18 - La reina colmena


La evolución no le dio a su madre canal para dar a luz, ni pechos. Por tanto, la pequeña criatura que un día se llamaría Humano no tuvo otro medio para salir delvientre que sus propios dientes. Él y sus hermanos devoraron el cuerpo de su madre. Como Humano era el más fuerte y vigoroso, comió más, y se hizo aún más fuerte. Humano vivió en completa oscuridad. Cuando su madre se acabó, no le quedó otra cosa que comer sino el dulce líquido que fluía en la superficie de su mundo. No sabia aún que la superficie vertical era el interior de un gran árbol hueco, y que el líquido que comía era la savia del árbol. No sabía tampoco que las criaturas cálidas, más grandes que él, eran cerdis mayores, casi dispuestos para abandonar la oscuridad del árbol, y que las criaturas más pequeñas eran cerdis más jóvenes, nacidos después de él. Todo lo que realmente le importaba era comer, moverse, ver la luz. De vez en cuando, con frecuencias que no podía comprender, una luz repentina inundaba la oscuridad. Empezaba siempre con un sonido cuya fuente no podía entender. Luego el árbol tiritaba un poco, dejaba de fluir la savia y toda la energía del árbol se concentraba en cambiar la forma del tronco y hacer una apertura que dejara entrar la luz. Cuando aparecía la luz, Humano se movía hacia ella. Cuando la luz desaparecía, Humano perdía el sentido de la dirección y vagaba errante en busca de líquido que comer.
Hasta que un día, cuando casi todas las demás criaturas eran más pequeñas que él, llegó la luz y él fue tan fuerte y rápido que alcanzó la apertura antes de que se cerrara. Arqueó su cuerpo sobre la curva de la madera del árbol y, por primera vez, sintió la rugosidad de la corteza exterior bajo su suave vientre. Apenas advirtió este nuevo dolor, porque la luz le deslumbraba. No estaba sólo en un lugar, sino en todas partes, y no era gris, sino de vivas tonalidades amarillas y verdes. Su éxtasis duró muchos segundos. Entonces volvió a sentir hambre y aquí, en el exterior del árbol, la savia sólo fluía en las fisuras de la corteza, donde era difícil de alcanzar, y todas las criaturas que había eran más grandes que él, así que no las podía apartar para abrirse camino, sino que eran ellas quienes le hacían a un lado y le alejaban de los sitios donde era fácil comer. Esto era algo nuevo, un mundo nuevo, una vida nueva, y tuvo miedo.
Más tarde, cuando aprendió el lenguaje, recordaría el viaje de la oscuridad a la luz, y lo llamaría el tránsito de la primera vida a la segunda, de la vida de oscuridad a la vida de la media luz.
Portavoz de los Muertos.La Vida de Humano, 1:1—5.
Miro decidió irse de Lusitania, tomar la nave del Portavoz y marcharse a Trondheim después de todo. Tal vez durante su juicio pudiera persuadir a los Cien Mundos de no ir a la guerra contra Lusitania. En el peor de los casos podría convertirse en un mártir, sacudir el corazón de la gente, ser recordado, contar para algo. Lo que le pasara sería mejor que quedarse aquí.
Se recuperó rápidamente durante los primeros días. Ganó control y sensación en los brazos y en las piernas. Lo suficiente para dar algunos pasos vacilantes, como un viejo. Lo suficiente para mover brazos y piernas. Lo suficiente para acabar con la humillación de que su madre tuviera que lavarle. Pero luego sus progresos se detuvieron.
— Ya está — dijo Navio —. Hemos alcanzado el nivel de daño permanente. Tienes suerte, Miro, puedes andar, puedes hablar, eres un hombre completo. No estás más limitado que, digamos, un hombre sano que tenga cien años. Preferiría decirte que tu cuerpo volverá a ser como antes de escalar la verja, que tendrás el vigor y el control de un hombre de veinte años. Pero me alegro de no tener que decirte que tendrás que permanecer postrado toda la vida, lleno de sondas y pañales, incapaz de hacer nada más que escuchar música suave y preguntarte dónde ha ido a parar tu cuerpo.
«Así que estoy agradecido — pensó Miro —. Mientras mis dedos se conviertan en muñones inservibles, y oiga mi propia voz pastosa e ininteligible, incapaz de modular adecuadamente, me alegraré de ser como un hombre de cien años, de que pueda esperar ansiosamente vivir otros ochenta años como centenario.»
En cuanto estuvo claro que no necesitaba atención constante, la familia se dispersó y volvió a sus negocios. Vivían una época demasiado excitante
para que se quedaran en casa con su hermano, hijo o amigo impedido. Él lo comprendía perfectamente. No quería que se quedaran con él. Quería ir con ellos. Su trabajo no había terminado. Ahora, por fin, todas las verjas, todas las reglas habían desaparecido. Ahora podía formular a los cerdis todas las preguntas que le habían dejado perplejo durante tanto tiempo.
Al principio, intentó trabajar a través de Ouanda. Ella iba a verle cada mañana y cada tarde yhacía sus informes en el terminal de la casa de los Ribeira. Él leía sus informes, le preguntaba, escuchaba sus historias. Y ella memorizaba seriamente todas las preguntas que él quería que les hiciera a los cerdis. Después de unos pocos días, sin embargo, él advirtió que por la tarde ella tenía las respuestas a las preguntas de Miro. Pero no había continuación, ninguna exploración del significado. La atención real de ella estaba centrada en su propio trabajo. Y Miro dejó de encargarle preguntas. Se quedaba tumbado y le decía que estaba más interesado en lo que ella hacía, que sus exploraciones eran las más importantes.
La verdad era que odiaba ver a Ouanda. Para él, la revelación de que ella era su hermana fue dolorosa, terrible, pero sabía que si la decisión fuera sólo suya, no tendría en cuenta el tabú del incesto y se casaría con ella y viviría en el bosque con los cerdis si hiciera falta. Ouanda, sin embargo, era creyente. No podría violar la única ley humana universal. Sintió pena cuando descubrió que Miro era su hermano, pero inmediatamente después empezó a separarse de él, a olvidar los contactos, los besos, los susurros, las promesas, las peleas, las risas...
Sería preferible que él también olvidara. Pero no podía. Cada vez que la veía, le dolía comprobar lo reservada que era, lo amable y cortés que se había vuelto. Él era su hermano, estaba impedido, luego sería buena con él. Pero el amor había desaparecido.
Sin caridad ninguna, comparaba a Ouanda con su propia madre, que había querido a su amante a pesar de todas las barreras que había entre ellos. Pero el amante de Madre era un hombre completo, capaz, no aquella carcasa inútil a que él estaba reducido.
Así que Miro se quedó en casa y estudió los informes de trabajo de todos los demás. Era una tortura saber lo que hacían sin que él pudiera tomar parte, pero era mejor que no hacer nada o que limitarse a mirar los tediosos vids en el terminal o a escuchar música. Podía teclear, lentamente, haciendo que el más rígido de sus dedos, el índice, tocara una por una las teclas. No era lo bastante rápido para introducir ningún dato importante, o para escribir notas, pero podía llamar a los ficheros públicos de otras personas y leer lo que hacían. Podía mantener alguna conexión con la labor vital que de repente, al abrir la verja, había surgido en Lusitania.
