16 - La verja


Un gran predicador está enseñando en la plaza del mercado. Y resulta que un marido encuentra pruebas esa mañana del adulterio de su esposa, y la muchedumbre la lleva a la plaza para lapidaría hasta la muerte. (Hay una versión familiar de esta historia, pero un amigo mío, un Portavoz de los Muertos, me ha hablado de otros dos predicadores que se encontraron en la misma situación. De éstos es de quienes voy a hablaros).
El predicador se adelanta y se coloca junto a la mujer. Por respeto a él la muchedumbre se detiene y espera con las piedras en la mano. «¿Hay alguien aquí que no haya deseado a la esposa de otro hombre, al marido de otra mujer?», les dice. Ellos murmuran y dicen: «Todos conocemos el deseo. Pero, Maestro, ninguno de nosotros ha cometido el acto.» El predicador dice: «Entonces arrodillaos y dad gracias a Dios porque os hizo fuertes.» Toma a la mujer de la mano y la saca del mercado, y justo antes de que ella se marche, le susurra: «Dile al señor magistrado quién fue el que salvó a su amante. Dile que soy su siervo leal.»
Así que la mujer vive, porque la comunidad está demasiado corrupta para protegerse del desorden.
Otro predicador, otra ciudad. Se acerca a la mujer y detiene a la multitud, como en la otra historia, y dice: «¿Quién de vosotros está libre de pecado? El que lo esté, que tire la primera piedra.» La gente se avergüenza y olvidan la unidad de su propósito al recordar sus pecados individuales. «Algún día — piensan —, puedo ser como esta mujer, y esperaré el perdón y otra oportunidad. Debo de tratarla como me gustaría que me tratasen.» Y cuando abren las manos y dejan que las piedras caigan al suelo, el predicador recoge una de ellas, la alza sobre la cabeza de la mujer y golpea con todas sus fuerzas. Aplasta su cráneo y esparce sus sesos por el suelo. — Yo tampoco estoy libre de pecado — le dice a la multitud —. Pero si dejamos que sólo la gente perfecta cumpla la ley, pronto la ley morirá, y nuestra ciudad con ella. Así que la mujer muere porque su comunidad era demasiado rígida para soportar su desviación.
La versión más famosa de esa historia es notable porque es rara en nuestra experiencia. La mayoría de las comunidades se encuentran a caballo entre la podredumbre y el rigor mortis, y cuando se desvían demasiado, mueren. Sólo un predicador se atrevió a esperar de nosotros un equilibrio tan perfecto que pudiéramos cumplir la ley y perdonar la desviación. Por eso, naturalmente, le matamos.
San Angelo, Cartas a un Hereje Incipiente, trad. Amai a Tudomundo Para Que Deus Vos Ame Cristao. 103:72:54:2.
Minha irmã. Mi hermana. Las palabras resonaban aún en la cabeza de Miro aunque ya no las oía. A Ouanda é minha irmã. Sus pies le llevaban, por hábito, de la praça a los campos de juegos y a la cima de la colina.
La cima del pico más alto albergaba la catedral y el monasterio, que siempre se alzaban sobre la
Estación Zenador, como si fueran una fortaleza vigilando la verja.
¿Recorría Libo este camino cuando iba a reunirse con mi madre?
¿O Se encontraban en la Estación Xenobiológica? lo hacían más discretamente, yaciendo en la hierba como los cerdos de las fazendas?
Se detuvo ante la puerta de la Estación Zenador y trató de encontrar alguna razón para entrar. No tenía nada que hacer allí.
No había escrito un informe sobre lo que había sucedido hoy pero, de todas formas, no sabía cómo escribirlo.
Poderes mágicos, eso es lo que era. Los cerdis les cantaban a los árboles y los árboles se partían y formaban herramientas. Mucho mejor que la carpintería. Los aborígenes eran mucho más sofisticados de lo que se suponía previamente.
Múltiples usos para todo. Cada árbol es a la vez un tótem, una lápida y un pequeño aserradero. Hermana. Hay algo que tengo que hacer, pero no lo recuerdo.
Los cerdis son los más sensatos. Viven sólo como hermanos, y no se preocupan por las mujeres. Habría sido mejor para ti, Libo, y ésa es la verdad... No, debo llamarte Papai, no Libo. Lástima que Madre no te lo dijera nunca o me habrías acunado en tus rodillas. Tus dos hijos mayores, Ouanda en una rodilla y Miro en la otra, ¿no estamos orgullosos de nuestros dos hijos? Nacidos el mismo año, con sólo dos meses de diferencia. Qué ocupado estaba Papai entonces, recorriendo la verja para encontrarse con Mamáe en su propio patio trasero. Todo el mundo sentía lástima por ti porque no tenias más que hijas. No quedará nadie para preservar el apellido de la familia, decían. Su simpatía no merecía la pena. Tenias hijos de sobra. Y yo tengo más hermanas de lo que pensaba. Una hermana más de lo que querría.
Se detuvo en la puerta de la verja, mirando hacia los árboles que coronaban la colina de los cerdis. No hay ningún propósito científico al que servir viniendo de noche. Así que supongo que servirá un despropósito nada científico y veré si tienen espacio para otro hermano en la tribu. Probablemente soy demasiado grande para encontrar sitio en la casa de troncos, así que dormiré fuera, y aunque no sea muy bueno escalando árboles, sé una o dos cosas sobre tecnología, y ahora no siento ninguna inhibición particular para contaros todo lo que queráis saber.
Colocó la mano derecha en la placa de identificación y extendió la izquierda para empujar la puerta. Durante una décima de segundo no advirtió lo que pasaba. Entonces notó como si la mano le ardiera, como si se la cortaran con una sierra oxidada, y gritó y apartó la mano de la puerta. Nunca desde que había sido construida había permanecido caliente después de que la placa fuera tocada por la mano del Zenador.
—
Marcos Vladimir Ribeira von Hesse, su permiso para atravesar la verja ha sido revocado por orden del Comité de Evacuación Lusitano.

Nunca la voz había desafiado a un Zenador. A Miro le llevó un instante comprender lo que estaba diciendo.

—
Junto con Ouanda Quenhatta Figueira Mucumbi se presentarán al Comisario Jefe de Policía Faria Lima Maria do Bosque, quien les arrestará en nombre del Congreso Estelar y les enviará a Trondheim para juicio.


Por un momento sintió que la cabeza le daba vueltas y que tenía el estómago pesado y enfermo.
«Lo saben. Esta noche precisamente. Todo se acabó. Pierdo a Ouanda, pierdo a los cerdis, pierdo mi trabajo, todo perdido. Todo. Arrestado. Trondheim. De donde vino el Portavoz, veintidós años de viaje, todo el mundo desaparece excepto Ouanda, la única que queda y es mi hermana.»
Intentó empujar la puerta de nuevo; una vez más el dolor recorrió su brazo, alterando todos sus nervios, encendiéndolos a la vez.
«No puedo desaparecer. Cerrarán la verja para todo el mundo. Nadie visitará a los cerdis, nadie les dirá nada, los cerdis esperarán a que vayamos y nadie volverá a atravesar la cerca. Ni yo, ni Ouanda, ni el Portavoz, nadie, y sin explicación.
»Comité de Evacuación. Nos evacuarán y borrarán todo rastro de nuestra estancia aquí. Son las reglas, ¿no? ¿Pero qué vieron? ¿Cómo lo averiguaron? ¿Se lo dijo el Portavoz? Está tan apegado a la verdad. Tengo que explicarle a los cerdis por qué no volveremos, tengo que decírselo.»
Un cerdi siempre les vigilaba, les seguía desde el momento en que entraban en el bosque. ¿Estaría observando ahora? Miro hizo señas con la mano. Estaba demasiado oscuro. Posiblemente no podrían verle. O tal vez sí; nadie sabía cómo era la visión nocturna de los cerdis. Le hubieran visto o no, no vinieron. Y pronto sería demasiado tarde; si los framlings estaban vigilando la verja, sin duda ya lo habrían notificado a Bosquinha, y ella estaría de camino, surcando la hierba con su vehículo. Ella lamentaría arrestarle, pero haría su trabajo, y no merecía la pena discutir con ella el hecho de si mantener esta loca separación era bueno para los cerdis o para los humanos. Ella no era quién para cuestionar la ley, sólo hacía lo que le decían. Y él se entregaría, no habría razón para luchar, ¿dónde podría esconderse dentro de la verja, entre los rebaños de cabras? Pero antes de rendirse, hablaría con los cerdis, tenía que decírselo.
Caminó a lo largo de la verja, lejos de la puerta, hacia el terreno abierto que había directamente bajando la colina desde la catedral, donde no vivía nadie cerca que pudiera oír su voz. Mientras andaba, llamaba. No palabras, sino un sonido alto y ululante, el grito que él y Ouanda solían usar para llamar su atención, cuando estaban separados entre los cerdis. Ellos le oirían, tenían que oírle, tenían que acudir a él porque no podía atravesar la verja. «Así que venid, Humano, Mandachuva, Flecha, Cuencos, Calendario, cualquiera, todos, venid y dejadme que os diga que ya no puedo deciros nada más.»
Quim estaba sentado tristemente en el despacho del obispo.
—
Estêvao — dijo el obispo suavemente —, dentro de unos pocos minutos habrá una reunión aquí, pero quiero hablar contigo primero.

