13 - Ela

MIRO: Los cerdis se autoproclaman machos, pero la verdad es que sólo estamos
aceptando su palabra.
OUANDA: ¿Por qué iban a mentir?
MIRO: Sé que eres joven e ingenua, pero hay algo que falta.
OUANDA: Aprobé antropología física. ¿Quién dice que lo hacen como nosotros?
MIRO: Obviamente no lo hacen. (Y, por cierto, NOSOTROS no lo hacemos en
absoluto). Creo que he descubierto dónde están sus genitales. En esos bultitos que tienen
en el vientre, donde el pelo es ligero y fino.
OUANDA: Pezones residuales. Incluso tú los tienes.
MIRO: Vi a Come-hojas y a Cuencos ayer, a unos diez metros de distancia. No los vi
BIEN, pero Cuencos estaba frotando el vientre de Come-hojas, y creo que esos bultitos
del vientre podían estar erectos.
OUANDA: O tal vez no.
MIRO: Una cosa es segura. El vientre de Come-hojas estaba húmedo, el sol lo
iluminaba, y le estaba gustando.
OUANDA: Eso es una aberración.
MIRO: ¿Y por qué no? Son todos solterones, ¿no? Son adultos, pero sus esposas no
les han hecho disfrutar de ninguno de los goces de la paternidad.
OUANDA: Creo que un zenador sediento de sexo está proyectando sus propias
frustraciones en sus sujetos de estudio.
Marcos Vladimir «Miro» Ribeira von Hesse y Ouanda Quenhatta Figueira Mucumbi. Notas de Trabajo, 1970:1:4:30.
El claro estaba muy tranquilo. Miro vio de inmediato que algo iba mal. Los cerdis no estaban haciendo nada. Sólo estaban de pie o sentados aquí y allá. Y tranquilos; apenas respiraban. Miraban al suelo. Excepto Humano, que salió del bosque tras ellos. Caminó lentamente, estirado. Miro sintió el codazo de Ouanda, pero no la miró. Pensó que estaba pensando lo mismo que él. ¿Es éste el momento en que nos van a matar como mataron a Pipo y Libo?
Humano les miró fijamente durante varios minutos. Era enervante tener que esperar tanto tiempo. Pero Miro y Ouanda guardaron la disciplina. No dijeron nada, ni siquiera dejaron que sus caras abandonaran la expresión relajada y sin significado que habían practicado durante tantos años. El arte de la no comunicación fue la primera cosa que tuvieron que aprender antes de que Libo les dejara acompañarles. Hasta que sus caras no mostraron nada, hasta que ni siquiera transpiraron visiblemente bajo un esfuerzo emocional, no vieron a ningún cerdi. Como si sirviera para algo...
Humano era muy capaz de convertir las evasivas en respuestas, las frases vacías en hechos brillantes. Sin duda, incluso su absoluta tranquilidad comunicaba su miedo. Y de ese círculo no había escapatoria. Todo comunicaba algo.
— Nos has mentido — dijo Humano.
«No respondas», dijo Miro en silencio, y Ouanda permaneció tan callada como si le hubiera oído. Sin duda, también estaba pensando lo mismo.
— Raíz dice que el Portavoz de los Muertos quiere venir a vernos.
Era lo más enervante de los cerdis. Cada vez que tenían que decir algo sorprendente, siempre responsabilizaban a algún cerdi muerto que no podría haberlo dicho. Sin duda había algún ritual religioso relacionado con ello: ir al árbol tótem, preguntarle, y quedarse allí contemplando las hojas
o la corteza o algo hasta conseguir exactamente la respuesta deseada.
—
Nunca hemos dicho lo contrario — dijo Miro.
Ouanda respiró un poco más rápidamente.


—
Dijiste que no vendría.


—
Eso es cierto. No puede. Tiene que obedecer la ley como todo el mundo. Si intentara traspasar la verja sin permiso...

—
Eso es mentira.
Miro guardó silencio.


—
Es la ley — dijo Ouanda suavemente.



—
La ley ha sido burlada antes — dijo Humano —. Podríais traerle aquí, pero no lo hacéis. Todo depende de que le traigáis aquí. Raíz dice que la reina colmena no puede darnos sus dones hasta que él venga.

Miro contuvo su impaciencia. ¡La reina colmena! ¿No le había dicho a los cerdis una docena de veces que todos los insectores estaban muertos? Y ahora la reina colmena muerta le estaba hablando igual que Raíz. Sería mucho más fácil tratar con los cerdis si dejaran de seguir órdenes de los muertos.

—
Es la ley — repitió Ouanda —. Si le pidiéramos que viniera, podría denunciarnos y nos deportarían y no volveríamos a veros nunca.

—
No os denunciará. Quiere venir.

—
¿Cómo lo sabes?

—
Lo dice Raíz.




Había veces en que Miro quería derribar el árbol tótem que se alzaba donde habían sacrificado a Raíz. Tal vez así se olvidarían de aquello. Pero claro, posiblemente, llamarían Raíz a cualquier otro árbol y continuarían con lo mismo. Nunca admitas que dudas de su religión, ésa era la regla básica; incluso los xenólogos de otros mundos, incluso los antropólogos lo sabían.
—
Pregúntale — dijo Humano.

—
¿A Raíz? — preguntó Ouanda.


