1 - No soy yo mismo


«Madre, padre, ¿he hecho bien?»
Últimas palabras de Han Qing-jao, de
Los susurros divinos de Han Qing jao

Si Wang-mu avanzó un paso. El joven llamado Peter la cogió de la mano y la condujo a la nave espacial. La puerta se cerró tras ellos.
Wang-mu se sentó en uno de los asientos reclinables del interior de la pequeña habitación de puertas metálicas. Miró en derredor, esperando ver algo extraño y nuevo. A excepción de las paredes de metal, podría haber sido cualquier despacho del mundo de Sendero. Limpia, pero no de forma demasiado fastidiosa. Amueblada, de modo utilitario. Había visto holos de naves en vuelo: los estilizados cargueros y lanzaderas que entraban y salían de la atmósfera; las vastas estructuras redondeadas de las naves que aceleraban hasta una velocidad tan cercana a la de la luz como la materia podía conseguir. Por un lado, el agudo poder de una aguja; por otro, el enorme poder de un martillo pilón. Pero aquí, en esta sala, ningún poder en absoluto. Sólo era una habitación.
¿Dónde estaba el piloto? Debía de haber uno, pues el joven que estaba sentado frente a ella, murmurando a su ordenador, difícilmente podría controlar una nave capaz de lograr la hazaña de viajar más rápido que la luz.
Y sin embargo eso debía de ser exactamente lo que hacía, pues no había otras puertas que condujeran a otras cámaras. La nave le había parecido pequeña desde fuera; resultaba obvio que esta habitación ocupaba todo el espacio interior. Allá en el rincón estaban las baterías que almacenaban energía de los recolectores solares situados en lo alto de la nave. En aquel cofre, que parecía aislado como un refrigerador, tal vez hubiera comida y bebida. No había más cosas que permitieran soporte vital. ¿Dónde estaba entonces el atractivo del vuelo espacial, si esto era todo lo que hacía falta? Una simple habitación.
Sin otra cosa que mirar, contempló al joven que atendía el terminal. Peter Wiggin, había dicho llamarse. El nombre del antiguo Hegemón, el que unió por primera vez a la raza humana bajo su control cuando la gente vivía en un solo mundo, todas las naciones y razas y religiones y filosofías apiñadas codo con codo, sin ningún sitio adonde ir sino a las tierras de los otros, pues el cielo era entonces un límite, y el espacio un vasto abismo que no podía sortearse. Peter Wiggin, el hombre que gobernó la raza humana. No era él, por supuesto, y él mismo lo admitía. Andrew Wiggin lo enviaba; Wang-mu recordó, por las cosas que el Maestro Han le había dicho, que de algún modo Andrew Wiggin lo había creado. ¿Convertía eso en padre de Peter al gran Portavoz de los Muertos? ¿O era en cierto sentido el hermano de Ender, alguien que no sólo se llamaba igual sino que encarnaba al Hegemón muerto tres mil años antes?
Peter dejó de murmurar, se arrellanó en su asiento, y suspiró. Se frotó los ojos, luego se desperezó y gruñó. Era una falta de delicadeza hacer algo así estando acompañado; la acción que cabía esperar de un burdo campesino.
Él pareció percibir su desaprobación. O tal vez se había olvidado de ella y recordó de pronto
que tenía compañía. Sin enderezarse en la silla, volvió la cabeza y la miró.
—Lo siento —dijo—. Había olvidado que no estaba solo.
Wang-mu anhelaba hablarle con atrevimiento, a pesar de toda una vida de abstenerse de hablar de esa manera. Después de todo, él le había hablado con descarado atrevimiento a ella, cuando su nave espacial apareció como una seta recién brotada en el jardín junto al río y emergió con un único frasco de un remedio que podría curar la enfermedad genética de su mundo natal, Sendero. No hacía ni quince minutos que la había mirado a los ojos y le había dicho:
—Ven conmigo y formarás parte de la historia. Harás historia.
Y a pesar de su temor, ella había dicho sí.
Había dicho sí, y ahora estaba sentada en un asiento giratorio viéndole comportarse con rudeza y desperezarse como un tigre delante de ella. ¿Era ésa su bestia-del-corazón, el tigre? Wang-mu había leído al Hegemón. Podía creer que hubiera un tigre en aquel hombre grande y terrible. ¿Pero en éste? ¿En este muchacho? Mayor que Wang-mu, pero ella no era demasiado joven para no reconocer la falta de madurez cuando la veía. ¡Iba a cambiar el curso de la historia! Limpiar la corrupción del Congreso. Detener la Flota Lusitania. Hacer a todos los planetas coloniales miembros con igual derecho de los Cien Mundos. Este muchacho que se desperezaba como un gato de la jungla.
—No tengo tu aprobación —dijo él. Parecía molesto y divertido a la vez. Pero tal vez ella no comprendiera bien los matices de su carácter. Desde luego, era difícil interpretar las muecas de un hombre con los ojos redondos. Tanto su cara como su rostro contenían lenguajes ocultos que ella no podía entender.
