14 - En la guarida

Mitad del A√Īo, 3E1601
[El a√Īo pasado]

Cabalgaron al alba por el valle de abruptas laderas, Elgo y su mesnada. Y a pesar de que era el D√≠a Largo del A√Īo, los vanadurin avanzaban envueltos en profundas sombras, porque el flanco oriental de las monta√Īas de Rigga ocultaba el nuevo Sol a los harlingar, situados hacia el oeste. Avanzaban penosamente por las ruinas de una antigua calzada pavimentada, algunas porciones de la cual eran visibles en la penumbra, aunque la mayor parte de la construcci√≥n de los enanos hab√≠a quedado enterrada. Por aquellos restos de una √©poca anterior traqueteaban cuatro carros, tirados por los √°giles ponis y escoltados por los harlingar; sin la carga que transportaban aquellas carretas, el plan de Elgo quedar√≠a reducido a la nada.
Cabalgaron siempre adelante; frente a ellos pod√≠an distinguir vagamente las abruptas monta√Īas de Rigga: macizos rocosos, picachos, pendientes abruptas que ascend√≠an, piedra sobre piedra, hacia el cielo del oriente, en tanto que las innumerables sombras acud√≠an a refugiarse en las barrancas, en una lenta desbandada ante la luz, d√©bil a√ļn pero creciente, del amanecer; muy pronto toda oscuridad desapareci√≥, a excepci√≥n de las sombras tenebrosas que se deslizaban detr√°s de los pe√Īascos e iban cambiando lentamente de posici√≥n para mantenerse a resguardo entre la roca y el Sol en movimiento.
Hacia el este avanzaban los vanadurin, siguiendo la curva que en esa direcci√≥n trazaba, en el fondo del valle, un arroyo rumoroso cuyas aguas saltarinas se deslizaban, barranco abajo a su derecha, por entre los cantos redondeados. El camino seguido por los harlingar serpenteaba siguiendo los meandros de la corriente, y el sonido de los cascos y las ruedas de las carretas se confund√≠a con el rumor del agua. A medida que avanzaban, el valle iba estrech√°ndose, hasta quedar convertido en un ca√Ī√≥n de una anchura de apenas una cincuentena de pasos.
Por aquel oscuro desfiladero se introdujo la mesnada, hasta llegar a un alto muro de piedra que obstruía el camino, coronado por almenas en toda su extensión: un antiguo baluarte tallado en la roca por los enanos, para defenderse de posibles invasores. En el muro había una puerta, bajo una barbacana, y el camino pavimentado que seguían concluía allí, mientras que el arroyo fluía también debajo del muro, a través de un pasadizo semejante a una alcantarilla, cerrado por una reja oxidada. El rastrillo de la puerta estaba levantado y también los dientes de la reja aparecían cubiertos de orín.
Los vanadurin se adentraron por aquella puerta y siguieron las revueltas del camino en su interior, acompa√Īados por los ecos met√°licos de los cascos herrados de sus caballos y de los flejes que forraban las ruedas de los carros, al chocar con las piedras del suelo. Sobre sus cabezas, abiertos al techo del pasaje, pod√≠an ver antiguos matacanes, que algunos llaman agujeros de la muerte porque a trav√©s de ellos se lanzan flechas, piedras y l√≠quidos hirvientes sobre los invasores atrapados abajo. Pero no se precipitar√° la Muerte en este d√≠a y en este lugar desde lo alto, porque los muros est√°n ahora desiertos, y as√≠ han estado desde hace m√°s de un milenio. Y bajo el baluarte desguarnecido pasaron los harlingar, y encontraron tambi√©n abierto el rastrillo posterior, tal y como lo dejaron quienes huyeron de all√≠ siglos y siglos atr√°s.
Elgo y sus hombres cruzaron el muro y salieron por el otro extremo del pasadizo, y entonces el barranco empez√≥ a ensancharse, abri√©ndose a izquierda y derecha, aunque el suelo segu√≠a presentando recodos en uno y otro sentido, ahora con el r√≠o a la izquierda del camino pavimentado. Ascend√≠an en direcci√≥n este, y ante ellos se alzaba la abrupta faz de las monta√Īas de Rigga, tan pr√≥ximo su murall√≥n macizo que parec√≠a poder tocarse con la mano.
