7 - Calcetines

Y todo el mundo en la mesa se reía.
No sólo fueron los regalos, luego siguieron los calcetines. Nadie podía decir quién empezó, pero poco después pareció que todo regalo iba acompañado de un calcetín. Enrollado, oculto dentro de otra cosa, pero siempre en un calcetín. Nadie, por supuesto, colgaba el calcetín con la esperanza de que se lo rellenaran. Sucedía al contrario: los calcetines eran parte del regalo.
Y el receptor del calcetín encontraba un modo de llevarlo, le estuviera bien o no. Colgando de una manga, en un pie, pero disparejo con el otro calcetín. Dentro de un traje refulgente. Asomando de un bolsillo. Sólo durante un día. Llevaban el calcetín y luego lo devolvían. Era a través del calcetín y no de la palabra que los niños verbalizaban su adhesión a la fiesta de Santa Claus. Los calcetines eran necesarios, ¿por qué?, ¿por qué eran los regalos? Unos cuantos de esos regalos consistían en poemas escritos en papel. Algunos eran sobras de comida. Sin embargo, a medida que pasaban los días, más y más regalos se tradujeron en favores: tutorías, tiempo de práctica extra en la Sala de Batalla, una cama que ya estaba hecha cuando alguien volvía de la ducha, enseñar a alguien cómo llegar a un nivel escondido de los videojuegos.
Incluso, cuando no se trataba de un regalo tangible, allí estaba el calcetín para hacerlo real.
Mi padre tenía razón, pensó Zeck. Los padres de estos niños inculcaron en sus corazones la mentira de Santa, y ahora ésta engendraba sus frutos. Mentirosos, todos ellos, dando regalos como homenaje al Padre de las Mentiras. Zeck podía oír la voz de su padre en su memoria: «El responderá a sus oraciones con las cenizas del pecado en sus bocas, con el veneno del ateísmo y la falta de fe en el plasma de su sangre.» Esos niños no eran creyentes: no creían en Cristo, ni en Santa Claus. Sabían que serían una mentira. Ni tan sólo eran conscientes de que, cuando hacían un acto de caridad en nombre de Satán, pecaban. Porque el diablo no puede hacer ningún bien.
Zeck trató de ver al coronel Graff, pero un marine lo detuvo en el pasillo.
—¿Tienes cita con el comandante de la Escuela de Batalla?
—No, señor —contestó Zeck.
—Entonces, no importa lo que tengas que decir, coméntaselo a tu consejero. O a alguno de los profesores.
Los profesores no servían para nada. Por entonces, pocos le hablaban. Decían:
—¿Es un problema de álgebra, no? Pregúntale entonces a otro, Zeck.
Las palabras de Cristo hacía tiempo que no eran bienvenidas en ese lugar.
El consejero le escuchó, o al menos permaneció sentado en una habitación con él mientras le hablaba. Pero no llegó a ninguna conclusión.
—Así que lo que me estás diciendo es que los otros estudiantes están siendo amables unos con otros, y tú quieres que se acabe.
—Lo están haciendo en nombre de Santa Claus.
—¿Qué te han hecho exactamente... en nombre de Santa Claus?
—A mí, personalmente, nada, pero...
—¿Así que te quejas porque están siendo amables con los demás y no contigo?
—Porque es en nombre de...
—Santa Claus, ya veo. ¿Crees en Santa Claus, Zeck?
—¿Qué quiere decir?
—Que si crees en Santa Claus. ¿Crees que de verdad hay un tipo alegre y gordo vestido de rojo y que trae regalos?
—No.
—Así que Santa Claus no es parte de tu religión.
—Ése es exactamente mi argumento. Es parte de su religión.
—Lo he preguntado y ellos dicen que no es en absoluto un símbolo religioso. Santa Claus es simplemente una figura compartida por muchas culturas de la Tierra.
—Es parte de la Navidad —insistió Zeck.
—Y tú no crees en la Navidad.
—No como la celebra la mayoría de la gente. No.
—¿En qué crees?
—Creo que Jesucristo nació, probablemente no en diciembre, y que creció para convertirse en el Salvador del mundo.
—No en Santa Claus.
—No.
—Así que Santa Claus no es parte de la Navidad.
—Pues claro que es parte de la Navidad —dijo Zeck— para la mayoría de la gente.
—Pero para ti no.
Zeck asintió.
—Muy bien, hablaré de esto con mis superiores —dijo el consejero—. ¿Quieres saber qué pienso? Que van a decirme que se trata tan sólo de una moda pasajera, y que van a dejar que se extinga sola.
—En otras palabras, van a permitirles que sigan haciéndolo mientras quieran.
