7 - Lobos sobre la mar

Primavera, 3E1601
[El a√Īo pasado]

Los cuatro drakkares ¬óWyrmlargo, Bisonte Marino, Alce de Espuma y Cabalgaolas¬ó estaban varados en la estrecha lengua de tierra situada en el fondo del fiordo. En medio de una gran barah√ļnda, embarcaron en ellos un n√ļmero considerable de fjordsmen, tal vez sesenta o setenta en cada barco, todos ellos guerreros y cada uno con sus armas, arneses y un cofre de marino lleno de ropa y otros efectos personales. Se dispon√≠an a efectuar una incursi√≥n, relacionada con una venganza; pero llevar√≠an a los harlingar hasta las riberas de la tierra en la que estaba situado su objetivo particular, antes de continuar su viaje y cobrarse el pago debido por la ofensa que se les hab√≠a hecho.
Se cargaron los suministros; provisiones de boca y agua en su mayor parte. Sin embargo, para asombro de los fjordsmen, la carga de cada una de las naves inclu√≠a una peque√Īa carreta desmontada, as√≠ como una extraordinaria cantidad de lona para velas. Tambi√©n se cargaron a bordo aparejos de repuesto, cabos de cuerda, baldes, herramientas, y fardos y sacos que conten√≠an mercanc√≠as desconocidas, tra√≠das a lomos de caballo por los vanadurin. Finalmente, subieron tambi√©n a bordo los harlingar y sus caballos, diez en cada drakkar; Elgo condujo a Sombra por la pasarela hasta el barco Wyrmlargo, y Ruric le sigui√≥ con Pedernal. Tambi√©n subieron bordo de cada barcolargo dos robustos ponis, y todos los caballos se reunieron en el centro del barco, separados entre s√≠ por p√©rtigas ligeras sujetas a las bancadas, que cruzaban el barco a lo ancho una regala a la otra. Estas sencillas estructuras que serv√≠an de establo eran comunes en los drakkares, porque los fjordsmen acostumbraban a llevar monturas en sus viajes por mar, cuando se dispon√≠an a efectuar una incursi√≥n tierra adentro desde playas lejanas a su pa√≠s; de modo que un total de cuarenta caballos y ocho ponis repartidos en cuatro barcos no era un acontecimiento excepcional para ellos.
Como cada barco iba a plena carga, tanto la tripulaci√≥n come los pasajeros se agruparon en la popa para reducir el peso de la proa y entre jadeos, gru√Īidos e inocentes juramentos, los hombres de la stad arrastraron los barcos hasta sacarlos del bancal de arena en que estaban varados y llevarlos al agua.
Finalmente, los barcos salieron a flote, listos para empezar el viaje. Y en medio de las ovaciones del stadfolk de la orilla, los capitanes vocearon sus órdenes y los remos hendieron el agua; le estribores trabajaron de firme, empujando el uno hacia adelante el timón, mientras el otro lo colocaba atrás, para conseguir que le barcos pusieran proa al mar abierto; y los barcos se deslizaron con lentitud hasta que los fieros rostros tallados en sus mascarones miraron hacia la distante curva del fiordo, y se dirigieron al mar Boreal situado detrás de ella. Las velas estaban desplegadas y cada beitass en su lugar, orientando la vela rectangular para captar en la posición más adecuada el escaso viento que soplaba en aquel fiordo abrigado.
Luego, majestuosos, en fila, con el Wyrmlargo en primer lugar; el Bisonte Marino en cola, entre los crujidos de los remos al jugar en las chumaceras y los golpes de las palas en el agua, los cuatro grandes drakkares recorrieron la oscura ensenada para salir a mar abierto.
Y mientras tomaban la curva del fiordo, el joven Reynor, alegre hasta casi reventar con la perspectiva del bot√≠n, se llev√≥ a los labios su cuerno de toro negro y dio un toque tan sonoro que repercuti√≥ en las paredes verticales del acantilado y se prolong√≥ en ecos m√°s d√©biles que parec√≠an reclamar el acompa√Īamiento de sus compa√Īeros. Y as√≠ fue; todos los harlingar soplaron sus cuernos e hicieron vibrar los farallones del fiordo con sus orgullosas llamadas hasta que los barcos cruzaron la boca de √©bano de la r√≠a y se adentraron en la inmensidad tenebrosa.
