2 - Trondheim


Lamento profundamente no haber podido atender su petición de más detalles referentes a las costumbres de apareamiento de los lusitanos aborígenes. Esto debe estar causándoles una angustia inimaginable o de lo contrario nunca le habrían pedido a la Sociedad Xenológica que me reprendiera por no cooperar con sus investigaciones.
Cuando los futuros xenólogos se quejan de que no estoy consiguiendo el tipo de datos adecuados de mis observaciones de los pequeninos, siempre les hago volver a leer las limitaciones que me impone la ley. No se me permite llevar a más de un ayudante en mis visitas; no debo hacer preguntas que puedan revelar expectativas humanas; no puedo quedarme con ellos más de cuatro horas seguidas; excepto mis ropas, no puedo emplear en su presencia productos derivados de la tecnología, lo que incluye cámaras, grabadoras, ordenadores o incluso bolígrafo y papel; tampoco puedo observarlos a escondidas.
En resumen: no puedo decirles cómo se reproducen los pequeninos porque ellos han elegido no hacerlo delante mío.
¡Naturalmente que nuestra investigación es incompleta! ¡Naturalmente que nuestras conclusiones sobre los cerdis son absurdas! Si tuviéramos que observar nuestra universidad bajo las mismas limitaciones que nos atan para observar a los aborígenes lusitanos, sin duda llegaríamos a la conclusión de que los humanos no se reproducen, no forman grupos afines, y dedican su ciclo vital entero a la metamorfosis de estudiante larval a profesor adulto. Podríamos incluso suponer que los profesores detentan un poder notable en la sociedad humana. Una investigación competente revelaría rápidamente lo inadecuado de tales conclusiones... pero en el caso de los cerdis, no se permite ni se contempla ninguna investigación de ese tipo.
La antropología no es nunca una ciencia exacta: el observador nunca experimenta la misma cultura que el participante. Pero éstas son limitaciones naturales a la ciencia. Son las limitaciones artificiales las que nos atan de manos, a nosotros y a ustedes a través de nosotros. Con este ritmo de progreso, lo mismo daría que les enviáramos cuestionarios por correo a los pequeninos y esperásemos que ellos entregaran trabajos eruditos como respuesta.
Jo√£o Figueira √Ālvarez, r√©plica a Pietro Guataninni de la Universidad de Sicilia, Campus de Mil√°n, Etruria, publicada p√≥stumamente en Estudios Xenol√≥gicos,
22:4:49:193.
La noticia de la muerte de Pipo no tuvo solamente importancia local. Fue transmitida
instantáneamente, a través del ansible, a los Cien Mundos. Los primeros alienígenas, descubiertos
desde los tiempos de Ender el Genocida, habían torturado a muerte a un humano cuya misión era observarles. En cuestión de horas, eruditos, científicos, políticos y periodistas empezaron a asumir sus papeles.
Pronto se lleg√≥ a un consenso: ¬ęUn incidente, bajo circunstancias confusas, no prueba que la pol√≠tica del Congreso Estelar hacia los cerdis est√© equivocada. Al contrario, el hecho de que s√≥lo un hombre muriera parece demostrar la sabidur√≠a de la presente pol√≠tica de inacci√≥n casi completa. Deber√≠amos, por tanto, no hacer nada excepto seguir observando a un ritmo ligeramente menos r√°pido¬Ľ. El sucesor de Pipo ten√≠a instrucciones de que no visitara a los cerdis m√°s a menudo que de costumbre, y de no estar con ellos m√°s de una hora seguida. No ten√≠a que instar a los cerdis a responder preguntas referidas a su conducta con Pipo. La vieja pol√≠tica de inacci√≥n qued√≥ reforzada.
También hubo mucha preocupación sobre la moral de la gente de Lusitania. Se les enviaron muchos programas de entretenimiento a través del ansible, a pesar del alto coste, para ayudarles a que distrajeran sus mentes de tan horrible asesinato.
Y despu√©s de haber hecho lo √ļnico que pod√≠a hacerse por los framlings, quienes estaban, despu√©s de todo, a a√Īos luz de Lusitania, la gente de los Cien Mundos volvi√≥ a sus preocupaciones locales.
Fuera de Lusitania, s√≥lo un hombre del casi medio bill√≥n de seres humanos de los Cien Mundossinti√≥ la muerte de Jo√£o Figueira √Ālvarez, apodado Pipo, como un gran cambio en su propia vida. Andrew Wiggin era Portavoz de los Muertos en la ciudad universitaria de Reykiavik, renombrada como conservadora de la cultura n√≥rdica y situada en las afiladas pendientes de un fiordo que taladraba el granito y el hielo del mundo helado de Trondheim justo en el ecuador. Era primavera, y por eso la nieve desaparec√≠a, y unas cuantas flores y hierbas asomaban con todas sus fuerzas en busca de un poco de sol. Andrew estaba sentado en la cima de una colina soleada, rodeado por una docena de estudiantes que analizaban la historia de la colonizaci√≥n interestelar. Andrew s√≥lo escuchaba a medias la apasionada discusi√≥n de que si la completa victoria humana en las Guerras Insectoras hab√≠a sido un preludio necesario a la expansi√≥n humana. Esas discusiones siempre degeneraban r√°pidamente en una difamaci√≥n del monstruo humano Ender, que comandaba la flota estelar que cometi√≥ el Genocidio de los Insectores. Andrew sol√≠a dejar que su mente divagara; la materia no le aburr√≠a exactamente, pero prefer√≠a que tampoco requiriera toda su atenci√≥n.
Entonces, el peque√Īo ordenador implantado como una joya en su o√≠do le cont√≥ la cruel muerte de Pipo, el xen√≥logo de Lusitania, e instant√°neamente Andrew se puso alerta e interrumpi√≥ a sus estudiantes.
¬ó
¬ŅQu√© sab√©is de los cerdis? ¬ó les pregunt√≥.

