22 - La recluta

Mediados y final de la primavera, 3E1602
[Este a√Īo]

La lluvia caía implacable del cielo plomizo. A través de la tierra gris encharcada chapoteaba una columna de caballos, once en total, cinco de ellos montados y seis de carga, que se dirigía hacia el castillo que se alzaba, apenas visible detrás de aquella cortina de agua, en el extremo de una serie de colinas redondeadas. El día finalizaba ya cuando por fin la fatigada tropa llegó junto a los muros de piedra oscura, y desde lo alto de la barbacana un centinela dio aviso a los hombres situados abajo de que abrieran de par en par las grandes puertas forradas de hierro. Los hombres desmontaron, y guiaron a sus corceles a través de la entrada y el camino exterior de ronda.
¬óMaestro de armas Ruric... ¬ólas palabras del capit√°n de la Puerta se interrumpieron s√ļbitamente cuando su mirada tropez√≥ con la carga que llevaban los corceles: seis cuerpos envueltos en capas impermeables.
No podría decirse de cierto si eran lágrimas o gotas de lluvia lo que corría por el rostro de Ruric, pero su voz estuvo a punto de quebrarse cuando dijo:
—Es el príncipe Elgo. Y Bogar, Brade, Pwyl, Larr y Fenn. Todos muertos por los enanos. Disponed los cuerpos convenientemente en el vestíbulo principal, y luego llamad a funeral con el cuerno.
Ruric se pasó por los ojos el dorso de la mano, y cedió las riendas de Pedernal, su corcel, a un mozo de cuadra.
¬óCapit√°n, ¬Ņha regresado ya el rey?
¬óNo, maestro de armas. ¬óEl capit√°n de la Puerta habl√≥ en voz baja¬ó. Sigue a√ļn parlamentando con los naudron, por lo que sabemos.
¬ó¬ŅEst√°n aqu√≠ las princesas Arianne y Elyn?
—Sí, maestro de armas; están en el Palacio.
Sin decir nada más, Ruric cruzó el patio de armas bajo el chaparrón en dirección al Palacio, sintiéndose como si sus pies fueran de plomo; tras él caminaban los demás hombres, apenados, conduciendo a los caballos y su triste carga. Ya en el castillo, un paje informó al maestro de armas de que las dos damas se encontraban en las habitaciones de la princesa Elyn.
Mientras Ruric ascend√≠a las escaleras, pudo escuchar la cascada plateada de una risa femenina, y hubo de reunir todas sus fuerzas para lo que deb√≠a hacer a continuaci√≥n. Entr√≥ en una habitaci√≥n iluminada por un fuego crepitante en el hogar, que ahuyentaba la humedad y el fr√≠o de aquel feo d√≠a. Bram gateaba por la alfombra y sosten√≠a en sus manos un peque√Īo cuerno de plata que desped√≠a resplandores anaranjados a la luz ambarina del fuego. La princesa estaba en pie al otro extremo de la habitaci√≥n, el rostro iluminado por la risa, y Arianne, a su lado, celebraba tambi√©n las muecas del peque√Īo. Porque Elyn hab√≠a hecho sonar el cuerno para Bram, y ahora el ni√Īo intentaba arrancar √©l mismo sonidos de aquella trompeta de metal brillante; se lo hab√≠a llevado a la boca y soplaba y soplaba sin que sus esfuerzos dieran otro resultado que redoblar las carcajadas de Elyn y de Arianne.
Bram sopló una vez más, con tanta fuerza que, ¡bum!, cayó sentado sobre su trasero. Otra vez rieron Elyn y Arianne, y por sus rostros corrían lágrimas de risa.
Ruric salió entonces del umbral en sombra a la luz rojiza del hogar, y su armadura despidió reflejos escarlatas excepto en los lugares en que estaba manchada por la sangre oscura de un príncipe muerto cinco días atrás, manchas que ahora empezaban a difuminarse en el agua de la lluvia.
Los rostros risue√Īos de Elyn y de Arianne se volvieron hacia el maestro de armas sucio del largo viaje, salpicado de barro y con el agua de la lluvia goteando a√ļn de su capa empapada.
—¡Ruric! —exclamó Elyn, pero una sola ojeada le bastó para intuir que algo funesto había ocurrido.
También Arianne presintió la desgracia:
¬óElgo ¬ómurmur√≥, apretando los pu√Īos y cruz√°ndose de brazos; pero no se atrevi√≥ a decir nada. Y las dos mujeres aguardaron mientras Ruric doblaba la rodilla ante ellas.
¬óPrincesa¬óno se podr√≠a afirmar de cierto si estaba dirigi√©ndose a Elyn o a Arianne¬ó, mi se√Īor Elgo ha muerto...
Arianne no oyó lo que dijo a continuación, porque una niebla espesa se apoderó de su espíritu, y sintió que su corazón había quedado herido sin remedio en aquel instante funesto.
¬ó... a manos de Brak, DelfSe√Īor de Kachar, a quien Elgo dio muerte a su vez...
Elyn no pod√≠a creer las palabras que sal√≠an de los labios de Ruric, y se abalanz√≥ sobre Bram, tom√°ndolo en sus brazos como si el ni√Īo fuera un roble capaz de protegerla en medio del vendaval.
Las palabras de Ruric proseguían, pero Elyn no oyó nada más hasta que captó una frase suelta:
¬ó... un correo para advertir al rey Aranor, porque ser√° preciso preparar la guerra...
En aquel momento, del patio de armas ascendió el toque de funeral de los vanadurin en el sonido del cuerno de toro negro que lentamente difundía a los cuatro vientos la noticia de que el príncipe Elgo había muerto en combate: ¡Run!... ¡Run!... ¡Run!
Y simultáneamente, Arianne se derrumbó sin sentido en el suelo, y su mente, su corazón y su alma volaron hacia el olvido, mientras en el exterior el cielo plomizo continuaba llorando gruesas lágrimas frías y grises.
Al d√≠a siguiente, bajo una b√≥veda de espesos nubarrones, Elgo fue conducido a su tumba, en uno de los t√ļmulos que se alzaban en el cementerio. Iba vestido con su arn√©s de guerra, y todas sus armas, la armadura y el escudo ¬óhendido y abollado por el hacha del enano¬ó fueron sepultados con √©l, incluido un sable nuevo en su vaina. Tambi√©n, en otro t√ļmulo vecino, recibieron sepultura Bogar y los cuatro guerreros muertos en el paso de Kaagor: Brade, Pwyl, Larr y Fenn.
