18 - Dios de sendero

‹¿Se estaba adaptando a ti?›
‹Empezaba a parecerse a mí mismo. Había incluido la mayoría de mis moléculas genéticas en su propia estructura.›
‹Tal vez se preparaba para cambiaros, como nos cambió a nosotros.›
‹Pero cuando capturó a vuestros antepasados, los emparejó con los árboles en los
que vivían. ¿Con quién nos habría emparejado a nosotras?›
‹¿Qué otras formas de vida hay en Lusitania, excepto las que ya están emparejadas?›
‹Tal vez la descolada pretendía combinarnos con una pareja ya existente. O
reemplazar un miembro de la pareja con nosotros.›
‹O tal vez pretendía emparejaras con los humanos.›
‹Ahora está muerta. Fuera lo que fuese lo que tenía previsto, nunca sucederá.›
‹¿Qué tipo de vida habríais llevado, emparejadas con machos humanos?›
‹Eso es repugnante.›
‹¿O dando a luz, tal vez, a la manera humana?›
‹Bosta de tonterías.›
‹Estaba solamente especulando.›
‹Lo descolada ha muerto. Estáis libres de ella.›
‹Pero nunca de lo que deberíornos haber sido. Creo que éramos inteligentes antes de que llegara la descolado. Creo que nuestra historia es más antigua que la nave que la trajo aquí. Creo que en alguna porte de nuestros genes está encerrado el secreto de lo vida pequenina de cuando habitábamos en los árboles, y no en estado larval en la vida de árboles inteligentes.›
‹Si no tuvierais tercera vida, Humano, ahora estarías muerto.›
‹Muerto ahora, pero mientras hubiera vivido podría haber sido no un mero hermano, sino un padre. Mientras hubiera vivido podría haber viajado a cualquier parre, sin preocuparme de regresar a mi bosque si esperaba aparearme alguna vez. Nunca habría permanecido dio tras día anclado en el mismo punto, viviendo mi vida a través de los relatos que me traen los hermanos.›
‹¿No os basta ser libres de la descolada? ¿Debéis quedar libres de todos sus
consecuencias o no estaréis contentos?›
‹Siempre estaré contento. Soy lo que soy, no importa cómo llegué a serlo.›
‹Pero sigues sin ser libre.›
‹Machos y hembras por igual todavía debemos perder nuestras vidas para transmitir nuestros genes.›
‹Pobre tonto. ¿Crees que yo, la reina colmena, soy libre? ¿Crees que los padres humanos, cuando tienen hijos, vuelven a ser verdaderamente libres alguna vez? Si para
vosotros vida significa independencia, una libertad para hacer completamente lo que
queréis, entonces ninguna de los criaturas inteligentes está vivo. Ninguno de nosotros es
jamás completamente libre.›
‹Echa raíces, amigo mía, y dime entonces lo poco libre que eras cuando todavía
podías moverte.›
Wang-muyel Maestro Hanesperabanjuntos enla orilla del río a unos centenares de metros de la casa, unagradable paseo a través del jardín. Jane les había dicho que alguienvendría a verlos, un visitante de Lusitania. Los dos sabían que eso significaba que habían logrado viajar más rápido que la luz, pero aparte de eso sólo podían asumir que su visitante debería haber llegado a una órbita alrededor de Sendero, yque vendría a verlos enuna lanzadera. Encambio, una ridícula estructura de metal apareció en la orilla delante de ellos. La puerta se abrió. Emergió un hombre. Un hombre joven, de grandes huesos, caucasiano, pero atractivo de todas formas. Enla mano sostenía untubo de cristal.
Sonrió.
Wang-mu nunca había visto una sonrisa así. Él la atravesó con la mirada como si poseyera su alma. Comosi la conociera muchomejor de loque ella se conocía a sí misma.
—Wang-mu —dijo amablemente—. Real Madre del Oeste. Y Han Fei-tzu, el gran Maestro de Sendero.
Inclinóla cabeza. Los dos repitieronel gesto.
—Mi misiónaquí es breve —anunció. Tendió la ampolla al Maestro Han—. Aquí está el virus. En cuanto me marche, porque no tengo ningún deseo de sufrir ninguna alteración genética, gracias, bébetelo. Imagino que sabe a pus o algo igualmente repugnante, pero tómatelo de todas formas. Luego contacta contodas las personas posibles, en tucasa y enla ciudad cercana. Tendrás unas seis horas antes de que empieces a sentirte enfermo. Con suerte, al final del segundo día no quedará ningún síntoma. De nada —sonrió—. Nomás danzas enel aire para ti,MaestroHan,¿eh?
