21 - Represalia

Comienzos de primavera, 3E1602
[Este a√Īo]

Furiosos, los emisarios ch√Ękka partieron del Jordkeep en direcci√≥n a Kachar. Marcharon mediada la tarde del mismo d√≠a en el que su primera reclamaci√≥n sobre el tesoro hab√≠a sido rechazada por Elgo, el d√≠a en que las negociaciones hab√≠an desembocado en un fracaso total. Y por esa raz√≥n salieron del Jordkeep furiosos, aunque ya se acercaba la noche; era evidente que prefer√≠an pasar la noche al raso antes que seguir un solo momento m√°s en compa√Ī√≠a de saqueadores y ladrones. El hecho de que alguien cantara trovas √©picas en honor de aquellos jinetes era algo que exced√≠a la capacidad de comprensi√≥n de Baran. Despu√©s de todo, los h√©roes eran personas honorables mientras que, con toda seguridad, ese Elgo era un atracador.
¬ó¬°Kruk! ¬óprorrumpi√≥ Baran rabioso, d√°ndose un pu√Īetazo en la palma de la mano, con rostro desencajado por la ira¬ó. ¬°Esos jinetes son un expoliadores!
¬óS√≠ ¬ógru√Ī√≥ Odar, el ch√Ęk de la barba roja que, durante la fallida negociaci√≥n, hab√≠a gritado que los bardos se equivocaban en el n√ļmero de ocasiones en que los ch√Ękka hab√≠an intentado recuperar Piedra Negra¬ó. Condenaci√≥n, deb√≠amos haber empleado nuestras hachas en acortar un poco la estatura de ese salteador de Elgo.
—Tal vez tienes razón, Odar —respondió Baran—, pero veremos qué es lo que decide hacer mi padre con esos bandidos. Aun así, habría sido una satisfacción para mí borrar la mueca de desprecio de la cara de ese tuerto ladrón..., y hacerlo con mi hacha.
La observaci√≥n de Baran hizo aparecer sonrisas ce√Īudas en los rostros de los ch√Ękka, y as√≠ siguieron cabalgando; pero aunque sonre√≠an, en sus corazones anidaba la ira, porque no pod√≠an olvidar la imagen de Elgo burl√°ndose de su leg√≠tima reivindicaci√≥n, y obstin√°ndose en negar que Piedra Negra y el tesoro eran propiedad leg√≠tima y cierta de los ch√Ękka.
Lentamente, el Sol descendi√≥ hasta el horizonte y las sombras de los bosquecillos aislados se extendieron por la inmensa pradera hacia las distantes colinas orientales. Por aquella extensi√≥n verdeante avanzaba la columna de los enanos; y al caer la noche, acamparon entre un grupo solitario de √°rboles perdido en aquella extensi√≥n plana, todav√≠a a algunos kil√≥metros de las cercanas colinas. Hab√≠a cubierto cinco leguas tan s√≥lo en aquella tarde, unos veinticinco kil√≥metros; pero aunque para los ponis supon√≠a una excelente tirada en tan s√≥lo media jornada, Baran se sent√≠a frustrado al pensar en el tiempo que tardar√≠a en llegar a las puertas de Kachar. Hab√≠a m√°s de sesenta leguas entre Kachar y el castillo de Aranor, trescientos doce kil√≥metros, un viaje de ocho d√≠as de duraci√≥n para las robustas monturas de los ch√Ękka, si apretaban la marcha como pretend√≠a Baran, para poder cubrir cuarenta kil√≥metros cada d√≠a.
El alba encontr√≥ al jefe de los ch√Ękka paseando por el per√≠metro del campamento, impaciente por reanudar la marcha. Despu√©s de un apresurado desayuno fr√≠o acompa√Īado por unos sorbos de agua para los enanos, y de grano y agua para los ponis, finalmente los emisarios se pusieron en marcha, siempre en direcci√≥n este. Todo el d√≠a cabalgaron a un ritmo vivo, con las pausas imprescindibles para alimentar a las monturas con unos pu√Īados de grano y atender a otras necesidades. En ocasiones desmontaban y caminaban un rato, conduciendo por el ramal a los ponis a trav√©s de una tierra ahora ondulada, con el fin de dar un respiro suplementario a los caballos alivi√°ndolos de la carga del jinete. Pero marchaban sin cesar y en ese d√≠a recorrieron casi cuarenta y cinco kil√≥metros.
