema; le bastaba con pedir periódicamente información a Jane, que se la daba al oído, para no tener que usar los ordenadores de la nave. Sin embargo, su silencio le dejaba tiempo para pensar. Esto era lo que le pedí a Ender, advirtió. Pero Ender no puede hacerlo conscientemente. Su aiúa responde a las necesidades y deseos más profundos de Ender, no a sus decisiones conscientes. Por eso no es capaz de prestar atención a Val; pero el trabajo de ella puede llegar a ser tan excitante que Ender no soporte concentrarse en nada más.
¿Cuánto de todo esto comprendió Jane por anticipado?, se preguntó Miro.
Y como no podía discutirlo con Val, subvocalizó sus preguntas para que Jane las oyera.
—¿Nos revelaste el objetivo de nuestra misión para que Ender prestara atención a Val? ¿O la retuviste hasta ahora para que no lo hiciera?
—No hago esa clase de planes —le dijo Jane al oído—. Tengo otras cosas en mente.
—Pero es bueno para ti, ¿no? El cuerpo de Val ya no corre peligro de desmoronarse.
— No seas estúpido, Miro. No le gustas a nadie cuando te comportas así.
—No le gusto a nadie de todas formas —dijo él, en silencio pero alegremente—. No podrías

esconderte en su cuerpo si fuera un puñado de polvo. —Tampoco puedo entrar en él si Ender está allí, totalmente concentrado en lo que hace. —¿Está totalmente concentrado? —Eso parece —dijo jane—. Su propio cuerpo se deteriora. Y más rápidamente que el de Val. Miro tardó un instante en comprenderlo. —¿Quieres decir que se está muriendo?
—Quiero decir que Val está muy viva.
—¿Ya no amas a Ender? —preguntó Miro—. ¿No te importa?
—Si Ender no se preocupa por su propia vida, ¿por qué debería nacerlo yo? Los dos hacemos cuanto podemos para enderezar una situación muy complicada. Me está matando, lo está matando a
él. Casi te mató a ti, y si fracasamos un montón de gente morirá también.
—Eres fría.
—Sólo un puñado de blips entre las estrellas, eso es lo que soy —dijo Jane.
—Merda de bode —dijo Miro—. ¿De qué humor estás?
—No tengo sentimientos. Soy un programa de ordenador.
—Todos sabemos que tienes un aiúa propio. Un alma igual que la de cualquier otra persona, si
quieres llamarlo así.
—La gente con alma no puede ser desconectada si se desenchufan unas cuantas máquinas.
—Vamos, tendrán que desconectar miles de millones de ordenadores y millares de ansibles a la vez para acabar contigo. Es bastante impresionante. Una bala podría acabar conmigo. Y una verja eléctrica casi me borró del mapa.
—Supongo que quería morir con una especie de sonido de salpicadura, de olor a comida o algo así —dijo Jane—. Si tuviera un corazón... Seguramente no conoces esa cancion.
—Crecimos con vídeos clásicos —respondió Miro—. Eso dejó fuera de casa un montón de otras cosas desagradables. Tienes el cerebro y los nervios. Creo que tienes también corazón.
—Lo que no tengo son las zapatillas de rubí. Sé que no hay mejor sitio que el hogar, pero no puedo llegar allí.
—¿Porque Ender está utilizando el cuerpo de ella tan intensamente?
—No estoy tan obsesionada por usar el cuerpo de Val como tú crees —dijo Jane—. El de Peter servirá igual. Incluso el de Ender, mientras no lo emplee. No soy una hembra. Simplemente, elegí esa identidad para acercarme a Ender. Tenía problemas para relacionarse bien con los hombres. El dilema al que me enfrento es que, aunque Ender abandone uno de esos cuerpos para que yo lo use, no sé cómo llegar allí. No sé dónde está mi aiúa, como tú tampoco sabes dónde está el tuyo. ¿Puedes poner el tuyo donde quieres? ¿Dónde está ahora?
—Pero la Reina Colmena intenta encontrarte. Puede hacerlo... su gente te creó.
—Sí, ella y sus hijas y los padres-árbol están construyendo una especie de red; pero nunca se ha hecho antes... capturar a alguien vivo y conducirlo a un cuerpo que ya está poseído por el aiúa de otra persona. No va a funcionar; voy a morir; pero que me aspen si voy a dejar a esos bastardos que crearon el virus de la descolada salirse con la suya después de que esté muerta y logren extinguir a todas las otras especies inteligentes que he conocido. Los humanos me darán pasaporte, sí, pensando que sólo soy un programa de ordenador enloquecido, pero eso no significa que quiera que otro acabe con la humanidad, o con las reinas colmena, o con los pequeninos. Si vamos a detenerlos, tenemos que hacerlo antes de que yo muera. O al menos tengo que llevaros allí a Val y a ti para que podáis hacer algo sin mí.
—Si estamos allí cuando mueras, nunca regresaremos a casa. —Mala suerte, ¿eh?
—Así que estarnos metidos en una misión suicida.
—La vida es una misión suicida, Miro. Comprúebalo: curso de filosofía básica. Te pasas la vida gastando combustible y cuando finalmente te quedas sin, la palmas.
—Ahora hablas como mi madre.