—Debes comprender —dijo—. No soy yo mismo.
Wang-mu hablaba el lenguaje común lo bastante bien para comprenderlo.
—¿No te encuentras bien hoy?
Pero supo incluso mientras lo decía que él no había usado la expresión en sentido literal.
—No soy yo mismo —le repitió—. No soy en realidad Peter Wiggin.
—Espero que no —dijo Wang-mu—. Leí acerca de su funeral en el colegio.
—Pero me parezco, ¿verdad?—Activó un holograma en el aire, sobre el terminal de su ordenador. El holograma giró para encarar a Wang-mu; Peter se enderezó y adoptó la misma pose,
frente a ella.
—Hay cierto parecido.
—Naturalmente, soy más joven —dijo Peter—. Porque Ender no volvió a verme después de
dejar la Tierra cuando tenía... ¿cuántos, cinco años? Un mocoso, en cualquier caso yo era todavía un
muchacho. Eso es lo que recordó, cuando me hizo aparecer del aire.
—Del aire no —corrigió ella—. De la nada.
—De la nada tampoco. Me hizo aparecer, de todos modos. —Sonrió torvamente—. Puedo llamar a los espíritus de las vastas profundidades.
Esas palabras significaban algo para él, pero no para Wang-mu. En el mundo de Sendero tendría que haber sido sirvienta y por eso recibió muy poca educación. Más tarde, en la casa de Han Fei-tzu,
sus habilidades fueron reconocidas, primero por su antigua ama, Han Qing-jao, y más tarde por el propio maestro. De ambos había adquirido retazos de educación, de manera irregular. Las enseñanzas fueron principalmente técnicas, y la literatura que aprendió era del Reino Medio, o del propio Sendero. Podría citar hasta la saciedad a la gran poetisa Li Qing-jao, de quien su antigua ama llevaba el nombre, pero nada sabía de la poetisa a quien citaba.
—Puedo llamar a los espíritus de las vastas profundidades —repitió él. Y luego, cambiando un poco su voz y sus modales, se respondió a sí mismo—: Vaya, y yo también, o cualquier hombre. ¿Pero vienen cuando los llamas?
—¿Shakespeare? —trató de adivinar ella.
Él sonrió. A Wang-mu le recordó la forma en que los gatos sonríen a las criaturas con las que juegan.
—Eso es lo que se dice siempre cuando un europeo cita a alguien.
—Es divertida —dijo ella—. Un hombre alardea de poder llamar a los muertos; pero el otro
dice que el mérito no es llamarlos, sino hacer que vengan.
Él se rió.
—Veo que tienes sentido del humor.
—Esa cita significa algo para ti, porque Ender te llamó de entre los muertos.
Peter pareció sorprendido.
—¿Cómo lo sabías?
Ella sintió un escalofrío de temor. ¿Era posible? —No lo sabía, estaba bromeando.
—Bueno, no es verdad. No literalmente. No resucitó a un muerto. Aunque sin duda cree que podría, si la necesidad fuera imperiosa. —Peter suspiró—. Estoy siendo desagradable. Las palabras acuden a mi mente. No las digo en serio, simplemente acuden.
—Es posible que las palabras acudan a la mente, y sin embargo abstenerse de decirlas en voz alta.
Él puso los ojos en blanco.
—No fui educado para servilismos, como tú.
De modo que ésa era la actitud de alguien que venía de un mundo de gente libre: despreciar a quien, sin culpa alguna, había sido un siervo.
—Me educaron para que guardara para mí, por cortesía, las palabras desagradables —dijo ella —. Pero quizá para ti eso sea sólo otra forma de servilismo.
—Como decía, Real Madre del Oeste, las inconveniencias acuden a mi boca sin que las invite.
—No soy la Real Madre —dijo Wang-mu—. El nombre era una broma cruel...
—Y sólo una persona muy desagradable se burlaría de ti por ello. —Peter hizo una mueca—. Pero a mí me llamaron como al Hegemón. Pensé que al llevar nombres rebuscados y ridículos podríamos tener algo en común.
Ella permaneció sentada en silencio, sopesando la posibilidad de que él hubiera intentado entablar amistad.
—Cobré vida hace muy poco —dijo él—. Cuestión de semanas. Creo que deberías saberlo.
Ella no lo comprendió.
—¿Sabes cómo funciona esta astronave?
Ahora saltaba de un tema a otro, poniéndola a prueba. Bien, ya había tenido pruebas de sobra.
—Al parecer una se sienta dentro y la examina un extranjero desagradable —dijo.
El sonrió y asintió.
—Donde las dan las toman. Ender me dijo que no eras criada de nadie.
—Fui la fiel y leal sirviente de Qing-jao. Espero que Ender no te mintiera respecto a eso.
El ignoró la puntualización.
