8 - Dona ivanova


Es una vida de constante decepción. Sales y descubres algo, algo vital, y entonces cuando vuelves a la estación escribes un informe completamente inocuo donde no se menciona nada de lo que hemos aprendido a través de la contaminación cultural.
Sois demasiado jóvenes para comprender lo que es esta tortura. Padre y yo empezamos a hacer esto porque no podíamos soportar el ocultar conocimientos a los cerdis. Descubrirás, como he hecho yo, que no es menos doloroso ocultar conocimientos a tus colegas científicos. Cuando los veis esforzarse con un tema, sabiendo que tienes la información que podría resolver fácilmente su problema; cuando ves que se acercan a la verdad y, por falta de la información que tienes, se alejan de sus conclusiones correctas y vuelven al error... no seríais humanos si no os causara angustia.
Debéis tenerlo presente siempre: es la ley de ellos, su elección. Ellos son los que construyen la muralla que los distancia de la verdad, y nos castigarían si les dejáramos saber lo fácilmente que puede rebasarse esa muralla. Y por cada científico framling que ansía conocer la verdad hay diez estúpidos descabeçados que desprecian el conocimiento, que nunca idean una hipótesis original, cuya única labor es escudriñar los escritos de los verdaderos científicos para detectar pequeños errores, o contradicciones, o lapsus en el método. Estos moscones pululan sobre todos los informes que hacéis, y si no tenéis cuidado, de vez en cuando os cogerán.
Eso significa que no podéis mencionar a un solo cerdi cuyo nombre no se derive de nuestra contaminación cultural: «Cuencos» podría decirles que les hemos enseñado la manera de hacer vasijas rudimentarias. «Calendario» y «Cosechador» son obvios. Y ni el propio Dios podría salvarnos si se enteran de que uno de ellos tiene por nombre Flecha.
Nota de Liberdade Figueira de Medici a Ouanda Figueira Mucumbi y Miro Ribeira von Hesse, retirado de los archivos lusitanos por orden del Congreso y presentada como evidencia en el Juicio in absentia contra los Xenólogos de Lusitania acusados de los cargos de Traición y Alevosía.
Novinha se quedó en la Estación Biologista a pesar de que su trabajo había acabado hacía más
de una hora. Las plantas de patatas clónicas estaban todas dentro de las soluciones nutritivas; ahora
todo sería cuestión de hacer observaciones diarias para ver qué alteraciones genéticas produciría la
planta más robusta con la raíz más útil. «Si no tengo nada que hacer, ¿por qué no me voy a casa?» No tenía respuesta. Sus hijos la
necesitaban, eso era seguro; no les hacía ningún bien marchándose de casa cada mañana muy
temprano y regresando a casa sólo después de que los pequeños estuvieran ya dormidos. Y sin embargo incluso ahora, sabiendo que debería regresar, estaba sentada en el laboratorio, mirando sin ver nada, sin hacer nada, sin ser nada.
Pensó en irse a casa, y no pudo imaginar por qué no sentía alegría ante la perspectiva. «Después de todo — se recordó — Marcão está muerto. Murió hace tres semanas. Ni un segundo demasiado tarde. Hizo todo lo que tenía que hacer, todo lo que yo necesitaba, y yo hice todo lo que quiso, pero todas nuestras razones expiraron cuatro años antes de que él se pudriera por fin. En todo este tiempo nunca compartimos un momento de amor, pero nunca pensé en abandonarle. El divorcio habría sido imposible, pero el abandono habría sido suficiente. Para acabar con las palizas.» Todavía tenía la cadera lastimada de la última vez que la había tirado al suelo. «¡Qué encantadora herencia dejaste detrás, Cão, mi perro esposo!»