— Él no hablaría contigo — respondió Humano. ¿Desdeñosamente? —. Pregúntale al Portavoz si vendrá o no.
Miro esperó a que Ouanda respondiera. Ella sabía cuál iba a ser exactamente su respuesta. ¿No lo habían discutido una docena de veces en los últimos dos días?
—
Es un buen hombre — había dicho Miro.

—
Es un fraude — respondió Ouanda.

—
Fue bueno con los pequeños.

—
Lo mismo hacen los que abusan de los niños.

—
Creo en él.

—
Entonces eres un idiota.

—
Podemos confiar en él.

—
Nos traicionara.
Y así había acabado la discusión.
Pero los cerdis cambiaban la cosa. Los cerdis añadían gran presión al bando de Miro.



Normalmente, cuando los cerdis demandaban lo imposible, él les hacía entrar en razón. Pero esto no era imposible, no quería hacerles desistir, y por eso no dijo nada. «Presiónala, Humano, porque esta vez tienes razón y Ouanda debe ceder.»
Sintiéndose sola, sabiendo que Miro no la ayudaría, ella cedió un poco.
—
Tal vez podríamos traerle al borde del bosque.

—
Tráele aquí — dijo Humano.

—
No podemos. Mira a tu alrededor. Lleváis ropas. Hacéis cuencos. Coméis pan.
Humano sonrió.


—
Sí. Todo eso. Tráele aquí.

—
No.


Miro se sobresaltó. Era algo que nunca habían hecho: negar claramente una petición. Siempre había un «pero», o un «ojalá pudiéramos». Pero la simple negación les decía que era uno mismo quien rehusaba.
La sonrisa de Humano se desvaneció.
— Pipo nos dijo que las mujeres no hablan. Pipo nos dijo que los hombres y las mujeres
humanas deciden juntos. Así que no puedes decir que no a menos que él también diga que no. Se volvió a Miro.
—
¿Dices que no?
Miro no respondió. Sentía el codo de Ouanda junto a él.


—
No dices nada. Di si o no.
Miro siguió sin responder.
Algunos de los cerdis se levantaron. Miro no sabia lo que hacían, pero el movimiento en sí, con



el intransigente silencio de Miro como clave, parecía amenazador. Ouanda, que nunca cedía ante una amenaza, claudicó al ver que la amenaza concernía a Miro.
— Dice que sí — susurró. — Dice que sí, pero por ti guarda silencio. Tú dices no, pero no guardas silencio por él — Humano escupió al suelo —. Tú no eres nada.
Humano de repente saltó hacia atrás, hizo una pirueta en el aire y cayó de pie, de espaldas a ellos, y se marchó. Inmediatamente los otros cerdis cobraron vida y siguieron a Humano, que les condujo al bosque.
Humano se detuvo bruscamente. Otro cerdi, en vez de seguirle, se había plantado ante él, bloqueándole el paso. Era Come-hojas. Miro no pudo oírles hablar, ni vio si movían la boca. Vio, sin embargo, que Come-hojas extendía la mano para tocar el vientre de Humano. La mano permaneció allí un momento, y luego Come-hojas se dio la vuelta y correteó hacia los matorrales como un chiquillo.
Después, todos los cerdis se marcharon.
—
Fue una batalla — dijo Miro —. Humano y Come-hojas. Están en bandos opuestos.

—
¿De qué? — preguntó Ouanda.


—
Ojalá lo supiera. Pero lo imagino. Si traemos al Portavoz, Humano gana. Si no, gana Come­hojas.

—
¿Gana qué? Porque si traemos al Portavoz, nos traicionará, y entonces perderemos todos.

—
No nos traicionará.

—
¿Qué falta le haría, si tú lo haces de esta forma?
Su voz era punzante, y él casi retrocedió ante el aguijón de sus palabras.


—
¡Traicionarte yo! — susurró —. Eu náo. Jamais.



—
Padre decía: «Estad unidos delante de los cerdis, nunca dejéis que os vean en desacuerdo» y tú...

—
¡Yo! ¡No les dije que sí! ¡Eres la que dijo que no, eres la que tomó una posición con la que sabías que yo no coincidía en absoluto!


— Cuando no estamos de acuerdo, es tu trabajo...
Se detuvo. Acababa de darse cuenta de lo que decía. Pero aquello no evitó que Miro supiera lo que iba a decir. Su trabajo era hacer lo que ella decía hasta que cambiara de opinión. Como si fuera su aprendiz.
—
Pensé que estábamos juntos en esto — dijo Miro, se giró y se internó en el bosque, de regreso a Milagro.

— ¡Miro! — le llamó ella —. ¡Miro, no tenía intención de...!
Él esperó a que ella le alcanzara y entonces la cogió por el brazo y le susurró con fiereza.


—
¡No grites! ¿O no te importa que los cerdis te oigan? ¿La maestra zenadora ha decidido que podemos dejarles ver todo ahora, incluso la reprimenda a su aprendiz?

—
No soy la maestra, yo...

—
Eso es cierto, no lo eres — se dio la vuelta y empezó a caminar de nuevo.

—
Pero Libo era mi padre, y por tanto soy...



—
Zenadora por derecho de sangre — dijo él —. Derecho de sangre, ¿no? ¿Y qué soy yo? ¿El hijo de un cretino borracho que golpeaba a su esposa? — la cogió por los brazos, atenazándola cruelmente — ¿Es eso lo que quieres que sea? ¿Una copia de mi pazzinho?