Ouanda estaba trabajando con los cerdis en un léxico de los lenguajes de los machos y las hembras, completado con un sistema de deletreo fonológico para que pudieran escribirlo. Quim la ayudaba, pero Miro sabía que éste tenía su propio objetivo:
intentaba ser misionero ante los cerdis de las otras tribus para llevarles el Evangelio antes de que conocieran a la Reina Colmena y el Hegemón; pretendía traducir al menos parte de las escrituras y hablarles a los cerdis en su propio idioma. Todo este trabajo con el lenguaje y la cultura cerdi era muy bueno, muy importante, se trataba de conservar el pasado, de prepararse para comunicar con las otras tribus —, pero Miro sabía que eso podía hacerse fácilmente con los eruditos de Dom Cristão, que ahora se presentaban con sus hábitos de monje y tranquilamente preguntaban a los cerdis y respondían a sus preguntas de forma capaz y rotunda. Miro pensaba que Ouanda estaba de más.
El trabajo real con los cerdis, según veía Miro, lo hacían Ender y unos pocos técnicos clave del departamento de servicios de Bosquinha. Estaban construyendo un sistema de tuberías desde el río hasta el claro del árbol madre para llevarles agua. Estaban instalando electricidad y enseñando a los hermanos cómo usar un terminal de ordenador. Mientras tanto, les enseñaban medios muy primitivos de agricultura y trataban de domesticar cabras para que tiraran de los arados. Los diferentes niveles de tecnología que se ofrecían simultáneamente a los cerdis eran confusos, pero Ender lo había discutido con Miro, y le había explicado que los cerdis tenían que ver resultados rápidos, dramáticos e inmediatos de su tratado. Agua corriente, la conexión con un terminal holográfico que les permitiera leer todo lo que había en la biblioteca, luz eléctrica por la noche. Pero todo esto era aún magia, algo que dependía por completo de la sociedad humana. Al mismo tiempo, Ender intentaba hacer que fueran autosuficientes, creativos, llenos de recursos. El destello de la luz eléctrica crearía mitos que correrían de tribu en tribu, pero no sería más que un rumor durante muchos, muchos años. Era el arado, la guadaña, la trilla, la semilla de amaranto lo que haría los cambios reales, lo que permitiría que la población cerdi se incrementara allá donde llegaran. Y todo esto podía ser transmitido de un lugar a otro con sólo un puñado de semillas en una bolsa hecha de piel de cabra y el conocimiento de cómo se había hecho el trabajo.
Éste era el trabajo del que Miro ansiaba formar parte. Pero, ¿para qué servirían sus manos engarfiadas y sus pasos vacilantes en los campos de amaranto? ¿De qué podía servir en un telar, hilando lana de cabra? Ni siquiera podía hablar con la claridad suficiente como para poder enseñar.
Ela trabajaba intentando desarrollar nuevas modalidades de plantas nacidas en la Tierra e incluso animales pequeños e insectos, nuevas especies que pudieran resistir a la Descolada, incluso neutralizarla. Madre le ayudaba con sus consejos, pero poco más, pues se dedicaba al proyecto más vital y secreto de todos. Una vez más, fue Ender quien visitó a Miro y le dijo lo que sólo su familia y Ouanda sabían: que la reina colmena vivía e iba a ser devuelta a la vida en cuanto Novinha encontrara un medio de volverla resistente a la Descolada, a ella y a todos los insectores que nacerían de ella. En cuanto esto se hubiera conseguido, la reina colmena seria revivida.
Y Miro tampoco podría ser parte de eso. Por primera vez, los humanos y dos razas de alienígenas vivirían juntos como ramen en el mismo mundo, y Miro tampoco formaría parte de aquello. Era menos humano que los cerdis. No podía hablar o usar las manos tan bien como ellos.
Había dejado de ser un animal capaz de hablar y usar herramientas. Ahora era un varelse. Sólo una
mascota.
Quería marcharse. Más aún, quería desaparecer, alejarse incluso de si mismo.
Pero no inmediatamente. Había un nuevo enigma que sólo él conocía, y que solamente él podía
resolver. Su terminal se estaba comportando de un modo muy extraño.
Lo advirtió la semana después de recuperarse de la parálisis. Estaba leyendo algunos ficheros de Ouanda y se dio cuenta de que, sin hacer nada especial, tenía acceso a archivos confidenciales. Estaban protegidos, no tenía idea de cuáles eran las palabras de acceso y, sin embargo, una simple petición de rutina sirvió para que apareciera la información. Eran las especulaciones de Ouanda sobre la evolución cerdi y sus modos de vida antes de la Descolada. El tipo de cosa que dos semanas antes ella le habría contado, aunque ahora las conservaba para sí y nunca discutía nada con él.
Miro no le dijo que había visto los ficheros, pero sí se las arregló para sacar el tema en sus conversaciones. Una vez Miro mostró su interés, ella le refirió sus ideas de bastante buena gana. A veces era casi como en los viejos tiempos. Excepto que él oía el sonido de su propia voz farfullante y se guardaba las opiniones para si, la escuchaba sin discutir. Sin embargo, ver sus ficheros confidenciales le permitió penetrar en aquello que realmente le interesaba a ella.
Pero, ¿cómo lo había visto?
Sucedía una y otra vez. Ficheros de Ela, de Madre, de Dom Cristão. Cuando los cerdis empezaron a jugar con su nuevo terminal, Miro pudo verlos gracias al sistema eco que su terminal no había tenido nunca antes. Aquello le permitió ver todas sus operaciones y luego hacer algunas sugerencias y cambiar un poco algunas cosas. Sentía un particular placer en suponer qué era lo que los cerdis intentaban hacer realmente y les ayudaba, subrepticiamente, a hacerlo. Pero ¿cómo había conseguido aquel acceso tan poderoso y tan poco ortodoxo a la máquina?
El terminal también estaba aprendiendo a acomodarse a él. En vez de largas secuencias en código, sólo tenía que iniciar una secuencia y la máquina obedecía sus instrucciones. Finalmente, ni siquiera tuvo que conectar. Tocaba el teclado y el terminal presentaba una lista de todas las actividades que él normalmente llevaba a cabo. Sólo tenía que tocar una tecla e ir directamente a la actividad que quería realizar, saltándose docenas de rutinas preliminares, ahorrándose muchos dolorosos minutos de teclear un carácter cada vez.
Al principio pensó que Olhado había creado el nuevo programa para él, o tal vez alguien en la oficina de la alcaldesa. Pero Olhado sólo miró ensimismado a lo que el terminal hacía y dijo:
— Bacana — Grandioso.
La alcaldesa nunca recibió el mensaje que le envió. En cambio, el Portavoz de los Muertos vino a visitarle.
— Así que el terminal te está ayudando — dijo Ender.
Miro no respondió. Estaba demasiado ocupado intentando pensar por qué la alcaldesa había enviado al Portavoz a responder a su nota.
— La alcaldesa no recibió tu mensaje. Lo hice yo. Y es mejor que no le menciones a nadie lo que está haciendo tu terminal.
—
¿Por qué? — preguntó Miro. Era una palabra que podía decir sin farfullar demasiado.

