25 - Un dragón despierta

Inicios de verano, 3E1602
[Este a√Īo]

Cuando por fin despert√≥ Kalgalath el Negro de sus ardientes sue√Īos, se encontr√≥ en su guarida familiar. El negro basalto rodeaba al gran wyrm: muchos dir√≠an que la roca estaba caliente, pero no un drag√≥n del Fuego. Aun as√≠, la piedra quemaba al tacto, y el aire ol√≠a a azufre porque la guarida de Kalgalath estaba situada en el interior de una monta√Īa de fuego, extinguida muchos eones atr√°s. Y muy por debajo de la cueva que le serv√≠a de morada, se agitaba la roca fundida de una inmensa caldera volc√°nica hirviente, y el calor despedido por ella se filtraba a trav√©s de las hendeduras abiertas en la insegura base del enorme cono rocoso.
Pero nada de todo ello ocupaba la atenci√≥n de Kalgalath el Negro; por el contrario, el primer pensamiento que tuvo al despertar fue: ¬ęSleeth ha muerto¬Ľ.
El drag√≥n se desperez√≥, desenrollando su enorme mole; asent√≥ en el suelo sus poderosas patas, y luego avanz√≥ poco a poco, desliz√°ndose por las grandes grietas formadas en aquella roca negra como el √©bano. Se movi√≥ por el laberinto, trepando por la roca hasta llegar a la entrada de su guarida, en la ladera exterior de la monta√Īa.
Desplegó sus sentidos para sondear el paisaje que le rodeaba y, después de verificar que se encontraba solo, salió a la luz del día sin temer la luz del Sol, porque Kalgalath era un dragón del Fuego, y, la Prohibición de Adon no le afectaba. Y cuando el gran dragón apareció en la alta cornisa rocosa, brillaba como el ébano o como la noche, porque sus escamas tenían el color del azabache.
A su alrededor se alzaban hacia el cielo los picachos cubiertos de nieve de las monta√Īas del Murall√≥n Sombr√≠o, vestidos todav√≠a con su manto invernal por m√°s que la primavera tard√≠a florec√≠a ya en las llanuras. El Sol de la ma√Īana paseaba su luz entre los riscos, en lo alto unas ligeras nubecillas de vapor sulfuroso ascend√≠an de los bordes del cr√°ter hueco que se hund√≠a en el interior de la monta√Īa formando la gran tapadera de basalto que constitu√≠a el techo de la guarida de Kalgalath en el interior de la monta√Īa de fuego extinguida.
El drag√≥n extendi√≥ sus poderosas alas en el aire g√©lido, hasta alcanzar su m√°xima envergadura, y las pleg√≥ parcialmente hacia atr√°s al tiempo que avanzaba hasta el borde de la cornisa y se deten√≠a all√≠. Delante de √©l, el murall√≥n rocoso ca√≠a a pico sobre la ladera en sombra de la monta√Īa, que segu√≠a descendiendo en una pendiente abrupta y rocosa. Detr√°s de √©l, la roca ascend√≠a en vertical hacia el borde del cr√°ter, situado muy arriba. Pero Kalgalath no se detuvo a admirar la grandeza del espect√°culo que le rodeaba; su mente estaba ocupada en asuntos de muy distinta naturaleza.
Sus grandes m√ļsculos se flexionaron, y con un rugido que reson√≥ y repercuti√≥ una y otra vez entre los riscos helados, provocando avalanchas de nieve y rocas en aquellas alturas desiertas, Kalgalath el Negro se lanz√≥ al aire, batiendo sus inmensas alas musculosas para elevarse en el cielo cer√ļleo.
Y cuando estaba a mucha altura por encima de los hoscos picachos del Murallón Sombrío, enderezó el vuelo al oeste, batiendo con fuerza sus amplias alas oscuras, y proyectó toda su maligna negrura maciza sobre el corazón de Jord.
El largo viaje al este
Mediados y final del oto√Īo, 3E1602
[Presente]
¡Oh! —exclamó Elyn en voz baja, y Thork se volvió y siguió con los ojos la dirección de su mirada, al otro lado del río, hacia el bosque de los Lobos. Pero el enano no vio otra cosa que árboles con hojas que temblaban movidas por el suave céfiro, porque el Mago-
lobo y los draega ya hab√≠an desaparecido. Volvi√©ndose hacia la doncella guerrera, Thork le gui√Ī√≥ un ojo.
—Me pareció ver... —empezó a decir ella, y luego calló.
