3 - Las preguntas del diablo

—No me importa cómo se llame —respondió Zeck.
El capitán Bridegan no dijo nada.
Zeck tampoco.
Llegaron a casa de Zeck. La puerta estaba abierta. Una mujer esperaba en el interior, con papeles esparcidos sobre la mesa de la cocina, un montón de cuadernos y otra parafernalia por el estilo, incluida una máquina pequeña. Debía haber advertido que Zeck la miraba, porque la tocó y explicó:
—Es una grabadora. Para que otra gente pueda oír nuestra sesión y evaluarla más tarde.
Rayo capturado, pensó Zeck. Otro artilugio más utilizado por Satán para atrapar las almas de los hombres.
—Me llamo Agnes O'Toole —dijo ella.
—No le importa —intervino Bridegan.
Zeck extendió la mano.
—Encantado de conocerla, Agnes O'Toole.
¿No comprendía Bridegan la obligación de todo hombre con cualquier mujer de ser amable y cortés, puesto que el destino de la mujer consistía en internarse en el valle de las sombras de la muerte, para atraer más almas al mundo y poder de este modo ser purificadas y servir a Dios? Qué trágica ignorancia.
—Esperaré aquí —dijo Bridegan—, si a Zeck no le molesta.
Parecía estar esperando una respuesta.
—No me importa lo que haga —dijo Zeck, sin molestarse en mirarlo. Era un hombre violento, como ya había demostrado, y por eso era un impuro sin remisión. No tenía ninguna autoridad a los ojos de Dios, y sin embargo había agarrado a Zeck por los hombros como si tuviera derecho a hacerlo. Sólo su padre tenía el deber de purificar la carne de Zeck; nadie más tenía derecho a tocarlo.
—Su padre le pega —dijo Bridegan. Y se marchó.
Agnes lo miró alzando las cejas. Pero Zeck no vio ninguna necesidad de explicar nada. Conocían el castigo de la carne impura antes de venir, ¿cómo si no habría sabido Bridegan que tenía que arrancarle la camisa y mostrar sus marcas? Bridegan y Agnes obviamente querían utilizar esas cicatrices de alguna manera. Como si pensaran que Zeck quisiera ser consolado y protegido.
¿De su padre? ¿Del instrumento elegido por Dios para llevarle a la edad adulta? Como si un hombre tratara de alzar su débil mano para impedir que Dios hiciera Su voluntad en el mundo.
Agnes dio comienzo a la prueba. Cada vez que las preguntas trataban de algo que Zeck conocía, las respondía con sinceridad, tal como su padre le había ordenado. Pero la mitad de las preguntas eran de cosas que desconocía por completo. Tal vez hacían referencia a cosas de las vides que Zeck no había visto nunca en la vida; tal vez trataban sobre aspectos de las redes que Zeck sólo conocía porque eran telarañas condenadas hechas de rayos, colocadas ante los pies de las almas necias para atraparlas y arrastrarlas al infierno.
Agnes manipuló los cuadernos y le hizo responder preguntas sobre ellos. Zeck vio de inmediato cuál era el propósito de la prueba. Así que extendió la mano y le quitó los cuadernos. Luego los manipuló para mostrar cada uno de los ejemplos dibujados sobre el papel en dos dimensiones, excepto uno.
—Este no se puede hacer con los cuadernos —dijo.
Ella los retiró.
La siguiente prueba se llamaba «Diagnósticos Globales: Edición Fundamentalista Cristiana». Como ella cubrió el título casi al instante, quedó claro que Zeck no debía saber de qué le estaban examinando.
Comenzó con preguntas sobre la creación y Adán y Eva.
Zeck la interrumpió y citó a su padre.
—El libro del Génesis representa el mejor trabajo que pudo hacer Moisés, al explicar la evolución a gente que ni siquiera sabía que la Tierra es redonda.
—¿Crees en la evolución? Entonces, ¿qué hay de Adán como el primer hombre?
