16 - Viaje

‹La que ellos querían era una caja con una puerta. Ninguna propulsión, ningún soporte vital, ningún espacio para carga. La vuestra y la nuestra san mucha más complicadas. No nos hemos retrasado, y pronto estarán listas.›
‹La verdad es que no me quejo. Quería que se prepara primero la nave de Ender. Es la que contiene auténtica esperanza.›
‹Para nosotros también. Estamos de acuerdo con Ender y su pueblo en que la descolada nunca debe ser asesinada aquí en Lusitania, a menos que pueda crearse de algún modo la recoloda. Pera cuando enviemos nuevas reinas a otros mundos, mataremos la descolada de la nave que las lleve, para que no haya ninguna posibilidad de contaminar nuestro nueva hogar. Para que podamos vivir sin temor a ser destruidos por ese varelse artificial.›
‹La que hagáis con vuestro nave no nos importa.›
‹Con suerte, nada de esta importará. Su nueva nave encontrará su camino al Exterior, regresará con la recalada, nos liberará a todos, y entonces la nueva nave nos enviará a tantos mundos como deseemos›
‹¿Funcionará la caja que has hecha para ellos?›
‹Sabemos que el lugar a donde se dirigen es real: nosotras traemos de allí nuestras propias esencias. Y el puente que construimos, lo que Ender llamo Jane, es una pauta como nunca hemos visto antes. Si puede hacerse, ella podrá. Nosotros nunca lo conseguimos.›
‹¿Os marcharéis si funciona la nueva nave?›
‹Crearemos reinas-hermanos que llevarán consigo mis recuerdos a otros mundos. Pero nosotros nos quedaremos aquí. Este lugor donde salí de mi crisálida es mi hogar para siempre.›
‹Entonces estás tan enroizada aquí como yo.›
‹Paro eso están las hijos. Para ir donde nosotros nunca iremos, para llevar nuestra
memoria a lugares que nunca veremos.› ‹Pero nosotros veremos. ¿No? Dijiste que la conexión filótica permanecería.› ‹Pensábamos en el viaje a través del tiempo. Vivimos mucho tiempo, nosotros los
colmenas, vosotros los árboles. Pero nuestras hijos y sus hijos nos sobrevivirán. Nada
cambia eso.›
Qing-jaolos escuchómientras le exponíanla decisión.
—¿Por qué debería importarme lo que decidáis? —dijo cuando terminaron—. Los dioses se

reiránde vosotros.
Supadre sacudió la cabeza.
—No lo harán, hija mía, Gloriosamente Brillante. Los dioses no se preocupanmás por Sendero que por cualquier otro mundo. La gente de Lusitania está a punto de crear un virus que puede liberarnos a todos. No más rituales, no más cesiónal desordende nuestros cerebros. Por eso vuelvo a preguntártelo: si es posible, ¿debemos hacerlo? Causaría desorden aquí. Wang-mu y yo hemos planeado cómo actuaremos, cómo anunciaremos lo que estamos haciendo para que el pueblo comprenda, para que haya una oportunidad de que los agraciados no sean masacrados y renuncien amablemente a sus privilegios.
—Los privilegios no sonnada —dijo Qing-jao—. Tú mismo me lo enseñaste. Sólo sonla forma que tiene el pueblode expresar sureverencia a los dioses.
—Ay, hija mía, ojalá supiera que hay más agraciados que comparten esa humilde visión de nuestra situación. Demasiados consideranque es suderecho mostrarse altaneros yopresivos, porque los dioses les hablana ellos ynoa los demás.
—Entonces los dioses los castigarán. No temoa vuestro virus.
—Perosí tienes miedo,Qing-jao,loveo.
—¿Cómo puedo decirle a mi padre que no ve lo que afirma ver? Sólo puedo decir que yo debo de estar ciega.
—Sí, mi Qing-jao, lo estás. Ciega a propósito. Ciega a tupropio corazón. Porque incluso ahora tiemblas. Nunca has estado segura de que yo me equivocara. Desde que Jane nos mostró la auténtica naturaleza de la vozde los dioses,has estadoinsegura de loque era cierto.