— ¡Suéltame!

—
Tu aprendiz piensa que hoy te has comportado como una idiota — dijo Miro —. Tu aprendiz piensa que deberías haber confiado en su juicio sobre el Portavoz, y que deberías haber confirmado su afirmación de que los cerdis se toman este asunto muy en serio, porque te equivocaste estúpidamente en ambas cosas, y puede que eso le haya costado a Humano la vida.


Aquella acusación era lo que los dos temían, que Humano terminara como Raíz, como habían terminado otros a lo largo de los años, desmembrado, con una semilla plantada en su cadáver.
Miro sabía que no había sido justo al hablar así, sabía que ella tenía derecho a enfurecerse. No tenía por qué echarle las culpas cuando ninguno de los dos tenía posibilidad alguna de saber qué riesgo corría Humano hasta que fuera ya demasiado tarde.
Ouanda, sin embargo, no se enfureció. En cambio, se calmó notablemente, conteniendo la respiración y adoptando una expresión neutra en la cara. Miro siguió su ejemplo e hizo lo mismo.
— Lo que importa es que saquemos el mejor partido — dijo Ouanda —. Las ejecuciones
siempre han tenido lugar de noche. Si tenemos alguna esperanza de salvar a Humano, tenemos que traer al Portavoz aquí, antes de que oscurezca.
Miro asintió.
—
Sí. Y lo siento.

—
Yo también lo siento.

—
Ya que no sabemos lo que hacemos, no es culpa de nadie si las cosas salen mal.

—
Sólo desearía poder creer que es posible hacer una buena elección.


Ela estaba sentada sobre una roca y tenía los pies metidos en el agua mientras esperaba al Portavoz de los Muertos. La verja estaba solamente a unos pocos metros de distancia, extendiéndose para evitar que la gente nadara por debajo. Como si alguien quisiera intentarlo. La mayoría de la gente de Milagro hacía como si la verja no existiera. Nunca se acercaban. Por eso le había pedido al Portavoz que se reuniera allí con ella. Incluso a pesar de que el día era cálido y el colegio había terminado, los niños no venían a nadar a Vila Ultima, donde la verja estaba cerca del río y el bosque cerca de la verja. Sólo los fabricantes de jabón, objetos de cerámica y ladrillos venían aquí, y se marchaban nuevamente cuando el trabajo terminaba. Ella podría decir lo que tenía que decir sin miedo a que nadie la escuchara o la interrumpiera.
No tuvo que esperar mucho. El Portavoz vino por el río remando en un botecito, igual que los granjeros que no usaban para nada las carreteras. La piel de su espalda era sorprendentemente blanca; incluso los pocos lusos cuya piel era lo bastante blanca para que les llamaran loiras eran mucho más morenos. Su blancura le hacía parecer débil e indefenso. Pero entonces vio lo rápidamente que se movía el bote contra la corriente, lo adecuadamente que se colocaban los remos cada vez a la profundidad justa, lo tensos que eran los músculos bajo su piel. Ella sintió una punzada de dolor, y entonces se dio cuenta de que era de pena por su padre. A pesar de lo profundamente que le había odiado, hasta este momento no había advertido que amaba algo de él. Pero sintió lástima por la fuerza de sus hombros y de su espalda, por el sudor que hacía que su piel marrón brillara como un cristal bajo la luz.
«No — dijo en silencio —, no siento pena por tu muerte, Cão. Lamento que no te parecieras al Portavoz, que no tiene ninguna conexión con nosotros y sin embargo nos ha dado más en tres días que tú en toda tu vida; lamento que tu hermoso cuerpo estuviera tan carcomido por dentro.»
El Portavoz la vio y dirigió el bote hacia la orilla. Ella se introdujo en los juncos para ayudarle a vararlo.
—
Lamento que te llenes de fango — dijo él —. Pero llevo dos semanas sin hacer ejercicio, y el agua me invitaba...

— Remas bien.

—
El mundo del que vengo, Trondheim, era principalmente hielo y agua. Un poco de roca aquí y allá, algo de suelo, pero si uno no sabía nadar quedaba más inmovilizado que si no supiera andar.

—
¿Es allí donde naciste?

—
No, donde Hablé por última vez.
Se sentó en la grama. Ella se sentó a su lado.


—
Madre está furiosa contigo.
Sus labios se curvaron en una media sonrisa.


—
Me lo dijo.
Sin pensarlo, Ela empezó a justificar a su madre.


—
Intentaste leer sus archivos.

—
Leí sus archivos. La mayoría. Todos excepto los que importaban.



—
Lo sé. Quim me lo dijo — se sentía un poco triunfal porque el sistema de protección de Madre le había derrotado. Entonces recordó que no estaba del lado de su madre en este asunto. Que llevaba años intentando que le abriera aquellos archivos. Pero continuó diciendo cosas que no quería decir —. Olhado está sentado en casa con los ojos desconectados y escuchando música a todo volumen. Está muy molesto.

—
Sí, piensa que le traicioné.

—
¿No lo hiciste? — no era eso lo que quería decir.



—
Soy un Portavoz de los Muertos. Digo la verdad cuando hablo, y no me escabullo de los secretos de los demás.

—
Lo sé. Por eso solicité un Portavoz. No tienes respeto por nadie.
Él pareció molesto.


—
¿Por qué me invitaste aquí?