El dolor de la cadera se incrementó al pensarlo. Asintió con satisfacción. «No es ni mas ni menos que lo que merezco, y lo lamentaré cuando sane.
Se incorporó y se puso a caminar, sin cojear, aunque el dolor era agudo. «No me molesta. No es más que lo que merezco.»
Caminó hasta la puerta y la cerró al salir. El ordenador apagó las luces en cuanto se marchó, excepto aquellas necesarias para las plantas que se encontraban en forzosa fase de fotosíntesis. Amaba las plantas, sus pequeñas bestias, con sorprendente intensidad. «Creced — les decía noche y día —, creced y floreced.» Sólo reconocía y lamentaba aquellas que se quedaban en el camino cuando estaba claro que no tenían ningún futuro. Ahora, mientras se alejaba de la estación, aún podía oír su música subliminal, los gritos de células infinitesimales a medida que crecían y se multiplicaban hasta formar modelos mucho más elaborados. Iba de la luz a la oscuridad, de la vida a la muerte, y el dolor emocional se hacía más fuerte, en perfecta sincronía con la inflamación de sus articulaciones.
Al acercarse a la casa desde lo alto de la colina, pudo ver las luces a través de las ventanas. La habitación de Quara y Grego estaba oscura: no tendría que soportar sus insoportables acusaciones; las de Quara en silencio, las de Grego por medio de locuras hoscas y perversas. Pero había otras muchas más luces encendidas, incluyendo su propio cuarto y la habitación principal. Algo imprevisto sucedía, y no le gustaban las cosas imprevistas.
Olhado estaba sentado en el comedor, con los auriculares puestos, como de costumbre; esta noche, sin embargo, también tenía el enchufe de interface conectado al ojo. Aparentemente, estaba repasando viejos recuerdos visuales del ordenador, o quizá borrando algunos que llevara consigo. Como tantas otras veces, con anterioridad, ella deseó poder borrar sus propios recuerdos y reemplazarlos por otros más agradables. El cadáver de Pipo. Se desembarazaría con alegría de ese recuerdo y lo reemplazaría por alguno relativo a los gloriosos días en que los tres estaban juntos en la Estación Zenador. Y el cuerpo de Libo envuelto en su mortaja, aquella dulce carne unida solamente por la presencia del tejido; le gustaría tener en cambio otros recuerdos de su cuerpo, el contacto de sus labios, la expresividad de sus manos delicadas. Pero los buenos recuerdos desaparecían, enterrados a mucha profundidad por el dolor. «Robé todos aquellos buenos días, y por eso me los quitaron y fueron reemplazados por lo que me merezco.»
Olhado se giró para mirarla, con el enchufe emergiendo obscenamente de su ojo. Ella no pudo controlar su temblor, su vergüenza. «Lo siento — dijo en silencio —. Si hubieras tenido otra madre, sin duda alguna tendrías tus ojos. Naciste para ser el mejor, el más sano, el más íntegro de mis hijos, Lauro, pero naturalmente nada de mi vientre podía permanecer intacto mucho tiempo.»
No dijo nada de esto, por supuesto, y tampoco Olhado le dijo nada. Ella se dio la vuelta para regresar a su habitación y descubrir por qué la luz estaba encendida.
—
Madre — dijo Olhado.
Se había quitado los auriculares y se estaba sacando el enchufe del ojo.


