6 - El enemigo de mi enemigo es mi enemigo

Finales de verano, 3E1602
[Presente]

A lo largo de toda la noche, Elyn y el enano cabalgaron en direcci√≥n este hacia Aralon, mientras la Luna ascend√≠a hasta su cenit y descend√≠a despu√©s hasta acariciar con sus √ļltimos y p√°lidos resplandores las amplias estepas herb√°ceas. Ninguno de los dos dirigi√≥ la palabra al otro, aunque se detuvieron el tiempo necesario para cuidar de sus heridas m√°s graves, y cada cual vigil√≥ por turno mientras el otro se vendaba las propias heridas. Tampoco se entretuvieron demasiado en esa operaci√≥n, porque ambos estaban ansiosos por reanudar su camino, y pod√≠an sentir una voluntad mal√©vola que segu√≠a sus huellas, por m√°s que no se apreciara ninguna se√Īal de persecuci√≥n.
Dosificando con cuidado las fuerzas de sus corceles, cabalgaron hasta que la luz del alba iluminó el oriente, y entonces buscaron un lugar donde descansar, porque los dos se sentían fatigados hasta la médula de los huesos.
En el borde de un bosquecillo acogedor encontraron un arroyo, y all√≠ decidieron instalar el campamento, mirando cada cual con disgusto al otro. El enano estaba cubierto a√ļn por el lodo de la ci√©naga, ahora seco, y parec√≠a alg√ļn grotesco troglodita iluminado por los brillantes rayos del Sol, que justo en aquel momento asomaba por el horizonte. Por su parte, Elyn no ofrec√≠a un aspecto mucho mejor salpicada tambi√©n ella de barro seco, de la cabeza a los pies.
—Cuatro horas cada uno, jinete —declaró el enano en una voz que no admitía réplica—, y yo me encargo de la primera guardia. Duerme ahora, estoy cansado.
¬óNo antes de que atienda a Viento, enano.
Cojeando, Elyn llevó a la yegua gris a beber, le dio de comer un montoncito de una mezcla de avena, trigo y cebada, que extrajo de un saco colocado en su silla de montar, y almohazó al animal mientras éste comía. Cuando el grano hubo desaparecido, ató a Viento a un prado con abundante hierba.
De vuelta al campamento, Elyn miró al enano, y sus ojos se estrecharon.
¬ó¬ŅUna tregua? ¬ópregunt√≥.
—De acuerdo —repuso él, y entonces ella se dejó caer sobre el césped y al instante quedó dormida.
Cuatro horas m√°s tarde, zarandeada por el enano, Elyn despert√≥ aturdida. ¬ę¬°Adon! ¬°C√≥mo me duele el cuerpo!¬Ľ Entumecida, se puso en pie, sintiendo cada uno de los rasgu√Īos, magulladuras y cortes que le hab√≠an infligido los wrg. Apenas hab√≠a advertido la presencia del enano mientras recog√≠a su lanza y los sacos que cargaba en la silla de montar, y se acercaba cojeando hasta un remanso del arroyo; pero cuando mir√≥ atr√°s, lo vio ya tendido sobre la hierba verde y profundamente dormido.
R√°pidamente se quit√≥ la bota izquierda, y con mucho tiento tambi√©n la derecha. Por encima del tobillo, el lugar golpeado por las porras de los rutcha presentaba una hinchaz√≥n dolorosa al tacto, pero que le permit√≠a caminar. Con una mueca de dolor se despoj√≥ cuidadosamente de su mugriento arn√©s de cuero ¬ó¬ę¬°Gam! ¬°Tengo todo el cuerpo de color p√ļrpura!¬Ľ¬ó y se sumergi√≥ en el agua fr√≠a y centelleante. Se lav√≥ sin dejar de vigilar con mirada atenta el paisaje vecino, cuidando de frotar especialmente los cortes y ara√Īazos. En una de sus frecuentes ojeadas a la pradera no pudo dejar de advertir que tambi√©n los lomos del poni hab√≠an sido cepillados, y que estaba atado a una estaca, cerca de all√≠. ¬ę¬°Hum! Al menos el enano se ocupa de su montura.¬Ľ
Despu√©s del ba√Īo, sali√≥ del arroyo y se sent√≥ sobre la hierba de la orilla para dejar que la secaran los c√°lidos rayos del Sol, pero mantuvo el pie derecho sumergido en la fresca corriente, con la esperanza de que la hinchaz√≥n disminuyera.