Todo estaba saliendo mal. Estaba hablándole como si estuviera en contra de él, como si no le estuviera agradecida por lo que ya había hecho por su familia. Estaba hablándole como si fuera el enemigo. ¿Se ha apoderado Quim de mi mente para que diga cosas que no pretendo?
— Me invitaste a venir aquí, a este lado del río. El resto de tu familia no me habla y recibo un mensaje tuyo. ¿Para quejarte de la forma en que invado la intimidad de las personas? ¿Para decirme que no respeto a nadie?
—
No — dijo ella tristemente —. No es así cómo se suponía que iba a ser.

—
¿No se te ocurrió pensar que yo no habría elegido ser Portavoz si no sintiera respeto por la


gente? Llena de frustración, ella dejó que las palabras salieran como un torrente.
— ¡Desearía que hubieras entrado en todos sus archivos! ¡Desearía que hubieras descubierto
todos sus secretos y los hubieras publicado por los Cien Mundos! Había lágrimas en sus ojos; no sabía por qué.
—
Ya veo. Tampoco a ti te da acceso a esos archivos.

—
¿Sou aprendiz dela, nao sou? ¡E porque choro, digame! O senhor tem o jeito.


—
No tengo ningún truco para hacer llorar a la gente, Ela — respondió él suavemente. Su voz era una caricia. No, más, era como una mano que la agarrara, que la sujetara, que la hiciera sentirse firme —. Decir la verdad te hace llorar.

— Sou ingrata, sou má filha...

—
Sí, eres ingrata, y una hija terrible — dijo él, riendo suavemente —. Durante todos estos años de caos y negligencia has mantenido a tu familia unida con muy poca ayuda de tu madre, y cuando la seguiste en su carrera, ella no quiso compartir contigo la información más vital. No has hecho más que ganarte amor y confianza y ella te corresponde cerrándote su vida en la casa y en el trabajo; y entonces le dices a alguien que estás cansada. Eres la peor persona que conozco.


Ella descubrió que estaba riéndose de su propia autocondena. Puerilmente, no quiso hacerlo.
—
No me sermonees — intentó poner en su voz todo el desdén posible.
Él lo notó. Sus ojos se volvieron fríos y distantes.


—
No le escupas a un amigo — dijo.
Ella no quería que él se enfadara, pero no pudo evitar decir, fría, furiosamente:


—
No eres mi amigo.
Por un momento tuvo miedo de que él la creyera. Entonces una sonrisa apareció en su cara.


—
No reconocerías a un amigo si lo vieras.
Sí que lo haría, pensó. Veo uno ahora. Le sonrió.


—
Ela — dijo él —. ¿Eres una buena xenobióloga?

—
Sí.


—
Tienes dieciocho años. Podrías haberte presentado a las pruebas a los dieciséis. Pero no lo hiciste.

—
Madre no me dejó. Dijo que no estaba preparada.

—
No necesitas el permiso de tu madre después de los dieciséis.

—
Un aprendiz tiene que tener permiso de su maestro.

—
Ahora tienes dieciocho. Ya no te hace falta eso tampoco.



—
Ella sigue siendo la xenobióloga de Lusitania. Sigue siendo su laboratorio. ¿Y si aprobara el examen y no me dejara entrar en el laboratorio hasta después de su muerte?

—
¿Te amenazó con eso?

—
Dejó bien claro que no iba a dejar que me presentara a la prueba.



—
Porque en cuanto dejes de ser una aprendiz, si te admite en el laboratorio como co­xenobióloga, tendrás acceso completo...

— A todos los ficheros de trabajo. A todos los archivos sellados.

—
Así que evita que su propia hija comience su carrera. Mancha permanentemente tu expediente... no preparada para las pruebas ni siquiera a los dieciocho... sólo para evitar que leas esos ficheros.

—
Sí.

—
¿Por qué?

—
Madre está loca.

—
No, Ela. Sea lo que sea Novinha, no está loca.

—
Ela é boba mesma, senhor Falante.
Él se echó a reír y se tumbó en la grama.


—
Dime entonces lo boba que es.



—
Te daré la lista. Primero: No permite ninguna investigación sobre la Descolada. Hace treinta y cuatro años la Descolada casi destruyó esta colonia. Mis abuelos, «Os Venerados, Deus os abençoe», apenas consiguieron detenerla. Aparentemente, el agente de la enfermedad sigue presente: tenemos que comer un suplemento, una vitamina extra, para evitar que la plaga vuelva a aparecer. Te lo han dicho, ¿no? Si entra en tu sistema, tendrás que tomar ese suplemento toda la vida, incluso si te marchas de aquí.

— Lo sabía, sí.

—
No me deja que estudie los agentes de la Descolada en absoluto. De todas formas, eso también se encuentra en alguno de los archivos sellados. Ha cerrado todos los descubrimientos de Gusto y Cida. No hay nada disponible.


Los ojos del Portavoz se estrecharon.
—
Vale. Eso es un tercio de bobería. ¿Y el resto?

—
Es más de un tercio. Sea lo que sea el cuerpo de la Descolada, fue capaz de adaptarse y se


convirtió en un parásito humano diez años después de que la colonia fuera fundada. ¡Diez años! Si puede adaptarse una vez, puede adaptarse de nuevo.
—
Tal vez ella no piensa así.