—Una mente propia. —Otra vez sus ojos la midieron; otra vez ella se sintió completamente penetrada por su mirada, como se había sentido cuando la miró por primera vez junto al río—. Wang­mu, no hablo metafóricamente cuando te digo que acaban de crearme. Me hicieron, ¿comprendes? No nací. Y la forma en que me hicieron tiene mucho que ver con cómo funciona esta nave. No quiero aburrirte explicando cosas que ya comprendes, pero debes saber lo que soy, no quién soy, para comprender por qué te necesito conmigo. Así que vuelvo a preguntarte: ¿Sabes cómo funciona esta astronave?
Ella asintió.
—Creo que sí. Jane, el ser que habita en los ordenadores, tiene en su mente la imagen más perfecta que puede de la nave y de todos los que estamos dentro de ella. La gente también tiene una imagen de sí misma y de quién es y todo eso. Entonces ella se lo lleva todo desde el mundo real a un lugar de la nada, cosa que no requiere tiempo alguno, y lo devuelve a la realidad en el lugar que elija, cosa que tampoco lleva ningún tiempo. Las astronaves tardan años en llegar de un mundo a otro, pero de este modo todo sucede en un instante.
Peter asintió.
—Muy bien. Pero tienes que entender que durante el tiempo que la nave está en el Exterior no está rodeada por la nada, sino por incontables aiúas.
Ella apartó el rostro.
—¿No comprendes los aiúas?
—Decir que toda la gente ha existido siempre, que somos más viejos que los dioses más
viejos...
—Bueno, más o menos —dijo Peter—. No se puede decir que los aiúas del Exterior existen, o al menos no con un tipo de existencia significativa. Sólo están... allí. Ni siquiera eso, porque no hay ninguna sensación de localización, no hay ningún lugar donde puedan estar. Sólo son. Hasta que alguna inteligencia los llama, les pone nombre, les da alguna especie de orden, les da hechura y forma.
—El barro puede convertirse en oso, pero no mientras descansa frío y húmedo en la orilla del río.
—Exactamente. Y fueron Ender Wiggin y algunas otras personas que, con suerte, nunca tendrás que conocer, quienes hicieron el primer viaje al Exterior. No iban a ninguna parte, en realidad. El objetivo de aquel primer viaje fue estar en el Exterior el tiempo suficiente para que uno de ellos, una genetista de extraordinario talento, pudiera crear una nueva molécula, extremadamente complicada, la imagen de la que tenía en la mente o más bien de las modificaciones que necesitaba hacer para que existiera... bueno, no podrías comprender su biología. De todas formas, ella hizo lo que se suponía que tenía que hacer: creó la nueva molécula, zis zas; lo malo es que no fue la única persona que creó algo ese día.
—¿La mente de Ender te creó? —preguntó Wang-mu.
—Sin darse cuenta. Digamos que fui un trágico accidente, un efecto secundario desafortunado. Digamos que todo el mundo allí, todo, creaba desaforadamente. Los aiúas del Exterior están frenéticos por ser convertidos en algo, ¿sabes? Había naves sombra creándose a nuestro alrededor.
Todo tipo de estructuras débiles, fragmentadas, frágiles, efímeras, se alzaban y caían a cada instante.
Sólo cuatro adquirieron solidez. Una fue la molécula genética que Elanora Ribeira había ido a crear.
—¿Otra fuiste tú?
—Me temo que la menos interesante. La menos amada y valorada. Una de las personas a bordo de la nave era un tipo llamado Miro, que por un trágico accidente sucedido años atrás quedó lisiado. Daños neurológicos: habla pastosa, torpe de manos, cojo. Tenía en la mente la poderosa imagen de sí mismo tal como era antes. Así que, con aquella perfecta autoimagen, un gran número de aiúas se convirtieron en una copia exacta, no de cómo era, sino de cómo fue antes y ansiaba volver a ser. Completo, con todos sus recuerdos... una réplica perfecta. Tan perfecta que sentía la misma repulsa total por su cuerpo lisiado. De modo que, el nuevo Miro mejorado... o más bien la copia del viejo Miro sin taras, lo que sea, se quedó allí como el rechazo definitivo del lisiado. Y ante sus mismos ojos, aquel viejo cuerpo rechazado se desmoronó en la nada.
Wang-mu se quedó boquiabierta al imaginarlo.
—¡Murió!
—No, ése es el tema, ¿no lo ves? Vivió. Era Miro. Su propio aiúa... no los trillones de aiúas que componían los átomos y moléculas de su cuerpo, sino el que los controlaba todos, el que era suyo, su voluntad... Su aiúa simplemente se mudó al cuerpo nuevo y perfecto. Ése era su auténtico yo. Y el viejo...
—No tenía ninguna utilidad.
—No tenía nada para darle forma. Verás, pienso que nuestros cuerpos se sostienen por el amor: el amor del aiúa maestro por el glorioso y poderoso cuerpo que le obedece, que le da al yo toda su experiencia de mundo. Incluso Miro, con todo lo que se odiaba cuando estaba lisiado, incluso él debió de amar el patético resto de su cuerpo que le quedaba. Hasta el momento en que tuvo uno nuevo.
—Y entonces se mudó.
—Sin saber siquiera que lo había hecho —dijo Peter—. Siguió a su amor.
