19 - La reclamación

Invierno y comienzos de primavera, 3E1602
[Este a√Īo]

Con la rapidez de las llamas de un incendio, se extendió la noticia de la muerte de Sleeth por todo Jord, y después por las tierras vecinas: Aven, Riamon, Naud y Kath, e incluso otros países más lejanos. Los viajeros esparcían la noticia: mercaderes, cazadores, gentes en camino para visitar a parientes o a personas queridas. A cualquier lugar a donde fueran, llevaban con ellos la historia, una historia que fue creciendo al contarla, hasta no parecerse apenas nada a la verdad.
Y sucedi√≥ que un d√≠a desapacible y brumoso, un joven medio congelado lleg√≥ cabalgando durante una tormenta de nieve hasta la explanada exterior del castillo. Los hombres de la guardia le ayudaron a bajar de su caballo abrigado con gualdrapas de invierno, Porque estaba tan aterido que no pod√≠a desmontar por s√≠ mismo. El corcel fue trasladado a los establos, en tanto que el hombre buscaba el calor de la sala del cuerpo de guardia. Y cuando le despojaron de su capa helada y se derriti√≥ el hielo de su cabello, sus cejas y su barba, se encontraron con un joven de aspecto atractivo, que ven√≠a del reino de Pellar. Su cabello era negro y sus ojos casta√Īos, y estaba tan flaco como un lobo hambriento. Se llamaba Estor, era un bardo, y a pesar de reinar en el pa√≠s el crudo invierno, hab√≠a viajado hasta Jora para buscar la aut√©ntica historia de aquel asombroso relato sobre unos hombres que hab√≠an dado muerte a un drag√≥n. Y al cabo de alg√ļn tiempo fue conducido a la presencia del pr√≠ncipe, y cantor pudo ver por s√≠ mismo el parche negro en el ojo y la cicatriz producida por el √°cido en la frente del heredero de Jord, as√≠ como el mech√≥n blanco en el cabello cobrizo de Elgo, un mech√≥n del que se dec√≠a que hab√≠a aparecido cuando el Wyrmlargo se vio atrapado en el v√≥rtice del torbellino del Maelstrom.
Largo tiempo estuvo reunido a solas con Elgo, escuchando su historia. Pero no se redujo todo a un monólogo, porque Elgo supo por Estor que la flota jutlander que perseguía a Arik pereció en medio de la furia del huracán, que hizo que todos los barcos zozobraran; por consiguiente, pasaría mucho tiempo antes de que los jutlanders se recuperaran, mucho tiempo hasta que jutlanders y fjordsmen batallaran de nuevo, acaso para dejar zanjado para siempre su pleito de sangre.
También habló Estor largo rato con los demás supervivientes —Ruric, Reynor, Kemp el Joven, Pwyl, Arlan y cinco más...; cuarenta habían cabalgado con Elgo hacia la aventura, diez tan sólo regresaron—, y por ellos conoció algunos detalles adicionales de la historia.
Y vio con sus propios ojos el tesoro, de una riqueza que le maravill√≥ a pesar de ser √ļnicamente la tercera parte del bot√≠n acumulado por Sleeth. Estaba todo all√≠, todo lo que se pudo salvar del fabuloso hallazgo..., salvo un peque√Īo cuerno de plata que Bram cogi√≥ el mismo d√≠a del regreso de Elgo. El peque√Īo se apoder√≥ del instrumento y se neg√≥ repetidamente a darlo a Mala, que quer√≠a verlo de cerca. Elgo ri√≥ de buena gana, afirm√≥ que su hijo ser√≠a mejor buscador de tesoros que ning√ļn otro que hubiera existido antes que √©l ¬óera la primera vez que Elgo se mostraba de buen humor desde que se apoder√≥ del bot√≠n¬ó, y regal√≥ a Bram la peque√Īa trompeta de plata.
Mientras Estor examinaba el tesoro, Ruric se acercó por allí. El maestro de armas estaba todavía avergonzado por su comportamiento en el Wyrmlargo, aunque los demás hacía mucho tiempo que lo habían olvidado; porque su cabeza estuvo a punto de abrirse por el choque contra el caballete de los remos, y no sabía, ni recordaba siquiera, lo que hizo a partir de aquel momento. Aun así, Ruric confesó a Estor que continuaba pensando básicamente de la misma manera:
¬ó...Cr√©eme, joven bardo, el Dracongield arrastra una maldici√≥n (todos los tesoros de los dragones est√°n malditos), pero, a pesar de ello, los hombres y los h√©roes siempre codician las riquezas, tanto las de los dragones como otros tesoros legendarios; y nuestra haza√Īa al dar muerte a un drag√≥n del Fr√≠o impulsar√° a muchos paladines en cierne a dedicar sus vidas a dar p√°bulo a alguna f√°bula tan impalpable como los fuegos fatuos, y perseguirla sin descanso para obtener unas migajas de gloria. S√≠, todos acarrean maldiciones, tanto los Dracongield como los faerygield y otros artefactos legendarios.
¬ĽPero con maldici√≥n o sin ella, yo estaba obligado a seguir las √≥rdenes de mi pr√≠ncipe en lugar de tirar el oro al mar; al menos, eso es lo que afirman que yo hice.
Y Estor pas√≥ largas semanas encerrado con su la√ļd, hasta que finalmente visit√≥ a Aranor y le pidi√≥ autorizaci√≥n para cantar despu√©s de la cena.
La sala se llenó aquella noche hasta rebosar, porque todos querían escuchar al bardo. Se habían colocado mesas y bancos adicionales en todos los rincones de la sala, hasta cubrir prácticamente el espacio disponible. Los sirvientes corrían de acá para allá, llenando escudillas y copas, y cargados con bandejas repletas de comida. Aranor se sentó en la cabecera de la mesa principal, y a su lado estaban Elgo y Elyn, con Arianne y Mala. También Kyla, Darcy y Elise ocupaban puestos destacados en la misma mesa, junto a Ruric, Reynor, Pwyl, Arlan, Kemp el Joven y los demás supervivientes de la aventura del dragón.
