1 - La partida

moverte del lugar donde est√°s?¬õ
¬čY respondiste¬Ö¬õ
¬čLe dije que soy m√°s libre que √©l. La incapacidad de moverme me libera de la
obligación de actuar.›
¬čLos que habl√°is lenguas sois unos mentirosos.¬õ
Han Fei-tzu estaba sentado en la posición del loto sobre el desnudo suelo de madera junto al lecho del dolor de su esposa. Un momento antes, tal vez estuviera dormida; no estaba seguro. Pero ahora era consciente del ligero cambio en la respiración de ella, un cambio tan sutil como el viento tras el pasode una mariposa.
Jiang-ging, por su parte, tambi√©n debi√≥ de detectar alg√ļn cambio en √©l, pues no hab√≠a hablado antes ylo hizo ahora. Suvozson√≥ muybaja, pero HanFei-tzula oy√≥ claramente, pues la casa estaba ensilencio. Hab√≠a pedido quietud a sus amigos ysirvientes durante el ocaso de la vida de Jiang-ging. Ya habr√≠a tiempo de sobra para ruidos descuidados durante la larga noche por venir, cuando no salieranpalabras susurradas de los labios de ella.
—Todavía nohe muerto —dijoJiang-ging.
Lo hab√≠a saludado con estas palabras cada vez que despertaba durante los √ļltimos d√≠as. Al principiolas palabras le parecieronquejumbrosas o ir√≥nicas a HanFei-tzu, peroahora sab√≠a que ella hablaba condecepci√≥n. Ahora ansiaba la muerte, no porque no amara la vida, sino porque la muerte era inevitable, ylo que nadie puede impedir debe aceptarse. √Čse era el Sendero. Jiang-gingnunca se hab√≠a apartadodel Senderoni unsolopasoentoda suvida.
¬óEntonces los dioses sonamables conmigo ¬ódijoHanFei-tzu.
¬óContigo ¬ósusurr√≥ella¬ó. ¬ŅEnqu√© estamos pensando?
Era su forma de pedirle que compartiera con ella sus pensamientos privados. Cuando otras personas lo hacían, él se sentía espiado. Pero Jiang-ginglo pedía sólo para poder pensar tambiénlo
mismo: formaba parte del hechode haberse convertidoenuna sola alma.
—Estamos pensandoenla naturaleza del deseo —respondióHanFei-tzu.
¬ó¬ŅEl deseode qui√©n? ¬ópregunt√≥ella¬ó. ¬ŅYhacia qu√©?
¬ęMi deseo de que tus huesos sanen y recuperen sus fuerzas, para que no se rompan a la m√°s m√≠nima presi√≥n. Para que puedas ponerte de nuevo en pie, o levantar siquiera un brazo sin que tus propios m√ļsculos arranquentrozos de hueso o haganque el hueso se rompa bajo la tensi√≥n. Para no tener que ver c√≥mo te marchitas hasta pesar s√≥lo dieciocho kilos. Nunca supe lo perfecta que era nuestra felicidad hasta que me enter√© de que ya nopodr√≠amos estar juntos.¬Ľ
—Mi deseo —respondióél—. Hacia ti.
¬ó¬ęS√≥lose desea lo que nose tiene.¬Ľ¬ŅQui√©ndijoeso?
¬óT√ļ ¬ódijoHanFei-tzu¬ó. Algunos dicen¬ęloque nopuedes tener¬Ľ.
Otros dicen ¬ęlo que no deber√≠as tener¬Ľ. Yo digo: ¬ęS√≥lo puedes desear verdaderamente lo que
desear√°s siempre¬Ľ.
¬óMe tienes para siempre.
¬óTe perder√© esta noche. Oma√Īana. Ola semana que viene.
—Pensemos enla naturaleza del deseo —instóJiang-ging.
Comoantes,usaba la filosofía para sacarlode suamarga melancolía.
√Čl se resisti√≥,peros√≥loa medias.
—Eres una gobernante dura —se quejó Han Fei-tzu—. Como tu antepasada-del-corazón, no
haces ninguna concesióna la fragilidadde los demás.
Jiang-gingllevaba el nombre de una líder revolucionaria del pasado remoto que intentó guiar al pueblo a unnuevo Sendero, pero fue derrocada por cobardes de corazóndébil. HanFei-tzupensaba que no estaba bienque suesposa muriera antes que él: suantepasada-del-corazónhabía sobrevivido a su esposo. Además, las esposas deberían vivir más que los maridos. Las mujeres eran más completas interiormente. Tambiéneranmejores para vivir consus hijos. Nunca estabantansolitarias comounhombre solo. Jiang-gingno quiso dejarle que volviera a sus meditaciones.
