18 - Kalgalath el negro

Finales del invierno, 3E1602
[Este año]

Kalgalath el Negro observó cómo se aproximaba la trémula imagen cruzando el lago de densa lava. Fuentes de fuego escupían al aire fragmentos de roca triturada; pero la figura oscura, cubierta con un manto y encapuchada, caminaba impertérrita sobre aquel magma hirviente vomitado por las entrañas del mundo.
Encaramado en el reborde de piedra que formaba una especie de dosel llameante, Kalgalath el Negro aguardaba.
Finalmente, una forma humana se detuvo delante del dragón, se detuvo sobre la superficie hirviente, se detuvo en el centro de aquel crisol de creación y destrucción, sobre el fuego y la piedra unidos en una furia elemental.
—Wyrm oscuro —susurró el visitante. ¿Era un hombre? ¿Un elfo? ¿Tal vez algo distinto? Eso no le importaba a Kalgalath.
—Andrak —respondió el dragón—. ¿Qué es lo que trae al gran y poderoso Andrak a mis dominios? —Y en la voz metálica de Kalgalath parecieron resonar ecos de una risa burlona.
El cráter seguía expulsando lava densísima y rocas trituradas. Sobre sus cabezas, el techo de aquella cámara incandescente se cuarteó y se vino abajo un instante después; una masa enorme de magma incandescente se precipitó sobre el sombrío intruso, sin producirle el menor rasguño.
Desde algún lugar del interior de la capucha bajada, llegó la respuesta en un susurro:
—Sleeth ha muerto, wyrm oscuro.
Hinchando su enorme mole, Kalgalath el Negro inclinó su cabeza hacia abajo y adelante, tratando de mirar directamente el interior de la capucha de su visitante, y penetrar con su vista de dragón las sombras del interior. Pero ni siquiera los ojos de un dragón eran capaces de ver lo que había dentro de la capucha.
—¿Muerto? ¿Sleeth...? ¿Cómo?
—La Prohibición, wyrm oscuro —susurró Andrak—. ¡La Prohibición de Adon! —Suspuños se aprestaron—. Maldito el día en que Él dictó su Prohibición para todos nosotros, encadenando nuestro poder.
—¡Bah, mago! —Las palabras de Kalgalath tenían resonancias metálicas—. Tu poder está limitado por el Sol, no el mío! ¡Mi fuego quema! —Una gran llamarada salió de la garganta del dragón y rodeó la forma oscura de Andrak... sin más resultado que un ligero gesto de impaciencia con que la recibió el mago.
—Sí, wyrm oscuro —siseó el mago—, tu llama quema. Y si te hubieras unido a nosotros con tus hermanos leales, en especial con Daagor, el resultado de la Gran Guerra podría haber sido muy distinto, y todos los dragones podrían...
—¡Silencio! —La gran voz de Kalgalath levantó ecos estruendosos—. ¡No me vengas con chácharas sobre lo que podría haber sido!
Una tensa hostilidad había tomado cuerpo entre el mago y el dragón, un silencio subrayado por el bramido continuo de aquella caldera de lava. El cráter vomitaba chorros rugientes de roca líquida, salpicando tanto al dragón como al mago con partículas incandescentes de magma, sin que ninguno de los dos hiciera el menor caso.
Finalmente, Andrak dijo en su característico susurro:
—Ahora puedes tener Piedra Negra, wyrm oscuro, una guarida digna de un gran dragón.
—¿Piedra Negra? ¿Yo? —En los ojos dorados de Kalgalath apareció un destello despectivo—. ¡Bah! ¿Para qué necesito esa tumba fría? Mira a tu alrededor, mago, y contempla mi magnífica caldera.
—Este lugar sólo te sirve para alimentar tus negros sueños -susurró Andrak, con un gesto negligente de la mano, despreciativo hacia la caverna de lava hirviente—. Con Piedra Negra dispondrías de una verdadera fortaleza incomparable, útil también en el mundo de la vigilia.
—Me gusta mi fuego, mago —replicó el dragón—, y en Piedra Negra no arde lo suficiente para permitirme alcanzar mi yo etérico. En cambio, aquí... —Kalgalath hizo un ademán lleno de orgullo, y cinco relucientes garras diamantinas barrieron el espacio. Un enorme chorro de lava brotó del muro incandescente situado detrás del reborde de piedra, una inmensa catarata de llamas que se precipitó desde la bóveda brillante.
—Ya basta, wyrm oscuro, ya basta. Estas exhibiciones son fastidiosas, y estoy cansado. —Andrak dio media vuelta, como si se dispusiera a marcharse.
Kalgalath esperaba, sin decir nada.
Como si se le ocurriera algo de repente, Andrak se giró de nuevo para hacer frente al dragón; y los ecos inaudibles de una risa poderosa parecieron llenar la caverna.
—Otra cosa, wyrm oscuro... —empezó a decir Andrak.
—El botín, mago. —El enorme dragón cambió de postura, y su voz adquirió el tono de quien está explicando cosas obvias—. ¿Por qué otra razón habrías de venir aquí? —Y de nuevo reverberó un silencio burlón.
