1 - Pipo

Ya que no nos sentimos completamente c√≥modos con la idea de que los habitantes del pueblo vecino son tan humanos como nosotros, es extremadamente presuntuoso suponer que podemos mirar alguna vez a criaturas sociables que derivan de otras formas de evoluci√≥n y no verlas como bestias, sino como hermanos; no rivales, sino compa√Īeros peregrinos viajeros hacia el altar de la inteligencia.
Sin embargo esto es lo que yo veo, o desearía ver. La diferencia entre raman y varelse no está en la criatura juzgada, sino en la que juzga. Cuando declaramos raman a una especie alienígena, eso no significa que haya aprobado un examen de madurez moral. Significa que lo hemos hecho nosotros.
Dem√≥stenes. ¬ęEp√≠stola a los Framlings¬Ľ.
Raíz era a la vez el más problemático y el más valioso de los pequeninos. Siempre estaba allí cada vez que Pipo visitaba su calvero, y hacía todo lo posible para responder a las preguntas que la ley le prohibía a Pipo formular. Pipo dependía de él — demasiado, probablemente —, y aunque Raíz tonteaba y jugaba como el joven irresponsable que era, también observaba, probaba y experimentaba. Pipo siempre tenía que estar alerta ante las trampas que Raíz le tendía.
Un momento antes, Ra√≠z hab√≠a estado escalando los √°rboles, agarr√°ndose a la corteza con s√≥lo los artejos de sus talones y sus muslos. En las manos llevaba dos palos ¬ó Los Palos Padres, los llamaban ¬ó, con los que golpeaba contra el √°rbol de una manera arr√≠tmica y sa√Īuda mientras escalaba.
El ruido hizo que Mandachuva saliera de la casa de troncos. Llamó a Raíz en el Lenguaje de los Machos, y a continuación en portugués.
¬ó ¬°P'ra baixo, bicho!
Varios cerdis de los alrededores, al oír el juego de palabras en portugués, expresaron su apreciación frotando sus muslos con rudeza. Eso produjo un sonido sibilante, y Mandachuva dio un saltito en el aire agradeciendo sus aplausos.
Raíz, mientras tanto, se inclinó hacia atrás hasta que pareció que se iba a caer. Entonces se soltó, dio una voltereta en el aire, aterrizó sobre sus patas y dio unos cuantos brincos sin tropezar.
— Así que eres un acróbata — dijo Pipo.
Ra√≠z se le acerc√≥ contone√°ndose. Era su manera de imitar a los humanos. Era la forma m√°s efectiva y rid√≠cula, porque su hocico aplastado parec√≠a decididamente porcino. No era extra√Īo que los habitantes de otros mundos les llamaran ¬ęcerdis¬Ľ. Los primeros visitantes de este mundo hab√≠an empezado a llamarles as√≠ en sus primeros informes, all√° en el 86, y para cuando se fund√≥ la Colonia Lusitania en 1925, el nombre ya era ineludible. Los xen√≥logos esparcidos por los Cien Mundos se refer√≠an a ellos como ¬ęlos abor√≠genes lusitanos¬Ľ, aunque Pipo sabia perfectamente bien que eso era simplemente una cuesti√≥n de dignidad personal: excepto en sus papeles eruditos, los xen√≥logos les llamaban tambi√©n sin duda cerdis. En cuanto a Pipo, les llamaba pequeninos, y a ellos parec√≠a no importarles, pues se llamaban a s√≠ mismos ¬ęLos Peque√Īos¬Ľ. Sin embargo, con dignidad o sin ella, no hab√≠a forma de negarlo. En momentos como √©ste, Ra√≠z parec√≠a un cerdo sosteni√©ndose sobre sus patas traseras.
¬ó
Acr√≥bata ¬ó dijo Ra√≠z, intentando pronunciar la nueva palabra ¬ó. ¬ŅQu√© hice? ¬ŅTen√©is una palabra para la gente que hace eso? ¬ŅAs√≠ que hay gente que hace eso como trabajo? Pipo suspir√≥ suavemente y congel√≥ la sonrisa en su cara. La ley le prohib√≠a estrictamente divulgar informaci√≥n sobre la sociedad humana, pues podr√≠a contaminar la cultura porcina.

Aun as√≠, Ra√≠z jugaba constantemente a exprimir hasta la √ļltima gota de cuanto implicaba todo lo que Pipo dec√≠a. Esta vez, sin embargo, Pipo no pod√≠a echar la culpa a nadie, m√°s que a s√≠ mismo, por haber hecho una observaci√≥n tonta que abr√≠a unas ventanas innecesarias hacia la vida humana. De vez en cuando se encontraba tan a gusto entre los pequeninos que hablaba de modo natural. Eso era siempre un peligro. No soy bueno en este juego constante de sacar informaci√≥n mientras intento no dar nada a cambio. Libo, mi silencioso hijo, ya es m√°s discreto que yo, y s√≥lo lleva aprendiendo de mi... ¬Ņcu√°nto hace que cumpli√≥ los trece a√Īos...? Cuatro meses.

¬ó
Ojalá tuviera artejos en las piernas como vosotros — dijo Pipo —. La corteza del árbol me dejaría la piel convertida en jirones.

¬ó
Eso nos dar√≠a verg√ľenza a todos ¬ó Ra√≠z continuaba en la postura expectante que Pipo supon√≠a que era su forma de expresar una cierta ansiedad, o quiz√°s un aviso no verbal para que otros pequeninos tuvieran cautela. Tambi√©n pod√≠a ser un signo de miedo extremo, pero, por lo que Pipo sab√≠a, nunca hab√≠a visto a un pequenino sentir miedo extremo.


En cualquier caso, Pipo habló rápidamente para calmarle.
¬ó No te preocupes. Soy demasiado viejo y blando para escalar √°rboles de esa forma. Es mejor
que lo hagan vuestros reto√Īos. Y funcion√≥. El cuerpo de Ra√≠z se puso otra vez en movimiento.
¬ó Me gusta subir a los √°rboles. Puedo verlo todo ¬ó Ra√≠z se plant√≥ delante de Pipo y acerc√≥ su cara a la de √©l ¬ó. ¬ŅTraer√°s la bestia que corre sobre la hierba sin tocar el suelo? Los otros no me creen cuando les digo que he visto una cosa as√≠.
Otra trampa. ¬ŅC√≥mo? T√ļ, Pipo, un xen√≥logo, ¬Ņvas a humillar a este individuo de la comunidad que est√°s estudiando? ¬ŅO te ce√Īir√°s a la r√≠gida ley dispuesta por el Congreso Estelar para llevar adelante este encuentro? Hab√≠a pocos precedentes. Los otros √ļnicos alien√≠genas inteligentes que la humanidad hab√≠a conocido eran los insectores, hac√≠a tres mil a√Īos, y al final todos los insectores acabaron muriendo. Esta vez, el Congreso Estelar quer√≠a asegurarse de que si la humanidad fracasaba, sus errores fueran en la direcci√≥n contraria. M√≠nima informaci√≥n. M√≠nimo contacto.
Raíz advirtió la duda y el cuidadoso silencio de Pipo.
¬ó
Nunca nos dices nada. Nos observas y nos estudias, pero nunca nos dejas pasar la verja y entrar en tu poblado para que os observemos y os estudiemos.

Pipo contestó todo lo honestamente que pudo, pero era más importante ser cuidadoso que honesto.

¬ó
Si aprend√©is tan poco y nosotros aprendemos tanto, ¬Ņpor qu√© vosotros habl√°is ya stark y portugu√©s mientras yo me esfuerzo con vuestro lenguaje?

¬ó
Somos m√°s listos.
Entonces Raíz se dio la vuelta y giró sobre su trasero para dar la espalda a Pipo.


¬ó
Vuélvete tras tu verja — dijo.




