9 - La doncella guerrera

Primavera, 3E1594
[Ocho años atrás]

Sea o no un gran bardo, se ha burlado de mí delante de todos! —Elgo recorría sin parar, en una y otra dirección, la docena de pasos del espacio situado ante el estrado del trono, como una fiera enjaulada.
Eran las primeras horas de la mañana siguiente, y excepto algunos sirvientes que limpiaban los restos del desayuno en las mesas más alejadas, Elyn y él estaban solos en el gran salón, adonde se habían dirigido después de la partida de Aranor y su cortejo..., y por supuesto de Trent, el motivo de las iras de Elgo.
—Sí, Elgo, lo que él hizo fue una desconsideración —respondió Elyn, sentada en un escalón del estrado, al tiempo que utilizaba su daga para arrancar una pella de barro de su bota—. Pero lo comentó como una broma sin importancia, porque los hombres no matan dragones, como todos sabemos, excepto en los cuentos de hogar.
La princesa se puso en pie y se acercó a una mesita lateral, donde la hoja de la daga en una servilleta usada para el desayuno.
—¡Vaya! ¿Una broma sin importancia? —Elgo interrumpió sus paseos y se enfrentó a su hermana, con los ojos ardientes de rabia-. Me despreció, y de no haber sido un bardo, le habría dado una lección. —Y el joven reanudó su inquieto paseo.
—Elgo, creo que te tomas demasiado a pecho una pequeña pulla —Y dejando a un lado la servilleta, Elyn volvió al escalón y se sentó en él de nuevo.
—En ese caso, deja que te pregunte una cosa, querida hermana —Elgo se enfrentó a Elyn de nuevo—. ¿Sentirías lo mismo si te lo hubieran dicho a ti? ¿Lo llamarías una broma sin importancia en el caso de que Trent hubiera dicho —y aquí la voz de Elgo adquirió un tono de sorna— «... sin duda se dispone a matar a la fiera... estamos ante una doncella guerrera en ciernes»?
La ira enrojeció el rostro de Elyn.
—¡Lo ves! —Elgo se dejó caer de golpe en el sillón del trono, una pierna pasada sobre el brazo del sillón, el otro pie en el suelo sumido en negros pensamientos—. Algún día, Elyn, mataré a Sleeth..., ¡lo juro por Adon! Y entonces el maestro Trent cantará una canción muy distinta.
Ante aquellas palabras siniestras, con la velocidad del azogue la actitud de Elyn varió, de la rabia ante una ofensa imaginaria, a una preocupación angustiada.
—No tomes en vano el juramento de cumplir esa hazaña, Elgo, porque las promesas precipitadas tienden a volverse en contra de quien las pronuncia. —La princesa se puso en pie, y miró largamente a su gemelo—. ¡Ay de mí! Ruric dice que tu orgullo será la causa de tu muerte, hermano, y empiezo a creer que será así.
—¡Ruric! —Elgo se levantó de un salto—. Elyn, vamos a hablar con ese zorro astuto. Seguro que sabe si alguien ha matado alguna vez a un dragón, y si es así, cómo lo consiguió.
Mientras los dos abandonaban el salón, los escasos sirvientes que había en él empezaron a murmurar entre ellos.
Encontraron al maestro de armas en los establos, pasando revista a los caballos, porque tenía el cargo de comandante del castillo en las ocasiones en que Aranor y su cortejo estaban ausentes del holt.
—No, muchacho, no sé nada de eso —respondió Ruric cuando Elgo le planteó la cuestión—. Sí, hubo dragones muertos durante la Gran Guerra, pero ignoro cómo. Y tampoco lo sabía mi padre, Alric, y eso que era maestro de tradiciones y me contó muchas cosas. En cuanto a saber cómo se mata a un dragón, eso está por encima de mis capacidades. Hay quien dice que magos y drakes se aliaron en cierta ocasión para matar a los dragones renegados. Otros afirman que fueron los elfos. Pero en todo ese asunto soy incapaz de distinguir la verdad de la mentira.
—Pero debe haber alguna manera de matar a un dragón -insistió Elgo—. Es imposible que todos sean tan poderosos.
