24 - Ante la puerta

Final de primavera e inicios de verano, 3E1602
[Este a√Īo]

El Sol estaba situado en el cenit cuando la hueste de Jord sali√≥ del paso de Kaagor y se adentr√≥ en los bosques de la ladera meridional de las monta√Īas. Por delante del ej√©rcito cabalgaban entre los √°rboles los exploradores, que rastreaban el terreno al frente y a los lados, asegur√°ndose de que el camino estuviera libre de emboscadas y trampas.
La legi√≥n de Aranor se compon√≠a ahora de casi cinco mil hombres, porque nuevos reclutas se hab√≠an sumado a la hueste en el curso del viaje, engrosando en unas quinientas unidades sus filas. Y aquel ej√©rcito, compuesto en su totalidad por jinetes, avanzaba por la ruta inspeccionada antes por los exploradores, entre los √°rboles de los bosques de la monta√Īa.
Varias leguas atr√°s, y afan√°ndose a√ļn para llegar al paso, rodaban los carros de los suministros, una caravana escoltada por una mesnada de guerreros porque la carga que transportaban ¬óalimentos y forraje¬ó era preciosa, y no pod√≠a permitirse que cayera en manos enemigas. Aun as√≠, la hueste de Aranor llevaba provisiones suficientes, en sacos acondicionados en las sillas de montar y en caballos de carga, para que tanto los hombres como sus monturas pudieran subsistir durante una semana al menos, hasta que la columna de suministros alcanzara al cuerpo principal del ej√©rcito.
Y todav√≠a m√°s atr√°s, ven√≠a el ganado. El enorme reba√Īo no deb√≠a cruzar el paso de Kaagor; por el contrario, se instalar√≠a en las estribaciones cubiertas de hierba de la vertiente norte del Murall√≥n Sombr√≠o, y all√≠ se sacrificar√≠an las reses, se preparar√≠a la carne y se transportar√≠a al otro lado de la cordillera a medida que lo requirieran las necesidades de la hueste.
Pero no era la columna de los suministros lo que ocupaba la mente de Aranor en aquellos momentos. Su atención se centraba en la tierra que se extendía frente a él, porque allí esperaba el enemigo. Y su mirada recorría continuamente los flancos de su ejército en marcha, por donde podía desencadenarse un ataque repentino. Pero poco era lo que alcanzaba a ver, porque las laderas estaban cubiertas por espesos bosques de pinos, y sus verdes agujas ocultaban el terreno a cierta distancia, por más que, de tanto en tanto, consiguiera ver a alguno de sus propios exploradores.
A trav√©s de aquel espeso bosque cabalgaba la legi√≥n, el gran ej√©rcito montado que avanzaba entre los √°rboles: los pinos cedieron su lugar a los √°lamos, los abedules plateados y otras especies de monta√Īa, en muchos de los cuales empezaban a despuntar las hojas nuevas, abandonando su aspecto invernal al calor de la nueva estaci√≥n. Los hombres hac√≠an frecuentes paradas para dar descanso a sus monturas, porque la tierra era abrupta, llena de obst√°culos, y aquel camino dif√≠cil resultaba agotador para los caballos. Adem√°s, en medio del bosque espeso, se ve√≠an obligados a continuos zigzagueos.
El Sol complet√≥ su camino descendente en el cielo mientras ellos segu√≠an avanzando entre los pinos, y sus sombras se alargaron m√°s y m√°s detr√°s de ellos. Aun as√≠, todav√≠a no era noche cerrada cuando la hueste lleg√≥ a las laderas que descend√≠an hacia el valle, orientado hacia el norte, que conduc√≠a a la puerta de Kachar. Aranor y sus comandantes, erguidos sobre sus monturas, alcanzaron a ver desde el l√≠mite del bosque la puerta de hierro de la fortaleza de los enanos. Pero no consiguieron ver si estaba abierta o cerrada, porque aquella zona de la monta√Īa quedaba en sombra, y ninguna luz brillaba en el holt de sus enemigos. Un s√ļbito estremecimiento conmovi√≥ a Aranor, y no pudo saber si se deb√≠a al viento fr√≠o que soplaba por entre los √°rboles de la ladera, o a alg√ļn portento desconocido.
Cuando el alba iluminó el cielo y el día comenzó a extenderse por la tierra, el rey de Jord y sus comandantes estaban ya en pie, en el límite del bosque de abedules plateados. Tras ellos hormigueaba el ejército acampado en el bosque, con todo su perímetro protegido por estacas. Al frente, una suave pendiente alfombrada de césped conducía hasta el fondo de un valle abierto que ascendía en dirección norte, cada vez más empinado, hasta chocar con el duro granito del Murallón Sombrío, que hacía honor a su nombre porque formaba una pared de roca oscura que dominaba con su mole el amplio panorama. Y a lo lejos podía distinguirse ahora la puerta de hierro de Kachar, herméticamente cerrada.
¬óNo me gusta, se√Īor¬ómurmur√≥ el hombre peque√Īo, nervioso y de expresi√≥n astuta que estaba a la izquierda de Aranor, mientras su mirada recorr√≠a toda la longitud del valle¬ó. Es estrecho, ellos tendr√°n la ventaja de la altura, y nuestros corceles se ver√°n obligados a cargar cuesta arriba. Eso har√° que nuestro ataque sea m√°s lento, y nos impedir√° aprovechar toda nuestra fuerza.
¬óS√≠, Vaeran ¬ócontest√≥ Aranor, con rostro preocupado¬ó. Opino lo mismo que t√ļ.
—¡Bah! —exclamó el Reachmariscal Einrich, haciendo girar su cuerpo rechoncho para enfrentarse a Vaeran—. Ellos combaten a pie y carecen de nuestra movilidad, de modo que el terreno no les supondrá ninguna ventaja especial.