Lleg√≥ el momento en que Estor se puso en pie, y poco a poco se extinguieron los ecos de las conversaciones de la sala mientras el bardo acariciaba con suavidad las cuerdas de su la√ļd. Cuando se hubo hecho el silencio, el joven pidi√≥ al rey Aranor, con una mirada, permiso para comenzar. Y una vez le fue otorgado, el flaco poeta pronunci√≥ en voz alta el t√≠tulo de su trova: Elgo, la Condenaci√≥n de Sleeth.
Y comenzó a cantar:
Descendieron por las Estepas de Jord,
en n√ļmero de cuarenta y uno:
fuego en los ojos, corazones en llamas,
espíritus ardientes.
Los drakkares cortaron las r√°pidas olas,
lobos salvajes al galope sobre la mar,
veloces sobre la inmensidad de zafiro;
ante ellos se apartaban los vientos.
A través de una tierra rocosa se aventuraron,
llegaron hasta la guarida del dragón.
Largo fue el día, el Sol agobiaba:
¬°Piedra Negra, est√°is en Piedra Negra, cuidado!
Penetraron en el corazón del holt oscuro,
armados con un plan brillante y astuto.
Trabajaron aprisa, r√°pidas fueron sus manos
al preparar la trampa de la Prohibición.
Todo quedó dispuesto, veloz llegó la hora.
Diez se aventuraron hasta el lecho de Sleeth:
miraron, buscaron, recorrieron el laberinto,
en la oscuridad avanzaron intrépidos.
En la oscuridad profunda, dormido sobre el oro,
encontraron al ofidio en su guarida.
Su despertar fue salvaje, mortal su bienvenida.
De diez, sólo dos sobrevivieron.
Veloces huyeron, a pesar de las heridas;
atrajeron al dragón detrás de ellos.
Con pasos seguros siguieron la se√Īal de las flechas,
cegado uno de los dos por la infame espuma.
En la cámara entró el dragón rugiente,
detr√°s de los bravos osados guerreros.
Se alzó la lona, entró la luz del día:
el vil dragón del Frío cayó fulminado.
Elgo, príncipe Elgo, victorioso,
destrozó tu ojo la venenosa baba,
pero tu astucia ha vencido al dragón:
Elgo, príncipe Elgo, Condenación de Sleeth.
Cargados con un inmenso tesoro,
regresaron a lomos del mar tenebroso.
La tempestad desatada sobre sus cabezas
los empujaba a las islas del Peligro.
Al torbellino rugiente se vieron arrastrados
los tres barcos cargados con el Dracongield.
Los malignos hèlarms extendieron sus brazos,
y muchos bravos guerreros murieron.
Sólo un drakkar escapó al torbellino,
sólo un barco pudo huir del peligro del mar.
Un barco consiguió burlar al Maelstrom
impulsado por la fuerza del hurac√°n salvaje.
Tal vez el Dracongield esconde una maldición,
o tal vez debamos desmentir esa creencia. Pero cuando opin√©is, tened esto en cuenta: salieron cuarenta y uno, s√≥lo once volvieron. Pensad en los grandes drakkares, cada uno de ellos el orgullo de un fjordsman. ¬ŅEsconde una maldici√≥n el Dracongield? Cuatro zarparon, uno s√≥lo sobrevivi√≥. Con o sin maldici√≥n, un drag√≥n fue muerto. ¬°Ensalcemos la haza√Īa extraordinaria! Quienes la realizaron vivir√°n eternamente. ¬°Ojal√° yo tambi√©n los hubiera acompa√Īado! Pero ninguno se habr√≠a arriesgado a tantos peligros de no haber contado con un plan audaz, astuto y atrevido, para matar al viejo drag√≥n: un plan fruto del ingenio de un hombre. Elgo, pr√≠ncipe Elgo, victorioso, destroz√≥ tu ojo la venenosa baba, pero tu astucia ha vencido al drag√≥n: Elgo, pr√≠ncipe Elgo, Condenaci√≥n de Sleeth. Cuando finaliz√≥ la canci√≥n, al principio todos los de la sala guardaron silencio, a excepci√≥n de algunos que lloraban, y Estor sinti√≥ que el coraz√≥n le daba un vuelco. Pero luego estall√≥ una estruendosa ovaci√≥n, y las copas empezaron a golpear la mesa de madera. Y entre los aplausos ensordecedores, el pr√≠ncipe Elgo llam√≥ al cantor a su lado y puso en sus manos un collar de oro, dici√©ndole:
¬óAseg√ļrate de que Trent el Bardo escucha tu trova, Estor.
Levantando los ojos de la rica recompensa recibida, el joven trovador observ√≥ la mejilla h√ļmeda de l√°grimas del pr√≠ncipe.
¬óPero, se√Īor, Trent ya no relata historias ni canta sagas. Se ha retirado de cortes y palacios, y vive solitario en un peque√Īo cote. Ya no canta nunca.
—No importa, Estor, haz que escuche esta trova —ordenó Elgo—, porque me habría gustado oírsela cantar a él en particular; y él sabe muy bien por qué.
At√≥nito, Estor se inclin√≥ ante el pr√≠ncipe tuerto y le prometi√≥ que llevar√≠a el relato y la canci√≥n a Trent. Luego las peticiones de una repetici√≥n de la balada se hicieron demasiado insistentes para poder ser ignoradas, de modo que, despu√©s de saludar a Elgo, Estor retom√≥ su la√ļd y se coloc√≥ de espaldas al mismo pilar de piedra en el que se hab√≠a apoyado a√Īos atr√°s otro bardo que hab√≠a cantado a prop√≥sito del mismo drag√≥n; pero, en esta ocasi√≥n, nadie se ri√≥ de Elgo. Y el joven bardo cant√≥ su trova una vez m√°s.
Y otra vez...
Y otra vez m√°s...
Y...
Lo cierto es que Estor cant√≥ muchas veces su saga aquella noche. Y en los meses, a√Īos y siglos siguientes, aqu√©lla fue una de las baladas m√°s populares que cantaron los bardos de todo Mithgar, acompa√Īados a coro por sus oyentes.