—
¿Sí?

—
Tenemos un visitante. El Portavoz.


Ella sintió que se helaba por dentro. «Esta noche no», gritó en silencio. Pero supo asimismo que tampoco querría verle mañana, ni al día siguiente, ni nunca.
— Sus pantalones ya están limpios, y está cambiándose en tu habitación. Espero que no te
importe. Ela salió de la cocina.
—
Has vuelto — dijo —. He preparado cafezinhos. Uno para ti, también.

—
Esperaré fuera hasta que se haya ido — dijo Novinha.


Ela y Olhado se miraron mutuamente. Novinha comprendió de inmediato que la consideraban como un problema a resolver; que aparentemente estaban de acuerdo con lo que el Portavoz quisiera hacer aquí. «Bien, soy un problema que no vais a resolver.»
—
Madre — dijo Olhado —, no es lo que el obispo dijo. Es bueno.
Novinha le contestó con su sarcasmo más mordaz.


—
¿Desde cuándo eres experto en calibrar el bien y el mal?


Una vez más Ela y Olhado se miraron. Ella sabia lo que estaban pensando. «¿Cómo podemos explicárselo? ¿Cómo podemos persuadirla?» «Bien, mis queridos niños, no podéis. Soy difícil de persuadir. Libo lo descubrió todos y cada uno de los días de su vida. Nunca me sacó el secreto. No murió por mi culpa.»
Pero tuvieron éxito y consiguieron que no llevara a cabo su decisión. En vez de salir de la casa, se retiró a la cocina, pasando junto a Ela, en el corredor, pero sin tocarla. Las tacitas de café estaban dispuestas en circulo sobre la mesa, y la cafetera hirviendo en el centro. Se sentó y apoyó los brazos en la mesa. «Así que el Portavoz estaba aquí, y había venido a verla a ella primero. ¿Dónde más podría haber ido? Es culpa mía que esté aquí, ¿no? Una persona más cuya vida he destruido, como la de mis hijos, como la de Marcão, la de Libo, la de Pipo, y la mía propia.»
Una mano masculina, fuerte, aunque sorprendentemente suave, pasó por encima de su hombro, tomó la cafetera y empezó a servir las tacitas.
— ¿Posso derramar? — preguntó. «Qué pregunta más estúpida, si ya estaba sirviendo.» Pero su voz era amable. Su portugués se mezclaba con un agradable acento castellano. ¿Un español, entonces?
—
Desculpa — me — susurró ella —. Trouxe o senhor tantos quilómetros...

—
No medimos el vuelo estelar en kilómetros, Dona Ivanova. Lo medimos en años.


Sus palabras eran una acusación, pero su voz hablaba de reflexión, incluso de perdón, incluso de consuelo. Esa voz podría seducirla. Esa voz miente.
—
Si pudiera deshacer su viaje y devolverle sus veintidós años, lo haría. Llamarle fue un error. Lo siento — su propia voz sonaba hueca. Ya que toda su vida era una mentira, incluso esta disculpa sonaba inútil.

—
No sentí el paso del tiempo — dijo el Portavoz. Continuaba detrás de ella, y por tanto aún no le había visto la cara —. Para mí sólo ha pasado una semana desde que dejé a mi hermana. Era mi único pariente vivo. Su hija no había nacido aún, y ahora posiblemente ya habrá terminado los


estudios, se habrá casado y quizás incluso tenga hijos. Nunca la conoceré. Pero conozco a sus hijos, Dona Ivanova.
Ella cogió el cafezinho y lo bebió de un trago, aunque le quemó la lengua y la garganta y le lastimó el estómago.
—
¿En unas pocas horas cree que los conoce?

—
Mejor que usted, Dona Ivanova.


Novinha oyó a Ela jadear ante la audacia del Portavoz. Y aunque pensó que tal vez sus palabras fueran verdad, le llenó de ira que un extraño las dijera. Se giró para mirarle, para replicarle, pero él se había movido y ya no estaba detrás de ella. Se dio la vuelta, se puso en pie para buscarle, pero él había salido de la habitación. Ela estaba en el umbral de la puerta, con los ojos abiertos de par en par.
— ¡Vuelva! — dijo Novinha —. ¡No puede decir eso y marcharse así como así!
Pero él no contestó. En cambio, ella oyó un risa en la parte trasera de la casa. Novinha siguió el sonido. Atravesó las habitaciones hasta llegar al fondo de la casa. Miro estaba sentado en la cama de Novinha, y el Portavoz estaba cerca de la puerta, riéndose con él. Miro vio a su madre y la sonrisa desapareció de su cara. Novinha sintió una puñalada de angustia. No le había visto sonreír en años, había olvidado lo hermosa que se volvía su cara, igual que la de su padre; y su llegada había borrado aquella sonrisa.
— Vinimos a charlar aquí, porque Quara estaba furiosa — explicó Miro —. Ela hizo la cama.
— No creo que al Portavoz le importe si la cama estaba hecha o no — dijo Novinha fríamente —. ¿Le importa, Portavoz?
— Orden y desorden — dijo Ender —. Cada uno tiene su atractivo.
Seguía sin volverse, y ella se alegró, porque al menos significaba que no tenía que ver sus ojos mientras enviaba su amargo mensaje.
—
Le digo, Portavoz, que ha venido siguiendo la llamada de un idiota. Ódieme si quiere, pero no tiene ninguna muerte por la que Hablar. Era una niña alocada. En mi ingenuidad pensé que el autor de la Reina Colmena y el Hegemón acudiría a mi llamada. Había perdido a un hombre que era como un padre para mí, y quería consuelo.

