19 - Jon

—¡Ya basta! —Ser Alliser Thorne tenía una voz más cortante que el acero valyriano.
—El bastardo me ha roto la muñeca —dijo Grenn apretándose la mano.
—El bastardo te ha dejado cojo, te ha abierto esa cabeza hueca que tienes y te ha cortado la mano. O es lo que te habría hecho si estas espadas tuvieran filo. Por suerte para ti la Guardia necesita también mozos de cuadra, no sólo guerreros. —Ser Alliser hizo un gesto en dirección a Jeren y a Sapo—. Poned de pie al Uro, tiene que preparar un funeral.
Jon se quitó el casco mientras los demás chicos ayudaban a Grenn a levantarse. Le gustó la sensación del aire gélido de la mañana en el rostro. Se apoyó en su espada, respiró hondo y se permitió disfrutar un momento del sabor de la victoria.
—Eso es una espada, no el bastón de un anciano —le dijo Ser Alliser con brusquedad—. ¿Te duelen las piernas, Lord Nieve?
—No —respondió Jon. Detestaba que lo llamaran así, era el apodo burlón que Ser Alliser le había puesto el primer día que fue a entrenar. Los demás chicos se lo habían apropiado y ahora tenía que aguantarlo constantemente. Envainó la espada larga.
Thorne avanzó hacia él a zancadas. Sus ropas de cuero negro susurraban ligeramente cuando se movía. Era un hombre compacto, de unos cincuenta años, frugal y duro, con hebras grises en el pelo negro y ojos como esquirlas de ónice.
—Dime la verdad.
—Estoy cansado —reconoció Jon. El brazo le ardía por el peso de la espada, y ahora que el combate había terminado empezaba a notar las magulladuras.
—Lo que te pasa es que eres débil.
—He ganado.
—No. El Uro ha perdido.
Uno de los chicos dejó escapar una risita burlona. Jon era demasiado inteligente para responder. Había derrotado a todo el que Ser Alliser le había puesto por delante y no había conseguido nada. El maestro de armas no tenía para él más que palabras mordaces. Estaba seguro de que Thorne lo detestaba. Pero claro, aún detestaba más a los otros chicos.
—Se acabó —les dijo Thorne—. Hay un límite para la ineptitud que puedo soportar en un día. Si alguna vez nos atacan los Otros, ruego a los dioses que tengan arqueros, porque no servís más que para detener las flechas.
Jon siguió a los demás hasta la armería, caminando solo. Allí andaba solo a menudo. El grupo con el que se entrenaba era de casi veinte muchachos, pero no había ni uno al que pudiera considerar su amigo. La mayoría le llevaban dos o tres años, y aun así ninguno luchaba la mitad de bien que Robb a los catorce. Dareon era rápido, pero tenía miedo de que lo hirieran. Pyp manejaba la espada como si fuera una daga, Jeren era débil como una niña, Grenn era lento y torpe. Los golpes de Halder eran brutales, pero dejaban su guardia abierta. Cuanto más tiempo pasaba con ellos, más los despreciaba Jon.
Una vez en el interior, Jon colgó la espada y la vaina de un gancho en el muro de piedra, haciendo caso omiso de los que lo rodeaban. Empezó a quitarse metódicamente las mallas, el cuero y las prendas de lana empapadas en sudor. En los braseros de hierro situados a ambos extremos de la estancia alargada ardían pedazos de carbón, y aun así el muchacho tiritaba. Allí el frío lo acompañaba siempre. En pocos años olvidaría cómo era el calor.
El cansancio le cayó encima de repente mientras se ponía las prendas negras que eran su atuendo cotidiano. Se sentó en un banco mientras trataba de abrocharse la capa. «Hace tanto frío...», pensó recordando los cálidos salones de Invernalia, donde el agua caliente recorría los muros como la sangre el cuerpo de los hombres. Había poco calor en el Castillo Negro. Allí los muros eran fríos, y las personas más frías aún.