Cabalgaron hacia el este, legua tras legua, sin decir una palabra, y el silencio creaba un muro fr√≠o e inc√≥modo entre ellos. Incluso cuando se deten√≠an a comer y alimentar a sus monturas, a descansar y a cuidar de sus restantes necesidades, s√≥lo se hablaban con monos√≠labos. Los dos estaban a√ļn resentidos, sinti√©ndose a un tiempo traicionados y traidores, porque hasta la misma ma√Īana de aquel d√≠a no hab√≠a descubierto cada uno de ellos que el otro andaba en busca del Kammerling ¬óel Martillo de la Rabia, el Martillo de Adon¬ó, porque ninguna otra arma podr√≠a conseguir lo que era necesario hacer. Y los dos sab√≠an muy bien que cuando aquella misi√≥n imprescindible, vital, se cumpliera, el arma podr√≠a ser utilizada en la lucha que enfrentaba a sus dos pueblos. Y as√≠, lamentaban haberse conocido nunca, a pesar de lo que hab√≠an llegado a sentir el uno por el otro, y ahora √ļnicamente deseaban estar solos. Pero tambi√©n les hab√≠a dicho el Mago-lobo que ni el uno ni el otro por separado pod√≠an tener esperanza de adue√Īarse del talism√°n de poder, porque el destino y las profec√≠as reg√≠an la suerte de objetos como aqu√©l, y la profec√≠a relativa al Kammerling dec√≠a que se necesitaban dos personas ¬óla que se oculta, la que gu√≠a¬ó y que tanto Elyn como Thork habr√≠an de desempe√Īar un papel, a pesar de ser enemigos, y a pesar de... otras cosas. Y as√≠, no obstante el silencio tenso que se interpon√≠a entre ellos, los dos prosegu√≠an la marcha hacia el este, porque en el este se encontraba el objeto que persegu√≠an.
Todo el d√≠a cabalgaron as√≠, y cuando empez√≥ a caer la noche acamparon junto a unos pinos, a orillas de un r√≠o rumoroso que flu√≠a por un terreno despejado. Thork encendi√≥ un peque√Īo fuego, mientras Elyn frotaba los lomos tanto de Viento como de Cavador, empleando para ello pu√Īados de la larga hierba que crec√≠a en las laderas de las colinas, y despu√©s almohazaba a ambos animales.
Cuando los dos guerreros se sentaron a comer con prisas, el Sol desapareció detrás del horizonte, y la oscuridad empezó a avanzar reptando por la superficie de la tierra. Al acabar su comida, Thork se puso en pie, se lavó las manos en el río y tomó sus armas. Montó la ballesta y colocó en la caja un virote, dejó el hacha al alcance de la mano, y puso su escudo cubierto de piel de dragón y su martillo de combate metálico donde pudiera encontrarlos con facilidad. Luego, volviéndose a Elyn, rompió finalmente el silencio:
¬óAhora comprobaremos si en efecto esa pepita de plata nos protege, porque la oscuridad se nos echa encima, y si Andrak azuza el mal contra nosotros, no tardaremos en saberlo.
También Elyn se había preparado para combatir, con arco y flechas, sable y cuchillo largo al alcance de la mano, pero parecía preocupada por otra cosa. Por fin se puso en pie al otro lado de la hoguera, y dijo lo que tenía en la mente:
¬óThork, hay secretos que se interponen entre nosotros y que son otros tantos obst√°culos en el camino que a√ļn debemos recorrer. Es tiempo de descubrirlos si vamos a seguir adelante juntos, como el Mago-lobo dijo que hab√≠amos de hacer.
¬ĽHemos luchado juntos, codo con codo y en ocasiones espalda contra espalda, frente a las fuerzas de la oscuridad. Hemos luchado incluso cuando parec√≠a que no nos quedaba ninguna posibilidad de sobrevivir. He recibido heridas que iban destinadas a ti, y t√ļ has hecho lo mismo por m√≠. No pod√≠a pedir un camarada mejor.
¬ĽS√© que un enemigo com√ļn nos acosa a los dos, sin importarle nuestras propias opciones, pero t√ļ contradices todo lo que yo pensaba de tu raza, y no alcanzo a comprender c√≥mo puede ser as√≠.
¬ĽLas semanas pasadas me he preguntado c√≥mo pod√≠as ser tal como eres: honorable, resuelto, lleno de cualidades. ¬óElyn hizo una pausa, mirando, no a Thork, sino sus propias manos. Cuando continu√≥, lo hizo en voz muy baja, apenas m√°s que un susurro¬ó: Y me interrogo por tus atenciones hacia m√≠, una compa√Īera (¬°no, una enemiga!) encontrada en el camino. Porque sigue existiendo algo que se interpone entre nosotros: una guerra entre nuestros dos pueblos.
