28 - Catelyn

Catelyn casi había olvidado aquello. En el norte la lluvia caía fría y dura, a veces se helaba durante la noche. Mataba tantas cosechas como nutría, y hacía que los hombres corrieran en busca del refugio más cercano. No era una lluvia bajo la que jugaran las niñas.
—Estoy empapado —se quejó Ser Rodrik—. Calado hasta los huesos. —Los rodeaba un bosque cerrado, y el golpeteo constante de la lluvia en las hojas se acompasaba con el chapoteo de los cascos de los caballos en el lodo del camino—. Esta noche nos hará falta una buena hoguera, mi señora. Y tampoco nos sentaría mal una buena cena caliente.
—En la próxima encrucijada hay una posada —le dijo Catelyn.
En su juventud había dormido en ella más de una vez, cuando acompañaba a su padre en algún viaje. Lord Hoster Tully era un hombre inquieto, siempre estaba yendo de un lugar a otro. Catelyn recordaba bien aquella taberna, y a una mujer obesa llamada Masha Heddle, que masticaba hojamarga día y noche, y parecía tener una provisión inagotable de sonrisas y pasteles para los niños. Los pasteles rebosaban miel, eran riquísimos y dulces, pero las sonrisas eran el terror de Catelyn. La hojamarga había manchado los dientes de Masha de un color rojo oscuro y su sonrisa era un horror ensangrentado.
—Una posada —repitió Ser Rodrik, melancólico—. Ojalá... Pero no podemos correr el riesgo. Si queremos conservar el anonimato, es mejor que busquemos algún refugio de pastores... —Se interrumpió bruscamente al oír unos sonidos más adelante en el camino; chapoteos en el agua, tintineo de mallas, el relincho de un caballo—. Jinetes —avisó al tiempo que echaba mano a la espada. Nunca estaba de más ser precavido, ni siquiera en el camino real.
Siguieron los sonidos, doblaron un recodo del camino y los vieron: era una columna de hombres armados, que vadeaba sin el menor sigilo un arroyuelo crecido. Catelyn tiró de las riendas para cederles el paso. El estandarte que portaba el primero de los jinetes estaba empapado y colgaba lacio del asta, pero los guardias llevaban capas color añil y sobre sus hombros volaba el águila plateada de Varamar.
—Son hombres de Mallister —le susurró Ser Rodrik, como si ella no se hubiera dado cuenta—. Será mejor que os echéis la capucha sobre la cara, mi señora.
Catelyn no se movió. Entre los hombres viajaba el propio Lord Jason Mallister, rodeado por sus caballeros, junto a su hijo Patrek y seguido por los escuderos. Sabía que se dirigían a Desembarco del Rey, al torneo de la Mano. A lo largo de la semana se habían cruzado con incontables viajeros que iban en dirección contraria a ellos: caballeros y mercenarios, juglares con arpas y tambores, carromatos cargados de lúpulo, maíz o barriletes de miel, comerciantes, artesanos y prostitutas. Todos se dirigían hacia el sur.
Escudriñó a Lord Jason sin la menor discreción. La última vez que lo había visto bromeaba con su tío, durante el banquete de su boda con Ned. Los Mallister eran banderizos de los Tully, y los regalos habían sido muy generosos. Lord Jason tenía ya el pelo encanecido y el tiempo le había cincelado arrugas en el rostro, pero los años no habían conseguido hacer mella en su orgullo. Cabalgaba como si no tuviera miedo a nada. Catelyn lo envidió por eso. Ella tenía miedo de tantas cosas... Lord Jason hizo un gesto de saludo con la cabeza al pasar junto a ellos, pero no era más que el ademán cortés de un gran señor al cruzarse con unos desconocidos. En sus ojos fieros no hubo asomo de identificación, y su hijo ni se molestó en mirarlos.
—No os ha reconocido —se asombró Ser Rodrik cuando hubieron pasado de largo.
—Sólo ha visto a un par de viajeros manchados de barro, empapados y cansados, a un lado del camino. Ni se le pasaría por la cabeza que uno de ellos fuera la hija de su señor. No pasará nada si entramos en la posada, Ser Rodrik.
Ya era casi de noche cuando llegaron al edificio, situado en la encrucijada al norte de la gran confluencia del Tridente. Masha Heddle estaba más gruesa y canosa de como la recordaba Catelyn, y seguía mascando hojamarga, pero apenas si les dedicó una mirada somera, sin rastro de su aterradora sonrisa roja.