¬óS√≠, es cierto. De todas maneras, no me gusta ¬ógru√Ī√≥ Vaeran¬ó. La presencia de obst√°culos que puedan detener a los caballos nunca nos favorece. Y si el terreno es estrecho, las maniobras envolventes se dificultan.
¬ó¬ŅNos repetir√≠ais el tipo de armamento que manejar√°n, o as√≠? ¬ópregunt√≥ el mariscal Rom, con un inconfundible acento norte√Īo.
Aranor se volvió a mirar a Ruric.
¬ó¬ŅMaestro de armas?
—Hachas, martillos de combate y ballestas —intervino Ruric—; ésas son las armas que
vi. También llevan mallas de color negro y, algunos, escudos. —¡Bah! —volvió a exclamar Einrich—. Una lanza enarbolada desde lo alto de un caballo lanzado al galope perfora fácilmente escudos y mallas.
Pero su actitud se hizo m√°s cautelosa.
¬óAhora bien, las ballestas son otro cantar.
—Tal como lo hemos planeado, Einrich, nuestros arqueros se las entenderán con ellos. —La voz del Reachmariscal Richter tenía un tono bajo, pero sus palabras parecían forradas de acero.
¬óMirad, se√Īor ¬ósusurr√≥ el mariscal Boer¬ó. Parece que hay movimiento en la madriguera del tej√≥n.
A lo lejos, por un postigo lateral abierto a cierta altura en la piedra de Kachar, vieron aparecer un grupo de enanos que descendieron por un estrecho tramo de escaleras talladas en la roca hasta el antepatio de granito, enarbolando sus armas, y tomaron posiciones ante las grandes puertas de hierro, como guardia de honor.
¬óCreo que desean parlamentar, se√Īor ¬ódijo Ruric, entre dientes.
—Sí, probablemente tienes razón, maestro de armas —respondió Aranor—. Di a Reynor que venga, porque ha llegado el momento de hablar a esos enemigos codiciosos.
La patrulla de exploradores enanos regres√≥ por una puerta secreta a las salas de Kachar. Siguiendo la laber√≠ntica serie de t√ļneles, marcharon a toda prisa a la c√°mara de la Guerra. All√≠, alineados en torno a una mesa circular, los esperaban los capitanes en jefe de la hueste de los ch√Ękka, presididos por el DelfSe√Īor Baran y el pr√≠ncipe Thork, que se sentaba a su lado.
¬óHemos contado casi cinco mil ladrones, se√Īor Baran -habl√≥ el jefe de los exploradores, un enano joven de barba negra vestido con el uniforme de cuero moteado que les hac√≠a a √©l y a sus compa√Īeros pr√°cticamente invisibles, tanto en medio de los bosques como en las laderas rocosas.
¬óLlevan lanzas, arcos, sables y cuchillos largos. Algunos tienen escudos, exactamente iguales al que llevaba Elgo el Burl√≥n. ¬ĖSe produjo un entrechocar de metales al removerse inc√≥modos los ch√Ękka a la menci√≥n de aquel nombre¬ó. Todos llevan arneses de hierro. Todos van montados.
¬ĽHan acampado en el bosque de Plata, en la ladera este, aqu√≠ ¬óel explorador traz√≥ un tosco c√≠rculo en uno de los mapas desplegados sobre la mesa¬ó; y han puesto centinelas para guardar sus flancos.
¬óEst√°s seguro de su n√ļmero, Dakan. ¬óEl comentario de Thork era una afirmaci√≥n, y no una pregunta.
—Sí, príncipe Thork. —Las palabras de Dakan no admitían la menor duda—. Los contamos cuando atravesaban el paso, volvimos a hacerlo cuando salieron, y los seguimos hasta su propio campamento.
Thork dio un gru√Īido de asentimiento, y se volvi√≥ a Baran.
—Son cinco mil, y nosotros tan sólo tres mil.
—Así es —replicó Baran—, pero por más que seamos tres mil o dos mil, o sólo mil, barreremos a esos bandidos. Todavía recuperaremos lo que en justicia es nuestro.
Alrededor de la mesa se oyeron murmullos de asentimiento.
Baran carraspe√≥ como si se dispusiera a decir algo m√°s, pero en ese momento entr√≥ en la sala un guerrero vestido con la cota de malla negra, y sus firmes pasos hicieron resonar el suelo mientras se dirig√≠a con determinaci√≥n hasta el lugar donde estaba sentado Baran, y dec√≠a unas palabras al o√≠do del DelfSe√Īor. Baran se puso en pie.
¬óUn jinete coronado y un portaestandarte se acercan a la puerta. Parece que vienen a parlamentar. La danza de la Muerte ha empezado.
Baran salió de la sala con Thork a su lado, mientras a sus espaldas los guerreros se apresuraban a seguirlos en medio del estruendo de sus mallas de hierro.
Los guardianes de la puerta de los enanos se mantenían firmes delante del gran portal de hierro mientras observaban a los dos jinetes que ascendían por el valle: uno montado en un corcel de color rojo llama, y tocado con una corona; el otro cabalgando en un corcel gris y enarbolando una bandera, un caballo blanco rampante sobre campo verde. Cuando estaban ya cerca de la puerta, el portaestandarte sopló en un cuerno negro un breve toque imperioso. A alguna distancia de la puerta, detuvieron sus corceles y de nuevo el cuerno dejó escapar la misma nota imperiosa.
En aquel momento, el DelfSe√Īor Baran y el pr√≠ncipe Thork sal√≠an por la poterna y descend√≠an las estrechas escaleras. Cruzaron el antepatio y observaron con atenci√≥n a los jinetes que esperaban en el valle, debajo de ellos.
Baran se volvió a Thork.
