4 - La prueba

Primavera, verano y oto√Īo, 3E1589
[Trece a√Īos antes]

¬°Bok! ¬°Noc, nok! ¬°Clak-klak!
Ruric tir√≥ con fuerza de las riendas de Pedernal, y el ruano con manchas blancas se detuvo sobre la hierba h√ļmeda. El guerrero que montaba a Pedernal inclin√≥ la cabeza a un lado y aguz√≥ el o√≠do, tratando de percibir un ruido distinto del resuello de su corcel.
¬°Dok! ¬°Klak! ¬°Nok!
¬ę¬°All√≠! ¬óla mirada de Ruric escudri√Ī√≥ el punto del que proced√≠an los ruidos¬ó. Vienen de los arbustos. Parecen bastones.¬Ľ
Ruric desmontó en silencio y condujo a Pedernal por entre los árboles, sujetando la rienda a una rama.
¬°Dok! ¬°Dok! Nok!
El guerrero se abri√≥ paso por entre los arbustos, y lleg√≥ al fin al borde de un claro del bosque, donde estaban atadas dos monturas. Desde el bosquecillo, inm√≥vil y en silencio, Ruric observ√≥ maravillado a dos j√≥venes que peleaban en medio del entrechocar de los bastones que empu√Īaban, relucientes a la luz del sol.
De s√ļbito, uno de ellos retrocedi√≥ tambale√°ndose, y al caer pesadamente por la fuerza del golpe recibido, su bast√≥n vol√≥ por el aire, sin que consiguiera sujetarlo.
—¡Elyn! —la rabia desencajaba las facciones del joven—. Lo has hecho a propósito!
Elyn no contestó enseguida; resollaba con fuerza y el sudor corría en gruesos goterones por su rostro.
¬óVen, deja que me cuide de eso.
Su voz era amistosa. Dejó a un lado su bastón y se arrodilló en la hierba junto al muchacho, al tiempo que desanudaba la banda de tela que sujetaba sus cabellos y la acercaba al rostro de él.
—¡No! —gritó Elgo, girando a un lado la cabeza, mientras su nariz manaba un chorro de sangre—. ¡No! —gritó de nuevo, poniéndose en pie de un salto y corriendo hacia los caballos.
Elyn le mir√≥ correr, y luego se puso en pie y se anud√≥ de nuevo el cabello. Se agach√≥ a recoger su bast√≥n y fue detr√°s de √©l, una ni√Īa larguirucha de casi once a√Īos de edad, detr√°s de un chico tambi√©n de casi once a√Īos.
¡Uuuf! De nuevo el joven Elgo se tambaleó, y habría caído sobre su trasero una vez más de no haberlo sujetado una mano firme cuando ya perdía el equilibrio.
—¡Más cuidado, mi príncipe!
La voz de Ruric revelaba malhumor, y Elgo lo miró boquiabierto, porque en su rabia el chiquillo no había prestado atención a lo que le rodeaba, y había ido a topar con el guerrero oculto en las sombras del borde del claro.
—Maestro de armas Ruric, no os había visto. —Elgo baje cabeza y la giró hacia un lado, sorbiendo por la nariz para intentar esconder la sangre que manaba de ella.
Pero Ruric no se anduvo con miramientos; se inclinó sujetando al chico por la barbilla, y le hizo alzar la cara para verlo bien.
—Veamos, mozuelo, qué remedio podemos poner a ese pico que gotea.
Y, como Elyn se acercaba ya, a√Īadi√≥:
—Tenías razón, princesa: necesitaremos tu cinta del pelo.
El maestro de armas condujo a los dos a la orilla cubierta de musgo de un arroyuelo claro; el agua salpicaba y cantaba entre los árboles, Elgo seguía malhumorado y Elyn jugueteaba con los bastones al tiempo que se soltaba el cabello, mientras Ruric se sonreía secretamente a sí mismo.
¬óOrgullo, muchacho, orgullo ¬ógru√Ī√≥ Ruric, hincando la rodilla junto a la corriente y sumergiendo la cinta en el agua helada. Despu√©s de pedir al chiquillo que se tendiera sobre la blanda alfombra que formaba el c√©sped, el guerrero apret√≥ el pa√Īo h√ļmedo contra la nuca de Elgo¬ó. El mismo orgullo que ha sido causa de la ruina de tantos hombres. Fueron demasiado orgullosos para aprender la lecci√≥n de sus propios errores, y en definitiva eso los llev√≥ a la perdici√≥n. Y tambi√©n te perder√° a ti, a menos que aprendas a controlar ese temperamento orgulloso y esas maneras llenas de altaner√≠a.
Elyn se sentó sobre el suave musgo, adornado ya en la primavera temprana con tiernas florecillas, arrancó una de ellas y aspiró con suavidad su débil fragancia, mientras Ruric arrancaba otro pedazo de tela de su propia manga y, después de humedecerlo, lo colocaba sobre la nariz de Elgo.