Día y noche, los cuatro barcolargos surcaron la superficie de gran mar Boreal, henchidas las velas por vientos favorables, y corrieron como lobos veloces sobre la extensión de zafiro.
Los cuatro barcos eran los mayores de entre todos los drakkares de los fjordsmen, y nunca antes habían surcado las aguas los cuatro juntos. Fue el joven Reynor quien reunió a la manada, al cabalgar desafiando el áspero viento costero para convocar a los capitanes a navegar hasta Skaldfjord por la primavera, mediante un pago en oro y la promesa de más oro.
Pero además, los capitanes de los barcos se habían planteado una misión propia, posible por la reunión de los cuatro grandes barcolargos.
Unos diez a√Īos atr√°s, Atli, un guerrero de Jute, hab√≠a sido el √ļnico superviviente juto de una batalla naval entre fjordsmen y jutlanders. Atli hab√≠a peleado con tal bravura que los fjordsmen le perdonaron la vida, y lo acogieron entre ellos como si fuera un hermano, en su propia stad. En el poblado del fondo del fiordo, Atli se gan√≥ la estima de todos, porque manejaba el hacha de combate de una forma que nadie hab√≠a visto antes, y ense√Ī√≥ a los dem√°s aquella t√©cnica. Pero una noche, durante una pelea de borrachos, Atli mat√≥ a Olar, el hijo del jefe del poblado. En el juicio, Atli se neg√≥ a pagar el bloodgield establecido por una muerte injusta: doscientas onzas de plata. Proscrito, recibi√≥ sus ropas en un hatillo, su hacha y su escudo, m√°s un plazo de cuatro horas antes de que los parientes de Olar iniciaran su persecuci√≥n a caballo. Sin embargo Atli, a pie, consigui√≥ por alg√ļn medio escapar a la persecuci√≥n.
Dos a√Īos despu√©s, una incursi√≥n salvaje arras√≥ la stad; Atli regres√≥ acompa√Īado por cien guerreros jutlanders, en dos drakkares. Y mataron a m√°s parientes de Olar ¬ó hombres, mujeres y ni√Īos¬ó sin consideraci√≥n a la edad ni al sexo, y sin tener en cuenta si sus v√≠ctimas luchaban o se rend√≠an. Fue entonces cuando los fjordsmen descubrieron que Atli era nada menos que un pr√≠ncipe de Jute.
Durante siete a√Īos, la numerosa parentela de Olar aliment√≥ en silencio su odio a Atli; entonces lleg√≥ la noticia de que ahora era rey de Jute, y la furia lleg√≥ a su paroxismo. Pero fue Reynor quien les proporcion√≥ la ocasi√≥n que buscaban, porque sus gestiones para asegurarse los servicios de los cuatro grandes drakkares espolearon al fjordclan a utilizar esa circunstancia como medio para apagar su sed de sangre, prolongando la navegaci√≥n de la flota hasta las mism√≠simas riberas de Jute para tomarse una rabiosa venganza sobre Atli.
Y los drakkares posibilitaban el cumplimiento de esa misión, porque eran lo bastante grandes para transportar a todos los guerreros del Olarkith, además de la mesnada de Elgo.
El Wyrmlargo era el mayor de los cuatro, con m√°s de treinta y un metros de eslora y veinticinco pares de largos remos de pala estrecha, de longitudes diferentes con el fin de herir el agua simult√°neamente, en golpes cortos y acompasados.
Alce de Espuma y Cabalgaolas eran los siguientes en tama√Īo; cada uno de ellos med√≠a unos veintinueve metros de eslora y llevaba veintid√≥s pares de remos.
Bisonte Marino era el menor de los cuatro: veintiocho metros de eslora y veinte pares de remos.
Las planchas de roble solapadas con que estaban construidos los cuatro barcos daban a los cascos una flexibilidad serpentina y les permitía surcar las aguas con una agilidad imposible de conseguir tan sólo con su estrecha quilla.
Y eran esos cascos, que silbaban al cortar el agua, los que conducían a Elgo y sus harlingar hacia su inmutable destino, y a los Olarkith también hacia el desconocido desenlace de su misión.
