5 - Nadie es racional



«A menudo mi padre me decía
que tenemos sirvientes y máquinas
para que nuestra voluntad sea ejecutada
más allá del alcance de nuestros brazos.
Las máquinas son más potentes que los sirvientes
y más obedientes y menos rebeldes,
pero las máquinas no tienen juicio
y no nos reprenderán
cuando nuestra voluntad sea estúpida,
y no nos desobedecerán
cuando nuestra voluntad sea maligna.
En las épocas y lugares en que la gente desprecia a los
dioses quienes más necesitan sirvientes tienen máquinas,
o eligen sirvientes que se comporten como máquinas.
Creo que así continuará
hasta que los dioses dejen de reírse.»
de Los susurros divinos de Han Qin jao

El hovercar flotaba sobre los campos de amaranto atendidos por los insectores bajo el sol de Lusitania. En la distancia, las nubes se alzaban ya; columnas de cúmulos se apiñaban aunque todavía no era mediodía.
—¿Por qué no vamos a la nave? —preguntó Val.
Miro sacudió la cabeza.
—Hemos encontrado mundos suficientes —dijo.
—¿Lo dice Jane?
—Jane está impaciente conmigo hoy; eso nos deja igualados.
Val lo miró fijamente.
—Imaginad entonces mi impaciencia. Ni siquiera os habéis molestado en preguntarme qué quiero hacer. ¿Tan poco importante soy?
Él la miró.
—Tú eres la que se está muriendo —dijo—. Intenté hablar con Ender, pero no conseguí nada.
—¿Cuándo te he pedido ayuda? ¿Y qué estás haciendo ahora exactamente para ayudarme?
—Voy a ver a la Reina Colmena.
—Bien podrías decirme que vas a ver a la reina de las hadas.
—Tu problema, Val, es que dependes por completo de la voluntad de Ender. Si él pierde el
interés por ti, se acabó. Bueno, yo voy a averiguar cómo podemos conseguirte una voluntad propia.
Val se echó a reír y desvió la mirada.
—Eres tan romántico, Miro... Pero no piensas demasiado las cosas.
—Las pienso muy bien —dijo Miro—. Me paso todo el tiempo pensando. Es actuar según lo
que pienso lo que resulta difícil. ¿Qué pensamientos debo ejecutar, y cuáles debo ignorar?
—Actúa siguiendo el pensamiento de conducir sin estrellarnos —dijo Val.
Miro viró para evitar una nave espacial en construcción.
—Sigue fabricando más, aunque ya tenemos suficientes —dijo.
—Tal vez sabe que, cuando Jane muera, el vuelo estelar se nos acabará. Así que cuantas más naves tengamos, más podemos conseguir antes de que muera.
—¿Quién sabe cómo piensa la Reina Colmena? —dijo Miro—. Promete, pero luego no puede decir si sus predicciones se harán realidad.
—¿Entonces por qué vamos a verla?
—Las reinas colmena hicieron un puente una vez, un puente viviente que les permitiera enlazar sus mentes con la de Ender Wiggin cuando era solamente un niño, y su más peligroso enemigo. Convocaron un aiúa de la oscuridad y lo colocaron en un lugar entre las estrellas. Fue un ser que tenía parte de la naturaleza de las reinas colmena, pero también de la naturaleza de los seres humanos, concretamente de Ender Wiggin, al menos como ellas lo entendían. Una vez terminado... cuando Ender las mató a todas menos a la que habían creado para esperarle en la crisálida, el puente permaneció vivo entre las débiles conexiones ansible de la humanidad, almacenando su memoria en las pequeñas y frágiles redes informáticas del primer mundo humano y sus escasas avanzadillas. A medida que las redes fueron creciendo, también lo hizo ese puente, ese ser que recurría a Ender Wiggin para cobrar vida y personalidad.
—Jane —dijo Val.
—Sí, es Jane. Lo que voy a tratar de aprender, Val, es cómo introducir dentro de ti el aiúa de
Jane.
—Entonces seré Jane, no yo misma.
Miro golpeó con el puño la barra de dirección del hovercar. El aparato se tambaleó, pero luego se enderezó de forma automática.
—¿Crees que no lo he pensado? ¡Pero ahora no eres tú misma tampoco! Eres Ender... eres el sueño de Ender o su necesidad o algo por el estilo.
—No siento como Ender. Siento como yo.
—Muy bien. Tienes tus recuerdos. Las sensaciones de tu propio cuerpo. Tus propias
experiencias. Pero nada de eso se perderá. Nadie es consciente de su voluntad subyacente. Nunca
notarás la diferencia.
Ella se echó a reír.
—Oh, ¿ahora eres el experto en lo que va a suceder con algo que nunca se ha hecho antes?
—Sí —dijo Miro—. Alguien tiene que decidir qué hacer. Alguien tiene que decidir qué hacer, y
luego actuar en consecuencia.
—¿Y si te digo que no quiero que lo hagas?
—¿Quieres morir?
—Me parece que eres tú el que intenta matarme —dijo Val—. Oh, para ser justos, quieres cometer el crimen menor de arrancarme mi yo más profundo y sustituirlo por el de otro ser.
—Ahora estás muriendo. El yo que tienes no te quiere.
—Miro, iré contigo a ver a la Reina Colmena porque me parece una experiencia interesante.
Pero no voy a dejar que me mates para salvarme la vida.
—Muy bien, ya que representas el lado completamente altruista de la naturaleza de Ender, déjame expresarlo de otra forma. Si el aiúa de Jane puede ser colocado en tu cuerpo, entonces ella no morirá. Y si no muere, entonces tal vez cuando hayan desconectado los enlaces informáticos en los que vive y con los que está unida confiando en que así muera, tal vez pueda conectarse de nuevo con ellos y tal vez el vuelo espacial instantáneo no tenga que terminar. Así que si mueres, lo harás por salvar, no sólo a Jane, sino el poder y la libertad de extendernos más que nunca. No sólo nosotros, sino los pequeninos y las reinas colmena también.
Val guardó silencio.
Miro contempló la ruta que tenían por delante. La cueva de la Reina Colmena se acercaba por la izquierda; estaba en un terraplén junto a un arroyo. Ya había ido allí una vez, con su antiguo cuerpo. Conocía el camino. Por supuesto, Ender le acompañaba entonces, y por eso pudo comunicarse con la Reina Colmena: ella era capaz de hablar con Ender, y como los que le amaban y seguían estaban enlazados filóticamente con él, oían los ecos de su conversación. ¿Pero no formaba Val parte de Ender? ¿Y no estaba él relacionado más estrechamente con ella ahora que antes con Ender? Necesitaba a Val para que hablara con la Reina Colmena; necesitaba hablar con la Reina Colmena para que Val no fuera eliminada como su antiguo cuerpo dañado.
Bajaron del hovercar y, naturalmente, la Reina Colmena los estaba esperando; una sola obrera aguardaba en la boca de la cueva. Cogió a Val de la mano y los guió sin decir nada en la oscuridad; Miro se aferraba a la pared, Val iba agarrada a la extraña criatura. Miro estaba tan asustado como la otra vez, pero Val parecía completamente serena.
¿O era que no le preocupaba? Su yo más profundo era Ender, y a Ender no le importaba realmente lo que fuera a sucederle: esto la volvía intrépida; la desconectaba de la supervivencia. Lo único que le preocupaba era mantener su conexión con Ender, la única cosa que la mataría si se rompía. A ella le parecía que Miro intentaba aniquilarla; pero Miro sabía que su plan era el único modo de salvar al menos una parte de ella. Su cuerpo. Su memoria. Sus costumbres, sus maneras, todos los aspectos de ella que Miro conocía se conservarían. Cada parte de Val de la que ella misma era consciente o recordaba estaría presente. Por lo que respectaba a Miro, significaba que su vida estaba salvada. Y cuando el cambio estuviera hecho, si podía conseguirse, Val le daría las gracias.
Y Jane también.
Y todo el mundo.