¬ĽCuando emprend√≠ esta b√ļsqueda, mi idea era utilizar el Kammerling contra tu raza al concluir mi misi√≥n. Y t√ļ has admitido lo mismo respecto de los m√≠os. Ahora bien, no puedo compartir contigo una misi√≥n en la que el objeto que busco podr√°, tal vez, volverse contra m√≠ y contra mi pueblo. ¬óLa voz de Elyn reflejaba emoci√≥n, dolor y el recuerdo de muchos acontecimientos presentes en su memoria¬ó. Ya hemos sido, ya he sido yo personalmente perjudicada gravemente por tu gente, y no querr√≠a que eso volviera a ocurrir.
¬ĽPero mi destino parece ligado de alguna manera al tuyo.
¬ĽY ahora nos dirigimos hacia un peligro incalculable, y es preciso eliminar todo tipo de duda antes de enfrentarnos a la prueba final.
¬ĽHasta ahora he evitado cuidadosamente hacer preguntas, y me he limitado a pisar terreno firme en lo que se refer√≠a a nuestras relaciones. Pero ha llegado el momento en que es forzoso que confesemos lo que es verdad y lo que no, porque de otra manera me ser√° imposible continuar adelante.
Miró a Thork a los ojos por primera vez desde que había empezado a hablar, pero ahora fue él quien no pudo sostener su mirada y la bajó para contemplar pensativo el fuego. Aun así, sacudió afirmativamente la cabeza dos veces, con movimientos cortos y bruscos.
¬ó¬ŅQui√©n eres? ¬óLa voz de Elyn temblaba, y parec√≠a al borde de las l√°grimas porque sab√≠a que, cuando √©l contestara, no habr√≠a vuelta atr√°s posible. Pero nada pod√≠a haberla preparado para la respuesta que √©l le dio.
Mirándola directamente a los ojos, Thork contestó, con palabras lentas y medidas que sonaron como el redoble a duelo de las campanas de un funeral:
¬óSoy Thork, hijo de Brak y hermano de Baran, el DelfSe√Īor de Kachar.
A medida que escuchaba, crec√≠an el asombro y el horror de Elyn, y cuando √©l hubo pronunciado la √ļltima palabra, sin advertencia previa ella se abalanz√≥ sobre √©l con los ojos arrasados en l√°grimas, golpe√°ndole con sus pu√Īos.
—¡Asesinos! ¡Criminales! ¡Vosotros matasteis a mi hermano! ¡Habéis matado a mi hermano! ¡A mi gemelo!
Sus pu√Īos golpearon a Thork con ira, pero √©l apenas se defendi√≥ cubri√©ndose con los brazos y apartando a un lado el rostro. Finalmente la atrajo hacia √©l en un fuerte abrazo. Por un momento ella luch√≥, pero luego lo rode√≥ con sus propios brazos y, por segunda vez en su vida, llor√≥ como un ni√Īo perdido y toda su furia se desvaneci√≥, sin dejar m√°s que un rastro de desolaci√≥n.
Y Thork la sostuvo y la consoló, a pesar de que ahora sabía ya quién era ella: Elyn, hija del rey de Jord Aranor, y hermana de Elgo, Condenación de Sleeth, Matador de Brak, ladrón. Y una expresión de intensa angustia se dibujaba en el rostro de Thork.
Al d√≠a siguiente continuaron su cabalgada hacia el este, y de nuevo hablaron poco, porque cada uno de ellos ten√≠a mucho en que pensar. Unas dos horas despu√©s de haber levantado el campo, en su segundo descanso de la ma√Īana, Elyn rompi√≥ finalmente el silencio entre ellos, al divisar un halc√≥n rojo que volaba en c√≠rculos en el cielo azul.
—Ala Roja —murmuró, siguiendo el vuelo con la mirada.
¬ó¬ŅEh? ¬ógru√Ī√≥ Thork, mirando a su alrededor.
—He dicho Ala Roja —repitió Elyn, y la mirada de Thork siguió la dirección de su brazo extendido—. Es igual que mi halcón, Ala Roja, que crié desde que era un polluelo.
Se detuvieron y observaron el método de caza de la rapaz; de tanto en tanto el Sol se reflejaba en las alas extendidas, y el cielo se iluminaba con un relámpago cobrizo.