Durante el primer día, algunos vanadurin sintieron cierta debilidad de estómago, pero pronto la olvidaron porque ellos y sus camaradas estuvieron muy ocupados con los caballos y los arreos; hubieron de atender a sus monturas, almohazarlas, alimentarlas con grano, lavarlas, limpiar sus excrementos y fregar el puente para eliminar el hedor a orines, al tiempo que bromeaban continuamente con los fjordsmen sobre las faenas a que obligaba un establo en alta mar, y se preguntaban si no sería posible adiestrar a los animales para que se aliviaran por encima de la borda, como el resto de los pasajeros.
Y frotaban con sebo las correas, las sillas y los arreos.
Los harlingar empleaban también su tiempo en preservar de la humedad sus armas y arneses, frotando el acero con aceite para evitar la corrosión.
Los fjordsmen, por su parte, afilaban sus armas porque la misión que habían emprendido era difícil y ardua.
Elgo, lleno de infatigable energía, recorría el barco de punta al punta, una y otra vez; se abría paso entre los guerreros, hablaba a sus hombres, comprobaba el estado de los caballos y ponis, y se detenía de vez en cuando a observar cómo hacían virar los fjordsmen sus barcolargos, tirando con fuerza del timón hacia un lado y colocando la pértiga del beitass de modo que la vela escarlata recogiese todo el viento favorable. Pero la mayor parte de las veces pasaba largos ratos acodado en la proa, como si quisiera que su vista volara por encima de las olas oscuras hasta tierras remotas, para espiar allí su lejano objetivo. En otras ocasiones se situaba de pie en la popa, cerca del remo del timón, y hablaba en voz baja con Arik, el capitán del Wyrmlargo.
—Sí, príncipe Elgo, vamos a atacar a nuestros enemigos de Jute.
Arik se acariciaba la barba rubia. Barba y trenzas rubias ten√≠a el capit√°n del Wyrmlargo, un hombre alto y robusto de unos cuarenta y cinco a√Īos de edad, vestido con un justillo de color verde claro y calzones verde oscuro, botas grises y chaqueta de lana. Rodeaba su frente una banda de cuero negro, en la que hab√≠a incrustadas unas runas de plata. Los ojos eran de color gris, y miraban con la expresi√≥n de la persona avezada a la inmensidad del oc√©ano, aunque ahora endurec√≠a sus facciones la expresi√≥n severa del vengador.
—Tienen con nosotros una deuda de sangre, una deuda vencida hace ya mucho tiempo. Vamos a cobrarnos con nuestras hachas y nuestras espadas el weregield, el tributo que no quisieron pagar por su libre voluntad. Pero ahora el pago será más gravoso, y no sólo en oro, sino en sangre.
Ese día, Arik, Elgo y Ruric estaban reunidos en la popa del barco, cerca del timonel. Varios guerreros merodeaban por las proximidades.
¬óPues bien, Arik ¬ógru√Ī√≥ Ruric¬ó, recauda tanto como quieras. Pero no te olvides de que tenemos una cita en la segunda Luna llena despu√©s del D√≠a Largo del A√Īo.
—No temas, Viejo Lobo —rió Arik—. No te dejaré colgado en las playas de Rían...
Arik interrumpió lo que iba a decir, y se hizo visera con una mano para avizorar en dirección sur.
¬óNjal ¬ógru√Ī√≥¬ó, un cuarto a estribor. Avisa tambi√©n a los dem√°s.
El timonel voceó la orden y la tripulación se apresuró a cumplirla, colocando en una nueva posición la pértiga de barba para orientar la vela, mientras Njal tiraba con fuerza del remo del timón.
Un miembro de la tripulación hizo sonar una trompa, que fue contestada con sendos toques por los otros tres barcos, y también éstos viraron a estribor.
Arik se√Īal√≥ al sur, y en un punto muy bajo sobre el horizonte, Elgo y Ruric pudieron ver lo que parec√≠an ser unas enormes zarpas blancas engaritadas hacia el cielo, que se extend√≠an hacia el este y el sur por encima del mar.
¬óSon los Colmillos de Gron ¬óla voz de Arik era grave¬ó, las Garras de Modru. Penetran en el mar, perdi√©ndose de la vista de los hombres, y se hunden en el abismo helado. ¬ŅSab√©is lo que se dice de ellas?