—Oh, no —dijo Jane—. Me lo estoy tomando con buen humor. Tu madre siempre creyó que su
destino era trágico. Miro estaba preparando una respuesta cuando la voz de Val interrumpió su coloquio con Jane. —¡Odio que hagas eso! —exclamó. —¿Hacer qué? —dijo Miro, preguntándose qué estaba diciendo ella antes de aquel estallido. —Pasar de mí y hablar con ella. —¿Con Jane? Siempre hablo con Jane. —Pero antes solías escucharme. —Bueno, Val, tú también solías escucharme a mí, aunque todo eso ha cambiado al parecer. Val se levantó de su asiento y se abalanzó sobre él como una fiera. —¿Es eso? La mujer que amabas era la silenciosa, la tímida, la que siempre te dejaba dominar
cada conversación. Ahora que soy activa, que considero que soy yo misma, bueno, ésa no es la mujer
que querías, ¿no? —No se trata de preferir a mujeres silenciosas o... —No, no podríamos admitir algo tan retrógrado, ¿verdad? No, tenemos que proclamar que
somos perfectamente virtuosos y... Miro se puso en pie (no fue fácil, pues ella estaba muy cerca de su
asiento), y le gritó en la cara: —¡Se trata de poder terminar una frase de vez en cuando! —¿Y cuántas de mis frases has...? —Eso, dale la vuelta... —Querías que me quitaran la vida para meter dentro de mí a otra... —¿Oh, se trata de eso? Bueno, estáte tranquila, Val. Jane dice... —Jane dice, Jane dice! Tú dijiste que me amabas, pero ninguna mujer puede competir con una
zorra que siempre está en tu oído, colgando de cada palabra que dices y... —¡Tú sí que pareces mi madre! —gritó Miro—. Nossa Senhora, no sé por qué la siguió Ender
al monasterio, si siempre se le estaba quejando de cuánto más amaba a Jane que a ella... —¡Bueno, al menos él intentó amar a una mujer que es más que una agenda enorme! Permanecieron allí, cara a cara... o casi. Miro era un poquito más alto, pero tenía las rodillas
dobladas porque la proximidad de ella le impedía levantarse del todo. Al notar su aliento en la cara,
el calor de su cuerpo a sólo unos centímetros de distancia, pensó: «Éste es el momento en que...» Y lo dijo en voz alta antes de haber terminado de formar el pensamiento. —Éste es el momento en todos los vídeos en que los dos que se están gritando se miran de
pronto a los ojos y se abrazan y se ríen y luego se besan. —Sí, bueno, eso pasa en los vídeos —dijo Val—. Si me pones una mano encima, te hundiré los
testículos tan profundamente en el abdomen que hará falta un cirujano para sacarlos. Se dio la vuelta y regresó a su asiento. Miro se sentó en el suyo y dijo, en voz alta pero lo suficientemente bajo para que Val supiera
que no hablaba con ella: —Bien, Jane, ¿dónde estábamos antes de que llegara el tornado? Jane respondió muy despacio; Miro reconoció ese modo de responder: era costumbre de Ender
hacerlo así cuando pretendía ser irónico y sutil. —Ahora ya ves que tendría problemas para utilizar su cuerpo.
—Bueno, sí, yo también los tengo —dijo Miro en silencio, pero se rió en voz alta, con una risita que sabía que enfurecería a Val. Y por la forma en que ella se envaró pero no respondió, supo que funcionaba.
—No necesito que os peleéis —dijo Jane con suavidad—. Necesito que trabajéis juntos. Porque puede que tengáis que resolver esto si mí.
—Por lo que yo sé, Val y tú lo habéis estado resolviendo sin mí. —Val ha estado trabajando porque está tan llena de... lo que quiera que sea ahora.
—De Ender, de eso está llena —dijo Miro. Val se giró en su asiento y le miró.
—¿No te hace dudar de tu identidad sexual, por no hablar de tu cordura, que las dos mujeres que
amas sean, respectivamente, un ser virtual que sólo existe en las conexiones ansible entre
ordenadores y una mujer cuya alma es en realidad la del hombre que es el marido de tu madre?
—Ender se está muriendo —dijo Miro—. ¿O ya lo sabías?
—Jane mencionó que parecía desatento.
—Muriendo —repitió Miro.
—Creo que habla muy claramente de la naturaleza de los hombres el hecho de que Ender y tú digáis amar a una mujer de carne y hueso pero que en realidad no podáis prestar a esa mujer ni siquiera una fracción apreciable de vuestra atención.
—Sí, bueno, tú tienes toda mi atención, Val —dijo Miro—. Y en cuanto a Ender, si no le está prestando atención a mi madre es porque te la está prestando a ti.
—A mi trabajo, querrás decir. A la tarea que nos ocupa. No a mí.
—Bueno, es a lo único a lo que tú prestas atención, excepto cuando haces una pausa para
ponerme verde porque estoy hablando con Jane y no te escucho.
—Eso es —dijo Val—. ¿Crees que no veo lo que ha estado pasando conmigo este último día? De repente no puedo dejar de hacer cosas, tan concentrada estoy que no puedo dormir, yo... Ender ha sido al parecer mi verdadero yo todo el tiempo, pero me dejó en paz hasta ahora y eso estuvo bien porque lo que Hace en este momento es aterrador. ¿No ves que estoy asustada? Es demasiado. Es más de lo que puedo soportar. No puedo contener tanta energía dentro de mí.
—Entonces habla del tema en vez de gritarme —dijo Miro.
—Pero si tú no me escuchabas. Yo lo intentaba y tú seguías subvocalizando con Jane y dejándome aparte.
