10 - Bautismo de sangre

Primavera, verano y oto√Īo, 3E1594
[Ocho a√Īos atr√°s]

El joven Reynor se desliz√≥ por entre los √°rboles del bosquecillo, y el musgo amortigu√≥ el ruido de sus pisadas. El muchacho consideraba que la Fortuna le hab√≠a sonre√≠do, porque era el √ļnico de entre todos los j√≥venes del castillo ¬ój√≥venes de la edad aproximada de Elgo¬ó elegido para acompa√Īar al pr√≠ncipe y a los dem√°s hombres en aquella misi√≥n desesperada... por la raz√≥n de que nadie sab√≠a que s√≥lo ten√≠a catorce a√Īos de edad. Aun as√≠, s√≥lo su habilidad demostrada como explorador hab√≠a motivado su elecci√≥n: nadie pod√≠a moverse por los bosques m√°s silenciosamente que aquel adolescente delgado, y Ruric le llamaba Pies Ligeros.
Reynor estaba ya al alcance del brazo del centinela cuando anunció en voz baja, en valur: Ic eom baec [He regresado], consiguiendo que aquél se sobresaltara.
Velozmente, Reynor se aproximó al comandante en jefe Ruric, y el príncipe Elgo le sonrió, cuando el muchacho llegaba a su altura, de una forma tal que Reynor supo en ese momento que toda su vida estaría dedicada al servicio de Elgo.
¬óY bien, muchacho ¬ógru√Ī√≥ en voz baja Ruric, hablando la lengua de combate de los vanadurin, porque los harlingar estaban cumpliendo una misi√≥n b√©lica¬ó, ¬Ņcu√°l es su situaci√≥n?
¬óEn este momento est√°n reunidos en el centro de la poblaci√≥n para tomar el desayuno, desmontados salvo unos pocos, aunque la mayor√≠a de los corceles est√°n ensillados. Muchos han dejado sus armas (arcos, sables), pero de todas formas pueden recuperarlas f√°cilmente. El informe del cazador Arlan era exacto, porque no son m√°s de un centenar. Hay apostado un centinela en cada extremo del pueblo, al norte y al sur, pero no han colocado ninguno entre los edificios, y estimo que podemos caer sobre ellos desde el este, en la direcci√≥n del Sol, aunque eso nos impedir√° aprovechar para el ataque toda la fuerza de una carga de caballer√≠a. No he visto se√Īales de los vanadurin habitantes de la ciudad, pero en el cementerio hay tumbas recientes.
Reynor hizo una pausa, y luego continuó, dirigiéndose directamente a Elgo:
¬óSe√Īor, estimo que ahora es el mejor momento para el ataque, porque los cogeremos desorganizados. Pero el problema es por d√≥nde de atacar: por el norte y por el sur, hay centinelas; y por el este o el oeste, no podremos lanzar los caballos al galope.
Ruric también miró a Elgo.
¬óY bien, muchacho, hasta el momento el plan de ataque es tuyo. ¬ŅQu√© crees que debemos hacer?
La respuesta de Elgo fue casi inmediata.
¬óReynor, toma un arco y atraviesa las tripas del centinela del sur. Cuando le veamos caer, cargaremos desde el sur y arrollaremos a esos naudron intrusos, empuj√°ndolos hacia el norte y luego al este hasta devolverlos a la tierra traicionera de donde han venido.
La mirada de Reynor se ilumin√≥, ¬°Elgo le hab√≠a elegido a √©l! Y ser√≠a exclusivamente su mano la encargada de dar la se√Īal para el ataque. A toda prisa, el muchacho se dirigi√≥ a su corcel, y tom√≥ el arco y las flechas.
Cuando Reynor se disponía a deslizarse de nuevo al interior del bosquecillo para llegar a campo a través hasta el extremo sur del pueblo, Ruric se plantó delante del explorador y lo tomó por los hombros, mirándole directamente a los ojos.
—Calma ahora, Pies Ligeros. Tómatelo con calma.
Ruric soltó al muchacho, y éste sacudió afirmativamente la cabeza con energía. Un momento después, había desaparecido.