Wang-mu escuchó aquel extraño relato y supo que debía de ser verdad, pues había oído mencionar a menudo a los aiúas en las conversaciones entre Han Fei-tzu y Jane, y ahora, con la historia de Peter Wiggin, tenía sentido. Tenía que ser cierto, aunque sólo fuera porque aquella nave espacial había aparecido surgida de la nada a la orilla del río tras la casa de Han Fei-tzu.
—Pero ahora debes preguntarte —dijo Peter—, cómo cobré yo vida si nadie me ama ni me
amará.
—Ya lo has dicho. La mente de Ender.
—La imagen más intensa que guardaba Miro era la de su yo más joven, más sano, más fuerte. Pero en el caso de Ender, las imágenes que más le importaban en su mente eran las de su hermana Valentine y su hermano Peter. No tal como eran, pues su hermano real murió hace mucho tiempo, y Valentine... ha acompañado o seguido a Ender en todos sus saltos a través del espacio, así que todavía vive, aunque ha envejecido mientras él envejecía. Es madura. Una persona real. Sin embargo, en aquella nave, durante aquel instante en el Exterior, él conjuró una copia de su esencia juvenil. La joven Valentine. ¡Pobre Vieja Valentine! No sabía que era tan vieja hasta que vio a ese yo más joven, a ese ser perfecto, ese ángel que había habitado en la retorcida mente de Ender desde la infancia. Debo decir que ella es la víctima más atormentada de este pequeño drama. Saber que tu hermano tiene de ti tal imagen, en vez de amarte como realmente eres... bueno, al parecer la Vieja Valentine... lo odia, pero así es como todo el mundo la ve ahora, incluida, pobrecita, ella misma... a la Vieja Valentine se le está acabando la paciencia.
—Pero si la Valentine original sigue viva —dijo Wang-mu, aturdida—, ¿quién es entonces la joven Valentine? ¿Quién es realmente? Tú puedes ser Peter porque Peter está muerto y nadie utiliza su nombre, pero...
—Resulta bastante sorprendente, ¿no? Pero mi razonamiento es que, esté muerto o no, yo no soy Peter Wiggin. Como dije antes, no soy yo mismo.
Se acomodó en su asiento y miró al techo. El holograma que flotaba sobre el terminal se volvió para mirarlo. No había tocado los controles.
—Jane está con nosotros —dijo Wang-mu.
—Jane está siempre con nosotros —respondió Peter—. La espía de Ender.
El holograma habló.
—Ender no necesita ninguna espía. Necesita amigos, si puede conseguirlos. Aliados, por lo
menos.
Peter extendió aburrido la mano hacia el terminal y lo apagó. El holograma desapareció.
Eso perturbó mucho a Wang-mu. Casi como si él hubiera abofeteado a un niño... o golpeado a
una criada.
—Jane es una criatura muy noble y la tratas con una gran falta de respeto.
—Jane es un programa informático con un error en las rutinas de identificación.
Estaba de mal humor, este muchacho que había venido a llvársela en su nave y arrancarla del mundo de Sendero. Pero por sombrío que fuera su carácter, ahora comprendía, una vez desaparecido el holograma del terminal, lo que había visto.
—No es sólo que tú seas tan joven y los hologramas de Peter Wiggin el Hegemón sean de un hombre maduro —dijo Wang-mu.
—¿Qué? —preguntó él, impaciente—. ¿De qué hablas? —De la diferencia física entre el Hegemón y tú.
—¿Qué es, entonces?
—El parece... satisfecho.
—Conquistó el mundo —dijo Peter.
—Entonces ¿cuando tú hayas hecho lo mismo, tendrás también ese aire de satisfacción?
—Supongo. Ése es el propósito de mi vida. Es la misión que me ha encomendado Ender.
—No me mientas ———dijo Wang-mu—. En la orilla del río mencionaste las cosas terribles que hice por ambición. Lo admito... era ambiciosa, estaba desesperada por superar mi terrible condición de inferioridad. Sé a qué sabe, y a qué huele, y la huelo en ti; es como el olor del alquitrán en un día caluroso: apestas.
—¿La ambición tiene olor?
—Yo misma estoy ebria de ese olor.
Él sonrió.
Luego se tocó la joya de la oreja.
—Recuerda, Jane está escuchando, y se lo cuenta todo a Ender. Wang-mu guardó silencio, pero
no porque se sintiera cohibida.
Simplemente no tenía nada que decir, y por tanto no dijo nada.
—Así que soy ambicioso. Porque así es como Ender me imaginó. Ambicioso y desagradable y
cruel.
—Creía que no eras tú mismo —dijo ella.
Él la miró, desafiante.
—Eso es, no lo soy —apartó la mirada—. Lo siento, Gepetto, pero no puedo ser un niño de verdad. No tengo alma.
Ella no conocía el nombre que había pronunciado, pero sí la palabra alma.
—Toda mi infancia creí que era una sirvienta por naturaleza, que no tenía alma. Luego, un día, descubrieron que tenía una; hasta ahora no me ha hecho demasiado feliz.