—Son niños, Zeck, y muchos no son tan tenaces como tú. Perderán interés en el tema y lo dejarán correr. Ten paciencia. La paciencia no va en contra de tu religión, ¿no?
—Me niego a ofenderme con su sarcasmo.
—No estaba siendo sarcástico.
—Puedo ver que usted es también un hijo verdadero del Padre de las Mentiras.
Zeck se levantó y marchó.
—Me alegra que no te ofendas —dijo el consejero tras él.
Quedaba claro que no podría recurrir a ninguna autoridad. Al menos, no directamente.
Zeck, en cambio, recurrió a varios de los estudiantes árabes y les señaló que las autoridades estaban permitiendo la práctica de una costumbre cristiana. Recibió la siguiente letanía:
—El islam ha renunciado a la rivalidad entre religiones. Lo que hagan es asunto suyo.
Pero Zeck finalmente consiguió movilizar a un niño paquistaní de la Escuadra Abeja. No es que Ahmed dijera nada positivo. De hecho, parecía completamente desinteresado, incluso hostil. Sin embargo, Zeck supo que había dado en su punto flaco.
—Dicen que Santa Claus no es religioso. Es nacional. ¿Pero en tu país hay alguna diferencia? ¿Es Mahoma...?
Ahmed alzó una mano y apartó la mirada.
—No pronuncies el nombre del profeta.
—No lo estoy comparando con Santa Claus, por supuesto —dijo Zeck. Aunque de hecho Zeck había oído a su padre definir a Mahoma como «la imitación de Satán a manos de un profeta», lo cual hacía que Santa y Mahoma fuesen bastante parecidos.
—Has hablado suficiente —dijo Ahmed—. He terminado contigo.
Zeck sabía que a Ahmed le había ido bastante bien en la Escuela de Batalla. Sus países nativos no tenían poder para insistir en privilegios religiosos, así que a los niños de la Escuela de Batalla se les eximía de la obligación musulmana de rezar. ¿Pero cómo actuaría ahora que los cristianos tenían a su Santa Claus? Pakistán se había formado como país musulmán. No había ninguna distinción entre lo nacional y lo musulmán.
Al parecer Ahmed necesitó dos días para organizarse, sobre todo porque era imposible asegurar en qué momento del horario terrestre se encontraban, y por tanto cuándo había que rezar. Ni siquiera podían averiguar qué hora era en La Meca y guiarse por ese horario.
De modo que Ahmed y otros estudiantes musulmanes decidieron aparentemente rezar durante los momentos en que no estaban en clase, y continuar valiéndose de la exención de rezar para aquellos estudiantes que estuvieran en plena batalla durante las horas de oración.
El resultado fue una demostración de piedad en el desayuno. Al principio pareció que sólo debían cumplir media docena de estudiantes musulmanes, que se postraron y se volvieron (no hacia La Meca, pues resultaba imposible) sino a babor, donde daba al sol.
Pero cuando la oración empezó, otros estudiantes musulmanes tomaron nota y, al principio unos pocos y luego cada vez más, se unieron a la plegaria. Zeck permaneció sentado en su mesa, comiendo sin conversar con sus supuestos camaradas de la Escuadra Rata. Fingió no advertir la situación, pero en realidad estaba encantado. Porque Dink comprendió el significado casi de inmediato. La oración era la respuesta musulmana a su campaña de Santa Claus. Era imposible que el comandante pudiera ignorar ese hecho.
—Tal vez sea una buena idea —le murmuró Dink a Flip, que estaba sentado junto a él. Zeck sabía que no lo era. Los musulmanes habían renunciado al terrorismo hacía muchos años, después de la desastrosa guerra suní-chií, e incluso se habían reconciliado con Israel e instaurado una causa económica común. Pero todo el mundo sabía cuánto resentimiento albergaba todavía el mundo musulmán, donde muchos fieles creían que la Hegemonía los trataba injustamente. Todo el mundo sabía de imanes y ayatolás que proclamaban en voz alta la sustitución de la Hegemonía seglar por un califa que unificara el mundo en adoración a Dios. «Cuando vivamos según la Sharia, Dios nos protegerá de esos monstruos. Cuando Dios nos envía una advertencia, sería conveniente escucharle, y sin embargo hacemos lo contrario. Dios no nos protegerá cuando nos rebelemos contra él.»
Era un lenguaje que Zeck podía entender. Aparte de sus delirios religiosos, tenían el valor de la fe. No tenían miedo de hablar en voz alta. Y contaban con suficientes fieles como para obligar a la gente a escucharles. Serían atendidos incluso por aquellos que hacía tiempo que habían dejado de fingir que escuchaban a Zeck.