¬ó
Son nuestra √ļnica esperanza de redenci√≥n ¬ó contest√≥ uno, que tomaba a Calvino mucho m√°s


en serio que a Lutero. Andrew miró al instante a la estudiante Plikt, pues sabía que no podría soportar tal misticismo.
¬ó No existen para ning√ļn prop√≥sito humano, ni siquiera el de la redenci√≥n ¬ó dijo Plikt con
fulminante desd√©n ¬ó. Son aut√©nticos ramen, como los insectores. Andrew asinti√≥, pero frunci√≥ el ce√Īo.
¬ó Usas una palabra que no es todav√≠a koin√© com√ļn.
¬ó
Deber√≠a serlo ¬ó dijo Plikt ¬ó. Todo el mundo en Trondheim, todo norte√Īo en los Cien Mundos deber√≠a haber le√≠do ya La Historia de Wutan en Trondheim de Dem√≥stenes.

— Deberíamos, pero no lo hemos hecho — suspiró un estudiante.

¬ó
Haz que deje de pavonearse, Portavoz ¬ó dijo otro ¬ó. Plikt es la √ļnica mujer que conozco capaz de pavonearse sentada.

Plikt cerró los ojos.

¬ó
El lenguaje n√≥rdico reconoce cuatro tipos de extranjeros. El primero es el habitante de otras tierras, o utlanning, el extra√Īo que reconocemos como humano de nuestro mundo, pero que pertenece a otro pa√≠s o a otra ciudad. El segundo es el framling:


Demóstenes simplemente cambió el acento de la palabra nórdica frámling. Se trata del extranjero que reconocemos como humano, pero de otro mundo. El tercero es el raman, el extranjero que reconocemos como humano, pero de otra especie. El cuarto es el auténtico alienígena, el varelse, que incluye todos los animales, con los cuales no es posible la conversación. Viven, pero no podemos adivinar qué propósitos o causas les hace actuar. Puede que sean inteligentes, puede que sean conscientes de si mismos, pero no tenemos medio de saberlo.
Andrew advirtió que varios estudiantes estaban molestos. Requirió su atención.
¬ó Pens√°is que est√°is molestos por la arrogancia de Plikt, pero no es as√≠. Plikt no es arrogante, sino simplemente precisa. Os avergonz√°is con raz√≥n por no haber le√≠do la historia de Dem√≥stenes sobre vuestra propia gente, y por eso en vuestra verg√ľenza os enfad√°is con Plikt, porque no es culpable.
¬ó
Creía que los Portavoces no creían en el pecado — dijo un muchacho malhumorado. Andrew sonrío.