—No estoy hablando de un concepto religioso. Estoy hablando del aiúa. Recuerda lo que le sucedió al cuerpo roto de Miro cuando su aiúa lo abandonó.
—Pero tú no te desmoronas, así que debes de tener un aiúa, después de todo.
—Yo no lo tengo, me tiene a mí. Sigo existiendo porque el aiúa cuya irresistible llamada me
hizo existir continúa imaginándome. Sigue necesitándome, controlándome, siendo mi voluntad.
—¿Ender Wiggin? —preguntó ella.
—Mi hermano, mi creador, mi torturador, mi dios, mi propia esencia.
—¿Y la joven Valentine? ¿Ella también?
—Ah, pero él la ama. Está orgulloso de ella. Se alegra de haberla creado. A mí me odia. Me
odia, y sin embargo es su voluntad que haga y diga todas estas cosas desagradables. Cuando sea
despreciable, recuerda que hago solamente lo que mi hermano quiere que haga.
—Oh, echarle la culpa de...
—No le estoy echando la culpa de nada, Wang-mu. Me limito a exponer los hechos. Su voluntad controla ahora tres cuerpos. El mío, el de mi angelical hermana y, por descontado el suyo propio, cansado y maduro. Cada aiúa de mi cuerpo recibe de él su orden y lugar. Soy, en todo lo esencial, Ender Wiggin; ahora bien, él me ha creado para ser el vehículo de todos los impulsos que en sí mismo odia y teme. Su ambición; sí, hueles su ambición cuando hueles la mía. Su agresividad. Su furia. Su crueldad. La suya, no la mía, porque yo estoy muerto, y de todas formas nunca fui así, nunca fui de la forma en que él me vio. ¡Esta persona que ves ante ti es un disfraz, una burla! Soy un recuerdo retorcido. Un sueño despreciable. Una pesadilla. Soy la criatura oculta bajo la cama. Me sacó del caos para que fuera el terror de su infancia.
—Entonces no las hagas —dijo Wang-mu—. Si no quieres ser esas cosas, no las hagas.
Él suspiró y cerró los ojos.
—Si eres tan inteligente, ¿por qué no has comprendido una sola palabra de lo que he dicho?
Pero ella lo comprendía.
—¿Qué es tu voluntad, de todas formas? Nadie puede verla. No la oyes pensar. Sólo sabes lo que persigue tu voluntad cuando examinas tu vida y ves lo que has hecho.
—Ésa es la broma más terrible que me ha gastado —dijo Peter en voz baja, los ojos todavía cerrados—. Examino mi vida y sólo veo los recuerdos que él ha imaginado para mí. Se lo llevaron de nuestra familia cuando sólo tenía cinco años. ¿Qué sabe de mí o de mi vida?
—Escribió El Hegemón.
—Ese libro. Sí, basado en los recuerdos de Valentine, tal como ella se los contó; y en los documentos públicos de mi deslumbrante carrera. Y, por supuesto, en las pocas comunicaciones ansible entre Ender y mi desaparecido yo antes de que yo... él, muriera. Sólo tengo unas cuantas semanas de edad, y sin embargo conozco una cita de Enrique IV, Primera Parte . Owen Glendower alardeando ante Hotspur. Henry Percy. ¿Cómo puedo saber eso? ¿Cuándo fui al colegio? ¿Cuánto tiempo permanecí despierto por la noche, leyendo viejas obras hasta aprender de memoria mil versos favoritos? ¿Inventó Ender de algún modo toda la educación de su hermano muerto, todos sus pensamientos íntimos? Ender sólo conoció al Peter Wiggin real durante cinco años. No tengo los recuerdos de una persona de verdad. Son los recuerdos que Ender piensa que debería tener.
—¿Él piensa que deberías conocer a Shakespeare y por eso lo conoces? —preguntó ella, dubitativa.
—Si sólo se tratara de Shakespeare... de los grandes escritores o de los grandes filósofos; si esos fueran los únicos recuerdos que tengo...
Ella esperaba que mencionara los malos recuerdos, pero Peter se estremeció y guardó silencio.
—Entonces, si de verdad Ender te controla, entonces... eres él. Eso eres. Eres Andrew Wiggin.
Tienes un aiúa.
—Soy la pesadilla de Andrew Wiggin —dijo Peter—. Soy la autorrepulsa de Andrew Wiggin. Soy todo lo que teme y odia de sí mismo. Ese es el guión que me han dado. Eso es lo que tengo que hacer.
Cerró el puño, luego lo abrió en parte, los dedos todavía crispados. Una zarpa. Otra vez el tigre. Y por un instante Wang-mu tuvo miedo. Pero sólo por un instante. El relajó las manos. El instante pasó.
——¿Qué papel tengo en tu guión?
—No lo sé —dijo Peter—. Eres muy lista. Más lista que yo, espero. Aunque naturalmente soy tan vanidoso que no creo que haya nadie más listo que yo. Lo que significa que necesito con urgencia buenos consejos, ya que estoy convencido de no necesitar ninguno.