La noticia lleg√≥ a las profundidades del Ch√Ękkaholt de Kachar cuando los √ļltimos residuos del invierno empezaban a ser aventados de las monta√Īas del Murall√≥n Sombr√≠o: ¬ęSleeth ha muerto. Piedra Negra ha sido liberada¬Ľ.
Y en aquella caverna de piedra, sentado en una silla colocada ante el trono de Brak, Tarken el mercader informó de la insólita novedad.
¬óS√≠, DelfSe√Īor ¬óasegur√≥ el anciano mercader ch√Ęk¬ó, la historia es cierta. Todos cuentan que Sleeth ha muerto. Lo mat√≥ Elgo, el pr√≠ncipe de los vanadurin. Enga√Ī√≥ al drag√≥n y lo hizo salir a la luz de Adon, o al menos as√≠ lo cuentan.
¬ó¬ŅY est√°s seguro de lo que cuentas de Piedra Negra? ¬óBrak se acarici√≥ la barba negra partida y sus ojos oscuros relucieron a la luz fosforescente de las linternas de los ch√Ękka, colocadas sobre repisas altas. El DelfSe√Īor era un enano robusto que no contar√≠a m√°s de ciento cincuenta a√Īos, y estaba por consiguiente en la plenitud de su fuerza f√≠sica.
¬óTan seguro como el cr√©dito que quer√°is conceder a las historias que he o√≠do. Piedra Negra est√° libre, por lo que todo el mundo cuenta ¬órespondi√≥ Tarken, y se volvi√≥ al escuchar el ruido de pasos sobre el suelo de piedra. Dos fornidos guerreros ch√Ęk hab√≠an penetrado en la estancia.
¬óBaran, Thork ¬ólos llam√≥ Brak, al tiempo que les hac√≠a se√Īas de que se acercaran¬ó. Quiero que oig√°is las noticias que trae Traken.
Y, al tiempo que la pareja se aproximaba al trono, el DelfSe√Īor gru√Ī√≥:
¬óEstos son mis hijos, Tarken. ¬óY a pesar del tono refunfu√Ī√≥n, un resplandor de orgullo ilumin√≥ la mirada de Brak.
Y razones ten√≠a para sentirse orgulloso, porque los dos ten√≠an miembros robustos, una mirada clara, y un porte lleno de gracia y de fuerza. Negros eran sus cabellos, sus barbas y sus ojos, y en eso se parec√≠an sobremanera a su padre. Tambi√©n se desprend√≠a de ellos el mismo aire de autoridad, y Tarken no ignoraba que muchos seguir√≠an con gusto a cualquiera de los dos hasta las mismas mand√≠bulas de H√®l, si ellos lo ordenaban. Vestidos de cuero bajo las cotas de hierro negro, cada uno de ellos llevaba, colgada a la espalda por medio de una correa, un hacha dispuesta para ser utilizada. Baran era el mayor de los dos, y tendr√≠a unos cinco a√Īos m√°s que Thork. Pero nadie se atrever√≠a a asegurar que uno de los dos fuera el cabecilla, y el otro se limitara a seguir las iniciativas de su hermano.
Los dos se inclinaron ceremoniosos ante el mercader de barba blanca vestido con ropas de color verde, y Tarken se levantó de su asiento para corresponder a la cortesía.
¬ó¬ŅQu√© es lo que he o√≠do de Sleeth? ¬ópregunt√≥ Baran.
¬ó¬ŅY de Piedra Negra? ¬óa√Īadi√≥ Thork.
Las carcajadas de Tarken parecían ladridos.
—¡Ah! Los cachorros del tejón son iguales a su padre, Brak: van directos al meollo de la cuestión.
¬ó¬ŅQu√© esperabas, pues, viejo mercader ¬ósonri√≥ Brak¬ó, unos elfos silenciosos?
De nuevo resonaron pisadas en la piedra y varios ch√Ękka entraron en la estancia. Brak pidi√≥ a todos que tomaran asiento en torno a una gran mesa colocada en una c√°mara detr√°s del sal√≥n del trono, y muy pronto todos los asientos quedaron ocupados porque m√°s gentes de barba partida iban llegando convocadas por el DelfSe√Īor. Por la habitaci√≥n se extendi√≥ el murmullo de las conversaciones, todas ellas centradas en las noticias tra√≠das por el mercader de la barba blanca y su caravana.
Finalmente Brak, sentado a la cabecera de la mesa, dio unas palmadas para pedir silencio. Tan pronto como todos callaron, empezó a hablar:
¬óOs he reunido para que comentemos la notable informaci√≥n que nos ha tra√≠do Tarken. Cuando √©l acabe su relato, decidiremos el curso m√°s conveniente para nuestra acci√≥n. ¬óY Brak hizo se√Īa al mercader de que hablara.
Empujando atrás su silla, el enano de la barba blanca se puso en pie en su lugar de la mesa. Su mirada se paseó con lentitud por los miembros del consejo, como si sopesara su valía. Aparentemente satisfecho, dijo con voz sonora:
¬óEst√°bamos en el reino de Aven, en la ciudad de Dendor, vendiendo tallas de jade en la ciudadela, en la corte de Corbin de Aven, porque hace un a√Īo que ha muerto Randall, el viejo rey, y el per√≠odo de duelo acaba de finalizar.
¬ĽEstando all√≠, lleg√≥ un bardo de Jord al Le√≥n Rojo, donde se alojaba mi propio grupo de mercaderes. El bardo ofreci√≥ cantar para pagar la cena y la cama, y su trova llevaba por t√≠tulo Elgo, la Condenaci√≥n de Sleeth.
¬ęCorr√≠an muchos rumores sobre la muerte de Sleeth, pero la mayor√≠a de ellos eran pura fantas√≠a: cuentos tales como que el pr√≠ncipe de los vanadurin hab√≠a estrangulado al drake con sus solas manos, que le hab√≠a cortado la cabeza con una espada m√°gica, y que los harlingar hab√≠an hecho cocerse al drag√≥n del Fr√≠o en su propia baba.