Finalmente, tom√≥ un poco de ung√ľento de una de las bolsas de su silla de montar, y lo aplic√≥ a sus heridas ¬óel brazo izquierdo, la pantorrilla izquierda¬ó, que cubri√≥ despu√©s con vendas limpias. Se puso un justillo nuevo y unos calzones, y luego las botas, resoplando de dolor al introducir el tobillo hinchado en la ca√Īa.
Elyn lav√≥ las vendas usadas, y las tendi√≥ para que se secaran; luego rasc√≥ pacientemente con su daga el barro adherido a su arn√©s de cuero y lo limpi√≥ con un trapo h√ļmedo; finalmente lo volvi√≥ del rev√©s y restreg√≥ tambi√©n la parte interior hasta eliminar los rastros de sudor, sal y sangre seca.
Cuando hubo terminado, volvi√≥ al campamento y empu√Ī√≥ el sable, prob√≥ con el dedo la agudeza del filo, y mir√≥ con expresi√≥n hosca al enano dormido. Era obvio que tambi√©n √©l hab√≠a empleado su centinela en adecentarse: ya no estaba manchado de lodo; su cabello negro como el carb√≥n y su barba negra partida estaban limpios y relucientes; llevaba unos calzones de color casta√Īo oscuro y un justillo crema; tambi√©n √©l se hab√≠a colocado vendas limpias en ambos brazos y, supuso Elyn, en la pierna herida. Asimismo, sus armas y su arn√©s hab√≠an sido limpiados y frotados con aceite: el casco de acero oscuro, la cota de malla de hierro negro, una maza de guerra de acero con mango forrado de cuero, y un hacha de doble filo para ser manejada a dos manos, adem√°s de una ballesta ligera con virotes de color rojo.
¬ę¬°Bah, poco importa si sabe cuidar o no de s√≠ mismo! ¬°Sigue siendo un enano!¬Ľ
Y como apenas podía esperar el momento de perderlo de vista, jugueteó con la idea de ensillar la yegua y continuar de inmediato su viaje.
Elyn se gir√≥, y su mirada fue a caer sobre... ¬ę¬°Un escudo de piel de drag√≥n...! ¬°Bah, imposible! Ser√° una imitaci√≥n... ¬ŅD√≥nde puede haber encontrado un enano (o cualquier otra persona) algo parecido?¬Ľ
Con la mente convertida en un torbellino, Elyn limpi√≥ su sable y lo engras√≥, y lo mismo hizo despu√©s con el resto de sus armas, incluido el casco. M√°s tranquila despu√©s de aquella limpieza rutinaria, empu√Ī√≥ su honda y camin√≥ por la pradera, en busca de un peque√Īo mont√≠culo, al tiempo que vigilaba la posici√≥n del Sol.
Al acabar sus horas de centinela, Elyn regres√≥ con dos conejos al campamento, los dej√≥ en el suelo y despert√≥ al enano con unos toques escasamente cari√Īosos de su bota.
¬óEsta vez ser√°n dos y dos horas, mujer ¬ógru√Ī√≥ el enano¬ó, porque para entonces el Sol estar√° ya bajo, y las maldades siempre se traman de noche.
Sin decir nada del escudo, Elyn se acomodó en la hierba y durmió de nuevo.