—
No hay nada de qué hablar — dijo Quim —. Usted nos avisó y sucedió. Es el diablo.

—
Estêvao, hablemos un minuto y luego vete a casa y duerme.

—
Nunca volveré a ese lugar.

—
El Señor comió con peores pecadoras que tu madre, y las perdonó. ¿Eres mejor que Él?

—
¡Ninguna de las adúlteras que perdonó era su madre!

—
Ni la madre de nadie puede ser la Santa Virgen.



—
¿Está usted de su lado, entonces? ¿Ha dejado aquí la Iglesia sitio para los Portavoces de los Muertos? ¿Debemos derribar la catedral y usar las piedras para hacer un anfiteatro donde todos nuestros muertos puedan ser criticados antes de enterrarlos en el suelo?


— Soy tu obispo, Estêvao, el vicario de Cristo en este planeta, y me hablarás con el respeto que
debes a mi oficio — dijo Peregrino en un susurro. Quim permaneció en su sitio, furioso, sin hablar.
—
Creo que habría sido mejor que el Portavoz no hubiera contado estas historias públicamente. Algunas cosas se comprenden mejor en la intimidad, en el sosiego, para no encontrarnos con sorpresas mientras una audiencia nos observa. Para eso usamos el confesionario, para escudarnos de la vergüenza pública mientras nos debatimos con nuestros pecados privados. Pero sé justo, Estévao. El Portavoz ha contado esas historias, pero todas eran verdad, Né?

—
É.

—
Ahora, Estêvao, vamos a pensar. Antes de hoy, ¿amabas a tu madre?

—
Sí.

—
Y esta madre a la que amabas, ¿había cometido ya adulterio?

—
Diez mil veces.



—
Sospecho que no fue tan libidinosa como para eso. Pero me has dicho que la amabas, aunque era una adúltera. ¿No es la misma persona esta noche? ¿Ha cambiado entre ayer y hoy? ¿O eres tú quien ha cambiado?

— Lo que ella era ayer era mentira.

—
¿Quieres decir que porque sentía vergüenza de decirle a sus hijos que era una adúltera, también os estaba mintiendo, mintiendo cuando se preocupaba por vosotros todos estos años en que crecíais, en que confiaba en ti, en que te enseñaba...»

— No ha sido exactamente una madre modelo.

—
Si hubiera acudido al confesionario y ganado el perdón por su adulterio, entonces nunca habría tenido que decírtelo. Habrías muerto sin saberlo. No habría sido una mentira, porque habría sido perdonada, no habría sido una adúltera. Admite la verdad, Estêvao. Estás furioso porque te sentiste cohibido delante de toda la ciudad al intentar defenderla.

— Hace usted que me sienta como un idiota.

—
Nadie cree que lo seas. Todo el mundo piensa que eres un hijo leal. Pero si eres un auténtico seguidor del Maestro, la perdonarás y dejarás que sepa que la amas más que nunca, porque ahora comprendes su sufrimiento — el obispo miró hacia la puerta —. Tengo una reunión ahora, Estêvao. Por favor, ve a mi habitación privada y reza a la Magdalena para que te perdone.


Más triste que furioso, Quim atravesó la cortina situada detrás del escritorio del obispo.
El secretario abrió la puerta y dejó que el Portavoz de los Muertos entrara en la habitación. El obispo no se levantó. Para su sorpresa, el Portavoz se arrodilló e inclinó la cabeza. Era un acto que los católicos hacían solamente en una presentación pública ante el obispo, y Peregrino no pudo imaginar lo que el Portavoz pretendía con esto. Sin embargo estaba allí, arrodillado, esperando, y por tanto el obispo se levantó de su silla, se acercó a él y le tendió el anillo para que lo besase. Incluso entonces el Portavoz esperó, hasta que finalmente Peregrino dijo:
— Le bendigo, hijo mío, aunque no estoy seguro de si se está burlando de mí.
—
No hay burla en mi — dijo el Portavoz, con la cabeza aún inclinada. Entonces miró a Peregrino —. Mi padre era católico. Hacía como que no lo era, por conveniencia, pero nunca se perdonó por su falta de fe.

— ¿Está bautizado?

—
Mi hermana me dijo que sí. Mi padre me bautizó poco después de que naciera. Mi madre era una protestante de una fe que deploraba el bautismo infantil, así que tuvieron una discusión sobre el

tema — el obispo tendió una mano para ayudarle a levantarse —. Imagine. Un católico encubierto y una mormona remisa discutiendo sobre procedimientos religiosos en los que decían no creer. Peregrino se mostró escéptico. Era un gesto demasiado elegante que el Portavoz resultara ser católico.

—
Pensé que los Portavoces de los Muertos renunciaban a todas las religiones antes de iniciar su... digamos, vocación. No sé lo que hacen los otros. No creo que exista ninguna regla al respecto... ciertamente no las había cuando yo me convertí en Portavoz.

El obispo Peregrino sabía que se decía que los Portavoces no mentían, pero éste desde luego parecía evasivo.

—
Portavoz Andrew, no hay lugar en todos los Cien Mundos donde un católico tenga que ocultarsu fe, y no lo ha habido en los últimos tres mil años. Ésa ha sido la mayor bendición del viaje espacial, acabar con las terribles restricciones demográficas en la Tierra superpoblada. ¿Me está diciendo que su padre vivió en la Tierra hace tres mil años?

—
Le estoy diciendo que mi padre se encargó de bautizarme dentro de la fe católica, y que hice por mi padre lo que él nunca pudo hacer en su vida: arrodillarme ante un obispo y recibir su bendición.

—
Pero ha sido a usted a quien he bendecido... Y sigues eludiendo mi pregunta. Lo que implica que mi suposición sobre la época de tu padre es cierta. Dom Cristão dice que hay más en ti de lo que aparentas.

—
Bien — dijo el Portavoz —. Necesito la bendición más que mi padre, ya que está muerto, y tengo más problemas con los que enfrentarme.


— Siéntese, por favor.
El Portavoz eligió una banqueta al otro lado de la habitación. El obispo se sentó en su enorme sillón tras la mesa.
—
Ojalá no hubiera hablado hoy. Es un mal momento.

—
No sabía que el Congreso fuera a hacer esto.

—
Pero sabia que Miro y Ouanda habían violado la ley. Bosquinha me lo dijo.

—
Lo descubrí sólo unas horas antes de la alocución. Gracias por no haberles arrestado aún.


—
Es un asunto civil — el obispo descartó la importancia del tema, pero los dos sabían que, si hubiera insistido, Bosquinha habría tenido que obedecer sus órdenes y arrestarles a pesar del requerimiento del Portavoz —. Su alocución ha causado mucha incomodidad.

— Me temo que más que de costumbre.

—
Entonces... ¿su responsabilidad ha terminado? ¿Infringe las heridas y deja que otros las curen?

—
No son heridas, obispo Peregrino. Es cirugía. Y si puedo ayudar a aliviar el dolor, me quedo y ayudo. No tengo anestesia, pero busco antisépticos.

— Debería haber sido sacerdote.

—
Los hijos menores sólo tenían dos opciones. El sacerdocio o el ejército. Mis padres escogieron lo segundo.

—
Un hijo menor. Y sin embargo tuvo una hermana. Y vivió en la época en que los controles de población prohibían a los padres tener más de dos hijos a menos que el gobierno les diera un permiso especial. A ese hijo le llamaban Tercero, ¿verdad?

—
Sabe usted de historia.

—
¿Nació en la Tierra, antes de los vuelos interestelares?



—
Lo que nos concierne, obispo Peregrino, es el futuro de Lusitania, no la biografía de un Portavoz de los Muertos que tiene solamente treinta y cinco anos.

— El futuro de Lusitania es asunto mío, Portavoz Andrew, no suyo.

—
El futuro de los humanos de Lusitania es asunto suyo, obispo. Yo también me preocupo por los cerdis.


— No compitamos por ver quién siente mayor preocupación.
El secretario volvió a abrir la puerta y Bosquinha, Dom Cristão y Dona Cristã entraron. Bosquinha observó el espacio entre el Portavoz y el obispo.
—
No hay sangre en el suelo, si eso es lo que busca — dijo el obispo.

—
Sólo estaba calculando la temperatura.


—
El calor del respeto mutuo, creo — dijo el Portavoz —. No la brasa de la furia o el hielo del odio.