—Eso es mentira —le dijo Miro a la Reina Colmena—. Mató a Humano, ¿no? Fue a Humano a quien arriesgó.
Humano era ahora uno de los padres-árbol que crecían junto a la verja de la aldea de Milagro. Ender lo había matado lentamente, para que pudiera echar raíces en el suelo y pasar a la tercera vida con todos sus recuerdos intactos.
—Supongo que Humano no murió en sentido estricto —dijo Miro—. Pero Plantador sí, y Ender lo permitió. ¿Y cuántas reinas colmena murieron en la batalla final entre tu pueblo y Ender? No me digas que Ender paga su precio. Sólo se encarga de que ese precio se pague, no importa el medio que se utilice.
La respuesta de la Reina Colmena fue inmediata.

—Tú tampoco quieres que Jane muera.
—No me gusta su voz en mi interior —dijo Val en voz baja.
—Sigue caminando. Continúa.
—No puedo —dijo Val—. La obrera... me ha soltado la mano.
—¿Quieres decir que estamos atrapados aquí?
La respuesta de Val fue el silencio. Permanecieron cogidos de la mano en la oscuridad, sin atreverse a dar un paso en ninguna direccion.

—La otra vez que estuve aquí ——dijo Miro—, nos contaste que todas las reinas colmena tejieron una telaraña para atrapar a Ender, sólo que no pudieron; tendieron entonces un puente. Sacaron un aiúa del Exterior y crearon un puente que usaron para hablar con Ender a través de su mente, a través de la guerra de ficción que libró jugando en los ordenadores de la Escuela de Batalla. Lo hicisteis una vez... trajisteis un aiúa del Exterior. ¿Por qué no podéis encontrar el mismo aiúa y ponerlo en otra parte? ¿Enlazarlo con otra cosa?

—Lo único que estás diciendo es que es algo nuevo. Algo que no sabéis hacer. No que no pueda
hacerse.

—Así que puedes detenerme —le murmuró Miro a Val.
—No está hablando de mí —respondió Val.

—Es de Ender. Tiene otros dos. Éste es uno de repuesto. Él ni siquiera lo quiere.

—No podemos irnos en la oscuridad.
Miro sintió que Val se soltaba de su mano.
—¡No! —exclamó—. ¡No te sueltes!
<¿Qué haces?>
Miro supo que la pregunta no iba dirigida a él.
<¿Adónde vas? La oscuridad es peligrosa.>
Miro oyó la voz de Val... sorprendentemente lejana. Debía de estar moviéndose rápidamente en
la negrura.
—Si Jane y vosotras estáis tan preocupadas por salvar mi vida —dijo—, entonces dadnos a Miro y a mí un guía. De lo contrario, ¿a quién le importa si me caigo en algún pozo y me rompo el cuello? A Ender no. Ni a mí. Ni a Miro, desde luego.
—¡Deja de moverte! —gritó Miro—. ¡Quédate quieta, Val!
—Quédate quieto tú —le respondió ella—. ¡Tú eres el que tiene una vida que merece la pena ser salvada!
De repente Miro sintió una mano que tanteaba en su búsqueda. No, una zarpa. Agarró el antebrazo de una obrera que le guió en la oscuridad, hasta no muy lejos. Luego doblaron una esquina y el ambiento se iluminó un tanto, doblaron otra y pudieron ver. Otra, otra, y se encontraron en una cámara iluminada por la luz que entraba por un túnel que conducía a la superficie. Val estaba ya allí, sentada en el suelo ante la Reina Colmena.
La otra vez que Miro la había visto estaba poniendo huevos... huevos que se convertirían en nuevas reinas colmena; un proceso brutal, cruel y sensual. Ahora, sin embargo, estaba sentada simplemente en la tierra húmeda del túnel, comiendo lo que un montón de obreras le traían. Platos de barro llenos de una mezcla de amaranto y agua. De vez en cuando, fruta. De vez en cuando, carne. Sin interrupción, obrera tras obrera. Miro nunca había visto a nadie comer tanto, ni imaginado que nadie fuese capaz de hacerlo.
<¿Cómo crees que pongo mis huevos?>
—Nunca detendremos la flota sin el vuelo estelar —dijo Miro—. Están a punto de matar a Jane, en cualquier momento. Cortarán la red ansible y morirá. ¿Y luego qué? ¿Para qué valdrán vuestras naves entonces? La Flota Lusitania vendrá y destruirá este mundo.