—Porque estaba harto de escuchar interminables listas de datos v análisis que podía encontrar fácilmente en un sumario del_ ordenador. ¿Cómo iba a saber que harías una pausa en tu monólogo y empezarías a hablar de algo humano?
—Todo es colosal ahora mismo y no tengo ninguna experiencia. Por si se te ha olvidado, llevo viva muy poco tiempo. No conozco las cosas. Hay mucho que no sé. No sé por qué me preocupo tanto por ti, por ejemplo. Tú eres el que intenta sustituirme como inquilina de este cuerpo. Tú eres el que me desconecta o me manda; pero no quiero eso, Miro. Ahora mismo necesito un amigo de verdad.
—Y yo también —dijo Miro.
—Pero no sé cómo conseguirlo.
—Yo, por otro lado, sé perfectamente bien cómo hacerlo —dijo Miro—. Pero la otra vez que me sucedió, me enamoré de la mujer y resultó ser mi hermanastra; su padre era el amante de mi madre, y el hombre que yo creía mi padre resultó que era estéril porque se moría de alguna enfermedad interna. Así que entenderás que dude.
—Valentine fue tu amiga. Lo sigue siendo.
—Sí —dijo Miro—. Sí, lo olvidaba. He tenido dos amistades.
—Y Ender.
—Tres. Y con mi hermana Ela hacen cuatro. Y Humano fue mi arraigo, así que son cinco.
—¿Ves? Creo que eso te cualifica para que me enseñes a tener un arraigo.
—Para hacer amigos —dijo Miro, imitando la entonación de su madre—, tienes que serlo.
—Miro, estoy asustada.
——¿De qué? ,
—De ese mundo que estamos buscando, de lo que encontraremos allí. O de lo que me sucederá si Ender muere. O si jane se apodera de mí como... mi luz interna, mi titiritero. O de lo que sentiré si
ya no me quieres.
—¿Y si te prometo que te querré no importa lo que pase?
—No puedes hacer una promesa así.
—Muy bien, si despierto y descubro que me estás estrangulando o algo parecido, dejaré de
quererte.
—¿Y si te ahogo?
—No, no puedo abrir los ojos bajo el agua, así que nunca sabré que fuiste tú.
Los dos se echaron a reír.
—En los vídeos —dijo Val—, éste es el momento en que el héroe y la heroína se ríen y se
abrazan.
La voz de Jane los interrumpió desde los terminales del ordenador.
—Lamento interrumpir un momento tan tierno, pero tenemos un nuevo mundo y hay mensajes electromagnéticos entre la superficie del planeta y objetos artificiales en órbita.
De inmediato, los dos se volvieron hacia los terminales y observaron los datos que Jane les estaba enviando.
—No hace falta un análisis profundo —dijo Val—. Éste rebosa de tecnología. Si no es el planeta de la descolada, apuesto a que saben dónde está.
—Lo que me preocupa es que nos hayan detectado y lo que harán con nosotros. Si tienen tecnología para poner objetos en órbita, pueden tenerla para efectuar disparos.
—Estoy atenta a la llegada de cualquier objeto —dijo Jane.
—Veamos —comentó Val—, si alguna de esas ondas-EM transmite algo que se parezca a un
lenguaje.
—Corrientes de datos —dijo Jane—. Las estoy analizando en busca de pautas binarias. Pero ya sabéis que descodificar lenguajes informáticos requiere tres o cuatro niveles en vez de los dos normales, y eso no es fácil.
—Pensaba que el binario era más sencillo que los lenguajes orales —dijo Miro.
—Lo es, cuando se trata de programas y datos numéricos. ¿Pero y si son imágenes digitalizadas? ¿Cuánto tarda una línea si es una muestra codificada? ¿Cuánto de una transmisión es material de fondo? ¿Y si está doblemente codificada para evitar ser interceptada? No tengo ni idea de qué tipo de máquina produce el código, ni de cuál lo recibe. Al invertir la mayor parte de mi capacidad de trabajo en el problema lo estoy pasando muy mal; pero esto...
Un diagrama apareció en la primera página de la pantalla.
—... creo que es la representación de una molécula genética.
—¿Una molécula genética?
—Similar a la descolada —dijo Jane—. Es decir, similar en la nedida en que es distinta de las moléculas genéticas de la tierra y de Lusitania. ¿Creéis que es una descodificación plausible?
Una masa de dígitos binarios destelló en el aire sobre sus ordenadores.
En un momento se convirtió en una cifra hexadecimal y luego en una imagen codificada que parecía más una interferencia de la estática que algo coherente.
—No se escanea bien así. Pero como conjunto de instruccionies vectoriales me da sin excepción este resultado cada vez.
Y ahora aparecieron en la pantalla imagen tras imagen de moléculas genéticas.
—¿Por qué iba a transmitir nadie información genética? —preguntó Val.
—Tal vez sea una especie de lenguaje —dijo Miro. —¿Quién podría leer un lenguaje así?
—Tal vez el tipo de gente capaz de crear la descolada.
—¿Quieres decir que hablan manipulando genes?
—Tal vez huelan genes —dijo Miro—. Sólo que distinguen con increíble perfección las sutilezas y los matices de significado. Cuando empezaron a enviar gente al espacio tuvieron que comunicarse con ellos, así que enviaron imágenes a partir de las cuales reconstruyen el mensaje y, ejem, lo huelen.
—Esa es la explicación más estúpida que he oído en mi vida —dijo Val.
