14 - El maestro de ender

—Prefieroesoa entregar mercancía deteriorada.
—Algunas personas no saben lo que es la urgencia. Al fin y al cabo, sólo está en juego el destino ¿el mundo. No me haga caso. Debe comprender nuestra ansiedad. Estamos aquí, ante el ansible, recibiendo constantemente informes sobre el avance de nuestras astronaves. La guerra puede estallar cualquier día. Si a estole llamamos días. Ese chico es tanpequeño.
—Perotiene grandeza. Grandeza es espíritu.
—Instintocriminal también, espero.
—Sí.
—Hemos planificado uncurso de estudios hecho a sumedida. Supeditado a suaprobación, por supuesto. —Le echaré un vistazo. No tengo la pretensión de conocer el asunto central, almirante Chamrajnagar. Sólo estoy aquí porque conozco a Ender. No tenga miedo, no voy a discutir el contenidodel temario. Sóloel ritmo.
—¿Cuántopodemos decirle?
—No le haga perder el tiempoconla física de los viajes interestelares.
—¿Yrespectoal ansible?
—Ya le he explicado eso y lo de las flotas. Le he dicho que llegarían a su destino dentro de cincoanos.
—No ha dejadomuchopara nosotros.
—Explíquele los sistemas de armamento. Tiene que conocerlos lo suficiente para tomar decisiones inteligentes.
—Vaya, nosotros también podemos ser útiles, después de todo, ¡qué amabilidad! Hemos asignadounode los cinco simuladores para suusoexclusivo.
—¿Ylos otros?
—¿Los otros simuladores?
—Los otros chicos.
—Austed se le ha traídoaquí a cuidar de Ender Wiggin.
—Simple curiosidad. Noolvide que, enunmomentouotro, todos fueronalumnos míos.
—Yahora sonmíos. Estánsiendo introducidos enlos misterios de la flota, coronel Graff, a los
que usted, comosoldado, nunca ha sido introducido.
—Habla cómo si se tratara de unsacerdocio.
—Y un dios. Y una religión. Incluso los que mandamos a través del ansible, conocemos la majestuosidadde volar entre las estrellas. Veo que mi misticismole parece desagradable. Le aseguro que sudesagrado sólo revela suignorancia, Ender Wigginconocerá también, ymuypronto, lo que yo conozco; bailará de estrella enestrella la grácil danza del fantasma, yla grandeza que baya enél será liberada, revelada y exhibida delante del universo para que todos la vean. Usted tiene el alma de piedra, coronel Graff, pero yo canto a las piedras conla misma facilidad que a otros cantores. Puede ir a sus alojamientos e instálese.
—No tengonada que instalar excepto la ropa que llevo puesta.
—¿No posee nada?
—Guardan mi salario en una cuenta de algún lugar de la Tierra. No lo he necesitado nunca. Excepto para comprar ropa de paisanoenmis... vacaciones,
—Un antimaterialista. Y sin embargo, está desagradablemente gordo. ¿Un asceta glotón? ¡Qué
contradicción!
—Cuando estoytenso, como; mientras que usted, cuandoestá tenso, evacua residuos sólidos.
—Ustedme gusta, coronel Graff. Creo que nos llevaremos bien.
—Eso me trae sin cuidado, almirante Chamrajnagar. He venido aquí por Ender. Y ninguno de
los dos ha venidopor usted.
Ender odió Eros desde el momento enque hizo el transbordo del remolcador. La Tierra, consus suelos horizontales, había sido suficientemente desagradable; Eros era imposible. Era una roca con forma de huso de sólo seis kilómetros y medio de grosor en su punto más delgado. Como toda la superficie del planeta estaba dedicada a la absorción de la luz solar y a su conversión en energía, todo el mundo vivía enhabitaciones de paredes pulidas unidas por túneles que entretejíanel interior del asteroide. Los espacios cerrados no eran ningún problema para Ender; lo que le mortificaba era que todos los suelos de los túneles tenían una más que apreciable inclinación hacia abajo. Desde el principio, Ender se vio atormentado por el vértigo cuando caminaba por los túneles, enparticular los que ceñíanla estrecha circunferencia de Eros. El hecho de que la gravedad fuera sólo la mitad que la normal de la Tierra noera ninguna ayuda; la ilusiónde estar a puntode caer era casi completa.
Además, había algo perturbador en las proporciones de las habitaciones; los techos eran demasiadobajos para suanchura, los túneles demasiadoestrechos. Noera unlugar confortable.
Lo peor de todo, sin embargo, era la cantidad de gente. Ender no tenía grabado en la memoria ningún recuerdo de las ciudades de la Tierra. Su idea de un número confortable de personas era la Escuela de Batalla, donde había llegado a conocer de vista a todos los que allí residían. Aquí, sin embargo, vivíandiez mil personas enel interior de la roca. No estabanapiñados, a pesar de la gran cantidad de espacio dedicado al mantenimiento de la vida y a otros tipos de maquinaria. Lo que a Ender le molestaba era estar rodeadoconstantemente de desconocidos.
No le dejaron entablar relación con nadie. Veía con frecuencia a los demás estudiantes de la Escuela de Alto Mando, pero como no asistía a ninguna clase con regularidad, seguían siendo simplemente rostros. De vezencuando asistía a alguna conferencia, pero normalmente recibía clases privadas de profesores que se turnaban, aunque, ocasionalmente, otros estudiantes le ayudaban a aprender algún procedimiento, pero los conocía una vez y no los volvía a ver. Comía solo o con el coronel Graff. Su lugar de esparcimiento era un gimnasio, pero raramente veía dos veces a las mismas personas.
Comprendió que le estabanaislando de nuevo, yesta vezno lo hacíandisponiendo a los demás estudiantes ensucontra, sino no dándoles ninguna oportunidad de entablar relaciónconél. De todos modos, le habría resultado difícil entablar una relación estrecha con ellos; con la excepción de Ender, todos los demás estudiantes estabanenplena adolescencia.
Por lo tanto, Ender se abstraía en sus estudios y aprendía rápidamente y bien. Absorbía navegaciónastral e historia militar como si fuera agua; las matemáticas abstractas eranmás difíciles, pero descubrió que cuando le asignabanunproblema que implicara jugar conel espacio yel tiempo, suintuiciónera más fiable que sus cálculos; muchas veces veía de golpe una soluciónque sólo podía demostrar tras minutos uhoras de manipular conlos números.
Y para disfrutar, ahí estaba el simulador, el videojuego más perfecto que había jugado. Los profesores y los alumnos le enseñaron su manejo paso a paso. En un principio, al desconocer las impresionantes posibilidades del juego, había jugado sólo a nivel táctico, controlando un solo caza en maniobras continuas que le llevaran a descubrir y destruir a un enemigo. El enemigo controlado por el ordenador era tortuoso y poderoso, y cada vez que Ender probaba una táctica, descubría al ordenador utilizándola contra él encuestiónde minutos.
El juego era una pantalla hológrafa, y su caza estaba representado por una luz diminuta. El enemigo era otra luz de color diferente, y danzaban y rotaban y maniobraban por un espacio cúbico que debía tener diez metros de lado. Los controles eranpotentes. Podía girar la imagenencualquier dirección, ypor lo tanto podía mirar desde cualquier ángulo, ypodía desplazar el centro para que el duelo tuviera lugar más cerca o más lejos de él.
A medida que adquiría más destreza en el control de la velocidad, de la dirección del movimiento, de la orientaciónyde las armas del caza, la dificultad del juego aumentaba. Podía haber dos naves enemigas a la vez; podía haber obstáculos, los escombros del espacio; tuvo que empezar a preocuparse del combustible y de las limitaciones de las armas; el ordenador comenzó a asignarle objetivos concretos a destruir o alcanzar, de modo que, para ser declarado vencedor, tenía que ignorar las distracciones ycumplir suobjetivo.
Cuando hubodominadoel juegoconuncaza, le permitierondirigir el escuadrónde cuatrocazas. Daba órdenes a los pilotos simulados de los cuatro cazas, y en vez de tener que limitarse a cumplir las instrucciones del ordenador, se le permitía determinar la táctica, decidir cuál de los diferentes objetivos era el más valioso y dirigir su escuadrón en consecuencia. Podía tomar personalmente el mando de uno de los cazas encualquier momento, sólo uncorto espacio de tiempo, yal principio lo hacía confrecuencia; no obstante, cuando lo hacía destruíanrápidamente a los otros tres cazas de su escuadrón, ya medida que los juegos se ibanhaciendo cada vezmás difíciles, tenía que dedicar cada vezmás tiempoa dirigir el escuadrón. Cuandolo hacía, ganaba cada vezconmás frecuencia.
Al cabo de unaño de permanencia enla Escuela deAlto Mando era unexperto enel manejo del simulador ensus quince niveles, desde el control de unsolo caza hasta el mando de una flota. Hacía tiempo que se había dado cuenta de que el simulador era para la Escuela de Alto Mando lo que la sala de batalla era para la Escuela de Batalla. Las clases eran provechosas, pero la verdadera educaciónera el juego. De vezencuando se dejabancaer por allí algunas personas para verle jugar. Nunca hablaban; casi nadie lo hacía, a menos que tuvieran algo específico que enseñarle. Los espectadores se quedaban a verle ejecutar una simulación difícil yse marchaban en cuanto acababa. Le daban ganas de preguntarles: «Qué estáis haciendo, ¿juzgándome? ¿Decidiendo si me vais a confiar la flota o no? No olvidéis que yo no lo he pedido.» Descubrió que había transferido al simulador muchas cosas aprendidas en la Escuela de Batalla. Cada pocos minutos hacía una reorientación rutinaria del simulador, retándole para no verse aprisionado en una orientación arriba —abajo o revisando constantemente suposicióndesde el punto de vista del enemigo. Era estimulante tener por fintal control sobre la batalla, estar endisposiciónde ver cualquier puntode la misma.
Pero también era frustrante tener un control tan limitado, pues los cazas controlados por el ordenador llegaban sólo hasta donde podía llegar el ordenador. No tomaban ninguna iniciativa. No teníaninteligencia. Empezóa suspirar por sus jefes de batallón, para poder contar conque algunos de los escuadrones haríanbienlas cosas sinsusupervisiónconstante.
Al final de suprimer año ganaba todas las batallas del simulador, yjugaba como si la máquina fuera unmiembromás de sucuerpo. Undía, comiendo conel coronel Graff, le preguntó:
—¿Esoes todo loque puede hacer el simulador?
—¿Qué es todo?
—Comojuega ahora. Es fácil, yel gradode dificultad no ha aumentado desde hace tiempo.
—Oh.
Graff parecía desinteresado. Pero Graff siempre parecía desinteresado. Al día siguiente, todo
cambió. Graffse fue, yensulugar dieronuncompañeroa Ender.
Estaba enla habitacióncuando Ender se despertó por la mañana. Era unhombre viejo, sentado enel suelo conlas piernas cruzadas. Ender le miró conexpectación, esperando que hablara. No dijo nada. Ender se levantó y se duchó y se vistió, dispuesto a dejar que el hombre se mantuviera en silencio si quería. Hacía tiempo que había aprendido que cuando pasaba algo inusual, algo que formaba parte del plan de alguien y no del suyo, descubría más información esperando que preguntando. Los adultos casi siempre perdíanla paciencia antes que Ender.
Todavía no había empezado a hablar cuando Ender había terminado su arreglo personal y se dirigía a la puerta para salir de la habitación. La puerta no se abrió. Ender se dio la vuelta hacia el hombre sentado enel suelo.Aparentaba unos sesenta años, conmucho el hombre más viejo que había visto enEros. Los pelos blancos de la barba de undía encanecíansurostro, aunque no tanto como el pelo cortado a cepillo. Su cara se hundía ligeramente y sus ojos estaban rodeados por arrugas y líneas. Miróa Ender conuna expresiónque sólotransmitía apatía.
Ender se volvióhacia la puerta e intentóabrirla de nuevo.
—De acuerdo —dijo, rindiéndose—. ¿Por qué está cerrada la puerta?
El viejo mantuvosumirada vacía.
«Osea, que es unjuego —pensó Ender—. Bien, si quierenque vaya a clase abriránla puerta. Si noquieren, no la abrirán. Me da igual.»
AEnder no le gustabanlos juegos donde las reglas no eranfijas yel objetivo sólo era conocido por ellos. No jugaría. Se negó también a irritarse. Hizo un ejercicio de relajación mientras se apoyaba en la puerta, y en seguida estaba otra vez calmado. El viejo seguía observándole impasiblemente.