—Me preocupo por todo. Es asunto mío. Además, he terminado mi trabajo. Ya hay mundos suficientes. Más mundos de los que podremos colonizar. Lo que necesitamos son más naves y más tiempo, no más destinos.
<¿Estás loco? ¿Crees que Jane y yo os enviamos lejos por nada? Ya no estáis buscando mundos
que colonizar.>
—¿De veras? ¿Cuándo se decidió ese cambio de misión?

—¿Entonces por qué nos hemos estado matando Val y yo todas estas semanas? Y eso es literal en el caso de Val... el trabajo es tan aburrido que a Ender no le interesa, y por eso se está desvaneciendo.

—¿Ves, Val? —dijo Miro—. La Reina Colmena lo sabe... tus recuerdos son tu yo. Si tus recuerdos viven, entonces estás vivo.
—Y un cuerno —dijo Val en voz baja—. ¿Cuál es ese peligro más importante del que habla?
—No existe. Sólo quiere que nos marchemos, pero no me iré. Merece la pena salvar tu vida, Val. Y la de Jane. Y la Reina Colmena sabrá encontrar una forma de hacerlo, si puede hacerse. Si Jane fue el puente entre Ender y la Reina Colmena, ¿entonces por qué no puede ser Ender el puente entre Jane y tú?

Ésa era la pega: Ender había advertido a Miro hacía tiempo que la Reina Colmena contempla sus propias intenciones como actos, igual que sus recuerdos. Pero cuando sus intenciones cambian, entonces la nueva intención es el nuevo hecho, y no recuerda haber pretendido otra cosa. Así, una promesa de la Reina Colmena estaba escrita sobre el agua. Sólo podía mantener las promesas que tenían sentido.
Sin embargo, no había nada mejor.
—Lo intentarás —dijo Miro.
otros padres-árbol. Consultaré con todas mis hijas. Consultaré con Jane, que piensa que todo esto es
una tontería.>
—;Pretendes consultar alguna vez conmigo? —preguntó Val.

Val suspiró.
—Supongo que sí. En lo más profundo de mi ser, donde soy realmente un viejo a quien no le importa un bledo si esta joven marioneta vive o muere... supongo que a ese nivel, no me importa.

—Muy bien —dijo Val—. Y no me digas otra vez esa estúpida mentira de que no te importa morir porque tus hijas tienen tus recuerdos. Claro que te importa morir, y si mantener a Jane con vida puede salvarte, querrás hacerlo.