—Bueno, como decías, no has vivido mucho. Hay un montón de explicaciones estúpidas en el mundo, y dudo que haya dado en el clavo con la mía.
—Probablemente están haciendo un experimento, enviando y ecogiendo datos —dijo Val—. No todas las comunicaciones son diagramas, ¿no, Jane?
—No, no, lo siento si os ha dado esa impresión. Sólo he podido descodificar una pequeña parte de los flujos de datos de manera ignificativa. Y además está el material que me parece analógico en vez de digital, y que convierto en un sonido como éste.
Oyeron que los ordenadores emitían una serie de chirridos de estática.
—O si lo traduzco en destellos de luz, tiene este aspecto. Entonces en los terminales bailaron luces intermitentes que cambiaban de color aparentemente al azar.
—¿Quién sabe cómo es un lenguaje alienígena o cómo suena? —dijo Jane.
—Ya veo que esto va a ser difícil —comentó Miro.
—Son hábiles con las matemáticas —repuso Jane—. Las matemáticas son fáciles de captar y
veo algunas pistas que implican que trabajan a alto nivel.
—Una pregunta ociosa, Jane. Si no estuvieras con nosotros, ¿cuánto habríamos tardado en analizar los datos y conseguir los resultados que has obtenido hasta ahora? Si usáramos los ordenadores de la nave.
—Bueno, si tuvierais que programarlos para cada...
—No, no, suponiendo que tuvieran el software adecuado —dijo Miro.
—Algo así como siete generaciones humanas.
—¿Siete generaciones?
—Naturalmente, nunca se intentaría con dos personas sin formación y dos ordenadores sin programas válidos —dijo Jane—. Habría que poner a cientos de personas en el proyecto y entonces sólo tardaríais unos cuantos años.
—¿Y esperas que continuemos este trabajo cuando te desconecten?
—Espero terminar con el problema de traducción antes de palmarla. Así que cierra el pico y déjame concentrarme un momento.
Grace Drinker estaba demasiado ocupada para ver a Wang-mu y Peter. Bueno, en realidad sí los vio, mientras pasaba de una habitación a otra de su casa de ,troncos y palmas. Ni siquiera saludó con la mano. Pero su hijo siguió explicando que estaba ausente en aquel momento y que si querían esperar, volvería más tarde; y mientras esperaban, ¿por qué no cenar con la familia? Resultaba difícil molestarse cuando la mentira era tan obvia y la hospitalidad tan generosa.
La cena los ayudó a comprender por qué los samoanos eran tan corpulentos: de serlo menos habrían explotado después de almorzar y no habrían sobrevivido a la cena. La fruta, el pescado, el taro, las patatas dulces, el pescado otra vez, más fruta... Peter y Wang-mu pensaban que en el hotel les daban bien de comer, pero ahora comprendían que el chef de aquel lugar era de segunda fila en comparación con el de la casa de Grace Drinker.
Tenía un marido, un hombre de apetito y buen humor sorprendentes que se reía siempre que no masticaba o hablaba, y a veces incluso entonces. Al parecer, le hacía mucha gracia lo que significaban los nombres de aquellos dos visitantes papalagi.
—El nombre de mi esposa significa en realidad «Protectora de los borrachos».
—No —dijo su hijo—. Significa «La que pone las cosas en el orden apropiado».
—¡Para beber! —gritó el padre.
—El último nombre no tiene nada que ver con el primero. —El hijo empezaba a molestarse—. No todo tiene un significado profundo
—Los niños se molestan muy fácilmente —dijo el padre—. Me avergüenza. Hay que ponerle buena cara a todo. El verdadero nombre de la isla sagrada es ‘Ata Atua, que significa «¡Ríe, Dios! ».
—Entonces se pronunciaría ‘Atatua en vez de Atatua —volvió a corregir el hijo—. «Sombra del Dios», eso es lo que significa de verdad el nombre, si es que significa algo más que isla sagrada.
—Mi hijo es muy literal-dijo el padre—. Se lo toma todo muy en serio. No puede oír un chiste cuando Dios se lo grita al oído.
—Eres tú quien siempre me grita chistes al oído, padre —respondió el hijo con una sonrisa—. ¿Cómo podría escuchar los chistes de Dios?
Fue la única vez en que el padre no se rió.
—Mi hijo no tiene oído para el humor. Se ha tomado eso como un chiste.
Wang-mu miró a Peter, quien sonreía todo el rato como si comprendiera la gracia de aquella gente. Se preguntó si había advertido que, aparte de explicar su relación con Grace Drinker, ninguno de ellos dos se había presentado. ¿No tenían nombre?
No importaba, la comida era buena, y aunque no entendiera el humor samoano, su risa y su buen humor eran tan contagiosos que resultaba imposible no sentirse feliz y cómodo en su compañía.
—¿Crees que tenemos suficiente? —preguntó el padre cuando su hija trajo el último pescado, una enorme criatura marina de carne sonrosada cubierta de algo que resplandecía. El primer pensamiento de Wang-mu fue que se trataba de azúcar glasé, pero ¿quién le pondría eso al pescado?
De inmediato, sus hijos le respondieron como si fuera un ritual en la familia:
—¡Ua Lava!
¿El nombre de la filosofía o sólo «ya basta» en argot samoano? ¿O ambas cosas a la vez?
