16 - Dracongield

Principios de verano, 3E1601
[El a√Īo pasado]

Ruric, Reynor y Pwyl ¬óel curandero de mayor rango de los dos con que contaba la mesnada¬ó llevaron a Elgo al patio exterior; el pr√≠ncipe sent√≠a tales dolores que su respiraci√≥n se hab√≠a convertido en un penoso jadeo entrecortado, que escapaba por entre los dientes apretados. De la frente a la mejilla, el lado izquierdo de su rostro era una llaga abierta, y el ojo, √ļnicamente un agujero en carne viva.
Lo llevaron hasta la fuente que gorgoteaba al manar bajo el muro.
¬óMi se√Īor ¬óorden√≥ Pwyl¬ó, ti√©ndete boca abajo aqu√≠, al borde del agua. Aspira profundamente y mant√©n el rostro sumergido en el agua clara tanto tiempo como puedas aguantar; as√≠ limpiar√°s tu piel de los sedimentos de la espuma del drag√≥n. Abre el ojo izquierdo (con los dedos si no puedes de otra manera) para que la √≥rbita y el p√°rpado queden bien limpios; parpadea si puedes, para que el agua fluya por toda la superficie del ojo.
Tendido boca abajo, Elgo aspir√≥ una bocanada de aire, y un gemido escap√≥ de sus labios apretados al entrar en contacto su cara herida con el agua helada. Durante mucho tiempo mantuvo el rostro sumergido, y finalmente lo volvi√≥ a la superficie con una sacudida. Entonces aspir√≥ √°vidamente el aire hasta recuperar el resuello. Despu√©s de secarse el agua del ojo derecho, mir√≥ al maestro de armas que estaba agachado junto al arroyo, y la mirada de su √ļnico ojo reflej√≥ una intensa amargura.
—¡No pensé, Ruric, no pensé! Nunca entró en mis cálculos la cuestión de la velocidad de un dragón lanzado al ataque -exclamó Elgo—, y a causa de mi descuido han muerto muchos hombres buenos.
¬óMi se√Īor ¬óle ri√Ī√≥ Pwyl¬ó, no hables; vuelve a sumergir la cara en el agua una y otra vez, hasta que desaparezcan todos los restos de espuma.
De nuevo Elgo hundió la cabeza en la corriente.
¬óMi pr√≠ncipe ¬ógru√Ī√≥ Ruric¬ó, no entr√≥ en los c√°lculos de ninguno de nosotros el preguntarnos sobre la velocidad que pod√≠a desarrollar un drag√≥n en el interior de su guarida. No te consideres culpable por eso.
De nuevo salió Elgo a la superficie, dando boqueadas y respirando ruidosamente.
¬óMi se√Īor Elgo ¬ódijo Reynor¬ó, todos sab√≠amos el peligro que corr√≠amos al entrar en la guarida del drag√≥n; en las mentes de todos nosotros estaba la idea de que era muy posible que algunos murieran. Pero entramos gustosos, sabiendo que as√≠ serv√≠amos al reino.
—Hèl, el reino —contestó Elgo, y habría continuado hablando, pero le interrumpió Pwyl.
¬óEl agua, mi se√Īor, el agua.
Una y otra vez, Elgo sumergió el rostro en la corriente helada de modo que su gélida transparencia fluyera por sus facciones atormentadas. Pero el agua no podía suprimir la horrible agonía que sentía en el lugar que había ocupado su ojo izquierdo, y solo en parte calmaba el dolor de la terrible quemadura que le bajaba desde frente hasta la mejilla.
Finalmente, el curandero examinó con detenimiento el rostro príncipe.
¬óY bien, Pwyl ¬ópregunt√≥ Elgo¬ó. ¬ŅQu√© opinas?
Pwyl examinó con atención la carne viva y estudió los efectos en ella del ácido, hasta confirmar lo que ya temía: la mascarilla; acolchada había protegido hasta cierto punto el rostro de Elgo de las salpicaduras de la espuma del dragón, tal vez gracias a la presencia de la piedra caliza y el carbón vegetal; pero la piel descubierta del lado izquierdo había sufrido quemaduras muy graves, y el ojo estaba prácticamente destruido.
¬óLas quemaduras de la ceja y de la sien se curar√°n, mi se√Īor -respondi√≥ finalmente Pwyl¬ó, pero el ojo se ha perdido. Lo poco que queda de √©l debe eliminarse, porque de otro modo se pudrir√° y te matar√° con sus venenos.
Elgo palideci√≥ al o√≠r la infausta noticia, pero su √ļnico ojo mir√≥ a Pwyl con firmeza.
¬óEn ese caso, adelante, viejo zorro. Y t√ļ, Reynor, hazme un parche; me parecer√© a Thorgald de Old.
Pwyl guard√≥ sus lamentablemente escasos instrumentos, una vez concluida la horripilante operaci√≥n: unas pinzas y un peque√Īo cuchillo afilado, adem√°s de la hoja calentada al rojo de una daga, para la cauterizaci√≥n. El pr√≠ncipe, todav√≠a bajo los efectos de una poci√≥n calmante, dorm√≠a sobre unas mantas dispuestas en la sala occidental, con un ung√ľento extendido por el rostro quemado por el √°cido, y el ojo izquierdo tapado por el parche de cuero negro que le hab√≠a fabricado Reynor.
Mientras se realizaba la ablación del ojo perdido de Elgo, algunos hombres habían descendido al interior de Piedra Negra, hasta la guarida del dragón, para recuperar los cuerpos de los ocho harlingar muertos. Llorosos, habían reunido los restos destrozados de sus camaradas y los habían transportado al exterior.
Ruric ordenó que fueran bajados hasta la entrada del valle y enterrados allí, bajo el verde césped.
¬óPero reprimid vuestra pena; los lloraremos cuando nos alejemos por fin de esta morada de la Muerte.
Otros acudieron a contar al maestro de armas la inmensidad del tesoro conquistado; y Ruric miró primero los cuerpos de los muertos, luego a los que forcejeaban para sujetar a Elgo mientras Pwyl cortaba la carne del ojo perdido, y finalmente la daga que se calentaba cerca de allí sobre unas brasas al rojo, y el maestro de armas se preguntó entonces por los efectos de la maldición del Dracongield.
Pero ahora el pelotón encargado de dar sepultura a los muertos había partido ya, y Elgo dormía bajo los efectos de la droga; y en el centro de la enorme sala occidental yacía el cadáver gigantesco del dragón del Frío.
En alg√ļn momento de aquella noche, despert√≥ a Ruric el sonido del choque del metal contra metal. Y a la luz de la linterna pudo ver a Elgo, el martillo en una mano y un escoplo en la otra, golpeando la frente de Sleeth muerto para cortar una ancha tira de piel de drag√≥n. Y en el lugar en que ca√≠a una gota de la sangre del drag√≥n, la piedra humeaba.