—Lo único que me quedan son dos habitaciones en la planta de arriba —dijo sin dejar de mascar—. Están bajo el campanario, así seguro que no os olvidáis de las horas de las comidas, aunque a algunos les parece que el ruido es excesivo. Pero no hay otra cosa, estamos hasta arriba. O dormís en esas habitaciones, o en el camino.
Optaron por las habitaciones, un par de buhardillas polvorientas en la cima de una escalera estrecha y destartalada.
—Dejad las botas aquí —dijo Masha en cuanto le hubieron pagado—. El chico os las limpiará. No quiero que me embarréis las escaleras. Y estad atentos a la campana, el que llega tarde a la mesa no come.
No hubo sonrisas, ni mencionó pastel alguno.
La campana que anunciaba la cena resonó ensordecedora. Catelyn se había puesto ropa seca, y estaba sentada junto a la ventana, viendo caer la lluvia. El cristal era lechoso, lleno de burbujas, y en el exterior el ocaso empezaba a tender su manto. Catelyn apenas llegaba a divisar el lodazal que era la encrucijada de los dos grandes caminos.
La encrucijada la hacía pensar. Si en aquel punto se desviaban hacia el oeste tendrían por delante un viaje agradable hasta Aguasdulces. Su padre siempre le había dado consejos sabios cuando más los necesitaba, y deseaba con toda el alma hablar con él, prevenirlo contra la tormenta que se fraguaba. Si Invernalia debía prepararse para la guerra, cuánto más Aguasdulces, que se encontraba más cerca de Desembarco del Rey y tenía el poderío de Roca Casterly vigilando desde el oeste como una sombra. Si su padre hubiera estado más fuerte quizá lo habría hecho, pero Hoster Tully llevaba dos años postrado en el lecho, y Catelyn no quería cargarlo con más preocupaciones.
El camino que se dirigía hacia el este era más agreste y peligroso, había que ascender por colinas rocosas y atravesar bosques espesos para adentrarse en las Montañas de la Luna, recorrer caminos estrechos y atravesar simas profundas, hasta llegar al Valle de Arryn y a los pedregosos Dedos. Allí encontraría a su hermana... y quizá algunas de las respuestas que Ned buscaba. Sin duda Lysa sabría más de lo que se había atrevido a poner por escrito en la carta. Quizá tuviera las pruebas que Ned necesitaba para provocar la caída de los Lannister, y si empezaba la guerra necesitarían a los Arryn y a los señores de oriente que les habían jurado lealtad.
Pero el camino de la montaña era peligroso. Los gatosombras merodeaban por los desfiladeros, no eran extraños los desprendimientos de rocas, y los clanes montañeses se dedicaban a robar y asesinar a los viajeros, antes de desaparecer como la bruma cada vez que los caballeros recorrían el Valle en su busca. Hasta el propio Jon Arryn, uno de los más grandes caballeros que había conocido el Nido de Águilas, viajaba siempre con una buena guarnición cuando tenía que cruzar las montañas. El único guardián de Catelyn era un caballero anciano, cuya mejor armadura era la lealtad.
No, pensó. Aguasdulces y el Nido de Águilas tendrían que esperar. Debía encaminar sus pasos hacia el norte, hacia Invernalia, donde sus hijos y sus obligaciones la aguardaban. En cuanto cruzaran el Cuello podría descubrir su identidad a cualquiera de los banderizos de Ned, y enviar jinetes con orden de montar guardia en el camino real.
La lluvia oscurecía los campos más allá de la encrucijada, pero Catelyn veía en sus recuerdos las tierras despejadas. El mercado quedaba justo al otro lado del camino, y el pueblo, a apenas un par de kilómetros, no era más que medio centenar de granjas blancas alrededor de un pequeño sept de piedra. Seguramente ya habría más. El verano había sido largo y tranquilo. Hacia el norte el camino real discurría a lo largo del Forca Verde del Tridente, por valles fértiles y bosques frondosos, cerca de ciudades prósperas, fortines seguros y castillos donde habitaban los señores del río.