—Muchacho, no sabes de lo que estás hablando —exclamó Ruric—. Los drakes son bestias monstruosas, que superan casi el poder de la imaginación: grandes alas, llamas, garras duras como diamantes y tan largas como sables; una cola enormemente grande que todo lo barre; y si son dragones del Frío, todo es igual salvo que el aliento de la bestia no quema, pero en cambio desprende vapores venenosos, y escupe una baba que achicharra lo que toca sin arder.
—Aun así, tiene que existir algo capaz de matar a un dragón —afirmó Elgo.
—Sí, muchacho. —Ruric rebuscó en su memoria—. Los maestros de tradiciones dicen que el mayor dragón de todos será muerto con el Kammerling.
—¿El Kammerling? —Elyn inclinó a un lado la cabeza.
—Sí, rapaza —contestó Ruric—, el Martillo de Adon: el Kammerling. Bueno, tal vez tiene también otros nombres, porque se dice que los enanos lo llaman el Martillo de la Rabia, aunque nunca he sabido la razón. Fabricado con silverón, así lo aseguran, y tal vez forjado incluso por el propio Adon. Pero nadie que yo conozca puede decir dónde está, aunque algunos cuentan que lo tienen los magos debajo de la Montaña Negra de Xian, en tanto que otros aseguran que fue robado hace mucho tiempo por su pretendida víctima.
—¿Pretendida víctima? ¿De quién puede tratarse? —El tono de Elgo revelaba su excitación.
—¡Cómo! Pues de Kalgalath el Negro, muchacho —respondió Ruric, que no dejó de advertir la desilusión en la mirada de Elgo—, el mayor dragón de Fuego de todos, que vive en Dragonslair, la montaña de fuego extinguida situada al este, en las montañas del Murallón Sombrío.
—¿Montaña de fuego? —preguntó Elyn.
—Sí, aunque está muerta. Ach, quizá no del todo muerta, porque todavía se ven de cuando en cuando ligeras columnas de humo, según he oído, pero eso sólo ocurre cuando la tierra tiembla. Aun así, he oído contar que Kalgalath extrae su fuerza de la propia montaña, aunque ignoro cómo lo hace. Tal vez un dragón de Fuego puede alimentarse de alguna manera de los materiales de una montaña de fuego, esté o no muerta, porque es posible que el fuego alimente al fuego, aunque en un caso se trate de las llamas de un dragón, y en el otro del fuego de la propia Tierra.
»Pero sea como sea, los sabios afirman que Kalgalath el Negro es el mayor dragón de Fuego vivo... ¡No!, el mayor dragón de todos, sean de Fuego o del Frío... Aunque los maestros de tradiciones discuten y discutirán eternamente si en el pasado lo fue el propio Kalgalath u otro llamado Daagor; unos dicen que fue uno, otros que el otro, y mi propio padre no se decidía a elegir entre uno de los dos. De todas formas, en nuestros tiempos la maldición del Kammerling parece destinada a Kalgalath.
Los tres sintieron un escalofrío y se sentaron sin hablar, meditando en esas leyendas. Finalmente, Elyn rompió el silencio:
—¿Qué sabes de los tesoros que amontonan los dragones, maestro de armas? ¿Han conseguido los hombres rescatar alguno?
—Ninguno, que yo sepa —masculló el guerrero—, aunque sé de muchos que han muerto en el intento. Vamos, por hablar tan sólo de Sleeth, ha matado a cientos, enanos en su mayoría; pero no sabría decir si intentaban apoderarse del tesoro o recuperar Piedra Negra, o las dos cosas a la vez. Aun así, los botines de los dragones resultan tentadores, porque a los grandes drakes les gusta revolcarse; en el oro, y duermen sobre él, según dicen.
Los ojos de Elgo estaban abiertos de par en par, inmersos en la visión de una enorme criatura subida en un inmenso montón de oro. Luego parpadeó para controlar sus sueños, y preguntó a Ruric con una mirada de soslayo:
—¿Y por qué no esperan simplemente a que Sleeth salga de caza, corren al interior del holt y cierran las puertas? ¿O bien roban el tesoro mientras él está fuera?
Ruric miró de arriba abajo al ingenuo joven príncipe.
—Ah, querido Elgo, los dragones saben cuándo hay extraños que rondan por las cercanías. Es cosa de magia, según dicen unos, mientras que otros piensan que los drakes huelen a los intruse tienen unos ojos especiales, o bien oídos capaces de advertir la caída de una pluma en sus demesnes. No sabría decirte de qué se trata, pero si alguien intentara llevar a cabo tu plan, esconderse y esperar a que Sleeth salga volando de su guarida, el gran dragón del Frío mataría en un instante a los intrusos en su escondite.