—Entonces estoyinsegura de que sale el sol. Estoyinsegura de la vida.
—Todos estamos inseguros de la vida, y el sol permanece en el mismo sitio, día y noche, sin subir ni caer. Somos nosotros quienes subimos ycaemos.
—Padre,notemonada de ese virus.
—Entonces nuestra decisiónestá tomada. Si los lusitanos puedentraernos el virus,lousaremos.
HanFei-tzuse levantópara marcharse.
Perola vozde Qing-jaole detuvoantes de que llegara a la puerta.
—¿Es éste el disfrazque tomará el castigo de los dioses?
—¿Qué? —preguntóél.
—Cuando castiguen a Sendero por tu iniquidad al trabajar contra los dioses que han dado su mandatoal Congreso,¿disfrazaránsucastigohaciendoque parezca unvirus que los silencia?
—Ojalá los perros me hubieran arrancado la lengua antes de haberte enseñado a pensar de esa forma.
—Los perros estánya arrancándome el corazón—le respondió Qing-jao—. Padre, te lo suplico, no hagas eso. No dejes que tu rebeldía provoque a los dioses para que permanezcan silenciosos en toda la fazde este mundo.
—Lo haré, Qing-jao, de forma que no tenganque crecer más hijos siendo esclavos como lo has hechotú. Cuando piensoentucara contra el suelo, siguiendolas vetas de la madera,quierocortar los cuerpos de quienes te obligaron a hacerlo, hasta que sea su sangre la que forme líneas, que seguiría alegremente, para saber que hansido castigados.
Ella se echóa llorar.
—Padre,te losuplico,noprovoques a los dioses.
—Más que nunca estoydecididoahora a liberar el virus,si viene.
—¿Qué puedo hacer para persuadirte? Si guardo silencio, lo harás, ysi hablo para suplicarte, lo harás contoda seguridad.
—¿Sabes cómo podrías detenerme? Podrías hablarme como si supieras que la vozde los dioses es producto de un desorden cerebral, y luego, cuando yo sepa que ves el mundo con claridad y firmeza, podrías persuadirme con buenos argumentos de que un cambio tan rápido, completo y devastador sería dañino,ocualquier otroargumento que quieras presentar.
—Entonces, para convencer a mi padre, ¿debo mentirle?
—No, mi Gloriosamente Brillante. Para persuadir a tu padre debes mostrar que comprendes la verdad.
—Comprendo la verdad —afirmó Qing-jao—. Comprendo que algún enemigo te ha arrancado de mí. Comprendo que ahora sólo me quedanlos dioses y madre, que está entre ellos. Suplico a los dioses que me dejenmorir yunirme a ella, para no tener que sufrir más el dolor que me causas, pero ellos me dejanaquí. Ami entender eso significa que quierenque siga adorándolos. Tal vez no estoy suficientemente purificada. O tal vez sabenque pronto tu corazón volverá a cambiar, yvendrás a mí como solías hacerlo, hablando honorablemente de los dioses y enseñándome a ser una verdadera servidora suya.
—Esonosucederá nunca —declaró HanFei-tzu.
—Una vez pensé que algún día podrías ser el dios de Sendero. Ahora veo que, lejos de ser el protector de este mundo,te has convertidoensumás oscuroenemigo.
Han Fei-tzu se cubrió el rostro y salió de la habitación, sollozando por su hija. Nunca podrían persuadirla mientras oyera la voz de los dioses. Pero tal vez si traían el virus, tal vez si los dioses guardabansilencio,ella loescucharía. Tal vezpodría devolverla a la razón.
Estaban sentados en la nave, que más parecía dos cuencos de metal, colocados uno sobre el otro, con una puerta en un lado. El diseño de Jane, fielmente ejecutado por la reina colmena y sus obreras, incluía muchos instrumentos en el exterior. Pero incluso rebosando de sensores no se parecía a ningúntipo de astronave vista antes. Era demasiado pequeña, yno había ningúnmedio. de propulsión visible. La única energía que podría dirigir aquella nave a alguna parte era el invisible aiua que Ender llevaba a bordo consigo.