—
Porque no es un programa nuevo lo que te ayuda. Es una persona.


Miro se rió. Ningún ser humano podía ser tan rápido como el programa que le ayudaba. En realidad era más rápido que la mayoría de los programas con los que había trabajado antes. Estaba lleno de recursos y era intuitivo. Más rápido que un humano y más listo que un programa.
—
Creo que es una vieja amiga mía. Al menos, fue ella quien me habló de tu mensaje y me sugirió que te hiciera saber que la discreción es una buena idea. Verás, es un poco tímida. No tiene muchos amigos.

—
¿Cuántos?

—
En este momento, exactamente dos. Durante unos pocos miles de años, sólo uno.

—
No es humana — dijo Miro.



—
Ramen. Más humana que la mayoría de los humanos. Nos hemos amado durante mucho tiempo, ayudado mutuamente, dependido uno de otro. Pero en las últimas semanas, desde que llegué aquí, nos hemos ido separando. Estoy más... relacionado con las vidas de la gente que me rodea. Con tu familia.

— Mi madre.

—
Sí. Tu madre, tus hermanos y hermanas, el trabajo con los cerdis, el trabajo con la reina colmena. Mi amiga y yo solíamos hablar constantemente. Ahora no tengo apenas tiempo. A veces hemos herido mutuamente nuestros sentimientos. Ella está sola, y por eso pienso que ha elegido otra compañía.

— Não quero.

—
Sí quieres. Ya te ha ayudado. Ahora que sabes que existe, descubrirás que es... una buena amiga. No la hay mejor, más leal, más servicial.

— ¿Perrito faldero?

—
No seas tonto. Te estoy presentando la cuarta especie alienígena. Se supone que eres xenólogo, ¿no? Te conoce, Miro. Tus problemas físicos no son nada para ella. No tiene cuerpo. Existe entre las perturbaciones filóticas en las comunicaciones por ansible entre los Cien Mundos. Es la criatura viva más inteligente, y tú eres el segundo ser humano que ha elegido para revelarse.

— ¿Cómo? ¿Cómo cobró vida? ¿Cómo llegó a conocerme? ¿Por qué me eligió?

—
Pregúntale tú mismo — Ender tocó la joya en su oído —. Sólo te advierto una cosa. En cuanto confíe en ti, mantenla siempre contigo. No le ocultes secretos. Una vez tuvo un amante que la desconectó. Fue solamente una hora, pero las cosas ya nunca volvieron a ser igual entre ellos. Se convirtieron simplemente en amigos. Buenos amigos, amigos leales, hasta que él muera. Pero él lamentará durante toda su vida aquel acto insensato de deslealtad.


Los ojos de Ender brillaron y Miro comprendió que, fuera lo que fuese aquella criatura que vivía en el ordenador, no era un fantasma, era parte de la vida de este hombre. Y le estaba transmitiendo a Miro, como el padre a su hijo, el derecho a conocer a su amiga.
Ender se marchó sin decir nada más, y Miro se volvió hacia el terminal. En él aparecía el holograma de una mujer. Era pequeña, y estaba sentada sobre un taburete y se apoyaba contra la pared holográfica. No era hermosa, aunque tampoco era fea. Su cara tenía carisma. Sus ojos eran obsesionantes, inocentes, tristes. Su boca era delicada, a punto de sonreír, o de llorar. Sus vestidos parecían de gasa, insustanciales, pero en vez de resultar provocativos, revelaban una especie de inocencia, de niñez. Podía haber estado sentada en el columpio de un parque infantil, o en el borde de la cama de su amante.
—
Bom dia — dijo Miro suavemente.

—
Hola — dijo ella —. Le pedí que nos presentase.


Era tranquila, reservada, pero fue Miro quien se sintió cohibido. Durante mucho tiempo Ouanda había sido la única mujer de su vida, aparte de las de su familia, y tenía poca confianza en los dones
sociales. Al mismo tiempo, era consciente de que le estaba hablando a un holograma. Era completamente convincente, pero no dejaba de ser una proyección láser.
Ella alargó una mano y se la colocó suavemente en el pecho.
— No siento nada — le dijo ella —. No tengo nervios.
Los ojos de Miro se llenaron de lágrimas. Autocompasión, por supuesto. Posiblemente nunca tendría una mujer más sustancial que ésta. Si intentaba tocar a una, sus caricias serían como zarpazos. A veces, cuando no tenía cuidado, su masculinidad reaccionaba y él apenas si podía sentirlo. ¡Vaya un amante!
—
Pero tengo ojos — añadió —. Y oídos. Veo todo lo que pasa en los Cien Mundos. Contemplo el cielo a través de mil telescopios. Escucho un billón de conversaciones cada día — se rió —. Soy la mayor chismosa del universo.

Entonces, de repente, se puso en pie, se hizo más grande, y él sólo pudo verla de cintura para arriba, como si se hubiera acercado a una cámara invisible. Sus ojos ardían de intensidad.

—
Y tú eres un escolar paranoico que no ha visto nada más que una ciudad y un bosque en toda su vida.

—
No he tenido muchas oportunidades para viajar.

—
Ya arreglaremos eso. Veamos. ¿Qué quieres hacer hoy?

—
¿Cuál es tu nombre? — preguntó él.

—
No te hace falta mi nombre.

—
¿Cómo te llamo?

—
Estaré aquí cada vez que quieras.

—
Pero quiero saberlo.
Ella se tocó la oreja.


—
Cuando te guste lo bastante para que me lleves contigo allá donde vayas, entonces te diré mi




nombre. Impulsivamente, le dijo lo que no le había dicho a nadie más.
—
Quiero marcharme de este lugar. ¿Puedes sacarme de Lusitania?
De inmediato, ella se volvió coqueta y burlona.


—
¡Y sólo acabamos de conocernos! Realmente, señor Ribeira, no soy de esa clase de chicas.

—
Tal vez cuando nos conozcamos mejor — respondió Miro, riéndose.


Ella hizo una sutil transición y la mujer de la pantalla se convirtió en un largo felino, que se recostaba sensualmente en un tocón. Ronroneó, estiró una pata, rugió.
—
Puedo partirle el cuello con un simple golpe — susurró, el tono de su voz era seductor, sus garras prometían muerte —. Cuando estés solo, puedo destrozarte la garganta de un mordisco.

Él se rió. Entonces advirtió que en toda su conversación había olvidado lo confusa que era su voz. Ella comprendía todas sus palabras y nunca decía: «¿Qué? No entendí eso último», ni ninguna de aquellas frases, amables pero molestas, que la gente decía. Ella le entendía sin hacer ningún esfuerzo especial.