«También se dice que las grandes puertas de Piedra Negra están destrozadas (Trent se refirió a ellas en su canción), y el drake las hundiría fácilmente en caso de que pudieran repararse.
«No, muchacho, se necesita un plan más astuto, o estará condenado al fracaso.
—¿No te parece —preguntó Elyn— que un gran ejército de miles de hombres podría vencer incluso al más poderoso de los dragones?
—Ah, rapaza, tal vez sí —contestó Ruric—, si consiguieran mantenerlo en tierra. Pero los drakes tienen grandes alas, y se limitarían a levantar el vuelo y escupir fuego o gases desde la altura. Pero aunque consigas que no vuele, un dragón sigue siendo casi indestructible, de modo que quizá ni tan siquiera el mayor ejército que nunca se haya conseguido reunir podría realizar tal hazaña.
—En ese caso —musitó Elyn—, se diría que únicamente el propio Adon es capaz de matar uno de ellos.
—Pero Él no lo hará, princesa —explicó Ruric—. Porque cuando separó los distintos Planos de la creación, cuando estableció la Prohibición como castigo a los que habían ayudado a Gyphon en la Gran Guerra, juró no volver a interferir de nuevo en los asuntos del Plano Medio, porque el poder de los dioses es excesivamente grande, y acabarían por destruir lo que aman. Por esa razón, no verás nunca que la mano de Adon haga perecer un dragón, aunque sin duda tiene poder para hacerlo.
Y con esa solemne afirmación, Ruric volvió a sus tareas, y después de un rato los gemelos emprendieron el camino de regreso al Palacio, Elyn pensativa y Elgo frustrado, obsesionado aún por encontrar la manera de hacer que Trent se tragara sus bromas. Y cuando estaban ya dentro del castillo, Elgo levantó la voz y dijo:
—Tal vez el Kammerling sea la Maldición de Kalgalath el Negro, pero yo he de ser la Maldición de Sleeth, aunque tenga que dedicar a ello mi vida entera.
Trece días después de la partida de Aranor, a última hora de la tarde, un vanadurin montado en un corcel cubierto de espuma y con una montura de repuesto siguiéndole, llegó al galope a través de las praderas, haciendo sonar su cuerno de toro negro: ¡A-ro, aran! ¡A-ro, a-ran! ¡A-ro, a-ran! En lo alto de los muros del castillo, un centinela alzó su propio cuerno y repitió la llamada: ¡A-ro, tiran! [¡Alerta, enemigos!]
Tan pronto como sonó la llamada, el capitán de la guardia diurna corrió al lado del centinela, exploró el horizonte y no vio nada a excepción del jinete solitario, que se acercaba a toda velocidad.
—Dejad abierta la reja —ordenó el capitán—, pero estad alerta.
En el patio de armas los guerreros se congregaban en medio de un gran alboroto, y entre ellos estaban Elyn y Elgo, luchando por colocarse armas y arnés, que habían recogido en sus habitaciones antes de bajar a la carrera. Todos fueron a los establos, para ensillar los corceles y armarlos para la batalla, con sable, lanza, arco y flechas.
Estaban empezando a reunir a sus inquietas monturas en el patio, cuando el jinete procedente del exterior cruzó como una exhalación las puertas y el espacio situado bajo la barbacana, sin dejar de tocar su cuerno de toro negro, y saltó de los lomos sudorosos de su corcel a la explanada enlosada. Ruric se acercó al jinete y se dirigió a él en valur: la respuesta del guerrero llegó en palabras entrecortadas:
—Los naudron, señor —informó el mensajero—. Han invadido el Reach con intención de apoderarse de las tierras en disputa. Es necesario advertir al rey.
—Aranor no está aquí, pero sí está el príncipe Elgo —Ruric inclinó su cabeza ante Elgo, que cruzaba el patio a caballo para reunirse con ellos, seguido de Elyn—, y yo soy el comandante en jefe de este Palacio. —La voz del maestro de armas era mesurada y tranquila, con el fin de extraer el máximo de información del joven mensajero—. ¿Cuál es su número, su posición, y cuál su objetivo aparente?