Durante la ceremonia, Elyn vio, al levantar la mirada, a cinco guerreros firmes delante de ella, en el lado opuesto de la tumba de Elgo: eran Arlan, Reynor, Roka, Ruric y Kemp el Joven. Cinco guerreros: ninguno más había sobrevivido de los cuarenta y uno que partieron decididos a matar a Sleeth.
Ruric, desconsolado, se arrodill√≥ ante la tumba e, inclin√°ndose, deposit√≥ una peque√Īa moneda de oro en la palma de la mano de su pr√≠ncipe muerto, y cerr√≥ en torno a ella el pu√Īo de Elgo; era la moneda recogida en el suelo manchado de sangre de una p√©trea fortaleza de enanos, la moneda que en m√°s de un sentido hab√≠a arrastrado a la muerte a aquel pr√≠ncipe orgulloso.
Con los ojos arrasados en l√°grimas, el maestro de armas se puso en pie, y entonces los asistentes empezaron a cubrir solemnemente de tierra el cad√°ver del pr√≠ncipe. Apilaron sobre el t√ļmulo tierra suelta y cubrieron el conjunto con terrones de c√©sped verde, mientras el afligido cortejo del duelo segu√≠a inm√≥vil bajo aquel cielo desapacible, llorando mientras recib√≠a sepultura Elgo, vestido con su manto principesco y su arn√©s, con todas sus armas, y con el pu√Īo apretado sobre una min√ļscula moneda de oro.
Más tarde, aquel mismo día, Elyn salió del castillo y cabalgó por las llanuras a la luz del atardecer, llevando el caballo de Elgo, Sombra, detrás de ella sujeto por un ramal. Cabalgó durante mucho tiempo hasta llegar al lugar donde pacían las caballadas del rey, y allí desmontó y desató el lazo que sujetaba el cuello de Sombra.
—Corre libre, caballo negro, corre —susurró Elyn, con ojos brillantes—. Corre como Elgo te habría pedido que hicieras, si pudiera hablar...
De s√ļbito, la pena de Elyn se desbord√≥ y amargos sollozos sacudieron su cuerpo; se abraz√≥ llorosa a Sombra, y mientras el gran corcel negro permanec√≠a inm√≥vil, paciente, resoplando con suavidad, la princesa apoyaba la frente en su poderoso cuello y lloraba por el hermano muerto.
Pasados cuatro días, a primera hora de la tarde el rey Aranor llegó cabalgando al frente de su séquito, con los ojos enrojecidos por el dolor mal contenido. Había partido apenas un mes atrás, y entonces todo transcurría con normalidad en su reino. Acababa de cumplir con los naudron un tratado que pondría fin a las eternas rencillas entre ellos y sellado el acuerdo con el regalo de una partida de caballos a cambio de una de halcones. Pero ahora todo parecía en vano, porque hacía tres días, cuando la mesnada viajaba en dirección sudoeste, de vuelta al castillo, llegó hasta ellos al galope un correo con noticias funestas: su hijo había muerto, y su nación se encontraba en pie de guerra.
En los escalones que conducían a las grandes puertas de roble le esperaba Arianne, con Bram a su lado. También Elyn y Mala habían salido a recibir al rey. Con un gesto fatigado, Aranor desmontó y pasó las riendas de Llama a un sirviente.
¬óAvisa a los que acompa√Īaron a Elgo a la funesta misi√≥n en Kachar ¬ódijo al paje m√°s cercano¬ó. Los ver√© en la sala de la Guerra a la puesta del Sol.
Con movimientos lentos, Aranor ascendi√≥ los escalones, y Arianne se adelant√≥ a abrazarlo y besarlo en las mejillas, con ojos h√ļmedos. Tambi√©n Elyn abraz√≥ a su padre y lo estrech√≥ largo rato antes de soltarlo, pero sus ojos permanecieron secos. Aranor se inclin√≥ y tom√≥ en sus brazos a Bram, apretando al chiquillo contra su pecho al tiempo que giraba la cabeza hacia un lado y miraba al poniente para que nadie viera su dolor. Las manilas de Bram tiraron de la barba dorada de Aranor, que el tiempo hab√≠a salpicado de hebras grises; Mala quiso hacerse cargo del ni√Īo en ese momento, pero Aranor sacudi√≥ la cabeza porque Elgo, cuando era un mocoso diminuto, hab√≠a hecho lo mismo. Entonces el recuerdo a√Īadi√≥ una nueva pena al dolor del soberano, que con las l√°grimas rodando por sus mejillas estrech√≥ a Bram en sus fuertes brazos, cruz√≥ a grandes zancadas el patio de armas y sali√≥ por la puerta del castillo para detenerse en el campo de los t√ļmulos. Nadie le sigui√≥ en su peregrinaje; y Bram fue el √ļnico en escuchar lo que all√≠ dijo.
Aranor entró en una habitación iluminada por los rayos horizontales del Sol poniente, y allí encontró a Elyn sentada a una mesita, frente a la ventana, con su sable en una mano y una piedra de amolar en la otra, aguzando con amarga diligencia el filo del arma; y la hoja reluciente parecía cortar la propia luz solar cuando los rayos anaranjados despedían destellos y chispas de luz al tropezar en el acero. Ssbk, ssbk, sonaba la piedra contra el metal. Sshk, sshk. Metódicamente, con lentitud, sus manos guiaban la piedra engrasada a lo largo del filo cortante. Sshk, sshk. Detrás de ella, colgaban de un bastidor los arneses de cuero gris pálido, dispuestos para el combate, con el cuerno de toro negro atado a un lado. Aranor pudo ver también el arco, reluciente por la cera frotada en él, y una serie de aljabas dispuestas en los soportes de la pared, llenas de flechas de empenaje verde, cuidadosamente ordenadas. También la lanza estaba colocada frente a ella, y su punta de acero recién afilado relucía. Sshk, sshk.