—
Quiero comprenderlo todo — dijo Miro —. Quiero saberlo todo y unirlo para ver lo que significa.


— Excelente proyecto — dijo ella —. Quedará muy bien en tu expediente.
Ender descubrió que Olhado era mucho mejor piloto que él. La percepción del niño era mejor, y cuando enchufaba su ojo directamente al ordenador de a bordo, navegaba prácticamente sin esfuerzo.
Ender podía dedicar sus energías a mirar.
El paisaje parecía monótono cuando empezaron sus vuelos exploratorios. Praderas interminables, grandes rebaños de cabras, algunos bosques en la distancia... nunca se acercaban demasiado, naturalmente, porque no querían atraer la atención de los cerdis que vivían allí. Además, estaban buscando un hogar para la reina colmena, y no quería que estuviera demasiado cerca de ninguna tribu.
Hoy se dirigieron al oeste, al otro lado del Bosque de Raíz y siguieron el curso de un riachuelo hasta su desembocadura. Se detuvieron en la playa, donde las olas rompían suavemente en la orilla. Ender probó el agua. Sal. El mar.
Olhado hizo que el ordenador de a bordo mostrara un mapa de esta región de Lusitania y señalara su localización. El Bosque de Raíz y los otros asentamientos cerdis estaban cerca. Era un buen lugar, y en el fondo de su mente Ender pudo sentir la aprobación de la reina colmena. Cerca del mar, agua abundante, sol.
Siguieron bordeando el agua, viajando corriente arriba unos pocos centenares de metros hasta donde la ribera derecha se elevaba para formar un pequeño acantilado.
— ¿Hay algún lugar para detenernos por aquí? — preguntó Ender.
Olhado encontró un sitio a cincuenta metros de la cima de la colina. Caminaron por la orilla del río, donde los juncos daban paso a la grama. Todos los ríos de Lusitania tenían este aspecto, naturalmente. Ela había documentado fácilmente las pautas genéticas en cuanto tuvo acceso a los ficheros de Novinha y permiso para seguir adelante con el tema. Juncos que se correproducían con las moscas. Grama que se apareaba con culebras de agua. Y luego el capim interminable, que frotaba sus bordes ricos en polen en los vientres de las cabras fértiles para germinar la siguiente generación de animales. Emparejados en las raíces y tallos del capim estaban los tropeços, las largas enredaderas que Ela había demostrado que tenían los mismos genes que la xingadora, el pájaro que usaba las plantas vivientes como niños. El mismo tipo de pareja continuaba en el bosque: Gusanos macios que se apareaban con las semillas de merdona y luego daban a luz semillas de merdona. Puladores, pequeños insectos que se apareaban con los brillantes matojos del bosque. Y, por encima de todo, los cerdis y los árboles, ambos en la cima de sus reinados, planta y animal fundiéndose en una larga vida.
Ésa era la lista completa de los animales y las plantas de la superficie de Lusitania. Bajo el agua había muchos, muchos más. Pero la Descolada había convertido a Lusitania en un mundo monótono.
Y sin embargo incluso la monotonía tenía una belleza peculiar. La geografía era tan variada como en cualquier otro mundo: ríos, colinas, montañas, desiertos, océanos, islas. La alfombra de capim y los bosques eran la música de fondo a la sinfonía de las formas de tierra. Los ojos se sensibilizaban a las ondulaciones, a los macizos montañosos, a los acantilados, a los pozos y, sobre todo, al rumor y al centelleo del agua a la luz del sol. Lusitania, como Trondheim, era uno de los raros mundos dominados por un solo motivo en vez de desplegar toda la sinfonía de posibilidades. El caso de Trondheim, sin embargo, se debía a que el planeta estaba en el límite de la habitabilidad, y su clima apenas era capaz de soportar la vida. El clima y el suelo de Lusitania gritaban dando la bienvenida al arado, la excavadora, la allanadora. Llevadme a la vida, decía.
Ender no comprendía que amaba este lugar porque estaba tan devastado y árido como su propia vida, que había sido rota y retorcida en su infancia por sucesos tan terribles, a pequeña escala, como lo que la Descolada había hecho con este mundo. Y, sin embargo, había sobrevivido, había encontrado unas pocas hebras lo suficientemente fuertes para sobrevivir y continuar creciendo. Del desafío de la Descolada habían surgido las tres vidas de los Pequeños. De la Escuela de Batalla, después de años de aislamiento, había surgido Ender Wiggin. Encajaba en este lugar como si lo hubiera planeado. El niño que caminaba junto a él era como su propio hijo, como si le hubiera conocido desde la infancia. «Sé lo que es tener una pared de metal entre el mundo y yo, Olhado. Pero aquí he derribado la pared, y la carne toca la tierra, bebe agua, ofrece consuelo, toma amor.»
La ribera se elevaba en una serie de escalones hasta alcanzar una docena de metros. El suelo era lo bastante húmedo para que se pudiera cavar en él sin provocar derrumbamientos. La reina colmena era horadadora. Ender sintió el deseo de cavar, y lo hizo, con Olhado junto a él. El terreno cedía con facilidad y, sin embargo, el techo de su excavación permanecía firme.
«Sí. Aquí.»
Y así se decidió.
— Aquí es — dijo Ender en voz alta.
Olhado sonrío. Pero era realmente a Jane a quien hablaba Ender, y fue su respuesta lo que oyó.

—
Novinha cree que lo han conseguido. Todos los tests han dado resultado negativo. La Descolada permaneció inactiva con el nuevo Colador presente en las células insectoras donadas. Ela piensa que las margaritas con las que ha estado trabajando pueden ser adaptadas para producir el Colador de modo natural. Si funciona, sólo tendrás que plantarlas aquí y allá y los insectores podrán mantener a la Descolada a raya con sólo chupar de las flores.

Su tono era vivo, pero no había diversión en él, sólo algo profesional.

—
Bien — dijo Ender. Sintió una punzada de celos. Jane sin duda hablaba más fácilmente con Miro, pinchándole, tanteándole como había hecho antes con él.


Pero resultó bastante fácil apartar los celos. Apoyó una mano en el hombro de Olhado, le acercó hacia él y los dos juntos regresaron a la nave que esperaba. Olhado marcó el lugar en el mapa y lo archivó. Durante todo el camino de vuelta, se rió e hizo chistes, y Ender le amaba, y sabía que le necesitaba, y eso era lo que un millón de años de evolución habían decidido que era lo que Ender más necesitaba. Era el ansia que había anidado en su interior todos aquellos años que había pasado con Valentine, en que había viajado de mundo en mundo. Este niño con los ojos de metal. Su brillante y destructivo hermano Grego. La penetrante sabiduría y la inocencia de Quara; el completo autocontrol, el ascetismo y la fe de Quim; la seguridad de Ela, que era firme como una roca y, sin embargo, sabía cuándo moverse y actuar, y Miro...
»Miro, no tengo consuelo para Miro, no en este mundo, no en este tiempo. Le han quitado el trabajo de su vida, su cuerpo, su esperanza por el futuro, y nada de lo que yo pueda decir o hacer le dará un trabajo vital que afrontar. Vive lleno de dolor; su amante se ha convertido en su hermana; su vida entre los cerdis es imposible ahora, cuando buscan a otros humanos para que les ofrezcan su amistad y sus conocimientos...»
—
Miro necesita... — dijo Ender suavemente.