Ahora él se giró hacia ella. Era un hombre joven, más aún que ella, pero sus ojos eran seductores porque estaban llenos de comprensión. Perigoso, pensó. Es peligroso, es hermoso, podría ahogarme en su comprensión.

—
Dona Ivanova — dijo él —, ¿cómo pudo leer la Reina Colmena y el Hegemón e imaginar que su autor podría ofrecerle consuelo?


Fue Miro quien contestó. Miro, el silencioso y reposado Miro, el que entró en la conversación con un vigor que ella no había visto en su cara desde que era pequeño.
— Lo he leído, y el Portavoz de los Muertos original escribió el relato de la reina colmena con
profunda compasión. El Portavoz sonrió tristemente.
— Pero no escribió para los insectores, ¿no? Escribió para la humanidad, que aún celebra la destrucción de los insectores como una gran victoria. Escribió con crueldad, para convertir su orgullo en lamentación, su alegría en pena. Y ahora los seres humanos han olvidado por completo que una vez odiaron a los insectores, que una vez honraron y celebraron un nombre del que ahora no se puede hablar...
— Sí puedo decir algo — intervino Ivanova —. Su nombre era Ender, y destruía todo lo que
tocaba. «Como yo», pensó, pero no lo dijo.
— ¿Oh? ¿Y qué sabe usted de él? — su voz restalló como un látigo, airada y cruel —. ¿Cómo sabe que no había algo que él tocara con amabilidad? ¿Alguien que le amara, que fuera bendecidopor su amor? ¡Destruía todo lo que tocaba! Ésa es una mentira que no puede decirse de ningún ser humano que haya vivido.
— ¿Es ésa su doctrina, Portavoz? Entonces no sabe mucho — Ella le desafiaba, pero su furia
seguía asustándola. Había pensado que su amabilidad era tan imperturbable como la de un confesor. Y casi inmediatamente la furia se borró del rostro de él.
—
Puede tranquilizar su conciencia. Su llamada inició mi viaje, pero otros pidieron un Portavoz mientras venía de camino.

—
¿Sí? — ¿Quién más, en esta bendita ciudad, estaba lo bastante familiarizado con la Reina Colmena y el Hegemón para querer un Portavoz y ser además lo suficientemente independiente del obispo Peregrino como para atreverse a llamar a uno? —. Si es así, ¿entonces por qué está aquí, en mi casa?


— Porque me llamaron para que Hablara de la muerte de Marcos María Ribeira, su difunto
esposo. Era una idea sorprendente.
— ¿De él? ¿Quién querría pensar de nuevo en él, ahora que está muerto?
El Portavoz no respondió. Miro, en cambio, habló rudamente desde la cama.

—
Grego querría, por ejemplo. El Portavoz nos hizo ver lo que deberíamos haber sabido: que el nino siente dolor por su padre y piensa que todos le odiamos...

— Psicología barata — replicó ella —. Tenemos terapeutas propios, y tampoco valen mucho. La voz de Ela sonó a su espalda.