Ruric se levant√≥ y corri√≥ al lado del pr√≠ncipe, y le oy√≥ murmurar algo para s√≠ a cada golpe que daba; pero el maestro de armas no consigui√≥ distinguir lo que dec√≠a. El sudor ba√Īaba los brazos y la espalda de Elgo, y corr√≠a en grandes goterones por su frente; y en ocasiones deb√≠a detenerse para secarse la cara, rozando con mucho cuidado la parte quemada y untada con el ung√ľento. A los pies de Elgo yac√≠an tres escoplos despuntados por las brillantes escamas iridiscentes.
—Mi príncipe...
¬°Clang!
—Me ha destrozado la cara, Ruric. —¡Dlang!—. Pero le estoy devolviendo el favor. — ¡Chang!—. El acero de los enanos es... —¡chank!—... de mucha calidad; he escogido lo mejor de la herrería —¡clank!—, pero la armadura del dragón debe forjarse en los mismísimos yunques de Hèl.
Ruric mir√≥ el √ļnico ojo bueno de Elgo y lo vio brillante de fiebre. El maestro de armas despert√≥ a los dos curanderos, Pwyl y Alda, y ambos observaron con toda atenci√≥n al pr√≠ncipe, mientras hablaban en voz baja entre s√≠. Luego Alda prepar√≥ una nueva poci√≥n, pero Elgo se neg√≥ a beber hasta que el gran pedazo de piel se desprendi√≥ por fin de la frente del cad√°ver de Sleeth. Clank, chank. El pr√≠ncipe dej√≥ caer martillo y escoplo. Y tras secarse la frente, bebi√≥ de un trago la p√≥cima, arrastr√≥ el pedazo de piel hasta su lecho arroj√°ndolo contra la pared vecina, y se sumergi√≥ en un sue√Īo febril.
¬ó¬ŅPwyl? ¬ŅAlda? ¬óRuric dej√≥ inexpresada la pregunta.
—Es su cara quemada, maestro de armas, y el ojo perdido... y quizá también la espuma del dragón —contestó el más viejo de los dos curanderos—. Tiene fiebre alta. Y poca cosa podemos hacer, excepto rezar a Adon para que expulse esos vapores perniciosos.
Ruric miró entonces a Alda, que hizo un gesto de conformidad con las palabras de Pwyl.
El maestro de armas volvi√≥ a acostarse e intent√≥ conciliar de nuevo el sue√Īo. Pero su mente volv√≠a una y otra vez a detenerse de forma espont√°nea en una sola palabra: Dracongield.
A primera hora de la ma√Īana del d√≠a siguiente regres√≥ el pelot√≥n que hab√≠a dado sepultura a los harlingar muertos; la fiebre de Elgo hab√≠a llegado al paroxismo; y con el cad√°ver de Sleeth el Orm suced√≠a una cosa muy curiosa: en el punto en que Elgo hab√≠a arrancado la piel de la frente del drag√≥n, los m√ļsculos, los huesos y los tejidos internos se marchitaban al recibir la luz del d√≠a; la Prohibici√≥n de Adon se cumpl√≠a plenamente en las zonas no protegidas por la piel de drag√≥n.
Ese d√≠a, tambi√©n Ruric descendi√≥ a las profundidades de Piedra Negra para ver por s√≠ mismo la inmensidad del tesoro almacenado all√≠. Era m√°s de lo que pod√≠a ser acarreado en cuatro carretas tiradas por ponis. Las piedras preciosas y el oro constitu√≠an la parte principal, pero aqu√≠ y all√° el silver√≥n desped√≠a p√°lidos destellos a la luz ¬Ņe la linterna. Tambi√©n hab√≠a monedas y brazaletes en espiral, c√°lices tallados, collares y pendientes enjoyados, copas con gemas incrustadas, hilo de oro, un peque√Īo cuerno de silver√≥n decorado con incisiones que representaban a unos jinetes cabalgando entre runas m√≠sticas grabadas en el pabell√≥n, lingotes con piedras preciosas, bolsas con amuletos de oro, candelabros finamente labrados, l√°mparas, linternas, cucharas y tenedores de oro, cuchillos de electrum, collares de esmeraldas rodeadas de rub√≠es y diamantes..., y m√°s, muchas m√°s cosas, todas ellas en un inmenso mont√≥n, el lecho de Orm; un bot√≠n inconmensurable.
Siguiendo un pasadizo lateral próximo a la entrada, Kemp el Joven y Arlan encontraron una docena de carros de los enanos, capaces de transportar cargas pesadas. Aunque eran muy antiguos, su estado de conservación era perfecto por haber permanecido en el ambiente seco y fresco de la caverna. Estaban hechos para ser tirados por cuatro caballos, y los arreos colgaban de unos ganchos cerca de ellos. Se eligieron tres de aquellos carros, y pudo localizarse también un cubo de grasa sin abrir, pero el contenido se había estropeado con el tiempo; finalmente se optó por untar los ejes y la lanzas de los carros, así como las varas transversales, con sebo y aceite de lámpara, aunque podrían disponer de grasa tan pronto como cazaran algunas piezas por las cercanías.
Los nombres empujaron los carros y las carretas hasta la guarida del dragón, porque los caballos se negaron a entrar siquiera en la sala occidental; porque en ella seguía tendido el cadáver del dragón, que despedía el hedor de una gran serpiente muerta, y los vanadurin no quisieron forzar a sus corceles a pasar junto a algo tan aterrador.
Y de ese modo se carg√≥ el bot√≠n, que abarrot√≥ las cuatro carretas peque√Īas y los tres carros grandes, y los hombres sudaron y juraron para tirar por turno de cada carro hasta sacarlo de las entra√Īas de Piedra Negra y trasladar el inmenso bot√≠n hasta el patio.
La operación duró dos días completos, y durante todo aquel tiempo Elgo estuvo poseído por una fiebre altísima. Pwyl trató al príncipe con hierbas y diversas sustancias, ninguna de las cuales pareció surtir el menor efecto.
Al tercer d√≠a, la fiebre de Elgo remiti√≥, y qued√≥ sumido en un sue√Īo natural. Despu√©s de consultar con los curanderos el momento en que Elgo podr√≠a viajar ¬ótendido en una carreta en caso de necesidad¬ó, Ruric decidi√≥ que al d√≠a siguiente la mesnada emprender√≠a la marcha, para llegar a tiempo a la cita en el punto lejano de la costa septentrional al que deb√≠an de acudir los drakkares de los fjordsmen.