—
Miro necesita marcharse de Lusitania — dijo Olhado.

—
Mmm...


—
Tienes una nave, ¿no? Recuerdo que una vez leí una historia. O tal vez fuera un vid. Era sobre un viejo héroe de las Guerras Insectoras, Mazer Rackham. Salvó una vez a la Tierra de la destrucción, pero sabían que llevaría siglos muerto antes de que se diera la siguiente batalla. Así que le enviaron al espacio en una nave a velocidad relativista. Pasaron cien anos para la Tierra, pero sólo dos para él.

— ¿Crees que Miro necesita algo tan drástico?

—
Se aproxima una batalla. Hay que tomar decisiones. Miro es la persona más lista de Lusitania, y la mejor. Nunca se pone nervioso, ¿sabes? Ni siquiera en los peores momentos con Padre. Con Marcão. Lo siento. Aún le llamo Padre.

— Está bien. En muchos sentidos, lo fue.

—
Miro pensaba y luego decidía qué era lo mejor que se podía hacer, y siempre acertaba. Madre dependía de él. Tal como yo lo veo, necesitaremos a Miro cuando el Congreso Estelar envíesu flota contra nosotros. Él estudiará toda la información, todo lo que hayamos aprendido durante los años en que haya estado ausente, lo integrará todo y nos dirá qué hacer.


Ender no pudo evitarlo. Se echó a reír.
—
Así que es una idea tonta — dijo Olhado.

—
Ves mejor que ninguna otra de las personas que conozco. Tengo que pensarlo, pero puede


que tengas razón. Guardaron silencio durante un rato.
—
Sólo hablaba cuando dije eso sobre Miro. Fue algo que pensé y lo enlacé con esa vieja historia. Probablemente ni siquiera es cierta.

—
Lo es — dijo Ender.

—
¿Cómo lo sabes?

—
Conocí a Mazer Rackham.
Olhado silbó.


—
Eres viejo. Eres más viejo que los árboles.

—
Soy más viejo que las colonias humanas. Desgraciadamente, eso no me ha vuelto sabio.

—
¿Eres de verdad Ender? ¿El auténtico Ender?

—
Por eso era mi palabra clave.



—
Es gracioso. Antes de que llegaras, el obispo nos dijo que eras Satán. Quim es el único de la familia que le tomó en serio. Pero si el obispo nos hubiera dicho que eras Ender, te habríamos lapidado a muerte en la praça el día que llegaste.

— ¿Por qué no lo hacéis ahora?

—
Ahora te conocemos. Ésa es la diferencia, ¿no? Ni siquiera Quim te odia ahora. Cuando conoces de verdad a alguien, no puedes odiarle.

— Tal vez sea que no puedes conocer a nadie de verdad hasta que dejas de odiar.

—
¿Es una paradoja circular? Dom Cristão dice que las mayores verdades sólo pueden ser expresadas en paradojas circulares.

—
No creo que tenga nada que ver con la verdad, Olhado. Es sólo causa y efecto. Nunca podemos evitarlo. La ciencia rehúsa admitir ninguna causa excepto la primera: derriba una pieza del dominó y la siguiente también cae. Pero cuando se refiere a los seres humanos, el único tipo de causa que cuenta es la final, el propósito. Lo que una persona tenía en mente. Una vez que comprendes lo que las personas realmente quieren, ya no puedes odiarlas. Puedes temerías, pero no odiarlas. Porque siempre puedes encontrar idénticos deseos en tu corazón.

—
A Madre no le gusta que seas Ender.

—
Lo sé.

—
Pero te ama de todas formas.

—
Lo sé.

—
Y Quim... Es realmente gracioso, pero ahora que sabe que eres Ender, ahora le gustas más.

—
Eso es porque es un cruzado y tengo mala reputación por haber ganado una cruzada.

—
Y a mí — dijo Olhado.

—
Sí, a ti.

—
Mataste a más gente que nadie en la historia.

—
Sé el mejor en lo que hagas, eso es lo que siempre me decía mi madre.



—
Pero cuando Hablaste por Padre, me hiciste sentir pena por él. Haces que la gente se ame y se perdone. ¿Cómo pudiste matar a todos esos millones de personas en el Genocidio?

—
Creí que estaba jugando. No sabía que era de verdad. Pero eso no es ninguna excusa, Olhado. Si hubiera sabido que la batalla era real, habría hecho lo mismo. Pensábamos que querían matarnos. Estábamos equivocados, pero no teníamos forma de saberlo — Ender sacudió la cabeza. Sólo que yo les conocía mejor. Conocía a mi enemigo. Por eso logré derrotar a la reina colmena. La conocía tan bien que la amé, o tal vez la amé tanto que la conocí. No quise luchar más con ella. Quise renunciar. Quise irme a casa. Por eso destruí su planeta.

—
Y hoy hemos encontrado el lugar donde devolverla a la vida — Olhado estaba muy serio —. ¿Estás seguro de que no intentará vengarse? ¿Estás seguro de que no intentará exterminar a la humanidad, empezando por ti?

—
Tan seguro como pueda estarlo.

—
No absolutamente.



—
Lo bastante para devolverla a la vida. Ésa es toda la seguridad que llegamos a tener. Creemos lo suficiente para actuar como si fuera verdad. Cuando estamos así de seguros, lo llamamos conocimientos. Hechos. Apostamos nuestras vidas.

— Supongo que eso es lo que estás haciendo. Apostar tu vida a que es lo que crees que es.

—
Soy más arrogante que eso. También estoy apostando tu vida, y la de todo el mundo, y ni siquiera he consultado la opinión de los demás.

—
Es gracioso. Si le preguntara a cualquiera si confiaría en Ender respecto a algo que podría afectar al futuro de la raza humana, diría que no. Pero si le preguntara si sería capaz de confiar en el Portavoz de los Muertos diría que sí. La mayoría diría que sí. Y ni siquiera sospecharían que son la misma persona.


— Sí — dijo Ender —. Es gracioso.
Ninguno de los dos se rió. Luego, después de largo rato, Olhado volvió a hablar. Sus pensamientos se habían centrado en un tema que le importaba mas.
—
No quiero que Miro se marche durante treinta años.

—
Digamos veinte.


— Dentro de veinte años yo tendré treinta y dos. Pero él vendrá con la misma edad que tiene ahora.
Veinte. Doce años más joven que yo. Si existe alguna chica que quiera casarse con un tipo que tiene los ojos postizos, puede que incluso esté casado y tenga hijos para entonces. Ni siquiera me conocerá. Ya no seré su hermano pequeño — Olhado tragó saliva —. Será como si muriera.
—
No — dijo Ender —. Como si pasara de su segunda vida a la tercera.

—
Eso es como morir también.