Cuando el enano la despert√≥, una apetitosa fragancia de conejo asado se extend√≠a por el aire: y en efecto, uno hab√≠a desaparecido y el otro colgaba espetado sobre un hogar improvisado, cuyas brazas se avivaban con la grasa que goteaba. Y al lado hab√≠a un peque√Īo mont√≥n de le√Īa seca para mantener la llama. Tan pronto como el enano se sumi√≥ en un profundo sue√Īo, ella mordi√≥ la carne caliente y jugosa, procurando evitar quemarse pero sin conseguirlo del todo. Una mirada al Sol la inform√≥ de que apenas faltaban dos horas para que la marea crepuscular inundara la tierra, tan s√≥lo dos horas para que llegara el momento de separarse de aquel enano. Tambi√©n advirti√≥ que el poni estaba ahora ensillado, aunque segu√≠a atado junto a la hierba jugosa.
Cuando hubo acabado de comer el conejo, Elyn a√Īadi√≥ un poco de le√Īa al fuego, y luego se acerc√≥ al riachuelo a lavarse las manos grasientas y la cara. A continuaci√≥n, se coloc√≥ su arn√©s de cuero, y dio a Viento otra peque√Īa raci√≥n de grano; mientras la yegua com√≠a, Elyn se dedic√≥ de nuevo a almohazarlo y lo ensill√≥, deslizando a continuaci√≥n en las fundas de la silla de montar la lanza, el arco, el sable y el cuchillo largo; finalmente, se colg√≥ del hombro su cuerna de toro negro por la correa de cuero y desliz√≥ su daga en el cintur√≥n.
Cuando el Sol tocaba ya el horizonte, Elyn atiz√≥ el rescoldo del fuego, a√Īadiendo una o dos ramas para reavivar la llama, y puso a hervir un peque√Īo pote con agua. Y cuando el crep√ļsculo empez√≥ a instalarse sobre la tierra, el olor de un t√© fuerte perfumaba el aire.
Despertó al enano, se agachó a llenar una frágil taza con el líquido caliente, y sin decir palabra le ofreció también un poco.
Sentados en silencio, saborearon el t√© mientras empezaba a soplar el aire fr√≠o de la noche, y observaron c√≥mo la luz anaranjada del atardecer iba desvaneci√©ndose y adquiriendo matices rosados primero y luego violetas. Cu√°nto tiempo estuvieron as√≠ sentados inclinados sobre sus tazas calientes y conscientes de todos sus cortes, ara√Īazos, magulladuras y dolores, no habr√≠an sabido decirlo. Pero el cielo se hab√≠a cubierto de estrellas titilantes, y una Luna plateada hab√≠a empezado su ascensi√≥n nocturna antes de que hablara uno de los dos.
¬ó¬ŅHacia d√≥nde te diriges, enano? ¬ódijo Elyn al tiempo qu√© remov√≠a los rescoldos con un bast√≥n.
¬óAl este, mujer. Voy al este.
—¡Rach! ¡Es mi dirección!
¬óNo pienses en acompa√Īarme, jinete, porque no voy a tardar en librarme de ti. ¬°Nuestra alianza de la noche pasada termin√≥! ¬°Se acab√≥! ¬°Ojal√° no te hubiera encontrado nunca! ¬óY, a la luz del fuego, los ojos negros del enano brillaban con rencor.
—¡Si no me hubieras encontrado, enano —la voz de Elyn escupía veneno—, estarías ahora en el fondo de una charca inmunda, sirviendo de abono a los juncos de la ciénaga!
¬ó¬°Y tus huesos, jinete, estar√≠an dando sustancia a la sopa en la olla de alg√ļn ukh!
¬ó¬°Pedazo de borrico, enano! ¬ólas palabras de Elyn estaban cargadas de malevolencia¬ó. ¬°Me hiciste perder mi mejor cuerda!
Furioso, el enano se puso en pie y rebuscó impaciente en su equipaje y sus pertenencias; luego regresó con actitud ofendida.
¬óToma, jinete, ¬°no quiero deberte nada! ¬óY agit√≥ delante de ella un rollo de cordel de seda¬ó. No encontrar√°s nada mejor, porque ha sido fabricado por ch√Ękka.
Furiosa, Elyn se puso en pie de un salto.