—Bajaré allí y hablaré con ese rey jinete, para ver qué es lo que pretende.
—Déjame llevar tu estandarte, Baran —rogó Thork—; no me fío de esos hombres.
¬óNo, Thork ¬órespondi√≥ Baran¬ó. Tampoco yo me f√≠o de ellos, pero si algo me sucediera, t√ļ ser√°s el pr√≥ximo DelfSe√Īor. No podemos ponernos los dos en peligro al mismo tiempo, hermano.
—Baran, el riesgo no es tan grande —insistió Thork—. Mira, el portaestandarte no va armado, como es costumbre entre quienes desean negociar. Parece que vienen a parlamentar.
—¡Bah! —La voz de Baran parecía un ladrido—. No puedes defender dos posturas contrarias, Thork: declaras primero que no te fías de ellos, y un instante después mantienes que sus intenciones son honorables y el peligro es muy remoto. No, hermano, saldré yo, y Bolk será mi portaestandarte.
Baran se volvi√≥ al pelirrojo capit√°n en jefe de la guardia y le hizo una se√Īa; Bolk dej√≥ entonces sus armas y enarbol√≥ la bandera de combate de Kachar, unas hachas de plata cruzadas sobre campo negro. Y los dos caminaron valle abajo, el capit√°n Bolk desarmado y portando el estandarte, y el DelfSe√Īor Baran armado con un hacha colgada a su espalda.
Aranor y Reynor esperaban a caballo, m√°s o menos a media distancia entre las dos paredes rocosas del valle, y vieron aproximarse a los dos enanos. Los dos harlingar hab√≠an evitado el camino que conduc√≠a a la puerta y deliberadamente hab√≠an cabalgado por el centro del valle, para examinar mejor el previsible campo de batalla. Hab√≠an ascendido por el valle alargado, cuyas paredes parec√≠an estrecharse a cada paso de los caballos. As√≠ pasaron delante de la piedra del Reino, en cuya superficie oscura aparec√≠an profundamente incisos los extra√Īos glifos de los enanos. Y cabalgaron por el valle cubierto de hierba, en cuyo centro corr√≠a un arroyo cristalino. Dejaron atr√°s un amplio c√≠rculo de tierra quemada, un lugar en el que deb√≠a de haber ardido una gran pira no mucho tiempo atr√°s aunque los dos jinetes ignoraban a qu√© pod√≠a deberse aquel fen√≥meno. Siguieron ascendiendo por el valle, y durante todo el rato sus ojos se fijaron en el terreno por el que pasaban, valorando su disposici√≥n para la batalla, buscando posibles obst√°culos para los caballos, y pozos o zanjas ocultos. Finalmente se detuvieron, un poco m√°s all√° del alcance de las ballestas, y Reynor hizo sonar en su cuerno el toque a parlamentar. Ahora los enanos hab√≠an respondido porque dos descend√≠an a pie por el valle, y uno de ellos enarbolaba un estandarte plateado que ondeaba a impulsos de la fresca brisa.
La pareja de enanos se detuvo delante de los vanadurin montados, unos seis o siete metros más arriba, y Baran descolgó su hacha y dejó descansar su afilado cabezal en el suelo, apoyándose en el mango.
¬óMi se√Īor Aranor ¬óanunci√≥ Reynor¬ó, √©ste es el emisario Baran, el mismo que plante√≥ la ofensiva reclamaci√≥n sobre el tesoro abandonado.
¬ó¬ŅOfensiva...? ¬óprorrumpi√≥ el capit√°n Bolk¬ó. Este es el rey Baran, DelfSe√Īor de Kachar, superviviente a la falsa traici√≥n de los jinetes, hijo del fallecido Brak. Y ahora, ¬Ņqui√©n es el ladr√≥n coronado que est√° delante de nosotros?
La faz de Reynor se puso escarlata de ira, y habría saltado del caballo de no haber sido por la orden de Aranor.
¬ó¬°Quieto!
Luego Aranor se volvi√≥ hacia Baran, y sus palabras respondieron la pregunta de Bolk, pero dejando claro que se dirig√≠a al DelfSe√Īor, y a nadie m√°s.
—Este así llamado ladrón es Aranor, rey de Jord, padre del fallecido Elgo, príncipe de Jord, Condenación de Sleeth, Libertador de Piedra Negra y legítimo propietario además de efectivo poseedor del botín de Sleeth.
Ahora fue Baran quien apret√≥ rabioso los pu√Īos contra el mango del hacha, hasta que sus nudillos quedaron blancos.
—No podéis devolver el honor a un ladrón simplemente dándole el título de Libertador
o de Condenación de Sleeth, porque sea cual sea el nombre con que lo adornéis, seguirá siendo un ladrón. Si queréis darle su verdadero nombre, llamadlo el Falso Elgo, o Elgo el Burlón. Baran alzó una mano para cortar las duras palabras que acudían a los labios de Aranor, y continuó:
—¡Espera! Si deseas restaurar el honor de vuestra nación, devuélvenos lo que en justicia es nuestro, porque entonces, y sólo entonces, podréis proclamar que sois otra cosa que una nación de ladrones.
¬óEnano codicioso ¬óel tono de voz de Aranor era bajo y peligroso¬ó, si quieres el tesoro que abandonasteis y que mi hijo y sus camaradas supieron conquistar, tendr√°s que arrancarlo de nuestras manos. Y si por alg√ļn procedimiento consegu√≠s arrebat√°rnoslo (algo inconcebible incluso en las fantas√≠as m√°s desbocadas de una imaginaci√≥n calenturienta), entonces todas las naciones de Mithgar os cubrir√°n de desprecio, porque ser√° vuestro por derecho de conquista, por la fuerza bruta, sea cual sea el nombre que quer√°is darle. Porque bajo ning√ļn concepto esas riquezas pueden considerarse propiedad vuestra, y no lo han sido desde hace muchos siglos.