A la ma√Īana siguiente Ruric, Reynor, Pwyl y Alda colocaron con suavidad a Elgo en una camilla preparada con mantas en uno de los carros mayores; el pr√≠ncipe de la cara quemada dorm√≠a todav√≠a. A su lado, y encima de parte del tesoro, Ruric coloc√≥ el pedazo de piel de drag√≥n trabajosamente arrancado por Elgo de la frente de Sleeth. Y cuando el Sol despuntaba en el cielo, asomando por encima de las monta√Īas orientales, finalmente la columna de harlingar empez√≥ a descender por el abrupto valle, hacia las tierras del oeste a√ļn envueltas en las sombras de la marea del alba, dejando atr√°s Piedra Negra.
Lentamente, siguieron las revueltas del fragoso ca√Ī√≥n, y pasaron bajo el alto muro de piedra que bloqueaba el paso en la parte m√°s estrecha de la garganta, siguiendo el t√ļnel sinuoso abierto en el basti√≥n almenado y que iba a salir debajo de la barbacana desierta: cuatro carretas tiradas por ponis, tres carros de enanos cada uno de ellos arrastrado por cuatro corceles, dos caballos ensillados sin jinete ¬óSombra era uno de los dos¬ó amarrados a la trasera de dos carros, y veintis√©is vanadurin con sus correspondientes monturas. Hab√≠an entrado en el valle cuarenta y un jinetes; sal√≠an de √©l treinta y tres supervivientes.
Durante largo rato siguieron descendiendo por las revueltas del valle, siempre al lado del r√≠o; los carros traqueteaban y avanzaban con lentitud por la antigua calzada pavimentada con piedra, y sus ejes chirriaban bajo la carga del enorme bot√≠n. Pero finalmente salieron del valle, y llegaron ante ocho t√ļmulos cubiertos de c√©sped.
Ruric orden√≥ a la columna que se detuviera, y todos los hombres desmontaron; tambi√©n los conductores de los carros bajaron a tierra. Todos ellos se dirigieron hacia los t√ļmulos reci√©n excavados, formaron en un semic√≠rculo y se destocaron; y muchos lloraban. La voz de Ruric se alz√≥ para entonar una antigua bendici√≥n de los vanadurin:
Cabalgad, harlingar, cabalgad lejos
por el camino de las sombras,
allí donde sólo los héroes galopan
y los corceles jam√°s se cansan.
¬°H√°l, guerreros de la lanza y el sable!
¬°H√°l, guerreros del cuchillo y la flecha!
¬°H√°l, guerreros del cuerno y el caballo!
¬°Cabalgad, camaradas, cabalgad lejos!
Y cuando se extinguieron los ecos de la voz de Ruric, el maestro de armas mir√≥ a trav√©s de sus ojos h√ļmedos de l√°grimas y vio a Elgo de pie en el c√≠rculo, d√©bil y tembloroso; de alguna manera, el guerrero tuerto de la cara quemada hab√≠a conseguido unirse al coro de los funerales.
¬ó¬ŅQu√© d√≠a es hoy, Ruric? ¬ópregunt√≥ Elgo con voz d√©bil y ahilada mientras se apoyaba en Reynor para regresar lentamente al carro.
¬óVeinticinco, mi pr√≠ncipe ¬órespondi√≥ el maestro de armas¬ó, cuatro d√≠as despu√©s del D√≠a Largo del A√Īo.
La mirada de Elgo se alzó hacia el Sol.
¬ó¬ŅCu√°ndo hab√©is partido de las puertas de Piedra Negra?
¬óAl alba, se√Īor. ¬óRuric empezaba a comprender el camino que segu√≠an los pensamientos de Elgo.
—En ese caso nos ha costado el doble de tiempo el regreso que el camino de ida. —El tono del príncipe era el de una simple constatación.
¬óLa carga que transportamos es enorme, se√Īor. ¬óLa voz de Reynor mostraba un orgullo impl√≠cito¬ó. El lecho de Sleeth era mayor de lo que nadie pod√≠a imaginar.
El príncipe se volvió al joven guerrero.
—Querría ver ese tesoro, amigo.
Ayudado por Reynor y Ruric, Elgo fue caminando con lentitud de uno a otro carro, inspeccionando el tesoro, un bot√≠n pr√°cticamente incalculable. Y cuando llegaron al √ļltimo carro, el pr√≠ncipe se subi√≥ a √©l y se sent√≥ en su camilla.
—Reynor, llama a Kemp el Joven, tomad las raciones que necesitéis, y cabalgad a toda prisa hasta el punto de la cita en el mar Boreal. Di a Arik que llegaremos con retraso, pero que debe esperarnos con los barcos. Llegaremos con la carga tan pronto como podamos, pero es imposible poder decir el momento exacto. Enviaré otro jinete cuando podamos calcular con mayor precisión el ritmo de nuestra marcha.
Mientras Reynor y Kemp el Joven se preparaban para una veloz cabalgada hacia el norte, Elgo miró a Ruric, y luego las ocho tumbas.
—Un gran botín, maestro de armas, pero adquirido a un precio muy alto.
Ruric asintió, y su mirada se detuvo en la cara de Elgo mordida por el ácido, y en el parche negro que tapaba el lugar en que había estado su ojo izquierdo.
Alda se aproximó al carromato con una poción en las manos.
¬óRach, Alda ¬ógru√Ī√≥ Elgo¬ó. Quiero carne y bebida, no un t√© de hierbas.
Alda sonri√≥ e hizo una se√Īa con la cabeza a Pwyl, que en aquel momento se acercaba al carro con un filete de carne asada, una rebanada de pan y una cantimplora de agua.
¬óTendr√°s lo que pides, se√Īor ¬ódijo el curandero m√°s joven.
El plan original de la misión preveía un viaje de tres semanas Para llegar a Piedra Negra desde el mar Boreal, más cinco semanas de margen para el regreso. Pero transcurrieron seis semanas antes de que la mesnada de los vanadurin llegara a las riberas del mar. Allí encontraron a Reynor y a Kemp el Joven, que fueron los primeros en adelantarse a la columna, y a Arlan, que los siguió dos semanas después —cuando pudo estimarse con seguridad el ritmo de marcha—, portadores del mensaje para Arik y los fjordsmen de que esperaran al resto de la mesnada cargada con los carros hasta el momento previsible de su llegada.
Pero Arik y los drakkares no estaban allí.
¬ó¬ŅCu√°nto tiempo esperaremos, mi se√Īor? ¬óKemp el Joven expresaba una pregunta que ocupaba las mentes de todos.
—Tal vez un mes, Kemp, pero no más —respondió Elgo, al tiempo que se levantaba a atizar el fuego del campamento; el parche negro que cubría el ojo del príncipe destacaba en la penumbra, en tanto que las quemaduras del ácido estaban casi totalmente curadas y sólo las recordaba una cicatriz rojiza que recorría la frente y la sien izquierda.