—
El Portavoz es católico por bautismo, si no por creencia — dijo el obispo —. Le he bendecido y eso parece haberle amansado.

—
Siempre he respetado a la autoridad.

—
Fue usted quien nos amenazó con un Inquisidor — le recordó el obispo. Con una sonrisa. La sonrisa del Portavoz fue igual de gélida.

—
Y usted es el que le dijo a la gente que yo era Satán y que no debería hablarme.




Mientras el Portavoz y el obispo se sonreían mutuamente, los otros se rieron nerviosamente, se sentaron y esperaron.
— Es una reunión, Portavoz — dijo Bosquinha.
— Discúlpenme — dijo el Portavoz —. He invitado a alguien más. Será mucho más sencillo si la esperamos unos cuantos minutos mas.
Ela encontró a su madre fuera de la casa, no lejos de la verja. Una tenue brisa, que agitaba ligeramente el capim, apenas hacia ondear su cabello. A Ela le llevó un momento advertir por qué esto era tan sorprendente. Su madre no se había arreglado el pelo en muchos años. Parecía extrañamente libre, tanto más porque Ela podía ver cómo se ondulaba y agitaba cuando, durante tantos años, había estado recogido en un moño. Fue entonces cuando supo que el Portavoz tenía razón. Madre atendería su invitación. Por mucha vergüenza o dolor que la alocución de hoy le hubiera causado, le permitía salir al aire libre, poco antes del anochecer, y mirar hacia la colina de los cerdis. O tal vez miraba a la verja. Quizá recordaba a un hombre con quien se reunía allí, o en algún otro lugar del capim, para amarse sin que les observara nadie. Siempre escondida. «Madre está contenta — pensó Ela —, de que se sepa que Libo fue su marido auténtico, que Libo es mi verdadero padre. Madre está contenta, y yo también.»
Madre no se volvió a mirarla, aunque seguramente la había oído acercarse a través de la ruidosa hierba. Ela se detuvo a unos pocos pasos de distancia.
—
Madre — dijo.

—
Entonces no es un rebaño de cabras. Eres muy ruidosa, Ela.

—
El Portavoz. Quiere tu ayuda.

—
Sin duda.


Ela explicó lo que el Portavoz le había dicho. Madre no se volvió. Cuando terminó, esperó un momento y luego se giró para caminar por el recodo de la colina. Ela corrió detrás.
—
Madre, Madre, ¿vas a contarle lo de la Descolada?

—
¿Por qué ahora? ¿Por qué después de todos estos años? ¿Por qué no quisiste decírmelo?

—
Porque trabajabas mejor por tu cuenta, sin

—
¿Sabías lo que estaba haciendo?


—
Eres mi aprendiz. Tengo completo acceso a tus ficheros sin dejar ninguna huella. ¿Qué clase de maestro sería si no observara tu trabajo?

—
También leí los archivos que escondiste bajo el nombre de Quara. Nunca has sido madre, así que no sabes que todas las actividades de los hijos menores de doce años se envían a los padres cada semana.


Quara estaba haciendo una investigación notable. Me alegra que vengas conmigo. Cuando se lo cuente al Portavoz, te lo contaré a ti también.
—
Has tomado el camino equivocado.
Madre se detuvo.


—
¿No está la casa del Portavoz cerca de la praça?


—
La reunión es en el despacho del obispo. Por primera vez, Madre la miró a la cara directamente.

—
¿Qué es lo que estáis intentando hacerme el Portavoz y tú?

—
Estamos intentando salvar a Miro. Y a Lusitania, si podemos.

—
Llevándome al cubil de la arana...

—
El obispo tiene que estar de nuestra parte o...



—
¡De nuestra parte! Quieres decir tú y el Portavoz, ¿no? ¿Crees que no me he dado cuenta? Todos mis hijos, uno a uno, han sido seducidos por...

—
¡Él no ha seducido a nadie!

—
Os ha seducido con esa forma que tiene de saber lo que queréis oír, de...



—
No es ningún adulador. No nos dice lo que queremos. Nos dice lo que sabemos que es verdad. No ha ganado nuestro afecto, Madre, sino nuestra confianza.

—
Sea lo que sea lo que obtiene de vosotros, nunca me lo habéis dado.

—
Quisimos dártelo.




Esta vez, Ela no apartó los ojos de la exigente mirada de su madre. Fue Novinha, en cambio, quien cedió, y cuando volvió a mirarla tenía lágrimas en los ojos.
—
Quise decíroslo — Madre no estaba hablando de sus ficheros —. Cuando vi cómo le odiabais, quise deciros que no era vuestro padre, que vuestro padre era un hombre bueno y amable...

—
Que no tuvo el valor de decírnoslo.
La furia asomó en los ojos de Madre.


—
Quiso hacerlo. Yo no le dejé.



—
Te diré algo, Madre. Yo amaba a Libo, de la manera en que todo el mundo en Milagro le amaba. Pero él estuvo dispuesto a ser un hipócrita, igual que tú, y sin que nadie se diera cuenta el veneno de vuestras mentiras nos lastimó a todos. No te echo la culpa, Madre, ni a él. Pero doy gracias a Dios por el


Portavoz. Él estuvo dispuesto a decirnos la verdad, y a liberarnos.
— Es fácil decir la verdad cuando no amas a nadie — dijo Madre suavemente.
— ¿Es eso lo que crees? Creo que sé algo, Madre. Creo que no puedes saber la verdad sobre nadie a menos que le ames. Creo que el Portavoz amaba a Padre. Me refiero a Marcão. Creo que le comprendió y le amó antes de Hablar.
Madre no respondió, porque sabía que era verdad.
— Y sé que ama a Grego, a Quara, y a Olhado. Y a Miro, e incluso a Quim. Y a mi. Sé que me
ama. Y cuando demuestra que me ama, sé que es verdad porque nunca le miente a nadie. Las lágrimas recorrían las mejillas de Novinha.
— Te he mentido a ti y a todo el mundo — dijo. Su voz sonaba débil y forzada —. Pero tienes que creerme cuando te digo que te amo.
Ela la abrazó, y por primera vez en años sintió calor en la respuesta de su madre. Porque ahora las mentiras entre ellas habían desaparecido. El Portavoz había destruido la barrera, y nunca más habría motivo para ser cautelosa.
—
Incluso ahora estás pensando en ese maldito Portavoz, ¿verdad? — susurró su madre.

—
Tú también — contestó Ela.
Madre se echó a reír.



— Si — entonces dejó de hacerlo, se separó de Ela y le miró a los ojos — ¿Estará siempre entre nosotros?
— Sí — dijo Ela —. Pero como un puente, no como un muro.
Miro vio a los cerdis cuando estaban a medio camino de la verja. Eran muy silenciosos en el bosque, pero no tenían mucha habilidad moviéndose a través del capim, pues éste crujía mientras corrían. O, tal vez, como acudían a la llamada de Miro no sentían necesidad de ocultarse. A medida que se acercaban, Miro les reconoció. Flecha, Humano, Mandachuva, Come-hojas, Cuencos. No les llamó en voz alta, ni ellos hablaron cuando llegaron. En cambio, se situaron tras la verja frente a él y le observaron en silencio. Hasta entonces, ningún Zenador había llamado nunca a los cerdis a la verja. Con su quietud demostraban su ansiedad.
—
No puedo ir a veros más — dijo Miro.
Ellos esperaron a que se explicara.


—
Los framlings nos descubrieron quebrantando la ley. Han cerrado la verja.
Come-hojas se frotó la barbilla.


—
¿Sabes qué es lo que vieron los framlings?
Miro se rió amargamente.


—
¿Qué es lo que no vieron? Sólo un framling ha venido con nosotros.

—
No — dijo Humano —. La reina colmena dice que no fue el Portavoz. La reina colmena dice


que lo vieron desde el cielo. ¿Los satélites?
—
¿Y qué pudieron ver?

—
Tal vez la caza — dijo Flecha.

—
Tal vez el pastoreo de la cabra — dijo Come-hojas.

—
Tal vez los campos de amaranto — dijo Cuencos.

—
Todo eso — dijo Humano —. Y tal vez vieron que las esposas han hecho nacer a trescientos


veinte niños desde la primera cosecha de amaranto.
—
¡Trescientos!

—
Y veinte más — dijo Mandachuva.


— Vieron que habría comida en abundancia — dijo Flecha —. Ahora estamos seguros de ganar nuestra próxima guerra. Nuestros enemigos serán plantados en grandes bosques nuevos por toda la llanura, y las esposas pondrán sus árboles madre en cada uno de ellos.
Miro se sintió enfermo. ¿Para esto había servido todo su trabajo y sacrificio, para dar ventaja a una tribu de cerdis? Libo no murió para que pudierais conquistar el mundo, estuvo a punto de decir. Pero su entrenamiento fue más fuerte, e hizo una pregunta neutral.
— ¿Dónde están todos esos niños nuevos?
— Ninguno de los hermanitos viene a nosotros — explicó Humano —. Tenemos demasiado que hacer aprendiendo de vosotros y enseñando a los otros hermanos — casas. No podemos entrenar a los hermanitos.
Entonces, orgullosamente, añadió:
— De los trescientos, más de la mitad son hijos de mi padre, Raíz.
Mandachuva asintió gravemente.