¬ĽPero tambi√©n yo deseo daros un consejo, y lo ofrezco por m√°s que no os veo en disposici√≥n de escuchar: si en el futuro quer√©is conservar vuestro oro, luchad por √©l en lugar de correr a esconderos y abandonar toda reclamaci√≥n sobre √©l; y nunca, nunca, dej√©is que vuestra codicia mediatice la justicia, porque as√≠ s√≥lo conseguir√©is que el justo os aniquile por completo.
A medida que hablaba Aranor, la faz de Baran se oscurecía más y más de ira.
¬óHablas en nombre de lo que llamas la verdad y la justicia, pero veo colocado a tu derecha a una persona que viola la bandera gris, oh poderoso rey de Jord ¬ógru√Ī√≥ el DelfSe√Īor, con los ojos clavados en los de Aranor; y el dardo envenenado dio en el blanco, porque Reynor baj√≥ la vista y no se atrev√≠a a mirar de frente al enano¬ó. Pero no me sorprende ver en tu compa√Ī√≠a a ese violador, porque no me cabe duda de que todos los jinetes est√°n cortados por el mismo patr√≥n defectuoso.
¬ę¬°Esc√ļchame! Hablas como si lo adquirido con nuestro trabajo fuera de tu propiedad por el simple hecho de que se lo quitasteis a un drag√≥n ladr√≥n. Pero el que unos ladrones roben a otros ladrones no cambia el hecho de que la propiedad jam√°s recaer√° en el √ļltimo ladr√≥n que se ha apoderado de ella.
¬óPor Adon, enano ¬óexplot√≥ Aranor¬ó, ¬°no somos ladrones que robamos a otro ladr√≥n! Somos guerreros que dimos muerte a un monstruo y nos adue√Īamos por derecho de conquista de lo que vosotros hab√≠ais abandonado siglos atr√°s. Es vuestra codicia por el oro lo que os hace esgrimir argumentos tan insensatos. Vosotros ser√≠ais los ladrones. Pero, maldita sea, si quer√©is ese tesoro, ¬°tendr√©is que pasar por encima del cad√°ver del √ļltimo de los nuestros para haceros con √©l!
—¡Así es, jinete, así es! —El rostro de Baran estaba negro de ira—. Eso es precisamente lo que nos proponemos hacer. ¡Aquí mismo! —Levantó el hacha, y clavó con violencia la punta metálica del cabezal en el suelo, a sus pies—. ¡Ahora mismo!
Los dientes de Aranor rechinaron de rabia.
¬óAs√≠ ser√°. ¬óY su mirada iracunda se dirigi√≥ al cielo¬ó. Pero no ahora mismo, enano, sino ma√Īana al amanecer.
La respuesta de Baran se abrió paso por entre sus dientes apretados, al tiempo que arrancaba el hacha del suelo.
¬óCuando llegue el daun de ma√Īana.
Y mientras los enanos daban media vuelta y remontaban el camino hasta las negras puertas de hierro de Kachar, los hombres hicieron girar a sus caballos y galoparon valle abajo, en busca del bosque plateado asentado en la lejana ladera.
—Elegí combatir al amanecer porque tendrán el Sol de frente —la mirada sombría de Aranor recorrió los rostros de sus comandantes—, y eso anulará la ventaja de combatirnos desde la altura.
Era de noche, y estaban agrupados en torno a una mesita de campa√Īa, con un plano del valle delante de ellos, iluminado por una linterna. Durante el d√≠a, los exploradores hab√≠an recorrido el campo de batalla, y el plano representaba cada cent√≠metro del valle, haciendo constar todas sus caracter√≠sticas: los mont√≠culos y las hondonadas; las prominencias del terreno; las corrientes de agua, incluidos los m√°s diminutos arroyuelos; las rocas de gran tama√Īo; los lugares de la ladera de la monta√Īa donde podr√≠an apostarse ventajosamente los arqueros; los tramos en los que los caballos habr√≠an de avanzar con mayor lentitud, y aquellos otros en los que podr√≠an galopar libremente; y otras circunstancias √ļtiles para la batalla. Los exploradores vanadurin hab√≠an anotado todos aquellos pormenores.
Y ahora, el rey y sus comandantes estudiaban cuidadosamente el plano, y se√Īalaban d√≥nde pod√≠a adquirirse o perderse la ventaja, seg√ļn fueran las acciones del enemigo al que se enfrentaban. A lo largo de la noche trazaron planes, discutieron estrategias y t√°cticas e intentaron anticipar cada posible movimiento, tanto de las tropas propias como de las enemigas; y alrededor de ellos los guerreros acampados esperaban, y columnillas de humo se elevaban de sus peque√Īos fuegos de campamento, meros puntos de luz en la oscuridad. Encerrados en corrales improvisados, los caballos estaban silenciosos, rumiando su forraje, y de tanto en tanto soltaban alguna coz y un suave relincho. La Luna brillaba en lo alto del cielo. Y a lo largo del per√≠metro del campamento, los centinelas paseaban alerta, atisbando por entre las copas plateadas de los √°rboles. Por √ļltimo, √ļnicamente tres centinelas siguieron despiertos, porque todos los dem√°s hab√≠an sucumbido al cansancio, y muchos hombres se remov√≠an sin cesar en sus sacos, agitados por sus sue√Īos sombr√≠os relativos a la batalla inminente.
En la fortaleza de los enanos de Kachar ocurría exactamente lo mismo.