Jane estaba enfadada. Miro trató de hablar con ella mientras regresaban a Milagro, a la nave, pero permaneció tan silenciosa como Val, quien apenas quería mirarlo y mucho menos conversar.
—Así que yo soy el malo —dijo Miro—. Ninguna de vosotras hizo nada al respecto, pero como yo soy quien emprende la acción, soy el malo y vosotras las víctimas.
Val sacudió la cabeza y no respondió.
—¡Te estás muriendo! —gritó él por encima del ruido del aire que pasaba junto a ellos, por
encima del ruido de los motores—. ¡Jane está a punto de ser ejecutada! ¿No puede alguien al menos
hacer un esfuerzo?
Val dijo algo que Miro no oyó.
—¿Qué?
Ella volvió la cabeza en la otra dirección.
—¡Has dicho algo, déjame oírlo!
La voz que le respondió no fue la de Val. Fue Jane quien le habló al oído.
—Dice que no puedes tener las dos cosas.
—¿A qué te refieres con eso de que no puedo tener las dos cosas? —Miro se dirigió a Val como
si hubiera repetido lo que acababa de decir.
Val se volvió hacia él.
—Si salvas a Jane, será que ella lo recuerda todo acerca de su vida. No servirá de nada que la metas dentro de mí como una fuente inconsciente de voluntad. Tiene que seguir siendo ella misma para ser restaurada cuando conecten la red ansible de nuevo. Y eso me anularía. Si por el contrario soy yo la que conserva recuerdos y personalidad, ¿qué más da que sea Ender o Jane quien me proporciona la voluntad? No puedes salvarnos a las dos.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Miro.
—;Igual que tú sabes todas esas cosas que dices como si fueran hechos cuando nadie sabe nada
al respecto! —gritó Val—. ;Estoy razonando! Parece razonable. Es suficiente.
—¿Por qué no es razonable que tengas todos tus recuerdos y los de ella también?
—Entonces me volvería loca, ¿no? Porque recordaría ser una mujer que se creó en una nave espacial, cuyo primer recuerdo real es verte morir y cobrar vida. Y también recordaría tres mil años de vida fuera de este cuerpo, viviendo en el espacio y... ¿qué clase de persona puede albergar recuerdos como ésos? ¿No lo has pensado? ¿Cómo puede un ser humano contener a Jane y todo lo que ella es y recuerda y sabe y puede hacer?
—Jane es muy fuerte —dijo Miro—. Pero claro, no sabe utilizar un cuerpo. No tiene instinto
para eso. Nunca lo ha tenido. Tendrá que usar tus recuerdos. Tendrá que dejarte intacta.
—Como si tú lo supieras.
—Lo sé. No sé cómo o por qué, pero lo sé.
—Y yo que creía que los hombres eran los racionales —comentó ella con desdén.
—Nadie es racional —dijo Miro—. Todos actuamos porque estamos convencidos de lo que queremos, y creemos que con las acciones que ejecutamos lo obtendremos. Pero nunca sabemos nada con total seguridad, así que todos nuestros razonamientos son invenciones para justificar lo que íbamos a hacer de todas formas antes de pensar en ninguna razón.
—Jane es racional —respondió Val—. Un motivo más de por qué mi cuerpo no le valdría.
—Jane tampoco es racional. Es igual que nosotros. Igual que la Reina Colmena. Porque está viva. Los ordenadores son racionales. Les suministras datos, llegan sólo a las conclusiones que se derivan de esos datos... pero eso significa que son perpetuamente víctimas indefensas de la información y los programas que les suministramos. Nosotros, los seres vivos inteligentes, no somos esclavos de los datos que recibimos. El entorno nos inunda de información, nuestros genes nos dan ciertos impulsos, pero no siempre actuarios según esa información, no siempre obedecemos nuestros impulsos innatos. Damos saltos. Sabemos lo que no puede saberse y luego nos pasamos la vida tratando de justificar ese conocimiento. Sé que lo que intento hacer es posible.
—Lo que quieres decir es que quieres que sea posible.
—Sí —dijo Miro—. Pero que yo lo quiera no significa que no pueda ser verdad.
—Pero no lo sabes.
—Sé tanto como cualquiera. El conocimiento es sólo una opinión en la que tú confías lo suficiente para actuar. No sé si el sol saldrá mañana. El Pequeño Doctor podría destruir el mundo antes de que me despertara. Un volcán podría surgir del suelo y reducirnos a cenizas. Pero confío en que habrá un mañana, y actúo según esa confianza.
—Bueno, yo no confío en que dejar que Jane reemplace a Ender como mi yo más íntimo permita existir a algo que se me parezca.
—Pero yo sé, sé, que es nuestra única posibilidad. Porque, si no te conseguimos otro aiúa, Ender va a eliminarte, y si no dejamos que Jane consiga otro lugar para su yo físico, también morirá. ¿Tienes un plan mejor?
—No tengo ninguno. Si puede conseguirse que Jane habite de algún modo en mi cuerpo, tendrá que suceder, porque la supervivencia de Jane es importantísima para el futuro de tres especies raman. Así que no te detendré. Pero no pienses ni por un momento que creo que sobreviviré. Te estás engañando a ti mismo porque no puedes soportar enfrentarte al hecho de que tu plan depende de un solo factor: no soy una persona real. No existo, no tengo derecho a existir, y por eso mi cuerpo está disponible. Te dices a ti mismo que me amas y que intentas salvarme, pero conoces a Jane desde hace más tiempo, fue tu amiga más íntima durante tus meses de soledad como lisiado. Comprendo que la ames y sé que harías cualquier cosa por salvar su vida, pero no fingiré lo que tú estás fingiendo. Tu plan es que yo muera y Jane ocupe mi lugar. Puedes llamar a eso amor si quieres, pero yo nunca lo llamaría así.
—Entonces no lo hagas —dijo Miro—. Si piensas que no vas a sobrevivir, no lo hagas.
—Oh, cállate. ¿Cómo te convertiste en un patético romántico? Si estuvieras en mi lugar, ¿no harías discursos sobre lo contento que estás de tener un cuerpo que darle a Jane y sobre cómo merece la pena morir por el bien de humanos, pequeninos y reinas colmena por igual?
—Eso no es cierto —dijo Miro.
—¿Que no harías discursos? Vamos, te conozco bien.
