8 - Las palabras del bardo

Primavera, 3E1594
[Ocho años atrás]

Dicen que es tan rápida como cualquiera de los chicos, y que compensa con astucia la fuerza que le falta.
Pincharon las agujas y silbaron los hilos al atravesar las telas tensadas en los bastidores, mientras las damas de la corte sopesaban la afirmación de Aldra. Como solía suceder con frecuencia, el tema de la charla era Elyn, porque desde el acontecimiento ocurrido cinco años atrás, la idea de que alguien, y con mayor razón una princesa, deseara convertirse en una doncella guerrera era permanente motivo de maravilla y de asombro para todas.
—Dicen que nadie es más rápido que ella, salvo tal vez Elgo.
El comentario fue seguido por un suspiro anhelante, y las demás damas se intercambiaron miradas significativas y sonrieron con disimulo, porque era descaradamente obvio para todas lo que sentía la joven Jenna por el impetuoso príncipe.
—Tal vez sea así, Jenna —respondió Aldra—, pero a sus quince años, dicen que sus proezas con las armas igualan o superan a las de los muchachos de su edad.
—Quince años ahora, pero ya muy pronto dieciséis: la edad de matrimonio. —Y la voz de Lissa adquirió un tono y un porte que caricaturizaban tan bien a la ausente Mala que las demás damas no pudieron evitar risas sofocadas.
Jenna suspiró:
—Me pregunto cómo debe sentirse, al ser una doncella guerrera.
—Gritos y maldiciones —replicó Kyla—, a eso se reduce todo. ¿No has ido nunca a la liza de adiestramiento ni has escuchado come les grita Ruric?
En ese momento, Mala irrumpió en la habitación y fue a sentarse en su lugar habitual, frente al bastidor colocado junto a la ventana norte; se hizo en el grupo un silencio momentáneo, porque, al menos en el círculo de costura, la tía soltera de Elyn prohibía cualquier discusión sobre las doncellas guerreras. Rápidamente se abordó UE nuevo tema, y las damas especularon sobre las canciones y las historias que contaría aquella noche un bardo que visitaba la corte.
Fuera, en la liza de adiestramiento, Ruric sonrió para sí mismo! porque la princesa estaba eludiendo con celeridad el ataque del muchacho que tenía enfrente, y le forzaba a retroceder más, más y siempre más, mientras la punta de su espada zumbaba y trazaba en el aire dibujos caprichosos. Era cierto que la desventaja que podía tener en fuerza física, la suplía más que con creces su destreza. ¿Y su rapidez? Ach, nadie era más rápido, salvo tal vez Elgo.
Cada nuevo día, el maestro de armas podía comprobar cómo progresaba la destreza de ambos gemelos.
Y además, se daba cuenta de que la comprensión de la estrategia y de la táctica también aumentaba día a día en ambos, porque eran astutos. En ese aspecto, Ruric estaba convencido de que los dos superarían a su padre.
Sin embargo, no faltaban ocasiones en las que Ruric soltaba una ristra de juramentos y conjuraba las iras de los dioses, los magos y los dragones, cuando la actitud distraída de los gemelos conseguía sacarlo de sus casillas.
«Por el botín de Sleeth, Elyn, ¿es que crees que la lanza sólo sirve para pinchar? ¡Mírame a mí, muchacha! Puedes usar la punta de la lanza como un cuchillo, cortar y dar tajos con el filo, parar golpes y darlos con el astil como si se tratara de un bastón, y lanzarla como una jabalina. Por las bestias del Mago-lobo, escúchame: emplea tu caletre además de tu habilidad, y para cada enemigo al que te enfrentes elige la manera más adecuada de atacar, sea con la punta, el filo, el astil, o empleando la lanza como proyectil.»
«Por la mismísima sangre de Adon, Elgo, ¿para qué crees que sirve la punta afilada de un sable? Sí, los tajos y las cuchilladas son un poderoso método de ataque, y pueden llegar a partir en dos la armadura del enemigo, pero ¿por qué ese bastoneo continuo, muchacho, cuando una estocada precisa acabaría de inmediato con el problema? Por la baba de Sleeth, muchacho, cuando se presente la ocasión, ensarta a tu enemigo: ¡traspásalo de parte a parte!»