Pipo se quedó quieto. No muy lejos, Libo intentaba aprender de tres pequeninos cómo convertían en paja las enredaderas de merdona. Libo le vio y en un momento estuvo con él, listo para marcharse. Pipo le guió sin decir una sola palabra: ya que los pequeninos hablaban con tanta fluidez el lenguaje humano, nunca discutían lo que habían aprendido hasta que estuvieran dentro de la cerca.
Les llev√≥ media hora llegar a casa, y llov√≠a densamente cuando pasaron la verja y caminaron a lo largo de la cara de la colina hacia la Estaci√≥n Zenador. ¬ŅZenador? Pipo pens√≥ en la palabra mientras miraba el peque√Īo letrero sobre la puerta. La palabra XENOLOGO estaba escrita en stark. ¬ęAs√≠ es como las lenguas cambian ¬ó pens√≥ Pipo ¬ó. Si no fuera por el ansible, que proporciona comunicaci√≥n instant√°nea entre los Cien Mundos, posiblemente no podr√≠amos mantener un lenguaje com√ļn. El viaje interestelar es demasiado raro y lento. El stark se fragmentar√≠a en diez mil dialectos dentro de un siglo. Ser√≠a interesante que los ordenadores hicieran una proyecci√≥n de los cambios ling√ľ√≠sticos en Lusitania, si se permitiera que el stark decayera y absorbiera el portugu√©s...
¬ó Padre ¬ó dijo Libo.
Sólo entonces Pipo se dio cuenta de que se había detenido a diez metros de la estación. Tangentes. Las mejores partes de mi vida intelectual son tangenciales, en áreas fuera de mi experiencia. Supongo que es por causa de las regulaciones que han colocado en mi área de experiencia que me es imposible saber o comprender nada. La ciencia de la xenología contiene más misterios que la Santa Madre Iglesia.
Su huella dactilar fue suficiente para abrir la puerta. Pipo sab√≠a lo que le esperaba el resto de la tarde nada mas entrar. Pasar√≠an varias horas de trabajo en los terminales informando de todo lo que hab√≠an hecho durante el encuentro de hoy. Despu√©s, Pipo leer√≠a los apuntes de Libo, y Libo los de Pipo, y cuando estuvieran satisfechos, Pipo escribir√≠a un breve sumario y entonces dejar√≠a que los ordenadores trabajaran a partir de ah√≠, rellenando las notas y trasmiti√©ndolas instant√°neamente, por ansible, a los xen√≥logos del resto de los Cien Mundos. M√°s de un millar de cient√≠ficos cuya carrera consiste en estudiar la √ļnica raza alien√≠gena que conocemos, y excepto por lo poco que los sat√©lites puedan descubrir sobre esta especie arb√≥rea, toda la informaci√≥n que obtienen mis colegas es la que Libo y yo les enviamos. Esto es, definitivamente, una intervenci√≥n m√≠nima.
Pero cuando Pipo entr√≥ en la estaci√≥n, vio de inmediato que no ser√≠a una tarde de trabajo firme pero relajante. Dona Crist√° estaba all√≠, vestida con sus h√°bitos de monja. ¬ŅHab√≠a problemas en la escuela con alguno de los chicos m√°s j√≥venes?
— No, no — dijo Dona Cristá —. Todos tus hijos lo hacen muy bien, excepto éste, que me parece demasiado joven para estar trabajando aquí y no en el colegio, aunque sea de aprendiz.
Libo no dijo nada. ¬ęUna sabia decisi√≥n¬Ľ, pens√≥ Pipo. Dona Crist√° era una mujer joven, brillante y emprendedora, quiz√°s incluso hermosa, pero era antes que nada una monja de la orden de los Filhos da Mente de Cristo. No era agradable contemplarla cuando estaba enfadada por la ignorancia y la estupidez. Era sorprendente el n√ļmero de personas bastante inteligentes cuya ignorancia y estupidez se hab√≠an fundido considerablemente ante el fuego de su desd√©n. El silencio, Libo, es una pol√≠tica que te har√° mucho bien.
— No estoy para hablar de ninguno de tus hijos — dijo Dona Cristá —. Estoy aquí por Novinha.
Dona Crist√° no tuvo que mencionar apellidos. Todo el mundo conoc√≠a a Novinha. La terrible Descolada hab√≠a acabado solamente ocho a√Īos antes. La plaga hab√≠a amenazado con aniquilar la colonia antes de que tuviera oportunidad de ponerse en pie; el remedio fue descubierto por el padre y la madre de Novinha, Gusto y Cida, los dos xenobi√≥logos. Era una tr√°gica iron√≠a que descubrieran la causa de la enfermedad y su tratamiento, demasiado tarde para poder salvarla. El suyo fue el √ļltimo funeral de la Descolada.
Pipo recordaba claramente a la peque√Īa Novinha, all√≠ de pie, agarrada de la mano de la alcaldesa Bosquinha mientras el obispo Peregrino dec√≠a la misa del funeral. No, no agarrada de la mano de la alcaldesa. La imagen volvi√≥ a su mente y, con ella, el modo en que se sinti√≥. ¬ŅQu√© es lo que est√° pensando?, record√≥ que se preguntaba. Es el funeral de sus padres, es la √ļltima superviviente de su familia; sin embargo, puede ver a su alrededor la gran alegr√≠a de la gente de esta colonia. Joven como es, ¬Ņcomprende que nuestra alegr√≠a es el mejor tributo a sus padres? Se esforzaron al m√°ximo y tuvieron √©xito, encontraron nuestra salvaci√≥n antes de morir; estamos aqu√≠ para celebrar el gran regalo que nos hicieron. Pero para ti, Novinha, es la muerte de tus padres, igual que la de tus hermanos anteriormente. Quinientos muertos, y m√°s de quinientas misas por ellos en esta colonia, a lo largo de los √ļltimos seis meses, y todas ellas celebradas en una atm√≥sfera de miedo, pena y desesperaci√≥n. Ahora, cuando tus padres han muerto, el miedo, la pena y la desesperaci√≥n no son menores para ti de lo que fueron antes... pero nadie m√°s comparte tu dolor. Es el alivio del dolor lo que hay en la mayor√≠a de nuestras mentes.
Mientras la observaba y trataba de imaginar sus sentimientos, s√≥lo consigui√≥ rememorar su propia pena por la muerte de su hija, Mar√≠a, de siete a√Īos, barrida por el viento de la muerte que cubri√≥ su cuerpo de tumores cancerosos y grandes hongos que pudr√≠an su carne. Con un miembro nuevo, ni brazo ni pierna, surgido de su cadera, mientras la carne se le ca√≠a de los pies y la cabeza y dejaba los huesos desnudos, y su brillante mente permanec√≠a inmisericordemente alerta, capaz de sentir todo lo que le pasaba, hasta que tuvo que gritar a Dios suplic√°ndole que la dejara morir. Pipo record√≥ eso, y entonces record√≥ su misa de r√©quiem, compartida con otras cinco v√≠ctimas. Mientras permanec√≠a all√≠, arrodillado con su esposa y sus hijos supervivientes, hab√≠a sentido la perfecta unidad de la gente en la Catedral. Sab√≠a que su dolor era el dolor de todo el mundo, que a trav√©s de la p√©rdida de su hija mayor quedaba unido a su comunidad con los inseparables lazos de la pena, y para √©l era un consuelo, algo a lo que aferrarse. Era as√≠ c√≥mo la pena ten√≠a que ser, un lamento p√ļblico.
La peque√Īa Novinha no tuvo nada de eso. Su dolor hab√≠a sido, si era posible, a√ļn peor que el de Pipo. Al menos a √©l no le hab√≠an dejado sin familia, y era un adulto, no una chiquilla aterrorizada por la s√ļbita p√©rdida de los cimientos de su vida. En su pena no se sent√≠a m√°s unida a la comunidad, sino excluida de ella. Hoy todo el mundo se alegraba, excepto ella. Hoy todo el mundo alababa a sus padres; s√≥lo ella lloraba por ellos. Hubiera sido mejor que nunca hubieran encontrado la cura para los otros con tal de que hubieran conservado la vida.
Su aislamiento era tan intenso que Pipo pudo sentirlo desde donde estaba. Novinha se solt√≥ de la mano de la alcaldesa en cuanto pudo. Sus l√°grimas se secaron a medida que la misa continuaba. Al final, permaneci√≥ en silencio, como un prisionero que reh√ļsa cooperar con sus captores. El coraz√≥n de Pipo sangr√≥ por ella. Sin embargo sab√≠a que aunque lo intentara, nunca podr√≠a ocultar su propia alegr√≠a por el final de la Descolada, su regocijo, porque no le arrebatar√≠a a ninguno de sus otros hijos. Ella lo ver√≠a: su esfuerzo por reconfortar√≠a ser√≠a una burla, la apartar√≠a a√ļn mas.
Despu√©s de la misa, Novinha camin√≥ en amarga soledad entre la multitud de gente llena de buenas intenciones, que cruelmente le dec√≠a que sus padres seguramente serian elevados a los altares y se sentar√≠an a la derecha de Dios Padre. ¬ŅQu√© clase de consuelo es √©se para un ni√Īo? Pipo le susurr√≥ a su esposa:
¬ó Nunca nos perdonar√° por lo de hoy.
¬ó
¬ŅPerdonar? ¬ó Concei√ß√£o no era una de esas esposas que inmediatamente comprenden la cadena de pensamientos de su marido ¬ó. No hemos matado a sus padres.

¬ó Pero todos nos alegramos hoy, ¬Ņno? Nunca nos perdonar√° por esto.

¬ó
Qu√© tonter√≠a. Ella todav√≠a no comprende. Es demasiado joven. Ella comprende ¬ó pens√≥ Pipo ¬ó. ¬ŅNo comprend√≠a las cosas Mar√≠a cuando era a√ļn m√°s peque√Īa de lo que Novinha lo era ahora?

A medida que los a√Īos fueron pasando ¬ó ocho a√Īos ya ¬ó la hab√≠a visto de vez en cuando. Ten√≠a la edad de su hijo Libo, y eso quer√≠a decir que hasta que √©ste cumpli√≥ los trece a√Īos estuvieron juntos en muchas de las clases. La o√≠a dar clases y charlas ocasionales, junto con otros ni√Īos. Hab√≠a una elegancia en su pensamiento, una intensidad en su claridez de ideas que le sorprendi√≥. Al mismo tiempo, ella parec√≠a completamente fr√≠a, totalmente apartada de todos los dem√°s. El propio hijo de Pipo, Libo, era t√≠mido, pero aun as√≠ ten√≠a varios amigos, y se hab√≠a ganado el afecto de sus profesores. Novinha, sin embargo, no ten√≠a ning√ļn amigo, nadie con quien compartir una mirada despu√©s de un momento de triunfo. No hab√≠a ning√ļn profesor a quien le gustara de verdad, porque rehusaba corresponder.

¬ó
Está paralizada emocionalmente — le dijo una vez Dona Cristá cuando Pipo le preguntó por ella —. No hay manera de entrar en contacto con ella. Jura que es perfectamente feliz, y que no ve ninguna necesidad de cambio.

Ahora Dona Crist√° hab√≠a venido a la Estaci√≥n Zenador para hablarle a Pipo de Novinha. ¬ŅPor qu√© a Pipo? S√≥lo pod√≠a suponer una raz√≥n para que la principal responsable de la escuela viniera a hablar con √©l sobre esta hu√©rfana particular.

¬ó
¬ŅDebo entender que en todos los a√Īos que has tenido a Novinha en tu escuela soy la √ļnica persona que ha preguntado por ella?

