17 - La vuelta a casa

Invierno, primavera, verano, principios de oto√Īo, 3E1601
[El a√Īo pasado]

Con la nieve crujiendo bajo sus pies, Elyn cruz√≥ la explanada hasta el edificio principal de la guarnici√≥n. Por encima de su cabeza, las luces aurorales hab√≠an adquirido un tono rojo de sangre, como hab√≠a sucedido con intermitencias desde la Noche Larga Anual, alimentando los rumores relativos a malos presagios y fortunas aciagas. En torno a ella se alzaba vertical en la oscuridad una empalizada de troncos, con sus extremos aguzados dirigidos hacia arriba como dedos que se√Īalaran la luz escarlata del cielo. Al frente, a un lado y a espaldas de ella se extend√≠an una serie de edificios en sombra, bajos y alargados, con paredes de troncos y techumbre de paja: cuarteles, establos, herrer√≠a, almacenes y dem√°s. Directamente frente a ella, la luz amarilla de una l√°mpara se filtraba a trav√©s de las pieles aceitadas que cubr√≠an las ventanas del edificio com√ļn, el lugar a donde se dirig√≠a. Cuando entr√≥ en √©l, cerrando a sus espaldas la pesada puerta de troncos, los hombres que hab√≠a en el interior de la sala se giraron, y guardaron silencio. La princesa se dirigi√≥ a la mesa de la cabecera, ocupada ya por Brude, el comandante de este puesto destacado en la frontera con el pa√≠s de Kath. Poco a poco se reanud√≥ la conversaci√≥n, mientras ella se abr√≠a paso entre los guerreros y llegaba finalmente a su asiento. Brude, un hombre robusto y musculoso entrado ya en la cuarentena, pase√≥ por la sala su mirada cansada, mientras ella se sentaba. El comandante se hab√≠a sentido molesto por el hecho de que una mujer entrara a formar parte de su guarnici√≥n, por mucho que se tratara de una princesa. Ella se hab√≠a presentado all√≠ a finales del oto√Īo, cuando empezaba a caer la nieve: una doncella guerrera, seg√ļn dec√≠a ¬óde hecho, todos hab√≠an o√≠do hablar de su adiestramiento y de las haza√Īas que hab√≠a llevado a cabo contra los naudron¬ó, deseosa de aprender m√°s cosas sobre su oficio, seg√ļn dec√≠a tambi√©n. Brude la hab√≠a aceptado a rega√Īadientes; de hecho no ten√≠a otra opci√≥n, porque el propio Aranor la enviaba. Pero ella hab√≠a demostrado ser una aut√©ntica doncella guerrera, de mente y brazos √°giles, tan diestra como el mejor hombre de la guarnici√≥n, o m√°s a√ļn. Con todo, segu√≠a siendo dif√≠cil aceptar el hecho de una que mujer participara en las duras tareas de este puesto fronterizo, fueran cuales fueren su linaje y su destreza con las armas.
Mientras ella tomaba asiento y el personal de la cocina le servía la cena, del murmullo de las conversaciones pudo oír una o dos frases, y advirtió que nuevamente el tema de la jornada lo constituían las wereluces de color rojo sangre desplegadas en el cielo nocturno:
¬ęUn mal presagio para alguien...¬Ľ
¬ęTal vez para el rey...¬Ľ
¬ęNo, no s√≥lo para el rey; es un presagio para todo el pueblo de Jord...¬Ľ
¬ęS√≠, y significa matanzas, guerras y muertes...¬Ľ
¬óVeo que esta noche vuelven a asaltarnos los desastres ¬Ėdijo Elyn a Brude, cortando con las manos un pedazo de pan de torta que hab√≠a en la mesa.
¬óNo os burl√©is de las luces del cielo en el invierno, porque es cierto que en ocasiones han predicho lo que iba a suceder. ¬óEl comandante tom√≥ un bocado de estofado, y mientras masticaba y tragaba, sus ojos vagaron imprecisos por la sala a medida que su mente se perd√≠a en el pasado y repasaba antiguos recuerdos¬ó. Hubo una alerta roja hace tres a√Īos, cuando nos atac√≥ Tamar. Y muchas historias de los bardos hablan de mensajes escritos en las luces para que los hombres los interpreten.
—Tal vez sea así, comandante Brude —respondió la princesa-, pero no me siento capaz de interpretar esos mensajes ocultos, y tampoco me parece que pueda hacerlo ninguno de los hombres que nos rodean.