Parecía que habían pasado horas, Ender rehusando hablar, el viejo encerrado en un mutismo aparentemente imbécil.Algunas veces Ender se preguntaba si no era unenfermo mental, escapado de algúncentro médico de algúnlugar de Eros, viviendo alguna fantasía demente ensuhabitación. Pero cuanto más tiempo pasaba sin que nadie acudiera a la puerta, sin que nadie le buscara, más convencido estaba de que era algo deliberado, con el objetivo de desconcertarle, Ender no quería ceder la victoria al viejo. Para pasar el tiempo, empezó a hacer ejercicios. Algunos eranimposibles sin el equipo del gimnasio, pero otros, especialmente los de la clase de defensa personal, se podían hacer sinningúnaparato.
Los ejercicios le obligaban a moverse por la habitación. Practicaba embestidas y patadas. Un movimiento le llevó cerca del viejo, no más cerca que enotras ocasiones anteriores, pero esta vezla garra del viejo salió disparada yaferró la pierna izquierda de Ender a medio camino de una patada.
Ender fue arrancado del sueloyaterrizóenél de forma aparatosa.
Se incorporó de un salto, furioso. Encontró al viejo sentado tranquilamente, con las piernas cruzadas, sin la respiración alterada, como si no se hubiera movido. Ender se quedó de pie en posiciónde combate, pero la inmovilidad del otro le impedía atacar. «¿Qué puedo hacer, arrancarle la cabeza de una patada?Yluego explicárselo a Graff: "Es que el viejo me pegó una patada, ytenía que desquitarme..."»
Volvióa sus ejercicios; el viejocontinuómirándole.
Finalmente, cansado e irritado por el día perdido, prisionero en su propia habitación, Ender volvió a la cama para usar su consola. Cuando se agachaba para cogerla, sintió una mano hundirse brutalmente entre sus muslos y otra mano empuñar su pelo. En un segundo estaba caído boca abajo. Tenía la cara y los hombros comprimidos contra el suelo por la rodilla del viejo, la espalda atrozmente doblada y las piernas inmovilizadas por el brazo del viejo. Ender estaba imposibilitado para utilizar los brazos, ni podía doblar la espalda para destensarla y poder actuar con las piernas. Enmenos de dos segundos, el viejohabía derrotadocompletamente a Ender Wiggin.
—Está bien—dijoEnder convozentrecortada—. Túganas.
La rodilla del hombre se clavó dolorosamente ensuespalda.
—¿Desde cuándo —preguntó el hombre, con voz tenue y áspera— tienes que decir al enemigo cuándo ha ganado?
Ender continuóensilencio.
—Te sorprendí una vez, Ender Wiggin. ¿Por qué no me destruiste inmediatamente?
¿Simplemente porque parecía pacífico? Me diste la espalda. Estúpido. No has aprendido nada. No
has tenido nunca unmaestro.
Ahora Ender estaba irritado, yno hizoningúnesfuerzopor controlarloodisimularlo.
—He tenidodemasiados profesores, ¿cómoiba a saber que usted resultaría ser un...?
—Un enemigo, Ender Wiggin —susurró el viejo—. Soy tu enemigo, el primero que has tenido que es más listo que tú. No haymás maestro que el enemigo. Nadie sino el enemigo te dirá lo que va a hacer el enemigo. Nadie sino el enemigo te enseñará a destruir y conquistar. Sólo el enemigo te enseña tus puntos débiles. Sólo el enemigo te enseña sus puntos fuertes.Ylas únicas reglas del juego son qué puedes hacerle y qué puedes impedir que él te haga. A partir de ahora soy tú enemigo. A partir de ahora soytumaestro.
Entonces el viejo dejó caer las piernas de Ender. Como todavía tenía la cabeza contra el suelo, el chico no pudo hacer contrapeso con los brazos, y las piernas golpearon el suelo produciendo un crujidosonoro yundolor agudo. Luego, el viejose pusoenpie ypermitióque Ender se incorporara.
Lentamente, Ender arrastró las piernas, no sinundébil gemido de dolor. Se puso a cuatro patas unmomento, recuperándose. Entonces, subrazo derecho salió proyectado enbusca de suenemigo. El viejo retrocedió rápidamente describiendo un paso de baile, y la mano de Ender se cerró en el aire mientras el pie de su maestro salía proyectado hacia la barbilla de Ender. La barbilla de Ender no estaba allí. Estaba tendido sobre la espalda, rodando por el suelo, yenel instante enque el maestro estaba en desequilibrio a causa de la patada, los pies de Ender se estrellaron en la otra pierna del viejo. Se desmoronó, pero no lo suficientemente cerca para asestar un golpe y acertar a Ender en la cara. Ender nopodía encontrar unbrazo ouna pierna que se estuviera quieto el tiemposuficiente para poder aferrarlo, y, mientras tanto, le caían golpes en la espalda y en los brazos. Ender era más pequeño; no conseguía traspasar los miembros del viejo que le golpeaban. Al final consiguió separarse yabrirse pasohasta las proximidades de la puerta.
El viejo volvía a estar sentado con las piernas cruzadas, pero ahora la apatía había desaparecido. Sonreía.
—Esta vez ha estado mejor, chico. Pero lento. Con una flota tendrás que ser mejor que con tu cuerpo, onadie estará a salvo contigoal mando. ¿Lecciónaprendida?
Ender asintióconla cabeza lentamente. Le dolía todoel cuerpo.
—Bien —dijo el viejo—. Entonces no tendremos que librar esta batalla de nuevo. Para las demás utilizaremos el simulador. Ahora yo programaré las batallas, no el ordenador; yo diseñaré la estrategia de tuenemigo, ytú aprenderás a ser rápido ya descubrir los trucos que el enemigo te tiene preparados. No lo olvides, chico. A partir de ahora, el enemigo es más listo que tú. A partir de ahora, el enemigo es más fuerte que tú. Apartir de ahora, siempre estarás a puntode perder.
La cara del viejose pusoseria otra vez.
—Estarás a punto de perder, Ender, pero ganarás. Aprenderás a derrotar al enemigo. Él te enseñará cómo.
El maestrose incorporó.
—En esta escuela siempre ha existido la costumbre de que un estudiante mayor elija a un
estudiante joven. Son compañeros, y el mayor enseña al joven todo lo que sabe. Siempre están
luchando, siempre estáncompitiendo, siempre estánjuntos. Te he elegido a ti.
Ender habló mientras el viejocaminaba hacia la puerta.
—Eres demasiadoviejo para ser unestudiante.
—Nunca se es viejo para ser un estudiante del enemigo. He aprendido de los insectores. Tú
aprenderás de mí.
Mientras el viejo palmeaba la puerta para abrirla, Ender dio un salto en el aire y le coceó la espalda conlos dos pies. Golpeó contanta fuerza que rebotó ycayó de pie, mientras el viejo daba un gritoyse desplomaba enel suelo.
El viejo se incorporó lentamente, agarrándose al tirador de la puerta, conla cara deformada por el dolor. Parecía desvalido, pero Ender no se fiaba de él. Aun así, a pesar de su sospecha, la velocidad del viejo le cogió desprevenido. En un instante se encontró en el suelo cerca de la pared opuesta, sangrando por la nariz y los labios, que se había golpeado contra la cama. Pudo girarse lo suficiente para ver al viejo de pie en la puerta, haciendo una mueca de dolor y con las manos apretadas contra la espalda.
El viejo esbozó una sonrisa.
Ender respondióconotra sonrisa.
—Maestro —dijo—. ¿Tienes nombre?
—Mazer Rackham—dijo el viejo. Entonces se fue.
A partir de entonces, Ender estuvo o con Mazer Rackham o solo. El viejo raramente hablaba, pero estaba allí; en las comidas, en las clases prácticas, en el simulador, en su habitación por la noche. Algunas veces Mazer se marchaba, pero cuando Mazer no estaba, la puerta estaba siempre cerrada, y nadie venía hasta que Mazer regresaba. Ender se pasó una semana llamándole Carcelero Rackham, Mazer respondía al nombre con la misma disposición que al suyo propio, y no mostró ningúnsignode que le molestara enlomás mínimo. Ender lo dejó pronto.
Había compensaciones. Mazer repasó conEnder los vídeos de las viejas batallas de la Primera Invasión y las desastrosas derrotas de la F.I. en la Segunda Invasión. No hubo que reconstruirlas a partir de secuencias de los vídeos públicos censurados; estaban completas. Como en las batallas importantes hubo muchos vídeos en funcionamiento, estudiaron las tácticas y estrategias insectoras desde muchos ángulos.
Por primera vez en su vida, un maestro le apuntaba cosas que Ender no había visto ya por sí mismo. Por primera vez, Ender había encontradouna mente viva que podía admirar.
—¿Por qué no estás muerto? —le preguntó Ender—. Libraste tu batalla hace setenta años. No creoque tengas ni sesenta años.
—Los milagros de la relatividad —dijo Mazer—. Tras la batalla me mantuvieron aquí durante veinte años, aunque les supliqué que me dejaranmandar una de las astronaves que lanzaroncontra el planeta de origen de los insectores y las colonias insectoras. Luego... llegaron a comprender algo sobre el comportamiento de los soldados bajola tensiónde la batalla.
—¿Qué?
—No te hanenseñado suficiente psicología para entenderlo. Baste decir que comprendieronque a pesar de que no podría llegar a mandar la flota, pues estaría muerto antes de su llegada, seguía siendo la única persona que podía entender a los insectores como yo los entendía. Era, pensaron, la única persona que había derrotado a los insectores ayudado por la inteligencia, no por la suerte. Me necesitabanaquí para... enseñar a la persona que mandaría la flota.
—Así que te metieronenuna astronave yte pusierona una velocidadrelativista.
—Yentonces me di la vuelta y vine a casa. Un viaje muy tedioso, Ender. Cincuenta años en el espacio. Oficialmente, para mí sólo pasaron ocho años, pero me sentía como si hubieran pasado quinientos. Sólo para que pudiera enseñar al siguiente comandante todoloque sé.
—Entonces, ¿yo voya ser el siguiente comandante?
—Digamos que de momentoeres nuestra mejor alternativa.
—¿Estánpreparandoa alguienmás?
—No.
—Entonces, eso me conviene enla única alternativa.
Mazer se encogióde hombros.
—Excepto tú. Todavía estás vivo, ¿no? ¿Por qué notú?
Mazer negó conla cabeza.
—¿Por qué no? Les venciste una vez.
—No puedoser el comandante por abundantes ypoderosas razones.
—Enséñame cómo derrotaste a los insectores, Mazer.
El rostrode Mazer se tornóinescrutable.
—Me has mostrado las otras batallas siete veces al menos. Creo que he visto formas de superar lo que hicieron los insectores en anteriores situaciones, pero nunca me has mostrado cómo les
venciste de verdad.
—Ese vídeoes unsecretorigurosamente guardado, Ender.
—Lo sé. Lo he reconstruido parcialmente. Tú, con tu diminuta fuerza de reserva, y su armada, esas grandes astronaves de enorme barriga lanzando sus enjambres de cazas. Tú te precipitas hacia una nave, le disparas, una explosión. Ahí es donde siempre se detienen los vídeos. Después de eso sólo se ven soldados entrando en las naves insectoras y encontrándolos ya muertos. Mazer esbozó una sonrisa.
—Demasiadopara ser unsecretorigurosamente guardado. Venga, veamos el vídeo.
Estabansolos enla sala de vídeo, yEnder palmeóla puerta para cerrarla.
—De acuerdo, veámoslo.
El vídeo mostraba exactamente lo que Ender había reconstruido. El lanzamiento suicida de Mazer hacia el corazónde la formaciónenemiga, la explosiónindividual, yluego., .
Nada. La nave de Mazer siguió, esquivando la onda expansiva, tejiendo su camino entre las demás naves insectoras. No le dispararon. No cambiaronde rumbo. Dos de ellas se estrellaronentre sí y explotaron; una colisión innecesaria que cualquiera de los dos pilotos podía haber evitado. Ningunohizo el más ligero movimiento.
Mazer aceleróla lectura del vídeo. «Pasemos todoesto.»
—Esperamos durante tres horas —dijo—. Nadie podía creerlo.
Luego, las naves de la F.I. comenzaron a aproximarse a las astronaves insectoras. Los marines empezaron sus operaciones de abordaje. Los vídeos mostraban a los insectores en sus puestos.
Muertos.
—Ves —dijoMazer—. Ya conocías todoloque había que ver.
—¿Qué sucedió?
—Nadie lo sabe. Tengo mis opiniones personales. Pero muchos científicos dicen que no estoy
cualificadopara tener opiniones.
—Túfuiste quienganó la batalla.