¬óCuando la esposa de unhombre ha muerto,¬Ņqu√© ans√≠a √©l?
Conrebeldía, HanFei-tzuofrecióla respuesta más falsa a supregunta.
¬óAcostarse conella.
—El deseodel cuerpo —murmuróJiang-ging.
Ya que ella estaba decidida a mantener esta conversación, Han Fei-tzu recitó la retahíla en su lugar.
¬óEl deseo del cuerpo es actuar. Incluye todas las caricias, casuales e √≠ntimas, y todos los movimientos habituales. As√≠, ve un movimiento por el rabillo del ojo ycree haber visto a su esposa muerta cruzando el umbral, yno se queda tranquilo hasta haberse acercado a la puerta yvisto que no era su esposa. Despierta de un sue√Īo en el que ha o√≠do su voz y se descubre respondi√©ndole en voz alta,comosi ella pudiera o√≠rlo.
¬ó¬ŅQu√© m√°s? ¬ópregunt√≥Jiang-ging.
—Estoy cansado de filosofía —protestó Han Fei-tzu—. Tal vez los griegos encontraban consueloenella,peroyono.
—El deseodel espíritu—insistióJiang-ging.
¬óComo el esp√≠ritu pertenece a la tierra, es esa parte la que obtiene nuevas cosas de las cosas viejas. El marido ans√≠a todas las cosas inacabadas que su esposa y √©l hac√≠an cuando ella muri√≥, y todos los sue√Īos sinempezar de lo que podr√≠anhaber hecho si ella hubiera vivido.As√≠, unhombre se enfada consus hijos por ser demasiado parecidos a √©l y no parecerse suficiente a su esposa muerta. As√≠, un hombre odia la casa en la que vivieron juntos, porque no la cambia, y est√° as√≠ tan muerta comosuesposa,o s√≠ la cambia,yentonces ya no es la mitadque ella cre√≥.
¬óNo tienes que enfadarte connuestra peque√Īa Qing-jao ¬óconmin√≥Jiang-ging.
¬ó¬ŅPor qu√©? ¬ópregunt√≥ HanFei-tzu¬ó. ¬ŅTe quedar√°s, entonces, yme ayudar√°s a ense√Īarle a ser una mujer? Yo s√≥lo puedo ense√Īarle a ser como yo soy, fr√≠o y duro, tosco y fuerte, como la obsidiana. Si acaba siendo as√≠,aunque se parezca tanto a ti,¬Ņc√≥mopodr√© noenfurecerme?
¬óPorque tambi√©npuedes ense√Īarle todo loque yosoy¬óreplic√≥ Jiang-ging.
—Si tuviera dentro de mí alguna parte de ti, no habría necesitado casarme contigo para ser una persona completa —objetó Han Feitzu. Ahora la provocaba usando la filosofía para apartar la
conversaci√≥ndel dolor¬ó. √Čse es el deseodel alma. Comoel alma est√° hecha de luzyvive enel aire, es esa parte la que concibe yconserva las ideas, sobre todo la idea del yo. El marido echa de menos su yo completo, que estaba compuesto del marido y la mujer juntos. As√≠, nunca cree ninguno de sus propios pensamientos, porque siempre hay una cuesti√≥n en su mente a la que s√≥lo los pensamientos de la esposa sonla √ļnica respuesta posible. As√≠, el mundo entero le parece muerto porque no puede confiar que nada conserve susignificadoantes de la arremetida de esta cuesti√≥nirrespondible.
—Muyprofundo —comentóJiang-ging.
¬óSi fuera japon√©s,cometer√≠a seppukuyvertir√≠a mis entra√Īas enla jarra de tus cenizas.
¬óMuysucioydesagradable ¬ódijoella.
¬óEntonces deber√≠a ser unantiguohind√ļyquemarme enla pira.
Peroella ya estaba cansada de bromas.
—Qing-jao —susurró.
Le estaba recordando que no pod√≠a hacer algo tanextravagante como morir por ella. Hab√≠a que cuidar de la peque√Īa Qing-jao. Por eso,HanFei-tzule respondi√≥ enserio.
¬ó¬ŅC√≥mopuedo ense√Īarle a ser loque t√ļeres?
¬óTodo lo que hay de bueno en m√≠ viene del Sendero ¬ódijo Jiang-ging¬ó. Si le ense√Īas a
obedecer a los dioses, honrar a los antepasados, amar a las personas y servir a los gobernantes,
estar√© enella tanto como t√ļ.