¬óAl ritmo que viajan estos carromatos, tendremos que apresurarnos.mucho para llegar a alg√ļn lugar civilizado antes de la aparici√≥n de las primeras nieves.
¬óS√≠ ¬óasinti√≥ Ruric¬ó, porque si no llegan los fjordsmen, tendremos que viajar hacia el sur a lo largo de las monta√Īas de Rigga, y cruzar Rian y Rhone hasta el paso de Crestan. Pero me temo que haya ca√≠do ya mucha nieve en el momento en que lleguemos all√≠; si seguimos esa ruta desde aqu√≠, tendremos que invernar al pie del paso, en el Murall√≥n Sombr√≠o.
¬ó¬ŅNo hay que cruzar el bosque del Espanto, si se sigue ese camino? ¬óLa pregunta de Reynor hizo que los harlingar se miraran entre ellos con cierto malestar, porque el bosque del Espanto era un lugar de p√©sima fama, una tierra hostil evitada por todos salvo por quienes no ten√≠an m√°s opci√≥n que atravesar aquella selva espesa, o por quienes deseaban realizar haza√Īas que les depararan prestigio. Los bardos contaban numerosas historias relativas a aquellos sombr√≠os contornos, y siempre se trataba de asaltos de monstruos entrevistos en la oscuridad, o de caravanas de viajeros que se hab√≠an adentrado en el bosque y nunca hab√≠an vuelto a aparecer.
¬óS√≠ ¬óafirm√≥ Ruric¬ó, pero o bien elegimos ese camino, o bien deberemos cruzar ellado m√°s extenso del √Āngulo de Gron.
De nuevo los vanadurin se miraron los unos a los otros, y muchos sacudieron sus cabezas porque no estaban dispuestos a cruzar el tétrico reino de Modru, por más que se asegurara que el perverso mago había huido a los Yermos, las tierras desiertas del norte.
—Podríamos pasar el invierno en Piedra Negra —sugirió Arlan-—, aunque no me apetece demasiado pasar las largas noches heladas en aquel agujero negro excavado en la piedra.
¬óNo ¬ógru√Ī√≥ Elgo¬ó, Piedra Negra no. No tenemos mucho grano para los caballos, y pasar el invierno en Piedra Negra, o para el caso en cualquier otro lugar, significa disponer de forraje abundante, si queremos que lleguen a ver la primavera pr√≥xima. Y no hay nada de eso en aquella fortaleza de enanos abandonada. Llegado el caso, tendremos que intentar llegar al keep de Challerain, aunque nos desviemos bastante hacia el sur y el este de nuestra ruta.
¬óLo que me disgusta, mi se√Īor ¬ógru√Ī√≥ Ruric¬ó, es tener que hacer planes para andar durante meses por caminos inseguros, cargados con un bot√≠n enorme. Vamos a convertirnos en el objetivo de los bandidos y salteadores de todo Mithgar, en cuanto se corra la noticia. ¬°Dracongield, bah!
¬óRach ¬óexplot√≥ Kemp el Joven¬ó, ¬Ņd√≥nde estar√°n los fjordsmen?
¬ęEn efecto, ¬Ņdonde estar√°n los fjordsmen? ¬ólos pensamientos de Ruric reflejaban elinter√©s de todos¬ó. √Čsa es otra cuesti√≥n no prevista en nuestros astutos planes.¬Ľ
Durante la semana siguiente, los vanadurin especularon a menudo sobre el paradero de sus aliados. Unos pensaban que tal vez Arik y su ej√©rcito hab√≠an sufrido una amarga derrota en Jute; otros opinaban que los dragonbarcos pod√≠an haberse perdido en el mar; algunos afirmaban con vehemencia su seguridad de que el capit√°n no los hab√≠a abandonado, tal vez no tanto con la intenci√≥n de convencer a los dem√°s como con la de convencerse a s√≠ mismos. No obstante, no dispon√≠an de ning√ļn medio para informarse con rapidez de la raz√≥n por la que no estaban all√≠ los barcos, de modo que se instalaron para una estancia de un mes completo en aquel lugar, sabiendo que Elgo planeaba viajar hasta el keep de Challerain si Arik no llegaba en dicho plazo de tiempo.
Los caballos pastaban en un verde valle de las proximidades, alimentándose de la jugosa hierba y el trébol del verano, lo que permitía ahorrar el escaso grano que les quedaba para el viaje previsto de regreso a Skladfjord..., o bien para el no previsto camino hacia el sur, si llegaba el caso.
Construyeron alpendes como refugios provisionales, talando árboles jóvenes de los bosques cercanos.
Arlan el cazador dirigi√≥ peque√Īas batidas por las colinas, que proveyeron de venados los espetones del campamento. Y Alda, que hab√≠a crecido en un pueblo a orillas del mar, ense√Ī√≥ a Reynor, a Elgo y a otros la manera de extraer peces de las aguas; incluso el maestro de armas Ruric particip√≥ en el experimento, y se mostr√≥ especialmente inepto en las artes de la pesca. Kemp el Joven y Pwyl recogieron ra√≠ces y tub√©rculos comestibles en las colinas vecinas. En conjunto, aquellos fueron unos d√≠as id√≠licos, si se except√ļa la inquietud motivada por la ausencia de los fjordsmen.
El octavo día amaneció con pesados nubarrones oscuros suspendidos sobre las riberas del mar occidental. Las olas batían la costa coronadas de espuma, y el viento azotaba las playas con furia. En el ambiente flotaba la promesa de una fuerte tormenta, y los hombres vistieron sus capas untadas de aceite para hacerlas impermeables a la lluvia.
Poco a poco las nubes fueron desfilando hacia el este, apeloton√°ndose en el cielo progresivamente m√°s oscuro mediada ya la ma√Īana. La fuerza del viento aument√≥ a cada hora que pasaba, y las olas se alzaban en el mar en amplios lomos espumosos.
Y cuando el d√≠a desapacible llegaba ya a un mediod√≠a sin Sol, hasta las laderas de la colina en la que se hab√≠an instalado lleg√≥ la llamada de un cuerno, en una direcci√≥n que no pod√≠a precisarse debido al fuete viento. Reynor mir√≥ a todas partes tratando de localizar el origen de aquel sonido lejano; y vio que el centinela gesticulaba de forma fren√©tica, se√Īalando hacia el oeste.
¬óMi se√Īor ¬óllam√≥ Reynor a Elgo¬ó, Haldor ha visto alguna cosa.
Elgo se puso en pie de un salto y observó los amplios gestos del centinela; luego el príncipe empezó a caminar a paso vivo hacia la cima, y su ritmo se fue avivando a medida que ascendía; finalmente echó a correr cuando el viento llevó hasta sus oídos las palabras de Haldor.
¬ó¬°Velas a la vista! ¬ógritaba el centinela¬ó. ¬°Velas a la vista!
