5 - Víspera de sinterklaas

Al principio, Rosen había amenazado y había tratado de quitar privilegios a Zeck (incluyendo comidas), pero éste simplemente lo ignoraba. Desdeñó a los otros niños que lo empujaban y lo acosaban por los pasillos. ¿Qué importancia tenía eso para él? La brutalidad física que empleaban contra él (aunque sólo fuera de forma leve) ponía de relieve de qué tipo de personas se trataba, y también la impureza de sus almas, ya que se regocijaban en la violencia.
Génesis, capítulo seis, versículo trece: «Y Dios le dijo a Noé: "He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que los destruiré a todos con la tierra."»
¿No comprendían que era la violencia de la raza humana lo que había causado que Dios enviara a los insectores a atacar la Tierra? A Zeck esto le quedó clarísimo cuando lo obligaron a ver los vids de la destrucción de China. ¿A quién podían representar los insectores sino al ángel destructor? Primero un diluvio y ahora un incendio, tal como lo había profetizado.
Así que la respuesta adecuada era la de erradicar la violencia y volverse pacífico, rechazar la guerra. En cambio, ellos sacrificaban niños al dios idólatra de la guerra, apartándolos de sus familias y arrojándolos a los calientes brazos metálicos de Moloch, donde serían entrenados para entregarse por completo a la violencia.
Acosadme lo que queráis. Me purificará a mí y a vosotros os volverá más sucios.
Ahora, sin embargo, nadie perdía el tiempo con Zeck. Lo ignoraban. No adrede: si hacía una pregunta, le contestaban. Con desdén, tal vez, pero ¿qué le importaba eso a Zeck? El desprecio era simplemente un signo de piedad mezclada con odio, y el odio representaba el orgullo mezclado con miedo. Ellos le temían porque él era diferente, y por eso lo odiaban, y por eso su lástima (el toque divino que quedaba en ellos) se convertía en desdén. Una virtud que ensuciaba el orgullo.
A la mañana siguiente, se había olvidado de los zapatos de Flip y del papel que Dink había metido en uno de ellos la noche anterior.
Pero entonces vio a Dink salirse de la fila de la comida, con una bandeja llena, y acercarse a Flip para entregársela.
Flip sonrió, y luego se rio y puso los ojos en blanco.
Zeck recordó entonces los zapatos. Se acercó y miró la bandeja.
Esa mañana había tortitas. La de encima había sido recortada para crear una figura en forma de
F. Por lo visto eso significaba algo para los dos niños holandeses que a Zeck se le escapaba por completo. Pero claro, se le escapaban un montón de cosas. Su padre lo había mantenido resguardado del mundo, y por eso no sabía muchas de las cosas que sabían la mayoría de los demás niños. Se sentía orgulloso de su ignorancia. Era una marca de su pureza.
Esta vez, sin embargo, había algo que le pareció mal. Como si la letra F de la tortita indicara algún tipo de conspiración. ¿Qué representaba? ¿Una mala palabra en común? Esa hipótesis parecía demasiado fácil y, además, la risa de los holandeses ante dicho signo no era perversa sino triste.
Risa triste. Era difícil encontrar el significado, pero Zeck sabía que tenía razón. La F era graciosa, pero también los entristecía.
Le preguntó a uno de los otros niños:
—¿Qué es esa F que Dink ha marcado en la tortita de Flip?
El otro niño se encogió de hombros.
—Son holandeses —dijo, como si eso explicara cualquier tipo de extravagancia en ellos.
Zeck tomó esa pista solitaria (que naturalmente ya conocía) y la llevó a su consola inmediatamente después de desayunar. Buscó primero «Holanda F». Nada tenía sentido. Entonces probó con unas cuantas combinaciones más, pero fue «zapatos holandeses» lo que le llevó al día de Sinterklaas, 6 de diciembre, y a todas las costumbres asociadas con esa celebración.
No fue a clase. Se dirigió a la ordenada cama de Flip y la deshizo hasta que encontró, bajo la sábana y junto al colchón, el poema de Dink.
Zeck lo memorizó, lo puso en su sitio y volvió a hacer la cama, pues no estaría bien poner a Flip ante el peligro de recibir una reprimenda por algo que no merecía. Luego se dirigió al despacho del coronel Graff.
—No recuerdo haberte mandado llamar —dijo el coronel Graff.
—No lo ha hecho —contestó Zeck.
—Si tienes un problema, trátalo con tu consejero. ¿A quién te han asignado?
Zeck comprendió de inmediato que no se trataba de que Graff hubiese olvidado el nombre del consejero: simplemente no tenía ni idea de quién era Zeck.
—Soy Zeck Morgan —dijo—. Soy espectador en la Escuadra Rata.
—¡Oh! —asintió Graff—. Tú. ¿Has reconsiderado tu voto de no violencia?
—No, señor. He venido a hacerle una pregunta.
—¿Y no podría habértela contestado cualquier otro?
—Todos los demás están ocupados —respondió Zeck, y lamentó de inmediato haber dicho eso, porque naturalmente no lo había intentado con nadie más, y lo dijo sólo para herir los sentimientos de Graff, dándole a entender que era un inútil y que no tenía ningún trabajo que hacer—. He hecho mal en decir eso, y le pido perdón.
—¿Cuál es tu pregunta? —dijo Graff, impaciente, desviando la mirada.