—
Las esposas sienten gran respeto por lo que nos has enseñado. Y tienen grandes esperanzas respecto al Portavoz de los Muertos. Pero lo que ahora nos dices es muy malo. Si los framlings nos odian, ¿qué haremos?

—
No lo sé — dijo Miro. Por el momento, su mente intentaba asimilar toda la información que le acababan de suministrar. Trescientos veinte nuevos bebés. Una explosión demográfica. Y Raíz, de alguna manera, el padre de la mitad de ellos. Antes, Miro habría despreciado el anuncio como parte del sistema de creencias totémicas de los cerdis. Pero tras haber visto a un árbol desarraigarse y caer en respuesta a una canción, estaba preparado para cuestionarse todas sus viejas presunciones.

Sin embargo, ¿de que le valía aprender nada ahora? Nunca le dejarían que volviera a informar, no podría continuar con su trabajo, estaría a bordo de una nave espacial durante el próximo cuarto de siglo mientras alguien más hacía su trabajo. O peor aún, el trabajo ya no lo haría nadie.

—
No estés triste — dijo Humano —. Verás cómo el Portavoz de los Muertos hace que todo salga bien.

—
El Portavoz. Sí. Él hará que todo salga bien... como hizo conmigo y con Ouanda. Mi hermana.

—
La reina colmena dice que él les enseñará a los framlings a amarnos.



—
Entonces será mejor que lo haga rápido — dijo Miro —. Ya es demasiado tarde para que pueda salvarnos a Ouanda y a mí. Nos han arrestado y nos van a expulsar del planeta.

— ¿A las estrellas? — preguntó Humano lleno de esperanza.

—
¡Sí, a las estrellas, para que nos juzguen! ¡Para que nos castiguen por ayudaros! Tardaremos veintidós años en llegar, y nunca nos dejarán regresar.


Los cerdis tardaron un instante en comprender la información. «Magnífico — pensó Miro —. Que se pregunten cómo va a resolverles el problema el Portavoz. Yo también confiaba en él y no hizo mucho por mi.»
Los cerdis se reunieron. Humano se separó del grupo y se acercó a la verja.
—
Te esconderemos.

—
Nunca te encontrarán en el bosque — dijo Mandachuva.

—
Tienen máquinas que pueden seguirme la pista por mi olor — dijo Miro.

—
Ah. Pero ¿no les prohíbe la ley mostrarnos máquinas? — preguntó Humano.
Miro sacudió la cabeza.


—
No importa. La puerta está cerrada para mí. No puedo cruzar la verja.
Los cerdis se miraron mutuamente.


—
Pero tienes capim ahí mismo — dijo Flecha. Miro contempló estúpidamente la hierba.

—
¿Y qué?

—
Mastícala — dijo Humano.

—
¿Por qué?


— Hemos visto a los humanos masticando capim — dijo Come-hojas —. La otra noche, en la colina, vimos al Portavoz y a algunos humanos masticando capim.
—
Y muchas otras veces — añadió Mandachuva.
Su impaciencia con él era frustrante.


—
¿Qué tiene eso que ver con la verja?


Una vez más los cerdis se miraron. Finalmente, Mandachuva arrancó una hoja de capim del suelo, la dobló cuidadosamente y se la metió en la boca para masticarla. Se sentó después. Los otrosempezaron a empujarle, a golpearle con los dedos, a pellizcarle. Él no parecía notarlo. Finalmente, Humano le dio un pellizco particularmente malicioso y cuando Mandachuva no respondió, empezaron a decir, en el lenguaje de los machos: «¡Preparado! ¡Es el momento de ir! ¡Ahora! ¡Ya!»
Mandachuva se levantó, un poco confundido por un instante. Entonces corrió hasta la verja y seencaramó a lo alto, la atravesó y aterrizó a cuatro patas al lado de Miro. Éste se puso en pie de un salto en el momento en que Mandachuva alcanzaba la cima; cuando terminó de gritar, Mandachuva estaba incorporándose y sacudiéndose el polvo.
—
No se puede hacer eso — dijo Miro —. Estimula todos los puntos dolorosos del cuerpo. No se puede cruzar la verja.

—
¡Oh! — dijo Mandachuva.
Desde el otro lado de la verja, Humano se frotaba los muslos.


—
No lo sabía. Los humanos no lo saben.

—
Es un anestésico — dijo Miro —. Evita sentir el dolor.

—
No — dijo Mandachuva —. Siento el dolor. Un dolor muy malo. El peor del mundo.

—
Raíz dice que la verja es aún peor que morir — explicó Humano —. Dolor en todas partes.

—
Pero a vosotros no os importa.



—
Le pasa a tu otro yo — dijo Mandachuva —. Le sucede a tu yo animal. Pero a tu yo — árbol no le importa. Te hace ser tu yo — árbol.


Entonces Miro recordó un detalle que se había perdido en lo grotesco de la muerte de Libo. La boca del muerto había sido llenada de capim. Igual que la boca de todos los cerdis que habían muerto. Anestésico. La muerte parecía una tortura horrible, pero el dolor no era el motivo. Usaban un anestésico. No tenía nada que ver con el dolor.
—
Mastica la hierba — dijo Mandachuva —, y ven con nosotros. Te esconderemos.

—
Ouanda...

—
Oh, iré a por ella.

—
No sabes dónde vive.

—
Si que lo sé.

—
Hacemos esto muchas veces — explicó Humano —. Sabemos dónde vive todo el mundo.


Miro imaginó docenas de cerdis deambulando por Milagro en mitad de la noche. No se montaba guardia. Sólo unas cuantas personas tenían negocios que les ocupaban por la noche. Y los cerdis eran pequeños, lo suficiente para escabullirse en el capim y desaparecer por completo. No era extraño que supieran de metales y máquinas, a pesar de todas las reglas diseñadas para mantenerles al margen. Sin duda habían visto las minas, habían visto aterrizar la lanzadera, habían visto los morteros fabricando los ladrillos, habían visto los fanzedeiros arando y plantando el amaranto especial para los humanos. No era extraño que supieran lo que tenían que pedir.
Qué estúpido por nuestra parte pensar que podríamos mantenerlos aislados de nuestra cultura. Han sabido conservar mejor sus secretos ocultos que nosotros. Ahí lo tienes: superioridad cultural. Miro arrancó una hoja de capim.
—
No — dijo Mandachuva, quitándosela de las manos —. No partas la raíz, o no te servirá de nada — arrojó la hoja de Miro y cortó otra, a unos diez centímetros de la base. Luego la dobló y se la tendió a Miro, que empezó a masticarla.

Mandachuva le pellizcó y le sacudió.

—
No te preocupes por mí — dijo Miro —. Ve y trae a Ouanda. Podrían arrestarla en cualquier momento. Ve. Ahora. Ve. Mandachuva miró a los otros y, al notar alguna señal invisible de consentimiento, echó a correr hacia las laderas de Vila Alta, donde vivía Ouanda.


Miro masticó un poco más. Se pellizcó. Como decían los cerdis, sentía el dolor, pero no le importaba. Todo lo que le importaba era que esto era una salida, una manera de quedarse en Lusitania. De quedarse con Ouanda, tal vez. Olvida las leyes. Todas las leyes. No tendrían poder sobre él una vez dejara a los humanos y se internara en el bosque de los cerdis. Se convertiría en un renegado, algo de lo que ya le habían acusado, y él y Ouanda podrían vivir, abandonando todas las leyes de conducta humana. Vivir como quisieran, y formar una familia de humanos que tuvieran valores completamente nuevos, aprendidos de los cerdis, de la vida en el bosque; algo nuevo en los Cien Mundos. Y el Congreso no podría detenerles.
Corrió hacia la verja y la agarró con las dos manos. El dolor no remitió, pero no le importaba. Se encaramó a lo alto. Pero cada vez que apoyaba una mano el dolor se volvía más intenso, y empezó a preocuparse, empezó a preocuparse mucho, empezó a darse cuenta que el capim no tenía sobre él ningún efecto anestésico. Pero ya estaba casi en lo alto de la verja. El dolor era enloquecedor, no podía pensar. El impulso le llevó hacia arriba y, mientras se balanceaba allí, su cabeza atravesó el campo vertical de la verja. Todo el dolor imaginable de su cuerpo acudió a su cerebro, como si todo él estuviera ardiendo.
Los Pequeños observaron con horror cómo su amigo colgaba de la verja, la cabeza y el torso en un lado, sus caderas y piernas en el otro. De inmediato corrieron a ayudarle y trataron de tirar de él. Como no habían masticado capim, no se atrevían a tocar la verja.
Al oír sus gritos, Mandachuva regresó sobre sus pasos. Quedaba aún en su cuerpo el suficiente anestésico para que pudiera escalar la verja y empujar el pesado cuerpo humano. Miro aterrizó bruscamente en el suelo, con los brazos aún asidos a la verja. Los cerdis le retiraron de allí. Su cara estaba petrificada en un rictus de agonía.
—
¡Rápido! — gritó Come-hojas —. ¡Tenemos que plantarlo antes de que muera!