—
Y como nacer — dijo Ender —. Siempre que sigas naciendo, está bien morir a veces.


Valentine llamó al día siguiente. Los dedos de Ender temblaban mientras tecleaba las instrucciones. No era sólo un mensaje. Era una llamada, una comunicación por ansible.
Increíblemente cara, pero éste no era el problema. Lo era el hecho de que las comunicaciones por ansible con los Cien Mundos estaban supuestamente desconectadas. El que Jane la permitiera significaba que era urgente. Ender pensó que tal vez Valentine estuviera en peligro. Tal vez el Congreso Estelar había decidido que Ender estaba relacionado con la rebelión y había seguido la pista de su conexión con ella.
Valentine era más vieja. El holograma de su rostro mostraba las señales de muchos días de viento en las islas, glaciares y barcos de Trondheim. Pero su sonrisa era la misma, y en sus ojos brillaba la misma luz. Ender guardó silencio al principio ante los cambios que los años habían sembrado en su hermana. Ella también guardó silencio por el hecho de que Ender parecía una visión que volvía a ella desde el pasado.
—
Ah, Ender — suspiró —. ¿Fui alguna vez así de joven?

—
¿Y envejeceré yo con tanta hermosura?


Ella se rió. Luego se echó a llorar. Ender, no. ¿Cómo podría hacerlo? La había echado de menos solamente un par de meses. Ella le había añorado durante veintidós años.
—
Supongo que te has enterado de nuestro pequeño problema con el Congreso — dijo él.

—
Imagino que tuviste algo que ver.

—
La verdad es que me vi envuelto en la situación. Pero me alegro de haber estado aquí. Voy a


quedarme. Ella asintió y se secó los ojos.
—
Sí, eso pensé. Pero tenía que llamar y asegurarme. No quería pasar un par de décadas volando a tu encuentro y ver, cuando llegase, que te habías marchado.

— ¿A mi encuentro?

—
Estoy demasiado excitada con tu revolución, Ender. Después de veinte años de criar una familia, enseñar a mis estudiantes, amar a mi esposo, vivir en paz conmigo misma, pensé que nunca tendría que resucitar a Demóstenes. Pero entonces llegó la historia del contacto ilegal con los cerdis, e inmediatamente la noticia de la revuelta en Lusitania. De repente, la gente empezó a decir las cosas más ridículas, y vi que era el principio del mismo viejo odio. ¿Recuerdas los videos sobre los insectores? ¿Lo horribles y temibles que eran? De repente empezamos a ver vídeos de los cuerpos que encontraron, de los xenólogos, no recuerdo sus nombres... sórdidas imágenes, miraras donde miraras, incitándonos a la fiebre de la guerra. Y luego las historias sobre la Descolada, como si alguien fuera a otro mundo desde Lusitania lo destruiría todo... la plaga más terrible imaginable...

—
Es cierto — dijo Ender —, pero estamos trabajando en ello. Intentamos encontrar medios de evitar que la Descolada se esparza cuando vayamos a otros mundos.

—
Cierto o no, Ender, nos conduce a una guerra. Recuerdo la guerra... nadie más lo hace. Así que reviví a Demóstenes. Encontré algunas notas e informes. Su flota lleva al Pequeño Doctor, Ender. Si lo deciden, puede aniquilar Lusitania. Igual que...

—
Igual que yo hice antes. ¿Crees que es justicia poética el que yo acabe del mismo modo? El que vive por la espada...

—
¡No te burles de mi, Ender! Soy una matrona de mediana edad y no tengo ya paciencia para aguantar tonterías. Al menos por ahora. Escribí algunas verdades muy feas sobre lo que el Congreso Estelar está haciendo y las publiqué como Demóstenes. Me están buscando. Lo llaman traición.

—
¿Por eso te vienes para acá?

—
No sólo yo. Mi querido Jakt ha dejado la flota a sus hermanos y hermanas. Ya hemos




comprado una nave. Aparentemente, hay una especie de movimiento de resistencia que nos ha ayudado... Alguien llamado Jane ha interceptado los ordenadores para cubrir nuestro rastro.
— Conozco a Jane.
—
¡Así que tiene una organización y todo! Me quedé sorprendida cuando recibí un mensaje diciendo que podía llamarte. Se supone que vuestro ansible ha sido desconectado.

—
Tenemos amigos poderosos.

—
Ender, Jakt y yo vamos a partir hoy mismo. Vamos a llevar a nuestros tres hijos.

—
La primera...



—
Sí, Syfte, tiene casi veintidós años ahora. Una muchacha encantadora. Y una buena amiga, la tutora de los niños, llamada Plikt. — Tengo un estudiante que se llama así — dijo Ender, pensando en las conversaciones que había mantenido sólo un par de meses antes.

—
Oh, sí, bueno, eso fue hace veinte años, Ender. Y también llevamos a algunos de los mejores hombres de Jakt y sus familias. Es una especie de arca. No es una emergencia... tienes veintidós años para prepararte. En realidad más de treinta años. Vamos a hacer el viaje dando una serie de saltos, los primeros en dirección opuesta, para que nadie sepa que vamos a Lusitania.


«Va a venir aquí. Dentro de treinta años. Seré más viejo de lo que es ahora. Para entonces yo también tendré mi familia. Los hijos de Novinha y míos, si los tenemos, todos crecidos, como los suyos.»
Y entonces, al pensar en Novinha, recordó a Miro, recordó lo que le había sugerido Olhado varios días antes, el día en que encontraron el lugar para la reina colmena.
— ¿Os importaría mucho si envío a alguien a reunirse con vosotros por el camino?
—
¿Reunirse con nosotros? ¿En pleno espacio? No, no envíes a nadie, Ender. Es un sacrificio demasiado terrible, venir hasta tan lejos cuando los ordenadores pueden guiarnos...

—
No es realmente por ti, aunque quiero que te conozca. Es uno de los xenólogos. Resultó malherido en un accidente. Sufre daños cerebrales, como un colapso. Es... es la persona más inteligente de Lusitania, según dice alguien en cuyo juicio confío, pero ha perdido todas sus conexiones con nuestra vida aquí. Sin embargo, le necesitaremos más tarde. Cuando lleguéis. Es un hombre muy bueno, Val. Puede hacer que nuestra última semana de viaje sea muy instructiva.

—
¿Puede tu amiga darnos el rumbo adecuado para ese encuentro? Somos navegantes, pero sólo en el mar.

—
Jane introducirá la información en el ordenador de vuestra nave cuando zarpéis.

—
Ender... para ti serán treinta años, pero para mi... te veré sólo dentro de pocas semanas. Empezó a llorar.

—
Puede que vaya con Miro a daros el encuentro.




Quiero que seas todo lo viejo y lerdo posible cuando llegue allí. No podría tratar contigo siendo el chaval de treinta años que veo en mi terminal.
—
Treinta y cinco.

—
¡Será mejor que estés allí cuando llegue! — exigió.

—
Estaré. Respecto a Miro, el muchacho que te envío... Piensa en él como en mi hijo.
Ella asintió gravemente.