Estabansentados formando uncírculo. Había seis asientos, porque el diseño de Jane permitía la posibilidad de que la nave fuera usada de nuevo para llevar gente de un mundo a otro. Habían ocupadolos asientos alternos,así que formabanlos vértices de untriángulo: Ender, Miro,Ela.
Atrás quedaronlas despedidas. Habíanacudido amigos yfamiliares. Sinembargo, una ausencia fue dolorosa: Novinha. La esposa de Ender, la madre de Miro yEla. No quería tomar parte en esto. Ése era el auténticodolor real de la partida.
El resto era todo miedo ynerviosismo, esperanza e incredulidad. Tal vezla muerte los esperaba al cabo de unos instantes. Tal vez las ampollas que Ela llevaba en el regazo se llenarían en unos momentos, para liberar dos mundos. Tal vez fueran los pioneros de un nuevo tipo de vuelo espacial que salvaría las especies amenazadas por el Ingenio D.M.
Tal vezno fueranmás que tres idiotas sentados enel suelo, enunprado ante la colonia humana de Lusitania, hasta que por fin hiciera tanto calor en el interior de la nave que tuvieran que salir de ella. Ninguno de los que esperaban fuera se reiría, por supuesto, pero habría carcajadas por toda la ciudad. Sería la risa de la desesperación. Eso significaría que no había escapatoria, ni libertad, sólo más ymás miedohasta que llegara la muerte conunode sus muchos disfraces posibles.
—¿Estás connosotros, Jane? —preguntóEnder.
La vozensuoídosonótranquila.
—Mientras esté haciendoesto, Ender,nopodré dedicarte ninguna atención.
—Entonces estarás connosotros,peromuda. ¿Cómosabré que estás ahí?
Ella se riósuavemente.
—Qué tonto eres, Ender. Si tú estás ahí, yo estaré dentro de ti. Y si no estoy dentro de ti, no
tendrás ningúnlugar enel que estar.
Ender se imaginó fragmentándose en un trillón de partes, dispersándose en el caos. La supervivencia personal dependía no sólo de que Jane mantuviera la pauta de la nave, sino tambiénde que él pudiera contener la pauta de sumente ysucuerpo. Pero no tenía ni idea de que sumente fuera lo bastante fuerte como para mantener la pauta cuando estuviera en el lugar donde las leyes de la naturaleza carecíande vigencia.
—¿Preparados? —preguntó Jane.
—Pregunta si estamos preparados —dijoEnder.
Miro estaba ya asintiendo. Ela inclinó la cabeza. Luego, después de un instante, se persignó, asióconfuerza la cajita conlas ampollas que tenía enel regazo,yasintiótambién.
—Si vamos y volvemos, Ela —dijo Ender—, entonces no será un fracaso, aunque no crees el virus que deseas. Si la nave funciona bien, podremos volver otra vez. No pienses que todo depende de lo que imagines hoy.
Ella sonrió.
—No me sorprenderá si fracaso, pero también estoy preparada para triunfar. Mi equipo está dispuesto para liberar cientos de bacterias enel mundo, si regreso conla recolada ypodemos anular la descolada. Será difícil, pero dentro de cincuenta años el mundo se convertirá en una gaialogía autorreguladora de nuevo. Veo ciervos yvacas enla alta hierba de Lusitania, yáguilas enel cielo. — Entonces volvió a mirar las ampollas de su regazo—. También he rezado a la Virgen, para que el mismo EspírituSantoque creóa Dios ensuvientre aliente de nuevovida enestos recipientes.
—Aména esa oración—dijoEnder—. Yahora,Jane, si tuestás lista,podemos irnos.
Fuera de la pequeña nave, los demás aguardaban. ¿Qué esperaban? ¿Que la nave empezara a echar humoysacudirse? ¿Que retumbara untrueno, que destellara unrayo?
La nave estaba allí. Estaba allí, y siguió estándolo, sin moverse, sin cambiar. De repente desapareció.