¬ó
T√ļ crees en el pecado, Styrka, y act√ļas siguiendo esa creencia. Por tanto, el pecado es real


para ti, y al conocerte, el Portavoz debe creer en el pecado. Styrka no quiso darse por vencido.
¬ó ¬ŅQu√© tiene que ver toda esta charla de utlannings, framlings, ramen y varelse con el
Genocidio de Ender? Andrew se volvió hacia Plikt. Ella pensó un momento.
¬ó
Tiene que ver con la est√ļpida discusi√≥n que manten√≠amos. A trav√©s de la distinci√≥n n√≥rdica de los grados de extranjer√≠a, podemos ver que Ender no era un aut√©ntico genocida, pues cuando destruy√≥ a los insectores los conoc√≠a √ļnicamente como varelse; no fue hasta a√Īos despu√©s, cuando el primer Portavoz de los Muertos escribi√≥ la Reina Colmena y el Hegem√≥n, que la humanidad comprendi√≥ por vez primera que los insectores no eran varelse en absoluto, sino ramen. Hasta entonces, no hab√≠a habido comprensi√≥n ninguna entre los insectores y los humanos.

¬ó
El genocidio es el genocidio — dijo Styrka —. El hecho de que Ender no supiera que eran ramen no hace que estén menos muertos.

Andrew suspir√≥ ante la actitud de Styrka, incapaz de perdonar: era com√ļn entre los calvinistas de Reykiavik negar cualquier peso al motivo humano para juzgar el bien o el mal de un hecho. Los hechos son buenos o malos en s√≠ mismos, dec√≠an; y ya que los Portavoces de los Muertos ten√≠an por √ļnica doctrina que el bien y el mal existen enteramente en los motivos humanos y no en los hechos, los estudiantes como Styrka sol√≠an ser bastante hostiles con Andrew. Afortunadamente, Andrew no se ofend√≠a: comprend√≠a el motivo que hab√≠a detr√°s.

¬ó
Styrka, Plikt, dejadme que os ponga otro ejemplo. Supongamos que nos enteramos de que los cerdis, que han aprendido a hablar stark, y cuyos lenguajes han aprendido también algunos humanos, sin provocación o explicación alguna, han torturado de repente hasta la muerte al xenólogo enviado para observarlos.

Plikt saltó inmediatamente ante la pregunta.

¬ó
¬ŅC√≥mo podemos saber que no hubo provocaci√≥n? Lo que a nosotros nos parece inocente podr√≠a ser insoportable para ellos.

Andrew sonrío.

¬ó
Incluso as√≠. Pero el xen√≥logo no les ha hecho da√Īo, ha dicho muy poco, no les ha costado nada... bajo ning√ļn sistema de pensamiento que podamos concebir, merece esa muerte dolorosa. ¬ŅNo convierte a los cerdis en varelse en vez de ramen este incomprensible asesinato?

Ahora le tocaba el turno a Styrka para responder r√°pidamente.

¬ó
El asesinato es el asesinato. Esta charla de varelse y ramen no tiene sentido. Si los cerdis asesinan, entonces son malvados, como los insectores lo fueron. Si el acto es malvado, el actor es malvado.

Andrew asintió.

¬ó
√Čse es nuestro problema. ¬ŅEl acto era malo o, de alguna manera, al menos para la comprensi√≥n de los cerdis, era bueno? ¬ŅSon los cerdis raman o varelse? De momento, Styrka, calla la boca. Conozco los argumentos de tu calvinismo, pero incluso Juan Calvino dir√≠a que tu doctrina es est√ļpida.

¬ó
¬ŅC√≥mo sabe que Calvino...?

¬ó
¡Porque está muerto — rugió Andrew —, y por esto tengo derecho a hablar por él!




Los estudiantes se rieron, y Styrka se encerró en un silencio testarudo. Andrew sabía que el muchacho era brillante; su calvinismo no sobrepasaría su educación antes de que se graduara, aunque la escisión sería larga y dolorosa.
— Talman, Portavoz — dijo Plikt —. Habla usted como si esa situación hipotética fuera real,
como si los cerdis hubieran matado de verdad al xenólogo. Andrew asintió con gravedad.
— Sí, es cierta.
Fue preocupante. Despertó ecos del antiguo conflicto entre humanos e insectores.

¬ó
Reflexionad un momento ¬ó dijo Andrew ¬ó. Descubrir√©is que bajo vuestro odio hacia Ender el Genocida y vuestro pesar por la muerte de los insectores, tambi√©n sent√≠s algo mucho m√°s feo. Ten√©is miedo del extra√Īo, sea utlanning o framling. Cuando pens√°is que ese extra√Īo mata a un hombre a quien conoc√©is y valor√°is, entonces no importa qu√© forma tiene. Entonces es varelse, o peor... djur, las espantosas bestias que rondan por la noche con sus mand√≠bulas esclavizantes. Si tuvierais la √ļnica arma de vuestro pueblo, y las bestias que han masacrado a vuestra gente volvieran, ¬Ņos parar√≠ais a pensar si tambi√©n tienen derecho a vivir, o actuar√≠ais para salvar a vuestro pueblo, a la gente que conoc√©is, la gente que depende de vosotros?