Los harlingar montaron a caballo, en n√ļmero ahora de cincuenta y uno, y lentamente guiaron sus monturas a lo largo de la l√≠nea de √°rboles que bordeaba por el sur un sembrado de avena cuyos tallos no hab√≠an crecido a√ļn m√°s de tres cent√≠metros sobre el suelo. A sus espaldas, el Sol matinal empezaba a clarear en el horizonte, y sus rayos se esparc√≠an por la tierra. Pero ninguna sombra alargada delataba a la mesnada de Elgo, porque no se apartaba del abrigo de los √°rboles.
Cuando llegaron al borde del camino, esperaron con las lanzas dispuestas, ocultos detrás de la línea de árboles. A menos de cincuenta metros estaba sentado a caballo el centinela naudran, absorto en su desayuno, comiendo con los dedos una especie de estofado entre chasquidos de labios y ruidos de deglución.
¬óObservadlo bien ¬ódijo Ruric en voz baja¬ó, porque ese mismo aspecto tienen todos los naudron.
El centinela tenía un tono de piel amarillo claro, y los ojos ligeramente rasgados. Su casco de acero estaba adornado por una tira e piel negra, y de la cimera del mismo emergía un robusto pincho. Se cubría el pecho y los brazos con un pellejo negro, ribeteado por una serie de correas entrecruzadas. Llevaba calzones anchos, y los pies enfundados en botas de piel, también ribeteadas por correas de cuero atadas. A un costado pendía un sable envainado, y del pomo de la silla de montar colgaba un arco corto desencordado, con algunas flechas.
Elgo estudió con detalle al naudran, aunque su corazón le latía con fuerza, exigiendo acción. A sus espaldas, la inquieta columna de los harlingar mostraba la impaciencia del proyectil colocado en la caja de una ballesta montada y a punto de disparar. Los momentos se hacían interminables, y los ojos de Elgo buscaban por todas partes a Reynor, sin encontrarle.
¬ę¬ŅSe habr√° perdido el muchacho?¬Ľ
El tiempo seguía pasando.
¬ę¬ŅNo va a llegar nunca?¬Ľ
El Sol seguía ascendiendo en el horizonte.
¬ę¬ŅLo habr√°n capturado?¬Ľ
Cuando a Elgo le parecía que no iba a poder soportar más aquella espera, el centinela se deslizó con un suspiro hacia un lado, cayó del caballo y quedó tendido como un bulto informe en el polvo del camino, sin que nada, más que el débil toe de una flecha lanzada desde un punto lejano, revelara la causa.
Y la mesnada de Elgo se lanzó a una carga furiosa, las lanzas en ristre, los cuernos de toro negro sonando a toda potencia, los cascos de los caballos repiqueteando sobre el camino empedrado. La tierra temblaba al paso de aquel trueno que se descargaba sobre el enemigo.
Con el primer son del cuerno de toro negro, los guerreros naudron se pusieron en pie de un salto y dieron la alarma a grandes voces. Unos corrieron hacia sus caballos, mientras otros empu√Īaban sus armas y maniobraban con desesperaci√≥n para encordar los arcos y montar las flechas. Pero los harlingar cayeron sobre ellos antes de que pudieran acabar sus preparativos, y las lanzas dirigidas de los corceles al galope provocaron el caos. Gritos de muerte resonaron en el aire, mientras las puntas de las lanzas quebraban huesos y los sables sub√≠an y bajaban acompa√Īados por el agudo y estremecedor sonido de la carne sajada en vivo, y por los gemidos de los moribundos.
La lanza de Elgo se hab√≠a roto con el impacto del primer hombre al que ensart√≥, y ahora era la hoja de su sable la que se abr√≠a paso entre correas, pellejos y cueros en busca de la carne oculta de detr√°s todas aquellas defensas. La sangre manchaba su sable hasta la empu√Īadura, testimonio elocuente de las v√≠ctimas muertas o heridas.
Pero, aunque tomados por sorpresa, los naudron eran fieros guerreros, y quienes estaban desmontados consiguieron por fin empu√Īar sus armas, mientras otros acud√≠an a caballo a participar en la refriega, haciendo centellear sus propios sables.