—
¡No! — respondió Humano, apartándole del cuerpo inmóvil de Miro —. ¡No sabemos si está


muriendo! El dolor es sólo una ilusión, y ya que no tiene ninguna herida, debe cesar.
— No cesa — dijo Flecha —. Mírale.
Los puños de Miro estaban crispados, sus piernas dobladas, y su espina dorsal y cuello arqueados hacia atrás. Aunque respiraba a duras penas, su cara parecía tensa de dolor.
—
Tenemos que darle raíces antes de que muera — dijo Come-hojas.
Humano se volvió hacia Mandachuva.


—
Ve y trae a Ouanda. ¡Vamos! Ve y dile que Miro está muriéndose. Dile que la puerta está


cerrada y que Miro está en este lado y que se muere. Mandachuva salió corriendo.
El secretario abrió la puerta, pero hasta que vio a Novinha, Ender no sintió alivio. Cuando envió a Ela a buscarla, estaba seguro de que acudiría, pero a medida que transcurrían los minutos de espera, empezó a sentir dudas. Tal vez no la había comprendido. Pero no había por qué dudar. Era la mujer que él pensaba. Advirtió que se había arreglado el pelo y, por primera vez desde su llegada a Lusitania, Ender vio en su cara una clara imagen de la muchacha que en su angustia le había llamado hacía menos de dos semanas, más de veinte años.
Parecía tensa, preocupada, pero Ender sabía que su ansiedad se debía a su situación presente, al hecho de acudir al despacho del obispo cuando había pasado tan poco tiempo desde el descubrimiento de sus pecados. Y si Ela le había hablado del peligro que corría Miro, aquello también contribuiría a aumentar su tensión. Todo esto era transitorio; Ender pudo ver por su cara, por la relajación de sus movimientos, en la fijeza de su mirada, que el final de su larga agonía era realmente el regalo que él había esperado, lo que él había creído. «No he venido a lastimarte, Novinha, y me alegra ver que mi alocución te ha proporcionado cosas mejores que la simple vergüenza.»
Novinha se quedó quieta un instante mirando al obispo. No desafiante, sino amablemente, condignidad. Él respondió de la misma manera, ofreciéndole asiento. Dom Cristão empezó a ponerse en pie, pero ella sacudió la cabeza y ocupó otra silla junto a la pared. Cerca de Ender. Ela se colocó entre ellos. Como una hija entre sus padres, pensó Ender, aunque apartó rápidamente aquel pensamiento. Había cosas mucho más importantes en juego.
—
Veo que pretende que esta reunión sea interesante — dijo Bosquinha.

—
Creo que el Congreso ya lo ha decidido — repuso Dona Crista.

—
Tu hijo ha sido acusado de crímenes contra... — empezó a decir el obispo Peregrino.


— Sé de qué le han acusado. No lo he sabido hasta esta misma noche, cuando Ela me lo dijo, pero no me sorprende. Mi hija Elanora también ha estado desafiando algunas reglas que su maestra le había establecido. Los dos obedecen más a su propia conciencia que a las leyes que otros les imponen. Efectivamente, es un defecto si se pretende mantener el orden, pero es una virtud si lo que se pretende es aprender y adaptarse.
—
No se juzga a Miro aquí — dijo Dom Cristão.

—
Les pedí que se reunieran porque hay que tomar una decisión — dijo Ender —: Si acatamos


o no las órdenes que nos ha dado el Congreso Estelar.
— No tenemos mucha elección — dijo el obispo.
— Hay muchas elecciones, y muchas razones para elegir. Ya han tomado una: cuando descubrieron que estaban despojando los archivos, decidieron intentar salvarlos, y decidieron confiar en mí, un extraño. Su confianza no estaba equivocada. Les devolveré los archivos cuando los pidan, sin leerlos ni alterarlos.
—
Gracias — dijo Dona Cristá —. Pero lo hicimos antes de conocer la gravedad del cargo.

—
Van a evacuarnos — dijo Dom Cristão.

—
Lo controlan todo — añadió el obispo Peregrino.

—
Ya se lo he dicho — anunció Bosquinha.


—
No lo controlan todo — dijo Ender —. Sólo les controlan a través de la conexión del ansible.

—
No podemos desconectar el ansible — dijo el obispo —. Es nuestra única conexión con el Vaticano.

—
No sugiero que hagamos eso. Sólo estoy diciendo lo que podemos hacer. Y cuando lo digo, confío en ustedes de la misma forma en que ustedes confiaron en mí. Porque si le repiten esto a alguien, el coste para mí, y para alguien más, a quien amo y de quien dependo, seria inconmensurable.

Les miró uno a uno, y ellos asintieron.

—
Tengo una amiga cuyo control sobre las comunicaciones por ansible entre los Cien Mundos es completa... y completamente insospechada. Soy el único que sabe lo que puede hacer. Y me ha dicho, cuando se lo pregunté, que puede hacer creer a todos los framlings que aquí en Lusitania hemos cortado nuestra conexión con el ansible. Y sin embargo podremos enviar mensajes si queremos... al Vaticano, a las oficinas de vuestra orden. Podemos leer registros distantes, interceptar comunicaciones distantes. En resumen, tendremos ojos y ellos estarán ciegos.

—
Desconectar el ansible, o hacerlo creer, sería un acto de rebelión. De guerra — dijo Bosquinha rudamente, pero Ender pudo ver que la idea le atraía, aunque se resistiera a ella con todas sus fuerzas —. Diría, sin embargo, que si fuéramos lo bastante locos para decidir ir a la guerra, lo que el Portavoz nos ofrece es una clara ventaja. Necesitaríamos todas las ventajas posibles... si estuviéramos tan locos como para rebelamos.

—
No tenemos nada que ganar con la rebelión — dijo el obispo —, y todo que perder. Lamento la tragedia que seria enviar a Miro y Ouanda para que los juzguen en otro mundo, especialmente porque son muy jóvenes. Pero la corte sin duda lo tendrá en cuenta y les tratará con piedad. Y accediendo a las órdenes del comité, evitaremos muchos sufrimientos a la comunidad.

—
¿No cree que tener que evacuar este mundo les causará también sufrimiento? — preguntó Ender.

—
Sí. Pero se quebrantó una ley, y debe cumplirse el castigo.

—
¿Y si la ley está basada en un absurdo y el castigo está en desproporción con el pecado?

—
No podemos ser jueces de eso.



—
Somos los jueces de eso. Si acatamos las órdenes del Congreso, estaremos diciendo que la ley es buena y que el castigo es justo. Y puede que al final de esta reunión se decida exactamente eso. Pero hay otras cosas que deben saber antes de tomar una decisión. Yo puedo decirles algunas, y sólo Ela y Novinha pueden decir otras. No deberían decidir hasta que supieran todo lo que sabemos.

—
Me alegra saber todo lo posible — dijo el obispo —. Por supuesto, la decisión final es de Bosquinha, no mía...

—
La decisión final les pertenece a todos ustedes, los líderes civiles, religiosos e intelectuales de Lusitania. Si alguno de ustedes vota en contra de la rebelión, entonces la rebelión es imposible.


Sin el apoyo de la Iglesia, Bosquinha no puede gobernar. Sin el apoyo civil, la Iglesia no tiene poder.
—
Nosotros no tenemos poder — dijo Dom Cristão —. Sólo opiniones.

—
Todos los adultos de Lusitania acuden a vosotros en busca de sabiduría y consejo.

—
Olvida un cuarto poder — dijo el obispo —. Usted mismo.

—
Soy un framling aquí.


—
Un framling extraordinario. En cuatro días ha capturado el alma de esta gente de una manera que temía y anuncié. Ahora nos aconseja una rebelión que podría costarnos todo cuanto somos y tenemos. Es tan peligroso como Satán. Y sin embargo aquí está, recurriendo a nuestra autoridad como si no fuera libre de coger su lanzadera y marcharse cuando la nave regrese a Trondheim con nuestros dos jóvenes criminales a bordo.

—
Recurro a su autoridad porque no quiero ser un framling aquí. Quiero ser su ciudadano, su estudiante, su feligrés.

— ¿Como Portavoz de los Muertos? — preguntó el obispo.