Nadie le había contado que la Guardia Negra iba a ser así; sólo Tyrion Lannister. El enano le había dicho la verdad en el camino hacia el norte, pero entonces ya era tarde. Jon se preguntaba si su padre sabría cómo era el Muro. Seguro que sí, pensó. Eso todavía le dolía más.
Hasta su tío lo había abandonado en aquel lugar gélido en el fin del mundo. Allí arriba, el afable Benjen Stark se había transformado en otra persona. Era el capitán de los exploradores, y pasaba día y noche con el Lord Comandante Mormont, el maestre Aemon y los demás oficiales de alto rango, mientras Jon quedaba a los cuidados nada tiernos de Ser Alliser Thorne.
Tres días después de llegar, Jon había oído comentar que Benjen Stark iba a guiar una partida de seis hombres en una expedición al Bosque Encantado. Aquella misma noche fue a buscar a su tío a la gran sala común y le suplicó que lo llevara con él.
—Esto no es Invernalia —le respondió el hombre, que cortaba la carne con la daga y un tenedor—. En el Muro, cada hombre tiene lo que se gana. Aún no eres explorador, Jon. Eres un simple novato que todavía huele a verano.
—Se acerca el decimoquinto día de mi nombre —dijo Jon, cometiendo el error de discutir con él—. Ya soy casi un hombre.
—Eres un niño —replicó Benjen Stark con el ceño fruncido—, y lo serás hasta que Ser Alliser diga que estás preparado para ser un hombre de la Guardia de la Noche. ¿Pensabas que porque llevas sangre Stark tendrías un trato especial? Estás muy equivocado. Cuando prestamos el juramento nos olvidamos de nuestras viejas familias. Siempre habrá un lugar en mi corazón para tu padre, pero mis hermanos son éstos.
Hizo un gesto con la daga en dirección a los hombres que los rodeaban, todos de negro, todos fríos y duros.
Al día siguiente Jon se levantó al amanecer para ver partir a su tío. Uno de los exploradores, un hombretón muy feo, entonaba una canción indecente mientras ensillaba el caballo y el aliento se le elevaba como una columna de vapor en el aire gélido de la mañana. Ben Stark sonrió al ver aquello. En cambio no sonrió a su sobrino.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que no, Jon? Hablaremos cuando regrese.
Mientras veía a su tío guiar al caballo hacia el túnel, Jon recordó lo que Tyrion Lannister le había contado en el camino real, e imaginó a Ben Stark tendido muerto, en un charco de sangre roja sobre la nieve. Sólo con pensarlo se sintió fatal. ¿En qué se estaba convirtiendo? Buscó a Fantasma en la soledad de su celda, y enterró la cara en el espeso pelaje blanco.
Si había de estar solo, convertiría la soledad en su armadura. En el Castillo Negro no había bosque de dioses, sólo un pequeño sept y un septon borracho, pero Jon no sentía nada que lo motivara a rezar a ningún dios, nuevo ni viejo. Pensó que los dioses, si existían, eran tan crueles e implacables como el invierno.
Echaba de menos a sus verdaderos hermanos: al pequeño Rickon, con los ojos brillantes al pedirle una golosina; a Robb, su rival y su mejor amigo, su eterno compañero; a Bran, testarudo y curioso, que siempre quería seguirlos y participar en cualquier cosa que hicieran Robb y Jon. También echaba de menos a las chicas, incluso a Sansa, que jamás lo había llamado de otra manera que no fuera «mi medio hermano» desde que tuvo edad y uso de razón para comprender el significado de la palabra «bastardo». Y Arya... A ella la extrañaba aún más que a Robb. Añoraba a aquella chiquilla flaca, siempre con las rodillas llenas de arañazos, el pelo revuelto y desgarrones en la ropa, tan valiente y voluntariosa... Arya nunca había parecido encajar del todo en Invernalia, igual que él, pero siempre conseguía arrancarle una sonrisa. Jon daría cualquier cosa por estar junto a ella en aquel momento, revolverle el pelo una vez más, ver cómo hacía muecas, terminar una frase al unísono...
—Me has roto la muñeca, bastardo.