«¡Por el gran dragón Kalgalath, vosotros dos, bajad más las lanzas al alancear a caballo! Y vigilad el arma del enemigo, para que no os atice en la cabeza, o en un sitio aún peor. Ahora vamos a ver lo que habéis aprendido en el ejercicio siguiente.»
Pero la mayor parte de las veces, Ruric se sentía complacido; y si les criticaba a veces, era más frecuente que de sus labios salieran elogios a los gemelos.
Elyn entró apresuradamente en el gran salón, y ocupó su lugar en la cabecera de la mesa. Estaba vestida con su armadura de cuero de guerrera, y Mala miró ostentosamente hacia otro lado para no verla. Pero Elyn se sentía contenta, y ni siquiera advirtió la desaprobación de su tía, a la que por lo demás ya estaba acostumbrada.
El salón estaba abarrotado, no quedaba ni un solo asiento libre. Trent, el bardo, iba a cantar por última vez, porque al día siguiente marcharía a Aven acompañando al séquito de Aranor, y nadie quería perderse esta ocasión final de escuchar sus historias, recitados y canciones. Era raro que los bardos llegaran hasta la corte de Aranor, portadores de noticias importantes y de deliciosos chismorreos, además de las leyendas eternas; porque las Estepas de Jord son un país remoto y muy extenso. Un país indómito, de aldeas pequeñas, mansiones aisladas y campamentos nómadas, con una población dispersa por las extensas llanuras, dedicada a criar caballos, plantar trigo y cazar a los animales del bosque... Algo muy diferente de los reinos civilizados del sur, donde abundan los bardos y menestrales, así como artistas de todo tipo, y donde reina suprema la cultura, como Mala se cuidaba de recordar a todo el mundo.
Durante la comida se habló poco, porque todos querían oír de nuevo a Trent. Incluso la inminente partida de Aranor para visitar Aven se comentó en términos escuetos, aunque el motivo del viaje era la conclusión de un acuerdo comercial de importancia para el reino: caballos de raza a cambio de armas, armaduras y otros artículos manufacturados, incluidas telas de seda, que algunos aseguraban que se fabricaban a partir del hilo segregado por ciertos gusanos.
Y el rey debía ir acompañado por una nutrida mesnada, porque las rutas de Aven eran inseguras, en especial de noche, el tiempo en que el Falso Pueblo está libre de la Prohibición.
La escolta armada proporcionaría también a Trent un viaje seguro. De ahí que aquella noche cantara por última vez.
Una vez acabada la cena, a una indicación de Aranor, Trent fue a colocarse delante y a la derecha de la mesa del rey, apoyando la espalda en una columna de piedra. Iba vestido de azul, y su cabello blanco brillaba como la plata a la luz de las antorchas; su rostro agradable, totalmente rasurado, no representaba los cincuenta y nueve años que contaba. Sus dedos recorrieron las cuerdas del arpa, y una cascada plateada de notas se deslizó por el aire y quedó suspendida allí, como un bastidor sobre el que tejer una historia. Y al apagarse sus ecos, todos quedaron en silencio, esperando sus palabras.
Cuando vio todas las miradas pendientes de él, lentamente Trent cruzó el suelo de piedra hasta situarse frente a Elgo, sin mirar directamente al joven pelirrojo y dirigiéndose en cambio al rey.
—Un joven guerrero de ojos verdes y cabello cobrizo me ha hecho una petición. —La voz poderosa del bardo resonaba en toda la sala—. No diré el nombre del guerrero — nadie en la sala ignoraba que era Elgo a quien aludía Trent—, pero afirma que su maestro de armas —y el bardo giró en redondo para mirar directamente a Ruric— enrarece el aire con juramentos por los dioses, los dragones, los magos y las serpientes.
Una gran sonrisa iluminó el rostro de Trent, y todos en la sala sonrieron a su vez, con excepción tal vez de Ruric, cuya falsa expresión de inocencia no engañaba a nadie, de Elgo, que mantenía una pose de indiferencia estudiada, y de Mala, que al parecer jamás sonreía.
—Ese joven guerrero, al escuchar los juramentos de su maestro —una vez más, Trent se dirigía al rey—, me ha pedido que narre la historia de la destrucción de Piedra Negra por Sleeth, sin duda porque se prepara para exterminar al monstruo..., estamos ante un héroe en ciernes.