—Cuando me informaron de que la no violencia aquí no era una opción válida, me comunicaron que se debía a los motivos de índole religiosa que esgrimía, teniendo en cuenta que en la Escuela de Batalla no existe ningún tipo de práctica religiosa.
—Ninguna práctica religiosa —respondió Graff—. O las clases se verían interrumpidas constantemente por los musulmanes rezando y, cada siete días (y no el mismo séptimo día, te lo recuerdo) tendríamos a cristianos y musulmanes y judíos celebrando un Sabbath u otro. Por no mencionar los rituales de Macumba, del sacrificio de pollos. Iconos y estatuas de santos y pequeños budas y altares ancestrales y todo tipo de cosas que abarrotarían el lugar. Así que todo está prohibido. Y Punto. Por favor, vuelve a tu clase antes de que me vea obligado a castigarte.
—Esa no era mi pregunta —apuntó Zeck—. No habría venido aquí a hacerle una pregunta cuya respuesta ya conozco.
—Entonces, ¿por qué has mencionado...? No importa, haz tu pregunta.
—Si la práctica religiosa está prohibida, ¿por qué se tolera la conmemoración del día de San Nicolás en la Escuela de Batalla?
—Eso no lo hacemos —respondió Graff.
—Y sin embargo, lo han celebrado.
—No, no lo hacemos.
—Se ha conmemorado.
—¿Quieres ir por favor al grano? ¿Estás formulando una queja? ¿Hizo alguno de los profesores algún comentario?
—Filippus Rietveld puso sus zapatos con motivo del día de San Nicolás. Dink Meeker le metió un poema de Sinterklaas en el zapato y luego le regaló a Flip una tortita con la inicial F. Esa inicial comestible es un regalo tradicional del día de Sinterklaas, que es hoy, 6 de diciembre.
Graff se acomodó en su sillón.
—¿Un poema de Sinterklaas?
Zeck lo recitó.
Graff sonrió y soltó una risita.
—Así que piensa que es gracioso que ellos tengan su práctica religiosa, pero la mía está prohibida.
—Era un poema dentro de un zapato. Te doy permiso para escribir todos los poemas que quieras y meterlos en la vestimenta de la gente.
—Los poemas dentro de los zapatos no son mi práctica religiosa. La mía es contribuir humildemente a la paz en la Tierra.
—Ni siquiera estás en la Tierra.
—Lo estaría si no me hubieran secuestrado y esclavizado al servicio de Mammón —dijo Zeck suavemente.
Llevas aquí casi un año, pensó Graff, y sigues cantando el mismo estribillo. ¿Es que la presión de tus iguales no tiene ningún efecto sobre ti?
—Si esos holandeses cristianos tienen su día de San Nicolás, entonces los musulmanes deberían tener el Ramadán y los judíos la fiesta de los Tabernáculos, y yo debería poder vivir el evangelio del amor y la paz.
—¿Por qué me molestas con esto? —dijo Graff—. Lo único que puedo hacer es castigarlos por un gesto bastante amable. Hará que la gente te odie aún más.
—¿Quiere decir que pretende decirles quién los denunció?
—No, Zeck. Sé cómo actúas. Tú mismo se lo dirás, así que ellos se enfadarán y la gente te perseguirá y eso te hará sentirte más purificado.
Desde luego, para ser un tipo que no lo había reconocido al llegar, Graff tenía un montón de información sobre él. No conocía su rostro, pero sí sus ideas. La insistencia de Zeck en su fe le estaba causando impresión.
—Si la Escuela de Batalla prohibe mi religión porque prohibe todas las religiones, entonces todas las religiones deberían ser prohibidas, señor.
—Lo sé —dijo Graff—. También sé que eres un cretino insufrible.
—Creo que esa observación cuadra en esa máxima de «La responsabilidad del comandante para elevar la moral», ¿es correcto, señor?
—Y esa observación cuadra con el principio de «No saldrás de la Escuela de Batalla siendo un listillo» —respondió Graff.
—Mejor ser un listillo que un cretino insufrible, señor.
—¡Sal de mi despacho!
Una hora más tarde, Flip y Dink fueron convocados, se les dio una reprimenda y se les confiscó el poema.
—¿No va a quitarle los zapatos, señor? —preguntó Dink—. Estoy seguro de que podremos recuperar su inicial cuando haga caquitas. Le volveré a dar forma para que no haya ninguna confusión, señor.
Graff no dijo nada, excepto para enviarlos de vuelta a clase. Sabía que esa noticia circularía por toda la Escuela de Batalla. Pero si no lo hubiera hecho, Zeck se habría asegurado de difundir la noticia de la tolerancia hacia esa «práctica religiosa», y entonces se habría producido un rosario de niños exigiendo poder celebrar sus festividades.
Era inevitable. Los dos inconformistas, Zeck y Dink, que se negaban a cooperar con el programa, estaban condenados a convertirse en aliados. No eran conscientes de que se encontraban en el mismo barco. Pero de hecho loestaban: estaban tensando deliberadamente el sistema para intentar derrumbarlo.
Bueno, no os lo permitiré, queridos niños genios. Porque a nadie le importa una mierda de rata el día de Sinterklaas, ni la no violencia cristiana. Cuando se va a la guerra (que es adonde habéis ido, lo creáis o no, Dink y Zeck) entonces las cosas infantiles se dejan de lado. Ante una amenaza para la supervivencia de la especie, todas esas trivialidades planetarias se olvidan hasta que pasa la crisis.
No ha pasado, y no importa lo que podáis pensar vosotros, pequeños cretinos.