¬ó
¬°Seg√ļn ese razonamiento suyo, deber√≠amos de matar a los cerdis ahora, por primitivos e indefensos que sean! ¬ó grit√≥ Styrka.

¬ó
¬ŅMi razonamiento? He hecho una pregunta. Una pregunta no es un razonamiento, a menos que sepas que conoces mi respuesta, y te aseguro, Styrka, que no la sabes. Pensad en esto. La clase ha terminado.

¬ó
¬ŅHablaremos ma√Īana sobre esto? ¬ó preguntaron.

¬ó
Si queréis... — dijo Andrew, pero sabía que si lo discutían, sería sin él.




Para ellos, el tema de Ender el Genocida era simplemente filos√≥fico. Despu√©s de todo, las Guerras Insectoras hab√≠an sucedido m√°s de tres mil a√Īos antes. Estaban en el a√Īo 1948 CE, contando a partir del a√Īo en que el C√≥digo Estelar fue establecido, y Ender hab√≠a destruido a los insectores en el a√Īo 1180 antes del c√≥digo. Pero para Andrew los hechos no eran tan remotos. Hab√≠a hecho m√°s viajes interestelares de lo que sus alumnos se atrever√≠an a suponer: desde que ten√≠a veinticinco a√Īos, hasta que lleg√≥ a Trondheim nunca se hab√≠a quedado m√°s de seis meses en ning√ļn planeta. El viaje a la velocidad de la luz entre los mundos le hab√≠a hecho saltar como una piedra sobre la superficie del tiempo. Sus estudiantes no sospechaban que su Portavoz de los Muertos, que seguramente no ten√≠a m√°s de treinta y cinco a√Īos, pose√≠a recuerdos muy claros de los sucesos de tres mil a√Īos antes, que de hecho esos sucesos s√≥lo le parec√≠an alejados unos veinte a√Īos, la mitad de su edad. No ten√≠an idea de lo profundamente que la pregunta de la antigua culpa de Ender quemaba en su interior, y c√≥mo la hab√≠a contestado en un millar de formas insatisfactorias. Conoc√≠an a su maestro solamente como Portavoz de los Muertos: no sab√≠an que cuando era un simple chiquillo, su hermana mayor, Valentine, no pod√≠a pronunciar el nombre de Andrew y que por eso le llamaba Ender, el nombre que √©l mismo volvi√≥ infame antes de cumplir los quince a√Īos. As√≠ que dej√≥ que el severo Styrka y la anal√≠tica Plikt reflexionaran sobre la gran pregunta de la culpa de Ender; para Andrew Wiggin, Portavoz de los Muertos, la pregunta no era acad√©mica.
Y ahora, mientras caminaba por la colina bajo el aire helado, Ender ¬ó Andrew, el Portavoz ¬ó, s√≥lo pod√≠a pensar en los cerdis, que estaban ya cometiendo cr√≠menes inexplicables, como los insectores hab√≠an hecho descuidadamente cuando por primera vez contactaron con la raza humana. ¬ŅEra inevitable que cuando dos extra√Īos se encontrasen tuvieran que marcar ese encuentro con sangre? Los insectores hab√≠an matado a seres humanos, pero s√≥lo porque ten√≠an una mente colmenar; para ellos, la vida individual era tan preciosa como la u√Īa de un dedo, y matar a un humano o no era simplemente su manera de hacernos ver que estaban en el vecindario. ¬ŅPodr√≠an tener tambi√©n los cerdis una raz√≥n para matar?
Pero la voz en su oído había hablado de tortura, un ritual similar a la ejecución de uno de los propios cerdis. Los cerdis no eran una mente colectiva, no eran los insectores, y Ender Wiggin tenía que saber por qué habían hecho aquello.
¬ó ¬ŅCu√°ndo se ha enterado de la muerte del xen√≥logo?
Ender se dio la vuelta. Era Plikt. Le había seguido en lugar de regresar a las Cuevas donde vivían los estudiantes.
— Antes, mientras estábamos hablando. — Se tocó el oído; los terminales implantados eran caros, pero no raros del todo —. Le eché un vistazo a las noticias antes de ir a clase. Entonces no se sabía nada. Si una historia de esa importancia viniera a través del ansible, habría habido una alerta. A menos que le lleguen a usted las noticias directamente del informe del ansible.
Plikt, obviamente, pensaba que tenía un misterio en las manos. Y, de hecho, lo tenía.
¬ó
Los Portavoces tienen acceso de alta prioridad a la informaci√≥n p√ļblica ¬ó dijo.