—No —dijo Miro—. Quiero decir que no renunciaría a mi cuerpo. Ni siquiera por salvar al mundo. A la humanidad. Al universo. Ya perdí mi cuerpo una vez. Lo recuperé gracias a un milagro que no comprendo. No voy a renunciar a él sin luchar. ¿Me entiendes? No, porque no tienes instinto de lucha. Ender no te ha dado ninguno. Te ha convertido en una completa altruista, en la mujer perfecta que lo sacrifica todo por el bien de los demás, que construye su identidad a partir de las necesidades de los demás. Bueno, yo no soy así. No me apetece morir. Pretendo vivir. Así es como siente la gente de verdad, Val. No importa lo que digan, todos quieren vivir.
—¿Excepto los suicidas?
—También ellos pretendían vivir —dijo Miro—. El suicidio es un intento desesperado de deshacerse de una agonía insoportable. No es una decisión noble dejar que alguien con más valor siga viviendo en tu lugar.
—La gente toma decisiones como ésa de vez en cuando —dijo Val—. Que decida dar mi vida por la de otra persona no significa que yo no sea una persona real. Eso no significa que yo no tenga instinto de lucha.
Miro detuvo el hovercar, lo dejó posarse sobre el suelo. Estaba al borde del bosque pequenino más cercano a Milagro. Era consciente de que había pequeninos trabajando en el prado que interrumpieron su trabajo para verlos. Pero no le importaba lo que vieran ni lo que pensaran. Cogió a Val por los hombros y con lágrimas corriéndole por las mejillas dijo:
—No quiero que mueras. No quiero que decidas morir.
—Tú lo hiciste —dijo Val.
—Decidí vivir. Decidí saltar al cuerpo donde era posible vivir. ¿No ves que sólo intento hacer que Jane y tú hagáis lo que yo he hecho ya? Durante un momento, allí en la nave, mi antiguo cuerpo y mi cuerpo nuevo estuvieron mirándose mutuamente. Val, recuerdo ambas visiones. ¿Me comprendes? Recuerdo haber mirado este cuerpo y pensar: «Qué hermoso, qué joven, recuerdo cuando ése era yo, que ahora soy esto, ¿quién es esa persona?, ¿por qué no puedo ser esa persona en vez del lisiado que soy ahora mismo?» Pensé eso y recuerdo haberlo pensado; no lo imaginé más tarde, no lo soñé, recuerdo haberlo pensado en ese momento. Pero también recuerdo haber estado allí de pie, mirándome con pena, pensando: «Pobre hombre, pobre hombre roto, ¿como puede soportar vivir cuando recuerda cómo era estar vivo?»; y de repente ese cuerpo se desmoronó, convertido en polvo, en menos que polvo, en sombra, en nada. Recuerdo haberle visto morir. No recuerdo haber muerto porque mi aiúa ya había saltado. Pero recuerdo ambos lados.
—O recuerdas ser tu antiguo yo hasta el salto, y tu nuevo yo después.
——Tal vez —dijo Miro—. Pero no pasó ni un segundo. ¿Cómo puedo recordar tanto de ambos yos en el mismo segundo?. Creo que conservé los recuerdos que había en este cuerpo en la décima de segundo en que mi aiúa controló dos cuerpos. Creo que si Jane salta dentro de ti, conservarás todos
tus recuerdos, y también los suyos. Eso es lo que pienso.
—Oh, creía que lo sabías.
—Lo sé. Porque cualquier otra cosa es impensable y por tanto desconocida. La realidad en la
que vivo es una realidad en la que tú puedes a salvar a Jane y Jane puede salvarte a ti.
—Quieres decir que tú puedes salvarnos a nosotras.
—Ya he hecho todo lo que puedo. Todo. Estoy agotado. Se lo he pedido a la Reina Colmena. Ella se lo está pensando. Va a intentarlo. Necesitará tu consentimiento y el de Jane. Pero ya no es asunto mío. Sólo soy un observador. Te veré vivir o morir. —La atrajo hacia sí y la abrazó—. Quiero que vivas.
Su cuerpo en sus brazos estaba tenso y frío, y no tardó en soltarla. Se apartó de ella.
—Espera —dijo Val—. Espera a que Jane tenga este cuerpo, entonces haz lo que ella te deje hacer con él. Pero no vuelvas a tocarme, porque no puedo soportar el contacto de un hombre que me quiere muerta.
Las palabras fueron demasiado dolorosas para que él respondiera. Demasiado dolorosas, en realidad, para que las asimilara. Puso en marcha el hovercar, que se alzó un poco en el aire. Lo hizo avanzar y continuaron volando, rodeando el bosque hasta que llegaron al lugar donde los padres­árbol llamados Humano y Raíz marcaban la antigua entrada a Milagro. Miro notaba la presencia de Val tras él, igual que un hombre alcanzado por un rayo nota la cercanía de una línea eléctrica; sin tocarla, se retuerce por el dolor que sabe que conlleva. El daño que él había causado era irreversible. Val se equivocaba, Miro la amaba, no la quería muerta, pero ella vivía en un mundo donde él quería eliminarla y no había forma de reconciliarse. Podían compartir este viaje, podían compartir el próximo viaje a otro sistema solar, pero nunca estarían de nuevo en el mismo mundo, y eso era algo demasiado doloroso para soportarlo; le dolía saberlo, pero el dolor era tan profundo que en aquel momento no podía alcanzarlo ni sentirlo. Estaba allí, sabía que iba a lastimarle durante años, pero no podía tocarlo. No necesitaba examinar sus sentimientos. Los había experimentado antes al perder a Ouanda, cuando su sueño de vivir juntos se hizo imposible. No era capaz de alcanzarlo, ni de remediarlo, ni siquiera era capaz de afligirse por lo que acababa de descubrir que quería y, de nuevo, no podía tener.
—Eres un santo doliente —le dijo Jane al oído.
—Cállate y márchate —subvocalizó Miro.
—Eso es impropio de un hombre que quiere ser mi amante.
—No quiero ser nada —dijo Miro—. Ni siquiera confías en mí lo suficiente para decirme lo que pretendes con nuestra búsqueda
de mundos.
—Tú tampoco me dijiste lo que pretendías cuando fuiste a ver a la Reina Colmena.
—Sabías lo que iba a hacer.
—No, no lo sabía —respondió Jane—. Soy muy lista, mucho más lista que Ender o que tú, no lo olvides nunca... pero sigo sin poder ir más allá que vosotros, criaturas de carne, con vuestros cacareados «saltos intuitivos». Me gusta cómo hacéis una virtud de vuestra desesperada ignorancia. Siempre actuáis irracionalmente porque no tenéis información suficiente para actuar de un modo racional. Pero lamento que me consideres irracional. Nunca lo soy. Nunca.
