10 - DragÓn

—Tiene que ser una orden, , coronel Graff. Los ejércitos no se mueven porque un comandante diga «Supongoque es el momento de atacar».
—No soyuncomandante. Soyunprofesor de niños.
—Coronel, señor, admito que iba a por usted, admito que fui un incordio, pero funcionó., todo
funcionó exactamente comoustedquería. Enlas últimas semanas Ender inclusoestá, está...
—Alegre.
—Contento. Lo está haciendo bien. Sumente es sagaz, sujuego es excelente.Apesar de sucorta edad, nunca hemos tenido unmuchacho mejor preparado para el mando. Normalmente lo lograna los once, peroél, connueve ymedio, está ya enla cumbre.
—Bueno, sí. Durante unos minutos, incluso se me ocurrió pensar qué clase de persona hay que ser para curar algunas heridas de unniño destrozado conel único objeto de poder arrojarlo de nuevo a la batalla. Unpequeño dilema moral privado. Por favor, olvídelo. Estaba cansado.
—Salvar al mundo. ¿Lo recuerda?
—Hágale venir,
—Estamos haciendoloque se debe hacer, coronel Graff.
—Venga, Anderson, se está muriendo de ganas por ver cómo se desenvuelve con todos esos
juegos trucados que le hice desarrollar.
—Es una forma unpocorastrera de...
—Así que soy un tipo rastrero. Venga, mayor. Los dos somos la escoria de la Tierra. Yo
también me estoy muriendo de ganas por ver cómo se desenvuelve. Al fin y al cabo, nuestras vidas
dependende que lohaga realmente bien. ¿Vale?
—¿Me imaginoque nova a empezar a emplear la jerga de los muchachos?
—Hágalo venir., mayor. Volcaré los listados en sus ficheros y le devolveré su sistema de
seguridad. Lo que le estamos haciendonoes del todomalo. Recupera de nuevosuintimidad.
—Aislamiento, quiere usteddecir.
—La soledaddel poder. Dígale que venga.
—Sí, señor, estaré de vuelta conél enquince minutos.
—Adiós. ... Si señor, siseño, zizeñor. Espero que te hayas divertido, espero que te lo hayas pasado bien, bien, siendo feliz, Ender. Puede que sea la última vez en tu vida. Bienvenido, muchachito. Tuqueridotío Grafftiene planes para ti...
Ender sabía lo que ocurría desde el momento en que le hicieron ir. Todos esperaban su pronto ascenso a comandante. Quizá no tan pronto, pero no había encabezado las clasificaciones casi ininterrumpidamente durante tres años. No había nadie ni remotamente cerca de él, y sus prácticas nocturnas se habíanconvertido enlas de más prestigio de la escuela.Algunos se preguntabanpor qué habíanesperadotanto tiempolos profesores.
Se preguntaba qué escuadra le asignarían. Tres comandantes estaban a punto de graduarse, incluida Petra, pero no había ninguna esperanza de que le asignaran la escuadra Fénix; nadie había conseguidoser comandante de la misma escuadra enla que estaba cuandofue ascendido.
Anderson le llevó primero a sus nuevas dependencias. Eso lo hacía definitivo; sólo los comandantes tenían habitaciones privadas. Luego hizo que le tomaran las medidas para que le hicierannuevos uniformes yunnuevo traje refulgente. Miró el emblema para descubrir el nombre de suescuadra.
Dragón, decía el emblema. Nohabía ninguna escuadra Dragón.
—No he oído hablar nunca de ninguna escuadra Dragón—dijoEnder.
—Porque enlos últimos cuatro años no ha habido ninguna escuadra Dragón. Dejamos de usar el nombre porque pesaba una supersticiónsobre ella. Ninguna escuadra Dragónllegó jamás a ganar un
terciode sus juegos de la historia de la Escuela de Batalla. Se convirtióenunchiste.
—Entonces, ¿por qué la resucitanahora?
—Tenemos muchos uniformes de sobra.
Graff se sentó enla mesa; parecía más gordo ymás preocupado que la última vezque Ender lo vio. Entregó a Ender sugancho, la pequeña caja que utilizabanlos comandantes durante las prácticas para ir de un sitio a otro de la sala de batalla. En las sesiones de prácticas nocturnas, Ender deseó muchas veces tener un gancho, en vez de tener que rebotar en las paredes para ir adonde quería. Ahora que había conseguido maniobrar condestreza sinnecesidadde gancho, se lodaban.
—Sólo funciona —señaló Anderson— durante las sesiones prácticas programadas regularmente.