¬ó
La √ļnica persona no ¬ó dijo ella ¬ó. Todo el mundo se interes√≥ por ella hace un par de a√Īos, cuando el Papa beatific√≥ a sus padres. Todo el mundo le preguntaba si la hija de Gusto y de Cida, Os Venerados, hab√≠a advertido alguna vez alg√ļn hecho milagroso asociado con sus padres, tal como hab√≠an hecho otras muchas personas.

¬ó ¬ŅLe preguntaban eso de verdad?

¬ó
Hubo rumores, y el obispo Peregrino tuvo que investigar — Dona se envaró un poco al hablar del joven líder espiritual de la Colonia Lusitania, pues se decía que la jerarquía nunca se había llevado bien con la orden de los Filhos da Mente de Cristo —. La respuesta que dio Novinha fue muy ilustrativa.

¬ó Lo imagino.

¬ó
Dijo, m√°s o menos, que si sus padres estuvieran escuchando de verdad sus oraciones y tuvieran de verdad alguna influencia en el cielo para que se cumplieran sus deseos, ¬Ņpor qu√© entonces no hab√≠an atendido a sus oraciones para que regresaran de la tumba? Dijo que eso ser√≠a un milagro √ļtil, y hay precedentes. Si Os Venerados tuvieran el poder de hacer milagros, entonces esto tendr√≠a que significar que no la amaban lo bastante para responder a sus plegarias. Prefer√≠a creer que sus padres a√ļn la amaban y que simplemente no ten√≠an el poder para actuar.

¬ó
Una sofista nata ¬ó dijo Pipo.

¬ó
Sofista y experta en culpa: le dijo al obispo que si el Papa declaraba a sus padres




venerables, sería igual que si la Iglesia dijera que sus padres la odiaban. La petición de la canonización de sus padres probaba que Lusitania la despreciaba; si se concedía, sería la prueba de que la propia Iglesia era despreciable. El obispo Peregrino se quedó blanco.
¬ó
Veo que envió la petición de todas formas.

¬ó
Por el bien de la comunidad. Y hubo todos esos milagros.


¬ó
Alguien toca el altar y un dolor de cabeza desaparece y gritan ¡Milagro! ¡Os santos me abençaram! ¡Milagro! ¡Los santos me han bendecido!

¬ó
Sabes que la Santa Sede requiere milagros más sustanciales que eso. Pero no importa. El Papa graciosamente nos permitió llamar Milagro a nuestra ciudad, y ahora imagino que cada vez que alguien pronuncia ese nombre, Novinha arde un poco más con su furia interna.

— O se vuelve más fría. Uno nunca sabe qué tipo de temperatura produce una cosa como esa.

¬ó
De todas formas, Pipo, no eres el √ļnico que ha preguntado por ella. Pero eres el √ļnico que ha preguntado por ella misma y por su propio bien, no por causa de sus santos y adorados padres.


Era triste pensar que, a excepci√≥n de los Filhos, quienes dirig√≠an las escuelas de Lusitania, no hubiera habido m√°s preocupaci√≥n por la ni√Īa que los peque√Īos brotes de atenci√≥n que Pipo hab√≠a desperdigado a lo largo de los a√Īos.
¬ó Tiene un amigo ¬ó dijo Libo.
Pipo había olvidado que su hijo estaba allí. Libo era tan callado que era fácil pasar por alto su presencia. Dona Cristá también parecía sorprendida.
¬ó
Creo, Libo, que somos indiscretos al hablar de una de tus compa√Īeras de colegio de esta manera ¬ó dijo.

¬ó
Ahora soy aprendiz de Zenador — le recordó Libo. Lo que quería decir que ya no estaba en la escuela.

¬ó
¬ŅQui√©n es su amigo? ¬ó pregunt√≥ Pipo.

¬ó
Marc√°o.

¬ó
Marcos Ribera — explicó Dona Cristá —. El chico alto...

¬ó
Ah, sí, el que parece una cabra.

¬ó
Es un chico fuerte ¬ó dijo Dona Crist√°
Pero nunca he advertido ninguna amistad entre ellos.


¬ó
Una vez, cuando Marcão fue acusado de algo, ella lo vio y habló en su favor.



¬ó
Haces una interpretación generosa del asunto, Libo — dijo Dona Cristá —. Creo que es más apropiado decir que habló en contra de los chicos que lo hicieron de verdad y estaban intentando echarle la culpa a él.

¬ó
Marcão no lo ve de esa forma — respondió Libo —. Me he dado cuenta un par de veces por la forma en que la observa. No es mucho, pero hay alguien a quien le agrada.


¬ó ¬ŅTe agrada a ti? ¬ó le pregunt√≥ Pipo.
Libo guardó silencio un momento. Pipo sabía lo que aquello quería decir. Se estaba examinando para encontrar una respuesta. No la respuesta que pensaba sería la más adecuada para atraer el favor de un adulto, ni la que provocaría su ira: los dos tipos de falacias que la mayoría de los chicos de su edad se complacían en ofrecer. Se estaba autoexaminando para descubrir la verdad.
¬ó Creo que comprendo que no quiera agradar a la gente ¬ó dijo Libo ¬ó. Como si ella fuera un
visitante que espera volver a casa alg√ļn d√≠a. Dona Crist√° asinti√≥ gravemente.
— Sí, es exactamente así. Eso es exactamente lo que parece. Pero ahora, Libo, debemos poner fin a nuestra indiscreción pidiéndote que te marches mientras nosotros...
Se marchó antes de que acabara la frase. Hizo un rápido movimiento con la cabeza y ofreció una media sonrisa que decía sí, lo comprendo, y un movimiento tan sigiloso que convirtió su salida en la prueba más elocuente de su discreción, que si hubiera argumentado que quería quedarse. Con esto, Pipo supo que estaba molesto por que le pidieran que se marchase: tenía una forma de lograr que los adultos se sintieran vagamente inmaduros en comparación con él.
¬ó Pipo ¬ó dijo la superiora ¬ó, me ha pedido que se la examine antes de tiempo para tomar el
puesto de sus padres como xenobióloga. Pipo alzó una ceja.
¬ó
Dice que ha estado estudiando la materia intensamente desde que era una ni√Īa peque√Īa. Que est√° lista para empezar a trabajar inmediatamente, sin aprendizaje.

¬ó Tiene trece a√Īos, ¬Ņno?

¬ó
Hay precedentes. Muchos se han presentado a esas pruebas antes. Uno incluso aprob√≥ siendo m√°s joven que ella. Fue hace doscientos a√Īos, pero se permiti√≥. El obispo Peregrino est√° en contra, por supuesto, pero la alcaldesa Bosquinha, bendito sea su coraz√≥n pr√°ctico, ha se√Īalado que Lusitania necesita un xenobi√≥logo con urgencia. Necesitamos poner manos a la obra en el asunto de desarrollar nuevos brotes de vida vegetal, para que podamos tener un poco de variedad decente en nuestra dieta y cosechas mucho mejores. Sus propias palabras fueron: ¬ęNo me importa que sea una ni√Īa, necesitamos una xenobi√≥loga.¬Ľ

¬ó
¬ŅY quieres que supervise su examen?

¬ó
Si fueras tan amable...

¬ó
Me encantar√° hacerlo.

¬ó
Les dije que te gustaría.

¬ó
Confieso que tengo mis motivos.

¬ó
¬ŅS√≠?

¬ó
Deber√≠a haber hecho m√°s por la ni√Īa. Me gustar√≠a ver que no es demasiado tarde para




empezar. Dona Cristá se echó a reír.
¬ó
Oh, Pipo, me alegra que lo intentes. Pero cr√©eme, querido amigo, alcanzar su coraz√≥n es como ba√Īarse en hielo.

¬ó
Lo imagino. Imagino que la persona que intente acerc√°rsele se sienta as√≠. ¬ŅPero c√≥mo se siente ella? Fr√≠a como es, seguramente por dentro debe arder como el fuego.

¬ó
Eres un poeta ¬ó dijo Dona Crist√°. No hab√≠a iron√≠a en su voz. Quer√≠a decir eso mismo ¬ó. ¬ŅLos cerdis comprenden que les hemos enviado al mejor de los nuestros como embajador?

¬ó
He intentado decírselo, pero se mantienen escépticos.

¬ó
Te la enviar√© ma√Īana. Te lo advierto: espera examinarse fr√≠amente, y resistir√° cualquier




intento por tu parte de preexaminarla. Pipo sonrió.
— Me preocupa mucho más lo que sucederá después de que se examine. Si suspende, tendrá problemas. Si aprueba, entonces los problemas empezaran para mi.
¬ó
¬ŅPor qu√©?