—Hablas en círculos.
—Lo hago por crueldad; para atormentarte con mi conversación. Pero tal vez tenga que ir más allá. Tal vez se supone que he de torturarte y matarte de la forma que tan claramente recuerdo haber hecho con las ardillas. Tal vez se supone que he de llevarte al bosque, clavar tus extremidades a las raíces de los árboles, y luego diseccionarte paso a paso para ver en qué punto las moscas empiezan a venir a depositar sus huevos en la carne viva.
Ella retrocedió ante la imagen.
—He leído el libro. ¡Sé que el Hegemón no fue un monstruo!
—No fue el Portavoz de los Muertos quien me creó en el Exterior. Fue Ender, el niñito asustado. No soy el Peter Wiggin que tan sabiamente comprendió en su libro. Soy el Peter Wiggin
sobre el que tenía pesadillas. El que masacraba ardillas.
—¿Te vio hacerlo?
—A mí no —dijo él, molesto—. Y no, ni siquiera se lo vio hacer a él. Valentine se lo contó. Encontró el cuerpo de la ardilla en el bosque, cerca de su casa en Greensboro, Carolina del Norte, en el continente de Norteamérica, allá en la Tierra. Pero la imagen encajaba tan perfectamente en sus pesadillas que la tomó prestada y la compartió conmigo. Con ese recuerdo vivo. Imagino que el verdadero Peter Wiggin no era nada cruel. Aprendía y estudiaba. No sintió compasión por la ardilla porque no tenía para él valor sentimental. Era simplemente un animal, no más importante que una lechuga. Abrirla le parecía un acto tan inmoral como preparar una ensalada. Pero no es así como Ender lo imaginó, y no es así como yo lo recuerdo.
—¿Cómo lo recuerdas?
—Como recuerdo todos mis supuestos episodios pasados: desde fuera. Me veo a mí mismo terriblemente fascinado mientras siento un maligno placer en la crueldad. En todos mis recuerdos anteriores al momento en que cobré vida en el viajecito de Ender al Exterior, en todos ellos me veo a través de los ojos de otra persona. Es una sensación muy extraña, te lo aseguro.
—¿Pero ahora?
—Ahora no me veo en absoluto. Porque no tengo esencia ninguna. No soy yo mismo.
—Pero recuerdas. Esta conversación ya la recuerdas, y haberme mirado. Eso es indudable.
—Sí —dijo él—. Te recuerdo. Y recuerdo estar aquí y verte. Pero no hay ningún yo tras mis ojos. Me siento cansado y estúpido incluso cuando soy agudo y brillante.
Esbozó una sonrisa encantadora y Wang-mu apreció de nuevo la auténtica diferencia entre Peter y el holograma del Hegemón.
Era como él decía: incluso en su momento de mayor autodesprecio, este Peter Wiggin tenía los ojos encendidos de furia. Era peligroso. Se notaba nada más verlo. Cuando te miraba a los ojos, podías imaginarlo planeando cómo y cuándo morirías.
—No soy yo mismo —dijo Peter.
—Dices eso para controlarte —respondió Wang-mu. Aunque era una suposición, estaba segura de que tenía razón—. Te encanta impedirte hacer lo que deseas.
Peter suspiró, se inclinó hacia delante y apoyó la cabeza sobre el terminal, la oreja apretada contra la fría superficie de plástico.
—¿Qué deseas? —dijo ella, temerosa de la respuesta.
—Márchate.
—¿Adónde puedo ir? Esta gran nave tuya sólo tiene una estancia.
—Abre la puerta y sal.
—¿Pretendes matarme? ¿Arrojarme al espacio donde me congelaré antes incluso de asfixiarme?
Él se incorporó y la miró, desconcertado.
—¿Espacio?
Su confusión la confundió.
¿Dónde estaban sino en el espacio? Allí era adonde iban las astronaves, al espacio.
Excepto ésta, por supuesto.
Cuando él vio que Wang-mu comprendía, se echó a reír.
—¡Oh, sí, tú eres la inteligente, han rehecho todo el mundo de Sendero para tener tu genio!
Ella se negó a ofenderse.
—Pensaba que habría alguna sensación de movimiento, algo. ¿Hemos viajado, entonces? ¿Ya
estamos allí?
—En un abrir y cerrar de ojos. Estuvimos en el Exterior y volvimos al Interior en otro lugar, todo tan rápido que sólo un ordenador podría detectar la duración de nuestro viaje. Jane lo hizo antes de que terminara de hablar con ella. Antes de que hablara contigo.
—¿Entonces dónde estamos? ¿Qué hay al otro lado de la puerta?
—Estamos sentados en un bosque del planeta Viento Divino. El aire es respirable. No te congelarás. Es verano ahí fuera.
Ella se acercó a la puerta, tiró de la manivela y soltó el sello presurizado. La puerta se abrió con facilidad. La luz del sol entró en el habitáculo.
—Viento Divino —dijo—. He leído al respecto... fue fundado como un mundo shinto, igual que Sendero se suponía que era taoísta. La pureza de la antigua cultura japonesa. Pero no creo que sea muy pura últimamente.