—
Le llamé para que Hablara de la muerte de Padre. Pensé que no vendría hasta que pasaran décadas, pero me alegro de que esté aquí ahora, cuando puede hacernos bien.

—
¿Qué bien?

—
Ya lo ha hecho, Madre. Grego se quedó dormido abrazándole, y Quara le habló.

—
En realidad — intervino Miro —, le dijo que apesta.

—
Lo que probablemente era cierto — dijo Ela —, ya que Greguinho se le orinó encima.




Miro y Ela se echaron a reír al recordarlo, y el Portavoz sonrió también. Esto descompuso aún más a Novinha; en esta casa no se había sentido virtualmente ninguna alegría desde que Marcão la trajo aquí un año después de la muerte de Pipo. Contra su voluntad, Novinha recordó su alegría cuando Miro nació, y cuando Ela era pequeña, los primeros años de sus vidas, la forma en que Miro parloteaba sobre todo, cómo Ela correteaba locamente detrás de él por la casa, cómo los niños jugaban juntos y corrían por la hierba a la vista del bosque de los cerdis al otro lado de la verja; fue el deleite de Novinha por los niños lo que envenenó a Marcão, lo que le hizo odiarles, porque sabía que ninguno de los dos le pertenecían. Cuando Quim nació, la casa estaba llena de odio, y nunca aprendió a reírse con libertad por si sus padres se daban cuenta. Oír a Miro y Ela reírse juntos fue como descorrer bruscamente un grueso telón; de repente era de nuevo de día, y Novinha había olvidado que existía algo diferente de la noche.
¿Cómo se atrevía este extraño a invadir su casa y descorrer todas las cortinas que había cerrado?
— No lo permitiré — dijo —. No tiene derecho a hurgar en la vida de mi esposo.
Él alzó una ceja. Novinha conocía el Código Estelar tan bien como cualquiera, y por tanto sabía perfectamente bien que no sólo tenía derecho, sino que la ley le protegía en la búsqueda de la verdadera historia del muerto.
— Marcão fue un miserable — insistió —, y contar la verdad acerca de él no causará más que daño.
— Tiene razón en que la verdad no causará más que daño, pero no porque fuera un miserable — dijo el Portavoz —. Si no dijera nada más que lo que conoce la gente... que odiaba a sus hijos y golpeaba a su esposa y vagaba furioso y borracho de bar en bar hasta que los camareros lo mandaban a casa... entonces no causaría dolor, ¿verdad? Causaría satisfacción, porque entonces todo el mundo se reafirmaría en que su visión de él era correcta. Era una escoria, y por tanto estaba bien que lo trataran como a escoria.
— ¿Y piensa que no lo era?
—
Ningún ser humano es indigno cuando se comprenden sus motivos. Ninguna vida deja de merecer la pena. Incluso el más malvado de entre los hombres, si conoces su intimidad, tiene algún acto generoso que lo redime de sus pecados, aunque sólo sea un poco.

— Si cree eso, entonces es más joven de lo que parece — dijo Novinha.

—
¿Lo soy? Hace menos de dos semanas que escuché su llamada. La estudié entonces, y aunque no lo recuerdes, Novinha, yo si recuerdo que de joven eras dulce, hermosa y buena. Habías estado sola antes, pero Pipo y Libo te conocieron y te encontraron digna de amor.

—
Pipo murió.

—
Pero te amaba.



—
¡No sabe nada, Portavoz! ¡Estaba a veintidós años luz de distancia! ¡Además, no era a mi a quien llamaba indigna, sino a Marcão!

—
Pero no lo crees, Novinha. Porque conoces el acto de generosidad y amabilidad que redime la vida de ese pobre hombre. Novinha no comprendió su propio terror, pero tenía que hacerle callar antes que lo nombrara, aunque no tenía idea de qué amabilidad de Cão pensaba que había descubierto. —!Cómo se atreve a llamarme Novinha! — gritó —. ¡Nadie me ha llamado así desde hace cuatro años!