Jon alzó los ojos al oír la voz hosca. Grenn estaba de pie ante él, cuello grueso, rostro enrojecido, acompañado por tres de sus amigos. Conocía a Todder, un chico bajito y feo con voz muy desagradable. Todos los reclutas lo llamaban Sapo. Los otros dos eran los que habían llegado al norte con Yoren; Jon los recordaba, eran los violadores detenidos en los Dedos. Lo que no recordaba eran sus nombres. Si podía evitarlo, nunca hablaba con ellos. Eran unos salvajes y unos matones, sin un ápice de honor.
—Si me lo pides por favor —dijo mientras se levantaba—, te rompo la otra.
Grenn tenía dieciséis años y le sacaba una cabeza a Jon. Los cuatro eran más corpulentos que él, pero no le daban miedo. A todos los había derrotado en el patio.
—A lo mejor te rompemos nosotros a ti —dijo uno de los violadores.
—Inténtalo. —Jon fue a coger su espada, pero uno de ellos le agarró el brazo y se lo retorció a la espalda.
—Siempre nos dejas mal —se quejó Sapo.
—Ya estabais mal antes de que os conociera —se burló Jon. El chico que le tenía cogido el brazo tiró de él hacia arriba, con fuerza. El dolor lo recorrió como un latigazo, pero Jon no gritó.
—Menuda boca tiene el señorito —dijo Sapo acercándose un poco más. Tenía ojillos porcinos, pequeños y brillantes—. ¿La boquita la sacaste de tu mamá, bastardo? ¿De qué trabajaba, de ramera? ¿Cómo se llamaba? A lo mejor me la he tirado alguna vez.
Jon se retorció como una anguila y clavó el talón en el empeine del muchacho que lo tenía sujeto. Se oyó un grito de dolor, y quedó libre. Se lanzó contra Sapo, lo derribó de espaldas contra un banco y cayó sobre su pecho, con las dos manos en la garganta del otro, golpeándole la cabeza contra el suelo de tierra.
Los dos chicos de los Dedos se lo quitaron de encima y lo tiraron al suelo sin contemplaciones. Grenn empezó a darle patadas. Jon intentaba esquivar los golpes cuando, en la penumbra de la armería, retumbó una voz.
—¡Basta! ¡Parad ahora mismo!
Jon consiguió ponerse en pie. Donal Noye los miraba con el ceño fruncido.
—Las peleas, en el patio. Si metéis vuestras rencillas en mi armería, serán mis rencillas, y eso no os va a gustar.
Sapo se sentó en el suelo y se palpó la nuca con cuidado. Cuando apartó los dedos, los tenía ensangrentados.
—Ha intentado matarme —se quejó.
—Es verdad, yo lo he visto —asintió uno de los violadores.
—Me ha roto la muñeca —insistió Grenn y se la mostró a Noye.
—Una magulladura. —El armero apenas la había examinado un instante—. Un esguince como mucho. Di al maestre Aemon que te prepare un ungüento. Ve con él, Todder, es mejor que te eche un vistazo a eso de la cabeza. Los demás, a vuestras celdas. Tú no, Nieve. Quiero hablar contigo.
Jon se dejó caer sentado en el banco largo de madera mientras los otros se alejaban. No hizo caso de sus miradas, de las promesas silenciosas de venganza en el futuro. El brazo le palpitaba.
—La Guardia necesita hasta al último de los hombres —empezó Donal Noye en cuanto estuvieron a solas—. Incluso a hombres como Sapo. No es ningún honor matarlo.
—Dijo que mi madre era una... —Jon había enrojecido de ira.
—Una ramera. Lo oí. ¿Y qué?
—Lord Eddard Stark no es hombre que se acueste con rameras —dijo Jon con tono gélido—. Su honor...
—No le impidió engendrar a un bastardo. ¿Verdad?
—¿Puedo marcharme? —Jon apenas si lograba contener la ira.
—Te marcharás cuando yo diga.
El muchacho frunció el ceño y clavó la vista en el humo que se elevaba del brasero, hasta que Noye lo cogió por debajo de la barbilla. Los dedos gruesos le obligaron a girar la cabeza.
—Y mírame cuando te hablo, chico.