¬óYa son muchas las noches en las que el cielo se ha te√Īido de rojo ¬ógru√Ī√≥ Brude, perdido todav√≠a en sus pensamientos¬ó. Cada noche he colocado un centinela extra en la empalizada, esperando un ataque. Pero no se ha producido, a pesar de los anuncios de las luces del cielo.
—Si se trata de presagios, comandante —aventuró Elyn—, tal vez sólo podamos desvelar su secreto si conseguimos averiguar quién es el destinatario del mensaje.
Brude no respondió y los dos comieron un rato en silencio, mientras las conversaciones y los murmullos proseguían alrededor de ellos. Finalmente, el comandante carraspeó.
—Muy pronto llegará la primavera, princesa; no faltarán más de una treintena de días. Y al mismo tiempo que despunten los nuevos capullos de las flores, llegará aquí un nuevo reemplazo de soldados. Quería pediros que os quedarais hasta pasada una quincena de su llegada, para después daros el mando de los que deben cruzar estas tierras salvajes y regresar a la guarnición principal.
El coraz√≥n de Elyn aceler√≥ sus latidos. ¬ę¬°Conf√≠a en m√≠, una doncella guerrera, para mandar a los hombres que regresan a sus hogares! ¬°Un mando propio! Una responsabilidad mucho mayor que las funciones de correo o de exploradora. Ah, un mando propio.¬Ľ Con una profunda inspiraci√≥n, contest√≥ a Brude:
¬óComandante, acepto; y me siento honrada por su confianza.
Aquella noche, Elyn y Brude se enfrascaron en el estudio de los mapas de la región, así como de los de las tierras situadas entre el puesto, avanzado y el Jordkeep.
¬ó√Čsta es la ruta m√°s directa, princesa, pero habr√©is de cruzar el col de la Rendici√≥n, y nunca se ha visto un lugar mejor ni m√°s apropiado para una emboscada. En cambio, por este otro camino ¬óy el dedo rechoncho de Brude traz√≥ una l√≠nea sinuosa a trav√©s del mapa¬ó, no hay lugares propicios a las emboscadas, pero est√° el Peque√Īo Gris, y en primavera sus aguas se desbordan y hay quien afirma que bajan m√°s r√°pidas que un caballo al galope, aunque personalmente lo dudo.
¬ó¬ŅQu√© hay del camino por el que vine yo? ¬ópregunt√≥ Elyn, se√Īalando otra ruta en el mapa.
¬óVinisteis en oto√Īo, se√Īora ¬ócontest√≥ Brude¬ó, pero con el deshielo y las lluvias primaverales, en los riscos hay riesgo de corrimientos de tierras y las laderas est√°n resbaladizas a causa del barro.
Brude y Elyn examinaron en silencio los mapas.
¬ó√Čste ser√° vuestro primer mando, doncella guerrera ¬ódijo finalmente Brude¬ó. ¬ŅCu√°l es vuestra decisi√≥n?
La respuesta de Elyn se demoró bastante tiempo; por fin, contestó:
—No puedo hacer gran cosa respecto al deshielo y las lluvias primaverales, y tampoco en relación con ríos desbordados ni deslizamientos de tierras. Pero sí que entiendo de emboscadas, y sé que la mejor manera de combatirlas es la información previa. Elegiré ruta del col de la Rendición y desbarataré cualquier posible emboscada antes de que tenga ocasión de sorprendernos.
Por la sonrisa de Brude, Elyn supo que había pasado con éxito su primera prueba como responsable de un mando de tropas.
Durante buena parte de la noche trazaron sus planes, y el experimentado Brude aconsejó prudentemente a la intrépida Elyn, al tiempo que se admiraba de la capacidad táctica y del ingenio de la muchacha. Pero llegó un momento en que Brude dio un bostezo y se desperezó.
¬óAy de m√≠, se√Īora, este viejo soldado necesita descansar. S√© que os gustar√≠a decidirlo todo en esta misma noche, contar con una respuesta a todas las posibles preguntas y perfeccionar los planes alternativos, pero tambi√©n necesitamos dormir un poco. No tem√°is, doncella guerrera, hablaremos largamente del tema antes de vuestra partida.
Mientras hacía crujir la nieve helada bajo sus pies en el camino de vuelta hacia su alojamiento, Elyn se absorbió en reflexiones sobre todo lo que habían dicho Brude y ella. De repente se estremeció, y el rostro de Elgo apareció de forma espontánea en su mente, distrayéndola de sus reflexiones y acelerando los latidos de su corazón, como si una maldición amenazara, no sólo a su hermano gemelo, sino a todo el país de Jord. Y sin quererlo, de modo inconsciente, levantó la vista y vio que las wereluces del cielo seguían mostrando el color rojo de la sangre.