—Creía que eso me cualificaba para hacer comentarios, pero ya sabes lo que pasa. Los xenobiólogos ylos xenopsicólogos no puedenaceptar la idea de que unpiloto estelar se les adelante con una pura conjetura. Creo que me odian porque, tras ver los vídeos, tenían que vivir el resto de sus vidas naturales aquí, enEros. Segundad, ya sabes. Noeranfelices.
—Cuéntame.
—Los insectores no hablan. Piensanentre sí, yde una forma instantánea, como el efecto filótico. Como el ansible. Pero la mayoría de la gente siempre pensó que ello implicaba una comunicación controlada, como el lenguaje: «Te pienso un pensamiento y entonces tú me respondes.» Nunca lo creí. Su respuesta conjunta es demasiado inmediata. Has visto los vídeos. No conversan y deciden entre posibles líneas de acción. Todas las naves actúan como si fueran parte de un solo organismo. Responden de la misma forma que tu cuerpo durante el combate, cuando las diferentes partes del cuerpo hacen automática, inconscientemente, todo lo que se supone que deben hacer. No mantienen una conversaciónmental entre seres condiferentes procesos mentales. Todos sus pensamientos están presentes a la vez, juntos.
—¿Una sola persona, ycada insector comouna mano ounpie?
—Sí. No fui el primero que lo sugirió, pero sí fui el primero que lo creyó.Yalgo más.Algo tan estúpido e infantil que los xenobiólogos se rieron de mí en silencio cuando lo dije después de la batalla. Los insectores soninsectos. Soncomo las hormigas ylas abejas. Una reina, las obreras. Así fue tal vezhace cienmil años, pero así empezaron, conese tipo de estructura. Una cosa segura es que ninguno de los insectores que vimos tenía nada que le permitiera engendrar insectorcitos. Cuando desarrollaron esa capacidad de pensar juntos, ¿no es posible que conservaran a la reina?, ¿no es posible que fuera la reina el centro del grupo? ¿Por qué habría de cambiar?
—Entonces, es la rema quiencontrola todo el grupo.
—Había tambiénevidencias. No eranevidencias que ellos pudieranver. No estaba presente en la Primera Invasión, porque ésa era exploratoria. Pero la Segunda Invasión era una colonia. Para
establecer una nueva colmena, olo que fuera.
—Yse trajeronuna reina.
—Mira los vídeos de la Segunda Invasión, cuando estaban destruyendo nuestra flota en el
escudodel cometa. —Comenzóa ponerlos ya visualizar las acciones de los insectores.
—Muéstrame la nave de la reina.
Era sutil. Ender tardó mucho tiempo enverlo. Las naves insectoras se manteníanenmovimiento, todas. No había ninguna insignia obvia, ningún centro nervioso aparente. Pero gradualmente, a medida que Mazer ponía los vídeos una y otra vez, Ender empezó a ver que todos los movimientos irradiabande unpunto central. El punto central cambiaba, pero después de haberlo mirado el tiempo suficiente, era obvio que los ojos de la flota, el yo de la flota, la perspectiva desde la que se tomaban todas las decisiones, era una nave concreta. La señaló.
—Tú la ves. Yo la veo. De todos los que hanvisto los vídeos sólo haydos que lo ven. Pero es
cierto, ¿no?
—Hacenque esa nave se mueva exactamente igual que cualquier otra nave.
—Sabenque es supuntoflaco.
—Pero tienes razón. Esa es la reina. Pero, ¿no crees que cuando fuiste a por ella, habrían
concentrado inmediatamente todo supoder sobre ti? Podíanhaberte hechoexplotar enmil pedazos.
—Lo sé. Esa parte no la entiendo. No es que no intentaran detenerme; me disparaban. Pero es como si hasta que fue demasiado tarde no pudieran creer que mataría a la reina. Puede que en sus mundos no se mate a las reinas, que sólo se las capture, que sólo se las dé jaque mate. Hice algo que nopensabanque unenemigo podía hacer.
—Ycuandoella murió, los demás tambiénmurieron.
—No, sólo se hicieronestúpidos. Enlas primeras naves que abordamos, los insectores todavía estaban vivos. Orgánicamente. Pero no se movían, no respondían a nada, incluso cuando nuestros científicos viviseccionaronalgunos para ver si podíamos aprender algo más sobre ellos. Al cabo de un rato, murieron. Sin voluntad. Cuando la reina ha desaparecido no queda nada en esos pequeños cuerpos.
—¿Por qué note creen?
—Porque no encontramos una reina.
—Volóenpedazos.
—Peripecias de la guerra. La biología ocupa un lugar secundario en la supervivencia. Pero
algunos están comenzando a acercarse a mi opinión. No puedes vivir en este lugar sin que la
evidencia salte a la vista.
—¿Qué evidencia hayaquí, enEros?
—Ender, mira a tu alrededor. Los seres humanos no esculpieron este sitio. Entre otras cosas, nos gustanlos techos más altos. Este era el puesto avanzado de los insectores enla Primera Invasión. Esculpieroneste sitio antes de que supiéramos siquiera que estabanaquí. Vivimos enuna colmena de insectores. Pero ya hemos pagado nuestro alquiler. A los marines les costó miles de vidas desalojarlos de esos panales, habitación por habitación. Los insectores lucharon por cada metro del terreno.
Ahora entendía Ender por qué veía algoraroenlas habitaciones.
—Sabía que noera unsitiohumano.
—Era la gruta del tesoro. Si hubieran sabido que ganaríamos esa primera guerra, es probable que no hubieranconstruido este lugar. Aprendimos a manipular la gravedad porque ellos aumentaron la gravedad de este lugar. Aprendimos a usar eficazmente la energía solar porque ellos ensombrecieron este planeta. De hecho, les descubrimos por eso. En un período de tres días, Eros desapareció gradualmente de nuestros telescopios. Enviamos unremolcador para averiguar la razón. Y la averiguó. El remolcador transmitió sus vídeos, incluyendo las tomas de los insectores abordando la nave ymasacrando a la tripulación. Siguió transmitiendo endirecto todo el proceso de exploración de la nave por los insectores, y no paró hasta que acabaron de desmantelar todo el remolcador. Esa era su ceguera; no han tenido nunca ninguna necesidad de transmitir nada mediante aparatos, y, por eso, conla tripulaciónmuerta, nose les ocurrió que alguienpodía estar viéndolos.
—¿Por qué matarona la tripulación?
—¿Ypor qué no? Para ellos, perder a los miembros de una tripulaciónes como para ti cortarte las uñas. No pierdes nada importante. Es probable que al eliminar a los operarios que dirigían el remolcador pensaran que estaban realizando el corte rutinario de nuestras comunicaciones, no asesinando a seres sensibles, vivos, con un futuro genético independiente. El asesinato no es un concepto corriente entre ellos. Sólo matar a la reina es realmente matar, porque sólo la muerte de la reina cierra uncaminogenético.
—¿Quieres decir que nosabíanloque hacían?
—No empieces a compadecerles, Ender. El hecho de que no supieran que estaban matando a seres humanos no quiere decir que no estuvieran matando a seres humanos. Tenemos derecho a defendernos de la mejor forma posible, y la única forma que encontramos es matar a los insectores antes de que ellos nos maten a nosotros. Míralo así. En todas las guerras insectoras que ha habido hasta ahora, hanmatado a miles ymiles de seres racionales, vivos. Yentodas esas guerras nosotros sólohemos matadoa uno.
—Si nohubieras matadoa la reina, Mazer, ¿habríamos perdidola guerra?
—Diría que nuestras posibilidades habrían sido tres contra dos a su favor. Sigo pensando que podía haber diezmado su flota a fondo antes de que nos barrieran. Tenían un rapidísimo tiempo de respuesta yuna granpotencia de fuego, peronosotros tambiénteníamos algunas ventajas. Cada una de nuestras naves contenía un ser humano inteligente que pensaba por sí mismo. A cualquiera de nosotros se le puede ocurrir una solución brillante a un problema. Aellos sólo se les puede ocurrir una solución brillante cada vez. Los insectores piensan con mucha rapidez, pero no son tan listos. Aunque algunos comandantes increíblemente estúpidos ytimoratos perdieranlas principales batallas de la Segunda Invasión, algunos de sus subordinados consiguieron infligir importantes daños a la flota invasora.
—¿Qué pasará cuando nuestra invasión llegue allí? ¿Volveremos a tener a la reina a nuestro alcance?
—Si fuerantontos, los insectores no habríanaprendido a hacer viajes interestelares. Esa fue una estrategia que sólo puede funcionar una vez. Me temo que no volveremos a tener a una reina a nuestro alcance a no ser que vayamos a suplaneta de origen. Al finyal cabo, la reina no necesita estar con ellos para dirigir una batalla. La reina sólo tiene que estar presente para tener insectorcitos. La Segunda Invasión fue una colonia; la reina venía a poblar la Tierra. Pero esta vez no, no volverá a funcionar. Tendremos que derrotarles flota a flota. Ycomo disponen de los recursos de docenas de sistemas estelares, me temoque susuperioridadnumérica será aplastante, entodas las batallas.
Ender se acordó de su batalla contra dos escuadras a la vez. «Y yo que creí que estaban haciendo trampas. Cuando empiece la guerra real, siempre será así. Y no habrá ninguna puerta a la que agarrarse.»
—Sólo tenemos dos cosas de nuestra parte, Ender. No tenernos que apuntar demasiado. Nuestras armas tienenungranradiode alcance.
—Entonces nousaremos los misiles nucleares de la Primera ySegunda Invasión.
—El doctor Ingenio es mucho más potente. Al fin y al cabo, las armas nucleares eran lo
suficientemente débiles para poder ser utilizadas en la Tierra una a una. El Pequeño Doctor no se
podría utilizar enunplaneta. De todas formas, me hubiera gustadotenerloenla Segunda Invasión.
—¿Cómofunciona?
—No lo sé, por lo menos no lo suficiente para construir uno. Justo en el punto focal de dos
rayos, erige uncampo enel que las moléculas ya no se puedenmantener unidas. No puedencompartir
electrones. ¿Conoces algode física de ese nivel?
—Dedicamos casi todoel tiempoa la astrofísica, perosé lo suficiente para hacerme una idea.
—El campo se extiende formando una esfera, pero se debilita cuanto más se extiende. Con la
particularidad de que donde choca contra muchas moléculas se fortalece y empieza otra vez. Cuanto
más grande es la nave, más fuerte es el nuevocampo.
—Así que cada vezque el campoacierta a una nave, forma una nueva esfera.
—Ysi sus naves están muy juntas, puede disparar una cadena que las barre todas. Entonces el campo se extingue, las moléculas vuelven a juntarse, y donde antes había una nave hay ahora una masa uniforme con muchas moléculas de hierro. Ni radiactividad ni suciedad. Sólo masa uniforme. Quizá podamos cogerles juntos en la primera batalla, pero aprenden rápidamente. En las siguientes guardaránlas distancias.
—Así que el doctor Ingenio no es unmisil. No puedodispararlo desde detrás de una esquina.
—Eso es. Ahora los misiles no servirían para nada. En la Primera Invasión aprendimos mucho de ellos, perotambiénellos aprendieronde nosotros; a erigir el EscudoEstático, por ejemplo.
—¿Atraviesa ese escudo el PequeñoDoctor?
—Como si no estuviera. El escudo no te deja ver para apuntar yenfocar los rayos, pero como el
generador del Escudo Estáticoestá siempre enel mismocentro, no es difícil localizarlo.
—¿Por qué nose me ha enseñadoa manejarlo?
—Se te ha enseñado. Nos limitamos a dejar que el ordenador se ocupase de ello. Tutrabajo era
obtener una posición estratégicamente superior y elegir un blanco. Los ordenadores de abordo son
muchomejores que tú para usar al PequeñoDoctor.
—¿Por qué se llama doctor Ingenio?
—Cuando se desarrolló, se le llamó Ingenio de DesintegraciónMolecular, Ingenio M. D. Ender
seguía sinentender.
—M.D., las iniciales inglesas de Médico. IngenioM.D., yde ahí a doctor Ingenio. Era unchiste.
Ender nole viola gracia.
Le cambiaron el simulador. Seguía teniendo la posibilidad de controlar la perspectiva y el grado de detalle, pero ya no había controles de naves. Había encambio unpanel de palancas, yunos pequeños auriculares conaudífonos yunpequeño micrófono.
El técnico que le esperaba le enseñóa ponerse los auriculares.
—Pero, ¿cómogobiernolas naves?
Mazer se loexplicó. Ya noiba a gobernar naves.