Cuando sucedió, no sintieron nada dentro de la nave. No se produjo ningún sonido ni movimiento que anunciara el paso del Inspacio al Expacio. Pero supieron al instante que algo había sucedido, porque ya noerantres,sinoseis.
Ender se encontró sentado entre dos personas, un hombre y una mujer, ambos jóvenes. Pero no tuvo tiempo de mirarlos, pues sus ojos se clavaron en el hombre sentado en lo que antes era el asiento vacíoque tenía enfrente.
—Miro —susurró.
Pues era él. Pero no Miro el lisiado, el joven minusválido que había subido a la nave con él.Ése estaba sentado en la siguiente plaza a la izquierda de Ender. Este Miro era el joven fuerte que conoció antaño. El hombre cuyo vigor era la esperanza de su familia, cuya belleza significaba el orgullo de la vida de Ouanda, cuya mente ycuyo corazónse habíanapiadado de los pequeninos hasta negarse a dejarlos sinlos beneficios que pensaba podría ofrecerles la cultura humana. Miro, entero y restaurado. ¿De dónde había salido?
—Tendría que haberlo supuesto —exclamó Ender—. Tendríamos que haberlo pensado. La
pauta de ti mismoque contienes entumente. MiroÂ… noes como eres,sinocomoeras enel pasado.
El nuevoMiro, el jovenMiro,alzóla cabeza ysonrió.
—Yo sí lo pensé —dijo, ysuhabla sonó clara yhermosa, ylas palabras salieronfácilmente de
suboca—. Lo esperaba. Le supliqué a Jane que me trajera por eso. Yse hizo realidad. Exactamente
comoesperaba.
—Peroahora sois dos —observóEla. Parecía horrorizada.
—No —respondió de nuevo Miro—. Sólo yo. Sóloel yoreal.
—Peroése sigue ahí.
—No por mucho tiempo. Ese viejo cascarónestá ahora vacío.
Yera cierto. El viejo Miro se desmoronó ensuasiento como unmuerto. Ender se arrodilló ante él, lotocó. Le palpó el cuello,buscándole el pulso.
—¿Por qué debería latir el corazón? —dijo Miro—. Yo soy el lugar donde habita el aiua de Miro.
Cuando Ender retiró los dedos de la garganta del viejo Miro, la piel se desprendió con una pequeña nube de polvo. Ender retrocedió. La cabeza cayó de los hombros yaterrizó enel regazo del cadáver. Entonces se disolvió en un líquido blanquecino. Ender se levantó de un salto. Tropezó con el pie de alguien.
—Ay-se quejó Valentine.
—Mira por dónde vas —advirtió unhombre.
«Valentine noestá enla nave —pensóEnder—. Ytambiénconozcola vozdel hombre.»
Se volvió hacia ellos, hacia el hombre yla mujer que habíanaparecido enlos asientos vacíos a sulado.
Valentine. Imposiblemente joven. Conel aspecto que tenía cuando, de adolescente, nadó junto a él enel lago de una residencia privada enla Tierra. El aspecto que tenía cuando él más la amaba yla necesitaba, cuando ella era la única razón que tenía para continuar con su entrenamiento militar, cuando era la única razónque tenía para pensar que podía valer la pena tomarse el trabajo de salvar el mundo.
—No puedes ser real —jadeó.
—Por supuestoque losoy—respondióella—. Me has pisadoel pie,¿no?
—Pobre Ender —dijo el joven—. Torpe yestúpido. No es una buena combinación.
Ahora Ender loreconoció.
—Peter —dijo.
Suhermano, suenemigo de la infancia, a la edad enla que se convirtió enHegemón. La imagen que reprodujerontodos los vids cuando Peter se las arregló para que Ender nunca pudiera regresar a
la Tierra después de sugranvictoria.
—Creía que nunca volvería a verte cara a cara —dijoEnder—. Moriste hace mucho tiempo.
—Nunca creas los rumores de mi muerte. Tengo tantas vidas como un gato. Y también tantos
dientes,tantas garras yla misma disposiciónalegre ycooperativa.
—¿De dónde venís?
Miro proporcionóla respuesta.