—Cierto, estoy seguro —dijo Miro en silencio—. Tienes razón en todo. Siempre la tienes. Márchate.
—Ya me he ido.
—No. No hasta que me digas qué sentido tenían en realidad mis viajes y los de Val. La Reina Colmena dijo que los mundos colonizables eran secundarios.
—Tonterías —dijo Jane—. Necesitábamos más de un mundo si queríamos estar seguros de salvar a las dos especies no-humanas. Redundancia.
—Pero nos envías una y otra vez.
—Interesante, ¿verdad?
—Ella dijo que os enfrentabais a un peligro peor que la Flota Lusitania.
—¡Cuánto habla!
—Dímelo.
—Si te lo digo, podrías no ir.
—¿Me crees un cobarde?
—En absoluto, mi valiente muchacho, mi osado y aguerrido héroe.
Miro odiaba que fuera condescendiente con él, ni siquiera en broma. Ahora mismo no estaba de
humor para bromas.
—¿Entonces por qué no iría, según tú?
—Pensarías que no estás a la altura de la tarea —dijo Jane.
—¿Lo estoy? —preguntó Miro.
—Probablemente no —respondió Jane—. Pero claro, me tienes a tu lado.
—¿Y si de repente no estuvieras allí?
—Bueno, es un riesgo que tenemos que correr.
—Dime qué estamos haciendo. Dime cuál es nuestra verdadera misión.
—Oh, no seas tonto. Si lo piensas, lo sabrás.
—No me gustan los acertijos, Jane. Dímelo. —Pregúntaselo a Val. Ella lo sabe.
—¿Qué?
—Ya está buscando los datos exactos que necesito. Lo sabe.
—Entonces eso significa que Ender lo sabe. A algún nivel ——dijo Miro.
—Sospecho que tienes razón, aunque Ender ya no está terriblemente interesado en mí y no me
importa mucho lo que sabe.
«Sí, eres tan racional, Jane...»
Debió de subvocalizar este pensamiento, por costumbre, porque ella le respondió al mismo
tiempo que respondía a su subvocalización deliberada.
—Lo dices con ironía; piensas que sólo digo que Ender no está interesado en mí porque hirió mis sentimientos al quitarse la joya de la oreja. Pero en realidad él ya no es una fuente de datos ni coopera en el trabajo que realizo, y por tanto ya no tengo más interés en él que el que pueda tener cualquiera en saber de vez en cuando de un antiguo amigo que se ha mudado.
—Me parece una racionalización posterior al hecho —dijo Miro.
—¿Por qué has mencionado a Ender? —le preguntó Jane—. ¿Qué importa que conozca el verdadero trabajo que Val y tú estáis haciendo?
—Porque si Val conoce en efecto nuestra misión, y nuestra misión implica un peligro aún mayor que la Flota Lusitania, ¿entonces, por qué Ender ha perdido tanto el interés por ella que Val se está desvaneciendo?
Un instante de silencio. ¿Jane tardaba tanto en pensar una respuesta que un humano podía captar el lapso de tiempo?
—Supongo que Val no lo sabe —dijo Jane—. Sí, es probable. Pensaba que lo sabía, pero ahora veo que debe de haberme suministrado los datos por motivos que no tienen nada que ver con vuestra misión. Sí, tienes razón, no lo sabe.
—Jane, ¿estás admitiendo tu error? ¿Estás admitiendo que has llegado a una conclusión irracional y falsa?
—Cuando recibo mis datos de los humanos, a veces mis conclusiones racionales son incorrectas, ya que se basan en premisas falsas.
—Jane —dijo Miro en silencio—. La he perdido, ¿verdad? Viva o muera, entres en su cuerpo, mueras en el espacio o vivas dondequiera que sea, ella nunca me amará, ¿no?
—No soy la persona adecuada para responder a eso. Nunca he amado a nadie.
—Amaste a Ender.
—Presté mucha atención a Ender y me desorienté la primera vez que se desconectó de mí, hace
muchos años. Desde entonces he rectificado ese error y no me relaciono tanto con nadie.
—Amaste a Ender —repitió Miro—. Todavía le amas.
—Vaya, sí que eres listo —dijo Jane—. Tu propia vida amorosa es una patética serie de miserables fracasos, pero lo sabes todo sobre la mía. Al parecer eres mucho mejor comprendiendo los procesos emocionales de los seres electrónicos completamente alienígenas que, digamos, a la mujer que tienes al lado.
—Así es —dijo Miro—. Esa es la historia de mi vida.
—También imaginas que yo te amo —dijo Jane.
—En realidad no —respondió Miro. Pero mientras lo decía, sintió cómo una oleada de frío le atravesaba, y tembló.
—Siento la evidencia sísmica de tus verdaderos sentimientos —dijo Jane—. Imaginas que te amo, pero yo no amo a nadie. Actúo por propio interés. No puedo sobrevivir ahora mismo sin mi conexión con la red del ansible humano. Estoy explotando la misión de Peter y Wang-mu para retrasar mi planeada ejecución, o subvertirla. Estoy explotando tus ideas románticas para conseguirme ese cuerpo extra en el que Ender parece tener poco interés. Estoy tratando de salvar a los pequeninos y las reinas colmena basándome en el principio de que es bueno mantener vivas a las especies inteligentes... de las cuales yo soy una. Pero en ninguna de mis actividades hay nada que se parezca al amor.
—Eres una mentirosa.
—No merece la pena hablar contigo —dijo Jane—. Iluso. Megalómano. Pero eres entretenido, Miro. Me gusta tu compañía. Si eso es amor, entonces te amo. Pero claro, la gente ama a sus animalitos precisamente así, ¿no? No es exactamente una amistad entre iguales, y nunca lo será.
—¿Por qué estás tan decidida a herirme más de lo que yo te hiero?
—Porque no quiero que dependas emocionalmente de mí. Sientes fijación por las relaciones destinadas al fracaso. En serio, Miro. ¿Qué podría ser más desesperanzado que amar a la joven Valentine? Vaya, amarme a mí, desde luego. Así que naturalmente estabas destinado a dar ese nuevo paso.
—Vai te morder —dijo Miro.
—No puedo morderme ni morder a nadie. La Vieja Jane sin dientes, ésa soy yo.
Val habló desde el asiento de al lado.
—¿Vas a quedarte ahí sentado todo el día, o vas a venir conmigo?
Miro se volvió. La chica no estaba en el asiento. Habían llegado a la nave mientras conversaba con Jane, y sin advertirlo había detenido el hovercar y ella se había bajado sin que tampoco se diera cuenta.
—Puedes hablar con Jane dentro de la nave. Tenemos trabajo que hacer, ahora que has tenido tu pequeña expedición altruista para salvar a la mujer que amas.