—
Son tiempos peligrosos, Ender. Me gustaría que tuviéramos a Peter con nosotros.


— A mí, no. Si él dirigiera nuestra pequeña rebelión, terminaría siendo Hegemón de los Cien Mundos. Sólo queremos que nos dejen solos.
— Tal vez no sea posible conseguir una cosa sin la otra. Pero ya discutiremos sobre eso más
tarde. Adiós, querido hermano. Él no respondió. Se quedó mirándola hasta que ella sonrió y cortó la conexión. Ender no tuvo que pedirle a Miro que fuera; Jane ya se lo había contado todo.
— ¿Tu hermana es Demóstenes? — preguntó Miro.
Ahora Ender estaba ya acostumbrado a su hablar farfullante. O tal vez se aclaraba un poco. De todas maneras, no resultaba difícil de entenderle.
—
Somos una familia llena de talentos. Espero que te guste.

—
Espero gustarle a ella — Miro sonrió asustado.

—
Le dije que pensara que eres hijo mío.
Miro asintió.


—
Lo sé — dijo. Y añadió, casi desafiante: Ella me mostró tu conversación.
Ender sintió frío por dentro.



— Debería haberte pedido permiso — dijo la voz de Jane en su oído —. Pero sabía que habrías dicho que sí.
No era la invasión de la intimidad lo que a Ender le importaba. Era el hecho de que Jane estuviera tan apegada a Miro. «Acostúmbrate — se dijo —. Ahora está cuidando de él.»
— Te echaremos de menos — dijo.
—
Los que me echarán de menos lo hacen ya — dijo Miro —, porque ya piensan que soy un muerto.

— Te necesitamos vivo.

—
Cuando regrese, seguiré teniendo sólo diecinueve años. Y continuaré con el cerebro lesionado.

—
Aún serás Miro, y seguirás siendo brillante, y digno de confianza, y amado. Tú empezaste esta rebelión, Miro. La verja se derribó por ti. No por ninguna gran causa, sino por ti. No nos abandones.


Miro sonrió, pero Ender no pudo decir si la mueca era debida a su parálisis o a que su sonrisa resultaba amarga.
—
Dime una cosa.

—
Si no lo hago yo, lo hará ella — contestó Ender.


— No es difícil. Sólo quiero saber por qué murieron Pipo y Libo. Por qué les honraron los cerdis.
Ender comprendió perfectamente por qué el muchacho se preocupaba tanto por la cuestión. Miro había sabido que era realmente el hijo de Libo sólo unas horas antes de cruzar la verja y perder su futuro. Pipo, luego Libo, luego Miro. Padre, hijo, nieto. Los tres xenólogos habían perdido su futuro por el bien de los cerdis. Miro esperaba que, al comprender por qué sus antecesores habían muerto, pudiera encontrar más sentido a su propio sacrificio.
El problema era que la verdad podía hacer que Miro sintiera que ninguno de los tres sacrificios significaba absolutamente nada. Así que Ender respondió con una pregunta.
— ¿No sabes ya por qué?
Miro habló despacio y con cuidado, para que Ender pudiera entender su habla confusa.

—
Sé que los cerdis pensaban que les estaban haciendo un gran honor. Sé que Mandachuva y Come-hojas podrían haber muerto en su lugar. En el caso de Libo conozco incluso la ocasión. Fue cuando llegó la primera cosecha de amaranto y tuvieron comida de sobra. Le estaban recompensando por eso. Pero, ¿por qué no lo hicieron antes? ¿Por qué no cuando les enseñó a usar la raíz de merdona? ¿Por qué no cuando les enseñó a hacer cuencos, o a disparar flechas?

—
¿Quieres saber la verdad?
Miro supo, por el tono de voz de Ender, que la verdad no sería agradable.


—
Sí.



—
Ni Pipo ni Libo merecieron realmente tal honor. No fue el amaranto lo que recompensaron las esposas. Fue el hecho de que Come-hojas las había persuadido de que dejaran concebir y nacer una generación de niños aunque no hubiera comida suficiente una vez abandonaran el árbol madre. Era un riesgo terrible, y si hubiera estado equivocado, una generación entera de cerdis habría muerto. Libo trajo la cosecha, pero fue Come-hojas quien, en cierto sentido, llevó a la población a un punto en que necesitaron el grano.


Miro asintió.
— ¿Y Pipo?
—
Pipo les contó a los cerdis su descubrimiento. Que la Descolada, que mataba a los humanos, era parte de su fisiología normal. Que sus cuerpos podían manejar transformaciones que nos mataban. Mandachuva le dijo a las esposas que esto significaba que los humanos no eran dioses todopoderosos. Que, en ciertos aspectos, eran incluso más débiles que los Pequeños. Que lo que hacía a los humanos más fuertes que los cerdis no era algo inherente a nosotros — nuestro tamaño, nuestro cerebro, nuestro lenguaje —, sino el simple accidente de que les llevábamos unos miles de años de adelanto. Si pudieran adquirir nuestro conocimiento, entonces los humanos no tendrían ningún poder sobre ellos. El descubrimiento de Mandachuva de que los cerdis eran potencialmente iguales a los humanos... eso era lo que recompensaban, no la información, por otra parte necesaria, que Pipo dio para llegar a ese descubrimiento.

— Entonces los dos...

—
Los cerdis no querían matar ni a Pipo ni a Libo. En ambos casos, el hecho crucial perteneció a un cerdi. La única razón por la que Pipo y Libo murieron fue porque no quisieron afrontar el asesinato de un amigo.


Miro tuvo que haber visto el dolor en la cara de Ender, a pesar de sus esfuerzos por ocultarlo, porque fue a la amargura de Ender a lo que contestó.
—
Tú puedes matar a cualquiera.

—
Es una habilidad con la que nací — dijo Ender.

—
Mataste a Humano porque sabías que eso le haría vivir una vida nueva y mejor.

—
Sí.

—
Ya mí.

—
Sí. Enviarte lejos es muy parecido a matarte.

—
¿Pero viviré una vida nueva y mejor?

—
No lo sé. Al menos te mueves mejor que un árbol.
Miro se echó a reír.



— Al menos tengo una ventaja sobre el viejo Humano, ¿no? Al menos soy ambulante. Y nadie tiene que golpearme con un palo para que pueda hablar — entonces la expresión de Miro se volvió de nuevo seria —. Por supuesto, ahora él puede tener un millar de hijos.
—
No esperes ser célibe toda la vida — dijo Ender —. Podrías equivocarte.

—
Eso espero.
Y luego, tras un silencio, Miro preguntó:


—
¿Portavoz?

—
Llámame Ender.

—
Ender, ¿entonces Pipo y Libo murieron por nada?
Ender comprendió la verdadera pregunta: ¿Yo también estoy soportando esto por nada?


—
Hay peores razones para morir — respondió Ender — que hacerlo porque no puedes matar.

—
¿Y si alguien no puede matar, ni morir, ni vivir?


