20 - La bolsa

Comienzos de primavera, 3E1602
[Este a√Īo]

Comenzaban a abrirse paso las luces del alba en medio de una espesa niebla cuando la columna de los vanadurin sali√≥ del castillo. Al frente cabalgaba Elgo, y le segu√≠an los diez supervivientes de la aventura del drag√≥n. Inmediatamente detr√°s de Elgo y a su derecha cabalgaba Reynor, con la lanza apoyada en el hond√≥n del estribo y la bandera colgando lacia en la humedad de aquella bruma pegada a la tierra, de modo que era imposible ver el caballo blanco rampante sobre campo verde del estandarte. A la izquierda de Elgo iba Ruric montado sobre Pedernal, y el maestro de armas parec√≠a sumido en tristes pensamientos. En lo alto de las murallas estaban Elyn y Arianne, la √ļltima con Bram en brazos, presenciando la marcha de la peque√Īa mesnada; Elyn se hab√≠a visto obligada a quedarse para hacerse cargo del gobierno del reino hasta la vuelta, bien de Elgo, o bien de Aranor. Y mientras la columna avanzaba hasta perderse de vista en la niebla, Arianne susurr√≥ algo a Bram y √©ste agit√≥ la mano para despedirse; pero ella no lleg√≥ a ver si el gesto hab√≠a sido respondido o siquiera visto, porque ya la bruma gris√°cea se hab√≠a tragado a los hombres.
La ma√Īana avanzaba y el Sol hab√≠a conseguido al fin expulsar la niebla de la superficie de los campos. Y mientras la gran esfera se elevaba en el cielo, lo mismo ocurr√≠a con el fuego que ard√≠a en el coraz√≥n de Elgo. Herv√≠a de ira porque no consegu√≠a apartar de su mente la imagen de Baran exigiendo que los vanadurin le entregaran el tesoro adquirido con tantos trabajos y que los enanos hab√≠an abandonado siglos atr√°s.
Los pensamientos de Elgo eran incandescentes. ¬ęTreinta hombres murieron por ese oro, todos ellos h√©roes, todos hijos de Harl, de la sangre de Harl: harlingar. ¬°No! Hab√≠an sido m√°s de treinta, porque tambi√©n murieron muchos intr√©pidos fjordsmen. Y ahora los enanos pretend√≠an que olvidara esas muertes y las privara de sentido.¬Ľ
—¡Malditos sean todos los enanos y su codicia! —estalló Elgo; hablando en voz alta.
Ruric, que cabalgaba al lado del príncipe, se aclaró la garganta.
¬óDi lo que te plazca, Viejo Lobo ¬ógru√Ī√≥ Elgo girando el rostro hacia la izquierda para mirar al maestro de armas¬ó. De todos, modos, ya has estado demasiado rato en silencio.
¬óRecordaba a un jovenzuelo impaciente entre los arbustos, hace muchos a√Īos, peleando a bastonazos con una doncella guerrera en ciernes ¬órespondi√≥ Ruric¬ó. En aquella ocasi√≥n te dije que el orgullo hab√≠a sido la perdici√≥n de muchos hombres, y que tambi√©n ser√≠a la tuya a menos que aprendieras a controlar tu temperamento y tus maneras llenas de orgullo.
¬óPor H√®l, Ruric ¬óestall√≥ Elgo¬ó, ¬Ņes eso lo que piensas sobre este asunto? ¬ŅCon esos enanos exigiendo nuestro tesoro? ¬ŅOrgullo? ¬ŅEl orgullo de un pr√≠ncipe?
¬óNo, mi se√Īor ¬órespondi√≥ Ruric, impert√©rrito ante la rabia de Elgo¬ó. Los enanos no tienen raz√≥n, sin la menor sombra de duda, porque abandonaron el maldito oro hace muchos a√Īos. Aun as√≠, no ser√≠a mal negocio d√°rselo por las buenas; as√≠ tendr√≠an que apechugar ellos con la maldici√≥n del drag√≥n. No, mi orgulloso pr√≠ncipe, no te pido que cedas a las exigencias de los enanos; tu temperamento es lo que me preocupa. No dejes que tus modales orgullosos predominen sobre tu raz√≥n en los pr√≥ximos d√≠as, porque si ocurre as√≠, vuelvo a repetirte lo que ya te dije en otra ocasi√≥n: tu orgullo te arrastrar√° a la derrota.
Elgo cabalgó en silencio durante largo rato antes de responder a las palabras de Ruric:
¬óViejo Lobo, tal vez tengas raz√≥n en lo que respecta a mis ¬ęmodales llenos de orgullo¬Ľ y mi ¬ęorgulloso temperamento¬Ľ, y tal vez tengas raz√≥n incluso en la existencia de un peligro oculto en el tesoro, aunque lo dudo; pero maldita sea, esos enanos se me han plantado en la boca del est√≥mago, y antes arder√© en H√®l que permitir que toquen la m√°s m√≠nima porci√≥n del bot√≠n de Sleeth.