Catelyn los conocía a todos: los Blackwood y los Bracken, enemigos eternos, cuyas disputas se veía obligado a zanjar su padre; Lady Whent, la última de su estirpe, que moraba con sus fantasmas bajo las bóvedas cavernosas de Harrenhal; y el irascible Lord Frey, que había enterrado a siete esposas y había llenado sus dos castillos de hijos, nietos y bisnietos, y también de hijos bastardos y nietos bastardos. Todos eran banderizos de los Tully, habían jurado poner sus espadas al servicio de Aguasdulces. Pero, en caso de guerra, ¿bastaría con eso? Catelyn sabía que jamás había habido un hombre tan decidido como su padre, no le cabía duda de que convocaría a sus banderizos. Pero, ¿acudirían? Los Darry, los Ryger y los Mooton también habían prestado juramento a Aguasdulces, pero en el Tridente se aliaron con Rhaegar Targaryen, mientras que Lord Frey y sus hombres habían llegado mucho después de que terminara la batalla, con lo que había serias dudas sobre a qué bando pensaban apoyar («Al vuestro», había jurado solemnemente a los vencedores tras el combate, pero eso no impidió que su padre lo apodara «El difunto Lord Frey»). No, no debía haber guerra, deseó Catelyn con toda su alma. No podían permitirlo.
Ser Rodrik entró a buscarla justo cuando cesaba el estrépito de la campana.
—Si queréis cenar algo más vale que nos demos prisa, mi señora —dijo.
—Será mejor que dejemos de ser señora y caballero hasta que no estemos más allá del Cuello —respondió ella—. Los viajeros sin rango llaman menos la atención. Podemos ser un padre con su hija que recorren el camino real por asuntos familiares.
—Tenéis razón, mi señora —asintió Ser Rodrik. La carcajada de Catelyn le hizo caer en la cuenta de lo que había dicho—. Es difícil olvidar las costumbres de toda una vida, mi... hija mía. —Fue a retorcerse los desaparecidos bigotes y dejó escapar un suspiro de exasperación.
—Vamos, padre —dijo Catelyn cogiéndose de su brazo—. Masha Heddle es una excelente cocinera, pronto lo verás. Eso sí, mejor no alabes sus guisos. Su sonrisa te estropearía la cena.
La sala común era alargada y estaba llena de corrientes. En un extremo había una hilera de toneles de madera y en el otro una chimenea. Un criado jovencito corría de un lado a otro con espetones de carne, mientras que Masha sacaba cerveza de los barriles sin dejar de mascar hojamarga.
Los bancos estaban abarrotados; los aldeanos y los granjeros se mezclaban sin problema con todo tipo de viajeros. La encrucijada hacía que allí se reuniera gente de lo más dispar: los tintoreros de manos negras y púrpuras compartían asiento con los pescadores del río que apestaban a pescado, un herrero de músculos prominentes casi aplastaba a un anciano septon, los mercenarios curtidos y los mercaderes obesos intercambiaban chismorreos como amigos de toda la vida.
Entre los comensales había demasiados guerreros para el gusto de Catelyn. Junto a la chimenea se sentaban tres que lucían el emblema del corcel rojo de los Bracken, y había un grupo numeroso con las cotas de mallas de acero azulado y las capas gris plateado. Llevaban en los hombros broches con otro emblema que conocía, las torres gemelas de la Casa Frey. Examinó sus rostros, pero todos eran demasiado jóvenes para haberla conocido. El mayor de ellos no tendría ni la edad de Bran cuando ella partió hacia el norte.
Ser Rodrik localizó un par de lugares vacíos en el banco más cercano a la cocina. Frente a ellos, un joven agraciado acariciaba distraídamente las cuerdas de una lira.
—Las siete bendiciones caigan sobre vosotros, buena gente —dijo cuando se sentaron. Tenía delante una copa de vino vacía.
—También sobre ti, juglar —saludó a su vez Catelyn.
Ser Rodrik pidió pan, carne y cerveza en un tono que añadía «y que sea ahora mismo». El juglar, un muchacho de unos dieciocho años, los miró descaradamente y les preguntó a dónde iban, de dónde venían y si tenían alguna noticia de interés que compartir. Las preguntas volaban rápidas como flechas, sin hacer pausa alguna para esperar las respuestas.
—Salimos de Desembarco del Rey hace dos semanas —dijo Catelyn, en respuesta a la menos comprometedora de las preguntas.
—Hacia allí voy yo —sonrió el joven. Como ella había supuesto, tenía más interés en contar su historia que en escuchar las ajenas. Nada gustaba tanto a un juglar como el sonido de su voz—. El torneo de la Mano atraerá a grandes señores con las bolsas bien repletas. La última vez gané más plata de la que podía cargar... o de la que habría podido cargar, si no la hubiera perdido toda apostando por la victoria del Matarreyes.
—Los dioses no sonríen al que apuesta —dijo Ser Rodrik con severidad. Era norteño, y compartía el punto de vista de los Stark acerca de los torneos.
—A mí no me sonrieron, desde luego —replicó el juglar—. Entre vuestros crueles dioses y el Caballero de las Flores me jugaron una mala pasada.
—Sin duda aprendiste una lección —señaló Ser Rodrik.