Arianne estaba sentada delante del fuego del hogar, mirando las llamas como si buscara en ellas una imagen invisible. No levant√≥ la vista cuando Aranor se detuvo a sulado. √Čl le tom√≥ la barbilla en la mano y la oblig√≥ a volver la cabeza para mirarlo. Los ojos de la princesa estaban sumidos en profundos c√≠rculos oscuros, y llenos de una desolaci√≥n casi insoportable. La mano de Aranor baj√≥ hasta quedar colgando a su costado, y habl√≥ en voz suave:
¬óHija, me dicen que comes muy poco y que pasas todo el tiempo encerrada en tus habitaciones privadas, sin bajar a reunirte con las dem√°s damas.
Sshk, sshk.
Arianne volvi√≥ de nuevo la mirada al fuego, con las pesta√Īas temblorosas por las l√°grimas prendidas en ellas. Respondi√≥ en voz baja, en un tono de angustia contenida:
¬óOh, padre, ¬Ņpor qu√© Adon se lo ha llevado de mi lado? Mi coraz√≥n ya no late, no respiro, mi sangre se ha secado. Quiero morir.
De nuevo Aranor alzó la mano, la tomó con suavidad por los hombros y la obligó a mirarlo.
¬óNo respondo por el Padre de Todos, hija m√≠a, porque √Čl es el √ļnico que conoce sus designios, y nadie m√°s puede traspasar el velo que cubre lo que ha sido y lo que ha de ser. Pero s√≠ s√© una cosa, ni√Īa: t√ļ debes reaccionar y recuperar tu √°nimo, porque Bram te necesita. Y el peque√Īo Bram es todo lo que nos queda de Elgo.
La suave r√©plica de Arianne casi qued√≥ ahogada por el crepitar de un le√Īo en la chimenea:
¬óS√≠, Bram me necesita, pero yo necesito a Elgo. √Čl era mi vida.
¬óEra mi hijo.
¬ęEra mi hermano.¬Ľ Sshk, sshk.
¬óEra mi amor.
¬óEra mi heredero.
¬ęEra mi gemelo.¬Ľ Sshk, sshk.
—¡Ah, Dios mío! Mi alma está llena de dolor.
¬ó... de pesar.
¬ę... de odio.¬Ľ Sshk, sshk.
¬óQuisiera encontrar consuelo.
¬ó... justicia..
¬ę... venganza.¬Ľ Sshk, sshk.
Los rayos del Sol alcanzaron la pared m√°s lejana cuando el globo dorado acab√≥ de descender por el cielo occidental y empez√≥ a ocultarse detr√°s del horizonte lejano. Nadie hablaba y los √ļnicos sonidos eran el siseo del fuego y el pesado sshk, sshk de la piedra de amolar contra el acero. No es posible saber qu√© pensamientos cruzaban entonces por sus mentes; pero finalmente el silencio se quebr√≥.
—Los tendremos, padre. —La voz de Elyn era baja (sshk, sshk) y apenas audible, sus ojos estaban fijos en el filo aguzado del sable y en su mirada ardía un fuego amargo—. Pagarán por lo que han hecho, pagarán.
Aranor se coloc√≥ ahora junto a su hija, alarg√≥ la mano y TOM√ď la piedra de amolar, quit√°ndosela a Elyn para colocarla en la mesa, junto al frasquito de aceite y a la vaina del sable.
Con lentitud deliberada, Elyn colocó el sable sobre sus rodillas y miró de frente a su padre, con una luz oscura en el fondo de sus pupilas.
¬óEstoy dispuesta para la guerra, se√Īor.
—No, Elyn, estás dispuesta para recibir a la Muerte. —La voz de Aranor era fría y penetrante—. He visto esa misma mirada en los rostros de otros guerreros que también se preparaban para ir a la batalla, y ninguno de ellos sobrevivió para contarlo.
—Era mi hermano gemelo —susurró ella, como si aquello lo explicara todo—. Mi gemelo.
—Sí, tu hermano gemelo, sí —respondió Aranor—, pero eso no te da derecho a pensar en cabalgar sola y arrojarte sobre las filas del enemigo —sus palabras la golpeaban con mortal precisión—, haciendo brotar su sangre para hacerles pagar la que nos han arrebatado a nosotros, cabalgando en solitario al combate para tomarte una venganza inconcebible, sabiendo que la Muerte irá en tu busca y te encontrará dando tajos y cuchilladas hasta el mismísimo final.
—¡Qué he de hacer, si no, padre! —Su voz estaba llena de veneno—. Mataré a tantos como pueda antes de que acaben conmigo.
Con un grito de angustia, Arianne salió corriendo de la habitación antes de que pudieran detenerla, aunque Aranor le gritó:
¬ó¬°Arianne!
Pero la viuda de Elgo no le hizo el menor caso, y desapareció.
Con un gesto de cansancio, el rey se dejó caer en una silla colocada frente a Elyn, con la mesita entre ambos.
¬óEsc√ļchame atentamente, hija. En una ocasi√≥n te promet√≠ que nadie te discutir√≠a jam√°s el derecho de cabalgar al combate..., y nadie lo har√°. Sin embargo, nos encontramos en guerra, y esto es lo que me propongo hacer: quiero librar la batalla en Kachar, en la misma fortaleza de los enanos.
¬ĽPero, por m√°s que la lucha se desarrolle en tierras lejanas, en las monta√Īas del Sur, este castillo no se encontrar√° a salvo. A los enanos puede ocurr√≠rseles enviar un ej√©rcito por caminos secretos de las monta√Īas y asaltar el Palacio mientras mi hueste y yo nos encontramos frente a las puertas de hierro de su reino. Asimismo, otros enemigos de Jord podr√≠an pensar en atacar este lugar aprovechando nuestra ausencia.
¬ĽPor esta raz√≥n es preciso proteger a Bram, ya que √©l es el heredero de Elgo, y ahora el primero en la l√≠nea para sucederme y ocupar el trono. De modo que me parece oportuno que Arianne y Bram viajen con una escolta hasta Riamon y permanezcan all√≠ con el padre de ella, Hagor, hasta que este asunto quede resuelto.
¬ęTambi√©n es preciso considerar otro punto: si yo caigo, Jord necesitar√° una mano fuerte para gobernarlo hasta que Bram llegue a la mayor√≠a de edad.