Finalmente lleg√≥ la primavera, con su acompa√Īamiento de deshielo, lluvias y flores, al que se sum√≥ la aparici√≥n del relevo de la guarnici√≥n. Hab√≠an pasado sin novedad por el col de la Rendici√≥n, pero a lo largo de la l√≠nea fronteriza con Kath los problemas pod√≠an presentarse en cualquier momento.
Elyn tomó sus disposiciones finales, después de consultar con Brude cada paso de su viaje. Eligió dos de los tenientes que regresaban como oficiales subalternos, y ambos se unieron a las deliberaciones. Finalmente, consideraron que habían previsto todos los detalles, y al cabo de dos semanas una columna de cincuenta guerreros partió con destino al holt de Aranor, con Elyn de Jord al frente. Había ido destinada a aquella guarnición como exploradora y mensajera, y ahora regresaba como flamante comandante del grupo.
Lentamente soldados, caballos y mulos de carga recorrieron aquel pa√≠s montuoso. Por delante de la columna y a los flancos iban los destacamentos de exploradores. Las lluvias de primavera se abat√≠an sobre ellos, y dondequiera que miraran, eran saludados por los verdes reto√Īos de una tierra que despertaba del letargo invernal. Y a pesar de los fr√≠os chaparrones, el coraz√≥n de Elyn se alegraba ante el cambio de estaci√≥n.
Cabalgaron durante cuatro d√≠as y entraron en un terreno abrupto, en el que ve√≠an progresivamente dificultada la marcha por los riscos que se alzaban a su alrededor. Se dirig√≠an hacia el paso monta√Īoso llamado col de la Rendici√≥n, que se abre a las grandes llanuras herbosas de Jord. Todav√≠a segu√≠a azot√°ndolos la lluvia helada, se sent√≠an cansados de aquel persistente golpeteo. Pero al llegar a vista del col, cubierto por un bosque enmara√Īado, todos los corazones latieron m√°s aprisa, y las respiraciones se hicieron m√°s entrecortadas. Las ramas de los √°rboles estaban a√ļn desnudas, con su aspecto invernal; aun as√≠, era tan espesa la vegetaci√≥n que todo un ej√©rcito pod√≠a estar oculto detr√°s de aquellos troncos, con hojas o sin ellas.
¬óGaldor, toma cuatro hombres y explora la parte de la izquierda; Brenden, t√ļ y los tuyos seguid la margen derecha.
Elyn no hacía sino repetir lo que ya todos sabían, pero de alguna forma sus palabras resueltas parecían inventar de nuevo el plan previsto.
Los diez harlingar cabalgaron hacia el desfiladero, al tiempo que se divid√≠an en dos grupos que muy pronto desaparecieron entre los apretados macizos de √°rboles de ramas desnudas, a uno y otro lado del camino. La columna principal avanz√≥ a paso m√°s lento, siguiendo el camino con los arcos dispuestos, y las lanzas, sables y cuchillos largos, desenvainados. Elyn imaginaba sin esfuerzo, al examinar el paisaje, por qu√© aquel paso hab√≠a recibido su extra√Īo nombre.
Entraron en el desfiladero, bajo los riscos que se elevaban amenazadores a uno y otro lado, entre los √°rboles que tend√≠an hacia el cielo lluvioso sus brazos retorcidos como garras de alguna fiera. De tanto en tanto, Elyn alcanzaba a ver a uno o a varios exploradores, y entonces se hac√≠an se√Īales con la mano para indicar que todo iba bien.
Recorrieron toda la extensión del desfiladero y salieron a la otra vertiente; nadie les había tendido ninguna emboscada en aquel día lluvioso.
Y Elyn se sinti√≥ a un tiempo aliviada y decepcionada: aliviada porque no hab√≠a ning√ļn enemigo al acecho; decepcionada por la misma raz√≥n. Cuando Galdor y Brenden se reunieron con el resto de la columna, Elyn pens√≥: ¬ęAs√≠ debe de ocurrir muchas veces en la guerra: se trazan planes minuciosos que nunca se pondr√°n en ejecuci√≥n; y se idean estratagemas que jam√°s se utilizar√°n.¬Ľ
Delante de ellos, más allá de una larga serie de colinas que formaban una especie de escalinata descendente, pudieron ver los grandes océanos de hierba del país de Jord, amarillos todavía después del largo letargo invernal, aunque empezaban a distinguirse algunas manchas verdes en el paisaje. Y la columna de los vanadurin inició el descenso hacia aquella extensa tierra.