—Desde luego. La próxima vez apostaré por Ser Loras.
Ser Rodrik hizo ademán de retorcerse los bigotes que no tenía, pero antes de que se le ocurriera una réplica hiriente se acercó a ellos el criado, a toda prisa. Les puso delante gruesas rebanadas de pan, y sobre ellas trozos de carne recién sacados del espetón, chorreando jugos calientes. De otro espetón les sirvió cebolletas, guindillas y setas gruesas y jugosas. Ser Rodrik atacó la comida con entusiasmo mientras el muchacho corría a buscarles cerveza.
—Me llamo Marillion —dijo el juglar al tiempo que tañía una cuerda de la lira—. Ya me habréis oído cantar por ahí...
Los modales del muchacho hicieron sonreír a Catelyn. Los trovadores errantes rara vez se dirigían hacia el norte, y mucho menos llegaban a Invernalia, pero durante su infancia en Aguasdulces había conocido a muchos como él.
—No, lo siento —dijo.
—Vosotros os lo perdéis —replicó Marillion haciendo sonar otra nota—. ¿Cuál es el mejor juglar que habéis escuchado?
—Alia de Braavos —respondió Ser Rodrik al instante.
—Bah, yo soy mil veces mejor que ese vejestorio —replicó Marillion—. Será un placer demostrároslo, si tenéis una moneda de plata con que pagar una canción.
—Tengo un par de monedas de cobre, pero antes las tiraría a un pozo que pagar por escuchar tus aullidos —gruñó Ser Rodrik. Toda Invernalia conocía bien su opinión acerca de los juglares. La música estaba bien siempre que fuera cosa de mujeres, pero no comprendía por qué un muchacho sano querría llevar un arpa en la mano pudiendo esgrimir una espada.
—Tu abuelo tiene el carácter agriado —dijo Marillion a Catelyn—. Sólo pretendía entonar un cántico en honor a tu belleza. Lo cierto es que nací para cantar ante reyes y grandes señores.
—Es evidente —dijo Catelyn—. Tengo entendido que a Lord Tully le gusta mucho la música. Supongo que habrás estado en Aguasdulces.
—Mil veces —asintió el juglar con ligereza—. Me tienen una habitación reservada, y el joven señor es como un hermano para mí.
Catelyn sonrió, imaginando qué diría Edmure de oír aquello. En cierta ocasión un juglar se había acostado con la chica que le gustaba a su hermano, y desde entonces detestaba a todo el gremio.
—¿Y qué hay de Invernalia? —le preguntó—. ¿Has viajado hacia el norte?
—¿Para qué? —Marillion se encogió de hombros—. Allí no hay más que ventisqueros y pieles de oso, y los Stark no entienden de otra música que no sea el aullido de los lobos.
Catelyn oyó que la puerta de la posada de abría y se cerraba al otro extremo de la sala.
—Posadera —gritó tras ella la voz de un criado—. Necesitamos establo y comida para nuestros caballos, y mi señor de Lannister exige una habitación y un baño caliente.
—Oh, dioses —empezó Ser Rodrik antes de que Catelyn tuviera tiempo de silenciarlo apretándole el brazo con fuerza.
—Lo siento mucho, mi señor —decía Masha Heddle haciendo reverencias y exhibiendo su espantosa sonrisa roja—, pero no tenemos sitio, ni una habitación.
Catelyn vio que eran cuatro: un viejo con el uniforme de la Guardia de la Noche, dos criados... y él, diminuto y osado, su pesadilla.
—Mis hombres pueden dormir en el establo, y en cuanto a mí... tú misma puedes ver que no me hace falta una habitación muy grande. —Sonrió burlón—. Con que haya fuego en la chimenea y las pulgas del colchón no sean multitud, me doy por satisfecho.
—Es que no hay nada, mi señor. —Masha Heddle estaba desesperada—. Os digo la verdad. Es por el torneo, no tengo...
Tyrion Lannister se sacó una moneda del monedero, la lanzó al aire, la volvió a coger y la lanzó de nuevo. Hasta Catelyn, sentada al otro extremo de la sala, vio que era de oro.
—Podéis dormir en mi habitación, mi señor —dijo un mercenario de capa azul descolorida poniéndose en pie.
—He aquí un hombre inteligente —dijo mientras le lanzaba la moneda. El mercenario la atrapó en el aire—. Y hábil, para más señas. —El enano se volvió de nuevo hacia Masha Heddle—. Espero que no haya problemas para darnos de comer.
—Os serviré lo que queráis, mi señor, lo que queráis —le aseguró la posadera.