La mesnada lleg√≥ entonces a la cabecera del valle, y los ojos cautelosos de todos los guerreros escudri√Īaron cada rinc√≥n, en busca de los peligros que pod√≠a ocultar. Ante ellos se extend√≠a un amplio patio que terminaba en el flanco sombr√≠o de la escarpada monta√Īa. A su izquierda, un manantial brotaba de debajo de la misma roca y flu√≠a a trav√©s de un canal bajo, excavado en la piedra por los enanos, hasta convertirse en el arroyo rumoroso que recorr√≠a luego el valle en toda su longitud. Pero no fue el manantial impetuoso lo que atrajo sus miradas, porque ante ellos estaba por fin, abierta en un bostezo gigantesco, la boca de √©bano de la puerta occidental de Piedra Negra, con sus grandes planchas de hierro macizo arrancadas de sus bisagras, cubiertas de or√≠n y ca√≠das sobre el granito oscuro del patio exterior, en el lugar en que Sleeth las hab√≠a arrojado mil seiscientos a√Īos atr√°s. Cautelosamente hicieron avanzar sus corceles, y los cascos forrados de hierro resonaron al chocar con la piedra, mientras los flejes de las ruedas rechinaban tras ellos. As√≠ pasaron junto a un gran pedestal de piedra que se alzaba en el centro del patio, con escalones tallados que lo rodeaban desde la base hasta la punta. Los ojos de los harlingar se mov√≠an a uno y otro lado, sin ver nada m√°s que piedra muerta; sus miradas volv√≠an una y otra vez a la impresionante negrura del agujero abierto delante de ellos. Una antigua leyenda de los vanadurin hablaba del reino encantado del inframundo, en el que los h√©roes quedaban perdidos por toda la eternidad. Y siempre, en los cuentos de hogar, el camino hacia el desastre se iniciaba en alguna grieta, caverna o agujero en el suelo, y se abr√≠a paso a trav√©s de un t√ļnel excavado por hombres o una sima natural. Y si los h√©roes deso√≠an las advertencias de sus seres amados o no hac√≠an caso de los portentos de los dioses, y se aventuraban en aquellas fisuras de la tierra, nunca consegu√≠an escapar al terrible infortunio que los aguardaba all√≠. Y ahora que la mesnada de Elgo se dirig√≠a hacia un gran agujero negro que conduc√≠a al interior de la tierra, aquellas consejas de mal ag√ľero volv√≠an a sus mentes, y el cabello se les erizaba al contemplar el pozo oscuro. Pero los vanadurin, bravos guerreros de las llanuras herbosas y los cielos abiertos, siguieron avanzando hacia su desconocido destino, tal y como lo hac√≠an los paladines en las antiguas leyendas.
Al llegar delante de la puerta, la mesnada se detuvo; Elgo desmont√≥ y orden√≥ con un breve gesto a los dem√°s que le imitasen. Delante de ellos la monta√Īa se alzaba recta hacia el cielo, con el portal excavado en un imponente macizo rocoso. Y mientras el cielo se iba aclarando y el d√≠a empezaba a asomar en el profundo valle, pudieron ver lo adecuado del nombre de aquella fortaleza, porque la piedra era negra como el √©bano, y absorb√≠a la luz en su superficie mate.
Cerca de la puerta encontraron una gran ballesta, sólo parcialmente montada, con sus partes metálicas herrumbrosas y la madera gris y agrietada, cuarteada por el viento y desgastada por el paso del tiempo. Al lado había grandes astiles de hierro, proyectiles oxidados también y convertidos prácticamente en desechos a excepción de las puntas, fabricadas con alguna aleación de plata, y con restos de un polvo grumoso en las estrías.