Y ahora también los vanadurin caían ante los enemigos, las manos inertes dejaban escapar la lanza o el sable, y los hombres caían sobre la tierra ensangrentada.
¡Ching! ¡Chang! El sable de Elgo chocó con el de un naudran a caballo, que tal vez doblaba la edad del muchacho. ¡Drang!, chocaron las hojas, acero contra acero. Cabeza contra cola, flanco contra flanco, los caballos se empujaban mutuamente mientras los jinetes, sin prestarles atención, trataban de conseguir ventaja.
—¡Daga! ¡Daga! —gritó el naudran, por encima del hombro del joven; y a espaldas de Elgo, un arquero a caballo colocó una flecha en la cuerda de su arco y apuntó al príncipe. Las plumas afiladas que adornaban el astil de su proyectil brillaron crueles a la luz matinal.
Muy cerca de allí, Ruric advirtió lo que ocurría y espoleó a Pedernal hacia el arquero, al tiempo que gritaba:
¬ó¬°Cuidado, Elgo!
Pero no pudo aproximarse más, porque otro enemigo interpuso; su montura entre ellos, y maniobró para apartar al maestro de armas hacia un lado.
Y en el preciso momento en que la espada de Elgo atravesaba al naudran que tenía frente a él, una flecha cruzó el aire, pasó silbando junto al príncipe y con un ¡toe! siniestro fue a hundirse en la garganta del arquero situado detrás de él, haciéndole tambalearse en la silla para caer después muerto al suelo, mientras su flecha se perdía en el vacío.
Elgo miró a un lado, y vio ¡a Elyn!
¡La doncella guerrera había llegado a tiempo para participar en la batalla!
Verdaderamente muy a tiempo, porque en la mano empu√Īaba su arco; hab√≠a sido una flecha de Elyn la que salv√≥ a Elgo. Y √©l lo sab√≠a tan bien como ella.
En el mismo momento, una nueva flecha silbó en medio de la multitud, y otro oriental cayó al suelo con un gemido. Y apareció el joven Reynor corriendo a pie en medio del tumulto, con el arco en la mano, disparando una tras otra sus flechas contra los guerreros enemigos. Y cuando vio sano y salvo al príncipe, se sintió feliz.
Unos instantes después, los naudron hicieron un esfuerzo por reagruparse y romper el cerco de los vanadurin, y huyeron por el mismo camino por el que habían llegado.
Voceando los gritos de combate de los vanadurin, la mesnada de Elgo se lanzó en su persecución; Reynor se sumó a ella, después de montar en un corcel que corría sin jinete en medio de la batalla.
Por tres veces los naudron volvieron grupas y presentaron batalla, pero en cada ocasi√≥n volvieron a ser derrotados, al no poder competir con la destreza de los vanadurin, por m√°s que el n√ļmero les fuera a√ļn ligeramente favorable.
Y la lanza de Elyn, y también su sable, bebieron la sangre enemiga.
Y en la cuarta ocasión en que los naudron acosados volvieron grupas dispuestos a combatir, se oyó en la lejanía la llamada de un cuerno de toro negro, y todos alcanzaron a ver un grupo de vanadurin, compuesto por cien o más guerreros, que llegaba a la carrera para reforzar la mesnada de Elgo.
Eran Arlan y los hombres reclutados en Easton, que llegaban por fin en respuesta a la llamada de Elgo.
Los naudron, entonces, dieron media vuelta y huyeron al galope hacia el este.
Gritos de triunfo resonaron en las filas de los harlingar, que se lanzaron a la caza de los fugitivos con Elgo y Elyn a la cabeza, como lo habían estado en todo momento, acribillando a los orientales con una lluvia de flechas.
Pero Ruric hizo sonar su propio cuerno, llamando a los guerreros a detenerse. Y esperaron la llegada del grupo de Arlan. El cazador venía con una sonrisa de oreja a oreja, y el maestro de armas ordenó al capitán Weyth que tomara el mando de la mesnada de jinetes de Easton y siguiera a los intrusos hasta asegurarse de que habían cruzado las fronteras de su reino, hostigándolos en caso de necesidad, batiéndose con ellos si era inevitable, pero conduciéndose con prudencia a fin de ahorrar tantas vidas como fuera posible.