Ruric no respondi√≥ nada, y guard√≥ silencio mientras √©l y los restantes supervivientes acompa√Īaban al ardiente pr√≠ncipe a trav√©s de las vastas praderas de Jord; el maestro de armas pens√≥ que cinco d√≠as de cabalgada ininterrumpida bastar√≠an para enfriar los √°nimos de Elgo antes de llegar a la fortaleza de Kachar.
La columna recorri√≥ muchas leguas en direcci√≥n este mientras el Sol segu√≠a elev√°ndose en el cielo y cruzaba el cenit, para descender despu√©s en busca del horizonte occidental. La tierra que recorr√≠an iba cambiando lentamente; las praderas se transformaron en colinas de contornos suaves, que anunciaban las estribaciones de las monta√Īas que vendr√≠an despu√©s. Aqu√≠ y all√°, cruzaban en su camino un peque√Īo macizo de √°rboles que empezaban a verdear con la proximidad de la primavera; los capullos iban creciendo poco a poco, pero las hojas no despuntar√≠an hasta pasada una quincena o veinte d√≠as, en funci√≥n de la mayor o menor fuerza del Sol. Sin embargo, acunadas en la hierba alta, asomaban algunas florecillas azules por entre los amarillos tallos invernales, anunciando la llegada de una nueva estaci√≥n en la que la vida surgir√≠a y se desarrollar√≠a por doquier hasta las heladas oto√Īales.
Al llegar la noche, los harlingar acamparon junto a un bosquecillo de √°rboles gruesos de ramas a√ļn desnudas; se amarraron los corceles, se estableci√≥ un turno de centinela y se encendi√≥ una peque√Īa hoguera para ahuyentar las sombras. Hab√≠an recorrido unos sesenta y cinco kil√≥metros en campo abierto en aquel d√≠a: una buena cabalgada, incluso para los harlingar.
Sentados al lado del fuego, Elgo habló de nuevo de la reclamación de los enanos:
—Os digo a todos vosotros, aquí y ahora, que esos enanos avaros no pondrán un solo dedo en ninguna parte del tesoro que hemos conquistado. Haremos con él lo que acordamos en el momento de partir para nuestra aventura. Tan pronto como haya sido adecuadamente evaluado, lo dividiremos en cien lotes; cada una de las familias de los muertos recibirá un lote; diez irán a manos de los fjordsmen, porque al prestarse a llevarnos a nuestra misión perdieron muchos hombres; el resto irá a las arcas del tesoro del reino de Jord. Pero ni la más mínima parte, ni una moneda de cobre, irá a parar a las manos codiciosas de esos glotones habitantes de las cavernas.
¬óMi se√Īor ¬óhabl√≥ uno de los vanadurin, Brade, un joven rubio de unos veinte a√Īos, que proced√≠a del norte de Jord¬ó, ¬Ņno intentar√°n esos enanos cabalgar a la guerra contra nosotros, por culpa del Dracongield?
¬ó¬°Ja! ¬óse burl√≥ Bargo, un hombre con un rostro rubicundo y bovino, de barba y trenzas rubias; y poni√©ndose en pie de un salto, empez√≥ a hacer cabriolas por el campamento, meneando la cabeza, con los ojos en blanco y las manos temblorosas como si se tratara de un novato asustado que intentara montar un corcel ind√≥mito-. ¬ŅCabalgar a la guerra con qu√©..., con ponis?
La ridícula pantomima de Bargo provocó sonoras carcajadas entre los jordios, porque la visión de aquellos seres bajitos, de barbas partidas, atacando a paso de carga montados en ponis, era demasiado cómica para dejarla pasar en silencio. Incluso el sombrío Ruric rió, por primera vez en más de un mes.
Mediada la ma√Īana del segundo d√≠a, la columna de los harlingar avist√≥ primero, alcanz√≥ despu√©s, y rebas√≥ a la columna de los emisarios de los enanos, montados en sus caballitos y enarbolando la bandera gris, que tambi√©n viajaban en direcci√≥n este, camino de Kachar. Cuando la mesnada de Elgo se coloc√≥ a su altura, los enanos dirigieron miradas furiosas a aquellos jinetes ladrones, y recibieron a cambio miradas igualmente furibundas..., por lo menos hasta que Bargo pas√≥ junto a la hilera de ponis. El robusto guerrero sac√≥ la lanza de su vaina, espole√≥ a su montura, se ech√≥ hacia atr√°s apoy√°ndose en el pomo de su silla de montar, y alz√≥ las piernas estiradas a los lados. En ese equilibrio inestable, agitando la lanza en el aire al tiempo que gritaba ¬ę¬°Yu-ju!¬Ľ y botaba sobre la silla, pas√≥ Bargo tambale√°ndose delante de los enanos. Los vanadurin no pudieron contener la risa, mientras los guerreros enanos los miraban furiosos, conscientes de que aquella banda de saqueadores los hab√≠a insultado de alguna manera, pero sin comprender el sentido exacto de la burla.