Como Ender ya tenía planeado realizar prácticas adicionales, eso significaba que el gancho sólo sería útil una parte del tiempo. Eso explicaba también por qué muchos comandantes no realizaban prácticas adicionales. Dependían de los garfios y estos no les servían de nada durante el tiempo adicional. Si creían que el garfio era su autoridad, su poder sobre los otros chicos, entonces había aún menos posibilidades de que trabajaran sin él. «Es una ventaja que tendré sobre algunos enemigos», pensó Ender.
El discurso de bienvenida de Graff se mostraba aburrido y excesivamente ensayado. Sólo al final parecía empezar a mostrar interés ensus propias palabras.
—Estamos haciendo algo inusual con la escuadra Dragón. Espero que no te importe. Hemos ensamblado una escuadra nueva, adelantando el equivalente a un curso completo de reclutas y postergando la graduación de unos cuantos estudiantes del último curso. Creo que estarás contento conla calidad de tus soldados. Esperoque loestés, porque te prohibimos que traslades a ninguno.
—¿No hayintercambios? —preguntó Ender. Los comandantes apuntalabanasí sus puntos flacos, haciendointercambios.
—Ninguno. Has estado dirigiendo tus sesiones de prácticas adicionales durante tres años. Tienes seguidores. Muchos soldados excelentes presionarían a sus comandantes para que les cambiarana tuescuadra. Te hemos dado una escuadra que, conel tiempo, puede ser competitiva. No tenemos ninguna intenciónde permitir que ejerzas undominiodesmesurado.
—¿Yqué pasa si tengounsoldadoconel que nome llevobien?
—Llévate bien.
Graffcerrólos ojos. Andersonse levantó yla entrevista concluyó.
A Dragón se le asignaron los colores gris, naranja, gris; Ender se puso su traje refulgente y después siguió las bandas de luz hasta llegar al cuartel que alojaba a su escuadra. Ya estaban allí,
arremolinándose enlos alrededores de la entrada. Ender tomóel mando inmediatamente.
—Las literas se asignaránpor antigüedad. Los veteranos al fondo, los nuevos delante.
Era al revés de la norma habitual, y Ender lo sabía. También sabía que no quería ser como muchos comandantes, que ni siquiera veían a los chicos más jóvenes porque siempre estaban al fondo.
Mientras se ordenabansegúnsus fechas de llegada, Ender iba yvenía por el pasillo. Casi treinta soldados eran nuevos, recién llegados de los grupos de lanzamiento, sin ninguna experiencia en batallas. Algunos eran incluso menores de edad; los que estaban más cerca de la puerta eran patéticamente pequeños. Ender se acordó de que ésa debía haber sido la impresión que causó a Bonzo Madrid cuando llegó por primera vez. Aún así, Bonzo sólo había tenido que soportar a un soldadomenor de edad.
Ni uno solo de los veteranos pertenecía al grupo de prácticas de élite de Ender. Ninguno había sido jefe de batallón. En realidad, ninguno era mayor que Ender, lo que significaba que ni siquiera los veteranos tenían más de dieciocho meses de experiencia. Algunos ni siquiera le eran familiares, tanpobre era la impresiónque causaban.
Naturalmente, ellos sí reconocieron a Ender, pues era el soldado más célebre de la escuela. Y algunos, Ender pudo verlo, le guardaban rencor. «Al menos me han hecho un favor; ninguno de mis soldados es mayor que yo.»
Una vez que cada soldado tuvo una litera, Ender les ordenó que se pusieran sus trajes refulgentes yfuerana hacer prácticas.
—Estamos en la lista de las mañanas, derechos a las prácticas después del desayuno. Oficialmente tenéis una hora libre entre el desayuno y la práctica. Veremos qué pasa una vez que descubra qué tal sois.
Al cabo de tres minutos, aunque muchos no estaban todavía vestidos, les ordenó salir de la
habitación.
—¡Peroestoydesnudo!—dijounchico.
—Vístete más rápido la próxima vez.Alos tres minutos de la primera llamada, corriendo por la puerta; ésta es la norma de esta semana. La semana próxima la norma es dos minutos. ¡Moveos!
Pronto correría por el resto de la escuela el chiste de que la escuadra Dragónera tanpatosa que tenía que hacer prácticas de vestirse.
Cinco de los chicos estaban totalmente desnudos, y corrían por los corredores acarreando sus trajes refulgentes; pocos estaban totalmente vestidos. Llamaban mucho la atención cuando pasaban por las puertas abiertas de algúnaula. Ningunovolvería a retrasarse si lo podía evitar.
En los corredores que conducían a la sala de batalla, Ender les hizo correr de un lado a otro, rápido, para que sudaran un poco, mientras los desnudos se vestían. Luego les condujo a la puerta superior, la que daba al centro de la sala de batalla, exactamente igual que las puertas de los juegos de verdad. Después les hizo dar unsalto yutilizar los asideros del techo para arrojarse al interior de la sala.