¬ĽElyn, esa mano fuerte ha de ser la tuya. ¬óAranor alz√≥ una mano abierta para anticiparse a las protestas que se agolpaban en los labios de Elyn¬ó. Esc√ļchame hasta el final, hija: el reino necesita un administrador, un guardi√°n, alguien capaz de mandar a la guardia del castillo en caso de necesidad, para proteger estos muros; alguien con experiencia b√©lica que sepa defender el castillo si es atacado. Y yo necesito a alguien que gobierne en mi lugar, mientras hago la guerra en tierras lejanas. T√ļ has servido en un puesto fronterizo y sabes c√≥mo debe defenderse una fortaleza. Tambi√©n sabes que ning√ļn ej√©rcito puede mantenerse mucho tiempo en campa√Īa si carece de los suministros adecuados, y tambi√©n sabes muy bien qu√© cosas son m√°s necesarias. Y esos enanos se atrincherar√°n en su fortaleza de la monta√Īa, de modo que la campa√Īa ser√° presumiblemente larga.
¬ęFinalmente, hay algo m√°s: quienes queden detr√°s necesitan saber que la familia real no los ha abandonado. Yo estar√© guerreando delante de las puertas de Kachar; Bram y Arianne se habr√°n marchado a Riamon, donde estar√°n a salvo. S√≥lo quedas t√ļ, hija; eres la persona m√°s adecuada para administrar el reino; la m√°s id√≥nea para asegurar la l√≠nea de suministros a mi hueste; y tambi√©n la que mejor puede guardar el castillo en mi ausencia, y finalmente la que deber√° asumir la regencia en caso de que la Muerte me reclame.
¬ĽVuelvo a decirte que nadie te pondr√° obst√°culos si decides pese a todo cabalgar a la guerra, porque eres una doncella guerrera. Pero con frecuencia el deber nos obliga a cada uno de nosotros a seguir un camino distinto del que habr√≠amos elegido por nuestro gusto. Puedes cabalgar a la guerra, si as√≠ lo decides. Pero si los dos caemos en la batalla, Jord caer√° tambi√©n.
Aranor calló, y a excepción de los chasquidos ocasionales del fuego del hogar, la habitación quedó en silencio. Elyn seguía sentada e inmóvil, mirando con fijeza el sable que yacía en su regazo; y en sus ojos había lágrimas amargas al contemplar los destellos que la luz del hogar arrancaba de aquel filo aguzado. Durante mucho tiempo siguieron así sentados padre e hija, mientras el sol desaparecía lentamente tras el horizonte.
Aranor carraspeó.
¬óNo necesitas tomar ahora una decisi√≥n, porque ha llegado ya el crep√ļsculo y hemos de reunir el consejo. Pero all√≠ espero o√≠r tu respuesta, junto a las de los dem√°s consejeros, porque tendremos que hacer planes y en √ļltimo t√©rmino tu decisi√≥n influir√° en lo que digamos y hagamos.
Aranor se puso en pie y tendió la mano hacia Elyn, pero pasó mucho tiempo antes de que ella respondiera a aquel gesto, porque las lágrimas hacían borrosa su visión. Finalmente, tomó su sable en la mano izquierda, deslizó la derecha en la de él, y se puso en pie. Tomó la vaina, enfundó la hoja reluciente, se volvió y caminó hacia el bastidor de las armas. Durante un largo momento dio la espalda al rey y contempló sus arneses dispuestos. Finalmente se encogió de hombros y colocó el sable diagonalmente sobre la madura de cuero.
¬óVamos, padre ¬ódijo al tiempo que se daba la vuelta, con las l√°grimas brillantes a√ļn en sus mejillas; y los dos salieron de la habitaci√≥n, dejando a sus espaldas las armas de la guerra.
¬óS√≠, se√Īor ¬órugi√≥ Ruric¬ó, si a alguien debe culparse en este asunto, es a m√≠, porque el pr√≠ncipe estaba a mi cuidado cuando partimos para Kachar. Yo deb√≠a haberlo le√≠do en sus ojos. Que el pr√≠ncipe se abalanzara hacia el trono de Brak con aquel insulto envuelto en una tela, no ten√≠a que haber supuesto ninguna sorpresa para m√≠, ahora que pienso en ello. Mi falta es clara y sencilla: deb√≠ haberlo adivinado..., deb√≠ haberlo adivinado.
Aranor mir√≥ al maestro de armas por encima de la superficie cubierta de mapas de la mesa. Al lado de Ruric se hab√≠a colocado Reynor, y flanqueando a los dos estaban Arlan y Roka a la izquierda, y Kemp el Joven a la derecha. A la derecha de Aranor estaba en pie Elyn, esbelta como un junco en su vestido negro de piel. La luz de las antorchas y las velas iluminaba la sala, ahuyentando las sombras que se deslizaban en el interior a medida que se desvanec√≠a la luz del crep√ļsculo.
¬óNo, maestro de armas. ¬óLa voz de Aranor estaba llena de amargura¬ó. La culpa no es de ninguno de los que nos encontramos en esta sala. Por el contrario, recae enteramente en quienes intentan ahora quedarse buenamente lo que abandonaron hace muchos a√Īos: ¬°malditos sean esos enanos codiciosos! ¬°Qu√© reclamaci√≥n! ¬°Qu√© insulto! ¬ó El pu√Īo prieto de Aranor fue a estrellarse en la mesa, y la ira relampague√≥ en sus ojos. Pero en seguida su mirada se suaviz√≥¬ó. Sin embargo les dar√≠a todo el tesoro, muy gustosamente, si con ello pudiera devolver la vida a Elgo.
El rey calló, y transcurrió un largo momento de silencio en la sala envuelta en sombras. Nadie abrió la boca para interrumpir aquel dolor sombrío. Finalmente, Aranor se estremeció.
¬óTodo est√° claro cuando se examinan las cosas ya sucedidas, Viejo Lobo ¬ógru√Ī√≥ el rey¬ó, de modo que no te culpes a ti mismo por no haberlas previsto antes. El orgullo de Elgo fue su perdici√≥n, y lo mismo le ocurri√≥ a Brak. Pero el ataque a los emisarios... ¬óy Aranor dej√≥ la frase en suspenso.
Reynor miró a sus camaradas, y la actitud de todos ellos revelaba su culpabilidad.
¬óSe√Īor, no niego que obr√© mal. El pr√≠ncipe al que amaba yac√≠a muerto por la mano de esos enanos, y Bogar tambi√©n; y cuando Brade se lanz√≥ a la carga y fue atravesado por un virote, mi rabia se desbord√≥. De haber tenido la oportunidad, los habr√≠a exterminado a todos, pero el maestro de armas Ruric detuvo mi mano.