Al tercer d√≠a, se recort√≥ en el horizonte la gran cordillera gris del Murall√≥n Sombr√≠o, de aspecto oscuro y ominoso en la distancia a pesar de que las cimas de las monta√Īas aparec√≠an a√ļn cubiertas de nieve, y as√≠ seguir√≠an hasta los d√≠as m√°s calurosos del est√≠o. Y durante todo el d√≠a, la columna avanz√≥ por un terreno ondulado, en direcci√≥n sudeste. Se dirig√≠an hacia el paso de Kaagor, el mismo lugar en el que, casi cuatro a√Īos antes, Elgo hab√≠a matado al troll Golga.
Por la noche, acamparon a unos veinticinco kil√≥metros del pie del puerto. Al d√≠a siguiente habr√≠an de apresurarse para recorrer de lado a lado toda la larga hendidura, dominada por los picos nevados; porque, a pesar de ser ya primavera, las noches eran a√ļn demasiado fr√≠as para acampar en medio de la cordillera de no existir una necesidad acuciante; y eso incluso en el paso de Kaagor, que cruza las monta√Īas a una altura relativamente baja, y permanece abierto casi todo el a√Īo.
Ante la insistencia de sus hombres, Elgo cont√≥ su haza√Īa:
¬óSiempre hab√≠a o√≠do que los trolls eran casi invencibles, aunque algunas historias hablaban de armas maravillosas de los elfos, capaces de cortar su piel rocosa con la facilidad con que se hunde en la mantequilla un cuchillo caliente. Yo no ten√≠a ninguna espada √©lfica, pero me pareci√≥ que deb√≠an de existir m√©todos diferentes para matar a esos monstruos. De modo que cabalgu√© hasta el desfiladero en el verano del noventa y nueve, dispuesto a observar a Golga y ver si se me ocurr√≠a alg√ļn medio de librar al mundo de su amenaza.
¬ĽResult√≥ f√°cil encontrarle, porque consegu√≠ acercarme a caballo hasta el mismo umbral de su guarida mientras el Sol todav√≠a estaba en el cielo. Pero ten√≠a que alejarme de la entrada de su caverna antes de que cayera la noche, porque de otro modo podr√≠a olfatearme y darme caza..., y en ese caso Sombra y yo habr√≠amos ido a parar a su caldero como plato principal de unas cuantas de sus cenas.
¬ĽHab√≠a un gran pe√Īasco redondo, que √©l usaba como puerta de su guarida durante el d√≠a. Por las se√Īales de la piedra, deduje que por la noche la hac√≠a rodar a un lado al salir de caza en busca de presas (gamos, cabras montesas, alima√Īas, una caravana de mercaderes y otros bocados sabrosos), y ya al aproximarse la ma√Īana regresaba a su cueva y volv√≠a a colocar la roca en su lugar.
¬ĽDurante varios d√≠as estudi√© la disposici√≥n del terreno, en busca de una forma de matar al monstruo. Su caverna se abr√≠a en un risco vertical que se alzaba hasta la cima de la monta√Īa. Quince o veinte metros m√°s arriba, hab√≠a una repisa bastante amplia, y pens√© que podr√≠a ocultarme all√≠ para observar a Golga. Y fue mientras pensaba en esa posibilidad cuando mi vista tropez√≥ con el pe√Īasco de la puerta, y el plan se me ocurri√≥ de repente. Durante los quince d√≠as siguientes, trabaj√© como nunca hab√≠a trabajado antes.
¬ęFinalmente, todo qued√≥ dispuesto. Emple√© ese d√≠a y el siguiente en cazar gamos, tres en total: el cebo de mi trampa.
¬ĽAl llegar la noche, Golga empuj√≥ a un lado su roca y encontr√≥ esper√°ndole tres gamos destripados, justo delante de su puerta. Dio un par de vueltas a su alrededor y olfate√≥ la comida un buen rato, pensando quiz√° que pod√≠a estar envenenada.
¬ĽPero no era la comida lo que deb√≠a haber mirado en busca de una trampa, sino el risco situado sobre su cabeza; porque fue entonces cuando empuj√© desde el borde de la repisa alta un enorme pe√Īasco, que cay√≥ encima del monstruo. ¬°Hai!, sus huesos sonaron ¬°crunch!, porque ni siquiera un troll puede resistir un golpe como aqu√©l.