—No más servidumbre para ninguno de nosotros —añadió Han Fei-tzu—. Estamos preparados
para transmitir nuestros mensajes de inmediato.
—No se lodigas a nadie hasta que ya hayas esparcidola infeccióndurante unas cuantas horas.
—Por supuesto —asintió el Maestro Han—. Tusabiduría me enseña a ser cuidadoso, aunque mi corazón me dice que me apresure y proclame la gloriosa revolución que nos traerá esta afortunada plaga.
—Sí, muy bonito —dijo el hombre. Entonces se volvió a Wang-mu—. Pero tú no necesitas el virus,¿verdad?
—No,señor.
—Jane dice que nunca ha visto a nadie taninteligente.
—Jane es demasiadogenerosa.
—No, me mostró los datos. —Él la miró de arriba abajo. A Wang-mu no le gustó la forma en que sus ojos tomaronposesiónde todo sucuerpo—. No necesitas estar aquí para la plaga. De hecho, será mejor que te marches antes de que suceda.
—¿Que me marche?
—¿Qué te espera aquí? —preguntó el hombre—. No importa hasta dónde llegue la revolución,
seguirás siendo una criada y la hija de unos padres de clase baja. En un lugar como éste, podrías pasarte toda la vida superando esta situación y seguirías sin ser otra cosa que una criada con una mente de una capacidad sorprendente. Ven conmigo y formarás parte del cambio de la historia. Crearás historia.
—¿Qué vaya contigoyhaga que…
—Derrocar al Congreso, desde luego. Cortarles las piernas a la altura de las rodillas y enviarlos arrastrándose de vuelta a casa. Hacer a todos los mundos coloniales miembros iguales de la política, limpiar de corrupción, descubrir todos los secretos viles y ordenar a la Flota Lusitania que se retire antes de que cometa una atrocidad. Establecer los derechos de todas las especies raman. Pazylibertad.
—¿Ytúintentas hacer todoeso?
—Solono.
Ella se sintió aliviada.
—Te tendré a ti.
—¿Para hacer qué?
—Para escribir. Para hablar. Para hacer todoaquellopara loque te necesite.
—Peronotengo educación,señor. El MaestroHanapenas ha empezado a enseñarme.
—¿Quién eres? —demandó el Maestro Han—. ¿Cómo puedes esperar que una muchacha modesta comoésta se vaya conundesconocido?
—¿Una muchacha modesta? ¿Una muchacha que entrega su cuerpo al capataz para tener oportunidad de estar cerca de una joven agraciada que tal vez la contrataría como doncella secreta? No, Maestro Han, ella quizás asume la actitud de una muchacha modesta, pero eso se debe a que es uncamaleón. Cambia de piel cada vezque piensa que conseguirá algo.
—No soyuna mentirosa,señor —declaróWang-mu.
—No, estoyseguro de que te conviertes sinceramente enlo que pretendes ser. Así que ahora te ordeno que pretendas ser una revolucionaria conmigo. Odias a los cabrones que hicierontodo esto a vuestromundo. AQing-jao.
—¿Cómosabes tantoacerca de mí?
Él se dioungolpecitoenla oreja. Por primera vez, Wang-mureparóenla joya.
—Jane me mantiene informado acerca de la gente que necesitoconocer.
—Jane morirá pronto —objetó Wang-mu.
—Oh, puede que se quede medio tonta durante una temporada, pero no morirá. Vosotros
ayudasteis a salvarla. Y,mientras tanto,te tendré a ti.
—No puedo —dijoella—. Tengo miedo.
—Muybien,entonces. Lohe intentado.
Se volvióhacia la puerta de sudiminuta nave.
—Espera —pidióella.
Él se volvió.
—¿Puedes decirme al menos quiéneres?
—Me llamo Peter Wiggin, aunque imagino que a partir de ahora usaré un nombre falso durante
una temporada.
—Peter Wiggin—susurróella—. Ése es el nombre de…
—Mi nombre. Te lo explicaré más tarde, si me apetece. Digamos que me envióAndrew Wiggin.
Me envió más o menos a la fuerza. Soy un hombre con una misión, y él supuso que sólo yo podría cumplirla en uno de los mundos donde las estructuras de poder del Congreso están más densamente concentradas. Fui Hegemónuna vez, Wang-mu, ypretendo recuperar el puesto, no importa cuál sea el título cuando lo recupere. Voy a cascar un montón de huevos y causar un sorprendente montón de problemas y remover piedra sobre piedra de estos Cien Mundos, y te invito a ayudarme. Pero la verdad es que me importa un comino si lo haces o no, porque aunque sería bonito disfrutar de tu inteligencia yde tucompañía, haré el trabajo de una manera ode otra. ¿Así qué? ¿Vienes oqué?