Cuando el alba se extendi√≥ por la tierra, en la ladera occidental de la monta√Īa se abrieron de par en par las grandes puertas de Kachar, y por ellas salieron los guerreros enanos en lo que parec√≠a una columna interminable. Marcharon cuesta abajo, delante de las puertas, y se desplegaron por la zona norte del valle, marcando con firmeza el paso sobre el suelo herboso. Negras eran sus cotas de malla, sus martillos y hachas reluc√≠an, y la luz del Sol brillaba en sus cinturones. Al frente marchaban los ballesteros, aferrando sus complicadas ballestas, con los dardos dispuestos en aljabas de cuero endurecido. Y en vanguardia marchaba el DelfSe√Īor Baran, junto a un estandarte negro con dos hachas de plata cruzadas que proclamaba el lugar ocupado por el rey de los enanos.
Desde la ladera que dominaba el fondo del valle, Aranor estaba inmóvil sobre los lomos de Llama, y observaba. Tenía a su diestra a Reynor, que enarbolaba la bandera de combate. A derecha e izquierda los flanqueaban los comandantes de los harlingar. Y detrás, en largas filas, se alineaban Jos vanadurin, con sus pendones ondeando al viento: la hueste de Jord.
¬óMi se√Īor ¬ódijo Vaeran¬ó, est√°n formando un cuadro, con la reserva en el centro. Calculo que deben de ser unos dos mil. El flanco que tiene el Sol de frente se apoya en la ladera rocosa; ser√° dif√≠cil, tal vez imposible, desbordarlos por ese sector.
Vaeran hablaba de lo que parec√≠a un antiguo corrimiento de tierras, que hab√≠an rodado desde las cumbres de la monta√Īa hasta el fondo del valle, dejando un rastro de grandes pe√Īascos dispersos que un caballo lanzado al galope no conseguir√≠a sortear. Los enanos aprovechaban ahora aquella masa rocosa para resguardar su flanco expuesto al Sol, con lo que anulaban la estrategia de Aranor basada en un ataque desde la posici√≥n del Sol, para que su brillante luz los cegara.
¬óEn ese caso, mi se√Īor ¬óprorrumpi√≥ el vozarr√≥n de Einrich¬ó, sugiero que los arrollemos con un ataque frontal.
—Hay un detalle, Aranor. —La firme voz de Gannor cortó el aire—. Están tomando posiciones en el punto más estrecho del valle; pero fijaos en su flanco izquierdo; queda un tanto desguarnecido. Creo que con una ligera sonrisa de la Fortuna podemos enviar allí una brigada y abrir hueco.
—Entonces seremos nosotros quienes ataquemos con el Sol de frente —observó Richter—, pero me parece un buen plan, porque podremos romper su cuadro. Os pido que encarguéis a mi brigada esa tarea.
—Así se hará —ordenó el rey Aranor—. Richter avanzará por la izquierda, y los rodeará para atacar su flanco. Einrich, por el centro, hará una carga frontal. Vaeran irá por la izquierda, entre los dos. Y el Hrosmariscal Gannor atacará por la derecha.
¬óY vos, mi se√Īor ¬ópregunt√≥ Vaeran¬ó, ¬Ņd√≥nde os colocar√©is?
—En el mismo centro, Reachmariscal —respondió Aranor-, con la brigada de Einrich.
—¡Ja! —tronó Einrich, y su carcajada hizo retemblar toda su enorme estructura—. Vamos a hacer que esos enanos sedientos de oro canten una canción muy diferente, mi rey.
¬óEn eso conf√≠o, Einrich ¬órespondi√≥ Aranor¬ó. Ahora, comandantes, informad del plan de batalla a vuestros capitanes. -Y empu√Īando su cuerno de toro negro, se puso en pie¬ó. Cabalgaremos cuando yo d√© la se√Īal.
Los enanos segu√≠an evolucionando para colocarse en posici√≥n pero finalmente formaron el cuadro. Ahora se limitaban a peque√Īos movimientos, en el lugar que hab√≠a sido asignado a cada uno.
Aun así, Aranor esperaba.
Por fin, la llamada del cuerno reson√≥ en el valle, despertando ecos en las paredes rocosas del ca√Ī√≥n: ¬°Roo! ¬°Roo! El timbre correspond√≠a a un cuerno de los enanos: Baran anunciaba que esperaba el ataque.
Aranor se llevó a los labios el cuerno de toro negro, y tocó la llamada de los vanadurin: ¡A-ran! [¡Alerta!]
Detrás de él, se agitó el bosque de lanzas de la hueste. Los briosos corceles, como si entendieran el significado de aquel toque o sintieran la tensión de sus jinetes, se encabritaron y recularon, nerviosos o tal vez impacientes por lanzarse a la carrera.
También Llama golpeó el suelo con sus cascos, y caracoleó a izquierda y derecha. Firme en la silla, Aranor alzó de nuevo su cuerno: ¡Taaa! ¡Taaa! [¡Adelante, al paso!]
Y la hueste de Jord avanzó lentamente ladera abajo, como una enorme y poderosa marea viva.
Descendieron al estrecho valle, y entonces: ¡Ta-ta! ¡Ta-ta! [¡Al trote! ¡Al trote!], el paso se avivó.
La hueste avanzaba poderosa, y la tierra temblaba ahora bajo los cascos. ¬°Ta-ti-ta! ¬°Tati-
ta! [¬°A medio galope! ¬°A medio galope!]
Estaban más y más cerca; las dos fuerzas enfrentadas podían ya verse las caras. ¡Tara! ¡Ta-ra! [¡Al galope! ¡Al galope!]
La tierra retumbaba a su paso, y las lanzas descendieron para cargar. Entonces Aranor sopló con fuerza su cuerno, y el toque fue repetido por toda la hueste: ¡Rou! ¡Rou! ¡Rou! La antigua llamada a la carga se extendió por todo el valle, y fue repetido en cientos de ecos por los riscos verticales. Los caballos avanzaron cuesta arriba, lanzados a toda velocidad, las patas convertidas en un torbellino volante que hacía desaparecer el suelo tras él; y el mundo entero parecía temblar. El Sol arrancaba destellos malignos de las puntas de acero de las lanzas, que se movían hacia adelante portadoras de la Muerte para el enemigo.