—Debenvenir de pautas de tumente,ya que túlos conoces.
—Sí, pero ¿por qué? Se supone que traemos nuestra autoconcepción. La pauta por la que nos conocemos a nosotros mismos.
—¿Es así, Ender? —dijo Peter—. Entonces tal vez eres realmente especial. Una personalidad tancomplicada necesita dos personas para contenerla.
—No haynada míodentro de ti —espetó Ender.
—Yserá mejor que siga así —dijo Peter, sonriendo obscenamente—. Me gustanlas mujeres, no
los viejos achacosos.
—No te quiero —declaró Ender.
—Nadie me quiso nunca. Te querían a ti. Pero me tuvieron a mí, ¿no? Me trajeron hasta aquí. ¿Crees que no conozco toda mi historia? Tú y ese libro de mentiras, el Hegemón. Tan sabio y comprensivo. Cómose ablandó Peter Wiggin. Cómo resultó ser ungobernante sabioyjusto. Qué risa. Portavoz de los Muertos, sí. Mientras lo escribías, sabías la verdad. Lavaste a título póstumo la sangre de mis manos, Ender,perotúyyo sabíamos que mientras estuve vivo,anhelé esa sangre.
—Déjaloenpaz—dijoValentine—. Dijo la verdad enel Hegemón.
—¿Todavía protegiéndolo,pequeñoángel?
—¡No! —exclamó Ender—. He acabado contigo, Peter. Estás fuera de mi vida, desapareciste hace tres mil años.
—¡Puedes correr,peronoesconderte!
—¡Ender!¡Ender,basta!¡Ender!
Se volvió. Ela estaba gritando.
—¡No sé qué está pasando aquí, pero basta! Sólo nos quedan unos cuantos minutos, ayúdame
conlas pruebas.
Tenía razón. Pasara lo que pasara con el nuevo cuerpo de Miro, con la reaparición de Peter y Valentine, lo importante era la descolada. ¿Había tenido éxito Ela al transformarla, al crear la recolada? ¿Yel virus que transformaría a la gente de Sendero? Si Miro consiguió rehacer sucuerpo, y Ender conjurar de algún modo a los fantasmas de su pasado y hacerlos nuevamente de carne y hueso, éra posible, realmente posible, que las ampollas de Ela contuvieran ahora los virus cuyas pautas había mantenido ensumente.
—Ayúdame —repitió.
Ender yMiro (el nuevo Miro, sumano fuerte ysegura) cogieronlas ampollas que les ofreció, y dieroncomienzo a la prueba. Era una prueba negativa: si las bacterias, algas ypequeños gusanos que añadíana los tubos permanecíanvarios minutos sinser afectados, entonces no había descolada enlas ampollas. Ya que contenían los virus cuando subieron a la nave, eso sería la prueba de que algo, al menos, había sucedido para neutralizarlos. Cuando regresaran, tendría que descubrir si era la recolada o sólouna descolada muerta e ineficaz.
Los gusanos, algas y bacterias no sufrieron ninguna transformación. En las pruebas realizadas anteriormente en Lusitania, la solución que contenía las bacterias pasaba de azul a amarillo en presencia de la descolada;ahora permaneció azul. EnLusitania, los pequeños gusanos habíanmuerto y flotado en la superficie, convertidos en carcasas grises, pero ahora continuaban moviéndose, conservando el color púrpura amarronado que, al menos en ellos, significaba vida. Y las algas, en vezde descomponerse ydisolverse por completo, continuabansiendo finos hilos yfilamentos llenos de vida.
—Hecho, entonces —anuncióEnder.
—Al menos, podemos albergar esperanza —dijoEla.
—Sentaos —ordenóMiro—. Si hemos acabado, ella nos llevará de regreso.
Ender se sentó. Miró al asiento que antes ocupaba Miro. Su antiguo cuerpo lisiado ya no era identificable como humano. Continuaba desmoronándose, convirtiéndose en polvo o en líquido. Inclusolas ropas se disolvían.
—Ya noforma parte de mi pauta-dijoMiro—. Ya no haynada que lo mantenga.