¬óAlgunos dicen que las monta√Īas avanzan por debajo del mar hacia el oeste ¬ó respondi√≥ Elgo¬ó, y que las islas aparecen en los lugares en que se encuentran los picos que afloran sobre la superficie del agua.
¬óS√≠ ¬órespondi√≥ Arik¬ó, he o√≠do eso. Y lo cierto es que hay unas islas en el lugar que ocupar√≠an las monta√Īas si continuaran marchando hacia el oeste sobre el abismo. Unos riscos rocosos, muy altos: las islas del Peligro.
¬ęViramos para evitar esas islas. Son aguas heladas y mort√≠feras. All√≠ est√° el Maelstrom, habitado por los temibles krakens, que esconden entre sus remolinos.
¬ó¬ŅKrakens? ¬óUna luz centelle√≥ en los ojos de Elgo, y su mano descendi√≥ hacia la empu√Īadura de su espada.
—Eso es —afirmó Arik—. Monstruos odiosos, príncipe. Son todo tentáculos poderosos y ventosas que absorben. Ojos fijos y un gran pico en forma de garra. Una fuerza descomunal.
¬óCompa√Īeras de los dragones, seg√ļn dicen ¬óa√Īadi√≥ Ruric.
Arik frunció el entrecejo, pensativo.
¬óCompa√Īeras de los dragones, s√≠. Entre mi gente se dice que en ciertas ocasiones, una vez cada muchos y muchos a√Īos, los dragones se re√ļnen encima de aquel pico. ¬ó Arik se√Īal√≥ una monta√Īa lejana, apenas discernible sobre el horizonte¬ó. All√≠ est√° la cha del Drag√≥n, la √ļltima monta√Īa de los Colmillos de Gron. Desde la mitad de su altitud, la ladera es una pared que cae a plomo sobre el mar helado. Pero cerca de la cumbre, se dice que el flanco de la monta√Īa est√° agujereado por muchas guaridas de dragones, y abundan los salientes en los que se tienden los wyrms en celo a esperar la llamada de sus amigas del mar. Desde ese mirador, dicen que un hombre puede ver el propio Maelstrom, aunque no s√© de ning√ļn hombre que afirme haber estado all√≠ y mirado. Y el hombre que lo hiciera ser√≠a un loco, habiendo tantos dragones en las cercan√≠as, porque dicen que los dragones pueden sentir a los intrusos que invaden sus demesnes.
¬ĽSea como fuere, los dragones se re√ļnen, esperan, y braman rijosos al cielo, una y Otra vez. Y de tanto en tanto, a lo que parece, pelean unos con otros, aunque por lo general se dice que saben, qui√©nes son los m√°s fuertes, y a ellos les reservan los lugares m√°s altos, de modo que el m√°s poderoso se instala en la repisa de roca m√°s alta, y los dem√°s se colocan por orden en las siguientes, hasta el √ļltimo que es el m√°s bajo.
¬óSeg√ļn eso ¬óhabl√≥ el joven Reynor, que estaba acodado en la borda, cerca de ellos¬ó, Kalgalath el Negro debe de ser el que se siente en la percha m√°s alta.
—Así será sin duda —respondió Arik—. Luego vendrían Ebonskaith y Skail..., y el siguiente sería Garras Rojas. Después, tal vez Sleeth el Orm, seguido por Silverscale. Después de ésos, cualquiera sabe.
Al mencionar el nombre de Sleeth, Elgo, Ruric y Reynor se intercambiaron miradas, pero nadie comentó nada, y Arik no pareció advertirlo.
¬óSe instalan all√≠ y braman: los dragones de Fuego, de sol a sol; los del Fr√≠o, por la noche ¬óprosigui√≥ Arik¬ó. Y dicen las leyendas que durante la marea oscura, uno a uno, los krakens acuden a su llamada, primero los m√°s grandes y luego los menores, todos ellos ardiendo con el brillo verde del daemonfuego de las profundidades, y girando en los grandes remolinos del Maelstrom. ¬óLa voz de Arik baj√≥ de tono hasta convertirse en un susurro lleno de temor¬ó. Y uno a uno, los dragones se sumergen en esa horrenda vor√°gine y quedan aprisionados en el poderoso abrazo de esos odiosos tent√°culos, cada drag√≥n arrastrado por una monstruosa compa√Īera, y los amantes son aspirados por los remolinos hacia el negro abismo del fondo, y depositan sus huevos en alg√ļn lugar situado m√°s all√° de la luz de cualquier clase de conocimiento.