¬óLe ense√Īar√© el Senderocomoparte de m√≠ mismo ¬óasegur√≥HanFei-tzu.
—No —dijo Jiang-ging—. El Sendero no es una parte natural de ti, esposo mío. Aunque los
dioses te hablancada día, insistes en creer en un mundo donde todo puede ser explicado por causas
naturales.
¬óObedezcoa los dioses.
Han Fei-tzu pensó amargamente que no tenía más remedio: incluso retrasar la obediencia
representaba una tortura.
¬óPeronolos conoces. Noamas sus obras.
—El Sendero es amar a las personas. Alos dioses sólolos obedecemos.
¬ę¬ŅC√≥mopuedoamar a unos dioses que me humillanyatormentana cada oportunidad?¬Ľ
Amamos a las personas porque soncriaturas de los dioses.
¬óNo me vengas consermones.
Ella suspiró.
Sutristeza pic√≥a HanFei-tzucomouna ara√Īa.
—Ojalá me sermonearas eternamente —suspiró.
¬óTe casaste conmigo porque sab√≠as que amaba a los dioses, yque t√ļ carec√≠as de ese amor por ellos. De ese modo te complet√©.
¬ŅC√≥mo pod√≠a discutir con ella cuando sab√≠a que incluso ahora odiaba a los dioses por todo lo que le hab√≠anhecho,todoloque le hab√≠anobligadoa hacer,todoloque le hab√≠anrobadoensuvida?
—Prométemelo —insistióJiang-ging.
√Čl sab√≠a lo que significaba esa palabra. Ella sent√≠a la muerte rond√°ndole: le depositaba la carga de suvida. Una carga que √©l llevar√≠a conmucho gusto. Era perder sucompa√Ī√≠a enel Sendero lo que hab√≠a temidosiempre.
¬óProm√©teme que ense√Īar√°s a Qing-jao a amar a los dioses y a seguir siempre el Sendero. Prom√©teme que har√°s que sea tantomi hija comola tuya.
¬ó¬ŅAunque nunca oiga la vozde los dioses?
—El Sendero es para todos,nosólopara los agraciados.
¬ęTal vez ¬ópens√≥ HanFei-tzu¬ó, pero a los agraciados por los dioses les resultaba mucho m√°s f√°cil seguir el Sendero, porque para ellos el precio por desviarse era terrible. Las personas comunes eran libres: pod√≠an dejar el Sendero y no sentir el dolor durante a√Īos. Los agraciados no pod√≠an dejar el Senderoni una sola hora.¬Ľ
—Prométemelo.
¬ęLohar√©. Loprometo.¬Ľ
Pero no pudo pronunciar las palabras en voz alta. No sabía por qué, pero su resistencia era profunda.
Enel silencio, mientras ella esperaba sujuramento, oyeronel sonido de pies que corríansobre la grava ante la puerta de la casa. Sólo podía ser Qing-jao, que regresaba del jardín de SunCao-pi. Sólo a Qing-jao se le permitía correr y hacer ruido durante esta hora de silencio. Esperaron, sabiendoque acudiría directamente a la habitaciónde sumadre.
La puerta se abrió, deslizándose casi sin ruido. Incluso Qing-jao había comprendido lo suficiente la causa del silencio para caminar con cuidado cuando se hallaba en presencia de su madre. Aunque avanzaba de puntillas, apenas podía evitar bailar, casi galopar sobre el suelo. Pero no pasó los brazos alrededor del cuello de su madre, recordaba la lección aunque la terrible magulladura se había borrado de su cara: el ansioso abrazo de Qing-jao le había roto la mandíbula hacía tres meses.
—He contadoveintitrés carpas blancas enel arroyodel jardín—declaróQing-jao.
¬ó¬ŅTantas? ¬ópregunt√≥Jiang-ging.
—Creo que se estaban mostrando ante mí para que pudiera contarlas. Ninguna quería quedarse fuera.
—Te quiero —susurró Jiang-ging.
Han Fei-tzu oyó un nuevo sonido en la voz jadeante: un estallido, como burbujas rompiéndose
consus palabras.
¬ó¬ŅCrees que ver tantas carpas significa que ser√© una agraciada? ¬ópregunt√≥Qing-jao.
—Le pediré a los dioses que te hablen—aseguróJiang-ging.
De repente, la respiración de Jiang-ging se volvió rápida y entrecortada. Han Fei-tzu se arrodilló inmediatamente y miró a su esposa. Tenía los ojos muy abiertos, asustados. Había llegado el momento.