Al d√≠a siguiente, a media ma√Īana, Bakkar llam√≥ la atenci√≥n de Baran, que cabalgaba al frente de la columna:
¬óSe√Īor Baran, se acercan unos jinetes.
Baran se dio la vuelta en la silla. A unos dos kilómetros de distancia pudo ver una columna de hombres a caballo, que seguían su mismo camino.
¬óPoneos en guardia ¬óorden√≥ a los ch√Ękka¬ó. Parece que se trata de harlingar, y no podemos esperar nada bueno de esa gentuza. Aun as√≠, no creo que se atrevan a violar la bandera gris.
Los hombres se acercaron r√°pidamente y muy pronto rebasaron a los enanos. Y cuando llegaron a su altura, fiaran pudo ver que quien cabalgaba al frente de la columna era Elgo, decidido al parecer a viajar a Kachar para entregar en persona su mensaje al DelfSe√Īor.
Pasaron de largo los hombres, con su estandarte verde y blanco ondeando en la suave brisa. Los enanos miraron sombr√≠os a aquellos bandoleros, y recibieron a su vez miradas del mismo g√©nero. Pero de s√ļbito, un hombre enorme de aspecto bovino empez√≥ a tambalearse en la silla, con las piernas extendidas hacia afuera y agitando la lanza en el aire, al tiempo que daba gritos burlones remedando un ataque de p√°nico. Y todos los ladrones rompieron a re√≠r a carcajadas, y aceleraron el paso hasta alejarse por delante de los enanos.
A la derecha de fiaran, Odar empu√Ī√≥ su ballesta con ojos llameantes.
—¡No, guerrero! —gritó Baran—. No hay duda de que han querido insultarnos, de alguna manera. Pero cabalgamos bajo la bandera gris. No la deshonres con un acto irreflexivo.
Rechinando los dientes, rabioso, tensos los m√ļsculos de su mand√≠bula, lentamente Odar volvi√≥ a colgar la ballesta de su hombro, sin perder de vista ni un solo instante las siluetas cada vez m√°s lejanas de los jinetes.
Los ch√Ękka cabalgaron todo aquel d√≠a y los dos siguientes, recorriendo en total algo m√°s de cien kil√≥metros por las estribaciones de las monta√Īas del Murall√≥n Sombr√≠o.
A primera hora de la tarde del d√≠a siguiente, el sexto desde que partieron del castillo de Aranor, acamparon a la entrada noroccidental del paso de Kaagor. Pararon despu√©s de recorrer √ļnicamente una veintena de kil√≥metros, porque no pod√≠an recorrer toda la distancia del desfiladero antes de que la noche se les echara encima; y cruzar la mitad al menos de los treinta y seis kil√≥metros del paso en una oscuridad helada resultaba demasiado arriesgado en esa √©poca del a√Īo, cuando en las alturas pod√≠an desencadenarse todav√≠a en cualquier momento furiosas tempestades de nieve. Maldiciendo entre dientes, llenos de impaciencia, acamparon de mal humor, sabiendo que dos d√≠as m√°s tarde llegar√≠an a Kachar; pero aun as√≠, lo har√≠an dos d√≠as despu√©s que los bandoleros que les hab√≠an adelantado.
¬ę¬ŅQu√© habr√° hecho mi padre con el hombre que saque√≥ Piedra Negra?¬Ľ, se preguntaba Baran aquella noche, tendido en su saco. Sobre su cabeza centelleaban las estrellas del cielo, atrayendo sus miradas; y poco a poco los pensamientos del ch√Ęk se volvieron a Elwydd, la Dadora de vida. Pero mientras meditaba en el lugar que Ella ocupaba en los corazones de los ch√Ękka, una este la brillante este luz cruz√≥ el firmamento. R√°pidamente, Baran apart√≥ el rostro de las lentejuelas celestes, porque se dice que las estrellas fugaces anuncian una muerte pr√≥xima. De aqu√≠ que el enano no viera otras ocho que centellearon en r√°pida sucesi√≥n, seguidas muy pronto por cuatro m√°s.