Sólo los nudillos blancos de sus puños apretados revelaron la rabia del mago envuelto en la capa oscura y encapuchado, pero pasados unos instantes dominó su ira, y sus manos se relajaron y se abrieron.
—Por qué, si no, wyrm. En efecto, por qué, si no —susurró en tono conciliador.
—¿Quién lo tiene, y cuál es la insignificancia que deseas para ti? —Kalgalath el Negro volvió la cabeza, dirigiendo su mirada dorada al mar de lava, y escupió.
—No es más que un pequeño objeto, una nadería, wyrm oscuro —susurró el mago, estudiando el dorso de su mano con ojos invisibles.
—¡Ja! —estalló Kalgalath—. ¿Nadería? No, mago, nunca pedirías una cosa así. Por el contrario, tiene que ser algo que te permita dominar a otras personas. Un talismán de poder, por ejemplo. O mejor aún, un talismán temible.
—Tal vez, wyrm oscuro —siseó Andrak—, pero es un precio pequeño comparado con un botín como el de Sleeth.
—Describe el talismán, mago. —La voz de Kalgalath sonó en tono de cansancio por aquel regateo.
—No es más que un pequeño cuerno de plata, wyrm —susurró Andrak—. Parece fabricado por enanos. Tiene unas runas incisas en el pabellón, así como unos jinetes que cabalgan entre los glifos.
—¿Sabes de cierto que ese talismán forma parte del botín? —Ahora Kalgalath miraba con intención al mago—. Porque si no es así, el botín será mío y no te deberé nada.
Se produjo una larga pausa mientras Andrak consideraba las palabras de Kalgalath.
—No, wyrm, no puedo asegurar que forme parte del botín. El cuerno fue escondido hace ya mucho tiempo..., se cree que en Piedra Negra. Pero tal vez no fue así. Caso de serlo, podría haber formado parte del botín. También hay que tener en cuenta que una parte del tesoro se perdió y ahora está en el fondo del mar, y podría ser que el cuerno se encontrara entre los objetos hundidos. Pero si forma parte de la porción del botín salvada...
—No temas, mago; si está allí, te lo traeré, pero exijo el resto del botín para mí, por el trabajo de recuperarlo. —Kalgalath estiró de nuevo su cuello para encararse con la figura oscura—. ¿No te traje el Kammerling?
—Sí, wyrm —susurró Andrak—. Y lo tengo bien guardado. Nadie irá a buscarte con él en las manos.
—Si recuerdo bien el trato que hicimos, mago, tú habías de guardar el Kammerling, y a cambio yo mantendría en secreto tu verdadero nombre. —Kalgalath arqueó su poderoso cuello, y observó al mago desde la altura. Detrás del drake, el fuego atravesaba el muro de piedra pulverizada e iba a mezclarse con las llamas expedidas por el cráter—. Por tanto, tal y como yo lo veo, cada uno de nosotros posee lo que podría destruir al otro. Me parece un pacto justo.
—No, wyrm, no tan justo —siseó Andrak—, porque yo habré de enfrentarme a los campeones que buscan el Martillo de la Rabia mientras que tú sólo debes limitarte a guardar silencio.
De nuevo, a pesar de no decir palabra, el dragón pareció emitir los ecos inaudibles de una risa burlona, y el mago irradió de su persona oleadas de ira.
—Estamos perdiendo el tiempo, mago —dijo finalmente Kalgalath—, al hablar de tratos acordados hace ya mucho. —Y sus ojos relucientes observaron con fijeza la figura en sombra—. ¿Quién tiene el botín y dónde?
—Los harlingar, los vanadurin —fue la respuesta susurrada por Andrak—. En el Palacio de Aranor, en las Estepas de Jord. Fue el hijo de Aranor, Elgo, quien con engaños hizo exponerse a la luz del Sol a Sleeth y así lo mató.
—¿Un hombre? —La voz de Kalgalath expresaba una sorpresa auténtica.
—Un guerrero vanadurin, wyrm oscuro —siseó Andrak-. Mató a Sleeth y se apoderó del botín.
El gran dragón bajó entonces su maciza cabeza hasta apoyarla en el reborde llameante, con los ojos cerrados; y pareció ignorar por completo la presencia del mago.
Pasó un largo rato; la piedra fundida espumeaba y hervía.
—¿Cuándo? —susurró Andrak.
—Cuando yo lo estime oportuno —replicó Kalgalath. Sus ojos seguían cerrados.
Finalmente, la figura oscura dio media vuelta y se alejó del trono llameante del poderoso dragón. La lava seguía hirviendo, y el magma surgía de las profundidades entre explosiones de fuego; grandes masas de roca incandescente salían disparadas por los aires, para encontrarse con cataratas de piedra pulverizada que caían de lo alto a aquel infierno rugiente. Andrak no prestó atención a nada de eso mientras caminaba sobre la superficie en ebullición.
Lentamente, la figura oscura fue empequeñeciéndose en la distancia, hasta que al fin desapareció.