—Aspira a través de esa venda, rapaz, te refrescará por dentro y parará ese goteo de tu nariz.
Elgo aspir√≥ con alivio aquel frescor, y el maestro de armas se recost√≥ en el tronco de un abedul, mir√≥ de reojo a Elyn y sonri√≥. Luego se dirigi√≥ de nuevo a Elgo, y la voz del guerrero adquiri√≥ un tono gru√Ī√≥n.
¬óTe lo repito, el orgullo no debe ocupar el lugar del aprendizaje. Deja que te pregunte, rapaz, c√≥mo pudo Elyn burlar tu guardia y rebasar la posici√≥n de tu bast√≥n con el suyo. ¬ŅLo sabes?
—¡Hizo trampa...! —empezó a decir Elgo con voz enojada, pero se vio obligado a callar ante el rugido que salió de inmediato de la garganta del maestro de armas.
¬ó¬°Silencio! ¬óEl ce√Īo ensombreci√≥ las facciones de Ruric, que la ira hizo enrojecer, de modo que Elgo y Elyn se estremecieron al verlo¬ó. ¬ŅNo has o√≠do una sola palabra de lo que te he dicho? Por los huesos de un troll y la guarida de un drag√≥n, rapaz, ¬Ņc√≥mo puedes esperar llegar a ser rey si persistes en tu estupidez?
Ruric dirigió una mirada irritada al joven, y poco a poco la rabia pareció desvanecerse.
¬óVamos a probar otra vez, rapaz ¬ódijo, ya relajado, recost√°ndose de nuevo en el √°rbol¬ó, pero ahora sin gimotear como un cachorrillo; piensa en lo que hablas. Dime ahora como guerrero, como vanadurin, como uno de los harlingar: ¬Ņc√≥mo pudo Elyn sorprender tu guardia?
Elgo, algo escarmentado pero todavía mohíno, consideró el problema con impaciencia.
—No lo sé —respondió por fin, con voz áspera.
¬ó¬°Ah! ¬ógru√Ī√≥ Ruric, inclin√°ndose hacia adelante¬ó. ¬°Ah√≠ te duele, rapaz, no lo sabes! ¬°Y si todo lo que haces es ponerte a patalear, nunca lo sabr√°s! ¬óLa voz del guerrero adquiri√≥ un tono agudo-. Y la pr√≥xima vez cometer√°s el mismo error, y recibir√°s otro golpe en la cara. Y si caes en la misma clase de error cuando seas hombre..., bueno, lo m√°s seguro es que no vivas lo bastante para contarlo.
Una vez más, Ruric se recostó en el abedul, y su voz se suavizó.
—Orgullo, rapaz, orgullo. Será tu ruina si no pones remedio. La manera de vencerlo es aprender de tus errores, y el mejor maestro para ello es la persona que te derrotó.
¬ĽEnti√©ndeme, rapaz; no quiero decir que pierdas tu fiereza, sino que aprendas de quienes son mejores que t√ļ. Y en cuesti√≥n de bastones, por el momento Elyn es mejor. Es a ella a quien deber√≠as preguntar, caso de que, de verdad, quieras aprender, si sabe lo que hizo y c√≥mo lo hizo. Incluso en el caso de que s√≥lo haya sido un golpe afortunado, tendr√°s ocasi√≥n de examinar por qu√© sucedi√≥..., y entender√°s algo.
Ruric calló, y durante unos momentos sólo se oyó el rumor arroyo y de las hojas de los árboles agitadas por una suave brisa.
¬ó¬ŅC√≥mo lo hiciste, Elyn? ¬ódijo finalmente Elgo a rega√Īadientes, en voz baja y malhumorada.
Elyn levantó la vista de la florecilla que tenía en las manos y miró a Ruric; éste le hizo un gesto de asentimiento, y entonces se volvió a su hermano gemelo.
—Cada vez que das un paso atrás con el pie izquierdo y luego vuelves a adelantarlo, bajas el hombro derecho para atacar de abajo arriba. Me limité a esperar el momento, y golpeé con mi bastón por encima del tuyo cuando dabas el paso adelante.
—¡Aja! —exclamó Ruric—. ¡Una doncella guerrera!
—¡Sí! —gritó Elyn, dejando caer la flor e incorporándose sobre sus rodillas llena de excitación, con el rostro iluminado por un repentino flujo de sangre—. ¡Sí! Eso es lo que deseo ser, maestro de armas Ruric. Una doncella guerrera, como en la época de nuestros abuelos.
Una expresión de desconcierto, y después de admiración, asomó al rostro de Ruric.
¬ó¬ŅDoncella guerrera...? ¬óempez√≥ a decir, pero no pudo continuar porque Elyn le interrumpi√≥.