—Para ser más concretos, es el mundo donde Andrew y Jane y yo sentimos (si se puede decir que yo tengo sentimientos aparte de los del propio Ender) que podríamos hallar el centro de poder en los mundos gobernados por el Congreso. Los que de verdad toman decisiones. El poder detrás del trono.
—¿Para así poder subvertirlos y apoderarte de la raza humana?
—Para poder detener a la Flota Lusitania. Apoderarme de la raza humana es un placer posterior. Lo de la Flota Lusitania es una emergencia. Sólo tenemos unas semanas para detenerla antes de que llegue y use el Pequeño Doctor, el Artefacto D. M., para hacer pedacitos Lusitania. Mientras tanto, como Ender y todos los demás esperan que yo fracase, están construyendo estas pequeñas naves de hojalata lo más rápido posible y transportando a tantos lusitanos como pueden, humanos, cerdis e insectores, a otros planetas habitables pero todavía desiertos. Mi querida hermana Valentine (la joven), se ha marchado con Miro (en su nuevo cuerpo, simpático chaval), buscando nuevos mundos tan rápido como su pequeña astronave puede llevarlos. Todo un proyecto. Todos apuestan por mí... o nuestro fracaso. Vamos a decepcionarlos, ¿eh?
—¿Decepcionarlos?
—Teniendo éxito. Vamos a tener éxito. Encontremos el centro de poder de la humanidad, y consigamos que detengan la flota antes de que destruya innecesariamente un mundo.
Wang-mu lo miró, dubitativa. ¿Persuadirlos para detener la flota? ¿Este muchacho desagradable y cruel? ¿Cómo podría persuadir a nadie para hacer nada?
Como si pudiera oír sus pensamientos, él respondió a sus dudas no formuladas.
—Ya ves por qué te invité a venir conmigo. Cuando Ender me inventó, se olvidó del hecho de que no me conoció durante la época de mi vida en que persuadía a la gente y los unía en alianzas cambiantes y todas esas tonterías. Así que el Peter Wiggin que creó es demasiado desagradable, demasiado ambicioso y cruel para persuadir a un hombre con picor rectal para que se rasque el culo.
Ella volvió a apartar la mirada.
—¿Ves? —dijo él—. Te ofendo una y otra vez. Mírame. ¿Ves mi dilema? El verdadero Peter, el original, podría haber hecho el trabajo que me han encomendado. Podría haberlo hecho dormido. Ya tendría un plan. Podría vencer a la gente, tranquilizarla, influir en sus consejos. ¡Ese Peter Wiggin puede convencer a las abejas para que renuncien a su aguijón! ¿Pero yo? Lo dudo. ¿Sabes?, no soy yo mismo.
Se levantó de la silla, se abrió paso bruscamente y salió al prado que rodeaba la pequeña cabaña de metal que les había llevado de un mundo a otro. Wang-mu se quedó en el umbral, observándole mientras se alejaba de la nave; se marchó, pero no demasiado lejos.
Sé algo de cómo se siente, pensó. Sé algo de tener que sumergir tu voluntad en la de otra persona. Vivir por ellos, como si fueran la estrella de la historia de tu vida, y tú simplemente un actor secundario. He sido esclava. Pero al menos en todo ese tiempo conocía mis sentimientos. Sabía lo que pensaba de verdad incluso mientras hacía lo que ellos querían, lo que hiciera falta para conseguir lo que quería de ellos. Sin embargo, Peter Wiggin no tiene ni idea de lo que quiere realmente, porque ni su resentimiento ni su falta de libertad son suyas. Incluso eso procede de Andrew Wiggin. Incluso su autodesprecio es el autodesprecio de Andrew, y...
Y así una y otra vez, en círculos, como el sendero sin rumbo que Peter seguía a través del prado.
Wang-mu pensó en su ama... no, su antigua ama, Qing-jao. También ella seguía extrañas pautas. Era lo que los dioses la obligaban a hacer. No, ésa era la antigua forma de pensar. Era lo que la
obligaba a hacer su desorden obsesivo-compulsivo: arrodillarse en el suelo y seguir las vetas de la madera de cada tablón, seguir cada una por el suelo hasta donde llegara, veta tras veta. Nunca significaba nada, y sin embargo tenía que hacerlo porque sólo con aquella absurda obediencia aturdidora podía ganar una brizna de libertad a los impulsos que la controlaban. Qing-jao fue siempre la esclava, y no yo. Pues el amo que la gobernaba a ella la controlaba desde dentro de su propia mente, mientras que yo podría siempre ver a mi ama ante mí; así que mi yo más íntimo permanecía intacto.
Peter Wiggin sabe que lo gobiernan los temores y pasiones inconscientes de un hombre complicado que se encuentra a muchos años-luz de distancia. Pero claro, Qing-jao creía que sus obsesiones venían de los dioses. ¿Qué importa si te dices que eso que te controla procede de fuera, si de hecho sólo lo experimentas dentro de tu propio corazón? ¿Adónde puedes ir para huir de ello? ¿Cómo puedes esconderte? Qing-jao debe de ser libre ya, gracias al virus portador que Peter trajo consigo a Sendero y puso en manos de Han Fei-tzu. Pero Peter... ¿qué libertad puede haber para él?