Y a lo lejos, sobre las olas coronadas de espuma, enmarcados contra el vasto fondo del negro cielo tormentoso, venían tres drakkares, corriendo a favor del viento.
¬óEl Bisonte Marino est√° en el fondo del mar; ardi√≥ y se hundi√≥. ¬óLa voz de Arik era triste¬ó. Los jutlanders est√°n en alg√ļn punto detr√°s de nosotros; una flota nos persegu√≠a, aunque me parece que la tempestad los habr√° empujado hacia tierra, y tal vez pierdan nuestro rastro. Aun as√≠, pr√≠ncipe Elgo, tendremos que darnos prisa en cargar vuestra mercanc√≠a tan pronto como el mar lo permita, porque en cuanto haya descargado la tormenta, habremos de volver a navegar; los hombres de Atli siguen nuestra estela, por m√°s que el propio Atli ya no se cuenta entre los vivos.
¬óDe modo que hab√©is saldado vuestra deuda de sangre, ¬Ņno es as√≠, Arik? ¬ópregunt√≥ Elgo, al tiempo que hac√≠a se√Īas a Ruric de que se uniera a √©l, porque el maestro de armas regresaba en aquel momento con Arlan y otros hombres de una partida de caza, con un gamo cruzado sobre los lomos de Pedernal.
—Sí, así ha sido —respondió el rubio capitán—. Tarly Olarsson lo partió en dos con su hacha, pero el propio Tarly cayó con una daga atravesada en el gaznate mientras nos abríamos paso de regreso a nuestros barcos.
¬ĽPero, contando la p√©rdida del Bisonte Marino y de toda su tripulaci√≥n, y las bajas de los barcos restantes durante la incursi√≥n, hemos pagado por nuestra venganza un precio mucho m√°s alto del que calcul√°bamos...
Elgo acarici√≥ con precauci√≥n las cicatrices a√ļn tiernas de su sien izquierda.
¬óEn eso llevas raz√≥n, capit√°n. Tambi√©n nosotros hemos pagado un precio m√°s alto del previsto. Ocho hombres han muerto entre las garras de Sleeth, y tambi√©n destroz√≥ mi ojo y me dej√≥ cicatrices que me acompa√Īar√°n toda la vida. Pero al fin Sleeth el Orm sucumbi√≥ ante nosotros.
¬ó¬ŅHab√©is matado al drake? ¬óEl asombro hab√≠a dejado boquiabierto a Arik.
Elgo respondió afirmativamente, al tiempo que Ruric se reunía con ellos.
¬óCon la mano de Adon lo matamos ¬ódijo Elgo¬ó. Lo enga√Īamos para hacerle salir a la luz del d√≠a.
Arik meneó la cabeza, asombrado.
¬óEnga√Īarlo para hacerle salir al Sol... ¬°Muchacho, eres una maravilla! ¬°Qu√© astuto! ¬°Y qu√© sencillo! Ahora me pregunto c√≥mo no se le ocurri√≥ a nadie antes.
¬óAh, capit√°n, no puedo reclamar toda la gloria para m√≠. Todo surgi√≥ por algo que me dijo mi hermana Elyn hace mucho tiempo: ¬ę... se dir√≠a que √ļnicamente el propio Adon es capaz de matar a uno de ellos¬Ľ, observ√≥ mientras discut√≠amos sobre c√≥mo matar dragones. Y ten√≠a raz√≥n, aunque en aquel momento no supe ver que sus palabras tuvieran alguna relaci√≥n con la forma de matar un drag√≥n del Fr√≠o. Me cost√≥ m√°s o menos seis a√Īos reconocer lo cierto de sus palabras y trazar un plan para asestar al drag√≥n un golpe mortal.
¬óY conquistar su tesoro, ¬Ņera eso lo que te propon√≠as, verdad? ¬óLa mirada de Arik se pase√≥ por el campamento de los harlingar y por primera vez vio los carromatos de los enanos puestos en fila junto a las carretas de los ponis.
—Sí, nos hemos apoderado del Dracongield. —El tono de Ruric no era triunfal, sino más bien de lamentación.
¬óMaestro de armas, haz que los hombres re√ļnan a los caballos -orden√≥ Elgo¬ó. Que est√©n listos para levantar el campo y cargar los barcos cuando Arik lo indique. Los jutlanders andan por las cercan√≠as, y no queremos que se tropiecen con el tesoro que tantos sudores nos ha costado ganar.
¬ó¬ŅNo ser√≠a mejor esperarlos en tierra? ¬ópregunt√≥ Ruric, y por su expresi√≥n se deduc√≠a con claridad el rumbo de sus pensamientos.
—Sí, en caso de necesidad, Viejo Lobo —respondió Arik-, pero es preferible esquivarlos. Sus barcos no son tan rápidos como los nuestros, de modo que podremos alejarnos con toda tranquilidad cuando la tempestad haya pasado.
Y como si sus palabras fueran una se√Īal de alguna especie, sobre el mar y la tierra empez√≥ a descargar un aguacero helado, impulsado con fuerza por el viento.
Llovió durante todo aquel día y el siguiente, y el vendaval azotó la costa sin darse un momento de respiro. Se trajeron los caballos de los pastos y se emplearon para halar los drakkares hasta vararlos en seco, al abrigo de las olas. Y los hombres se prepararon para levantar rápidamente el campo, porque, como les explicó Arik, la tempestad acabaría antes para los jutlanders, y éstos se harían de inmediato a la mar para perseguirlos.
Ahora Arik vigilaba el cielo. Todav√≠a llov√≠a, pero no con la misma violencia. Elgo estaba junto al capit√°n, y tambi√©n le acompa√Īaban los capitanes del Alce de Espuma y Cabalgaolas, y Ruric.
¬óEn esta cala, parece que amaina la fuerza de las olas ¬Ėdijo Arik, volviendo la vista a los barcos varados en la arena¬ó. Creo que podemos empezar a cargar, para hacernos a la mar dentro de una hora m√°s o menos.
¬óArik, puede tratarse de una mejor√≠a pasajera ¬óprotest√≥ el capit√°n del Cabalgaolas, un hombre robusto cercano a la cuarentena, con trenzas rubias largas hasta la cintura¬ó. Sabemos que el Boreal es tan fiero como un lobo en esta √©poca del a√Īo, y que a veces parece manso y tranquilo hasta donde alcanza la vista, pero en pocos minutos desencadena toda la furia de que es capaz.
—Sí, Trygga, así es —respondió Arik—, pero si la calma no es pasajera, en poco tiempo toda la flota de los jutlanders se presentará aquí; y para entonces tenemos que estar ya muy lejos.
Arik se volvió a Egil, el comandante del Alce de Espuma, que también lucía trenzas, como la mayor parte de los fjordsmen; parecía haber alcanzado ya la cincuentena, una edad asombrosa para un marino.