—
Tal vez yo tenga derecho a decidirlo por mí misma.
Él le puso una mano en la rodilla y la tranquilizó.


—
Tienes razón. Pero continúa. La segunda razón por la que es boba.


—
No permite ninguna investigación teórica. Ninguna taxonomía. Ningún modelo evolucionario. Si alguna vez intento hacerlo, dice que no tengo nada que hacer y me carga de trabajo hasta que piensa que me he dado por vencida.

— Veo que no te has dado por vencida.

—
Para eso sirve un xenobiólogo. ¡Oh!, sí, está bien que pueda crear una patata que saque el máximo uso de los nutrientes ambientales. Es maravilloso que hiciera una variante de amaranto que convierta a la colonia en autosuficiente con sólo diez acres de cultivo. Pero todo eso es prestidigitación molecular.

— Es supervivencia.

—
Pero no sabemos nada. Es como nadar en la superficie del océano. ¡Puedes estar muy cómodo, puedes moverte un poco alrededor, pero no sabes si hay tiburones debajo! Podemos estar rodeados por los tiburones y ella no quiere averiguarlo.

— ¿Tercera cosa?

—
No quiere intercambiar información con los Zenadores. Fijo. Nada. Y eso es realmente una locura. No podemos salir del área cerrada por la cerca. Eso significa que no tenemos un solo árbol que estudiar. No sabemos absolutamente nada de la flora y fauna de este mundo excepto la que está en el interior de la cerca. Un rebaño de cabras y un puñado de hierba capim, y un sistema ecológico ligeramente distinto al lado del río, y eso es todo. Nada sobre las clases de animales del bosque, ningún intercambio de información en absoluto. No les decimos nada, y si nos envían datos, borramos los archivos sin leerlos. Es como si ella hubiera construido una muralla alrededor para que nada pueda atravesarla. Nada entra, nada sale.

— Tal vez tiene motivos.

—
Por supuesto que tiene motivos. Los locos siempre tienen motivos: odiaba a Libo. Le odiaba. No le permitía a Miro hablar de él, no nos dejaba jugar con sus hijos. China y yo hemos sido las mejores amigas durante años y ella no me permite traerla a casa. O ir a su casa después del colegio. Y cuando Miro se convirtió en su aprendiz, ella no le habló ni le puso un plato en la mesa durante un año.

Pudo ver que el Portavoz dudaba de ella y pensaba que estaba exagerando.

—
Quiero decir un año, sí. El día que fue a la Estación Zenador por primera vez como aprendiz de Libo, volvió a casa y ella no le habló, ni una palabra, y cuando se sentó a cenar le quitó el plato de delante y los cubiertos como si no estuviera allí. Él se quedó sentado toda la comida, sólo mirándola. Hasta que Padre se enfadó con él por ser descortés y le dijo que saliera de la habitación.

— ¿Qué hizo, se marchó de casa?

—
No. ¡No conoces a Miro! — Ela se rió amargamente —. No pelea, pero tampoco se rinde. Nunca contestó a los abusos de Padre, nunca. En toda mi vida no recuerdo haberle oído responder a la furia con furia. Y Madre... bueno, Miro volvió a casa todas las noches de la Estación Zenador y se sentaba donde había un plato puesto, y cada noche Madre le retiraba el plato y los cubiertos, y él se


quedaba allí sentado hasta que Padre le hacía salir. Naturalmente, al cabo de una semana, Padre le gritaba que se marchara en cuanto Madre le quitaba el plato. A padre, el muy bastardo, le encantaba, pensaba que era magnífico, odiaba tanto a Miro y por fin Madre estaba de su lado contra Miro...
—
¿Quién cedió?

—
Nadie.


Ela miró al río, advirtiendo lo terrible que sonaba todo esto, advirtiendo que estaba avergonzando a su familia delante de un extraño. Pero él no era un extraño, ¿verdad? Porque Quara hablaba de nuevo, y Olhado estaba de nuevo interesado por las cosas, y Grego, aunque por poco tiempo, había sido un niño casi normal. No era un extraño.
— ¿Cómo terminó? — preguntó el Portavoz.
— Terminó cuando los cerdis mataron a Libo. Tanto odiaba Madre a ese hombre que, cuando murió, lo celebró perdonando a su hijo. Cuando Miro regresó a casa aquella noche fue después de que terminara la cena, muy tarde. Una noche terrible, todo el mundo muerto de miedo, los cerdis parecían tan malignos y todos querían tanto a Libo... excepto Madre, claro. Madre se quedó levantadaesperando a Miro. Él entró y se fue a la cocina y se sentó ante la mesa, y Madre le puso un platodelante y se lo llenó de comida. No dijo una palabra. Él comió sin decir tampoco nada. Como si nada hubiera pasado. Me desperté a medianoche porque pude oír a Miro vomitando y llorando en el cuarto de baño. No creo que le oyera nadie más, y no fui con él porque pensé que no querría que nadie le oyera. Ahora pienso que debería haber ido, pero tenía miedo. Había cosas tan terribles en mi familia...
El Portavoz asintió.
—
Tendría que haber ido con él — repitió Ela.

—
Sí — dijo el Portavoz —. Tendrías que haber ido.