¬ĽY bien, muchachos, as√≠ acab√≥ Golga, aplastado debajo de la roca que me hab√≠a costado catorce d√≠as colocar en la posici√≥n necesaria, un trabajo tan agotador que estuvo a punto de matarme a m√≠. ¬óY el √ļnico ojo brillante de Elgo recorri√≥ los rostros que le contemplaban admirados alrededor de la hoguera del campamento¬ó. ¬ŅAlguna pregunta?
¬ó¬ŅExploraste la caverna, mi se√Īor? ¬ópregunt√≥ Roka, atus√°ndose la barba roja mientras sus propios ojos azules brillaban a la luz de la hoguera.
¬óLo hice, y no os hubiera gustado aquel agujero p√ļtrido ¬órespondi√≥ Elgo, y el recuerdo le hizo estremecer¬ó. Alfombrado de huesos..., huesos de todas las clases..., cosas que no quisiera recordar. Tambi√©n hab√≠a herramientas muy toscas, y un lecho de pieles. Pero nada de valor... ¬°Ah, maldita sea! No hablemos m√°s del tema, porque era un lugar horrendo, un agujero que prefiero olvidar.
A la ma√Īana siguiente, los harlingar cabalgaron hasta el paso de Kaagor, y cerca de su punto culminante se detuvieron y desmontaron; Elgo se√Īal√≥ entonces el lugar de la guarida del troll. Delante de la boca oscura de la caverna estaban las dos mitades de un gran pe√Īasco, partido por la fuerza del golpe al caer. Quince o veinte metros m√°s arriba se entreve√≠a el borde de la repisa utilizada por Elgo para matar al gran ogru. A un lado del agujero negro hab√≠a otro pe√Īasco: la puerta de Golga. Reynor se acerc√≥ a la roca partida, maravillado de su tama√Īo. El guerrero no consegu√≠a imaginar c√≥mo pudo un hombre solo hacerla rodar hasta colocarla en la posici√≥n adecuada, sobre la repisa rocosa.
¬óCon palancas, Reynor ¬ócontest√≥ Elgo a la pregunta del capit√°n de la guardia¬ó. Utilic√© rodillos y p√©rtigas, y la hice rodar unos cent√≠metros cada vez, calz√°ndola con cu√Īas para evitar que rodara de nuevo a su posici√≥n anterior. Estaba ya colocada en la repisa, pero en el extremo m√°s alejado..., veamos..., s√≠, all√≠. De no haber estado la roca en la misma repisa, no habr√≠a podido empujarla de ning√ļn modo.
¬ĽY cuando intent√© precipitarla al vac√≠o sobre el troll, pens√© que iba a romperme la espalda, porque al principio no se mov√≠a. Pero por fin pude despegarla del suelo, y abajo se fue. Mirad, todav√≠a hay uno de los huesos de Golga debajo de la piedra,
Reynor mir√≥ el extremo de un enorme hueso que sobresal√≠a de debajo del pe√Īasco partido en dos, tal vez un f√©mur, y en sus facciones se reflej√≥ el asombro que sent√≠a.
¬ó¬°Hola! ¬ŅC√≥mo es que estos huesos no se han pulverizado por efecto de la Prohibici√≥n de Adon?
¬ó¬°Huesos de troll y piel de drag√≥n, muchacho! ¬óexclam√≥ Ruric, que se hab√≠a colocado junto a Elgo¬ó. ¬ŅDe d√≥nde crees que viene ese juramento? Me explico, la gente no jura por los ¬ęhuesos de troll y la piel de drag√≥n¬Ľ simplemente por divertirse. El caso es que los huesos de los trolls y la piel de los dragones son tan resistentes que no se pudren a pesar de la Prohibici√≥n. Toda la carne se ha pulverizado al contacto de la luz del Sol, pero los huesos del troll Golga han resistido la Prohibici√≥n durante tres a√Īos hasta ahora, y as√≠ continuar√°n por mucho tiempo... ¬°igual que la piel de Sleeth!
Elgo dirigió una rápida ojeada a su caballo, Sombra, al oír la mención de Sleeth, pero el maestro de armas no se dio cuenta. Y Reynor siguió preguntando:
Bueno, pues si han sobrevivido, ¬Ņd√≥nde est√° el resto de los huesos de Golga?
Sin duda algunos siguen atrapados debajo de la roca ¬ócontest√≥ Ruric, al tiempo que se agachaba a mirar debajo del pe√Īasco partido¬ó. Y supongo que los que quedaron fuera habr√°n sido ro√≠dos hace mucho por las ratas y otras bestezuelas.
¬óMe sorprende que ni siquiera una rata pueda dar un mordisco a un troll muerto ¬ó gru√Ī√≥ Elgo al recordar el hedor.
¬óLos basureros de la muerte no son remilgados, mi se√Īor ¬óreplic√≥ Ruric¬ó. Todo es grano para su molino, sea un hombre, un troll, un elfo o un enano...
Al o√≠r la menci√≥n del enano, Elgo mir√≥ hacia atr√°s, como si quisiera asegurarse de que Baran no estaba a√ļn a la vista.