¬ĽY m√°s tarde, de alguna manera los dragones regresan: irrumpen en la superficie del mar en la oscuridad, y luchan por elevarse en el aire nocturno. Pero s√≥lo los m√°s fuertes sobreviven.
Arik guardó silencio, mientras todos los hombres meditaban sus palabras. Finalmente, habló Reynor:
¬óAh, capit√°n Arik, ¬Ņy qu√© ocurre con las cr√≠as? ¬ŅCu√°l es el resultado de ese monstruoso apareamiento entre dragones y krakens? ¬ŅQu√© clase de hijos tienen?
Arik se√Īal√≥ el oc√©ano con un gesto vago.
¬óPues serpientes marinas, muchacho, dragones de mar, los wyrmlargos de los oc√©anos. ¬ŅDe d√≥nde crees que sac√≥ nuestro pueblo el nombre de drakkar, muchacho? De los dragones de mar, por supuesto.
¬ĽLas grandes serpientes ascienden desde las profundidades marinas. Ellas son las cr√≠as de ese horrendo apareamiento: ¬°las serpientes marinas!
¬óPero entonces, capit√°n ¬óReynor parec√≠a confuso¬ó, si el √ļnico fruto de esa uni√≥n son las serpientes de mar, ¬Ņde d√≥nde salen los propios dragones, o bien los krakens?
—Ah, muchacho, eso es un misterio —respondió Arik con un encogimiento de hombros—. Dicen los que son lo bastante sabios para afirmarlo, que tanto los dragones como los krakens proceden de las serpientes de mar.
¬ĽMira, muchacho, ¬Ņno has visto las mariposas y las polillas? S√≠, las dos salen de gusanos, gusanos que comen hierbas hasta tener la tripa bien rellena, y que luego se envuelven en un capullo. ¬°Y hop!, del capullo sale una criatura con alas: mariposa o polilla.
¬ĽLo mismo sucede con las serpientes de mar, aunque si hay capullo o no, eso no puedo decirlo de cierto. De todos modos, dicen que despu√©s de siglos y siglos en el mar, las grandes serpientes descienden hasta lo m√°s profundo de los abismos del mar, all√≠ donde no llega la luz. Entonces sufren una poderosa metamorfosis. Y de la misma manera que algunas orugas se transforman en mariposas y en cambio otras en polillas, pues bien, igual ocurre que unas serpientes (los machos, dicen) se convierten en dragones, y otras (las hembras) en krakens.
¬ĽAl menos, eso dicen los sabios.
¬ĽY yo me lo creo. Escucha: nadie ha visto un nido con huevos de drag√≥n en tierra firme: parece claro que no ponen huevos. Y nadie ha visto nunca una cr√≠a peque√Īa de drag√≥n: todos parece enormes desde el principio. Y tampoco ha visto nadie un drag√≥n hembra: todos son machos.
¬ĽY en cuanto a los krakens, bueno, no sabr√≠a decir lo que son pero los sabios aseguran que se aparean con los dragones.
Un humor sombrío cayó sobre los cuatro que miraban a través de las aguas aquella tierra lejana, borrosa en la distancia. Después de una larga pausa, Arik rompió el silencio:
—En fin. Dragón, kraken, serpiente de mar, no lo sé bien, pero sé que muchos barcos se han perdido por culpa de algo que existe en esas aguas, sea el Maelstrom o sea un monstruo. Nadie ha vivido para contarlo.
De nuevo los cuatro quedaron en silencio, aunque Elgo, perdido en sus pensamientos, segu√≠a acariciando la empu√Īadura de su espada.
¬óAh, pr√≠ncipe Elgo ¬óa√Īadi√≥ pensativo Arik¬ó, veo el fuego que brilla en vuestra mirada a la menci√≥n del combate con esos engendros viles. Pero escuchadme: ning√ļn hombre, ninguno, ha matado nunca un kraken. ¬°Jam√°s! Por m√°s que se afirma que son muchos los que han ca√≠do entre los tent√°culos de esas horrendas criaturas. ¬°Ai! Y ning√ļn hombre ha escapado nunca de la vor√°gines del Maelstrom, una vez atrapado en sus remolinos.