Ella se volvió hacia el MaestroHanenuna agonía de indecisión.
—Esperaba poder enseñarte —suspiró el Maestro Han—. Pero si este hombre va a intentar conseguir lo que dice, entonces con él tendrás más oportunidad de cambiar el curso de la historia humana que aquí, donde el virus hará por nosotros el trabajoprincipal.
—Dejarte será comoperder a unpadre —susurró Wang-mu.
—Ysi te vas,habré perdidoa mi segunda yúltima hija.
—No me rompáis el corazón, vosotros dos —masculló Peter—. Tengo una nave más rápida que la luz. Dejar Sendero conmigo no es asunto de toda una vida, ¿sabéis? Si las cosas no funcionan
siempre puedo devolverla enunpar de días. ¿Os parece justo?
—Quieres ir,losé —dijoel MaestroHan.
—¿No sabes que tambiénquieroquedarme?
—Losé. Peroirás.
—Sí. Iré.
—Que los dioses te cuiden,hija Wang-mu—le deseó el MaestroHan.
Entonces ella dio unpaso al frente. El jovenllamado Peter la cogió de la mano yla condujo a la
nave. La puerta se cerrótras ellos. Unmomento después,la nave desapareció.
El Maestro Han esperó allí diez minutos, meditando, hasta que pudo poner en orden sus sentimientos. Entonces abrió el frasquito, bebió su contenido y regresó a casa. La vieja Mu-pao lo saludó nada más cruzar la puerta.
—MaestroHan—llamó—. Nosabía dónde estabas. YWang-mutambiénfalta.
—No estará convosotros durante una temporada —anunció él.Yentonces se acercó mucho a la vieja criada, para que su aliento le llegara a la cara—. Has sido más fiel a mi casa de lo que nos hemos merecido.
Una expresiónde miedoaparecióenel rostro de la anciana.
—MaestroHan,nome estás despidiendo,¿verdad?
—No. Creía que te estaba dandolas gracias.
Dejó a Mu-pao y recorrió la casa. Qing-jao no estaba en su habitación. Eso no constituía ninguna sorpresa. Pasaba la mayor parte del tiempo atendiendo a las visitas. Eso convendría a sus propósitos. Allí la encontró, en la habitación de la mañana, con tres viejos agraciados muy distinguidos de la ciudadsituada a doscientos kilómetros de distancia.
Qing-jao los presentó graciosamente y entonces adoptó el papel de hija sumisa enpresencia de su padre. Él se inclinó ante cada uno de los hombres, pero luego encontró ocasión para extender la manoytocarlos.
Jane había explicado que el virus era extremadamente contagioso. La simple cercanía física
bastaba,peroel contactoloharía más seguro.
Ydespués de saludar a las visitas,el MaestroHanse volvióhacia suhija.
—Qing-jao,¿recibirás unregalode mi parte?
Ella se inclinóyrespondióamablemente.
—Sea lo que sea lo que me haya traído mi padre, lo recibiré agradecida, aunque sé que no soy digna de suatención.
El Maestro Han extendió los brazos y la atrajo hacia sí. La sintió envarada e incómoda en su abrazo: no había hecho unacto impulsivo ante dignatarios desde que ella era una niña pequeña. Pero la abrazó de todas formas, confuerza, pues sabía que suhija nunca le perdonaría lo que este abrazo traía consigo, ypor tanto era consciente de que ésta sería la última vezque estrecharía ensus brazos a Gloriosamente Brillante.
Qing-jao sabía lo que significaba el abrazo de su padre. Le había visto hablar en el jardín con Wang-mu. Había visto la aparición de la nave en forma de almendra en la orilla del río. Le había visto tomar la ampolla de manos del desconocido de ojos redondos, y beberla. Luego acudió allí, a esta habitación, a recibir a las visitas en nombre de su padre. «Cumplo con mi deber, mi honrado padre,aunque túte dispongas a traicionarme.»
E incluso ahora, sabiendo que suabrazo era suesfuerzo más cruel para arrancarla de la voz de los dioses, consciente de que la respetaba tan poco que creía poder engañarla, recibió sin embargo todo lo que él estuviera decidido a darle. ¿No era acaso su padre? El virus del mundo de Lusitania podría o no robarle la voz de los dioses; ella no alcanzaba a imaginar lo que los dioses permitirían hacer a sus enemigos. Pero estaba claro que si rechazaba a supadre y le desobedecía, los dioses la castigarían. Era mejor permanecer digna ante los dioses mostrando el debido respeto yobediencia a supadre, que desobedecerle ennombre de los dioses yhacerse por tantoindigna de sus dones.