—... Así haremos que esos perros que huyen con el rabo entre las piernas lleven un mensaje a Bogar: que los harlingar no toleran ejércitos extranjeros en sus tierras. Pero aunque les vayas pisando los talones, Weyth, no intentes cruzar el río Judra ni entrar en las tierras de Bogar, porque no queremos darles ninguna excusa para que monten una contraofensiva. Marcha ahora, capitán, y haz que esos salteadores no paren de correr hasta la frontera, porque no quiero que pasen ni un solo minuto más sobre nuestro suelo.
Entre gritos de j√ļbilo y feroces aullidos b√©licos, Weyth, Arlan y la mesnada de Easton marcharon tras las huellas de los naudron fugitivos, visibles ahora apenas como peque√Īas motas negras en la inmensa pradera. Los vanadurin se lanzaron al galope como una banda indisciplinada de pastores que vagabundearan por los campos, pero apenas se hubieron alejado unos centenares de metros, formaron una columna ordenada, con las lanzas enhiestas, la contera apoyada en el hond√≥n del estribo y las hojas brillando al sol.
Volviendo grupas al frente de su propia mesnada, Ruric, Elyn y Elgo, con los dem√°s vencedores ensangrentados, regresaron lentamente en direcci√≥n sudoeste, por el camino que hab√≠an seguido, deteni√©ndose tan s√≥lo el tiempo suficiente para vendar sus heridas. Y mientras cabalgaban hacia la lejana Arnsburg, Ruric advirti√≥ las miradas rebosantes de j√ļbilo que brillaban en los rostros del pr√≠ncipe y de la princesa.
¬óDejar de relameros ¬ógru√Ī√≥ el maestro de armas¬ó, porque tengo algo que ense√Īaros.
Pero Ruric no quiso explicarles entonces el porqué de su advertencia.
Cuando el rojo Sol poniente acariciaba el horizonte occidental de la tierra, la mesnada de Elgo entró de nuevo en la aldea de Arnsburg. Fue entonces cuando el maestro de armas aclaró el sentido de sus agoreras palabras:
¬óQuedaos a mi lado, jovencitos ¬óla voz de Ruric era sombr√≠a¬ó, y t√ļ tambi√©n, Pies Ligeros. Quiero ense√Īaros una cosa que hab√©is de aprender.
Despu√©s de dar al resto de la columna la orden de entrar en el pueblo, el comandante en jefe desvi√≥ su caballo a un lado, y seguido por los tres muchachos cabalg√≥ en direcci√≥n este, a trav√©s del sembrado de avena, entre mont√≠culos bajos cubiertos de hierba. All√≠, en el campo del cementerio, el maestro de armas desmont√≥, e hizo se√Īa a Elgo, Elyn y Reynor de que hicieran lo mismo. Y los tres descabalgaron.
Ruric se√Īal√≥ los t√ļmulos en los que se advert√≠a que la tierra hab√≠a sido removida recientemente, t√ļmulos que tan s√≥lo Reynor, en sus tareas de exploraci√≥n, hab√≠a visto antes.
—Mirad éste, y aquél, y ese otro. —El comandante extendió su brazo en un amplio gesto—. Debajo de estos montículos verdes yacen los muertos, mis jóvenes amigos; ellos son uno de los precios de la guerra. Pero no es todo. Hay más.
De nuevo montó a caballo Ruric, y les dijo:
¬óVenid.
Y de nuevo sus jóvenes discípulos le siguieron.
Entonces pas√≥ por entre los edificios hasta el interior del pueblo. Los aldeanos se precipitaron a darles las gracias, muchos de ellos con l√°grimas en los ojos. Unos hab√≠an perdido parientes pr√≥ximos a manos de los invasores naudron; todos hab√≠an perdido cuando menos alg√ļn amigo. Porque cuando los invasores hab√≠an ca√≠do sobre el pueblo de Arnsburg la ma√Īana anterior, se hab√≠a producido una lucha, y la Muerte hab√≠a hecho su aparici√≥n. Eran aquellos muertos los que descansaban en el campo del cementerio.