¬ęPero todos esos rumores ten√≠an algo en com√ļn: coincid√≠an en que Elgo, el pr√≠ncipe de los vanadurin, hab√≠a dado muerte a Sleeth. Y entonces aquel bardo (que ven√≠a de Jord, la tierra de los harlingar) cant√≥ la trova de la muerte de Sleeth y..., por Adon, Sleeth muy bien podr√≠a haber muerto tal y como cantaba el bardo.
¬ĽSeg√ļn la trova del bardo, lo incitaron a perseguirlos hasta que sali√≥ al Sol, y lo mat√≥ la mano de Adon. La Prohibici√≥n acab√≥ con el drake, al quedar expuesto a la luz.
¬ęHabl√© largo rato con ese trovador, de nombre Estor, y me dijo que acababa de llegar de la corte de Aranor, y que hab√≠a hablado con Elgo y los supervivientes de la incursi√≥n a Piedra Negra ¬Ėla menci√≥n del antiguo Ch√Ękkaholt provoc√≥ un estremecimiento entre los miembros del consejo¬ó, y que no s√≥lo mataron al drag√≥n del Fr√≠o, sino que adem√°s se llevaron su bot√≠n.
Un rugido de indignaci√≥n sali√≥ de las gargantas de los enanos reunidos; algunos lanzaron incluso gritos de ¬ę¬°Saqueadores!¬Ľ, ¬ę¬°Profanadores!¬Ľ, y otros golpearon furiosos la mesa con sus pu√Īos. Brak alz√≥ las manos pidiendo silencio, pero no lo consigui√≥. Tomando entonces el hacha de Baran, dio varios golpes con ella de plano en la mesa y de inmediato todos callaron. Durante un largo momento, Brak mir√≥ con severidad a los reunidos en la c√°mara, y luego se volvi√≥ de nuevo a Tarken y le pregunt√≥ con intenci√≥n:
¬ó¬ŅSe recuper√≥ todo el bot√≠n?
¬óTal vez, DelfSe√Īor ¬órespondi√≥ Tarken¬ó, pero seg√ļn contaba el bardo Estor, por lo menos dos terceras partes del tesoro se encuentran en el fondo del mar Boreal, absorbidas por los remolinos del Gran Maelstrom.
De nuevo los ch√Ękka reunidos all√≠ empezaron a dar gritos, y en esta ocasi√≥n Brak los dej√≥ hacer mientras se sum√≠a en profundas cavilaciones. Despu√©s de un largo rato levant√≥ las manos y volvi√≥ a dirigirse al mercader de la barba blanca:
¬ó¬ŅTen√≠a el bardo alguna prueba que confirmara su historia?
¬óLe pregunt√© lo mismo, DelfSe√Īor Brak ¬ócontest√≥ Tarken-, y √ļnicamente pudo ofrecerme dos cosas: su palabra de bardo y un collar de oro que Elgo le regal√≥. Sobre el valor de su palabra de bardo puede discutirse, pero yo por mi parte le creo.
Muchos miembros del consejo asintieron con grandes cabezadas, porque la veracidad de la palabra dada por un bardo es legendaria.
Brak alzó su voz por encima del murmullo de conversaciones, reclamando la atención de todos.
¬ó¬ŅTienes algo m√°s que decirnos, Tarken?
El mercader de la barba blanca sacudió la cabeza negativamente.
La mirada de Brak recorrió entonces a todos los reunidos en la cámara.
¬óHemos o√≠do todos las palabras de Tarken; ¬Ņpuede alguien a√Īadir algo a lo que √©l nos ha contado?... ¬ŅNo?... En ese caso, examinemos el estado de la cuesti√≥n y decidamos el camino a seguir.
Durante largo rato los enanos examinaron el asunto, deteniéndose a discutir los puntos clave, con excesivo calor en ocasiones, para decidir qué hacer. Como conclusión, Brak resumió sus deliberaciones:
¬ó√Čstos son los dos puntos esenciales: en primer lugar, debemos enviar una delegaci√≥n a Jord, al castillo de Aranor, bajo una bandera de negociaci√≥n, para plantear nuestra reclamaci√≥n respecto al tesoro. En segundo lugar, al mismo tiempo que parta de aqu√≠ esa misi√≥n, es necesario enviar otra al oeste, por Aven, Riamon y el paso de Crestan, y despu√©s cruzando Rell y Rhone hasta llegar a Rian y a Piedra Negra, con el fin de reclamar el antiguo Ch√Ękkaholt y volverlo a convertir en un reino poderoso, como lo fue en otros tiempos; en esta tarea podemos pedir ayuda a nuestros hermanos de Mineholt Norte, de las Cavernas Rojas y del poderoso Kraggencor.
Brak se volvió a Baran.
—Hijo mío, te pido que presidas la delegación a Jord. Busca a ese Elgo, y preséntale nuestra reclamación.
Baran hizo un enérgico gesto afirmativo. Brak se dirigió entonces a Thork:
¬óTe corresponde a ti, hijo, que te conf√≠e el plan del viaje a Piedra Negra. Costar√° alg√ļn tiempo organizarlo todo, y quiero que empieces a ocuparte de inmediato de los preparativos. Cuando llegue el momento, elegiremos a los que tomar√°n parte en esa larga expedici√≥n, pero es preciso planificar previamente muchas cosas antes de llegar a la selecci√≥n de quienes se encargar√°n de reconstruir el Ch√Ękkaholt de las monta√Īas de Rigga.
Thork inclin√≥ la cabeza en muestra de asentimiento, aunque era f√°cil comprender por su actitud que habr√≠a preferido con mucho acompa√Īar a su hermano en la embajada a Jord.