Así, recibió el abrazo e inspiró profundamente su aliento. Después de hablar brevemente con sus invitados, su padre se marchó. Los invitados tomaron su visita como una señal de honor, tan fielmente había ocultado Qing-jao la loca rebeliónde supadre contra los dioses, que HanFei-tzuera todavía considerado el hombre más grande de Sendero. Ella les habló con suavidad, sonrió graciosamente y los despidió. No les dio a entender que llevaban consigo un arma. ¿Por qué habría de hacerlo? Las armas humanas no seríande ninguna utilidad contra el poder de los dioses, a menos que los dioses lo desearan. Ysi los dioses deseabandejar de hablar a la gente de Sendero, entonces éste bienpodría ser el disfraz que hubieranelegido para suacción. «Que parezca a los no creyentes que el virus lusitano de mi padre nos aparta de los dioses; yo sabré, como lo sabrán todos los hombres y mujeres de fe, que los dioses hablan a quien desean, y nada hecho por manos humanas podría detenerlos si ellos así lo desean.» Todos los actos eran vanidosos. Si el Congreso creía que habían causado que los dioses hablaran en Sendero, que siguieran creyéndolo. Si su padre y los lusitanos pensabanque ibana causar que los dioses guardaransilencio, que lo pensaran. «Yo sé que, si soydigna,los dioses me hablarán.»
Unas pocas horas más tarde, Qing-jao se sintió mortalmente enferma. La fiebre la golpeó como el puño de un hombre fuerte; se desplomó y apenas advirtió que los criados la llevaban a su cama. Acudieron los doctores, aunque ella podría haberles dicho que no había nada que pudieran hacer y que con su visita sólo se expondrían a la infección. Pero no dijo nada, porque su cuerpo se debatía con demasiada fiereza contra la enfermedad. O, más bien, su cuerpo se debatía para rechazar sus propios tejidos yórganos,hasta que por finla transformaciónde sus genes quedócompleta.
Inclusoasí,tardó tiempoenpurgarse de los viejos anticuerpos.
Qing-jaodurmióydurmió.
Era una tarde brillante cuandodespertó.
—Hora —dijoel ordenador de suhabitaciónconvozronca, yanunció la hora yel día.
La fiebre le había robado dos días de suvida.Ardía de sed. Se levantó ycaminó tambaleándose hasta el cuarto de baño, abrió el grifo, llenó una taza y bebió y bebió hasta quedar saciada. Permanecer de pie la mareó. La boca le sabía agria. ¿Dónde estaban los criados que tendrían que haberle dado alimento y bebida durante su enfermedad? «Debían de estar también enfermos. Y padre…,tuvoque caer enfermoantes que yo. ¿Quiénle llevará agua?»
Lo encontró durmiendo, empapado en sudor frío, temblando. Lo despertó con una taza de agua, que bebió ansiosamente, mientras la miraba a los ojos. ¿Interrogando? O tal vez suplicando perdón. «Haztupenitencia a los dioses,padre;nodebes ninguna disculpa a una simple hija.»
Qing-jao también encontró a los sirvientes, uno a uno, algunos de ellos tan leales que no se habían acostado, y habían caído donde sus deberes requerían que estuvieran. Todos estaban vivos. Todos se recuperaban, ypronto estaríanenpie otra vez. Sólo después de atenderlos, se dirigió Qing­jao a la cocina y encontró algo que comer. No pudo contener la primera comida que tomó. Sólo una sopa ligera,tibia. Llevósopa a los demás,que tambiéncomieron.
Pronto todos estuvieronenpie yrecuperados. Qing-jao reunió a los criados yllevó agua ysopa a las casas vecinas, ricas y pobres por igual. Todos agradecieron lo que les llevó, y muchos musitaronplegarias a sufavor. «Noestaríais tanagradecidos —pensóQing-jao—, si supierais que la enfermedad que habéis sufridoprocedióde la casa de mi padre,por suvoluntad.»
Peroguardó silencio.
Entodoese tiempo, los dioses nole exigieronninguna purificación.
«Por fin —pensó—. Por fin los estoy complaciendo. Por fin he hecho, a la perfección, todo lo que requerían.»
Cuando volvió a casa, quiso dormir de inmediato. Pero los criados que se habían quedado allí estaban congregados alrededor del holo de la cocina, viendo las noticias. Qing-jao casi nunca veía los holonoticiarios y conseguía toda su información del ordenador, pero los criados parecían tan serios,tanpreocupados, que entróenla cocina ypermanecióconellos alrededor de la holovisión.