Ahora el pueblo volvía a ser libre; pero la libertad se había tenido que pagar a un precio muy alto, como muy pronto pudieron advertir con claridad meridiana.
Los aldeanos hab√≠an hecho desaparecer la mayor parte de las se√Īales de la batalla, pero a un lado de la calle estaban alineados los cad√°veres de los naudron. Y tambi√©n all√≠ estaban los cuerpos de los harlingar muertos.
A pie, Ruric llevó a los tres jóvenes para que miraran de frente los rostros de los muertos.
¬óMirad a este muchacho ¬óorden√≥¬ó. No era mayor que t√ļ, Reynor.
Los tres muchachos se inclinaron a observar las facciones del joven naudran. Una mata de cabellos negros remataba su cabeza, y su piel ten√≠a el matiz del √°mbar p√°lido. Los ojos eran ligeramente rasgados. Pod√≠a tener unos diecisiete a√Īos.
—Y aquí hay uno con una flecha atravesada en la garganta, princesa. Tal vez no tiene un hijo que le eche en falta, ni una esposa que le llore..., o tal vez sí.
¬ĽEste otro muri√≥ de una lanzada. Mirad la herida abierta. Me pregunto cu√°les ser√≠an sus sue√Īos: ¬Ņuna peque√Īa parcela de terreno de cultivo? ¬ŅVivir en un valle boscoso? ¬ŅCazar, pescar? Sean cuales fueren, ya no podr√°n cumplirse, porque sus sue√Īos han muerto con √©l.
Lentamente, Ruric los hizo desfilar delante de los enemigos acuchillados, sin más comentarios, porque no necesitaban un heraldo que anunciara la causa de su muerte, ni un clérigo que comentara la pérdida para sus parientes y amigos.
Luego el comandante se detuvo junto a los harlingar muertos.
—Este es Dagan, yo mismo le adiestré en el manejo de la lanza Y el sable. Su esposa recién casada pasará ahora sola las noches.
¬ĽY Hrut. T√ļ debes de recordarlo bien, Elyn, porque fue uno de los que te puso a prueba cuando ped√≠as ser una doncella guerrera.
¬Ľ√Čste es Kemp el Viejo. Nos adiestramos juntos en el manejo de la espada cuando yo era un reci√©n llegado al servicio de la corte de Aranor. Ach, le echar√© de menos, y lo mismo le ocurrir√° a su hijo, Kemp el Joven.
Al lado estaba inclinado un muchacho con los ojos arrasados de l√°grimas, sin perder de vista ni un instante el rostro de su padre muerto.
De nuevo guardó silencio Ruric mientras circulaban entre los muertos, viendo juntos a amigos y enemigos, sin apenas diferencias entre unos y otros, excepto tal vez el color del cabello y de la piel y, por supuesto, la forma de morir de cada uno.
—Por esa razón no debéis relameros de gusto, amigos, ni de estar alegres —dijo al llegar al final de la línea—. Porque por la libertad se paga un precio demasiado caro, tanto en amigos como en enemigos, para exaltarse con una victoria olvidando a quienes perecieron por alcanzarla.
¬ĽEn eso consiste una de las principales lecciones de la guerra, mi pr√≠ncipe, porque t√ļ ser√°s rey alg√ļn d√≠a, si Adon lo quiere. Recu√©rdalo y recuerda su ense√Īanza: que la guerra no es un juego remoto al que juegan los guerreros sobre un tablero. Es un asunto serio, y hombres como t√ļ y como yo mueren por culpa suya. Y siempre dejan atr√°s a las verdaderas v√≠ctimas, los vivos, los que sufren todav√≠a m√°s que los muertos: familia, amigos, amantes.
¬ĽPor eso, la obligaci√≥n de los reyes es evitar la guerra, en la medida en que exista una posibilidad. Y si no existe, intentar al menos limitar sus terribles desastres.