También estaban allí amontonadas las armas y las armaduras de los guerreros enanos —hachas, ballestas, cadenas, corazas—, corroídas sin remedio. Y las armaduras contenían restos de otra clase: cráneos machacados y huesos rotos de personas muertas mucho tiempo atrás, y pedazos de ropas destrozadas y de arneses de cuero.
¬óRuric ¬ódijo Elgo en voz baja¬ó, creo que estamos delante de los restos de un ej√©rcito de enanos venido hasta aqu√≠ para combatir al drag√≥n, siglos atr√°s. Di a los hombres que no toquen el smut de la punta de esos proyectiles; porque aunque dicen las leyendas que la sangre de drag√≥n destruye toda clase de veneno, no sabemos si los enanos comprobaron la veracidad de esa afirmaci√≥n, y yo me temo que esas manchas oscuras sean alg√ļn veneno poderoso con el que ellos pretend√≠an matar a Sleeth; y podr√≠a a√ļn conservar su efecto mort√≠fero. ¬óLa mirada de Elgo recorri√≥ toda la escena¬ó. Seg√ļn todos los indicios, Sleeth cay√≥ sobre ellos cuando estaban desprevenidos, pero ¬°ai-oi!, f√≠jate en el tama√Īo de esa ballesta. Tal y como dec√≠amos, un ej√©rcito necesitar√≠a un artefacto como √©ste para poder asestar un golpe mortal a un drag√≥n. Aun as√≠, si fallaban el primer disparo, todo estar√≠a perdido porque antes de que tuvieran tiempo suficiente para volver a cargar el arma, la criatura se abalanzar√≠a sobre ellos. Y si el proyectil, aun siendo certero el disparo, no atravesara la piel del drag√≥n, tambi√©n estar√≠an totalmente perdidos. Y si la atravesara pero no produjera una herida mortal..., bien, no importa, porque los indicios muestran que ese ej√©rcito de enanos no estaba apercibido cuando el desastre cay√≥ sobre ellos ¬óElgo ech√≥ un vistazo al cielo, que iba aclar√°ndose cada vez m√°s¬ó, un destino que nosotros hemos de saber evitar. Apresur√©monos, porque tenemos muchas cosas que hacer en lo que resta de d√≠a.
Mientras Ruric supervisaba la descarga de las carretas, Elgo y Reynor caminaron hasta los dos escalones de la antepuerta y cruzaron el amplio espacio llano situado entre las grandes puertas exteriores arrancadas y el arco interior del rastrillo. Con cautela, escudri√Īaron las sombras que se extend√≠an delante de ellos; vieron una gran sala que se prolongaba m√°s all√° de donde alcanzaba la vista, en direcci√≥n a las entra√Īas de aquel agujero de √©bano excavado en la roca. A izquierda y derecha, adosados a las paredes, pod√≠an percibirse vagamente grandes pilares que se alzaban para sostener una b√≥veda invisible en la oscuridad de arriba.
¬ó¬°Mira! ¬óexclam√≥ Reynor, se√Īalando el suelo.
Sobre la piedra, un amplio rastro brillaba débilmente, salpicado en algunos lugares de manchas rojizas: eran huellas antiguas del paso frecuente de una enorme bestia que se arrastraba para salir y volver a entrar de su guarida, barriendo el suelo con las escamas del vientre y salpicándolo con el goteo de la sangre de una víctima arrastrada al interior de la roca negra. Un hedor característico se insinuaba en el aire: reptiliano, viperino.
—Una linterna —pidió Elgo, arrodillado para observar mejor aquel rastro—. Tráeme una linterna.
Apenas habían salido las palabras de la boca del príncipe cuando Reynor estaba ya de vuelta, con una linterna encendida en las manos. Al enfocar el lado de la luz hacia las huellas, la excitación de Elgo creció. Siguió durante un corto trecho el rastro, con Reynor tras sus talones, mientras la linterna hacía bailar las sombras de la sala oscura.
—Esto nos conducirá exactamente adonde deseamos ir —susurró Elgo—, a la guarida de la bestia.