¬ó
Libo me insistir√° en examinarse antes de tiempo para Zenador. Y si lo hace, entonces no


habrá razón para que no me vaya a casa, me haga un ovillo y muera.
¬ó Eres un loco rom√°ntico, Pipo. Si hay alguien en Milagro capaz de aceptar a su hijo de trece a√Īos como colega, √©se eres t√ļ.
Despu√©s de que la monja se marchara, Pipo y Libo trabajaron juntos, como de costumbre, registrando los sucesos del d√≠a con los pequeninos. Pipo compar√≥ el trabajo de Libo, su forma de pensar, sus reflexiones, sus actitudes, con las de aquellos estudiantes graduados que hab√≠a conocido en la Universidad antes de unirse a la Colonia Lusitania. Pod√≠a ser peque√Īo, y hab√≠a a√ļn mucha teor√≠a y muchos conocimientos que ten√≠a que aprender, pero ya era un aut√©ntico cient√≠fico en su m√©todo, y un humanista de coraz√≥n. Cuando el trabajo de la tarde termin√≥ y volvieron a casa juntos a la luz de la grande y resplandeciente Luna de Lusitania, Pipo hab√≠a decidido que Libo ya merec√≠a ser tratado como un colega, se examinara o no. Los tests, de todas formas, no pod√≠an medir las cosas que realmente contaban.
Y, le gustara a Novinha o no, Pipo intentaría descubrir si ella tenía las cualidades, tan difíciles de medir, propias de un científico; si no las tenía, entonces haría que no se presentara a los exámenes, por muchos hechos que hubiera memorizado.
Pipo iba a pon√©rselo dif√≠cil. Novinha sab√≠a c√≥mo actuaban los adultos cuando planeaban no hacer las cosas tal como ella quer√≠a, pero no deseaba ni una pelea ni portarse mal. Por supuesto, pod√≠a examinarse. Pero no hab√≠a raz√≥n para apresurarse, ¬ętom√©monos algo de tiempo, asegur√©monos de que tendr√°s √©xito al primer intento¬Ľ.
Novinha no quería esperar. Novinha estaba lista.
— Saltaré todos los obstáculos que usted quiera — dijo.
La cara de él se tornó fría. Sus caras siempre lo hacían. Eso estaba bien. La frialdad no le importaba. Podría hacer que se helaran hasta la muerte.
¬ó
No quiero que saltes ning√ļn obst√°culo.

¬ó
Lo √ļnico que le pido es que los coloque todos en una fila para que pueda saltarlos con


rapidez. No quiero que esto dure d√≠as y d√≠as. √Čl la mir√≥ pensativamente durante un momento.
¬ó Tienes mucha prisa.
¬ó
Estoy preparada. El C√≥digo Estelar me permite desafiar la prueba en cualquier momento. Es un asunto entre el Congreso Estelar y yo, y no he podido encontrar ning√ļn sitio en donde se diga que un xen√≥logo no pueda intentar adivinar las intenciones de la Oficina de Ex√°menes Interplanetarios.

— Entonces no has leído con atención.

¬ó
La √ļnica cosa que necesito para hacer la prueba antes de tener los diecis√©is a√Īos es la autorizaci√≥n de mi tutor legal. No tengo ninguno.

¬ó
Al contrario — dijo Pipo —. La alcaldesa Bosquinha ha sido tu tutora legal desde el día en que murieron tus padres.

¬ó
Y estuvo de acuerdo en que podría hacer la prueba.

¬ó
Siempre y cuando vinieras a mi.




Novinha vio la intensa mirada en los ojos de él. No conocía a Pipo, así que pensó que era la mirada que había visto en tantos otros ojos, el deseo de dominarla, de mandar sobre ella, el deseo de reducir su determinación y romper su independencia, el deseo de hacer que se rindiera.
Del hielo al fuego en un instante.
¬ó ¬ŅQu√© sabe usted de xenobiolog√≠a? ¬°S√≥lo sale y habla con los cerdis, ni siquiera ha empezado a comprender c√≥mo funcionan sus genes! ¬ŅQui√©n es usted para juzgarme? Lusitania necesita un xenobi√≥logo, y llevan ocho a√Īos sin ninguno. ¬°Y quiere que esperen a√ļn m√°s tiempo s√≥lo para poder tener el control!
Para su sorpresa, el hombre no se acaloró, no se batió en retirada. Ni siquiera le contestó airadamente. Fue como si ella no hubiera hablado.
¬ó Ya veo que es por tu gran amor a la gente de Lusitania por lo que deseas ser xenobi√≥loga ¬ó dijo √©l ¬ó. Al ver el inter√©s p√ļblico, te has sacrificado y preparado para dedicarte desde temprana edad a una vida de servicio altruista.
Parecía absurdo oírle decir eso. Y no era así cómo ella se sentía.
¬ó
¬ŅNo es una buena raz√≥n?

¬ó
Si fuera cierta, sería bastante buena.

¬ó
¬ŅMe est√° llamando mentirosa?


¬ó Tus propias palabras te han llamado mentirosa. Has hablado de lo mucho que ellos, la gente de Lusitania, te necesitan. Pero t√ļ vives entre nosotros. Has vivido entre nosotros toda tu vida. Est√°s dispuesta a sacrificarte por nosotros, y sin embargo no te sientes parte de esta comunidad.
De modo que √©l no era como los adultos que siempre cre√≠an las mentiras, mientras la hicieran parecer la ni√Īa que quer√≠an que fuera.
¬ó
¬ŅPor qu√© tendr√≠a que sentirme parte de la comunidad? No lo soy.
√Čl asinti√≥ con gravedad, como si considerara su respuesta.


¬ó
¬ŅA qu√© comunidad perteneces?


¬ó
Los cerdis son la otra √ļnica comunidad de Lusitania, y no me han enviado ah√≠ fuera con los adoradores de √°rboles.

¬ó
Hay m√°s comunidades en Lusitania. Por ejemplo, eres estudiante... Hay una comunidad de estudiantes.

— Para mí, no.

¬ó
Lo s√©. No tienes amigos, no tienes ninguna relaci√≥n √≠ntima con nadie. Acudes a misa pero nunca te confiesas, est√°s completamente al margen de todo lo que significa estar en contacto con la vida de esta colonia en todo lo que es posible, no tocas la vida de la raza humana en ning√ļn punto. Evidentemente, vives en un aislamiento completo.


Novinha no estaba preparada para esto. √Čl estaba nombrando el dolor subyacente de su vida, y ella no ten√≠a dispuesta una estrategia para enfrentarse a eso.
¬ó
Si lo hago así, no es culpa mía.

¬ó
Lo s√©. S√© d√≥nde empez√≥, y s√© de qui√©n fue el fallo que contin√ļa hasta hoy.

¬ó
¬ŅM√≠o?


— Mío. Y de todos los demás. Pero mío sobre todo, porque sabía lo que te pasaba y no dije nada. Hasta hoy.
¬ó ¬°Y hoy va a separarme de la √ļnica cosa que me importa en la vida! ¬°Muchas gracias por su
compasión! Una vez más él asintió solemnemente, como si aceptara y reconociera la irónica gratitud.
¬ó
En un sentido, Novinha, no importa que no fuera culpa tuya. Porque la ciudad de Milagro es una comunidad, y tanto si te ha tratado mal como si no, a√ļn debe actuar como hacen todas las comunidades, proporcionar la mayor felicidad posible para todos sus miembros.

¬ó Lo que quiere decir, todo el mundo en Lusitania excepto yo... y los cerdis.

¬ó
El xenobiólogo es muy importante en una colonia, especialmente en una como ésta, rodeada por una cerca que limita para siempre nuestro crecimiento. Nuestro xenobiólogo debe encontrar el modo de cultivar más proteínas e hidratos de carbono por hectárea, lo que significa alterar genéticamente el trigo y las patatas traídas de la Tierra para hacer...

¬ó
Para hacer posible el uso m√°ximo de los nutrientes disponibles en el entorno lusitano. ¬ŅCree que pienso presentarme al examen sin saber cu√°l ser√° el trabajo de mi vida?

— El trabajo de tu vida es dedicarte a mejorar la vida de la gente a la que desprecias. Ahora Novinha vio la trampa que él le había dispuesto. Había aparecido demasiado tarde.

¬ó
¬ŅDe modo que piensa que un xenobi√≥logo no puede hacer su trabajo a menos que ame a la gente que usa las cosas que una hace?

¬ó
No me importa si nos amas o no. Lo que tengo que saber es lo que quieres realmente. Por qué tienes tanto interés en hacer esto.

— Psicología básica. Mis padres murieron en este trabajo, y por tanto intento ocupar su puesto.

¬ó
Tal vez sí — dijo Pipo —. Y tal vez no. Lo que quiero saber, Novinha, lo que tengo que saber antes de dejarte hacer la prueba es a qué comunidad perteneces.

¬ó ¬°Ya lo ha dicho usted antes! ¬°No pertenezco a ninguna!

¬ó
Imposible. Cada persona está definida por las comunidades a las que pertenece y a las que no pertenece. Yo tengo una serie de definiciones positivas y otra negativa. Pero todas tus definiciones son negativas. Podría hacer una lista infinita de las cosas que no eres. Pero una persona que cree realmente que no pertenece a ninguna comunidad, invariablemente acaba con su vida, bien matando su cuerpo, bien perdiendo su identidad y volviéndose loca.

¬ó √Čsa soy yo. Loca hasta la ra√≠z.

¬ó
Loca, no. Obsesionada por un sentido del prop√≥sito que es preocupante. Si haces esa prueba la aprobar√°s. Pero antes de dejarte que te presentes a ella, tengo que saberlo: ¬Ņen qu√© te convertir√°s cuando la apruebes? ¬ŅEn qu√© crees? ¬ŅDe qu√© eres parte? ¬ŅPor qu√© te preocupas? ¬ŅQu√© es lo que amas?

¬ó
Nada de este o de otro mundo.

¬ó
No te creo.



¬ó
¬°Nunca he conocido a ning√ļn hombre bueno o a ninguna buena mujer excepto mis padres, y est√°n muertos! E incluso ellos. Nadie comprende nada.

¬ó T√ļ.

¬ó
Soy parte de algo, ¬Ņno? Pero nadie comprende nada, ni siquiera usted, que pretende ser tan sabio y compasivo, pero s√≥lo me hace llorar as√≠ porque tiene el poder para impedir que haga lo que quiero hacer...

¬ó
Y eso no es la xenobiología.

¬ó
¡Sí que lo es! ¡Es una parte, al menos!

¬ó
¬ŅY cu√°l es el resto?



¬ó
Lo que usted es. Lo que hace. No s√≥lo lo est√° haciendo mal, lo est√° haciendo de manera est√ļpida.

— Xenobiólogo y xenólogo.