—
Como Andrew Wiggin. Tengo algunas habilidades que podrían ser útiles. Particularmente si se rebelan. Y tengo otro trabajo que hacer que no podrá hacerse si los humanos se retiran de Lusitania.


— No dudamos de su sinceridad, pero debe perdonamos si dudamos en compartirla con un
ciudadano que es un recién llegado. Ender asintió. El obispo no podía decir más hasta que supiera más.
—
Déjeme decirles lo que sé. Hoy, esta tarde, fui al bosque con Miro y Ouanda.

—
¡Usted! ¡También quebrantó la ley! — El obispo casi se levantó de la silla.
Bosquinha se adelantó, haciendo gestos para calmar la ira del obispo.



—
La intrusión en nuestros ficheros comenzó antes. La Orden del Congreso posiblemente no puede estar referida a su infracción.

—
Quebranté la ley porque los cerdis me estaban llamando. En realidad, deseaban verme. Habían visto aterrizar la lanzadera. Sabían que estaba aquí. Y, para bien o para mal, habían leído la Reina Colmena y el Hegemón.

— ¿Le dieron a los cerdis ese libro? — preguntó el obispo.

—
También les dieron el Nuevo Testamento. Pero seguro que no se sorprenderá si le digo que los cerdis descubrieron que tienen mucho en común con la reina colmena. Déjenme contarles lo que dijeron. Me suplicaron que convenza a los Cien Mundos de que acaben con la ley que les mantiene aislados. Verán, los cerdis no piensan en la verja en los mismos términos que nosotros. Nosotros la vemos como un medio de proteger su cultura de la influencia humana y la corrupción. Ellos la ven como un medio de apartarles de todos los secretos maravillosos que conocemos. Imaginan que nuestras naves van de estrella en estrella, colonizándolas, ocupándolas. Y dentro de cinco o diez mil años, cuando por fin aprendan lo que rehusamos enseñarles, saldrán al espacio para descubrir que todos los mundos están ocupados. No habrá lugar para ellos en ninguno. Piensan que nuestra verja es una forma de asesinar especies. Les hacemos estar en Lusitania como animales en un zoo, mientras que nosotros salimos y tomamos el resto del universo.

— Eso es una tontería — dijo Dom Cristão. No es nuestra intención...

—
¿No? — replicó Ender —. ¿Por qué nos mostramos tan ansiosos de que no reciban ninguna influencia de nuestra cultura? No es sólo en interés de la ciencia. No es sólo un buen procedimiento xenológico. Recuerden, por favor, que nuestro descubrimiento del ansible, del vuelo interestelar, del


control parcial de la gravedad, incluso del arma que usamos para destruir a los insectores... todo fue el resultado directo de nuestro contacto con los insectores. Aprendimos la mayor parte de la tecnología gracias a las máquinas que dejaron después de su primera incursión en el sistema solar terrestre. Empezamos a usar esas máquinas mucho antes de entenderlas. Alguna de ellas, como el impulso filótico, ni siquiera las entendemos ahora. Estamos en el espacio precisamente por causa del impacto recibido a través de una cultura devastadoramente superior. Y, sin embargo, en sólo unas cuantas generaciones, tomamos las máquinas de los insectores, les sobrepasamos y les destruimos. Eso es lo que significa nuestra verja... tememos que los cerdis nos hagan lo mismo. Y ellos saben lo que significa. Lo saben y lo odian.
— No les tenemos miedo — dijo el obispo —. Son... salvajes, por el amor de Dios...
—
Es así cómo también veíamos a los insectores — dijo Ender —. Pero para Pipo, Libo, Ouanda y Miro nunca han sido salvajes. Son diferentes de nosotros, sí, mucho más diferentes que los framlings. Pero siguen siendo personas. Son ramen, no varelse. Así que cuando Libo vio que los cerdis corrían peligro de morir de hambre, que se preparaban para ir a la guerra a fin de reducir la población, no actuó como científico. No se dedicó a observar su guerra y a tomar notas de la muerte y del sufrimiento. Actuó como cristiano. Cogió el amaranto experimental que Novinha había rehusado para el uso humano, porque se había adaptado demasiado a la bioquímica lusitana, y enseñó a los cerdis a plantarlo, a recolectarlo y a prepararlo como alimento. No tengo ninguna duda de que el incremento en la población cerdi y los campos de amaranto son lo que ha visto el Congreso Estelar. No una violación premeditada de la ley, sino un acto de compasión y amor.

—
¿Cómo puede llamar a una desobediencia semejante un acto cristiano? — preguntó el obispo.

—
¿Quién de entre vosotros, cuando su hijo le pide pan le ofrecerá una piedra?

—
El diablo puede citar las escrituras para servir a su propio propósito.



—
No soy el diablo, ni lo son los cerdis. Sus bebés morían de hambre, y Libo les dio comida y les salvó la vida.

— ¡Y mire lo que le hicieron!

—
Sí, miremos lo que le hicieron. Le mataron. Exactamente como matan a sus ciudadanos más honorables. ¿No les dice eso nada?

— Nos dice que son peligrosos y no tienen conciencia.

—
Nos dice que la muerte significa algo completamente diferente para ellos. Si de verdad creyera que alguien es perfecto de corazón, obispo, tan digno, que vivir otro día sólo podría hacer que fuera menos perfecto, ¿no sería entonces bueno que muriera y le llevaran directamente al cielo?

— Se burla de nosotros. Usted no cree en el cielo.

—
¡Pero ustedes sí! ¿Qué hay de los mártires, obispo Peregrino? ¿No se marcharon alegremente al cielo?

—
Por supuesto. Pero los hombres que les mataron eran bestias. Matar a los santos no les santificó. Condenó sus almas al infierno para toda la eternidad.

—
Pero ¿y si los muertos no van al cielo? ¿Y si los muertos adquieren una nueva vida delante de tus ojos? ¿Y si cuando muere un cerdi y dejan que su cuerpo yazca allí donde murió, echa raíces y se convierte en algo más? ¿Y si se convierte en un árbol que vive cincuenta o cien o quinientos años más?


— ¿De qué está hablando? — preguntó el obispo.
— ¿Nos está diciendo que los cerdis se metamorfosean de alguna manera de animal a planta? — preguntó Dom Cristão. La biología básica nos dice que eso es improbable.
—
Es prácticamente imposible — dijo Ender —. Por eso hay sólo unas pocas especies en Lusitania que sobrevivieron a la Descolada. Porque sólo unas pocas pudieron hacer la transformación. Cuando los cerdis matan a uno de los suyos, se transforma en un árbol. Y el árbol conserva al menos parte de su inteligencia, porque hoy he visto a los cerdis cantarle a un árbol y, sin que una sola herramienta lo tocara, el árbol se desarraigó, cayó y se partió hasta formar exactamente las cosas que los cerdis necesitaban. No fue un sueño. Miro, Ouanda y yo lo vimos con nuestros propios ojos, y oímos la canción, y tocamos la madera y rezamos por el alma del muerto.

—
¿Qué tiene esto que ver con nuestra decisión? — demandó Bosquinha —. Así que los bosques están compuestos de cerdis muertos. Eso es asunto de científicos.

—
Les estoy diciendo que cuando los cerdis mataron a Pipo y a Libo pensaban que les estaban ayudando a transformarse en el próximo estado de su existencia. No eran bestias, sino ramen, dando el mayor honor a los hombres que les habían servido tan bien.

—
Otra transformación moral, ¿no es eso? — preguntó el obispo —. Lo mismo que hizo en su alocución, haciéndonos ver a Marcos Ribeira una y otra vez, cada vez bajo una nueva luz. ¿Ahora quiere hacernos pensar que los cerdis son nobles? Muy bien, lo son. Pero no me rebelaré contra el Congreso, con todo el dolor que una cosa así causaría, sólo para que nuestros científicos puedan enseñar a los cerdis cómo construir frigoríficos.

—
Por favor — dijo Novinha.
La miraron expectantes.


—
¿Dijo usted que han leído todos nuestros ficheros?

—
Sí — respondió Bosquinha.

—
Entonces saben todo lo que tengo en mis archivos. Sobre la Descolada.

—
Si.
Novinha se cruzó de brazos.


—
No habrá ninguna evacuación.

—
Eso pensaba yo — dijo Ender —. Por eso le pedí a Ela que te trajera aquí.

—
¿Por qué no habrá evacuación? — pregunto Bosquinha.

—
Por la Descolada.

—
Tonterías — dijo el obispo —. Tus padres encontraron una cura.

—
No la curaron — dijo Novinha —. La controlaron. Impidieron que se volviera activa.

—
Eso es — dijo Bosquinha —. Por eso ponemos el aditivo en el agua. El Colador.



—
Todos los seres humanos de Lusitania, excepto tal vez el Portavoz, que quizá no la haya contraído, es portador de la Descolada.

— El aditivo no es caro — dijo el obispo —. Pero quizá puedan aislarnos. Pueden hacerlo.