Rápidamente regresaron junto a la mesnada, que ahora había trasladado las largas piezas de lona de vela hasta la puerta de la entrada, junto a grandes rollos de cuerda. Se encendieron más linternas, y se examinó atentamente el portal. Tal como esperaban, por ambos lados, a la izquierda y a la derecha, había escaleras que ascendían hacia las sombras y desembocaban en unos pasillos que corrían encima de la puerta, detrás de las aspilleras practicadas en la roca para lanzar flechas desde allí.
Por esas escaleras treparon los vanadurin, armados de linternas, maderas, cuerdas y poleas, traídas hasta aquí para el trabajo en perspectiva; mientras, abajo, otros desenrollaban las piezas de lona y ajustaban a sus extremos correas de cuero. La lona quedó extendida sobre el suelo en capas superpuestas, y entonces entraron en juego las leznas; se agujereó la lona y unas grandes agujas curvas pasaron a través de ella un hilo grueso, hasta coser juntas las grandes velas cuadradas; y a medida que progresaban las puntadas, se vertían sobre ellas goterones de brea para taponar los agujeros abiertos en la tela. Trabajaron aprisa y en silencio, mientras en el exterior la luz del día se hacía más y más brillante, con el ascenso del Sol en el cielo.
A un lado, un grupo de diez guerreros vertía agua en cubos llenos de polvo calizo, traído desde Jord, y revolvía la masa hasta formar una especie de arcilla espesa. En muchos aspectos, su tarea era la más importante de todas.
Otros, se dedicaban a ensamblar una larga pértiga hecha con secciones compuestas por astas de lanza; cada extremo se insertaba en una arandela ancha de hierro, forjada a propósito para la ocasión, en la que luego se embutía otra pieza, sujetándola mediante una espiga de hierro que la atravesaba de lado a lado gracias a unos agujeros practicados de antemano. Asta, arandela, asta, arandela..., el trabajo siguió y fueron colocándose las espigas hasta construir la larga pértiga que se necesitaba, tal y como se había ensayado tantas veces en el castillo, previendo este momento. Y también como se planeó en el Palacio, después la larga pértiga así fabricada se enlazó con lo que debía ser el extremo superior de la pieza de lona cosida, en la que cada puntada había sido repasada con doble hilo, y los agujeros tapados finalmente con brea.
Era casi mediodía cuando sujetaron a la enorme pieza de lona, ya acabada de coser, unas cuerdas que pasaron después por las poleas fijadas a la parte superior de la puerta. Y muy lentamente alzaron la enorme vela en la entrada, y la luz que penetraba en la sala occidental fue disminuyendo gradualmente a medida que la lona cubría el portal, impidiendo la entrada de la luz solar en el interior.
¬óSelladla ¬óorden√≥ Elgo. Y los vanadurin cogieron a grandes pu√Īados la arcilla espesa de los cubos y la colocaron en forma de grueso cord√≥n entre la lona y el suelo y las paredes de piedra. Luego hicieron presi√≥n sobre la lona hasta que los bordes de √©sta quedaron pegados en toda su extensi√≥n al marco de piedra de la entrada; algunos hombres treparon por las escaleras laterales y otros se descolgaron del pasillo superior hasta que toda la lona qued√≥ ajustada a la piedra.
A primera hora de la tarde la tarea había concluido, y Elgo pidió que se apagaran las linternas. La sala occidental quedó sumida en la oscuridad. Después de un largo silencio, empezó a formarse un murmullo excitado cuando los ojos se acostumbraron a aquella oscuridad total.
—Hai, buen trabajo —dijo Elgo—, no puedo ver nada en absoluto. Ahora, vamos a la caza del dragón.
Volvieron a encenderse las l√°mparas, y los hombres empu√Īaron sus armas por m√°s que, si se entablaba una batalla en la oscuridad con el drag√≥n del Fr√≠o, √©stas de muy poco pod√≠an servirles.