¬ó
Cometieron un est√ļpido error cuando crearon una nueva ciencia para estudiar a los cerdis. Fueron un pu√Īado de antrop√≥logos viejos y cansados que se pusieron un sombrero nuevo y se


llamaron a sí mismos xenólogos. ¡Pero no se puede comprender a los cerdis solamente observando la manera cómo se comportan! ¡Provienen de una evolución diferente! Hay que comprender sus genes, lo que hay en el interior de sus células. Y en las células de los otros animales también, porque no se les puede estudiar solos, nadie vive en aislamiento...
No me des sermones — pensó Pipo —. Dime lo que sientes. Y para provocar que fuera más emocional, susurró:
¬ó
Excepto t√ļ.
Funcionó. Del frío desdén ella pasó a una calurosa defensiva.


¬ó
¡Nunca los comprenderá! ¡Pero yo sí!

¬ó
¬ŅQu√© te interesa de ellos? ¬ŅQu√© son los cerdis para ti?

¬ó
No podría comprenderlo nunca. Es usted un buen católico — pronunció esta palabra con


desd√©n ¬ó. Es un libro que est√° en el √ćndice. La cara de Pipo se ilumin√≥ de una comprensi√≥n repentina.
— La Reina Colmena y el Hegemón.
¬ó
Vivi√≥ hace tres mil a√Īos, quienquiera que fuese, el que se llamaba a s√≠ mismo el Portavoz de los Muertos. ¬°Pero comprendi√≥ a los insectores! Los aniquilamos a todos, a la √ļnica raza alien√≠gena que conoc√≠amos, los matamos a todos, pero √©l comprendi√≥.

¬ó
Y t√ļ quieres escribir la historia de los cerdis de la misma forma que el Portavoz original escribi√≥ la historia de los insectores.

¬ó
Por la forma en que lo dice, parece tan fácil como hacer un trabajo para la escuela. No sabe lo que costó escribir la Reina Colmena y el Hegemón. La agonía que soportó... imaginarse dentro de una mente alienígena, y salir de ella lleno de amor por la gran criatura que destruimos. Vivió en el mismo tiempo que el peor ser humano que haya vivido jamás, Ender el Genocida, el que destruyó a los insectores... e hizo todo lo posible para deshacer lo que Ender había hecho. El Portavoz de los Muertos intentó devolverlos a la vida...

¬ó Pero no pudo.

¬ó
¬°Lo hizo! ¬°Logr√≥ que vivieran de nuevo, lo sabr√≠a si hubiera le√≠do el libro! No s√© mucho sobre Jes√ļs, escucho al obispo Peregrino y no creo que tenga poder para sanar las llagas o perdonar un miligramo de culpa. Pero el Portavoz de los Muertos hizo que la reina ¬ó colmena volviera a la vida.

¬ó
¬ŅY entonces d√≥nde est√°?

¬ó
¡Está aquí! ¡Dentro de mí!
√Čl asinti√≥.




¬ó
También hay alguien más en tu interior. El Portavoz de los Muertos. Eso es lo que quieres ser.

¬ó
Es la √ļnica historia verdadera que he o√≠do. La √ļnica que me importa. ¬ŅEs eso lo que quer√≠ao√≠r? ¬ŅQue soy una hereje? ¬ŅY que todo el trabajo de mi vida va a ser a√Īadir otro libro al √ćndice de verdades cuya lectura los buenos cat√≥licos tienen prohibida?

¬ó
Lo que quer√≠a o√≠r ¬ó dijo Pipo con suavidad ¬ó era el nombre de lo que eres, en vez del nombre de todas las cosas que no eres. Eres la reina de la colmena. Eres la Portavoz de los Muertos. Es una comunidad muy peque√Īa, peque√Īa en n√ļmero, pero grande de coraz√≥n. As√≠ que eliges no ser parte de las bandas de chiquillos que se agrupan con el √ļnico prop√≥sito de excluir de sus filas a otros, y la gente te mira y dice, probrecita, est√° tan sola, pero t√ļ conoces un secreto, sabes qui√©n eres

realmente. Eres el √ļnico ser humano capaz de comprender la mente alien√≠gena, porque eres la mente alien√≠gena; sabes lo que es ser inhumano porque nunca ha habido ning√ļn grupo humano que te haya dado credenciales como homo sapiens.

¬ó
¬ŅAhora me dice que ni siquiera soy humana? Me hace gimotear como una ni√Īa peque√Īa porque no me deja presentarme a la prueba, me hace que me humille, ¬Ņy ahora me dice que no soy humana?

¬ó
Puedes presentarte a la prueba.
Las palabras colgaron en el aire.


¬ó
¬ŅCu√°ndo? ¬ó susurr√≥ ella.



¬ó
Esta noche. Ma√Īana. Empieza cuando quieras. Detendr√© mi trabajo para hacer que pases por las pruebas lo m√°s pronto posible.

¬ó ¬°Gracias! ¬°Gracias! Yo...

¬ó
Convi√©rtete en Portavoz de los Muertos. Te ayudar√© si puedo. La ley me proh√≠be tomar a nadie bajo mi tutela excepto a mi hijo Libo para salir a estudiar a los pequeninos. Pero te dejaremos ver nuestras notas. Te mostraremos todo lo que aprendamos. Todas nuestras suposiciones y especulaciones. A cambio, t√ļ tambi√©n nos mostrar√°s tu trabajo, lo que descubras sobre las pautas gen√©ticas de este mundo, que pudiera ayudarnos a comprender a los pequeninos. Y cuando hayamos aprendido suficiente, juntos, podr√°s escribir tu libro, podr√°s convertirte en Portavoz. Pero esta vez no ser√° el Portavoz de los Muertos. Los pequeninos no est√°n muertos.


Ella sonrió a su pesar.
¬ó
El Portavoz de los Vivos.

¬ó
También he leído la Reina Colmena y el Hegemón — dijo él —. No encuentro un nombre


mejor para ti. Pero ella a√ļn no se fiaba de √©l, a√ļn no cre√≠a en lo que √©l parec√≠a prometerle.
¬ó
Querré venir aquí a menudo. Todo el tiempo.

¬ó
Cerramos esto cuando nos vamos a la cama.


¬ó
Entonces el resto del tiempo. Se cansarán de mí. Tendrán que decirme que me marche. Me ocultarán sus secretos. Me dirán que me calle y que no mencione mis ideas.

¬ó
Acabamos de empezar a hacernos amigos y ya crees que soy un mentiroso y un tramposo, zoquete impaciente.

¬ó Pero lo har√°. Todos lo hacen. Todos desean que me marche...
Pipo se encogió de hombros.


¬ó
¬ŅY qu√©? En una ocasi√≥n o en otra, todo el mundo desea que todos los dem√°s se marchen. A veces desear√© que te marches. Lo que te estoy diciendo es que incluso en esos momentos, aunque te diga que te marches, no tienes que marcharte.


Era la cosa más desconcertante que le había dicho nadie.
¬ó Es una locura.
¬ó S√≥lo una cosa mas. Prom√©teme que nunca intentar√°s ir con los pequeninos. Porque no puedo dejar que lo hagas, y si lo haces de todas formas, el Congreso Estelar cerrar√° todo nuestro trabajo aqu√≠, prohibir√° cualquier contacto con ellos. ¬ŅMe lo prometes? O de lo contrario, todo, mi trabajo y tu trabajo, ser√° deshecho.
¬ó
Lo prometo.

¬ó
¬ŅCu√°ndo realizaremos la prueba?

¬ó
¬°Ahora! ¬ŅPuedo empezar ahora mismo?


√Čl se ri√≥ con suavidad, entonces alarg√≥ una mano y sin mirar toc√≥ el terminal. √Čste cobr√≥ vida y los primeros modelos gen√©ticos aparecieron en el aire por encima.
— Tenía el examen preparado — dijo ella —. ¡Estaba dispuesto! ¡Sabía que me dejaría hacerlo
desde el principio! √Čl sacudi√≥ la cabeza.
¬ó Lo esperaba. Cre√≠a en ti. Quer√≠a ayudarte a hacer lo que so√Īabas hacer. Siempre y cuando
fuera algo bueno. Ella no habría sido Novinha si no hubiera encontrado otra puya que decir.
¬ó
Ya veo. Es usted el juez de los sue√Īos.
Quizá él no sabía que era un insulto. Sonrió y dijo:


¬ó
Fe, esperanza y amor... esos tres. Pero el mayor de todos es el amor.

¬ó
Usted no me ama ¬ó dijo ella.


¬ó Ah ¬ó contest√≥ √©l ¬ó. Yo soy el juez de los sue√Īos y t√ļ eres la juez del amor. Bien, te encuentro culpable de so√Īar buenos sue√Īos, y te sentencio a toda una vida de trabajo y sufrimiento por el bien de tus sue√Īos. S√≥lo espero que alg√ļn d√≠a no me declares inocente del crimen de amarte ¬ó reflexion√≥ un instante ¬ó. Perd√≠ una hija en la Descolada. Maria. Ahora s√≥lo seria unos pocos a√Īos mayor que t√ļ.
¬ó
¬ŅY yo se la recuerdo?

¬ó
Estaba pensando que no se habría parecido a ti en nada.