¬Ľ¬°Creedme! Un hombre ha de estar loco para enfrentarse tanto al Maelstrom como a un kraken. ¬°Por H√®l! ¬°Tanto dar√≠a que fuera all√° abajo, a Rian, hasta Piedra Negra, y peleara con el propio Sleeth!
De repente, como cegado por un relámpago, el rostro curtido de Arik mostró una expresión desconcertada, y se quedó mirando boquiabierto, primero a Elgo y luego a Ruric; y de los dos, Ruric apartó la mirada, pero Elgo se limitó a reír con fuerza.
¬ó¬°Ai! No ser√° √©sa la raz√≥n por la que vais all√≠, ¬Ņverdad? ¬óLa voz de Arik revelaba su temor¬ó. No estar√©is pensando en...
¬ó¬°Capit√°n Arik! ¬óLas palabras ven√≠an del inquieto Reynor, deseoso de cambiar de inmediato de tema¬ó. Dices que nadie ha escapado al Maelstrom, pero te olvidas deSnorri, hijo de Borri, y de la Doncella M√≠stica del Maelstrom. ¬°√Čl se libr√≥ del torbellino!
Y la voz clara de Reynor se alz√≥ en el aire, entonando la √ļltima estrofa de la oda procaz:
El viejo Snorri en su barco,
y con su perro de tres patas,
volvió a navegar por el mar Boreal.
Y la Doncella Mística
se quedó por fin satisfecha
y en premio dejó marchar a Snorri, hijo de Borri.
—¡Hai! ¡Muchacho! —gritó Arik, mientras relucía su blanca dentadura—. Había olvidado a Snorri del Mango Largo. Pero sospecho que el Maelstrom con el que se enredó no era el mismo de las islas del Peligro, aunque me imagino que chuparía con tanta hambre, por lo menos, como éste.
Reynor, Elgo y Ruric celebraron con risas las palabras de Arik, y el capitán se sumó a sus carcajadas.
En medio de tantas risas maliciosas, Arik no volvió a referirse a la ominosa amenaza situada al sur, ni hizo ninguna nueva mención a Sleeth el Orm, aunque en ocasiones lanzaba miradas de inteligencia a Elgo o a Ruric.
Y los cuatro barcolargos surcaron las aguas heladas, mientras las cumbres nevadas de las monta√Īas de los Colmillos de Gron asomaban apenas por el horizonte, al sur, seguidas m√°s tarde por los hoscos pe√Īascales de las islas del Peligro, que se deslizaron lentamente en la lejan√≠a por sotavento hasta desaparecer finalmente en el horizonte por la popa.
Los drakkares siguieron su ruta en dirección oeste-sudoeste, después de pasar delante del extremo de los Colmillos de Gron, luego de las rocosas islas del Peligro, y también, por más que no resultara visible, a lo largo de la extensa costa del temible reino denominado de Gron.
Gron, el lugar donde moraba Modru en los tiempos antiguos. Por más que, al terminar la guerra de la Prohibición, el malvado mago hubiera huido a los Yermos del norte..., o así se afirma en las historias que se cuentan delante del hogar sobre la Gran Guerra entre Adon y Gyphon.
La batalla fue terrible, y toda la creaci√≥n pend√≠a de los platillos de la balanza. Y en aquel conflicto, Modru fue el lugarteniente de Gyphon en Mithgar; y le falt√≥ apenas el espesor de un cabello para alcanzar la victoria total aqu√≠, en el mundo medio, pero finalmente fue derrotado en el √ļltimo instante por un golpe inesperado, un golpe que pudo ser asestado gracias a la participaci√≥n del pueblo diminuto de la leyenda, o as√≠ lo afirman los sabios.
Y aunque aquellos sucesos siniestros hab√≠an ocurrido miles de a√Īos atr√°s, y Modru hab√≠a huido, Gron segu√≠a siendo un lugar de desolaci√≥n.
Hasta el día de hoy se habla de Modru en susurros, como si el solo hecho de invocar su nombre pudiera de alguna manera provocar su regreso. Y son muchos los que trazan en el aire signos de salvaguarda si en la conversación surge el nombre del vil mago o de su funesta patria.