Las noticias tratabande la plaga que asolaba el mundo de Sendero. La cuarentena no había sido eficaz, o había llegado demasiado tarde. La mujer que leía los informes se había recuperado ya de la enfermedad, yanunciaba que la plaga no había matado a casi nadie, aunque interrumpió el trabajo de muchos. El virus había sido aislado, pero moría demasiado rápidamente para que lo estudiaran a fondo.
—Parece que una bacteria sigue al virus, matándolo casi en el momento en que la persona se recupera de la plaga. Los dioses nos hanfavorecido, al enviarnos la cura juntoconla plaga.
«Tontos —pensó Qing-jao—. Si los dioses quisieran que os curarais, no habrían enviado la plaga enprimer lugar.»
De inmediato se dio cuenta de que la estúpida era ella. Por supuesto que los dioses enviaríana la vez el mal yla cura. Si llegaba una enfermedad, yla seguía la cura, entonces los dioses la habían enviado. ¿Cómo podría haber considerado una tontería a algo así? Era como si hubiera insultado a los propios dioses.
Dio un respingo por dentro, esperando la sacudida de furia de los dioses. Había pasado tantas horas sinpurificarse que sabía que cuando llegara sería una dura carga. ¿Tendría que seguir las vetas de una habitaciónentera otra vez?
Peronosintiónada. Ningúndeseode seguir líneas enla madera. Ninguna necesidad de lavarse.
Por unmomento, experimentó unintenso alivio. ¿Podría ser que supadre yWang-muyla cosa-Jane tuvieran razón? ¿La había liberado por fin un cambio genético, causado por esta plaga, de un horrendocrimencometido por el Congreso hacía siglos?
Como si la locutora hubiera oído los pensamientos de Qing-jao, empezó a leer un informe acerca de un documento que aparecía en los ordenadores de todo el mundo. El documento afirmaba que la plaga era unregalo de los dioses, para liberar al pueblo de Sendero de una alteracióngenética que el Congreso había causado. Hasta el momento, las ampliaciones genéticas estaban casi siempre unidas a un estado similar a los DOC, cuyas víctimas eran comúnmente conocidas como «agraciados». Pero a medida que la plaga siguiera su curso, la gente descubriría que las ampliaciones genéticas se habíanesparcido ahora a todos los habitantes de Sendero, mientras que los agraciados, que antes habían llevado la más terrible de las cargas, habían sido liberados por los dioses de la necesidadde purificarse constantemente.
—Este documento asegura que todo el mundo está ahora purificado. Los dioses nos han aceptado. —La voz de la locutora temblaba al hablar—. No se sabe de dónde procede este documento. Los análisis de los ordenadores no lo relacionanconel estilo de ningúnautor conocido. El hecho de que apareciera simultáneamente enmillones de ordenadores sugiere que procede de una fuente de poderes inenarrables. —Vaciló, y ahora su temblor fue claramente visible—. Si esta indigna locutora puede hacer una pregunta, esperando que los sabios la oigan y le respondan con su sabiduría, ¿no podría ser que los propios dioses nos hubieran enviado este mensaje, para que comprendamos sugranregaloal pueblode Sendero?
Qing-jao escuchó un poco más, a medida que la furia crecía en su interior. Era Jane, obviamente, quienhabía escrito ydifundido aquel documento. ¿Cómo se atrevía a pretender saber lo que los dioses hacían? Había ido demasiado lejos. El documento debía ser refutado. Jane debía ser descubierta, ytambiéntoda la conspiracióndel pueblo de Lusitania.
Los criados la observaban. Ella soportósus miradas, unoa uno,alrededor del círculo.
—¿Qué queréis preguntarme? —dijo.
—Oh, señora —respondió Mu-pao—, perdona nuestra curiosidad, pero este noticiario ha declaradoalgoque sólopodremos creer si túnos aseguras que es verdad.
—¿Yqué sé yo? —contestó Qing-jao—. Sólosoyla hija tonta de ungranhombre.
—Peroeres una de las agraciadas,señora.
«Eres muyosada —pensóQing-jao—,al hablar de estas cosas al descubierto.»
—Durante toda la noche, desde que acudiste a nosotros con comida y bebida, y mientras conducías a muchos de nosotros entre el pueblo, atendiendo a los enfermos, no te has excusado ni una sola vezpara purificarte. Nunca habías resistidodurante tantotiempo.