Una cosa extraña pasó entonces. El Portavoz coincidió con ella en que había cometido un error aquella noche, y ella supo que era verdad, que su juicio era correcto. Y sin embargo se sintió extrañamente aliviada, como si el simple hecho de citar el error fuera suficiente para purgar parte del dolor. Entonces, por primera vez, ella captó una chispa del poder del Portavoz. No era asunto de confesión, penitencia y absolución, como los curas ofrecían. Era algo completamente diferente. Había narrado la historia de quién era ella, y había advertido entonces que ya no era la misma persona. Había dicho que había cometido un error, y el error la había cambiado, y ahora no cometería el error de nuevo porque se había convertido en alguien distinto, alguien menos temeroso, alguien más compasivo.
«Si no soy aquella niña asustada que oyó el dolor desesperado de su hermano y no se atrevió a acudir a su lado, ¿quién soy?» Pero el agua que fluía a través del entramado de la verja bajo la cerca no tenía respuestas. Tal vez no pudiera saber quién era hoy. Tal vez era suficiente saber que ya no era quien era antes.
El Portavoz continuaba tumbado en la hierba, mirando a las nubes que se oscurecían por el oeste.
—
Te he dicho todo lo que sé — dijo Ela —. Eso es lo que hay en esos ficheros... información sobre la Descolada. Es todo lo que sé.

—
No, no lo es.

—
Lo es, te lo prometo.



—
¿Quieres decir que la obedeciste? ¿Que cuando tu madre te dijo que no hicieras ningún trabajo teórico simplemente apagaste tu curiosidad e hiciste lo que quería?


Ela se rió.
—
Eso cree ella.

—
Pero no lo hiciste.

—
Aunque ella no lo sea, yo soy una científica.

—
Lo fue una vez. Aprobó las pruebas a los trece anos.

—
Lo sé.

—
Y solía compartir información con Pipo antes de que muriera.

—
También lo sé. Era sólo a Libo a quien odiaba.

—
Dime entonces, Ela, ¿qué has descubierto en tu trabajo teórico?


—
Ninguna respuesta. Pero al menos sé cuáles son algunas de las preguntas. Eso es un comienzo, ¿no? Nadie más hace preguntas. Es gracioso, ¿verdad? Miro dice que los xenólogos framling siempre le piden más y más información, más datos, y sin embargo la ley les prohíbe que aprendan más cosas. Y sin embargo ni un solo xenobiólogo framling ha pedido nunca información. Todos estudian la biosfera de sus propios planetas y no le hacen a Madre ni una sola pregunta. Soy la única que pregunta y a nadie le importa.

— A mí me importa. Necesito saber cuáles son las preguntas.

—
Bien, aquí hay una. Tenemos un rebaño de cabras en el interior de la verja. Las cabras no pueden saltar la verja, ni siquiera la tocan. He examinado cada una de las cabras del rebaño y, ¿sabes una cosa? No hay ni un solo macho. Todas son hembras.

—
Mala suerte — dijo el Portavoz —. ¿Piensas que deberían haber dejado al menos un macho dentro?

—
No importa. No sé si hay machos. En los últimos cinco años cada cabra adulta ha parido al menos una vez. Y ni una sola se ha apareado.

— Tal vez se donan.

—
El retoño no es genéticamente idéntico a la madre. Ésa es la información que pude conseguir en el laboratorio sin que Madre se diera cuenta. Hay algún medio de transferir genes.

— ¿Hermafroditismo?

—
No. Son hembras puras. No hay ningún órgano sexual masculino. ¿Es ésta una pregunta importante? De alguna manera las cabras están teniendo algún tipo de intercambio genético, sin sexo.

—
Solamente las implicaciones teológicas son sorprendentes.

—
No hagas chistes.

—
¿De qué? ¿De la ciencia o de la teología?

—
De ninguna de las dos. ¿Quieres oír más preguntas o no?

—
Quiero.



—
Entonces prueba con ésta. La hierba en la que estás tumbado, la llamamos grama. Todas las culebras de agua anidan aquí. Son gusanitos tan pequeños que apenas se ven. Se comen la hierba hasta el nudo y se comen también mutuamente, cambiando de piel cada vez que crecen. Entonces, de repente, cuando la hierba está completamente legamosa con sus pieles muertas, todas las culebras se meten en el río y nunca vuelven.

Él no era xenobiólogo. No captó la implicación inmediatamente.

—
Las culebras de agua anidan aquí — explico —, pero no salen del agua para poner sus huevos.

—
Así que se aparean antes de meterse en el agua.

—
Obviamente. Las he visto aparearse. Ése no es el problema. El problema es, ¿por qué son




culebras de agua? El seguía sin comprenderlo.
—
Mira, están completamente adaptadas a la vida submarina. Tienen branquias y pulmones, son soberbias nadadoras, tienen aletas, están completamente preparadas para la vida adulta bajo el agua. ¿Por qué evolucionar de esa manera si nacen en tierra, se aparean en tierra y se reproducen en tierra? En lo que hace referencia a la evolución, todo lo que suceda después de que te reproduces es completamente irrelevante, excepto si tienes que nutrir a tus hijos, y las culebras de agua definitivamente no lo hacen. Vivir en el agua no hace nada para ampliar su habilidad para sobrevivir hasta que se reproduzcan. Podrían meterse en el agua y ahogarse y no importaría porque la reproducción ha terminado.

— Sí — dijo el Portavoz —. Ahora lo veo.