—
No hay ningún sitio suficientemente aislado — dijo Novinha —. La Descolada es infinitamente variable. Ataca cualquier clase de material genético. Se puede suministrar aditivo a los humanos. Pero ¿pueden dárselo a cada hoja de hierba? ¿A cada pájaro? ¿A cada pez? ¿A cada pedazo de plancton?

— ¿Todos pueden contraerla? — preguntó Bosquinha —. No lo sabía.

—
No se lo dije a nadie. Pero protegí a cada una de las plantas que he ido desarrollando. El amaranto, las patatas... todo. El desafío no estaba en hacer las proteínas utilizables, sino en que los organismos produjeran por ellos mismos sus propias defensas.


Bosquinha estaba anonadada.
—
Entonces allá donde vayamos...

—
Podemos disparar la completa destrucción de la biosfera.

—
¿Y mantuviste esto en secreto? — preguntó Dom Cristão.


—
No había necesidad de contarlo — Novinha se miró las manos —. Algo en la información había hecho que los cerdis mataran a Pipo. Lo mantuve en secreto para que nadie más lo supiera. Pero ahora, con lo que Ela ha aprendido en los últimos años, y con lo que el Portavoz ha dicho esta noche... ahora sé qué fue lo que vio Pipo. La Descolada no separa las moléculas genéticas y evita que se reformen o se dupliquen. También las incita a unirse con moléculas genéticas completamente extrañas. Ela hizo el trabajo contra mi voluntad. Todas las formas de vida nativas de Lusitania anidan en pares animal — planta. La cabra con el capim. Las culebras de agua con el grama. Las moscas con los juncos. La xingadora con las lianas de tropeça. Y los cerdis con los árboles del bosque.

—
¿Quieres decir que unos se convierten en otros? — Dom Cristão sentía a la vez fascinación y repulsión.

—
Tal vez los cerdis sean los únicos en transformarse en árboles a partir de un cadáver. Pero tal vez las cabras son fecundadas por el polen del capim. Tal vez las moscas lo hacen por los juncos. Tendría que haberlo estudiado todos estos anos.

— ¿Y ahora en el Congreso saben todo esto? — preguntó Dom Cristão —. ¿De tus archivos?

—
No exactamente. Pero lo sabrán dentro de los próximos veinte o treinta años. Antes de que otros framlings lleguen aquí lo sabrán.


— No soy científico — dijo el obispo —. Todos los demás parecen comprenderlo excepto yo.
¿Qué tiene esto que ver con la evacuación? Bosquinha jugueteó con sus manos.
—
No pueden evacuarnos de Lusitania. Allá donde vayamos llevaremos a la Descolada con nosotros, y ésta acabaría con todo. No hay suficientes xenobiólogos en los Cien Mundos que puedan salvar un solo planeta de la devastación. Cuando lleguemos allí, sabrán que no podemos marcharnos.

—
Entonces, bien — dijo el obispo —. Eso resuelve nuestro problema. Si se lo decimos ahora, no se atreverán a enviar una flota para evacuarnos.


— No — dijo Ender —. Obispo, en cuanto sepan lo que pasaría con la Descolada, harán todo lo
posible para que nadie abandone este planeta, nunca. El obispo dio un paso atrás.
—
¿Qué? ¿Piensa que harán estallar el planeta? Vamos, Portavoz, ya no quedan Enders en la raza humana. Lo peor que podrían hacer es mantenernos en cuarentena....

—
En ese caso, ¿por qué tenemos que admitir su control? — dijo Dom Cristão —. Podríamos enviarles un mensaje informándoles de que no dejaremos el planeta por culpa de la Descolada y que no deben venir aquí, y eso es todo.

Bosquinha sacudió la cabeza.

—
¿Cree que nadie dirá: «Los lusitanos, sólo con visitar un planeta pueden destruirlo. Tienen una nave, tienen una conocida propensión a la rebeldía, tienen a los cerdis asesinos. Su existencia es una amenaza»?

—
¿Quién diría eso? — preguntó el obispo.

—
En el Vaticano, nadie — respondió Ender —. Pero al Congreso no le interesa salvar almas.



—
Y tal vez tengan razón — dijo el obispo —. Usted mismo ha dicho que los cerdis ansían poder volar. Y allá donde vayan, sin embargo, tendremos este mismo efecto. Incluso en los mundos


no habitados, ¿no es verdad? ¿Qué harán, duplicar infinitamente este paisaje... bosques de una sola especie de árboles, praderas de una única hierba, con sólo una cabra para pastar y sólo la xingadora para surcar el aire?
—
Tal vez algún día podamos encontrar un medio de controlar a la Descolada — dijo Ela.

—
No podemos arriesgar nuestro futuro por una posibilidad tan pequeña.


—
Por eso tenemos que rebelamos — dijo Ender —. Porque el Congreso pensará exactamente eso. Lo mismo que hicieron hace tres mil años, en el Genocidio. Todo el mundo condena al Genocida porque destruyó una especie alienígena cuyas intenciones resultaron ser inofensivas. Pero cuando parecía que los insectores estaban determinados a destruir a la raza humana, los líderes de la humanidad no tuvieron más alternativa que pelear con todas sus fuerzas. Les estamos presentando el mismo dilema. Ya temen a los cerdis. Y en cuanto comprendan lo que es la Descolada, todo intento de proteger a los cerdis acabará. Por bien de la supervivencia de la humanidad, nos destruirán. Probablemente no a todo el planeta. Como usted ha dicho, ya no quedan Enders hoy en día. Pero ciertamente aniquilarán Milagro y destruirán todo rastro del contacto humano. Incluidos los cerdis que nos conocen. Entonces vigilarán el planeta para evitar que los cerdis salgan de su estado primitivo. Si supieran lo que ellos saben, ¿no harían ustedes lo mismo?

— ¿Un Portavoz de los Muertos dice esto? — preguntó Dom Cristão.

—
Estaba usted allí — dijo el obispo —. Estaba usted allí la primera vez, ¿verdad? Cuando los insectores fueron destruidos.

—
La última vez no teníamos forma de hablar con los insectores, ningún medio de saber que eran ramen y no varelse. Esta vez estamos aquí. Sabemos que no saldremos a destruir otros mundos. Sabemos que nos quedaremos aquí en Lusitania hasta que podamos salir con seguridad, cuando la Descolada esté neutralizada. Esta vez, podemos conservar la vida de los ramen, para que quien escriba la historia de los cerdis no tenga que ser un Portavoz de los Muertos.


El secretario abrió la puerta y Ouanda entró corriendo. — Obispo — dijo —. Alcaldesa. Tienen que venir. Novinha...
—
¿Qué pasa? — preguntó el obispo.

—
Ouanda, tengo que arrestarte — dijo Bosquinha.

—
Arrésteme más tarde. Es Miro. Ha saltado la verja.


—
No puede hacer eso — dijo Novinha —. Podría matarle... — entonces, llena de horror, advirtió lo que había dicho —. Llévame con él.

— Buscad a Navio — dijo Dona Cristá.

—
No comprenden — continuó Ouanda —. No podemos llegar hasta él. Está al otro lado de la verja.

—
¿Entonces qué podemos hacer? preguntó Bosquinha.

—
Desconectarla.
Bosquinha miró a los otros, indefensa.


—
No puedo hacer eso. El Comité la controla ahora. Por ansible. Nunca la desconectaran.

—
Entonces Miro ya está muerto — dijo Ouanda.

—
No — dijo Novinha.




Tras ella, otra figura entró en la habitación. Pequeña, cubierta de pelo. Ninguno de ellos, excepto Ender, había visto antes a un cerdi en carne y hueso, pero supieron de inmediato qué era la criatura.
— Discúlpenme — dijo el cerdi —. ¿Significa esto que tenemos que plantarle ahora?
Nadie se molestó en preguntar cómo había cruzado la verja. Estaban demasiado atareados comprendiendo lo que quería decir con aquello de plantar a Miro.
—
¡No! — gritó Novinha.
Mandachuva la miró sorprendido.


—
¿No?

—
Creo que no deberíais de plantar a ningún humano más — dijo Ender.
Mandachuva se quedó absolutamente quieto.


—
¿Qué quiere decir? — dijo Ouanda —. Le está trastornando.


—
Espero que se trastorne aún más antes de que acabe el día — dijo Ender —. Vamos, Ouanda, llévanos con Miro.

—
¿Para qué, si no podemos cruzar la verja?

—
preguntó Bosquinha.

—
Llamen a Navio — dijo Ender.

—
Iré a por él — se ofreció Dona Cristá —. Olvidas que nadie puede llamar a nadie.

—
He preguntado para qué servirá — insistió Bosquinha.



—
Ya lo dije antes — respondió Ender —. Si deciden rebelarse, podemos cortar la conexión del ansible. Y entonces podremos desconectar la verja.