—¿No se os ha ocurrido que tal vez estábamos cumpliendo con tanta precisión la voluntad de los dioses que notuve ninguna necesidad de purificarme durante todo ese tiempo?
Mu-paoparecióavergonzada.
—No,nose nos ha ocurrido.
—Descansad ahora —aconsejó Qing-jao—. Ninguno de nosotros está repuesto del todo aún.
Deboir a hablar conmi padre.
Los dejó para que chismorrearan y especularan entre sí. Su padre estaba en la habitación, sentado ante el ordenador. La cara de Jane aparecía en la pantalla. Su padre se volvió hacia ella en cuantoentró enla habitación. Surostro estaba radiante. Triunfal.
—¿Has vistoel mensaje que preparamos Jane yyo? —preguntó.
—¡Tú!—exclamóQing-jao—. ¿Mi padre, unmentiroso?
Dirigir a supadre semejante insulto era impensable. Pero siguió sinsentir ninguna necesidad de purificarse. La asustaba poder hablar contanpocorespetoyque los dioses nola rechazaran.
—¿Mentiras? —se extrañó su padre—. ¿Por qué piensas que son mentiras, hija mía? ¿Cómo sabes que los dioses no fueron la causa de que nos llegara este virus? ¿Cómo sabes que no es su voluntad dar estas ampliaciones genéticas a todoSendero?
Sus palabras la enloquecían, o quizá sentía una nueva libertad, o quizá los dioses la estaban probandopara que hablara. Sería una falta de respetoque tuvieranque reprenderla.
—¿Crees que soy tonta? —gritó Qing-jao—. ¿Crees que no sé que tu estrategia es impedir que el mundo de Sendero estalle enuna revoluciónyuna masacre? ¿Crees que no sé que sólo te preocupa impedir que muera gente?
—¿Hayalgomaloeneso? —preguntó supadre.
—¡Es mentira!
—O es el disfraz que los dioses han preparado para ocultar sus acciones. No tuviste ningún problema enaceptar comociertas las historias del Congreso. ¿Por qué nopuedes aceptar la mía?
—Porque sé lo de tuvirus, padre. Te vi cogerlo de la mano de ese desconocido. Vi a Wang-mu entrando en su vehículo. Lo vi desaparecer. Sé que ninguna de esas cosas son obra de los dioses. ¡Ella las hizo…,ese diabloque vive enlos ordenadores!
—¿Cómosabes que ella no es unode los dioses? —preguntósupadre.
Aquello fue insoportable.
—Ella fue creada —chilló Qing-jao—. ¡Por eso lo sé! Es sólo un programa de ordenador, diseñado por seres humanos, que vive enlas máquinas que fabricanlos humanos. Los dioses no están
hechos por ninguna mano. Los dioses hanvividosiempre ysiempre vivirán.
Por primera vez, Jane habló:
—Entonces tú eres undios, Qing-jao, ytambiénlo soyyo, ytodas las demás personas, humanos
oraman, del universo. Ningúndios creótualma, tuaiua interna. Eres tanvieja comocualquier dios,y
tanjoven,yvivirás el mismotiempo.
Qing-jaoaulló. Nunca había emitido unsonidoasí antes,que recordara. Le rasgó la garganta.
—Hija mía —dijosupadre,acercándose a ella, los brazos extendidos.
Ella no soportó su abrazo. No podía hacerlo porque eso significaría su victoria completa. Significaría que había sido derrotada por los enemigos de los dioses; significaría que Jane la había superado. Significaría que Wang-mu había sido una hija más fiel a Han Fei-tzu que Qing-jao. Significaría que toda la adoración a que se había sometido durante todos estos años no significaba nada. Significaría que se había equivocado al poner en marcha la destrucción de Jane. Significaría que Jane era noble y buena por haber ayudado a transformar al pueblo de Sendero. Significaría que sumadre nola estaría esperandocuando por finllegara el Oeste Infinito.
«¿Por qué no me habláis, oh, dioses? —gritó ensilencio—. ¿Por qué no me aseguráis que no os he servido en vano todos estos años? ¿Por qué me abandonáis ahora y dais triunfo a nuestros enemigos?»
Entonces le llegó la respuesta, tansimple yclaramente como si sumadre se la hubiera susurrado al oído: «estoes una prueba,Qing-jao. Los dioses te observana ver qué haces». Una prueba. Por supuesto. Los dioses estabanprobando a todos sus servidores de Sendero, para ver cuáles eranengañados ycuáles perseverabanenperfecta obediencia. «Si me estánprobando, entonces debe de haber algo apropiado para que yo lo haga. Debo hacer
lo que siempre he hecho, sólo que esta vez no debo esperar a que los dioses me instruyan. Se han cansado de indicarme cada día ycada hora enque necesito ser purificada. Es hora de que comprenda mi propia impureza sin sus instrucciones. Debo purificarme, con total perfección: entonces habré pasado la prueba ylos dioses me recibiránde nuevo.» Se arrodilló. Encontró una línea enla madera yempezóa seguirla.