¬ó¬ŅC√≥mo? ¬ŅHa ido a enfrentarse a Sleeth? ¬ŅCu√°ndo?
Atardec√≠a, y Elyn estaba sentada ante un fuego reparador, junto a su padre, Aranor. Hab√≠a llegado al castillo apenas hac√≠a unos momentos, y el rey la hab√≠a recibido con los brazos abiertos. La hab√≠a llevado a sus propias habitaciones privadas, sin importarle el aguay el barro del camino que a√ļn llevaba Elyn en sus ropas, y orden√≥ a los sirvientes que llevaran comida y bebida, y que avisaran a Arianne y a Mala. Y cuando ella le pregunt√≥ por Elgo, se enter√≥ por primera vez de que su hermano estaba lejos, ocupado en la misi√≥n de dar muerte a Sleeth.
—Sí, hija, se ha ido a esa misión suya —explicó Aranor mientras llenaba una copa de vino, lo especiaba, lo calentaba con un hierro al rojo recién sacado del fuego, y lo tendía a Elyn.
¬ó¬°Pero es un drag√≥n, padre, un drag√≥n! ¬óexclam√≥ Elyn¬ó. Ruric nos dijo hace muchos a√Īos que ning√ļn hombre ha matado nuca a uno de ellos. ¬ŅSe ha vuelto loco Elgo?
—No, hija, no está loco —rió Aranor—. Escucha, el plan de Elgo es bueno, porque será la mismísima mano de Adon la que dará muerte al dragón.
—Pero Ruric dijo... —empezó a protestar Elyn.
¬óRuric le acompa√Īa ¬óinterrumpi√≥ Aranor¬ó. Est√° convencido de que Elgo y su mesnada tendr√°n √©xito. Y yo tambi√©n. ¬°Hai, Elgo, Maldici√≥n del Drag√≥n! ¬óY Aranor alz√≥ su copa para brindar a la salud de su hijo.
Acudieron sirvientes con bandejas de comida y bebidas, mientras las ideas de Elyn bailaban en un torbellino desconcertado.
¬ó¬ŅQu√© quieres decir, padre, con eso de que el propio Adon ser√° quien mate al drag√≥n? ¬ŅC√≥mo puede ser?
Y mientras Elyn le escuchaba sentada junto al fuego, el rey Aranor le explicó el plan de Elgo. Y durante su relato, la hermosa Arianne, la esposa de Elgo, entró en la habitación con Bram en sus brazos y se sentó en silencio, meciendo a su bebé dormido.
¬ó...De modo que ya ves, hija, ha tenido que partir ahora para poder estar en Piedra Negra el D√≠a Largo del A√Īo, cuando el Sol permanece m√°s tiempo en el cielo.
Aranor se echó atrás en su asiento y pasó la mano por sus cabellos cobrizos, entreverados de blanco; se acercaba ya a la sesentena, aunque seguía siendo un hombre delgado, sano y en buena forma física.
—Por Kalgalath, me habría gustado ir a mí también, pero alguien tiene que quedarse a cuidar del reino.
Elyn advirti√≥ por primera vez la presencia de Arianne y de Bram en la habitaci√≥n; el peque√Īo dorm√≠a ahora sobre unos suaves almohadones, en un sill√≥n pr√≥ximo a la ventana, y la exquisita Arianne estaba sentada, pensativa, con el largo cabello trigue√Īo ca√≠do sobre los ojos del color azul de un cielo sereno. Elyn se puso en pie y abraz√≥ a la mujer de su hermano, y sinti√≥ que la fr√°gil Arianne temblaba de miedo.
—No te preocupes, hermana —susurró Elyn—, Elgo ha ideado un plan estupendo. Escucha, seguro que me habría llevado a mí también, de haber llegado a tiempo.
Lleg√≥ la primavera y dio paso al verano, y pudo verse con mucha frecuencia a Elyn en el campo, con Arianne y Bram, haciendo volar a Ala Roja, el halc√≥n que hab√≠a criado desde que era un polluelo. En ocasiones los acompa√Īaban Mala y otras personas, porque Mala era una gran aficionada a la cetrer√≠a, y a pesar de su naturaleza refunfu√Īona, le gustaba contribuir al adiestramiento de las aves de presa. Y cuando sal√≠a a esas excursiones por las amplias llanuras cubiertas de hierba, Bram disfrutaba y era un aut√©ntico hijo de Elgo; el beb√© de cabecita rubia empezaba a dar sus primeros pasos y babeaba de gusto al contemplar el vuelo del halc√≥n rojo, murmurando en su media lengua frases que s√≥lo √©l comprend√≠a, mientras extend√≠a un brazo como si quisiera acariciar el plumaje del orgulloso p√°jaro. Arianne lo sujetaba, y procuraba protegerlo habl√°ndole de garras y de picos. Y mientras le hablaba, √©l miraba a su madre con atenci√≥n, como si realmente entendiera lo que le contaba; pero de inmediato daba media vuelta y volv√≠a a extender las manos hacia el p√°jaro.