—Reuníos enla paredopuesta —dijo—. Como si fuerais a por la puerta del enemigo.
Descubrían su preparación a medida que saltaban, de cuatro en cuatro, por la puerta. Casi ninguno sabía cómo establecer una línea directa hacia el objetivo, y cuando llegaban a la pared opuesta, muypocos nuevos teníanalguna idea de cómoagarrarse oinclusocontrolar los rebotes.
El último en salir fue un chico pequeño, obviamente menor de edad. No había ninguna posibilidadde que consiguiera llegar al asiderodel techo.
—Puedes utilizar unasidero lateral, si quieres —dijo Ender.
—¡Utilízalo tú! —dijo el chico. Remontó el vuelo de un salto, tocó el asidero del techo con la punta de un dedo y salió disparado por la puerta sin ningún tipo de control, girando en tres direcciones a la vez. Ender intentó decidir si le gustaba el pequeño por su negativa a aceptar concesiones osi le molestaba por suactitudinsubordinada.
Finalmente, consiguieronreunirse a lo largo de la pared. Ender advirtió que todos sinexcepción se habían alineado con las cabezas en la misma dirección en que habían estado en el corredor. Por eso, Ender se agarró deliberadamente a lo que ellos consideraban el suelo y se colgó de él boca abajo.
—¿Por qué estáis boca abajo, soldados? —inquirió.
Algunos comenzarona darse la vuelta.
—¡Atención!
Se quedaronquietos.
—¡He dichoque por que estáis boca abajo!Nadie respondió. Nosabíanqué quería.
—¡Dije que por qué todos ycada uno de vosotros tenéis los pies enel aire yla cabeza contra el suelo!
Finalmente, hablóunode ellos.
—Señor, ésta es la direcciónenque estábamos al salir por la puerta.
—¡Bien, y qué importancia tiene eso! ¡Qué importancia tiene que hubiera gravedad en el
corredor!¿Vamos a luchar enel corredor? ¿Haygravedadaquí?
—No, señor; no, señor.
—Apartir de ahora, olvidaos de la gravedad antes de cruzar esa puerta. La vieja gravedad ha desaparecido, se ha difuminado. ¿Me entendéis? Cualquiera que sea vuestra gravedad cuando llegáis a la puerta, recordad esto: la puerta del enemigo está abajo. Vuestros pies apuntanhacia la puerta del enemigo. Arriba es hacia vuestra puerta. El norte está en esa dirección, el sur está en esa dirección, el este está enesa direcciónyel oeste está... ¿enqué dirección?
La señalaron.
—Es lo que suponía. El único proceso que habéis asimilado es el proceso de eliminación, y la única razónde que lohayáis asimiladoes porque lopodéis hacer enel lavabo. ¡Qué clase de circoes éste! ¿Aeso llamáis vosotros una formación? ¿Aeso llamáis vosotros volar? ¡Venga, a lanzarse y a formar enel techotodoel mundo!¡Ahora mismo!¡Moveos!
Tal como Ender esperaba, unos cuantos se lanzaron instintivamente, no hacia la pared donde estaba la puerta, sino hacia la pared que Ender había llamado norte, la dirección que era arriba cuando estaban en el corredor. Por supuesto, pronto se dieron cuenta de su error, pero demasiado tarde; para cambiar sucurso teníanque esperar a rebotar enla parednorte.
Mientras tanto, Ender los estaba agrupando mentalmente en aprendices lentos y aprendices rápidos. El más pequeño, el último ensalir por la puerta, fue el primero enllegar a la pared correcta, y se agarró con maña. Estuvieron acertados en promocionarle. Lo haría bien. Era también gallito y rebelde, y probablemente estaba resentido porque era uno de los que Ender había enviado desnudos por los corredores.
—¡Tú!—dijoEnder, señalandoal pequeño—. ¿Qué direcciónes abajo?
—Hacia la puerta del enemigo.
La respuesta fue rápida. Tambiénfue arisca, como diciendo, «VALE, VALE, ya puedes pasar a
otra cosa».
—¿Tunombre, pequeño?
—El nombre de este soldadoes Bean[2], señor.
—¿Te lo pusieron por el tamaño o por el cerebro? —Los otros chicos comenzaron a reírse—. Bien, Bean, es correcto lo que dices. Ahora, escuchadme, porque esto es importante. Nadie va a pasar por esa puerta sinuna granprobabilidad de que le acierten. Enlos viejos tiempos, se disponía de diez, de veinte segundos, antes de que hubiera que empezar a moverse. Ahora, si no os habéis desplegado para cuando sale el enemigo, estáis congelados. Ahora bien, ¿qué pasa cuando te congelan?
—No te puedes mover —dijouno de los chicos.
—Esoes loque significa la palabra congelado —dijoEnder—. ¿Peroqué le pasa a uno?