¬óMarchemos de aqu√≠, porque a√ļn tengo un asunto pendiente con el DelfSe√Īor de Kachar.
Y así emprendieron el camino de descenso del paso los once vanadurin, con el estandarte de combate de los harlingar flotando a impulsos de la brisa.
Al d√≠a siguiente, quinto desde la partida del castillo, cerca del mediod√≠a los supervivientes de la incursi√≥n a Piedra Negra dejaron atr√°s un grupo macizo de abedules plateados, los √ļltimos √°rboles de un bosque de monta√Īa que enmarcaba el fondo de un amplio valle dominado por alt√≠simos picachos. Ante ellos se elevaba una piedra del Reino que se√Īalaba la frontera entre el Ch√Ękkaholt de Kachar y la punta nororiental de Aven; el obelisco de los enanos apuntaba al cielo, y sus runas eran f√°cilmente legibles por todos. Hab√≠an llegado all√≠ desde el paso de Kaagor, cruzando la gran cordillera del Murall√≥n Sombr√≠o, y girado luego a la derecha, en direcci√≥n sudoeste, adentr√°ndose en un terreno monta√Īoso, cubierto de bosques cuyos √°rboles mostraban a√ļn su aspecto invernal, aunque menudeaban ya los capullos pr√≥ximos a abrirse. Estaban muy cerca de su objetivo; las puertas de hierro de Kachar los esperaban en el extremo superior del valle.
¬óAll√≠ est√°n, mi se√Īor ¬ógru√Ī√≥ Ruric, al tiempo que se√Īalaba arriba, en el lugar en que el fondo del valle, orientado hacia el norte, tropezaba con el murall√≥n de la monta√Īa occidental, se divisaba una abertura negra. A partir de ella, un camino pavimentado serpenteaba, desapareciendo aqu√≠ y all√° de la vista, escondido en los pliegues del terreno, para reaparecer de inmediato y proseguir en direcci√≥n sur, hasta dejar el valle y adentrarse en un bosque de monta√Īa.
¬óLo veo, maestro de armas ¬óreplic√≥ Elgo, con su √ļnico ojo inflamado por la impaciencia. Espole√≥ a Sombra y se lanz√≥ adelante seguido por sus acompa√Īantes; toda la columna sali√≥ del bosque, descendi√≥ la loma y avanz√≥ por terreno despejado.
Así descendieron al fondo del valle, subieron luego por la pendiente hasta llegar al camino pavimentado que cruzaba las puertas y allí hicieron girar a sus caballos para seguir aquella ruta.
Brak estaba sentado a su mesa de trabajo, con un delantal de cuero sobre sus vestidos. Ante √©l, dispersas, ten√≠a varias herramientas, y en las manos un objeto de plata que examinaba con atenci√≥n. Su concentraci√≥n se quebr√≥ al entrar a toda prisa un heraldo ch√Ęk en la habitaci√≥n, con el rostro encendido por las noticias que tra√≠a. Dejando a un lado el objeto, Brak se volvi√≥ al mensajero y le indic√≥ con un gesto que hablara.
¬óDelfSe√Īor ¬óel mensajero se inclin√≥ ante Brak¬ó, unos hombres a caballo se acercan por el valle; son once en total, y llevan la bandera de Jord, a lo que parece.
¬ó¬°Ah! ¬ógru√Ī√≥ el jefe de los ch√Ękka, apartando la mesa y acarici√°ndose la barba negra¬ó. Vienen a negociar la devoluci√≥n de nuestra propiedad robada por el drag√≥n. Re√ļne a los capitanes en jefe en la sala de Estado. Tambi√©n a Thork. Daremos a nuestros visitantes la bienvenida que merecen.
Cuando el heraldo salía ya de la habitación, Brak le llamó de nuevo.
¬óBaran y los dem√°s cabalgan con los hombres, ¬Ņno es as√≠?
El mensajero se detuvo y respondió:
¬óNo, se√Īor; no vienen. Los hombres se acercan solos.
Después de una pausa por si Brak deseaba decir alguna otra cosa, y al comprobar que no era así, el heraldo corrió a dar aviso a los convocados.
At√≥nito ante aquellas noticias inesperadas, Brak se acerc√≥ al muro del que colgaban su malla de hierro negro, la t√ļnica y las vestiduras de Estado, con una expresi√≥n pensativa en su rostro.
A trav√©s de la gran puerta, abierta de par en par, del patio exterior cabalgaron los vanadurin, y los cascos de sus corceles resonaron en el suelo de granito pulido; subieron despu√©s una serie de escalones bajos y amplios, m√°s all√° de los cuales otro tramo pavimentado con granito pulido los llev√≥ hasta las poderosas puertas de hierro, abiertas asimismo de par en par hasta ajustarse a los flancos de la monta√Īa que dominaba la entrada desde la altura. Algunos enanos se aproximaron, y unos se hicieron cargo de las riendas de los corceles mientras otros daban la bienvenida a los harlingar. Al desmontar, los vanadurin colgaron los escudos a sus espaldas y tomaron sus sables y cuchillos largos, revisti√©ndose as√≠ con todas sus armas ofensivas y defensivas.