Ella empezó la prueba. Le llevó tres días. La aprobó con una nota muy superior a la de muchos estudiantes graduados. Más adelante, sin embargo, ella no recordaría la prueba por haber sido el principio de su carrera, el final de su infancia, la confirmación de su vocación hacia el trabajo que ocuparía su vida. Recordaría la prueba porque sería el principio de su estancia en la Estación de Pipo, donde Pipo y Libo y Novinha formarían juntos la primera comunidad a la que perteneció desde que sus padres fueron devueltos a la Tierra.
No fue f√°cil, especialmente al principio. Novinha no perdi√≥ instant√°neamente su costumbre de enfrentarse fr√≠amente a los dem√°s. Pipo lo comprend√≠a, estaba preparado para soportar sus andanadas verbales. El desaf√≠o fue mucho mayor para Libo. La Estaci√≥n del Zenador hab√≠a sido un sitio donde √©l y su padre pod√≠an estar solos y unidos. Ahora, sin que nadie le hubiera consultado su opini√≥n, se hab√≠a a√Īadido una tercera persona, una persona fr√≠a y exigente que le hablaba como si fuera un cr√≠o, incluso a pesar de que ten√≠an la misma edad. Le molestaba que ella fuera una xenobi√≥loga completa, con todos los privilegios de adulto que eso implicaba, mientras √©l era a√ļn un aprendiz.
Pero intent√≥ soportarlo con paciencia. Era de naturaleza tranquila, y la discreci√≥n era parte de su car√°cter. No era propenso al resentimiento. Pero Pipo conoc√≠a a su hijo, y le ve√≠a consumirse. Despu√©s de una temporada, incluso Novinha, pese a lo insensible que era, empez√≥ a darse cuenta de que estaba provocando a Libo m√°s de lo que ning√ļn joven podr√≠a soportar. Pero, en lugar de dejarlo correr, empez√≥ a considerarlo como un desaf√≠o. ¬ŅC√≥mo podr√≠a forzar alguna respuesta de este joven hermoso, tranquilo y generoso?
¬ó ¬ŅQuieres decir que hab√©is estado trabajando todos estos a√Īos y ni siquiera sab√©is c√≥mo se reproducen los cerdis? ¬ó le dijo un d√≠a ¬ó. ¬ŅC√≥mo sab√©is que todos son machos?
¬ó Les explicamos los t√©rminos masculino y femenino al ense√Īarles nuestros lenguajes ¬ó explic√≥ Libo suavemente ¬ó. Ellos eligieron el de macho. Y se refirieron a los otros, a los que nunca hemos visto, como hembras.
¬ó Pero, por todo lo que sab√©is, ¬Ņse reproducen por apareamiento? ¬°O por mitosis!
Su tono era desde√Īoso, y Libo no respondi√≥ con rapidez. Pipo sinti√≥ como si pudiera o√≠r los pensamientos de su hijo, reestructurando una y otra vez su respuesta hasta que √©sta fuera amable y segura.
— Ojalá nuestro trabajo se pareciera más a la antropología física. Entonces estaríamos más preparados para aplicar tu investigación sobre las pautas de vida subcelulares de Lusitania a lo que aprendemos de los pequeninos.
Novinha parecía horrorizada.
¬ó ¬ŅQuieres decir que ni siquiera tom√°is muestras de tejido?
Libo se sonrojó ligeramente, pero cuando contestó, su voz continuó tranquila. Pipo pensó que el muchacho no cambiaría de actitud ni ante un interrogatorio de la Inquisición.
¬ó Supongo que es una tonter√≠a ¬ó dijo Libo ¬ó, pero tememos que los pequeninos se preguntar√≠an por qu√© tomamos pedazos de su cuerpo. Si uno de ellos enfermara despu√©s por casualidad, ¬Ņpensar√≠an que nosotros causamos la enfermedad?
¬ó ¬ŅY si tomarais algo que ellos sueltan de forma natural? Se puede aprender mucho del pelo.
Libo asintió; Pipo, que observaba desde su terminal al otro extremo de la habitación, reconoció el gesto: Libo lo había aprendido de su padre.
¬ó
Muchas tribus primitivas de la Tierra cre√≠an que los despojos de sus cuerpos conten√≠an parte de su vida y de su fuerza. ¬ŅY si los cerdis pensaran que estamos practicando magia contra ellos?

¬ó
¬ŅNo sab√©is su lenguaje? Cre√≠a que algunos de ellos hablan tambi√©n el stark ¬ó ella no hizo ning√ļn esfuerzo para disimular su desd√©n ¬ó. ¬ŅNo pod√©is explicarles para qu√© son las muestras?


— Tienes razón — dijo él tranquilamente —.
Pero si les explic√°ramos para qu√© usamos las muestras de tejidos, podr√≠amos accidentalmente ense√Īarles los conceptos de la ciencia biol√≥gica un millar de a√Īos antes de que alcancen ese punto de manera natural. Por eso la ley nos proh√≠be explicar cosas como esa.
Finalmente, Novinha claudicó.
— No me daba cuenta de lo férreamente que estáis atados por la doctrina de la intervención mínima.
Pipo se alegr√≥ al o√≠r que se retiraba de su arrogancia, pero su humildad era a√ļn peor. La muchacha estaba tan aislada del contacto humano que hablaba como un libro de ciencia excesivamente formal. Pipo se pregunt√≥ si ya ser√≠a demasiado tarde para ense√Īarle a convertirse en un ser humano.
No lo era. En cuanto ella se dio cuenta de que eran excelentes en su trabajo científico, del que ella apenas sabía nada, desterró su agresividad y adoptó casi el extremo opuesto. Apenas le habló a Pipo y Libo durante semanas. Al contrario, estudió sus informes, intentando comprender el propósito de lo que hacían. De vez en cuando tenía una pregunta, y preguntaba; ellos contestaban amablemente y a conciencia.
La cortes√≠a dio paso gradualmente a la familiaridad. Pipo y Libo empezaron a conversar abiertamente delante de ella, aireando sus especulaciones sobre las causas que hab√≠an llevado a los cerdis a desarrollar aquellas extra√Īas pautas de conducta, qu√© significado subyac√≠a detr√°s de algunas de sus extra√Īas expresiones, por qu√© permanec√≠an tan enervantemente impenetrables. Y como el estudio de los cerdis era una rama completamente nueva de la ciencia, no pas√≥ mucho tiempo antes de que Novinha tambi√©n fuera experta en ella, aunque lo fuera de segunda mano, y pudiera ofrecer algunas hip√≥tesis.
— Después de todo — dijo Pipo, animándola —, todos estamos ciegos en este asunto.
Pipo hab√≠a previsto lo que iba a suceder a continuaci√≥n. La paciencia de Libo, cuidadosamente cultivada, le hab√≠a hecho parecer fr√≠o y reservado ante los chicos de su edad, y Pipo era para √©l m√°s importante que cualquier intento de socializaci√≥n; el aislamiento de Novinha era m√°s espectacular, pero no m√°s intenso. Ahora, sin embargo, su inter√©s com√ļn en los cerdis les acercaba; ¬Ņcon qui√©n m√°s pod√≠an hablar, si nadie excepto Pipo podr√≠a comprender sus conversaciones?
Descansaban juntos y se re√≠an hasta que se les saltaban las l√°grimas ante chistes que no podr√≠an divertir a ning√ļn otro luso. Como los cerdis parec√≠an tener un nombre para cada √°rbol del bosque, Libo se dedic√≥ a nombrar todos los muebles de la Estaci√≥n Zenador, y peri√≥dicamente anunciaba que ciertos elementos estaban en mal momento y no ten√≠an que ser molestados.
— ¡No os sentéis en Silla! ¡Tiene otra vez el período!
Nunca habían visto un cerdi femenino, y los machos siempre se referían a ellas con una reverencia casi religiosa; Novinha escribió una serie de informes satíricos sobre una imaginaria mujer cerdi llamada Reverenda Madre, que era jocosamente mandona y exigente.
No todo eran risas. Hab√≠a problemas, preocupaciones y en una ocasi√≥n sintieron miedo aut√©ntico de que hubieran hecho exactamente lo que el Congreso Estelar hab√≠a intentado prevenir: crear cambios radicales en la sociedad cerdi. Empez√≥ con Ra√≠z, naturalmente. Ra√≠z, que insist√≠a en hacer preguntas desafiantes e imposibles, como: ¬ęSi no ten√©is ninguna otra ciudad de humanos, ¬Ņc√≥mo pod√©is ir a la guerra? No hay ning√ļn honor en que vay√°is a matar a los Peque√Īos.¬Ľ Pipo farfull√≥ algo referente a que los humanos nunca matar√≠an a los pequeninos, pero sab√≠a que √©sa no era la pregunta que Ra√≠z estaba haci√©ndole realmente.
Pipo sab√≠a desde hac√≠a a√Īos que los cerdis conoc√≠an el concepto de guerra, pero Libo y Novinha discutieron apasionadamente durante d√≠as si la pregunta de Ra√≠z probaba que los cerdis consideraban la guerra como algo deseable o simplemente inevitable. Hab√≠a otros fragmentos de informaci√≥n de Ra√≠z, algunos importantes, otros no... y muchos cuya importancia era imposible de juzgar. En cierto modo, el propio Ra√≠z era la prueba de la sabidur√≠a de la pol√≠tica que prohib√≠a a los xen√≥logos hacer preguntas que pudieran revelar expectativas humanas y, por tanto, pr√°cticas humanas. Las preguntas de Ra√≠z invariablemente les daban m√°s respuestas que las que obten√≠an de sus respuestas a sus propias preguntas.
La √ļltima informaci√≥n que Ra√≠z les dio, sin embargo, no iba incluida en una pregunta. Fue una suposici√≥n dicha a Libo en privado, mientras Pipo estaba con algunos otros cerdis examinando la manera en que constru√≠an la casa de troncos.
¬ó ¬°Lo s√©, lo s√©! ¬ó dijo Ra√≠z ¬ó. S√© por qu√© Pipo est√° a√ļn vivo. Vuestras mujeres son demasiado est√ļpidas para saber que √©l es sabio.
Libo se esforz√≥ en encontrar sentido en este galimat√≠as aparente. Qu√© pensaba Ra√≠z, ¬Ņque si las mujeres humanas fueran m√°s listas matar√≠an a Pipo? Hablar de matar era preocupante: esto era, obviamente, un asunto importante, y Libo no sab√≠a c√≥mo llevarlo solo. Sin embargo, no pod√≠a pedir ayuda a Pipo, pues estaba claro que Ra√≠z quer√≠a discutirlo donde Pipo no pudiera o√≠r.
Al ver que Libo no contestaba, Raíz insistió.
¬ó Vuestras mujeres son d√©biles y est√ļpidas. Se lo dije a los otros y me dijeron que deb√≠a
preguntarte. Vuestras mujeres no ven la sabidur√≠a de Pipo. ¬ŅEs cierto? Ra√≠z parec√≠a muy excitado, respiraba agitadamente y se arrancaba pelos de los brazos, a pu√Īados de cuatro o cinco a la vez. Libo ten√≠a que responder.
¬ó
La mayoría de las mujeres no le conocen — dijo.