Fue Bean, enabsolutointimidado, quienrespondióinteligentemente:
— Sigues avanzando en la dirección en que ibas. A la velocidad con que ibas cuando te iluminaron.
—
Es cierto. ¡Vosotros cinco, los del final, moveos
Sobresaltados, los chicos se miraron. Ender los irradióa todos.


—
¡Los cinco siguientes, moveos!


Se movieron. Ender los irradió también, pero continuaron moviéndose, dirigiéndose hacia las paredes. Los cincoprimeros, sinembargo, estabana la deriva enlas cercanías del grupoprincipal.
— Mirad a esos pseudosoldados — dijo Ender — . Sucomandante les ordenó moverse yahora, miradles. No sólo están congelados, están congelados precisamente aquí, donde pueden ser un estorbo. Mientras los otros, al moverse cuando así se les ordenó, están congelados allá abajo, taponando las líneas del enemigo, bloqueando la visióndel enemigo. Me imagino que al menos cinco de vosotros habréis entendido lo que quiero decir. Y sin duda Bean es uno de ellos. ¿No es así, Bean?
No respondió al principio. Ender le miróhasta que dijo:
—
Así es, señor.

—
Entonces ¿qué es lo esencial?
—Cuando se te ordena moverte, muévete rápido, para que, si te congela, rebotes de un lado a



otro envezde quedarte quietoobstaculizandolas operaciones de tuescuadra.
—Excelente. Al menos tengounsoldado capazde comprender las cosas.
Ender podía ver crecer el resentimiento en la forma en que los otros soldados balanceaban los cuerpos yse intercambiabanmiradas, enla forma enque evitabanmirar a Bean. «¿Por qué hagoesto? ¿Qué tiene que ver esto con ser un buen comandante, convertir a un chico en el blanco de todos los demás? ¿Simplemente porque me lo hicieron a mí tengo que hacérselo a él?» Ender quiso rectificar sumofa del chico, quiso decir a los demás que el pequeño necesitaba suayuda ysuamistad más que nadie. Pero no lo podía hacer. No el primer día. El primer día, incluso sus errores teníanque parecer parte de unplanbrillante.
Ender se enganchómás cerca de la paredytiró de unode los chicos apartándolode los demás.
—Manténel cuerpoderecho —dijoEnder.
Hizo girar al chico en el aire con sus pies apuntando hacia los demás. Cuando el chico estaba
todavía girando, Ender loirradió. Los demás se rieron.
—¿A qué parte de su cuerpo podrías disparar? —preguntó Ender a un chico que estaba justo
debajode los pies del soldadocongelado.
—Los pies es casi loúnico que puedoacertar.
Ender se volvióhacia el chicoque tenía al lado.
—¿Ytú?
—Puedover sucuerpo.
—¿Ytú?
Unchicoque estaba unpocomás abajorespondió:
—Todo.
—Los pies nosonmuygrandes. No es una granprotección.
Ender empujó hacia afuera al soldado congelado. Luego dobló las piernas por debajo, como si
se estuviera poniendo de rodillas enel aire e irradió sus piernas. Inmediatamente, las perneras de su
traje se volvieronrígidas, manteniéndose enesa posición.
Ender diouna voltereta enel aire para ponerse de rodillas por encima de los demás chicos.
—¿Qué veis? —preguntó.
—Muchomenos —respondieron.
Ender empotrósupistola entre las piernas.
—Veo bastante —dijo, y procedió a irradiar a los chicos que estaban debajo de él—. ¡Detenedme!—gritó—. ¡Intentad iluminarme!
Al final lo consiguieron, pero no hasta que hubo irradiado a untercio del grupo. Presionó conel dedopulgar sugancho yse deshelóa sí mismo ya los demás soldados congelados.
—Ahora —dijo—, ¿cuál es la direcciónde la puerta del enemigo?
—¡Abajo!
—¿Ycuál es nuestra posiciónde ataque?
Algunos comenzaron a responder con palabras, pero Bean respondió tirándose a la pared con las piernas dobladas por debajo, recto hacia la pared opuesta, irradiando entre las piernas todo el camino.
Por la mente de Ender cruzó el deseo de dispararle, de castigarle; luego recapacitó, rechazó ese impulsotanpocogeneroso. ¿Por qué habría de enfadarme conese pequeño?
—¿Es Beanel únicoque sabe hacerlo? —gritóEnder.
Inmediatamente, toda la escuadra tomó impulso para dirigirse a la pared opuesta, poniéndose de rodillas en el aire, disparando entre las piernas, gritando con toda la fuerza que le permitían sus pulmones. «Puede que llegue undía —pensó Ender— enque ésta sea precisamente la estrategia que necesite: cuarenta chicos chillando enunataque desconcertante.»