—Deseo hablar con Brak —anunció Elgo con brusquedad, al tiempo que tomaba de detrás de su silla de montar un bulto envuelto en telas—. Decidle que Elgo, príncipe de Jord, Matador de Sleeth y Libertador de Piedra Negra, quiere tratar con él un asunto.
¬óCalma, orgulloso pr√≠ncipe ¬ódijo Ruric en voz baja cuando los enanos se volvieron para entrar en la fortaleza; y dirigi√≥ a Elgo una mirada significativa. Pero si el pr√≠ncipe tuerto le oy√≥, no dio ning√ļn signo de ello.
Los vanadurin fueron conducidos escaleras arriba, cruzando la gran puerta de hierro y una doble fila de centinelas enanos armados con hachas de doble filo y ballestas. Lejos de la intensa luz del mediodía, los harlingar penetraron en el holt en sombra con su escolta, a la luz fosforescente verdeazul de las linternas de los enanos, suspendidas de soportes de hierro fijados a los muros de los pasillos excavados en la piedra. Y avanzaron siguiendo un laberinto de salas y corredores hasta desembocar en el salón de Estado, donde los aguardaba el Destino.
Fueron escoltados hasta una gran c√°mara. En su interior se hab√≠an reunido hasta doscientos guerreros enanos, todos vestidos con la cota de malla de hierro negro y portando un arma de alg√ļn tipo: hachas de doble filo con runas incisas, colgadas a la espalda; ballestas ligeras y aljabas por las que asomaban los empenajes coloreados de los virotes. Cubr√≠an sus cabezas con yelmos, pero en lugar de los casquetes de cuero y acero de los harlingar, con sus adornos de crines de caballo o plumas de aves, los cascos de los enanos se adornaban con fant√°sticas figuras de metal, que representaban animales legendarios, o bien con alas met√°licas desplegadas.
Ante los vanadurin se abrió un pasillo que, cruzando por entre las filas apretadas de los enanos, los condujo al otro lado de la sala pavimentada con mármol blanco hasta el dosel del trono, donde estaba sentado Brak con un macizo y profusamente adornado sillón de Estado, tallado con símbolos dorados. Apoyada en el brazo izquierdo del trono estaba una gran hacha negra, con la cabeza de acero descansando en el suelo. A la derecha de Brak se sentaba Thork, su hijo menor, con las armas de guerrero colgadas del pecho.
Ruric miró de reojo a Elgo, y observó que aquel despliegue de fuerza había irritado al príncipe hasta poner al rojo vivo sus cicatrices. Pero antes de que el maestro de armas pudiera decir alguna palabra que le calmara, Elgo se precipitó en las mandíbulas inexorables del Destino: sus pasos enérgicos hacían resonar el mármol, y sus manos desenvolvían con gestos bruscos el paquete que llevaba consigo. Detrás de él, avanzaron los diez vanadurin restantes.
Finalmente, la tela del envoltorio qued√≥ fuera y Elgo la arroj√≥ un lado; ahora ten√≠a en las manos un gran bulto de materia iridiscente: ¬°piel de drag√≥n! Ascendi√≥ los escalones del estrado del trono y all√≠ se detuvo; y sosteniendo el material brillante por encima de su cabeza, dio con gran lentitud una vuelta completa, de modo que todos pudieran verlo. Y entre los enanos reunidos se produjo un fuerte murmullo, porque, aunque ninguno de ellos hab√≠a visto nunca la piel de un drag√≥n, todos supieron al instante qu√© era lo que se les mostraba. Pero los desconcertaba el hecho de que, seg√ļn se todas las apariencias, lo que el pr√≠ncipe sosten√≠a por encima de su cabeza era una gran bolsa, que colgaba desde sus manos alzadas hasta los hombros; incluso ten√≠a una correa que cerraba la boca.
Volvi√©ndose de nuevo a Brak, Elgo baj√≥ la piel del drag√≥n desat√≥ la correa y, abriendo la boca de la misma, la volc√≥ hacia el suelo. Del interior sali√≥ una sola y peque√Īa moneda de oro que golpe√≥ con un ¬°chmg! el suelo de piedra y rod√≥ hasta la base del trono, chocando con la base del dosel: ¬°tink!; y all√≠ qued√≥, reluciendo con un brillo mortecino a la luz verdeazul de las linternas fosforescentes de los enanos.