— ¿Intenta usar la situación de Miro para forzar mi mano? — preguntó el obispo.

—
Sí. Es una de sus ovejas, ¿no? Así que deje a las otras noventa y nueve, pastor, y venga con nosotros a salvar a la que se ha perdido.

— ¿Qué sucede? — preguntó Mandachuva.

—
Llévanos a la cerca — le dijo Ender —. Rápido, por favor. Bajaron corriendo las escaleras hacia la catedral. Ender podía oír al obispo tras él, gruñendo algo acerca de cómo pervertir las escrituras para servir fines privados.

Atravesaron el pasillo central de la catedral siguiendo a Mandachuva. Ender advirtió que el obispo se detuvo junto al altar y observó a la pequeña criatura peluda. Fuera, alcanzó su paso.

—
Dígame una cosa, Portavoz. Si la verja se viene abajo, si nos rebelamos contra el Congreso Estelar, ¿acabarían todas las reglas referidas al contacto con los cerdis?

— Eso espero, que no haya más barreras innaturales entre ellos y nosotros.

—
Entonces — dijo el obispo —, podríamos predicarles el Evangelio a los Pequeños, ¿no? Ya no habría ninguna regla en contra.

— Eso es. Puede que no se conviertan, pero ya no habría ninguna regla en contra.

—
Tengo que pensar en esto — dijo el obispo —. Pero tal vez, mi querido infiel, su rebelión abra la puerta de la conversión a una gran nación. Tal vez, después de todo, Dios le haya guiado hasta aquí.


Cuando el obispo, Dom Cristão y Ender llegaron a la verja, Mandachuva y las mujeres ya llevaban allí un rato. Ender pudo ver por la manera en que Ela se interponía entre su madre y la verja, y por la forma en que Novinha se cubría la cara con las manos, que ya había intentado escalar la verja para llegar junto a su hijo. Estaba llorando y le gritaba.
— ¡Miro! Miro, ¿cómo has podido hacer esto, cómo has podido escalar...?
Ela, mientras tanto, trataba de hablarle, de calmarla.

Al otro lado de la verja, cuatro cerdis observaban, sorprendidos.
Ouanda temblaba de miedo por la vida de Miro, pero tuvo suficiente presencia de ánimo para decirle a Ender lo que sabía que él no podría ver por sí mismo.
—
Ése es Cuencos, y los otros son Flecha, Humano y Come-hojas. Come-hojas está intentando convencer a los otros para que le planten. Creo que sé lo que significa, pero no hay problema. Humano y Mandachuva les han convencido de que no lo hagan.

— Pero eso no nos ayuda en nada — dijo Ender —. ¿Por qué hizo Miro algo tan estúpido?

—
Mandachuva me lo explicó por el camino. Los cerdis mastican capim, que tiene efecto anestésico. Pueden escalar la verja cuando quieren. Aparentemente lo han estado haciendo durante años. Pensaban que los humanos no lo hacíamos por obediencia a la ley. Ahora saben que el capim no tiene el mismo efecto sobre nosotros.


Ender se acercó a la verja.
— Humano — llamó.
El cerdi dio un paso adelante.

—
Hay una posibilidad de que podamos desconectar la verja. Pero si lo hacemos, estaremos en guerra con todos los humanos de los demás mundos. ¿Lo comprendes? Los humanos de Lusitania y los cerdis, juntos, en guerra contra todos los demás humanos.

—
Oh — dijo Humano.

—
¿Ganaremos? — preguntó Flecha.

—
Puede que sí — contestó Ender —. O puede que no.

—
¿Nos entregarás a la reina colmena? — preguntó Humano.

—
Primero tengo que ver a las esposas.
Los cerdis se envararon.


—
¿De qué están hablando? — preguntó el obispo —.



—
Tengo que ver a las esposas porque tenemos que hacer un tratado. Un acuerdo. Un grupo de leyes entre nosotros. ¿Me comprendes? Los humanos no pueden vivir según vuestras leyes, y vosotros no podéis vivir según las nuestras, pero si queremos vivir en paz, sin verja entre nosotros, y si voy a dejar a la reina colmena viviendo con vosotros para ayudaros y enseñaros, entonces tenéis que hacer algunas promesas, y mantenerlas. ¿Comprendes?

—
Comprendo — dijo Humano —. Pero no sabes lo que pides, tratar con las esposas. No son listas de la forma en que lo son los hermanos.

— Ellas toman todas las decisiones, ¿no?

—
Claro. Son las guardianas de las madres, ¿no? Pero te advierto, es peligroso hablar con las esposas. Especialmente para ti, porque te honran tanto.

—
Si se derriba la verja, tendré que hablar con las esposas. Si no puedo hablar con ellas, entonces la verja permanece en pie, y Miro morirá, y tendremos que obedecer la orden del Congreso que dice que todos los humanos de Lusitania tendrán que marcharse.


Ender no dijo que los humanos bien podrían acabar muertos. Decía siempre la verdad, pero no tenía por qué decirla siempre toda.
—
Te llevaré con las esposas — dijo Humano.
Come-hojas se acercó a él y pasó su mano sobre el vientre de Humano.


—
Te pusieron un nombre adecuado — dijo —. Eres humano, no uno de nosotros.
Come-hojas hizo ademán de echar a correr, pero Flecha y Cuencos le detuvieron.


—
Te llevaré — dijo Humano —. Ahora, detén la verja y salva la vida de Miro.
Ender se volvió hacia el obispo.


—
No es mi decisión — dijo éste —. Es de Bosquinha.


—
He jurado fidelidad al Congreso Estelar, pero cometeré perjurio ahora mismo por salvar la vida de mi gente. Digo que es hora de derribar la verja y de intentar conseguir lo mejor de nuestra rebelión.

—
Si podemos predicar a los cerdis... — dijo el obispo.

—
Se lo preguntaré cuando me reúna con las esposas — dijo Ender —. No puedo prometer mas.

—
¡Obispo! — exclamó Novinha —. ¡Pipo y Libo ya han muerto al otro lado de esa verja!



—
Derribadla — dijo el obispo —. No quiero ver cómo esta colonia termina sin haber iniciado siquiera el trabajo de Dios — sonrió sombríamente —. Pero será mejor que santifiquen a Os Venerados pronto. Nos hará falta su ayuda.

— Jane — murmuró Ender.

—
Por eso te amo — dijo Jane —. Puedes hacer cualquier cosa siempre y cuando yo lo revuelva todo del modo adecuado.

—
Corta el ansible y desconecta la verja, por favor.

—
Hecho.




Ender corrió hacia la cerca y se encaramó a ella. Con la ayuda de los cerdis subió a Miro y dejó que su cuerpo rígido cayera en brazos del obispo, la alcaldesa, Dom Cristão y Novinha. Navio venía corriendo por la colina detrás de Dona Cristá. Harían todo lo posible por ayudar a Miro.
Ouanda escaló también la cerca.
—
Vuélvete — le dijo Ender —. Ya le tenemos.

—
Si va a ver a las esposas, voy con usted. Necesita mi ayuda.
Ender no tenía respuesta para eso. Ella se dejó caer y corrió a su lado.
Navio se arrodilló junto al cuerpo de Miro.



— ¿Escaló la verja? — dijo —. No hay nada en los libros al respecto. No es posible. Nadie puede soportar tanto dolor para hacer pasar la cabeza a través del campo.
—
¿Vivirá? — demandó Bosquinha.

—
¿Cómo puedo saberlo? — respondió Navio. Impacientemente, le arrancó las ropas a Miro y


empezó a conectarle sensores —. Nadie cubría esta especialidad en la facultad de medicina. Ender advirtió que la verja se sacudía de nuevo. Ela estaba escalándola.
— No necesito tu ayuda — le dijo Ender.
— Ya es hora de que alguien que sepa algo de xenobiología vaya a ver qué es lo que pasa — replicó ella.
—
Quédate y cuida a tu hermano — dijo Ouanda.
Ela la miró desafiante.


—
También es hermano tuyo. Ahora vayamos a asegurarnos de que, si muere, no sea en vano.
Los tres siguieron al bosque a Humano y a los otros cerdis.
Bosquinha y el obispo les observaron partir.


—
Cuando me desperté esta mañana — comentó Bosquinha —, no esperaba convertirme en una



rebelde antes de acostarme.
—
Ni yo había imaginado que el Portavoz sería nuestro embajador ante los cerdis — dijo el obispo.

—
La cuestión es si alguna vez seremos perdonados por esto — dijo Dom Cristão.

—
¿Cree que hemos cometido un error?



—
En absoluto. Creo que hemos dado un paso hacia algo realmente grandioso. Pero la humanidad casi nunca perdona la grandeza auténtica.

—
Afortunadamente — dijo el obispo —, la humanidad no es el juez que cuenta. Y ahora recemos por este muchacho, ya que la ciencia médica ha alcanzado obviamente los límites de su competencia.