—Has llegado a la siguiente fase de tu adiestramiento. Tienes suficiente experiencia en todos los niveles de estrategia, pero ha llegado la hora de que te concentres en el mando de toda un flota. AI igual que en la Escuela de Batalla trabajabas conjefes de batallón, ahora trabajarás con jefes de escuadrón. Se te han asignado tres docenas de jefes, que tienes que adiestrar. Tienes que enseñarles tácticas inteligentes; tienes que mostrarles sus posibilidades y sus limitaciones; tienes que convertirlos enunequipo.
—¿Cuándo vendrán?
—Ya están aquí, en sus propios simuladores. Te dirigirás a ellos a través de los auriculares. Las nuevas palancas de tupanel de control te permitenver desde la perspectiva de cualquier jefe de escuadrón. Eso produce con casi total fidelidad las condiciones que puedes encontrar en un batalla real, donde sólo verás loque veantus naves.
—¿Cómovoya trabajar conjefes de escuadrónque no veonunca?
—¿Para qué necesitas verlos?
—Para saber quiénes son, cómopiensan...
—Sabrás quiénes son y cómo piensan por lo que hacen en el simulador. Pero de todas formas, creo que no debes preocuparte. Eneste momento te estánescuchando. Ponte los auriculares para que
puedas oírlos.
Ender se pusolos auriculares.
—Salaam—dijounsusurroa sus oídos.
—Alai —dijo Ender.
—Yyo, el enano.
—Bean.
Y Petra, y Dink; Crazy Tom, Shen, Hot Soup, Fly Molo, los mejores estudiantes que habían
luchadoconocontra Ender, todos aquellos enlos que Ender había confiado enla Escuela de Batalla.
—No sabía que estabais aquí —dijo—. Nosabía que ibais a venir.
—Llevanya tres meses flagelándonos conel simulador —dijoDink.
—Ya te darás cuenta de que soy el mejor táctico con mucho —dijo Petra—. Dink hace lo que
puede, perotiene la mentalidad de unniño.
Yempezarona trabajar juntos, cada jefe de escuadrónal mando de pilotos yEnder al mando de los jefes de escuadrón. Aprendieron muchas formas de actuar juntos, pues el simulador les ponía a prueba endiferentes situaciones. Algunas veces, el ordenador les daba una flota grande, yEnder los organizaba en tres o cuatro batallones constituidos por tres o cuatro escuadrones cada uno. Algunas veces, el ordenador les daba una sola astronave con sus doce cazas, y Ender elegía a tres jefes de escuadrónyles asignaba tres ocuatrocazas a cada uno.
Era diversión; era unjuego. El enemigo controlado por el ordenador no era demasiado brillante, y siempre ganaban, a pesar de sus errores, a pesar de sus problemas de comunicación. Pero en las tres semanas que habían hecho prácticas juntos, Ender llegó a conocerles muy bien. Dink, que cumplía conla máxima destreza todas las instrucciones que se le daban, pero que era lento a la hora de improvisar; Bean, que no podía controlar bien grandes grupos de naves, pero que podía utilizar unas pocas como unescalpelo, reaccionando maravillosamente a lo que el ordenador le echara; Alai, que era casi tan buen estratega como Ender y al que se le podía confiar la mitad de la flota dándole sóloinstrucciones vagas.
Cuanto mejor les conocía, con más velocidad podía desplegarlos, mejor podía utilizarlos. El simulador presentaría la situación en la batalla. Ender conocería en ese mismo momento la composición de su flota y cómo estaba desplegada la flota enemiga. Ahora necesitaría unos minutos para llamar a los jefes de escuadrón que necesitaría, para asignarles ciertas astronaves o grupos de astronaves, y para darles sus instrucciones. Luego, a medida que se desarrollaba la batalla, saltaría del punto de vista de unjefe al de otro, dando consejos y, si era necesario, dando órdenes. Como los demás sólo podíanver supropia perspectiva de la batalla, algunas veces les daba órdenes que para ellos no teníanningúnsentido; pero tambiénellos aprendierona confiar enEnder. Si les decía que se retiraran, se retiraban, sabiendo que o estaban en una situación comprometida o que su retirada atraería al enemigo a una situación de debilidad. También sabían que, cuando Ender no les daba ninguna orden, confiaba en que harían lo que juzgaran más conveniente. Si su forma de combatir no fuera la adecuada para la situación en la que habían sido puestos, Ender no les habría elegido para esa misión.
La confianza era total, y el trabajo de la flota, rápido y positivo. Y al cabo de tres semanas, Mazer les presentó una repetición de sus batallas más recientes, pero ahora desde el punto de vista del enemigo.
—Esto es lo que veía cuando le atacabas. ¿Te dice algo? La rapidez de la respuesta, por
ejemplo.
—Parecemos una flota insectora.
—Les has igualado, Ender. Eres tanrápido como ellos. Ymira esto.
Ender vio a todos sus escuadrones moviéndose a la vez, cada uno respondiendo a su situación particular, todos guiados por la táctica global de Ender, pero osando, improvisando, amagando, atacandoconuna independencia que ninguna flota insectora había demostradonunca.
—La mente—colmena insectora es muy buena, pero sólo se puede concentrar en unas pocas cosas a la vez. Todos ycada uno de tus escuadrones puedenconcentrar una inteligencia lúcida enlo que hacen, ylo que se les ha dicho que haganestá guiado tambiénpor una mente inteligente. Así que ya ves que sí tienes algunas ventajas. Armamento superior, aunque no irresistible; velocidad comparable y más inteligencia disponible. Estas son tus ventajas. Tu desventaja es que siempre, siempre, el enemigo te superará ennúmero, ytras cada batalla aprenderá más cosas sobre ti ysobre la forma de enfrentarse a ti, y pondrá en práctica esos cambios inmediatamente. Ender esperaba las conclusiones.
—Ender, ahora empieza tu educación. Hemos programado el ordenador para que simule situaciones previsibles enencuentros conel enemigo. Vamos a utilizar las pautas de movimientos que vimos enla Segunda Invasión. Pero envez de seguir esas pautas al pie de la letra, yo controlaré las simulaciones del enemigo. Enprincipiote encontrarás consituaciones fáciles que es de esperar ganes concomodidad. Aprende de ellas, porque yo estaré siempre ahí, unpaso delante de ti, programando enel ordenador situaciones más difíciles ysofisticadas, para que tusiguiente batalla sea más difícil, para llevarte al límite de tus posibilidades.
—¿Ydespués?
—Tenemos poco tiempo. Debes aprender a la mayor velocidad posible. Cuando me dediqué a viajar en astronaves, con el único objeto de estar vivo cuando tú aparecieras, mi mujer y mis hijos murieron, ymis nietos teníanmi edad cuando volví. No tenía nada que decirles. Estaba desconectado de todas las personas que quería, de todo lo que conocía, yviví enesta catacumba extraña, obligado a no hacer nada importante sino enseñar a unestudiante detrás de otro, todos tanprometedores; todos, al final, malogrados. Fracasos. Les enseño, les enseño, pero ninguno aprende. Tú también eres una granpromesa, como tantos otros estudiantes que vinieronantes que tú, pero tambiénenti puede estar la semilla del fracaso. Mi trabajoes encontrarla, destruirte si puedo, y
créeme, Ender, si se te puede destruir, yopuedohacerlo.
—Así que nosoyel primero.
—No, claro que no. Pero eres el último. Si no aprendes no tendremos tiempo para encontrar a ningún otro. Por eso deposito mi esperanza en ti, simplemente porque eres el único que queda para
depositar mi esperanza.
—¿Ylos otros? ¿Mis jefes de escuadrón?
—¿Quiénpuede ocupar tupuesto?
—Alai.
—Sé sincero.
Ender nopudodecir nada.
—No soy feliz, Ender. La humanidad no nos pide que seamos felices. Sólo nos pide ser brillantes ensunombre. Primero la supervivencia, luego la felicidad que podamos alcanzar.Así que, Ender, espero que mientras dure tu adiestramiento no me aburras con quejas de que no te diviertes. Saca el placer que puedas enlos intersticios de tutrabajo, pero tutrabajo es lo primero, aprender es lo primero, vencerlo es todo porque sin eso no hay nada. Cuando me puedas devolver a mi mujer muerta, Ender, puedes quejarte de loque te cuesta tueducación.
—No intentaba eludir nada.
—Pero loharás, Ender. Porque te voya hacer polvo, si puedo. Te voya golpear contodo lo que pueda imaginar, y no tendré piedad, porque cuando te enfrentes a los insectores pensarán cosas que yonopuedo ni imaginar, yla compasiónpor los seres humanos es algo imposible para ellos.
—Túnome puedes hacer polvo, Mazer.
—¿No?
—Porque soymás fuerte que tú. Mazer sonrió.
—Ya lo veremos, Ender.
Mazer le despertó antes del amanecer; el reloj marcaba las 03.40, y Ender se sentía mareado cuando, detrás de Mazer, caminaba por el corredor conpasos silenciosos.
—Aquienmadruga —entonóMazer— Dios pone zancadillas.
Había soñado que los insectores le viviseccionaban. Pero en vez de trinchar su cuerpo, trinchaban sus recuerdos y los proyectaban como holografías e intentaban extraer algún sentido. Había sido un sueño muy extraño, y Ender no conseguía sacudírselo de encima, incluso mientras caminaba por los túneles hacia la sala del simulador. Los insectores le atormentabancuando estaban dormido y Mazer no le dejaría en paz cuando estuviera despierto. Entre uno y otro, no tenía ningún descanso. Ender se obligó a desperezarse. Parecía que Mazer hablaba en seno cuando dijo que intentaría destrozar a Ender; y obligarle a jugar cuando estaba cansado y somnoliento era precisamente el tipo de truco fácil y barato que Ender debería haber esperado. Bien, hoy no funcionaría.
Llegó al simulador y encontró a sus jefes de escuadrón en la línea, esperándole. Todavía no había ningún enemigo, por lo que los dividió en dos escuadras y montó un simulacro de batalla, mandando a los dos contendientes ycontrolando la prueba a la que había sometido a cada uno de sus jefes. Comenzaronconlentitud, peroprontoempezarona actuar convigor yatención.
Entonces, el simulador se puso en blanco, las naves desaparecieron, y todo cambió de repente. En el borde más cercano del campo del simulador se veían las formas, dibujadas con luces hológrafas, de tres astronaves de la flota humana. Cada una tendría doce cazas. El enemigo, obviamente conocedor de la presencia humana, había formado un globo con una sola nave en el centro. Ender no se dejó embaucar; no sería la nave reina. Los insectores doblaban en número a la fuerza de caza de Ender, pero también estaban mucho más apiñados de lo que deberían estar. El doctor Ingenioestaría endisposiciónde hacer mucho más daño de loque el enemigoesperaba.
Ender seleccionó una astronave, la hizo destellar en el campo del simulador, y habló por el micrófono:
—Alai, ésa es tuya; asigna los cazas a Petra y a Vlad a tu voluntad. —Asignó las otras dos astronaves con sus fuerzas de caza, con excepción de un caza de cada astronave, que reservó para Bean—. Corre la pared y ponte debajo de ellos, ano ser que intenten darte caza; en tal caso, retrocede hacia las reservas y ponte a salvo; en caso contrario, sitúate en un lugar donde pueda requerir de ti resultados rápidos. Alai, haz una formación compacta para emprender un asalto a un puntode suglobo. Nodispares hasta que te lodiga. No es más que una maniobra.
—Esta va a ser fácil, Ender —dijo Alai.
—Es fácil, pero Ender agrupó sus reservas en dos fuerzas que cubríana Alai desde unlugar seguro; Beanya se había salido del simulador, aunque, de vez en cuando, Ender conectaba el punto de vista de Bean para saber dónde estaba.
De todas formas, era Alai el que desempeñaba el papel más delicado con el enemigo. Había organizado una formaciónenforma de bala, ytanteaba el globo enemigo.Allá donde se acercaba, las naves insectoras se retiraban, como si quisieran atraerle hacia la nave del centro. Alai se desviaba hacia unlado; las naves insectoras seguíansumovimiento, retirándose de donde pasaba, volviendo a la formaciónesférica cuandohabía pasado.
Amaga, se retira, roza el globo por otro sitio, se retira otra vez, amaga otra vez; y entonces
Ender dijo:
—Entra adentro, Alai.
Sugrupoenforma de bala empezó a entrar, mientras decía a Ender:
—Sabes que me dejaránpasar yme rodearányme comeránvivo.
—Basta que ignores a esa nave del centro.
—Loque digas, jefe.
Efectivamente, el globo comenzó a contraerse. Ender adelantó las reservas; las naves enemigas
se concentraronenel ladodel globomás cercanoa las reservas.