¬óS√≠, maestro de armas, una doncella guerrera como las de antes ¬órepiti√≥. Los ojos claros de Elyn ten√≠an en aquel momento un brillo de color verde mar, y sus palabras se atropellaban las unas con las otras en su prisa por salir¬ó. Soy ya experta con la honda, y Elgo me ha estado ense√Īando el manejo del bast√≥n. Pero necesito entrenarme con el arco..., y..., y tambi√©n con el carro.
Al o√≠r la √ļltima frase, Ruric lanz√≥ una carcajada.
¬óVamos, chiquilla, ¬Ņtambi√©n el carro?
Elyn apartó su mirada del maestro de armas, herida por el tono de burla. Al ver el efecto de sus palabras en la joven, Ruric recuperó rápidamente su seriedad.
¬óDebes saber, princesa, que hace mucho que no se utiliza carros, a excepci√≥n de los juguetes que se emplean en las de la fiesta de la Mitad del A√Īo. Vamos, no hay un solo carro de combate real en todo el pa√≠s, ni lo ha habido desde hace cientos de a√Īos. En fin, quiz√°s haya alguno almacenando polvo en el museo del rey de Aven, pero en Jord, chiquilla, no queda ni rastro de un aut√©ntico carro, y las doncellas guerreras que los conduc√≠an son cosa del pasado.
Al o√≠r esas palabras, Elgo dio un bufido y de nuevo la sangre empez√≥ a gotear de su nariz. Lleno de frustraci√≥n, volvi√≥ a apretar el trapo h√ļmedo contra su rostro, y dijo con una voz sofocada en la que se percib√≠a la irritaci√≥n:
¬ó¬°Lo yes, Elyn! ¬°Te dije que era una estupidez! Siento haberte hecho caso.
Ruric miro de soslayo al muchacho.
¬óLos sue√Īos nunca son est√ļpidos, rapaz. Equivocados, tal vez; pero nunca est√ļpidos.
Elgo resopló.
Exasperada por su hermano, pero animada por las palabras de Ruric, Elyn habló con voz llena de fervor:
¬óS√≠, maestro de armas, he tenido un sue√Īo: ser una doncella guerrera como las de la √©poca de Harl el Fuerte. Conductoras de carros de combate. Lanzadoras de jabalina. Arqueras. Honderas. Expertas en el manejo del bast√≥n, y s√≠, tambi√©n de espadas y otros tipos de armas en combates cuerpo a cuerpo. Exploradoras y mensajeras tambi√©n, porque el peso menor de una muchacha permite un alcance mayor a lomos del caballo, y resulta una ventaja cuando es preciso recorrer largas distancias. ¬óLa voz de Elyn se extingui√≥, y ella se ech√≥ atr√°s y baj√≥ la vista al suelo¬ó. Eso es lo que quiero ser, maestro de armas. Eso es lo que me gustar√≠a ser.
¬óAh, chiquilla, pero todo eso se acab√≥ con la Gran Guerra ¬órespondi√≥ Ruric¬ó, porque el pueblo de los vanadurin qued√≥ devastado, casi hasta el punto de extinguirse, tanto los hombres como las doncellas guerreras. Entonces las mujeres supervivientes decidieron dejar a un lado las armas y abandonar la guerra para dedicarse al hogar y a la casa, y llevar en sus brazos peque√Īuelos en lugar de armas, porque no hab√≠a otro medio de que los harlingar sobrevivieran. De ninguna otra forma podr√≠amos habernos recuperado los harlingar hasta volver a ser una naci√≥n poderosa. Y √©sa, mi ni√Īa, es la raz√≥n de que no existan hoy doncellas guerreras.
¬óPero, maestro de armas, ¬°eso sucedi√≥ hace miles de a√Īos! -protest√≥ Elyn¬ó. Los harlingar vuelven a ser fuertes. Ya no se necesita que todas las mujeres se dediquen al hogar, que todas las mujeres den de mamar a las criaturas, que todas las mujeres hagan guardia al lado de la cuna. Por tanto, deber√≠a volverse a hacer lo que ya se hizo en el pasado: es hora de que vuelvan las doncellas guerreras.
Elyn proyectó su mandíbula hacia adelante, y por primera vez brilló en sus ojos verdes una luz de desafío al encontrarse cor ojos azules de Ruric.
—¡Y eso es lo que quiero ser yo, maestro de armas, eso que me gustaría ser!
—¡Bah! —resopló Elgo con desdén.
¬ó¬°Hum! ¬ógru√Ī√≥ Ruric, enojado por la actitud del muchacho y suspirando por tenerlo bien sujeto sobre las rodillas para darle una lecci√≥n que no pudiera olvidar jam√°s. En lugar de ello, el guerrero disimul√≥ su rabia y se volvi√≥ a la princesa¬ó. De acuerdo, mocita, vamos a hacer un pacto. Yo te ense√Īar√© todo lo que debe saber una doncella guerrera, pero t√ļ tendr√°s que ser constante en el aprendizaje. Si te echas atr√°s o pierdes inter√©s, quedaremos en paz; pero mientras trabajes y progreses, yo no dejar√© de ense√Īarte lo que deseas aprender.