Con sus cicatrices de color rojo llama debido a la ira, Elgo sostuvo la piel del dragón con una mano por encima de su cabeza, y habló a Brak en voz muy alta, de modo que todas las personas de la sala pudieran escuchar sus palabras:
—Deberéis fabricar una bolsa como ésta para poder llenar vuestras arcas con Dracongield; pero preparaos, porque sólo los valientes pueden arrancar este tipo de tejido de su bastidor.
Y arrojó la bolsa de piel de dragón a los pies de Brak, dando a continuación media vuelta y dirigiéndose a la salida a grandes zancadas.
A sus espaldas, Brak dio un rugido furioso, empu√Ī√≥ su hacha y se puso en pie de un salto, precipit√°ndose hacia aquel impenitente ladr√≥n de tesoros. Elgo se dio media vuelta, y de s√ļbito su sable estaba en su pu√Īo derecho y el escudo sobre el brazo izquierdo.
¡Blang! El hacha chocó con el escudo. ¡Shing! El sable rebotó en la cota de malla de hierro negro.
Los enanos se precipitaron hacia adelante, armados algunos de ellos con ballestas.
Tambi√©n los vanadurin empu√Īaron sus armas y adoptaron una formaci√≥n defensiva en cuadro, aunque estaban en una inferioridad num√©rica de uno contra veinte.
—¡Quietos! —rugió Brak, retrocediendo un par de pasos, con las facciones oscurecidas por la ira, pero sin apartar la vista del nombre que tenía delante—. ¡Elgo el Falso, el ladrón Elgo es mío!
Mascullando maldiciones, los enanos retrocedieron con los ojos inyectados en sangre y las armas dispuestas.
Los vanadurin mantuvieron su formación en cuadro.
Ahora Brak se dirigió a Elgo, con voz silbante por la ira que lo dominaba:
—Ven aquí, Elgo el Burlón; prueba el sabor del hierro.
La ira hizo brillar a√ļn m√°s las cicatrices de Elgo, que se lanz√≥ adelante con el sable en alto.
¡Dring! Brak paró el golpe con el astil de su hacha y contraatacó con un furioso golpe asestado con el agudo pico que remataba la doble pala del hacha. ¡Dlank! El escudo de Elgo detuvo el ataque.
¡Shang! ¡Chang! Chocaron acero contra acero, y el metal torturado crujió en agonía, ante la furia de quienes blandían las armas. Hacha contra sable y escudo, enano contra hombre. Brak asía a dos manos el mango negro de madera de roble, con la derecha arriba, junto a la pala, y la izquierda abajo, muy cerca de la contera. Y utilizaba el astil para parar los tajos del sable de Elgo, ¡zak!, al tiempo que golpeaba a su vez con la punta de acero, ¡dank!, o variaba la posición de las manos para asestar golpes laterales con el filo cortante de la doble pala, ¡clang!, ¡blang!, que Elgo evitaba desviando el acero con su propio sable.
Los enanos se hab√≠an retirado, dejando libre el espacio situado ante el estrado del trono, donde los dos combatientes se atacaban cada vez con mayor violencia; incluso el cuadro de combate formado por los vanadurin se desplaz√≥ para dejar sitio a los duelistas, movi√©ndose entonces los harlingar como un solo hombre. ¬°Blang!, ¬°dlang! Los ch√Ękka lanzaban gritos de √°nimo y otro tanto hac√≠an los jinetes, pero ni Brak ni Elgo parec√≠an advertirlo, y luchaban en un silencio ce√Īudo.
El veloz Elgo paraba la mayor√≠a de los golpes del DelfSe√Īor con su escudo, ahora abollado: ¬°dlang! El sable ten√≠a un alcance superior, y le permit√≠a obligar a Brak a retroceder con estocadas y tajos: ¬°skang!, ¬°chmg!
Volvieron a cruzarse acero contra acero: ¡chans!, ¡clang!, y Brak cedió más terreno. Elgo se desplazó en círculo hacia su derecha, trazando con su sable una rápida red de cuchilladas mortíferas, detenida por el mango de roble provisto de una delgada tira de bronce para resistir los golpes de las armas de filo cortante.
¬ó¬°Ch√Ękka shok! ¬°Ch√Ękka cor! [¬°Las hachas de los enanos! ¬°La fuerza de los enanos!] ¬óvoce√≥ Brak el antiguo grito de combate, coreado por los enanos reunidos: ¬ę¬°Ch√Ękka shok! ¬°Ch√Ękka cor!¬Ľ
Elgo luchaba en silencio, pero Reynor gritó:
¬ó¬°H√°l Jordreich! ¬ódando voz a los vanadurin, aunque Ruric los dem√°s permanecieron mudos.