¬ó
¬ŅLe ha pedido alguien que hable en nombre de la muerte del xen√≥logo?
√Čl neg√≥ con la cabeza.


¬ó
Lusitania está bajo Licencia Católica.


¬ó
A eso me refería. No tendrán portavoz propio allí. Pero tendrán que dejar que uno vaya si alguien lo pide. Y Trondheim es el mundo más cercano a Lusitania.

¬ó
Nadie ha pedido un Portavoz.
Plikt le tiró de la manga.


¬ó
¬ŅPor qu√© est√° usted aqu√≠?

¬ó
Sabes por qué vine. Hablé de la muerte de Wutan.



¬ó
Sé que vino con su hermana, Valentine. Ella es una profesora mucho más popular que usted, y contesta las preguntas con respuestas; usted sólo las responde con más preguntas.

¬ó Eso es porque ella sabe algunas respuestas.

¬ó
Portavoz, tiene que decírmelo. He intentado hacer averiguaciones sobre usted. Sentía curiosidad. Su nombre, de dónde viene. Todo está clasificado. Clasificado tan profundamente que ni siquiera puedo averiguar qué nivel de acceso tiene. El propio Dios no podría enterarse de la historia de su vida.


Ender la tomó por los hombros y la miró a los ojos.
¬ó No es asunto tuyo cu√°l es el nivel de acceso.
¬ó Es usted m√°s importante de lo que nadie sospecha, Portavoz ¬ó dijo ella ¬ó. El ansible le informa antes que a nadie m√°s, ¬Ņno? Y nadie puede encontrar informaci√≥n sobre usted.
¬ó
Nadie lo ha intentado nunca. ¬ŅPor qu√© lo has hecho t√ļ?

¬ó
Quiero ser Portavoz.

¬ó
Contin√ļa entonces. El ordenador te entrenar√°. No es como una religi√≥n. No tienes que


memorizar ning√ļn catecismo. Ahora d√©jame solo. Se separ√≥ de ella con un peque√Īo empuj√≥n. Ella dio un paso atr√°s mientras √©l se marchaba.
¬ó
¡Quiero hablar por usted! — chilló.

¬ó
¡Todavía no estoy muerto! — replicó él.

¬ó
¡Sé que va a ir a Lusitania! ¡Lo sé!


¬ęEntonces ya sabes m√°s que yo¬Ľ, pens√≥ Ender. Pero se ech√≥ a temblar, aunque el sol brillaba y llevaba puestos tres jerseys para protegerse del fr√≠o. No sab√≠a que Plikt ten√≠a tanta emoci√≥n en su interior.
Obviamente se identificaba con √©l. Le asustaba que la muchacha necesitara algo de √©l tan desesperadamente. Llevaba a√Īos sin efectuar ning√ļn contacto real con nadie excepto con su hermana Valentine; con ella y, por supuesto, con los muertos por los que hablaba.
Todas las otras personas que habían significado algo en su vida estaban muertas. Valentine y él les habían sobrevivido siglos, mundos.
La idea de echar ra√≠ces en el helado suelo de Trondheim le repel√≠a. ¬ŅQu√© quer√≠a Plikt de √©l? No importaba. No lo dar√≠a. ¬ŅC√≥mo se atrev√≠a a demandar cosas de √©l, como si le perteneciera? Ender Wiggin no pertenec√≠a a nadie. Si ella supiera qui√©n era, le repudiar√≠a como al Genocida; o le adorar√≠a como al Salvador de la Humanidad.
Ender recordó que la gente también solía hacer eso, y tampoco le gustaba. Incluso ahora sólo le conocían por su papel, por el nombre de Portavoz, Talman, Falante, Spieler, o como quiera que llamaran al Portavoz de los Muertos en la lengua de su ciudad, nación o mundo. No quería que le conocieran. No les pertenecía a ellos, a la raza humana. Tenía otra meta, pertenecía a alguien más. No a los seres humanos. Ni tampoco a los malditos cerdis. O eso pensaba.