Diez hombres se colocaron sus armaduras, entre ellos Elgo. Eran los que pod√≠an correr con mayor velocidad, y ser√≠an los √ļnicos en ir en busca de Sleeth. Todos se colocaron sobre el rostro una m√°scara de tela acolchada, que cubr√≠a la boca y la nariz, rellena de piedra caliza y carb√≥n vegetal; una vez humedecida, se estimaba que deb√≠a proporcionar cierta protecci√≥n contra los vapores venenosos del mortal aliento de Sleeth, aunque nadie se atrev√≠a a garantizar los resultados. Y apenas Reynor se hubo atado su mascarilla, dirigi√≥ a los dem√°s una mueca guasona, y los otros le devolvieron la sonrisa. Y cada uno de ellos tom√≥ una vasija de cuero llena de l√≠quido fosforescente, una mezcla espesa de agua y ciertos l√≠quenes, que brillaba en la oscuridad.
—Bien, maestro de armas —la voz de Elgo tenía un tono apagado debido a la mascarilla que le tapaba la boca y la nariz—, cuando nos hayamos ido, coloca a los hombres en sus puestos y apagad las linternas; y poneos también las máscaras, porque muy pronto vamos a traeros el dragón hasta aquí.
—Recuerda, orgulloso príncipe —aconsejó Ruric con voz entrecortada por la emoción—, que no debes mirarle a los ojos, porque se dice que los dragones pueden encantar a las personas.
Ruric call√≥, porque no confiaba en su voz para expresar lo que sent√≠a: su coraz√≥n lat√≠a descompasadamente, porque su se√Īor caminaba hacia un peligro innombrable. Se trataba de un riesgo que desafiaba la prudencia m√°s elemental, aunque el plan que hab√≠an trazado era bueno. Aun as√≠, Ruric sent√≠a pr√≥ximo el desastre, pero no habl√≥ de ello y se limit√≥ a un gesto de asentimiento y un √ļltimo saludo a su pr√≠ncipe.
Entonces Elgo se volvió a los treinta guerreros que quedaban atrás.
¬ó¬°H√°l vanadurin! ¬ógrit√≥ con voz firme que despert√≥ ecos en la l√ļgubre caverna; porque ya no hab√≠a raz√≥n para guardar silencio.
—¡Hál vanadurin! —gritaron todos en respuesta, y Elgo y los otros nueve elegidos cogieron sus linternas y siguieron el rastro del dragón en la piedra barrida por las escamas, descendiendo hacia las profundidades que albergaban la guarida de Sleeth.
Y se adentraron en el interior de Piedra Negra, siguiendo el rastro de suelo barrido, que desped√≠a un brillo p√°lido a la luz de las linternas. Detr√°s de ellos, una serie de flechas fosforescentes se√Īalaban el camino de vuelta; Elgo y sus hombres iban colocando esas flechas a medida que avanzaban. Descendieron a trav√©s de una mara√Īa laber√≠ntica de t√ļneles excavados por los enanos, con pasadizos y c√°maras que part√≠an en todas direcciones. A izquierda y derecha surg√≠an tramos de escaleras ascendentes, y otros que se hund√≠an en el suelo del t√ļnel. A uno y otro lado se abr√≠an galer√≠as que nadie sab√≠a adonde conduc√≠an. Atravesaron de un extremo al otro amplias c√°maras, pero apenas se ocuparon de examinar los lugares por los que pasaban, porque el tiempo que ten√≠an a su disposici√≥n era escaso. No obstante, una ojeada les bastaba para adivinar las funciones que hab√≠an tenido algunas de aquellas salas. Cruzaron una gran cocina siguiendo el rastro del drag√≥n, pero estaba en ruinas, y las largas mesas se hab√≠an hecho pedazos, golpeadas por la cola de Sleeth a su paso. Dejaron a un lado una herrer√≠a, con las forjas fr√≠as, los yunques silenciosos, los martillos inactivos. Tambi√©n vieron una armer√≠a, con las espadas ordenadas en hilera, y las cotas y corazas a la espera de ser vestidas. Pasaron por minas, almacenes, canteras y otros lugares; pero aun as√≠, lo que vieron no era sino una min√ļscula porci√≥n del conjunto. Era como recorrer unas pocas calles y edificios de una enorme ciudad a oscuras, abandonada mucho tiempo atr√°s. Y el aire parec√≠a impregnado de un intenso dolor.