Ruric tuvo la satisfacci√≥n de o√≠r refunfu√Īar a Elgo y ver el pr√≠ncipe se tapaba totalmente la cara con el trapo h√ļmedo no ver a Elyn pasar sus brazos por el cuello del guerrero gru√Ī√≥n. Pero enseguida, el j√ļbilo del maestro de armas al ver el desconsuelo de Elgo se desvaneci√≥ al darse cuenta de la dif√≠cil tarea a la que acababa de comprometerse.
Fiel a su palabra, una y otra vez Ruric fue a encontrarse Elyn en el bosquecillo situado junto al arroyo. Y obediente a las √≥rdenes del maestro de armas, Elgo asisti√≥ tambi√©n a aquellas sesiones de entrenamiento, porque Ruric sab√≠a que Elyn necesitaba adiestrarse peleando con un adversario de su misma talla; y, tal como el propio Ruric esperaba, Elgo no s√≥lo aprendi√≥ tambi√©n, sino que se esforz√≥ al m√°ximo para impedir que su hermana le sobrepasara. El ingreso de Elgo en los campos de entrenamiento de los vanadurin no deb√≠a producirse hasta un a√Īo y dos meses despu√©s cuando cumpliera los doce de edad; de modo que el pr√≠ncipe estaba ansioso por aprender, y por comprobar sus progresos en una batalla¬Ľ, aunque habr√≠a preferido con mucho enfrentarse a chicos varones de su misma edad. Aun as√≠, Elgo sol√≠a llevar la peor parte porque Elyn estaba en una edad en la que, por lo menos durante dos o tres a√Īos, ser√≠a m√°s fuerte, m√°s r√°pida y m√°s ligera de pies que su hermano gemelo, que a√ļn no hab√≠a comenzado el tr√°nsito la adolescencia.
Y de ese modo, el soto resonaba con los ecos del choque de sables de madera, y el nok-bok de los bastones. Y se o√≠a el temblor de la cuerda, el silbido y el golpe de la flecha al volar y dar blanco, y tambi√©n el chasquido, el zumbido y el impacto de los proyectiles lanzados con la honda. Y los dos lanzaron jabalina pelearon con ¬ędagas¬Ľ, y Ruric consigui√≥ incluso hacerse con un carro del festival y ense√Īarles la forma de maniobrar con √©l en una batalla.
En el claro se oían las exhortaciones del maestro de armas cuando una y otra vez les ponía delante una nueva tarea, una nueva forma de rechazar un ataque, una nueva técnica que aprender.
Y aprendieron los dos, por más que en no pocas ocasiones Ruric detuviera la acción para dar al uno o al otro una buena reprimenda verbal.
¬ę¬°Quietos! Por las negras u√Īas de Andrak, muchacho, ha sido tu orgullo otra vez. ¬ŅNo aprender√°s nunca, pr√≠ncipe? Atiende. La princesa Elyn mantuvo la cabeza fr√≠a cuando t√ļ la atacabas, y en cambio t√ļ te irritaste cuando ella contraatac√≥, y tu temperamento ha podido contigo y le ha permitido a ella vencerte.¬Ľ
¬ęElyn, Elyn, ¬Ņqu√© voy a hacer contigo? En este ejercicio, tu trabajo consiste en conducir el carro, y el de Elgo, tirar la jabalina. Deja de gritarle ¬ę¬°Ahora!¬Ľ cuando a ti te parece que deber√≠a lanzarla. Le toca a √©l decidir. Por el martillo de Adon, muchacha, oc√ļpate de que los caballos corran derechos y aprisa, en lugar de dejar que hagan eses como patos borrachos.¬Ľ
La primavera dio paso al verano, y el verano cedi√≥ su lugar al oto√Īo, y las lecciones segu√≠an todav√≠a. Muy pronto aquellas sesiones de entrenamiento se convirtieron en un secreto a voces en la corte, pero el rey Aranor disimul√≥, porque le complac√≠a que el aprendizaje de Elgo hubiera comenzado tan pronto, y la afici√≥n de Elyn por las armas supon√≠a para √©l tan s√≥lo un ligero contratiempo. Pero la t√≠a soltera de Elyn, Mala, hija del conde Bost de las Llanuras de Fian, en Pellar, y hermanastra mayor de la madre de los gemelos, Alania, fallecida a√Īos atr√°s, se escandaliz√≥ del comportamiento de Elyn. Despu√©s de todo, Mala hab√≠a vivido durante cierto tiempo en la corte del Rey Alto en Caer Pendwyr, y como Mala dec√≠a: ¬ę... ninguna dama de aquella corte pensar√≠a ni por un instante en aprender el manejo de las armas, y mucho menos en llegar a ser una guerrera.¬Ľ
Mala critic√≥ y critic√≥ hasta que finalmente, llegado el oto√Īo y a pesar de las objeciones de Ruric, Aranor orden√≥ al maestro de armas que condujera a Elyn a la liza de armas, para poner a prueba el √°nimo de la doncella guerrera frente a algunos muchachos de m√°s edad, con el fin de que, para decirlo con las palabras de Mala, ...pueda ver lo rid√≠culo de su conducta y dedicarse a cosas m√°s adecuadas para una gentil muchacha de noble cuna¬Ľ.