En vanguardia de la hueste de los enanos, Baran observaba con atención la avalancha irresistible que se precipitaba encima de sus guerreros.
¬ó¬°Ahora, mi se√Īor! ¬ógrit√≥ el corneta, pero Baran esper√≥ a√ļn un instante, hasta sentir que la tierra temblaba bajo sus pies. Y en ese momento, por fin, grit√≥ una orden, y la trompeta dorada toc√≥. De s√ļbito, los virotes lanzados por las ballestas oscurecieron el cielo, y en todo el frente se alzaron picas ocultas hasta ese momento, con las conteras de sus astiles bien hincadas en el suelo, y sus b√°rbaras hojas alzadas amenazadoras al frente.
Los harlingar fueron a estrellarse contra aquella mortal andanada de virotes y la cortante barrera de acero.
Los jinetes tiraron de las riendas e intentaron retroceder al darse cuenta del obstáculo, pero se vieron arrollados por los que venían detrás. Los caballos quedaban empalados en las picas rematadas en puntas de acero y sólidamente arriostradas en el suelo, y caían entre relinchos de agonía. Más y más corceles llegaban al galope e iban a estrellarse en el muro de hierro de los enanos, y jinetes y monturas parecían juntos, desgarrados por los crueles colmillos de la guerra.
Aun as√≠, m√°s harlingar corr√≠an a estrellarse contra el cuadro de los enanos, y los caballos saltaban la barrera frontal y ca√≠an entre las filas de los ch√Ękka, y las lanzas de los vanadurin penetraban en los pechos cubiertos de malla negra de los componentes del pueblo de la barba partida.
Desbordando por el ala izquierda la formaci√≥n de los enanos, Richter condujo la brigada del Reach Este, en un movimiento envolvente, a presionar por el flanco, como la otra pinza de una tenaza dispuesta a aplastar una nuez testaruda. Pero tan pronto como la legi√≥n de los harlingar complet√≥ su movimiento y choc√≥ contra las filas de los enanos, por las grandes puertas de hierro situadas detr√°s apareci√≥ a la carrera un segundo ej√©rcito de ch√Ękka, conducido por un enano que bland√≠a un escudo de piel de drag√≥n que centelleaba como un arco iris, y empu√Īaba en la mano derecha un martillo de combate acerado.
Thork hab√≠a llegado. Y con √©l, carg√≥ un millar de guerreros, que cayeron sobre la retaguardia de la brigada de Richter; tal y como los enanos hab√≠an planeado, los harlingar cayeron en la astuta trampa tendida por los ch√Ękka, y ahora eran los hombres quienes se ve√≠an atrapados entre las pinzas de una tenaza, rodeados por delante y por detr√°s por las afiladas puntas de acero de la legi√≥n de los enanos. Los vanadurin ca√≠an entre gritos de agon√≠a, pero tambi√©n mor√≠an muchos ch√Ękka.
Las picas se quebraban, se hac√≠an a√Īicos las lanzas. El hierro chocaba contra el hierro, el acero se opon√≠a al acero. Los sables tajaban y las hachas ca√≠an. Los martillos aplastaban m√ļsculos y huesos. Las flechas silbaban al volar lanzadas por los arcos, y los mortales virotes se hund√≠an con un golpe sordo en la carne vulnerable. Los caballos coceaban y pisoteaban los cuerpos de los enemigos ca√≠dos con sus cascos letales. Muchos corceles eran derribados, suelo y sus jinetes pasados a cuchillo, y los montadores ca√≠an en el instante siguiente, segados por las hojas relampagueantes de los sables.
La sangre vertida hab√≠a te√Īido de rojo la tierra.
En el asalto inicial, Einrich cay√≥ lanzado por el virote de una ballesta, y su cuerpo macizo qued√≥ reducido a una masa informe bajo los cascos de los corceles de su propia brigada lanzada a la carga. Pero Aranor sobrevivi√≥ porque otro guerrero fue a ensartarse en la pica dirigida contra el rey mientras que Llama, el gran Llama, el gara√Ī√≥n rojo de las verdes riberas del Skymere, con un relincho furioso se elev√≥ por encima de las cabezas de los enanos que formaban la primera fila de la defensa, y se precipit√≥ en el interior del cuadro, dejando al se√Īor de Jord atrapado en medio de sus enemigos. Pero, mientras Aranor golpeaba y se debat√≠a furioso para intentar volver con los suyos, Reynor, con Ruric y un pu√Īado de hombres, consigui√≥ abrir brecha en el cuadro y situarse codo con codo junto a su rey; y el peque√Īo grupo se las arregl√≥ para crear un c√≠rculo impenetrable de acero y abrirse paso hasta escapar de la ira de los ch√Ękka, aunque no todos consiguieron salir sanos y salvos del per√≠metro defensivo de los enanos; m√°s de uno cay√≥ de la silla para no levantarse m√°s, bajo los furiosos golpes de los guerreros enemigos.
Todo era estrépito y furia, ruido de metal, gritos de rabia y gemidos de agonía. Tajos, estocadas, golpes y mazazos, cuerpos atravesados, desgarrados o Aplastados, violencia y confusión, en un caos mortal de hombres, caballos, enanos y helados aceros.