Pero los vanadurin no ten√≠an tiempo para considerar la profunda tristeza que flotaba en el ambiente, porque buscaban un drag√≥n, y sus corazones lat√≠an aceleradamente. Hab√≠an caminado cerca de dos kil√≥metros siguiendo el rastro serpenteante de suelo barrido, y se√Īalado el camino con flechas que brillaban con una luz verdosa; recorrieron pasillos, doblaron esquinas, cruzaron salas, cambiaron de direcci√≥n una y mil veces. Y sab√≠an que se aproximaban a su objetivo, porque el aire estaba ahora impregnado del hedor del drag√≥n del Fr√≠o, en el que el relente f√©tido que desprend√≠a la gran serpiente tendida se mezclaba con los vapores acres de su baba venenosa.
Y finalmente llegaron a otra gran sala, y en el centro vieron el reflejo de algo que despedía un tenue brillo en la oscuridad.
Pero apenas pudieron llegar a distinguir de qu√© se trataba, porque ¬°GRRRR!, son√≥ un rugido como el de dos grandes bloques de bronce que chocaran entre s√≠, con una fuerza tal que muchos t√≠mpanos se rompieron y los hombres salieron despedidos hacia atr√°s. Y tras ellos, alz√°ndose de su lecho de oro, se precipit√≥ Sleeth, un horrendo monstruo del tama√Īo de un mamut, capaz de reptar a una velocidad tal que dej√≥ desconcertados a sus enemigos; y de su boca sal√≠a un l√≠quido oscuro, que salpicaba tanto a las piedras como a los hombres, achicharrando la carne y horadando la roca. Entre gritos de dolor, los hombres cayeron sobre las piedras humeantes, y Sleeth se precipit√≥ sobre ellos furioso porque se hab√≠an atrevido a invadir su guarida; y sus grandes garras los desgarraron en pedazos, haciendo volar por el aire piltrafas de carne ensangrentada.
El ácido alcanzó a Elgo en el rostro, y retrocedió, retorciéndose en una agonía insoportable, mientras su ojo izquierdo chisporroteaba en aquel líquido oscuro. Y cayó de rodillas delante del dragón furioso, olvidado del peligro en su desesperada angustia, tironeando frenético de la mascarilla hirviente para arrancársela del rostro. Pero unas manos firmes lo levantaron; el joven Reynor, venido en ayuda de su príncipe, lo alzó y lo empujó atrás hasta el pasillo, gritando:
¬ó¬°Corred, mi se√Īor, corred! ¬°El drag√≥n nos ataca!
Corrieron tambale√°ndose y Reynor empujaba hacia adelante al pr√≠ncipe medio ciego, siguiendo el rastro espectral de las flechas fosforescentes. Detr√°s de ellos resonaban los gritos de hombres que mor√≠an, y los rugidos furiosos del poderoso drag√≥n; detr√°s de ellos resonaban los golpes de las garras adamantinas al ara√Īar la roca del suelo.
En medio del intenso dolor que le producían sus quemaduras; Elgo alcanzó a oír la voz de Reynor:
¬ó¬°Nos sigue, mi se√Īor! ¬°Nos sigue!
La voz de Elgo apenas pudo tartamudear, entre jadeos de angustia:
¬ó¬°Corre, Reynor, corre! ¬°Aseg√ļrate de que ese bastardo muera! ¬óY se detuvo, vacilante.
Reynor también se detuvo, mientras a sus espaldas resonaban los golpes de unos enormes talones sobre la piedra negra.
¬óNo puedo abandonaros, mi pr√≠ncipe ¬órespondi√≥ Reynor entre resoplidos, al tiempo que el joven tironeaba con insistencia del brazo de Elgo¬ó. S√≥lo conseguiremos matar a Sleeth si corr√©is conmigo; y si es necesario que yo muera, lo atraer√© a otro pasadizo para que se entretenga en darme caza mientras vos escap√°is. Pero, mi se√Īor, si nuestro plan tiene √©xito, entonces ser√° el drag√≥n quien caiga. ¬°Por Adon, que as√≠ ha de ocurrir!