Sólo cuando el último pescado estuvo en las últimas apareció Grace Drinker, sin dar ninguna excusa por no haberles hablado cuando pasó ante ellos hacía más de dos horas. Una brisa marina refrescaba la. habitación de paredes abiertas, y en el exterior caía una ligera lluvia intermitente mientras el sol continuaba tratando sin éxito de hundirse en el mar para descansar. Grace se sentó ante la mesita baja, directamente entre Peter y Wang-mu, quienes pensaban que estaban sentados uno junto a la otra sin sitio para nadie más, sobre todo para una persona tan gruesa como Grace. Pero de algún modo hubo espacio, si no cuando empezó a sentarse sí cuando terminó el proceso, y cuando acabó de saludar, se las apañó para hacer lo que la familia no había hecho: acabar con el último pescado y chuparse los dedos v reírse tan escandalosamente como su marido con todos los chistes que contaba.
Luego, de repente, Grace se inclinó hacia Wang-mu y dijo muy seria:
—Muy bien, muchacha china, ¿cuál es el truco?
—¿'Truco? —preguntó Wang-mu.
—¿Quieres decir que he de arrancarle la confesión al muchacho blanco? Ya sabes que entrenan a esos chicos para mentir. Si eres blanco no te dejan crecer si no has dominado el arte de fingir decir
una cosa mientras pretendes hacer otra.
Peter se quedó de piedra.
De repente, toda la familia soltó una carcajada.
—¡Vaya hospitalidad! —gritó el marido de Grace—. ¿Habéis visto sus caras? ¡Creen que habla
en serio!
—Pero si hablo en serio —dijo Grace—. Los dos pretendéis mentirme. ¿Llegasteis en una nave ayer? ¿De Moskva? —De repente empezó a hablar en un ruso muy convincente, quizás el dialecto de Moskva.
Wang-mu no tenía ni idea de cómo responder, pero no tuvo que hacerlo. Peter llevaba a Jane en la oreja y le contestó inmediatamente.
—Espero aprender samoano mientras estoy destinado aquí, en Pacífica. No lo conseguiré hablando ruso, por mucho que intente hacerme picar con crueles referencias a las tendencias amorosas y la falta de pulcritud de mis paisanos.
Grace se rió.
—¿Ves, muchacha china? Mentira mentira mentira. Y qué bien lo hace. Claro que tiene esa joya en la oreja para ayudarle. Decidme la verdad. Ninguno de los dos habla una palabra de ruso.
Peter estaba sombrío y parecía vagamente enfermo. Wang-mu lo sacó de su tristeza... aunque a riesgo de enfurecerlo.
—Claro que es mentira —dijo—. La verdad es simplemente demasiado increíble.
—Pero en la verdad es en lo único que merece la pena creer, ¿no? —preguntó el hijo de Grace.
—Si la sabes —dijo Wang-mu—. Pero si no te la crees, alguien tendrá que ayudarte con
mentiras plausibles, ¿no te parece?
—Puedo inventar las mías propias —dijo Grace—. Anteayer un muchacho blanco y una muchacha china visitaron a mi amigo Aimaina Hikari en un mundo situado al menos a veinte años-luz de distancia. Le dijeron cosas que perturbaron todo su equilibrio, de modo que apenas puede funcionar. Hoy, un muchacho blanco y una muchacha china, contando mentiras diferentes, por supuesto, pero mintiendo de todas formas, vienen aquí para conseguir mi ayuda o mi permiso o mi consejo para ver a Malu...
—Malu significa «estar tranquilo» —añadió alegre el marido.
—¿Sigues despierto? —preguntó Grace—. ¿No tenías hambre? ¿No has comido?
—Estoy completamente fascinado —respondió él—. ¡Continúa, descúbrelos!
—Quiero saber quiénes sois y cómo habéis llegado aquí.
—Eso sería muy difícil de explicar —dijo Peter.
—Tenemos minutos y más minutos. Millones de ellos, en realidad. Vosotros sois los que al parecer tenéis prisa. Tanta prisa que saltáis de una estrella a otra de la mañana a la noche. Eso fuerza la credulidad, desde luego, ya que se supone que la velocidad de la luz es una barrera insuperable; pero claro, no creer que sois las mismas personas que vio mi amigo en el planeta Viento Divino también fuerza la credulidad, así que aquí estamos. Suponiendo que de verdad podáis viajar más rápido que la luz, ¿qué nos dice eso de vuestra procedencia? Aimaina da por hecho que os enviaron los dioses, más concretamente sus antepasados, y puede que tenga razón, está en la naturaleza de los dioses ser impredecibles y hacer de repente cosas que nunca habían hecho. Pero yo pienso que las explicaciones racionales encajan siempre mejor, sobre todo en los estudios que espero publicar; y la explicación racional es que procedéis de un mundo real, no de una tierra celestial de nunca-jamás. Y ya que podéis saltar de un mundo a otro en un momento o en un día, podríais venir de cualquier parte. Pero mi familia y yo pensamos que procedéis de Lusitania.
—Bueno, yo no —dijo Wang-mu.
—Y yo soy originario de la Tierra —dijo Peter—. Si es que soy de alguna parte.
—Aimaina piensa que venís del Exterior —dijo Grace, y por un momento Wang-mu creyó que la mujer había adivinado cómo cobró existencia Peter. Pero luego comprendió que esas palabras tenían un significado teológico, no literal—. La tierra de los dioses. Pero Malu dijo que nunca os ha visto allí, o que si lo hizo no supo que erais vosotros. Así que eso me deja donde comenzamos. Mentís con respecto a todo, así que ¿de qué sirve que yo os haga preguntas?