¬ĽMi rey, no pido perd√≥n, y creo que mis camaradas tampoco ¬óArlan, Roka y Kemp el Joven le escuchaban con las cabezas gachas¬ó; aceptamos el castigo merecido por nuestra trasgresi√≥n, pero, sea cual sea, os suplico que nos permit√°is combatir a vuestro lado en este conflicto.
Aranor meditó largo rato. Finalmente, se volvió a los cinco.
¬ó√Čsta es mi decisi√≥n; si llega el momento en que necesite emisarios para transmitir un mensaje bajo la bandera gris, ser√©is vosotros cinco quienes llevar√©is esa bandera. Y si alg√ļn enemigo de sangre hirviente considera que la bandera no tiene el menor significado, entonces se habr√° hecho justicia de alguna manera.
¬óSe√Īor ¬óobjet√≥ Kemp el Joven¬ó, hab√©is metido al maestro de armas Ruric en el mismo saco que a nosotros, que s√≠ somos culpables. Pero √©l no tom√≥ parte en el asunto, y...
—Silencio, muchacho. —La voz de Ruric ahogó la protesta-. El rey ha hablado.
Aranor se frotó los ojos enrojecidos con las manos, y dijo voz llena de cansancio:
¬óRuric, qu√©date aqu√≠. T√ļ tambi√©n, Reynor. Los otros tres pod√©is marcharos. Y al salir, decid al Hrosmariscal Gannor y a sus capitanes que se re√ļnan conmigo.
Roka, Arlan y Kemp el Joven saludaron al rey llev√°ndose la mano derecha cerrada en un pu√Īo al coraz√≥n, dieron media vuelta sobre sus talones y salieron de la sala de la Guerra. Se dio orden a los pajes de que acercaran m√°s sillas a la mesa. Y cuando entraron Gannor y sus acompa√Īantes, encontraron al rey, a la princesa, al maestro de armas y al capit√°n de la guardia del castillo sentados en torno a la gran mesa, esper√°ndolos.
Aranor sacudió la cabeza y suspiró:
¬óAy de m√≠, no puedo dejar de hacer esto. As√≠ pues, colocad y prended fuego a las balas de paja sobre las atalayas de guerra en todo el territorio de Jord; recorred el reino con la bandera roja, porque la guerra ha ca√≠do sobre nosotros, y deberemos reunir el mayor n√ļmero posible de hombres para devolverla al lugar de donde vino. Que quienes puedan venir de inmediato lo hagan sin p√©rdida de tiempo, porque deberemos partir en un plazo de quince d√≠as, los que se presenten m√°s tarde habr√°n de dirigirse directamente a Kachar, y all√≠ nos encontrar√°n acampados delante de las puertas de los enanos. Nos costar√° mucho atraer a esos tejones fuera de su madriguera, y necesitaremos de toda nuestra fuerza para conseguirlo.
Gannor hizo una se√Īa a uno de los capitanes, y √©ste llam√≥ al heraldo situado a su lado y le dio instrucciones en voz baja. Y cuando el capit√°n acab√≥ de hablar, la mirada del mensajero se hizo acerada y resuelta. Despu√©s de recibir las √≥rdenes, el heraldo se retir√≥. Pocos momentos m√°s tarde se encender√≠a fuego en lo alto de la atalaya, y su mensaje rojizo ser√≠a bien visible en la noche. En otros puntos lejanos, en la cima de un otero o en lo alto de una torre de piedra, los centinelas divisar√≠an el resplandor lejano y prender√≠an fuego a las balas de paja colocadas en su propia atalaya, y de ese modo la se√Īal viajar√≠a a trav√©s de todo el reino, penetrando la oscuridad. Y los heraldos saldr√≠an al galope por las puertas del Palacio y se dispersar√≠an por el Jordreich con banderas rojas ondeantes al viento vivo de su veloz carrera. Y en todos los lugares donde moraban los harlingar, sonar√≠a la llamada a las armas, el toque de la guerra.
Cuando el heraldo hubo abandonado la sala, todos los ojos se volvieron al rey.
¬óMuy bien, pues. La Fortuna ha vuelto hacia nosotros su segunda cara y nos mira con disgusto; y mucho me temo que seguir√° as√≠ por alg√ļn tiempo. Ahora debemos establecer planes precisos para evitar que llegue a mirarnos con su tercera cara, la invisible.
Aranor se puso en pie, echando atr√°s su asiento e inclin√°ndose sobre la mesa, con las palmas de las manos apoyadas en ella.
¬óDesplegad los mapas y examinemos las necesidades de la campa√Īa, pero tambi√©n las del reino, porque no podemos dejar indefensa nuestra tierra.
Alrededor de la mesa se oyó el rumor de sillas al levantarse los demás; Gannor empezó a desplegar los mapas.
¬óAdem√°s, hemos de pensar que tendremos todo un ej√©rcito en campa√Īa, y que se requerir√° un importante trabajo de intendencia para mantenerlo.
Aranor hizo una pausa y mir√≥ a Elyn, esperando alguna se√Īal por parte de ella. Despu√©s de un instante eterno, los ojos de la princesa se encontraron con los de su padre y, con la angustia impresa en sus facciones, hizo un √ļnico gesto afirmativo, de amarga aceptaci√≥n del hecho de que el reino la necesitaba como administradora en los largos d√≠as que hab√≠an de venir. Al ver ese gesto, Aranor se acerc√≥ a ella y la estrech√≥ en sus brazos. Pero en esta ocasi√≥n el abrazo no consigui√≥ hacer desaparecer la amargura que sent√≠a al aceptar aquel pesado deber, porque su coraz√≥n ped√≠a venganza, y no dedicaci√≥n a las necesidades materiales del reino.
El Hrosmariscal Gannor despleg√≥ el mapa que mostraba la zona de Jord en la que estaba situado el paso de Kaagor. Elyn no pudo dejar de advertir que la parte del mapa situada m√°s all√° de las monta√Īas del Murall√≥n Sombr√≠o, correspondiente al reino de Kachar, estaba en blanco, y se pregunt√≥ la raz√≥n de aquel portento.
Durante la siguiente quincena, recorrieron la tierra veloces heraldos que enarbolaban la bandera roja, y cada d√≠a crec√≠a el n√ļmero de hombres que llegaban para alistarse al keep de Aranor. De uno en uno o de dos en dos, iban instal√°ndose en los campamentos montados fuera de las murallas. En ocasiones llegaban grupos de veinte o treinta guerreros. Y poco a poco, la hueste iba aumentando.