¬ó¬ŅQu√© dices t√ļ, Egil? Has recorrido estas aguas m√°s veces que cualquiera de nosotros.
¬óAi, inconstante como una mujer es el Boreal ¬ógru√Ī√≥ el veterano capit√°n¬ó. En este preciso momento parece invitarnos a cabalgar sobre su lomo. ¬ŅPero qui√©n podr√≠a decir si en realidad es eso lo que desea? Yo no. Tan arriesgado es intentar predecir los caprichos de la Fortuna como adivinar las intenciones de la Dama Boreal. Pero yo digo... que corramos el albur.
Y así, ataron de nuevo los caballos a los cascos y se agruparon en las popas de los drakkares para arrastrarlos con mayor facilidad hasta el mar picado. Se subió a bordo la carga, incluido el enorme tesoro, cuyas dimensiones maravillaron a los fjordsmen. Hubo que dividirlo en tres partes más o menos iguales, y cada barco recibió una de ellas. Las carretas de los ponis y los carromatos de los enanos se abandonaron en la orilla, pero los ponis y los caballos subieron a bordo, porque los corceles eran para los harlingar un auténtico tesoro.
Y la carga de toda aquella impedimenta no fue tarea fácil, porque las olas hacían saltar y balancearse de un lado a otro los drakkares. Pero por fin concluyó la operación, después de mucha brega y de no pocas maldiciones de los hombres, que en más de una ocasión perdieron la serenidad; unos sufrieron golpes y heridas, y casi todos cayeron en una u otra ocasión, algunos incluso varias veces, arrastrados por la fuerza de las olas. Lo más duro fue la carga de los caballos, y Elgo llegó a desesperarse pensando que no podrían hacerlo jamás. Pero entonces a Reynor se le ocurrió una idea, al observar cómo inundaban las olas una y otra vez la pasarela; advirtió que las olas parecían llegar por rachas de siete —con unos momentos de calma entre racha y racha—, e hizo subir a su caballo, Ala, en el período de calma entre dos series de olas. La mayoría de los restantes jinetes siguieron su ejemplo y pudieron subir a sus corceles aprovechando los intervalos de calma.
Después de hacer virar de popa los barcos, los harlingar ayudaron a las filas diezmadas de los fjordsmen a manejar los remos, y finalmente los tres drakkares pudieron alejarse de la playa guijarrosa y poner proa hacia su lejana meta. La lluvia volvía a caer con fuerza sobre hombres, caballos y ponis, sobre los cascos cargados con el Dracongield, y sobre las velas desplegadas para aprovechar el viento que soplaba con fuerza a la cuadra y arrastraba a los barcos saltando sobre las crestas del oleaje y deslizándose hasta las profundidades de sus senos cavernosos; y así corrían rumbo al nordeste sobre los lomos pesados e inmensos de la inconstante Dama Boreal.
Aquella noche, la tormenta desencadenó toda su furia en la oscuridad, y su rabia se iba redoblando más y más por momentos. Las olas golpeaban los barcos, se estrellaban contra sus costados y zarandeaban lateralmente los cascos. Muchos perdieron el equilibrio, entre ellos el maestro de armas Ruric, que fue a caer contra el caballete en que se guardaban los remos y perdió el conocimiento al golpearse la cabeza con la viga de roble. Pwyl gateó hasta donde había caído inconsciente el guerrero y se sentó en el puente, colocando sus brazos alrededor del cuerpo de Ruric y sosteniéndolo con firmeza para impedir que rodara de un lado al otro con el vaivén del barco.
También los caballos resbalaban sobre las planchas de madera mojadas de la cubierta; algunos cayeron patas arriba sobre el puente, y Elgo hubo de enviar algunos de sus hombres para ayudar a los corceles a incorporarse, y afianzarlos mejor.
Los hombres achicaban el agua, pero la furia del oleaje hacía que continuamente entrara más por las bordas, empapando a hombres, caballos y cargamento por un igual, regando el interior del casco de un líquido espumeante en el que chapoteaban cascos y pies.
Elgo forcejeó para trasladarse a la popa del Wyrmlargo, donde el capitán Arik gritaba órdenes con voz que se imponía al viento atronador. Al ver al príncipe a la luz de su linterna, Arik acercó su cabeza a la de Elgo.
—Estamos virando a estribor, largando las áncoras y arrizando la vela. No nos queda más opción que navegar con el viento de popa, creo que hacia el norte o al este, pero no hay ninguna garantía de dónde nos llevará.
Son√≥ un fjordhorn, que fue contestado por un d√©bil sonido hacia la popa. Arik emiti√≥ un gru√Īido de conformidad.
—Bien, ya conocen el plan. Ve a la proa, príncipe, y haz que tus hombres achiquen el agua como si sus vidas dependieran de ello (porque es verdad que dependen); de ese modo tal vez lleguemos a ver la luz del amanecer.
Una y otra vez, las olas se abatieron sobre el barco, hacia vibrar y crujir sus maderos. En la oscuridad los hombres achicaban el agua, y algunos utilizaron para ello los cálices del botín del dragón. Un fjordsman les recomendó que se ataran ellos mismos a las abrazaderas de la amura, para no quedar perdidos si salían despedidos por la borda. Se desenrollaron unos cabos, y los hombres los pasaron alrededor de sus cinturas y los ataron luego a los resaltes de madera, como se les había indicado. Después volvieron a achicar.
Provisto de una linterna y sujetándose a la amura para precaverse de los fuertes bandazos del barco, Ruric, ya recuperado, avanzó a rastras por las planchas del barco para acercarse a Elgo; el maestro de armas estaba empapado de la cabeza a los pies, lucía un enorme chichón en la frente, y a la luz vacilante de la linterna sus ojos aparecían abiertos de par en par, con una mirada profética, como la de un iluminado. Tirando del príncipe hacia abajo hasta pegar casi la boca a su oreja, Ruric gritó para hacerse oír por encima de la tormenta:
¬óMi se√Īor, el Dracongield est√° maldito. Tenemos que librarnos de √©l. Hemos de lanzarlo por la borda.
—No, Ruric —gritó Elgo en respuesta, y su voz casi se perdió en medio de los aullidos del viento y del estruendo de las olas al golpear el casco—, han muerto demasiados hombres buenos en la conquista de ese oro. No vamos a arrojarlo al mar porque así lo diga una conseja de viejas.
¬óPero, mi pr√≠ncipe, est√° maldito, es seguro. Ya ha matado a ocho hombres, y te ha quitado un ojo y abrasado la cara. Y si nos empe√Īamos en guardarlo, entonces la Fortuna nos mostrar√° su tercera cara.