—Yo he dicho la verdad —dijo Wang-mu—. Soy de Sendero. Y los orígenes de Peter, si pueden remontarse a algún planeta, están en la Tierra. Pero el vehículo en el que vinimos... ése sí se fabricó en Lusitania.
Peter se puso lívido. Ella supo lo que estaba pensando. ¿Por qué no ponernos ya la soga al cuello y dejarnos caer? Pero Wangmu tenía que guiarse por su propio juicio, y no creía que Grace Drinker o su familia representaran para ellos ningún peligro. En realidad, de haber querido entregarlos a las autoridades, ¿no lo habrían hecho ya? Grace miró a Wang-mu a los ojos y no dijo nada durante un buen rato.
—Bueno el pescado, ¿verdad?
—Me preguntaba de qué era la cobertura. ¿Lleva azúcar?
—Miel y un par de hierbas y grasa de cerdo. Espero que no seas una rara combinación de china y judía o musulmana, porque me sabría muy mal que ahora tuvieras que pasar por el ritual de la purificación. ¡Hay que tomarse tantas molestias para purificarse!, o eso me han dicho. Desde luego, es así en nuestra cultura.
Peter, aliviado al ver la falta de preocupación de Grace por su milagrosa astronave, trató de
volver al tema.
—¿Entonces nos dejará ver a Malu?
—Malu decide quién lo ve, y dice que sois vosotros quienes decidiréis; pero es que le gusta hacerse el enigmático.
—Gnómico —dijo Wang-mu. Peter dio un respingo.
—No, no en el sentido de ser oscuro. Malu pretende ser perfectamente claro y para él las cosas espirituales no son místicas, sólo son una parte más de la vida. Yo nunca he caminado con los muertos ni oído a los héroes cantar sus propias canciones ni he tenido una visión de la creación, pero sin duda Malu sí.
—Creía que era usted una erudita —dijo Peter.
—Si quieres hablar con la erudita Grace Drinker, lee mis estudios y sigue un curso. Creía que queríais hablar conmigo.
—Y queremos —dijo Wang-mu rápidamente—. Peter tiene prisa. Nos atosigan varios plazos a punto de vencer.
—La Flota Lusitania, imagino, es uno de ellos Pero hay algo más urgente. La desconexión informática que se ha ordenado. Peter se agitó.
—¿Han dado ya la orden?
—Oh, la dieron hace semanas —dijo Grace, desconcertada. luego lo comprendió—: Oh,
pobrecito, no me refiero a la orden de actuación inmediata. Me refiero a la orden para que nos
preparemos. Sin duda la conocéis.
Peter asintió y se relajó, sombrío otra vez.
—Pensaba que queríais hablar con Malu antes de que se interumpan las conexiones ansibles. ¿Pero qué os importa eso? —dijo ella, pensando en voz alta—. Después de todo, si sois capaces de viajar más rápido que la luz, podéis simplemente ir y entregar vuestro mensaje personalmente. A menos que...
Su hijo formuló una sugerencia:
—Tienen que entregar su mensaje a un montón de mundos distintos.
—¡O a un montón de dioses distintos! —exclamó el padre, y luego se echó a reír estentóreamente por algo que a Wang-mu le parecía un chiste muy endeble.
—O... —dijo la hija, que ahora estaba tumbada junto a la mesa, y eructaba de vez en cuando mientras hacía la digestión de la opípara cena—, o necesitan las conexiones ansible para hacer su truquito de viajar rápido.
—O... —dijo Grace, mirando a Peter, el cual instintivamente se había llevado la mano a la joya de la oreja—, estás conectado al mismo virus que hemos de eliminar al desconectar todos los ordenadores, y eso tiene que ver con vuestro viaje más rápido que la luz.
—No es un virus —respondió Wang-mu—. Es una persona. Una entidad viva. Y van ustedes a
ayudar al Congreso a matarla, aunque es la única de su especie y nunca ha hecho daño a nadie.
—Les pone nerviosos que algo... o, si lo prefieres, alguien, haga desaparecer su flota.
—Todavía sigue allí —dijo Wang-mu.
—No discutamos. Digamos que ahora que os veo dispuestos a decir la verdad, quizá merezca la
pena que Malu se tome la molestia de permitir que la oigáis.
—¿Él está en posesión de la verdad? —preguntó Peter,
—No, pero sabe dónde se guarda y puede atisbarla de vez en cuando y decirnos lo que ve.
Pienso que ya es bastante bueno.
—¿Y podremos verlo?
—Tendríais que pasar una semana purificándoos antes de poner el pie en Atatua...
—¡Los pies impuros hacen cosquillas a los dioses! —exclamó el marido con una carcajada
estentórea—. ¡Por eso la llaman la Isla del Dios Risueño!
Peter se agitó, incómodo.
—¿No te gustan los chistes de mi marido? —preguntó Grace.
—No, creo... quiero decir que no... no los entiendo, eso es todo.
—Bueno, eso es porque no son muy graciosos —dijo Grace—. Pero mi marido está firmemente decidido a seguir riéndose de todo esto para no téner que enfadarse con vosotros y mataros con las manos desnudas.
Wang-mu se quedó boquiabierta, pues supo de inmediato que aquello era cierto. Inconscientemente, había captado desde el principio la furia que ocultaba la risa del hombretón; y cuando miró sus enormes manos callosas, se dio cuenta de que era indudablemente capaz de hacerla pedazos sin sudar siquiera.