— No te engañes. Harás las tres cosas algún día. Miro se marchó a la mañana siguiente. La despedida fue triste. Durante semanas, a Novinha le costó trabajo estar en su propia casa, porque la ausencia de Miro le resultaba terriblemente dolorosa. Aunque coincidió por completo con Ender en que aquello era lo mejor para Miro, seguía siendo insoportable perder a su hijo. Ender se preguntó si sus propios padres habrían sentido un dolor semejante cuando le apartaron de su lado. Sospechabaque no. Y tampoco habían esperado su regreso. Él ya amaba a los hijos de otro hombre más de lo que sus padres habían amado a su propio hijo. Bien, ahora podría vengar aquella negligencia que habían tenido hacia él. Les enseñaría, tres mil años más tarde, cómo debía comportarse un padre. El obispo Peregrino les casó en sus habitaciones. Según los cálculos de Novinha, era aún suficientemente joven para tener otros seis hijos, si se daban prisa. Se pusieron rápidamente manos a la obra.
Antes del matrimonio, sin embargo, hubo dos días importantes. Un día de verano, Ela, Ouanda y Novinha le presentaron los resultados de su investigación, tan completamente como fue posible. Le presentaron el ciclo vital y la estructura comunal de los cerdis, macho y hembra, y una reconstrucción de sus pautas de vida antes de que la Descolada les uniera para siempre a los árboles que, hasta entonces, no habían sido más que un hábitat. Ender había comprendido quiénes eran los cerdis, y especialmente quién era Humano antes de su paso a la vida de la luz.
Vivió una semana con los cerdis mientras escribía la Vida de Humano. Mandachuva y Come­hojas la leyeron cuidadosamente y la discutieron con él; él la revisó y rehizo, hasta que, finalmente, estuvo terminada. Ese día invitó a todos los que estaban trabajando con los cerdis (toda la familia Ribeira, Ouanda y sus hermanas, los trabajadores que habían llevado a los cerdis los milagros tecnológicos, los monjes eruditos de los Hijos de la Mente, el obispo Peregrino, la alcaldesa Bosquinha), y les leyó el libro. No era largo, así que tardó menos de una hora en hacerlo. Todos se habían congregado en la colina cerca de donde crecía el árbol de Humano, que ahora tenía más de tres metros de altura, y donde la sombra de Raíz les cobijaba de la luz de la tarde.
— Portavoz — dijo el obispo —, casi me has persuadido para que me convierta en un humanista. Otros, menos entrenados en el arte de la elocuencia, no encontraron palabras que decir, ni entonces ni nunca.
Pero desde ese día en adelante supieron quiénes eran los cerdis, igual que los lectores de la Reina Colmena habían comprendido a los insectores y los lectores del Hegemón habían comprendido a la humanidad en su busca interminable de la grandeza en un mundo de separaciones y recelos.
— Para esto te llamé — dijo Novinha —. Una vez soñé con escribir este libro. Pero eras tú quien tenía que hacerlo.
— He jugado en esta historia un papel más grande de lo que me hubiera gustado — dijo Ender —. Pero has cumplido tu sueño, Ivanova. Fue tu trabajo el que condujo a ese libro. Y tú y tus hijos quienes me hicisteis capaz de escribirlo.
Lo firmó como había firmado los otros: Portavoz de los Muertos.
Jane tomó el libro y lo transmitió por ansible a los Cien Mundos. Con él, incluyó el texto de la Alianza y las imágenes que Olhado había captado de su firma y del paso de Humano a la luz. Lo situó aquí y allá, en una docena de lugares en cada uno de los Cien Mundos, dándoselo a la gente que pudiera leerlo y comprender lo que significaba. Las copias se enviaron como mensajes de ordenador en ordenador. Cuando el Congreso Estelar supo de su existencia, ya había sido distribuido demasiado ampliamente como para suprimirlo.
Intentaron desacreditarlo como una falsificación. Las imágenes eran una cruda simulación. Análisis del texto revelaron que no era posible que el autor fuera el mismo de los otros dos libros. Los registros del ansible demostraron que no era posible que hubiera venido de Lusitania, puesto que no tenía ansible. Algunos les creyeron. A la mayoría no le importó. Muchos que no se atrevieron a leer la Vida de Humano, no tuvieron valor para aceptar a los cerdis como ramen.
Algunos les aceptaron, leyeron la acusación que Demóstenes había escrito unos pocos meses antes y empezaron a llamar a la flota que ya iba de camino a Lusitania «El Segundo Genocidio». Era un nombre deleznable. No hubo cárceles suficientes en los Cien Mundos donde encerrar a todos los que lo usaron. El Congreso Estelar había pensado que la guerra empezaría cuando las naves llegaran a Lusitania dentro de cuarenta años. Pero la guerra ya había empezado, y sería fiera. Mucha gente creyó lo que el Portavoz de los Muertos había escrito. Y muchos estaban dispuestos a aceptar a los cerdis como ramen, y a pensar en los que querían sus muertes como asesinos.
Luego, un día de otoño, Ender cogió la crisálida cuidadosamente envuelta y junto con Novinha, Olhado, Quim y Ela recorrieron kilómetros de capim hasta que llegaron a la colina junto al río. Las margaritas que habían plantado allí habían florecido, el invierno sería suave y la reina colmena estaría a salvo de la Descolada.
Ender llevó a la reina colmena cautelosamente a la ribera del río, y la dejó en la cámara que él y Olhado habían preparado. Dejaron el cadáver de una cabra recién sacrificada en el suelo, ante la cámara.
Y luego Olhado se retiró. Ender lloró con el éxtasis vasto, incontrolable, que la reina colmena depositó en su mente, pues su regocijo era demasiado fuerte para que un corazón humano lo soportara. Novinha le sostuvo, Quim rezó en silencio y Ela cantó una canción que una vez había oído en las colinas de Minas Gérais, entre los cazpiras y mineiros del antiguo Brasil. Era un buen momento, un buen lugar, mejor de lo que Ender había soñado para sí mismo en los estériles corredores de la Escuela de Batalla, cuando luchaba por su vida.
— Ahora ya puedo morir — dijo Ender —. El trabajo de mi vida está hecho.
— El mío también — dijo Novinha —. Pero creo que eso significa que ahora es el momento de empezar a vivir.
Tras ellos, en el aire húmedo de una caverna excavada junto al río, unas fuertes mandíbulas rasgaron el capullo, y un miembro y un cuerpo empezaron a salir. Sus alas se desplegaron gradualmente y se secaron a la luz; se arrastró débilmente al lecho del río y roció de humedad y fuerza su cuerpo reseco. Se alimentó de la carne de la cabra. Los huevos que llevaba con ella gritaban deseando ser liberados. Puso la primera docena en el cadáver de la cabra y luego comió las margaritas más cercanas, intentando sentir los cambios en su cuerpo mientras por fin recobraba la vida.
Sentía la luz del sol a la espalda, la brisa contra sus alas, el agua fría bajo sus pies, los huevos calentándose y madurando en la carne de la cabra: sentía la vida, tan largamente esperada. Y ahora pudo estar segura de que sería, no la última de su tribu, sino la primera.
FIN