Jon lo miró. El pecho del armero era como un barril de cerveza y la tripa hacía juego. Tenía la nariz ancha y plana, y siempre parecía mal afeitado. Llevaba la manga izquierda de la túnica de lana negra prendida al hombro con un broche de plata en forma de espada.
—Las palabras no convierten a tu madre en una ramera. Es lo que es, y nada de lo que diga Sapo lo puede cambiar. Y por cierto, las madres de algunos de nuestros hombres sí eran rameras.
La mía no, pensó Jon, obstinado. No sabía nada de su madre; Eddard Stark se negaba a hablar del tema. Pero soñaba con ella con frecuencia, tan a menudo que casi podía ver su rostro. En los sueños era hermosa y de noble cuna, y sus ojos rebosaban bondad.
—¿Te parece que lo has tenido difícil porque eres el hijo bastardo de un noble? — prosiguió el armero—. Pues Jeren es el retoño de un septon, y Cotter Pyke es el hijo bastardo de una criada de taberna. Ahora está al mando de Guardiaoriente del Mar.
—No me importa —replicó Jon—. No me importan ellos, ni tú, ni Thorne, ni Benjen Stark, ni nadie. Detesto este lugar... es frío.
—Sí. Frío, duro y cruel. Así es el Muro, y así son los hombres que lo patrullan. Nada que ver con los cuentos que te contaba tu niñera. Nosotros nos meamos en los cuentos, y también en la niñera. Las cosas son como son, y estarás aquí el resto de tu vida, igual que nosotros.
—Vida —repitió Jon con amargura. El armero podía hablar de la vida, porque había vivido. Sólo vistió el negro después de perder un brazo en el asedio de Bastión de Tormentas. Antes de eso había sido herrero de Stannis Baratheon, el hermano del rey.
Había recorrido los Siete Reinos de punta a punta. Había disfrutado de los banquetes y de las mujeres, había combatido en cien batallas. Se decía que Donal Noye había forjado la maza del rey Robert, la que acabó con Rhaegar Targaryen en el Tridente. Había hecho todo lo que Jon jamás podría hacer y, cuando fue viejo, más cerca ya de los cuarenta que de los treinta, había recibido un hachazo, y la herida se infectó hasta tal punto que hubo que amputarle el brazo. Sólo entonces, tullido, cuando poco le quedaba ya de vida, Donal Noye llegó al Muro.
—Sí, vida —asintió Noye—. Una vida larga o corta, eso depende de ti, Nieve. Por el camino que vas, tus hermanos te cortarán la garganta cualquier noche de éstas.
—No son mis hermanos —saltó Jon—. Me detestan porque soy mejor que ellos.
—No. Te detestan porque te comportas como si fueras mejor que ellos. Te miran y ven a un bastardo criado en un castillo que se comporta como un señor. —El armero se inclinó hacia él—. No eres ningún señor. Recuérdalo siempre. Tu apellido es Nieve, no Stark. Eres un bastardo y un matón.
—¿Yo? ¿Matón, yo? —Jon estuvo a punto de atragantarse con la palabra. La acusación era tan injusta que lo había dejado sin aliento—. Fueron ellos los que me atacaron. Los cuatro.
—Cuatro muchachos a los que habías humillado en el patio. Cuatro muchachos que seguramente te tienen miedo. Te he visto pelear. Contigo no es un entrenamiento. Si tu espada tuviera filo, estarían muertos. Eso lo sabes bien, y ellos también lo saben. No les dejas nada. Los avergüenzas. ¿Te sientes orgulloso de eso?
Jon titubeó. Se sentía orgulloso cuando ganaba. ¿Por qué no? Pero el armero le estaba quitando también eso, hacía que pareciera algo malo.
—Todos son mayores que yo —dijo a la defensiva.
—Mayores, más altos y más fuertes, cierto. Pero me apuesto lo que sea a que tu maestro de armas te enseñó a pelear con hombres más corpulentos en Invernalia. ¿Era algún anciano caballero?
—Ser Rodrik Cassel —asintió Jon con cautela. Percibía que allí había alguna trampa, notaba cómo se cerraba en torno a él.