—Atácalos ahí, donde estánmás concentrados —dijo Ender.
—Esto desafía cuatro mil años de historia militar —dijoAlai mientras adelantaba sus cazas—. Se supone que tenemos que atacar donde seamos superiores ennúmero.
—Está claro que en esta simulación no saben lo que pueden hacer nuestras armas. Sólo funcionará una vez, perohagámoslode una forma espectacular. ¡Dispara a discreción!
Alai lo hizo. La simulación respondió maravillosamente: primero una o dos, luego una docena, luego la mayoría de las naves enemigas explotaron en un resplandor de luz, a medida que el campo saltaba de una nave a otra nave de la apretada formación.
—Mantente alejado —dijoEnder.
Las naves del lado alejado de la formaciónenglobo no resultaronafectadas por la reacciónen cadena, pero fue fácil cazarlas ydestruirlas. Beanse ocupó de los rezagados que intentabanescapar hacia su confín del espacio. La batalla había concluí—do. Había sido más fácil que casi todas sus prácticas recientes.
Mazer se encogióde hombros cuandoEnder se lo dijo.
—Se trata de una simulación de una invasión real. Tenía que haber una batalla en la que no supieranlo que podíamos hacer.Ahora es cuando empieza tulabor. No te envanezcas por la victoria. Pronto te enfrentaré a una situaciónverdaderamente comprometida.
Ender practicaba consus jefes de escuadróndiezhoras diarias, pero no contodos a la vez. Les daba unas horas de descanso al mediodía. Cada dos o tres días efectuabanbatallas simuladas, bajo la supervisión de Mazer, y, tal como le había prometido, ninguna volvió a ser tan fácil. El enemigo abandonó rápidamente suintento de rodear a Ender, yno volvió a agrupar sus fuerzas hasta el punto de permitir la reacción en cadena. Cada vez había algo nuevo, algo más difícil todavía. Algunas veces, Ender tenía sólo una astronave yochocazas; una vez, el enemigose escondióenuncinturónde asteroides; otras veces, el enemigo dejaba trampas estacionarias, grandes instalaciones que explotabansi Ender acercaba demasiadouno de sus escuadrones, e inutilizabano destruíanconcierta frecuencia algunas naves de Ender.
—¡No puedes reponer pérdidas! —le gritó Mazer en una batalla—. En una batalla real no te podrás permitir el lujo de tener unsuministro infinito de cazas generados por ordenador. Tendrás lo que hayas traídocontigo ynada más. Acostúmbrate ahora a combatir sinpérdidas innecesarias.
—No sonpérdidas innecesarias —dijo Ender—. No puedo ganar batallas si el miedo de perder
una nave me impide arriesgarme.
Mazer sonrió.
—Muy bien, Ender. Estás comenzando a aprender. Pero en una batalla real estarás rodeado de oficiales de rangosuperior y, loque es peor, de civiles que te gritarántodas estas cosas. Veamos esta batalla. Si el enemigo hubiera sido mínimamente brillante te habría cazado aquí yhabría capturado el escuadrónde Tom.
Juntos, repasaronla batalla; enla siguiente práctica, Ender enseñaría a sus jefes lo que Mazer le había demostrado, yla próxima vezque se vieranenesa situaciónla resolveríanmejor.
Creían que ya estaban preparados, que habían funcionado perfectamente en equipo. Ahora, sin embargo, tras enfrentar juntos situaciones comprometidas, comenzaron a confiar unos en otros más que nunca, y las batallas eran cada vez más estimulantes. Dijeron a Ender que los que no jugaran estarían en las salas de los simuladores y observarían. Ender intentó imaginarse lo que significaría tener a sus amigos allí, con él, vitoreando o riendo o cortándoseles la respiración; algunas veces pensaba que le distraeríandemasiado, pero otras veces lo anhelaba contodas sus fuerzas. Ni siquiera cuando se pasaba el día tumbado al sol enuna balsa enunlago había estado tansolo. Mazer Rackham era sucompañero, era sumaestro, peronoera suamigo.
Sinembargo, no dijo nada. Mazer le había dicho que no habría piedad, ysuinfelicidad personal no significaba nada para nadie. La mayor parte del tiempo no significaba nada ni para Ender. Mantuvo sumente enel juego, intentando aprender de las batallas. Yno sólo las lecciones concretas de esa batalla concreta, sino lo que los insectores podríanhaber hecho si hubieransido más listos, y cómo reaccionaría Ender si lo hicieran en el futuro. Vivía con batallas pasadas y batallas futuras, despierto ydormido.Ydirigía a sus jefes de escuadrónconuna energía que algunas veces provocaba rebeliones.
—Eres demasiado amable con nosotros —dijo Alai un día—. ¿Por qué no te enfadas con nosotros por no ser brillantes en cada momento de cada práctica? Si nos sigues mimando así llegaremos a creer que te gustamos.
Algunos se rieron por los micrófonos. Naturalmente, Ender captó la ironía, y respondió con un
largosilencio. Cuandopor finhabló, ignoróla queja de Alai.
—Otra vez—dijo—, yesta vezsinautocompasión.
Lohicieronotra vez, yotra vez.
Pero a medida que crecía su confianza en Ender como comandante, desaparecía su amistad, traída en la memoria desde la Escuela de Batalla. Estrechaban su relación entre ellos; se intercambiabanconfidencias entre ellos. Ender era suprofesor ysucomandante, tandistante de ellos comoMazer loestaba de él, ytanexigente.
Elloles hizo combatir mejor. Ynada distraía a Ender de sutrabajo.
Por lo menos, cuando estaba despierto. Encuanto se arrastraba a dormir por las noches, lo hacía con recuerdos del simulador jugueteando en su mente. Pero por la noche pensaba en otras cosas. Se acordaba con frecuencia del cadáver del Gigante, descomponiéndose constantemente; no se acordaba, sin embargo, de los pixels de la imagen de la consola. Era real, el apagado olor de la muerte seguía pegado a él. En sus sueños, las cosas habían cambiado. La pequeña aldea que había crecido entre las costillas del Gigante estaba poblada ahora por insectores, y le saludaban con gravedad, como gladiadores saludando a César antes de morir para divertirle. En sus sueños no odiaba a los insectores; y aunque sabía que escondían a la reina para que no la encontrara, no intentaba buscarla. Siempre abandonaba el cuerpo del Gigante rápidamente, ycuando llegaba al patio de recreo, los niños estaban allí siempre, lobunos y burlones; tenían caras que conocía. Algunas veces Peter y algunas veces Bonzo, algunas veces Stilson y Bernard; con no menos frecuencia, sin embargo, las criaturas salvajes eranAlai yShen, DinkyPetra; algunas veces, unode los niños—lobo era Valentine, yensusueño la metía bajo el agua yesperaba a que se ahogase. Valentine se retorcía en sus manos, luchaba por asomar la cabeza, pero al final se quedaba quieta. Ender la sacaba del agua y la subía a la balsa, donde yacía con el rictus de la muerte en la cara. Ender chillaba y sollozaba sobre ella, ygritaba una yotra vezque era unjuego, unjuego, que sólo estaba jugando.
Entonces Mazer Rackhamle sacudióhasta despertarle.
—Gritabas ensueños —dijo.
—Losiento —dijoEnder.
—No te preocupes. Es hora de tener otra batalla.
El ritmo creció constantemente. Ahora había normalmente dos batallas diarias, y Ender redujo las prácticas al mínimo. Utilizaría el tiempo en que los demás descansaban para reflexionar sobre repeticiones de juegos pasados, intentando captar sus propios puntos débiles, intentando adivinar qué pasaría a continuación. Algunas veces estaba perfectamente preparado para las innovaciones del enemigo; otras, no.
—Creoque me está haciendo trampa —dijo Ender a Mazer undía.
—¿Qué?
—Usted puede observar mis sesiones prácticas. Puede ver lo que preparo. Da la impresión de que está preparadopara todoloque hago.
—La mayoría de lo que ves son simulaciones por ordenador —dijo Mazer—. Y el ordenador está programado para responder a tus innovaciones únicamente cuando las hayas utilizado en una
batalla.
—Entonces el ordenador hace trampas.
—Necesitas dormir más, Ender.
Pero no podía dormir. Cada noche yacía despierto más tiempo, ysusueño era menos sosegado. Se despertaba con demasiada frecuencia por la noche. No estaba seguro de si se despertaba para reflexionar más sobre el juego o para escapar de los sueños. Era como si alguienle condujera ensu sueño, obligándole a vagar por sus peores recuerdos, a vivirlos otra vez como si fueran reales. Las noches erantanreales que los días empezarona parecerle sueños. Comenzó a preocuparle la idea de que no pensaba con la suficiente claridad, de que estaba demasiado cansado para jugar. Siempre, Cuando daba principiocada juego, suintensidad le despertaba pero, «si mi capacidadmental sufriera algúnlapsus —se preguntaba—, ¿lonotaría?».
Yparecía tener lapsus. Ya no libraba batallas en las que no perdiera por lo menos algún caza. Varias veces, el enemigo le descubrió más puntos flacos que los que había pensado tener; otras veces, el enemigo pudo consumirle por desgaste hasta que la victoria cayó de sulado más por suerte que por estrategia. Mazer repasaría el juego conuna mueca de disgusto enla cara. «Fíjate —diría—, no tenías que haber hecho esto.» Y Ender volvería a hacer prácticas con sus jefes, intentando mantener alta sumoral, pero mostrandoalgunas veces sudisgustopor sus fallos, por cometer errores.
—Algunas veces, cometemos errores —le susurróPetra una vez. Era una súplica de ayuda.
—Yalgunas veces, no —contestóEnder.
Si alguienle iba a ayudar, nosería él. El enseñaría; que busque amigos entre los demás.
Luego llegó una batalla que estuvo a punto de terminar en un desastre. Petra llevó sus fuerzas demasiado lejos; quedaronal descubierto, yPetra se dio cuenta cuando Ender no estaba conella. En unos minutos había perdido todas sus naves, menos dos. Ender lo descubrió en ese momento; le ordenóque las desplazara enuna determinada dirección; Petra norespondió. Las naves nose movían. Enunmomento se perderíantambiénesos dos cazas.
Ender supo instantáneamente que la había presionado demasiado; impelido por su brillantez, la había requerido con mucha más frecuencia y en circunstancias más exigentes que al resto, excepto unos pocos. Pero ahora no tenía tiempo para preocuparse por Petra, o para sentirse culpable por lo que le había hecho. Llamó a Crazy Tompara que tomara el mando de los dos cazas que quedaban y luego siguió intentando sacar adelante esa batalla; Petra había ocupado una posición clave, y ahora toda la estrategia de Ender se venía abajo. Si el enemigo no hubiera sido tanimpaciente ytantorpe a la hora de explotar su ventaja, Ender habría perdido. Pero Shen pudo sorprender a un grupo de enemigos en una formación demasiado compacta y los eliminó con una sola reacción en cadena. Crazy Tom metió sus dos cazas supervivientes por el intersticio y causó estragos al enemigo, y aunque al final tanto sus naves como las de Shenquedarondestruidas, FlyMolo pudo hacer limpieza ycompletar la victoria.
Al final de la batalla pudo oír los gritos de Petra intentandoacercarse a unmicrófono.
—¡Decidle que lo siento! estaba tan cansada que no podía pensar, eso es todo; decid a Ender que losiento.
Faltó a unas cuantas prácticas, y cuando volvió ya no era tan rápida como había sido, ni tan osada. Había perdido lo que la había convertido en un buen comandante. Ender ya no podría utilizarla más, excepto en misiones rutinarias bajo estrecha supervisión. Petra no era tonta. Sabía lo que había pasado. Pero tambiénsabía que Ender notenía otra alternativa, yse lodijo.
Quedaba el hecho de que se había roto, yestaba lejos de ser sujefe de batallónmás débil. Era un aviso; no podía presionar a sus comandantes más allá de sus fuerzas. Ahora, en vez de utilizar a sus jefes cada vezque tenía necesidad de sus capacidades, tenía que tener encuenta la frecuencia con que habían combatido. Tenía que distribuirlos por turnos, lo que significaba que algunas veces entraba enbatalla conlos comandantes que menos confianza le inspiraban.Amedida que mitigaba la presiónsobre ellos, aumentaba la presiónsobre sí mismo.
Una noche, el dolor le despertó. Había sangre ensualmohada, había sabor a sangre ensuboca. Los dedos le daban punzadas. Descubrió que se los había estado royendo mientras dormía. Todavía salía algode sangre,
—Mazer—gritó.