—Aproximadamente un centenar de ellos cruzaron el vado de Breeth ayer por la mañana —respondió el mensajero—, en dirección oeste, tal vez con la idea de tomar la población de Arnsburg, que está situada en el centro de las tierras que reclaman.
—Parece un simple amago de Bogar, para ver si Aranor sigue decidido a mantener sus derechos —gruñó Ruric.
Observó el Sol poniente, que en aquel momento se ocultaba a la vista detrás de las murallas, y se volvió al comandante de la guardia.
—Haz descabalgar a los hombres, capitán, y reúnete en consejo de guerra conmigo. Llama también a Barda; necesitamos un plan para contrarrestar este último movimiento de los naudron.
El maestro de armas ordenó a un escudero que se hiciera cargo del caballo del jinete recién llegado, así como de los de Elyn y de Elgo, y pidió al jinete que los acompañara. Luego, Ruric se volvió a los gemelos y les dijo:
—Aguzad vuestro ingenio, jovenzuelos, y preparaos a exhibir vuestras mañas en la cámara del consejo, porque tenemos que decidir a toda prisa qué vamos a hacer; un ejército enemigo ha entrado en nuestro país, y no podremos contar con todos nuestros efectivos.
El consejo estaba compuesto por seis personas: Ruric, Elgo, Elyn, el portador de las noticias (un hombre llamado Arlan) y los capitanes Barda y Weyth, dos hombres robustos de edad mediana. Del relato de Arlan no pudieron deducir muchas más cosas: el ejército de los naudron había entrado en el reino al amanecer del día anterior, cruzando el río Judra por el vado de Breeth, y había avanzado hacia el oeste. Según su costumbre, los guerreros naudron iban armados con sables y arcos, llevaban arneses de cuero, y montaban los caballos pequeños y rápidos de las estepas. Arlan, cazador de profesión, estaba apostado al acecho de un zorro en el bosque vecino al río, cuando vio cruzarlo a los intrusos, por el camino abandonado del vado. A toda prisa fue a buscar su caballo y cabalgó derechamente hasta el Jordkeep, deteniéndose sólo el tiempo preciso para conseguir una montura de repuesto en la casa de un pastor solitario.
El consejo discutió durante largo rato, tomando en consideración varios planes.
—Yo digo que convoquemos a los hombres de los lugares vecinos —propuso Weyth—. Podemos reunir una fuerza de unos doscientos en un par de días, como mucho. Los suficientes para plantar cara a esa escoria de Bogar.
—No soy de la misma opinión —repuso Ruric—. Sí, podemos hacer lo que dices, Weyth, pero me temo que los naudron estén ya en Arnsburg, y si aplazamos el contraataque de los vanadurin, Bogar tendrá tiempo de enviar un ejército más nutrido a lo largo de la semana.
Arlan respondió a la observación de Ruric:
—En ese caso, ¿por qué no nos ponemos en marcha esta misma noche, con la guardia del castillo?
—Ach, cazador —observó Barda—, si alejamos de aquí a la guardia, dejaremos indefenso el Jordkeep, a merced de cualquier ataque. Quién sabe, podría ser que Bogar tuviera un grupo armado oculto en las cercanías, a la espera de que nosotros hagamos precisamente lo que has propuesto.
Barda hizo una pausa, y luego prosiguió:
—Y si Bogar está espiando el castillo, entonces sabe que Aranor está ausente, porque no hemos hecho un secreto de su viaje, y sabe también que el Palacio está desprotegido. Por esa razón, creo que la mejor estrategia consiste en mantenernos aquí hasta el regreso del rey, y mientras tanto convocar a los hombres de toda la nación; así, cuando el rey llegue, tendremos todo el ejército dispuesto para hacer la guerra a los naudron.
—¡Ni hablar! —exclamó Elyn, sorprendiendo a todos los hombres por su rotunda forma de oponerse, de modo que la atención se concentró en ella—. Mi propuesta es la siguiente: no hay que emprender una guerra total cuando puede alcanzarse el mismo resultado con una rápida escaramuza.
Ruric la contempló con algo parecido al orgullo de un padre. La discusión prosiguió durante bastante rato, y finalmente Ruric se volvió al astuto Elgo.
—¿Cuál es tu opinión, mi príncipe?