Al oír estas palabras, la sala prorrumpió en una gran carcajada, y la cara de Elgo enrojeció con una repentina ira; se habría levantado para marcharse, pero Elyn colocó una mano tranquilizadora sobre su brazo, y en silencio le urgió a controlarse.
Trent empezó a cantar; a pesar de su ira, Elgo se sintió arrebatado por la historia, y su rabia se fue desvaneciendo a medida que escuchaba los versos de la saga.
De lo alto del cielo descendió
una enorme bestia, rugiente,
y cayó furiosa sobre los enanos,
golpeando a diestro y siniestro.
De lo alto descendió
en medio del pueblo de piedra,
y sus grandes alas arrastraron a los enanos
a la ruina.
Escupía muerte
por entre sus colmillos,
fundía la piedra y el metal,
mataba a. los osados y a los bravos.
Y nadie pudo resistirse
a su enorme fuerza.
Sus garras mataban y destrozaban
incluso a los más jóvenes e indefensos.
Valerosos eran los guerreros enanos,
formados en mesnadas,
y afrontaron impávidos su destino,
por defender su reino de piedra muerta.
Veloces eran sus hachas,
pero de nada les sirvieron;
las escamas de los flancos del dragón
formaban una armadura protectora.
Y así perecieron todos
los que no huyeron en la negra noche.
Y su reino de piedra muerta
absorbió la sangre viva derramada.
Aún no había finalizado la noche,
que ya el gran dragón del Frío era dueño de Piedra Negra,
y rompía en pedazos las puertas
para deslizarse en su interior.
Sleeth se apoderó de lo que no le pertenece,
y ahora duerme sobre una montaña de tesoros,
un lecho de oro robado;
y sueña con más fechorías.
Era la Joya de las fortalezas de enanos,
y Sleeth la conquistó en una noche de matanza;
la más rica de sus minas,
el reino de piedra muerta.
Si os fuera preciso morir
en defensa de lo que os pertenece,
por más que sólo os esperara una tumba fría,
¿dejaríais de hacerlo?
Sea un palacio, una alquería,
o una mísera cabaña, siempre es preciosa su posesión para quien le ha entregado su alma. Para unos es un reino de piedra muerta, para otros su posesión más preciosa; entregan gustosos la vida por defenderla. Aquí, Trent hizo callar su arpa y habló en voz baja, pero modo que sus palabras fueran oídas por todos.
—Dicen que por dos veces los enanos han intentado recuperar su caverna perdida, pero que en cada ocasión la fuerza del dragón fue excesiva para ellos, y finalmente abandonaron su sueño y sus corazones lloran al recordar el reino perdido para siempre.
El bardo alzó de nuevo la voz para cantar la última estrofa:
¿Lucharíais hasta la muerte
por aquello que Amáis,
por más que se tratara de una causa perdida...?
¿Por aquello que amáis?
Cuando acabó la canción, se hizo un gran silencio en la sala, y en algunos ojos de los presentes temblaron las lágrimas, mientras cada cual, en el secreto de su corazón, procuraba responder la última pregunta del bardo.
Las anécdotas, las historias y las canciones del bardo prosiguieron hasta muy avanzada la noche, maravillando a su auditorio. Algunas historias hicieron resonar grandes carcajadas; otras, derramar lágrimas abundantes. Algunas hacían arder un fuego generoso en los corazones valerosos; y eran ésas las que hacían brillar con más intensidad la mirada de Elgo.
Hubo historias capaces de hacer desbordarse en los corazones la añoranza por los tiempos de las leyendas; canciones que iluminaron los ojos de la doncella guerrera; cantos sobre el bosque de los Lobos, donde viven aún animales fabulosos de los tiempos antiguos: altas águilas, ciervos blancos, caballos provistos de un cuerno llamados unicornios, osos que fueron hombres..., el bosque estaba gobernado por los grandes lobos plateados —o tal vez por el mago que vivía con ellos—, e impedían la entrada a los servidores del Mal.
Y finalmente se entonaron canciones a coro, y todos participaron en ellas. Pero también éstas se acabaron, y la gente —rebosante hasta la exaltación de los ecos argentinos del arpa de plata de Trent, y de su espléndida voz— finalmente se retiró a sus lechos.