Al tercer d√≠a, bajo el cielo permanentemente cubierto de nubes, seis grandes carros estaban alineados en el patio de armas, y aqu√≠ y all√°, dentro y fuera del castillo, se afanaban los criados en cargarlos con las provisiones y el equipaje necesarios para un largo viaje. Arianne pase√≥ por sus habitaciones una √ļltima y larga mirada melanc√≥lica, porque en aquel d√≠a ella, Bram y tres de sus damas de compa√Ī√≠a ¬óKyla, Elise y Darcy¬ó iban a partir con una fuerte escolta hacia la corte de su padre en Riamon. Sin ver nada ya que pudiera retenerla en aquellas estancias desiertas, Arianne tom√≥ en sus brazos a Bram y se dirigi√≥ a la puerta. Pero, como si se hubiera dado cuenta de que no volver√≠a tan pronto como de costumbre a la habitaci√≥n, el joven pr√≠ncipe tendi√≥ sus manecitas para pedir algo, empleando las palabras de su peculiar jerga, s√≥lo inteligible para √©l mismo. Arianne lo arrull√≥ en sus brazos, pero Bram no ced√≠a, y forcejeaba para quedar libre. Por fin, la princesa lo dej√≥ en el suelo y vio como el ni√Īo gateaba por el piso de la estancia, rebuscaba debajo de la cama y volv√≠a a emerger, triunfal, empu√Īando su juguete favorito: el peque√Īo cuerno de plata.
—Ah, Brammie, tenía que haber imaginado que no podríamos marcharnos sin la trompeta—dijo Arianne sonriendo..., sonriendo tal vez por primera vez desde...
De nuevo Arianne tomó en brazos al chiquillo, y en esta ocasión él se dejó llevar sin resistencia fuera de la habitación.
Arianne descendió la larga escalinata, al final de la cual podía ver la gran sala de entrada; allí la esperaban Aranor y Elyn. También Mala estaba allí, y Elise y Darcy entraron justamente en aquel momento en el vestíbulo por una puerta de la izquierda, llorosas y abrazadas la una a la otra. Kyla cerraba el grupo, guardando a duras penas la compostura, por más que, al mismo tiempo, le pareciera que al final de aquel viaje la esperaba una gran aventura romántica, que ejercía sobre ella un atractivo irresistible.
Cuando las tres damas de compa√Ī√≠a llegaban al pie de la escalera, Mala no pudo reprimirse m√°s y las ri√Ī√≥:
¬ó¬°Est√ļpidas pueblerinas! ¬ŅNo sab√©is que la corte a la que os dirig√≠s es muy superior a √©sta en elegancia y refinamiento?
Elise y Darcy lloraron con más desconsuelo todavía, y Kyla empezó a hacer pucheros y acabó por romper también a llorar.
Exasperada, Mala dio la espalda al trío, pero Elyn se acercó a ellas y las abrazó una por una, al tiempo que les susurraba:
—Cuidad mucho de Bram, él representa el futuro de Jord. Cuidad mucho también de la princesa Arianne, porque en estos días oscuros es precisamente cuando más desesperadamente os necesita.
Ante esas palabras, Elise y Darcy consiguieron reprimir sus lágrimas, y en cambio el llanto de Kyla se desató con mayor intensidad.
Arianne lleg√≥ al pie de la escalera y Bram tendi√≥ sus manitas a Aranor. Cogiendo al peque√Īo de los brazos de su madre, el rey dio media vuelta y se dirigi√≥ a la puerta del vest√≠bulo, seguido por las seis mujeres.
—La escolta os conducirá hasta el paso de Jallor, unas ciento cincuenta leguas al sudoeste de aquí. Desde allí seguiréis en dirección sudeste unas ochenta o noventa leguas más, hasta la corte de tu padre.
—No me gusta la perspectiva de vivir tan lejos de casa —susurró Elise.
¬ó¬ŅPero no ves ¬ódijo con voz temblorosa Darcy¬ó que tenemos delante la aventura con la que so√Ī√°bamos de ni√Īas? ¬°Viajar a una gran corte, en un pa√≠s lejano!
Un sollozo ahogado fue lo √ļnico que consigui√≥ responder Kyla.
Los sirvientes abrieron las puertas, y el cortejo salió a la balaustrada de mármol y descendió al patio de armas. Allí los esperaba la escolta. Eran cincuenta hombres, todos montados a caballo menos uno de ellos, el capitán de la escolta, el pelirrojo Aulf, que se adelantó:
¬óMi se√Īor ¬ódijo, saludando al rey con voz resonante. Y luego, volvi√©ndose a Arianne¬ó. Mi se√Īora.
¬óAulf ¬órespondi√≥ Aranor¬ó, desde este momento, yo dejo ya de ser tu se√Īor. En adelante, este chiquillo va a ser tu due√Īo y se√Īor. Yo te doy este encargo: que t√ļ y tus hombres los llev√©is a √©l y a su madre sanos y salvos a Riamon. Qu√©date a su lado, y cuando sea el momento de regresar, cuando Jord est√© libre de guerras, devu√©lvelo a su hogar. Mantenlo a salvo de todo mal, porque su destino es gobernar este reino alg√ļn d√≠a.
¬ĽVen, t√≥malo en brazos y siente su peso. ¬óAranor tendi√≥ el chiquillo a Aulf, que lo tom√≥ con cuidado, y sostuvo en sus brazos con firmeza al pr√≠ncipe¬ó. Ahora est√° bajo tu protecci√≥n.
Bram forceje√≥ para incorporarse, porque quer√≠a verlo todo. El capit√°n se dio cuenta de que no ten√≠a en sus brazos a un beb√© pasivo y desmadejado, y alz√≥ al peque√Īo hasta sentarlo en sus hombros, para su enorme delicia. Los ojos de Aulf brillaron, y se volvi√≥ a los harlingar montados.
—¡Saludad todos al príncipe Bram!
Y todos los harlingar gritaron a coro:
—¡Hál, príncipe Bram!
Bram chilló encantado y Aulf, radiante, se volvió a la princesa Arianne, y por segunda vez en aquel día Arianne sonrió al ver la alegría reflejada en la carita de Bram.