Y el reino de Gron, con las tierras que lo circundan hasta más allá del horizonte, sigue abandonado por todos salvo por el falso pueblo: rutcha, drokha, ogrus siguen habitándolo, así como los vulgs, guula, hèl-corceles y otras criaturas inmundas. Privadas en esta época de un cabecilla en Mithgar, no suponen una amenaza para el buen gobierno del mundo medio; pero de forma ocasional, aquí o allá, bandas de engendros realizan incursiones nocturnas, y saquean y destruyen todo lo que encuentran en su camino. Pero a todos les está prohibida la luz del día, y sufren la Muerte marchita si se ven sorprendidos al descubierto por un rayo del Sol de Adon.
Aun as√≠, los sabios temen que alg√ļn d√≠a el vil Modru regrese a su g√©lida Torre de Hierro de Gron, para dirigir a sus numerosos s√ļbditos en un nuevo asalto por el dominio del mundo. Otros se burlan de semejante ¬ęabsurdo¬Ľ, porque ¬Ņacaso no sufre el falso pueblo la Prohibici√≥n de Adon? Har√≠a falta un milagro o un cambio radical de la situaci√≥n actual para que pudiera ocurrir algo parecido; y por ahora, Modru no habita en su torre de Gron, ni es probable que vuelva a ella nunca m√°s.
Pasado su temible reino, el √Āngulo de Gron, los drakkares de los fjordsmen llevaron a sus rubios guerreros, los Olarkith y los harlingar, a otras riberas; tanto para los unos como para los otros, el t√©rmino del viaje estaba situado m√°s all√° de los l√≠mites del antiguo reino de Modru.
Cruzaban el ancho mar los barcolargos, marchando ahora en dirección oeste. Todavía un día entero siguieron ese rumbo, hasta que el capitán Arik dio una nueva orden y enfilaron entonces sus proas hacia el sur.
Y de nuevo aparecieron tierras altas en el horizonte; eran ahora las monta√Īas de Rigga las que se hund√≠an en el mar Boreal, en el punto en que termina Gron y comienza el reino de Rian. Hacia esta √ļltima tierra se dirigi√≥ a la carrera el Wyrmlargo, velozmente seguido por los tres barcos restantes.
Ca√≠a ya la noche cuando finalmente las quillas rompieron la √ļltima ola y encallaron en la arena guijarrosa de una peque√Īa ensenada. La tripulaci√≥n salt√≥ por la borda a la orilla y arrastr√≥ con! gruesas maromas los drakkares hasta vararlos en terreno seco, sobre la playa desierta. Nadie hab√≠a all√≠ para dar la bienvenida a los aventureros: a la mesnada de los vanadurin de Elgo y a los incursores fjordsmen de Arik.
De inmediato se desembarc√≥ a los caballos, que piafaban y se revolv√≠an en su ansia por pisar tierra firme. Tambi√©n descendieron los ponis; sus peque√Īos cascos repiquetearon en la rampa de madera e hicieron crujir la arena. Finalmente, se depositaron en tierra las carretas y el resto del equipaje de los harlingar.
Mientras levantaban el campamento, intercambiaron canciones: los fjordsmen entonaron aires marineros, y los vanadurin baladas de las llanuras. Con la le√Īa recogida en las proximidades encendieron hogueras que proporcionaron luz, calor y lumbre para cocinar un enorme estofado.
Y como suelen hacer los jóvenes de todas las épocas, se sentaron y hablaron de muchas cosas mientras la marea oscura invadía la Tierra; de cosas que recordaban y de cosas que habían de suceder, y de las cosas por las que valía la pena vivir, y de aquellas otras por las que valía la pena morir.
Pero aunque los fjordsmen hablaron mucho sobre la deuda de sangre que se dispon√≠an a hacer cumplir a costa de los lejanos jutos, los harlingar no dijeron nada de su prop√≥sito. En su lugar, hablaron de la familia, de las haza√Īas cumplidas y de su valor; y ni una sola palabra sobre Piedra Negra, Sleeth o el Dracongield asom√≥ a sus labios.
Elgo habl√≥ mucho de la bella Arianne y tambi√©n de su peque√Īo Bram, un tierno beb√© que todav√≠a mamaba del pecho de su madre, pero que ya trataba de agarrar la vaina de plata de la espada de empu√Īadura negra de su audaz padre.