Impertérrito, Elgo expuso su plan:
—Comandante en jefe, a menudo os he oído decir que «la Fortuna favorece a los audaces». Y sospecho que ha llegado el momento de optar por una acción audaz, porque, aunque nos vemos en interioridad numérica, no podemos permitirnos esperar el regreso de mi padre. Es preciso golpear, ¡y golpear duro! De otro modo, los naudron pensarán que esas tierras les pertenecen.
»Así pues, lo que propongo es esto: enviar con la mayor urgencia heraldos a las poblaciones vecinas, con el fin de reunir más o menos doscientos guerreros. Pero ¡atención! No debe alistárselos para combatir a los naudron. Por el contrario, deben reunirse en el Jordkeep, y mantenerse alerta, porque en efecto la invasión podría ser una treta dirigida a alejarnos de aquí, y tal vez Bogar cuenta con un grupo armado oculto en las cercanías dispuesto a atacar cuando vea que nos hemos marchado.
»Pero teniendo en cuenta la historia de las tierras en disputa es más probable que el rey de Naud se haya limitado a una acción de tanteo, para sopesar nuestra fuerza. Por eso lo mejor es escoger un grupo de unos cincuenta hombres (la mitad de la guardia), y partir para Arnsburg ahora, en la oscuridad, en secreto, de modo que si hay espías husmeando en los alrededores, no se den cuenta de que nos hemos ido. Saldremos por el portillo del muro occidental, porque, como sabéis, está disimulado de tal forma que parece parte de la misma muralla, y se abre a una hondonada que nos ocultará. Y cuando amanezca, estaremos ya lejos de la vista de los posibles espías.
«Quienes se queden de guardia deberán simplemente dobla turnos de centinela hasta que lleguen los refuerzos; de modo hasta ese momento los posibles enemigos verán nada mal»! que parecerá una guardia normal en el Palacio, a la espera del regreso de su rey.
«Quienes salgamos a enfrentarnos con un centenar de naudron estaremos en inferioridad numérica de uno contra dos, pero no privados de posibilidades de victoria. Contaremos con el factor sorpresa y con nuestra astucia para llevar la iniciativa en el momento de caer sobre ellos; y si eso no es bastante, entonces nuestra superior destreza nos dará la victoria. En el peor de los casos, podemos hacer como Harold el Astuto cuando se enfrentó a los guerreros de Kath: golpear por sorpresa y huir, hostigándolos continuamente hasta que acudan refuerzos en nuestra ayuda.
»En relación con esos refuerzos, Arlan, te asigno la misión de cabalgar con nosotros hasta el río Gris, para desde allí viajar en dirección norte hasta Easton, reunir a todos los hombres útiles y acudir cuanto antes a reforzarnos. ¿Conoces la región? Muy bien, entonces. Llévalos directamente a Arnsburg; dejaremos en lugar visible la enseña de los vanadurin para indicarte nuestra posición en caso de que tengamos que combatir en una guerra de guerrillas.
»Tal vez alguno de vosotros opine que mi plan es insensato porque, hasta la llegada de los refuerzos de Easton, seremos cincuenta contra cien; pero de nuevo os recuerdo que la Fortuna favorece a los audaces.
»¿Hay alguna pregunta?
Elgo calló, mientras en la habitación todos lo miraban con orgullo, porque hasta aquel momento era tan sólo un muchacho que todavía no había cumplido los dieciséis veranos; un príncipe, por supuesto, pero nada más que un muchacho. Pero ahora lo veían con nuevos ojos, y lo consideraban un hombre hecho y derecho.
—¿Qué quieres decir con eso de que no puedo ir? —Elyn estaba furiosa—. Me he pasado toda la vida entrenándome para una ocasión como ésta, y ahora que se necesita desesperadamente una doncella guerrera, ¡me dices que debo quedarme atrás!
Ruric desvió una mirada culpable. El maestro de armas y la princesa estaban solos en la cámara del consejo.
—Ay de mí, rapaza, sabes bien que no puedo poner en peligro a los dos descendientes de Aranor en una sola batalla.
—Entonces deja que cabalgue hasta Easton y reúna a los guerreros —suplicó Elyn—. De esa forma Arlan podrá quedarse con vosotros y os será útil por su conocimiento de la zona.