La siguiente hora de oración fue al final del almuerzo. Los musulmanes habían hecho correr la voz y todos los que pretendían rezar se reunieron en el comedor. Zeck estaba informado de que había sucedido lo mismo en el comedor de los comandantes durante el almuerzo, y sin embargo la mayoría de esos comandantes musulmanes se habían desplazado al comedor principal para unirse a sus soldados en oración.
El coronel Graff llegó poco antes de la hora anunciada para el rezo.
—La práctica religiosa en la Escuela de Batalla está prohibida —señaló en voz alta—. Se ha eximido a los musulmanes del requerimiento de las oraciones diarias, de modo que todo estudiante musulmán que insista en mostrar públicamente rituales religiosos será castigado. Todos los comandantes o líderes de batallón que tomen parte en ese ritual perderán inmediata y permanentemente su rango.
Graff ya se había vuelto para marcharse cuando Ahmed exclamó:
—¿Qué hay de Santa Claus?
—Por lo que sé —respondió Graff—, no hay ningún ritual religioso asociado a Santa Claus, y no se le ha visto por la Escuela de Batalla.
—¡Doble moral! —gritó Ahmed, y varios más le imitaron.
Graff les ignoró y salió del comedor.
La puerta no se había cerrado del todo cuando dos docenas de marines entraron y se situaron alrededor de la sala.
Cuando llegó el momento de la oración, Ahmed y otros niños se postraron. Los marines corrieron a por ellos, les obligaron a ponerse en pie y los esposaron. El teniente de los marines se volvió hacia la sala.
—¿Alguien más?
Un soldado se arrodilló para rezar. También fue esposado. Nadie más los desafió. Cinco musulmanes fueron sacados de la sala sin brusquedades pero tampoco con galanterías.
Zeck devolvió su atención a la comida.
—Esto te hace feliz, ¿eh? —susurró Dink.
Zeck le miró sin expresión.
—Tú has provocado esto —argumentó Dink en voz baja.
—Soy cristiano. No digo a los musulmanes cuándo tienen que rezar.
Zeck lamentó haber hablado en cuanto terminó de hacerlo. Tendría que haber guardado silencio.
—Yo no miento —dijo Zeck.
—Estoy seguro que tus palabras fueron del todo ciertas. Nuestros amigos musulmanes no te consultaron su horario. Pero, como respuesta a mi acusación de que estás detrás de esto, has pronunciado una mentira obvia y patética. Una evasiva. Si no tuvieras ninguna relación con los hechos, no habrías necesitado recurrir a evasivas. Has respondido como una persona que tiene algo que ocultar.
Esta vez Zeck no dijo nada.
—Crees que esto ayudará a salir de la Escuela de Batalla. Tal vez incluso pienses que perturbará la Escuela de Batalla y dañará los esfuerzos bélicos... lo cual te convierte en un traidor, según cómo se mire, o en un héroe del cristianismo. Pero no detendrás esta guerra y, a la larga, no perjudicarás a la Escuela de Batalla. ¿ Quieres saber lo que has conseguido realmente? Algún día esta guerra terminará. Si la ganamos, entonces todos regresaremos a casa. Los niños de esta escuela son las mentes militares más brillantes de nuestra generación. Dirigirán los asuntos de cualquier país. Ahmed... algún día será Paquistán. Y acabas de garantizar que odiará la idea de intentar vivir en paz con quienes no sean musulmanes. En otras palabras, acabas de poner las semillas de una guerra que estallará dentro de treinta o cuarenta años.
—O diez —apuntó Wiggin.
—Ahmed seguirá siendo muy joven dentro de diez años —dijo Flip, riendo discretamente.
Zeck no había pensado que esa situación pudiera devolverle a la Tierra. ¿Pero qué sabía Dink? No podía predecir el futuro.
—Yo no fui quien empezó a promocionar a Santa Claus —dijo Zeck, mirando a Dink a los ojos.
—No, denunciaste una broma privada entre dos niños holandeses y la convertiste en algo importante —sentenció Dink.
—Tú la convertiste en algo grande —añadió Zeck—. Tú la convertiste en una causa. Tú.
Zeck esperó.
Dink suspiró.
—Sí. Yo lo hice.
Se levantó de la mesa.
Lo mismo hicieron todos los demás.Zeck también empezó a incorporarse.
Dos manos sobre los hombros lo retuvieron en su sitio. Manos de dos niños distintos de la Escuadra Rata. No fueron duros, sólo firmes. Quédate aquí un rato. No eres uno de los nuestros. No vengas con nosotros.