—
Sin embargo, hay unos huevecillos en el agua. Nunca he visto a ninguna culebra ponerlos, pero ya que no hay otro animal en el río y en los alrededores lo suficientemente grande para ponerlos, parece lógico que son huevos de culebra. Sólo que estos huevos... tienen un centímetro de diámetro, son completamente estériles. Los nutrientes están allí, todo está preparado, pero no hay embrión. Nada. Algunos de ellos tienen un gameto (medio juego de genes en una célula, listos para combinarse), pero ni uno solo estaba vivo. Y nunca hemos encontrado huevos en tierra. Un día no hay nada más que grama, madurando más y más, y al día siguiente los tallos de grama están llenos de pequeñas culebras de agua recién nacidas.

— Me suena a generación espontánea.

—
Sí, bien, me gustaría encontrar información suficiente para probar algunas hipótesis alternativas, pero Madre no me lo permite. Le pregunté sobre esto y me hizo encargarme del proceso de exploración del amaranto para que no tuviera tiempo de husmear en el río. Y otra pregunta. ¿Por qué hay tan pocas especies aquí? En todos los otros planetas, incluso en algunos de los que son casi desérticos, como Trondheim, hay miles de especies diferentes, al menos en el agua. Aquí hay apenas un puñado, al menos por lo que sé. Los xingadora son los únicos pájaros que hemos visto. Las moscas son los únicos insectos. Las cabras son los únicos rumiantes que comen la hierba capim. A excepción de las cabras, los cerdis son los únicos animales grandes que hemos visto. Sólo hay una especie de árbol. Sólo una especie de hierba en la pradera, el capim; y la otra única planta que compite es la tropeça, una larga enredadera que se estira metros y metros... las xingadora hacen sus nidos con la enredadera. Eso es. Las xingadora se comen a las moscas y nada más. Las moscas comen algas al lado del lecho del río. Y nuestra basura, y nada más. Nada se come a la xingadora. Nada se come a la cabra.

— Muy limitado — dijo el Portavoz.

—
Imposiblemente limitado. Hay diez mil huecos ecológicos sin ocupar. No hay manera de que la evolución dejara este mundo tan despoblado.

—
A menos que hubiera un desastre.

—
Exactamente.

—
Algo que borró a todas las especies excepto a aquellas que fueron capaces de adaptarse.



—
Sí. ¿Ves? Y tengo pruebas. Las cabras tienen un modelo de conducta defensiva. Cuando te acercas a ellas, cuando te huelen, se colocan en círculo, con los adultos dando la cara hacia adentro para poder así cocear al intruso y proteger a los jóvenes.

— Muchos animales lo hacen.

—
Sí, pero ¿protegerse de qué? Los cerdis son completamente selváticos: nunca cazan en la pradera. Fuera cual fuese el depredador que obligó a la cabra a desarrollar esa pauta de conducta, ha desaparecido. Y recientemente... tal vez en los últimos cien mil o en el último millón de años.

— No hay evidencia de que haya caído ningún meteoro hace menos de veinte millones de años

—
dijo el Portavoz.

—
No. Ese tipo de desastre mataría a todos los animales grandes y a todas las plantas y dejaría a cientos de los pequeños, o tal vez matara toda la vida en la superficie y dejara con vida solamente al mar. Pero la tierra, el mar, todo fue arrasado, y sin embargo algunas criaturas grandes sobrevivieron. No, creo que fue una enfermedad. Una enfermedad que golpeó todas las especies, que podía adaptarse a cualquier cosa viva. Por supuesto, no advertimos esa enfermedad ahora porque todas las especies que quedaron vivas se han adaptado a ella. Será una parte de su modo de vida regular. La única manera en que podríamos notar la enfermedad...

— Es si la contrajéramos — dijo el Portavoz —. La Descolada.

—
¿Ves? Todo se remonta a la Descolada. Mis abuelos encontraron un medio de hacer que dejara de matar a los humanos, pero tomó la mejor manipulación genética. La cabra, las culebras de agua también encontraron una manera de adaptarse, y — dudo que fuera con suplementos en la dieta. Creo que todo tiene relación. Las extrañas anomalías reproductoras, los huecos en el ecosistema, todo se relaciona con los agentes de la Descolada, y Madre no quiere dejarme examinarlos. No me deja estudiar qué son, cómo funcionan, cómo pueden estar relacionados con...

—
Con los cerdis.

—
Bueno, sí, pero no sólo con ellos, sino con todos los animales...
El Portavoz parecía querer contener la excitación. Como si ella hubiera explicado algo difícil.




—
La noche que murió Pipo ella selló todos los ficheros relacionados con su trabajo, y cerró todos los archivos que contenían todas las investigaciones sobre la Descolada. Lo que le enseñó a Pipo tenía que ver con los agentes de la Descolada, y con los cerdis...

—
¿Por eso cerró los archivos? — preguntó Ela.

—
Si. Sí.

—
Entonces tengo razón, ¿no?

—
Sí. Gracias. Me has ayudado más de lo que crees.

—
¿Significa eso que Hablarás pronto de la muerte de Padre?
El Portavoz la miró con atención.


—
La verdad es que no quieres que Hable de tu padre. Quieres que Hable de tu madre.

—
No está muerta.



—
Pero sabes que no puedo Hablar de Marcão sin explicar por qué se casó con Novinha, y por que continuaron casados tantos años.

—
Eso es. Quiero que se desvelen todos los secretos. Quiero que se abran todos los archivos. No quiero que nada permanezca oculto.