—El nombre «Adán» significa «muchos» —contestó Zeck—. Había muchos machos en aquella tropa de primates, cuando Dios eligió a uno de ellos, lo tocó con Su Espíritu y puso dentro el alma de un hombre. Fue Adán el primero que tuvo lenguaje y puso nombre a los otros primates, los que se parecían a él pero no eran humanos, porque Dios no les había dado almas humanas. El Génesis dice: «Y Adán dio nombre al ganado, a las aves, y a todas las bestias de la tierra; pero para Adán no hubo nadie que lo acompañara.» Lo que Moisés escribió en realidad fue mucho más simple: «Adán puso nombre a todas las bestias que no eran a imagen y semejanza de Dios. Ninguna de ellas podía hablarle, así que estaba completamente solo.»
—¿Sabes qué escribió Dios en realidad? —preguntó Agnes.
—Cree que somos fundamentalistas. Pero no lo somos. Somos puritanos. Sabemos que Dios sólo puede enseñarnos lo que estemos preparados para comprender. La Biblia fue escrita por hombres y mujeres en tiempos pretéritos, y contiene todo cuanto eran capaces de comprender. Nosotros tenemos un mayor conocimiento de la ciencia, y por eso Dios se permite aclarar y decirnos más cosas. No sería un Padre amoroso si insistiera en contarnos sólo lo que los humanos pudimos entender en la infancia de nuestra especie.
La mujer se recostó en su asiento.
—Entonces, ¿por qué tu padre llama a la electricidad «rayo»?
—¿No son la misma cosa? —preguntó Zeck, tratando de ocultar su desdén.
—Bueno, sí, claro, pero...
—Mi padre lo llama «rayo» para enfatizar lo peligroso y efímero que es —dijo Zeck—. La palabra «electricidad» es para él una mentira, y les convence a ustedes de que el rayo, debido a que pasa por los cables y cambia el estado de los semiconductores, ha sido domado y ya no supone ningún peligro. Pero Dios dice que es en el interior de sus máquinas cuando el rayo es más peligroso, porque el que te golpea al caer del cielo sólo puede dañar
tu cuerpo, mientras que el que te ha domado y entrenado a través de las máquinas puede robarte el alma.
—Así que Dios habla a tu padre —dijo Agnes.
—Y habla a todos los hombres y mujeres que se purifican lo suficiente como para oír su voz.
—¿Te ha hablado alguna vez?
Zeck negó con la cabeza.
—Todavía no soy puro.
—Y por eso tu padre te azota.
—Mi padre es el instrumento de Dios para la purificación de sus hijos.
—¿Y confías en que tu padre hace siempre la voluntad de Dios?
—Mi padre ahora mismo es el hombre más puro de la Tierra.
—Sin embargo, nunca has confiado lo suficiente en él para hacerle saber que tienes una memoria capaz de recordar palabra por palabra.
Sus palabras lo golpearon como un puñetazo. Tenía toda la razón. Zeck había hecho caso a su madre y nunca había dejado que su padre se diera cuenta de su habilidad. ¿Y por qué? No porque Zeck tuviera miedo, sino porque su madre tenía miedo. Había metido su falta de fe en él como si fuera propia, y por eso su padre no podía purificarlo. Nunca podría hacerlo, porque le había estado engañando todos esos años.
Se puso de pie.
—¿Adonde vas? —preguntó Agnes.
—Con mi padre.
—¿Para hablarle de tu fenomenal memoria? —preguntó ella amablemente.
Zeck no tenía ningún motivo para decirle nada, así que no lo hizo.
Bridegan estaba esperando en la otra habitación, bloqueando la salida.
—No señor —dijo—. No vas a ir a ninguna parte.
Zeck regresó a la cocina y se sentó ante la mesa.
—Me van a llevar al espacio, ¿verdad? —preguntó.
—Sí, Zeck —contestó ella—. Eres uno de los mejores que hemos examinado.
—Iré con ustedes. Pero nunca lucharé por ustedes —dijo él—. Llevarme allí es una pérdida de tiempo.
—Nunca es por mucho tiempo.