¬ęRecuerda bien esta lecci√≥n, mi pr√≠ncipe y futuro rey, y quiz√° no llegar√° nunca el d√≠a en que contemples el rostro de un muerto de tu propio linaje, familiar, amigo, amado (como Reynor, como Elyn), porque los reyes tienen poder para enviar a la gente a la guerra, y en ocasiones olvidan, o ni tan siquiera tienen en cuenta, que son carne y sangre vivas lo que env√≠an al matadero.
¬ĽY tambi√©n, d√©janos confiar en que nunca tendremos que regresar junto a los seres amados con noticias como las que habremos de llevar ahora a nuestras casas.
¬ĽPero la guerra nos ense√Īa a√ļn otra lecci√≥n, y es la siguiente: deb√©is llorar tambi√©n a vuestros enemigos, amigos m√≠os ¬óRuric se√Īal√≥ con un gesto a los naudron muertos¬ó, porque, tal y como hab√©is visto, s√≥lo se diferencian de nosotros por detalles m√≠nimos, si es que existen esos detalles, y tambi√©n ellos dejan detr√°s vivos que los lloran y sue√Īos hechos a√Īicos.
¬ĽUna cosa m√°s, para terminar: hay ocasiones en las que la guerra es inevitable, y entonces debemos afrontarla sin dudar. Nunca esquives la obligaci√≥n de hacer la guerra cuando sea preciso hacerla. Pero recuerda siempre su costo, porque se trata de un precio incalculable.
Ruric guardó silencio, y observó a los tres jóvenes amigos. Ahora sus rostros estaban serios, sombríos, y la exaltación de la victoria había desaparecido, porque conocían su precio. La gloria del triunfo había sido sustituida por una sensación de vacío, como si cada uno de ellos hubiera recibido un golpe en la boca del estómago, por más que nadie les había pegado.
Mientras seguían sumidos en un silencio incómodo, un anciano de la aldea se aproximó a Ruric.
¬óSe√Īor, ¬Ņqu√© hacemos con los muertos?
Fue Elgo quien respondió:
—Enterradlos con honores..., y a los enemigos también.
¬ó¬ŅY los prisioneros heridos? ¬óEl anciano se dirig√≠a de nuevo a Ruric¬ó. ¬ŅQu√© hacemos con ellos?
Y de nuevo, fue Elgo quien respondió:
—Mirad que estén bien atendidos; cuando se hayan restablecido, tomadles juramento, por lo más sagrado que exista para ellos, de que nunca volverán a levantar la mano contra este reino; y devolvedles la libertad a condición de que marchen de este país y nunca regresen a él. Pero a los que se nieguen a jurar, matadlos.
Cuando finalmente la mesnada de Elgo regres√≥ al castillo, fue recibida por una multitud entusiasta, porque Ruric hab√≠a enviado por delante a un mensajero con las noticias de la victoria. Pero los v√≠tores no regocijaron a Elgo ni a Elyn, porque la experiencia los hab√≠a hecho m√°s juiciosos. Cuando cabalgaban hacia la guerra, su temple no hab√≠a sido a√ļn puesto a prueba; ahora regresaban como hierro forjado por la batalla. Con todo, ten√≠an la capacidad de adaptaci√≥n y el esp√≠ritu de la juventud, de modo que saludaron y sonrieron a quienes los aclamaban, contentos de estar de regreso.
Al ver a Elyn entre los componentes de la mesnada, Mala se enfureció, porque la ausencia de la princesa la había llevado casi a la desesperación, y no estaba segura de que Elyn hubiera ido a pelear, a pesar de los signos evidentes de cuáles eran las intenciones de la doncella guerrera.
En los días siguientes, Elyn decidió ignorar los reproches de Mala, aunque sí se sintió afectada por la reprimenda que en privado le propinó Ruric por haber desobedecido sus órdenes.
Con respecto a la guarda del castillo, la recluta se había llevado a cabo con todo éxito, y los expedicionarios encontraron a su regreso las murallas bien defendidas por una nutrida guarnición, mandada por el capitán Barda. Después de dos días de descanso para los guerreros recién regresados, los componentes de la guarnición temporal regresaron a sus hogares, no sin que Elgo les diera uno a uno las gracias y los retribuyera con doce monedas de cobre.