Baran se levant√≥ antes del alba, y una sensaci√≥n opresiva le impuls√≥ a partir de inmediato. A toda prisa, √©l y el ch√Ęk que cubr√≠a el √ļltimo turno de centinela despertaron a los dem√°s, y r√°pidamente se dedicaron a levantar el campo, ensillar los ponis y cargar el equipaje. Comieron un bocado apresurado y alimentaron tambi√©n a las monturas. Luego se adentraron en el desfiladero, mientras en el cielo se adivinaban las primeras luces del alba. Ascendieron por camino rocoso, acompa√Īados por una brisa helada. Al cabo de una hora, por el oriente el cielo empez√≥ a adquirir un resplandor rosa, que vari√≥ poco a poco al naranja y finalmente al azul cuando el Sol oculto se mostr√≥ por fin sobre un lejano horizonte que desaparec√≠a detr√°s de las escarpadas laderas de las monta√Īas del Murall√≥n Sombr√≠o. Y en las profundidades de la grieta rocosa de Kaagor, los cascos de los ponis resonaban al chocar con las rocas, y la luz diurna luchaba con las sombras y las obligaba a retirarse poco a poco hacia las hendeduras oscuras de las que hab√≠an surgido.
En la parte más alta del paso, la columna de los enanos pasó delante de una abertura negra situada a la derecha: era la cueva vacía de Golga, el ogru de Kaagor.
¬óDe modo que fue ese mismo Elgo quien mat√≥ a Golga, ¬ógru√Ī√≥ Bakkar, que cabalgaba ahora junto a la cabeza de la columna.
—Sí —respondió Baran—, ¡con trucos! También mató así a Sleeth..., con trucos.
¬óDe habernos encargado nosotros de la tarea ¬ódeclar√≥ Odar¬ó, lo habr√≠amos hecho con honor: con un escuadr√≥n mata-trolls de los ch√Ękka.
¬ó¬°Hai! ¬ógru√Ī√≥ Baran¬ó. Se necesitan muchas hachas para hacer desaparecer la amenaza de un troll, porque sus pieles son duras como la piedra; pero lo conseguimos en el pasado y podemos volver a hacerlo. ¬°Y no ser√≠a ning√ļn truco lo que hiciera morder el polvo al ogru, sino el acero de los ch√Ękka!
Pasado el agujero de la cueva, los ponis iniciaron el descenso de la otra vertiente del paso.
Cabalgaron largo rato, durante cinco horas aproximadamente, deteni√©ndose ocasionalmente para atender a las necesidades de las monturas y de los propios ch√Ękka, pero Baran sent√≠a una urgencia cada vez mayor de continuar, porque en su mente se hab√≠a instalado un presentimiento nefasto, aunque no habr√≠a sabido explicar qu√© era con exactitud lo que tem√≠a.
Hacia el mediodía, la columna de los enanos llegó al tramo final del desfiladero de Kaagor, cerca ya de la salida...
¬óSe√Īor Baran, se acercan hombres a caballo ¬ógru√Ī√≥ Odar, se√Īalando la desembocadura del paso con un dedo nudoso.
Baran miró en aquella dirección, y vio una columna de jinetes que entraba en el paso. Parecían ser los jinetes ladrones, pero entre ellos no estaba el príncipe tuerto.
Lentamente, los ponis siguieron descendiendo por el camino hacia los harlingar, y los caballos ascendieron en direcci√≥n contraria, hacia los enanos. Y cuando las dos columnas estaban ya pr√≥ximas,-de s√ļbito el desfiladero se llen√≥ de los ecos desafiantes de un cuerno de toro negro y un jinete sali√≥ como una exhalaci√≥n de entre las filas de los vanadurin.
Al alba, los harlingar levantaron el campo que hab√≠an establecido en el bosque de monta√Īa que bordeaba las laderas de la cadena del Murall√≥n Sombr√≠o. Era la ma√Īana del d√≠a siguiente a aquel en que murieron Elgo y Bargo. Y aunque los harlingar hab√≠an acampado al aproximarse la noche del d√≠a anterior, poco o ning√ļn descanso hab√≠an conseguido encontrar, porque la angustia apretaba sus corazones, y sus mentes se ocupaban en planes de venganza: ¬°Elgo hab√≠a muerto! ¬°Y aquellos codiciosos enanos hab√≠an sido sus matadores! Pero poco hab√≠an podido hacer, s√≥lo nueve contra centenares de enemigos.
Ahora hab√≠a llegado el d√≠a siguiente, el cortejo funeral de los vanadurin avanzaba y algunos hombres lloraban en silencio, llenos de frustraci√≥n y de desconsuelo, furiosos con los enanos y al tiempo tristes por los camaradas ca√≠dos, cuyos cuerpos estaban ahora envueltos en las capas impermeables para la lluvia de sus antiguos propietarios. Durante mucho tiempo cabalgaron as√≠, siguiendo el curso zigzagueante del camino entre los √°rboles, y era casi mediod√≠a cuando llegaron de nuevo al paso de Kaagor. Con los ojos enrojecidos por el dolor, se adentraron de nuevo en aquella grieta geol√≥gica abierta en medio de las monta√Īas del Murall√≥n Sombr√≠o, ahora en direcci√≥n contraria.