Sus labios se movieron. ¬ęProm√©temelo¬Ľ, articul√≥, aunque no pudo emitir m√°s sonido que un jadeo.
¬óLoprometo ¬ódijo HanFei-tzu.
Entonces la respiraciónse detuvo.
¬ó¬ŅQu√© dicenlos dioses cuandote hablan? ¬ópregunt√≥ Qing-jao.
¬óTumadre est√° muycansada ¬ódijoHanFei-tzu¬ó. Ahora debes irte.
¬óPeronome ha respondido. ¬ŅQu√© dicenlos dioses?
—Cuentansecretos —respondióHanFei-tzu—. Nadie que los oiga debe repetirlos.
Qing-jaoasintió sabiamente. Diounpasoatrás,comopara marcharse,perose detuvo.
¬ó¬ŅPuedobesarte, madre?
—Suavemente,enla mejilla-advirtióHanFei-tzu.
Qing-jao, peque√Īa para sus cuatro a√Īos, no tuvo que agacharse mucho para besar la mejilla de
sumadre.
¬óTe quiero,madre.
¬óAhora ser√° mejor que te vayas,Qing-jao ¬ódijoHanFei-tzu.
—Peromadre noha dichoque tambiénme quiere.
¬óLohizo. Lodijoantes. ¬ŅRecuerdas? Pero est√° muyd√©bil ycansada. Vete ahora.
Puso suficiente dureza en su voz para que Qing-jao se marchara sin hacer m√°s preguntas. S√≥lo cuando se hubo ido se permiti√≥ Han Fei-tzu preocuparse por ella. Se arrodill√≥ sobre el cuerpo de Jiang-qing y trat√≥ de imaginar lo que le estaba sucediendo ahora. Su alma hab√≠a volado y ahora estaba ya en el cielo. Su esp√≠ritu se retrasar√≠a mucho m√°s; tal vez habitar√≠a en esta casa, como si hubiera sido en efecto un lugar de felicidad para ella. La gente supersticiosa cre√≠a que todos los esp√≠ritus de los muertos eran peligrosos, y colocaba signos y conjuros para alejarlos. Pero los que segu√≠an el Sendero sab√≠an que el esp√≠ritu de una buena persona no era nunca da√Īino o destructivo, pues la bondad de suvida proced√≠a del amor del esp√≠ritupara hacer cosas. El esp√≠ritude Jiang-ging ser√≠a una bendici√≥nenla casa durante muchos a√Īos,si decid√≠a quedarse.
Sin embargo, mientras intentaba imaginar su alma y su esp√≠ritu, seg√ļn las ense√Īanzas del Sendero, hab√≠a ensucoraz√≥nunlugar fr√≠o convencido de que todo lo que quedaba de Jiang-gingera aquel cuerpo fr√°gil y reseco. Esta noche arder√≠a con la rapidez del papel, y entonces ella dejar√≠a de existir,exceptoenlos recuerdos de sucoraz√≥n.
Jiang-gingtenía razón. Sinella para completar sualma, él ya dudaba de los dioses.Ylos dioses se habíandado cuenta, lo hacíansiempre. De inmediato sintió la insoportable urgencia de ejecutar el ritual de la limpieza, hasta que pudiera deshacerse de sus indignos pensamientos. Ni siquiera ahora lo dejarían sin castigo. Incluso ahora, con su esposa muerta delante, los dioses insistían en que los obedeciera antes de poder derramar una sola lágrima de pesar por ella.
Al principio pensó en retrasarse, posponer la obediencia. Se había adiestrado para poder posponer el ritual incluso un día entero, mientras escondía todos los signos externos de su tormento interior. Podría hacerlo ahora, pero sólo si mantenía sucorazóncompletamente helado. Qué absurdo. El verdadero dolor llegaría cuando hubiera satisfecho a los dioses. Así, tras arrodillarse allí mismo, diocomienzoal ritual.
Todavía estaba retorciéndose y girando con el ritual cuando se asomó un sirviente. Aunque el sirviente no dijo nada, Han Fei-tzu oyó el suave deslizar de la puerta ysupo lo que pensaría: Jiang­qinghabía muerto yHanFei-tzuera tanrecto que estaba comulgando conlos dioses antes de anunciar su muerte a la servidumbre. Sin duda, algunos incluso supondrían que los dioses habían venido a llevarse a Jiang-ging, pues era conocida por suextraordinaria santidad. Nadie supondría que, aunque Han Fei-tzu estaba orando, su corazón estaba lleno de amargura porque los dioses se atrevían a exigirle estoincluso ahora.