—Crees que si me llevan lo bastante lejos de la Tierra me olvidaré de Dios.
—Olvidar no —dijo ella—. Tal vez transformarás tu comprensión.
—¿No comprenden lo peligroso que soy? —preguntó Zeck.
—Lo cierto es que contamos con ello.
—No soy peligroso como soldado —dijo él—. Si voy con ustedes, seré como un maestro. Ayudaré a los otros niños de su Escuela de Batalla a ver que Dios no quiere que maten a sus enemigos.
—Oh, no nos preocupa que conviertas a los otros niños —dijo Agnes.
—Debería preocuparles. La palabra de Dios tiene poder para la salvación, y ningún poder en la tierra o en el infierno puede contra ella.
Ella sacudió la cabeza.
—Podría preocuparme si fueras puro. Pero, como no lo eres, ¿qué poder tendrás para convertir a nadie?
Recogió los impresos de la prueba y los guardó en el maletín junto con los cuadernos y la grabadora.
—Lo tengo grabado —dijo en voz alta para que Bridegan la oyera—. Dijo: «Iré con ustedes.»
Bridegan entró en la cocina.
—Bienvenido a la Escuela de Batalla, soldado.
Zeck no respondió. Todavía estaba reflexionando sobre lo que ella había dicho. ¿Cómo puedo convertir a nadie, cuando todavía soy impuro?
—Tengo que hablar con mi padre —dijo Zeck.
—Imposible —se opuso Agnes—. Es el Zechariah Morgan impuro al que queremos. No al puro que confesaba todo a su padre. Además, no tenemos tiempo para esperar a que con otro puñado de
latigazos se cure.
Bridegan se rio de forma ostentosa.
—Si ese hijo de puta vuelve a levantar la mano contra este niño una vez más, se la volaré de un tiro.
Zeck se volvió hacia él lleno de rabia.
—Entonces, ¿en qué se convertiría?
Bridegan siguió riéndose.
—Me convertiría en lo que ya soy: en un soldado violento. Mi trabajo es defender a los indefensos contra los crueles. Eso es lo que estamos haciendo al combatir a los fórmicos... y es lo que haría si le cortara las manos a tu padre hasta los codos.
Por respuesta, Zeck recitó el libro de Daniel.
—Una piedra fue cortada, sin manos, e hirió la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los rompió en pedazos.
—Sin manos. Bonito truco —dijo Bridegan.
—Y la piedra que hirió a la imagen fue convertida en un gran monte que ocupó toda la tierra — dijo Zeck.
—Se sabe toda la Biblia de memoria —dijo Agnes.
—Y en los días de esos reyes, el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo: desmenuzará y consumirá a todos esos reinos, pero Él permanecerá para siempre.
—En la Escuela de Batalla van a adorarlo —comentó Bridegan.
Zeck pasó aquella Navidad en el espacio, dirigiéndose a la estación que albergaba la Escuela de Batalla. No hizo nada para causar molestias, obedeció a todas las órdenes que le dieron. Cuando su grupo de salto entró en la Sala de Batalla, Zeck aprendió a volar como todos los demás. Incluso era capaz de apuntar con su arma a los objetivos que le asignaban.
Tardaron un tiempo en darse cuenta de que Zeck nunca alcanzaba a nadie con su arma. En todas las batallas, su puntuación era cero. Estadísticamente, era el peor soldado de la historia de la escuela. En vano los profesores recalcaban que sólo se trataba de un juego.
—Ni aprenderán más cosas sobre la guerra —citaba Zeck a cambio—. No ofenderé a Dios aprendiendo los métodos de la guerra.
Podían llevarle al espacio, podían hacerle vestir el uniforme, podían obligarle a ir a la Sala de Batalla, pero no podían obligarle a disparar.
Pasaron muchos meses, y siguieron sin enviarle de vuelta a casa, pero al menos le dejaron en paz. Pertenecía a una escuadra, practicaba con ellos, pero en cada informe de batalla, su efectividad era nula. No había ningún soldado en la escuela más orgulloso de su récord.