A la cabeza de la columna, Reynor se puso rígido y avisó a los demás, con voz llena de odio:
—Mirad quién viene.
Descendiendo por el camino, venían hacia ellos los ponis de Baran y su séquito de negociadores, con la familiar bandera gris, camino de Kachar.
Los harlingar, que sub√≠an con sus caballos por el mismo camino, vieron acercarse a los enanos. En la zaga de la columna de los vanadurin, Brade desenfund√≥ su lanza y la empu√Ī√≥ enristrada como para la batalla. Mirando los cuerpos envueltos que viajaban a lomos de sus corceles, susurr√≥:
¬óEsto por vos, mi se√Īor. Y por ti, Bargo.
Y luego, con un ¬ę¬°Ya!¬Ľ estent√≥reo, espole√≥ a su caballo adelante, con la lanza baja y dirigida al grupo de los ch√Ękka que se aproximaban. Y tomando su cuerno de toro negro, llam√≥: ¬ę¬°Rou! ¬°Rou!¬Ľ, el antiguo toque de la carga. Pas√≥ aullando delante de los dem√°s harlingar, como una exhalaci√≥n, soplando el cuerno con todas sus fuerzas, imagen viva de la Muerte a caballo.
—¡Quieto! —aulló Ruric cuando el joven pasó a su lado, pero su orden no tuvo el menor efecto, porque Brade no atendía ya a razones.
Los enanos desenvainaron sus armas mientras caballo y jinete, en veinte largas zancadas, cruzaban el espacio que los separaba y se precipitaban sobre sus filas; la lanza se rompi√≥ con un crujido al impacto con el cuerpo de un guerrero enano. R√°pidamente, el sable de Brade surgi√≥ de su vaina y empez√≥ a dar tajos a diestro y siniestro, para caer al suelo cuando su due√Īo recibi√≥ un virote en el pecho.
Y entonces todos los vanadurin cargaron, con las lanzas bajas y soplando sus propios cuernos: ¬°Rou! ¬°Rou! ¬°Rou!
—¡Quietos, maldita sea, están bajo la protección de la bandera gris! —gritó Ruric, y se llevó a los labios su propio cuerno para ordenar el repliegue: ¡Han, ta-ru!¡Han, ta-ru!, sin resultado porque su toque se perdió en medio del fragor de la carga furibunda..., y en seguida, del estruendo de la batalla entablada por los harlingar.
Entre el ruido estridente del acero chocando con el acero, los vanadurin cayeron sobre las filas de los enanos, y sus lanzas perforaron las cotas de malla a pesar de los virotes que zumbaban en el aire como r√©plica. Y se sucedieron los gritos de agon√≠a, tanto de los enanos como de los propios vanadurin, derribados por los certeros proyectiles de las ballestas igual que lo hab√≠a sido Brade antes que ellos. Pero las lanzas de los jinetes, la masa lanzada al galope los caballos y la furia de la carga fueron sencillamente demasiado para que los enanos pudieran resistir montados en sus peque√Īos ponis. La matanza se consum√≥ con mucha rapidez, pasados apenas unos segundos, cuatro jinetes supervivientes se enfrentaban con un solo ch√Ęk a pie. Y √©ste habr√≠a muerto tambi√©n de no haberse interpuesto Ruric entre el enano solitario y los cuatro harlingar, apartando las lanzas de √©stos con la suya propia al tiempo que gritaba:
¬ó¬°Parad de una vez! ¬°Son emisarios!
Finalmente, su voz fue escuchada. A rega√Īadientes, los vanadurin detuvieron sus corceles y obedecieron al maestro de armas, por m√°s que la sangre siguiera hirviendo en sus venas.
Ruric hizo dar la vuelta a su caballo, para enfrentarse al √ļnico enano superviviente. Se trataba de Baran, que miraba con expresi√≥n de odio a aquellos hombres altos en sus grandes caballos.
¬óNo ten√©is honor ¬óla voz de Baran era despectiva¬ó, porque est√°bamos bajo la bandera gris. Ahora s√© que es demasiado esperar que un jinete comprenda lo que significa el honor. Pero voy a daros la oportunidad de redimiros a vosotros mismos: ¬Ņqui√©n quiere ser el primero en enfrentarse conmigo en combate singular? No os precipit√©is a adelantaros; todos vais a tener vuestra oportunidad.