Poco a poco la luz se extendió sobre la tierra, y la fría neblina del amanecer lo envolvió todo. En el fondo de los valles la niebla espesa se amontonaba a ras de tierra, pero en lo alto de las murallas el vaho flotaba frágil e impalpable, y rodeaba con halos vaporosos la luz de las antorchas. Las puertas del castillo se abrieron en par, y apareció el rey rodeado de su séquito, mientras los lacayos se precipitaban a su encuentro desde los establos, conduciendo los caballos. Con un gran estruendo y el rechinar de los mecanismos de las cadenas y los trinquetes, se levantó el rastrillo y se bajó puente levadizo, mientras los cortesanos montaban a caballo, atravesaban el patio empedrado y salían a afrontar la niebla que los campos.
Cuando llegaron a la liza de armas, todos desmontaron y ocuparon sus lugares respectivos.
Aranor, un hombre con aspecto de haber cumplido los cuarenta y cinco a√Īos, se sent√≥ en el pabell√≥n del rey, y ninguno de sus gestos revel√≥ que conociera a Elyn. Pero cualquiera que viera a comprender√≠a de inmediato que Elyn y Elgo hab√≠an nacido de su simiente. Unos ojos verdes brillaban en su rostro bien parecido, y su amplia frente estaba coronada por una mata de cabello cobrizo, y en ambos detalles se parec√≠a a sus hijos. Pero era sobre todo su porte ¬óerguido, lleno de gracia y de fuerza¬ó lo que le se√Īalaba como padre de los gemelos, y tambi√©n la profundidad de su mirada: ¬ęmirada de halc√≥n¬Ľ, dec√≠an algunos; ¬ęno, mirada de √°guila¬Ľ, respond√≠an otros. Fuera de √°guila o de halc√≥n, la misma intensidad pod√≠a percibirse en las facciones de Elyn y Elgo; y hab√≠a ocasiones en las que los movimientos de los gemelos mostraban una fluidez y una facilidad que recordaban los de su padre. Aunque, si le preguntaban, Aranor siempre aseguraba que era de la madre de hab√≠an heredado los gemelos aquella gracia llena de elegancia.
Al lado de Aranor fue a sentarse Mala, r√≠gida y ce√Īuda, con el cabello negro anudado seg√ļn su costumbre en un mo√Īo tieso sobre la nuca. No estaba acostumbrada a levantarse a aquellas horas, y bien a las claras lo revelaban la g√©lida mirada de sus ojos azules y sus labios delgados y prietos. Sin embargo, un brillo indefinible en aquella mirada fija y helada anticipaba el momento del triunfo esperado, porque ahora Elyn ver√≠a por fin lo insensato de su forma de comportarse, y en adelante ser√≠a educada como debe serlo una princesa de verdad.
Elgo, molesto porque se sentía atrapado en aquella debacle, buscó asiento en uno de los bancos dispuestos para los escuderos delante del pabellón, a nivel del suelo. Varios muchachos de su edad se sentaron con él.
En la liza, Elyn aparecía pálida, como si hubiera pasado la noche sin dormir. Pero sus ojos tenían un brillo transparente.
También en la liza, se colocó un blanco para arqueros: la silueta de uno de los engendros rutcha.
Ardon, un muchacho de catorce primaveras, se situ√≥ a veinte pasos del perfil oscuro y esper√≥, empu√Īando el arco.
Mientras Ruric caminaba al lado de Elyn hacia el lugar se√Īalado, habl√≥ muy poco.
¬ó√Ānimo, rapaza. Recuerda: haz una inspiraci√≥n profunda. Exhala a medias el aire y ret√©n el resto. Elige un punto de referencia. Apunta con precisi√≥n. Suelta.
Elyn ocupó su lugar al lado del muchacho. Cada uno recibió cuatro flechas. Elyn se mantenía erguida como un junco, mientras colocaba el proyectil en la cuerda y atisbaba el blanco lejano a la luz incierta del amanecer.
¬óCon toda seguridad no pod√©is oponer ninguna objeci√≥n a esto, se√Īora ¬ómurmur√≥ Aranor al tiempo que miraba de reojo Mala, que se hab√≠a llevado a la boca un delicado pa√Īuelo de encaje como protecci√≥n contra el relente matutino¬ó. Las damas tienen por costumbre ejercitar su punter√≠a con el arco y las flechas.