—Piénsalo bien, chico. —Donal Noye se inclinó hacia delante, hasta que su rostro casi rozó el de Jon—. Antes de conocer a Ser Alliser ninguno de los otros había tenido un maestro de armas. Sus padres eran granjeros, carreteros, cazadores furtivos, herreros, mineros, remeros en galeras mercantes... Lo poco que saben de lucha lo aprendieron en los malecones, en los callejones de Antigua y de Lannisport, en burdeles de las afueras y tabernas a lo largo del camino real. Quizá esgrimieran palos alguna vez antes de llegar aquí, pero te puedo asegurar que, en veinte años, no he visto ni a uno que tuviera suficiente dinero para comprar una espada de verdad. —Parecía sombrío, torvo—. Bueno, ¿qué tal te saben ahora las victorias, Lord Nieve?
—¡No me llames así! —le espetó Jon. Pero su ira carecía ya de fuerza. De pronto se sentía avergonzado y culpable—. No sabía... no pensé...
—Pues más vale que empieces a pensar —le advirtió Noye—. O eso, o tendrás que dormir con una daga bajo la almohada. Ya te puedes ir.
Cuando Jon salió de la armería era ya casi mediodía. El sol había conseguido asomar entre las nubes. Le dio la espalda y alzó la vista hacia el Muro, que resplandecía azul y cristalino bajo aquella luz. Pese a las semanas transcurridas seguía sintiendo escalofríos con sólo mirarlo. El polvo arrastrado por el viento a lo largo de los siglos lo había erosionado, lo cubría como una película y le otorgaba un color grisáceo, como de día nublado... pero cuando le daba el sol en un día despejado, brillaba, cobraba vida con la luz, era un acantilado colosal blanco azulado que se alzaba inabarcable hacia el cielo.
Benjen Stark le había dicho a Jon en el camino real, la primera vez que divisaron el Muro a lo lejos, que era la estructura más grande jamás edificada por el hombre.
—Y también la más inútil —añadió Tyrion Lannister con una sonrisa.
Pero hasta el Gnomo se fue quedando sin palabras a medida que se acercaban. Se divisaba desde muchos kilómetros de distancia, era una línea azul claro, inmensa y continua, que cruzaba el horizonte norte, de este a oeste, y se perdía de vista en la distancia. «Aquí termina el mundo», parecía proclamar.
Cuando por fin divisaron el Castillo Negro, los torreones entibados y las torres de piedra parecían simples juguetes esparcidos sobre la nieve al pie de la vasta muralla de hielo. La antigua fortaleza de los hermanos negros no era ninguna Invernalia. De hecho no era un verdadero castillo. Como carecía de muros era imposible defenderlo de ataques procedentes del sur, del este o del oeste; pero en realidad lo único que importaba a la Guardia de la Noche era el norte, y al norte se alzaba el Muro. Tenía una altura de más de doscientos metros, tres veces más que la torre más alta de la fortaleza que protegía. Su tío le contó que la cima era tan ancha que una docena de caballeros con armaduras podían cabalgar por ella hombro con hombro. Allí montaban guardia las líneas sobrias de catapultas enormes y las monstruosas grúas de madera, como esqueletos de pájaros inmensos, y entre ellos caminaban hombres de negro a los que la distancia reducía al tamaño de pulgas.
Allí, junto a la entrada de la armería, mirando arriba, Jon volvió a sentir un sobrecogimiento casi tan abrumador como el día en que lo había visto por primera vez desde el camino real. Así era el Muro. A veces uno casi se olvidaba de que estaba allí, igual que se olvida del cielo o de la tierra que se pisa, pero en otras ocasiones parecía como si no hubiera otra cosa en el mundo. Era más viejo que los Siete Reinos, y Jon empezó a sentir vértigo mirándolo desde abajo. Sentía como si el peso de todo aquel hielo cayera sobre él, como si estuviera a punto de derrumbarse. Y el muchacho tenía la intuición de que, si el muro caía, el mundo caería con él.
—Hace que uno se pregunte qué hay al otro lado —dijo una voz conocida.