En respuesta, él alzó la mano y le pasó los dedos por las mejillas. Fue un gesto tímido, casi adolescente. Le recordó a Libo, y fue más de lo que pudo soportar. Le cogió la mano, la retiró, y entonces irrumpió en la habitación.

—
¡Fuera! — le gritó a Miro. Su hijo se levantó rápidamente y se retiró hacia la puerta. Ella pudo ver por su cara que después de todo lo que Miro había visto en esta casa, ella aún podía sorprenderle con su ira. — ¡No conseguirá nada de mí! — le gritó al Portavoz.

— No he venido a llevarme nada — dijo él tranquilamente.

—
¡Y tampoco quiero nada que tenga que darme! Me es indiferente, ¿me oye? Es usted quien no vale nada. Lixo, ruina, estrago... vaifora d'aqui, nao tens direito estar em minha casa!


— Não eres estrago — susurró él —, eres solo fecundo, e vou plantar jardim ai.
Entonces, antes de que ella pudiera contestar, cerró la puerta y se marchó.
En realidad, no tenía ninguna respuesta que ofrecerle, pues sus palabras estaban llenas de furia.

Le había llamado estrago, pero él contestó como si ella se hubiera nombrado a sí misma desolación. Y le había hablado usando el insultantemente familiar tú en vez de Senhor o incluso el informal vocé. Era la forma en que se hablaba a un niño o a un perro. Y sin embargo cuando él contestó con la misma voz, con la misma familiaridad, fue enteramente diferente. «Eres un terreno fértil y voy a plantar un jardín en ti.» Era el tipo de expresión que un poeta dirigiría a su dama, o incluso un marido a su esposa, y el tú era íntimo, no arrogante.
«Cómo se atrevía — se dijo a si misma —, a tocar la mejilla que él había tocado. Es aún más cruel de lo que imaginé que podría ser. El obispo Peregrino tenía razón. El infiel es peligroso, es el anti — Cristo, se introduce en lugares de mi corazón que yo había mantenido como un terreno sagrado, donde nadie más pudo estar. Cómo se atreve. Ojalá hubiera muerto antes de verle, seguramente acabará conmigo antes de que se marche.»
Vagamente, advirtió que alguien lloraba. Quara. Naturalmente, los gritos la habían despertado; nunca dormía profundamente.
Novinha casi abrió la puerta para salir a consolarla, pero entonces oyó que el llanto cesaba, y una suave voz masculina le cantaba. La canción era en otro idioma. Alemán, o nórdico; no la comprendía, de todas formas. Pero sabía quién la cantaba, y que Quara sentía consuelo.
Novinha no había sentido tanto miedo desde que supo por primera vez que Miro estaba decidido a convertirse en zenador y seguir los pasos de los dos hombres a quienes los cerdis habían asesinado. «Este hombre está desatando los lazos de mi familia y atándolos de nuevo; pero en el proceso encontrara mis secretos. Si descubre cómo murió Pipo y Habla la verdad, entonces Miro aprenderá el mismo secreto y eso le matará. No haré más sacrificios a los cerdis; son un dios demasiado cruel para que yo los adore.»
Aún más tarde, mientras yacía en la cama tras la puerta cerrada, intentando dormir, oyó más risas, y esta vez pudo oír a Quim y Olhado riendo junto a Miro y Ela.
Se los imaginó, la habitación brillante de júbilo. Pero mientras el sopor se apoderaba de ella, y la imaginación se convertía en sueño, no era el Portavoz quien se sentaba entre sus hijos enseñándoles a reír; era Libo, otra vez vivo, conocido por todos como su verdadero esposo, el hombre con el que se había casado en su corazón aunque rehusara casarse con él en la Iglesia. Incluso en su sueño, fue más alegría de la que pudo soportar, y las lágrimas empaparon las sábanas de su cama.