¬óBrome√°is, se√Īor ¬óprotest√≥ Mala¬ó. El blanco es horrendo, totalmente inapropiado. Y ella no maneja uno de los arcos de las damas de la corte, sino otro mucho m√°s brutal, fabricado para el uso de guerreros: un arma mort√≠fera.
¬óNo es el feo arco lo que mata al enemigo, se√Īora, sino la esbelta flecha ¬órespondi√≥ Aranor en tono cort√©s.
Los dos guardaron silencio, en un ambiente enrarecido por la desaprobación de Mala y el enfado de Aranor; su atención se centró en los dos arqueros de la liza, y observaron cómo Ardon y Elyn dirigían sus letales saetas contra la silueta.
¬°Shik! ¬°Ssstok! ¬°Tac! ¬°Toe! Las flechas impactaron veloces en el blanco y los cuatro jueces se adelantaron a valorar el resultado, acompa√Īados por Ruric.
¬ó¬°Todos son tiros mortales, se√Īor! ¬óinform√≥ Agnor, el m√°s veterano de los jueces¬ó. Tres flechas de Ardon est√°n m√°s juntas que las de la princesa Elyn, pero la cuarta ha quedado m√°s desviada. iSe√Īor, considero que ha habido empate!
Irritado por aquella decisión, Ruric resopló y, dando media vuelta sobre sus talones, se alejó del blanco a largas zancadas.
—¡Cuatro más! —ordenó Aranor, ignorando el suspiro exasperado de Mala.
Mientras Ardon y Elyn se preparaban de nuevo para disparar sus flechas contra la silueta, Ruric se aproximó a la princesa.
¬óMantente firme, rapaza. Aparta de tu mente todo tipo de distracci√≥n. Piensa √ļnicamente en lo que has aprendido. Y piensa que ves tu proyectil golpear el coraz√≥n del enemigo elegido.
De nuevo las ocho flechas volaron hacia el blanco, y los jueces adelantaron y observaron la disposición de los impactos.
¬ó¬°Otra vez todos son tiros mortales, se√Īor! ¬óinform√≥ Agnor-. La mano de un guerrero podr√≠a cubrir los cuatro tiros de Ardon ¬óel coraz√≥n de Elyn dio un vuelco¬ó, ¬°pero la palma de un ni√Īo cubrir√≠a los de la princesa! ¬°Ella es la vencedora!
Dedicando a Elyn una amplia sonrisa, Ruric recogió el arco y le tendió un bastón.
En el banco de los escuderos, al ir a sentarse Ardon entre ellos se produjo un murmullo burl√≥n de los dem√°s muchachos, por haber dejado que le derrotara una ni√Īa.
Y Elgo procuró pasar inadvertido.
En el pabellón, el rey Aranor sonrió a la dama Mala, pero ella desvió la mirada sin contestar.
Como adversario de Elyn con los bastones se hab√≠a designado a Bruth, de doce a√Īos de edad. De nuevo la princesa se enfrentaba a un rival de mayor estatura, porque √©l, como Ardon, le saca al menos media cabeza. Pero si bien la altura de la persona es un irrelevante en el tiro con arco, en cambio en los bastones Bruth dispon√≠a de una ventaja evidente.
Los jueces se colocaron formando un cuadrado alrededor de los contendientes, la mirada bien alerta; el cuadrado se movería siguiendo las evoluciones de la pelea.
A una se√Īal de Agnor, Bruth se precipit√≥ sobre Elyn y la oblig√≥ a retroceder con la furia de su carga. ¬°Bok! ¬°Nok! ¬°Clak! ¬°Dok! Los bastones se entrechocaban con violencia, y Elyn ced√≠a m√°s y terreno, mientras sus mu√Īecas temblaban por el martilleo del bast√≥n de Bruth. Pero en su interior o√≠a el susurro de la voz de ¬ęRetrocede cuando te encuentres delante de un rival m√°s fuerte, rapaza. Deja que se canse atac√°ndote. Observa sus debilidades, y espera el momento adecuado; cuando llegue, golpea como lo hace v√≠bora: ¬°r√°pido y mortal!¬Ľ.
Y as√≠ la princesa retrocedi√≥ ante el empuje de Bruth, deteniendo con su propio bast√≥n los golpes, duros como martillazos, de su rival, y desvi√°ndolos por debajo y a un lado, o por encima y lejos de ella, al tiempo que buscaba alg√ļn resquicio vital por el que poder contraatacar.
En el pabellón, Mala se volvió ofendida hacia el rey.
—Aranor —siseó—, ¡detén de una vez este bochorno! ¡Ese patán tan está golpeando a una princesa!
¬óSe√Īora ¬óla voz de Aranor ten√≠a una nota de exasperaci√≥n en el campo de batalla no hay ninguna clase de jerarqu√≠a entre combatientes. No se detiene una pelea por el hecho de que uno de los guerreros sea de noble cuna, y el otro no. Lo mismo ocurre entre quienes compiten en esta liza. Aqu√≠ no hay realeza. ¬°Aqu√≠ √ļnicamente hay vanadurin!