Cuando todos estuvieronenel otro lado, Ender les gritó que le atacaran, todos a la vez. «Sí — pensó Ender—. No está mal. Me handado una escuadra inexperta, sinveteranos sobresalientes, pero al menos noes unmontónde tontos. Puedo sacar algo.»
Cuando estuvieronde nuevo reunidos, riendo alborozados, Ender comenzó el trabajo de verdad.
Les hizocongelar las piernas enla posiciónde rodillas.
—Ahora, ¿para qué sirvenlas piernas enel combate?
—Para nada —dijeronalgunos chicos.
—Beanno está de acuerdo —dijoEnder.
—Es la mejor forma de tomar impulso enlas paredes.
—Correcto —dijoEnder.
Los demás chicos comenzarona quejarse de que tomar impulso enlas paredes era movimiento, nocombate.
—No haycombate sinmovimiento —dijoEnder.
Se quedaronensilencioyodiarona Beanunpocomás.
—Ahora bien, conlas piernas congeladas de esa manera, ¿podéis tomar impulso enlas paredes?
Ningunose atrevióa responder, por temor a equivocarse.
—¿Bean? —preguntóEnder.
—Nunca lo he intentado, pero quizá poniéndote enfrente de la pared ydoblándote a la altura de
la cintura.
—Sí, pero no. Mírame. Tengo la espalda contra la pared, mis piernas están congeladas. Como estoy de rodillas, mis pies están contra la pared. Normalmente, cuando tomas impulso tienes que empujar hacia abajo yal hacerlodespliegas el cuerpopor detrás comouna. judía verde.
Risas.
—Pero con las piernas congeladas, hago más o menos la misma fuerza pero empujando hacia abajo desde la cadera y los muslos, sólo que ahora empujo los hombros y los pies hacia abajo, proyecto la cadera y cuando la tensión del cuerpo se afloja, nada se extiende detrás de mí. Mirad esto.
Ender forzó las caderas hacia adelante, yeso le proyectó de la pared; enunmomento reajustó su posición y se quedó de rodillas, las piernas hacia abajo, precipitándose hacia la pared opuesta. Aterrizó con las rodillas, se tiró de espaldas contra la pared y, haciendo el salto de la carpa, salió despedidoenotra dirección.
—¡Disparadme!—gritó.

Entonces se puso a girar en el aire mientras tomaba un curso aproximadamente paralelo a los chicos que estaban en la pared opuesta. Como estaba girando, no podían alcanzarle con un haz continuo.
Descongelósutraje yse enganchóde vuelta hacia ellos.
—Esto es enlo que vamos a trabajar durante la primera media hora de hoy. Fortalecer algunos músculos que no sabíais que teníais.Aprender a utilizar las piernas como unescudo ya controlar los movimientos necesarios para girar así. Girar de cerca no sirve de nada, pero de lejos no te pueden herir si estás girando; a esa distancia, el haztiene que dar enel mismo punto durante uninstante, ysi estás girando eso es imposible. Ahora, congelaos ycomenzad.
—¿No va a asignar pistas? —le preguntóunchico.
—No, no voy a asignar pistas. Quiero que tropecéis unos contra otros y aprendáis a salir del apuro, excepto cuando estemos practicando formaciones, y en ese caso normalmente haré que choquéis entre vosotros a propósito. ¡Ahora moveos!
Cuando dijomoveos, se movieron.
Ender fue el último ensalir después de la práctica, pues se había quedado a ayudar a algunos de los más lentos a mejorar su técnica. Habían tenido buenos profesores, pero los soldados sin experiencia, recién llegados de los grupos de reclutas, eran completamente inútiles cuando se presentaba la necesidad de hacer dos o tres cosas a la vez. No era difícil hacer el salto de la carpa con las piernas congeladas, no tenían problemas para maniobrar en el aire, pero lanzarse en una dirección, disparar en otra, girar dos veces sobre sí mismos, rebotar contra una pared haciendo el salto de la carpa, y salir disparando, orientados en la dirección correcta, todo eso estaba muy por encima de sus posibilidades. Ejercicios, ejercicios, ejercicios, era lo único que Ender podía hacer conellos durante algúntiempo. Las estrategias ylas formaciones estaban bien, pero no servían para nada si la escuadra nosabía desenvolverse enla batalla.
Tenía que conseguir que esta escuadra estuviera lista ya. Era comandante antes de tiempo, ylos profesores estaban cambiando las normas, prohibiéndole hacer intercambios, dándole veteranos de poca altura. No tenía ninguna garantía de que le fueran a conceder los tres meses habituales para organizar suescuadra antes de enviarla a la batalla.
Al menos, por las tardes dispondría de Alai y Shen para ayudarle a entrenar a sus nuevos chicos.