Los ojos de Ruric casi se le salían de las órbitas, y dirigía miradas recelosas al cargamento estibado en el centro del barco. Pero a pesar de su espanto, seguía dispuesto a luchar contra la malignidad que intuía oculta en el Dracongield.
Aferrado a la amura y apretando el cuerpo contra el costado del barco, Pwyl llegó hasta la proa y se arrodilló junto a Ruric, escuchando los ruegos del maestro de armas.
¬óMi se√Īor, es el golpe que ha recibido en la frente lo que le hace hablar as√≠.
Ruric se gir√≥ hacia la izquierda, con la mano en la empu√Īadura de su cuchillo largo; mir√≥ con severidad al curandero, y escupi√≥:
¬óNo, Pwyl, ¬°es ese maldito Dracongieldl No me trates como si fuera un chiquillo asustado. Los tesoros de los drakes traen penas y desgracias. El tesoro est√° condenado, te digo. ¬°Est√° maldito!
En ese momento, la lluvia que los azotaba empezó a amainar y el viento furibundo a calmarse un tanto, aunque el oleaje seguía siendo muy vivo.
—No, Ruric —susurró Pwyl, colocando una mano tranquilizadora en el hombro del guerrero—, ya lo ves, la tempestad cede. Es tan sólo un fenómeno natural, el mal tiempo, y no una maldición loca.
Ruric mir√≥ al cielo, y luego de nuevo al bot√≠n, poco dispuesto a convencerse de que aquel Dracongield era inofensivo. Sus ojos alucinados reflejaban la incertidumbre y la confusi√≥n. Se volvi√≥ en un √ļltimo intento a Elgo.
¬óMi pr√≠ncipe y se√Īor...
El maestro de armas no dijo más, esperando una respuesta a su inexpresada petición.
Pero Elgo sacudió la cabeza: No, y Ruric volvió a rastras, cruzando el barco bamboleante, hacia la proa, con la condenación impresa en todos los rasgos de su rostro.
¬óAy√ļdale, Pwyl ¬óorden√≥ Elgo al curandero¬ó, ay√ļdale si puedes.
Y Pwyl se alejó, en seguimiento del maestro de armas.
La violenta tempestad pas√≥ por encima de sus cabezas y se alej√≥ tan r√°pidamente como si se tratara de un enorme tel√≥n corredizo; en pocos instantes, el viento huracanado y la furiosa lluvia se calmaron, dejando detr√°s de ellos una calma fantasmal. Y el cielo se despej√≥ mostrando una Luna en cuarto creciente que iluminaba con intensidad el panorama; pero rode√°ndolos por los cuatro costados, se percib√≠a en la lejan√≠a un gran c√≠rculo de nubarrones negros; enfrente, a los lados y por detr√°s de ellos, un negro murall√≥n de nubes se retiraba en direcci√≥n opuesta, m√°s pr√≥ximo por el costado de estribor que por el de babor. A popa ¬óAdon sabe c√≥mo hab√≠an conseguido mantenerse pr√≥ximos¬ó, saltando en la cresta de una ola y visibles ahora para desaparecer de nuevo, un momento despu√©s en el seno de la siguiente, navegaban Alce de Espuma y Cabalgaolas, con sus linternas de tempestad brillando en el aire trasl√ļcido.
Y en aquella calma relativa, Arik gritó:
¬óSeguid achicando, muchachos, estamos en el interior del ojo del hurac√°n. Pronto lo tendremos otra vez encima, tan fuerte como antes, y temo que esta vez soplar√° desde un cuadrante distinto.
Pero, aunque el aire estaba en calma y la vela arrizada, chorreante de agua, colgaba fl√°ccida en el m√°stil, las grandes olas segu√≠an arrastr√°ndolos adelante, a un ritmo siempre creciente al parecer. Y a lo lejos, por la proa, pudieron o√≠r un extra√Īo trueno profunde ruido de aguas agitadas.
El drakkar se movía a una velocidad cada vez mayor, a pesar el hecho de que la tripulación no hacía nada por impulsarlo. El rostro de Arik mostró una expresión de alarma. Oteaba el cielo con desesperación, en busca de una estrella guía, pero el mismo brillo de la Luna parecía ocultar a unas, y otras quedaban detrás del amplio círculo negro de nubes de tormenta. Arik se volvió al timonel.
¬óR√°pido, Njal, ¬Ņreconoces nuestra posici√≥n?
—Capitán, no veo estrellas que puedan guiarme —contestó Njal—, pero delante nuestro se divisa una isla.
Al empinarse el barco sobre la cresta de una ola, muy lejos por el lado de babor, y apenas visible a la luz de la Luna, Arik pudo ver asomar sobre las aguas un gran risco de roca desnuda, un pe√Īasco inh√≥spito cuyos flancos descend√≠an a plomo hasta el mar; y aspir√≥ el aire con un silbido, por entre los dientes apretados.
¬óLas islas del Peligro ¬ódijo en un susurro sobrecogido.
Girando hacia su derecha, Arik corrió a todo lo largo del barco hasta la proa, dando empujones a los hombres inactivos, hurtando el cuerpo al pasar junto a los caballos y empujándolos también a ellos, y dando sin parar gritos inarticulados.
Y al llegar a la proa se abalanzó sobre la roda, asió la cabeza del dragón tallada en ella y se empinó cuanto pudo hasta que avistó a lo lejos un gran embudo negro que giraba y giraba hasta hundirse en las profundidades del mar.
Entonces se volvió, y con ojos enloquecidos por el terror gritó a los harlingar y los fjordsmen:
¬ó¬°Remad, bastardos, remad, porque estamos a punto de quedar atrapados en los remolinos del Maelstrom!
Al principio, los hombres no comprendieron lo que les gritaba Arik, pero luego recorrió de nuevo todo el barco maldiciendo y dando órdenes a gritos, explicándoles lo que tenían delante de ellos. Y mientras tanto, el Wyrmlargo seguía ganando velocidad y corría ligero hacia la condenación marina, hacia el enorme torbellino que aspiraba sin cesar el aire; y alrededor de ellos se extendía lejana la alta muralla de nubarrones negros, y la tormenta volvía a desencadenarse y a agitar el mar por babor..., en la dirección contraria.
Encima de sus cabezas, la Luna proseguía su constante curso en silencio, y los contemplaba.
A toda prisa, se extrajeron los remos de los caballetes y se colocaron en las chumaceras, mientras los fjordsmen daban apresuradas órdenes a los harlingar; porque las filas disminuidas de los tripulantes del barco no eran suficientes para afrontar una emergencia como aquélla, y los vanadurin debían suplir a los hombres caídos luchando contra los jutos.
A popa reson√≥ el fjordhorn con el que Arik daba instrucciones a los barcos que ven√≠an detr√°s; luego el capit√°n empu√Ī√≥ un hacha y cort√≥ las cuerdas que sujetaban las anclas.