Con la faz oscurecida por la ira, Reynor empezó a pasar una pierna por encima de la silla de montar, preparándose a bajar de su caballo para responder al desafío de Baran.
¬ó¬°Maldita sea, he dicho quietos! ¬órugi√≥ Ruric, fulminando al joven con una mirada tan amenazadora que hizo desaparecer los vapores de su ira; a rega√Īadientes, Reynor volvi√≥ a su posici√≥n anterior sobre la silla.
De nuevo Ruric dirigi√≥ su mirada al intr√©pido ch√Ęk.
—Has de saber que nuestras dos naciones están en guerra, enano, porque tu ralea ha dado muerte a nuestro príncipe. Pero entérate de esto también: nosotros somos compasivos. —Ruric indicó con un gesto el campo de batalla—. Recoge a tus muertos, como vamos a hacer nosotros; y luego ve a hundirte en tu agujero subterráneo y prepárate, porque volveremos y nos cobraremos una venganza completa contra ti y tu raza.
Y fue así como, cuando los vanadurin salieron del paso Kaagor, llevaban no dos, sino seis muertos cargados a lomos de sus caballos.
Tambi√©n Baran prosigui√≥ su viaje a Kachar, con una reata de nueve guerreros muertos detr√°s. Y cuando finalmente el enano encapuchado lleg√≥ all√≠ con su cortejo de ponis cargados de cad√°veres, durante toda la ascensi√≥n por el valle y hasta las puertas mismas del Ch√Ękkaholt pudo o√≠r el l√ļgubre sonido de la campana funeral que doblaba a muerto: ¬°Don! ¬°Don! ¬°Mal-di-ci√≥n! Y hubo de reprimir su ira, porque en ese momento supo que su padre Brak hab√≠a muerto y √©l, Baran, era el nuevo DelfSe√Īor de Kachar.
Thork contempl√≥ c√≥mo los vanadurin se llevaban de la sala los cad√°veres de Elgo y del grueso guerrero de constituci√≥n bovina. Cuando se hubieron ido, Thork se volvi√≥ al cuerpo de su padre muerto y, sujetando el sable por la empu√Īadura, lo arranc√≥ del pecho de Brak, asi√≥ la hoja ensangrentada con la otra mano, la parti√≥ en dos, y arroj√≥ lejos los pedazos. Luego se cubri√≥ la cabeza con la capucha, se inclin√≥ para tomar en brazos el cuerpo de su padre y lo llev√≥ desde la sala de Estado, siguiendo un largo pasillo situado a la izquierda, hasta la gran rotonda en la que honraban a sus muertos los ch√Ękka de Kachar. Le acompa√Īaron en el recorrido los capitanes en jefe, tambi√©n con las cabezas cubiertas en se√Īal de duelo. Y cuando Thork deposit√≥ el cad√°ver de su padre sobre el gran catafalco de m√°rmol, la potente campana funeral empez√≥ a redoblar, lanzando al aire su lenta y l√ļgubre lamentaci√≥n: ¬°Don! ¬°Don! ¬°Mal-di-ci√≥n!
Pas√≥ un largo rato, y entonces se produjo un revuelo en la entrada y las filas de los capitanes en jefe se abrieron para permitir el paso de una ch√Ękian: era Sien, la verdamiga de Brak y madre de Baran y Thork. Como todas las ch√Ękia, iba vestida de la cabeza a los pies con velos de gasa flotante, en colores p√°lidos, que ocultaban tambi√©n el rostro. Era esbelta y alta, tal vez de metro veinte de estatura. Con gran dignidad camin√≥ hasta el catafalco, pisando con ligereza el granito pulido del pavimento, y coloc√≥ una mano suave sobre la frente de su amado. Y comenz√≥ un lamento en tono agudo, cayendo de rodillas sobre la base de la plataforma de m√°rmol. Todos los capitanes salieron de la habitaci√≥n, porque no pod√≠an soportar aquel dolor; tambi√©n Thork se alej√≥ de la rotonda porque la pena de su madre era m√°s de lo que pod√≠a soportar.
¡Don! ¡Don! ¡Mal-di-ción!