«Y ojalá se te atragante», pensó Catelyn, pero la imagen que le vino a la mente fue la de Bran atragantándose, ahogándose en su propia sangre.
—Mis hombres tomarán lo mismo que estés sirviendo a esta gente —dijo Lannister después de echar un vistazo a lo que había en las mesas más cercanas—. Ración doble, ha sido un viaje muy largo. Yo quiero un ave asada, pollo, pato, pichón, lo que sea. Y una jarra de tu mejor vino. ¿Quieres cenar conmigo, Yoren?
—Será un placer, mi señor —respondió el hermano negro.
El enano ni siquiera había mirado hacia el otro extremo de la sala, y Catelyn empezaba a dar gracias por la multitud que abarrotaba los bancos, cuando Marillion se puso en pie de repente.
—¡Mi señor de Lannister! —gritó—. Sería un placer para mí animar vuestra cena. ¡Cantaré la gran victoria de vuestro padre en Desembarco del Rey!
—¿Qué quieres, que se me indigeste la comida? —bufó el enano. Sus ojos desiguales se clavaron un instante en el juglar, empezaron a apartarse de él... y se encontraron con los de Catelyn. Ella giró el rostro, pero era demasiado tarde. El enano sonreía.
—Lady Stark, qué placer tan inesperado —dijo—. Sentí mucho no veros en Invernalia.
Marillion se la quedó mirando, y la confusión dejó paso al rubor al ver que Catelyn se ponía lentamente en pie. La mujer oyó a Ser Rodrik maldecir entre dientes. Si el enano se hubiera entretenido más en el Muro, pensó, si se hubiera...
—¿Lady... Stark? —dijo Masha Heddle sin apenas vocalizar las palabras.
—La última vez que me alojé aquí era todavía Catelyn Tully —dijo a la posadera. Escuchó los murmullos a su alrededor, sintió todos los ojos clavados en ella. Miró a su alrededor, observó los rostros de los caballeros y las espadas leales, y respiró hondo para controlar los latidos frenéticos de su corazón. ¿Se atrevería a correr el riesgo? No tuvo tiempo para pensarlo, pasó un instante y su propia voz le resonó en los oídos—. Tú, el del rincón —dijo a un hombre de edad avanzada en el que no se había fijado hasta entonces—. Ese emblema que llevas bordado, ¿es el murciélago negro de Harrenhal, ser?
—Sí, mi señora —respondió el hombre poniéndose en pie.
—¿Y es Lady Whent amiga fiel y sincera de mi padre, Lord Hoster Tully de Aguasdulces?
—Sin duda —respondió el hombre con firmeza.
Ser Rodrik se levantó con calma y se aflojó la vaina de la espada. El enano los miraba, asombrado, con una expresión de desconcierto en los ojos desiguales.
—El corcel rojo siempre fue bienvenido en Aguasdulces —dijo Catelyn a los tres caballeros sentados junto a la chimenea—. Mi padre considera a Jonos Bracken uno de sus banderizos más antiguos y leales.
Los tres intercambiaron miradas indecisas.
—Su confianza honra a nuestro señor —dijo al final uno de ellos, aún titubeante.
—Envidio a vuestro padre por tener tantos y tan buenos amigos —intervino Lannister—, pero no entiendo adonde pretendéis llegar, Lady Stark.
Catelyn no le hizo caso. Se volvió hacia el grupo numeroso que vestía de azul y gris. Eran más de veinte, constituían la clave de su plan.
—También reconozco vuestro emblema: las torres gemelas de Frey. ¿Cómo se encuentra vuestro señor?
—Lord Walder está muy bien, mi señora —contestó el capitán poniéndose en pie—. Tiene intención de contraer matrimonio de nuevo en su nonagésimo día del nombre, y ha pedido a vuestro señor padre que lo honre con su presencia en la ceremonia.
Tyrion Lannister disimuló una risita, y Catelyn supo que lo tenía en su poder.
—Este hombre entró en mi casa como invitado, y allí conspiró para asesinar a mi hijo, a un niño de siete años —proclamó en voz alta para que lo oyera toda la sala, al tiempo que señalaba al enano. Ser Rodrik se situó junto a ella, espada en mano—. En nombre del rey Robert y de los buenos señores a los que servís, os ordeno que lo apreséis y me ayudéis a llevarlo a Invernalia, donde se someterá a la justicia del rey.
No habría sabido decir qué le proporcionó mayor satisfacción: el sonido de una docena de espadas que se desenvainaban al unísono o la expresión en el rostro de Tyrion Lannister.