¬óVamos, hija ¬ómurmur√≥ Aranor volvi√©ndose a Arianne¬ó, la ma√Īana avanza mientras estamos aqu√≠ parados, y tienes un largo viaje en perspectiva. ¬óAranor la abraz√≥ y a√Īadi√≥ con voz que la emoci√≥n ahogaba¬ó: Echaremos de menos tu presencia en la corte. Cuida mucho de Bram. Te avisaremos cuando sea el momento de que regreses a salvo.
Arianne abrazó con calor a Aranor, porque había llegado a quererlo como si fuera su propio padre.
—Cuídate, padre —susurró mientras las lágrimas corrían por su hermoso rostro, y luego se volvió a Elyn.
Las dos se despidieron con abrazos y besos, y todos se sintieron maravillados por su belleza. Parecían hijas del propio Adon: una con el cabello cobrizo, la otra con una melena del color del trigo; una alta, con la gracia de un sauce en todos sus movimientos, y la otra menuda, con el porte exquisito de una princesa de fábula.
—Te echaré mucho de menos, hermana —susurró Arianne.
—Y yo a ti, Arianne —respondió Elyn—. Cuida mucho de Bram, porque Jord lo necesita.
¬óNo temas, porque es todo lo que me queda de Elgo, y no quiero que su memoria desaparezca de este mundo.
Después de separarse de Elyn, Arianne se dirigió al carro que le indicaba Aranor, y el rey la ayudó a montar. Aulf le tendió entonces a Bram, y luego saltó sobre su corcel.
Tres gallardos harlingar se apearon de sus monturas y ayudaron a las tres damas de compa√Ī√≠a a subir a los carros: Elise subi√≥ con naturalidad, Darcy dubitativa y Kyla con alg√ļn recelo.
A una se√Īal del rey, Aulf hizo sonar su cuerno de toro negro, y en los muros de la fortaleza los hombres encargados de los cabrestantes empezaron a dar vueltas a sus manubrios, y con un rechinar de cadenas, el rastrillo se alz√≥. Otros retiraron la gran viga que atrancaba la puerta exterior y la abrieron de par en par. Los conductores de los carros hicieron chasquear las riendas, gritaron a las parejas de caballos de tiro, y muy despacio los carros empezaron a avanzar, llev√°ndose del Palacio su preciosa carga. Las ruedas recubiertas de hierro cantaron su mensaje de movimiento, y la columna de harlingar montados pareci√≥ obedecerlo al ponerse asimismo en marcha con un estruendo de cascos herrados chocando con adoquines y guijarros. Los carros traquetearon al salir del patio de armas, y los rostros de los viajeros y de quienes quedaban atr√°s se enviaron la √ļltima mirada, tal vez en mucho tiempo: Arianne sonri√≥ con tristeza; Elisa y Darcy lloraban como si sus corazones quedaran destrozados en su pa√≠s natal; pero un s√ļbito cambio iluminaba las facciones de Kyla con una amplia sonrisa. Atr√°s quedaba Aranor, y su mirada era sombr√≠a; la postura de Elyn revelaba una estoica paciencia; y el rostro de Mala reflejaba su habitual ce√Īo de desaprobaci√≥n. Tan s√≥lo Bram, en los brazos de su madre, parec√≠a no sentirse afectado por la despedida.
El portal retumbó al paso de la caravana, y cuando ésta hubo pasado, el rastrillo descendió entre el chirriar de las cadenas y el chasquido del metal; y la puerta volvió a cerrarse. Entonces Aranor dio media vuelta y regresó al interior del castillo, con el brazo colocado sobre los hombros de Elyn.
El noveno día, llegó el Reachmariscal Richter, alto y elegante; tras él cabalgaban novecientos harlingar, la recluta del Reach Este.
El duodécimo día llegó la Legión del Oeste, compuesta por unos ochocientos hombres mandados por el Reachmariscal Einrich, un hombre con la figura de un barril, que siempre hablaba a gritos y reía a carcajadas.
Del Norte, en el curso de los cuatro √ļltimos d√≠as llegaron tres mesnadas: en total, unos mil doscientos hombres mandados por los mariscales Roth, Boer y Mott, unidos todos ellos bajo el mando del Reachmariscal Vaeran, un hombre peque√Īo y astuto que ten√≠a fama de ser un maestro en estrategia militar.
Y en el Reach Sur, la tierra en la que se asentaba el Palacio de Aranor, las levas reunieron casi mil cien hombres, que cabalgaban bajo el estandarte de Gannor. Y Gannor era primo hermano de Aranor, adem√°s de un temible guerrero curtido en muchas batallas.
Y as√≠, durante una quincena se reunieron cerca de cuatro mil quinientos guerreros en total, contando los rezagados y los que se presentaron en solitario. Cuatro mil quinientos vanadurin, enfrentados a un n√ļmero desconocido de enanos.
Durante aquella misma quincena, Elyn se entren√≥ como nunca lo hab√≠a hecho antes. Pero no en lanzar flechas ni en el combate cuerpo a cuerpo. ¬°No! En lo que se ocup√≥ sobre todo fue en carros y en suministros, y en el gobierno de un reino en √©poca de guerra. En su cabeza bailaban las cifras que iban citando uno tras otro sus consejeros: alimentos para los hombres en campa√Īa, forraje para los caballos, los medicamentos que necesitaban los curanderos, las armaduras, armas y otros av√≠os, mantas y jergones enrollables, botas y ropas, mantos y tiendas de campa√Īa; la lista crec√≠a y crec√≠a. Con frecuencia arrojaba lejos de s√≠ un libro de cuentas y juraba que nunca llegar√≠a a dominar todos los detalles imprescindibles para atender a los suministros de un ej√©rcito en campa√Īa. Pero despu√©s conten√≠a su irritaci√≥n y, presionada por Mala, recog√≠a del suelo el libro y segu√≠a sus estudios del aprovisionamiento de los ej√©rcitos.
Mala se uni√≥ a ella en esa tarea, y por primera vez en su vida encontr√≥ una tarea para la cual estaba admirablemente dotada. Parec√≠a tener un olfato natural para la log√≠stica, y r√°pidamente recordaba datos y cifras y enumeraba las normas b√°sicas para mantener en campa√Īa la hueste del rey, tanto cerca de su base de aprovisionamiento como en lugares lejanos.