—Lannister —dijo Jon bajando la vista—. No me había dado cuenta... Es decir, creía que estaba solo.
—Pillar a la gente desprevenida tiene muchas ventajas. —Tyrion Lannister iba envuelto en pieles tan gruesas que parecía un oso diminuto—. Nunca se sabe qué vas a aprender.
—De mí no aprenderás nada —replicó Jon. Apenas había visto al enano desde que terminara el viaje. Como hermano de la reina, Tyrion Lannister había sido el invitado de honor de la Guardia de la Noche. El Lord Comandante lo había instalado en habitaciones de la Torre del Rey (así llamada aunque hacía más de un siglo que ningún rey ponía el pie en ella), Lannister comía en la mesa de Mormont, se pasaba los días cabalgando sobre el muro y las noches bebiendo y jugando a los dados con Ser Alliser, Bowen Marsh y los otros oficiales de alto rango.
—Yo siempre aprendo algo allí donde voy. —El hombrecillo señaló la cima del Muro con un bastón negro y nudoso—. Como iba diciendo... ¿por qué será que, en cuanto un hombre construye un muro, inmediatamente su vecino quiere saber qué hay al otro lado? —Inclinó la cabeza y miró a Jon con sus curiosos ojos dispares—. Porque quieres saber qué hay al otro lado, ¿verdad?
—Nada especial —dijo Jon. Se moría por acompañar a Benjen Stark en sus expediciones, por adentrarse en los misterios del Bosque Encantado, quería combatir a los salvajes de Mance Rayder, y proteger el reino del ataque de los Otros, pero era mejor no hablar de las cosas que uno quería—. Los guardias dicen que sólo hay bosques, montañas, lagos helados y nieve por todas partes.
—Y también hay grumkins y snarks —señaló Tyrion—. No nos olvidemos de ellos, Lord Nieve, ¿si no a qué vendría tanto jaleo?
—No me llames Lord Nieve.
—¿Preferirías que te llamaran el Gnomo? —preguntó el enano arqueando una ceja—. Si dejas que se den cuenta de que sus palabras te hacen daño, jamás te librarás de las burlas. Si te ponen un mote, recógelo y transfórmalo en tu nombre. —Hizo otro gesto con el bastón—. Ven, acompáñame. Deben de estar sirviendo alguna bazofia en la sala común, y me iría bien tomar algo caliente.
Jon también tenía hambre, así que echó a andar junto a Lannister, acortando el paso para acomodarse al avance torpe del enano. El viento empezaba a soplar y a su alrededor se oían los crujidos de los edificios de madera. A lo lejos una contraventana olvidada golpeteaba sin cesar, y en un momento dado resonó un golpe sordo, cuando una espesa capa de nieve se deslizó de un tejado y cayó al suelo cerca de ellos.
—No he visto a tu lobo —dijo Lannister mientras caminaban.
—Cuando entrenamos lo dejo encadenado en los establos viejos. Ahora todos los caballos están en los establos del este, así que no molesta a nadie. El resto del tiempo lo pasa conmigo. Mi celda dormitorio está en la Torre de Hardin.
—La que tiene el almenaje derrumbado, ¿verdad? Hay un montón de piedras en el patio, y la torre se inclina tanto como nuestro noble rey Robert después de una noche de borrachera. Creía que esos edificios estaban abandonados.
—Aquí a nadie le importa dónde duermes —dijo Jon encogiéndose de hombros— . Casi todos los torreones están vacíos, puedes elegir la celda que te dé la gana.
En el pasado el Castillo Negro había albergado a cinco mil soldados, cada uno con caballos, criados y armas. Ahora los ocupantes no eran ni la décima parte, y algunas edificaciones se estaban desmoronando.
La carcajada de Tyrion Lannister se elevó con una nube de vapor en el aire frío.
—Le diré a tu padre que arreste a unos cuantos albañiles más, antes de que tu torre se derrumbe.