Libre al fin, Aranor galop√≥ por entre la lluvia de proyectiles lanzados por las ballestas hasta un mont√≠culo pr√≥ximo. Tras √©l Ruric, Reynor y otros que hab√≠an sobrevivido al combate en el interior del cuadro. De s√ļbito, el veloz corcel de Reynor tropez√≥ y se derrumb√≥ debajo de √©l, con la cabeza atravesada por un virote. Reynor se vino al suelo, y a duras penas consigui√≥ evitar quedar atrapado bajo el cuerpo del caballo muerto. Aturdido, el joven intentaba ponerse en pie cuando Ruric, que ven√≠a detr√°s, le llam√≥ por su nombre. Reynor mir√≥ a su alrededor y vio que el maestro de armas, que se acercaba al galope, reten√≠a a su caballo y tend√≠a el brazo, doblado por el codo, para coger a su paso al jinete ca√≠do. Cuando Ruric pas√≥ a su lado, Reynor enganch√≥ su brazo en el del maestro de armas y salt√≥; Ruric levant√≥ e hizo girar en el aire al joven, de modo que Reynor se encontr√≥ montado sobre la grupa de Pedernal, detr√°s de la silla. Y con su doble carga, el corcel galop√≥ hasta situarse m√°s all√° del alcance de las ballestas y llegar al mont√≠culo donde estaba ya el rey. Desde all√≠, observaron el caos y la violencia que se agitaban en el campo de batalla.
No había ninguna apariencia de orden entre los vanadurin y en cambio el maltrecho cuadro de los enanos se mantenía firme, a pesar de todo. Además, la brigada de Richter estaba claramente copada, y podía verse brillar un escudo irisado entre los enemigos que la rodeaban.
¬óReynor, toca a retirada ¬óorden√≥ Aranor, con voz llena de amargura. Y nadie protest√≥ su decisi√≥n, porque era evidente que los enanos hab√≠an llevado la mejor parte en la batalla de aquel d√≠a. Reynor se llev√≥ a los labios el cuerno de toro negro y toc√≥ lo que se le hab√≠a ordenado: ¬°Han, ta-ru! ¬°Han, ta-ru! [¬°Retirada! ¬°Retirada!] Todos los que lo oyeron repitieron el toque, y Richter organiz√≥ una carga de su brigada a lo largo de uno de los lados del cuadro, proyectando toda la fuerza que a√ļn le quedaba contra el sector m√°s d√©bil de la tenaza de acero del enemigo; as√≠ pudo galopar por la ladera, abajo hacia la libertad. Rompiendo el cerco en medio de una espesa lluvia de flechas, los maltrechos supervivientes consiguieron por fin reunirse con el resto del ej√©rcito.
Y cuando los harlingar se retiraron, malparados y desanimados, pudieron escuchar a sus espaldas las burlas de los enanos vencedores.
En el centro del valle, las aguas del arroyo corrían tintas en sangre, como una cinta escarlata que envolviera aquel campo de muerte.
¬óEstaba en todas partes ¬ódijo Richter¬ó, el maldito enano del escudo irisado y elterrible martillo... Considero que es su guerrero m√°s poderoso. √Čl solo puede atribuirse la muerte de muchos de los nuestros, y por dos veces lo vi encajar un impacto directo en su escudo reluciente, sin el menor efecto.
¬óEs la piel de drag√≥n que trajo Elgo ¬ógru√Ī√≥ Ruric.
—Con o sin piel de dragón —respondió Richter—, el guerrero que blandía ese relampagueante martillo de acero y el escudo irisado era una pesadilla.
—Pero no invencible, Richter, como pareces sugerir. —Quien hablaba era Vaeran—. No, no es invencible. Y si queremos aplastar a esos enanos sedientos de oro, entonces opino que habremos de ingeniárnoslas para matarlo a él, y eliminar también a su rey.
—Tal vez lo mejor sea un combate singular entre Baran y yo —Aranor removía las brasas del fuego encendido delante de ellos con una rama larga chamuscada—. Y en cuanto al que lleva el escudo que descompone la luz, debe de tratarse de un paladín, o quizá de una persona de la familia real, porque no cabe pensar que un talismán semejante esté en manos de otra persona.
Aranor permaneció pensativo por unos instantes.
¬ó¬°Rach! Fuimos unos est√ļpidos al caer en la trampa que nos tendieron en el flanco. Y tambi√©n deb√≠amos haber previsto que tendr√≠an picas esper√°ndonos. Pero en nuestra imperdonable arrogancia, nos lanzamos contra ellos, en lugar de pensar.
¬óSencillamente, lo que ocurre es que hemos descubierto algo que tendr√≠amos que haber sabido d√©sele el principio, se√Īor ¬ócoment√≥ Vaeran¬ó; que estamos frente a un enemigo astuto. Pero hacedme caso: la pr√≥xima vez que entablemos batalla, seremos nosotros los vencedores.
¬ó¬ŅPero c√≥mo vamos a romper ese cuadro, Vaeran? ¬óLa pregunta de Aranor flotaba tambi√©n en las mentes de los dem√°s comandantes.
—En primer lugar, hemos de resolver el problema de las ballestas y las picas — respondió Vaeran—. Propongo lo siguiente: situarnos en el límite del alcance de sus virotes, y lanzar sobre ellos una lluvia de flechas; eso debería dejar fuera de combate a sus ballesteros. Y también las picas, si nuestra puntería es buena.
¬ó¬°Garn! No me gusta ese plan, Vaeran ¬ógru√Ī√≥ Aranor¬ó. No encaja en mi car√°cter quedarme atr√°s y lanzar flechas contra esos codiciosos. Preferir√≠a partirles en dos el coraz√≥n de un solo golpe.
¬óS√≠, se√Īor ¬órespondi√≥ Vaeran, mientras el resplandor de las llamas realzaba los firmes rasgos de sus facciones¬ó. Tambi√©n a m√≠ me gustar√≠a irrumpir en medio de ese enemigo glot√≥n, pero ya hemos comprobado hoy que eso no puede hacerse.