¬ęOh, dioses ¬ópens√≥¬ó, si supiera que cort√°ndome un brazo o arranc√°ndome el h√≠gado podr√≠a deshacerme de vosotros para siempre, agarrar√≠a el cuchillo y saborear√≠a el dolor y la p√©rdida, todo por la libertad.¬Ľ
También ese pensamiento era indigno, y requería más limpieza. Pasaron horas antes de que los dioses lo liberaran por fin, y para entonces estaba demasiado cansado, demasiado mareado para sentir pesar. Se levantó yconvocó a las mujeres para que prepararanel cuerpo de Jiang-gingpara la cremación.
Amedianoche, fue el √ļltimo enacercarse a la pira, llevando enbrazos a Qing-jao, adormilada.
La ni√Īa sujetaba en la mano los tres papeles que hab√≠a escrito para su madre con sus garabatosinfantiles. ¬ęPez¬Ľ, hab√≠a escrito, y ¬ęlibro¬Ľ y ¬ęsecretos¬Ľ. √Čsas eran las cosas que Qing-jao daba a su madre para que se las llevara al cielo. HanFei-tzuhab√≠a intentado comprender los pensamientos que hab√≠anpasadopor la cabeza de Qing-jao cuandoescribi√≥aquellas palabras. ¬ęPez¬Ľ por las carpas del arroyo del jard√≠n, sinduda.Y¬ęlibro¬Ľ¬Ö era bastante f√°cil de comprender, porque leer envozalta era una de las √ļltimas cosas que Jiang-ging pod√≠a hacer con su hija. ¬ŅPero por qu√© ¬ęsecretos¬Ľ? ¬ŅQu√© secretos ten√≠a Qing-jao para su madre? No pod√≠a preguntarlo. No se discuten las ofrendas a los muertos.
Han Fei-tzu deposit√≥ a Qing-jao en el suelo. La ni√Īa no estaba profundamente dormida, y por eso se despert√≥ inmediatamente y permaneci√≥ all√≠ de pie, parpadeando lentamente. Han Fei-tzu le susurr√≥ unas palabras y ella enroll√≥ los papeles y los meti√≥ dentro de la manga de su madre. No pareci√≥ importarle tocar la fr√≠a carne de la difunta: era demasiado joven para haber aprendido a estremecerse ante el contactoconla muerte.
Tampoco a Han Fei-tzu le import√≥ el contacto con la carne de su esposa cuando meti√≥ sus tres papeles en la otra manga. ¬ŅQu√© hab√≠a ya que temer de la muerte, cuando ya hab√≠a hecho lo peor que pod√≠a hacer?
Nadie sab√≠a lo que hab√≠a escrito en sus papeles, o se habr√≠an horrorizado, pues hab√≠a escrito ¬ęMi cuerpo¬Ľ, ¬ęMi esp√≠ritu¬Ľ y¬ęMi alma¬Ľ. Era como si se quemara a s√≠ mismo enla pira funeraria de Jiang-ging, yse enviara conella hacia dondequiera que se dirigiese.
Entonces,la doncella secreta de Jiang-ging,Mu-pao,acerc√≥la antorcha a la madera sagrada yla pira empez√≥ a arder. El calor del fuego resultaba doloroso, de manera que Qing-jao se escondi√≥ tras su padre, asom√°ndose s√≥lo de vez en cuando para ver a su madre partir hacia su viaje interminable. Sinembargo, HanFei-tzuagradeci√≥ el calor seco que le abrasaba la piel yvolv√≠a quebradiza la seda de su t√ļnica. El cuerpo de Jiang-ging no estaba tan seco como parec√≠a: mucho despu√©s de que los papeles se arrugaran para convertirse en cenizas y revolotearan hacia arriba con el humo del fuego, su cuerpo todav√≠a ard√≠a, y el denso incienso que se consum√≠a alrededor de la hoguera no lograba disimular el olor a carne quemada. ¬ęEsto es lo que estamos quemando aqu√≠: carne, peces, carro√Īa, nada. No es mi Jiang-ging. S√≥lo el disfrazque llevaba enesta vida. Lo que convirti√≥ ese cuerpo enla mujer que am√© est√° todav√≠a vivo, debe estar vivo todav√≠a.¬ĽYpor unmomento pens√≥ que pod√≠a ver, u o√≠r,ode alg√ļnmodosentir el pasode Jiang-ging.
¬ęEnel aire,enla tierra,enel fuego. Estoycontigo.¬Ľ