—...Y quería quitarme el arma, arrancándola de mis propias manos.
Un fuego especial brillaba en el fondo de los ojos de Elgo.
¬óAi, ser√° un valeroso guerrero cuando tenga edad para ello.
Finalmente, con los estómagos llenos y los párpados pesados, se tendieron todos a dormir, salvo los fjordsmen encargados de la centinela de los barcos, y los harlingar que cuidaban de los caballos, atados en un prado próximo.
A primeras horas de la ma√Īana siguiente, los vanadurin ensillaron sus caballos y los fjordsmen se dispusieron a hacerse de nuevo a la mar. Arik, Elgo y Ruric se alejaron unos pasos de los dem√°s, y hablaron entre ellos en voz baja.
¬óS√≠, pr√≠ncipe Elgo ¬ódijo Arik, la mirada fija en el oeste sobre el mar fr√≠o y gris¬ó, haremos una larga incursi√≥n contra Jute. Pero pasadas dos quincenas y una semana despu√©s del D√≠a Largo del A√Īo, d√≠a m√°s d√≠a menos, nos encontraremos de nuevo en esta playa. Esperaremos una semana si es necesario, y luego, en el caso de que vos y vuestra mesnada no hay√°is aparecido, nos haremos de nuevo a la mar.
¬ĽNo dir√© una sola palabra de lo que me ha parecido adivinar de vuestra misi√≥n, pero de nuevo os invito a venir con nosotros a la guerra, y a olvidaros de la locura que os propon√©is llevar a cabo.
Elgo rió y sacudió negativamente la cabeza.
—Agradezco la oferta, capitán, pero nuestro plan no es tan descabellado como temes. Así pues, dentro de ocho semanas, esperamos ver vuestros grandes drakkares en esta playa, y tal vez para entonces tendremos algo adecuado con que llenar sus bodegas.
Resonó un cuerno fjordman, y Arik apretó con su mano la de Elgo, y después la de Ruric.
—Pero no olvidéis, príncipe, que se dice que el Dracongield está maldito. No me gustaría cargar mi Wyrmlargo con oro encantado.
Con estas ominosas palabras resonando en la mente de Ruric, Arik descendió a la orilla y saltó al interior de su barco.
A una orden suya, de nuevo sonó el cuerno, y las tripulaciones de cada barcolargo arrastraron hasta el agua los cascos, haciendo que las quillas se deslizaran de popa por la arena; luego treparon ágilmente por la borda y los remos se hundieron en el agua y empezaros a batirla al ritmo marcado por un atabal.
Los harlingar contemplaron cómo sus remotos parientes regresaban al mar avanzando de popa, y cómo luego hacían virar los barcos, y cada tripulación colocaba la pértiga del beitass de la forma más adecuada para que la vela captara la brisa que soplaba con viveza.
Poco a poco, los drakkares ganaron velocidad, hasta cortar con ligereza las olas y salir de la ensenada a mar abierto, rumbo al oeste.
Ruric dio una breve orden, y todos los vanadurin montaron caballo. Elgo se revolvió en la silla y se llevó a los labios el cuerno de toro negro, para tocar una llamada de despedida a los distantes fjordsmen: ¡Taaa-tan, tan-taaa, tan-taaa! [¡Hasta la vista, adiós, adiós!] Y el mismo toque repitieron todos los cuernos de los harlingar, contestados a lo lejos por los débiles ecos de los cuernos de los drakkares.
Despu√©s, los vanadurin dieron media vuelta e iniciaron la cabalgada hacia el sur, a un paso c√≥modo, en una larga columna formada por los caballos m√°s las tres carretas tiradas por ponis, colocadas en el centro y cargadas con la lona de velas; mientras las ah tas laderas rocosas de las monta√Īas de Rigga se desplegaban a su izquierda.
Y así comenzó la siguiente etapa de dos aventuras concebidas en las largas noches de invierno, cuando las wereluces espectrales bailan en el cielo cristalino..., y tal vez otra luz fantasmal baila también en las mentes y en los corazones de los hombres audaces: los drakkares corrían hacia el oeste, en busca de venganza y bloodgield; los harlingar se dirigían al sur, y sus objetivos eran el Dracongield y la fama.