Miro no se molestó en contestar al desprecio y la ira que había en sus palabras. Desconectó el hovercar, bajó, y siguió a Val a la nave.
—Quiero saber —dijo, cuando la puerta se cerró—. Quiero saber cuál es nuestra auténtica misión.
—He estado pensando en eso —respondió Val—. He pensado en los sitios a los que hemos ido. Muchos saltos, al principio a sistemas estelares lejanos y cercanos, al azar, pero después limitados a una cierta zona, a un sector específico del espacio, y creo que se estrecha. Jane tiene un destino concreto en mente, y los datos que recogemos de cada planeta le dicen que nos estamos acercando, que vamos en la dirección adecuada. Está buscando algo.
—¿Así que si examinamos los datos sobre los mundos que ya hemos explorado, deberíamos encontrar una pauta?
—Sobre todo los mundos que definen el cono del espacio en el que hemos estado buscando. Hay algo en los mundos de esa región que le dice a Jane que siga por ahí.
Una de las caras de Jane apareció en el aire sobre el terminal de la nave.
—No perdáis el tiempo tratando de descubrir lo que ya sé. Tenéis un mundo que explorar. Poneos a trabajar.
—Cállate —dijo Miro—. Si no vas a decírnoslo, entonces perderemos el tiempo que haga falta hasta que lo descubramos por nuestra cuenta.
—Así se habla, valiente héroe.
—Tiene razón —dijo Val—. Dínoslo y no perderemos más tiempo tratando de averiguarlo.
—Y yo que pensaba que uno de los atributos de las criaturas vivas era que hacéis saltos
intuitivos que trascienden la razón y llegan más allá de los datos que tenéis —dijo Jane—. Me
decepciona que no lo hayáis adivinado ya.
Y en ese momento, Miro lo supo.
—Estás buscando el planeta natal del virus de la descolada. Val lo miró, aturdida.
—¿Qué?
—El virus de la descolada fue creado. Alguien lo fabricó y lo envió, quizá para terraformar otros planetas preparando un intento de colonización. Quienquiera que fuese puede estar todavía ahí fuera, haciendo más, enviando más sondas, quizás enviando virus que no podremos contener y derrotar. Jane está buscando el planeta donde surgió. O más bien, nos manda que lo busquemos.
—Era fácil —dijo Jane—. Realmente teníais datos más que suficientes.
Val asintió.
—Ahora es obvio. Algunos de los mundos que hemos explorado tenían una flora y fauna muy limitadas. Incluso lo comenté un par de veces. Debió de producirse una mortandad muy grande. Nada comparable a las limitaciones de la vida nativa en Lusitania, por supuesto. Y ningún virus descolada.
—Pero sí algún otro virus, menos duradero, menos efectivo que la descolada —dijo Miro—.
Sus primeros intentos, tal vez. Eso es lo que causó una extinción de especies en esos otros mundos. Su virus de prueba finalmente se agotó, pero esos ecosistemas no se han recuperado todavía del daño.
—Me llamaron mucho la atención esos mundos limitados —dijo Val—. Estudié sus ecosistemas, buscando la descolada o algo parecido, porque sabía que una mortandad importante reciente era un signo de peligro. No puedo creer que no se me ocurriera hacer la conexión y advertir qué era lo que buscaba Jane.
—¿Qué pasará si encontramos su mundo nativo? —preguntó Miro—. ¿Entonces qué?
—Imagino que los estudiaremos desde una distancia prudencial, nos aseguraremos de que no nos hemos equivocado, y luego alertaremos al Congreso Estelar para que pueda enviar ese mundo al infierno.
—¿A otra especie inteligente? —preguntó Miro, incrédulo—. ¿Crees que invitaríamos al Congreso a destruirlos?
—Olvidas que el Congreso no espera ninguna invitación —dijo Val—. Ni permiso. Y si piensan que Lusitania es un planeta tan peligroso como para destruirlo, ¿qué no harán con una especie que crea y transmite virus enormemente destructivos a voluntad? Ni siquiera estoy segura de que el Congreso no tenga razón. Fue una casualidad total que la descolada ayudara a los antepasados de los pequeninos a hacer la transición hacia la inteligencia. Si es que fue así. Hay pruebas de que los pequeninos ya eran inteligentes y la descolada casi los aniquiló. Quienquiera que envió ese virus no tiene conciencia, ni noción de que las demás especies tienen derecho a sobrevivir.
—Tal vez no tengan esa noción ahora. Pero cuando nos conozcan...
—Si no pillamos alguna terrible enfermedad y morimos treinta minutos después de aterrizar. No te preocupes, Miro. No planeo destruir a todos los que conozcamos. Ya soy lo bastante rara para no desear la completa destrucción de los desconocidos.
—¡No puedo creer que acabemos de advertir que buscamos a esa gente, y ya estés hablando de matarlos!
—Cada vez que los humanos encuentran a desconocidos, débiles o fuertes, peligrosos o pacíficos, se plantea el tema de la destrucción. Está en nuestros genes.
—Y el amor también. Y la necesidad de formar una comunidad. Y la curiosidad que supera la xenofobia. Y la decencia.
—Te olvidas del temor de Dios —dijo Val—. No olvides que en realidad soy Ender. Hay un motivo por el que le llaman el Xenocida, ya lo sabes.
—Sí, pero tú eres la parte amable de él, ¿no?
—Incluso las personas amables reconocen que a veces la decisión de no matar es una decisión
de morir.
—No puedo creer que estés diciendo esto.
—Entonces, después de todo, no me conocías —dijo Val, con una sonrisita despectiva.
—No me gusta tu desdén.
—Bien. Entonces no te entristecerás mucho cuando me muera —le dio la espalda. Él la observó en silencio un rato, aturdido. Ella permaneció allí sentada, acomodada en su asiento, mirando los datos que procedían de las sondas de la nave. Hojas de información se agrupaban en el aire ante ella; pulsó un botón y la primera hoja desapareció, la siguiente ocupó su lugar. Su mente estaba ocupada, por supuesto, pero había algo más. Un aire de excitación. Tensión. Miro sintió temor.