Rackhamse despertóyllamórápidamente a unmédico.
Mientras el doctor trataba la herida, Mazer dijo:
—No me importa loque comas, Ender. El autocanibalismonote sacará de la escuela.
—Estaba dormido —dijoEnder—. No quiero salir de la Escuela de Alto Mando.
—Me alegro.
—Los demás. Los que no pasaron.
—¿Que dices?
—Antes que yo. Sus otros estudiantes, los que no pasaronel curso. ¿Qué les pasó?
—No lopasaron. Nada más. Nocastigamos a los que fracasan. Simplemente, novan.
—ComoBonzo.
—¿Bonzo?
—Se fue a casa.
—ComoBonzo, no.
—¿Entonces? ¿Qué les pasó? ¿Cuándofracasaron?
—¿Qué más da, Ender? Ender norespondió.
—Ninguno fracasó a estas alturas del curso, Ender. Cometiste unerror conPetra. Se recuperará. PeroPetra es Petra, ytúeres tú.
—Ella es parte de loque yosoy. La parte que ella hizo.
—Tú no fracasarás, Ender. No tan pronto. Has pasado por algunos aprietos, pero siempre has
ganado. Todavía no conoces tus límites, pero si ya has llegado a ellos, eres mucho más débil de lo
que yo creía.
—¿Mueren?
—¿Quién?
—Los que fracasan.
—No, nomueren. Dios mío, muchacho, ¿a qué juegas?
—Creo que Bonzo murió. Lo soñé la noche pasada. Recordé su mirada después de que le
aplastara la cara con la cabeza. Creo que le engasté la nariz en el cerebro. Le salía sangre por los
ojos. Creoque enese momentoya estaba muerto.
—Es sólounsueño.
—Mazer, no quiero seguir soñando estas cosas. Me da miedo dormir. No dejo de pensar en cosas que no quiero recordar. Veo toda mi vida representada como si fuera unmagnetoscopio yotra persona quisiera ver las partes más terribles de mi vida.
—No podemos administrarte drogas, si es eso lo que buscas. Siento que tengas malos sueños.
¿Quieres que dejemos la luzencendida?
—¡Nose ría de mí!—dijoEnder—. Tengomiedo de volverme loco.
El doctor había acabadode vendarle. Mazer le dijo que podía irse. Se fue.
—¿De verdadtienes ese miedo? —preguntóMazer.
Ender reflexionóynoestaba seguro.
—Enmis sueños —dijoEnder—, nunca estoyseguro de ser yo.
—Los sueños extraños son una válvula de escape, Ender. Por primera vez en tu vida estás viviendo bajo una pequeña presión. Tucuerpo busca la forma de compensarla, nada más. Ya eres un chicogrande. Es hora de que dejes de tener miedoa la noche.
—De acuerdo —dijo Ender. Y entonces tomó la decisión de no volver a hablar de sus sueños conMazer.
Los días desfilaban, conbatallas cada día, hasta que al final Ender se instalóenla rutina de
la destrucciónde sí mismo. Comenzóa dolerle el estómago. Le pusierona dieta, pero enseguida perdió el apetito. «¡Come!», decía Mazer, y Ender se llevaba mecánicamente la comida a la boca. Perosi nadie le decía que comiera, nocomía.
Otros dos jefes de escuadrón se derrumbaron como Petra; la presión sobre los demás creció. Ahora el enemigo les triplicaba o cuadruplicaba en número en todas las batallas; además, se retiraban con mayor rapidez cuando las cosas les iban mal, y se reagrupaban y prolongaban las batallas cada vez más; algunas veces duraban horas, hasta que al final destruían a la última nave enemiga. Ender comenzó a cambiar a sus jefes de batallónenla misma batalla, haciendo entrar a los que estaban frescos y descansados para que ocuparan el lugar de los que estaban empezando a mostrar torpeza yfalta de reflejos.
—¿Sabes una cosa? —le dijo Bean una vez al tomar el mando de los cuatro cazas restantes de HotSoup—, este juegonoes tandivertidocomosolía ser.
Un día en una práctica, cuando Ender estaba instruyendo a sus jefes de batallón, la sala se ennegreció y se despertó en el suelo, con la cara ensangrentada allá donde había golpeado los controles.
Entonces le metieronenla cama yestuvo muyenfermo tres días. Recordaba haber visto caras en sus sueños, pero no eran caras reales, y lo sabía incluso mientras creía que las veía. Creía algunas veces que veía a Valentine, y algunas veces a Peter; algunas veces a sus amigos de la Escuela de Batalla, y otras veces a los insectores viviseccionándole. Una vez parecía muy real, cuando vio al coronel Graffinclinado sobre él, hablándole envozbaja, como unpadre afectuoso. Pero entonces se despertó ysóloencontróa suenemigo, Mazer Rackham.
—Estoydespierto —dijo Ender.
—Ya lo veo —contestó Mazer—. Has tardadomucho. Hoytienes una batalla.
Así que Ender se levantó y libró la batalla y la ganó. Pero ese día no había otra batalla y le dejaronirse a la cama pronto. Al desnudarse, le temblabanlas manos.
Durante esa noche creyó sentir unas manos que le tocaban afectuosamente. Manos llenas de
cordialidad, yde afecto. Soñóque oía voces.
—No has sidomuyamable conél.
—No era ésa mi misión.
—¿Cuántotiempopuede seguir así? Se está desmoronando.
—Suficiente. Ya casi se ha terminado.
—¿Tanpronto?
—Unos días más ytodo habrá pasado.
—¿Cómolo logrará si está eneste estado?
—Bien. Hoyha combatidomejor que nunca.
Ensusueño, las voces parecíanla del coronel
Graffvla de Mazer Rackham. Pero los sueños
eranasí, podíanpasar las cosas más disparatadas, porque soñó que una de las voces decía: «No puedo resistir ver lo que se le está haciendo.» Y la otra voz contestaba: «Lo sé. Yo también le quiero.»Yentonces se convinieronenValentine yAlai, yensusueño le estabanenterrando, sólo que donde tendieronsucuerpo creció una colina, yse secó yse convirtió enuna casa de insectores, como el Gigante.
Sóloera unsueño. Si alguiensentía amor ycompasiónpor él, era sólo ensus sueños.
Se despertóylibróotra batalla yganó. Luego se fue a la cama ydurmióotra vezysoñóotra vez, y luego se despertó y ganó otra vez, y durmió otra vez y casi no sabía cuándo estaba despierto y cuándo estaba durmiendo. Ni le importaba.
El día siguiente era su último día en la Escuela de Alto Mando, aunque él no lo sabía. Mazer Rackhamno estaba ensuhabitacióncuando se despertó. Se duchó yse vistió, yesperó a que Mazer viniera a abrir la puerta. Novenía. Ender probóa abrir la puerta. Estaba abierta.
¿Le había dejado libre Mazer esa mañana por accidente? No había nadie junto a él que le dijera que debía comer, que debía ir a hacer prácticas, que debía dormir. Libertad. El problema era que no sabía qué hacer. Se le ocurrió la idea de encontrarse con sus jefes de escuadrón, hablar con ellos cara a cara, pero no sabía dónde estaban. Por lo que sabía, podíanestar a veinte kilómetros. Por eso, tras vagar por los túneles un rato, fue al comedor y tomó el desayuno junto a unos marines que contaban chistes verdes, que Ender no entendía en absoluto. Después fue a la sala del simulador a hacer prácticas. Aunque era libre, no se le ocurría otra cosa.
Mazer le esperaba. Ender entró a paso lento enla sala.Arrastraba ligeramente los pies, yestaba
cansado yapagado.
Mazer fruncióel ceño.
—¿Estás despierto, Ender?
Había más personas enla sala del simulador. Ender se preguntó por qué estabanallí, pero no se molestó en preguntar. No merecía la pena preguntar; nadie le contestaría. Se dirigió a los controles del simulador yse sentó, listo para empezar.
—Ender Wiggin —dijo Mazer—. Date la vuelta, por favor. El juego de hoy requiere una pequeña explicación.
Ender se dio la vuelta. Miró fijamente a los hombres reunidos en el fondo de la sala. A la mayoría no les había visto nunca. Algunos incluso vestíande paisano. Vio a Andersonyse preguntó qué haría allí, quién se ocuparía de la Escuela de Batalla si él no estaba. Vio a Graff y recordó el lago en los bosques en las afueras de Greensboro, y quería irse a casa. «Llévame a casa —dijo en silencioa Graff—. Enmis sueños me dijiste que me querías. Llévame a casa.»
Pero Graffse limitó a mover la cabeza, unsaludo, no una promesa, yAndersonactuaba como si nole viera.
—Presta atención, por favor, Ender. Hoyes tuexamenfinal enla Escuela deAlto Mando. Estos observadores están aquí para evaluar lo que has aprendido. Si prefieres que no estén en la sala miraránpor otrosimulador.
—Puedenestar.
Examenfinal. Después de hoy, a lomejor podía descansar.
—Para que ésta sea una prueba imparcial de tu capacidad, y no algo parecido a lo que has practicado muchas veces; yademás para que te enfrentes a situaciones que no te has encontradoantes, la batalla de hoy introduce un elemento nuevo. Está escenificada en torno a un planeta. Ello influirá enla estrategia del enemigo, yte obligará a improvisar. Por favor, hoyconcéntrate enel juego.
Ender hizoseñas a Mazer para que se acercase, yle preguntó envozbaja:
—¿Soyel primer estudiante que llega tanlejos?
—Si ganas hoy, Ender, serás el primer estudiante que lo hace. No estoy autorizado a decirte más.
—Bueno, yosí estoyautorizado para oírlo.
—Mañana puedes ser todo lo petulante que quieras. Hoy, sin embargo, te agradecería que te
concentraras en el examen. No echemos por la borda todo lo que has hecho hasta ahora. Dime, ¿qué
harás conel planeta?
—Tengoque poner a alguiendetrás, oserá unpuntociego.
—Cierto.
—Yla gravedad influirá enel consumo de combustible; es más baratobajar que subir.
—Sí.
—¿Funciona el PequeñoDoctor contra los planetas?
La cara de Mazer se pusorígida.
—Ender, los insectores nunca atacaron a la población civil en ninguna de sus invasiones. Tú
decidirás si es correctoadoptar una estrategia que invitaría a las represalias.
—¿Es el planeta loúnico nuevo?
—¿Te acuerdas de la última vezque te di una batalla conuna sola cosa nueva? Permíteme que te diga, Ender, que hoy no seré amable contigo. He contraído con la flota la responsabilidad de no graduar a unestudiante de segunda categoría. Haré lo que pueda contra ti, Ender, yno tengo ningunas ganas de mimarte. Si tienes en cuenta todo lo que sabes sobre ti y todo lo que sabes sobre los insectores, tendrás una razonable posibilidadde éxito.
Mazer salióde la sala.
Ender habló por el micrófono.
—¿Estáis ahí?
—Todos —dijoBean—. Unpoco tarde para hacer prácticas esta mañana, ¿no?
O sea, que no se lo habíandicho a los jefes de escuadrón. Ender acarició la idea de decirles lo importante que era esa batalla para él, pero decidió que no era conveniente que tuvieranenmente una
preocupaciónmás.
—Losiento —dijo—. Me he dormido.
Se rieron. Nose locreían.
Les indicó maniobras de calentamiento para la batalla que se avecinaba. Le costó más de lo normal aclarar sus ideas, concentrarse en el mando, pero enseguida recuperó el ritmo, respondiendo rápidamente, pensandobien. «O, por lo menos —se dijoa sí mismo—, pensando que piensobien.»
El campo del simulador se aclaró. Ender esperó a que saliera el juego. «¿Qué pasará si paso este examen? ¿Haymás escuelas? ¿Otroañoo dos de adiestramientopenoso, otroañode aislamiento, otro año de gente empujándome hacia aquí y hacia allá, otro año sin control de mi propia vida?» Intentó recordar su edad. Once años. ¿Cuántos años hacía que cumplió once años? ¿Cuántos días? Debía haber sido aquí, enla Escuela deAlto Mando, pero no se acordaba del día. Puede que ese día nose hubiera acordado. Nadie se había acordado, exceptotal vezValentine.
Y mientras esperaba que saliera el juego, deseaba perderlo, perder la batalla del todo y completamente, para que le expulsaran, como a Bonzo, y le dejaran irse a casa. Bonzo había sidodestinado a Cartagena. El quería ver unas órdenes de viaje que dijeran Greensboro. Éxito significa seguir. Fracasosignificaba irse a casa.
«No, no es cierto —se dijo a sí mismo—. Me necesitan, y si fracaso puede no haber ninguna casa donde volver.»