Jon detectó el sarcasmo, pero la verdad era innegable. La guardia había construido once grandes fortalezas a lo largo del Muro, pero sólo tres de ellas estaban ocupadas por aquel entonces: Guardiaoriente, en la orilla gris barrida por los vientos; la Torre Sombría, junto a las montañas donde terminaba el Muro, y entre ellas el Castillo Negro, al final del camino real. Las otras fortalezas llevaban largo tiempo desiertas, y eran lugares solitarios, fantasmales, donde los vientos helados silbaban a través de ventanas negras y los espíritus de los muertos paseaban por los parapetos.
—Para mí es mejor estar solo —dijo Jon, testarudo—. A los demás chicos les da miedo Fantasma.
—No son tontos —dijo Lannister. Cambió de tema de repente—. Oye, se dice que tu tío está muy lejos.
Jon recordó lo que había deseado en medio de la rabia, la visión de Benjen Stark muerto en medio de la nieve, y esquivó la mirada de su acompañante con rapidez. El enano percibía demasiadas cosas, y no quería que le viera la culpa en los ojos.
—Dijo que estaría de vuelta antes del día de mi nombre —admitió. Su día del nombre había llegado y pasado desapercibido hacía ya dos semanas—. Iban en busca de Ser Waymar Royce, su padre es banderizo de Lord Arryn. El tío Benjen dijo que a lo mejor tenían que llegar hasta la Torre Sombría. Eso está montaña arriba.
—Tengo entendido que últimamente han desaparecido muchos guardias —dijo Lannister mientras subían por las escaleras de la sala común. Sonrió y abrió la puerta—. Puede que los grumkins estén hambrientos este año.
La sala era inmensa, llena de corrientes frías pese al fuego que chisporroteaba en la enorme chimenea. En las vigas del techo elevado anidaban los cuervos. Jon oyó sus graznidos mientras los cocineros de turno de aquel día le daban un cuenco de guiso y un trozo de pan negro. Grenn, Sapo y otros muchachos estaban sentados en el banco más cercano al fuego, riendo e insultándose con sus voces groseras. Jon los miró pensativo un instante y optó por un lugar en el extremo más alejado de la sala, lejos de los demás.
—Cebada, cebolla, zanahoria —murmuró Tyrion Lannister olfateando el guiso con desconfianza. Se había sentado enfrente de él—. Alguien tendría que explicarles a los cocineros que los nabos no son carne.
—Es estofado de carnero. —Jon se quitó los guantes y se calentó las manos con el vapor que despedía el cuenco. El olor le hizo salivar.
—Nieve. —Jon conocía la voz de Alliser Thorne, pero esta vez tenía un matiz extraño que no le había oído nunca. Se volvió—. El Lord Comandante quiere verte. Ahora mismo.
Durante un instante el miedo paralizó a Jon. ¿Para qué quería verlo el Lord Comandante? Seguro que habían recibido noticias de Benjen, seguro que estaba muerto, su visión se había hecho realidad.
—¿Se trata de mi tío? —farfulló—. ¿Ha vuelto, está bien?
—El Lord Comandante no está acostumbrado a esperar —fue la respuesta de Ser Alliser—. Y yo no estoy acostumbrado a que nadie cuestione mis órdenes, menos aún un bastardo.
—Basta ya, Thorne. —Tyrion Lannister se puso de pie—. Estás asustando al chico.
—No te metas en lo que no te importa, Lannister. Aquí no hay lugar para ti.
—Pero en la corte sí —sonrió el enano—. Sólo tengo que decir las palabras adecuadas a las personas oportunas y te morirás de viejo antes de que te permitan entrenar a otro muchacho. Venga, dile a Nieve por qué quiere verlo el viejo oso. ¿Hay noticias de su tío?
—No —respondió Ser Alliser—. No tiene nada que ver con él. Esta mañana ha llegado un pájaro de Invernalia con un mensaje relativo a su hermano. A su medio hermano —se corrigió de inmediato.
—Bran —jadeó Jon. Se puso en pie, pero le temblaban las rodillas—. A Bran le ha pasado algo.
—Lo siento mucho, Jon —dijo Tyrion Lannister poniéndole una mano en el hombro.