Hab√≠a regresado la primavera, y de nuevo Elyn recorr√≠a las llanuras y hac√≠a volar a Ala Roja; el halc√≥n se lanzaba en picado, alborotando con sus gritos la vasta pradera, en busca de una presa oculta en el mar de hierba que comenzaba a verdear, agitado por la suave brisa todav√≠a h√ļmeda del deshielo y perfumada por la promesa de una nueva vida. El cazador remont√≥ el vuelo en amplias espirales, buscando las alturas, y el coraz√≥n de Elyn lo apremiaba a subir m√°s y m√°s. Unas nubes blancas y algodonosas cruzaban serenas el cielo azul, y parec√≠a que Ala Roja se propon√≠a alcanzarlas en su vuelo. Pero de s√ļbito el ave se detuvo, con las alas plegadas salvo alg√ļn ligero movimiento con las puntas para dirigir al cazador en picado hacia un objetivo que Elyn no alcanzaba a ver. Y en un revuelo de alas, plumas y garras, el halc√≥n desapareci√≥ entre la hierba de la sabana, amarilla despu√©s del invierno.
Y mientras la doncella guerrera guiaba a Viento hacia el ave y su presa, sus ojos vislumbraron en la lejanía, hacia el este, una hilera de ponis que se aproximaban, unos montados, otros cargados con provisiones. Elyn recogió a toda prisa a Ala Roja, lo encapuchó y lo posó en la alcándara que llevaba sujeta al pomo de la silla de montar, asegurándolo con una cadena corta que trabó en la anilla colocada en la pata derecha del ave; luego recogió el conejo muerto y lo ató a la correa de cuero de la que colgaban ya otros tres, montó a lomos de Viento y espoleó a la yegua hacia el castillo.
—¡Por Adon, hermano, creo que tienes razón: son enanos! ¡Diez enanos! —Elyn se había reunido con Elgo en lo alto del baluarte oriental y desde allí observaba la hilera de ponis que se aproximaba despacio.
—¡Hai! —se jactó Elgo—, mi ojo bueno sigue teniendo la vista aguda, después de todo. Creo que padre debería estar aquí para verlo.
Una vez más Aranor estaba lejos del reino, en esta ocasión en Naud para tratar de llegar a un acuerdo en el conflicto fronterizo con Halgar, el hijo mayor de Bogar y actual rey, después de que su padre cayera vencido en batalla con el reino de Kath. Era el momento adecuado para presionar a los naudron, que no querían verse atrapados entre enemigos por ambos flancos, por más improbable que resultara una alianza de Jord con
Kath en ninguna empresa, porque entre ambos reinos había corrido más de una vez la sangre en abundancia.
Apareció Ruric, y fue a colocarse al lado de Elgo.
¬ó¬ŅEnanos, mi orgulloso pr√≠ncipe? ¬ógru√Ī√≥ el maestro de armas¬ó. Bien, pero ¬Ņpor qu√© supones que vienen con intenci√≥n de llamar a nuestra puerta? Y mira, enarbolan la bandera gris de la negociaci√≥n.
—Si yo fuera un enano, vendría a dar las gracias a quienes han liberado Piedra Negra, Viejo Lobo —respondió Elgo, y su semblante se iluminó de anticipación—. Si desean negociar, será sin duda la recompensa que nos deben.
—¡Hai roi! Vamos corriendo al salón del trono, hermano —pidió Elyn, llena de excitación porque nunca antes había visto un enano—, y dales la bienvenida con la ceremonia debida.
A la carrera, entre risas y llamando a voces a un paje, hermano y hermana descendieron por la escalera. ¬ęComo ni√Īos con un juguete¬Ľ, pens√≥ Ruric mientras bajaba a su vez, a un ritmo m√°s calmoso.
Un heraldo irrumpió en el gran salón gritando:
¬óDamas y caballeros, Baran, hijo de Brak el DelfSe√Īor de Kachar, llega con su s√©quito.
Baran y otros nueve enanos ce√Īudos fueron escoltados al sal√≥n del trono, iluminado por los brillantes rayos del Sol que se filtraban por los altos ventanales. All√≠ se hab√≠an reunido para recibirlos Elgo, sentado en el trono real con Arianne a su lado, m√°s Elyn, Ruric y Reynor, ahora capit√°n de la guardia. Tambi√©n estaban Mala, que no quer√≠a perderse ning√ļn asunto de Estado celebrado en p√ļblico ¬óy con mayor raz√≥n un asunto tan curioso como √©ste¬ó, Darcy, Elise y Kyla, las damas de compa√Ī√≠a de la bella Arianne. Alineados a lo largo del per√≠metro del sal√≥n del trono se ergu√≠an veinte guerreros de la guardia del castillo, dispuestos a intervenir en el caso de que se produjera alg√ļn altercado, porque aquellos enanos, pese a ser aliados en el pasado, hab√≠an entrado armados y con armaduras en el Palacio de Jord.
¬ęDe modo que as√≠ son los enanos: bajos pero robustos; y apuesto a que muy fuertes. ¬óElyn deseaba mirarlos a su sabor, pero no dej√≥ de advertir que los guerreros enanos hab√≠an adoptado de forma natural, y como por casualidad, una actitud que pod√≠a convertirse r√°pidamente en una posici√≥n defensiva¬ó. Por sus ce√Īos, deduzco que sus intenciones no son muy amistosas, por m√°s que parecen muy resueltos. Me pregunto si ser√°n h√°biles en el manejo de esas hachas que llevan cruzadas a la espalda.¬Ľ
Reaccionando con rapidez a su sorpresa inicial, Reynor se adelantó.
¬óMi se√Īor Baran, permitidme presentaros al muy poderoso Elgo, pr√≠ncipe de Jord, Matador de Sleeth y Libertador de Piedra Negra. Tambi√©n os presento a Arianne, su esposa y princesa.
Una sombra de irritaci√≥n pas√≥ por el rostro de Baran, como si le estorbaran aquellas tediosas formalidades. Pero con cautela, r√≠gido, el enano se inclin√≥ sin perder de vista en ning√ļn momento la cara quemada de Elgo.
El pr√≠ncipe se puso en pie, con la mano en la empu√Īadura de su sable.