No hubo ninguna sensación de liberación como respuesta, ninguna sensación de justicia; pero eso no la preocupaba, porque comprendió que formaba parte de la prueba. Si los dioses le respondían de inmediato, de la forma en que solían hacerlo, ¿cómo sería entonces una prueba de su dedicación? Donde antes había realizado su purificación bajo su constante guía, ahora debía purificarse sola. ¿Ycómo sabría si lohabía hechobien? Los dioses vendríande nuevoa ella.
Los dioses volverían a hablarle. O tal vez se la llevarían, al lugar de la Real Madre, donde la esperaba la noble HanJiang-qing.Allí tambiénencontraría a Li Qing-jao, suantepasada-del-corazón. Allí todos sus antepasados la recibirían y dirían: «Los dioses decidieron probar a todos los agraciados de Sendero. Pocos han pasado esa prueba, pero tú, Qing-jao, nos has producido un gran honor a todos. Porque tufe nunca se tambaleó. Ejecutaste tus purificaciones como ningúnotro hijo o hija las ha ejecutado antes. Los antepasados de otros hombres ymujeres sientenenvidia de nosotros. Por tuacción,ahora los dioses nos favorecensobre todos ellos».
—¿Qué estás haciendo? —preguntósupadre—. ¿Por qué sigues vetas enla madera?
Ella norespondió. Se negaba a dejarse distraer.
—La necesidad de hacer eso ha sido anulada. Lo sé: yo no siento ninguna necesidad de purificación.
«¡Ah, padre!¡Ojalá comprendieras!Pero aunque fracases enesta prueba, yo la pasaré… yasí te honraré inclusoa ti,que has abandonadotodas las cosas honorables.»
—Qing-jao —la llamó él—, sé lo que estás haciendo. Como esos padres que fuerzana sus hijos mediocres a lavarse sincesar. Estás llamando a los dioses.
«Defínelo como quieras, padre. Tus palabras no son nada para mí ahora. No te volveré a escuchar hasta que los dos estemos muertos, y me digas "hija mía, fuiste mejor y más sabia que yo; todo mi honor aquí, enla casa de la Real Madre, procede de tupureza ytudevocióndesinteresada al servicio de los dioses. Eres verdaderamente una hija noble. No tengo ninguna otra alegría más que tú."»
El mundo de Sendero consiguió su transformación pacíficamente. Aquí y allá se produjo un asesinato;aquí yallá, uno de los agraciados que se había mostrado tiránico fue expulsado de sucasa por la multitud. Pero por lo general la historia del documento fue creída, y los antiguos agraciados por los dioses recibierongrandes honores por sudigno sacrificio durante los años enque soportaron la carga de los ritos de purificación.
Con todo, el antiguo orden pasó rápidamente. Las escuelas se abrieron por igual a todos los niños. Los maestros informaron pronto de que los estudiantes conseguían logros sorprendentes: los niños más tontos superaban ahora todas las medias de los viejos tiempos. A pesar de las furiosas negativas del Congreso en lo referente a alteraciones genéticas, los científicos de Sendero por fin dirigieronsuatencióna los genes de supropio pueblo.Al estudiar los registros de lo que habíansido sus moléculas genéticas, y cómo eran ahora, los hombres y mujeres de Sendero confirmaron todo lo que decía el documento.
Lo que sucedió entonces, cuando los Cien Mundos y todas las colonias se enteraron de los crímenes del Congresocontra Sendero,Qing-jaonunca lo supo.
Todo eso era unasunto de unmundo que había dejado atrás, pues ahora se pasaba todos los días al serviciode los dioses,limpiándose,purificándose.
Se difundió la historia de que la hija loca de Han Fei-tzu, sola entre todos los agraciados, persistía en sus rituales. Al principio la ridiculizaron por ello, pues muchos de los agraciados, por simple curiosidad, habían intentado ejecutar de nuevo sus purificaciones, y habían descubierto que ahora los rituales eran vacíos y carentes de significado. Pero Qing-jao no oyó las burlas ni se preocupó por ellas. Su mente estaba completamente dedicada al servicio de los dioses, ¿qué importaba si la gente que había falladola prueba la despreciaba por seguir aspirandoal éxito?