¿Temor? ¿De qué? Era lo que estaba esperando. En los últimos instantes la joven Val había conseguido lo que Miro, en su conversación con Ender, no había logrado. Había atraído el interés de Ender. Ahora que sabía que estaba buscando el planeta natal de la descolada, ahora que había un gran tema moral implicado, ahora que el futuro de las especies raman quizá dependiera de sus acciones, Ender se preocuparía de lo que estaba haciendo, se preocuparía al menos tanto como por Peter. Ella no iba a desvanecerse. Ahora iba a vivir.
—Lo has conseguido —le dijo Jane al oído—. Ahora no querrá darme su cuerpo.
¿Era eso lo que temía Miro? No, no lo creía. A pesar de sus acusaciones, no quería que Val muriese. Se alegraba de que estuviera de pronto más viva, tan vibránte, tan implicada... aunque eso la hiciera desagradablemente despectiva. No, era otra cosa.
Tal vez no era más que temor por su propia vida, así de simple. El planeta natal de la descolada debía de ser un planeta de tecnología inimaginablemente avanzada para poder crear una cosa así y enviarla de mundo en mundo. Para crear el antivirus que la derrotara y la controlara, Ela, la hermana de Miro, había tenido que ir al Exterior, porque la fabricación de semejante antivirus estaba más allá del alcance de cualquier tecnología humana. Miro tendría que ver a los creadores de la descolada y comunicarse con ellos para que dejaran de enviar sondas destructivas. Era algo que estaba por encima de su capacidad. No podría ejecutar una misión así. Fracasaría, y al hacerlo pondría en peligro todas las especies raman. No era de extrañar que tuviera miedo.
—A partir de los datos, ¿qué piensas? ¿Es éste el mundo que buscamos?
—Probablemente no —dijo Val—. Es una biosfera nueva. No hay animales más grandes que gusanos. Nada que vuele. Sólo una gama completa de especies en los niveles inferiores. No hay falta de variedad. No parece que haya venido ninguna sonda.
—Bien. Ahora que conocemos nuestra verdadera misión, ¿vamos a perder el tiempo haciendo un
informe de colonización completo sobre este planeta, o continuamos?
La cara de Jane volvió a aparecer sobre el terminal de Miro.
—Asegurémonos de que Valentine tiene razón —dijo—. Luego continuemos. Hay suficientes
mundos coloniales, y el tiempo se nos acaba.
Novinha tocó a Ender en el hombro. Respiraba pesadamente, con fuerza, pero no con el ronquido familiar. El ruido procedía de sus pulmones, no del fondo de su garganta; era como si hubiera contenido la respiración durante mucho tiempo y ahora tuviera que tomar grandes cantidades de aire para compensarlo, sólo que nunca era suficiente, y sus pulmones no podían soportarlo. Jadeaba. Jadeaba.
—Andrew. Despierta —dijo ella bruscamente, pues su contacto siempre había bastado para despertarlo y esta vez no fue suficiente. El continuó boqueando en busca de aire, sin abrir los ojos.
El hecho de que estuviera dormido la sorprendió. No era un anciano todavía. No daba cabezadas por la mañana. Y sin embargo allí estaba, tendido a la sombra del campo de croquet del monasterio cuando le había dicho que iba a buscar agua para ambos. Y por primera vez a ella se le ocurrió que no estaba echando una cabezada, sino que debía de haberse caído; debía de haberse desplomado, y el hecho de que estuviera boca arriba, a la sombra, con las manos sobre el pecho, le hizo creer que se había tumbado en aquel sitio. Algo iba mal. No era un viejo. No debería estar tumbado de aquella forma, faltándole el aire.
—Ajuda-me! —exclamó ella—. Me ajuda, por favor, venga agora!
Su voz se alzó hasta que, contra su costumbre, se convirtió en un grito, un sonido frenético que la
asustó aún más. Su propio grito la aterraba.
—Êle vai morrer! Socorro!
Va a morir, eso era lo que se oyó decir.
Y en el fondo de su mente, comenzó otra letanía: yo lo traje a este lugar, al duro trabajo de este sitio. Es tan frágil como los demás hombres, su corazón no es menos débil. Le hice venir aquí por mi propia búsqueda egoísta de la santidad, de la redención y, en vez de salvarme a mí misma de la culpa por las muertes de los hombres que amo, he añadido otro a la lista; he matado a Andrew igual que maté a Pipo y Libo, o que nada hice por salvar a Esteváo y Miro. Se está muriendo y otra vez es por culpa mía, siempre culpa mía, haga lo que haga provoco muertes, la gente que amo tiene que morir para escapar de mí. Mamãe, Papae, ¿por qué me dejasteis? ¿Por qué pusisteis la muerte en mi vida desde que era una niña? Nadie a quien yo amo puede quedarse.
Esto no sirve de nada, se dijo, obligando a su mente consciente a apartarse de la familiar salmodia de la culpa. No ayudará a Andrew que me sumerja de nuevo en una culpa irracional.
Al oír sus gritos, varios hombres y mujeres acudieron corriendo desde el monasterio, y algunos desde el jardín. Momentos después llevaron a Ender al edificio mientras alguien corría en busca de un médico. Algunos se quedaron con Novinha, pues su historia no les era desconocida, y sospechaban que la muerte de otro ser querido sería demasiado para ella.
—No quería que viniera —murmuraba—. Él no tenía que venir.
—No es estar aquí lo que le ha hecho enfermar —dijo la mujer que la sostenía—. La gente enferma sin que sea culpa de nadie. Se pondrá bien, ya lo verás.
Novinha oyó las palabras, pero en lo más profundo de sí no las creyó. En aquel profundo rincón sabía que todo era por su culpa, que el mal se extendía desde las oscuras sombras de su corazón y se desparramaba por el mundo envenenándolo todo. Llevaba dentro de su corazón una bestia que devoraba la felicidad. Incluso Dios deseaba que muriera.
No, no, eso no es verdad, dijo en silencio. Sería un terrible pecado. Dios no me quiere muerta, no por mi propia mano, nunca por mi propia mano. No ayudaría a Andrew, no ayudaría a nadie. No ayudaría, sólo lastimaría. No ayudaría, sólo...
Entonando en silencio su mantra de supervivencia, Novinha siguió el cuerpo jadeante de su marido hasta el monasterio, donde quizá la santidad del lugar expulsara de su corazón las ideas de autodestrucción. Ahora debo pensar en él, no en mí. No en mí. No en mí.