—Parecen tus trenzas rojas, princesa —dijo Thork absorto, sin darse cuenta de que había hablado en voz alta.
¬ó¬ŅMis trenzas? ¬óElyn se volvi√≥ a mirar al enano, pero los ojos de √©l evitaron encontrarse con los suyos.
¬óEl altivo halc√≥n, se√Īora ¬ódijo Thork por fin¬ó. Brilla como si fuera de oro rojo, lo mismo que tu cabello. Un s√≠mbolo muy adecuado de tu estirpe, un lazo de uni√≥n entre el cazador rojo del los cielos y la cazadora pelirroja de las llanuras.
Elyn desvi√≥ la mirada, y su coraz√≥n se dispar√≥ sin motivo. El halc√≥n rojo trazaba, c√≠rculos m√°s y m√°s altos, hasta no ser m√°s que una peque√Īa mancha en el cielo, que desped√≠a de tanto en tanto un destello cobrizo.
Siguieron cabalgando, y se detuvieron a almorzar junto a un arroyo claro que corr√≠a a trav√©s de una verde pradera. Mientras Thork encend√≠a un peque√Īo fuego, Elyn tom√≥ su honda y se dirigi√≥ a una hondonada, para regresar al poco rato con un solo conejo colgado de su cintur√≥n.
¬óPoca cosa, Thork ¬órefunfu√Ī√≥¬ó. Me temo que no abunda la caza por estos contornos.
¬óAlg√ļn d√≠a, se√Īora, tienes que ense√Īarme a manejar ese tira-piedras tuyo ¬ódijo Thork, que se hizo cargo del conejo y sac√≥ una daga de la bota. Thork se apart√≥ a un lado y empez√≥ a desollar el animal y a prepararlo para el espet√≥n.
¬óNo son piedras, Thork ¬órespondi√≥ Elyn¬ó, aunque en caso de apuro tambi√©n sirven. ¬óHurg√≥ en la bolsa de su cintur√≥n y extrajo una peque√Īa bala de plomo¬ó. Esto es lo que tira, guerrero: las balas de la honda.
Thork dispuso el conejo sobre el fuego y se lavó las manos ensangrentadas en el arroyo. Luego se aproximó a Elyn, tomó la bala de metal de sus manos y le dio varias vueltas entre los dedos.
¬óChod ¬ódijo¬ó. Nosotros llamamos chod a este metal gris. Es muy com√ļn, funde con facilidad y es muy maleable. Pero el trabajo del chod resulta peligroso. Produce una especie de envenenamiento lento. Por lo general, nosotros los ch√Ękka evitamos utilizarlo. ¬óThork tendi√≥ de nuevo la bala a Elyn¬ó. El acero ser√≠a mucho mejor.
Mientras los caballos ramoneaban la hierba, Elyn y Thork se sentaron a vigilar el asado del conejo, y se turnaron en dar vueltas al espetón colocado encima de las llamas.
¬óParece que el talism√°n que nos dio el Mago-lobo nos ha servido de protecci√≥n contra Andrak y sus enviados ¬óobserv√≥ Elyn, rompiendo el silencio¬ó. Al menos nada nos asalta ya en la oscuridad. Nada excepto los recuerdos... y los sue√Īos.
Thork se limitó a dar vueltas al espetón, sin contestar.
Elyn acarició el talismán que colgaba de la correa sujeta a su cuello.
¬óT√ļ entiendes de metales, Thork. ¬ŅQu√© es esta aleaci√≥n?
Thork se volvió a mirar, y luego se acercó un poco más, al tiempo que el asombro agrandaba sus ojos.
¬ó¬°Silvestrella! Esto es silvestrella. ¬óY reverentemente se inclin√≥ a tocar la pepita¬ó. Vosotros lo llam√°is silver√≥n, y no es otra cosa que el metal especial que el propio Adon coloc√≥ en Mithgar. No me extra√Īa que tenga propiedades m√°gicas.
¬ó¬ŅEs tan raro como me han dicho? ¬óElyn tir√≥ de la correa hasta el l√≠mite, y mir√≥ la pepita con nuevos ojos¬ó. Pensaba que era de plata com√ļn, pero ya veo que no lo es.
—Sí, es raro y no tiene precio —respondió Thork—. Sólo se sabe que exista en algunos lugares de Mithgar, y se busca cada gramo con ahínco, porque su valor es inmenso.
Elyn inclinó a un lado la cabeza, y cambió de tema repentinamente.