A rega√Īadientes, Aranor asinti√≥.
¬óSupongo que, una vez que las ballestas y las picas queden inservibles, nos lanzaremos a la carga/ para destrozar ese cuadro.
Antes de que Vaeran pudiera responder, apareció Reynor en el círculo de luz creado por el fuego.
¬óSe√Īor, tengo la lista.
Todos guardaron silencio, porque la lista a la que se refería Reynor era la de los muertos y heridos.
—Habla —ordenó Aranor, preparándose mentalmente para lo peor.
¬óHemos perdido algo m√°s de setecientos hombres, mi se√Īor ¬óla voz de Reynor era triste¬ó, y casi trescientos m√°s padecen heridas que les impiden seguir combatiendo. Adem√°s, novecientos caballos han muerto, la mayor parte en la batalla y el resto rematados para acabar con sus sufrimientos.
Un silencio atónito reinó en torno al fuego de campamento.
—Por Adon, mil hombres y mil caballos. —Aranor hablaba en voz baja, como para sí mismo—. Y todo por culpa de la codicia de los enanos.
¬ó¬ŅQu√© sabes del enemigo, Reynor? ¬óinquiri√≥ Vaeran¬ó. ¬ŅCu√°ntas bajas se calculan de su lado?
¬óLos curanderos no han regresado a√ļn del campo, mariscal Vaeran ¬órespondi√≥ Reynor¬ó. Cuando vuelvan, lo sabremos.
En el campo de batalla, los curanderos de los harlingar y de los ch√Ękka se mov√≠an por entre los muertos y los heridos, administrando hierbas y remedios, vendando llagas y heridas sangrantes, entablillando miembros rotos y retirando a los muertos y a los heridos m√°s graves. En ocasiones, un vanadurin pasaba a pocos pasos de un ch√Ęk, ocupado cada cual de los suyos e ignorando al otro. Y las literas pasaban en todas direcciones, llevando a las bajas a sus respectivos hospitales improvisados.
Al mismo tiempo que se dedicaba a su trabajo, cada bando llevaba la cuenta de los enemigos ca√≠dos. Pero los harlingar tambi√©n observaron algo m√°s: cuando el crep√ļsculo invadi√≥ la tierra, salieron de las puertas de Kachar m√°s curanderos, llevando linternas fosforescentes que emit√≠an una suave luz verdeazul; pero no pudieron asegurar que los reci√©n llegados fueran enanos, porque cada uno de ellos iba protegido por una escolta de guerreros, y de vez en cuando pod√≠a o√≠rse un lamento exhalado por una voz muy suave.
Al día siguiente se acordó una tregua para que cada bando pudiera enterrar a sus muertos.
Los harlingar colocaron a los ca√≠dos bajo t√ļmulos cubiertos de c√©sped, en el extremo m√°s alejado del valle, pero, seg√ļn su costumbre, no hicieron ninguna ceremonia funeral, porque estaban en guerra y el duelo llegar√≠a m√°s tarde. Tambi√©n se quitaron a los corceles muertos las sillas, las bridas y las lorigas, pero los cad√°veres de los animales quedaron en el campo, en el lugar donde cayeron. Finalmente, una caravana de carros que transportaba a los heridos parti√≥ en ese d√≠a hacia el paso de Kaagor para desde all√≠ regresar a Jord; los heridos menos graves conduc√≠an a los dem√°s, acompa√Īados por un reducido equipo de curanderos.
En el valle, delante de las puertas de hierro de Kachar, los ch√Ękka colocaron a sus muertos en grandes piras, y durante todo el d√≠a ardi√≥ con un fulgor intenso la llama prendida en los t√ļmulos, y una columna de humo negro ascendi√≥ al cielo. De nuevo pudo escucharse un doloroso canto de lamentaci√≥n despu√©s de la puesta del Sol.
El segundo d√≠a de combates, los harlingar intentaron llevar a cabo el plan sugerido dos noches antes. Pero fue pr√°cticamente ineficaz, porque los enanos se hab√≠an anticipado a la iniciativa de los harlingar, y salieron por la puerta para ser distribuidos entre las filas grandes paveses o escudos que proteg√≠an todo el cuerpo, apoyados en el suelo, y de ese modo los ch√Ękka consiguieron protegerse de las flechas de los vanadurin. Aranor no tuvo m√°s remedio que rechinar los dientes al o√≠r las voces burlonas de los enanos en el valle.
Por fin, los hombres de Jord efectuaron una nueva carga, y en esta ocasión concentraron su fuerza principal en el frente del cuadro enemigo. En esta ocasión los enanos cedieron, y hubieron de retirarse poco a poco a lugar seguro, detrás de la puerta de hierro. Cada palmo del terreno cedido les costó muy caro a los harlingar, el precio de una batalla encarnizada.
Y cuando la gran puerta se cerró con estruendo, y la batalla concluyó, fueron los harlingar quienes se burlaron de sus enemigos, aunque bien magra fue la victoria que se adjudicaron.
De nuevo se concert√≥ una tregua para retirar las bajas. Y los harlingar enterraron a sus muertos sin ceremonias de duelo, mientras que los ch√Ękka quemaban a los suyos y los lloraban. Fue entonces cuando Aranor comprendi√≥ qu√© era lo que antes le hab√≠a intrigado: el gran c√≠rculo de tierra quemada de la cabecera del valle cerca de la puerta de Kachar, que vio la primera vez que subi√≥ a parlamentar, se√Īalaba el lugar de una pira funeral, erigida para los emisarios muertos..., o tal vez para Brak, el rey de los enanos.
El tercer d√≠a se√Īalado para el combate, se desplegaron en el campo unos tres mil cuatrocientos harlingar, frente a unos dos mil cien ch√Ękka. Pero la batalla nunca lleg√≥ a librarse.