—¿Por qué nos amenaza con la muerte? —preguntó Peter, más beligerante de lo que Wang-mu deseaba.
—¡Todo lo contrario! —respondió Grace—. Os digo que mi marido está decidido a no dejar que su furia por vuestra audacia y vuestra conducta blasfema lo domine. Pretender visitar Atatua sin antes tomarse siquiera la molestia de saber lo que para nosotros supondría dejaros poner el pie allí, sucios y sin ser invitados... Eso nos avergonzaría y nos ensuciaría como pueblo durante un centenar de generaciones. Creo que ya es bastante que no haya lanzado un juramento de sangre contra vosotros.
—No lo sabíamos —dijo Wang-mu.
—Él lo sabía —respondió Grace—. Porque tiene el oído que todo lo oye.
Peter se ruborizó.
—Oigo lo que ella me dice, pero no puedo elegir lo que decide no decirme.
—Así que... os manipulan. Y Aimaina tiene razón: servís en efecto a un ser superior. ¿Voluntariamente? ¿O alguien os coacciona?
—Ésa es una pregunta estúpida, mamá —dijo la hija; eructó otra vez—. Si los están coaccionando, ¿cómo van a decírtelo?
—La gente puede decir cosas con lo que no dice —respondió Grace—, y lo sabrías si te pusieras derecha y miraras los elocuentes rostros de estos visitantes mentirosos de otros planetas.
—Ella no es un ser superior —dijo Wang-mu—. No como tú lo entiendes. No es un dios. Aunque tiene mucho control y sabe un montón de cosas. Pero no es omnipotente ni nada de eso, y no lo sabe todo, y a veces incluso se equivoca, y no estoy tampoco segura de que sea siempre buena; así que no podemos considerarla una deidad, porque no es perfecta.
Grace sacudió la cabeza.
—No hablaba de un dios platónico, de alguna etérea perfección que no puede ser comprendida sino sólo imaginada. Ni de un dios paradójico niceno cuya inexistencia contradice perpetuamente su existencia. Vuestro ser superior, esta joya-amiga que tu compañero lleva como un parásito (aunque ¿quién chupa vida de quién, eh?) podría ser una deidad en el sentido en que los samoanos usamos la palabra. Podríais ser sus héroes servidores. Podríais ser su encarnación, por lo que yo sé.
—Pero eres una erudita —dijo Wang-mu—. Como mi maestro Han Fei-tzu, que descubrió que lo que solíamos llamar dioses eran en realidad obsesiones inducidas genéticamente que interpretábamos de tal forma para mantener nuestra obediencia a...
—El que tus dioses no existan no significa que no lo hagan los míos —dijo Grace.
—¡Debe de haberse abierto camino a través de acres de dioses muertos sólo para llegar aquí!
—exclamó el marido de Grace, riendo estentóreamente; pero ahora que Wang-mu sabía lo que
significaba su risa, la carcajada la atemorizó.
Grace colocó un brazo pesado y grueso sobre su liviano hombro.
—No te preocupes —dijo—. Mi marido es un hombre civilizado y nunca ha matado a nadie.
—¡No por no haberlo intentado! —rió él—. ¡No, era un chiste!
Casi lloró de la risa.
—No podéis ir a ver a Malu porque tendríamos que purificaros y no creo que estéis dispuestos a hacer las promesas que tendríais que hacer... y sobre todo no creo que estéis dispuestos a hacerlas en serio. Y esas promesas deben ser cumplidas. Así que Malu va a venir aquí, en una barca de remos... sin motor, así que quiero que sepáis exactamente cuántas personas llevan sudando horas y horas sólo para que podáis charlar con él. Sólo quiero deciros una cosa: se os está concediendo un honor extraordinario; os insto a no mirarle con desprecio y a escucharle con atención académica o científica. He conocido a un montón de famosos, algunos incluso bastante listos, pero éste es el hombre más sabio que conoceréis jamás, y si os aburrís recordad esto: Malu no es tan estúpido como para pensar que se pueden sacar los hechos de contexto sin que pierdan su validez. Así que siempre dice las cosas en su contexto. Si eso significa que tenéis que escucharle contar la historia de la raza humana desde sus orígenes hasta la actualidad antes de que diga algo que os parezca significativo, bueno, os sugiero que cerréis la boca y escuchéis, porque la mayor parte de lo que dice es accidental e irrelevante y tendréis muchísima suerte si tenéis el suficiente cerebro para captarlo. ¿Lo he dejado claro?
Wang-mu deseó con todo su corazón no haber comido tanto. Se sentía mareada de temor, y si
vomitaba, estaba segura de que tardaría media hora en vaciar por completo el estómago.
Peter simplemente asintió, tan tranquilo.
—No lo comprendíamos, Grace, aunque mi compañera leyó algunos de tus escritos. Pensábamos que veníamos a hablar con un filósofo, como Aimaina, o un erudito, como tú. Pero ahora veo que venimos a escuchar a un hombre de sabiduría cuya experiencia alcanza reinos que nunca hemos visto
o soñado ver, y le escucharemos en silencio hasta que nos pida que le hagamos preguntas, y confiaremos que él sepa mejor que nosotros mismos lo que necesitamos oír. Wang-mu reconocía una rendición completa cuando la veía, y le agradó ver que todos los sentados a la mesa asentían felizmente y que nadie se sentía obligado a hacer un chiste.