Estaba todavía enel corredor que llevaba fuera de la sala de batalla cuando se encontró frente a frente conel pequeñoBean. Parecía enfadado. Ender noquería tener problemas precisamente ahora.
—Hola, Bean.
—Hola, Ender. Pausa.
—Señor—dijoEnder suavemente.
—Sé loque está haciendo, Ender, señor, yse loadvierto.
—¿Me adviertes?
—Puedoser el mejor hombre que ha tenido, peronojuegue conmigo.
—¿Oque?
—Oseré el peor hombre que ha tenido. Lounoolootro.
—¿Yqué quieres, besitos yamor? —Ender se estaba irritando.
Beanparecía despreocupado.
—Quierounbatallón.
Ender se volvióhacia él yse quedómirándole de arriba abajo, a los ojos.
—¿Por qué habrías de tener unbatallón?
—Porque sabría que hacer conél.
—Saber qué hacer conunbatallónes fácil —dijo Ender—. Conseguir que lo haganes lo difícil.
¿Por qué habría de querer unsoldadoseguir a unrenacuajocomotú?
—Austed solíanllamarle así. Lohe oído. He oídoque BonzoMadridsigue haciéndolo.
—Te he hechouna pregunta, soldado.
—Me ganaré surespeto, si ustednome loimpide.
Ender esbozóuna sonrisa.
—Te estoyayudando.
—Yuncuerno —dijo Bean.
—Nadie se habría fijado en ti, excepto para sentir lástima por el pequeño. Pero hoy me he
asegurado de que todos se fijaran en ti. Estarán pendientes de todos los movimientos que hagas.
Ahora loúnicoque tienes que hacer para ganarte turespeto es ser perfecto.
—Así que ni siquiera tengola oportunidadde aprender antes de ser juzgado.
—Pobre chico. Nadie le trata conjusticia. Ender empujósuavemente a Beancontra la pared.
—Te diré cómo obtener un batallón. Demuéstrame que sabes lo que haces siendo soldado. Demuéstrame que hay alguien que está deseando seguirte al campo de batalla. Entonces tendrás tu batallón. Perohasta entonces, ni hablar.
Beansonrió.
—Es justo. Si es verdad que actúa así, seré jefe de batallónenunmes.
Ender se agachóylo agarró por la pechera del uniforme yloempujócontra la pared.
—Bean, cuandodigoque actúode una forma determinada, es que actúo de esa forma.
Bean se sonrió. Ender le soltó y se alejó. Cuando llegó a su habitación se tendió en la cama y tembló.
«¿Qué estoy haciendo? Mi primera sesión práctica, y ya estoy intimidando a la gente como lo hacía Bonzo. Y Peter. Empujando a la gente. Eligiendo a algunos pobres chicos pequeños para que los demás tenganalguiena quienodiar. Todoloque odiaba de uncomandante, yloestoyhaciendo.
»¿Es ley de la naturaleza humana que te conviertas inevitablemente en lo que era tu primer comandante? Si es así, ya puedorenunciar ahora mismo.»
Pensó una y otra vez en las cosas que había hecho y dicho en su primera práctica con su nueva escuadra. ¿Por qué no pudo hablar como lo hacía siempre enel grupo de prácticas nocturnas?Allí no había más autoridad que la maestría. Nunca tuvo que dar órdenes, sólo hacer sugerencias. Pero eso no funcionaría, no, conuna escuadra. El grupo de prácticas informales no tenía que aprender a hacer cosas en conjunto. No tenía que desarrollar un sentimiento de grupo; nunca tuvieron que aprender a mantenerse unidos y confiar los unos en los otros durante una batalla. No tenían que responder instantáneamente a las órdenes.
Y también podía irse al otro extremo. Podía ser tan laxo e incompetente como Rose el Narizotas, si quería. Podía cometer errores estúpidos, hiciera lo que hiciera. Tenía que conseguir disciplina, yeso significaba exigir, yconseguir, una obediencia decidida, rápida. Tenía que tener una escuadra bien entrenada, y eso significaba hacer ejercicios con los soldados una y otra vez, incluso después de que creyeran que habían dominado una técnica, hasta que fuera algo tan natural en ellos que ya notuvieranque pensárselo.
Pero, ¿qué le pasaba con Bean? ¿Por qué había ido a por el más pequeño, el más débil, y posiblemente el más inteligente? ¿Por qué había hecho a Bean lo que los comandantes que él despreciaba le habíanhecho a él?
Entonces recordó que eso no había empezado consus comandantes. Antes de que Rose yBonzo le trataran con desprecio, le habían aislado cuando estaba en el grupo de lanzamiento. Y no había sidoobra de Bernard. Había sidoGraff.