Frente a ellos, el rugido del Maelstrom era cada vez m√°s ensordecedor.
Los hombres empezaron a remar al ritmo que les marcaba un atabal; los vanadurin lo hacían con torpeza al principio, pero a cada nueva palada iban adquiriendo destreza.
¬°Flash!, golpeaban los remos las olas agitadas; y el estribor maniobraba con todas sus fuerzas, intentando alejarlos del peligro.
Detrás seguían el Alce de Espuma y el Cabalgaolas maniobrando también a fuerza de remos; pero como el Wyrmlargo que les precedía, se habían internado demasiado en las corrientes del inmenso torbellino, y esas corrientes arrastraban ahora los barcos hacia el borde giratorio de un enorme vórtice negro que aspiraba todo lo que había en la superficie y lo precipitaba en medio de un ensordecedor estruendo hasta los abismos de ébano de Hèl.
Y al mismo tiempo, el huracán cuyo centro ocupaban desataba su furia alrededor de ellos, en la zona marcada por las nubes negras del lejano perímetro oscuro.
El hurac√°n y el Maelstrom, dos fuerzas primitivas de un mundo salvaje, hab√≠an desatado sus respectivas maldiciones, y ninguno de los dos ced√≠a ni afectaba al otro: el vasto cicl√≥n segu√≠a cabalgando en direcci√≥n nordeste, sin prestar atenci√≥n a la boca furiosa que se tragaba insaciable el mar Boreal; y el poderoso torbellino arrojaba sin descanso el rugiente oc√©ano al interior de sus entra√Īas abisales, sin preocuparse de la salvaje violencia de los vientos desencadenados.
Y atrapados en aquella furia elemental como insignificantes c√°scaras de madera, los tres drakkares luchaban por apartarse del agujero giratorio abierto en el mar, tratando de escapar con sus remos de la horrenda mueca de la Muerte.
¬°Plash! ¬°Plat!
—¡Remad, lobos de mar, remad! —La voz de Arik apenas alcanzaba a oírse sobre el fragor del remolino—. ¡Remad o iremos a parar todos revueltos a Hèl!
¬°Splash! ¬°Splat!
Elgo estaba colocado al lado de Reynor, ambos en el mismo remo, y sus m√ļsculos sobresal√≠an en un tenso relieve mientras mov√≠an la pala a un ritmo furioso, trabajando de forma sincr√≥nica.
En el centro del barco, los corceles firmemente amarrados relinchaban llenos de p√°nico y se apretaban contra las p√©rtigas de separaci√≥n, tironeando hasta arrancarlas o quebr√°ndolas con el empuje de sus cuerpos, mordi√©ndolas y golpe√°ndolas con las patas delanteras, dando saltos y piafando sobre el maderamen de las naves, porque el rugido del Maelstrom era m√°s de lo que pod√≠an soportar. Algunos cayeron sobre la cubierta y fueron coceados hasta morir, entre ellos dos ponis. Pero ning√ļn hombre pod√≠a ayudarlos, porque todos estaban ocupados manejando los remos.
¬ę¬°No! ¬°No todos!¬Ľ Porque Elgo mir√≥ hacia arriba con su √ļnico ojo y vio a Ruric junto al Dracongield, lanzando objetos preciosos por la borda al tiempo que daba gritos inarticulados.
El pr√≠ncipe sujet√≥ a Ruric en el momento en que el maestro de armas se apoderaba de un peque√Īo cuerno de plata con intenci√≥n de tirarlo al mar; el pu√Īo de Elgo se estrell√≥ contra la mand√≠bula de Ruric, que cay√≥ como un saco; y el cuerno rod√≥ por la cubierta junto al guerrero privado del sentido.
El huracán se encontraba cada vez más cerca, en tanto que el embudo del Maelstrom se hundía más y más abajo, y los barco se deslizaban por la pendiente cada vez más inclinada de aquella garganta negra que los empujaba al fondo.
Y unos grandes tentáculos provistos de ventosas, que brillaban malignos con una fosforescencia cadavérica, surgieron del remolino y se aferraron a los costados de los drakkares. Los hombres gritaron y se echaron atrás, y algunos de ellos golpearon aquellos horrendos zarcillos, empleando para ello todo lo que encontraron a mano. Un enorme brazo viscoso se enrolló alrededor del cuerpo del estribor Njal y tiró de él, haciéndolo pasar por encima de la borda, ahogados sus gritos por el estruendo del torbellino. Y detrás de ellos, unos monstruosos tentáculos que ardían con el daemonfuego helado de las profundidades, se apoderaron de uno de los barcos, el Cabalgaolas, que se rompió en mil pedazos y fue arrastrado al fondo del mar con hombres, caballos y tesoro, todo tragado por el torbellino de aquella maldición marina.
La Luna desapareció detrás del negro muro silbante de la tempestad, y cuando el ojo del huracán pasó por encima del Maelstrom, el viento irresistible y la intensa lluvia se abatieron una vez más sobre los dragonbarcos.
¬ó¬°Dirigid la vela, maldita sea, dirigid la vela! ¬ógrit√≥ Arik, empujando a dos hombres hacia el m√°stil mientras las linternas de tormenta del Alce de Espuma, lanzaban un √ļltimo destello al desaparecer en el abismo rugiente, tragado el barco por la aspiraci√≥n del torbellino.
Y en medio del intenso bamboleo, la vela cuadrada del √ļltimo de los drakkares se orient√≥ en la direcci√≥n del hurac√°n, guiada por la fr√°gil p√©rtiga de barba para captar aquella violencia elemental.
—Aguantad, maldita sea, aguantad —masculló Arik por entre los dientes apretados, al tiempo que mantenía con firmeza el timón para afrontar el diluvio que se abatía sobre ellos desde la negrura de la noche; y el capitán maldecía y rezaba, todo a la vez, para que el mástil y la vela soportaran aquella brutal embestida, y la madera no se quebrara ni la tela se rasgara en pedazos en aquel instante crítico.
Y arrastrado por los vientos enfurecidos de un hurac√°n salvaje, subiendo y bajando en las fauces mismas del vertiginoso Maelstrom, el Wyrmlargo sali√≥ de la atracci√≥n del abismo rugiente y escap√≥ de aquella boca voraz que nunca antes hab√≠a podido ser evitada por sus v√≠ctimas, pero que ahora qued√≥ burlada merced a la furia de los vientos desencadenados en la superficie de las olas. Subi√≥ y baj√≥ el barco a√ļn un rato, balance√°ndose al borde del abismo, empujado por una fuerza elemental lejos del poderoso torbellino.
Y arrastrados hacia adelante por un viento atronador, los entumecidos supervivientes huyeron en la inmensa oscuridad a través de un mar sacudido por la tormenta, llevando con ellos los restos del enorme tesoro, el botín del Dracongield.