¬óBienvenido a Jord, mi se√Īor Baran. Ojal√° hubiera estado aqu√≠ mi padre para recibiros, porque hace mucho tiempo que desea hablar con un representante de vuestro reino. Estimamos que nuestros dos reinos encontrar√°n mutuamente provechosa una alianza, punto de vista que sin duda compartir√©is; y si tal es la materia que hab√©is venido a tratar, con gusto os daremos alojamiento hasta el regreso de mi padre, porque √©l querr√° debatir personalmente asunto tan trascendental. Pero si hab√©is venido adem√°s con otro prop√≥sito, estoy ansioso por o√≠r lo que os trae al pa√≠s de Jord.
El enano se adelantó con cara de pocos amigos.
¬óHemos venido a reclamar lo que es nuestro, pr√≠ncipe ¬ógru√Ī√≥ Baran¬ó, el bot√≠n de Sleeth el Orm.
¬ó¬ŅC√≥mo? ¬óexplot√≥ Elgo, con un resplandor acerado en su √ļnico ojo, y sus cicatrices adquirieron un color rojo llameante debido a la ira¬ó. No habl√°is en serio. El tesoro es nuestro, conquistado con nuestra sangre.
¬óNo dudo que el bot√≠n os ha costado vidas, y por esa raz√≥n merec√©is una recompensa ¬órespondi√≥ Baran¬ó, pero hablo totalmente en serio cuando afirmo que hemos venido a reclamar lo que es nuestro. ¬óBaran se√Īal√≥ con un gesto a sus restantes camaradas-. Pero antes de seguir hablando, queremos ver el bot√≠n, porque lo que nos ha tra√≠do hasta vuestros dominios es tan s√≥lo un rumor sin confirmar; por las noticias que tenemos, podr√≠a tratarse de una historia falsa.
¬ó¬ŅFalsa? ¬°Bah! Ver√©is el tesoro ¬ógrit√≥ Elgo con la cara roja de ira¬ó, pero no os llevar√©is al salir de aqu√≠ ni una sola moneda.
Elgo descendi√≥ a grandes zancadas del sitial del trono y condujo a la delegaci√≥n de los enanos a la c√°mara del tesoro, con Elyn, Ruric y Reynor a su lado. Reynor hizo una se√Īal a los miembros de la guardia del castillo para que le siguieran, mientras que Arianne, Mala y las damas de compa√Ī√≠a cerraron la marcha.
Después de cruzar el castillo y de bajar a los sótanos, el príncipe, la princesa, los enanos y la escolta llegaron finalmente ante una puerta bien custodiada. A una orden de Elgo, se levantó el rastrillo y entraron en una amplia sala; otros guardias avanzaron entonces a su encuentro, y en particular uno, un hombre de estatura gigantesca portador de un enorme manojo de llaves. De nuevo habló Elgo, y el guardián los guió por un pasillo, con una linterna en la mano para iluminar sus pasos. Finalmente, al extremo del pasillo se encontraron delante de una puerta de hierro cerrada con candado. El guardián rebuscó entre sus llaves, y finalmente deslizó una de ellas en la bien engrasada cerradura y la hizo girar con un chasquido.
La puerta se abrió sin ruido, y los emisarios de los enanos, con su escolta de vanadurin, entraron en una cámara de vastas proporciones. Una reja de hierro se alzaba del suelo al techo en mitad de la cámara, y en su centro había otra puerta cerrada con candado. Al otro lado de la reja, el tesoro de Sleeth el Orm despedía un brillo mortecino: joyas, oro, silverón, todo aquel confuso montón destellaba a la luz de las linternas. El guardián encendió unas lámparas que colgaban de soportes sujetos a la pared, y el deslumbrante tesoro apareció en todo su esplendor.
Los enanos se abalanzaron hacia adelante, asidos a la reja, mirando por entre los barrotes el gran tesoro desplegado ante ellos con ojos desorbitados, at√≥nitos ante el tama√Īo inmenso del bot√≠n. Miraron largo rato, como si buscaran alg√ļn objeto en particular que echaran de menos. Finalmente, Baran gru√Ī√≥:
¬ó¬ŅEst√° todo aqu√≠?
—No —respondió Elgo—, la mayor parte reposa en el fondo del mar Boreal.
—Lo que quiero decir, príncipe Elgo —insistió Baran en tono destemplado—, es si está aquí todo lo que pudo ser rescatado.
¬óY lo que quiero decir yo, se√Īor Baran ¬óreplic√≥ Elgo con una voz en la que vibraba la ira¬ó, es que si quer√©is disfrutar de alguna parte del bot√≠n de Sleeth, por H√®l que os sugiero que dragu√©is el Maelstrom en su busca.
—¡Bah! —estalló Baran, sintiendo caldearse su temperamento de enano. Pero antes de que pudiera decir algo más, le interrumpió Ruric.
¬óOs recuerdo a los dos que en este asunto se ha enarbolado la bandera gris. V√°monos lejos de este tesoro maldito y hablemos razonablemente.
Elgo y Baran intercambiaron miradas incendiarias, pero luego, a rega√Īadientes, asintieron con bruscas sacudidas de cabeza, y todo el cortejo emprendi√≥ el camino de regreso al gran sal√≥n.
Estaban sentados a una larga mesa: los ch√Ękka alineados en uno de sus extremos, con Baran en el centro; los vanadurin en el otro, presididos por Elgo. Unos y otros se miraban con hostilidad: los enanos a los harlingar, los harlingar a los enanos. A uno y otro lado, se hab√≠an plantado banderas grises junto a los estandartes de cada bando.
En aquella sala estaban prohibidas las armas, de modo que habían quedado amontonadas sobre las mesas de la antecámara.
Tal y como lo exigía el protocolo, los enanos fueron los primeros en hablar, por boca de Baran:
—De que Sleeth apareció y se apoderó de Piedra Negra, no hay la menor duda. Tampoco puede haber cuestión sobre el hecho de que nosotros éramos los propietarios de Piedra Negra y del tesoro guardado en su interior. Por lo tanto, es indiscutible que el tesoro nos pertenece. No obstante, pretendemos ser equitativos en nuestros tratos con otros pueblos, y por esa razón os ofrecemos una cuota razonable como recompensa por vuestro descubrimiento: la cuarta parte del tesoro, un alto precio por los trabajos que os habéis tomado.