Al d√≠a siguiente regres√≥, cabalgando en solitario, el capit√°n Weyth, e inform√≥ de que los naudron hab√≠an galopado sin detenerse hasta cruzar la frontera, y no hab√≠an vuelto grupas en ning√ļn momento con intenci√≥n de combatir. Y la tropa de Easton se hab√≠a disuelto inmediatamente despu√©s, emprendiendo cada cual el regreso a su hogar.
Trece días después, en un día frío y bajo una lluvia violenta, Aranor y su séquito volvieron al Palacio. Los relámpagos se multiplicaban, cegando momentáneamente los ojos mientras los truenos retumbaban en los oídos. El rey entró a toda prisa en el vestíbulo del castillo, con el agua cayendo a chorros de su capa empapada. Mala le estaba esperando.
Pasada media hora, Elyn y Elgo fueron llamados a su presencia. Allí los gemelos encontraron a Ruric, Mala y Gannor, primo de Aranor y Hrosmariscal de los Jordreichs.
—Marcho a firmar un tratado con Randall, y a mi regreso me entero no sólo de que se ha empezado una guerra con Bogar mi ausencia, ¡sino de que hemos vencido sin necesidad de mi ayuda! —Una gran sonrisa iluminó las facciones de Aranor—. Buen trabajo, hijos míos, buen trabajo.
¬ĽElgo, me han dicho que t√ļ trazaste el plan que los derrot√≥ y los hizo volver a escape a su reino. Estoy muy orgulloso de tu conducta.
¬ĽPero t√ļ, Elyn, por lo que me ha contado Mala ¬óen el ambiente se percib√≠a la tensi√≥n de las palabras agrias que deb√≠an haberse cruzado anteriormente los dos¬ó, te escapaste desobedeciendo la decisi√≥n de Ruric de que te quedaras aqu√≠, y de ese modo pusiste en peligro a los dos herederos de la l√≠nea sucesoria. Hija, pod√≠as haber muerto en la batalla. ¬ŅTienes algo que alegar?
Un gran rayo cay√≥ en alg√ļn lugar cercano, y su cegadora luz blanca inund√≥ las altas ventanas de piedra y la c√°mara iluminada por las antorchas, borrando todas las sombras; de inmediato el rugido del trueno hizo retemblar el suelo y tintinear las bandejas dispuestas con un guiso de carne a√ļn intacto, los vasos de vino y los cestillos de pan.
Elyn pens√≥ que la imagen fijada por aquella luz quedar√≠a grabada para siempre en sus ojos: la mirada severa de su padre, sentado frente a ella; el Hrosmariscal Gannor, de pie a la izquierda del rey, vestido a√ļn con las ropas empapadas del viaje, h√ļmeda la barba rubia, los ojos azules y acerados; Ruric a la derecha de Aranor, esperando la respuesta de Elyn; Elgo junto a ella, a su derecha; y finalmente de pie entre el rey y Gannor, Mala, los ojos brillantes de triunfo.
Cuando las sombras volvieron a instalarse en la sala, Elyn respondió con voz tranquila:
¬ó-Se√Īor, si yo no hubiera ido a la batalla, vuestro heredero principal, Elgo, estar√≠a muerto, y vos llorar√≠ais su p√©rdida en lugar de someter a vuestra hija a una inquisici√≥n.
Con expresión de asombro, Aranor dirigió su mirada a Elgo.
¬óEs cierto, se√Īor ¬óafirm√≥ Elgo¬ó. Habr√≠a sido atravesado por una flecha enemiga de no haber aparecido ella cuando lo hizo. ¬°Ai! Pero ella fue la primera en disparar e hiri√≥ en la garganta al enemigo situado a mis espaldas, de modo que el proyectil de √©ste se perdi√≥ en el vac√≠o, lanzado por sus manos muertas.
¬ó¬°Hai, doncella guerrera! ¬ógrit√≥ Ruric, y asombr√≥ a Elyn por lo que dijo a continuaci√≥n, porque sus palabras estaban en flagrante contradicci√≥n con las que le hab√≠a dirigido en privado¬ó. ¬°Y eso no es todo, se√Īor, porque emprendi√≥ la persecuci√≥n con
nosotros y abatió a tres más, uno con la lanza y dos con el sable!