—¡Maldito cerdo...! —Pero un movimiento captado con el rabillo del ojo llamó su atención: entre los árboles habían aparecido unas siluetas recortadas contra la luz de la Luna. Se precipitó sobre el enano y lo empujó a un lado al tiempo que una lanza dentada pasaba silbando por el espacio que había ocupado él, y se clavaba en el suelo, unos metros más allá.
Cuatro drokha saltaron del bosquecillo y los atacaron. Mientras el enano asía su hacha, Elyn arrancó la lanza wrg del suelo y la lanzó con toda su fuerza, ensartando a uno de los engendros antes de que hubiera dado cinco pasos a la carrera.
El enano se colocó delante de ella para detener la carga, con su hacha de doble filo sujeta con las dos manos: la derecha arriba, cerca de la doble hoja, y la izquierda abajo, junto al extremo del mango. Dada la forma del hacha de batalla de los enanos, puede utilizarse el astil a modo de bastón, para detener los golpes de las armas de los hroks; y es posible atacar con ella como con una lanza, haciendo servir la mortífera punta de hierro que sobresale al extremo del astil, o bien variar la posición de las manos para dar furiosos mandobles laterales, en los que la doble hoja, manejada por los anchos y potentes hombros de los enanos, suele tener efectos devastadores.
Elyn no contaba m√°s que con la daga de su cinto, porque el sable, el arco y las flechas, la honda y sus balas, y tambi√©n la jabalina, estaban enfundados en sus vainas en la silla de montar de Viento. ¬ę¬°Rach! ¬°Deb√≠a haber conservado la lanza del drokh!¬Ľ
Maldiciéndose a sí misma por su falta de previsión, Elyn dio media vuelta y corrió hacia el caballo atado, mientras uno de los wrg la perseguía de cerca. Si conseguía llegar a tiempo a donde la esperaban sus armas... Pero Viento había olfateado el olor de la sangre derramada por el drokh y —con los ojos en blanco y los ollares palpitantes por el pánico— se había encabritado y no dejaba aproximarse a Elyn.
Ahora el drokh había llegado junto a ellos, y su siniestro tulwar brillaba a la luz de la Luna. Parecía un rutch, pero con las piernas más rectas, y su estatura y peso eran también mayores, similares a los de un hombre; pero la piel era oscura, los ojos amarillos, y las orejas apuntaban hacia fuera como las alas de un murciélago. Y los drokha son hábiles guerreros, al contrario que los torpes rutcha que sólo si disponen de una gran superioridad numérica consiguen vencer a sus enemigos. Y este drokh en particular estaba a punto de atravesar a Elyn con su largo sable curvo.
Con r√°pidos movimientos, la doncella guerrera consigui√≥ mantener el caballo entre su enemigo y ella, amagando primero hacia un lado, despu√©s hacia el otro, mientras Viento, que hab√≠a olido la sangre, piafaba y coceaba atado a la estaca, y el drokh daba peque√Īos saltos para esquivar a la yegua desde el lado opuesto, y observaba fugazmente a su presa por entre las patas en constante movimiento de la yegua gris, buscando el medio de alcanzar a la mujer.
Elyn no podía coger su sable porque quedaba del lado del drokh. Y un tulwar en manos expertas podía derrotar con mucha facilidad a una daga; y si la lanzaba y fallaba el tiro...
De s√ļbito, la doncella guerrera se abalanz√≥ sobre el ramal que trababa a la yegua y, sujet√°ndolo con una mano, lo cort√≥ de un tajo con su daga, dejando libre al animal al tiempo que el wrg se abalanzaba hacia adelante y su tulwar silbaba al trazar en el aire una mort√≠fera curva de arriba abajo.
Elyn lo evitó con un salto desesperado de lado y cayó al duro suelo; allí rodó sobre sí misma sin quedar quieta un momento, gritó:
¬ó¬°V'ttacku, Vat! ¬°Doda!