El D√≠a Largo del A√Īo, todo el castillo parec√≠a presa de una sensaci√≥n de angustia, porque era el momento previsto en los planes de Elgo para el asalto a la guarida de Sleeth. Pero nadie pod√≠a hacer nada para aliviar la tensi√≥n, por m√°s que Elyn se entrenara con especial dureza en el manejo de la espada aquel d√≠a y maravillara con su destreza a sus adversarios.
En la oscuridad de la noche, Arianne se despertó llorando y llamó a Elgo a gritos.
Y a pesar de que ahora estuvieran en verano, Elyn tuvo la sensaci√≥n irracional de que el cielo nocturno se te√Ī√≠a de color rojo. Se levant√≥ de su lecho y subi√≥ a las oscuras almenas de la torre a contemplar el cielo estrellado, como si buscara presagios en la disposici√≥n de los astros. No hab√≠a en lo alto ninguna aurora escarlata, pero s√≠ un aluvi√≥n de estrellas fugaces que cruzaban los cielos at√≥nitos dejando un rastro dorado con sus orgullosas colas.
El verano fue desvaneci√©ndose lentamente; el oto√Īo ya se insinuaba en el aire, y a√ļn no hab√≠a llegado ninguna noticia de Skaldjord. Algunos, entre ellos Arianne, pidieron al rey que enviara un explorador, un heraldo, un embajador de alguna especie en busca de nuevas.
¬óSi todav√≠a no hemos sabido nada cuando llegue el oto√Īo, enviar√© un emisario ¬ófue su respuesta.
Ala Roja descendi√≥, desliz√°ndose por el cielo azul y lanzando chillidos a las personas de abajo. El peque√Īo Bram ri√≥ al ver al p√°jaro iniciar un picado y precipitarse hacia el suelo para apoderarse de una presa.
Kyla, Arianne y Elyn estaban sentadas sobre una manta extendida en la hierba y mordisqueaban su merienda, mientras Mala estaba de pie y vigilaba al predador alado, con el brazo derecho enfundado en el guantelete de cuero del halconero. El pájaro enderezó el vuelo de repente, su presa cayó abatida al suelo, y Ala Roja planeó a escasa altura sobre la pradera; Mala lo siguió todavía un rato con la vista, pero luego su mirada tropezó con un movimiento lejano que la distrajo.
¬óHum ¬ógru√Ī√≥ Mala¬ó, ¬Ņqu√© ser√° eso? Hombres a caballo. Y tambi√©n carros.
La princesa se puso en pie de un salto, hizo visera con la mano y contó.
¬óOnce todo lo m√°s: nueve caballos montados y dos hombres conduciendo los carros.
Y se pregunt√≥ tambi√©n qu√© pod√≠a ser aquel peque√Īo grupo lejano, que caminaba en direcci√≥n sudeste hacia el castillo. Pero luego distingui√≥ un corcel de color negro azabache, y tambi√©n un ruano con manchas blancas.
—¡Arianne! —gritó—. ¡Es Elgo! ¡Y con ellos también está Ruric!
Y montando ágilmente a su propio caballo, Viento, Elyn lo espoleó en dirección a la lejana columna, entre gritos de salutación, a galope tendido. Detrás de ella corría Arianne, también a lomos de un veloz caballo blanco como la leche.
Y rompiendo el orden de la columna, se destacaron de ella tres personas: Elgo, Ruric y Reynor, que galoparon hacia la pareja. Los caballos se detuvieron en un punto de la pradera, y los jinetes desmontaron casi al mismo tiempo. Y Arianne se lanzó a los brazos de Elgo, en tanto que Elyn abrazaba primero a Ruric, y luego a Reynor.
Y Elgo, abrazado a Arianne, lloró toda la pena encerrada en su interior por sus camaradas perdidos, sin poder contener las lágrimas y los sollozos al verse de vuelta a casa.
También Ruric lloró, y Reynor, Elyn y Arianne, porque por fin habían regresado.
Elgo estaba con ellos, con la cara quemada, un parche en un ojo y un mechón blanco en su cabello color de cobre. Pero a Arianne no le importaba, porque su amado había vuelto.
Era el primer d√≠a del oto√Īo.