Fueron los profesores los que lo habían hecho. Y no había sido un accidente. Ender se daba cuenta ahora. Era una estrategia. Graff le había separado deliberadamente de los demás chicos, le había impedido acercarse a ellos. Yahora comenzaba a sospechar las razones que había detrás. No era para unificar al resto del grupo; de hecho, eso lo dividía. Graff había aislado a Ender para obligarle a luchar. Para obligarle a demostrar, no que era competente, sino que era mucho mejor que cualquier otro. Ésa era la única manera de ganarse el respeto yla amistad de los demás. Le convirtió en un soldado mejor de lo que, de otra manera, habría sido. También le hizo solitario, temeroso, airado, desconfiado. Y, tal vez, tambiénesos rasgos le hacíanser mejor soldado.
«Eso es lo que te estoy haciendo, Bean. Te estoy haciendo daño para hacer de ti un soldado mejor en todos los sentidos. Para agudizar tu talento. Para intensificar tu esfuerzo. Para mantenerte desconcertado, para que nunca estés seguro de lo que va a pasar a continuación, para que siempre tengas que estar preparado para cualquier cosa, preparado para improvisar, decidido a ganar pase lo que pase. También te estoy haciendo desdichado. Por eso te trajeron conmigo, Bean. Para que pudieras ser igual que yo. Para que pudieras llegar a ser igual que el viejo.
»Yyo, ¿se supone que debo llegar a ser como Graff? Gordo y agrio e insensible, manipulando las vidas de los chicos para que se conviertan en perfectos generales y almirantes prefabricados, listos para conducir la flota endefensa de la patria. Tienes todos los placeres del titiritero. Hasta que te llega un soldado que puede hacer más que cualquier otro. No puedes consentirlo. Rompe la simetría. Tienes que ponerlo enlínea, romperlo, aislarlo, machacarlo hasta que se pone enlínea con los demás.
»Bien, Bean, lo que te he hecho este día, hecho está. Pero te observare, con más compasión de la que te imaginas, y cuando llegue el momento descubrirás que soy tu amigo, y tú el soldado que quieres ser.»
Ender no fue a las clases esa tarde. Se tumbó enla litera yescribió sus impresiones sobre cada uno de los chicos de su escuadra, las cosas favorables que observaba en ellos, las cosas que había que trabajar más. Enla práctica nocturna, hablaría conAlai yresolvería la forma de enseñar a grupos pequeños todolo que necesitabansaber. Al menos, enesonoestaría solo.
Pero cuando Ender llegó a la sala de batalla esa noche, mientras la mayoría estaba todavía comiendo, encontróal mayor Andersonesperándole.
—Ha habido un cambio de las normas, Ender. A partir de ahora, sólo los miembros de la escuadra pueden trabajar juntos en una sala de batalla durante el tiempo libre. Y, por consiguiente, las salas de batalla sólo estarán disponibles siguiendo un programa establecido. Después de esta noche, tusiguiente turnoes dentrode cuatrodías.
—No haynadie haciendo prácticas adicionales.
—Ahora sí, Ender. Puesto que ahora mandas otra escuadra, no quieren que sus chicos hagan prácticas contigo. Es fácil entenderlo. Así que ellos dirigiránsus propias prácticas.
—Siempre he estado en una escuadra distinta a la de ellos. Y sin embargo me enviaban sus soldados para entrenarlos.
—Entonces noeras comandante.
—Me ha dadouna escuadra absolutamente verde, mayor Anderson, señor...
—Tienes unos cuantos veteranos.
—No sonnada buenos.
—Nadie consigue llegar aquí sinser brillante, Ender. Hazque seanbuenos.
—Necesitaba a Alai yShenpara...
—Ya es hora de que crezcas yhagas algunas cosas tú solo, Ender. No necesitas que esos chicos
te aguantenla mano. Ahora eres uncomandante. Así que, por favor, compórtate comotal, Ender.
Ender rebasóa Andersonyse dirigióa la sala de batalla.
—Ya que estas prácticas nocturnas están ahora programadas regularmente, ¿significa eso que
puedo utilizar el gancho?
¿Se llegóa sonreír Anderson? No. Noera posible.
—Ya veremos —dijo.
Ender se volvió de espaldas yse fue a la sala de batalla. Pronto llegó suescuadra, ynadie más;
o bien Anderson esperó por allí para interceptar a cualquiera que fuera al grupo de prácticas de Ender, o había corrido por toda la escuela la noticia de que las tardes informales de Ender habían terminado.
Fue una buena práctica, adelantaronbastante, pero al final Ender estaba cansado ysolo. Faltaba media hora para irse a dormir. No podía ir al cuartel de su escuadra; hacía tiempo que había aprendido que unbuencomandante se mantenía alejado, a menos que tuviera algúnmotivo para hacer una visita. Los chicos necesitabantener una oportunidad de estar enpaz, de descansar, sinque nadie les escuchara para favorecerles odespreciarles enfunciónde lo que decían, hacíanopensaban.