—
No sabes lo que pides. No sabes el dolor que causará descubrir todos los secretos.

—
Mira a mi familia, Portavoz — contestó ella —. ¿Cómo puede causar más daño la verdad del




que han causado ya los secretos? Él le sonrió, pero no era una sonrisa jovial. Era afectiva, incluso compasiva.
— Tienes razón, pero cuando escuches toda la historia puede que tengas problemas para aceptarla.
—
Conozco toda la historia.

—
Eso es lo que cree todo el mundo, y nadie tiene razón.

—
¿Cuándo Hablarás?

—
En cuanto pueda.

—
Entonces, ¿por qué no ahora? ¿Hoy? ¿A qué estás esperando?

—
No puedo hacer nada hasta que hable con los cerdis.


—
¿Estás bromeando? Nadie puede hablar con los cerdis excepto los zenadores. Es una Orden del Congreso. Nadie puede trasgredirla.

—
Sí. Por eso va a ser difícil.

—
Difícil no, imposible.



—
Tal vez — dijo él. Se levantó y ella le imitó —. Ela, me has ayudado muchísimo al contarme todo lo que podría haber oído de ti. Igual que hizo Olhado. Pero a él no le gustó lo que hice con las cosas que me enseñó y ahora piensa que le he traicionado.

—
Es un crío. Yo tengo dieciocho años.
El Portavoz asintió y le colocó una mano sobre los hombros.


—
Entonces todo está bien. Somos amigos.
Ella estuvo casi segura de que había ironía en lo que decía. Ironía y, tal vez, una súplica.


—
Sí — insistió ella —. Somos amigos. Para siempre.





Él volvió a asentir, se dio la vuelta, empujó el bote hasta el agua. En cuanto estuvo a flote, se sentó y extendió los remos, bogó y entonces alzó la vista y le sonrió. Ela le devolvió la sonrisa, perola sonrisa no pudo ocultar el júbilo que sentía, el perfecto alivio. Él lo había escuchado todo, y haría que todo saliera bien. Creía aquello tan completamente que ni siquiera se daba cuenta de que era el motivo de su repentina felicidad. Sólo sabía que había pasado una hora con el Portavoz de los Muertos y ahora se sentía más viva de lo que había estado en los últimos diez años.
Cogió los zapatos, volvió a calzárselos y regresó a casa. Madre estaría aún en la Estación Biologista, pero Ela no quería trabajar esta tarde. Quería irse a casa y preparar la cena, que siempre era un trabajo solitario. Esperaba que nadie le hablara. Esperaba que no hubiera ningún problema que tuviera que resolver. Que eso se acabara para siempre.
Sólo llevaba unos minutos en casa cuando Miro entró apresuradamente en la cocina.
—
Ela — dijo —. ¿Has visto al Portavoz de los Muertos?

—
Sí. En el río.

—
¿En el río dónde?
Si le decía dónde se habían reunido, sabría que no habría sido por casualidad.


—
¿Por qué? — preguntó.


— Escucha, Ela, por favor, no es momento de recelos. Tengo que encontrarle. Le hemos dejado mensajes y el ordenador no puede localizarlo...
—
Remaba río abajo, camino de su casa. Probablemente estará a punto de llegar.
Miro salió corriendo de la cocina. Ela le oyó teclear en el terminal. Entonces regresó.


—
Gracias — dijo —. No me esperes para cenar.

—
¿Qué es tan urgente?

—
Nada.


Era tan ridículo decir «nada» cuando Miro estaba tan agitado y sentía tanta prisa que los dos se echaron a reír a la vez.
—
Muy bien — dijo Miro —, pasa algo, pero no puedo decírtelo, ¿vale?

—
Vale. Pero pronto se sabrán todos los secretos, Miro.


—
Lo que no comprendo es por qué no recibió nuestro mensaje. Quiero decir que el ordenador le estaba buscando. ¿No lleva un implante en el oído? Se supone que el ordenador puede localizarle. Aunque es posible que lo haya desconectado.

—
No — dijo Ela —. La luz estaba encendida.
Miro giró la cabeza y la miró.


—
¿Cómo pudiste ver la lucecita roja de su implante si estaba remando en medio del río?

—
Vino a la orilla. Charlamos.

—
¿De qué?
Ela sonrió.


—
De nada.
Él le devolvió la sonrisa, pero pareció algo molesto. Ella comprendió:




—
Está bien que tú no me digas tus secretos, pero no que yo te los oculte a ti, ¿no, Miro? Sin embargo, él no discutió. Tenía demasiada prisa. Tenía que encontrar al Portavoz y hacerlo inmediatamente, y no vendría a cenar a casa. Ela tuvo el presentimiento de que el Portavoz podría hablar con los cerdis antes de lo que pensaba. Durante un momento se sintió aliviada. La espera terminaría.


Entonces el alivio pasó y algo tomó su lugar. Un miedo enfermizo. Una pesadilla sobre el papai de China, el querido Libo, muerto en la colina, despedazado por los cerdis. Sólo que no era Libo. Era Miro. No, no, no era Miro. Era el Portavoz. Era el Portavoz a quien torturarían hasta la muerte.
— No — susurro.
Entonces tiritó y la alucinación se apartó de su mente; volvió a intentar sazonar la pasta para que supiera a algo más que a goma de amaranto.