Pero no lo creía. Ensumente consciente sabía que era cierto, pero enotros sitios, ensitios más profundos, dudaba de que le necesitaran. La urgencia de Mazer era otro juego más. Otra forma más de hacerle hacer lo que quierenque haga. Otra forma de no dejarle descansar. De no dejarle no hacer nada, durante mucho, muchotiempo.
Entonces aparecióla formaciónenemiga, yel hastíode Ender se tornóendesesperación.
El enemigo les superaba en la proporción mil a uno, teñía de verde el simulador. Estaban agrupados en una docena de diferentes formaciones que cambiaban de posición, que cambiaban de forma, que se movíanpor el campo del simulador siguiendo pautas aparentemente aleatorias. No veía ninguna vía abierta; un hueco que parecía abierto se cerraría súbitamente, y aparecería otro, y una formaciónque parecía expugnable cambiaría súbitamente ysería inútil atacarla. El planeta estaba en el otro extremo del campo, ypor lo que Ender sabía, detrás de él había otras tantas naves enemigas, fuera del campodel simulador.
En cuanto a su flota, estaba constituida por veinte astronaves, cada una con sólo cuatro cazas. Conocía las astronaves de cuatro cazas; eranantiguas, torpes, yel alcance de suPequeño Doctor era la mitad del de las más nuevas. Ochenta cazas contra por lo menos cinco mil, tal vezdiezmil, naves enemigas.
Oyó las respiraciones entrecortadas de sus jefes de escuadrón; oyó también una maldición procedente de uno de los observadores que había detrás. Era consolador saber que unode los adultos se daba cuenta de que no era unexamenjusto. No porque eso importara. La limpieza no era parte del juego, eso estaba claro. No habíanintentado darle ni la más remota posibilidad de éxito. Contodo lo que había pasado, yno tuvieronnunca la intenciónde dejarle pasar.
Vio en su mente a Bonzo y a su ramillete de amigos, confrontándole, amenazándole; había conseguido avergonzar a Bonzo y arrastrarle a pelear con él, solos. Eso no funcionaría aquí. Y no podría sorprender al enemigo como había hecho conlos chicos mayores enla sala de batalla. Mazer conocía perfectamente las posibilidades de Ender.
Los observadores que había detrás comenzaron a toser, a moverse nerviosos. Estaban empezando a pensar que Ender no sabía qué hacer.
«Ya no me importa —pensó Ender—. Te puedes quedar con tu juego. Si no me das ninguna posibilidad, ¿por qué habría de jugar?»
Comoel últimojuegode la Escuela de Batalla, cuandole enfrentarona dos escuadras.
Y justo cuando rememoraba ese juego, pareció que Bean también lo rememoraba, porque a
través de los auriculares llegósuvoz, ydecía:
—No loolvides, la puerta del enemigoestá abajo.
Molo, Soup, Vlad, Dumper yCrazyTom, todos se rieron. Tambiénse acordaban.
Y Ender se rió también. Era divertido. Los adultos tomándose todo tan en serio, y los niños jugando, jugando, creyéndoselo hasta que de repente los adultos iban demasiado lejos, ponían una prueba demasiado difícil, ylos niños no veíanel objeto del juego. «Olvídalo, Mazer. No me importa no pasar tu examen, no me importa no seguir tus reglas. Si tú puedes hacer trampas, yo también puedo. Nopermitiré que me derrotes jugandosucio; antes, te derrotaré yojugando sucio.»
Enaquella batalla final de la Escuela de Batalla había vencido ignorando al enemigo, ignorando
sus propias pérdidas; se había dirigido hacia la puerta del enemigo.
Yla puerta del enemigoestá abajo.
«Si rompo esta regla ya no me permitirán ser comandante. Seré demasiado peligroso. Ya no
tendré que volver a jugar. Yesoes la victoria.»
Susurró algo por el micrófono. Sus comandantes se hicieroncargo de sus partes de la flota yse agruparon en un proyectil grueso, un cilindro dirigido a las formaciones enemigas más próximas. El enemigo, en vez de intentar repelerle, le daba la bienvenida, para poder encerrarlo antes de destruirlo. «Por lo menos, Mazer cuenta conque a estas alturas sabráncómo actúo —pensó Ender—. Yesome da tiempo.»
Ender amagó por abajo, por el norte, por el este y por abajo otra vez, sinseguir aparentemente ningún plan, pero quedando siempre un poco más cerca del planeta enemigo. Al final, el enemigo comenzó a cercarle y a apretar demasiado el cerco. Entonces, súbitamente, la formación de Ender estalló. Sus flotas parecía fundirse en el caos. Los ochenta cazas parecían no seguir ningún plan, disparando a las naves enemigas aleatoriamente, abriéndose cada uno un camino sin salida entre el entramadoenemigo.
Sin embargo, cuando sólo habían transcurrido unos minutos desde el comienzo de la batalla, Ender susurró nuevas órdenes a sus jefes de escuadrón, y, súbitamente, una docena de cazas restantes formaron otra vez una formación. Pero ahora estaban en el lado más alejado de algunos de los más formidables grupos enemigos. A costa de terribles pérdidas, habían atravesado ese grupo, y ya habíancubiertomás de la mitadde la distancia hasta el planeta enemigo.
«El enemigo se da cuenta ahora —pensó Ender—. Seguro que Mazer ve lo que estoyhaciendo. Otal vezMazer nose podía creer que loharía. Bien, muchomejor para mí.»
La diminuta flota de Ender se precipitaba enuna yotra dirección, desplegando dos o tres cazas para amagar unataque, volviéndolos a replegar luego. El enemigo se cerró, aportando las naves ylas formaciones que habían sido dispersadas, las traía para que mataran. El enemigo estaba más concentrado más allá de Ender, para que no pudiera escapar hacia el espacio abierto, rodeándole. «Excelente —pensóEnder—. Más cerca. Venidmás cerca.»
Entonces susurró una ordenylas naves cayeroncomo rocas hacia la superficie del planeta. Eran astronaves y cazas, no estaban equipadas para enfrentarse al calor generado al atravesar una atmósfera. Pero Ender no pretendía hacerles llegar a la atmósfera. Casi desde el mismo momento en que comenzarona caer, estabanenfocandoel Pequeño Doctor hacia una sola cosa. El planeta.
Uno, dos, cuatro, siete de sus cazas se fundieron. Ahora era como una apuesta, saber si alguna de las naves sobreviviría suficiente tiempo para tener el planeta a sualcance. No tardaría demasiado, una vezestuvieranendisposiciónde enfocar la superficie del planeta. Sólo unmomentoconel doctor Ingenio, sólo quería eso. Se le ocurrió que quizá ni siquiera el ordenador estaba preparado para mostrar lo que pasaría a un planeta si le atacaba el Pequeño Doctor. «¿Qué haré entonces, gritar ¡pum, estás muerto!?»
Ender retiró las manos de los controles yse inclinó para ver qué pasaba. La perspectiva estaba ahora cerca del planeta enemigo, y las naves se abalanzaban en el pozo de gravedad. «Seguramente está a tiroahora —pensóEnder—. Debe estar a tiro yel ordenador no lopuede controlar.»
Entonces, la superficie del planeta, que ocupaba la mitad del campo del simulador, comenzó a borbotear; hubo una explosión que arrojó escombros hacía los cazas de Ender. Ender intentó imaginarse lo que había pasado en el interior del planeta. El campo creciendo más y más, las moléculas desintegrándose perosinque los átomos separados encuentrenningúnsitiodonde ir.
Dentro de tres segundos el planeta entero se desintegraría y se convertiría en una esfera de polvo brillante que lo arrojaría todo hacia afuera. Los cazas de Ender estabanentre los primeros; su perspectiva se desvaneció instantáneamente, y ahora el simulador sólo podía visualizar la perspectiva de las astronaves esperando más allá de los bordes de la batalla. Estaba a la distancia que Ender quería que estuviera. La esfera del planeta explosivo creció hacia el exterior, a tal velocidad que las naves enemigas no pudieron escapar. Y se llevaron consigo al Pequeño Doctor, que ya no era tan pequeño, y su campo desintegraba todas las naves a su paso, convirtiendo a cada una enunpuntode luzantes de seguir adelante.
El campo del doctor Ingenio sólo se debilitó en la misma periferia del simulador. Dos o tres naves enemigas volabana la deriva. Las astronaves de Ender no explotaron. Pero donde había estado la vasta flota del enemigo, y el planeta que protegían, no quedaba nada significativo. Una masa informe crecía a medida que la gravedad arrastraba de nuevo hacia abajo gran parte de los escombros. Estaba al rojo vivo y rotando; era también mucho más pequeño que el mundo que había sidoantes. Casi toda sumasa era ahora una nube que flotaba enel exterior.
Ender se quitó los auriculares, a través de los que le llegaban los vítores de sus jefes de batallón, ysólo entonces se dio cuenta de que había igual ruido enla sala donde estaba. Los hombres de uniforme se abrazabanlos unos a los otros, reían, gritaban; otros, lloraban; algunos se arrodillaban
o se postraban, y Ender supo que estaban rezando. Ender no lo entendía. Todo parecía erróneo. Se suponía que teníanque estar enfadados,
El coronel Graff se separó de los demás y vino hacia Ender. Las lágrimas corrían por su cara, pero sonreía. Se inclinó, alargó los brazos y, ante la sorpresa de Ender, le abrazó, le apretó con fuerza, ysusurró:
—Gracias, gracias Ender, gracias a Dios por ti, Ender,
Los demás también se acercaron a estrecharle la mano, a felicitarle. Intentó buscar una explicación lógica a todo eso. ¿Había pasado el examen a pesar de todo? Era su victoria; no la de ellos, yuna victoria hueca, unfraude; ¿por qué se comportabancomosi hubiera ganadoconhonor?
La muchedumbre se apartó ydejó pasar a Mazer Rackham. Fue derecho hacia Ender yle alargó la mano.
—Tomaste la decisión difícil, chico. Todo o nada. Acabar con ellos o acabar con nosotros. Pero el cielo sabe que no había ninguna otra forma de hacerlo. Felicidades. Les venciste, y todo ha terminado.
¿Terminado? ¿Les venciste? Ender nolo entendía.
—Te vencí.
Mazer se rió, conuna risa fuerte que llenóla sala.
—Ender, nunca has jugado conmigo. Desde que me convertí entuenemigo, no has jugado ni un
solojuego. Ender no entendió la broma. Había jugado muchos juegos, a un precio terrible para sí mismo. Empezóa enfadarse.
Mazer estiró la mano yle tocó los hombros. Ender se lo sacudió. Entonces, Mazer se puso serio ydijo:
—Ender, durante los últimos meses has sido e1 comandante de nuestras flotas. Esta era la Tercera Invasión. No era un juego, las batallas eran reales, y el único enemigo con el que luchabas eranlos insectores. Ganaste todas las batallas, yhoyhas combatido conellos ensumundo de origen, donde estaba la reina, las reinas de sus colonias, todas estabanallí ylas destrozaste completamente. No nos atacaránde nuevo. Lohiciste. Tú.
Real. No unjuego. La mente de Ender estaba demasiado cansada para enfrentarse contodo eso. No eran simplemente puntos de luz en el aire; eran naves reales con las que había luchado y naves reales que había destruido. Y un mundo real que había hecho caer en el olvido. Caminó entre la muchedumbre. Esquivando sus felicitaciones, ignorando sus manos, sus palabras, su júbilo. Cuando llegó a suhabitaciónse quitóla ropa, trepóa la cama yse durmió.
Ender se despertó cuando le zarandearon. Tardó unmomento enreconocerles. GraffyRackham.
Les diola espalda.
—Dejadme dormir.
—Ender, necesitamos hablar contigo —dijo Graff.
Ender se dio la vuelta para verles la cara.
—Han estado proyectando los vídeos en la Tierra durante todo el día y toda la noche desde la
batalla de ayer.
—¿Ayer?
Había dormido de untiróntodoundía.
—Eres un héroe, Ender. Han visto lo que hiciste, tú y los demás. No creo que haya un solo
gobiernoenla Tierra que note haya concedido sumás alta condecoración.
—Los maté a todos, ¿verdad? —preguntó Ender.
—¿Qué todos? —preguntóGraff.
—¿Los insectores?
—Esa era la idea. Mazer se inclinó hacia él.
—Para eso era la guerra.
—Todas sus reinas. Ypor consiguiente maté a todos sus niños, todode todo.
—Ellos lodecidieroncuandonos atacaron. No era culpa tuya. Tenía que pasar.