¬óThork, ¬Ņqu√© quiso decir el Mago-lobo con aquella frase de que, siendo un ch√Ęk, no puedes perder tu propio rastro?
Thork se recost√≥ de nuevo en sus talones y mir√≥ largamente el fuego, hasta el punto de que Elyn crey√≥ que no quer√≠a contestar. Pero entonces, como si acabara de ajustar su mente a alg√ļn aspecto de su relaci√≥n mutua, habl√≥ por fin.
¬óNosotros los ch√Ękka tenemos un don especial que Adon nos concedi√≥: dondequiera que vayamos, a cualquier lugar al que viajemos por tierra, sea a pie o montando un poni, en una carreta o en cualquier otro medio de transporte, el camino que hemos seguido cobra vida en nuestro interior, y podemos seguir nuestras propias huellas sin errar. Hay un antiguo dicho ch√Ęk que lo expresa as√≠: ¬ęPuedo no saber adonde voy, pero siempre sabr√© d√≥nde he estado¬Ľ. Y es cierto, porque podemos con toda facilidad recorrer de nuevo el camino que hemos seguido en una ocasi√≥n anterior, aunque fuera en la mayor oscuridad, con los ojos vendados, sin importar hacerlo hacia adelante o hacia atr√°s, porque siempre podemos reseguir un camino por el que viajamos en alguna ocasi√≥n. Sin ese don, no podr√≠amos vivir en esos laberintos subterr√°neos.
Sin decir más, Thork sacó el conejo del fuego y lo partió en dos, dando a Elyn una de las mitades.
Cabalgaron durante el resto del d√≠a y acamparon en otro lugar protegido por un bosquecillo cuando la noche se les ech√≥ encima. Cuando se hizo oscuro y Elyn hubo extendido su saco de dormir, antes de tenderse en √©l dirigi√≥ una mirada a trav√©s del fuego a su compa√Īero.
—Thork, cuando te golpeé anoche, no fue a ti a quien atacaba, sino a tu linaje. Ya ves, amaba muchísimo a mi hermano.
Un prolongado silencio cayó sobre ambos, roto finalmente por Thork.
¬óComo yo amaba a mi padre.
Dichas esas palabras, Thork bajó la capucha sobre su cabeza y se alejó más allá del alcance de la luz del ruego, perdiéndose entre las sombras.
Las l√°grimas brotaron de los ojos de Elyn, pero no supo con certeza si lloraba por ella misma o bien por Thork.
Todo el d√≠a siguiente cabalgaron en silencio, absorto cada cual en sus propios pensamientos. El cielo se hab√≠a cubierto con una espesa capa de nubes, y un viento fr√≠o soplaba con fuerza, presagiando el invierno que se avecinaba. El pr√≠ncipe ch√Ęk y la princesa humana se envolvieron en sus mantos y siguieron su camino. Al llegar la noche, empez√≥ a caer una lluvia helada, y los dos pasaron una noche desastrosa bajo las goteras de un cobertizo construido apresuradamente por Thork con ramas de tojo y de pino.
En alg√ļn momento de la noche ces√≥ la llovizna helada, y por la ma√Īana, cuando el Sol aparec√≠a en el horizonte, los dos comieron en silencio. El aire matinal era fr√≠o, h√ļmedo e inc√≥modo, y el relente parec√≠a penetrar hasta la m√©dula de los huesos. Con un gemido, Elyn se puso en pie.
—Ay de mí, daría cualquier cosa por una buena taza de té caliente.
Despu√©s de revolver un rato en su equipaje, Thork le tendi√≥ un paquete de color casta√Īo.
¬óSe√Īora, si puedes encender fuego con esta le√Īa h√ļmeda, los dos beberemos t√©.
¬ó¬°Ja! ¬óbrome√≥ Elyn, al tiempo que arrebataba el paquete a Thork¬ó. Me impones tareas imposibles, ¬Ņno es eso? Pero ¬°espera! Despu√©s de todo, quiz√° encontremos la manera.
Y con una risa ahogada, la princesa rebusc√≥ entre sus propios b√°rtulos y sac√≥ una peque√Īa linterna. Despu√©s de abrir el cierre met√°lico, separ√≥ de la base el tubo de la l√°mpara, de paredes cuadradas de bronce y cristal; y con su ayuda, en un santiam√©n obtuvo una llama viva. Thork, entretanto, ten√≠a ya dispuesto un pote de agua que suspendi√≥ sobre la llama.