La mención de Adon pareció galvanizar al príncipe; todo su cuerpo vibró de resolución. Apretando los dientes para superar el dolor que le había cegado y convertido su ojo en un hueco vacío en el rostro abrasado, Elgo reunió todas sus energías y esta vez corrió de verdad.
Siguiendo el rastro brillante de flechas fantasmales los dos huyeron, serpenteando entre los t√ļneles de los enanos, por la tortuosa ruta que los proteg√≠a de la furiosa persecuci√≥n de que eran objeto. M√°s r√°pido que un caballo era Sleeth, lanzado en una carrera corta; pero el laberinto enmara√Īado que era el interior de la fortaleza de los enanos le imped√≠a aprovechar su velocidad, y en cambio su corpulencia era un obst√°culo en aquella mir√≠ada de vueltas y revueltas. Aun as√≠, el drag√≥n ganaba terreno respecto de sus presas, y cada vez estaba m√°s cerca de la pareja de fugitivos, y cuando ten√≠an que cruzar una sala de grandes dimensiones o√≠an sus rugidos rabiosos, que hac√≠an temblar la roca maciza bajo sus pies.
Se abalanz√≥ ahora sobre ellos; estaban ya muy cerca. Quer√≠a destrozarlos con sus garras en lugar de fulminarlos con su aliento, porque anhelaba la satisfacci√≥n de sentir escaparse la vida de sus cuerpos desgarrados, de ver c√≥mo la muerte se adue√Īaba de sus cad√°veres descuartizados.
Apenas unos metros por delante de él, irrumpieron en la sala occidental, negra como la brea, y el enorme dragón del Frío corrió detrás de ellos, sintiendo ya la carne y los huesos de sus víctimas al alcance de sus garras.
Pero los ojos de drag√≥n de Sleeth ve√≠an en la oscuridad con la misma claridad que si brillara la luz del d√≠a. Y al precipitarse en la sala occidental vio delante de √©l a otros hombres, tambi√©n con los rostros enmascarados de forma extra√Īa, y sujetando unas cuerdas en la oscuridad. Y hab√≠a una cubierta, una cubierta de lona, en la entrada. Sleeth aguz√≥ sus sentidos y descubri√≥ que en el valle el Sol todav√≠a brillaba en el cielo...
—¡Ahora! —gritó Ruric—. ¡Por Adon, enviad a ese monstruo a Hèl!
¡Chunk! Encima de la puerta, en el pasillo de las aspilleras, una hacha cortó limpiamente en dos la cuerda que sostenía inmovilizada la cubierta de la puerta. Y desde el suelo treinta hombres, quine a cada lado, tiraron de sus cuerdas y arrancaron la lona de la pared, porque los pegotes de arcilla no pudieron aguantar firmes aquel fuerte tirón.
Y la luz del Sol penetró en la sala y golpeó de lleno a Sleeth, incapaz de detener su impetuosa carrera, dar media vuelta y huir hacia la oscuridad protectora antes de que los rayos luminosos cayeran sobre él.
Con un rugido de agonía, cayó de lado sobre la roca, muerto antes de golpearla. Porque Sleeth era un dragón del Frío, y le afectaba la Prohibición. Y ahora los harlingar habían destruido al poderoso dragón al atraerlo con su trampa a la luz del día que le había sido vedada por la mano de Adon.
Y mientras Elgo y Reynor segu√≠an corriendo delante del monstruo tambaleante, cegados por la s√ļbita luz que inundaba la sala, Sleeth muri√≥ con las pupilas abrasadas por el fuego de aquella luz que marchitaba todo su voluminoso cuerpo; y la √ļltima visi√≥n del drag√≥n fue la de sus matadores: hombres insignificantes, que hu√≠an aterrorizados.