—¿Peroqué hayde ellos? —demandóEnder—. ¿Por qué nose disuelven?
—¿Ytú? —preguntó Peter—. ¿Por qué no te disuelves tú? Ahora no te necesita nadie. Eres un viejo carcamal que ni siquiera puede conservar a sumujer.Ynunca has tenido unhijo propio, eunuco patético. Deja tu puesto a un hombre de verdad. Nadie te ha necesitado nunca: todo lo que has realizadopodría haberlo hechoyomuchomejor,ynunca habrías igualadotodolo que yohice.
Ender se cubrió la cara con las manos. Ni en sus peores pesadillas había imaginado una situación como ésta. Sí, sabía que ibana unlugar donde sumente podría crear cosas. Pero nunca se le había ocurrido que Peter estaría todavía esperando allí. Creía haber extinguido aquel antiguo odio hacía muchotiempo.
Y Valentine…, ¿por qué iba a crear a otra Valentine? ¿Tan joven y perfecta, tan dulce y hermosa? Había una Valentine esperándolo en Lusitania. ¿Qué pensaría al ver lo que había creado con su mente? Tal vez sería halagador saber qué cerca la tenía en su corazón; pero también sabría que él guardaba suimagendel pasado, no suimagendel presente.
Los secretos más oscuros y más brillantes de su corazón quedarían revelados en cuanto se
abriera la puerta ytuviera que salir a la superficie de Lusitania.
—Disolveos —les ordenó—. Desmoronaos.
—Hazlo túprimero, viejo —rióPeter—. Tuvida está acabada, yla mía apenas está empezando.
La primera vezsólo tenía la Tierra, sólo unplaneta cansado;me resultó tanfácil como ahora lo sería
matarte conlas manos desnudas, si quisiera. Podría romperte el cuellocomouna rama seca.
—Inténtalo —susurróEnder—. Ya no soyunniñitoasustado.
—Ni eres rival para mí. Nunca lo fuiste, y nunca lo serás. Tienes demasiado corazón. Eres como Valentine. No te atreves a hacer lo necesario. Eso te convierte en blando y débil. Te vuelve fácil de destruir.
Un súbito destello de luz. ¿Qué era la muerte en el Expacio después de todo? ¿Había perdido Jane la pauta ensumente? ¿Ibana explotar,ocaíana unsol?
No. Era la puerta al abrirse. Era la luzde la mañana lusitana, entrando enla relativa oscuridad del interior de la nave.
—¿Vais a salir?.—gritóGrego. Asomóla cabeza—. ¿Vais…?
Entonces los vio. Ender advirtió que contaba ensilencio.
—Nossa Senhora —susurróGrego—. ¿De dónde demonios hansalido?
—De la mente completamente jodida de Ender —respondióPeter.
—De recuerdos antiguos ytiernos —añadió la nueva Valentine.
—Ayúdame conlos virus —pidióEla.
Ender extendió las manos, pero ella se los entregó a Miro. No explicó nada, pero él comprendió. Lo que había sucedido enel Exterior era demasiado extraño para que pudiera aceptarlo. Fueran lo que fuesen Peter y esta nueva Valentine, no deberían existir. La creación de Miro de un nuevo cuerpo para sí tenía sentido, aunque fuera terrible ver cómo el viejo cuerpo se disolvía. La concentración de Ela fue tan pura que no había creado nada aparte de las ampollas que había traído para ese propósito. Pero Ender había convocado a dos personas completas, ambas molestas a su propio modo: la nueva Valentine porque era una ridícula parodia de la real, que seguramente esperaba ante la puerta. YPeter conseguía ser odioso aunque todas sus burlas conteníanuntono que resultaba a la vezpeligrosoysugestivo.
—Jane —susurróEnder—. Jane, ¿estás conmigo?
—Sí.
—¿Has vistotodoesto?
—Sí.
—¿Locomprendes?
—Estoy muy cansada. Nunca he estado cansada antes. Nunca he hecho algo tan difícil. Requirió… toda mi atencióna la vez. Ydos cuerpos más, Ender. Obligarme a que los introdujera en
la pauta así…,nosé cómoloconseguí.