Despu√©s de un rato, agachados junto a los le√Īos que ard√≠an, los dos sorb√≠an el t√© caliente y espeso, paladeando con avidez el olor, el sabor y el calor de la bebida. Y mientras saboreaban su victoria conjunta sobre la naturaleza, miraban el panorama despejado que se desplegaba ante ellos en direcci√≥n este, porque all√≠, en alg√ļn lugar oculto situado m√°s all√° del horizonte, se encontraba su objetivo. Durante un rato siguieron sentados en silencio, pero finalmente Elyn dijo:
¬óThork, tengo que decirte una cosa. Hasta hace dos d√≠as, nunca se me hab√≠a ocurrido que otras personas hab√≠an perdido a sus seres queridos en la guerra entre nuestros dos pueblos. Oh, lo sab√≠a si quieres, pero nunca lo hab√≠a sentido. Lo √ļnico que pensaba era que yo hab√≠a perdido a personas a las que amaba. No me hab√≠a detenido a pensar que, cuando muri√≥ Elgo, tambi√©n cay√≥ Brak. Y me negaba a admitir que, en la guerra, los dos bandos sufrieron bajas. Pero no me siento preparada para juzgar sobre la bondad o maldad de las muertes ocurridas entre nosotros..., todav√≠a no. Por esta raz√≥n, te propongo lo siguiente: durante el d√≠a de hoy, mientras cabalgamos hacia el este, yo intentar√© apreciar la justicia de vuestra reclamaci√≥n del tesoro, y t√ļ har√°s lo mismo con respecto a mi punto de vista.
Mientras Elyn hablaba, cuando mencion√≥ la muerte de Brak, Thork se hab√≠a cubierto la cabeza con la capucha, una se√Īal de duelo entre los ch√Ękka. Y cuando ella le pidi√≥ que considerara el punto de vista jordio sobre la propiedad del tesoro, Thork se removi√≥ inc√≥modo, como si se le pidiera hacer algo contrario a su naturaleza. Desvi√≥ la mirada y la dej√≥ perdida en el horizonte de aquel terreno llano y abierto, como si buscara all√≠ alguna clase de respuesta.
¬ó¬ŅThork? ¬óLa voz de Elyn era suave.
El enano se volvió y clavó la mirada en los estanques color esmeralda de los ojos de ella, mientras que los suyos propios se escondían en la sombra de la capucha baja sobre la cabeza. En lo hondo de aquellas profundidades de un verde intenso le pareció hallar finalmente una respuesta, y su incomodidad se desvaneció en la inmensa claridad de la mirada de Elyn.
—Sí —accedió—. Pensaré en ello.
A lo largo de las semanas siguientes prosiguieron su lento viaje al este, y el paisaje que los rodeaba fue cambiando, de modo que despu√©s de las llanuras abiertas aparecieron colinas bajas, macizos de √°rboles y prados que poco a poco se transformaron en bosques y valles estrechos. Encontraron en su camino dos peque√Īas aldeas, y de tanto en tanto pasaban junto a la caba√Īa de un le√Īador o alguna granja aislada. Y cuando llegaban a uno de esos lugares, Elyn pudo darse cuenta de que, mientras llevaba puesta la pepita de silver√≥n, nadie la ve√≠a a ella, y tampoco a Thork. Se quit√≥ el amuleto √ļnicamente el tiempo preciso para obtener el permiso para dormir en un pajar, o para reponer sus v√≠veres, o para alquilar una habitaci√≥n en una posada y poder descansar por alg√ļn tiempo, pero de inmediato volv√≠a a ponerse la piedra. Y a todos los que pudieron verlos durante su viaje les pareci√≥ raro que un enano y una humana fueran compa√Īeros de viaje, aunque pocos llegaron a expresar ese pensamiento en voz alta. M√°s extra√Īo todav√≠a era el hecho de que la mujer fuera armada hasta los dientes, y que el enano llevara un escudo cubierto por un pa√Īo sin ning√ļn blas√≥n ni divisa. Los dos viajaban con las armas y armaduras de los guerreros. Pero las personas que los vieron no hicieron preguntas, porque las monedas de cobre que recibieron de los dos compraban su reserva al mismo tiempo que los alimentos, el refugio bajo techado, el grano para las monturas y otras cosas. Por lo dem√°s, la pareja siempre solicitaba informaci√≥n sobre la direcci√≥n de la Monta√Īa Negra, de la que se dec√≠a que era una morada de magos. Y la respuesta era siempre la misma: una vaga indicaci√≥n hacia el este, acompa√Īada de las palabras ¬ę... en alg√ļn lugar de las monta√Īas por donde sale el Sol, seg√ļn he o√≠do decir¬Ľ.