Ender asió el uniforme de Mazer y se colgó de él estirándole hacia abajo para que estuvieran cara a cara.
—¡No quería matarlos a todos! No quería matar a nadie! ¡No soy un asesino! ¡No me queríais, desgraciados, queríais a Peter, pero me hicisteis hacerlo, me engañasteis!
Estaba llorando. Había perdidoel control de sí mismo.
—Por supuesto que te engañamos. Ese es el asunto —dijo Graff—. Tenía que ser un engaño o no lo habrías hecho. Ese era nuestro problema. Teníamos que tener uncomandante contanta empatía que pensara como los insectores, los entendiera yse anticipara a ellos. Tanta compasiónque ganara el amor de sus subordinados ytrabajara conellos como una máquina perfecta, tanperfecta como los insectores. Pero alguiencontanta compasiónnunca habría sido el asesino que necesitábamos. Nunca habría ido a la batalla deseando ganar a toda costa. Si la hubieras sabido, no lo habrías hecho. Si fueras el tipo de persona que podría hacerlo incluso sabiéndolo, no habrías entendido a los insectores enla medida necesaria.
—Ytenía que ser un niño, Ender —dijo Mazer—. Eras más rápido que yo. Mejor que yo. Soy demasiado viejo ycauteloso. Una persona decente que conozca el arte de la guerra no va a la batalla con un corazón entero. Pero no lo sabías. Nos aseguramos de que no lo supieras. Eras inquieto y brillante yjoven. Era para loque habías nacido.
—Teníamos pilotos ennuestras naves, ¿verdad?
—Sí.
—Ordenaba a los pilotos que fueranymurieran, yni siquiera losabía.
—Ellos losabían, Ender, yfueronde todas formas. Sabíanpor qué lohacían.
—¡Nome lopreguntasteis!¡No me dijisteis la verdadsobre nada!
—Tenías que ser un arma, Ender. Como una pistola, como el Pequeño Doctor, que funcionara
perfectamente, pero sin saber a qué apunta. Nosotros te apuntamos. Somos los responsables. Si hay
algomal hecho, nosotros lohicimos.
—Explícamelo más tarde —dijoEnder. Sus ojos se cerraron. Mazer Rackhamle zarandeó.
—No te duermas, Ender —dijo—. Es muyimportante.
—Habéis acabadoconmigo —dijo Ender—. Ahora dejadme enpaz.
—Por eso estamos aquí—dijo Mazer—. Estamos intentando decírtelo. No hanacabado contigo, en absoluto. Allá abajo reina el caos. Van a comenzar una guerra. Los americanos afirman que el Pacto de Varsovia está a punto de atacarles, yel Pacto de Varsovia dice lo mismo del Hegemon. No hace ni veinticuatro horas que ha acabado la guerra con los insectores y el mundo de allí abajo vuelve de nuevo a la lucha, tan mal como siempre. Y todos están preocupados por ti. Todos te quieren. El jefe militar más grande de la historia, quieren que dirijas sus ejércitos. Los americanos. El Hegemon. Todos exceptoel Pacto de Varsovia, yéstos te quierenmuerto.
—Muybien—dijoEnder.
—Tenemos que llevarte lejos de aquí. Haymarines rusos por todo Eros, yel Polemarches ruso. Podría haber unbañode sangre encualquier momento.
Ender les diola espalda de nuevo. Esta vezle dejaron. Nodormía. Les escuchaba.
—Esoes loque me asustaba, Rackham. Le forzó demasiado. Algunos de esos puestos avanzados
menores podíanhaber esperado. Le podía haber dado algunos días para descansar.
—¿Tambiénusted, Graff? ¿Intenta decidir cómo podría haberlo hecho mejor? Usted no sabe qué habría pasado si no le hubiera forzado. Nadie lo sabe. Lo hice de la forma en que lo hice, y tuvo éxito. Por encima de todo, tuvo éxito. Memorice esta defensa, Graff. Quizá tenga que utilizarla usted también.
—Losiento.
—Veo lo que le ha afectado. El coronel Liki dice que hay una gran probabilidad de que quede dañadopermanentemente, peronolocreo. Es muyfuerte. Ganar significa muchopara él, yganó.
—No hablé de su fuerza. El chico tiene once años. Dele un descanso, Rackham. Las cosas no hanexplotadotodavía. Podemos apostar unguardia enla puerta.
—Oapostar unguardia enalguna otra puerta fingiendo que es la suya.
—Cualquier cosa.
Se marcharon. Ender se durmió de nuevo.
El tiempo pasaba sin afectar a Ender, excepto a ráfagas. Una vez le despertó algo que le presionaba la mano, algo que empujaba hacia dentro, conundolor insistente, sordo.Alargóla mano y lo tocó; era una aguja atravesando una vena. Intentó arrancarla, pero la aguja estaba adherida y ¿1 estaba demasiado débil. Otra vezse despertó enla oscuridad al oír a gente murmurar ymaldecir. En sus oídos resonaba el fuerte ruido que le había despertado; no recordaba el ruido. «Encended las luces», decía alguien. Yotra vezcreyóoír a alguienllorar juntoa él.
Podía haber sido un solo día; podía haber sido una semana; por sus sueños, podían haber sido meses. En sus sueños, parecía pasar vidas enteras. De nuevo, la Bebida del Gigante más allá de los niños lobos, reviviendo las terribles muertes, los constantes asesinatos; oyó una vozque susurraba en el bosque: «Tenías que matar a los niños para llegar al Fin del Mundo.» Intentó responder «No quería matar a nadie. Nadie me preguntó si quería matar a alguien.» Pero el bosque se reía de él. Y cuando saltaba desde el acantilado al Fin del Mundo, algunas veces no eran las nubes las que le recogían, sino uncaza que le llevaba a unpunto cercano a la superficie del mundo de los insectores, para que mirara, una yotra vez, la erupciónde la muerte cuando el doctor Device desencadenaba una reacción en la cara del planeta; luego cada vez más cerca, hasta que veía a los insectores individuales explotar, convertirse enluz, ydesplomarse enuna pila informe delante de sus ojos.Yla reina rodeada por los niños; sólo la reina era madre, y los niños eran Valentine y los chicos que había conocido enla Escuela de Batalla. Uno tenía la cara de Bonzo yestaba tendido sangrando por los ojos y la nariz, diciendo «no tienes honor». Y el sueño acababa siempre con un espejo o una piscina de agua o la superficie metálica de una nave, algo que reflejara su cara. Al principio, era siempre la cara de Peter, consangre yuna cola de serpiente saliéndole por la boca. Sinembargo, al cabo de un rato empezaba a ser su cara, vieja y triste, con ojos afligidos por miles de millones de asesinatos, peroeransus ojos, yestaba contento de tenerlos.
Ese era el mundo en que Ender vivió muchas vidas durante los cinco días de la Guerra de la Liga.
Cuando se despertó, de nuevo estaba tendido enla oscuridad. Podía oír a lo lejos el estallido de las explosiones. Escuchódurante unrato. Luegooyó unos pasos suaves.
Se dio la vuelta y disparó una mano, para agarrar a quien se movía sigilosamente. Efectivamente, agarró la ropa de alguien y tiró de él hacia sus rodillas, listo para matarlo si era necesario.
—¡Ender, soy yo, soy yo! Conocía la voz. Surgía de su memoria como si viniera de mil años
atrás enel tiempo.
—Alai.
—Salaam, renacuajo. ¿Qué pensabas hacer, matarme?
—Sí. Creí que intentabas matarme.
—Intentaba no despertarte. Bueno, al menos te queda algúninstinto de supervivencia. Por lo que
dice Mazer, te estabas convirtiendoenunvegetal.
—Lointenté. ¿Qué sonesas explosiones?
—Hayuna guerra. Nuestra secciónestá bloqueada para mantenernos a salvo.
Ender balanceólas piernas para incorporarse. Nopudohacerlo. Le dolía muchola cabeza.
—No te sientes, Ender. Todo va bien. Parece que la vamos a ganar. No todos los del Pacto de Varsovia se fueronconel Polemarch. Muchos se vinieronconnosotros cuando el Estrategos les dijo que tú eras leal a la F.I.
—Estaba dormido.
—Parece que mintió. No estabas conspirando en tus sueños, ¿verdad? Algunos rusos que vinieron nos dijeron que cuando el Polemarch les ordenó buscarte y matarte, casi le matan a él. Sientan lo que sientan por las demás personas, Ender, a ti te quieren. Todo el mundo vio nuestras batallas. Vídeos día ynoche. He visto algunos. Contuvoz dando las órdenes. Todo está allí, no hay nada censurado. Es material del bueno. Tienes futuroenlos vídeos.
—No creo —dijoEnder.
—Estaba bromeando. ¿Qué te parece? Ganamos la guerra. Estábamos tan ansiosos por crecer para poder luchar en ella, y al final lo hicimos nosotros. ¡Unos críos! —Alai se rió—. Fuiste tú. Fuiste muybueno, jefe. Nosabía cómonos sacarías de la última. Perolohiciste. Fuiste muybueno.
Ender se dio cuenta de que hablaba enpasado. Era bueno.
—¿Qué soyahora, Alai?
—Todavía eres bueno.
—¿Enqué?
—En... todo. Hayunmillónde soldados que te seguiríanhasta el findel universo.
—No quiero ir al findel universo.
—¿Dónde quieres ir entonces? Te seguirán. «Quiero ir a casa —pensó Ender—, pero no sé dónde está.»
Las explosiones se tornaronensilencio.
—Escucha eso —dijo Alai. Escucharon. La puerta se abrió. Alguien estaba de pie. Alguien
pequeño.
—Ha acabado —dijo.
Era Bean. Comopara ratificarlo, se encendieronlas luces.
—Hola, Bean—dijoEnder.
—Hola, Ender.
Petra le siguió, conDinkcogidode la mano.
Vinierona la cama de Ender.
—¡Eh!El héroe está despierto —dijoDink.
—¿Quiénha ganado? —preguntóEnder.
—Nosotros, Ender —dijoBean—. Túestabas allí.
—No está tanloco, Bean. Quiere decir quiénha ganado justoahora.
Petra cogióla manode Ender.
—Hubo una tregua en la Tierra. Han estado negociando durante días. Finalmente acordaron
aceptar la propuesta de Locke.
—No sabe lode la propuesta de Locke...
—Es muy complicada, pero en lo que se refiere a nosotros significa que la F.I. seguirá existiendo, pero sin el Pacto de Varsovia. Por consiguiente, los marines del Pacto de Varsovia vuelven a sus casas. Creo que Rusia estuvo de acuerdo porque tienen una revuelta de los ilotas eslavos. Todo el mundoha sufrido. Aquí murieronunos quinientos, peroenla Tierra fue peor.
—El Hegemonha renunciado —dijoDink—. Reina la confusiónallá abajo. Anadie le importa.
—¿Estás bien? —le preguntó Petra, tocándole la cabeza—. Nos asustaste. Decían que estabas loco, ynosotros decíamos que los locos eranellos.
—Estoyloco —dijoEnder—. Pero creo que estoybien.
—¿Cuándolodecidiste? —preguntóAlai.
—Cuandocreí que me ibas a matar, ydecidí matarte a ti primero. Me imaginoque, simplemente, soyunasesino hasta la médula. Peroprefieroestar vivoque muerto.
Se rieron y estuvieron de acuerdo con él. Luego Ender empezó a llorar y a abrazar a Bean y Petra, que estabanmás cerca.
—Os eché de menos —dijo—. ¡Tenía tantas ganas de veros!
—Lohicimos muymal —respondióPetra. Besóla mejilla de Ender.
—Lo hicisteis magníficamente —le dijo Ender—. A los que más necesitaba los quemé antes. Una mala planificaciónpor mi parte.
—Todos estamos bienahora —dijo Dink—. No le ha pasado nada malo a ninguno de nosotros, que nose pudiese curar concincodías de reposoenhabitaciones bloqueadas.
—Ya no tengo que ser vuestro comandante, ¿verdad? —preguntó Ender—. No quiero mandar a nadie nunca más.
—Notienes que dar órdenes a nadie —dijo
Dink—. Perosiempre serás nuestrocomandante.
Se quedaronensilenciodurante unmomento.
—¿Qué haremos ahora? —preguntóAlai—. La guerra conlos insectores ha acabado, ytambién la guerra de allá abajo, e inclusola guerra de aquí. ¿Qué haremos ahora?
—Somos unos críos —dijo Petra—. Probablemente nos harán ir a la escuela. Es la ley. Tienes que ir a la escuela hasta que tengas diecisiete años.
Se rieronde eso. Se rieronhasta que les corrieronlas lágrimas por las mejillas.