Mala hizo rechinar sus dientes con furia, pero al observar la forma en que sobresalía la mandíbula del rey, evitó cualquier comentario.
No obstante, a pesar de sus palabras, Aranor ten√≠a los pu√Īos tan apretados que los nudillos estaban blancos.
Largo rato pugn√≥ Bruth, bast√≥n contra bast√≥n, pero no pudo perforar la defensa de Elyn, porque su constante martilleo fue siempre desviado, y poco a poco empez√≥ a remitir la furia de sus golpes., Y con mucha cautela, la princesa empez√≥ a ensayar sus propias t√©cnicas ofensivas, poniendo a prueba la resistencia de su propio brazo. De s√ļbito, con la celeridad del rayo, el bast√≥n de Elyn relampague√≥ sobre el de Bruth, y √©ste recibi√≥ un golpe en su casco al tiempo que soltaba el bast√≥n, que reson√≥ al caer sobre la tierra apisonada.
Al tiempo que la voz estentórea de Agnor anunciaba la victoria de Elyn, se oyeron gritos de rabia en el banco de los escuderos, que dedicaban los insultos más amargos a Bruth por su derrota. En el pabellón, Aranor desplegó una sonrisa triunfal, y Mala fingió no haberse dado cuenta de nada.
Después de un corto descanso, Elyn se enfrentó a Hrut, un muchacho de trece veranos, que le sobrepasaba toda la cabeza en estatura. En la mano derecha mostraba un sable de madera con el filo embotado, y en el rostro una ligera expresión de desdén.
Ruric se acercó a la princesa y puso en sus manos un arma similar.

¬ó√Čsta ser√° la tercera y √ļltima prueba, rapaza ¬ósu voz era muy baja, para que √ļnicamente ella pudiera o√≠rle¬ó, y esc√ļchame bien, no necesitas vencer porque ya has conseguido una puntuaci√≥n de dos sobre tres.
Elyn hizo un leve gesto con la cabeza, y dirigió al maestro de armas una mirada clara pero resuelta.
¬óDios me valga, chiquilla, veo que sigues tan decidida como al principio. Esc√ļchame,
pues. √Čl es m√°s fuerte y posiblemente tambi√©n m√°s r√°pido que t√ļ, pero si eres lista dispondr√°s de una oportunidad: tiene tendencia a escorarse del lado derecho, rapaza; del lado derecho.
Y sin m√°s instrucciones, Ruric dio media vuelta y se alej√≥, dejando a Elyn empeque√Īecida y sola.
De nuevo los jueces se colocaron formando en torno a los contendientes un cuadrado, que también debía moverse en función del desarrollo de la batalla.
Cuando Aranor dio el grito de ¬ę¬°Adelante!¬Ľ, Hrut salud√≥ a Elyn con su arma, y ella hizo lo mismo. El muchacho extendi√≥ el sable, trazando c√≠rculos con su punta, e inici√≥ un cauteloso asalto.
¬°Tic! ¬°Tac! En toda la liza resonaba el entrechocar de la madera, y la confianza de Hrut empez√≥ a crecer a medida que sus repetidas fintas le revelaban los l√≠mites de la habilidad de su rival: √©l era claramente superior. No iba a ser tan est√ļpido como Bruth, y atacar a paso de carga agot√°ndose a s√≠ mismo con una lluvia de golpes desatinados. ¬°Ni hablar! El no har√≠a el tonto. Por el contrario, con seguir√≠a con su mayor habilidad y su fuerza superior que fuera ella la que se agotara.
¬°Clic! ¬°Clac! ¬°Clac! El certero sable de Hrut penetraba por uno por otro lado y la hoja de Elyn apenas consegu√≠a detenerlo en el √ļltimo instante; su agilidad natural era todo lo que pod√≠a interpone entre ella misma y la derrota.
¬°Clic! ¬°Clic! ¬°Clac! ¬°Clac! Toda la liza se estremec√≠a con el percutir de hoja de madera contra hoja. Se oyeron gritos de chicos procedentes del bando de los escuderos, animando a Hrut y burl√°ndose de Elyn, porque pod√≠an ver que Hrut estaba ganando, iba a derrotar a aquella ni√Īa. ¬°Por fin alguien iba a colocarla en su lugar!
Elgo guardaba silencio, y sus labios se apretaban hasta forma una delgada línea blanca.
Hrut la forzó a retroceder más y más, con fintas, estocadas, paradas y floreos. Atrás, atrás iba Elyn, defendiéndose a la desesperada de la brutal habilidad de Hrut, sabiéndose ya derrotada pero negándose a renunciar.
Y no podía soportar la sonrisa de desprecio que iba dibujándose cada vez más nítida en el rostro del muchacho.