—¡Bah! —se burló Elgo, pero contuvo su lengua y esperó a que Baran concluyera su ridículo alegato.
Pero Baran no dijo nada más, considerando que el caso estaba meridianamente claro para quien tuviera siquiera una pizca de entendimiento; incluso para aquel loco con ínfulas de grandeza.
Al ver que el enano había dado por terminada la exposición de su reclamación y su oferta, Elgo respondió:
—Estamos de acuerdo en que Piedra Negra era vuestro, y Sleeth apareció y se apoderó de él. ¡Pero atended! No intentasteis con la diligencia debida recuperar lo que era vuestro. ¡Esperad!. Antes de declarar que eso no es cierto, escuchadme: si los bardos dicen la verdad, por dos veces luchasteis para reclamar vuestra antigua propiedad; de hecho, encontramos la prueba palpable de uno de vuestros intentos fallidos: una enorme ballesta con proyectiles envenenados, que sólo había podido ser montada en parte, al parecer, cuando irrumpió Sleeth y aniquiló a vuestra gente. Pero hace mucho tiempo que abandonasteis vuestros intentos, y en consecuencia renunciasteis a toda reclamación relativa a Piedra Negra y al tesoro existente en su interior, ante cualquier persona que consiguiera triunfar donde vosotros fracasasteis.
¬ĽY bien, yo no fracas√©, y el tesoro es m√≠o. De modo que si quer√©is un tesoro como √©ste, os digo que regres√©is a Piedra Negra cav√©is hasta reunirlo. ¬°Os devuelvo el holt, porque los hombres no vivimos bajo tierra como los topos!
—No sabéis de lo que habláis —gritó un enano de barba roja, sentado a la derecha de Baran—. Por tres veces nosotros...
¬ó¬°Maht! [¬°Silencio!] ¬órugi√≥ Baran en la lengua oculta, con una mirada severa al que no hab√≠a sabido contener la lengua¬ó. ¬°Nid pol kanar vo Ch√Ękka! ¬°Agan na stur ka Dech√Ękka! [¬°Nadie debe saberlo excepto los enanos! ¬°Que ello no suponga deshonor para nuestros Antepasados!]
El furioso enano de la barba roja se contuvo con dificultad y no dijo más, pero su mirada parecía querer taladrar a Elgo. Dominando su propia ira, Baran se dirigió de nuevo a Elgo:
¬óQuisiera hacerte una pregunta, hombre: si un ladr√≥n grande y fornido golpea hasta dejar sin sentido a un ciudadano inocente y le roba su bolsa; y si t√ļ eres testigo del asalto y de inmediato matas al ladr√≥n y recuperas la bolsa, y si en el interior de esa bolsa una moneda de oro, ¬Ņa qui√©n pertenece la moneda?
—Al ciudadano —replicó Elgo—. Pero...
¬óUn poco de paciencia ¬óle interrumpi√≥ Baran¬ó. Suponga ahora que no hab√©is sido testigo presencial del crimen, y que el ladr√≥n ha conseguido doblar la esquina de la calle antes de que le vierais, pero hab√©is o√≠do gritar: ¬ę¬°Al ladr√≥n!¬Ľ, y sab√©is que el criminal es √©l, y le dais muerte. ¬ŅA qui√©n pertenece el oro en ese supuesto caso?
—También el ciudadano inocente —respondió Elgo, que veía ya adonde quería ir a parar Baran, y esperaba su turno.
¬ó¬ŅY qu√© sucede si el ladr√≥n ha conseguido escapar a campo trav√©s sin que lo detuvierais ¬ócontinu√≥ Baran¬ó, pero consegu√≠s reconocerle meses m√°s tarde gracias a un cartel que ofrece una recompensa? ¬ŅDe qui√©n ser√≠a el oro entonces?
¬óTal vez m√≠o ¬órespondi√≥ Elgo con una sonrisa deslumbrante¬ó, porque ¬Ņqui√©n me asegura que se trata del mismo oro? Lo m√°s probable es que el ladr√≥n haya gastado a esas alturas todo el oro del ciudadano, y el encontrado por m√≠ pertenezca a alg√ļn otro, o incluso al propio ladr√≥n si lo ha ganado con su trabajo.
—¡No es ése el caso, príncipe! —se irritó Baran—. Todo el mundo sabe que Sleeth nos robó. Todo el mundo sabe que el tesoro que nos arrebató es el mismo que vos habéis encontrado. ¡Y aquel que se niega a devolver una propiedad robada por un ladrón, se convierte él mismo en ladrón!
Elgo seguía sonriendo, pero la suya era una sonrisa de predador.
¬óD√©jame utilizar tu propio ejemplo, enano: supongamos que el ladr√≥n se traslada a vivir al pa√≠s del ciudadano, y se instala incluso en su propia casa. Supongamos que el ciudadano no ha pedido ayuda a nadie y abandona todo intento de recuperar su tierra, su casa y su moneda de oro. Supongamos que el ciudadano muere. Supongamos que sus herederos abandonan el pa√≠s y todas sus pertenencias, y desde ese momento no hacen m√°s esfuerzos por recuperarlas. Supongamos que transcurren m√°s de mil a√Īos y ning√ļn heredero ha puesto jam√°s pleito reclamando la propiedad de sus antepasados, ning√ļn heredero ha denunciado al ladr√≥n, ni ofrecido una recompensa, ni siquiera gritado: ¬ę¬°Al ladr√≥n!¬Ľ. Supongamos que m√°s tarde pasas por ese pa√≠s abandonado, das muerte a su malvado ocupante y encuentras la moneda de oro abandonada.
¬ęAhora te pregunto, se√Īor Baran, ¬Ņa qui√©n pertenece ese oro? ¬ŅA qui√©n pertenece la tierra? Te pido que medites tu respuesta, porque si afirmas que todo pertenece a los herederos, entonces las tierras que ahora ocupamos, estas Estepas, y tambi√©n vuestro reino situado bajo las monta√Īas; todos los territorios que en alguna ocasi√≥n tuvieron alg√ļn otro due√Īo, que dej√≥ de reclamarlos hace siglos, deber√°n tambi√©n pertenecer a los herederos.