—Rapaza, no sabemos los hombres que puede tener Bogar al acecho en las llanuras —respondió Ruric—. Por todo lo que sabemos, puede tratarse de una gran emboscada en la que caigamos de cuatro patas por ignorancia. Debes quedarte aquí, princesa.
—¿Por qué? —los ojos de Elyn relampaguearon—. ¿Porque soy una chica?
—¡Qué chica, Hèl! ¡Eres mejor luchadora que casi cualquiera de los que van a acompañarme! —rugió Ruric, descargando su puño cerrado en la palma de la otra mano. Luego suavizó su actitud—. No, rapaza, es tal como te digo. No podemos poner en peligro a los dos herederos de Aranor en una misión como ésta. Uno de los dos debe quedarse aquí.
—Podría ser Elgo, en lugar de tocarme a mí —protestó Elyn.
—Ah, no, princesa, porque el plan que vamos a llevar a cabo es suyo, y está en su derecho al querer participar. —Ruric blandió su sable, y observó la muesca de la vela—. Te he pedido que te quedaras para comunicarte mi decisión sin que los demás nos oyeran, porque sabía que no te iba a gustar. Confórmate, rapaza, pensando que tu padre habría hecho lo mismo.
Ruric dio media vuelta y salió de la cámara para reunirse con el resto de la tropa.
Elyn lo miró marchar llena de amargura.
Aquella misma noche, a una hora más tardía, la princesa estaba sentada delante del trono, mirando el escudo de armas colgado encima —un caballo blanco rampante sobre campo verde—, y maldiciendo las circunstancias de su nacimiento. De no haber sido hija de Aranor, formaría parte de la tropa que había salido en silencio del castillo aprovechando la oscuridad. Pero su rango se lo impedía. De no haber sido una. princesa, habría ido a la guerra. Pero por otra parte, de no haber sido una princesa era más que probable que tampoco le hubieran permitido ser una doncella guerrera. «¡Vaya un dilema!», admitió con tristeza.
«¡Pero espera! Elgo fue a la misión. ¿Qué habría sucedido en caso de ser él el único heredero? ¿Habría ido de todos modos, con riesgo de su vida, privando a la Corona del futuro rey? —Elyn no tenía la menor duda acerca de la respuesta correcta a aquella pregunta—. Por supuesto que habría ido, heredero o no. Y si el reino perdía un sucesor, sería forzoso resignarse. Pues bien, si enfrentarse a un enemigo es más importante que preservar la línea de sucesión ¿por qué no estoy yo con ellos? ¡Rach! ¿Cómo no pensé en argumento cuando Ruric me obligó a quedarme?»
Y mientras la princesa meditaba sobre lo que debería, de haber dicho y lo que debería, de haber hecho, el cansancio acabó por rendirla, y se retiró finalmente a su dormitorio.
A la mañana siguiente, triste y desconsolada, Elyn mordisqueaba su desayuno. Iba vestida con su arnés de cuero, la acompañaban a la mesa tres jóvenes damas de su edad —Kyla, Darcy y Elise-, y todas hablaban de los hombres que iban a enfrentarse a los naudron, y todas se compadecieron de Elyn y criticaron el trato injusto que había recibido, por más que ninguna de las tres damas lograra entender con claridad por qué razón deseaba ir a la guerra la princesa.
La reunión tomó un tono más melancólico si cabe con la llegada de Mala, ya que su actitud severa sólo sirvió para aumentar la tristeza.
—Bueno, yo lo único que digo es que no ha sido justo —exclamó Darcy, siguiendo la conversación anterior—. Después de todo, ¿qué peso tienen las razones que dio Ruric para dejarte atrás?
—Estoy de acuerdo —se hizo eco Elise—. Con todo lo que has dicho de los herederos que se enfrentan al enemigo, Darcy tiene razón, se trataba de argumentos sin sentido.
Con un ademán imperioso, Mala golpeó con su vaso de cristal la cuchara, hasta conseguir que fijaran en ella su atención.
—Damas, precisamente por la necesidad de herederos al trono el comandante en jefe Ruric hizo lo más correcto. —El tono de Mala no admitía que se la contradijera.
—¿Qué quieres decir? —Elyn no tenía ganas de escuchar otra de las lecciones de Mala, pero no pudo evitar el cuestionar la afirmación de su tía soltera.