Todos los que los vieron advirtieron que los dos parec√≠an enfrascados en una profunda discusi√≥n, y que de vez en cuando discrepaban de forma airada, aunque sin gritos. En la primera aldea a la que llegaron, un le√Īador sentado a una mesa vecina explic√≥ el tema de la conversaci√≥n al posadero, al ser preguntado por √©ste, que hab√≠a o√≠do una parte, pero sin encontrarle el menor sentido.
¬óDe'nemigos d'enanos, hablaba √©l. Dice que quien ri√Īe con un enano ti√©'nemigo pa' toa la v√≠a. Dice que los enanos se vengan tarde o temprano, es su manera 'e ser. Y un fulano que se dice Sleeth era su 'nemigo 'e siempre, eso era, y lo ser√° hasta que los propios luceros se mueran, eso dice.
¬óVaya, eso s√≠ que es una novedad ¬órespondi√≥ el posadero, tan maravillado que los ojos se le sal√≠an de las √≥rbitas¬ó. Sleeth es un drag√≥n, seg√ļn dicen. Bueno, ¬Ņy √©l dijo algo m√°s, o le contest√≥ ella alguna cosa?
¬ó¬°Toma! Al poco ella va y habla de una tierra que lleva m√°s de mil quinientos a√Īos abandona, eso dice. Aun as√≠, le pa'ece que, si los enanos nunca 'ejan 'e buscar venganza, pu√©' ser que no hayan acabao con el Sleeth.
¬ęEstonce' √©l dice que si los hombres encuentran que mil quinientos a√Īos son tanto y tanto tiempo, no le extra√Īa que se hagan una idea tan rara 'e la diliencia, o algo as√≠. Dice que mil quinientos a√Īos no son m√°s que cuatro o cinco vidas de ch√Ęk, pero en cambio hacen veinte vidas humanas; son quince generaciones de enanos, pero sesenta o setenta de hombres. ¬°Vaya! ¬ŅNo te hace eso ro'ar la ca'eza?
¬ęEstonce' ella dice algo en vo' baja que no pue'o o√≠r, y es cuando √©l la 'garra por la mu√Īeca como una fiera, y dice: ¬ę¬°Kalgalath el Negro! ¬ŅKalgalath el Negro se lo llev√≥?¬Ľ
¬ĽBueno, ella da un tir√≥n pa' soltarse y menea la ca'eza pa'ecir s√≠, y mira si alguien la ha visto. Yo simulo estar comiendo mi guiso y no enterarme 'e na, pero ellos se levantan y se van, y ya no pue'o o√≠r na m√°s.
¬óSleeth y tambi√©n Kalgalath el Negro. ¬óEl posadero dej√≥ escapar un largo silbido¬ó. Esto es lo m√°s fuerte que he o√≠do en mi vida. ¬°Dos dragones, dos! ¬°Vaya! ¬ŅQu√© asuntos pueden tener un enano y una mujer guerrera con un solo drag√≥n, y menos a√ļn con dos?
¬óEs raro, ¬°vaya que s√≠! ¬ósusurr√≥ el le√Īador, mirando con sigilo a su alrededor¬ó. Me levant√© a segui'los, p√° ver ande se met√≠an, ¬°y ya no estaban en ninguna parte! ¬°Desaparec√≠os como por arte de magia!
Y con estas palabras, tanto el posadero como el le√Īador trazaron en el aire signos de protecci√≥n.
Tales eran las historias que se murmuraban al paso de Elyn y de Thork. All√≠ donde se encontraba con otras personas, aquella pareja desigual de guerreros que buscaba la Monta√Īa de los Magos, hablaba de dragones, de venganzas y de muertes, y aparec√≠a y desaparec√≠a de improviso, no dejaba de provocar un rastro de miradas at√≥nitas.
Ning√ļn enemigo los atac√≥ en el curso de aquel largo viaje, porque el talism√°n que llevaba Elyn los guardaba, tal y como les hab√≠a anunciado el Mago-lobo.