¬ó
¬ŅEntonces c√≥mo sabr√°n si debe de morir? ¬ó pregunt√≥ Ra√≠z.
De repente, se qued√≥ muy tranquilo y a√Īadi√≥, en voz muy alta:


¬ó
¬°Sois cabras!


Entonces apareci√≥ Pipo, pregunt√°ndose a qu√© ven√≠an los gritos. Vio de inmediato que Libo estaba desesperado. Sin embargo, no ten√≠a ni idea de qu√© hab√≠a tratado la conversaci√≥n, ¬Ņc√≥mo podr√≠a servir de ayuda? Todo lo que sab√≠a era que Ra√≠z estaba diciendo que los humanos ¬ó o al menos Pipo y Libo ¬ó eran como las grandes bestias que pastaban en manadas en la pradera. Pipo ni siquiera era capaz de decir si Ra√≠z est√° enfadado o feliz.
¬ó ¬°Sois cabras! ¬°Vosotros decid√≠s! ¬ó se√Īal√≥ a Libo y luego a Pipo ¬ó. ¬°Vuestras mujeres no eligen vuestro honor, vosotros lo hac√©is! ¬°Igual que en la batalla, pero todo el tiempo!
Pipo no entend√≠a de lo que hablaba Ra√≠z, pero pod√≠a ver que todos los pequeninos estaban inm√≥viles como √°rboles, esperando que √©l ¬ó o Libo ¬ó contestaran. Estaba claro que Libo se sent√≠a demasiado asustado por la extra√Īa conducta de Ra√≠z para que se atreviera a responder. En un caso as√≠, Pipo no pudo sino decir la verdad; era, despu√©s de todo, una pieza de informaci√≥n relativamente obvia y trivial sobre la sociedad humana. Iba en contra de las leyes que el Congreso Estelar hab√≠a establecido, pero no contestar ser√≠a incluso m√°s peligroso, y por eso Pipo continu√≥.
¬ó
Los hombres y las mujeres deciden juntos, o deciden solos. Uno no decide por el otro. Era, aparentemente, lo que todos los cerdis habían estado esperando.

¬ó
Cabras — dijeron, una y otra vez; corrieron hacia Raíz, riendo y silbando.


Lo cogieron y se lo llevaron r√°pidamente a la espesura. Pipo intent√≥ seguirles, pero dos de los cerdis lo detuvieron y negaron con la cabeza. Era un gesto humano que hab√≠an aprendido con anterioridad, pero para los cerdis ten√≠a un sentido a√ļn m√°s fuerte. A Pipo le quedaba absolutamente prohibido seguirles. Iban a ir con las hembras, y √©se era el √ļnico lugar al que los cerdis les hab√≠an dicho que no pod√≠an acudir.
De vuelta a casa, Libo informó de cómo había empezado el problema.
¬ó
¬ŅSabes lo que dijo Ra√≠z? Dijo que nuestras mujeres son d√©biles y est√ļpidas.

¬ó
Eso es porque no conoce a la alcaldesa Bosquinha. Ni a tu madre.


Libo se ech√≥ a re√≠r, porque su madre, Concei√ß√£o, dirig√≠a los archivos como si fuera una antigua esta√ß√£o en el salvaje mato: si entrabas en sus dominios, quedabas irremediablemente sujeto a su ley. Mientras se re√≠a, sinti√≥ que algo se le escapaba, algo que era importante... ¬Ņde qu√© estaban hablando? Libo lo hab√≠a olvidado, y pronto olvid√≥ tambi√©n que hab√≠a olvidado.
Esa noche escucharon el sonido de los tambores que Pipo y Libo creían parte de alguna especie de celebración. No sucedía muy a menudo, era como si golpearan grandes tambores con gruesos palos. Esa noche, sin embargo, la celebración parecía que iba a durar para siempre. Pipo y Libo especularon que quizás el ejemplo humano de igualdad sexual había dado a los pequeninos machos alguna esperanza de liberación.
— Creo que podríamos catalogar esto como una seria modificación de la conducta de los cerdis
¬ó dijo gravemente Pipo ¬ó. Si resulta que hemos causado un cambio real, tendr√© que hacer un informe, y el Congreso probablemente ordenar√° que el contacto humano con los cerdis se interrumpa durante una temporada. A√Īos, tal vez.
Era una idea preocupante: realizar su trabajo a conciencia tal vez hiciera que el Congreso Estelar les prohibiera seguir haciéndolo.
Por la ma√Īana, Novinha fue con ellos hasta la puerta de la gran verja que separaba la ciudad humana de las colinas de los bosques donde los cerdis viv√≠an. Como Pipo y Libo a√ļn estaban intentando asegurarse mutuamente que ninguno de ellos podr√≠a haber hecho nada malo, Novinha se adelant√≥ y lleg√≥ primero a la puerta. Cuando los otros llegaron, se√Īal√≥ una mancha fresca de tierra roja a unos treinta metros colina arriba.
— Eso es nuevo — dijo —. Y hay algo allí dentro.
Pipo abri√≥ la puerta y Libo, por ser m√°s joven, corri√≥ a investigar. Se detuvo al borde de la mancha y se qued√≥ completamente inm√≥vil, mirando lo que all√≠ hab√≠a. Pipo, al verle, se detuvo, y Novinha, temiendo s√ļbitamente por Libo, ignor√≥ las reglas y atraves√≥ la puerta. Libo ech√≥ la cabeza hacia atr√°s y se arrodill√≥; se llev√≥ las manos a los rizados cabellos y exhal√≥ un terrible grito de remordimiento.
Ra√≠z yac√≠a abierto en el claro. Le hab√≠an sacado las v√≠sceras con el mayor cuidado: cada √≥rgano hab√≠a sido separado limpiamente, y las fibras y filamentos de sus miembros hab√≠an sido separados y esparcidos siguiendo un modelo sim√©trico en el suelo. Todo ten√≠a a√ļn conexi√≥n con el cuerpo: nada hab√≠a sido amputado completamente.
El grito de agonía de Libo era casi histérico. Novinha se arrodilló junto a él y lo abrazó, lo meció e intentó tranquilizarlo. Pipo sacó metódicamente su cámara y tomó fotos desde todos los ángulos para que el ordenador pudiera analizarlo con detalle más tarde.
¬ó
A√ļn estaba vivo cuando hicieron esto ¬ó dijo Libo, cuando se calm√≥ lo suficiente para poder hablar. Incluso as√≠, tuvo que pronunciar las palabras despacio, con cuidado, como si fuera un extranjero que aprende a hablar ¬ó. Hay tanta sangre en el suelo... y llega hasta tan lejos... su coraz√≥n tuvo que estar latiendo cuando le abrieron.

¬ó Ya lo discutiremos m√°s tarde ¬ó dijo Pipo.
Ahora, el detalle que Libo había olvidado el día anterior volvió con cruel claridad.


¬ó
Es lo que Raíz dijo ayer sobre las mujeres. Deciden cuándo deben morir los hombres. Me dijo eso y que...

Se detuvo. Naturalmente que no hizo nada. La ley requería que no hiciera nada. Y en ese momento decidió que odiaba la ley. Si la ley implicaba que había que permitir que le hicieran esto a Raíz, entonces la ley era absurda. Raíz era una persona. Uno no se mantiene al margen y deja que esto le pase a una persona sólo por el hecho de que la estés estudiando.

¬ó
No le hicieron esto como deshonor ¬ó dijo Novinha ¬ó. Si hay algo claro, es el amor que sienten por los √°rboles. ¬ŅVeis?

En el centro de la cavidad pectoral de Ra√≠z, por lo dem√°s vac√≠a ahora, hab√≠a implantada una semilla muy peque√Īa.

¬ó
Ahora sabemos por qué todos los árboles tienen nombre — dijo Libo amargamente —. Los plantan como lápidas para los cerdis que torturan a muerte.

¬ó
Este bosque es muy grande — dijo Pipo con suavidad —. Por favor, reduce tus hipótesis a lo que sea remotamente posible.


Se calmaron con su tono tranquilo y razonado, con su insistencia de que, incluso ahora, se comportaran como científicos.
¬ó
¬ŅQu√© hacemos? ¬ó pregunt√≥ Novinha.

¬ó
Tenemos que hacerte regresar al perímetro inmediatamente — dijo Pipo —. Tu estancia aquí


est√° prohibida.
¬ó
Me refiero al cuerpo... ¬ŅQu√© hacemos con √©l?

¬ó
Nada ¬ó dijo Pipo ¬ó. Los cerdis han hecho lo que suelen hacer, por las razones que tengan.


Ayudó a Libo a ponerse en pie. El muchacho tuvo problemas para sostenerse al principio; tuvo que apoyarse en los dos para poder dar sus primeros pasos.
¬ó
¬ŅQu√© es lo que dije? ¬ó susurr√≥ ¬ó. Ni siquiera s√© qu√© es lo que dije para que lo mataran.