Y cuando Aranor y su estado mayor se reun√≠an en la sala de la Guerra para planear la campa√Īa, Elyn y Mala asist√≠an tambi√©n al consejo y garabateaban notas para s√≠ mismas o preguntaban en qu√© H√®l se figuraba este o aquel comandante que pod√≠an conseguirse los suministros precisos para alg√ļn plan descabellado, o suger√≠an los tipos de suministros que podr√≠an enviar al campo de batalla, y los medios de transporte que pensaban utilizar.
Después de aquellas reuniones del consejo, Aranor se acercaba a las dos mujeres y les decía con una sonrisa:
—¡Garn! Esta guerra se ganará o se perderá en el Palacio, porque de aquí arranca la línea vital de comunicaciones que asegurará los suministros de mi hueste cuando acampemos delante de las puertas de hierro de Kachar. Pero oídme bien: al confiarme en vuestras manos, sé que no podría encontrar otras mejores ni más expertas.
Y de s√ļbito, el plazo fijado se agot√≥: la quincena hab√≠a pasado. Las banderas rojas hab√≠an ondeado a lo largo y ancho de la naci√≥n, y la recluta se hab√≠a efectuado con rapidez, aunque en d√≠as sucesivos a√ļn aparecieran m√°s harlingar, que emprender√≠an por su cuenta el camino del paso de Kaagor, hacia Kachar. La hueste reunida con tanta urgencia se prepar√≥ para la marcha, porque al alba del siguiente d√≠a Aranor los conducir√≠a a una guerra de represalia.
Centenares de carros cargados de suministros se alinearon en las praderas; en las semanas siguientes ser√≠an seguidos por m√°s centenares a√ļn, porque el apetito de un ej√©rcito es casi insaciable, y en campa√Īa las provisiones se agotan muy deprisa. Tambi√©n mug√≠an en los verdes prados grandes reba√Īos de ganado vacuno, que seguir√≠an el mismo camino de los hombres.
Aquella √ļltima noche, Elyn y Mala la pasaron inclinadas sobre los libros de cuentas, anotando las remesas que habr√≠an de enviarse en el futuro pr√≥ximo, y tambi√©n lo que viajaba ya hacia el frente sobre las lentas ruedas de las carretas. Y cuando Elyn se retir√≥ por fin, agotada, con un torbellino de listas de suministros y previsiones bailando en su mente, se preguntaba qu√© factor habr√≠a olvidado, qu√© necesidad acuciante se les presentar√≠a sin que hubieran sabido preverla. Pero antes de que se le ocurriera ninguna respuesta, se qued√≥ r√°pidamente dormida.
A la ma√Īana siguiente, Aranor llev√≥ a Elyn a la sala del trono y la sent√≥ en el sill√≥n de Estado.
¬óHija, dejo el reino en tus manos. Ninguno de nosotros sabe lo que nos va a deparar la Fortuna. Pero s√≠ s√© una cosa: estar√© lejos, en campa√Īa, durante alg√ļn tiempo. Y t√ļ habr√°s de afrontar desde aqu√≠ el gobierno del reino. La oportunidad o la fuerza de las circunstancias hacen que a menudo las cosas sigan un curso diferente del que hab√≠amos planeado, y exigen la toma de decisiones imprevistas. S√≥lo t√ļ, y nadie m√°s, ser√°s capaz de elegir una entre las opciones que se te presenten. S√≥lo t√ļ habr√°s de decidir cu√°l es el mejor camino a seguir. ¬°Pero atiende! Escucha el consejo de aquellos en quienes conf√≠as, sean quienes sean, antes de tomar tus decisiones. Ten muy en cuenta sus conocimientos, su sabidur√≠a, su talento, y adjud√≠cales las responsabilidades que mejor puedan cumplir. Habr√° ocasiones en que ellos estar√°n m√°s capacitados para llevar a cabo lo que la imperiosa necesidad exija; en otras depender√° de ti, y s√≥lo de ti, lo que deba hacerse. En √ļltimo t√©rmino, poco importa, porque la decisi√≥n final ser√° siempre tuya: sopesa bien las opciones de que dispones, y haz lo que consideres mejor para el reino, porque √©sa es la responsabilidad que incumbe a quien se sienta en este sill√≥n.
Aranor hizo entonces levantarse a su hija, la abrazó y le dio un beso de despedida. Ella se apretó con fuerza contra él, y le pidió que asestara a los asesinos de Elgo un golpe que nunca pudieran olvidar, pero que por encima de todo cuidara de mantenerse sano y salvo.
Los dos juntos descendieron al patio de armas, donde esperaba la escolta de los Reachmariscales del rey. Y Aranor mont√≥ en el gran gara√Ī√≥n Llama, y con su s√©quito cabalg√≥ fuera de las puertas y cruz√≥ por en medio de la hueste reunida. Y un triple grito atronador se elev√≥ en el aire:
¬ó¬°H√°l, Aranor! ¬°H√°l, Aranor! ¬°H√°l, Aranor!
Entre las clamorosas llamadas de los cuernos de toro negro, lentamente, como si se tratara de una serpiente descomunal, la poderosa hueste avanzó por la pradera, precedida y flanqueada a distancia por patrullas de exploradores, apenas visibles en la lejanía.
Desde lo alto de la barbacana, acompa√Īada por los capitanes de la guardia del castillo, Elyn contemplaba alejarse lentamente a jinetes y carruajes. Luego se pusieron en marcha los reba√Īos de vacas, que siguieron el camino de la hueste tal como hab√≠a sido previsto.
¬ęSi yo fuera una ni√Īa peque√Īa, este espect√°culo ser√≠a excitante para m√≠. Pero lo √ļnico que siento es aprensi√≥n y disgusto: aprensi√≥n, porque los hombres cabalgan a una guerra de la que muchos no volver√°n; disgusto, por no acompa√Īarlos.¬Ľ
Elyn estuvo mirando durante largo rato, pero finalmente emprendi√≥ el regreso al interior del Palacio. Y al hacerlo, pas√≥ por entre los que hab√≠an quedado atr√°s: en su mayor√≠a, mujeres, ancianos, ni√Īos y ni√Īas: demasiado viejos o demasiado j√≥venes o inexpertos en las artes de la guerra. ¬ę¬°Garn! Si una calamidad se abate sobre el Palacio, nos costar√° mucho enfrentarnos a ella.¬Ľ