—Quiero decir que la línea de sucesión debe ser preservada —Mala hablaba en el tono que suele emplearse con los niños pequeños—. Si Elgo cae en la batalla, o muere antes de haber tenido descendencia, el futuro heredero deberá salir de tu regazo, sobrina.
—Lo que dices puede ser cierto a largo plazo, tía —respondió Elyn—, pero me parece que antes de tener un hijo debería de existir algún pretendiente.
—Tal vez eso ocurra antes de lo que esperas, querida Elyn —replicó Mala.
—¿Y ahora qué es lo que tratas de insinuar? —La voz de Elyn había adquirido un tono gélido, porque las afirmaciones de su tía querían ir a parar a alguna parte, tal vez adonde Elyn no deseaba ser conducida, pero le era preciso comprender lo que pretendía su tía de ella.
El rostro de la solterona adoptó una expresión significativa, al mirar a Elise, Darcy y Kyla. Las tres hicieron ademán de levantarse porque se dieron cuenta de que aquella conversación no estaba destinada a sus oídos, y de que Mala deseaba que se fueran; pero Elyn las retuvo con un gesto imperativo, de modo que volvieron a sentarse en el borde de sus sillas.
—Muy bien, querida, si lo que deseas es que todo el mundo lo sepa, se trata de lo siguiente. Tú tienes ya casi dieciséis años, la edad de contraer matrimonio. Aranor ha ido a Aven en una misión comercial, y Randall, el rey de Aven, tiene no sólo uno, sino dos hijos que han perdido recientemente a sus esposas a causa de las fiebres. Es cierto que son bastante más viejos de lo que sería deseable para tu tierna edad; me parece que el más joven, Haddon, tiene veintidós años más que tú, pero él o en su defecto su hermano mayor, Corbin, serán excelentes parejas para ti.
Elyn se había puesto lívida.
—¿Me estás diciendo que mi padre ha ido a Aven en busca de alguien con quien aparearme; alguien lo bastante viejo para ser mi padre?
—Bueno, no lo expresó con esas palabras —admitió Mala—. Pero no cabe duda de que tu matrimonio va a arreglarse muy pronto. Y no seas basta, Elyn, no es un apareamiento.
—¿De qué otro modo lo llamarías? —explotó Elyn—. ¡Dale el nombre que quieras, y seguirá siendo lo mismo! ¡Hablas como si yo no fuera más que una matriz sobre la que sellar alianzas y con la que se cuenta para que engendre herederos! Pero créeme; por Adon, no voy a permitir que tú ni nadie se dedique a aparearme como si yo fuera una yegua o una marrana. ¡No soy ganado que se pueda vender y comprar! Y además tengo derecho, como doncella guerrera (siempre lo han hecho así las doncellas guerreras) a elegir al hombre con el que quiera casarme, si él está de acuerdo. No me casaré con nadie que no sea de mi gusto.
—¡Pero es tu deber! —declaró Mala—. Las alianzas son necesarias. Otras mujeres de noble cuna lo han hecho.
—¡Por Hèl! —El puño de Elyn golpeó con violencia la mesa, y Darcy, Elise y Kyla temblaron al ver su ira—. ¡Yo no soy como esas vacas que sueltan risitas maliciosas por detrás de sus abanicos y se sientan a hacer ganchillo! ¡Escúchame: soy una guerrera!
—Ya, querida; un buen hombre te quitará muy pronto esa locuras de doncella guerrera que te rondan por la cabeza —declaró Mala con sorna—. Además, si de verdad eres una guerrera, ¿por qué no estás con la tropa que ha ido a enfrentarse a los naudron?
Elyn apretó los dientes furiosa, tiró su servilleta sobre la mesa y repentinamente se puso de pie con tal impulso que la silla en que se sentaba salió proyectada hacia atrás y fue a caer al suelo con estrépito.
—¿Por qué no estoy con la tropa? ¡En efecto, por qué no! -chilló—. ¡Por qué no!
Cuando la princesa salió como un torbellino de la habitación, Mala levantó la vista al cielo.
—Cosecharás lo que has sembrado, Aranor, lo que has sembrado.
Al cabo de una hora, un jinete a caballo, con un fardo ligero seguido por una montura de repuesto, salía al trote por la puerta del castillo y se perdía a la carrera por entre los campos, en dirección al este.
Una doncella guerrera cabalgaba hacia la batalla.
Bautismo de sangre