Ahora fue Gannor quien gritó:
—¡Hai, doncella guerrera! —Y los ojos del Hrosmariscal se iluminaron con un fuego interior, mientras sonreía a Elyn.
¬ó¬ŅEs cierto eso, hija m√≠a? ¬óAranor se levant√≥ del sitial del trono¬ó. ¬ŅHas recibido tu bautismo de sangre? ¬ŅY tambi√©n salvado a Elgo?
Ante el sencillo gesto afirmativo de Elyn, Aranor se acercó a ella y la estrechó en un fuerte abrazo.
¬óEntonces, eres en verdad una doncella guerrera, la primera en m√°s de mil a√Īos.
Aranor estaba empapado, su barba chorreaba agua y su ropa de viaje la hizo estremecer por su humedad y el tacto frío, pero Elyn nunca se sintió tan reconfortada y cálida como en aquel abrazo de su padre.
—Sin duda no hablas en serio cuando dices que es una verdadera doncella guerrera — explotó Mala—. No, con todo lo que eso puede significar en el momento de elegir un marido adecuado para ella.
—¡Por Hèl, Mala! —Aranor soltó a Elyn y escupió las frases en la cara de la solterona— . ¡Mi hija es una doncella guerrera! ¡Una verdadera doncella guerrera! ¡Y que me condene si permito que alguien le regatee siquiera uno de los derechos que como doncella guerrera le corresponden!
Con la mand√≠bula desencajada, furiosa, Mala se precipit√≥ fuera del sal√≥n del trono, haciendo virtualmente palpables su rabia y su frustraci√≥n. A√ļn se la pudo o√≠r murmurar:
—... Cosecharás lo que has sembrado. Hazme caso, Aranor, vivirás para lamentar este día. Después de todo lo que he hecho, has...
Fuera de sí, salió finalmente de la estancia, arrastrando tras ella, como una cola, sus maldiciones.
¬óPor Adon ¬ósuspir√≥ Aranor, al ver desaparecer a Mala¬ó, esa mujer es capaz de sacar de sus casillas a un santo var√≥n. ¬°Por el bot√≠n de Sleeth! Apenas hab√≠a dado yo una docena de pasos dentro del castillo cuando empez√≥ con sus quejas. Estaba mojado, helado, hambriento, agotado, pero eso no ten√≠a la menor importancia para ella. Lo √ļnico que le importaba era tu ¬ęintolerable comportamiento¬Ľ, Elyn. ¬°Maldici√≥n!
Se volvió, y con un brazo alrededor de los hombros de hijo y de su hija, Aranor los condujo hasta la mesa.
—Venid aquí, sentémonos a comer, y habladme de la batalla de Arnsburg, porque quiero conocer hasta el más mínimo detalle.
Y as√≠, interrumpidos por el resplandor de los rel√°mpagos y el fragor de los truenos, Aranor, Elyn, Elgo, Ruric y Gannor se sentaron a comer delante de un fuego vivo, preparado para secar sus ropas h√ļmedas. Y hablaron sin parar hasta muy entrada la noche, mientras la tormenta se alejaba poco a poco hacia el este y los rel√°mpagos se iban convirtiendo en parpadeos de luces lejanas, seguidos por el d√©bil eco de un remoto redoble de tambor.
También fue durante aquella noche cuando Aranor regaló cuernos de toro negro tanto a Elyn como a Elgo, un símbolo que les otorgaba el rango de guerreros probados; el cuerno de Elgo estaba adornado por un ribete de oro, y el de Elyn por una runa de plata.
Y nunca m√°s puso en duda nadie los derechos de Elyn como doncella guerrera. Y nunca m√°s volvi√≥ a neg√°rsele la opci√≥n de cabalgar a una batalla, aunque a√Īos m√°s tarde llegar√≠a el momento que el deber le exigir√≠a quedarse atr√°s..., por m√°s que su coraz√≥n estuviera en otra parte.