Desolado, el guerrero regres√≥ a ciegas a la sala de Estado. Y all√≠ Thork pas√≥ junto a una gran mancha de sangre ¬óla sangre Elgo¬ó en el suelo de m√°rmol blanco, cuando se acercaba al sitial del trono. Y su mirada se detuvo en la bolsa de piel de drag√≥n que desped√≠a un resplandor iridiscente a la luz difusa de las linternas de los ch√Ękka. Furioso, Thork se agach√≥ a recoger la bolsa, mientras sus l√°grimas ca√≠an sobre la piedra, y la arroj√≥ con fuerza a un rinc√≥n. Luego el enano se sent√≥ en el trono, mientras resonaban en su mente los ecos del llanto de su madre. Llor√≥ y maldijo a los hombres que hab√≠an matado a su padre y jur√≥ vengarse. Y todo el rato, la piel del drag√≥n desped√≠a suaves reflejos sobre el m√°rmol blanco.
Despu√©s de una largu√≠sima pausa, Thork se levant√≥ del gran trono de Estado, se aproxim√≥ a la bolsa reluciente y la tom√≥ en sus manos. ¬ęElgo el Burl√≥n dijo que se necesitar√≠a una cosa as√≠ para guardar un tesoro; ¬°muy bien, maldito sea, la usar√© precisamente para eso!¬Ľ La mente del guerrero ch√Ęk ard√≠a de ira mientras palpaba la piel; Thork hab√≠a imaginado una forma de volver aquella materia iridiscente contra los saqueadores. Se dirigi√≥ a toda prisa a sus habitaciones, tom√≥ su escudo y fue con √©l al taller de su padre. All√≠ utiliz√≥ las herramientas para moldear, con poderosos golpes, cubierta protectora para el escudo, fabricada con la piel del drag√≥n, que har√≠a temible para los jinetes su mera visi√≥n, porque Thork, hijo de Brak, ser√≠a quien enarbolara aquel escudo impenetrable para tomarse cumplida venganza.
Dos días más tarde, a primera hora de la tarde, Baran llegó a las puertas de Kachar. Y tras él apareció una reata de nueve ponis, cargado cada uno con un guerrero enano muerto, todos ellos emisarios masacrados a traición.
En la sala de Estado, el nuevo DelfSe√Īor convoc√≥ a sus capitanes en jefe. Y en medio de alaridos de rabia, cont√≥ la negra haza√Īa consumada por los jinetes con la columna de ch√Ękka que enarbolaba la bandera gris. Y orden√≥ a los capitanes que difundieran la noticia y se prepararan para una terrible guerra de represalia.
Después fue a la rotonda a rendir tributo a los restos de su padre y habló con su apenada madre, pero no ha quedado constancia de lo que se dijeron el uno al otro.
Baran orden√≥ que se esculpiera una rica tumba para guardar el cuerpo de Brak, vestido con su armadura completa y con el uniforme de Estado. Y orden√≥ que la gran hacha negra de su padre quedara dispuesta en sus manos, y la espada rota de su enemigo, Elgo, se colocara a sus pies, como correspond√≠a a un guerrero ch√Ęk muerto en combate.
Y ordenó que los emisarios muertos fueran incinerados en una gran pira en el valle, delante de la puerta.
Porque aqu√©lla era la costumbre de los enanos: piedra o fuego, ninguna otra cosa serv√≠a. Los ch√Ękka muertos deb√≠an reposar en la piedra pura o arder en una pira preparada de la forma prescrita; porque los enanos creen que el fuego libera los esp√≠ritus de los valerosos guerreros muertos en combate, y la piedra los purifica. Y est√°n seguros de que, para que se reencarne un ch√Ęk, su esp√≠ritu debe antes haberse liberado de las ataduras de Mithgar. De ah√≠ que los muertos no se entierren bajo el suelo, porque las ra√≠ces y las impurezas aprisionan a la sombra en la oscuridad, y puede pasar una edad entera antes de que el alma pueda escapar del suelo habitado por los gusanos. Piedra o fuego: ninguna otra cosa sirve.
El d√≠a de la incineraci√≥n, Brak fue colocado en la tumba blanca de la rotonda, donde permanecer√≠a hasta que terminara de labrarse su sepulcro. Las pla√Īideras ch√Ękia casi hicieron enloquecer a los guerreros con sus lamentos, y muchos de ellos habr√≠an salido a la carrera de la fortaleza y marchado de inmediato contra Jord de no haberles ordenado Baran que se estuvieran quietos.
Cuando se hubieron cumplido los días prescritos para el duelo, comenzaron los días de la guerra.