—También nos sentimos agradecidos de que el honorable haya sacrificado tanto, como han hecho muchos otros, para venir personalmente a vernos y bendecirnos con una sabiduría que no merecemos recibir.
Para horror de Wang-mu, Grace se rió en voz alta de ella, en vez de asentir respetuosamente.
—Te has pasado —murmuró Peter.
—Oh, no la critiques —dijo Grace—. Es china. De Sendero, ¿verdad? Y apuesto a que eras una criada. ¿Cómo ibas a aprender la diferencia entre respeto y servilismo? Los amos nunca se contentan
con el mero respeto de sus siervos. —Mi maestro sí —dijo Wang-mu, defendiendo a Han Fei-tzu. —Igual que mi maestro —respondió Grace—. Como veréis cuando le conozcáis.
—El tiempo se acaba —dijo Jane.
Miro y Val, agotados, levantaron la vista de los documentos que examinaban en el ordenador,

para ver en el aire el rostro virtual de Jane que los obsevaba.
—Hemos sido observadores pasivos mientras nos han dejado —dijo Jane—. Pero ahora hay tres naves en la atmósfera superior, dirigiéndose hacia nosotros. No creo que ninguna de ellas sea solamente un arma movida por control remoto, pero no estoy segura. Y al parecer nos trasmiten algo: el mismo mensaje una y otra vez.
—¿Qué mensaje?
—Es el material de la molécula genética. Puedo deciros la composición de las moléculas, pero no tengo ni idea de lo que significan.
—¿Cuándo nos alcanzarán sus interceptores?
—Dentro de tres minutos, más o menos. Trazan zigzags evasivos, ahora que han escapado del
pozo de gravedad. Miro asintió.
—Mi hermana Quara estaba convencida de que gran parte del virus de la descolada consistía en un lenguaje. Creo que ahora podemos decir de modo concluyente que tenía razón. Lleva un mensaje. Pero creo que se equivocaba en lo referido a la inteligencia del virus. Ahora creo que la descolada continúa recomponiendo aquellas secciones de sí misma que constituían un informe.
—Un informe —repitió Val—. Eso tiene sentido. Para decirle a sus hacedores lo que ha hecho del mundo que... sondeaba.
—Así que la cuestión es: ¿nos largamos sin más y les dejarnos preguntarse por el milagro de nuestra súbita llegada y desaparición, o dejamos que Jane les transmita primero todo el texto del virus de la descolada?
—Peligroso —dijo Val—. El mensaje que contiene podría también decirle a esa gente todo lo que quieren saber sobre los genes humanos. Después de todo, somos una de las criaturas en las que trabajó la descolada, y su mensaje va a revelar todas nuestras estrategias para controlarla.
—Excepto la última —dijo Miro—. Porque Jane no enviará la descolada tal como existe ahora, completamente domada y controlada... eso sería invitarlos a revisarla para superar nuestras alteraciones.
—No les enviaremos ningún mensaje y no volveremos a Lusitania tampoco —dijo Jane—. No tenemos tiempo.
—No tenemos tiempo para no hacerlo —respondió Miro—. Por muy urgente que pienses que es esto, Jane, para Val y para mí no es nada agradable estar aquí para hacer esto sin ayuda. Mi hermana Ela, por ejemplo, que comprende todo lo del virus. Y Quara, que a pesar de ser el segundo ser más testarudo del universo... No pretendas que te halage, Val, preguntando quién es el primero... Podríamos utilizar a Quara.
—Y seamos justos —dijo Val—. Vamos a conocer a otra especie inteligente. ¿Por qué deberían ser los humanos los únicos representantes? ¿Por qué no un pequenino? ¿Por qué no una reina colmena... o al menos una obrera?
—Sobre todo una obrera. Si nos quedamos atascados aquí, tener una obrera con nosotros nos permitiría comunicarnos con Lusitania... con ansible o sin él, con Jane o sin ella, los mensajes podrían...
—Muy bien —dijo Jane—. Me habéis convencido. Aunque los últimos clamores en el Congreso Estelar me dicen que están a punto de desconectar la red ansible de un momento a otro.
—Nos daremos prisa —dijo Miro—. Les haremos apresurarse para que suban a toda la gente a bordo.
—Y los suministros adecuados —dijo Val—. Y...
—Empezad a hacerlo —dijo Jane—. Acabáis de desaparecer de vuestra órbita alrededor del planeta de la descolada. Y he emitido un pequeño fragmento del virus. Una de las secciones que Quara consideró un lenguaje, pero la que fue menos alterada durante las mutaciones mientras la descolada trataba de luchar con los humanos. Debería ser suficiente para hacerles saber cuál de sus sondas nos alcanzó.
—Oh, bien, así podrán lanzar una flota —dijo Miro.
—Tal como están las cosas —respondió Jane secamente—, para cuando llegue la flota que pudieran enviar, Lusitania será el lugar más seguro que podrían tener. Porque ya no existirá.
—Eres tan alegre... —dijo Miro—. Volveré dentro de una hora con la gente. Val, trae los suministros que necesitemos.
—¿Para cuánto tiempo?
—Trae tanto como quepa. Como dijo una vez alguien, la vida es una misión suicida. No tenemos ni idea de cuánto tiempo estaremos atrapados allí, así que no tenemos forma de saber cuánto será suficiente.
Abrió la puerta de la nave y salió al campo de aterrizaje situado cerca de Milagro.