¡Chank!, ¡chang! Ahora los dos guerreros sangraban, pero seguían blandiendo sus armas con la misma determinación. Elgo se ladeó a la izquierda para evitar un golpe y dio al mismo tiempo una estocada de abajo arriba. Pero su talón fue a pisar la reluciente moneda olvidada en el suelo, y resbaló en la superficie pulimentada. Y mientras caía, ¡chunk!, el hacha fue a enterrarse en su caja torácica, y la sangre brotó con fuerza. Pero en el mismo instante, ¡shikk!, el sable atravesó la malla del enano y se hundió en el corazón de Brak.
El DelfSe√Īor cay√≥ muerto a los pies de Thork.
Apartando de s√≠ el hacha, mientras la sangre manaba incontrolable, Elgo dio uno o dos pasos tambaleantes y finalmente se derrumb√≥ en medio del grupo de los vanadurin, que se hab√≠an precipitado para ayudarle. Ruric clav√≥ la rodilla en el suelo y tom√≥ al pr√≠ncipe en sus brazos. Elgo mir√≥ con su √ļnico ojo, parpadeando, al maestro de armas, al tiempo que mov√≠a los labios como si quisiera decir algo. Ruric acerc√≥ su o√≠do a la boca de Elgo.
—Orgullo —murmuró el príncipe, y expiró.
La rabia se desbord√≥ en el sal√≥n, y los enanos se abalanzaron sobre aquellos saqueadores y asesinos del DelfLord, dispuestos acabar con ellos. Pero Thork se puso en pie al lado de su padre muerto, y con un grito tan estent√≥reo que acall√≥ los alaridos de los dem√°s, salt√≥ hacia un lado y golpe√≥ con la pala de su hacha una columna de piedra: ¬°BLANG! Y los capitanes ch√Ękka se detuvieron con los ojos fijos en el hijo de Brak, su se√Īor hasta el regreso de Baran.
La rabia hacía rechinar los dientes de Thork, y su mirada parecía capaz de fulminar por sí sola a los vanadurin. La voz era tan chirriante como si las palabras que pronunciaba fueran de material de hierro:
¬óSalid de aqu√≠, regresad a vuestra tierra y preparaos para la guerra, porque nosotros iremos all√°. ¬óY a√Īadi√≥, se√Īalando el cuerpo de Elgo¬ó: Y llevaos de aqu√≠ esa carro√Īa.
—¡Yaaaah! —Con un aullido inarticulado, Bargo se precipitó hacia adelante, con la muerte en sus ojos, y sus manos macizas se alzaron como garras dispuestas a despedazar a Thork.
¬°Zzak! El virote lanzado por una ballesta fue a enterrarse en el pecho de Bargo, y el fornido guerrero cay√≥ muerto al suelo, con los brazos extendidos y los dedos engarfiados a√ļn para apresar a Thork, sin alcanzarlo tan s√≥lo por unos cent√≠metros.
Thork miró al ladrón muerto a sus pies, sin decir una sola palabra. Alrededor de los vanadurin se escucharon los chasquidos metálicos de las cotas de malla de hierro negro, al tiempo que las ballestas cargadas se alzaban, y sus proyectiles apuntaban a los corazones de los harlingar.
—¡Quietos! —La voz de Ruric quebró el silencio; el maestro de armas seguía arrodillado, con el cuerpo de Elgo entre sus brazos—. Nos llevaremos con nosotros a nuestros muertos, y regresaremos a nuestra tierra. Pero escuchadme, enanos: no necesitaréis venir a Jord a guerrear, porque los vanadurin vendremos a buscaros delante de estas mismas puertas. Preparaos, enanos, porque seremos nosotros quienes vendremos aquí a vengar a nuestros muertos.
Ruric se puso en pie y cargó con Elgo sobre sus hombros, sin cuidarse de la sangre que corría por sus vestidos y manchaba el suelo de mármol blanco. Kemp el Joven y Arlan tomaron el cuerpo de Bargo entre los dos, y todos los harlingar se dirigieron a la salida, mientras un heraldo les abría paso.
Cuando descendieron los escalones de la entrada en busca de sus corceles, detr√°s de ellos empez√≥ a redoblar, lenta y f√ļnebre, una campana que informaba a todos, con su profundo y triste ta√Īido, que Brak hab√≠a muerto. ¬°Don...! ¬°Don...! ¬°Mal-di-ci√≥n...! Y dondequiera que los enanos o√≠an aquel toque, bajaban las capuchas sus cabezas en se√Īal de duelo: ¬°Don...! ¬°Don...! ¬°Mal-di-ci√≥n...!
Llorosos, los harlingar sujetaron los cuerpos de los muertos a los lomos de sus caballos: el cad√°ver de Elgo sobre Sombra; el de Bargo sobre su corcel, Corredor. Y los desconsolados pero a√ļn furiosos vanadurin montaron y se alejaron de las puertas de hierro de Kachar, y durante largo rato sigui√≥ sonando a sus espaldas el redoble f√ļnebre de la campana, como un mal presagio: ¬°Don...! ¬°Don...! ¬°Mal-di-ci√≥n...!