El drokh se lanz√≥ gru√Īendo sobre ella, la espada curva alzada para el golpe final..., y muri√≥ cuando los cascos de Viento le aplastaron la parte posterior del cr√°neo. Luego la yegua gris pisote√≥ el cad√°ver tendido, obediente a la orden de ataque que hab√≠a gritado la doncella guerrera:
¬ó¬°Ataca, Viento! ¬°Mata!
A un agudo silbido de Elyn, Viento detuvo sus cabriolas sobre el cuerpo del enemigo muerto, suspendió sus embestidas y se quedó quieta, mostrando el blanco de los ojos, resoplando con esfuerza por los ollares, las patas temblorosas..., pero quieta. La princesa montó y sacó la jabalina de su funda, dispuesta a ensartar a los desde lo alto de su montura. Pero no necesitaba haberse molestado porque cuando miró hacia el escenario de la batalla vio que el enano se acercaba corriendo, el hacha ensangrentada en las manos, puesto a ayudar en lo que hiciera falta porque sus dos hroks yacía muertos en sendos charcos crecientes de líquido grumoso de color oscuro.
¬óEres buena luchadora, jinete ¬ógru√Ī√≥ en tono ronco, mientras contemplaba a la doncella guerrera a la luz de la Luna.
¬óT√ļ tambi√©n, enano ¬órespondi√≥ ella.
¬ęTal vez...¬Ľ
¬ęTal vez...¬Ľ
La misma idea cruzó por las dos mentes.
De repente, Elyn se estremeci√≥. ¬ęAlguien acaba de pisar mi tumba¬Ľ; el dicho acudi√≥ espont√°neamente a su conciencia. Pero sab√≠a que el temblor proced√≠a, por el contrario, de la sensaci√≥n de que algo invisible y maligno los acechaba en aquel mismo momento.
¬óMira, enano, t√ļ mismo dijiste que ¬ęlas maldades siempre se traman de noche¬Ľ. Hemos sido atacados ya en dos noches consecutivas. Tal vez deber√≠amos seguir juntos el viaje.
¬óMira t√ļ, mujer ¬ógru√Ī√≥ en respuesta el enano¬ó. Eres una jinete. Nunca ser√© tu camarada...
—¡Cómo! —escupió Elyn—. ¡Olvídalo, enano! Yo tendría...
¬ó¬°Espera! ¬óla detuvo el enano con un bramido¬ó. Mujer est√ļpida! ¬°Esc√ļchame antes de ponerte a maullar! Estoy de acuerdo en que debemos cabalgar juntos por alg√ļn tiempo m√°s. Con sumo gusto har√≠a exactamente lo contrario, pero mucho me temo que en efecto se est√°n tramando maldades, y no nos queda otra opci√≥n. Por mucho que me disguste personalmente, la tregua que hemos acordado entre nosotros debe ampliarse una noche m√°s. Aun as√≠, no cometas el error de pensar en m√≠ como un camarada, porque eso nunca ocurrir√°.
¬ó¬ŅCamarada, yo? ¬ŅQue yo piense en ti como un camarada? ¬óLa voz de Elyn expresaba una incredulidad at√≥nita. Luego estall√≥¬ó. ¬°Una noche m√°s, enano! ¬°Eso es todo!
Furiosa, Elyn desmontó y empezó a colocar sus sacos de viaje en la silla de montar.
¬óY otra cosa, enano... No me llames ¬ęmujer est√ļpida¬Ľ nunca m√°s; soy una doncella guerrera; me llamo Elyn.
Se miraban el uno al otro, y el silencio beligerante que había entre los dos iba tensándose más y más..., hasta que finalmente se rompió.
¬óPues este ¬ępedazo de borrico¬Ľ se llama Thork ¬ódijo el enano haciendo rechinar los dientes.
Y as√≠, llenos de tirantez y hostilidad, Elyn y Thork recogieron sus pertenencias y apagaron y esparcieron los √ļltimos rescoldos del fuego; y sin mirar hacia atr√°s los cad√°veres de los drokha, partieron de nuevo en direcci√≥n al este, dos siluetas desparejas que cabalgaban hacia la Luna que asomaba en el horizonte.