Enconsecuencia, se encaminóa la sala de juegos, donde había algunos chicos que aprovechaban la media hora que precedía al timbre final para establecer apuestas o superar las puntuaciones que habían conseguido en los juegos. Ninguno de éstos parecía interesante, pero de todos modos jugó a uno, unjuego de animacióndiseñado para los reclutas. Aburrido, ignoraba los objetivos del juego y utilizaba la pequeña figura del jugador, unoso, para explorar el escenario animado que le rodeaba.
—Jugando de esa manera, nunca ganarás. Ender sonrió.
—Te he echadode menos enlas prácticas, Alai.
—Estaba allí. Pero tenían a tu escuadra en un sitio inaccesible. Parece que ahora eres importante, ya no puedes jugar conlos pequeños.
—Eres uncodomás altoque yo.
—¡Codo!¿Te ha dichoDios que construyas unarca oalgoasí? ¿Ote ha dadopor lo arcaico?
—No arcaico, sólo arcano. Secreto, sutil, sinuoso. Ya te echo de menos, perro circuncidado.
—¿No lo sabes?Ahora somos enemigos. La próxima vezque me encuentre contigo enla batalla
te azotaré el trasero.
Era burla, como siempre, pero ahora había demasiada verdad detrás. Ahora, cuando Ender oyó a Alai hablar como si todo fuera una broma, le dolió perder a su amigo, y le dolió aún más preguntarse si a Alai le dolía realmente tanpoco como aparentaba.
—Puedes intentarlo —dijo Ender—. Te he enseñado todo lo que sabes. Pero no te he enseñado
todolo que sé.
—Siempre he sabidoque te reservabas algo, Ender.
Una pausa. El osode Ender estaba enapuros. Se subió a unárbol.
—No, Alai, nome reservaba nada.
—Losé —dijo Alai—. Yotampoco.
—Salaam, Alai.
—¡Ay!No habrá.
—¿Qué es loque no habrá?
—Paz. Eso es loque significa salaam. Que la pazsea contigo.
Las palabras trajeron un eco de la memoria de Ender. La voz de su madre leyendo para él dulcemente, cuando era muy pequeño. «No creáis que he venido a traer la paz al mundo. No he venido a traer la paz, sino la espada.» Ender se había hecho una imagen mental de su madre atravesando a Peter el Terrible de una estocada sangrienta, ylas palabras habíanpermanecido ensu mente juntoconla imagen.
El oso murió en silencio. Fue una muerte ingeniosa, con música alegre. Alai ya se había marchado. Sintió como si le hubieran arrebatado una parte de él, un puntal interior que sostenía su coraje ysuconfianza. ConAlai, Ender había llegado a sentir una unidad tanfuerte que le venía a los labios la palabra nosotros más fácilmente que yo, lo que hasta cierto punto era imposible con otros, inclusoconShen.
PeroAlai había dejado algo. Ender, tendido enla cama, dormitando, sintió los labios deAlai en la mejilla mientras murmuraba la palabra paz. El beso, la palabra, la paz estaban todavía con él. «Soy sólo lo que recuerdo, y Alai es mi amigo en el recuerdo con tanta intensidad que no pueden arrancarlo. ComoValentine, el recuerdomás fuerte.»
Al día siguiente se cruzó conAlai en el corredor, y se saludaron, se dieron la mano, hablaron, pero lo dos sabíanque ahora había una pared. Alo mejor se podía abrir una brecha enesa pared, en el futuro, pero por ahora la única conversaciónreal entre ellos eranlas raíces que ya habíancrecido, fuertes yprofundas, por debajo del muro, donde nolas podíanromper.
Lo más terrible, sin embargo, era el temor de que nunca se abriera una brecha en la pared, de queAlai se alegrara de corazónpor la separaciónyestuviera preparado para ser enemigo de Ender. Puesto que ahora no podían estar juntos, debían estar infinitamente distantes, y lo que había sido seguro e inquebrantable era ahora frágil e insustancial. «Desde el momento enque no estamos juntos, Alai es un extraño, porque ahora tiene una vida que no forma parte de la mía, y eso significa que cuandole vea nonos conoceremos.»
Eso le llenó de tristeza, pero no lloró. Estaba acostumbrado. Cuando convirtierona Valentine en una extraña, cuando la utilizaron como un instrumento para manipular a Ender, supo que a partir de ese día no podríaninfligirle heridas lo suficientemente profundas como para hacerle llorar otra vez. Ender estaba segurode eso.
Y con esa ira, decidió que era suficientemente fuerte para derrotarlos. A los profesores, a sus enemigos.