Y cuanto m√°s avanzaban hacia el este, tanto m√°s extra√Īos eran los nativos que encontraban y las lenguas habladas por ellos, m√°s peculiares los acentos, y m√°s les costaba hacerse entender y comprender a su vez las palabras que les dirig√≠an, aun en los casos en que se trataba de dialectos de la lengua com√ļn. Tambi√©n iba variando poco a poco el color de la piel de los habitantes, primero de un tono pardo oscuro y luego con matices amarillentos. Finalmente, los dos llegaron a una regi√≥n en la que no pod√≠an entenderse en ninguna lengua y hab√≠an de comunicarse por se√Īas. Aun as√≠, con una pluma, tinta y un pedazo de pergamino, Thork esboz√≥ el dibujo de una monta√Īa de color oscuro, ennegreci√©ndola hasta que parec√≠a de √©bano. Y despu√©s de se√Īalar el dibujo y de hacer gestos, mostrando las palmas de las manos como para preguntar, recibieron como respuesta vagas indicaciones que apuntaban invariablemente al este.
Hab√≠a pasado ya casi toda la estaci√≥n del oto√Īo, las √ļltimas galas de los √°rboles y los prados se marchitaban ya, y los dos segu√≠an viajando hacia el este, aliment√°ndose con las piezas cobradas por la honda de Elyn, o por su arco, o por la habilidad de Thork con su ballesta, a la que se sumaban los v√≠veres proporcionados por le√Īadores, granjeros y en raras ocasiones alg√ļn posadero o, m√°s infrecuente todav√≠a, el mercado de una aldea. Lo que m√°s los preocupaba; era el grano para sus monturas, pero consiguieron suplementar la hierba fresca del camino con avena, mijo o cebada obtenidos de los dispersos habitantes de aquel pa√≠s. Cuanto m√°s al este viajaban, las noches se hac√≠an m√°s fr√≠as, y los dos se abrigaron con las ropas de invierno que llevaban en sus equipajes respectivos. Tambi√©n Viento y Cavador estaban preparados para aquel fr√≠o creciente, porque su pelaje se hab√≠a transformado gradualmente en una espesa capa lanosa.
Poco a poco, la llanura hab√≠a dado paso a una serie de colinas arboladas, y ahora tambi√©n ese paisaje empez√≥ a variar; el terreno. ascend√≠a de forma continuada, y el arbolado era cada vez m√°s escaso. Finalmente, un d√≠a alcanzaron la cima de un mont√≠culo desierto y vieron ante ellos, a lo lejos, el perfil dentado de una cadena de monta√Īas oscuras con las cumbres nevadas que se alzaban imponentes hacia el cielo desde el terreno progresivamente m√°s abrupto que les serv√≠a de base.
Viajaron durante todo el d√≠a, y tambi√©n el siguiente, y las monta√Īas parec√≠an tan remotas como la primera vez que las vieron. Pero Thork asegur√≥ a Elyn que estaban ya muy cerca.
Y al tercer d√≠a, mientras Elyn aguardaba, protegida bajo unas rocas del desapacible viento del norte, Thork trep√≥ a lo alto de un pe√Īasco que coronaba una de las monta√Īas por las que pasaban, y vio los cuatro picos juntos de que le hab√≠a hablado el Mago-lobo: como los dedos de una mano, seg√ļn la expresi√≥n del magus. Y cuando los hubo visto, pudo divisar tambi√©n, al sur del dedo m√°s meridional, otro pico que parec√≠a el pulgar. Llam√≥ a Elyn y se√Īal√≥ en aquella direcci√≥n; desde ese momento marcharon en direcci√≥n nordeste, en busca del paso situado entre el pulgar y el anular.
Al d√≠a siguiente, y de forma casi s√ļbita, se encontraron ascendiendo por un desfiladero entre enormes riscos gris√°ceos que se alzaban a izquierda y derecha, grandes bloques rocosos perpendiculares, inmensos macizos sombr√≠os rematados en picos gigantescos que parec√≠an vigilar desde remotas alturas su avance, en tanto que los torrentes de monta√Īa se precipitaban furiosos por entre las pe√Īas y saltaban aullando los desniveles formando cascadas espumeantes, libres al fin de la piedra que los aprisionaba; pero aquellos chorros cristalinos volaban unas decenas de metros tan s√≥lo, para golpear de nuevo la piedra testaruda y seguir su fren√©tica carrera, ahora m√°s abajo, siempre en busca de un escape liberador.
Siempre ascendiendo por aquella tierra abrupta, de √°ridos roquedos desiertos y torrentes salvajes, avanzaban a paso lento el caballo y el poni, conducidos a pie por Elyn y Thork, en el aire fino y g√©lido. Y cuando coronaron el paso monta√Īoso, vieron ante ellos un panorama de innumerables picos que se alineaban y se suced√≠an unos a otros hasta perderse en un horizonte invisible.
Pero, hacia el nordeste, una cresta se alzaba por encima de las dem√°s, negra como la noche.



FIN