Amedida que fueron pasando los años, muchos empezarona recordar los viejos tiempos como una época hermosa, donde los dioses hablaban a hombres y mujeres y muchos se inclinaban a su servicio. Algunos empezarona considerar que Qing-jao no era una loca, sino la única mujer fiel que quedaba entre aquellos que habíanoído la vozde los dioses. Empezó a difundirse el rumor entre los piadosos: «Enla casa de HanFei-tzuhabita el últimoagraciado».
Entonces empezarona acudir, al principio unos pocos, luego más ymás. Visitantes que querían hablar con la única mujer que todavía trabajaba en su purificación. Al principio ella hablaba con algunos: cuando terminaba de seguir las líneas de una tabla, salía al jardín y les hablaba. Pero sus palabras la confundían. Hablabande sulabor como de la purificaciónde todo el planeta. Decíanque llamaba a los dioses por el bien del pueblo de Sendero. Cuanto más hablaban, más difícil le resultaba concentrarse en lo que decían. Pronto deseaba regresar a la casa, a seguir otra línea. ¿No comprendía esta gente que se equivocaba al alabarla ahora?
—No he conseguido nada —les decía—. Los dioses continúan callados. Tengo trabajo que
hacer.
Entonces volvía a seguir vetas.
Supadre murió siendo muyanciano, conmucho honor por sus múltiples acciones, aunque nadie supo de suparticipaciónenla llegada de la Plaga de los Dioses, como se llamaba ahora. Sólo Qing­jao comprendía. Y mientras quemaba una fortuna en dinero real (ningún dinero falso de funerales serviría para supadre),le susurróloque nadie más pudooír.
—Ahora lo sabes, padre. Ahora comprendes tus errores y cómo enfureciste a los dioses. Pero no temas.Yo continuaré las purificaciones hasta que todos tus errores quedenexpiados. Entonces los dioses te recibiránconhonor.
Ella misma envejeció y el Viaje a la Casa de Han Qing-jao era ahora la más famosa peregrinaciónde Sendero. De hecho, fueronmuchos los que oyeronhablar de ella enotros mundos, y viajarona Sendero sólo para verla. Pues era biensabido que la auténtica santidad únicamente podía encontrarse enunlugar yenuna sola persona, la anciana cuya espalda estaba ahora permanentemente curvada, cuyos ojos nopodíanver más que las líneas de los suelos de la casa de supadre.
Santos discípulos, hombres ymujeres, atendíanahora la casa enlugar de sus criados. Pulíanlos suelos. Preparabansusencilla comida yla dejabandonde pudiera encontrarla ante las puertas de las habitaciones: ella comía y bebía sólo cuando terminaba una habitación. Cuando un hombre o una mujer de cualquier lugar del mundo conseguía ungranhonor, acudía a la Casa de Han
Qing-jao, se arrodillaba yseguía una línea enla madera. Así, todos los honores fuerontratados comosi fueranmeras decoraciones del honor de la santa HanQing-jao.
Por fin, apenas unas semanas después de que cumpliera los cienaños, encontrarona HanQing­jao acurrucada enel suelo de la habitaciónde supadre. Algunos dijeronque ése era el punto exacto donde supadre se sentaba siempre cuando ejecutaba sus trabajos;resultaba difícil asegurarlo, ya que todos los muebles de la casa habían sido retirados hacía tiempo. La santa mujer no estaba muerta cuando la encontraron. Permaneció postrada varios días, murmurando, murmurando, pasándose las manos por el cuerpo como si siguiera las líneas en su carne. Sus discípulos la atendían por turnos, diezcada vez,escuchándola,tratandode comprender sus murmullos,transmitiendolas palabras como mejor las comprendían. Fueronescritas enunlibro tituladoLos Susurros Divinos de HanQingjao.
Sus palabras más importantes fueronlas que pronunció al final.
—Madre —susurró—. Padre. ¿Lo he hechobien?
Yentonces,dijeronsus discípulos,sonrióymurió.
No llevaba un mes muerta cuando se tomó la decisión en todos los templos y altares de cada ciudad ypueblo yaldea de Sendero. Por finhabía una persona de tandestacada santidad que Sendero podía elegirla como protectora y guardiana del mundo. Ningún otro mundo tenía un dios así, y lo admitieronlibremente.
«Sendero está bendito por encima de todos los demás mundos —aseguraron—. Pues el dios de Senderoes Gloriosamente Brillante.»
Notas

[1] Eninglés, rogue people. La palabra rogue (pícaro, bribón) define tambiénal elefante ferozy peligroso. De ahí la asociaciónde ideas de Valentine. (N. del T.)