Jon casi ni lo oyó. Se sacudió la mano de Tyrion y recorrió la sala a zancadas. Cuando llegó a las puertas, las zancadas eran ya una carrera. Corrió al Torreón del Comandante, levantando la nieve a su paso. Los guardias le permitieron entrar, y subió de dos en dos los peldaños de la torre. A presencia del comandante llegó un Jon jadeante, con las botas empapadas y el rostro desencajado.
—¿Qué dice de Bran el mensaje? —preguntó.
Jeor Mormont, Lord Comandante de la Guardia de la Noche, era un anciano gruñón de enorme cabeza calva y barba gris hirsuta. Tenía un cuervo posado en el brazo, y le estaba dando granos de maíz.
—Tengo entendido que sabes leer. —Se sacudió el cuervo, que batió las alas, voló hasta la ventana y se posó en el alféizar, donde se quedó para observar cómo Mormont se sacaba un rollo de papel del cinturón y se lo tendía a Jon.
—Maíz —graznó con voz áspera—. Maíz, maíz.
Jon recorrió con el dedo el perfil del lobo huargo en la cera blanca del sello roto. Reconoció la letra de Robb, pero las palabras eran borrosas y apenas podía leerlas. Se dio cuenta de que estaba llorando. Y entonces, a través de las lágrimas, comprendió el sentido de las palabras y alzó la cabeza.
—Se ha despertado —dijo—. Los dioses nos lo han devuelto.
—Inválido —dijo Mormont—. Lo siento, muchacho. Lee el resto de la carta.
Leyó lo que le faltaba, pero no importaba. Nada tenía importancia. Bran iba a vivir.
—Mi hermano va a vivir —dijo a Mormont.
El Lord Comandante asintió con la cabeza, cogió un puñado de maíz y silbó. El cuervo voló hasta su hombro.
—¡Vivir! ¡Vivir! —graznó.
—Mi hermano va a vivir —dijo a los guardias cuando bajó corriendo las escaleras, con una sonrisa en el rostro y la carta de Robb en la mano.
Éstos intercambiaron una mirada. El muchacho corrió de vuelta a la sala común, donde Tyrion Lannister estaba terminando de comer. Cogió al hombrecillo por debajo de los brazos, lo alzó en vilo y giró con él.
—¡Bran va a vivir! —exclamó exultante. Lannister parecía sobresaltado. Jon lo soltó y le puso el papel en las manos—. Mira, lo pone aquí —añadió.
Los demás se estaban agrupando a su alrededor y lo miraban con curiosidad. Jon advirtió la presencia de Grenn a pocos metros. Tenía una mano envuelta en gruesos vendajes de lana. Parecía receloso e incómodo, en absoluto amenazador. Jon se dirigió hacia él. Grenn retrocedió y levantó las manos.
—No te acerques a mí, bastardo.
—Siento lo de tu muñeca —dijo Jon con una sonrisa—. Robb me hizo la misma maniobra una vez, sólo que con una espada de madera. Me dolió como los siete infiernos, así que lo tuyo debe de ser peor. Oye, si quieres te puedo enseñar a defenderte de ese ataque.
—Vaya, Lord Nieve quiere ocupar mi puesto —se burló Alliser Thorne que lo había oído todo—. A mí me costaría menos enseñar a un lobo a hacer malabarismos que a ti entrenar a este uro.
—Acepto la apuesta, Ser Alliser —dijo Jon—. Me gustaría mucho que Fantasma aprendiera a hacer malabarismos.
Oyó cómo Grenn se atragantaba. Se hizo el silencio.
En aquel momento, Tyrion Lannister estalló en carcajadas. Tres hermanos negros se rieron también en una mesa cercana. Las risas se generalizaron, y al final hasta los cocineros se unieron a ellas. Los pájaros alzaron el vuelo en las vigas, y por último hasta Grenn se echó a reír.
Ser Alliser no apartó los ojos de Jon ni un momento. A medida que las carcajadas lo rodeaban, una sombra le cubrió el rostro. Tenía el puño apretado.
—Has cometido un grave error, Lord Nieve —dijo al final con el tono acre de un enemigo.