—No pretendía hacerlo.
Peroella no respondió.
—¿Venís o qué? —preguntóPeter—. Los otros hansalidoya. Contodas esas muestras de orina.
—Ender, tengomiedo —dijola jovenValentine—. Nosé qué debo hacer ahora.
—Ni yo —respondió Ender—. Dios me perdone si esto te hace daño. Nunca te habría hecho
volver para herirte.
—Losé.
—No —dijo Peter—. El dulce yviejo Ender saca de sucerebro a una jovennúbil que se parece
a suhermana adolescente. Mmmm,mmm,Ender,amigo mío, ¿no haylímite a tuperversión?
—Sólouna mente enferma pensaría una cosa así —mascullóEnder.
Peter se echóa reír.
Ender cogió a la joven Val de la mano y la condujo hacia la puerta. Pudo sentir que su mano sudaba y temblaba. Ella parecía tan real… Era real. Y allí mismo, en cuanto llegó a la puerta, descubrió a la Valentine de verdad, madura y casi una anciana, aunque todavía la mujer hermosa y graciosa que había conocido y amado durante todos estos años. Ésa es mi auténtica hermana, la que amocomoa mi segundoyo. ¿Qué hacía esta jovenenmi mente?
Estaba claro que Grego y Ela habían dicho lo suficiente para que la gente supiera que algo extraño había sucedido. Cuando Miro salió de la nave, robusto y vigoroso, hablando con claridad y tanexuberante que parecía a punto de ponerse a cantar,provocóunmurmullode agitación.
Unmilagro. Había milagros ahí fuera,dondequiera que hubiera idola nave.
Sinembargo, la apariciónde Ender sembró el silencio. Pocos habríansabido, al mirarla, que la muchacha que le acompañaba era Valentine en su juventud: sólo Valentine sabía quién era. Ynadie más que Valentine reconocería a Peter Wigginensuvigorosa juventud: las imágenes de los textos de historia eran normalmente holos tomados enla madurez de suvida, cuando las holografías baratas y permanentes empezabana difundirse.
Pero Valentine los reconoció. Ender se quedó ante la puerta, conla jovenVal a sulado yPeter detrás, y Valentine los reconoció a ambos. Avanzó un paso, apartándose de Jakt, hasta encontrarse cara a cara conEnder.
—Ender-dijo—. Dulce chiquillo atormentado, ¿esto es lo que creas cuando vas a unsitio donde puedes hacer todo lo que quieras? —extendió la mano y tocó a la joven copia de sí misma en la mejilla—. Tan hermosa. Nunca he sido tan hermosa, Ender. Es perfecta. Es todo lo que quise ser peronunca fui.
—¿No te alegras de verme, Val, mi querida Demóstenes? —Peter se abrió paso entre Ender yla jovenVal—. ¿No tienes tambiéndulces recuerdos míos? ¿No soymás hermoso de lo que recuerdas? Yo sí que me alegro de verte. Te ha ido muybienconel personaje que creé para ti. Demóstenes. Yo te creé, peronunca me has dadolas gracias.
—Gracias,Peter —susurróValentine. Miró de nuevo a la jovenVal—. ¿Qué harás conellos?
—¿Hacer connosotros? —dijo Peter—. No somos suyos para que pueda hacer nada. Puede que me haya traídode vuelta, peroahora soymi propiodueño,comosiempre.
Valentine se volvió hacia la multitud, todavía sorprendida por la extrañeza de los hechos. Después de todo, habían visto que tres personas subían a la nave, la habían visto desaparecer, y luego reaparecer en el mismo punto apenas siete minutos después… y en vez de salir tres personas, había cinco,dos de ellas desconocidas. No era de extrañar que se hubieranquedado boquiabiertos.
Perohoyno había respuestas para nadie. Exceptopara la pregunta más importante de todas.
—¿Ha llevado Ela las ampollas al laboratorio? —preguntó Valentine—. Vámonos de aquí y veamos qué ha creadoEla para nosotros enel Expacio.