¬ó
No fuiste t√ļ ¬ó dijo Pipo ¬ó. Fui yo.


¬ó ¬ŅEs que cre√©is que sois sus due√Īos? ¬ó demand√≥ Novinha ¬ó. ¬ŅCre√©is que su mundo gira en torno vuestro? Los cerdis lo hicieron, por las razones que sean. Est√° bastante claro que no es la primera vez: la vivisecci√≥n fue demasiado perfecta para que se trate de la primera vez.
Pipo lo tomó como un chiste macabro.
— Estamos quedándonos atrás, Libo. Se supone que Novinha no sabe nada de xenología.
¬ó
Tienes razón — contestó Libo —. Sea lo que sea lo que ha impulsado esto, lo han hecho antes. Una costumbre — intentaba parecer sereno.

¬ó
Pero eso es a√ļn peor, ¬Ņno? ¬ó dijo Novinha ¬ó. Es una costumbre suya destriparse vivos mutuamente. Mir√≥ a los otros √°rboles del bosque que empezaba en la cima de la colina y se pregunt√≥ cu√°ntos otros ten√≠an sangre en sus ra√≠ces.

Pipo envi√≥ su informe por el ansible, y el ordenador no le dio ning√ļn problema sobre el nivel de prioridad. Dej√≥ la cuesti√≥n en manos del comit√© supervisor, para que √©ste decidiera si el contacto con los cerdis deber√≠a de ser detenido. El comit√© no pudo identificar ning√ļn error fatal.

¬ó
Es imposible ocultar la relaci√≥n existente entre nuestros sexos, ya que es posible que alg√ļn d√≠a una mujer sea xen√≥loga ¬ó dijo el informe ¬ó, y no encontramos ning√ļn punto en el que no actuaran razonable y prudentemente. Nuestra conclusi√≥n es que fueron part√≠cipes involuntarios de alguna clase de lucha por el poder, que se decidi√≥ en contra de Ra√≠z, y que deben continuar con su contacto empleando toda la prudencia razonable.


Era una absolución completa, pero no resultó fácil aceptarla. Libo había crecido conociendo a los cerdis, o al menos oyendo a su padre hablar de ellos.
Conoc√≠a mejor a Ra√≠z que a ning√ļn otro ser humano aparte de su familia y Novinha. Le cost√≥ d√≠as regresar a la Estaci√≥n Zenador, semanas volver a los bosques.
Los cerdis no dieron muestras de que nada hubiera cambiado; si acaso, fueron a√ļn m√°s abiertos y amistosos que antes. Nadie habl√≥ jam√°s de Ra√≠z, menos que nadie Pipo y Libo. Sin embargo, hubo cambios por parte de los humanos. Pipo y Libo nunca se separaban m√°s que unos pocos pasos mientras estaban entre ellos.
El dolor y la desesperaci√≥n de aquel d√≠a hicieron que Libo y Novinha confiaran uno en el otro m√°s que antes, como si la oscuridad les hiciera acercarse juntos a la luz. Los cerdis parec√≠an ahora peligrosos e impredecibles, igual que hab√≠a parecido siempre la compa√Ī√≠a humana, y entre Pipo y Libo se interpon√≠a ahora la duda de qui√©n era el culpable, no importaba cu√°nto intentaran reconfortarse mutuamente.
As√≠ que lo √ļnico bueno y seguro en la vida de Libo era Novinha, y en la vida de Novinha lo √ļnico era Libo. Aunque Libo ten√≠a madre y hermanos, y Pipo y Libo siempre volv√≠an a casa, Novinha y Libo se comportaban como si la Estaci√≥n Zenador fuera una isla en la que Pipo fuera una especie de
amoroso, pero siempre remoto Pr√≥spero. Pipo se preguntaba si los cerdis eran como Ariel, que guiaba a los j√≥venes a la felicidad, o como peque√Īos Caliban, apenas bajo control y siempre dispuestos a cometer asesinatos.
Despu√©s de unos cuantos meses, la muerte de Ra√≠z se desvaneci√≥ en la memoria, y sus risas regresaron, aunque nunca lleg√≥ a ser como antes. Cuando cumplieron diecisiete a√Īos, Libo y Novinha estaban tan seguros el uno de la otra que hablaban rutinariamente de lo que har√≠an juntos dentro de cinco, diez, veinte a√Īos. Pipo nunca se molest√≥ en preguntarles por sus planes de matrimonio. Despu√©s de todo estudiaban biolog√≠a de la ma√Īana a la noche. Tarde o temprano, se les ocurrir√≠a explorar estrategias reproductoras estables y socialmente aceptables.
Mientras tanto, era bastante que se preguntaran incesantemente por c√≥mo y cu√°ndo los cerdis se apareaban, considerando que los machos no ten√≠an ning√ļn √≥rgano reproductor distinguible. Sus especulaciones sobre c√≥mo los cerdis combinaban material gen√©tico invariablemente los condujo a chistes tan picantes que Pipo tuvo que recurrir a todo su autocontrol para pretender que no los encontraba divertidos.
As√≠, la Estaci√≥n Zenador durante aquellos pocos a√Īos fue un lugar de aut√©ntica camarader√≠a para dos j√≥venes brillantes que, de otra manera, habr√≠an sido condenados a una fr√≠a soledad. A ninguno se le ocurri√≥ que aquel idilio terminar√≠a bruscamente, y para siempre, y bajo unas circunstancias que sacudir√≠an de temor a los Cien Mundos.
Fue tan simple, tan cotidiano... Novinha analizaba la estructura genética de los juncos infestados de moscas que había junto al río, y se dio cuenta de que el mismo cuerpo subcelular que había causado la Descolada estaba presente en las células del junco. Hizo aparecer otras varias estructuras celulares en el aire por encima del terminal del ordenador y las hizo girar. Todas contenían el agente de la Descolada.
Llamó a Pipo, que estaba enfrascado con la trascripción de la visita a los cerdis del día anterior. El ordenador mostró comparaciones de todas las otras células de las que tenían ejemplos. Ajena a la función celular, ajena a la especie de la que provenía, cada célula alienígena contenía el agente de la Descolada, y el ordenador declaró que su proporción química era absolutamente idéntica.
Novinha esperaba que Pipo asintiera, le dijera que parecía interesante, tal vez que proporcionara una hipótesis.
En vez de eso, se sentó y volvió a examinar la prueba, preguntando cómo operaba la comparación del ordenador, y después qué era lo que hacía realmente el agente de la Descolada.
¬ó Padre y Madre no llegaron a descubrir qu√© la provocaba, pero el agente de la Descolada produce esta peque√Īa prote√≠na, bueno, pseudo prote√≠na, supongo, que ataca las mol√©culas gen√©ticas, empezando por un extremo y deshaciendo las dos cadenas de la mol√©cula justo hasta el centro. Por eso la llaman la descoladora... tambi√©n separa el ADN de los humanos.
¬ó
Muéstrame lo que hace en las células alienígenas.
Novinha puso el simulador en movimiento.


¬ó
No, no sólo en la molécula genética... en todo el entorno de la célula.

¬ó
Es justo en el n√ļcleo ¬ó dijo ella. Ampli√≥ el campo para incluir m√°s variables.


El ordenador lo realizó más lentamente, ya que estaba considerando millones de enlaces aleatorios de material nuclear a cada segundo. En la célula del junco, a medida que una molécula genética se despegaba, varias grandes proteínas ambientales se pegaban a los tejidos abiertos.
— En los humanos, el ADN intenta recombinarse, pero las proteínas aleatorias se insertan de tal forma que la célula se vuelve loca. A veces experimentan una mitosis, como el cáncer, y a veces mueren. Lo que es más importante es que en los humanos los cuerpos de la Descolada se reproducen locamente, pasando de célula en célula. Por supuesto, todas las criaturas alienígenas ya las tienen.
Pero Pipo no estaba interesado en lo que decía. Cuando el descolador había terminado con las moléculas genéticas del junco, miró a una y otra células.
— No es sólo significante. Es lo mismo — dijo —. ¡Es lo mismo!
Novinha no vio lo que √©l hab√≠a advertido. ¬ŅLo mismo de qu√©? Tampoco tuvo tiempo de preguntar. Pipo ya se hab√≠a puesto en pie, hab√≠a agarrado su abrigo y se encaminaba hacia la puerta. En el exterior, llov√≠a. Pipo se detuvo solamente para llamarle.
¬ó
Dile a Libo que no se moleste en venir. Únicamente muéstrale la simulación y ve si puede darse cuenta antes de que yo regrese. Lo sabrá... Es la gran respuesta. La respuesta a todo.

¬ó
¡Dímela!
√Čl se ech√≥ a re√≠r.


¬ó
No hagas trampas. Libo te la dir√° si no la puedes ver sola.

¬ó
¬ŅAd√≥nde vas?



¬ó
A preguntarle a los cerdis si tengo razón, naturalmente. Pero sé que sí, aunque me mientan. Si no he vuelto en una hora, es que he resbalado con la lluvia y me he roto un pie.


Libo no lleg√≥ a ver las simulaciones. La reuni√≥n del comit√© planificador dur√≥ m√°s de la cuenta por una discusi√≥n referente a la ampliaci√≥n del ganado, y despu√©s Libo a√ļn tuvo que recoger las compras de la semana. Cuando regres√≥, Pipo llevaba fuera cuatro horas, oscurec√≠a, y la lluvia se convert√≠a en nieve.
Salieron a buscarle de inmediato, temiendo que les costaría horas localizarle en el bosque. Lo encontraron pronto. Su cuerpo estaba casi congelado por efecto de la nieve. Los cerdis ni siquiera habían plantado un árbol en su interior.