Y sin embargo debía vivir como si fuera libre. Debía seguir luchando por la libertad aunque la lucha misma fuera sólo un síntoma más de su esclavitud. Hay una parte de él que ansía ser él mismo. No, no ser él mismo: tener un yo.
¿Entonces cuál es mi participación en todo esto? ¿Se supone que he de obrar un milagro, y darle
un aiúa? No tengo poder para eso.
Y sin embargo, tengo poder, pensó.
Ella debía de tener poder. ¿Por qué si no le hablaba él tan abiertamente? Aunque era una total desconocida, él le había abierto su corazón de inmediato. ¿Por qué? Porque conocía los secretos, pero también algo más.
Ah, por supuesto. Él podía hablarle libremente porque ella nunca había conocido a Andrew Wiggin. Tal vez Peter no era más que un aspecto de la naturaleza de Ender, todo lo que Ender temía y despreciaba de sí mismo. Pero ella nunca podría compararlos a los dos. Fuera lo que fuese Peter, no importaba quién lo controlase, ella era su confidente.
Y eso la convertía, una vez más, en la sirvienta de alguien. También había sido confidente de Qing-jao.
Se estremeció, como para desprenderse de aquella triste comparación. No, se dijo. No es lo mismo. Porque ese joven que deambula sin rumbo entre las flores silvestres no tiene ningún poder sobre mí, excepto el de hablarme de su dolor con la esperanza de que lo comprenda. Lo que yo le dé se lo daré libremente.
Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el marco de la puerta. Daré libremente, sí. ¿Pero qué planeo darle? Bueno, exactamente lo que quiere: mi lealtad, mi devoción, mi ayuda en todo lo que emprenda. Sumergirme en él. ¿Y por qué planeo hacer todo esto? Porque, por mucho que dude de sí mismo, tiene el poder de ganarse a la gente para su causa.
Abrió de nuevo los ojos y salió al prado a su encuentro. Peter la vio y esperó sin decir nada mientras se acercaba. Las abejas zumbaron a su alrededor; las mariposas revoloteaban por el aire, evitándola de algún modo en su vuelo caótico. En el último momento, ella extendió una mano y cogió a una abeja de una flor, cerró el puño y luego, rápidamente, antes de que la abeja pudiera picarla, la lanzó a la cara de Peter.
Extrañado, sorprendido, Peter espantó a la furiosa abeja, se agachó, la esquivó, y finalmente echó a correr unos cuantos pasos antes de que el insecto continuara su camino entre las flores. Sólo entonces se volvió hacia ella, airado.
—¿A qué ha venido eso?
Ella se rió, no pudo evitarlo. ¡Había puesto una cara tan graciosa!
—Oh, bueno, ríete. Ya veo que vas a ser una magnífica compañía.
—Enfádate, no me importa —dijo Wang-mu—. Pero te diré una cosa. ¿Crees que allá en Lusitania, el aiúa de Ender ha pensado de pronto «¡Ay, una abeja!» y te ha hecho espantarla y
esquivarla como si fueras un payaso?
Él puso los ojos en blanco.
—Ya salió la lista. ¡Vaya, Real Madre del Oeste, has resuelto todos mis problemas! ¡Ya veo
que nunca he sido otra cosa que un niño! ¡Y esos zapatos de rubí, mira tú, siempre han tenido el
poder de devolverme a Kansas!
—¿Qué es Kansas? —le preguntó ella, mirándose los zapatos, que no eran rojos.
—Sólo otro recuerdo que Ender ha compartido amablemente conmigo.
Se quedó allí, con las manos en los bolsillos, contemplándola. Ella permaneció también en
silencio, las manos unidas, observándolo a su vez.
—¿Así que estás conmigo? —preguntó él por fin.
—Debes intentar no ser desagradable conmigo.
—Pídeselo a Ender.
—No me importa de quién sea el aiúa que te controla. Sigues teniendo tus propios pensamientos, que son diferentes de los suyos: la abeja te ha dado miedo, y él ni siquiera pensaba en una abeja, y lo sabes. Así que, no importa la parte de ti que él controle o quienquiera que sea el «tú» real, justo en la cara tienes la boca que va a hablarme, y te digo que si he de trabajar contigo será mejor que seas amable.
—¿Significa esto que no habrá más peleas de abejas?
—Sí.
—Muy bien. Con mi suerte, seguro que Ender me ha dado un cuerpo alérgico a las picaduras de abejas.
—Tampoco es demasiado saludable para las abejas —dijo ella. Él le sonrió.
—Creo que me gustas —dijo—. Odio esa sensación. Se dirigió hacia la nave.
—¡Vamos! —la llamó—. Veamos qué información puede darnos Jane sobre este mundo que
tenemos que tornar al asalto.