¬ĽPor eso yo te digo aqu√≠ y ahora que, si esas tierras fueron abandonadas, quienes las ocuparon, las reclamaron para s√≠ y las defienden y las poseen, √©sos son sus verdaderos propietarios.
La ira brillaba en los ojos de Baran.
¬ó¬°Por Adon, nosotros nunca abandonamos esas tierras! ¬°Ni el tesoro oculto en sus entra√Īas!
¬óEn ese caso lo perdisteis en combate ¬ódijo Elyn, que habl√≥ entonces por primera vez¬ó. ¬°Prestadme atenci√≥n! S√≥lo el diligente puede demostrar que nunca abandon√≥ su reclamaci√≥n, y todos sabemos que no hab√©is sido diligentes. Pero tanto si lo hab√©is sido como si no, las tierras perdidas en una guerra son del vencedor. Y de la misma manera que perdisteis Piedra Negra frente a Sleeth, hace ya miles de a√Īos, as√≠ tambi√©n Sleeth lo perdi√≥ ante Elgo, hace s√≥lo hace unos meses. Los despojos de la guerra pasan del vencido al vencedor, y entre ellos se incluyen los tesoros perdidos siglos atr√°s; que en esta guerra, el vencedor ha sido Elgo.
—Pero los despojos de una guerra han de ser devueltos a quien se vio injustamente privado de su propiedad —replicó Baran—. De otro modo no existirían ni la justicia ni el honor.
—En ese caso, mi querido enano —contestó Elyn— os sugiero que devolváis a los rutcha todo lo que les habéis tomado en vuestras guerras con ellos.
Al o√≠r esas palabras, se encendieron los rostros de muchos de los enanos y algunos gru√Īeron algo entre dientes e hicieron el adem√°n in√ļtil de buscar sus hachas, olvidando que estaban depositadas sobre una mesa de la antec√°mara.
—¡La guerra con los ukhs no terminará jamás! —gritó Baran.
—Cuando es el zapato propio el que aprieta, el dolor suele ser más vivo —apostilló Elyn.
¬óEl caso es muy diferente ¬óla voz de Baran era baja y ten√≠a ecos de amenaza¬ó, porque nuestra reclamaci√≥n es justa. En una guerra limpia entre enemigos honorables, los despojos corresponden al vencedor y el derrotado no tiene ning√ļn motivo de reclamaci√≥n.
¬óEn ese caso, se√Īor Baran ¬óreplic√≥ de inmediato Elyn¬ó, pod√©is estar agradecido al hecho de que mi hermano est√© dispuesto a devolveros Piedra Negra, porque si lo quisiera para s√≠ mismo, entonces seg√ļn vuestras propias palabras no tendr√≠ais ning√ļn derecho a reclamar.
¬ó¬ŅAcaso no me has o√≠do, mujer? ¬óLos ojos de Baran relampagueaban de rabia¬ó. Sleeth no era un enemigo honorable. No ten√≠a el menor derecho sobre Piedra Negra. Y si afirmas que, al derrotar a Sleeth, las pretensiones de Elgo sobre la propiedad robada se han visto de alguna manera legitimadas, entonces estar√°s afirmando que el honor de Elgo se sit√ļa en el mismo nivel que el Sleeth.
Los dientes de Elgo rechinaron de ira.
¬óY yo te digo a ti, enano, que tendr√°s que sostener de una forma m√°s en√©rgica tu reclamaci√≥n si quieres recuperar la propiedad perdida. Tus antepasados no lo hicieron; durante m√°s de mil quinientos a√Īos no han presentado ninguna reclamaci√≥n, por lo que cabe deducir que t√ļ y los tuyos abandonasteis vuestros derechos a la propiedad hace ya muchos siglos. ¬°De modo que la cuesti√≥n de si Sleeth era o no un enemigo honorable es irrelevante!
Baran se puso en pie furioso, con los pu√Īos apretados. Frente a √©l, Elgo tambi√©n se levant√≥ de su asiento. Y lo mismo hicieron todos los enanos y los vanadurin, en un ambiente tan cargado de hostilidad que podr√≠a haberse cortado con un cuchillo.
¬óEntregar√© vuestro mensaje, pr√≠ncipe Elgo ¬óla voz de Baran era feroz¬ó, aunque lo acompa√Īar√°n estas palabras verdaderas, mis palabras. Piedra Negra era nuestro, el tesoro era nuestro, hasta que fueron robados por Sleeth. Ahora lo que era nuestro est√° en vuestro poder y os neg√°is a devolverlo a los aut√©nticos propietarios. Las canciones pueden ensalzaros como un h√©roe, pero no ten√©is honor.
La ira inflam√≥ el √ļnico ojo de Elgo y sus cicatrices volvieron a enrojecer; se habr√≠a abalanzado sobre el otro extremo de la mesa, a no ser porque Ruric lo sujet√≥ por el brazo para retenerlo, y le advirti√≥:
—Están aquí protegidos por la bandera gris.
Furioso, Elgo se soltó de la presa de Ruric.
¬ó¬ŅY a qui√©n llevar√°s mi respuesta, enano?
¬óA mi padre, Brak, DelfSe√Īor de Kachar, jinete ¬órespondi√≥ Baran, temblando de ira.
—Puedes ahorrarte saliva, enano —siseó Elgo—, porque iré a entregar el mensaje yo mismo. —Y dando media vuelta sobre sus talones, salió a grandes zancadas del gran salón.
También los enanos salieron alborotados de la sala de negociación, recogieron sus hachas y pasaron directamente del castillo a los establos. Allí ensillaron sus ponis y partieron furiosos, negándose a pasar ni tan siquiera una noche como huéspedes de los harlingar.
Y en la herrer√≠a resonaron aquella noche los golpes acompasados del martillo y el escoplo al batir sobre el yunque; era Elgo, que trabajaba con la piel del drag√≥n con el fin de preparar un regalo adecuado para Brak, DelfSe√Īor de Kachar.