¬ę... si eres lista dispondr√°s de una oportunidad...¬Ľ, las palabra de Ruric resonaron en su mente. ¬ę... Tiene tendencia a escorarse del lado derecho, rapaza; del lado derecho.¬Ľ
Hrut lanzó un rápido tajo hacia arriba, parado a duras penas por Elyn, seguido por una estocada a fondo dirigida contra su pecho.
Elyn se apart√≥ tambaleante hacia el lado izquierdo de Hrut, resbal√≥ en la hierba h√ļmeda y con un grito de desamparo cay√≥ de re dulas, la punta de su espada dirigida al suelo, los ojos en blanco, dorso de la mano sobre la boca para ahogar un sollozo.
Un resplandor de j√ļbilo ilumin√≥ las facciones de Hrut, que avanz√≥ un paso para asestar el golpe definitivo. Pero la v√≠ctima llorosa se hab√≠a transformado s√ļbitamente en un felino al acecho, y con un movimiento estudiado durante mucho tiempo, Elyn, todav√≠a de rodillas, empuj√≥ a fondo su arma contra el bajo vientre descubierto de su adversario, y la mueca de desd√©n de Hrut se transform√≥ en un ¬ę¬°Oh!¬Ľ de sorpresa y de dolor; el muchacho dej√≥ caer su espada y, sujet√°ndose el vientre, se dej√≥ caer al suelo al lado de su vencedora, entre bascas y boqueadas para procurarse m√°s aire.
Con alaridos de rabia y gritos de ¬ę¬°Trampa!¬Ľ, los dem√°s muchachos saltaron del banco de los escuderos y cargaron contra Elyn, alzados sus sables de madera para golpearla. Elgo salt√≥ el √ļltimo de todos, pero corri√≥ tan ligero que los adelant√≥ y se coloc√≥ al frente de la oleada de asaltantes. Ruric grit√≥ alguna orden, pero sus palabras no fueron atendidas. Y Elyn levant√≥ la vista, dej√≥ caer su espada y corri√≥.
Aranor se puso en pie, con los pu√Īos apretados, pero nada dijo, mientras a su lado Mala aullaba:
¬ó¬°Detenlos! ¬°Detenlos! ¬°Quieren pegar a una princesa!
Elyn corrió fuera del cuadrado formado por los jueces, hacia su caballo. Pero no era su caballo lo que buscaba, sino el bastón olvidado en el suelo. Y al tiempo que lo recogía, Elgo llegó a su altura y se colocó hombro con hombro junto a ella, alzando desafiante su sable, mientras escupía juramentos vengativos sobre los muchachos.
¬°Crac! ¬°Clac! ¬°Tud! El revoleo del bast√≥n y los tajos del sable se cobraron sus v√≠ctimas. Los chicos ca√≠an a uno y otro lado, sujet√°ndose la cabeza con las manos, las costillas molidas y arrastr√°ndose con penas y dolores. Tambi√©n Elyn y Elgo recibieron su raci√≥n de palos, porque sus adversarios los superaban abrumadoramente en n√ļmero, y no pod√≠an defenderse de los golpes de todos.
La batalla tuvo un r√°pido final cuando Ruric, Agnor y los dem√°s jueces irrumpieron a gritos y empezaron a zarandear a los muchachos como si fueran sacos de paja.
Finalmente, de toda la chiquiller√≠a √ļnicamente Elyn y Elgo quedaron en pie; molidos, magullados, con hilillos de sangre aqu√≠ y all√°. Pero se manten√≠an erguidos, con la cabeza alta, mirando de frente al rey en su pabell√≥n.
¬óMi se√Īor ¬óse oy√≥ la voz firme de Elyn¬ó, tanto en buena lid como en desigual pelea, Elgo y yo hemos derrotado a cuantos has enviado aqu√≠ para probarme. Ahora debes declararme apta, debes declararnos aptos a los dos, para adiestrarnos en esta liza con el mejor de los derechos.
Al oír las palabras de Elyn, Ruric no pudo contener una estentórea carcajada.
—Por el botín de Sleeth, hija —declaró Aranor desde el pabellón, mientras una amplia sonrisa de orgullo se dibujaba en su rostro—, ¡tendrás lo que deseas!
Mala abrió desmesuradamente los ojos ante esa declaración, y se apresuró a volverse hacia Aranor:
¬ó¬°Pero, se√Īor, no habl√°is en serio! ¬°Hab√©is permitido que os cieguen esas victorias casuales! ¬°Brome√°is, sin duda! Despu√©s de todo lo que he dicho y hecho, no pod√©is...
—¡Cierra el pico, mujer! —ladró Aranor, y su cara se puso lívida y amenazadora...
...Y desde aquel momento en adelante, nunca nadie se atrevió a decir nada para oponerse al adiestramiento como doncella guerrera de Elyn, hija de Aranor, hermana de Elgo, vanadurin y princesa de Jord.